Algunas consecuencias teórico-clínicas de la experiencia del exilio: del mito a la historia, el lugar del traumatismo

Publicado en la revista nº054

Autor: Calvo, Marina

Así como la experiencia del exilio une y separa para siempre dos territorios que coexisten de ese modo dentro y fuera de uno mismo, el tiempo del exilio es un tiempo que permanece también para siempre dislocado.

El retorno, porque a partir de allí siempre “se vuelve”, no es nunca al mismo lugar y nunca al mismo punto aunque así se lo espere gracias a la inmutabilidad de ciertos recuerdos.

Mi primera imagen del exilio comienza en la ruta a Ezeiza. Es el 4 de septiembre de 1976 y voy en el asiento trasero de un auto, no sé quién maneja, no sé con quién viajo, y miro hacia adelante, solo hacia adelante ya que mirar atrás se vuelve insoportable. Lo único que alcanzo a ver es el enorme Rambler de mi abuelo y en el centro de la luneta trasera un pequeño rodete blanco… es el permanente tocado de mi bisabuela Eulalia a quien nunca vi con el pelo suelto y que forma parte de la nutrida comitiva de despedida. Al resto de la familia la supongo ahí, pero verdaderamente no la recuerdo, solo veo ese rodete.

Por algunas fotos sueltas que aún conservo, es evidente que al mejor estilo de provincia, mi mamá nos ha vestido con ropa de fiesta para viajar. O tal vez solo lo ha hecho creyendo que cierta elegancia burguesa nos da una mejor cobertura para una salida que intuye riesgosa. Llueve, es un día ventoso y yo abrazo a mi hermano menor protegiéndolo con el paraguas mientras alguien registra ese momento con una cámara. Tal vez también así me sostenga. No lo sé. La foto me muestra sonriente aunque supongo que no debía sentirme de ese modo.

En el viaje de ida, ocurren dos pequeñas tragedias. La cena que se sirve en el vuelo que nos aleja de Buenos Aires incluye un pequeño chocolate para el café y antes de que vuelvan las azafatas yo me dedico a ir asiento por asiento recolectando los que descartan algunos pasajeros. Armo un pequeño tesoro que guardo en una bolsita que dejo olvidada al aterrizar en Lima y aunque no puedo parar de llorar hay una idea que se impone, no importa lo que hayamos perdido, volver no es una opción.

Ya en tránsito, esperando un segundo avión para proseguir el viaje, veo dos niñas más o menos de mi edad y trato de jugar con ellas, se escapan, se ríen, se codean con sorna. Una vez más, me lleno de lágrimas. Voy en busca de mi madre para que me consuele. Ella, tal vez sobrepasada por el esfuerzo de este viaje que parece no terminar más, se enoja conmigo y me dice literalmente “que no joda más con boludeces” y “que tengo que aprender a elegir con quien estar”… como si allí sobraran opciones, como si no estuviéramos todos en el medio de la nada, y uno pudiera darse el lujo de elegir algo cuando lo que nos rodea es puro vacío, pura ausencia.

A las pocas horas, esto cambia. Llegamos y nos esperan otros que como nosotros parecen haber dejado todo atrás. Y sin embargo, México está allí y es lo opuesto a la nada que yo imagino cuando veo los paisajes desolados en los que corretea Speedy González, tal vez mi única referencia. El sol me encandila, el calor de septiembre me abrasa y todas las músicas sonando al mismo tiempo se transforman en una fiesta enloquecida que durará más de ocho años. Allí nada termina, allí todo ocurre, allí todo empieza.

Revisar el propio exilio, es una tarea que se impone desde el momento mismo en que se migra. Implica un salto permanente entre ese que uno fue y este que uno es. El mismo salto que sostenía la tensión entre quedarse y volver.

