¿Por qué leer a Fairbairn? (Ogden, T.H.)

Publicado en la revista nº045

Autor: Fuster Tozer, Mónica

Why read Fairbairn?  Thomas H. Ogden. Int J Psychoanal (2010) 91:101–118.


T.H. Ogden explica en su artículo el modelo de la mente que Fairbairn desarrolla y que incorpora en su estructura una conceptualización del desarrollo psíquico temprano que no se encuentra en los escritos de las principales teorías analíticas del siglo XX. 


El autor explica cómo Fairbairn reemplaza el modelo estructural planteado por Freud por otro modelo concebido como un “mundo interno”, en el cual partes disociadas y reprimidas del self entablan una relación objetal estable, si bien potencialmente modificable. Las sub-organizaciones de la personalidad que constituyen este mundo objetal interno constituyen un grupo más amplio que el triunvirato del modelo freudiano, y provee, en opinión del autor, un conjunto más rico de metáforas con las que comprender ciertos tipos de dilemas humanos por una parte -especialmente los que tienen como base el miedo a que el amor de uno sea destructivo-, y por otra el rol central que juegan sentimientos como el resentimiento, desprecio, desilusión, amor adictivo en la estructuración de la mente inconsciente.


A juicio de Ogden, la teoría de Fairbairn de relaciones objetales internas constituye uno de las contribuciones más importantes para el desarrollo de la teoría psicoanalítica en su primer siglo. Piensa que el escaso interés que hasta ahora ha despertado en comparación con otros autores del S.XX se debe al relativo aislamiento geográfico de Fairbairn, que trabajó en soledad en Edimburgo con pocas ocasiones de intercambio intelectual y de compromiso personal con sus colegas del Instituto Psicoanalítico de Londres y, también, al estilo de prosa densa con el que escribe, con un modo de teorizar altamente abstracto y con términos teóricos propios que no han sido adoptados por otros teóricos analíticos.


A lo largo del artículo el autor no se propone sólo explicar y clarificar el pensamiento de Fairbairn, sino que genera algo propio al desarrollar lo que él considera implicaciones importantes y extensiones del pensamiento de Fairbairn. A partir de los escritos minuciosamente leídos ilustra con viñetas clínicas cómo las ideas de Fairbairn han dado forma y evolucionado en su propio trabajo analítico.


Elementos de la revisión de Fairbairn de la teoría psicoanalítica


Ogden expone cómo para Fairbairn el problema psicológico más difícil, y más formativo psíquicamente para él, que afronta el infante es el dilema que aparece cuando experimenta a su madre como amorosa y aceptadora de su amor y, al mismo tiempo, no amorosa y rechazante de su amor. En el pensamiento de Fairbairn esto aparece cuando por una parte el infante percibe realistamente los límites de la capacidad de su madre de amarle, y por otra cuando malinterpreta privaciones inevitables como fallas del amor de su madre por él. La falla materna para convencer al niño de su amor (sea desde una u otra vía) es el origen, para Fairbairn, de que todos sin excepción hayamos de ser considerados esquizoides (en mayor o menor grado de severidad), pues en todos hay, a partir de este dilema, cierta disociación patológica del self.


En opinión del autor, se da en esta teoría un aspecto complementario con la teoría de M. Klein que nos permite, citando a Bion, una visión binocular como analistas: Fairbairn cree en la primacía de la realidad externa y del rol secundario de la fantasía inconsciente, mientras que Klein cree en el rol primario de la fantasía inconsciente y en el efecto secundario de la realidad externa.



Ogden plantea y desarrolla cómo la teoría de Fairbairn del desarrollo psíquico temprano es una teoría del trauma en la que el infante, en diversos grados, está traumatizado por su percepción de una madre cuya incapacidad de amarle ha sobrepasado su umbral de ruptura. El sentimiento subjetivo del infante es singularmente devastador en varios aspectos: la experiencia del niño es de vergüenza por el propio despliegue de necesidades que son minusvaloradas o ignoradas, surgen sentimientos de inutilidad, indigencia y el sentido de sí de ser malo (por pedir demasiado). Aún peor es la amenaza sentida para su misma existencia al experimentar vacío de su  libido, desintegración e inminencia de muerte psíquica, de sí mismo. Y, aún más, siente que la causa de esto es que su amor, percibido por el niño como constitutivo del sí mismo y lo que constituye su propia bondad, destruye el afecto de ella, el aparente rechazo es debido a que su propio amor es tóxico y malo.


