Personalidades esquizoides (McWilliams, N. Diagnóstico Psicoanalítico. Comprendiendo la estructura de personalidad en el proceso clínico)

Publicado en la revista nº047

Autor: Sánchez Hita, Inmaculada


McWilliams, N. Psychoanalytic Diagnostic. Understanding Personality Structure in the Clinical Process. New York: The Guilford Press (2011).



La personalidad esquizoide se suele asociar a gravedad, por posible riesgo de ruptura psicótica, y a percepción de rareza y excentricidad, que se tiende a patologizar. La realidad clínica que encontramos los especialistas es que, en muchos casos, es funcional y con áreas yoicas fuertes y sanas.


Pese a lo señalado en estudios clásicos (E.Bleuler, 1991; M.Bleuler, 1997; Nannarello, 1953; Peralta, Cuesta & de Leon, 1991) y más actuales de las neurociencias y de la genética (Weinberger, 2004), no existe evidencia empírica de que todos los esquizoides estén en riesgo de patología psicótica. Parte de su rareza deriva de ser una población minoritaria. Según el concepto psicoanalítico de la personalidad esquizoide (concepto Jungiano, introvertido- intuitivo- sentimental- juzgador), constituyen sólo el 1% del total de la población sobre la que se han hecho estudios de la personalidad.


McWilliams recoge lo que Albert Einstein (1931) escribió sobre sí mismo:


“Mi apasionado sentido de la justicia social y de la responsabilidad social ha estado en contraste con mi pronunciada ausencia de necesidad de contacto humano y con comunidades humanas. Yo soy un “viajero solitario” que nunca ha pertenecido a mi país, a mi hogar, a mis amigos, ni siquiera a mi familia más próxima, con todo mi corazón; a propósito de esas ataduras, nunca he perdido un sentido de la distancia y una necesidad…”


A pesar a los cambios que se introdujeron en DSM-III (1980), muchos profesionales continúan considerando los diagnósticos de esquizoide, esquizotípico y trastornos evitativos de la personalidad como versiones no-psicóticas del carácter esquizoide. El diagnóstico de esquizofrenia, desorden esquizofreniforme y trastorno esquizoafectivo son considerados niveles psicóticos del funcionamiento esquizoide.


En opinión de McWilliams, la psicología esquizoide podría considerarse en el extremo sano del espectro autista. Se da sin embargo una notable diferencia, mientras el autismo se caracteriza por una incapacidad para imaginar lo que otros piensan, sienten y para motivarse por ello, los esquizoides, a pesar de su aislamiento, si suelen estar más en contacto con la experiencia subjetiva del otro y sus necesidades. Si los autistas padecen de falta de afectos, los esquizoides están desbordados por ellos.


IMPULSOS, AFECTIVIDAD Y TEMPERAMENTO EN PSICOLOGIA ESQUIZOIDE


Es característica la excitabilidad infantil a estímulos externos, incluso a los estímulos del cuidador, del que se alejan como si hubiera invadido su área de confort y seguridad (Brazelton, 1982; Kagan, 1994). Hiperpermeables a todo lo externo, se sospechará el posible desarrollo de personalidad esquizoide en bebés con un “pobre ajuste” entre ellos y sus cuidadores. (Escalona, 1968).


El mundo interno inconsciente de la personalidad esquizoide se configura en defensa de un exterior percibido como lleno de consumo, amenazas contra la seguridad y la individualidad. Son personas que andan evitando los peligros de ser envueltos, absorbidos, distorsionados, controlados o devorados, aspectos del nivel oral del desarrollo. La percepción que Fairbain intuyó en los esquizoides, “el amor provoca hambre”, se refiere a las dinámicas orales que subyacen en estas personalidades y que les lleva a aislarse en la fantasía, a veces repleta de contenidos violentos por su fascinante afinidad por temáticas de terror. Sin embargo suelen ser consideradas personas amables, en absoluto agresivas. Ocultan defensivamente tanto su hambre (la delgadez del esquizoide, Kretschmer, 1925) como su agresividad, lo que les suele dar una atractiva apariencia de dulzura, excentricidad, y a veces de fragilidad. Tienden a relacionarse emocionalmente de forma genuina, sorprendente, lo que llega a intimidar. Esto supone una dificultad para tener experiencias de validación por parte de otros de la propia de vida emocional. Sin embargo, es notable lo contrario, la habilidad de un esquizoide para percibir, llegando a perder empatía por el mundo menos ambivalente y menos emocional de las personas no esquizoides.


