Presentación de un caso clínico: Comprensión e interpretación de los sueños en la elaboración de un trauma evolutivo

Publicado en la revista nº054

Autores: Levy, Joshua - Finnegan, Paul

"A clinical case presentation: Understanding and interpreting dreams while working through developmental trauma" fue publicado originariamente en Journal of the American Psychoanalytic Association, 64/1:13-44. Traducido y publicado con autorización

Traducción: Marta González Baz

Revisión: Mónica de Celis Sierra

El propósito de este artículo es demostrar el papel singular de la comprensión e interpretación de los sueños en el proceso psicoanalítico mientras se elabora un trauma evolutivo. Este proceso psicoanalítico duró seis años y se presenta en cuatro fases: establecimiento de la alianza terapéutica, una crisis, elaboración y terminación. Se presentan los sueños de cada una de estas cuatro fases del análisis, y se subraya el trabajo colaborativo de la comprensión e interpretación de estos sueños. Se presenta evidencia de que a este trabajo analítico le sucedió una mejoría en el impacto del trauma evolutivo y un progreso en el desarrollo de estructura psíquica interna.

Palabras clave: comprensión e interpretación de los sueños, trauma evolutivo, alianza terapéutica, crisis, elaboración, terminación, disociación, transferencia, contratransferencia

La compleja relación entre los traumas y los sueños inundó la fundamentación conceptual que Freud hizo del psicoanálisis, tanto en su teoría como en su práctica, a lo largo de su vida. La primera teoría de Freud (1900) era que los sueños eran realizaciones de deseos. Luego, en Más Allá del Principio del Placer (1920), otorgó un papel central a los sueños traumáticos “intentando dominar el estímulo retrospectivamente” (p. 32). Ferenczi (1931) amplió las dos teorías de los sueños de Freud, afirmando que “todo sueño, aun cuando sea desagradable, es un intento de dominar y resolver mejor las experiencias traumáticas…” (p. 238). Muchos otros (por ej., Erikson, 1954; Winnicott, 1971; Segal, 1991; Bion, 1992; Bromberg, 2011) han discutido las relaciones íntimas entre los sueños de los pacientes y el trauma subyacente, pero ninguno ha abordado el análisis de los sueños en fases sucesivas de la elaboración del trauma evolutivo.

Presentaremos una explicación detallada de la elaboración de sueños traumáticos que tiene lugar en fases sucesivas de un psicoanálisis de seis años. En la fase inicial, se tuvo que prestar una atención cuidadosa a la frágil estructura psíquica de la paciente, y a las limitaciones de su capacidad para contener las tensiones afectivas expresadas en sus sueños, de modo que al final fuera posible reflexionar sobre los sueños, interpretarlos y entenderlos. Se prestará una atención detallada a la implicación interactiva de la paciente durante la elaboración de sus experiencias traumáticas internalizadas. Es más, subrayaremos las respuestas subjetivas de la paciente a las intenciones e intervenciones conscientes e inconscientes del analista. Este enfoque nos permitirá examinar las complejas cuestiones que rodean a la influencia de la falta de sintonización y de los errores inadvertidos del analista cuando este intenta involucrarse emocionalmente y ofrecer intervenciones útiles y válidas. En fases posteriores del análisis resaltamos la reemergencia de experiencias traumáticas en los sueños de la paciente y presentamos evidencia del desarrollo de su capacidad para simbolizar, para contener sus afectos y para obtener beneficio del análisis de sus sueños.

Anne: una breve historia

Anne, soltera y de 30 años, acudió a análisis tras haber padecido episodios depresivos de distintos grados de severidad en los diez años anteriores. Justo antes de buscar análisis, se vio invadida por una depresión severa: no podía tomar decisiones, no comía, se recluía en su cama, y temía perder el control y suicidarse. Había tenido breves periodos de tratamiento psiquiátrico a lo largo de los años pero ahora había decidido “llegar a la raíz” de su problema. Con respecto a los acontecimientos que precipitaron sus episodios de depresión, dijo abruptamente, entre lágrimas, “Ninguna de mis relaciones ha ido a ninguna parte”. Recitó una letanía de intentos fallidos de establecer relaciones íntimas, tanto con hombres como con mujeres. Desde que podía recordar, sus profesores habían comentado que estaba bloqueada y no aprovechaba todo su potencial. Ahora, que era bibliotecaria, cumplía con sus obligaciones de una manera mecánica bajo la supervisión de un profesional menos cualificado que ella.

Anne era la hija mediana, tenía un hermano cuatro años mayor y otro tres años menor. Su hermano mayor había tenido graves problemas de conducta desde la primera infancia. Ella había presenciado violentos choques entre este hermano rebelde y su padre, que llegaba a casa agotado y demandaba obediencia absoluta. Anne se convirtió en una niña obediente, tranquila, complaciente y silenciosa. Su madre, ama de casa, había dejado de lado su profesión para criar a sus hijos y atender a su marido. La madre de Anne estaba abrumada por la conducta destructiva del hermano mayor. En cuanto a Anne, creció temiendo a su hermano y siendo maternal hacia su adorable hermano pequeño. Anne recordaba que cuando necesitó apoyo emocional por parte de su madre tras sentirse decepcionada y rechazada por los amigos, esta le dijo: “Ve a comprarte un vestido”. Tenía muchos novios de corta duración, y comenzó a ser sexualmente activa durante la adolescencia, aunque en todas las relaciones sexuales con los hombres se sentía utilizada.

Fase I: establecimiento de la alianza terapéutica

En la primera semana de análisis, Anne trajo con algunas dudas un sueño que la había hecho despertarse muy asustada:

Estaba trepando una montaña muy escarpada… vi un faro en la cima… allí había un hombre… alcancé la cima… no recuerdo qué me dijo… Luego estaba bajando… estaba oscuro… no puedo recordar el resto del sueño.

Permanecimos en silencio durante unos 20 segundos, y luego dije: “Vd. vio una luz en la cima de la montaña”. La paciente no respondió durante lo que me pareció un rato largo, pero yo permanecí en silencio. Luego ella estalló, explosivamente, “¡Bajé por mí misma!”. Lloró inconsolablemente durante el resto de la sesión, y no hubo más intentos tomar en consideración el sueño.

(Recordemos aquí que un análisis tradicional del sueño habría implicado que el analista pidiera asociaciones para ir más allá del contenido manifiesto del sueño y descubrir su contenido latente y sus significados inconscientes).

Si bien este sueño tuvo lugar al comienzo del análisis, había habido tres indicadores de una experiencia traumática subyacente. En primer lugar, Anne se había despertado del sueño muy asustada. En segundo lugar, después de haberme contado el sueño, permaneció primero en silencio y luego estalló: “¡Bajé por mí misma!” y lloró inconsolablemente. En tercer lugar, hubo un cambio en su estado mental de un estado inicial de esperanza sobre el análisis a un estado de desesperación extrema.

Puesto que este era el primer sueño presentado en el análisis, ¿sugería algo sobre las angustias de Anne en cuanto a la naturaleza del proceso analítico? ¿Al final se la dejaría sola, deprimida y olvidada, como se había quedado tan a menudo tras sus breves relaciones sexuales con los hombres? Escuchaba el ruego subyacente de Anne de que estuviera con ella, le hablara, la iluminara, y no la abandonara, y al mismo tiempo también escuchaba su temor de que la promesa de cercanía no se cumpliera.

Ninguno de nosotros retomó el sueño. Me pregunté si me había asustado por sus estallidos abruptos e incontrolados y por tanto había evitado volver a ello. (Mis reacciones contratransferenciales, por supuesto, podrían analizarse con más detenimiento).

A continuación, hubo unos cuantos meses durante los cuales Anne se esforzó por ajustarse al marco analítico. Aunque acudía regularmente a las cuatro sesiones semanales, pagaba puntualmente las facturas y parecía disfrutar de la regularidad y continuidad de las sesiones, al mismo tiempo me saludaba con una sonrisa congelada y los músculos faciales crispados y hablaba con una voz baja, pausada, cuando relataba los detalles de su vida diaria: sobre su trabajo, sus relaciones familiares, y sus amigos, hombres y mujeres. Anne era extremadamente educada y parecía hacer esfuerzos agotadores para cumplir las “reglas del análisis”. Decía: “Gracias”, siempre que se levantaba del diván para marcharse.

Le dijo a una amiga, que le preguntó sobre su analista: “Es un hombre muy agradable”. Cuando la animé a que dijera algo más sobre esto, se rió de mi sugerencia diciendo “Pero es que lo es”. Quedó claro a partir de sus asociaciones con su experiencia inicial del análisis que me veía como el opuesto a su padre, que llegaba a casa agotado y enfadado tras un largo día en la oficina. La familia tenía que estar callada, ser obediente, y servirlo. Anne permanecía callada, se sentía rechazada por él y evitaba su sarcasmo. En el recuerdo que Anne tenía de sus actividades cotidianas, yo podía percibir burbujas subyacentes de enfado, pero estás, si es que se tocaban, se tocaban solo superficialmente.

Con mucha frecuencia, cuando Anne intentaba decir lo que tenía en mente, se quedaba en silencio y decía: “Me siento frente a una pared en blanco”. Si yo intentaba explorar un poco más sus silencios, ella sentía que la presionaba y entonces daba a entender su deseo de abandonar el análisis. Y se preguntaba de qué forma el hablar podría ayudarla con los problemas personales que había traído al análisis. En esas ocasiones, yo sentía que ella estaba recurriendo al sarcasmo, devaluando el análisis, e identificándose con la actitud de su padre hacia ella, que tanto había temido mientras crecía.