Como consecuencia, el niño, que necesita absolutamente el objeto materno, tendrá que afrontar dos tareas para su supervivencia: intentará persistentemente establecer y mantener un vínculo amoroso con una madre capaz de dar y recibir amor, tratando de deshacer los efectos tóxicos de su propio amor y también intentará separarse de sus esfuerzos inútiles de extraer amor del objeto externo materno experimentado como no amoroso, pues ahí siente la amenaza de desintegración y muerte psíquica. Esta maniobra psicológica será lograda finalmente desarrollando un mundo objetal interno (un aspecto de la mente) en el que la relación con el objeto externo no amoroso se transforma en una relación objetal interna, en una relación con un aspecto de sí mismo. Dice el autor “la hemorragia de la libido se restaña en un vacío emocional” en el que el niño obtiene una sensación de control y seguridad.



Continúa el autor radicando la teoría de Fairbairn en la matriz clásica y señalando también su radical novedad. En sus escritos, Fairbairn (1943, 1944) recuerda al lector una y otra vez que esta concepción del mundo objetal interno no hace más que elaborar la concepción freudiana de la creación de la “agencia crítica” (más tarde llamada superego). La disociación del ego que plantea Freud en Duelo y Melancolía (1917) en la que una parte del sí mismo -que alberga rabia impotente hacia el objeto abandonante- entra en una relación interna estable con otra parte disociada del ego que se identifica con el objeto abandonante, resulta en el sentimiento inconsciente de que uno no ha perdido el objeto puesto que éste ha sido reemplazado por una parte del sí mismo.


La novedad que describe el autor en la comprensión que tiene Fairbairn de la estructura psíquica y de la naturaleza de las relaciones objetales internas está en su contenido y su modo de organizarlas: la estructura endopsíquica (así llamada por Fairbairn) es una sub-organización del self disociada del “cuerpo” principal del ego/self. Y en esta estructura endopsíquica conviven subestructuras del ego -objetos (para el autor aspectos del self)- que tienen su organización única. Ésta define el modo como cada objeto experimenta y responde a sus percepciones, necesidades y deseos. Fairbairn diverge de Freud y Klein en cuanto piensa que es inadecuado plantear un aspecto del self que esté vacío de impulsos, deseos y anhelos, o la presencia de éstos divorciados de una sub-estructura del ego con un patrón determinado.



En cuanto al contenido de esta estructura endopsíquica resulta de la maniobra psíquica de supervivencia del niño; el objeto interno no amoroso queda dividido en  dos partes: la madre seductora-exasperante[1] y la madre rechazante. En este punto, Ogden propone la suspensión de juicio por parte del lector y el examen de las consecuencias clínicas y teóricas de esta hipótesis puesto que Fairbairn no explica cómo llega a esta idea (dice el autor “¿por qué no postular una parte celosa y otra asesina o bien una parte envenenadora y otra devoradora?”).


Fairbairn propone que un aspecto del niño (al que llamará ego libidinal) se siente poderoso e incontrolablemente vinculado al aspecto seductor-atormentante del objeto materno internalizado (objeto excitante) y otro aspecto del niño (al que llamará saboteador interno) se encuentra vinculado sin remedio al otro aspecto del objeto interno materno, el objeto rechazante. Estos dos aspectos del niño, así como los otros dos aspectos identificados con los aspectos maternos, están disociados del cuerpo central del ego.


