Los vínculos intersubjetivos en la familia: función de la identificación (Cap. 7)

Publicado en la revista nº049

Autor: Eiguer, Alberto

 

LOS VINCULOS INTERSUBJETIVOS EN LA FAMILIA: FUNCION DE LA IDENTIFICACION (Alberto Eiguer)


La teoría y la práctica de la intersubjetividad señalan que los psiquismos de dos o más sujetos funcionan en reciprocidad, de tal manera que se influencian mutuamente en varios planos: el de los afectos, los deseos y los destinos de cada uno. Estos psiquismos son afectados por el estado psíquico de los otros. El sujeto se vive a sí mismo en referencia con ellos y se siente responsable hacia ellos. Una variante de la identificación juega una parte activa en estos inter-juegos; al estar en resonancia con otro, uno se pone en su lugar y se identifica con lo que éste vive; para comprenderlo uno lo vive en sí mismo. Pero al mismo tiempo, uno y otro se sienten personas diferentes y en un diferente estado emocional. De otro modo, no podrían comprenderse.


La identificación en el niño no es un proceso inmediato que surge de la nada; implica un largo desarrollo de impregnación del yo, modificándolo de manera de incluir en él aspectos del funcionamiento o de la personalidad del otro. Uno no se identifica con otro sin quedar conmovido por el vínculo que tiene con él, por lo que éste expresa o muestra. El hijo se identificará con la figura parental del mismo modo que ésta con el hijo. Es decir que el padre propone inconscientemente su modelo personal, pero saldrá profundamente impactado y aún cambiado al finalizar este proceso. Aquí se puede hablar también de identificación introyectiva tanto en el hijo como en el padre.


En cada caso, la identificación proyectiva precede a la identificación introyectiva. Para llegar a introyectar un aspecto del otro e incluirlo en su personalidad, el sujeto anudará un contacto con él, lo considerará próximo a él, lo incluirá en su mundo, llegará el caso de que comparta sus principios y le atribuirá elementos que le son propios. Si esto no existe previamente, difícilmente podrá introyectar, y luego identificarse con uno de sus rasgos personales. El primer mecanismo en cuestión es la identificación proyectiva de comunicación.


Tres formas sintácticas


Considero útil recordar que la palabra identificación adopta tres formas según las variantes gramaticales del verbo identificar: atributiva, reflexiva y pasiva.


Atributiva: “identificar algo o alguien”. El movimiento es centrífugo. “Yo te identifico conmigo mismo”, “Yo te identifico con alguien que no soy yo pero forma parte de mí”. El sujeto es activo; el otro es pasivo. La llamaré “identificación del primer tipo”.


Reflexiva: “identificarse con”. Aquí el movimiento es centrípeto. “Yo me identifico contigo. Es la “identificación del segundo tipo”.


Pasiva: “identificarte con un tercero”. Esta forma se refiere a tres personajes, de los cuales uno es activo, el otro, el segundo es pasivo, el sujeto que es objeto de esta identificación, y el tercero no está presente en el vínculo pero finalmente es bastante central, como en el ejemplo: “Mi amigo me identifica con su padrino”; “Mi amigo me trata o me vive, me ama como si yo fuese su padrino”; “Yo soy identificado por otro que ve en mí a un tercero.” O más simplemente “…parecido a su padrino”. Es la “identificación del tercer tipo”.


Designar antes de identificarse


En la familia, un gesto es primario: el hijo debe atribuir al progenitor el lugar de progenitor antes de poder investirlo, y luego identificarse con él. Aquí se manifiesta la identificación del tercer tipo. Para que suceda esto, la madre designará al padre como su genitor. “Es tu padre.” Anteriormente, el padre se le aparece al hijo como indiferenciado de los otros. Esta designación le da un rostro, una identidad. Pero esto no es suficiente para que el padre sea reconocido en su función. Deberá pasar sus pruebas. Tarde o temprano, el hijo tendrá necesidad de sentirlo sereno, sólido, protector y capaz de renunciar a su propio deseo contra-edípico o infanticida. Dicho de otro modo, el padre mismo debe haber introyectado la ley.


En la práctica, se observa con claridad que un padre desautorizado por la madre en su función (o vice-versa) puede ser rechazado por sus hijos pequeños o adolescentes; esta situación dificulta el ser tomado como modelo. Aquí puede enraizarse la violencia familiar; el desprecio, la humillación, así como la falta de respeto. Con respecto a esto último pienso que si el respeto hacia el padre debe ser planteado literalmente, ya se ha creado la confusión. Los vínculos de filiación ya están comprometidos. Porque el respeto se manifiesta, no se reclama ni se proclama.