Sus repetidas relaciones fracasadas con los hombres habían ocupado gran parte de sus asociaciones. Sus numerosas relaciones sexuales breves con los hombres habían terminado en depresión. Cuando terminamos una sesión, antes de un fin de semana largo, dijo que estaba deseando tener un descanso y estar sola. Cuando se reanudó el análisis, dijo que había tenido relaciones sexuales cuatro veces durante el fin de semana; lo dijo en un tono desafiante y luego cambió rápidamente a un ánimo depresivo. Rechazó mis intentos de examinar sus experiencias durante la pausa y los estados de ánimo cambiantes que observaba en la sesión. En un momento dado, estalló: “He sido rechazada muchas veces. Esa es una explicación suficiente para mi depresión”. Demandaba que me apartara, que mantuviera una cierta distancia y la tomara en serio. Yo expresé mi curiosidad preguntando por por las “cuatro veces”, a lo que respondió enfadada, “Sí, sí, eso fue lo que le dije”. Me preguntaba en qué medida la situación analítica excitaba su sexualidad y si esa tensión se descargaba mediante su actuación sexual. En muchas ocasiones me quedaba con la sensación de que Anne necesitaba y demandaba que yo sostuviera y contuviera su decepcione y furia subyacentes. Era importante que yo me quedara en la superficie y permaneciera tranquilo en momentos en que deseaba continuar una exploración analítica que estaba justo empezando a despegar.

Los sueños de Anne durante este periodo repetían los sueños perturbadores que había tenido desde la infancia. Eran fragmentos de pesadillas, fragmentos de sueños en los que era atacada sádicamente, o abandonada, o en que la abandonaban sin comida. Yo consideraba estos fragmentos de sueños como experiencias afectivas a las que yo tenía que responder con resonancia empática sin ir más allá del contenido manifiesto. Mis intentos de trabajar analíticamente con ellos a menudo eran ignorados o recibidos como información  cognitiva sin el impacto emocional que pretendían tener. Alternativamente, eran sentidos como una retraumatización –yo acosándola en una repetición del entorno emocional opresor de su vida familiar- a la que Anne respondía retirándose a estados depresivos silenciosos de soledad traumática y luchando por evitar cualquier conciencia de entumecimiento interior, fragmentación, o fuerzas internas destructivas. Estas experiencias oníricas atemorizantes se me ofrecían para que yo ofreciera sostén y contención sin mayor exploración.

Al reflexionar sobre los sueños de Anne, y sobre la interacción analítica, pude ver indicios de una organización mental basada en lo concreto, una evitación de la indagación, y una destrucción del significado. Mi objetivo era facilitar la creación de un espacio psíquico dentro del cual pudiéramos elaborar los múltiples niveles de sus comunicaciones. Con el tiempo, Anne fue empezando gradualmente a tolerar lo que inicialmente había sentido como obstáculos insuperables. Pudo relajar su vigilancia y confiar más en mí.

A los cinco meses de análisis, Anne tuvo un sueño que nos sorprendió a los dos. En mitad de una sesión de un lunes, tras recordar numerosas experiencias del tipo que solían tener lugar durante las pausas del fin de semana, recordó el siguiente sueño:

Tuve un sueño… estaba tumbada en la cama y tenía una manguera en la mano… y estaba esparciendo mierda por todas las paredes… no me molestaba en absoluto. Estaba contenta de hacer eso.

Escuchar este sueño de Anne, una mujer que había elegido tan meticulosamente palabras “limpias” para relatar sus experiencias, me cogió totalmente por sorpresa. Anne se apresuró a decir: “Este sueño no me molestó en absoluto… no significaba nada”. Tras un breve silencio, me preguntó: “¿Le sorprendió?”. Le dije que sí, y ella contestó: “A mí también”. Y añadió con una risa nerviosa: “No se preocupe. No haré eso aquí”. Siguió un largo silencio que yo rompí diciendo: “Me parece que está hablando sobre su sueño desde la posición de una observadora”. Anne respondió “Nunca diría ‘mierda’ en casa delante de mis padres”. Mis intentos de que asociara con los diversos aspectos del sueño, y con sus sentimientos en relación con ellos, fracasaron. Durante el resto de la sesión, volvió a decirme que durante el fin de semana había presenciado una discusión entre su hermano mayor y su madre, de la que dijo que era más bien algo rutinario y sin significado. En silencio, me pregunté si había sido uno de los restos diurnos.

Durante las siguientes tres semanas, Anne nunca mencionó de nuevo el sueño, ni lo saqué yoa colación, aunque hubo ocasiones en que me sentí tentado a hacerlo. El sueño y sus posibles implicaciones me vinieron a la mente durante las sesiones y fuera de ellas. Al principio estaba entusiasmado al pensar que podía ser un punto de inflexión en el análisis. Tuve que contener mi entusiasmo. El sueño me sugería que necesitaba tener en cuenta su perspectiva inconsciente de mí como tal vez “demasiado educado”, “amable”, “limpio”, y “distante”. ¿Estaba ahora psicológicamente preparada para aceptar el desafío de explorar niveles psíquicos más profundos del sueño? Recordé sentir que cuando presentaba el sueño, estaba comunicando una autoafirmación en el desafío a su familia. Al hablarme sobre el sueño, ¿me estaba dejando saber que estaba empezando a sentirse más segura en la relación analítica, aun cuando este no fuera un sueño sobre el que pudiera asociar, reflexionar y explorar en sus múltiples niveles de significado? En mis pensamientos posteriores, sentí que ella tenía miedo de que yo terminara abruptamente el análisis si ella metía la pata expresando su agresividad explosiva subyacente.

Este sueño tuvo lugar tras un fin de semana durante el cual Anne había observado interacciones “rutinarias” ente su madre y su hermano mayor. Me preguntaba por su experiencia inconsciente de haber presenciado en silencio esas interacciones, y qué recuerdos y afectos relacionados podía haber evocado esto dentro de ella. ¿Había una agresividad inconsciente intensa que su mente consciente consideraba “una metedura de pata” y una “mierda”? ¿Tenía, entonces, que ser disociado y evacuado todo el conflicto? ¿Estaba también atacándome mediante el habitual recuento analítico de sus experiencias diarias de fracaso y la intensa vergüenza que las acompañaba? ¿Deseaba en realidad rociarme con mierda?

El análisis de mi experiencia sobre su percepción de mis intervenciones acerca de su sueño y sus respuestas a las mismas, me hizo pensar sobre algo que se estaba desplegando en la transferencia. Estaba pensando en posibles vínculos entre la transferencia y sus sueños. Me pregunté si ella estaba reviviendo una lucha evolutiva temprana asociada con el “periodo anal”, durante el cual se veía forzada a acomodarse a los planes de su madre. Pensé que su experiencia del sueño como ajeno a ella era una defensa frente a un material psíquico no integrado e insoportablemente amenazante que estaba siendo representado y revivido en la transferencia. Cuando intenté explorar el sueño mediante la asociación libre, eso pareció presionarla mucho. Así que lo dejé. Me preocupaba que una aproximación analítica prematuramente inquisitiva pudiera intensificar su sensación de maldad interna y de tener un self dañado.

Continuamos tratando que se sintiera continuamente desgraciada tras sus actuaciones sexuales y los pensamientos sobre su trabajo carente de sentido –ambos relacionados, en mi opinión, con sus emergentes antecedentes traumáticos. Aunque soportaba prolongados silencios desafiantes en el análisis, cabía preguntarse si mi enfoque analítico estaba esquivando lo que ella más necesitaba: es decir, una búsqueda de las fuentes traumáticas de sus conflictos y defensas, un área que aún no había abordado.

Tres semanas después de contarme el sueño, Anne me contó con entusiasmo una experiencia que había tenido ese día en el trabajo. Una compañera con menos experiencia que ella había sido nombrada su supervisora y estaba diciéndole qué hacer. Anne no estaba de acuerdo con ella y se lo hizo saber. La disputa continuó, con intercambios acalorados. Anne no se echó atrás y sintió que podía sostener su postura. Continuó en la sesión con ejemplos del pasado en que había estado en desacuerdo con esta colega pero, sin embargo, había seguido su dirección. Tras una larga pausa, dijo que el incidente de hoy le recordaba al sueño de rociar mierda, y me lo contó de nuevo. “¿Lo recuerda?”, me preguntó. “En ambas situaciones –le dije- se reafirmó. Estaba satisfecha consigo misma, viéndolo como un logro”. Anne permaneció en silencio durante un largo rato, conteniendo las lágrimas, y finalmente estalló en llanto. Permanecimos en silencio durante el resto de la sesión.

La agonía y la depresión de Anne tras sus breves relaciones sexuales con hombres había sido el tema de muchas sesiones analíticas. Sin embargo, había sido extremadamente reservada al relatar algunas de sus experiencias sexuales personales, y me dejaba imaginar y especular. La vergüenza y la culpa la inhibían. Ahora, sin embargo, aprecié sus esfuerzos por ofrecer detalles más específicos de sus relaciones con hombres y su deseo de explorarlas. Como resultado de nuestro trabajo analítico, Anne se interesó en explorar qué tipo de hombres había elegido para tener relaciones sexuales. Había conocido recientemente a un hombre, y en la segunda cita le quedó claro que él quería acostarse con ella. Se había dicho a sí misma “No me apetece… no me va a funcionar”. Sin embargo, consintió. Dijo que durante su encuentro sexual ella “solo lo miraba… estaba muy excitado… [ella] esperaba a que terminase”. Ahora estaba determinada, a pesar del gran dolor que esto suponía, a entender sus motivaciones en lugar de poner en acto sus tensiones y angustias por sentirse no deseada y rechazada por los hombres a menos que acatara sus deseos. Quedó claro que estos hombres habían tenido también numerosas relaciones sexuales breves y no pretendían el tipo de relación a largo plazo que Anne deseaba conscientemente.

Planteé la pregunta de a quién le recordaban los hombres por los que se sentía atraída. La cuestión le interesó, y la exploramos con cierta amplitud.

El sueño de “rociar mierda” se le vino a la mente rápida y espontáneamente. Según Anne se sentía más cómoda, más segura y menos avergonzada, el elemento “mierda” del sueño se convirtió en un punto nodal que facilitó nuestra indagación sobre sus múltiples fuentes y el que lo relacionáramos con sus experiencias internas íntimas físicas y emocionales con los hombres. La “mierda” se convirtió en una experiencia interna que le recordaba cómo se había sentido tratada como “una mierda” tanto por su padre como por su hermano mayor. Era utilizada para satisfacer las necesidades de ellos. Es más, y esto le resultaba doloroso de reconocer, no solo se había sentido inconscientemente atraída por este tipo de hombre, sino que también los había tratado como “mierda” descartándolos abrupta y agresivamente. 

