La niña ininterrumpida: la base neuronal del desarrollo moral entre las adolescentes [Baird, A. y Roellke, E.]. En: Moral Brain. A multidisciplinary perspective

Publicado en la revista nº052

Autor: Nieto Martínez, Isabel

Libro Moral Brain. A multidisciplinary perspective. (2015) Edited by Jean Decety and Thalia Wheatley. The MIT press. Cambridge, Massachusetts London England

Capítulo 10. Girl uninterrupted: the neural basis of moral development among adolescent females. Autoras: Abigail A. Baird and Emma V. Roellke.  En: III The development of morality.


El artículo comienza afirmando que los avances en la ciencia moderna nos están dando muchas razones para pensar que estamos cerca de mostrar los sustratos que hacen una persona “moral”. Las autoras toman la definición moral de (Kalsoom, Behlol, Kayani y Kaini, 2012) afirmando que la moralidad se puede describir como un intrincado sistema de creencias, valores e ideas que influyen en cómo un individuo distingue lo que está bien de lo que está mal y actúa de acuerdo a esos juicios. Continúan diciendo que tanto la moral como la lengua son capacidades de los seres humanos que nos distinguen de las otras especies, tanto el lenguaje como la moral se desarrollan en una interacción idiosincrática entre naturaleza y educación, esta interacción ha hecho casi imposible construir un modelo único de cómo los humanos llegamos a ser criaturas morales.


Para las autoras los adolescentes tienen mucho que enseñarnos acerca de cómo los adultos adquieren el razonamiento, sabiendo que los niños de tres años nos muestran un entendimiento sobre los comportamientos morales e inmorales (Caravita y cols. 2012). La moralidad se desarrolla a lo largo de toda la vida, pero el período más profundo de este desarrollo se da en la adolescencia.


Baird y Roellke sostienen que el desarrollo moral durante la adolescencia está conformado por una combinación compleja de factores biopsicosociales que incluyen la maduración neuronal, cambios en las cogniciones y un cambio de orientación desde un estar centrado en los padres a estar centrado en los compañeros.


Afirman que en la adolescencia es cuando más seguro se está de lo que está bien y lo que está mal, los adolescentes, por primera vez en su vida, empiezan a lograr un pensamiento abstracto, y comienzan a pensar sobre sus propios pensamientos y los de sus compañeros; a veces esto se confunde con egocentrismo, pero justo esto es el comienzo de un proceso de aprendizaje guiado por el contexto, que les proveerá de las herramientas necesarias para llegar a los niveles de razonamiento moral adulto y en la mayor parte de los casos al comportamiento moral adulto. Este proceso es clave en la supervivencia de la especie y nos puede hacer entender cómo nuestros cerebros construyen el razonamiento moral.


Las autoras justifican poner el foco en el estudio de los adolescentes por dos razones principales: la primera es que en la adolescencia reside el propósito funcional de diferenciación de sexos con objeto de permitir la procreación, además consideran muy importante el estudio de cada individuo en función de su género. La segunda razón es la contextualización de la moral en función de la comunidad, la cultura y los pares, la adolescencia es un momento vital clave ya que en ningún otro momento de la vida se hace tan evidente esa influencia en el desarrollo cerebral.


Baird y Roellke van a explorar estas ideas revisando en primer lugar las investigaciones recientes sobre las bases morales del razonamiento moral en adultos, a continuación van a revisar la importancia del dimorfismo sexual en la adolescencia y los aspectos únicos de las relaciones de las femeninas con sus pares. Para terminar las autoras propondrán nuevas direcciones para realizar investigación sobre los sustratos neurales del pensamiento moral.


El cerebro moral en 2015


En este apartado las autoras comienzan nombrando diferentes aspectos del razonamiento moral, empatía, reconocimiento emocional, evaluación de diferentes posibilidades y toma de decisión, en estos procesos están involucradas diferentes regiones cerebrales. Afirman que es posible dividir las regiones neurales asociadas con el razonamiento moral en el cerebro adulto en tres grupos en base a su función: la experiencia emocional, la mentalización y regulación del comportamiento.


