Teoría del campo en psicoanálisis, Parte 2: La teoría del campo bioniana y el psicoanálisis interpersonal y relacional contemporáneo (Stern, D.B.)

Publicado en la revista nº048

Autor: Liberman, Ariel

Field Theory in Psychoanalysis, Part 2: Bionian Field. Theory and Contemporary Interpersonal/Relational Psychoanalysis. Donnel B. Stern. Psychoanalytic Dialogues, 23:630–645, 2013 


Este artículo es la segunda parte de un proyecto de Donnel B. Stern de comparar el psicoanálisis interpersonal y relacional contemporáneo (a partir de ahora IRP) con la teoría del campo bioniana contemporánea (a partir de ahora BFT). En la primera parte, cuya reseña hemos publicado en el anterior número de Aperturas Psicoanalíticas, Stern aborda las convergencias y divergencias entre dos de los grandes referentes de ambas teorías: H. S. Sullivan y W. Baranger.


En el trabajo que reseñamos ahora trata de establecer similitudes y diferencias entre los desarrollos contemporáneos del BFT, sobre todo del pensamiento de Antonino Ferro y Giusseppe Civitarese, y los psicoanalistas que engloba dentro del IRP -sobre todo su propio pensamiento.


Similitudes


Comienza situando las Similitudes” que entiende que a grandes rasgos podrían condensar en estos puntos: teorización cercana a la experiencia; co-creación y colaboración; el rol del afecto; experiencia no formulada/no mentalizada y simbolización; procesos de campo y acción terapéutica como crecimiento de la mente (BFT) o del self (IRP). A continuación pasaremos a detallar cada uno de estos apartados pero queríamos ofrecer una primera aproximación de la variedad de temas que se esbozan ya que un trabajo en profundidad hubiese requerido una extensión mucho más amplia.


Parte Stern de lo que entiende que ambos grupos sostienen: que las conclusiones que no resulten significativas fenomenológicamente (cercanas a la experiencia del paciente) son más una conformidad con la teoría que una compresión adecuada al servicio del trabajo analítico. Ambos modelos afirman que el proceso clínico es co-creado, que las narrativas clínicas son el resultado de una acción colaborativa. Ferro, nos dice Stern, usa el juego del garabato de Winnicott, en el que cada participante agrega espontáneamente algo a lo que el otro ha creado, como un modelo de esta creación conjunta; también usa Ferro (Ferro & Basile, 2009b) la analogía entre el campo analítico y una película realizada por dos directores, quienes simultáneamente a la obra conjunta hacen sus respectivas películas. Lo que acabamos de señalar y los modelos que usan hacen que los contenidos de las sesiones se encuentren cerca de la experiencia y que la abstracción sea infrecuente. Estas preferencias compartidas –desalentar la abstracción y mantenerse cerca de la experiencia- suponen, también, una forma común de articular el presente y el pasado. Para Stern, el trabajo clínico no esta orientado hacia las estructuras del pasado sino que retratan los procesos del campo en el presente. Se entiende, por supuesto, que estos procesos son parcialmente el resultado del pasado, pero la teoría del campo no requiere necesariamente la construcción de dichas historias sino que enfatiza sus influencias formativas y relevantes en el aquí y ahora.


En cuanto al rol del afecto es, para ambos, un referente central para poner el foco en una comprensión cercana a la experiencia. Ferro, basando su pensamiento en la obra de Bion, habla de la transformaciones, que Ferro denomina alfabetización, haciendo referencia a la transformación de los elementos beta de Bion, es decir, experiencias sensoriales primitivas, estados emocionales que necesitan ser simbolizados, en elementos alfa, es decir, experiencias simbólicamente representadas. El tratamiento busca desestabilizar las rigideces del campo, que Ferro denomina “áreas calcificadas de los relatos” (Ferro, 2009, citado por Stern, p. 632), gracias a la transformación simbólica de dichas proto-emociones. Algo similar plantea Bromberg, aunque en un lenguaje muy diferentes, cuando afirma que la pareja analítica comparte sus “experiencias afectivas disociadas de algo que está teniendo lugar entre ellos”, aspectos no simbolizados de su experiencia mutua, que el proceso pondrá en movimiento “para ampliar el ámbito y la fluidez del diálogo(Bromberg, 2011, citado por Stern, p. 632).


