La relación equívoca entre moral y empatía [Decety, J. y Cowell, J.M.]. En: The Moral Brain. A multidisciplinary perspective

Publicado en la revista nº053

Autor: Nieto, Isabel

Libro Moral Brain. A multidisciplinary perspective. (2015) Edited by Jean Decety and Thalia Wheatley. The MIT Press. Cambridge, Massachusetts London England

Capítulo 17. La relación equivoca entre moral y empatía. Autores: Jean Decety y Jason M. Cowell. En: VI. Consideraciones e implicaciones para la justicia y la ley.

Los autores comienzan señalando el consenso que existe de que la empatía es un componente fundamental de nuestras vidas socioemocionales e interpersonales. Se piensa que los procesos relacionados con la empatía motivan el comportamiento prosocial, inhiben la agresión, y proveen los fundamentos para la moralidad basada en el cuidado.

La falta de empatía es una de las características de la psicopatía, está también asociada a la ausencia de remordimiento y culpa. Diversas investigaciones han encontrado que algunas formas de decisiones morales (los juicios utilitarios) pueden ser consecuencia de la falta de preocupación empática.

Sin embargo, los autores señalan que la empatía no es siempre un camino hacia el comportamiento moral, puede causar parcialidad, favorecer a los miembros del grupo de referencia. Estudios en psicología social han mostrado que la empatía y la justicia son dos motivaciones independientes, tienen cada una sus propios objetivos, y en momentos en los que estos entran en conflicto, la empatía puede llegar a generar comportamientos inmorales (Batson, Klein, Highberger, y Shaw,1995).

El objetivo de este trabajo, según Decety y Cowell, es iluminar la compleja relación entre moralidad y empatía, usando estudios empíricos del comportamiento, del desarrollo, y de neuroimagen funcional. A continuación ilustrarán cómo la empatía puede dar lugar a juicios y comportamientos inmorales. Continuarán argumentando que para facilitar la asunción generalizada de los principios de la justicia, sería necesario reducir la parcialidad del grupo y expandir el circulo de la empatía desde la tribu a toda la humanidad. Finalizarán recomendando que en el futuro no se use el resbaladizo concepto de empatía.

Moralidad

Los autores toman dos definiciones de la moralidad, la primera es de Killen y Rutland (2011), que afirma que la moralidad incluye conceptos como justicia, equidad, y derechos y consiste en normas prescriptivas que marcan como las personas deberían tratarse entre sí. La segunda cita es de Haidt y Kesebir (2010) que sostienen que la moral abarca toda la gama de mecanismos psicológicos que están activos en las vidas morales de las personas a través de las culturas. Lo que está claro es que el foco central de la moralidad es el juicio de lo correcto o incorrecto de los actos y comportamientos humanos que a sabiendas causan daño a otros.

Continúan revisando la filosofía de la moral, estos estudios han sido dominados por dos perspectivas generales, que a menudo son opuestas. El punto de vista utilitario que sería maximizar el bien general frente al particular. El punto de vista deontológico sostiene que la acción debe ser evaluada de acuerdo a reglas abstractas tales como que no se debe tratar a los demás como medios para un fin.

 Los autores sostienen que cuando se trata de llevar estos paradigmas a los dominios de la psicología y la neurociencia se propone un sistema dual en el que cuando se habla de moralidad se asume que los sistemas afectivos y cognitivos interactúan en el juicio moral con el antiguo sistema, que se conceptualizaba como frío, controlado y analítico, así da lugar a un sistema automático, intuitivo e impulsado por la emoción.

La teoría del dominio social, recoge y complejiza estas concepciones de la moral, propone que el desarrollo de la moralidad proviene de las relaciones sociales y tiene que ver con problemas sociales, conflictos y luchas (evitar el daño, beneficiar a los otros, asuntos de violencia física, daño emocional, trato desigual, falta de equidad, injusticias sociales, apoyar los derecho, así como violar los derechos). (Turiel, 2014).

Los autores continúan revisando la psicología de la moral, los hallazgos en este campo indican que la cognición moral está relacionada con el procesamiento afectivo y emocional (Greene y Haidt, (2002), también señalan que muchos juicios morales son sostenidos independientemente del género, la edad, etnicidad y puntos de vista religiosos (Young y Saxe, 2011). También existen puntos de vista más relativistas que sostienen que los valores morales están basados en respuestas emocionales, que son inculcadas mediante la cultura (Prinz, 2008).

Las investigaciones de la psicología del desarrollo muestran que los niños de un año de vida ya tienen la capacidad de evaluar a otros por su comportamiento social o antisocial, utilizando algunas variables que los adultos utilizan en sus juicios morales (Hamlin 2014).

