¿Dónde está mi tribu? Maternidad y crianza en una sociedad individualista (Del Olmo, C.)

Publicado en la revista nº046

Autor: Gámez Guardiola, Amparo

Del Olmo, C. (2013) ¿Dónde está mi tribu? Maternidad y crianza en una sociedad individualista. Madrid:Ed.: Clave Intelectual

Índice:

Cáp. 1: Criar sin red

Cáp. 2: Cuando el enemigo está dentro

Cáp. 3: Expertos

Cáp. 4: El papel de la naturaleza

Epílogo: El derecho a cuidar

 

¿Por qué escribir una reseña sobre este libro?


  • Porque  la idea de base es incuestionable: todos somos vulnerables y en alguna etapa de nuestra vida hemos tenido, y volveremos a tener, la necesidad de ser cuidados, por eso también tenemos el compromiso de  cuidar. Siendo conscientes de que algunos aspectos de ese compromiso no son siempre precisamente cosas agradables.

  • Por el planteamiento de que una sociedad que tiene como prioritarios valores individualistas, como nuestra sociedad occidental actual, para sobrevivir tiene que utilizar componendas entre los individuos y las políticas sociales que garanticen los cuidados, que no son en muchos casos adecuados a las necesidades.

  •  Porque esos cuidados siguen estando invisibilizados por la sociedad y sus instituciones políticas.  Del Olmo piensa que nuestra realidad social adultocéntrica e individualista no está hecha para niños, ancianos o enfermos.

  • Por la necesidad de que los cuidados sean valorados; con la idea de que todos podemos y debemos convertirnos en “madres”. Idea, por cierto, muy de J. Benjamin, cuando sugiere que los valores considerados femeninos -que los niños pequeños varones abandonan pronto por la influencia cultural- sean mantenidos como un valor fundamental. Valores como la cercanía, la atención y el cuidado de los otros, la demostración de la vulnerabilidad y el interés y participación activa en los vínculos.

  • Porque un análisis más profundo de la maternidad tal y como es vivida en la actualidad tiene un indudable interés, ya que las relaciones padres e hijos están en el discurso clínico continuamente y hay que tratar de diferenciar lo importante de lo accesorio entre las modas de la crianza.

  • Porque, habiéndonos desprendido de un modelo de familia más que cuestionable, los nuevos padres y madres parecen haber perdido la seguridad en sus referencias ideológicas sobre las pautas de crianza.

  • Porque en lo referente a la crianza y la educación conviven, ahora más que nunca, dos claras tendencias: el adulto-centrismo y el niño-centrismo; sin embargo, las circunstancias requieren la búsqueda de ese punto  medio en el que tanto el adulto como el niño encuentren satisfacción en sus necesidades distintas y legítimas.


Cuestionable:


  • Su opinión sobre los expertos. El análisis del papel jugado por las ciencias humanas -sobre todo la psicología y la medicina- en la individualización y especialización de una función en la que antes, según la autora: “todo el mundo podía opinar”.


Debido a su reciente experiencia maternal, la autora tratar de entender por qué ha proliferado tanto la literatura sobre la crianza, por qué hay tantos debates y consejos en la red, tanta divulgación de libros sobre el tema y, sobre todo, a qué se debe que haya dos claras corrientes de pensamiento en todo lo relacionado con la vida cotidiana, usos y costumbres de los bebés y sus madres: una de ellas centrada en el adulto y la otra en el niño (parient oriented/ child oriented). Los dos exponentes de estas corrientes en nuestro país serían Eduard Estivill (Duérmete niño, Ed.: Plaza & Janés 2000) y Carlos González (Bésame mucho, Ed.: Temas de hoy 2012), respectivamente, que han tenido un considerable éxito editorial tratando temas fundamentales como el sueño y la alimentación en la primera infancia, con varias ediciones que no dejan de sucederse. Del Olmo entiende que la visión más acorde con la sociedad individualista actual sea la adultocéntrica, ya que pone por delante las legítimas necesidades de los padres de, entre otras cosas, dormir de un tirón para poder afrontar un mercado laboral competitivo, constantemente mutante y, por si fuera poco, actualmente precario.

Se pregunta cuántos de los malestares y los temores que surgen tras el parto y los primeros meses del nacimiento de un niño son consustanciales a la maternidad o efectos perversos de esas desfavorables condiciones para la crianza impuesta por la dinámica de cambio social que padecemos y disfrutamos, que comenzó con la revolución industrial.