Ninguno de estos dos modelos, afirma Stern, entienden lo dinámicamente inconsciente como contenidos ocultos que están formados y listos para ser revelados una vez que dejan de operar las defensas. Tanto en el modelo de la disociación del IRP, como en el modelo de la transformación de los contenidos mentales del BFT, la experiencia simbólica no ha sido aún construida. En este sentido, en “la experiencia no formulada” de Stern así como en la “experiencia no mentalizada” de Bion o en “los estados mentales sin representación” de Cesar y Sara Botella (2005), la experiencia simbólica no ha sido aún configurada o formada y sólo existe en un modo primitivo o “estado no mentalizado” (Ferro) o, como lo describen tanto Bromberg como Stern, como un “potencial” que no ha sido aún actualizado en su forma simbólica. Por ello, Stern señala las semejanzas entre los procesos de “alfabetizaciónde Ferro, de figurabilidad” de C y S Bottella, con lo que él ha trabajado como procesos de formular y/o articular la experiencia.


Siguiendo con las semejanzas, Stern afirma que en ambos modelos los procesos de simbolización y los procesos del campo se facilitan o inhiben entre ellos: los procesos del campo seleccionan qué experiencias serán simbolizadas y cuales no y, a su vez, la simbolización de la experiencia juega un rol en determinar qué acontecimientos tienen lugar en el campo. Simbolización y proceso de campo se están continuamente influenciando uno a otro.


Ferro adopta, comenta Stern, el modelo clínico de Bion en el cual el analista contiene (es un continente) las identificaciones proyectivas de ciertos estados mentales del paciente, y que gracias a sus procesos de “reveries(ensoñación) transforma y permite que estos estados sean reintroyectados y asimilados por el paciente. El término “ensoñación” o reverie (se suele usar el término francés) lo usa Bion para hablar de cómo las madres “ensueñan” a sus hijos, es decir, contienen y procesan sus experiencias primitivas tanto sensoriales como emocionales, con lo que van permitiendo un progresiva simbolización de dichas experiencias proto-sensoriales y proto-emocionales. De este modo, la acción terapéutica se comprende como la adquisición por parte del paciente de una mayor capacidad de regular y transformar de modos sutiles sus propias experiencias. A estas experiencias simbólicamente representadas las denominan, primero Bion pero sobre todo Ferro, como “waking dream thoughts” (pensamientos oníricos de vigilia), con lo que aluden a un proceso en el que las experiencias primitivas se ligan a imágenes y pictogramas. En este sentido, el analista está siempre potencialmente involucrado en transformar esta experiencias proto-sensoriales y proto-emocionales en símbolos que pueda usar el pensamiento. Los autores del BFT hablan de los sueños despiertos, es decir, de que siempre estamos soñando incluso cuando estamos despiertos. Cita Stern a Ferro (2009): “El pictografear estados proto-emocionales conlleva dar un nombre a algo que previamente no lo tenía (nameless)(p. 633).


Afirma Stern que para Ferro estos “pictogramas emocionales básicos” poseen una existencia hipotética, es decir, no pueden ser conocidos directamente en la experiencia y deben inferirse de lo que observamos. Los pictogramas son, para este autor, “ladrillos” básicos y estables de significado, es decir, que no cambian con el tiempo del mismo modo como cambian los relatos o las narrativas. Estos pictogramas serán combinados de acuerdo a las “transformaciones narrativas” que se realicen en el proceso analítico. Un ejemplo de esto es cuando Ferro habla del “casting” (lo dejo en inglés porque hoy es un término que usamos en el mundo del cine y otros) de los personajes, entendiendo por personajes no solo a las personas, sino también objetos, tiempo, animales, etc. Las narrativas que se construyen conjuntamente en el campo, consciente e inconscientemente, serán lo que nos permitirá ver tanto la organización de la escena como la emergencia de nuevos personajes que serán la evidencia clínica de la ampliación de la capacidad para simbolizar del paciente. Dice Ferro (2006):


“Ya no está en juego un análisis que apunta a levantar el velo de la represión o integrar las escisiones, sino un psicoanálisis que se interesa en el desarrollo de instrumentos que permitan el desarrollo y la creación de pensamientos, esto es, del aparto mental para soñar, sentir y pensar” (p. 990 en inglés y p. 18 en español –he retocado la traducción española por incorrecta).


