Neurociencia versus fenomenologia y las implicaciones para la justicia [Wheatley, T.]. En: The moral brain: A multidisciplinary perspective

Publicado en la revista nº053

Autor: Nieto Martínez, Isabel

Libro Moral Brain. A multidisciplinary perspective. (2015) Edited by Jean Decety and Thalia Wheatley. The MIT Press. Cambridge, Massachusetts London England

Capítulo 16. Neurociencia versus fenomenologia y las implicaciones para la justicia. Autora: Thalia Wheatley. En: VI. Consideraciones e implicaciones para la justicia y la ley.

La autora comienza afirmando que cuanto más conocemos del cerebro, más lejana parece la imagen subjetiva que tenemos de nuestra propia experiencia. La percepción visual, nos parece rica en detalles pero se basa en imágenes dispersas y empobrecidas. La conciencia es percibida como una corriente continua, pero de hecho está marcada por episodios que pasamos en inatención crepuscular. Nuestros sentimientos de agencia aparentan que somos más libres para actuar de lo que las leyes físicas permiten. Expone que los descubrimientos de las neurociencias muestran la desconexión entre la experiencia subjetiva de libertad y responsabilidad que sentimos en nuestra vida y lo que sucede en el cerebro cuando actuamos, que consiste en neuronas disparándose por potenciales de acción.

Cita a Donald (1990) para afirmar que el cerebro humano es un “trozo de materia húmeda y tibia” ¿por qué este trozo de materia cuando realiza su trabajo nos hace sentir como algo más, llamado “yo”?, Y se pregunta, si este pedazo de materia es el responsable de pensamientos y comportamientos, ¿cómo puede afectar esto a la concepción de la moralidad y de la justicia?

Wheatley intenta ahondar en estas cuestiones primero analizando ciertas preguntas que tienen que ver con el cerebro. Segundo lo que se siente como humano (fenomenología) y tercero sugiere que conceptos como libre albedrio y moralidad deberían alinearse cada vez más con nuestra comprensión del cerebro. Concluirá planteando que esa evolución conceptual cambiará poco el sistema legal, pero impulsará firmemente un trato humano para aquellos que han cometido delitos.

La neurona

Cita a Kandel (1976) para afirmar que una neurona no puede elegir cuando dispararse, sino que actúa cuando hay cambios en su potencial de membrana, esto es así tanto para el cerebro de un astrofísico, como para el de una babosa de mar.

Muchas neuronas

La autora plantea que la diferencia entre la babosa y el humano tiene que ver con la escala, mientras una tiene 18.000 neuronas, el humano tiene 85 billones. Plantea que el sistema de 85 billones de neuronas del cerebro humano, jerárquica y complejamente organizado, no puede elegir no dispararse, este conocimiento hace difícil reconciliarse con la visión del libre albedrío.

La tentación de la excepcionalidad humana

A menudo se da por supuesto que los humanos somos radicalmente diferentes de otros animales porque tenemos capacidad para aprender, para el arte, tenemos percepción de uno mismo, y capacidad de planificación, la autora sostiene que, a pesar de éstas capacidades, la arquitectura de nuestro cerebro está construida sobre la de nuestros antecesores en la evolución y nuestras habilidades están sólo combinadas de diferentes formas y redirigidas a nuevas tareas.

Para explicarlo mejor cita una analogía del libro de Linden (2007), un diseñador de automóviles debe construir el coche de carreras más rápido, eficiente y bonito, con el chasis de un modelo antiguo, con las piezas como las de éste y hasta con un nuevo viejo casete de ocho pistas, el resultado sería un bello.fósil vivo de la historia de la automoción, siguiendo esta analogía, nuestro cerebro está construido en partes de rana, rata y mono, la diferencia es que estas habilidades parecen estar ampliadas, combinadas de forma distinta y reutilizadas para tareas novedosas (Anderson, 2010; Dehane y Cohen, 2007; Gallese y Lakoff, 2005; Parkinson y cols 2014; Parkinson y Wheatley, 2013).

Cita textualmente a Gilbert, que está en Harvard, que plantea a sus alumnos el reto de completar esta frase: “el ser humano es el único animal que…..”

“por una buena razón los psicólogos posponen completar La Frase tanto como pueden…Nunca antes escribí La Frase, pero quisiera hacerlo ahora, con ustedes como testigos. El ser humano es el único animal que piensa sobre el futuro (Gilbert, 2005).

Hasta ahora la ciencia afirma que pensar en el futuro remoto es una capacidad humana única. La autora señala que los resultados de un trabajo que acaban de publicar sugieren que para pensar en el futuro, el cerebro utiliza los mismos cálculos que utiliza en las distancias espaciales, una facultad primitiva que compartimos con muchos otros animales (Parkinson, Liu, y Wheatley, 2014). Afirma que algo tan supuestamente humano, como es la prospección, parece estar construido en calculos neurales mas antiguos, en este caso la percepción de la distancia. Las mismas habilidades que parecen separarnos de otros animales, también nos conectan a traves de mecanismos antiguos compartidos.