Entre estos pares de objetos internos se establecen relaciones que son reprimidas por el aspecto sano del niño (ego central), por la intensa rabia que siente hacia el objeto interno materno no amoroso. Si bien el objeto excitante y rechazante son partes del self, tienen un sentimiento hacia sí mismas de “no soy yo” pues están plenamente identificadas con la madre no amorosa. El autor piensa que el control ilusorio que el niño logra por medio de esta internalización logra saldar sólo en parte la cuenta defensiva, pues mantener el mundo objetal interno como sistema de realidad cerrado y aislado de la realidad externa requiere una inmensa cantidad de energía psíquica.



A pesar del hecho de que las partes disociadas y reprimidas del ego se sienten cruelmente desdeñadas y sienten enorme resentimiento por el objeto no aceptante Fairbairn sostiene que las relaciones entre estas partes disociadas y el objeto internalizado, también disociado, son de naturaleza libidinal. Para Ogden esto sugiere que “ego libidinal” y “saboteador interno” tienen el deseo y necesidad de transformar el objeto interno no amoroso en uno amoroso y aceptador. Aún más, le parece, como extensión del pensamiento de Fairbairn, que en el niño el transformar los objetos insatisfactorios en satisfactorios, revirtiendo así el efecto tóxico imaginado de su amor sobre la madre, es la motivación principal que sostiene la estructura del mundo objetal interno.



La “vida emocional” de los objetos internos de Fairbairn



En el artículo, el autor continúa exponiendo lo que piensa es la naturaleza de la “vida emocional” de cada uno de los objetos internos tal y como los concibe Fairbairn. Parte del hecho de que el amor y el odio que vincula entre sí a los objetos internos son inherentemente patológicos pues deriva por entero de un vínculo patológico entre el infante y una madre inalcanzable.



Amor adictivo (vínculo entre el ego libidinal y el objeto excitante)


El vínculo entre el ego libidinal y el objeto excitante está hecho de amor adictivo por parte del ego libidinal y, por parte del objeto excitante, de necesidad desesperada para provocar el deseo en el ego libidinal (deseo que el objeto excitante nunca satisfará).



El autor del artículo ilustra este tipo de vínculo con la viñeta clínica de un paciente con el que trabajó en una psicoterapia cara a cara dos veces por semana. Describiré aquí brevemente la viñeta, así como las siguientes con las que el autor ilustra cada tipo de relación, pues me parece que facilitan enormemente la comprensión práctica de lo que el artículo desarrolla. El Sr C, con parálisis cerebral, estaba desesperadamente enamorado de la Sra. Z. Sus intentos seductores eran cada vez más insistentes y suplicantes; estaba convencido de que la Sra. Z lo amaba, pues disfrutaba con su sentido del humor y lo había invitado a alguna fiesta en su casa; sin embargo, sus persistentes intentos seductores llevaron a la Sra. Z a terminar ocasionalmente la relación. El autor sospechaba el vínculo patológico que atraía a la Sra. Z hacia el Sr. C, en parte por su propia experiencia de contratransferencia hacia este paciente: a menudo sentía el deseo no sólo de aliviarle de su parálisis cerebral, sino de curarle. Esto suponía de partida una no aceptación del Sr. C y, por tanto, un vínculo que le impedía crecer y lograr una madurez genuina propia e independiente, pues le mantenía en una dependencia absoluta y en una evasión mágica de su realidad. Para el autor, el resultado de su trabajo analítico dependía de su capacidad como analista de reconocer, pensar y llegar a acuerdos con su propia necesidad de mantener al Sr. C dependiente de él.


En los términos de Fairbairn, esta situación emocional de dependencia mutua tendría que ser pensada en el marco de la relación entre el ego libidinal y el objeto excitante.



Vínculos de resentimiento (vínculo entre el saboteador interno y el objeto rechazante)


La naturaleza del vínculo patológico que une al saboteador interno con el objeto rechazante es, para Fairbairn, un amor patológico experimentado como resentimiento amargo. El saboteador interno se siente profundamente humillado, engañado, traicionado, explotado, discriminado, injustamente tratado, etc.; siente el maltrato imperdonable y nada le resulta más importante que coaccionar al objeto rechazante para que reconozca el incalculable dolor que le ha causado. En el objeto rechazante, la experiencia de este amor patológico incluye la convicción de que el saboteador interno es codicioso, insaciable, desagradecido,  sin voluntad de ser razonable, rencoroso, etc.