Criar en pueblos pequeños o barrios vecinales homogéneos donde todo el mundo se conoce es cada vez más difícil: los padres se sienten solos en la ciudad; a menudo encerrados en pisos y lejos del contacto familiar.

Precisamente por eso la autora se pregunta: ¿por qué el colecho (dormir con los padres) y la lactancia a demanda se han puesto de moda entre las clases sociales medias-altas? (generando un buen mercado para ello) cuando, desde muy antiguo, era un hecho exclusivo de las clases populares que acabaron abandonándola cuando mejoraron su calidad de vida. Parecería una reacción a los excesos del adultocentrismo de los años 80, cuando ya gran parte de la generación anterior (la de su madre) abandonó la idea de la dependencia económica del marido y de la exclusividad del hogar; se pregunta por qué es cada vez más difícil conciliar la vida familiar y laboral con una visión que respete las necesidades del niño sin hundir en la miseria las necesidades de los padres. ¿Cómo encontrar ese punto medio?

Del Olmo es ambiciosa cuando pone el centro del cambio social en la idea de que la dependencia y fragilidad en la que todos nos encontramos alguna vez en la vida debería de ser (y en muchos casos lo es) un motor fuerte para la creación y mantenimiento de fuertes lazos sociales. Idea que, sin matizarla bien, podría ser utilizada por los defensores de la sociedad patriarcal más retrógrada como  una vuelta a los orígenes de esa familia que se mantiene a costa de la renuncia a la realización personal de alguno de sus miembros -casi siempre la mujer- con poca correspondencia y reconocimiento por parte de los demás (familia, instituciones y sociedad). Por su experiencia y la de otras mujeres amigas, madres y hermanas con la maternidad, se le resignificó un proverbio, al parecer africano, que había oído muchas veces sin prestar atención: “para criar a un niño hace falta toda la tribu”.

Las madres y los padres, pero sobre todo las madres, hablan cada vez más abiertamente de la ambivalencia emocional del proceso de crianza, de los malestares (soledad, cansancio, dolor, ansiedad) y esto supone un avance para “desidealizar” la maternidad, ya que permite observar y comprender toda la complejidad del nacimiento de un niño en situaciones no patológicas, sin tener que pensar necesariamente que las nuevas madres son, de nuevo, malas madres por no aceptar solas el “sacrificio” y cuestionar “la maravillosa experiencia de la maternidad”.

La autora establece una diferencia entre dependencia y sumisión. Para ella, aceptar la dependencia de su bebé fue decisiva para no cargar en él la idea de ser la causa del desacelere temporal de su realización profesional. Cree importante, con razón, separar el significado patológico de la sumisión de la idea de dependencia como algo real y necesario en los vínculos, una situación psíquica no necesariamente patológica.

Hace un repaso a las diferentes contextos que se dan actualmente para la crianza: la ayuda de los abuelos (cita investigaciones que dicen que cuanto más cerca de sus hijos viven, más nietos tienen); dejar a los niños con extraños o en guarderías, con las consiguientes negociaciones e improvisaciones cuando los niños enferman o tienen vacaciones; la constante presión horaria y normativa sobre ellos y sobre todo, la falta de tiempo para seguir su crianza. También plantea la opción de quedarse en casa los primeros años; opción disponible sobre todo para economías abultadas, o para gente en paro, que ella reivindicará en el epílogo como una posible elección que la sociedad debería atender, como un derecho a cuidar. Piensa, con toda lógica, que la fatiga no debería ser el estado crónico de tantos padres actualmente. Critica que siga dependiendo de las mujeres la elección de una u otra forma de criar. Como si los hombres nada tuvieran que ver en ello. Cree que aun teniendo en cuenta las mejores intenciones y el compromiso de algunos nuevos padres, sin un cambio más profundo y radical es poco lo que se puede avanzar: en las situaciones ideales, un reparto del agotamiento entre padre y madre.

Piensa que todo el apoyo que necesita una madre no puede venirle sólo del padre, es demasiada exigencia; cuenta que en la historia de los cazadores-recolectores las mujeres hacían muchas más cosas que encerrarse en una cabaña a cuidar ya que, casi al 40% del tiempo, los niños, incluso los recién nacidos, eran cuidados intermitentemente por otras mujeres. Sin embargo, dice que se habla poco de las condiciones sociales actuales en las que se inserta la maternidad. Estar solo, como familia nuclear, es un fenómeno nuevo, característico de la modernidad. Las mujeres se incorporan (en realidad, ya se incorporaron en una generación anterior) a un mercado laboral masculino diseñado por personas que no tienen que cuidar de nadie.

