Teoría del campo en psicoanálisis. Parte I: Harry Stack Sullivan y Madeleine y Willy Baranger (Stern, D.B.)

Publicado en la revista nº047

Autor: Liberman, Ariel

Donnel B. Stern Ph.D. (2013) Field Theory in Psychoanalysis, Part I: Harry Stack Sullivan and Madeleine and Willy Baranger, Psychoanalytic Dialogues: The International Journal of Relational Perspectives, 23:5, 487-501, DOI: 10.1080/10481885.2013.832607

Realizaremos una reseña sobre el primero de dos trabajos en los que Donnel Stern trabaja la teoría del campo en psicoanálisis.

En la primera parte aborda las obras de Sullivan y M. Y W. Baranger sobre este asunto considerando siempre las escuelas a las que han dado lugar según Stern: el psicoanálisis interpersonal-relacional (IRP) y la teoría bioniana del campo (BFT).

Existen, podemos decir, dos fuentes de la teoría del campo en psicoanálisis: una tiene lugar en américa del sur, particularmente en Argentina y Uruguay, así como desarrollos particulares en Italia; la otra tiene su origen y desarrollo en los EE.UU., fundamentalmente. Ambos modos de abordar el asunto del campo analítico tienen antecedentes intelectuales claros: Harry Stack Sullivan en lo que hace al IRP y M. y W. Baranger en lo que este autor comprenderá como el BFT.

La cuestión que articula el trabajo sería: “¿Cómo se relacionan estas dos teorías del campo? ¿Hasta qué punto la adopción por ambas de un término común clave significa que compartan ideas que las vincule conceptualmente y las diferencie de otras escuelas de pensamiento?” (p. 487).

Sullivan, creador de la psiquiatría interpersonal, se apoya en su desarrollo de la teoría del campo tanto en la obra de Kurt Lewin, en la escuela de sociología de Chicago así como el la teoría de las ciencias físicas de su época (estamos hablando de los años 30-40). En este sentido, los desarrollos de Sullivan parten de una cultura y de una generación diferentes a los autores franceses migrados a la argentina, los Baranger, cuyas obras centrales tiene como referencia de los años 60’ hasta finales de los 80’ –dicho muy esquemáticamente.

Stern piensa que así como la obra de Sullivan pertenece a la modernidad (con sus raíces en el positivismo), la obra de los Baranger pertenece a la postmodernidad.

Primero Sullivan pero luego el movimiento IRP (Levenson, Benjamin, Mitchell, Bromberg o Hoffman según Stern) no han tomado como foco de sus desarrollos el concepto de campo aunque dicho concepto esté permanentemente como fondo de sus desarrollos. Como sabemos, el movimiento IRP ha sido influenciado tanto por la obra de Sullivan, como por los desarrollos de Fairbairn, la teoría de las relaciones objetales o la psicología del self.

Para Stern, Sullivan hace explícita muy tempranamente su concepción del campo; dice:

“La gente se comporta en campos interpersonales. Los patrones de sus conductas revelan las fuerzas del campo en virtud de su susceptibilidad a ellas [… Estas personas-conductas] son también, en una extraordinaria medida, el resultado de pasadas experiencias en campos interpersonales. [Estas experiencias pasadas]… pueden afectar enormemente la propia susceptibilidad… en los campos en los que uno participa… El primer paso hacia esta ciencia parece haber sido la observación y análisis del comportamiento en campos interpersonales (Sullivan, 1947, p. 10 / Stern, p. 488-489).

Para Sullivan, concluye Stern, el campo interpersonal es un aspecto continuo e inevitable del vivir humano; en un “hecho” primero que nos ayuda a comprender, según Sullivan, cualquier vida humana, ya que no existe posibilidad de situarse por fuera de este campo. Somos el producto de él, afirma Stern, y lo que somos y experimentamos tiene allí su significado. En este sentido, desde esta perspectiva sullivaniana, el psicoterapeuta no puede evitar crear y participar del campo con el paciente. El psicoterapeuta, como “experto”, observa la naturaleza de la propia participación e interviene en base a dichas observaciones.