Hay una variante de la violencia que merece nuestra atención: la hiper-excitación en los vínculos, su impregnación de sensualidad. A veces, cuando el pequeño se siente rechazado o si siente a su padre demasiado ausente, busca su amor. No es raro que el padre que teme perder su ascendiente sobre el niño trate de reconquistarlo ofreciéndole una sobredosis de erotismo, a veces rozando el incesto e inclusive sucumbiendo a él.


En otras ocasiones sucede lo contrario. Viendo que el padre es despreciado, su retoño puede sentirse más cercano a él y mostrarle consideración y respeto. Puede experimentar pena por su estado, adivinar en él cualidades de tolerancia, de paciencia y de voluntad y tratar de reparar “la injusticia sufrida” ofreciéndole su amor. Tener preocupación por otro sería suficiente para brindarle su ayuda; la identificación no es indispensable forzosamente, incluso puede ser perturbadora: al sentirse tentado de identificarse con el padre devaluado, puede erotizar su marginalidad y su degradación. El resultado será en este caso una predisposición al masoquismo.


Entendemos que la idealización parental refuerza la identificación reflexiva, aún cuando sea la ambivalencia amor-odio la determinante, y más particularmente la hostilidad hacia el objeto, lo cual desencadena culpabilidad. Pero esta lucha sería infinitamente más violenta si el narcisismo constructivo no hubiese ya impregnado el vínculo filial y configurado la pertenencia a la familia. El vástago no tendrá ganas de acostarse con un progenitor al que se le parece. ¡El amor sexual rechaza la unión de lo mismo con lo mismo! Ha establecido fuertes alianzas con sus padres; ha recibido un ideal; no puede arriesgarse a despojarse a la ligera de la misión que le ha sido legada, que apela a su responsabilidad y que lo halaga. Y como estas alianzas lo aprisionan y lo privan de movimientos, sólo le queda… fantasear.


Pero la idea de la intersubjetividad señala que estos posicionamientos están determinados y sobre-determinados por la intersubjetividad entre los padres, y más ampliamente entre los diferentes miembros de la familia. En esto participan con fuerza las fantasías, las defensas, los afectos colectivos y la narratividad. La madre identifica al padre (lo designa) como el genitor del niño y el padre designa a la madre. Su acogida le permite al hijo metabolizar o transformar los datos iniciales. Sobre este fondo de reconocimiento mutuo, cada uno de los padres identifica al otro como que están en condición de servir de modelo de identificación para el hijo. Especialmente utilizan identificaciones atributivas para transmitir un legado, el que puede servir a los padres de modelo para hacer progresar al hijo. Al mismo tiempo, se identifican con la forma en que el hijo los percibe, para adaptar mejor sus identificaciones atributivas a medida que es necesario. De esta manera encontrarán las respuestas más adaptadas a las necesidades y deseos de su hijo.


Así como el reconocimiento es mutuo, la identificación será siempre recíproca. Se comprende que lo que habitualmente se considera como las expectativas de funcionamiento relacionadas con el sujeto está reforzado por las identificaciones hacia él y por las representaciones de objeto inconscientes.


Esta forma múltiple de encarar la identificación en tres tipos, atributiva, reflexiva y pasiva, y el tomar en cuenta los inter-juegos de las fantasías es complicada, pero más justa y especialmente de utilidad en el análisis de casos tanto individuales como familiares. El lugar creciente de la violencia familiar o la desautorización de los padres en la clínica nos invitan a tratar de entender los funcionamientos no sólo a través del pasado.


A propósito del tercer elemento analítico del vínculo, yo utilizaré la metáfora de cúpula del vínculo. Es un conjunto en movimiento de producciones inconscientes que se presenta igualmente en el caso de nuestra participación en cualquiera de nuestras relaciones, ya sean amistosas o profesionales.


El concepto de vínculo intersubjetivo apela a la idea de grupo; en el caso de la empresa, las alianzas inconscientes, las fidelidades, los ideales permiten nuestra inserción. Quienes lo han comprendido bien son los gerentes, cuando piden que los empleados se comprometan más con la empresa, que puede convertirse en una segunda piel psíquica para ellos.


La pertenencia a un grupo como la familia tal vez se configura por una trama de historias que como las leyendas, remiten a los mitos… familiares. Es por esto por lo que cada vez que se asiste a una reunión de familia, se relata la misma historia, que recuerda nuestra pertenencia y nuestro lugar en el árbol genealógico, e inclusive nuestros deberes y obligaciones hacia los otros, con frecuencia abrumadores.


Bibliografía


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