Con respecto a la neurociencia de la moralidad, los autores señalan, que la neuroimagen funcional los estudios sobre lesiones convergen en indicar que la evaluación moral surge de la integración de los sistemas cognitivos y afectivos e involucra al sulco temporal superior posterior (pSTS/TPJ), amígdala, ínsula, córtex prefrontal ventromedial (vmPFC), córtex dorsolateral prefrontal (dlPFC), y el córtex prefrontal medial (mPFC)(Buckholtz y Marois, 2012; Decety, Michalska y Kinzler, 2012a; Fumagalli y Priori, 2012).

Decety y Cowel afirman que las investigaciones en neurociencia han dejado claro que estos sistemas no tienen un dominio específico, más bien, dan soporte a dominios más generales, como arousal afectivo, atención, comprensión de las intenciones, y toma de decisión (Decety y Howard, 2013). Así que no hay solo un centro moral en el cerebro, afirman que un estudio funcional MRI mostró que los juicios morales de daño, deshonestidad, y repugnancia sexual se pueden observar en sistemas neurales disociables que se activan diferencialmente en función del tipo de transgresión que está siendo evaluada (Parkinson y cols, 2011)

Finalizan este apartado diciendo que tomando juntas las investigaciones sobre las bases neurales, comportamentales y del desarrollo de la moralidad se obtiene una imagen constructivista, una interacción entre los sistemas de dominio general, que incluyen redes del control ejecutivo y atencional, de la toma de perspectiva, de la toma de decisión y del procesamiento emocional.

La experiencia de empatía

Al concepto de empatía se le atribuyen diferentes definiciones con múltiples formas, que usan criterios variados (Batson, 2009) esto ha dificultado mucho su estudio sistemático. Las diferentes conceptualizaciones se refieren a procesos psicológicos distintos, que varían, algunas veces ampliamente, en su función, fenomenología, mecanismos biológicos y efectos, incluyendo la relación entre empatía y comportamiento moral.

La mayoría de los mecanismos neurológicos que subyacen a la empatía, están presentes en los mamíferos y al igual que en los humanos están afectados por factores interpersonales y sociales.

Los tres pilares de la empatía

Los autores afirman que los estudios de la década pasada en neurociencia afectiva y social han contribuido a informar sobre teorías de empatía, que puede ser conceptualizada como un constructo multidimensional compuesto por facetas neurocognitivas disociables que interactúan y operan de forma paralela, incluyendo componentes afectivos, motivacionales y cognitivos (Decety y Sveltova, 2012).

El componente afectivo de la empatía refleja la capacidad de compartir o llegar a estar afectivamente excitado por las emociones de los otros (al menos en valencia, tono e intensidad relativa), se suele referir a este estado como contagio emocional o resonancia afectiva.

El componente motivacional, sería la preocupación empática, que corresponde a la urgencia de cuidar el bienestar del otro.

El componente cognitivo es similar al constructo de tomar perspectiva, la habilidad de ponerse conscientemente en la mente del otro e imaginar que está sintiendo o pensando esa persona.

Cada uno de estos componentes tiene diferente relación con la cognición moral.

Compartir emocional

Según los autores es uno de los mecanismos más rudimentarios que se dan en la empatía, está basado en el procesamiento “abajo-arriba” y permite el contagio de los estados afectivos. Tiene sus raíces en pájaros y mamíferos y su función es el comportamiento prosocial. Juega un papel fundamental en generar la motivación para el cuidado y la ayuda a los demás; y es relativamente independiente de leer la mente del otro y de las capacidades de toma de perspectiva.

En humanos, aparece ya en niños/as en la etapa preverbal, las criaturas reaccionan frente al sufrimiento de los demás, pero además pueden identificar la causa del malestar del que sufre.

En estudios de neuroimagen con adultos, se comprueba que las áreas cerebrales implicadas cuando vemos expresiones faciales de dolor en los demás son las mismas que cuando se sufre dolor propio, salvo en personas con rasgos psicopáticos. Las regiones que se activan incluyen el córtex cingulado anterior (ACC), córtex anterior midcingulado (aMCC), la ínsula anterior, area suplementaria motora, amígdala, córtex somatosensorial, y el area gris periacueductal (PAG). La magnitud de neuronas multimodales presentes en las respuestas en el córtex anterior midcingulado aMCC, ínsula y córtex somatosensorial correlaciona con la prominencia del estimulo percibido, independientemente de su modalidad sensorial (Legrain, Iannetti, Plaghki y Moraux, 2011).