Las autoras señalan que el grupo que se encarga de la experiencia emocional consistiría en la amígdala, la ínsula anterior y el córtex cingulado dorsal anterior, que contribuyen a la experiencia y memoria de la emoción. La amígdala es particularmente importante en el proceso de evaluar potenciales recompensas o castigos en una situación dada. Citan a Adolphs (1999); y Blair (2007) para sostener que también está asociada al mecanismo de respuesta de “lucha o huída” y es la mas reactiva a los estímulos visuales potencialmente peligrosos. Afirman que la amígdala es una estructura que está activa, de alguna manera, en casi todos los estudios sobre las emociones humanas.


La experiencia de emoción descansa muy profundamente en la interocepción; la interocepción se refiere a un proceso dinámico de información sensorial de homeostasis aferente y la habilidad para que se pueda alcanzar la conciencia; esto incluye la creación de estados de sentimientos abstractos (frío, hambre, dolor), desde los diversos conjuntos de sensaciones que llegan desde los múltiples sistemas sensitivos internos.


Las autoras explican que la ínsula anterior es el lugar de la representación cortical primaria de los estados internos del cuerpo, forma parte del eje crítico (junto con el cíngulo anterior) de la experiencia emocional interoceptiva. Citando a Craig (1996), (2004), Critchley y colaboradores (2004) las autoras señalan que parece ser que la principal función de la ínsula anterior es ensamblar las diversas informaciones sensoriales en estados de sentimientos coherentes y evaluar estos estados al servicio de la función ejecutiva. Numerosos estudios, (para una revisión señalan a Price [2000]) han constatado la importancia de la ínsula anterior junto con el córtex cingulado anterior en la experiencia del dolor físico.


Estas autoras señalan la relevancia de que los humanos hayamos superpuesto las emociones prosociales a las funciones sensoriales primarias de estas regiones que co optan su función para sostener el comportamiento moral.


Nombran diversos estudios que muestran que la ínsula anterior y el córtex cingulado anterior están activos no solo en la experiencia de dolor físico, sino que también lo están en la experiencia de dolor social y exclusión, (Eisenberger, 2012); en la experiencia de culpa interpersonal (Phillips y col (1997), Shin y col, (2000)); también están involucradas en la experiencia de respuestas aversivas viscerales a estímulos nocivos y a ser testigo de comportamientos inmorales (Bechara, 2001, Krach y col 2011, Vogt y col, 1992).


La experiencia de nausea acompañando a los sentimientos de culpa o ansiedad, seguramente reducen comportamientos inmorales futuros. Señalan que el impulso que produce la ínsula se ha asociado con el deseo de compensar a los otros y al autocastigo (Berthoz, Grèzes y Armony, 2006; Yu, Hu, Hu y Zhou, 2013).


Baird y Roellke exploran a continuación el grupo neural de la mentalización, señalan que las regiones que soportan los procesos que requieren entender la perspectiva de los otros e integrarla en nuestra propia experiencia son: el cingulo posterior, precuneo, cortex retrospenial y la porción dorsolateral del córtex parietal (que incluye el giro angular y supramarginal). Citan los estudios de (Greene y Haidt, 2002; Fletcher y col. 1995; Moll, Eslinger y de Oliveira – Souza, 2001) para afirmar que todas estas regiones participan en la creación de la “narrativa” socioemocional individual, a través de la integración de la emoción, la imagen mental y la contextualización de la memoria específica.