Su problemática no se centra en la vergüenza narcisista, ni en la culpa depresiva sino en la amenaza de su seguridad básica. Al sentirse sobrepasados, se esconden literalmente como un eremita, o se aíslan en su imaginación (Kasanin&Rosen, 1933; Nannarello, 1953). La escisión self/exterior, y entre la experiencia del self y el deseo,  generará un sentido de extrañeza de parte del self o de la vida, y muchos analistas hablan de fenómenos disociativos en la psicología esquizoide ( D.W.Winnicott).


Procesos adaptativos y defensivos en psicología esquizoide


Aunque la defensa patognomónica de la personalidad esquizoide es refugiarse en el mundo interno de la fantasía, pueden usar proyección / introyección, idealización, devaluación y la intelectualización (defensa más madura), siendo poco frecuente el bloqueo emocional o sensorial que proporcionan la negación o la represión. Tampoco es característica la organización de la experiencia en buena y mala, a través de la compartimentalización, moralización, o formación reactiva. Siempre llama la atención el aislamiento y el comportamiento cortante, inapropiado, bajo condiciones de estrés.


 La capacidad mas adaptativa e interesante del esquizoide es la creatividad, su tendencia al aislamiento la facilita. Suelen destacar en las artes, descubrimientos científicos, innovaciones teóricas, y en espiritualidad. La sublimación del aislamiento autista en la actividad creativa es un objetivo primario en la terapia de los pacientes esquizoides.


Patrones relacionales en psicología esquizoide


El conflicto principal en los esquizoides está relacionado con la cercanía que desean, y la distancia a la que se sitúan por miedo inconsciente a ser devorados por los otros. Su vida relacional es una sucesión de tiempos de conexión, seguida de otros más largos de retiro debido a la profunda ambivalencia, amor y temor, sobre el apego. Aunque se reafirman en su seguridad al aislarse, se quedan solos y alienados. Es lo que Guntrip (1952), llamó el dilema relacional “dentro y fuera”.


Respecto a la sexualidad buscan objetos sexuales inalcanzables, mientras que sienten indiferencia hacia los disponibles, pues a mayor proximidad, más preocupación porque sexo signifique implicación emocional. Esta es la razón de que, pese a ser funcionales y orgásmicos, se muestren apáticos.


Para la teoría de las relaciones objetales, la problemática de la fijación-regresión explicaría el origen de la dinámica esquizoide. Melanie Klein (1946) relacionó los mecanismos esquizoides con la posición esquizoparanoide infantil previa a la individualización. Otros analistas explican las dinámicas esquizoides relacionándolas con regresiones a experiencias neonatales (Fairbairn, 1941; Guntrip, 1971), esencialmente “prementalización” (Giovacchini, 1979),  o cuando el niño emerge de la simbiosis (Horner, 1979).


Pero es el paradigma del apego evitativo, una de las modalidades de apego inseguro, lo que aporta hoy en día un modelo conceptual explicativo (Wallin, 2007). Son bebés “evitadores” o “despreciativos” en la situación extraña, indiferentes a la presencia de la madre y que pese a la apariencia de confort, presentan alteraciones fisiológicas que delatan su estrés relacional (elevación de las pulsaciones o de los niveles de cortisol, Spangler& Grossmann; Sroufe&Waters).


 Main y Weston describieron a las madres de estos niños evitadores, como bruscas, inexpresivas y con aversión al contacto físico. Ainsworth destaca el rechazo materno a la normal dependencia con el bebé, y Grossmann & Grossmann (1991) su falta de respuesta a estados emocionales como la tristeza. Las modalidades de apego con negligencia parental pueden generar autosuficiencia defensiva en el niño, querrá entonces apartarse, evitar el contacto y depositará su confianza solo en el mundo interno para la estimulación.