Algunos aspectos de México permanecen más o menos desdibujados en mi memoria, esos son recuerdos. Pero a la vez, algunos fragmentos congelados que no son recuerdos en sentido estricto se activan cuando me veo sumergida en olores o luces o temperaturas únicos e inconfundibles, solo presentes en esa extraordinaria ciudad a la que Carlos Fuentes denominó “la región más transparente.”

Hoy, lejos de esa niña triste aferrada a un chocolate y a un rodete, entiendo que algo de esa desolación y también del efecto sanador de México permanece convocándome en el trabajo clínico con otros sujetos desgarrados.

En este sentido, ya no como protagonista directa sino como sujeto formado en un psicoanálisis distinto al que marcaba los modos de hacer en los consultorios de Buenos Aires, Rosario o Córdoba hasta mediados de los setenta, es posible sostener que la experiencia del exilio puso a prueba los fundamentos teóricos mismos de algunos analistas que formaron parte del movimiento llamado “argenmex”.

Y no solamente porque les impuso la tarea de colaborar en la recomposición psíquica de sujetos -tanto niños como adultos- devastados por experiencias de una fuerza traumática inédita, muchos de ellos sometidos a la violencia, despojo y deprivación que acompañaron la brutalidad del terrorismo de estado no solo en la Argentina sino también sobre amigos, pacientes y colegas chilenos y uruguayos, atravesados por experiencias equiparables bajo la siniestra operatoria del Plan Cóndor.

Sino también, porque los llevó a redimensionar el peso de la historia en la constitución del psiquismo y en su posible estallido. Historia singular, traumática, un tanto relegada y bastardeada en ese momento de la clínica psicoanalítica por los determinismos encarnados ya sea por la pulsión de muerte endógenamente definida en el modelo de la escuela inglesa, ya sea por el peso de la estructura edípica que sostenía al psiquismo del niño en homotecia al psiquismo parental tal como afirmaba la escuela francesa.

Ambos modelos imposibilitados, como formuló Silvia Bleichmar, referente del psicoanálisis argentino en México -o mejor dicho, del psicoanálisis argentino atravesado por México- para abrir camino a procesos de transformación y neogénesis tan necesarios frente al efecto de los cataclismos históricos que se padecían en América Latina y donde el exilio no dejaba de ser, a pesar de todo, una de las mejores salidas.

Sumado a esto, y a diferencia de lo que ocurría en las principales ciudades de la Argentina, quienes se exiliaron en México, en Caracas, debieron dar prueba de su tarea por medio de la eficacia clínica. En las geografías de llegada, no había moda o imperativo cultural que obligara al análisis por default.

Por lo tanto, pensar hoy retroactivamente los efectos teórico-clínicos de esos años en el psicoanálisis argentino implica también la reconstrucción de una historia por aprés-coup. Colectivamente sí, pero en un movimiento que implica no solamente resignificar dicho momento para reconocer su carácter mutativo, sino también, porque el exilio operó en cada uno de nosotros como una segunda escena -y pienso en las dos escenas que sostenemos y que se combinan en la causación de las neurosis, una con “fuerza traumática” y otra con “idoneidad determinadora”-, primera en el recuerdo, ya que es el exilio lo que evocamos, que produjo un reordenamiento de los principios rectores de la clínica con efecto inédito.

El exilio implicó para todos los que lo atravesaron una lógica que no variaba mucho, no bastaba con haber sobrevivido, había que comenzar a vivir. Por ello todos los relatos incluyen primeros pasos similares: buscar un techo referenciándose en quienes habían llegado días o semanas antes y conseguir un trabajo que garantizara ahora sí la subsistencia y finalmente la ansiada visa… de allí partiría todo lo demás, los colegios de los niños, la militancia, el contacto con la Argentina, el día a día.