A continuación las autoras revisan diversas investigaciones sobre cada una de las regiones que están implicadas en el proceso de mentalización. Comienzan con el cortex cingulado posterior, señalan que es descrito como un nódulo central en el funcionamiento de la red por defecto (Buckner y col ,2008). Tiene también mucha relevancia en el procesamiento del dolor y su contextualización en la memoria episódica (Maddocky col 2001; Nielsen y col 2005). En estudios recientes señalan que inhiben los cortices parietales para evitar distracciones y activan el córtex prefrontal medial para redirigir la atención, haciendo que el individuo genere estrategias mentales (Small y col 2003).


Continúan diciendo que el precuneo contribuye a los procesos de autoconciencia y de recuerdo autobiográfico (Kajaer y col ,2002; Lunstrom y col, 2005), en estrecha colaboración con el anterior, el cortex retrospenial también contribuye a aspectos de la memoria autorrelevantes, específicamente los que tienen que ver con procesos de razonamiento hipotético ( Vann y col, 2009). Con respecto al razonamiento moral las autoras señalan que ambas regiones contribuyen en el reconocimiento visual de claves socialmente significativas, apoyando las teorías del proceso mental y reflejándolas en complejas concepciones de humanidad (Allison y col, 2000; Brothers y Ring 1992; Frith, 2001).


Las áreas que se corresponden con las tareas que requiere un individuo para hacer inferencias acerca del estado mental de los otros, especialmente cuando son comparadas con las características físicas de las personas, son el córtex parietal inferior, el operculum parietal o la comisura temporoparietal, también están implicados en distinguir los pensamientos propios de los de los demás.(Decety y Sommerville, 2003)


En cuanto a la regulación del comportamiento, las autoras afirman que el córtex medial prefrontal emerge como grupo de regiones del cerebro; el grupo incluye el cortex cingulado ventral anterior, las regiones prefrontales ventromediales y dorsomediales y el hipocampo. Señalan que colectivamente, estas regiones contribuyen en aspectos atencionales, organizacionales y regulatorios de la información emocional así como la pertenencia del individuo.


Baird y Roellke describen cada una de las diferentes regiones y su correlato con aspectos del comportamiento, comienzan por el cortex medial prefrontal que permite a los individuos integrar sus emociones con los procesos de toma de decisión, además esta región es crítica para el desarrollo de la planificación moral consciente (Damasio, 1994; Reiman, 1997).


El cortex ventromedial prefrontal es responsable primariamente de la evaluación de las recompensas y castigos y de proveer a los individuos con la habilidad de controlar o inhibir comportamientos potencialmente desventajosos (Blair, 2001; Damasio, 1994; Damasio y col 1994; O’Doherty y col 2012).


El cortex prefrontal dorsomedial lo señalan como crítico para tomar decisiones sociales adaptativas y rápidas en las situaciones reales, (Cooper y col 2012), también se relaciona con las cogniciones acerca del yo, y la capacidad de separar el sí mismo del otro (Mitchel y col, 2005; Pfeifer y col, 2007), además contribuye a la manipulación de la información relativa al yo (Ochsner y col, 2004).


Finalmente se refieren al hipocampo en relación a la experiencia emocional, a la organización y realización de funciones cognitivas que se adquieren con la información emocional, también refieren que está implicado en la regulación de nuestra conducta usando la experiencia previa, además el hipocampo también es crítico para la consolidación de experiencias cohesivas y para que se integren, se almacenen y se signifiquen en la memoria a largo plazo (Murray y Kensinger, 2013).


Teorías del desarrollo moral


Las autoras comienzan este apartado señalando que ha habido muchos intentos de definir la moral tanto teóricamente como operacionalmente. Señalan que en la literatura psicológica uno de los autores que más representativos es Lawrence Kohlberg, en su trabajo sobre la teoría de la moral de 1994 este autor describe la progresión desde la orientación de la obediencia/castigo, a la orientación instrumental, para pasar a la orientación buen niño / niña, y, finalmente a la orientación de la ley y la autoridad.


