Miss R [Fonagy, P.]

Publicado en la revista nº053

Autor: Fuster Tozer, Mónica

Reseña: Fonagy, P. MISS R. En: Psychoanalysis: From Practice to Theory. Ed. J. Canestri. 2006. Whurr Publishers Ltd (John Wiley & Sons Ltd), pp. 45-59.

Peter Fonagy expone en este capítulo algunas sesiones del análisis de Miss R detallando la evolución a partir de las intervenciones de paciente y analista y explicitando en ellas su comprensión de conflicto, transferencia y contratransferencia.

El autor presenta a Miss R, de 22 años, con aspecto vivaz y atractivo en sus primeras sesiones, refiriendo fácilmente sus logros y con resistencia su dificultad para relacionarse, había tenido dificultades para intimar con amistades y para establecer relaciones sexuales apropiadas. Le impresionó al analista la grandiosidad de sus ambiciones pero le pareció comprensible dada su edad e historia de logros.

Se trataba de la mayor de 4 hermanas. Su padre era un hombre de negocios hecho a sí mismo y su madre una abogada que en la temprana infancia de Miss R había estado focalizada en su carrera dejando a la niña a cargo de una niñera y del portero.

En las primeras semanas de tratamiento el analista tenía la sensación molesta de que algo en la paciente no era genuino, especialmente cuando hablaba de los grandes progresos que iba haciendo y en la sensación de no conocerla como persona. En la contratransferencia él sentía más bien vacío y se preguntaba qué estaba quedando resguardado en esa idealización de las sesiones.

A los dos o 3 meses del inicio empezó a emerger un patrón que clarificaba esto: en la medida en que sentía que progresaba en una sesión con el material que aportaba o que él tenía una intervención que ella sentía adecuada, la paciente salía del despacho llena de optimismo. Pero refería cómo una y otra vez, a las pocas horas, esos sentimientos venían a reemplazarse con otros de fuerte duda de si, de ser fea, no querida, falta de talento, comparándose desfavorablemente y mirando su vida llena de soledad y fracaso. Esta profunda depresión estaba bastante próxima a la superficie vivaz y ligeramente seductora de su carácter. Presentaba gran ambivalencia hacia su cuerpo, su narcisismo estaba caracterizado por una intensa reacción a sus logros y la disociación aparecía como un modo dominante de defensa.

El autor refiere cómo estaba impresionado por la actitud de autodenigración dolorosa que tomaba hacia sí misma, le recordaba a una figura de autoridad torturadora y cruel y a una niña sumisa y masoquista que no era capaz de sostener la realidad de forma suficiente como para protegerse contra esos ataques sádicos.

En las sesiones fue emergiendo la experiencia temprana de su madre severamente limitada, muy ausente. Los nacimientos de sus hermanos los codificaba como catástrofes. En cuanto al padre parecía utilizarla para promover sus necesidades narcisistas. Ella se había sometido a esto identificándose con sus estados emocionales e incluso en el sentir su cuerpo: su fantasía sobre embarazo no incluía el estar embarazada sino tener el bebé, como si ella fuera su padre; en cuanto a su forma de vivir la excitación sexual parecía buscar  gratificación y descarga más que una actitud de buscar ser excitada o excitar a otro; su ideación homosexual tendía a utilizar el cuerpo de otra mujer para obtener satisfacción. Sus fantasías estaban ausentes de objeto y su declarado y desesperado deseo de una relación parecía más conducido por un sentido agudo de vergüenza por no tener una relación apropiada para su edad que por una necesidad real de intimidad.

El autor no se sentía en la transferencia como objeto separado, sino parte de la paciente, sin posible vida propia más que lo que ella imaginaba de él. Ella buscaba reaseguramiento y reafirmación en él como especial y superior cuando se sentía humillada o avergonzada.

Según fueron trabajando esto, el autor relata cómo Miss R fue haciéndose más y más consciente del sentimiento interno de vacío e ignorancia sobre su propia identidad. El autor escribe “con un deseo tan grande de ocultar su verdadero self que hasta ella misma perdía contacto con él”. Así se fue haciendo claro que el objetivo de la terapia no era encontrar amigos o relaciones satisfactorias sino establecer un sentido sustancial y seguro de sí misma y darle expresión directa.