Preocupación empática

Decety y Cowell afirman que proviene de los mamíferos sociales, que dependen de la comunicación de emociones e intenciones para cubrir sus necesidades, sobrevivir y reproducirse. El nivel de cuidado depende de cada especie, pero el circuito neural para responder a las necesidades de los bebés esta universalmente presente y altamente conservado.

Citan los estudios de neuroimagen de Shamay – Tsoory (2009) que demuestran que el cuidado de los otros emplea un gran número de sistemas neurales que se extienden más allá del córtex, incluyendo el tronco cerebral, amígdala, hipotálamo, los ganglios basales, el córtex cingulado anterior (ACC), y córtex prefrontal ventromedial vmFPC. También involucra al sistema nervioso autónomo y al eje hipotalamico –pituitario – adrenal y a los sistemas endocrino y hormonal (particularmente la oxitocina y la vasopresina), que regulan los estados corporales, la emoción y el apego social. Estos sistemas subyacentes al apego parecen activarse con el dolor físico y los sistemas de recompensa, toman prestados los signos aversivos asociados con el dolor para indicar cuando una relación está amenazada (Eisenberger, 2011).

La motivación por el cuidado está muy arraigada en nuestra biología y es flexible, la neurociencia ha demostrado que las mismas regiones que se activan cuando se percibe la angustia de otro ser humano, se activan también cuando se percibe el malestar de animales domesticados (Franklin y cols, 2013).

Toma de perspectiva afectiva

El componente final de la empatía, según los autores, es la toma de perspectiva, se ha vinculado a la competencia social y al razonamiento social. Es una habilidad vital para navegar en las interacciones sociales, ya que nos permite entender y predecir el comportamiento de los otros, nos permite salir del autocentramiento para ver el mundo desde el punto de vista del otro. Es una diferencia determinante entre los humanos y las otras especies.

Los circuitos neurales que sostienen la toma de perspectiva se solapan con los que subyacen a la teoría de la mente y a la función ejecutiva y comprenden el córtex prefrontal medial, el sulco temporal superior posterior (pSTS) y la comisura temporoparietal.

Los autores citan a Batson (2009) que señala que la habilidad de adoptar y acoger la perspectiva psicológica del otro tiene un número importante de consecuencias, incluyendo la preocupación empática. Sin embargo, adoptar la perspectiva de otra persona, en particular alguien de otro grupo social es muy complejo cognitivamente y requiere recursos atencionales suplementarios, el trabajo de la memoria, y de la función ejecutiva.

La neurociencia ha demostrado que cuando se adopta la perspectiva de otra persona, se activan circuitos neurales comunes a los que se activarían frente a las experiencias que tiene el individuo en primera persona (Jacson, Brunet, Meltzoff y Decety, 2006; Lamm, Meltzoff y Decety, 2010; Ruby y Decety, 2004).

Finalizan este apartado señalando que uniendo las investigaciones en el desarrollo y los estudios de neuroimagen funcionales y de conducta, así como los estudios sobre lesiones en el cerebro, se evidencia que la empatía comprende componentes disociables que, al menos parcialmente, descansan en redes neurales distintas y que tienen causas evolutivas esencialmente únicas (Decety, Norman, Berntson y Cacioppo, 2012 b).

La empatía es un recurso limitado

Los autores comienzan este apartado señalando que los elementos sobre los que se construye la psicología humana, cognición, emoción, motivación, han sido moldeados por las demandas de la interdependencia social. Debido a la interdependencia, los humanos, al igual que otras especies sociales, han desarrollado características especiales adaptadas a la forma de vivir de su grupo. Como la empatía ha evolucionado en el contexto del cuidado parental y de la manera de vivir del grupo, ha producido algunas características desafortunadas.

Los estudios empíricos que se han realizado con animales y humanos han demostrado mucha mayor propensión a la detección y reactividad ante signos de angustia cuando esta se refiere a parientes o miembros del grupo de referencia.

Citan estudios con ratones, Jeon y cols (2010) encontraron que las ratas muestran respuestas de miedo mas altas cuando son expuestas al dolor de parientes cercanos, que cuando lo son ante parientes más lejanos. Otra investigación de Langford y col, (2010), muestra que si una rata se acerca a un ratón que está retorciendose de dolor, los signos de dolor del ratón disminuyen. Sostienen que los efectos beneficiosos de la aproximación social se dan cuando la rata es la compañera de jaula y no cuando el ratón es un extraño.

Para comprobar si el parentesco genético por sí mismo puede motivar la ayuda, Ben – Ami Bartal y cols (2014 ) realizaron un estudio en el que ratas que se cambiaron de camada al nacer, cuando eran adultas ayudaban a los de la camada de adopción y no a los de su misma camada. Llegaron a la conclusión que para la expresión de comportamiento prosocial, la familiaridad es más importante que la genética.