Este proceso analítico me trajo a la mente numerosas cuestiones e hipótesis que me guiaron a la hora de responder a Anne. Me daba cuenta de su forma de actuar impulsiva y autodestructiva. ¿Me eliminaría, como había hecho repetidamente con los hombres, y abandonaría abruptamente el tratamiento tras una breve aventura analítica? ¿Plantearía estas cuestiones a Anne y, de hacerlo, cuándo y cómo lo haría? Y ¿en qué medida estaban estas cuestiones influenciadas por mis angustias contratransferenciales? Mis intentos por explorar esta cuestión ¿significaban para ella que la estaba obligando a abordar estos temas para satisfacerme? Cuando en muchas ocasiones saqué a colación las implicaciones transferenciales de sus conflictos con los hombres en general y con su padre y su hermano en particular, ella negaba cualquier parecido emocional. Me encontré haciendo principalmente preguntas para explorar  más y aclarar las luchas subyacentes que yo escuchaba en sus asociaciones, en la esperanza de abrir caminos relacionados con sus preocupaciones e intereses. Siempre estaba preguntándome si estaba logrando un equilibrio entre mi tolerancia silenciosa a la “eliminación” que hacía de mí, por una parte, y por otra, facilitarle que desarrollara una capacidad de autoafirmación.  En esta fase inicial del proceso analítico, pregunté nos estábamos aproximando a la paradoja inherente que habitualmente se afronta en el análisis.

En el análisis noté un cambio ascendente en el humor de Anne; estaba empezando a disfrutar los frutos de su asociación libre. La mejoría clínica de Anne en esta fase sugería que se estaba beneficiando de nuestra comprensión colaborativa de sus sueños y que el acceso a sus experiencias y afectos traumáticos estaba a la vista.

Los insights crecientes de Anne acerca de sus motivaciones para las relaciones sexuales autodestructivas que resultaban en aislamiento y depresión, se acompañaban de la indagación y elaboración de temas relacionados con su situación laboral, que era muy insatisfactoria. Aunque cualificada para trabajar independientemente, estaba bajo la supervisión de una colega que, como hemos mencionado, estaba menos cualificada que ella. Las experiencias de humillación, amargura y rabia controlada dentro del contexto de esta relación eran temas frecuentes del análisis. Anne decidió cambiar a un trabajo en el que pudiera funcionar con más independencia. Esto requería que realizara numerosos cursos formativos, algo que emprendió con gran entusiasmo y esperanza. Pero justo cuando sus logros y talentos fueron reconocidos por el instructor, y las perspectivas de un trabajo mejor y más independiente se convirtieron en una posibilidad real, comenzó a mostrar conductas y actitudes que podían haber tenido como resultado el fracaso en esos cursos. En muchas situaciones similares del pasado, ella había experimentado una indecisión paralizante, no había conseguido completar los encargos requeridos, se había deprimido “sin motivo” y finalmente se había quedado atrás mientras sus compañeros avanzaban. Estaba asombrada ante su “conducta irracional”, y al permitirse asociar libremente sobre este complejo patrón repetitivo lo que le vino a la mente fueron situaciones en las que ella estaba haciendo algo malo y era sorprendida por su madre. Fue capaz de hacer una conexión significativa entre tener éxito en la vida y sus sentimientos generalizados, intensos y duraderos de “hacer algo malo”. Durante este periodo, al borde de suspender los cursos, se dirigía crueles ataques a sí misma, así como estallidos de rabia hacia mí por no ayudarla, y por empujarla a completar los cursos por mi propio prestigio. Lo que necesitaba de mí era un ánimo y un apoyo manifiestos. A pesar de su fuerte ambivalencia, terminó los cursos exitosamente. Tras esta experiencia agónica, dijo: “Si no hubiera estado en análisis, no hubiera completado los cursos”.

Fase 2: una crisis

Durante el siguiente año y medio, analizamos variaciones de estos conflictos muchas veces, puesto que la asociación libre de Anne traía sentimientos, recuerdos y fantasías latentes. Mi objetivo era consolidar la mejoría y continuar desarrollando las comunicaciones inconscientes en la situación analítica. Reconocimos que su ánimo era bastante optimista, que sus depresiones se habían reducido significativamente, que su situación laboral era satisfactoria, y que estaba funcionando de forma bastante independiente y feliz. Además, Anne había detenido su forma de actuar impulsiva y destructiva y estaba desarrollando una relación con un hombre. Pero lo que sorprendió fue que, gradualmente, Anne mostraba una falta de interés cada vez mayor en que analizáramos sus experiencias y estaba expresando un deseo de interrumpir el análisis. Al intentar considerar mi contribución a su desinterés en seguir con lo que yo consideraba que había sido un periodo productivo en el análisis, me di cuenta de que apenas habíamos tocado la relación con su madre. Me pregunté si había angustias intensas que nos hubieran llevado a evitar explorar este sector de su personalidad. ¿Era esto lo que había provocado su desinterés en el análisis? De ser así, ¿había yo pasado por alto o evitado oportunidades de ayudar a su investigación en posibles aspectos conflictivos de su relación con su madre? Si eso era así, habría sido un obstáculo contratransferencial grave para el proceso analítico. Una complicación adicional era que Anne había dejado de traer sueños, lo que me habría ayudado a llegar a una hipótesis sobre sus angustias inconscientes y mi contribución a las mismas. Me preguntaba si su mejora había despertado conflictos vitales inconscientes, del tipo que podían ser expresados en pensamientos como “no merezco una vida mejor”. Cuando planteé esta cuestión, Anne replicó: “Esto es ridículo”. Lo que no se me ocurrió en ese momento, pero en retrospectiva me pareció plausible, fue la necesidad de conectar sus relaciones con su madre y su sentimiento de no merecer una vida mejor.

Poco después, Anne me sorprendió de nuevo, afirmando con determinación: “Dejaré el análisis en cuatro meses”. A esto le siguió un prolongado silencio. Muy al principio del análisis nos habíamos familiarizado con las motivaciones que subyacían a su historial de recurrir al silencio como autoprotección. El rechazo obstinado de Anne a explorar esta decisión me llevó a preguntarme si su posición estaba relacionada con tener que revivir en el análisis aspectos de su entorno infantil opresivo. De nuevo, Anne rechazó contemplar esta posible conexión. Todos mis intentos de analizar sus silencios y su abrupta decisión de finalizar fracasaron. Pero no dejé de intentarlo. Basándome en sus escasas asociaciones, me pregunté en voz alta qué habría provocado, en la situación analítica, el cambio en su estado de ánimo y su actitud y la había llevado a tomar su decisión. Anne rechazó consistentemente cooperar. Quedó claro que yo no estaba de acuerdo con su manera de terminar el análisis. Añadí que podíamos llegar a una decisión sólida sobre si terminar el análisis a la luz de la comprensión de las motivaciones que habían provocado su decisión. Su respuesta fue que ya había hecho planes definitivos para marcharse de la ciudad y que me había ocultado esos planes.

Regresé a una línea de intervención que conectara su decisión con el temor subyacente de continuar beneficiándose del análisis, pero de nuevo rechazó airadamente la idea. Cuando la animé repetidamente a buscar las fuentes de su decisión, Anne estalló muy enfadada: “no tengo agallas para abandonar a mi padre… No repetiré esto con Vd.”. Mis intentos de atraer su atención sobre sus afectos, recuerdos, fantasías y defensas, un proceso con el que nos habíamos familiarizado, fueron un rotundo fracaso. No me hablaba a menos que eligiera hacerlo, y ya no estaba interesada en explorar sus afectos y conflictos internos. Así que Anne rechazó completamente el enfoque analítico basado en la investigación cooperativa, interpretativa, de los niveles más profundos de las motivaciones y significados expresados en la transferencia. Hubo definitivamente cambios en su “transferencia paterna”, con un movimiento del padre benevolente a otro negativo, tiránico. ¿Estaba intentando inconscientemente incitar en mí una actitud negativa que provocara que me retirase o que la atacara? Por supuesto, provocar al analista apuntando a sus vulnerabilidades percibidas es una situación común en los análisis. Las reflexiones sobre mi contratransferencia no me dieron pista alguna sobre cómo proceder. A pesar de todos mis esfuerzos, lo que experimenté fue el ataque destructivo de Anne hacia mí, y hacia ella misma, que paralizaba el proceso analítico y que con toda probabilidad conduciría a la terminación del análisis.

Cuando continué buscando las motivaciones subyacentes del estancamiento en que estábamos, sus síntomas originales volvieron con toda su fuerza: se quedaba en cama y no iba a trabajar, no comía, se sentía paralizada por la indecisión, y sufría rachas de llanto y depresión. Anne me hablaba solo de su depresión y su deterioro. La brecha entre nosotros se estaba haciendo más grande. Sentía una intensa culpa y temor de que su declive alcanzara un estado psicótico. Este deterioro progresivo duró un mes.

Entonces decidí reconsiderar, y finalmente cambiar, mi enfoque analítico. Sentí que Anne necesitaba intervenciones que le comunicaran mi aceptación y mis clarificaciones empáticas, y que le transmitieran que yo sentía su dolor cuando revivía en silencio un entorno traumático temprano. Necesitaba sobreponerme a los sentimientos de resignación, fracaso, desesperanza, ira e imperfección y dejar de recurrir ocasionalmente a respuestas inapropiadas, crueles, como castigo al sentirme dañado narcisísticamente.

Abandoné la posición interpretativa y presté más atención al silencio de Anne, a su ritmo y su latido, y hablé poco excepto para hacer un esfuerzo por aclarar sus sentimientos dentro y fuera del análisis. Su respuesta a mi cambio de enfoque fue positiva. Los síntomas debilitantes comenzaron a atenuarse, y poco a poco Anne empezó a manifestar el estado mental característico del periodo antes de declarar su intención de dejar el análisis. Hablaba muy poco y con frecuencia mencionaba la fecha de terminación del análisis. De nuevo, mis intentos por involucrarla en analizar su decisión no llegaron a ninguna parte, pero esta vez no insistí. Finalmente, estuve de acuerdo con la fecha que sugirió, para la que quedaban unas cuatro semanas.