El individualismo es lo menos parecido a lo que se necesita para criar a un niño y su nacimiento hace esto visible. Curiosamente la autora no ha tenido en cuenta a Almudena Hernando (La fantasía de la individualidad: la construcción sociohistórica del sujeto moderno, del que hay una reseña en Aperturas nº 43 de Lola J. Díaz Benjumea) cuando hace sus críticas a una sociedad individualista que invisibiliza los cuidados relacionales de los que los hombres disfrutan, demasiadas veces sin valorarlos. Sin embargo, muchas de las ideas que propone van en la misma línea: la necesidad de hacer visible, para su reconocimiento y valoración, la identidad relacional tan característica de las mujeres en nuestra sociedad patriarcal. Esa identidad que hace mantener y lidiar con todo lo que conllevan las relaciones personales en el ámbito  más íntimo, y en el social.

Establece una diferencia entre las relaciones primarias, pertenecientes al mundo íntimo familiar, y las secundarias referida al mundo social-laboral. Las primeras deben cumplir con todas las necesidades emocionales de sus miembros, cosa que no es posible: “la sociedad de mercado se cuela por las rendijas de nuestros hogares”; las relaciones de poder, los ideales culturales de éxito, el valor de mercado.

Piensa que en nuestra cultura sigue habiendo una exaltación (en el proverbial cine de Hollywood, novelas, publicidad, en el imaginario social en definitiva) de la familia, el hogar, el mundo de la intimidad que, en realidad, parecería una ilusión teniendo en cuenta los datos sobre la cantidad de divorcios y de familias monoparentales que existen. “Renovarse o morir” sería la consigna; la exigencia del cambio continuo y el superarse a sí mismo está reñida con el apego y el compromiso.

Establece una diferencia interesante entre egoísmo, altruismo y compromiso. El egoísmo y el altruismo serían las dos caras de la misma moneda: el sujeto busca satisfacer su propia necesidad, si bien en el segundo caso favorece a otro, que ya es una diferencia. Pero para ella, el compromiso va más allá, requiere renuncia y sacrificio. Por lo tanto, lo que se opone al egoísmo no sería el altruismo sino el compromiso: la cooperación, la reciprocidad y el cuidado mutuo. Pero también advierte sobre la idea mercantilista de la conducta cooperativa. No se trata sólo de pactar para ayudarnos, sino de reconocer y empalizar con las necesidades del otro y ser reconocido a su vez; por supuesto la autora no conoce a Jessica  Benjamín y sus tesis sobre el reconocimiento y las relaciones de poder. La búsqueda del bienestar de uno no tiene porqué ir en detrimento del bienestar del otro. Tanto si la parentalidad se ejerce como conflicto y competencia como si lo hace con una visión almibarada de la abnegación total, lo que falla es la idea del bienestar individual. Individualidad y colectividad serían conceptos mal definidos.

Cree que la maternidad puede ser una buena ocasión para cuestionar los modelos de vida del hiperconsumismo contemporáneo. Sin embargo, nota con preocupación un consenso abrumador en la idea de que sea el estado y sus instituciones los que se ocupen de niños, ancianos y enfermos. Esto es lógico, ya no hay “tribu”. Aunque creo, como la autora, que hay que ser muy críticos y exigentes con esa institucionalización exigiendo calidad en los cuidados, se puede seguir avanzando por esa línea Sin embargo, se sigue sin cuestionar los modelos familiares heredados y las relaciones de poder dentro de éstos. En esta ocasión, la autora sí cita a Eva Illouz (Intimidades congeladas. Las emociones en el capitalismo. Ed.: Katz 2007), otra de las autoras que plantea tesis parecidas.

Actualmente coexisten dos modalidades que son contradictorias: el hijo como realización personal (propia de la idea de la feminidad patriarcal); y el hijo como obstáculo para la misma; se ensalza la  independencia (que no es real) y se imponen unos ritmos de trabajo incompatibles con los cuidados, y pareciera como si la sociedad moderna planteara los cuidados como una elección personal y libre. De nuevo, no son las condiciones sociales, sino las propias madres, con sus elecciones, las responsables del mayor o menor bienestar en la crianza. Las cosas parecen haber cambiado poco para las madres.

Y aquí aparecen las opiniones de la autora sobre la función de lo que ella llama los expertos. No estando disponible cotidianamente la red social, además de las limitadas bajas laborales de maternidad y paternidad, la necesidad de dos sueldos, la precaria calidad de los servicios sociales o la falta de disponibilidad de educadores secundarios (abuelos u otros familiares comprometidos con el niño), la sociedad ha perdido los referentes de usos y costumbres sobre la crianza y la educación de los niños. Ese lugar en el que “todos tenían algo que opinar”.