Los autores continúan afirmando que la empatía es una de las competencias socioemocionales que se desarrollan más temprano (Davidov, y cols, 2013), los niños no muestran empatía y preocupación hacia todas las personas de igual manera, muestran parcialidad hacia los individuos y miembros de grupos con los que se identifican.

Los estudios de neuroimagen revelan, según los autores, que las redes neurales implicadas en la empatía hacia el dolor en los otros, es reforzada o debilitada por variables interpersonales, actitudes implícitas y preferencias grupales. La actividad en las redes neurales del dolor aumenta cuando los individuos ven a seres queridos doloridos, en comparación con extraños (Cheng, Chen, Lin y Decety, 2010). Esto contradice los presupuestos de la teoría del dominio social que sostiene que la transgresión moral acerca del daño es inalterable e independiente del contexto, incluso para niños tan pequeños como los preescolares (Smetana, 1981)

Señalan que compartir afectivamente está moderado por actitudes implícitas a priori hacia los congéneres. Por ejemplo, los participantes de un estudio eran mucho más sensibles al dolor de pacientes con VIH si los enfermos habían contraído la enfermedad por una transfusión sanguínea, que si se habían contagiado por compartir agujas en conductas adictivas. Esto era evidente por la mayor actividad hemodinámica en el córtex cingulado anterior ACC, ínsula, y área gris periacueductal PAG (Decety Echols y Correl, 2009). Otros estudios de neuroimagen muestran una mayor empatía por los miembros del mismo grupo racial, que por los de otro grupo racial diferente.

Para finalizar este apartado los autores concluyen que los estudios comportamentales, del desarrollo y los de neuroimagen, claramente demuestran que compartir emociones no es automático y está modulado por procesos abajo – arriba como los que se dan en los miembros del mismo grupo y esto puede impactar la preocupación empática y los comportamientos de ayuda.

La baja preocupación empática incrementa los juicios morales utilitarios

En estudios psicológicos y de neurociencia se utiliza el dilema del vagón, para examinar las complejas relaciones entre los componentes de la empatía y el juicio moral. En el “dilema del vagón”, los sujetos tienen que escoger entre un daño ante un descarrilamiento que produciría la muerte varias personas accidentalmente, o un daño perpetrado por una persona que tiraría a un hombre gordo a las vías produciéndole la muerte, o activar un mecanismo que mataría una sola persona. Este dilema compara la toma de decisión moral impersonal frente a la personal, ha llevado a realizar muchas preguntas acerca de la naturaleza de los individuos que eligen el daño perpetrado por una persona que causa la muerte de un individuo (empujar a la persona gorda a las vías) .

Según los autores en los estudios de neuroimagen funcional se han examinado recientemente las bases neurales de la indeferencia al daño mientras los participantes tenían que contestar dilemas morales (Wiech y col, 2013). Una tendencia hacia el juicio utilitario impersonal contraintuitivo está asociado tanto a “psicoticismo” (o psicopatíaa), un rasgo ligado a la falta de preocupación empática y tendencias antisociales, y con una “necesidad cognitiva”, un rasgo que refleja la preferencia por un esfuerzo en la cognición.

A nivel neural, los experimentos funcionales MRI y los estudios sobre pacientes lesionados claramente documentan el rol del córtex prefrontal ventromedial vmPFC en la toma de decisión moral y la preocupación empática, también esta región es importante en el procesamiento de las emociones aversivas que aparecen al percibir o imaginar intenciones dañinas. Estas informaciones son procesadas con extrema rapidez como demuestra los registros de EEG/ERPs de alta densidad en individuos que observan daño interpersonal intencionado y aumenta cuando están realizando juicios morales (Decety y Cacioppo, 2012).

Más allá de la tribu

Los autores afirman que tanto en los humanos como en los animales no humanos, la empatía y el comportamiento prosocial está modulado por el grado de afiliación y las preferencias son extensivas hacia los miembros del propio grupo y en mucho menor grado hacia los otros (Echols y Correll, 2012). Los seres humanos han podido trascender la biología y crear estructuras sociales simbólicas que recogen principios morales universales, como los Derechos Humanos o la Corte Penal Internacional. Para ampliar el cuidado a otros al ecosistema y a futuras generaciones, se requieren comportamientos complejos que involucran altas capacidades cognitivas, modelaje social y transmisión cultural (Levine, Prosser, Evans y Reicher, 2005).