Después de que yo aceptara su decisión de terminar el análisis, Anne continuó manteniendo la mejoría en su vida social y profesional. Los silencios prolongados continuaron hasta una semana antes de la fecha que habíamos acordado para terminar el análisis; luego me sorprendió de nuevo, contándome el siguiente sueño:

Di a luz a un bebé con un defecto en el corazón… un médico le hacía un trasplante de corazón y el bebé quedó bien.

Tras contarme el sueño, Anne permaneció callada al principio, tras lo cual sollozó durante unos cinco minutos. Me sentí muy agradablemente sorprendido y al asociar con su sueño me hacía a mí mismo preguntas del tipo: ¿Quién es el padre? ¿Quién es el médico? ¿Qué pasa con el defecto del corazón… con el bebé… con el trasplante? Este me pareció un sueño con múltiples niveles de significado.

Anne se calmó, interrumpió mi ensoñación, y comenzó a asociar con el sueño: “El sueño trata de mí… tengo un defecto emocional… rompo el contacto emocional íntimo”. Le dije: “Su decisión de detener el análisis fue un ejemplo de ruptura de un contacto emocional”. Anne respondió “Si dejo el análisis ahora, estaré condenada a una vida de sufrimiento por una intensa soledad… Me gustaría continuar”. No volví al sueño, sino que compartí su esperanza de que mediante el análisis entendiéramos mejor la fuente de sus sentimientos de tener un defecto emocional y cómo se había producido. Estuve de acuerdo en continuar el análisis.

El sueño de Anne, teniendo como tuvo lugar durante la fase crítica de este análisis, estimuló en mí una serie de preguntas relacionadas con diferentes puntos de vista en cuanto a la comprensión de los sueños. Sentí que Anne necesitaba conectar conmigo mientras intentaba hacer conexiones entre su realidad interna y sus relaciones con el mundo externo. ¿Qué tipo de médico había sido para ella? ¿Del tipo adecuado? ¿El defecto cardiaco era un desplazamiento de abajo a arriba]? Me vino a la mente la interpretación clásica de sentirse castrada como mujer. Pero esta interpretación cambiaría nuestra comprensión de la fuente de sus conflictos emocionales a un fundamento biológico y ¿no podría eso hacer despertar sentimientos de indefensión que provocaran un fortalecimiento defensivo de sus tendencias esquizoides? Sabía que tenía que reflexionar en privado sobre todas estas cuestiones.

Al día siguiente, Anne empezó la sesión con un silencio prolongado. Cuando finalmente empezó a hablar, me dijo por primera vez que antes de su decisión de terminar el análisis, estaba teniendo alarmantes sentimientos de odio hacia miembros de su familia, especialmente hacia su madre. “Sentía que quería matarla”, dijo. Esto la perturbó porque estos sentimientos “no venían de ninguna parte”. Nos quedamos en silencio durante un rato, y luego Anne dijo que la noche anterior había tenido el siguiente sueño:

Era verano y estaba sentada en la orilla del río con un hombre. Mis pies colgaban dentro del agua. Estaba muy contenta. Llevaba una camiseta de pijama. De repente, sentí que tenía que huir… corrí hacia una ciudad oscura y vi cinco personas que llevaban ropa negra. Estaban encadenados los unos a los otros. [Tras una breve pausa:] había una anciana que lleva a su casa a una niña de cuatro años hermosa, alegre. Cuando ella y la niña llegaron a la casa, la mujer no podía encontrar la llave.

Tras contar el sueño, Anne estaba muy triste y mientras sollozaba, dijo: “¿Qué es lo que falla en mí… por qué no puedo disfrutar de relaciones íntimas con un hombre?” La primera parte del sueño tuvo lugar en un entorno del que disfrutaba conscientemente, puesto que era una nadadora entusiasta. El hombre le recordaba al hombre con quien estaba saliendo actualmente, al que describía como “soltero, inteligente, excitante y amoroso”. Preguntó: “¿Por qué sigo huyendo de los hombres?” Me dirigió esta pregunta a mí y expresó su profunda insatisfacción con el progreso del análisis.

“También huyó del análisis –le dije- recuerda…”.

Anne me interrumpió y me dijo: “En el sueño, dejaba al hombre y me encontraba con un grupo de personas, cinco, cinco miembros de mi familia”.

“¿De qué se estaba protegiendo?”, le pregunté.

“Estaba huyendo a mi casa… para protegerme. Me daba miedo de tener relaciones íntimas y sexuales con el hombre… en casa me sentía encerrada, encajada y asfixiada… las cinco personas estaban encadenadas las unas a las otras… iban vestidas de negro en un entorno oscuro, mi casa donde me sentía deprimida”.

Y luego se quedó en silencio.

“Es muy difícil distanciarse de esta casa”, le dije.

Anne preguntó: “¿Cómo hago para liberarme?”

Permanecimos en silencio durante un rato. Finalmente, dije: “Continúe diciendo lo que se le viene a la cabeza, y hallará una respuesta”. En este contexto, me pregunté “¿Por qué huyó de mí? ¿Estaré a la altura de la tarea?”.

En la siguiente parte del análisis, Anne volvió una y otra vez a estos sueños e hizo muchas referencias directas e indirectas a ellos. Dijo que los temas y conflictos que traían a la luz captaban lo que ella llamó “la historia de mi vida”. Los elementos del segundo sueño (“huir del hombre y correr a su casa”) le recordaron que durante los últimos años había intentado establecer un sentimiento de autonomía para sí misma. Estaba estableciendo contactos sociales satisfactorios, estaba comprometida para casarse, y había recibido los elogios que merecía por su labor profesional. En este contexto, de repente podía sentirse abrumada por intensos sentimientos de que “había hecho algo malo”. Estos sentimientos estaban acompañados de pesadillas terroríficas y fantasías de ser sádicamente atacada y mutilada por hombres, abandonada por mujeres, y dejada sin alimento en una isla desierta. Intentaría mantener su independencia como pudiera, pero no lo conseguiría y en su desesperación correría a su casa a vivir de nuevo con sus padres.

Su actitud hacia estos dos sueños fluctuaba. Lo que la hizo sentir curiosidad fue la secuencia manifiesta en el segundo sueño: la huida del hombre hacia las cinco personas encadenadas entre sí, y luego una mujer y una hermosa niña que estaban juntas, pero se había perdido la llave de la casa. Estas escenas se convirtieron a veces en puntos nodales en nuestra indagación conjunta, pero entonces la curiosidad de Anne se desvanecía y perdía su entusiasmo por comprender el sueño. Anne oscilaba entre una exploración colaborativa de sus sueños y el deseo de que compartiera el dolor prestando atención a sus frustraciones cotidianas. En este último estado, las interpretaciones transferenciales eran recibidas como ataques críticos y humillaciones.

La anciana y la hermosa niña le recordaron a Anne atisbos de relaciones de intimidad y amorosas con su madre, que fueron bruscamente interrumpidas. Le pregunté: “¿Eso era antes de que naciera su hermano pequeño?” A Anne le habían contado que cuando ella tenía 3 años, su madre, durante un embarazo difícil de su hermano pequeño, se había puesto enferma y había permanecido en cama durante un periodo prolongado. Le recordé a Anne la “llave perdida” en el sueño, y ella dijo: “Como el sentimiento de pérdida y fracaso en mis relaciones con los hombres”.

Me pareció que en su actuación sexual con los hombres, Anne estaba buscando desesperadamente la relación temprana, muy idealizada, con su madre, que había terminado abruptamente durante la enfermedad de la madre y el posterior nacimiento de su hermano pequeño. Cuando le transmití esto a Anne, continuó evocando recuerdos adicionales sobre su familia. Su padre estaba preocupado por su inestable negocio, no estaba disponible emocionalmente, y cuando estaba presente físicamente era extremadamente irritable y exigía ser atendido. Anne tenía vívidos recuerdos de la infancia en que observaba a su padre pegar a su rebelde hermano mayor y abusar verbalmente de su madre. La respuesta típica de su madre para esto era decir: “Lo siento… ha sido culpa mía”. Estos recuerdos hicieron llorar a Anne. Estaba llorando y gritando cuando dijo: “¿He imitado a mi madre?” Se había convertido en una niña modelo, tranquila, complaciente y servil, tal como imaginaba que sus padres querían que fuera, el extremo opuesto a su hermano mayor. Sin embargo, Anne recordó que de vez en cuando se disgustaba y estallaba en llanto. La respuesta de su madre a la angustia de Anne era recordarle lo complaciente y tranquila que había sido de niña, refiriéndose, pensaba Anne, al tiempo anterior a que naciera su hermano pequeño. Estos recuerdos, aunque habían sido mencionados anteriormente, eran ahora detallados y vívidos, y percibidos con más intensidad.

En su primer intento por asociar con las “cinco personas… encadenadas entre sí”, se encontró con una “pared en blanco”, una experiencia común que había tenido al comienzo del análisis. Ahora Anne sentía que necesitaba volver e intentarlo de nuevo. Significaba mucho para ella ser capaz de relacionar claramente las cinco personas encadenadas que aparecían en su sueño con los cinco miembros de su familia. “No se estaban moviendo”, señalé yo, a lo que Anne respondió: “Eran cinco personas congeladas, atadas las unas a las otras”. Se vio a sí misma en medio de la cadena, manteniendo el equilibrio de la familia y teniendo una posición especialmente importante dentro de la familia. Separarse de ellos sería equiparable a atacar y destruir la unidad familiar. Estaba atrapada en esta poderosa fantasía, que la bloqueaba para poder desarrollar una vida separada independiente de su familia.

Anne asoció con aspectos de su relación con su madre “congelada”. En su adolescencia, Anne imitaba a sus amigas íntimas, envidiaba sus cualidades superiores e intentaba desesperadamente ser como ellas, pero a menudo se veía repentinamente rechazada por ellas. Anne recordaba con gran detalle que cuando hablaba de su tristeza y sus decepciones con su madre esta le decía, como hemos mencionado anteriormente, que fuera y se comprara un vestido.