A pesar de todo esto, ninguno de los dos objetos desea ni puede terminar la relación. La razón de ser de cada uno está en la existencia del otro pues ambos son conchas vacías en la ausencia de la obsesión del saboteador por obtener amor.



El autor ilustra este tipo de relación con una escena clínica de su propia experiencia. Le solicitaron como consultor en el departamento de psicoterapia de una agencia de servicios sociales. Los miembros de este departamento estaban en conflicto constante entre sí y con el resto de la agencia. El director mostraba un claro favoritismo hacia los psiquiatras varones, no sólo en la consideración de sus ideas sino en la adjudicación de puestos de liderazgo (con mejores salarios). Las mujeres terapeutas, que en su mayoría habían trabajado durante muchos años para la agencia, no dejaban de mostrar su descontento hacia el director. Sin embargo, Ogden experimentó cómo, si bien mostraban intensa amargura y resentimiento por el modo de ser tratadas, no veían más opción que continuar trabajando en esta clínica. Alegaban que otros servicios psiquiátricos en agencias y hospitales estaban cerrando, pero ninguna había pedido entrevistas en ellos. En las conversaciones de Ogden con el director éste le hablaba como a colega psiquiatra que entendería las dificultades de trabajar con terapeutas mujeres no médicas que invariablemente se enredaban en rivalidades y alianzas edípicas entre sí y con el grupo médico líder.


Todo terminó tres meses después cuando recortaron los fondos de la ciudad para los servicios de salud mental y el departamento tuvo que cerrar. Una de las empleadas que Ogden encontró después por casualidad en una conferencia le dijo: “Si miro atrás me siento como si hubiera sido una niña viviendo en una familia psicótica. No podía imaginarme dejando aquello y encontrando otro trabajo. Sentía que terminaría viviendo en una caja de cartón si lo dejaba. Mi mundo entero se había encogido al tamaño de esa clínica. Si no hubiera cerrado estoy segura de que todavía estaría allí trabajando”. Describía al director como “una persona muy limitada que odia a las mujeres y encuentra placer en humillarlas de un modo que no necesita esconder”. Y añadió “pero lo que realmente me asusta es que yo no podía irme. La situación no era mala sólo en el trabajo. No podía dejar de pensar en ello de noche, los fines de semana o incluso en vacaciones. Era como si estuviese infectada por la situación”.


Para el autor todos los actores de este drama se sentían y comportaban como si sus vidas dependieran de la perpetuación del vínculo entre rechazante-atormentador y saboteador-agraviado. Ninguno reconocía los modos en los que, activa o pasivamente, provocaba sentimientos de rabia, impotencia, ofensa o resentimiento en los otros.



Vínculos de desprecio (la relación del saboteador interno con el ego libidinal y el objeto excitante)


Para el autor, la comprensión de la naturaleza humana que emerge de este tipo de relación es una de las aportaciones más originales y significativas de Fairbairn al psicoanálisis. Citando a éste, comenta cómo el saboteador interno, lleno de auto-odio ante su propia dependencia dictada por una necesidad infantil, se vuelve hacia el ego libidinal atacándolo con desprecio por el modo en que continuamente se humilla suplicando el amor del objeto excitante, aun cuando lo único que obtiene de él es rechazo.


Estrechamente ligado al ataque del saboteador interno al ego libidinal está el ataque de saboteador interno al objeto del amor narcisista, al objeto excitante, que es visto por el saboteador como estafador malicioso y seductor. El saboteador interno merece su nombre por su modo de relación y sentimientos hacia ambos objetos, pero el autor cree implícito en el planteamiento estructural de Fairbairn que la furia y desprecio que el saboteador interno coloca sobre el ego libidinal y sobre el objeto excitante nacen de un atisbo de reconocimiento de la vergüenza y humillación que siente por su absoluta dependencia y lealtad, infantil y auto-engañada, hacia el objeto rechazante.