Dentro de esta perspectiva, señala Stern, ha habido un movimiento en la comprensión del campo desde la visión de Sullivan del analista-experto hacia otra en que la participación del analista ya no es transparente a sí misma, que está por fuera de la conciencia o del darse cuenta del analista. La contratransferencia comienza a comprenderse no sólo como un dato interno a la experiencia del analista, sino también como un significado que está encarnado en su conducta más allá de su conciencia. Esta participación del analista, ampliación del concepto de contratransferencia, comienza a verse como inevitable. Esto lleva a un cambio en la comprensión del cambio terapéutico, a una comprensión de la creación mutua de enactments entre analista y paciente y a la posterior negociación de este evento interpersonal. Levenson (1972, 1983, 1991) fue uno de los pioneros de este movimiento hacia el modelo IRP del campo. Tanto analista como paciente están comprometidos en el proceso terapéutico y ambos poseen amplios aspectos de su involucración por fuera de la conciencia.

Esta ampliación de la concepción del analista se encuentra hoy en el corazón del IRP, afirma Stern. Esto lleva a Stern a subrayar los problemas epistemológicos que esta posición implica, ya que el analista no necesariamente conoce lo que “está” en la mente del paciente, lo cual no lo exime de tener opiniones sobre este asunto y defenderlas en la comunidad disciplinar, pero, insiste Stern, sin perder de vista que no puede estar seguro sobre la realidad de su involucración inconsciente en la situación analítica.

Toma para ampliar este asunto un aforismo de Sullivan de 1940 que dice: “Las situaciones llaman a las motivaciones” (citado por Stern, p. 490). Stern lo lee de este modo: los acontecimientos en el mundo interno son seleccionados o creados por los acontecimientos en el mundo externo. Entiende que esta forma de verlo de Sullivan es parcial ya que descuida la forma más tradicional, que cree verdadera, y que sostiene que los acontecimiento en el mundo externo son también estimulados por lo que ocurre dentro de la personalidad. La influencia es bi-direccional.

Stern piensa que en el IRP hoy una de las propiedades más importantes del campo es su función dinámica y constitutiva. “El campo configura la experiencia y conducta de sus participantes y esa influencia afecta al analista del mismo modo que al paciente". Su dinámica, el constante fluir del campo, afirma, lleva al cambio en la experiencia de quienes en él participan.

Para Stern los aportes de Sullivan y de su escuela no han sido conocidos-considerados o reconocidos por fuera de los círculos del IRP. En este sentido muestra cómo en un texto reciente de Antonino Ferro y Roberto Basile (2009), que es la introducción a un libro cuyo título es “El campo analítico. Un concepto clínico”, se afirma que el concepto de campo se remonta y se origina en la obra de M. Y W. Baranger en los años 60. Stern nos muestra, asimismo, su sorpresa al ver que la definición que estos autores realizan del campo coincide ampliamente con los desarrollos de Sullivan y los post-sullivanianos. Piensa que la definición que realizan podría haber sido perfectamente escrita sobre Sullivan por cualquier autor contemporáneo del IRP. La pregunta que se plantea, entonces, es tratar de articular las diferencias más allá de las claras semejanzas que para él existen.

Planteará una serie de asuntos en torno a los cuales piensa que podrían verse tanto las semejanzas como, fundamentalmente, las diferencias. Estos son: “La ambigüedad esencial”, “La fantasía inconsciente”, “La cuestión de la conducta del analista” y “Enactments y baluartes”.

Para Stern los Baranger enfatizan la necesidad de preservar una “ambigüedad esencial” –como ellos dicen- en la situación analítica. Todo lo que ocurre en el campo analítico, afirman los Barangers, “es experimentado como una categoría como si (as if)” (Ver Stern, p. 492). Esto lo entienden como que “cada cosa o acontecimiento del campo es, al mismo tiempo, alguna otra cosa”. Esto es así, piensan estos autores, porque a diferencia de la vida cotidiana “en la situación analítica tratamos de eliminar, en la medida de lo posible, toda referencia a nuestra personalidad objetiva y dejamos a esta lo más indefinida posible” (Baranger en Stern, p 493). Si no fuese así, piensan estos autores –y Stern basa todo esto en citas que no reproduciré aquí- el fenómeno transferencial sería suprimido. Esto vale para todo elemento del campo ya que en el campo bi-personal “nada puede ser sólo lo que es” (Stern, p. 493).