En la contratransferencia el analista se encuentra a menudo impaciente y molesto en los intentos de ella de ser analítica, la sensación del autor es que ella trata de hacerle sumiso e inútil, dejándole poco que hacer más que consentir. Mientras le devuelve a ella su sensación él se siente molesto por sentir que de algún modo repite la conducta del padre que intentaba imponerle a ella sus puntos de vista y dominarla con sus propios intereses. Al final resuelve “la simple empatía con su sentimiento de confusión y pérdida y de no saber cómo complacerme me parecía el mejor uso que podía darle a mi contratransferencia”.

El autor en las entrevistas intenta identificar los motivos específicos que la atemorizan a expresar su verdadero sentir, pero no termina de percibir que la respuesta en ella sea genuina. Cualquier aspecto de la experiencia de sí misma que pueda perturbarla queda proyectado fuera, ajustándose y quizás identificándose con estas proyecciones. Mientras el analista avanza en las sesiones desde esta perspectiva, lo que más le impacta a ella son las intervenciones de él identificando su sensación de no tener sentido de sí misma, de un yo.

Sesión con Miss R

A partir de ahora reseño con bastante detalle la secuencia de intervenciones de las dos sesiones que el autor describe. Me parece útil de cara a captar el cambio de perspectiva del autor en su propia evolución como analista.

En la sesión previa a la primera que comenta, habían reiniciado tras interrupción por ausencia del analista, ella se determinó a decirle que no le había echado en falta y que se había manejado mejor que cuando estaba más cerca. Habló además de accidentes de niños en su infancia y de una experiencia suya de hospitalización. En la siguiente sesión, la que aquí comentamos, ella habla de un proyecto que va a acometer sobre condiciones de vida de los niños, explicaba los largos viajes y las grabaciones que debía hacer con gran intensidad y expresividad.

Él se sentía aburrido ante la actitud de superioridad y repetición de ella, se encontró vagando en otros derroteros y desconectado como otras veces. Entonces recordó la sesión previa y cómo ella le había hablado de su accidente y de las visitas de su padre al hospital. Aunque iba a visitarla regularmente su queja había sido que su padre no escuchaba realmente sus quejas. Se encontró pensando que debía pasarle como a él, desconectado, quizás incapaz de soportar el sufrimiento de un niño. Trató de pensar cómo transmitirle a ella, sin sonar crítico para no suscitar una respuesta defensiva, su sentir: “se me ocurre que tratas de utilizarme como utilizabas a tu padre cuando iba a verte al hospital. Creo que te volviste desesperanzada de que no hiciera nada sobre lo que te pasaba. El hecho de que me trates como si yo no fuera a hacer nada sobre lo que me estás contando me hace pensar que te sientes sufriendo y ansiosa sobre algo de lo que no me estás hablando”. Siguió silencio y el sentir de una sensación de tristeza en la habitación. Entonces ella le contó un sueño en que iba a lavar su ropa pensando que eso era lo correcto a hacer, mientras se preguntaba si la ropa encogería. En alto el analista se preguntó si traer el sueño no era la cosa correcta de hacer, pero el hecho de traerlo cubría sentimientos de fondo, como la ropa del sueño cubría su cuerpo. También pensó para sí que el sueño parecía traer su disposición en el análisis: de hecho acudía, pero sin quitarse la ropa que la cubría, su ansiedad parecía ser que el análisis la disminuyera o encogiera, y de hecho ella, con su relato técnico sobre las grabaciones, le hacía inferior a él.

Entonces ella reaccionó de forma agresiva, le describió como monstruo y se metió con su silla. Escribe el autor “pensé que me disminuía de un modo defensivo por haberse sentido de algún modo disminuida por mí. Le dije cómo comprendía su enfado, que quizás por un momento estaba preocupada por sentimientos y pensamientos que quería de algún modo lavar porque le parecían inaceptables y humillantes y que, por el peligro de verse encogida y disminuida por mí, me veía como un monstruo”. Ella reaccionó desmintiendo sus primeras palabras y aludiendo a él de modo seductor, a lo que el analista le devolvió: “creo que sientes que es tu responsabilidad mantenerme dulce y que si me cuentas pensamientos que vienen a tu mente, sobre todo sexuales o agresivos, será peligroso”. El autor reflexiona sobre su intervención pensando que probablemente el peligro venía, más que del contenido de sus pensamientos, de las amenazas que éstos suponían al imperativo de tener las cosas limpias en el análisis, dada su imagen de sí fea y monstruosa y empleando su sexualidad para remediar esta imagen.