Señalan que a pesar de los hitos que señala Kohlberg en el razonamiento moral, otros autores, Baumrind (1986) y Gilligan (1982), han señalado que su orientación contiene desarrollos que favorecen el razonamiento tradicionalmente “masculino” y, haciendo esto, falla en objetivar los procesos de toma de decisión y la formación de la moral que desarrollan típicamente las mujeres.


Las autoras señalan que Kohlberg teoriza que las mujeres raramente llegan al cuarto nivel de moral, se quedan en el nivel buen chico / chica. Gilligan tiene, una perspectiva más feminista del desarrollo moral, sostiene que las mujeres están tan desarrolladas moralmente como los hombres, pero afirma que simplemente se aproximan a la moral desde una perspectiva diferente, empleando un punto de vista interpersonal que fomenta relaciones interdependientes, pone énfasis en la responsabilidad sobre otros y se enfoca en la sensibilidad hacia la humanidad.


 Según las autoras, Gilligan sostiene que los hombres emplean un punto de vista orientado a la justicia que se enfoca en el sostenimiento de las reglas, el pensamiento lógico y la preservación de la autonomía. Estos abordajes son igualmente válidos y no son hieráticamente ni mutuamente exclusivos; los individuos de ambos sexos en su desarrollo moral, tienden a comprometerse en una combinación de ambos.


Señalan que aunque la teoría de la moral de Gilligan ha sido ampliamente referenciada desde el campo de la psicología, la mayor parte de los investigadores no han sido exitosos en sus intentos de encontrar validación empírica de estas ideas. Explican que la falta de resultados empíricos quizás sea debida al hecho de que los test de razonamiento moral han comparado tradicionalmente participantes sobre la base del sexo biológico, como opuesto al género. Para poder entender las diferencias individuales en el razonamiento moral, sería necesario según las autoras sumar el género al sexo biológico y así se podría lograr un modelo que podría integrar las teorías del desarrollo moral de Kohlberg y de Gilligan.


Los estudios empíricos, aunque escasos, han encontrado diferencias y distinciones en el razonamiento moral según el género. Por ejemplo, las chicas muestran gran propensión a la culpa, frecuentemente emplean una ruta de procesamiento implícito y empático para llegar a las conclusiones. Los chicos exhiben culpa mucho menos frecuentemente, y se basan más en cognición y razonamiento para formar esos sentimientos (Silver y Helkama, 2007).


Las chicas están más centradas en la deseabilidad social, mientras los chicos lo están en el estatus social (Caravita y col, 2012).


Baird y Roellke terminan este apartado informando que en la próxima sección van a poner el foco en la perspectiva femenina, no porque los dilemas de los chicos sean menos importantes o complejos, sino por aproximarse al tema desde una perspectiva que no ha estado tan explorada. Ellas estudian el desarrollo moral desde un punto de vista binario, pero animan a futuros investigadores a abordarlo desde modelos más amplios.


La pubertad femenina y la relación con sus pares


Las autoras sostienen que los múltiples cambios que ocurren en la adolescencia requieren una revisión sustancial de los sistemas responsables para entender la experiencia individual, por una parte los cambios biológicos que conllevan la maduración sexual y por otra las diferentes variables de los contextos sociales.


En la pubertad las chicas adquieren la capacidad de engendrar, tener y cuidar a un infante, por lo tanto, pareciera lógico que estuvieran predispuestas a procesos emocionales, empáticos y sociocognitivos únicos. Citan el modelo de “cuidar y hacer amistades” de Taylor (2006) en el que postula que las mujeres tienden más a establecer relaciones interdependientes en tiempos crisis físicas o morales; enraizándolo en una perspectiva evolucionista, esta teoría explica las tendencias de las mujeres a estar enganchadas en la formación de relaciones durante situaciones de estrés como mecanismo de supervivencia para las familias ante las amenazas.


El estilo de socialización observado en la chicas muestra la naturaleza de los cambios biológicos iniciados en la adolescencia y la transformación sociocognitiva que acompaña esta maduración; para las féminas la exploración y el aprendizaje de las dificultades interpersonales y los dilemas morales que implican a los pares puede ser un paso importante en la organización de los ideales de moralidad y determinar las futuras acciones.