Para Stern la gran originalidad de Ferro es la descripción de la transformación de estos acontecimientos mentales articulando la teoría narrativa y la teoría del campo según los lineamientos de Bion y los Baranger. Por ello, piensa que podemos sintetizar muy esquemáticamente sus aportes para la discusión que le interesa establecer de la siguiente manera: para los analista de la BFT, la transformación de los contenidos mentales y el crecimiento de la mente ocurren vía acontecimientos relacionales que ocurren en la situación analítica.


Por ello, podemos decir, afirma Stern, que ha habido un cambio importante en las teorías de cambio en este modelo: de la reconstrucción histórica y el insight como metas primarias hacia las teorías del crecimiento mental y la transformación de la experiencia.


Por su lado, el IRP contemporáneo se ha movido en la misma dirección en las últimas décadas. Cada vez más se enfatiza la posición de que los acontecimientos del campo determinan los contenidos de conciencia o el grado en que la mente es libre y puede crecer, al mismo tiempo que afirman, como los BFT, que las nuevas formulaciones de la experiencia posibilitan la emergencia de nuevos y diferentes acontecimientos relacionales.


Para Stern, los acontecimientos analíticos ya no se comprenden más como las rigideces que ha dejado la persistencia del pasado –teoría clásica de la transferencia- sino como resultado de las configuraciones actuales del campo en su dialéctica con el pasado. No desaparecen por ello la reconstrucción (o tal vez mejor construcción) histórica y el insight, sino que ellos tienen un nuevo rol al servicio del crecimiento en el presente. Lo que los BFT llaman crecimiento de la mente, los IRP aluden como crecimiento del self. En ambos casos está implicado un incremento en la capacidad de simbolización entendida como transformación de la experiencia basada en los acontecimientos del campo.


Stern cita a Jessica Benjamin cuando esta afirma en relación a este cambo de perspectiva:


“En lugar de ver la comprensión –esto es, el tercero- como algo (cosa) que debe ser adquirido, la visión relacional la ve como un proceso interactivo que crea una estructura dialógica: el tercero compartido (shared), una oportunidad de experimentar el reconocimiento mutuo. El tercero compartido, el diálogo, crea un espacio mental para pensar como una conversación interna con el otro” (Benjamin, 2004, p. 22, citado por Stern, p. 634).


Diferencias


A partir de este momento, después de haber ubicado algunas de las similitudes entre ambos modelos, Stern comienza a señalar lo que entiende son diferencias tanto en los énfasis como en las concepciones. Estas diferencias pasarán, sobre todo, por el lugar que le damos al mundo interno y al mundo externo, a la relación analítica, así cómo qué es lo que cada modelo entiende por creación o lo que Stern sospecha del retorno de la falacia de comprensión (Levenson) en el concepto de interpretaciones seleccionadas.


Stern piensa que como el BFT tiene su origen y sus raíces en la idea de fantasía (con Ph) inconsciente, su tendencia fundamental ha sido preocuparse exclusivamente por el mundo interno. Aquí habría una divergencia significativa. Para estos autores el campo no sería una combinación de mundo interno y mundo externo, sino sólo de mundo interno y mundo interno, es decir, de los mundos de fantasía de analista y paciente. Hablando Ferro de lo que será una de sus herramientas centrales, el “paradigma onírico”, piensa que la escucha debe llevar deliberadamente el supuesto de un “grado cero de realidad externa” (citado por Stern, p. 635), lo que permitiría hacer de la sesión, para este autor, un lugar privilegiado y único para transformar el funcionamiento mental de analista y paciente. En este sentido, la sesión en su conjunto es comprendida como un sueño. Para ello, Ferro (2009) afirma que el analista debe usar un “filtro particular” en su escucha, que consistiría en preceder todas las comunicaciones del paciente del siguiente modo: “He tenido un sueño en el que….” (citado por Stern, 635). De este modo, todo lo que nos cuente el paciente serán tramas oníricas. Junto con este tipo de escucha, Ferro entiende todo lo que dice el paciente como indicaciones de su reacción a las interpretaciones previas del analista. A Stern esta insistencia le resulta muy compleja de asumir aunque nos cuenta que tiene que recordarse a sí mismo constantemente que lo que Ferro plantea no es un asunto epistemológico sino metodológico: sólo en la sesión se deben comprender lo que el paciente dice de la realidad externa como expresión de su mundo interno. Aún así no le resulta convincente, como veremos a continuación.