La corriente IRP sustituye o reemplaza la distinción entre objetivamente real/transferencial por una concepción de la transferencia como construcción o selección sobre las posibilidades existentes. Si bien los Baranger no son para Stern constructivistas, existe un acuerdo importante con ellos en la medida en que ambos afirman que limitar la realidad a una única versión es algo mortífero para el psicoanálisis. Desde la perspectiva interpersonal y relacional (IRP), la “esencial ambigüedad” de los Baranger es considerada como la idea de que es deseable preservar la incertidumbre de la experiencia: “uno siempre trata de no caer en el sentimiento confortable de lo uno conoce” (Stern, p. 493).

El constructivismo que sostienen muchos autores relacionales (Hoffman, 1993; Mitchell, 1998; el mismo Stern) tiene el mismo sentido. Pero la diferencia radica en que usan el término “esencial” en un sentido diferente a los Baranger; para estos autores la ambigüedad de la experiencia es inevitable, no es una meta o una intención. Ser conscientes de esto es central. La meta no es la ambigüedad sino preservar la incertidumbre sobre lo que sabemos y no sabemos, aceptar esta ambigüedad esencial.

Tanto los Baranger como el IRP contemporáneo ponen, en este sentido, en evidencia las limitaciones del pensamiento de Sullivan. La multidimensionalidad y ambigüedad de la experiencia que señalan los Baranger es muy coincidente, según Stern, con el IRP. Una de las ideas que, según este autor, caracterizan más al pensamiento del IRP es su comprensión de la multiplicidad del self. Reconocer la ambigüedad esencial es reconocer los cambios en los estados del self, conscientes o inconscientes, que responden a los acontecimientos interpersonales en el campo. “Estados del self que no configuran corrientemente la conciencia permanecen presentes de un modo potencial y no-formulado en el fondo (background) de la mente” (Stern, p. 494). En este sentido, afirma Stern, podemos entender la “ambigüedad esencial” de los Baranger como una “permanente potencialidad en cada nuevo momento de cambio en los estados del self simultáneo a los cambios en la naturaleza del objeto” (p. 494).

En un contexto de pensamiento neo-kleiniano, la concepción de los Baranger de la fantasía (phantasy) inconsciente está fuertemente influenciada por el pensamiento de Bion (1961) sobre los grupos, según Stern. Para éste, la fantasía grupal es creada y sostenida por el grupo en su conjunto –concepto de supuestos básicos. Por otro lado, según Stern, Susan Isaacs (1948) desprende el concepto de fantasía inconsciente del concepto de pulsión. Por su lado, los Baranger de los años 60, llevan aún más lejos este movimiento: según Stern, ellos entienden

“la fantasía inconsciente como una elaboración interna de la experiencias pasadas, y de las esperanzas, expectativas y temores acerca del futuro. Cómo uno ha vivido y espera y teme vivir, y no las pulsiones, parecen ser la fuente de la fantasía; y la fantasía, a su vez, es una de las influencias más importante de cómo la experiencias llegan a ser” (p. 494).

El analista tratará, así, de descubrir la fantasía conjunta que organiza el campo y cuya función estructurante es central.

En el psicoanálisis interpersonal y relacional (IRP) la contribución que el inconsciente realiza en la estructuración de la experiencia consciente consiste en los patrones relacionales que permanecen fuera de la conciencia. El concepto de “matriz relacional” de Mitchell es, para Stern, una muestra de este modo de comprensión.

Para Stern, lo que resulta más interesante del uso que los Baranger realizan del concepto de fantasía inconsciente es la “integración entre una noción que no está basada en la pulsión con la comprensión interpersonal de la situación analítica”. Esta forma de definir el concepto de campo ha tenido una gran influencia en los autores de la teoría del campo bionianos (BFT) que han venido posteriormente; la fantasía como una creación conjunta de los participantes del campo irreductible a una mera suma de fantasías individuales.