Lo que se siente siendo humanos

A nivel fenomenológico “lo que sentimos siendo humanos” es que tenemos un yo que decide lo que pensamos y hacemos intencionadamente y que podemos cambiar de opinión/acción en cualquier momento. No es lo que demuestran los estudios.

No vemos lo que realmente pensamos que vemos

Si miramos un objeto y lo observamos mientras le damos vueltas, parece que tenemos una rica escena, en realidad sólo percibimos una “ventana pequeña” del campo visual en color y alta definición que se mueve según nuestros ojos se mueven, y el resto está desenfocado. La autora afirma que en la percepción visual existe una inconsistencia entre lo que vemos y lo que creemos ver, a esto se le llama “la gran ilusión” (Blackmore y cols, 1995; Dennet, 1991, 1992,1998; O’Regan, 1992; Rensink y cols 1997).

Para ilustrar lo anteriormente expuesto Wheatley cita un estudio de O’Regan de 1990, a los participantes en el estudio se les presenta un texto que aparenta ser sólido para que lo lean, se les pide que lo lean y mientras los sujetos leen, se les sigue el movimiento de los ojos, dependiendo de si están mirando a un lado u otro, el lado opuesto al que están mirando se convierte en texto ilegible, sin embargo los participantes no notan nada y les parece que el texto estuvo estable. Claramente, la representación interna del sistema visual es mucho más escasa y empobrecida de lo que pareciera, si nos basamos en nuestra experiencia subjetiva.

 Lo mismo se observa en “la ilusión de movimiento” estudiada en el conocido “fenómeno phi”, que describió Max Wertheimer en 1912, se refiere a la ilusión de movimiento percibido cuando imágenes inmóviles o luces son presentadas en sucesión rápida. Para la autora esta simple ilusión revela igualmente una verdad muy profunda: la experiencia consciente se retrasa con respecto a la sensación inconsciente (Madl, Baars y Franklin, 2011), esta memoria temporal permite al cerebro una ventana de tiempo para construir la mejor historia de lo que piensa que probablemente ha ocurrido un momento antes, y esa construcción, no la sensación verídica, abarca el contenido de la experiencia consciente. Cita a Shiffrar y Freyd (1990) para afirmar que la construcción perceptual inconsciente incluso incorpora un alto conocimiento acerca del mundo.

No nos damos cuenta de que no somos conscientes

Los humanos asumimos que nuestra consciencia es un fenómeno continuo, esto de nuevo parece ser hasta cierto punto ilusorio. La autora cita a Smallwood y Schooler (2006) que demostraron que nuestras mentes se evaden – definido como “estar enganchados en pensamientos que no tienen nada que ver con la tarea que se desarrolla - el treinta por ciento del tiempo de vigilia, independientemente de la tarea que realicemos. Y sólo lo percibimos un tercio de las veces. Schooler afirma en una entrevista en el New York Times (2010) que “es desalentador pensar que estamos entrando y saliendo tan frecuentemente, y que nunca nos damos cuenta que nos hemos ido”.

No somos tan libres como pensamos

La autora contempla dos puntos de vista seculares, que se aceptan como verdades innegables: “nuestro yo consciente puede decidir, en el momento, hacer otra cosa”, y, “sentimos que hay un yo, “allí arriba”, que no es reducible a una gran colección de células”.

Afirma que teniendo en cuenta lo que sabemos sobre las ilusiones visuales, nuestra experiencia fenomenológica de ser agentes libres en el momento puede no ser correcta. De la misma manera, cuando contemplamos la posibilidad de que la accion intencionada se inicia independientemente de nuestra experiencia subjetiva, se pone en cuestión el sentimiento de que la voluntad consciente es parte integral de la forma en que actuamos en el mundo.

Según Wheatley la evidencia empírica demuestra cada vez más que la sensación de hacer se puede disociar y manipular de forma independiente de la acción real /Bick y Kinsbourne, 1987; Biran y Chatterjee, 2004; Bode y cols., 2011; Nisbett y Wilson, 1977; Ramachandran y Blakeslee, 1998; Soon y cols, 2008; Wegner y Wheatley, 1999; Wegner, 2002).