Sin darse tiempo a reflexionar sobre lo que yo había dicho dijo: “no tienes nada para irte en medio del trimestre”. Le dije que me parecía que sí le importaba que me hubiera ido pero quizás se sentía avergonzada de sentirse de este modo. Accedió y dijo cómo se había sentido enferma, aburrida, somnolienta. El autor continúa describiendo su dilema propio al pensar que el estar deprimida no le parecía por un sentido de pérdida de él, pero si se lo sugería, incluso como algo parcial, ella estaría triunfante de saber que él hubiera asumido erróneamente el que ella se sentía apegada a él…así que dijo: “Creo que aún estás enfadada de que yo me haya ido porque te hizo sentir que tú no me importas y ahora me estás preguntando ¿Cómo pudiste hacerme esto?”

Ella siguió adelante cambiando de tema y hablando sobre un amigo, un editor exitoso que había perdido su empleo en una importante compañía. Aunque al principio parecía simpatizar con él terminó diciendo bastante despectivamente que estaba tan deprimido que ni siquiera cogía el teléfono cuando seguramente le estaban llamando para nuevos proyectos. El autor confirma con esto que lo que se le hacía tan insoportable sobre su ausencia era la envidia de que, en su mente, él fuera requerido por otros mientras que ella no. El autor lo abordó directamente: “sabes, pienso que a menudo te sientes mal sobre ti misma, y a veces un poco deprimida, porque te sientes empequeñecida por el éxito de otros; te sientes mal y furiosa conmigo por hacerte sentir pequeña”. Ella siguió hablando de la depresión de su amigo, le habían despedido por causar problemas. El autor pensó que esta comunicación al menos parcialmente se refería a ella como causante de problemas en peligro de ser despedida. Pero su aparente disfrute mientras contaba lo de este hombre también le hizo pensar que esto ya había sido proyectado en él en la transferencia y dijo: “¿sabes? A veces puede gustarte decirme que me dé una vuelta por ahí porque soy un “buscalíos” que está tratando de separar lo real de lo irreal en ti. Pero creo que también temes que salvo que seas como tú crees que yo espero que seas puede ser que no quiera verte”. Miss R se permitió enfadarse, denigrarle y compararlo con otros mucho mejores. El autor señaló su afecto: “Creo que no estás hablando en serio en estos momentos porque temes que eso te hiciera sentir infeliz”.

Entonces ella habló de una película sobre una mujer suicida que se llamaba igual que ella y la describió pintándola muy negro. El analista dijo: “creo que es muy doloroso para ti: quieres escapar del sentimiento de estar enfadada conmigo cuando también te sientes deprimida y en necesidad de mí. Así que tratas de hacerte sentir que no estás realmente involucrada en tu depresión, pero los dos estamos mirando una película en que alguien con tu nombre está deprimida”. Tras un silencio ella intenta evadirse de la relación transferencial y él la recoge: “Creo que sientes tu depresión como un peso tan grande que por supuesto no estas segura de si tú o yo podemos llegar a ella sin quedar aplastados por ella”. De nuevo trató de evadirse y el analista le plantea la trampa en que se encuentra: si el análisis funcionaba llevaría una vida real pero eso era algo que ella sentía muy displacentero. La paciente contactó entonces con la experiencia del “yo dentro de sí” al que él había aludido en ocasiones y cómo se había asustado por sentir que se cerraba a vivir su propia vida. El analista entonces se refirió al temor de que ese yo tomara las riendas y ella sintiera perder el control de su vida y elegir lo que no deseaba.