Se queja de las contradicciones en las opiniones de los expertos (desde la psicología o la pediatría). Como ejemplo toma la problemática del sueño en la primera infancia, relacionándolo con el insomnio adulto como queja común de la sociedad actual; y también sobre la lactancia. Comenta las dos posiciones señaladas antes: la que representarían el adultocentrismo que plantea la educación en hábitos y rutinas desde el primer día de nacimiento, representada por Eduard Estivill; y la otra centrada en los ritmos del niño y sus necesidades, representada por Carlos González. Considera que la primera puede ser incompatible con las necesidades de los niños y la segunda incompatible con las condiciones sociolaborales actuales. Critica que algunos expertos afirmen que el colecho puede evitar la apnea y la muerte súbita sin que las investigaciones acaben de demostrarlo. También cita otras investigaciones que han señalado que dejar llorar a los niños eleva el cortisol en sangre y provoca la indefensión aprendida; o al contrario, ya que también algún autor de moda predica que los niños se acostumbran a esos niveles de cortisol, que después de un tiempo volverían a la normalidad, regulándose solos (A.J. Solter Mi bebé lo entiende todo Ed.: Médici. 2002). Hay una enorme cantidad de artículos, foros, opiniones en Internet que cualquiera puede leer y que nunca proporcionan la información que cada situación requiere, ya que son pautas uniformes en las que hay que poder saber separar el grano de la paja, cosa que no es frecuente ni, a veces, posible. De nuevo se dan citas de investigaciones que aseguran que la leche materna es fundamental para evitar cánceres y otras muchas enfermedades en el futuro. Y toda esa información circula entre los nuevos padres generando muchas contradicciones, culpas y angustias en la necesidad de adoptar una postura que sirva de base a la constante toma de decisiones que supone la educación de un niño.

Por eso la autora dice que lo que uno debería plantearse es “en qué tipo de persona me gustaría que mi hijo se convirtiera” ya que eso le daría las pautas para actuar y saber cuándo hay que contenerlo y cuándo hay que dejarlo llorar, por decirlo de alguna manera; idea que ningún texto de autoayuda se cuestiona jamás ya que supone una reflexión previa sobre la influencia de los padres en la educación. Por ese motivo, tanto no enseñar valores a los niños, como enseñarles una idea mercantilista del tipo: “si no prestas lo tuyo, no te prestarán a ti y saldrás perdiendo”, supondría –según la autora- alejase de la idea de comunidad, ya que el valor en sí mismo es el de compartir en reciprocidad, un valor que hay que enseñar, que no viene dado.

Lo que la autora no se cuestiona es que eso no es  tan fácil como decidir y actuar. Las relaciones paternofiliales están sujetas a numerosas influencias; una cosa son los deseos manifiestos y la declaración de excelentes intenciones y otra muy diferente es que las relaciones padres e hijos se modulen satisfactoriamente, como muy bien sabemos desde la clínica infantojuvenil y por las reconstrucciones biográficas de la de adultos.  Y por eso es necesario comprender mejor los procesos intra e interpersonales que se ponen de manifiesto en la parentalidad para poder actuar favorablemente.

Las contradicciones a las que la autora se refiere forman parte de las ciencias humanas. Depende mucho de la forma en la que se observen y analicen los hechos; y no solo desde un pensamiento científico, sino también desde una posición personal. Precisamente porque la autora es filósofa, debe saber esto.

Hace más de cincuenta años que se están llevando a cabo múltiples investigaciones sobre  las características de la parentalidad, que no acaban de dar con un modelo de crianza que se reconozca como el más adecuado para el desarrollo psíquico satisfactorio: nos referimos a las observaciones de Bowlby que le llevaron a desarrollar la Teoría del Apego, y los desarrollos de la misma (Ainsworth, Brazelton, Stern D.), así como la reformulación de algunos mecanismos interpersonales que permitieron a Lyons-Ruth -por citar algunas de las múltiples investigaciones al respecto- replantear la etapa de aproximación-reaproximación del segundo año de vida; y desde el punto de vista de la parentalidad, también a los planteamientos de P. Fonagy sobre la función reflexiva del self.