Un gran número de estudios demuestran que desarrollando el componente afectivo de la empatía se puede ampliar la misma fuera del propio grupo. Cuando se pide a personas que ayuden a un miembro de un “colectivo extraño”, se puede conseguir que se pongan en su lugar y esta capacidad no sólo se desarrolla hacia esa persona sino que se generaliza a todo su grupo social. Por ejemplo, Malhotra y Liyanage, (2005) hicieron un trabajo de Cingaleses de Sri Lanka con Tamiles haciéndoles participar en un taller de cuatro días para aumentar la empatía entre esos dos grupos étnicos, después de un año los participantes mostraban que el aumento de empatía perduraba en el tiempo. La perspectiva afectiva puede ser un poderoso camino para conectar la moralidad y la preocupación empática.

La empatía y la moralidad tienen relaciones complejas

Los autores sostienen que no hay ninguna razón para considerar la empatía y la moralidad ni sistemáticamente opuestas, ni complementarias. Ambas tienen mecanismos proximales y distales diferentes. Las formas más avanzadas de empatía humana se construyen sobre representaciones más básicas y permanecen conectadas a la comunicación afectiva, al apego social y al cuidado parental que se ha conservado a través de las especies de mamíferos.

Tanto la preocupación empática como la toma de decisión requiere la activación de el córtex orbitofrontal, córtex prefrontal ventromedial, una región recíprocamente conectada con los sistemas afectivos del tronco cerebral, amígdala e hipotálamo que está involucrada en los procesos afectivos y conceptuales. Esta región, a través de las especies, es crítica para el comportamiento de cuidado, particularmente para la parentalidad a través de asociaciones de recompensa y afectivas (Parson y cols, 2013).

La moralidad basada en el cuidado lleva a cuestas los antiguos mecanismos evolutivos asociados con el cuidado parental. Esto explica por qué la empatía no es un camino directo a la moralidad y puede ser, en ocasiones, una fuente de acciones inmorales favorecedoras de los propios intereses.

Los autores finalizan provocativamente, afirmando que en el futuro, sería ventajoso, para la ciencia de la moralidad, refrenarse en el uso del término empatía “que lo abarca todo”. Y que puede aplicarse a una miríada de procesos, cuyo resultado provoca confusión, tanto en la habilidad de comprensión como de predicción. Mas bien, tomar los términos compartir emocional, preocupación empática y toma de perspectiva generarán más precisión enfocando las raíces evolutivas y los mecanismos neurales y del desarrollo, también clarificaran futuros estudios sobre el juicio moral.

Bibliografía

Bal, P. M., & Veltkamp, M. (2013). How does fiction reading influence empathy? An experimental investigation of the role of emotional transportation. PLoS ONE, 8(1), e55341.

Batson, C. D. (2009). These things called empathy: Eight related but distinct phenomena. In J. Decety & W. Ickes (Eds.), The social neuroscience of empathy (pp. 3-15). Cambridge, MA: MIT Press.

Batson, C. D. (2012). The empathy-altruism hypothesis: Issues and lmplications. In J. Decety (Ed.), Empathy-from bench to bedside (pp. 41-54). Cambridge, M A: M IT Press.

Batson, C. D., Early, S., & Salvarini, G. (1997). Perspective taking: Imagining how another feels versus imagining how you would feel. Personality and Social Personality Bulletin, 23, 751-758.

Batson, C. D., Klein, T. R., Highberger, L., & Shaw, L. L. (1995). Immorality from empathy-induced altruism: When compassion and justice conflict. Journal of Personality and Social Psychology, 68, 1042-1054.

Begossi, A., Hanazaki , N., & Ramos, R. (2004). Food chain and the reasons for fish food taboos among Amazonian and Atlantic forest fishers. Ecological Applications, 14, 1334-1343.

Bell, D. C. (2001). Evolution of parental caregiving. Personality and Social Psychology Review, 5, 216-229.

Ben-Ami Bartal, I., Rodgers, D. A., Bernardez Sarria, M. S., Decety, J., & Mason , P. (2014). Prosocial behavior in rats is modulated by social experience. eLife, 3, e1385.

Buckholtz, J. W., & Marois, R. (2012). The roots of modern justice: Cognitive and neural foundations of social norms and their enforcement. Nature Neuroscience, 15 , 655-661.

Castano, E. (2012). Antisocial behavior in individuals and groups: An empathy­ focused approach. In K. Deaux & M. Snyder (Eds.), The Oxford Handbook of Personality and Social Psychology (pp. 419-445). New York: Oxford University Press.

Cheng, Y., Chen, C. Y., Lin, C. P., Chou, K. H., & Decety, J. (2010). Love hurts: An fMRI study. NeuroImage, 51, 923-929.