Ella respondió: “Nunca te lo dije pero desde que soy pequeña siempre he creído que tenía a todo el mundo atrapado y bajo mi control”. El analista toma en cuenta que la necesidad de sentir control omnipotente era un reflejo del sentido más hondo de total ausencia de control que habría sentido como niña cuando su madre había sido experienciada dramáticamente no responsiva a sus necesidades de ser especial y querida. Si bien este material tendría que emerger, el autor prefiere en ese contexto y dada la ansiedad que rodeaba la repetición de esta actitud infantil, abordar la transferencia: le señaló que a menudo se comportaba en el análisis de modos que indicaban que aún se sostenía en esta creencia, necesitaba sentir que podía controlarle total y muy sutilmente, pues de otro modo él podía ser muy peligroso. El autor transcribe lo que ella dijo entonces: “Oh, ya sé, incluso sé que tú estás pensando que te he provocado para que digas eso. Pero estoy contenta de que no hayas dicho que la varita mágica no es el pene que quisiera tener, creí que lo harías”. El autor sigue exponiendo cómo a menudo en el análisis ella mantenía el pensamiento mágico y grandioso de que ella ha implantado el pensamiento en su mente y que él sólo puede decir lo que ella previamente ha pensado (aquí incluso no se le permite tener como propio el pensamiento de que ella está controlando los suyos). Le dijo: “Estás en una trampa terrible: por un lado piensas que necesitas controlarme anticipando mis pensamientos porque estás muy asustada de que encontremos a tu yo real inaceptable que te asusta y deprime, pero otra parte de ti está contenta cuando digo algo que no esperabas porque te da la esperanza de que el análisis te ayude a ser la persona que deseas ser”. Ella respondió diciendo: “deja de poner tu gran pie en esto”. El analista capta el sentirle ella intrusivo y rechazante al tiempo que una rara espontaneidad en su exclamación así que le dijo: “creo que estás MUY asustada tanto del daño como de la posibilidad de cambio que podrían ocurrir aquí y quizás esa es la principal razón por la que necesitas mantener el control absoluto”. Ella se fue despacio y triste cuando llegó el momento.

Siguiente sesión

A continuación el autor relata el desarrollo de la siguiente sesión. Miss R empezó atípicamente en el mismo estado de ánimo en que había dejado la primera, inmediatamente dijo que la sesión anterior había sido dura para ella y había estado infeliz desde entonces. Manifestó que no sabía por qué intentaba agradar tanto al analista si ni siquiera le gustaba tanto. Añadió en protección a una posible retaliación del analista –según pensó éste- un “de hecho no me gusta nadie en este momento”. Él dijo que pensaba que ella sintió movimiento el día anterior y no parecía muy amable cuando se fue, así que no debía apetecerle mucho venir por temor de que él no quisiera verla. Su respuesta fue: “debes odiarme, soy tan aburrida”. El analista le plantea si quizás seguía enfadada consigo misma por no poder sobreponerse al sentimiento de que él pudiera no aprobar el “sí misma real” del que ella se sentía tan avergonzada. Entonces dijo que había decidido contarle algo que aún no sabía y que estaba relacionado con el sentimiento de sentirse inmovilizada. Primero le dijo que lo habían hablado y después que el analista le dijo no recordarlo, ella se refirió a las fantasías que él sabía ella tenía (a veces creía que el analista tenía telepatía y podía adivinar su mente). Después siguió con la cuestión: estaba esperando tener relaciones con un compañero al tiempo que ella se resistía a sus avances. Dijo que prefería una relación platónica a una sexual, que no encontraba excitante. Aunque él le había manifestado su interés y buscado reciprocidad había visto que tenía relaciones con otra. No era fácil distinguir cuánto había de realidad o fantasía. Entonces relató un sueño que tuvo la noche antes: iba al piso de él mientras estaba fuera con su otra novia. Cuando K volvió se encontró a Miss R en su cama, ella no vió a su novia pero se sintió petrificada, paralizada y humillada; afortunadamente para la paciente pues tenía el terrible sentimiento de que le pedirían irse, ahí terminó el sueño.

Aunque el sueño parecía claramente edípico el autor explica que prefirió referirse a la parte narcisista de su fantasía: “parece que el terrible secreto del que no tienes que darme noticia es algo que tiene que ver con tu deseo de entrar en una relación sexual y que temes la humillación de sentirte excluida”. Se mostró defensiva y evasiva, a juicio del analista por su grandiosidad infantil que le hacían inaccesible sus ansiedades edípicas. El autor sigue con una intervención en que valida y legitima su cuerpo: “creo que lo que hace todo esto aún más duro de hablar es que una parte de ti siente secretamente convencida de que cuando K te viera en su cama se daría cuenta de la terrible falta que habría cometido y despediría a su novia. Creo que sabes que se trata de un sueño y te sientes terriblemente humillada cuando termina”. Tras esto Miss R se sintió menos amenazada y algo más relajada y habló de cómo se sentía avergonzada de su cuerpo y como temía adentrarse en una relación sexual, también de la vergüenza de compartir sus fantasías sexuales con el analista aunque sabía le ayudaría a sentirse menos culpable. Le dije: “también pienso que estás muy avergonzada de tu cuerpo, y que mi distancia analítica puedes tomarla como prueba de que me siento a disgusto con él. Pero también temes que yo pueda estar interesado por ti y mi posible insensibilidad te asusta aún más, así que quizás una vez más te sientes atrapada”.