Durante su adolescencia, en mitad de un tierno besuqueo, Anne se sintió paralizada por una fantasía atenazadora –“Me van a pillar”- y se fue corriendo a casa. Lo que le resultó extremadamente desagradable fue el recuerdo de que durante sus años de latencia su hermano mayor se había tumbado a la fuerza encima de ella. Cuando Anne le contó esto a su madre, la respuesta de esta fue: “Está alterado. Ignóralo”.

Gradualmente, nuestro trabajo juntos en los numerosos niveles de los dos sueños entusiasmó a Anne. Mediante una comprensión de los sueños, y de la transferencia, reconstruimos algunos detalles de su realidad psíquica que organizaban sus relaciones objetales internas. Era una tarea analítica importante elaborar su vinculación con todos los miembros de su familia, no solo las relaciones con su madre. Las relaciones con cada miembro de la familia se asociaron con la situación analítica y se revivieron en la transferencia, lo que significaba momentos difíciles y progreso lento. Estos impedimentos para el trabajo analítico conectados con las relaciones familiares traumáticas, su búsqueda persistente de una relación temprana idealizada, y la ira que sentía cuando se encontraba con decepciones reiteradas me tentaban a recurrir a “interpretaciones profundas”. Pero aprendí a partir de las respuestas de Anne que estas no eran efectivas. Sus respuestas significaban o bien su deseo de obedecer, someterse y rendirse, o de ser rebelde, desafiante y cortante conmigo. Al intentar elaborar mi contratransferencia, necesitaba ser más sensible a cómo su dañada estructura psíquica procesaba sus respuestas a mis intervenciones. En ocasiones, me estaba identificando con diferentes aspectos de esa estructura y haciéndola realidad. Estaba buscando un equilibrio entre permanecer lo más cerca posible, y lo suficientemente distante, de la vida intrapsíquica de Anne. Ella estaba desarrollando un interés activo por entender sus sueños como expresiones de su vida intrapsíquica, y sin embargo el proceso continuaba atemorizándola. El resultado es que se disociaba de los elementos de sus sueños relacionados con experiencias familiares traumáticas.

Tras el análisis del sueño “de la familia”, Anne volvió al primer sueño: el bebé con el defecto cardiaco y el médico que llevó a cabo con éxito un trasplante de corazón. En sus asociaciones con el “médico” se consideraba que yo había sido bueno al hacer el diagnóstico, pero había fracasado en curar la enfermedad. En muchas ocasiones, esto provocaba una rabia furiosa contra mí: ella sentía que yo la había desmontado y había dejado las piezas fragmentadas y dispersas. Su agresividad hacia mí, a quien ella también sentía como alguien que se preocupaba por ella, la asustaba en tanto que amenazaba con resultar en mi abandono.

En este proceso, Anne estaba estableciendo gradualmente vínculos entre lo que estaba pasando en la inmediatez del análisis y los antecedentes genéticos en su infancia y su vida posterior. Sin embargo, las interpretaciones encaminadas a cortar sus conexiones internas con los miembros de su familia eran experimentadas como que la forzaban a renunciar a estos lazos objetales y la amenazaban con la agonía del abandono y la impotencia. Había internalizado una intensa necesidad de proteger a su familia de la desintegración.

En el cuarto año de análisis, la desesperación depresiva paralizante dejó de formar parte del cuadro clínico. Y en su vida personal, Anne se concentró en desarrollar relaciones satisfactorias tanto con hombres como con mujeres, se aplicó enérgicamente para hacer bien su trabajo, y continuaba luchando por cambiar la relación con su madre y con su hermano mayor.

En mis reflexiones posteriores, recordé que en el contenido manifiesto de su segundo sueño, Anne había mencionado la “llave” pero no asoció con ella. Había permanecido como una imagen o elemento concreto del sueño. En mi ensoñación, la imagen de la llave simbolizaba que había una “puerta” por abrir, que Anne estaba lista, y estaba avanzando hacia ello, para una mayor exploración de su vida intrapsíquica, con una disminución de su temor a la exploración. La tarea que teníamos por delante era encontrar la llave.

Fase 3: elaboración

Anne se había enamorado de Gary, era capaz de ver tanto sus puntos fuertes como los débiles, era capaz de experimentar la sensación de cuidado mutuo, y era bastante optimista sobre su futuro juntos. En contraste con su sentimiento anterior de bloqueo y desdicha durante las relaciones sexuales y después de las mismas, sus experiencias sexuales con Gary eran disfrutables. Ella y Gary hicieron planes de casarse y mudarse fuera de la ciudad, y en este contexto es que ella se refirió brevemente al tema de la terminación.

Al mismo tiempo, Anne experimentaba dudas tortuosas sobre su decisión de casarse, y esto le provocaba unos intensos sentimientos negativos hacia mí. Temía que yo, como sus padres, pudiera interferir en sus planes y destruir sus relaciones amorosas con un hombre. Cuando se entendieron las fuentes de sus angustias, se observó un cambio definitivo en su actitud hacia el análisis, y se volvió más relajada y espontánea en sus asociaciones. La situación laboral de Anne era ahora más gratificante, y se volvió más asertiva en sus relaciones sociales. En este contexto, tuvo el siguiente sueño y lo presentó de un modo autoafirmativo:

Vd. conducía un tractor grande, y recolectaba bananas. Yo estaba sentada a su lado. Las bananas estaban maduras… De repente, yo estaba sola en un bote de remos, y había un agujero en el bote. Me estaba hundiendo. Pero antes de hundirme del todo pude flotar y disfrutar de nadar.

Permanecimos en silencio durante un rato. Luego Anne dijo que se había sentido tentada a tener una aventura de una noche con un compañero de trabajo. “Sería una experiencia completamente nueva”, dijo. “Él no conocía mi historia… ¿estoy lista para una pareja a largo plazo? Estoy contenta con Gary. ¿Cómo puedo hacerle esto? Lo veo todos los días”.

Luego yo dije: “¿A él?”.

Y Anne respondió: “¿Se refiere a usted? ¿Acaso está siquiera tentado?” Permanecimos en silencio durante diez minutos hasta el final de la sesión. Durante el silencio, me hice a mí mismo muchas preguntas. ¿Por qué había dos partes en el sueño? Y pensé en el “agujero” y en los aspectos sexuales del sueño. Me preguntaba si Anne me veía inconscientemente como si la utilizase para mi propia gratificación sexual y luego me deshiciera de ella, siendo esto paralelo al uso sexual que ella hacía de los hombres de quien luego se desentendía.

Al día siguiente, Anne empezó la sesión diciendo que el sueño había despertado en ella fuertes sentimientos encontrados hacia mí, sentimientos que la asustaban. En primer lugar, me había descrito en el sueño como fuerte y apoyando su crecimiento e independencia, tal como me había percibido en el análisis. Sin embargo, el “agujero” en el sueño le recordaba las vulnerabilidades que el análisis no había reparado, y esto le provocaba sentimientos de amargura y enfado hacia mí por haberle fallado. Más aún, el “agujero” también le recordaba el sueño del “defecto en el corazón” que había tenido tras un periodo de crisis cuando quería abandonar el análisis. Me preguntó si recordaba este sueño. Le dije que sí, y continuó sintiéndose desesperanzada en cuanto a que sus defectos se curasen en algún momento. Le recordé que su padre la había ridiculizado y había expresado sarcasmo y menosprecio cuando ella hablaba sobre sus ideas, opiniones y deseos. Y recordó que él la había rechazado como persona y ella se había sometido pasivamente a él.

Luego recordó que en el sueño estaba sentada cerca de mí y se sentía excitada sexualmente. Hubo una pausa en sus asociaciones, y en este punto dije que la intimidad se había interrumpido. Estuvo de acuerdo, añadiendo que “de repente” ella “estaba en un bote de remos que tenía un ‘agujero’”. Anne me preguntó entonces: “¿Se siente sexualmente excitado?” Ella permaneció en silencio. Me pregunté si estaba asustada y tras un periodo de silencio, dije: “Si ponemos en acto nuestros sentimientos sexuales, destruimos el análisis”. A esto le siguió un cambio de ánimo, y Anne expresó su preocupación acerca de si estaba lista para terminar el análisis. Recordó su experiencia en el sueño cuando había podido “flotar y disfrutar de nadar” mientras que luchaba para no hundirse.

En el momento en que analizamos este sueño, Anne continuaba luchando contra la tentación de tener una cita de una noche, una repetición de la conducta que la había traído a análisis en primer lugar. No analizamos más este sueño, y quedaron pendientes numerosas cuestiones. ¿Cómo entender la imagen del sueño del “agujero” en el contexto de la transferencia y en el de sus relaciones sociales? ¿Qué representaban las “bananas”? Estar cercana a mí, ¿le despertaba sentimientos incestuosos contra los que luchaba? ¿Me estaba demandando que mostrara aprecio por ella y que la considerase una persona valiosa que podía disfrutar del amor a muchos niveles, que no fuera como su padre? ¿Y cuáles eran mis propios “agujeros” y “defectos”? Mi impresión era que Anne estaba mostrando una mayor confianza que no se basaba en una transferencia sexualizada apasionada. En mi contratransferencia recordé el musical My Fair Lady y la frase de Henry Higgins: “Me he acostumbrado a su cara”.

Al comienzo del sexto año de análisis, Anne expresó una vitalidad que yo no había sentido antes. Ella habló de sí misma en los siguientes términos: “Siento que tengo un propósito. Estoy firme, animada y competente. Pienso por mí misma. Soy diferente de aquellos que viven para otros y nunca se desarrollan. Estoy empezando a decir no”. Estaba planeando casarse y mudarse fuera de la ciudad. Establecimos provisionalmente una fecha de terminación ocho meses después.

Durante las siguientes semanas, continuamos elaborando los diversos sentimientos, deseos y fantasías relacionados con la terminación de una manera relativamente calmada, hasta que Anne empezó una sesión con un sueño que le había resultado desagradable:

Mi madre se estaba muriendo de cáncer… cáncer de manos, y no podía sostener nada.