Tengamos presente, nos recuerda Stern, que estos psicoanalistas no buscan la revelación de la transferencia ni la regulación afectiva ni el reconocimiento mutuo o la expansión de la libertad en la relación analítica, sino que se interesan en las transformaciones del significado vía la transformación narrativa del campo. Para estos autores no es importante revelar los aspectos ocultos de la relación, sino crear significado que permita avanzar en la narrativa que está viva en el campo y aprender cómo el paciente responde a las interpretaciones del analista. Usan sus interpretaciones –tanto saturadas como no saturadas- sobre la base de la reacción del paciente a lo que ha ocurrido antes en la sesión, o en la sesión anterior, o en algún “previo” de diferentes magnitudes. Todas las interpretaciones (que es necesario resaltar que en los ejemplos que nos transmite Ferro tienen las formas más variadas en su estructura y modo de expresión) se ofrecen al modo que lo hace Winnicott con el juego del garabato: con la intención de incrementar el significado de la narrativa que compone el campo. En Ferro las interpretaciones no son algo muy meditado ni calculado con la intención de producir un determinado efecto, sino que buscan una participación personalmente auténtica del analista, en las que no se excluye lo “juguetón” y la libertad de sus respuestas afectivas a los pacientes. Es así que Stern ve o siente en las presentaciones clínicas de Ferro una enorme espontaneidad, calidez e intuición como clínico, junto con un clima de familiaridad y cercanía emocional que no excluye la seriedad y la colaboración. Todo esto le parece a Stern que no puede más que facilitar de un buen trabajo. Dos objeciones clara se le presentan a Stern: por un lado piensa que su foco exclusivo en el mundo interno reduce el mundo externo a nada más que un medio de expresión lo que, entre otras cosas, priva a trauma de un lugar significativo en la génesis de los problemas humanos; por otro lado, como veremos más adelante, todo este clima y/o atmósfera clínica facilitadora se realiza desde una posición clínica que a Stern no le resulta sostenible –como veremos más adelante.


Los analistas interpersonales y relacionales piensan de otro modo sobre la articulación interno-externo. La posición más extendida, en opinión de Stern, es pensar dialécticamente esta relación; dice así: “todo fenómeno es contextualizado por, y adquiere parte de su significado a partir de, lo que no es” (Stern, p. 638). En este sentido figura y fondo no pueden más que configurarse mutuamente en cuanto a su significado. La dialéctica interno-externo va a la par de otras dialécticas: presente-pasado, consciente-inconsciente, verbal-no verbal, simbolizado y no mentalizado, etc. Cito a Stern:



“El psicoanálisis tiene su mejor oportunidad no por poner el foco primariamente en la influencia del mundo interno en el mundo externo y, ciertamente no, por focalizar el mundo externo, sino por enfatizar la continua interacción de estos dos tipos de significados y su constitución mutua. Nuestra comprensión del mundo externo, por supuesto, está profundamente influenciada e informada por el mundo interno. Pero el mundo interno también está modelado por los acontecimientos en el mundo de afuera, especialmente por el trauma; y en la perspectiva del IRP esta interacción es tan continua y compleja que, en la práctica, los dos mundos están totalmente entrelazados uno con el otro” (p. 638)