Los psicoanalistas no escaparon a esta lógica y dieron cuenta del momento escribiendo acerca de él como Fanny (Nona) Blanck Cereijido (2001, 2002, 2011, 2012), Silvia Bleichmar en su texto “La flor de Acapulco”[1] y tantos otros en las conversaciones que mantuvieran con Pablo Yankelevich para su libro Ráfagas de un exilio. Argentinos en México, 1974-1983 (2010). A estos textos se agregó el trabajo reciente del historiador Martín Manzanares Ruiz quien investigó durante dos años sobre el tema volcándolo en una tesis aún no publicada “Los psicoanalistas rioplatenses en el exilio. Diálogos, aportes y discusiones más allá de los divanes mexicanos (1974-1985)[2]

Sin embargo, hay aspectos del núcleo duro de la teoría sobre los que la experiencia del exilio incidió alterando la clínica psicoanalítica con niños, que todavía se sostienen entre quienes nos formamos con Silvia Bleichmar a partir de la obra producida en esos años.


·         En primer lugar, el eje puesto en el sufrimiento, el trabajar para mitigar el dolor.

Una característica fundamental del trabajo de esos años radica en los motivos de consulta planteados con mayor frecuencia. Motivos de consulta asociados a pérdidas terribles, duelos no elaborables y crudísimas violencias ejercidas sobre el cuerpo y el pensamiento.

Para quien se dedicara a la clínica con niños en ese momento, era imposible desconocer los montos de sufrimiento brutales presentes en esas historias.

Niños inteligentes con inexplicables dificultades para la lectoescritura ligadas a fantasmas mortíferos asociados al riesgo de pensar. Paradojal efecto de la generalizada explicación brindada por los adultos para tratar de dar cuenta del por qué de la ausencia de un ser querido preso o desaparecido.

Niños con formaciones fóbicas terroríficas e insoportables, con sobreproducción de dráculas y monstruos y alguna que otra asociada a la posible abducción por parte de extraterrestres (maravilloso caso de la entrañable Marilú Pelento donde da cuenta de su amoroso trabajo con una niña hija de desaparecidos).

Niños con formaciones psicosomáticas inexplicables, planteando la imposibilidad radical de la cabeza para metabolizar tanto traumatismo acumulado, jugándose en los límites del cuerpo en los primeros tiempos del exilio luego de haber atravesado situaciones de violencia impensable.

Niños sin recuerdos en sentido estricto, tomados por inscripciones discretas de objetos perdidos, no-historizables, al carecer de un otro que pudiera colaborar en la constitución de esa memoria.

Niños, en fin, sufrientes, desgarrados, demandando con su dolor una intervención inmediata y eficaz. Intervención que fue posible de algún modo gracias al exilio, que pese a ser una vivencia dramática en sí misma, proveyó, quien lo duda, el basamento necesario para el inicio de la reparación.

·         En segundo lugar, la necesidad del pasaje “del mito a la historia” en la teoría.

En su libro En los orígenes del sujeto psíquico, escrito en el marco del exilio mexicano, Silvia Bleichmar sostiene que teorizar acerca de la génesis de lo psíquico obliga a un viraje en la teoría psicoanalítica misma, afirmando que los tiempos en los cuales que se produce dicha constitución no son míticos sino rastreables en movimientos reales cuyos efectos materiales precisan ser identificados con precisión. A partir de allí la propuesta del viraje teórico del mito a la historia.

Hasta allí, el pensamiento psicoanalítico teñido por el estructuralismo francés, tendía a asumir como míticos ciertos movimientos fundacionales del psiquismo, no considerando necesaria la exigencia de delimitarlos como efectivamente acaecidos ya fuera porque se los asumía como necesarios ya fuera porque se los sostenía como efecto de estructura. A esto remite la idea de mítico, cuyo alcance incluía entre otras nociones a la represión originaria.   