 Percibí su tristeza y agitación intensas y me pregunté si Anne se refugiaría en el silencio. Quería que continuara asociando con el sueño, y le pregunté cómo se sentía en ese momento. “Ya no puedo negar lo enfadada que me siento con mi madre… a veces siento que podría matarla”. Sus asociaciones nos llevaron a las circunstancias que habían desencadenado el sueño. Un par de noches antes, su madre había estado hablando con Anne sobre su hermano mayor. “Pobre Bill”, dijo, “está bebiendo otra vez, y comiendo en exceso otra vez, y está absorbido por el misticismo”. Su madre le transmitió, en un tono de voz desesperado, la cercanía que Anne había presenciado entre su madre y su hermano mayor desde que era pequeña y que tanto la había perturbado. Esto había evocado en Anne recuerdos tempranos de sentirse emocionalmente deprivada y de tener envidia de la unión entre su madre y su hermano.

Anne también recordaba experiencias de consuelo, amor y sostén con su madre, pero eran efímeras debido a la preocupación de la madre por el destructivo hermano mayor. Anne hacía frecuentes comentarios autodenigrantes sobre sí misma como que era “solo femenina” en relación a su hermano mayor, a quien idealizaba, envidiaba, y consideraba como “intelectual”. El sentimiento de Anne en respuesta de haber sido “abandonada” por su madre era de intensa rabia, y esto dio lugar a sus deseos agresivos de romper el vínculo entre su madre y su hermano. Es más, mediante sus asociaciones, Anne se dio cuenta de que su agresión estaba dirigida también contra sus propias manos, por masturbarse y proporcionarle el placer sexual cargado de culpa. Anne también asociaba la terminación del análisis con ser “abandonada” por mí. Esto evocaba en ella rabia hacia mí y un deseo de que yo padeciera un cáncer y muriese, al igual que a ella le daba miedo morir al final del análisis.

Parecía que trabajar con el sueño había facilitado la asimilación por parte de Anne de su agresión como una experiencia que le pertenecía. El reconocimiento de su rabia asesina hacia su madre fomentó su diferenciación de las manos asfixiantes de su madre y favoreció la elaboración de la disociación defensiva del “self dulce” respecto del “self agresivo”. Me parecía que nuestro análisis colaborativo del sueño –explícitamente de la transferencia e implícitamente de la contratransferencia- permitió que Anne asimilara su agresividad como un aspecto esencial de su funcionamiento intrapsíquico, y la ayudó a enfrentar la rabia asesina que había sentido originariamente hacia su madre, que luego había vuelto hacia sí misma y que, ahora, en la inmediatez de la transferencia, había dirigido hacia mí. Esto estaba teniendo lugar en el contexto de que ella sentía la terminación del análisis como ser “arrojada a la muerte”. Su capacidad, en desarrollo, para asociar con el contenido manifiesto del sueño, y profundizar en él, así como su capacidad para entrelazar la comprensión de sus relaciones presentes y pasadas, incluyendo la relación de transferencia, facilitaron sus esfuerzos por aflojar sus vínculos con los objetos internos sádicos que habían desempeñado un papel tan crucial en su formación de carácter y en todas sus relaciones posteriores.

Durante esta fase del análisis no había necesidad de reaseguramiento activo por mi parte y, como observamos juntos, hubo mejoría en sus relaciones sociales, profesionales y sexuales.

Junto con el dolor emocional de elaborar la terminación del análisis, Anne luchaba con su decisión de si terminar su relación con Gary, el hombre con el que había estado de acuerdo en casarse. Estaba extremadamente perturbada por el interés que él mostraba por la mujer de la que se había separado, vigilando dónde se encontraba ella, celoso de sus novios. En un estado de intensa agitación por estos temas, Anne reconoció que sus experiencias presentes con Gary le recordaban lo que había odiado intensamente en su relación tanto con su padre como con su hermano mayor. En nuestra exploración de estos conflictos, Anne llegó a reconocer su patrón de sentir que estaba siendo tratada como una “segunda esposa”, de sentir que estos tres hombres abusaban de ella con sus actitudes autoritarias hacia ella, y sin embargo ella se sometía y volvía a por más. Esta decisión crucial sobre su relación con Gary era muy difícil para Anne, puesto que iba cumpliendo años y veía esta relación como su última oportunidad de casarse. Si no se casaba con Gary, sentía, se quedaría soltera, sin hijos, y sola para el resto de su vida.

Durante las vacaciones de Navidad, lejos de mí y determinada a no ver a Gary en absoluto, Anne pasó la mayoría del tiempo reflexionando sobre su situación. Una de las cosas más importantes de las que se dio cuenta es que podía estar sola sin ninguno de nosotros dos y no derrumbarse. Cuando retomamos el análisis, me dijo, en un tono triste, que había decidido romper su relación con Gary para no repetir sus relaciones pasadas con su padre y su hermano mayor.

En el pasado Anne se había visto perjudicada en relaciones con personas hacia las que había albergado sentimientos tanto positivos como negativos. En tales circunstancias, había sentido confusión y desesperación y se había visto paralizada por la indecisión, y había dejado esas relaciones sin haber resuelto su ambivalencia.

Me di cuenta de que Anne estaba intentando relacionar entre sí los diversos sentimientos contradictorios que tenía hacia Gary. En este proceso, estaba demostrando una capacidad para abordar sentimientos ambivalentes, capacidad que había estado desarrollando en el proceso de analizar sus sueños. Seguía teniendo presente su relación amorosa con Gary pero también reconocía el potencial autodestructivo de elegir a este hombre como esposo, puesto que hubiera dado lugar a una repetición de las desgracias que había vivido en sus relaciones con su padre, su hermano mayor, y otros hombres. Anne lamentaba la pérdida de esta oportunidad de casarse, e insistía en que merecía una vida mejor. Noté que durante este periodo de toma de decisiones Anne no presentó ningún sueño. Me pregunté en qué medida la transferencia sin resolver era un factor prominente en su toma de decisiones.

Tras la ruptura con Gary, hubo un retorno gradual de su antiguo estado depresivo, introvertido, en el que había poca comunicación emocional manifiesta entre nosotros. Sin embargo, a estas alturas conocía bien a Anne y podía percibir su angustia no expresada; esto facilitó mis intentos de establecer contacto emocional con ella. Estaba intentando poner en palabras para mí mismo lo que ella no podía contarme sobre sí misma. Observamos un debilitamiento de la determinación y resolución que la habían sostenido durante la toma de decisiones respecto a Gary, y ahora afrontaba tensiones adicionales. Anne echaba de menos a Gary como persona y como compañero sexual satisfactorio. Su tensión sexual aumentaba y un breve escarceo sexual sólo sirvió para aumentar su desdicha. Los celos hacia las parejas casadas la torturaban. Además, estaba experimentando tensiones relativas a su trabajo, puesto que su jefe se marchaba de la ciudad. Si bien al principio le había parecido autoritario, humillador, distante, y protocolario (su “mal padre”), resultó que cuando lo conoció mejor, él le respondió positivamente, favorecía su desarrollo, y le pedía su opinión y su crítica. Anne sintió la separación de él como una pérdida importante y expresaba una pena genuina. Decidió dejar su trabajo, donde se había labrado una buena reputación, y buscar otro que le ofreciera mejores oportunidades para aplicar su talento. El hecho de afrontar una dura competición le provocaba un intenso temor al fracaso. Reconocía la brecha existente entre el ideal que se había establecido y la realidad presente. “Los hombres huyen de mí”, se lamentaba. En esto ella estaba expresando su viejo sentimiento de ser psicológicamente deforme un sentimiento de que en ella había algo erróneo que nunca podría curarse.

La tensión de estos temas no resueltos provocó que Anne volviera a sus viejos síntomas. “Vuelvo a la casilla de salida”, dijo, despreciando el análisis y mostrando claros signos de resignación desesperanzada. Se deprimió bastante y se refugiaba en la cama. Hubo una resistencia transferencial en escala en la que rechazaba, especialmente, cualquier interpretación que relacionara su depresión con la inminente terminación. Sus sentimientos de decepción por mí y su envidia de las parejas casadas eran muy intensos. Rechazaba asociar libremente y volvió a los silencios prolongados. Sentía mi estímulo para asociar libremente como una demanda autoritaria hecha para satisfacer mis necesidades y rechazaba someterse a ella. Es más, luchaba para evitar llevar a cabo sus deseos de herirme físicamente. Parecía como si hubiéramos perdido la alianza analítica.

Si bien todos esta evolución me desanimaba y despertaba dudas inquietantes acerca de la fecha que habíamos acordado para la terminación, recordaba regresiones similares en su análisis que habían terminado de forma beneficiosa una vez que pude encontrar un equilibrio entre las aclaraciones y comprensiones empáticas y el abordaje de sus tendencias destructivas hacia nosotros dos.  Cuando estaba cansado y desanimado intentaba “resolver” el impasse mediante interpretaciones que subrayaban la repetición conmigo de patrones pasados de relación con sus padres. Esto añadía otra fuente de perturbación para Anne, y también para mí, puesto que ella sentía que mis interpretaciones no sintonizaban con su estado emocional.

Me di cuenta que sentía afecto y compasión hacia Anne en su estado de angustia. En el curso de las sesiones fue emergiendo una secuencia. Si bien al principio de una sesión Anne me planteaba sus quejas en un tono de desesperación, en algún punto en medio de la sesión su ánimo cambiaba, indicando una confianza restaurada en su capacidad para manejar sus tensiones. Le llamé la atención sobre este ritmo. Finalmente, Anne contó una serie de sueños y se mostró dispuesta a analizarlos. Entender sus sueños se convirtió en una ruta importante para restaurar su sentimiento de seguridad en el análisis. Hubo numerosos sueños que contribuyeron a la elaboración de algunos de los determinantes inconscientes que había tras el regreso de sus síntomas. Aquí está uno de sus sueños:

Mi madre me estaba sujetando… y no me dejaba moverme. Estaba bloqueando mi esófago… impidiéndome respirar. Iba a morir… ella se estaba riendo… yo intentaba liberarme.