A partir de aquí Stern se dirige a precisar qué es lo que los autores del BFT entienden por participación y, por lo tanto, por co-creación. Para Stern, estos autores piensan que el campo es creado conjuntamente a partir del modelo continente-contenido, lo que significa, para Stern, que los dos participantes no crean mutuamente el campo que existe entre ellos o del que ellos forman parte. El involucramiento afectivo del analista no es un asunto que interese a lo BFT. Si bien afirman que el analista responde al paciente, en el sentido en el que se deja envolver –capturar- por la fuerzas del campo (Ferro, 2002), para Stern esta respuesta (responsiveness) no es lo mismo que una “participación independiente”, ya que no supone iniciativa por parte del analista. Para los BFT el analista puede participar libremente dentro del rol analítico sin contribuir con sus propias historias. Aunque tal vez aquí, afirma Stern, no exista una diferencia absoluta sino de grados entre ambos modelos, no deja por ello de parecerle una diferencia necesaria y fundamental que es necesario considerar. Piensa que lo que le resulta confuso en los psicoanalistas del BFT es que aunque usan el lenguaje de la co-creación, su comprensión de la participación del analista queda restringida a responder –en afecto o en fantasía- al paciente y no debe iniciar significados o narrativas. Para lo IRP es imposible que el analista no contribuya con sus propias historias y significados –aunque parte importante de esta actividad sea inconsciente. “De hecho, afirma Stern, es una tarea central en los tratamientos del IRP poder organizar (aclarar) y trabajar con y a través de, el interjuego de los significados/sentimientos del paciente y del analista” (p. 639).


Si bien Stern ha señalado antes que una convergencia entre estos modelos es pensar que la nueva experiencia en el tratamiento no es descubierta sino creada, existe sin embargo una diferencia significativa en el modo en el que esta nueva experiencia se crea. Esta sea tal vez, piensa Stern, la diferencia clínica más significativa.


Para Stern, muchos analistas del IRP son constructivistas y, por tanto, entienden la experiencia consciente como un proceso continuo de advenir a la existencia. El inconsciente, desde esta perspectiva, no está plenamente formado –caso en el cual sólo requeriría ser descubierto o revelado para hacerse consciente; se encuentra, afirma Stern, como una experiencia no-formulada o potencial, “un estado afectivo vagamente organizado, primitivo, global, no ideacional” (p. 639). La realidad está “allí”, impone restricciones a lo que podemos sentir, pensar o percibir; no todo vale. En este sentido Stern afirma que los IPR no son relativistas; sino que la realidad, siendo múltiple y diversa, a menudo deja un grado de ambigüedad que debe ser resuelto en el modo en el que construimos nuestra experiencia consciente. Por esto, afirma Stern, “los acontecimientos más cruciales, de un momento al siguiente, tanto adentro como afuera de la consulta, son aquellos que resuelven la ambigüedad de la experiencia no formulada en algo explícito y consciente” (p. 640). Los factores que resuelven la ambigüedad son fenómenos relacionales. El campo analítico, afirma Stern,


está hecho de intersecciones e interacciones de las experiencias y conductas conscientes e inconscientes de analista y paciente. Cuanta mayor libertad exista en la relación entre el paciente y el analista, más ampliamente se alcanzará el self y la capacidad de la mente de pensar y sentir sin inhibición, distorsión y restricción en el campo. Esta libertad crece como resultado del hallazgo y simbolización de las experiencias disociadas que motivan y se juegan en el enactment entre paciente y analista” (p. 640).