Cheng, Y., Hung, A., & Decety, J. (2012). Dissociation between affective sharing and emotion understanding in juvenile psychopaths. Development and Psychopathology, 24, 623-636.

Cikara, M., Botvinick, M. M., & Fiske, S. T. (2011). Us versus them: Social identity shapes responses to intergroup competition and harm. Psychological Science, 306-313.

Coplan, A. (2011). Understanding empathy. In A. Coplan & P. Goldie (Eds.), Empathy: Philosophical and psychological perspectives (pp. 3-18). New York: Oxford University Press.

Cote, S., Piff, P. K., & Willer, R. (2013). For whom do the ends justify the means? Social class and utilitarian moral judgment. Journal of Personality and Social Psychology, 104, 490-503.

D'Amato, F. R., & Pavone, F. (1993). Endogenous opioids: A proximate reward mechanism for kin selection? Behavioral and Neural Biology, 60, 79-83.

Darwin, C. (1871). The descent of man and selection in relation to sex. (1874 ed.). London: John Murray.

Davidov, M., Zahn-Waxler, C., Roth-Hanania, R., & Knafo, A. (2013). Concern for others in the first year of life: Theory, evidence, and avenues for research. Child Development Perspectives, 7, 126-131.

Decety, J. (2011a). Dissecting the neural mechanisms mediating empathy. Emotion Review, 3, 92-108.

Decety, J. (2011b). The neuroevolution of empathy. Annals of the New York Academy of Sciences, 1231, 35-45.

Decety, J., & Cacioppo, S. (2012). The speed of morality: A high-density electrical neuroimaging study. Journal of Neurophysiology, 108, 3068-3072.

Decety, ]., Chen, C., Harenski, C. L., & Kiehl, K. A. (2013). An fMRI study of affective perspective taking in individuals with psychopathy: Imagining another in pain does not evoke empathy. Frontiers in Human Neuroscience, 7, 489.

Decety, J., Echols, S. C., & Correll, J. (2009). The blame game: The effect of responsi­ bility and social stigma on empathy for pain. Journal of Cognitive Neuroscience, 22, 985-997.

Decety, J., & Grezes, J. (2006). The power of simulation: Imagining one's own and other's behavior. Brain Research, 1079, 4-14.

Decety, J., & Howard, L. (2013). The role of affect in the neurodevelopment of morality. Child Development Perspectives, 7, 49-54.

Decety, J., Michalska, K. J., & Kinzler, K. D. (2012a). The contribution of emotion and cognition to moral sensitivity: A neurodevelopmental study. Cerebral Cortex, 22, 209-220.

Decety, J., Norman, G. J., Berntson, G. G., & Cacioppo, J. T. (2012b). A neurobehavioral evolutionary perspective on the mechanisms underlying empathy. Progress in Neurobiology, 98, 38-48.

Decety, J., Skelly, L. R., & Kiehl, K. A. (2013). Brain response to empathy-eliciting scenarios in incarcerated individuals with psychopathy. JAMA Psychiatry, 70(6), 638-645.

Decety, J., & Sveltova, M. (2012). Putting together phylogenetic and ontogenetic perspectives on empathy. Developmental Cognitive Neuroscience, 2, 1-24.

Echols, S., & Correll , J. ( 2012). I t 's more than skin deep: Empathy and helping behavior across social groups. in J. Decely (Ed.), Empathy: From bench to bedside (pp. 55-71). Cambridge, M A : M IT Press.

Eisenberger, N. (2011). Why rejection hurts: What social neuroscience has revealed about the brain's response to social rejection. In J. Decety & J. T. Cacioppo (Eds.), The Oxford handbook of social neuroscience (pp. 586-598). New York: Oxford University Press.

Foot, P. (1967). The problem of abortion and the doctrine of the double effect in virtues and vices. Oxford Review, 5, 5-15.

Franklin, R. G., Nelson, A. J., Baker, M., Beeney, J. E., Vescio, T. K., Lenz-Watson , A., et al. (2013). Neural responses to perceiving suffering in humans and animals. Social Neuroscience, 8(3), 217-227.

Fumagalli, M., & Priori, A. (2012). Functional and clinical neuroanatomy of morality. Brain, 135, 2006-2021.

Galinsky, A. D., & Moskowitz, G. B. (2000). Perspective-taking: Decreasing stereotype expression, stereotype accessibility and in-group favoritism. Journal of Personality and Social Psychology, 78, 708-724.

Gleichgerrcht, E., & Young, L. (2013). Low levels of empathic concern predict utilitarian moral judgment. PLoS ONE, 4, e60418.