“No se puede hablar de inconsciente, no se puede hablar de formación de síntomas en la infancia en sentido psicoanalítico, antes de que la represión originaria se instaure, constituyéndose a partir de ello el aparato psíquico. Pero, ¿Qué hay entonces en el psiquismo antes de esta instauración? Y, por otra parte, ¿desde qué perspectiva deben ser considerados los estados anteriores a dicha represión? ¿Son ellos momentos genéticos, momentos del “desarrollo” determinados internamente por un movimiento evolutivo que depende de la maduración del psiquismo infantil entendido como un organismo? ¿Son sólo tiempos míticos, es decir, supuestos de los orígenes cuyo efecto de conceptualización ofrece interés en función de un rellenado conceptual de la teoría psicoanalítica entendida como una verdadera antropología, un estudio del hombre en general? ¿O son –tal y como pretendemos demostrar desde una perspectiva histórico-estructural- verdaderos momentos de organización del psiquismo que permitirán la ubicación de los elementos constitutivos en función de determinantes constituyentes, cuya correlación posibilitará no solo la puesta a prueba de las hipótesis teóricas sino la determinación, en el momento de la consulta, de un campo de trabajo sobre el cual operar con un índice de cientificidad mayor?” Bleichmar, S. (1986), p. 57

Plantear el pasaje del mito a la historia implica preguntarse por la especificidad sintomática asociada a movimientos traumáticos fundacionales como la sexualidad intromisiva de los adultos provistos de inconsciente que toman a su cargo la supervivencia del cachorro humano parasitándolo, idea tan bien trabajada por Laplanche al recuperar la teoría de la seducción originaria del primer Freud y que da cuenta de eventos efectivamente acaecidos aun en ausencia de una cabeza en condiciones de pensar dicha experiencia.

Implica a la vez pensar las determinaciones estructurales como punto de partida y no de llegada, forzándonos a cercar en cada caso la forma en que la estructura edípica se ve recompuesta como efecto de una historia traumática siempre singular que determina los modos del síntoma o del sufrimiento psíquico.

Sostener entonces el pasaje del mito a la historia abre las condiciones para una clínica psicoanalítica como trabajo, en el sentido de una praxis transformadora.

Trabajo entonces de la teoría y trabajo con efecto mutativo en la práctica. 

·         En tercer lugar, repensar las condiciones de constitución de la memoria y el trabajo de historización en el análisis.

Si el trabajo analítico remite a una cura por la palabra y al esfuerzo por “rellenar lagunas mnémicas” -ya sea recordando en sentido estricto, ya sea construyendo una memoria como efecto del esfuerzo compartido en el espacio del consultorio-, dicho trabajo en el caso de los traumatismos severos implica una operatoria claramente diferente al mero “levantamiento de represiones”.

Esto porque si la memoria es una función y recordar es tarea del sujeto, no basta con la mera inscripción de huellas, restos más o menos metabólicos de experiencias efectivamente vividas para que la acción de recordar se produzca, sino que se requiere de un otro que colabore en la significación de esas huellas primariamente producidas aún antes de que exista un sujeto en condiciones de pensarlas.

El temprano texto freudiano Proyecto de psicología para neurólogos”, es también un intento por diferenciar las representaciones inscriptas en el psiquismo de aquellos fenómenos de memoria capaces de recuperarlas.

Dice Silvia Bleichmar:

“Las huellas mnémicas o los sistemas mnemónicos que van apareciendo ya en el Proyecto, son formas de inscripción de lo real, modos residuales de la relación con el exterior sin que se constituyan por sí mismos en memoria, porque la memoria es inseparable del lugar del sujeto, tiene que haber alguien que recuerde, la memoria es una función. En algún momento di un ejemplo que era el de un cajón de viejas fotografías -está en La fundación de lo inconciente- que son objetos reales que constituyen para alguien objetos de recuerdo, pero si no hay alguien que sepa quiénes están en esas figuras […] son simplemente fotografías que no dan cuenta de un recuerdo. Para que haya recuerdo tiene que haber alguien que signifique “éste es el tío Panchito” o lo que fuere.”[3]

Deben darse dos condiciones entonces para que haya memoria, para que sea posible “recordar” sin ser “habitado por restos” que carezcan del estatuto de recuerdo.