Pero la personalidad esquizoide también pondría estar condicionada por una crianza sobreprotectora y normativa, con figuras de apego asfixiantes que impulsan igualmente al aislamiento (Winnicott, 1965). Un prototipo de familia comúnmente asociada al paciente varón esquizoide es el de una madre seductora, transgresora de límites y un padre impaciente y crítico. Es más frecuente el varón esquizoide, lo que podría relacionarse con la mayor frecuencia de figuras de apego femeninas .La experiencia clínica evidencia que las chicas, identificadas con las cuidadoras, son propensas a los desordenes caracterizados por exceso de apego (depresión, masoquismo,  personalidad dependiente), mientras que los varones padecerían mas frecuentemente patologías por defecto de apego (psicopatía, sadismo, condiciones esquizoides).


También los contenidos transmitidos, no sólo la intensidad de la implicación parental, pueden contribuir al desarrollo de un patrón de retirada y desinterés esquizoide. Patrones contradictorios, mensajes doble-vinculantes, fomentan dinámicas esquizoides que protejan al self de niveles intolerables de confusión y enfado, pero dejando también una secuela de desesperanza, actitud que a menudo se aprecia en los pacientes esquizoides (Giovacchini, 1979).


Podría considerarse como factor etiológico de desarrollo, un patrón de microdisociaciones en respuesta a la sobreestimulación traumática de cuidadores insensibles a la emocionabilidad del niño. Se trata de la teoría explicativa de Fairbairn que puede ser también la base para entender trastornos disociativos, el fenómeno borderline, y el narcisismo, patologías todas ellas con la común dificultad en la tolerancia al afecto y posibilidad de tener experiencias disociativas. Otros autores hablan de “trauma acumulativo”, de fallos repetidos en la protección por sobreidentificación intensa con el bebé (Masud Khan, 1963, 1974). En la actualidad, hay toda una línea de investigación para poder explicar la psicología esquizoide como producto del trauma relacional repetitivo y que daría lugar a alteraciones en la regulación de la afectividad y de la experiencia somática, con despersonalización crónica y/o desrealización (Chefetz, 2010 en comunicación personal a McWilliams).


McWilliams nos muestra un ejemplo de las vivencias internas de un paciente en este sentido:


“En una comunicación real, un músico talentoso una vez me dijo, con la característica capacidad figurativa esquizoide, que la vida era en color hasta la muerte de su padre (a los 9 años), tras eso siempre fue en blanco y negro”.


El self esquizoide


La personalidad esquizoide, como venimos señalando, tiende a sentir incomodidad en la vida relacional y muestra una significativa indiferencia por las expectativas sociales convencionales, por el efecto que causa en otros, y por las respuestas evaluadoras externas. Podría decirse que resultan algo irónicos y despectivos, como denotando una superioridad defensiva contra el control y el intrusismo (Bleuler, 1911; Sullivan, 1973). Incluso pacientes con esquizofrenia grave muestran este oposicionismo deliberado y visible, como si fuese la única posibilidad de preservar la integridad del self por fuera de las expectativas convencionales. Bajo el tópico de “contra-etiqueta”, Sass señala respecto a este fenómeno:   


“Investigaciones multiculturales han mostrado…que los esquizofrénicos generalmente parecen gravitar la senda de la mayor resistencia, tendiendo a transgredir cualquier costumbre sacralizada en cualquier cultura. Por ello, en la Nigeria religiosa profunda, son particularmente propensos a violar las normas religiosas; en Japón, a agredir a los miembros de la familia”


Con su temor inconsciente a ser psicológicamente absorbidos, sienten una tremenda aversión a ser definidos. Amantes de la distancia, el conflicto gira entre la necesidad de vínculos y la necesidad de independencia para la definición del self (Blatt, 2008). Paradójicamente, tienden a atraer y a sentirse atraídos por personas expresivas, sociables como las personalidades histéricas, quizás por la envidia y por la irresistible atracción por lo opuesto de la condición humana, como explica McWilliams.


Un psicoanalista, Allen Wheelis (1956), escribió un ensayo sobre lo atractivo que resulta el trabajo de analista, y sobre los riesgos también, para una personalidad esquizoide, un trabajo en conflicto con la distancia y la cercanía, y que requiere de una exquisita sensibilidad a disposición del paciente.