Goldstein, T. R., & Winner, E. (2012). Enhancing empathy and theory of mind. Journal of Cognition and Development, 13, 19-37.

Greene, J., & Haidt, J. (2002). How (and where) does moral judgment work? Trends in Cognitive Sciences, 12, 517-523.

Haidt, J., & Kesebir, S. (2010). Morality. In S. Fiske, D. Gilbert, & G. Lindzey (Eds.), Handbook of social psychology (5th ed., pp. 797-832). Hoboken, NJ: Wiley.

Hamlin, J. K. (2014). The origins of human morality: Complex socio-moral evaluations by pre-verbal infants. In J. Decety & Y. Christen (Eds.), New Frontiers in Social Neuroscience (pp. 165-188). New York: Springer.

Harsay, H. A., Spaan, M., Wijnen, J. G., & Ridderinkhof, K. R. (2012). Error awareness and salience processing in the oddball task: Shared neural mechanisms. Frontiers in Human Neuroscience, 6, 246.

Insel, T. R., & Young, L. J. (2001). The neurobiology of attachment. Nature Reviews Neuroscience, 2, 129-136.

Jackson, P. L., Brunet, E., Meltzoff, A. N., & Decety, J. (2006). Empathy examined through the neural mechanisms involved in imagining how I feel versus how you feel pain: An event-related fMRI study. Neuropsychologia, 44, 752-761.

Jeon, D., Kim, S., Chetana, D., Jo, D., Ruley, H. E., Rabah, D., et al. (2010). Observa­ tional fear learning involves affective pain system and Ca 1.2 CA channels in ACC. Nature Neuroscience, 13, 482-488.

Joyce, R. (2006). The evolution of morality. Cambridge, MA: MIT Press.

Kidd, D. C., & Castano, E. (2013). Reading literary fiction improves theory of mind. Science, 342, 377-380.

Killen, M., & Rutland, A. (2011). Children and social exclusion: Morality, prejudice, and group identity (pp. 480-481). New York: Wiley-Blackwell.

Koenigs, M., Young, L., Adolphs, R., Tranel, D., Cushman, F., Hauser, M., et al. (2007). Damage to the prefrontal cortex increases utilitarian moral judgments. Nature, 446, 908-911.

Lamm, C., Batson, C. D., & Decety, J. (2007). The neural basis of human empathy: Effects of perspective-taking and cognitive appraisal. Journal of Cognitive Neuroscience, 19, 42-58.

Lamm, C., Decety, ]., & Singer, T. (2011). Meta-analytic evidence for common and distinct neural networks associated with directly experienced pain and empathy for pain. NeuroImage, 54, 2492-2502.

Lamm, C., Meltzoff, A. N., & Decety, J. (2010). How do we empathize with someone who is not like us? Journal of Cognitive Neuroscience, 2, 362-376.

Langford, D.J., Tuttleb, A. H., Brown, K., Deschenes, S., Fischer, D. B., Mutso, A., et al. (2010). Social approach to pain in laboratory mice. Social Neuroscience, 5, 163-170.

Legrain, V., Iannetti, G. D., Plaghki, L., & Mouraux, A. (2011). The pain matrix reloaded: A salience detection system for the body. Progress in Neurobiology, 93, 111-124.

Levine, M., Prosser, A., Evans, D., & Reicher, S. (2005). Identity and emergency intervention: How social group membership and inclusiveness of group boundaries shape helping behavior. Personality and Social Psychology Bulletin, 31, 443-453.

Lockwood, P. L., Sebastian, C. L., McCrory, E.]., Hyde, Z. H., Gu, X., De Brito, S. A., et al. (2013). Association of callous traits with reduced neural response to others' pain in children with conduct disorder. Current Biology, 23, 1-5.

Malhotra, D., & Liyanage, S. (2005). Long-term effects of peace workshops in pro­ tracted conflicts. Journal of Conflict Resolution, 49, 908-924.

Marsh, A. A., Finger, E. C., Fowler, K. A., Adalio, C. J., Jurkowitz, I. N., Schechter, J. C., et al. (2013). Empathic responsiveness in amygdala and anterior cingulate cortex in youths with psychopathic traits. Journal of Child Psychology and Psychiatry, and Allied Disciplines, 54, 900-910.

Masten, C. L.,Gillen – O’Neel, C., & Spears Brown, C. (20 10). Childeren’s intergroup empathic processing: The roles of novel ingroup identification, situalional distress, and social anxiety. Journal of Experimental Child Psychology, 106, 115-128.

Montalan, B., Lelard, T., Godefroy, 0., & Mouras, H. (2012). Behavioral invesligation of the influence of social categorization on empathy for pain :A minimal group paradigm study. Frontiers in Psychology, 3, 389.