También sostienen la importancia y función adaptativa del aprendizaje de lecciones dolorosas o difíciles de la adolescencia, afirman que el dolor social (al igual que el dolor físico) puede facilitar la memoria de acciones displacenteras o inmorales, y prevenir su recurrencia.


Las autoras terminan este apartado señalando que el contexto de intensas relaciones interpersonales, los roles de género y los valores sociales crean una paradoja en el desarrollo de las chicas; por una parta se espera de ellas que sean cuidadoras, relacionales y al mismo tiempo la sociedad patriarcal e individualista de la cultura occidental premia el individualismo, que está menos inclinado a dar importancia al pensamiento y comportamiento relacional (Kalsoom y col, 2012). De nuevo, pareciera que estas fuerzas opuestas contribuyen a la falta de coherencia en los modelos del desarrollo del razonamiento moral.


Desarrollo del cerebro y razonamiento moral


Baird y Roellke afirman que de la misma manera que se describen los sustratos neurales del razonamiento moral en los adultos, sería necesario examinar el desarrollo de estas redes durante la adolescencia y señalar los caminos en los que los de las féminas pueden diferir de los de los varones.


Señalan que es importante reconocer que aunque se estudian las diferencias en el cerebro en cuanto a estructura y función, a menudo es imposible conocer la relación precisa entre las dos, lo mismo ocurre entre las relaciones entre las diferencias de red neural entre los sexos y las estrategias de comportamiento. Las autoras tienen gran esperanza en que las nuevas técnicas de estudio funcional del cerebro arrojen más luz en estos campos y se integren los datos del comportamiento con los datos de las redes estructurales, funcionales y de imagen del cerebro, esto supone una gran promesa para seguir avanzando en la comprensión del desarrollo moral.


La experiencia emocional


Comienzan este apartado recordándonos las zonas del cerebro que están relacionadas con la experiencia emocional del desarrollo moral, éstas incluyen la amígdala, la ínsula anterior y el córtex cingular dorsal anterior, todas estas regiones han mostrado diferencias estructural y funcionalmente importantes durante el desarrollo en función del sexo. Las autoras plantean que las densas conexiones entre la amígdala, la ínsula y el córtex cingulado anterior, que emergen durante la adolescencia, predispondrán al los individuos a cierta propensión hacia la respuesta de “lucha o huída”, la coordinación fluida entre estas regiones permite a los adolescentes usar información interoceptiva que se integra en el razonamiento moral.


Baird y Roelke sugieren, desde la evidencia aportada por las investigaciones previas, que los cambios en el desarrollo se ven mejor en áreas que integran la información sensorial interna con los procesos cognitivos superiores; sostienen que las áreas de información sensorial interna están maduras antes del final de la niñez, hacia los ocho años de edad, alcanzando un grosor adulto, (Gogtay y col., 2004; Shaw y col., 2008). En contraste con esto, muchas de las regiones corticales superiores, como el córtex dorsolateral prefrontal y el cíngulo anterior, no están maduros hasta la mitad de la veintena (Bennett y Baird, 2006; Gogtay y col., 2004).


En cuanto a la ínsula anterior, las autoras citan a Shaw y col (2005) para afirmar, que tiene una maduración prolongada, y a Craig (2002), Critchley y col. (2004) para aseverar que esta subregión es considerada como el principal puente entre los sistemas sensoriales interoceptivos con los procesos cognitivos superiores. Continúan afirmando que si la ínsula anterior está conectada con los procesos interoceptivos, sería probable que mostrara diferencias de actividad durante el desarrollo entre los adolescentes y los adultos; lo que representaría una forma de desconexión funcional entre la construcción de los estados de sentimientos interoceptivos abstractos y la función ejecutiva superior.