En cuanto a la cuestión del comportamiento del analista existe, para Stern, una divergencia significativa entre el IRP y el BFT. Mientras que para los IRP la naturaleza de su involucración mutua es la misma en ambas direcciones con diferentes responsabilidades, los Baranger, siempre según Stern, temían ir muy lejos y pensaban que la identificación proyectiva del paciente debía ser masiva mientras que la del analista debía mantenerse limitada y controlada para evitar que los sentimientos del analista inunden la situación analítica. Para Stern el problema es el mismo que se planteaba con el psicoanálisis clásico: si la identificación proyectiva es un proceso inconsciente, ¿cómo hace el analista para ejercer un control consciente sobre él? ¿Cómo “controlar” la contratransferencia si ésta es inconsciente? El problema también está basado, para Stern, en la insistencia de los Baranger en su “creencia” de que la responsabilidad del analista profesional es que su experiencia contratransferencial no emerge en la conducta. Para ellos, el compromiso del analista con su rol profesional es suficiente para que esto no ocurra, para impedir los enactments, restringiendo la experiencia contratransferencial al ámbito de la experiencia interna. Esto implica una separación no aceptable para los IRP entre experiencia y conducta. Para estos últimos la única posibilidad es aceptar que experiencia y conducta están absolutamente entrelazadas y que el compromiso inconsciente del analista es inevitable.

“Desde esta perspectiva, el analista, aceptando que no tiene otra elección que ocupar la posición crea las mejor situación para avanzar en las metas clínicas” (p. 497).

Para los analistas interpersonales y relacionales el campo es a la vez experiencial y conductual, tanto la vida interna como la conducta externa. La actitud profesional, responsable y disciplinada del analista está al servicio de ayudar al paciente pero dentro de estos “amplios parámetros” (p. 497), la involucración inconsciente del analista no puede restringirse. Esta es, para Stern, una diferencia conceptual fundamental.

Los analistas que siguieron los lineamientos de los Baranger también se han adherido, según Stern, a la idea de que el enactment contratransferencial puede (y sería deseable) ser evitado y que su compromiso con el rol analítico es suficiente para realizar esta auto-contención/restricción.

El concepto de baluarte muestra, según el autor, puntos importantes de contacto. Este concepto aparece en la obra de los Baranger en los años 60 y lo definen como un momento de cristalización resistencial del campo en el que sectores de la experiencia quedan disociados. El baluarte puede ser tanto una cierta actividad perversa, un sentimiento de superioridad intelectual o moral, el aferramiento a una ideología, al dinero, etc. El baluarte es una resistencia del paciente que opera en conjunción con una resistencia (o contrarresistencia) del analista produciendo una escisión del campo. Sólo gracias al concepto de “segunda mirada” que los Baranger introducen, es decir, de una “mirada de campo” es que se pueden identificar este fenómeno clínico. Dice Stern:

“Si aceptamos la amplia definición del IRP de enactment mutuo, i.e., que el enactment mutuo es la participación inconsciente en el tratamiento tanto del paciente como del analista, entonces en los términos del IRP podemos clasificar la comprensión que los Baranger tienen de la complicidad del analista en el baluarte como un enactment” (p. 499).

Después de situar esta gran convergencia entre ambos modelos, Stern insiste en que aun así existe una diferencia que tiene que ver con la comprensión de la conducta y su articulación con la fantasía. Existe, para ellos –afirma Stern- la posibilidad de establecer una clara distinción entre fantasía y conducta, lo que les permite llegar a afirma que la involucración del analista en el ámbito de la fantasía no modela ni debe modelar la conducta del analista. Y se pregunta Stern, “¿es realmente posible diferenciar completamente la involucración del analista en el nivel de la fantasía inconsciente de su involucración con el paciente en el nivel de la conducta?” (p. 499). Stern dice que no puede afirmar tajantemente que para los Baranger sea esto realmente posible pero sí piensa que en la lectura de sus textos y en comparación al IRP, estos últimos enfatizan con mucha mayor claridad la existencia de una “influencia inconsciente continua de la conducta del analista con el paciente” (p. 499).