Morton, T. A., & Postmes, T. (2011). Moral duty or moral deference? The effects of perceiving shared humanity with the victims of ingroup perpetrated harm. European Journal of Social Psychology, 41, 127-134.

Nichols, S. R., Svetlova, M., & Brownell, C. A. (2009). The role of social understanding and empathic disposition in young children's responsiveness to distress in parents and peers. Cognition Brain Behavior, 13, 449-478.

Oliner, S. P., & Oliner, P. M. (1988). The altruistic personality: Rescuers of Jews in Nazi Europe. New York: Free Press.

Parkinson, C., Sinnott-Armstrong, W., Koralus, P. E., Mendelovici, A., McGeer, V., & Wheatley, T. (2011). Is morality unified? Evidence that distinct neural systems underlie moral judgments of harm, dishonesty, and disgust. Journal of Cognitive Neuroscience, 23, 3162-3180.

Parson, C. E., Stark, E. A., Young, K. S., Stein, A., & Kringelbach, M. L. (2013). Under­ standing the human parental brain: A critical role of the orbitofrontal cortex. Social Neuroscience, 8, 525-543.

Pinker, S. (2011). The better angels of our nature: Why violence has declined. New York: Penguin Group.

Prinz, J. J. (2008). The emotional construction of morals. New York: Oxford University Press.

Rhodes, M., & Chalik, L. (2013). Social categories as markers of intrinsic interper­ sonal obligations. Psychological Science, 24, 999-1006.

Roth-Hanania, R., Davidov, M., & Zahn-Waxler , C. (2011). Empathy development from 8 to 16 months: Early signs of concern for others. Infant Behavior and Development, 34, 447-458.

Roy, M., Shohamy, D., & Wager, T. D. (2012). Ventromedial prefrontal-subcortical systems and the generation of affective meaning. Trends in Cognitive Sciences , 16, 147-156.

Ruby, P., & Decety, J. (2004). How would you feel versus how do you think she would feel? A neuroimaging study of perspective taking with social emotions. Journal of Cognitive Neuroscience, 16, 988-999.

Shamay-Tsoory, S. (2009). Empathic processing: Its cognitive and affective dimensions and neuroanatomical basis. In J. Decety and W. Ickes (Eds.), The social neuroscience of empathy (pp. 215-232). Cambridge, MA: MIT Press.

Singer, P. (1981). The expanding circle: Ethics and sociobiology. New York: Farrar Straus & Giroux.

Smetana, J. (1981). Preschool children's conceptions of moral and social rules. Child Development, 52, 1333-1336.

Sobhani, M., & Bechara, A. (2011). A somatic marker perspective of immoral and corrupt behavior. Social Neuroscience, 6, 640-652.

Thomson, J. J. (1976). Killing, letting die, and the trolley problem. Monist, 59, 204-217.

Trivers, R. L. (1985). Social evolution. Menlo Park, CA: Benjamin Cummings Press.

Turiel, E. (2014). Morality: Epistemology, development and social opposition. In M. Killen & J. G. Smetana (Eds.), Handbook of moral development (pp. 3-22). Hove: Psychology Press.

Underwood, B., & Moore, B. (1982). Perspective-taking and altruism. Psychological Bulletin, 91, 143-173.

Wiech, K., Kahane, G., Shackel, N., Farias, M., Savulescu, J., & Tracey, I. (2013). Cold or calculating? Reduced activity in the subgenual cingulate cortex reflects decreased emotional aversion to harming in counterintuitive utilitarian judgment. Cognition, 126, 364-372.

Wilson, D. S. (2002). Darwin's cathedral: Evolution, religion and the nature of society. Chicago: University of Chicago Press.

Xu, X., Zuo, X., Wang, X., & Han, S. (2009). Do you feel my pain? Racial group membership modulates empathic neural responses. Journal of Neuroscience, 29, 8525-8529.

Yoder, K. J., & Decety, J. (2014). Spatiotemporal neural dynamics of moral judg­ ments: A high-density EEG/ERP study. Neuropsychologia, 60, 39-45.

Young, L., & Dungan, J. (2012). Where in the brain is morality? Everywhere and maybe nowhere. Social Neuroscience, 7(1-2), 1-10.

Young, L., & Saxe, R. (2011). Moral universals and individual differences. Emotion Review, 3, 323-324.

Zahn, R., de Oliveira-Souza, R., Bramati, I., Garrido, G., & Moll, J. (2009). Subgenual cingulate activity reflects individual differences in empathic concern. Neuroscience Letters, 457, 107 – 110.