El autor opina que esto nos hace comprender mejor la naturaleza libidinal que atribuye Fairbairn al amor adictivo del ego libidinal. Libido, en este contexto y en general en el del mundo objetal interno, es sinónimo de libido narcisista (amor narcisista). Todos los objetos internos son partes disociadas del ego/self central y, por tanto, las relaciones que entablan son relaciones con el sí mismo. Así el ego libidinal es amoroso, pero solo amoroso del sí mismo en su forma de objeto excitante.



El autor relata su experiencia en el trabajo analítico con Sra. T, a quien siguió durante muchos años en un análisis de 5 sesiones por semana para ilustrar los ataques del saboteador interno al ego libidinal y al objeto excitante. Él como analista nunca hacia nada correcto a juicio de ella: hiciera lo que hiciera se veía atacado. En una sesión en el 4º año de análisis al analista le impresionó la imagen que vino a su mente de un “sin techo” sentado en el bordillo de la calle cerca de un semáforo, parecía que había desistido de mendigar y que no faltaba mucho para que falleciera. Profundamente afectado por esta imagen comenzó a darse cuenta del sentimiento de que durante varios meses había renunciado a ser visto tal y como era por su paciente y, en cambio, lo que había hecho, era desistir de ser un analista para ella. No es que hubiera cometido errores, era mucho peor, él mismo era el error. El autor refiere cómo una parte integrante de su esfuerzo por hacer uso terapéutico del sentimiento que estaba empezando a reconocer y a poner en palabras para sí mismo implicaba pensarse experimentando algo parecido al sentimiento de la paciente de que su propio ser era un error. Ogden le dijo a Sra. T: “por largo tiempo has estado diciéndome que simplemente no puedo entenderte y que prácticamente todo lo que digo lo confirma. De hecho, pienso que los ataques hacia ti misma son mucho más violentos que los ataques hacia mí. Pienso que sientes no sólo que todo lo que haces está mal, sino que tu misma existencia está mal y que lo único que puedes hacer para remediarlo es transformarte en otra persona. Desde luego, si tuvieras éxito en esto, estarías muerta: peor, nunca hubieras existido.” La Sra. T inmediatamente respondió que estaba siendo muy parlanchín. El analista se sintió desinflado y se dio cuenta de que, a pesar de los años de experiencia con esta paciente, había esperado que en esta ocasión al menos considerara lo que le había dicho. Se lo dijo a su paciente y tras unos momentos de silencio ella dijo: “por favor, no te rindas conmigo”.


El autor señala cómo, en términos de Fairbairn y en su opinión, la paciente, al menos por este momento, había suavizado su ataque hacia sí misma (el ataque del saboteador interno hacia el ego libidinal por su modo de amar). Se permitió no sólo aceptar su dependencia del analista, sino también pedirle algo (como persona separada) que sabía no podía proveerse por sí misma.



La relación entre el ego central y los objetos internos y externos


El autor comenta brevemente el concepto de ego central de Fairbairn. Si bien es el término en que éste menos profundiza, constituye el self sano del niño. Capaz de pensar, sentir y responder, desde el principio es capaz de una rudimentaria diferenciación entre el self y el objeto y de operar en la base del principio de realidad. Pero en respuesta a la experiencia traumatizante con la madre el ego central queda disociado y reprime las relaciones objetales internas descritas; conserva su salud original, pero ésta queda significativamente mermada por el proceso de disociación y represión.


El ego central es la única parte del self capaz de comprometerse con, y de aprender de, la experiencia de objetos externos. Los objetos internos interactúan con los objetos externos externalizando sus relaciones únicamente narcisistas, mientras que las relaciones objetales externas del ego central -como identificaciones con personas que uno ha amado y por las que uno se ha sentido amado, reconocido y aceptado- son suficientemente buenas (en oposición a idealizadas). Tales identificaciones subyacen sentimientos de seguridad interna así como de solidez e integridad. El cambio en el mundo inconsciente objetal interno está siempre mediado por el ego central, que puede actuar en concierto con objetos externos como el analista.