Los analistas relacionales, afirma Stern, siempre interrogan las motivaciones e intenciones que están detrás de su propia participación en el proceso analítico, es casi como una marca de la casa. Desde los primeros insights de Levenson en 1972 sobre este asunto y sus desarrollos sobre la falacia de la comprensión en la situación analítica, los analistas no han cesado de interrogarse sobre su involucración en el proceso, tratando de imaginar qué es lo que pueden estar poniendo en escena con sus pacientes simplemente en el modo de conducir el tratamiento. Esto los diferencia enormemente de los analistas del BFT. Aunque estos últimos se refieren a sí mismos también como constructivistas, ellos piensan que en el acto de establecer la situación analítica, o sea, simplemente en virtud de la adopción del rol de analista, se convierten automáticamente en un continente de los contenidos del paciente, según el modelo continente-contenido que desarrolló Bion. Este supuesto no es cuestionado ni interrogado por estos analistas. Esta configuración continente-contenido forma parte del establecimiento de la situación analítica misma, lo que nos permite comprender, comenta Stern, la frecuencia con la que los analista del BFT afirman que el paciente (no el analista) ofrece a modo de comunicación identificaciones proyectivas que el analista, vía reverie, transforma en una forma de experiencia más discriminada. Por supuesto que estos autores observan que la capacidad continente del analista por momentos se encuentra en problemas y que mantener esta posición requiere un trabajo -muchas veces un trabajo que incluye la consideración de esas rupturas de la función continente, con lo que la ruptura sería un avatar momentáneo de la función que encarna el rol.


El otro problema de este supuesto, afirma Stern, es el hecho de que los lleva a pensar que podemos en general confiar en la elección de la interpretación que seleccionamos en la medida en que es el resultado de la función continente del analista y que tiene la intención de digerir las identificaciones proyectivas del paciente. Los analistas del IRP también se interrogan sobre estas elecciones como parte de su permanente reflexión sobre sus modos de participación. ¿Por qué intervenimos de esta manera, que influencias inconscientes pueden estar en juego? se pregunta Stern. O también: ¿qué podemos aprender de la relación analítica si consideramos estas cuestiones? La impresión que tiene Stern es que Ferro y otros analistas del BFT tienen una excesiva confianza en la corrección de sus interpretaciones y en que estas son la expresión del cuidado que el analista hace del paciente.


Termina Stern este trabajo citando una breve viñeta de Ferro & Basile (2009b) de una situación de supervisión en la que podemos ver, como afirma Stern, la confianza que este tiene en su intuición de cómo el paciente, por medio de su identificación proyectiva, despierta en el analista determinadas respuestas que son, para Stern, acogidas de un modo altamente acrítico.


Comentario


Lo primero que me gustaría señalar y valorar es el esfuerzo que Stern viene realizando en los últimos años para tratar de establecer un diálogo entre las diferentes corrientes que habitan hoy nuestra disciplina. El caso que reseñamos es un diálogo entre otros: lo ha hecho también con el Grupo de Boston así como con la obra de Fonagy y otros. Estos intentos nos parecen de una gran importancia sabiendo lo difícil que resulta abrir el diálogo entre colegas. Además, en el caso del trabajo que reseñamos, con un conjunto de autores que tienen una teoría enormemente sofisticada y con lenguajes y modos propios que, hemos de confesar, nos ha resultado difícil reseñar sin sentir contantemente que habría que explicitar más al lector muchas de las referencias con las que Stern debate.


Mi comentario será general y hablaré gracias a dos citas que tienen entre ellas 23 años de diferencia.


John Foehl, quién hace la introducción a este segundo panel sobre el concepto de campo, nos recuerda el diagnóstico que S. A. Mitchell hacía en el primer editorial de la revista que presenta estos trabajos hoy, Psychoanalytic Dialogues, en 1991:


“Los psicoanalistas tienen una enorme dificultad de escucharse y hablarse uno a otros de un modo significativo […] se organizan en grupos identificados por una determinada tradición, cada una con sus palabras y frases favoritas, cada una en general fundada por algún líder carismático. Cuando los analistas dentro del grupo hablan o se leen unos a otros, tiene el sentimiento de que se encuentran en una tierra familiar […] un sentimiento de pertenencia a una comunidad que comparte una determinada sensibilidad y una visión consensualmente aceptada de los complejos y sutiles modos en los que la psique trabaja, un callejero [mapa de una ciudad] y un repertorio de técnicas con el que negociar las tormentas y ambigüedades del proceso psicoanalítico […] Para los de afuera [outsiders], las mismas palabras y frases no evocan el mismo sentimiento de familiaridad y creencias compartidas sino, por el contrario, son a menudo ásperas y desalentadoras. Cada frase lleva con ella un conjunto de supuestos con los que uno no puede estar de acuerdo. Uno tiene el sentimiento que quienes dicen esas frases no entienden lo que es importante. El lenguaje de otra perspectiva aliena y nos hace sentir incómodos, y genera el anhelo de lo familiar, más seguro y acogedor, empujándonos hacia nuestro propio discurso teórico” (p. 1).