Alterada y llorando, Anne preguntó: “¿Por qué me torturaba mi madre?” El elemento onírico de la “madre asfixiante” era una imagen sádica de su madre que contrastaba claramente con la imagen vigente por entonces de su madre como alguien a quien ella consideraba “reaseguradora y amorosa”, a quien “le gusta cuidarme”. Anne se preguntaba por qué había tenido este sueño en este momento de su análisis, e intentamos, aunque sin éxito, vincular esto con las tensiones mencionadas anteriormente. Este sueño le recordó a Anne sus sensaciones de ahogo durante los ataques de asma, ataques que habían cesado en la fase media del análisis cuando analizamos su rabia reprimida hacia su madre. Tenía recuerdos de su infancia de sentarse rígidamente junto a su madre en la iglesia y de reprimir la urgencia de gritar y salir corriendo. Ahora este sueño estaba empezando a cobrar sentido puesto que hacía revivir su situación interna de ahogar su rabia como un aspecto de su relación con su madre. Estaban emergiendo dos representaciones de su madre: la presente como atenta y cuidadora, y la pasada, como alguien que reprimía la rabia de Anne. Anne pudo contener y comparar estas dos representaciones. La capacidad que había demostrado para experimentar su rabia y su ambivalencia constituyó un paso importante en su desarrollo psicológico. Se dio cuenta de que “tragarse” su enfado se había convertido en una dinámica interna inconsciente que contribuía a su lucha con la ambivalencia y que se activaba con facilidad en sus relaciones personales y en la transferencia. Las tensiones actuales acumuladas, especialmente la terminación inminente, la habían hecho sentirse sola y abandonada y habían despertado el sentimiento de tener que “tragarse” su rabia.

¿Cómo podía yo analizar este sueño de la madre sádica? Era una demostración metafórica  dramática de una lucha a vida o muerte por liberarse de una angustia intensa relacionada con la contención de su intensa agresividad hacia su madre y con su deseo de desbaratar el vínculo que envidiaba entre su madre y hermano. ¿Era un signo de fracaso, o de su capacidad para sacar a relucir componentes del trauma que necesitaban un mayor análisis?

En el mejor de los casos pudimos abordar sólo algunos aspectos de este sueño con múltiples niveles, pero los síntomas de Anne se suavizaron y ella se involucró más en el proceso analítico.

Fase 4: terminación

Mientras seguía buscando un nuevo trabajo, Anne decía: “soy un fracaso… estoy derrotada… paralizada”. Luego habló de su vida familiar durante los años preadolescentes. Ella veía en esta etapa de su desarrollo los orígenes de sus sentimientos característicos de retener, de rechazo a dar, de sentirse forzada a dar, y de sentirse vacía y empobrecida cuando daba. Lo que le vino a la mente era su penetrante sentimiento de que a lo largo de su vida nadie había sido consciente de sus necesidades. Ahora estaba empezando a apreciar que como consecuencia de esto, ella misma tenía dificultades en darse cuenta de sus propias necesidades. Hablaba de la atmósfera emocional en la residencia familiar durante la época en que ella tenía 10 años y su padre volvía a casa del trabajo. Su madre, mediante las palabras y los gestos, les indicaba a los tres niños que su padre necesitaba paz y tranquilidad y que no estaba para que lo “cargaran” con sus problemas.  Anne permanecía complaciente y callada. Pronto se desarrollaba una crisis. Aunque la madre intentaba interponer un escudo entre su marido y la tensión emocional que ella experimentaba con el hermano mayor, de algún modo le transmitía al padre algo de la conducta destructiva de su hijo. Esto tenía como resultado un estallido de ira del padre y que pegara a su hijo, a lo que seguía una discusión entre los padres. La madre se disculpaba y los padres de Anne salían de la habitación. “Nunca supe cómo lo arreglaban”, dijo; “me quedaba excluida… sola de nuevo”. Luego asoció con estar en el colegio donde “se sentaba y no hacía nada”.

A lo largo de esta reconstrucción, tuvimos ocasiones para entender las experiencias paralelas de Anne en el análisis. Esto hizo revivir su rabia hacia mí por pedirle que produjera, que trabajara para mí, todo ello sin que ella percibiera mi amor. Tenía una imagen de sí misma tras el final del análisis como sentada sola, inmovilizada, de nuevo abandonada sintiéndose no amada. Reconociendo que quería obtener de mí algo concreto antes de abandonar el análisis, exclamó: “¿Qué puede darme usted, un bebé?”. Se rió entre dientes.

Mientras Anne estaba buscando un hombre a quien poder expresar su amor y con quien poder disfrutar de las relaciones sexuales, George, un antiguo novio, vino de viaje a la ciudad durante dos semanas. Aunque ella sabía que él no estaría disponible más que durante estas dos semanas, dijo desafiantemente: “No me importa”. Rechazó sus insights acerca de su relación anterior con George y buscó tener con él una relación íntima, pensando en él como su “hombre ideal”. Durante este periodo, Anne tuvo el siguiente sueño:

Gary estaba intentando hacer el amor conmigo… yo era como un objeto congelado. Sentía pena por él, pero no podía responder. Había un baúl con cajones, y de él salía agua.

Anne relató el sueño con confianza y autoafirmación. Sus asociaciones eran como sigue: “Tiendo a dividir a los hombres en dos… George al que amo… y Gary al que odio… como mi padre y mi hermano mayor… estoy confusa… ambos son parte de mí”.

Anne se bloqueó cuando intentó asociar la otra parte del sueño, el “baúl con cajones”. Esto parecía totalmente desconectado de la primera parte del sueño. Más adelante le recordó a “un lugar oscuro, reservado, cerrado y seguro”, y vinculó esto con sus genitales. A continuación recordó que había mojado la cama hasta los 8 años y, en el pasado, haber tenido que evitar orinarse durante el intercambio sexual”. Curiosamente, George surgió en sus asociaciones. Recordó nuestro prolongado análisis un par de años antes, cuando se había sentido fuertemente tentada a retomar una relación autodestructiva con George pero finalmente había soportado la tensión y se había contenido. La imagen de Gary en el sueño le recordó a mí. Dijo enfadada que sentía frialdad hacia mí: “Está ahí sentado en la barrera, sin hacer nada”.

Al mismo tiempo, estaba emergiendo otra dinámica transferencial en la cual Anne luchaba con su preocupación por expresar sus talentos artísticos, tanto en sus sueños como en la realidad. El tomar iniciativas en el trabajo que le reportaran reconocimiento provocaba en ella culpa e inhibición.

Los logros de Anne provocaron el retorno de los antiguos síntomas de autolesiones leves. Esto nos dio otra oportunidad de analizar su tendencia a arruinar y sabotear sus éxitos, así como su deseo subyacente de alargar el análisis. “Me preocupa –dijo- no ser capaz de reunir las piezas de mí misma… me quedo atrapada en mi callejón sin salida… aquí usted aporta algo… aprendí mucho aquí… lo primero a arriesgarme… era mi último recurso y no anticipé que sería tan duro y tan doloroso… no se consigue nada sin trabajo duro y algunas lágrimas”.

Aunque Anne estaba luchando contra los efectos depresivos y paralizantes del retorno de estos síntomas, aún tenía suficiente energía y motivación para cumplir consistentemente las demandas de su nuevo puesto y cultivar relaciones íntimas y placenteras con dos amigas. Por una parte, teníamos pruebas de logros realistas relacionados con cambios intrapsíquicos que indicaban una mayor cohesión interna y una identidad más firme, mientras que por otra había decepciones respecto a objetivos vitales no satisfechos. Me preguntaba si el análisis la había ayudado a desarrollar la suficiente capacidad para soportar las decepciones y hacer el duelo. Y ¿había desarrollado una capacidad interna para resistir sus impulsos sexuales autodestructivos?

En las últimas seis semanas del análisis, Anne se vio muy involucrada en la vida de su hermano y en preguntarle a su madre cosas sobre él. Anne inició encuentros frecuentes con él y sentía curiosidad por los sentimientos y relaciones del hermano. Admiraba sus logros intelectuales y se sentía muy inferior a él. Había sido su “hombre ideal” a pesar de darse cuenta de las profundas perturbaciones psicológicas que habían requerido repetidas hospitalizaciones psiquiátricas. Anne había revelado gradualmente fragmentos de su experiencia de haber sido acosada sexualmente por su hermano durante la adolescencia, y a veces insistía en que estas experiencias traumáticas eran explicación suficiente para sus relaciones sexuales destructivas con los hombres. Le sugerí a Anne que considerase si el estar más próxima a su hermano tenía algo que ver con su decepción en cuanto a que el análisis no hubiera tenido como resultado una relación reaseguradora y emocionalmente satisfactoria con un hombre. Se mostraba silenciosamente indiferente a esta línea de investigación.

Esta evolución al final del análisis provocó en mí diversos grados de desesperación y confusión que requirieron una elaboración intensiva en la contratransferencia de numerosas cuestiones e incertidumbres. ¿Había fracasado el análisis en aminorar la atracción de Anne hacia una persona, su hermano mayor, de la cual había sufrido daños emocionales? ¿Estaba condenada a repetir compulsivamente esta relación con otros hombres, debido a una intensa necesidad de repetir un patrón antiguo, infantil, que el análisis apenas había tocado? El revivir la relación con este hermano, ¿era un ataque sutil al análisis y a mí?

Poco a poco quedó claro que en sus discusiones y confrontaciones con su hermano, Anne estaba intentando separar fantasía y realidad, una dimensión significativa del proceso de elaboración. Por ejemplo, le preguntaba: “¿Piensas en mí cuando estoy lejos de ti?” El silencio de su hermano la enfurecía. La animé a fijarse en las implicaciones transferenciales de esta pregunta. Ambos permanecimos en silencio durante un largo rato. El día siguiente, tras un prolongado silencio, Anne me contó un sueño que había tenido la noche anterior:

Estaba en un taxi con George. Mi madre iba delante… nos adelantó y nos saludó con la mano… luego se metió en un atasco, mi madre se bajó de su coche y se metió en el nuestro y condujimos juntos… todo iba bien… pagamos y salimos… luego mi madre desapareció y nosotros continuamos, íbamos a casarnos… llegamos a una iglesia y mi madre estaba allí, pero después de un rato ya no estaba… George me dijo ‘no la esperes’ y me empujó… Luego estábamos en un hospital (la consulta me recordaba a la suya)… estábamos esperando al médico, pero yo no me sentía mal… así que me marché y George se quedó allí.