Dijo que se sentía atrapada en muchos aspectos de su vida y que extrañamente no se sentía muy mal sobre ello. A la pregunta del analista sobre si algún aspecto de esto la excitaba relató una fantasía sexual muy importante para ella de verse atada y siendo forzada a tener sexo con un hombre bastante poco atractivo mientras que otra persona, hombre o mujer, observaba. Había sobrepasado su resistencia y había contado por primera vez una fantasía altamente avergonzante al tiempo que metía al analista en una discusión voyeurista, como el hombre o mujer de su fantasía. Entonces el analista dijo: “de algún modo debes sentir que estás atada por tus conflictos y que yo estoy simplemente mirando, pero a veces, cuando una parte de ti se siente observando creo que te sientes bastante triunfal”. De un modo extraño pensó que también se sentía bastante triunfal porque le había hecho atarla, entonces se siente en control porque fuerza a ser el atacante y actualiza la fantasía de ser forzada y aceptar la intrusión.

Entonces Miss R recordó que en la escuela las otras niñas la llamaban espía porque siempre quería estar en sus asuntos. Aunque parecía reconocer su curiosidad insaciable y se identificaba con la figura del observador, aún su identificación con el hombre feo que la atacaba era vergonzante e insoportable para ella. Para el autor era su self real el que estaba proyectado y quizás identificado con esta figura poco atractiva que la forzaba. Le dijo: “creo que te asusta que yo pueda ser el observador de tu mente y humillarte e insultarte al descubrir tus secretos, quizás es por eso que es tan importante para ti sentir que puedes controlarme totalmente, como en tu fantasía”. Ella lo confirmó diciendo que lo que la hacía más infeliz era que lo que fuera que hiciera como analista no estaba bien para ella, dijo triunfante: “simplemente no puedes ganar”. El analista interpretó: “creo que te sientes infeliz de mi situación contigo porque sabes exactamente cómo se siente, quieres ponerme exactamente en la misma situación de indefensión en que sientes que estás y en que quizás estuviste a menudo como niña”. Entonces ella trajo material, con más hondura y sentimiento que otras veces, sobre la catástrofe que le sobrevino cuando nacieron sus hermanas, su necesidad de distanciarse de la familia por sentirse tan sola y abandonada por su madre, habló de la rabia hacia su madre pero también del impacto de su ausencia sobre ella y entre los dos significaron sus frecuentes accidentes como modo de hacerse cuidar y también de mostrar cuánta rabia expresaban.

Al hablar de la rabia empezó a llorar. Al analista le pareció algo teatral y difícil delimitar en cuánto creía ella que era la reacción que él esperaba. Confirmó el malestar del autor cuando dijo “estoy deprimida desde la edad de un año”. El analista se escuchó diciendo: “¡me rindo!”. Entonces la paciente dijo algo que sonó más genuino: “salvo que piense en mi como esa niña no puedo comprender por qué nada significa nada para mí y a veces me siento como una concha vacía”. El analista sintió su contratransferencia relevante para lo que ella decía: “Creo que me estás diciendo cuánto miedo tienes de que las cosas importantes pierdan significado para ti. Es casi como si de cuando en cuando tu mente simplemente se rinde de mantener el contacto con todo lo que te está pasando, aquí y fuera, quizás es cuando te sientes como una concha vacía”. Ella dijo que tenía razón pero que iba estando mejor. Era momento de parar la sesión.