La ínsula anterior está también profundamente ligada a la percepción de empatía, citan las investigaciones de Bernhardt y Singer (2012) en cuyos resultados encuentran que las mujeres muestran gran actividad en la ínsula anterior, en comparación con los hombres, cuando ven que se maltrata a un individuo. En esta investigación cambian de paradigma y muestran un individuo tratado de forma injusta que trata injustamente a los demás, o a un individuo malo sometido a dolor físico, los hombres disminuían la actividad en la ínsula, mientras que las mujeres la tenían altamente activada. Las autoras infieren que si la ínsula madura relativamente tarde en el desarrollo, es razonable asumir que las diferencias, según el sexo, observadas, probablemente emerjan como resultado de un aprendizaje social complejo durante la adolescencia.


Revisan las investigaciones de Decety y Michalska (2010, 2013) en las que informan de una correlación positiva entre la edad y la ínsula anterior, junto con una correlación negativa en la actividad de la amígdala, cuando los participantes observan a individuos dañados por otros, comparado con el dolor inflingido a sí mismos. Las autoras señalan que la percepción del dolor es mayor en sujetos jóvenes que en adultos, a mayor percepción de daño, mayor actividad en la amígdala.


Decety y Michalska demostraron que durante el desarrollo se da una progresión en la que va tomando cada vez más importancia la intencionalidad en cuanto al daño interpersonal, y esto es la piedra de toque del razonamiento moral. Encuentran que la transición en el desarrollo de las respuestas afectivas basadas en una amígdala inmadura hacia unas respuestas que se basan en el razonamiento y en los juicios, se refleja en una correlación positiva entre la edad y la mayor conectividad entre la amígdala y el cortex ventromedial prefrontal (Decety, Michalska, y Zinzler, 2011).


Mentalización


Las autoras afirman que en términos de desarrollo moral, la mentalización se entiende como la habilidad para entender la perspectiva social y emocional del otro, manteniendo esa perspectiva en la mente, y a la vez conservando la separación entre el sí mismo y el otro.


Citan las investigaciones de Saxe y Kanwisher (2003) en las que se evidencia cómo la región temporoparietal se especializa cada vez más en la información social, se constata que esta región, a los nueve años de edad, es sensible a la información social de los otros. En el desarrollo durante la adolescencia incrementa su nivel de sensibilidad ante los estados sociales y emocionales de los otros (Saxe y col., 2009). Las autoras sostienen que es razonable especular en que estas mejoras madurativas son el resultado de una mejor conectividad entre la región temporaparietal y las regiones frontales.


En términos de diferencias de género, Baird y Roellke toman la investigación de Harenski y col. (2008) cuyos resultados muestran que las mujeres adultas a las que se las presenta fotos de delitos moralmente desagradables, muestran una fuerte interacción modulatoria entre la actividad del córtex posterior cingulado y la ínsula anterior, esta actividad es proporcional a la intensidad de la infracción moral. Los hombres, al contrario de las mujeres, mostraron mayor respuesta ante la transgresión moral, en la región temporoparietal.


Las autoras consideran importante señalar que las puntuaciones entre hombres y mujeres no difirieron significativamente, y que las estructuras neurales en las que descansa el razonamiento moral de las mujeres participantes tienen que ver con la experiencia emocional y la mentalización, mientras que en los hombres podría apoyarse solamente en las regiones de la mentalización.


Concluyen que esta distinción es consistente con los modelos de razonamiento moral, que sugieren que las mujeres se enfrentan a los dilemas morales desde unas estrategias más basadas en el cuidado del otro o mas empáticas, que las de los hombres.