La primera es que a nivel del psiquismo se produzcan inscripciones con carácter de huella, resultantes del proceso que Laplanche denominó metábola: una descualificación y recualificación de los restos del mundo, recompuestos de manera original en cada sujeto aún frente a la “misma” experiencia. Proceso constitutivo y necesario que puede verse destituido en ocasiones por la fuerza traumática, arrasadora, de ciertas vivencias. Abundan los ejemplos, y no solo en la literatura psicoanalítica, del modo en que ante experiencias terroríficas, la capacidad metabólica del psiquismo es destituida viéndose reemplazada por formas de inscripción predominantemente sensoriales como si el sujeto en carne viva perdiera toda posibilidad de capturar aquello que le arriba por medio de recursos significantes.

La segunda condición, decíamos, es que exista un otro que logre nominar y dar sentido a estos restos metabólicos inscriptos en el psiquismo. En ocasiones, dicha tarea se completa en el marco del análisis a través de hipótesis no siempre comprobables construidas de manera adbuctiva, que son propuestas al otro como intentos de captura de aquellas inscripciones eficaces que no logran constituirse en recuerdo.

Es porque los “adultos viven en la reminiscencia de las pérdidas y los niños en el interior de las mismas” que la clínica atravesada por las secuelas del terrorismo de estado, ya sea con los niños del exilio, con los adolescentes del retorno, o con los nietos recuperados habitados por imágenes desenraizadas e inconexas, obliga a una conceptualización mucho más rigurosa sobre los modos en los que se constituye la memoria.

“Inés, de diecisiete años, vuelve a la recuperación de su historia: pero necesita, para que esta recuperación sea auténtica, apropiarse de los rasgos de lo perdido. Y esta apropiación no corresponde ya a una supuesta realidad sustancial del objeto, sino a la forma simbólica con la cual los objetos fueron inscriptos en los sistemas de la memoria.

Por ello, al mes de estar en la Argentina, al mes de atiborrarse de alfajores y devorarse las librerías de Corrientes, al mes de sentirse una adolescente porteña con todo el derecho de subirse a un colectivo sin tener que preguntar dónde queda la calle Rivadavia, Inés descubre que la recuperación de la memoria de lo cotidiano no alcanza para cubrir todos los huecos, presentificar todas las ausencias, establecer todos los parámetros.

Porque el discurso con el cual se recuperan los objetos del duelo no remite a una singularidad cuya predominancia se asiente en lo "vivido", sino a formas sociales -grupales- de una realización en la cual se arman los ideales mediante los cuales se valoriza aquello cuyo rastro de ausencia debe cobrar presencia.[4]

Y precisamente por encontrarse apuntalada en otros, la memoria permite fenómenos como el que se me planteó en el trabajo analítico con una mujer extraordinariamente sensible e inteligente nacida fuera del país al inicio del exilio familiar, que cuando hablaba del retorno a la Argentina solía decir “cuando volvimos.” Lo más curioso era que yo misma, tal vez atravesada por mi propia vuelta, tardé un tiempo en darme cuenta de que en ese momento ella era parte de un colectivo que la definía como expatriada independientemente de dónde se hubiera producido el hecho “fortuito” de su nacimiento. Alguna vez, Chavela Vargas, cuando le preguntaron cómo era posible que habiendo nacido en Costa Rica se definiera como mexicana, respondió “los mexicanos nacemos donde nos da la chingada gana”… parece que a los argentinos, nos pasa un poco lo mismo.

·         En cuarto lugar, las intervenciones simbolizantes como instrumento tendiente a favorecer las posibilidades de neogénesis en el análisis.

Hablar de psicoanálisis “de frontera” implica un modo de denominar a esa clínica que se realiza en ocasión de trastornos precoces en niños o ante procesos no neuróticos en sujetos ya constituidos que requieren nuevas herramientas de intervención.