Stern concluye su trabajo afirmando que de las distintas semejanzas y diferencias que ha señalado a lo largo del trabajo la que más le interesa es la divergencia que estas dos concepciones tienen acerca de la implicación inconsciente de la conducta del analista en el proceso psicoterapéutico. Para los psicoanalistas formados en las huellas de Sullivan, la conducta del analista, “lo que dos personas hacen juntas”, y el modo en el que lo hacen, fue siempre tomado como “el corazón” de su herencia:

“no sólo los contenidos de la mente del analista sino también la conducta del analista eran de forma rutinaria afectadas por la participación inconscientemente motivada del analista en el campo interpersonal” (p. 500).

Comentario personal

El trabajo de Stern puede ser considerado desde muchos ángulos. Por su enorme claridad voy a prescindir de muchos comentarios en cuanto al contenido del trabajo para centrarme en algunos aspectos históricos y de contexto que me parecen pueden interesar al lector y comprender algo mejor el debate que este trabajo trata de plantearnos.

En primer lugar señalaría el interés creciente del psicoanálisis norteamericano por los psicoanalistas rioplatenses o argentinos que desarrollaron sus propuestas en los años 60 y que fueron creando en esas latitudes corrientes de pensamiento fuertemente innovadoras. Coincido con De Leon y Bernardi (2000) cuando afirman que este pensamiento fue durante algunas décadas marginalizado en el mismo Río de la Plata (Argentina y Uruguay) por el predominio, a partir de mediados de los 70, de corrientes de pensamiento vinculadas al psicoanálisis francés que, más allá de sus enormes contribuciones al pensamiento analítico, dejaron en los márgenes muchos de los creativos desarrollos que los años 60, tanto en la Argentina como en otras latitudes, habían gestado. Por otro lado, como también afirman estos autores, es en los pliegues del concepto de contratransferencia (o en los pliegues de sus debates a partir de la década del 50) en dónde podemos hallar muchos de los debates contemporáneos sobre la posición del analista y el proceso analítico. La noción de campo fue desarrollada entonces fue desarrollada por los Baranger en uno de estos pliegues.

Si bien me resultan interesantes y comparto muchas de las propuestas de Stern, en su forma de leer y diferenciar la corriente interpersonal relacional contemporánea de las ideas de los Baranger, considero que aunque se cuida muy bien de reprochar a estos autores rioplatenses de no haber referido más la obra de Sullivan, esta sensación queda, sin embargo, flotando. El reproche, sin duda, no tiene cabida y creo que hay que leerlo en clave de protesta: Stern se hace vocero de la marginalización constante, a lo largo de la historia, que han hecho los grupos psicoanalíticos vinculados a la IPA de las contribuciones de los psicoanalistas interpersonales americanos (léase, por ejemplo, Levenson o Wolstein).

Faltaría, pienso, para una comprensión y ubicación más clara de la obra de los Baranger referirla al pensamiento innovador de Pichon-Riviere, quien desarrolla su obra más o menos en los mismos años que lo hace Sullivan y quien, al igual que este último, tenía en gran consideración el pensamiento de George Mead y otras referencias del panorama intelectual –así como también el debate con la psiquiatría tradicional de corte biologicista.

La contribución central de este trabajo es mostrar las similitudes entre ambos pensamientos sin reducir uno al otro. Trabajar esta diferencia, para lo cual hay primero que tratar de localizarlas, será una tarea que sigue viva para muchos analistas contempráneos.

Bibliografía

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Psychoanalysis, 89, 795–826. (Original work published 1961–1962)

Bion, W. R. (1961). Experiences in groups and other papers. London, UK: Tavistock.

De Leon y Bernardi (2000)

Ferro, A., & Basile, R. (Eds.). (2009). The analytic field. A clinical concept. London, UK: Routledge

Hoffman, I. Z. (1998b). Ritual and spontaneity in the psychoanalytic process: A dialectical-constructivist view. Hillsdale,

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Isaacs, S. (1948). The nature and function of phantasy. International Journal of Psycho-Analysis, 29, 73–97.

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Levenson, E. A. (1991). The purloined self . New York, NY: Contemporary Psychoanalysis Books.

Mitchell, S. A. (1993). Hope and dread in psychoanalysis. New York, NY: Basic Books.

Sullivan, H. S. (1940). Conceptions of modern psychiatry. New York, NY: Norton.

Wolstein, B. (1959). Countertranference. New York, NY: Grune & Stratton.