Regulación del comportamiento


Las autoras comienzan diciendo que se piensa que el córtex cingulado ventral anterior, y las regiones prefrontales dorsomediales y ventromediales, así como también el hipocampo, contribuyen a aspectos organizacionales y regulatorios de la emoción que pertenecen a comportamientos socialmente apropiados y moralmente reflexivos. Este agrupamiento de regiones ha mostrado diferencias de funcionamiento de acuerdo al sexo en la adolescencia. Por ejemplo, en las mujeres el córtex orbitofrontal y el córtex prefrontal ventrolateral maduran estructuralmente antes, las mujeres parecen ser capaces de aprender nuevas reglas sociales y adecuarse a la inhibición social a una edad más temprana que los hombres (Nelson y Gruyer, 2011).


Los estrógenos son el organizador primario en la adolescencia de las mujeres, el cerebro de las adolescentes también está afectado por la gran cantidad de esta hormona que afecta tanto a las cogniciones como a las emociones. El hipocampo y el córtex prefrontal se conforman en la adolescencia de las mujeres, los estudios han mostrado que estas dos estructuras tienen gran cantidad de receptores de estrógenos y varían en tamaño y función como resultado de la influencia de los estrógenos (Campbell, 2008; Giedd y col, 1996; Taylor, 2006). La maduración de estas regiones significa que harán conexiones nuevas y más eficientes tanto en áreas próximales como distales del cerebro (Power y col. 2010).


Para las autoras la creciente complejidad de las vidas sociales de las adolescentes, así como la posibilidad de criar un niño, facilitaría el desarrollo del hipocampo, que es una estructura conocida por consolidar diferentes aspectos de la memoria para formar narrativas personales cohesivas (Casebeer y Churchland, 2003).


Puntualizan que de la misma manera que se pueden cuantificar algunas de las diferencias en el cerebro debido al sexo, es importante apreciar que muchas de estas están influenciadas por el género, la neurociencia está empezando a explorar este campo. También afirman que el binomio sexo – genero es una de muchos “sistemas” que influencian en el desarrollo de los adolescentes, así como la cultura, los pares, el temperamento, etc. (Mills y col., 2012).


Pensamientos finales


Las autoras sostienen que los adolescentes realizan una transformación cognitiva que conlleva un pensamiento más lógico, más abstracto y mas idealista, también desarrollan la habilidad integrar las experiencias pasadas en el presente, todo esto les permite acercarse a los dilemas morales de forma lógica, y por lo tanto aplicar los códigos de conducta morales de forma abstracta en la toma de decisiones.


Afirman que uno de los posibles objetos de investigación futura es tener en cuenta que en esta época pasan de un medio dominado por la influencia de los padres a un medio dominado por la influencia de los pares y cómo afectan estos cambios. Los adolescentes deben integrar su mundo interno con los diferentes contextos sociales y culturales que encuentran.


Señalan que aprender a balancear y etiquetar las expectativas familiares, las normas de género, las demandas de los pares, y las expectativas culturales y sociales es probablemente una de las muchas razones que tienen unos pocos adultos que desean volver a la adolescencia, y todo esto es, según Baird y Roellke más verdadero en la población femenina.


La maduración que tiene lugar en la adolescencia, la inicial integración de emociones viscerales (desde las redes que sostienen la experiencia emocional e interoceptiva) y la cognición social, son esenciales para un desarrollo total del razonamiento moral, esto es uno de los principales hitos de su desarrollo, pasan de ser un yo a un yo en contexto.


Todo lo que expresan anteriormente les lleva a afirmar que la experiencia emocional en la adolescencia, así como la mentalización y la regulación del comportamiento, se traslada desde el yo al yo en relación, un dominio en el que realizan un complejo despliegue de estados viscerales, mentales y de comportamiento, tanto en ellos mismos, como en los otros, que pueden ser mutuamente aprendidos, reconocidos e integrados.


Afirman que todos estos procesos críticos son indudablemente influenciados por diferencias individuales medibles en sensibilidad a las hormonas sexuales y a las normas de género; señalan que hasta que las investigadoras no sean capaces de separar y valorar estos distintos factores, seguirán sintiéndose perplejas ante la emergencia del razonamiento moral en la adultez.


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