Autismo: niños que encierran un corazón ordinario dentro de un caparazón extraordinario (Cap. 14)

Publicado en la revista nº049

Autor: Catz de Katz, Hilda

 

AUTISMO: NIÑOS QUE ENCIERRAN UN CORAZÓN ORDINARIO DENTRO DE UN CAPARAZÓN EXTRAORDINARIO (Hilda Catz de Katz)


Este artículo explora el tema de la búsqueda de la especificidad de los fenómenos intrapsíquicos en los pacientes con patologías autistas y sus mecanismos de constitución, junto con los emergentes deficitarios familiares actuales y transgeneracionales.


Según Lebovici (1975), el proceso de parentalización implica al hijo como el fruto de la historia transgeneracional de la madre y del padre, historia que constituye un mandato, el destino del hijo, lo que, a su vez, compone y sostiene el árbol de la vida. Bick habla de la experiencia de la segunda piel como piel psicológica que sostiene al bebé, cuando ha internalizado experiencias lo suficientemente apaciguadoras y protectoras con la madre de manera de establecerse la pauta intrapsíquica de contención del pezón en la boca, la tridimensionalidad, y que el bebé se siente “abotonado”. Como lo explícita Meltzer (1975), estas limitaciones del estado mental de la madre y su entorno llevan a que el bebé experimente el pecho y/o a la madre finos como el papel. Es decir, que se rompe fácilmente, impidiendo el desarrollo del self o del objeto al imposibilitarse el libre juego de proyecciones e introyecciones, no pudiendo salir de la “bidimensionalidad” y del peligro de desintegración inminente que esta reviste.


Son muchos los autores que estudiaron la temprana relación madre-hijo en el caso de los niños autistas, entre ellos se enfatiza particularmente la teorización de Tustin respecto al denominado ‘autismo secundario encapsulado’, sin compromiso orgánico, donde las deficiencias en el maternaje son más importantes que las constitucionales.


En este trabajo se propone, a través de un caso clínico, la posibilidad de hallar un resquicio para albergar un proyecto de tratamiento vincular-familiar que apunte a la estructuración de la simbiosis coartada entre madre e hijo. Así, aspiramos a que las áreas vulnerables puedan convertirse en puntos de contacto en vez de sitios donde se dan desconexiones mutiladoras, ya que en general estos niños han sido privados más que carenciados y dichas privaciones ocurren tan tempranamente que, en muchos casos, parecen constitucionales.


Se describe el caso de un paciente de dos años y medio de edad que comienza el tratamiento inmerso en una historia de maltratos y abandonos severa, que llegó al extremo de que lo dejaran solo al año de edad con comida en el suelo y una radio prendida, mientras los padres se alejaban del hogar durante largas horas. Simón no hablaba, sólo gritaba desesperado y se golpeaba la cabeza contra la pared y el piso de manera intermitente, ante la mirada ausente de la madre y el discurso seductor del padre que sólo quería retener a la madre.


Así comenzó el tratamiento de Simón, basado en el abordaje del binomio madre- hijo, y la paulatina inclusión del padre en el grupo familiar. Los padres fueron derivados cada uno a tratamiento individual debido a sus severas patologías, que amenazaban continuamente con irrumpir en el tratamiento de Simón y desbordarlo. En efecto, ambos habían padecido crueles historias de maltratos y abandonos en sus respectivas infancias, y vínculos patógenos primitivos que habían dejado huellas, actuadas a través de su repetición en vínculos de interdependencia patógena que, a su vez, habían distorsionado la función estructurante de las relaciones objetales primitivas en el niño desde muy temprana edad.


Es desde esa perspectiva que se planteó el trabajo con el niño, a partir del binomio madre-hijo. Era como un niño no soñado por nadie, no ensoñado por el útero mental materno, equiparable a lo que Bion (1966) denomina la capacidad de “rêverie” como continente de las actividades de proyección emocional del bebé.


El tratamiento se interrumpió cuando Simón contaba 6 años. Sin embargo, regresó a los 14 años. Fue su padre quien realizó el llamado, porque su madre lo había abandonado a los 3 años y medio de edad y Simón vivía con él, nuevamente con una historia de maltratos y desbordes filicidas de parte de los adultos a su cargo.


Se plantea cómo se puede instalar nuevamente la continuidad del diálogo analítico que había sido interrumpido. Aparece la posibilidad del desprendimiento necesario de las identificaciones primarias para que las representaciones de lo todavía no pronunciable se puedan vincular con representaciones de palabras, que en este caso se relacionaban con el deseo del paciente de ser escritor.


Entre las tumbas de sus objetos internos, sale del inviolable silencio para que el drama y la tragedia se expresen en una trama que contenga la vivencia de derrumbe, de suicidio, de “pelota” arrojada al vacío en la trágica contienda de sus padres, como en su primera hora de juego diagnóstica, cuando corrió hacia la ventana para tirarse al vacío.


Puede así representar a través del proceso analítico la escena de sus personajes internos, que posibilita y sostiene el doloroso pasaje de la tragedia como dolor padecido, como fatalidad heredada al modo de la tragedia griega y su colisión trágica en el suicidio, a la aprehensión reflexiva de esa fatalidad en el proceso psicoanalítico, en la dramática de su vida.


Simón aparecía, muchas veces, como un sueño negado de ser soñado por nadie, que, en el transcurso del tratamiento, empezaba a hallar un continente para sus contenidos que habían quedado huérfanos de ser albergados, como congelados en el vacío de una parentalidad filicida, despojadora de sentido.


En uno de sus poemas, Simón dice “Una rosa pisada no puede vivir más, a lo sumo se puede armar, nada más”, aludiendo así a su necesidad de transformar, crear, como también a su desesperanza de lograrlo. Sin embargo, en el fondo de sí mismo, como en la “caja de Pandora”, anida la esperanza.


Bibliografía


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