Comentario personal

En la descripción de las intervenciones en ambas sesiones me impacta y gusta mucho del autor el detallado desarrollo y relato de sus pensamientos, sentimientos y de sensaciones corporales-ambientales (p.e. se palpaba tristeza en la habitación) que él vive durante las intervenciones y silencios de ambos. Dedica atención y consideración al contenido de la transferencia y a diferentes registros de contratransferencia en los que toma en cuenta y ofrece todos los elementos que intervienen. Detalla su elección de una u otra forma de intervenir según las hipótesis que aparecen a su pensar y al contexto de los diversos registros, tanto de ella como de él. Es una verdadera filigrana de consciencia y expresión en la que la persona del analista aparece como principal herramienta terapéutica. Hace patente que la fuerza de su trabajo no está tanto en su marco teórico como en la percepción, atención y selección de cuanto entra en juego en la relación de dos. Y esto precisamente es lo que le permite finalmente hacerse con su propio marco implícito y modificarlo para un buen progreso del trabajo y relación terapéutica.

A lo largo de las sesiones vemos cómo su marco teórico juega un papel principal en el desarrollo del vínculo y en el derrotero que toma el análisis. En el relato del analista aparece desde el inicio un asunto implícito que hace de timón de fondo en su enfoque del análisis y provoca una respuesta transferencial recurrente asustada, agresiva y defensiva. El autor escribe que percibe a la paciente “con un deseo tan grande de ocultar su verdadero self que hasta ella misma perdía contacto con él”. Parte del implícito de que lo que se manifiesta de la paciente no es verdadero self, que ha de estar oculto en alguna parte. Por otra parte atribuye intencionalidad, buscando e interpretando motivos, al ocultamiento de esta parte de sí que él percibe ausente y “verdadera” en contraposición a otras.

Desde este marco de funcionamiento de “análisis en búsqueda del verdadero self despejando lo que no es verdadero” ocurre una secuencia de intervenciones que desembocan en respuestas bien de complacencia-seducción con ajuste a lo que la paciente cree el analista espera de ella, bien agresivas, con identificación proyectiva y control con difusión de límites.

El autor en las entrevistas intenta identificar los motivos específicos que la atemorizan a expresar su verdadero sentir, elabora en su propia mente y hace reflejos empáticos e interpretaciones -extraordinariamente afinados y lúcidos desde su marco implícito- sobre su sufrimiento narcisista, temores, estilo defensivo de control e identificación proyectiva. La mayoría de las veces sigue tristeza, enfado-agresión, relato abigarrado y aburrido.

Una y otra vez el analista capta la dificultad y defensas de la paciente para tolerar sus sentimientos de inferioridad y su temor al abandono. Y va resolviendo que “la simple empatía con su sentimiento de confusión y pérdida y de no saber cómo complacerme me parecía el mejor uso que podía darle a mi contratransferencia”.  

El analista no deja de captar la ansiedad de la paciente ni su sentimiento de indefensión sobre lo que explicita en su descripción: “lo que más le impacta a ella es el no tener sentido de sí misma, de un yo”. Ella expresa el miedo ante la posible aparición ese yo dentro de si que no llega a encontrar y también el impacto ante la ausencia de ese “alguien” que debería tener; en las interpretaciones que él hace de su miedo y defensa van creando entre ambos un espacio mental de significado del self casi como “alguien- en-ella-pero-ajeno-a-ella-actual-a-quien-no-tendría-que-temer-aunque-de-hecho-la-asuste-y-deprima tanto su ausencia como su posible presencia”. A esto sigue un despliegue aún mayor y más profundo en la paciente de expresión de su miedo, sentido de estar placentera y odiosamente atrapada, disociación y proyección, con secuencia de reflejos empáticos e interpretaciones afinadas y de nuevo la evasiva de la paciente.

Entonces ocurre lo que a mi juicio constituye el quicio de cambio en el enfoque implícito del analista y que tiende un espacio nuevo en el análisis: Fonagy se escuchó diciendo: “¡me rindo!”. Entonces Miss R dijo algo que sonó más genuino: “salvo que piense en mi como esa niña no puedo comprender por qué nada significa nada para mí y a veces me siento como una concha vacía”. El analista sintió su contratransferencia relevante para lo que ella decía: “Creo que me estás diciendo cuánto miedo tienes de que las cosas importantes pierdan significado para ti. Es casi como si de cuando en cuando tu mente simplemente se rinde de mantener el contacto con todo lo que te está pasando, aquí y fuera, quizás es cuando te sientes como una concha vacía”. Ella dijo que tenía razón pero que iba estando mejor.