En la actualidad, gracias al desarrollo de la tecnología,  se conocen muchos procesos implicados y desde el campo de la neurociencia hay cada vez más aportaciones que corroboran los aportes realizados por la teoría psicoanalítica de la clínica infantojuvenil, así como desde los estudios de la psicología evolutiva; y muchas de estas investigaciones están corroborando los planteamientos hechos desde el psicoanálisis, que la autora cuestiona sin conocerlos; sobre todo los últimos avances de la disciplina acerca de la formación del aparato psíquico en relación con el medio social; avances que es necesario hacer llegar a la sociedad en general para conseguir un mayor bienestar social a través de la comprensión de los diferentes estilos de crianza que pueden provocar patologías en el futuro.

No hay, en este libro, ninguna reflexión sobre la consideración histórica de la infancia anterior a nuestra contemporaneidad. Por ese motivo, es necesario pensar en aquellos tiempos, muy cercanos, en los que la infancia no tenía ninguna importancia  ya que muchos niños morían antes de cumplir los tres años, tiempos en los que es lógico pensar que esa etapa vital no tuviera ningún interés social o científico, ni siquiera desde el punto de vista emocional en la vinculación con la madre; en mi opinión, las ideas educativas que arrastra nuestra sociedad no han cambiado sustancialmente en nuestra sociedad actual y están llenas de planteamientos equivocados que forman parte de la cultura popular. Se van conociendo las formas en las que un niño se inserta socialmente y desarrolla o, por el contrario, limita sus capacidades por el tipo de respuesta que recibe del medio; un progenitor desbordado por sus propios conflictos y dificultades puede no ser capaz de ver las necesidades del niño o no poder diferenciarlas de las suyas. Desde que se va conociendo de qué manera las relaciones que se establecen entre él y los otros desde el primer momento de su vida  le van indicando qué tipo de persona es para los demás, y por lo tanto, para sí mismo, se puede llegar a pensar que hay errores ideológicos educativos muy importantes.

Por ejemplo: es muy fácil humillar a un niño pequeño, cuando tantas veces hay que sacarlo de sus lógicos errores, y eso se suele hacer con falta de respeto y poca empatía hablando abiertamente delante suya de su forma de ser, de sus sentimientos (“está celoso”); es algo que no se hace de mala fe, está socialmente aceptado hacer juicios sobre el niño delante de él.  Otra de las creencias que es difícil erradicar, aunque parezca increíble, es la idea de que los niños no se enteran de nada  por lo que hablar de forma negativa o confusa en su presencia, por ejemplo de otras personas cercanas a él (sus profesores, amigos, el otro progenitor u otros familiares), pueden ponerlo en un conflicto emocional. Otra de las falsas creencias fruto de la falta de recuerdos que todos tenemos de nuestra primera infancia, es que los niños olvidan; como si fuera un tiempo vital que el niño puede pasar en cualquier ambiente. Algo que si bien es lógico pensar, porque es una época que no se recuerda desde el punto de vista del relato coherente, explícito y cronológico más propio de edades más avanzadas, no lo es en absoluto desde el punto de vista de la memoria no declarativa, más cercana a sensaciones de estar-con de una manera determinada. Otra creencia errónea sería la de que con los niños es más fácil reparar, se les puede contentar más fácilmente; o aquella de que se educan solos cuando van madurando. Así como los dos tipos de pensamientos básicos y tan diferentes: los niños son egoístas y crueles y por lo tanto hay que disciplinarlos; o, por el contrario, son bondadosos e inocentes, por lo que nunca hay que responsabilizarlos de nada y su propia naturaleza hará que evolucionen adecuadamente si se les deja en paz y libertad y se les da amor. Pensamientos que están en la base de las dos corrientes señaladas por la autora, cada una con un planteamiento teórico sólido, pero de las que, sin ningún criterio,  se extraen ideas para las prácticas de crianza en forma de textos de autoayuda que la autora critica.

En cuanto al papel de la naturaleza en la crianza, Del Olmo cree que el instinto está sobrevalorado, aunque reconoce que el vínculo con la madre en el nacimiento y los primeros meses es más fuerte que con el padre; sin embargo, piensa que se le da demasiada importancia, ya que es más importante el vínculo emocional que necesita una adaptación psíquica personal que el hecho de la maternidad.

En el epílogo, como ya hemos indicado antes, la autora reivindica el derecho a  cuidar a los niños, ancianos o enfermos si así se desea, sin que ello suponga una merma física o psíquica de la persona que lo desee. Para ello la sociedad debería ser consciente, valorar y respetar sin compadecer esa situación, así como disponer de las ayudas que se requieran.

Finalmente, es importante pensar que un niño no es un adulto, pero merece el mismo respeto que si lo fuera y la forma amable de tratarlo debería ser un logro cultural irrenunciable.