La persona esquizoide quiere confirmar su originalidad y sensibilidad, más interna que externamente, por esto sostiene la autoestima con la actividad creativa, de la misma manera que el psicópata con el poder, o el narcisista con la admiración de un otro. Debido a los altos ideales creativos, son autocríticos, hasta llegar a someterse al aislamiento y a la desmoralización. Sass (1992) considera lo esquizoide como emblemático de modernidad: alineación de la sensibilidad común que se refleja en las perspectivas deconstructivas del arte del siglo XX, en la literatura, antropología, filosofía.


Transferencias y contratransferencias con los pacientes esquizoides


Altamente perceptivos para la autenticidad, intentarán comprobar si hay un interés real del terapeuta, que se toleran sus contenidos confusos y desagradables, y que no son considerados personajes extraños. Pueden solicitar ayuda por ansiedad, depresión o por miedo a volverse locos, cuando su aislamiento se ha hecho demasiado doloroso, o porque han sufrido pérdidas de alguna de las pocas personas próximas, o por las limitaciones de su conducta evitativa. El reto inicial de la transferencia-contratransferencia es encontrar el camino hacia el mundo subjetivo interno sin provocar demasiada ansiedad por la intrusión. La distancia es una estrategia de defensa, y no una barrera imposible. En el análisis de estos pacientes se evidencia sentimientos de vacío, dificultad para hablar y dolor, y es todo un arte mantener sus largos silencios mientras el paciente internaliza la seguridad del encuadre. La tarea fundamental del terapeuta consistirá en respetar y explicitar la distancia segura que disminuya el temor a ser “engullido”. Demostrarles que no generan alarma ni rechazo, sentirse tratados con interés y respeto, y sentirse comprendidos, pueden ser experiencias emocionales correctoras.


Según McWilliams, el actual entusiasmo de la psiquiatría por las explicaciones sobre los estados esquizoides, podría estar en continuum con la fascinación que siempre ha provocado el mundo interno de estos pacientes enigmáticos, con el consiguiente riesgo de teorizar o explorar desde la curiosidad y no para entender su subjetividad con rigurosidad. Son personas, no fenómenos a describir.


Los esfuerzos por encontrar hallazgos bioquímicos y neurológicos sobre esquizoides y esquizofrenia no deberían dejar de lado el análisis del significado de la experiencia esquizoide y su dificultad para intimar.


Se les puede percibir como débiles e indefensos, generando esta percepción una fantasía en el terapeuta de omnipotencia, de vínculo único con el paciente que lo protege del exterior. Se reproduce así la actitud de un padre sobreprotector que imagina grandezas para su hijo especial .Las peculiaridades de la transferencia-contratransferencia deben mantener al clínico muy atento a todo esto,  a no distanciarse con una posición de mero observador , y a no incitar al paciente a una apertura prematura.


Implicaciones del diagnóstico de la personalidad esquizoide


El análisis personal, la experiencia de años con distintos tipos de pacientes, la apertura emocional y los recursos para el trabajo con la fantasía, son requisitos básicos para abordar la psicología esquizoide. Si el terapeuta padece de tendencias depresivas, o miedo de abandono, podría tener inclinación a una proximidad que los pacientes esquizoides no van a tolerar. La terapia efectiva será aquella que tienda a normalizar, el paciente esquizoide siempre teme terminar siendo el objeto raro a estudiar, el freaky. Por eso es importante hacerles ver que sus reacciones son apreciadas y comprensibles. Es importante, como con cualquier paciente, evitar las interpretaciones en las fases iniciales, pero mucho más con este tipo de personalidad tan consciente de su autoconocimiento. Susan Deri (1968) recuerda la utilidad de utilizar las propias palabras o las imágenes del paciente, reforzando así su sentido de la realidad y de solidez interna.


E. Hammer (1968) comenta la efectividad de un gesto tan sencillo como alejar discretamente la silla del paciente, para dar un mensaje no verbal reasegurando que el terapeuta no se entrometerá, tomará el control o agobiará. Alertó con poner a prueba, investigar o tratar al paciente de manera que pueda pensar que es solo un “caso”.


Un paciente esquizoide puede mantener su autoestima a pesar de las limitaciones del otro, incluso cuando no son comprendidos .Serán funciones del terapeuta transmitir reafirmación de la riqueza interior como talento en lugar de tomarla como patología, que el mundo interno tiene sentido, y hacerles vivir la experiencia de sentirse aceptado. Un buen recurso técnico es hacer uso de temáticas literarias o artísticas para trabajar sobre el autoconocimiento y la comprensión.