Crecimiento psicológico


En la sección final de su artículo el autor expone algunas líneas que pueden ayudar a la persona a crecer psicológicamente.



Cita a Fairbairn, que considera relativamente inmutable la situación endopsíquica básica, si bien sí piensa que los cambios psicológicos que se pueden lograr a través del análisis consisten primeramente en la disminución de la intensidad de los sentimientos de dependencia primitiva, resentimiento, amor adictivo, desprecio, desilusión y todo lo que conlleva la disociación y represión de las sub-organizaciones del self. Específicamente Fairbairn propone que el cambio psicológico saludable puede lograrse reduciendo al mínimo el apego de los egos subsidiarios a sus respectivos objetos asociados, la agresión (que toma la forma de represión) del ego central hacia los egos subsidiarios y sus objetos, y la agresión del saboteador interno hacia el ego libidinal y su objeto.



El autor ofrece un modo alternativo de hablar y pensar sobre cómo la gente crece psicológicamente que depende no tanto de las ideas explícitamente expuestas por Fairbairn (cuyo estilo expresivo hace difícil reconocer experiencias humanas concretas), sino más de las ideas que el autor encuentra implícitas en su trabajo.


En opinión de Ogden, el principio más importante que subyace en la concepción del crecimiento psicológico en Fairbairn es la idea de que toda la maduración psicológica implica la genuina aceptación del paciente de sí mismo y, por extensión, de los otros. Esta aceptación se logra a través del trabajo de negociación con todos los aspectos del self, incluyendo las identificaciones perturbadoras, infantiles, disociadas, con la propia madre no amorosa y no aceptadora.


El cambio psicológico de este tipo crea la posibilidad de descubrir un mundo de gente y experiencias que existen fuera de uno mismo, un mundo en el que es posible pensar, relacionarse, sentirse vivo y sentir, sin la compulsión de transformar la realidad de las relaciones humanas que uno tiene en otra cosa distinta de lo que son. Es también un mundo en el que uno puede aprender de la propia experiencia con otras personas, pues esta experiencia no está ya dominada por proyecciones de su estático mundo objetal interno.



El autor describe una experiencia analítica a propósito de esto. El paciente con parálisis cerebral sobre el que escribió antes había sido atropellado por su madre cuando era niño. En su vida adulta estuvo “poseído” por el amor a la Sra. Z. Una y otra vez ella intentaba dejarle claro al Sr. C que ella le quería como amigo pero no quería una relación romántica con él. En las sesiones el paciente aullaba de dolor cuando hablaba de la injusticia del rechazo de la Sra. Z. Desde el principio de tratamiento el paciente le dijo al analista que no sabía por qué le toleraba. Cuando se disgustaba, especialmente si lloraba, perdía el control muscular de su boca y se le hacía muy difícil hablar, se le acumulaba una saliva espumosa en las comisuras de la boca y le goteaban mocos por la nariz, mientras las lágrimas le corrían por las mejillas. Estar con él en esos momentos le partía el corazón al analista, se sentía inmediata y físicamente como una madre con un bebé angustiado y llegó a experimentar por él un amor del tipo que, más tarde, experimentaría por sus propios niños. El Sr. C parecía requerirle para ayudarle a presentarse a la Sra. Z de modo que no la asustara y que ella entendiera cuánto la amaba él y cuánto ella le amaba (si llegara a admitirlo). Era imposible no escuchar en el plan del paciente el deseo de que yo transformara a la Sra. Z (e inconscientemente a su madre y al aspecto del sí mismo del analista que únicamente lo “toleraba”) en gente que fuera capaz de amarle genuinamente, que aceptara y valorara su amor.