Como cabria esperar de esta disociación, algunos trastornos están marcados por sentimientos de agencia para la acción injustificados, mal atribuidos, o desconectados, (por ejemplo, esquizofrenia, síndrome del miembro fantasma, enfermedad de Parkinson)

Neurociencia versus fenomenología (y que significa esto para la justicia)

La autora afirma que las investigaciones neurocientificas llegan a una conclusión incontrovertida, inequívoca y largamente sostenida: el pensamiento y la acción se producen físicamente en actividad neural. El segundo hecho incontrovertido es que esas neuronas no pueden elegir, ni individualmente ni colectivamente, si mandan o no señales eléctricas. Aunque estas afirmaciones parezcan banales, rápidamente nos llevan a una conclusión fácil: si las neuronas que causan el pensamiento y el comportamiento, no pueden elegir cuando dispararse, entonces ¿cómo adquirimos el libre albedrío? Wheatley señala que en ausencia de una explicación metafísica, u otras explicaciones científicas no encontradas aún, el punto de vista común del libre albedrío parece violar las leyes físicas.

La creencia de ser agentes libres no se corresponde con lo que muestran las neurociencias, ¿Cómo afecta esto a la comprensión del comportamiento criminal y qué implicaciones tiene para a justicia? La respuesta, sorprendentemente, sería que sistema legal debe permanecer como está.

El castigo y la prisión seguirían teniendo sentido, porque tanto el criminal como la sociedad deben mantenerse a salvo. Además, ya que el cerebro aprende y prioriza la evitación del dolor, el castigo es un buen un freno para el delincuente. Lo mismo se puede aplicar a la culpa.

Nuestro concepto de justicia retributiva parece una venganza legal basada en la creencia de que el criminal hubiera podido elegir algo diferente al crimen. Es bastante improbable que los datos de las neurociencias puedan ser causa de grandes cambios en la maquinaria del sistema legal. La promesa real de la neurociencia es que permitirá una comprensión más profunda de nuestra biología que promoverá humildad y un trato más humano de los otros.

Hacia la humildad y la humanidad

Comienza este apartado citando un caso publicado por Burns y Swerdlow (2003), un pedófilo cuyas conductas delictivas empiezan a los 40 años, acumula pornografía infantil, abusa de la hijastra y en el lugar donde le ingresan pide favores sexuales tanto a los compañeros, como al personal que le atiende, a pesar de la rehabilitación psicosocial que recibe, esas conductas eran imposibles de extinguir. A raíz de que se le descubre y posteriormente extirpa un tumor en el cortex prefrontal, el hombre se rehabilita completamente y dichos comportamientos desaparecen, vuelven a aparecer y las pruebas de neuroimagen concluyen que tiene una recidiva en el tumor.

La autora afirma que hasta hace muy poco el futuro de ese hombre hubiera sido que el tumor creciera y acabara con su salud mental y física. En lugar de eso la neuroimagen mostró lo que no era evidente, que el tumor era el causante de su mal comportamiento y que era tratable. En lugar de pasar toda su vida miserablemente a costa del estado, él vive relativamente una vida normal con una monitorización neurológica intermitente.

El caso del tumor es dramático, pero su lógica puede ser ampliamente aplicada. La autora afirma que, por definición, una persona que comete un delito tiene una maquinaria neurológica que hace que la ofensa no solo sea posible, sino, en ese momento, inevitable. Una comprensión mejor de esa maquinaria nos llevará a poder valorar mejor la reincidencia y por consecuencia podremos mantener a salvo a la gente más eficazmente. Esta comprensión no hace que el delito sea menos horrible, pero puede proveernos de una dosis de humildad que vendrá del conocimiento de la fragilidad del cerebro humano y de que las neuronas no pueden elegir si se disparan o no.

Para terminar este apartado la autora cita textualmente a Greene y Cohen (2004) en su trabajo “Para la ley, la neurociencia no cambia nada y lo cambia todo”

El libre albedrío, tal como lo entendemos, es una ilusión generada por nuestra arquitectura cognitiva. Las nociones retributivas de la responsabilidad criminal, dependen en último término de esta ilusión, y, si tenemos suerte, darán paso a las consecuencialistas, transformando radicalmente nuestro enfoque de la justica penal. En ese momento, la ley tratará firmemente pero misericordiosamente a los individuos cuyo comportamiento es obviamente el producto de fuerzas que están en último término más allá de su control. Algún día, la ley pudiera tratar todos los criminales convictos de esta manera, esto es humanamente.

Conclusión

La autora cita al Dalai Lama (Tenzen, 2005) que dijo en una ocasión que si el análisis científico fuera concluyente demostrando que ciertas afirmaciones del budismo son falsas, entonces se deberían aceptar los hallazgos de la ciencia y abandonar esas afirmaciones. Continúa diciendo ¿podremos abandonar nuestras intuiciones, firmemente sostenidas, si la neurociencia demuestra que son falsas?, actualmente se puede observar cómo funciona la maquinaria del cerebro por dentro, lo que provoca iluminación e intranquilidad, nos enseña que el sentimiento de ser un yo consciente tiene realmente poca eficacia. Esto nos debería llevar a un enfoque evolucionado de la justicia apoyado en el conocimiento científico, un enfoque firme, humilde y humano.

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