Un terapeuta, A.Robbins (1988) describe la parte inicial de su propio psicoanálisis:


“Cuando había silencios demasiado largos en los que no encontraba que decir o como comunicar mis sentimientos relativos a mi propia historia vital, afortunadamente mi analista no me abandonó. A veces me ofreció “lecturas para dormir” (A Robbin nunca le leyeron siendo un niño) en forma de recitar obras de teatro, literatura, y películas que tenían alguna relevancia en las imágenes y temores difusos que le presentaba en mi terapia. Mi curiosidad creció en torno a las referencias, y me propuse leer el material. Escritos de Ibsen, Dostoyevsky, y Kafka llegaron a ser fuentes importantes de material simbólico que parecieron clarificar y devolver imágenes de mis experiencias interiores. La literatura, y más tarde el arte, parecieron dar forma simbólica a lo que yo estaba intentando expresar. Y lo más importante, este material me proporcionó una manera excelente de sentirme conectado emocionalmente con mi analista.”


El proceso terapéutico, insiste McWilliams, no puede convertirse en un refugio, un capullo que nuevamente lo envuelva y aísle. En esas condiciones, aunque haga insight, no mejorará el funcionamiento social, no mejorará en sus relaciones sexuales o en sus proyectos creativos. Se trata de ayudar, de impulsar a pasar de un ambiente protegido a la externalización y generalización de los logros conseguidos en la terapia, recordándole que es un objetivo en el que como individuo, el terapeuta, no puede participar. Al abordar esto, sentirá falta de empatia, de nuevo control, y una reactualización del conflicto entre el deseo y el miedo relaciona. Como en la mayoría de los aspectos de la terapia, el timing es fundamental.


La necesidad de relaciones reales de la personalidad esquizoide, con ese radar para la falsedad, con tantas relaciones “como si”, requiere de un estilo terapéutico responsable junto con una activa participación del terapeuta como persona. La autenticidad es importante con todos los pacientes, pero para aquellos con personalidad esquizoide, es absolutamente fundamental.


Diagnóstico diferencial


La personalidad esquizoide puede impresionar de gravedad y enfermedad, generando una alerta infundada sobre posible clínica psicótica, incluso, si no se tiene mucha experiencia, confundirla con esquizofrenia. La psicología esquizoide nos pondrá como especialistas ante un primer desafió diagnóstico: establecer la potencia yoica del paciente. Para ello es imprescindible evaluar el grado de funcionalidad en distintas áreas, explorar posibles procesos psicóticos, complementando este trabajo, si hay aspectos confusos, en tests psicológicos. La medicación y/o hospitalización puede estar indicada cuando los resultados sugieren algún nivel de psicoticismo importante.


Son pacientes con los que se puede trabajar bien. Es cierto que suelen suscitar admiración por su originalidad, pero acuden a terapia como cualquier otro paciente en busca de ayuda por un problema concreto; serio un error redirigir el trabajo en otras direcciones como su excentricidad.


Personalidad esquizoide vs personalidades obsesivas y compulsivas. El aislamiento y la rumiación continua sobre contenidos de la fantasía, ciertas rarezas de comportamiento que pueden parecer compulsivas, así como rituales que les protegen de intrusiones molestas, puede poner difícil el diagnostico diferencial con pacientes obsesivo-compulsivos, especialmente en el rango borderline-a-psicótico. Ahora bien, los individuos obsesivos están mas integrados en sus grupos de referencia, son generalmente sociables, están preocupados por lo apropiado y el cumplimiento de la norma, y por la aprobación externa. Un individuo esquizoide carece de interés por estos convencionalismos. Respecto a la afectividad, los pacientes con personalidades obsesivo-compulsivas niegan o aíslan sus sentimientos, mientras que los individuos esquizoides si los identifican internamente.



Bibliografía citada del artículo original



Ainsworth, M.D.S., Blehar, M.C., Waters, E. y Wall, S (Eds.) (1978) Patterns of attachment: A psychological study of the Strange Situation. Hillsdale, NJ: Erlbaum


Blatt, S. (2008) Polarities of experience: Relatedness and self-definition in personality development, psychopathology, and the therapeutic process. Whashington DC: American Psychological Association


Bleuler, E. (1911) Dementia praecox or the group of schizophrenias. New York: International Universities Press.