En este párrafo me parece que el autor nos muestra cómo entre ambos reorientan el significado del self y el centro gravitatorio del análisis, además de darse un cambio en el marco implícito que el autor estaba empleando y en la relación entre paciente y analista. Con el “me rindo” Fonagy para, se apea de seguir procesando igual lo que está ocurriendo en ella y entre los dos. Miss R entonces aparta el fantasma del self que ya últimamente en la conversación trataba de colocar en la niña que fue y atiende a su estado mental actual de no poder comprender, de falta de significado y vacío. Entonces Fonagy contacta relevante y empáticamente con lo que a ella le ocurre: el self es el cansado y rendido de tratar de mantener contacto, y lo que “está pasando” aquí y fuera se convierte en lo importante y lleno de significado que se hace preciso enfocar. Desaparece el fantasma implícito, mientras se abordó la imposibilidad de continuar un tipo de proceso si bien sus contenidos eran correctos.

En la Teoría de la mente Fonagy atiende cómo la activación emocional ante figuras de apego interrumpe la mentalización, cosa que vemos va ocurriendo en ambas entrevistas. Miss R emplea un proceso prementalizador cuando  atribuye realidad a las ideas denigratorias sobre sí misma y sobre los demás (equivalencia psíquica) o en su “hacer de cuenta” al relatar sucesos abigarrados o fantasías que no poseen mayor contacto con su núcleo emocional (como cuando tras todo el trabajo la paciente habla de su estar deprimida desde la edad de un año), también en la actuaciones agresivas y de control en que funciona en un modo teleológico de atribución de intenciones y difusión de límites. La paciente tiene pendiente al fin de estas dos sesiones el desarrollo de su función reflexiva sobre sus procesos simbólicos (sueños), cognitivos/imaginativos/ atencionales y sobre sus procesos reguladores. El terreno está abierto pues queda en esta secuencia vincular que describen al final, un nuevo espacio implícito en que ambos dejan de lado un tipo de esquema operativo y defensas por el momento para abrirse a una nueva percepción y procedimiento (de hecho Fonagy ya pone en marcha en la secuencia el no saber, el parar, la empatía, y legitima la mentalización de la paciente). Ambos comienzan a atender al self de Miss R como “agente” diferenciado del self como objeto o representación. Este self agente activo de la paciente, ahora agotado y confundido, irá construyendo el segundo.

La relación vincular y construcción de un apego seguro con empatía, “marcaje de afectos”, concordancia y congruencia y el enfoque del analista en términos no de significado inconsciente sino de identificación de determinantes en pensamientos, sentimientos, circunstancias hará posible el establecimiento de un apego seguro y de un proceso representacional de los estados de la mente en que Miss R pueda irse comprendiendo a sí misma y a los demás. Podrá ir desarrollando la comprensión y la verbalización por sí misma de sus propios estados mentales, diferenciarlos, y relacionarse con y a través de ellos en un self cohesivo y constituido por todos ellos, que no estaba intencionalmente oculto y separado, sino más bien confundido en lo relevante para si por su experiencia traumática en el apego.

Referencias

Fonagy, P (1999) Apegos patológicos y acción terapéutica. Aperturas Psicoanalíticas, nº 4, www.aperturas.org.

Lanza Castelli, G. (2009). Mentalización y agencia del paciente en el proceso terapéutico.  Aperturas Psicoanalíticas, nº 33, www.aperturas.org

Lanza Castelli, G. (2010). La mentalización en la práctica clínica [Allen, J.G., y col., 2008]. Aperturas Psicoanalíticas, nº 34, www.aperturas.org

Lanza Castelli, G. (2011). Mentalización: aspectos teóricos y clínicos. (Trabajo presentado en el Congreso de Interpsiquis, febrero 2011). http://mentalizacion.com.ar

Lanza Castelli, G. (2012). Los sueños y la teoría de la mentalización. Algunas reflexiones acerca de la obra de Peter Fonagy. Aperturas Psicoanalíticas, nº 42, www.aperturas.org

Román, P. (2016). Mentalización, mindfulness, insight, empatía e interpretación [Kernberg, O.]. Aperturas Psicoanalíticas, nº 52, www.aperturas.org