El autor plantea cómo ahora en retrospectiva piensa lo muy importante que era para la experiencia analítica que el Sr. C experimentara por sí mismo durante un periodo de años la realidad de que no se sentía repelido por él, incluso cuando su estado era lamentable. Debió sentirse querido genuinamente. Gradualmente fue confiándole aspectos profundamente avergonzados de sí mismo debido al modo y palabras de su madre. En estos relatos de su madre humillante el autor vio una descripción no sólo del objeto externo materno del paciente, sino también una descripción de un aspecto de sí mismo que se sentía como objeto despreciable y que inducía a otros (especialmente a la Sra. Z) a humillarle. Una conexión humillante con Sra. Z era sentida inconscientemente como mucho mejor que ninguna conexión en absoluto.


Tras varios años de trabajo, el Sr .C le relató un sueño: “No pasó mucho. Era yo mismo, con mi parálisis cerebral, lavando mi coche y disfrutando al escuchar música en la radio del coche que había puesto alta” Para el analista el sueño era llamativo en muchos aspectos: era la primera vez, al contarle un sueño, que le mencionaba específicamente su parálisis cerebral. Además transmitía una profundidad sencilla de reconocimiento y aceptación de sí mismo que nunca antes había escuchado en él y también la liberación de la necesidad constante de exprimir amor y aceptación de los objetos internos y externos que estaban menos inclinados a amarlo.


Varios años después  el Sr. C se mudó a otra parte del país al aceptar un empleo de alto nivel en su campo y en la correspondencia que mantuvo contó que se había casado con una mujer con parálisis cerebral a la que amaba y habían tenido una hija sana.


El Sr. C, en el contexto de desarrollo de la relación con el analista, fue capaz de soltarse a sí mismo del amor adictivo por la Sra. Z, mientras, al tiempo, disminuía su compromiso compulsivo con formas de relación basadas en el vínculo entre los aspectos de sí mismo degradante y degradado.


A juicio del autor uno de los elementos clave de la acción terapéutica en el trabajo que hicieron juntos fue la relación real (opuesta a transferencial) entre los dos, especialmente en el amor genuino que sintió por él en sus momentos de mayor dolor. Cita a Fairbairn: “El factor (terapéutico) realmente decisivo es la relación del paciente con el analista” (Fairbairn 1958, p 379).



Conclusión


El crecimiento psicológico en Fairbairn comprende un tipo de aceptación de sí mismo que sólo puede ser lograda en el contexto de una relación real con una persona relativamente madura psicológicamente. Una relación de este tipo (incluyendo la relación analítica) es la única salida posible del mundo objetal interno de relaciones.


La auto-aceptación es un estado de la mente que señala el abandono (nunca totalmente logrado) del esfuerzo extenuante de transformar las relaciones de objeto internas insatisfactorias en satisfactorias. Para Ogden, con el crecimiento psicológico uno adquiere el conocimiento profundo de que las experiencias propias tempranas con una madre no amorosa ni aceptadora nunca serán otras diferentes de lo que fueron y comprende que dedicarse al esfuerzo de transformarse a uno mismo y a los demás en las personas que uno quisiera que fueran es desperdiciar la vida.


De cara a experimentar un mundo poblado por gente que uno no se ha inventado y de quien uno puede aprender, el individuo ha de soltar primero los vínculos de resentimiento, amor adictivo, desprecio y desilusión que le recluyen en una vida vivida principalmente en su mente.


Comentario personal


Me parece de enorme riqueza la generación de pensamiento propio que hace Ogden y su exposición a partir de lo leído de Fairbairn y elaborado en diálogo con su propia formación y experiencia clínica. Su adentrarse en el lenguaje y nivel de abstracción de Fairbairn buscando correlaciones con la experiencia humana y analítica, es un esfuerzo que nos permite por una parte dar más cuerpo a la diversidad de pensamiento que surgió en torno al desarrollo del mundo objetal interno en la escuela inglesa, y por otra rescatar ideas valiosas que de hecho han tenido su despliegue posterior en diversos enfoques. Quizás este despliegue es lo que permite valorar a Fairbairn mucho más ahora en retrospectiva.