Mitchell no puede ser más claro y los psicoanalistas, lamentablemente, no podemos ser más consistentes con su descripción. Por ello la revista que funda junto con Lewis Aron se llamó “Diálogos psicoanalíticos”: una de sus metas era crear un espacio en el que las diferentes corrientes teóricas y tradiciones psicoanalíticas pudiesen dialogar. De allí también la estructura y/o formato de muchos de sus números: un trabajo que será comentado por psicoanalistas de diversas procedencias.


En el trabajo que reseñamos Stern hace un esfuerzo de construir puentes, con los que uno puede estar más o menos de acuerdo en lo que respecta al modo de hacerlo pero no a su necesidad. Sin embargo, la respuesta de Ferro y Civitarese a este trabajo fue bastante fría y ex-cátedra. Y Stern responde: “La retorica que Ferro y Civitarese usan aquí [se refiere a su comentario del trabajo de Stern] es un buen ejemplo de por qué el psicoanálisis comparado es tan difícil” (p. 674). Parece, afirma Stern, que el psicoanálisis se debata entre dos alternativas poco productivas. Una es lo que él denomina un “ecumenismo superficial”, es decir, somos parte del mismo mundo analítico y dejemos de lado las diferencias; el otro consiste en un “desprecio del otro grupo”, lo que probablemente es aún peor, afirma Stern en las huellas de Mitchell –pero ¡23 años después!-:


“Necesitamos un honesto intercambio de puntos de vista y un verdadero esfuerzo para establecernos cómo iguales y diferentes. Todos estamos narcisísticamente aferrados a nuestras propias ideas y formaciones [training]. Necesitamos sentir que somos buenos analistas, que hacemos las cosas bien. De aquí hay un camino muy corto a sostener que los otros están haciendo las cosas mal; y una vez que sentimos así, no es muy difícil encontrar argumentos para afianzar las diferencias sustantivas. Si evitamos tales comparaciones entre las teorías, que son inevitablemente huecas e inútiles, debemos mirar consistentemente hacia perspectivas que difieren de la nuestra y preguntarnos qué nos estamos perdiendo si nos encontramos sintiendo que son insustanciales. Y eso significa que tenemos que estar dispuestos a aceptar con qué frecuencia ignoramos al otro [en el doble sentido]“ (p. 675).


Pienso que tanto Mitchell y Stern no están muy lejos, en el diagnóstico grupal, de lo que hacemos muchas veces en la consulta. El encendido “narcisismo de las pequeñas diferencias” del que Freud habló en diferentes oportunidades no deja de ser un obstáculo duradero para poder relacionarnos y enriquecernos desde las diferencias.


Referencias


Benjamin, J. (2004). Beyond doer and done to. Psychoanalytic Quarterly, 73, 5–46.


Benjamin, J. (2009). A Relational psychoanalysis perspective on the necessity of acknowledging failure in order to restore the facilitating and containing features of the intersubjective selationship (the shared third). International Journal of Psychoanalysis, 90, 441–450.


Botella, C., & Botella, S. (2005). The work of psychic figurability (A.Weller & M. Zerbib, Trans.). Hove, UK: Routledge.


Bromberg, P. M. (2011). The shadow of the Tsunami: And the growth of the relational mind. New York, NY: Routledge.


Ferro, A. (2006a). Clinical implications of Bion’s thought. International Journal of Psychoanalysis, 87, 989–1003


Ferro, A. (2009). Transformations in dreaming and characters in the psychoanalytic field. International Journal of Psychoanalysis, 90, 209–230.


Ferro, A., & Basile, R. (2009b). The universe of the field and its inhabitants. In A. Ferro & R. Basile (Eds.), The analytic field. A clinical concept (pp. 5–29). New York, NY: Routledge.


Levenson, E. A. (1972). The fallacy of understanding. New York, NY: Basic Books.