Bleuler, M. (1997) The schizophrenic disorders. New Haven, CT: Yale University Press


Brazelton, T.B. (1982) Joint regulation of neonate-parent behavior. In E. Tronick (Ed.), Social interchange in infancy. Baltimore: University Park Press


Deri, S. (1968) Interpretation and language. In E. Hammer (Ed.), The use of interpretation in treatment. New York: Grune & Stratton.


Einstein, A. (1931) The word as a I see it. In S. Bergmann (Trans.) Ideas and opinions (3d ed., pp. 3-79, New York: Three Rivers Press.


Escalona, S.K. (1968) The roots of individuality: Normal patterns of development in infancy. Chicago: Aldine.


Fairbairn, W.R.D. (1941). A revised psychopathology of the psychoses and psychoneuroses. International Journal of Psycho-Analysis, 22, 250-279.


Giovacchini, P.L. (1979). The treatment of primitive mental states. New York: Jason Aronson.


Grossmann , K. & Grossmann, K.E. (1991) Newborn behavior, early parenting quality and latter toddler-parent relationships in a group of German infants. In J.K. Nugent, B. M. Lester, y T.B. Brazelton (Eds.), The cultural context of infancy (Vol. 2, p. 3-38). Norwood, NJ: Ablex.


Guntrip, H. (1952). The schizoid personality and the external world. In: Schizoid Phenomena, object relations and the self (pp. 17-48). New York: International Universities Press, 1969.


Guntrip, H. (1971). Psychoanalytic theory, therapy and the self: A basic guide to the human personality in Freud, Erikson, Klein, Sullivan, Fairbairn, Hartmann, Jacobson, and Winnicott. New York: Basic Books.


Hammer, E. (1968). The use of interpretation in treatment. New York: Grune & Stratton.


Horner, A.J. (1979). Object relations and the developing of ego in therapy. New York: Jason Aronson.


Kagan, J. (1994). Galen’s prophecy: Temperament in human nature. New York: Basic Books.


Kasanin, J.S. & Rosen, Z.A. (1933) Clinical variables in schizoid personalities. Archives of Neurology and Psychiatry, 30, 538-553.


Klein, M. (1946). Notes on some schizoid mechanisms. International Journal of Psycho-Analysis, 27, 99-110.


Kretschmer, E. (1925). Psyque and character. New York: Harcourt, Brace & World.


Main, M. y Weston, D.R. (1982). Avoidance of the attachment figure in infancy. In M. Parkes & J.Stevenson-Hinde (Eds.), The place of attachment in human behavior (pp. 31-59). New York: Basic Books.


Khan, M.M.R. (1963). The concept of cumulative trauma. Psychoanalytic Study of the Child, 18, 286-306.


Khan, M.M.R. (1974). The privacy of the self. New York: International Universities Press.


Nannarello, J.J. (1953). Schizoid. Journal of Nervous and Mental Diseases, 118, 242.


Peralta, V., Cuesta, M.J. & de Leon, J. (1991). Premorbid personality and positive and negative symptons in schizophrenia. Acta Psychiatrica Scandinavica, 84, 336-339.


Robbins, A. (1988). The interface of the real and transference relationships in treatment of schizoid phenomena. Psychoanalytic Review, 75, 393-417.


Sass, L.A. (1992) Madness and modernism: Insanity in the light of modern art, literature and thought. New York: Basic Books.


Spangler, G y Grossmann, K.E. (1993). Biobehavioral organization in securely and insecurely attached infants. Child Development, 64, 1439-1450.


Sroufe, L. y Waters, E. (1977). Heart rate as a convergent measure in clinical and developmental research. Merrill-Palmer Quarterly, 23, 3-28-


Sullivan, H.S. (1973) Clinical studies in psychiatry. New York: Norton


Wallin, D.J. (2007). Attachment in psychotherapy. New York: Guilford Press.


Wheelis, A. (1956). The vocational hazards of psychoanalysis. International Journal of Psychoanalysis, 37, 171-184.


Winnicott, D.W. (1965). The maturational processes and the facilitating environment. New York: International Universities Press