Planteo algunas de estas líneas:


-La idea de Fairbairn sobre la primacía de la realidad externa en el desarrollo mental, que ya tuvo ciertos atisbos en la obra de Freud si bien quedó posteriormente relegada a la primacía de lo intrapsíquico, y que fue desarrollada como idea matriz en el enfoque intersubjetivista.


-Me parece complementario el desarrollo posterior de Kohut y Kernberg en su trabajo sobre el narcisismo con la comprensión de Fairbairn del hecho traumático en el vínculo infantil con la madre, que introduce: el trabajo del impacto traumático en la relación analítica, motivando la importancia de hacer participar el principio de realidad y al ego central (el aspecto de salud del self) en el análisis en alianza con el terapeuta; la interpretación básicamente positiva de la motivación libidinal de obtener amor que rescata la valía-bondad del sujeto más allá de su creencia de ser “amor tóxico” (Kohut); el trabajo sobre el vínculo entre saboteador interno con ego libidinal y con el objeto excitante que a mi juicio describen a los protagonistas de la identificación proyectiva que trabajará después Kernberg sobre sus propias premisas.


-La vergüenza como motivación casi fundamental de la represión –en esta perspectiva con la agresividad vuelta contra el sí mismo a su servicio- y el trabajo con ella desde la confianza (Morrison)


-La importancia de trabajar en la externalización de las relaciones objetales, que priorizará el intersubjetivismo.


-El crecimiento psicológico de personalidades disociadas-esquizoides, que plantea Fairbairn, basado en la auto-aceptación posibilitada por la aceptación primera del analista. Muchas corrientes sintonizan con este planteamiento en la comprensión de la importancia del vínculo terapéutico: la perspectiva kohutiana, modular-transformacional, intersubjetivista-relacional y la psicoterapia humanista, también en la esperanza realista sobre el cambio terapéutico que desarrolla a fondo Marsha Linehan con personalidades borderline basado en el principio de la aceptación incondicional.



Me parece interesante que Ogden deja aquí de lado la crítica ya muy desarrollada y expuesta sobre el enfoque kleiniano en cuanto a la constitución temprana del mundo objetal interno para adentrarse en los elementos positivos que aporta Fairbairn y cómo pueden poner luz en nuestra práctica clínica.



Además, esta reflexión deja preguntas abiertas en mi mente y la reflexión sobre varias líneas en la que diversos enfoques teóricos pueden hacer su aportación; entre otras señalo: la resiliencia en el niño y el diverso umbral de ruptura ante la experiencia con la madre; la participación de la realidad y del desarrollo de los aspectos sanos del self (y su contribución a la “relajación” del sistema cerrado objetal interno a lo largo del cambio terapéutico) como elementos de incorporación en la identidad del sujeto como “no tóxico” y creativo, construyendo un nuevo “estado del self” que integra y recrea identidad cotidianamente; la articulación de otros sistemas motivacionales, si cabe y más allá del narcisista, en el desarrollo del mundo objetal interno y en su posibilidad de contraste con la realidad externa; cómo la auto-aceptación se hace posible a partir de “recibirse” de otro, posibilitando confianza y relajando así la omnipotencia infantil; la incorporación de elementos que son criterio de crecimiento psicológico en la participación “sintiente” e inmediata con la realidad y con los otros y en la capacidad de aprendizaje de la experiencia con los otros que incorpora la dimensión relacional a la “experiencia del self”.



Confío en que este artículo incitará también a la reflexión e indagación de los lectores sobre la trama que, en la teoría y en la práctica, sirve al desarrollo de su trabajo terapéutico y de su propia experiencia y aprendizaje analítico.









[1] N.A.R: Para adjetivar este objeto interno el autor emplea indistintamente en distintos lugares de su artículo los términos “tantalizing”, “alluring” “exciting”, éste último es el que más emplea. Indico aquí las traducciones de estos términos para captar el matiz con que el autor adjetiva este objeto interno, que es a mi juicio indispensable para entender las relaciones objetales que describe: tantalizing: exasperante, enloquecedor, atormentante, acosador; alluring: seductor; exciting: excitante.