Tras un silencio prolongado, le pregunté a Anne por dónde le gustaría empezar. Lo que más la intrigaba era el “atasco”, “estar atascadas… mi madre y yo”. Anne me preguntó: “¿Recuerda a George?” Le respondí que sí. A partir de ahí, Anne continuó sola, sin necesitar que yo la animase. Recordó su tumultuosa relación con George, haberse sentido una y otra vez traicionada y abusada por las infidelidades de él. Se había sentido “pegada” a George hasta que finalmente ella entró en una depresión severa, que fue lo que la motivó a buscar psicoanálisis. “George me recuerda a mi hermano mayor”, dijo. Sentía que ambos la trataban de un modo parecido y ella estaba “pegada” a ellos. En el sueño, iba a casarse con George, y en su vida de fantasía infantil se iba a casar con su hermano. Además, Anne sentía que había estado pegada a ellos porque estaba buscando hombres como ellos.

Al día siguiente, Anne resumió los insights que había obtenido a partir de nuestro análisis del sueño en la sesión anterior. Deseaba continuar el trabajo de modo que pudiera entender partes del sueño a las que no habíamos llegado. Le pregunté sobre sus asociaciones con mi “consulta” y recordó que ella y George habían terminado en mi consulta, que en el sueño se encontraba en un hospital, y que ella había dejado a George allí. Se entendió que dejarlo representaba su deseo de separarse de su hermano mayor y de diferenciarse de él. Permanecimos en silencio un rato hasta que Anne habló de su propio miedo a sufrir una crisis y a necesitar ser hospitalizada. Se consideró que la figura de George en el sueño representaba tanto a su hermano mayor como a ella misma, pero no se abordaron las implicaciones transferenciales del sueño.

El papel de la madre en el sueño estimulaba una cadena de recuerdos sobre la posición de Anne en la familia. Habíamos revisado estos recuerdos antes, pero ahora estaban siendo más analizados. La conducta del hermano de Anne y su estado mental perturbado había preocupado a sus padres. Recordó observar con envidia a su padre interrogando a su hermano, enfadándose con él y golpeándolo. También sintió envidia ante la intimidad física y emocional entre su hermano y su madre. Ahora podía poner en palabras sus deseos de cambiarse por su hermano en la relación que este tenía con sus padres. Recordemos que cuando Anne se quejó a su madre de que su hermano se tumbaba encima de ella y frotaba el pene contra su cuerpo, la respuesta de la madre fue: “está alterad, ignóralo”. Llorando, Anne continuó: “Ella lo mandó conmigo… para aliviar la presión que ella sentía… ella es cómplice del abuso… cuando él estaba encima de mí era como si el cuerpo de ella estuviera tocando el mío”. Anne también reconoció sus deseos de seducir a su hermano, entonces y también ahora.

Durante este periodo, Anne me vinculó emocionalmente con George y con su hermano. Hablaba de cómo yo también la había decepcionado: “Vd. me está dejando colgada… nunca expresó juicios de valor… nunca dijo ‘eso está bien, Anne’… por tanto todavía no lo conozco como persona”. Se detuvo, parecía preocupada por cómo yo sentía sus críticas y por cómo reaccionaría. Permanecimos en silencio durante un rato y entonces dije: “no está segura de qué siento por Vd…. si correspondo a sus sentimientos de amor”. Anne continuó: “he llorado aquí más de lo que he llorado en toda mi vida… Lo que he aprendido aquí no es nada intelectual… es un aprendizaje basado en mis recuerdos”.

Algunas sesiones después, Anne trajo el siguiente sueño:

Era en este consultorio. Al lado del escritorio había una exposición de arte… yo tenía algo para darle, dos coronas… Luego yo estaba tumbada y Vd. me hacía el amor… lo dejé entrar dentro de mí… lo esperaba… no sentía placer ni dolor… no sentía culpa, ninguna emoción… Luego Vd. dijo adiós y yo me marché… no sabía dónde me encontraba… En la acera vi tres chicas hermosas… no podía imaginar dónde me encontraba… Entonces me di cuenta de que no tenía gafas. Las había dejado aquí. De modo que volví… tuve que subir muchas escaleras para llegar a su consultorio… vi a personas en fila y le dije a su secretaria que volvía porque me había dejado las gafas… me dijo que fuera a la mesa, donde vi un letrero: ‘Objetos Perdidos’. Encontré mis gafas. Cuando me desperté, me sentí muy incómoda… Cómo iba a contarle este sueño… lo disfruté.

Permanecimos en silencio durante mucho tiempo. Sentí su deseo de que yo imaginara su furia y desesperación relacionadas con su experiencia sexual traumática con su hermano y cómo eso había dañado su mente. Pero Anne interrumpió mis reflexiones, diciendo con gran excitación y rabia: “Eso es lo que obtengo de los hombres… Vd. me utiliza y luego me tira… como mi hermano mayor”. Tras una pausa, ella expresó sorpresa por su estallido y sintió que lo que había emergido en el sueño eran sus deseos sexuales íntimos y su dependencia de mí. Estaba orgullosa de sí misma por ser capaz de haber soñado el sueño y haber presentado una escena “sexual real” para que reflexionáramos sobre ella. Dije: “No le daba miedo de que me entrometiera… que no vamos a poner en acto nuestros mutuos sentimientos sexuales”.

Mencioné el cartel de Objetos Perdidos, pero a Anne le pareció que sería más significativo para ella combinarlo con haber dejado sus gafas en mi consultorio. Esto le recordó su imagen corporal como una mujer alta, flaca, sin pecho, con gafas. Desde que podía recordar, había deseado librarse de las gafas, puesto que representaban para ella una percepción de sí misma como un “patito feo”. Dijo que había recuperado las gafas porque había desarrollado autoconfianza como mujer y que llevar gafas ya no le importaba. En cuanto a la secretaria en el sueño, representaba a mi esposa, a quien Anne aceptaba como la mujer a la que no podía desplazar. Anne continuó enfatizando que había aprendido que sus sueños, y todo lo que ella tuviera que decir sobre estos, la ayudaban a resolver sus problemas. A este respecto, dijo: “Vd. me hizo sentir que merecía la pena escuchar todo lo que proviniera de mi mente”.

En las sesiones siguientes, Anne volvió a este sueño, sintiendo, con angustia, que para ella representaba cómo se sentiría al final del análisis. Fantaseaba con que la iba a despachar con un adiós formal, se iba a sentir abandonada, sin pertenecer a ninguna parte, y siendo abandonada a la intemperie. Llamé su atención a lo que había pasado en el sueño antes de que yo la despidiera. Reconoció que había iniciado nuestro coito como el cumplimiento de su fantasía de “relación sexual amorosa”. Las emociones de placer, culpa y pena que se evocaron en la transferencia hicieron que Anne recordara de nuevo el dolor asociado con la excitación sexual con su hermano. Terminó llorando: “lo he perdido… un peso menos”.

En las siguientes asociaciones, nos encontramos por sorpresa con una nueva motivación para sus confrontaciones con su hermano. Ella lo urgía a entrar en análisis, enfatizando los beneficios que había supuesto para ella. Se preguntaba si ella era responsable de la enfermedad mental de él, puesto que recordaba que él le había dicho “mamá te lo dio todo a ti y no quedó nada para mí”. Anne reconoció que su sentimiento de culpa y responsabilidad con respecto a la enfermedad mental de su hermano la había llevado a intentar curar sus heridas sometiéndose sexualmente a él. Es más, reconoció que este patrón de sumisión había sido un aspecto repetido de sus relaciones sexuales con los hombres a lo largo de su vida. Las implicaciones transferenciales de este aspecto de su sueño no fueron analizadas. Sin embargo, había una clara evidencia de que Anne se estaba apropiando, en un sentido más abarcativo, de los afectos e insights que emergían del análisis de sus sueños. Al analizarlos, podíamos observar el desarrollo de formas nuevas e imaginativas de percepción, sentimiento y pensamiento cuando estos estaban relacionados con sus experiencias traumáticas.

La reflexión tranquila prevaleció en las últimas sesiones. Tres sesiones antes de terminar el análisis, Anne me contó el siguiente sueño:

Estoy en un zoo… había animales de granja en jaulas. En cada jaula había dos animales, uno muerto y otro vivo a su lado… recuerdo que vi conejos y pollos.

Tras contarme el sueño, Anne gritó “¿La separación de Vd. significa la muerte?” Este sufrimiento emocional no condujo, como hubiera sucedido en el pasado, a una paralización del proceso de autoindagación de Anne. El sueño estimuló una reinterpretación independiente, en sus asociaciones, de muchas experiencias familiares afectivamente intensas de diferentes etapas de su desarrollo que habían sido revividas y abordadas en el transcurso de los seis años de análisis. El proceso de análisis la había liberado, sentía, de los lazos con su familia, lazos que habían sido representados en la imaginería onírica temprana de las “cinco personas… encadenadas entre sí”.

El análisis no había ayudado a Anne a lograr sus objetivos vitales de casarse y tener hijos, pero la había ayudado a superar su pesimismo crónico, a desarrollar la capacidad de soportar la depresión, así como a no sentirse abrumada por el miedo al deterioro psíquico, un miedo vinculado a su identificación con su hermano mayor. Su autoestima había crecido según iba teniendo logros realistas en el trabajo y desarrollando relaciones gratificantes con sus amigas. La identidad personal de Anne se había ido consolidando, y me parecía que era capaz de aceptar tanto las limitaciones del análisis como sus propias limitaciones personales. También me pareció que su ambivalencia hacia mí, si bien se había reducido, no se había resuelto.

Al final del análisis, estaba la cuestión de si los síntomas de Anne podrían volver tras la terminación. La incertidumbre estaba en el aire.

Referencias

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