Allí, donde interpretaciones, señalamientos o construcciones encuentran un límite, las simbolizaciones de transición ofrecen vías de resolución de la tensión psíquica y del sufrimiento concomitante. Necesarias ante la aparición de trastornos que no resulten efecto de la conflictiva relación entre deseo y defensa, que no remitan a fantasmas, las intervenciones simbolizantes apuntan a un reordenamiento de lo psíquico.

El intento freudiano por definir intervenciones eficaces en términos de recomposición histórica denominó “construcciones” a aquellos aportes del analista tendientes a producir un intento de “rellenamiento” de la memoria, hipotetizando las causas a partir de sus efectos. Esta noción parecería implicar una memoria arquelógicamente hallable y “oculta” por efecto de la represión[5]. Sin embargo las más de las veces, dichas inscripciones se han producido en forma previa a que exista un sujeto en condiciones de pensar (como sostenía Bleichmar recuperando el pensamiento de Bion), o ante la destitución traumática de dicho sujeto, resultando más en una parasitación por restos de experiencias que en alguien en condiciones de rememorar.

A la vez, la noción de Freud, tiene el valor innegable de anticipar la posibilidad de un otro que “siembre” elementos significantes allí donde parecería no haberlos:

“En algunos análisis noté en los analizados un fenómeno sorprendente, e incomprensible a primera vista, tras comunicarles yo una construcción a todas luces certera. Les acudían unos vividos recuerdos, calificados de «hipernítidos» por ellos mismos," pero tales que no recordaban el episodio que era el contenido de la construcción, sino detalles próximos a ese contenido; por ejemplo, los rostros -hipermarcados- de las personas allí nombradas, los lugares donde algo semejante habría podido ocurrir o, un paso más allá, los objetos que amoblaban tales lugares, de los cuales, como es natural, la construcción nuestra no habría podido saber nada. Esto acontecía tanto en sueños, inmediatamente después de la comunicación, cuanto en la vigilia, en unos estados parecidos al fantaseo.” (Freud, S., 1937, p. 267-268)

Tanto en el caso de los niños y jóvenes del exilio como en el de los niños sobrevivientes al terremoto del 85 que asoló al DF, el trabajo analítico encontró un terreno fecundo para estas “intervenciones simbolizantes” también definidas como “autotrasplante psíquico.” ¿Y por qué “autotrasplante” y no parasitación o robo de pensamiento? Porque no dependen tanto de la creatividad del analista sino de su posibilidad de recuperar fragmentos aportados en algún otro momento del análisis para introducirlos transitoriamente a modo de parche psíquico.

A diferencia de las interpretaciones, en este caso no se trata de operar sobre lo reprimido que se articula por efecto del lenguaje (el síntoma), sino de capturar por medio del lenguaje aquellos fragmentos excitantes de vivencias con efecto indomeñable a nivel del psiquismo.

El tipo de encuadre para estas intervenciones radicó en el caso de catástrofes colectivas como el terremoto del 85, en los “grupos elaborativos de simbolización”[6], que sentaron las bases para el trabajo realizado con posterioridad al atentado a la sede de la AMIA del año 94. 

·         Por último, redefinir lo traumático.

Esta redefinición implicó en primer lugar delimitar el alcance de las nociones de catástrofe y traumatismo. Una catástrofe social (histórica o natural) “tiene carácter general y abarca a amplios sectores de una población”, en tanto que “el traumatismo es el modo en que estas catástrofes padecidas en común, atacan la subjetividad o impactan la subjetividad de manera diferente en aquellos que lo padecen.”[7] 

No se trata aquí de desestimar la fuerza específica de la historia, sino de marcar el impacto diferenciado de un mismo acontecimiento en distintos sujetos sobre la base de cada organización psíquica singular. Por eso al momento del terremoto de México, se operó con la idea de que el epicentro del terremoto estaba en la cabeza de cada uno.

El traumatismo es siempre efecto de una ecuación entre potencialidad traumática del acontecimiento y organización del psiquismo sobre el que este acontecimiento impacta. Y por lo tanto es siempre traumatismo en dos tiempos.

·         Epílogo

Ya han pasado cuatro décadas del golpe que dio un masivo espaldarazo al movimiento migratorio iniciado diez años antes al ser intervenida la Universidad de Buenos Aires en la Noche de los Bastones Largos o ante la partida de quienes dejaron el país a comienzos de los setenta ante el accionar asesino de la Triple A, anticipando de alguna manera lo que ocurriría en los tiempos por venir.

Hoy nos volcamos a la producción colectiva de la memoria y esto implica reconocer que México nos dio un espacio apto para la reparación y el pensamiento, nos abrió los brazos, nos acogió, nos enseñó sentir de otra manera, a veces más “gacho”, a veces más “chido”. Pero a la vez, devino en nosotros una herida abierta que nunca cicatriza y que por momentos duele y supura. Que se reabre con cada uno de sus desaparecidos y que, a veces, si estamos de ánimo, se cierra con sus canciones.

Fuimos sobrevivientes y gracias a eso, una gloriosa omnipotencia nos acompañó todos estos años hasta que tuvimos que empezar a velar a nuestros padres obligándonos a reconocer que sobrevivir no era equivalente a ser inmortal. 

México no es el recuerdo de una experiencia, es ante todo la vivencia permanente de una ausencia.

Referencias

Blanck-Cereijido, F. (2001) Del exilio. “Psicoanalistas rioplatenses radicados en México”, en el sitio web Psico Mundo México (psicomundo.com.mx)

___ (2002) “El exilio de los psicoanalistas argentinos en México.” Revista Psicoanálisis (APDEBA) - Volumen XXIV N° 1-2: Dolor Social, México. /

___ (2011) Mesa Redonda “Argenmex, Temas e Itinerarios” Museo Memoria y Tolerancia Centro Educativo, organizado por la Embajada Argentina. México.

___ (2012) Conferencia “Exilio y Migración”. En el Centro Montealban para el estudio y tratamiento de la psicosis. México.

Bleichmar, Silvia, En los orígenes del sujeto psíquico. Del mito a la historia. Amorrortu Editores, Buenos Aires, 1986, p. 57.

Freud, S. (1937) Construcciones en el análisis, en Obras Completas, Vol XXIII, Amorrortu Editores, Buenos Aires, 1976.

Yankelevich, P., Ráfagas de un exilio, Fondo de Cultura económica (2010)/El Colegio de México (2009).







[2]Manzanares Ruiz, Martín, “Los psicoanalistas rioplatenses en el exilio. Diálogos, aportes y discusiones más allá de los divanes mexicanos (1974-1985) (mimeo). .



[3]Bleichmar, Silvia. Seminario Inteligencia y simbolización,  clase dictada el 20 de abril de 1998 (transcripción). Ver también La fundación de lo inconciente, Amorrortu Editores, Buenos Aires, 1993, pág 79



[4]Bleichmar, Silvia. “El derecho de los niños a la verdad” (mimeo).

[5]Todo lo esencial se ha conservado, aun lo que parece olvidado por completo; está todavía presente de algún modo y en alguna parte, sólo que soterrado, inasequible al individuo. Como es sabido, es lícito poner en duda que una formación psíquica cualquiera pueda sufrir realmente una destrucción total.” Freud, S., 1937, pág. 262

[6] Los fundamentos teóricos de todo este trabajo, fueron realizados en forma conjunta por Silvia Bleichmar y Carlos Schenquerman. Y la experiencia recuperada por Schenquerman mismo en la edición del libro Psicoanálisis Extramuros, publicado por Editorial Entreideas en el año 2010.



[7]Bleichmar Silvia. Intervención en el panel “Conceptualizaciones de catástrofe social. Límites y encrucijadas” en Waisbrot D. comp. Clínica psicoanalítica ante las catástrofes sociales. La experiencia argentina. Buenos Aires, Paidos, 2003