Género no binario: la experiencia de una familia con la variación de género

Publicado en la revista nº055

Autores: Marcus, Lisa - Marcus, Kenneth - Yaxte, Sara M. - Marcus, Katherine

Genderqueer: One family’s experience with gender variance fue publicado originariamente en Psychoanalytic Inquiry, 35:795-808, 2015. Traducido y publicado con autorización de la revista.

Lisa Marcus, Kenneth Marcus, Sara M. Yaxte, Katherine Marcus

Traducción: Marta González Baz

Revisión: Nuria Esteve


Resumen

Las narraciones de las experiencias de individuos con identidad de género variante que han recibido atención recientemente en la literatura popular y psicoanalítica han dado lugar a una creciente apreciación de la naturaleza compleja de la identidad, el desarrollo del género y la interacción entre el cuerpo, la mente y el entorno social. Aunque aún queda mucho por aprender sobre las trayectorias evolutivas de las identidades transgénero que se encuadran en el paisaje más familiar femenino/masculino, de base binaria, se sabe aún menos de las vías evolutivas de los individuos cuyas identidades de género no se mantienen con soltura como femeninas ni como masculinas. En este artículo, presentamos episodios seleccionados  que reflejan nuestra experiencia como familia, extraídos de un periodo de 25 años en el que un individuo con identidad de género variante, creció junto con el resto de nosotros. Contamos esta historia –la historia de nuestra familia- para entender mejor lo que hemos atravesado y aprendido, para ayudar a otras familias a pasar por experiencias similares, y como una pieza de pensamiento para clínicos y estudiantes del género. El resultado es tanto una narrativa como una meditación sobre la naturaleza de la identidad de género y el desarrollo del mismo.

Vuelvo a algo que aprendí de un paciente… Es muy interesante darse cuenta de que, en sánscrito, la palabra para certeza es la misma que para prisión. Y la palabra para incertidumbre es la misma que para libertad. [Casement, 2002, p. 16]

Palabras clave: género, género no binario, transgénero


Abstract

Accounts of the experiences of gender variant individuals that have recently received attention in the popular and psychoanalytic literature have led to an increased appreciation for the complex nature of identity; gender development; and the interaction of mind, body, and the social environment. Although there is still a great deal to be learned about the developmental trajectories of transgender identities that fall within what is a more familiar, male/female binary-based landscape, even less is known about developmental pathways for individuals whose gender identities remain neither comfortably male nor female. In this article, we present selected episodes reflecting our experiences as a family, drawn from over a 25-year period in which a gender variant individual, along with the rest of us, grew up. We tell this story –our family story- to better understand what we have been through and learned, to help other families going through similar experiences, and as a thought-piece to clinicians and students of gender. The result is both a narrative and a meditation on the nature of gender identity and gender development.

I return to something I learned from a patient. … It is very interesting to find that, in Sanskrit, the word for certainty is the same as the word for imprisonment. And the word for non-certainty is the same as the word for freedom. [Casement, 2002, p. 16]

Keywords: gender, genderqueer, transgender




SARA

Odio usar los aseos públicos. Con demasiada frecuencia, las mujeres que están frente al lavabo se me quedan mirando hasta que se sienten seguras de que estoy en el baño correcto. Generalmente establezco contacto visual e intento desarmarlas con una sonrisa. Aunque puede ser difícil verlo así, estas interacciones son batallas potenciales. Las mujeres que se sienten incómodas con mi presencia andrógina en el aseo de las mujeres están intentando decidir si yo pertenezco a su territorio. La mayoría de las mujeres terminan por ver la silueta de mis pechos o notan que soy una adulta sin rastros de vello facial y permanecen en silencio mientras paso hacia los urinarios. Pero alguna que otra vez, las mujeres abandonaron el aseo a toda prisa y fueron reemplazadas momentos más tarde por empleados del establecimiento, o, peor aún, por guardias de seguridad. La mayoría del tiempo, cuando me pasa esto, la persona a la que se le ha pedido que se entienda con el supuesto “hombre en el aseo de mujeres” me echa una buena mirada y se da cuenta de que ha habido un error, dejándome tranquila mientas termino de lavarme las manos. Pero, en raras ocasiones, he sido escoltada para que abandonara el baño y los vestuarios.

Mi primer recuerdo de que haya sucedido esto es de cuando tenía 6 o 7 años, y en un centro de actividades para niños, una mujer que yo no conocía me sacó del baño de las niñas y me llevó al de los niños. Me sentí tan sorprendida y avergonzada que hice lo que se me dijo y entré a un urinario tan rápido como pude. Cuando tenía 19 años, se me pidió que saliera de los probadores de mujeres en un importante centro comercial. Cuando salí y le dije al empleado que era mujer y por tanto estaba en los probadores adecuados, me preguntó: “¿Entonces por qué se está probando una camisa de hombre?”.

Con los años, he ido internalizando la idea de que no encajo. Puedo entender intelectualmente por qué el problema reside en el sistema binario de género   y no en mí o en otros seres humanos que no encajan del todo en estas casillas. Pero, sin embargo, he luchado duro contra los sentimientos de vergüenza por no cumplir las expectativas de otros en cuanto al género o mi propio deseo de encajar más fácilmente.

KEN, LISA, SARA Y KATIE

Ha habido un florecimiento de las explicaciones, tanto personales como clínicas, en la literatura popular (McCloskey, 1999; Fausto-Sterling, 2000; Bloom, 2002; Boylan, 2003, 2013; Rudacille, 2005; Ames, 2005; Serano, 2007; Bornstein y Bergman, 2010; Solomon, 2012) y psicoanalítica (di Ceglie, 1998; Corbett, 2009, 2011; Marcus y McNamara, 2013; Drescher y Byne, 2012) sobre los distintos aspectos de las experiencias de los individuos con identidad de género variante[1]. La rica heterogeneidad de estas descripciones, especialmente de aquellas pocas que han incluido una perspectiva longitudinal sustancial, ha dado lugar a una mayor apreciación de la complejidad de la fenomenología del desarrollo del género en general, y concretamente en individuos que han sido clasificados como con identidad de género variante. En este artículo, presentamos episodios seleccionados que reflejan nuestras experiencias, extraídos de un periodo de 25 años como familia en la que creció un individuo con identidad de género variante, como lo hicimos el resto de nosotros. Lisa y Ken Marcus son los padres de Sara Yaxte y Katie Marcus; Sara tiene identidad de género variante. Lisa es psicóloga y psicoanalista y trabaja con adultos, adolescentes, y niños, y Ken es un psiquiatra que trabaja en psicoterapia con adultos, adolescentes y familias. Aunque somos clínicos, también escribimos como padres. Katie, ahora adulta, escribe como hermana y como hija. Sara, también adulta ya, aporta su perspectiva como individuo con identidad de género variante que creció en una familia y en un entorno escolar que ahora le parece, especialmente tras haber experimentado otros entornos menos indulgentes, que han sido tan buenos como era posible. A todos nos impacta que incluso este entorno tan bueno como era posible no pudiera ofrecerle a Sara un lugar, ni ella pudiera encontrar en él un lugar para ella. Y a pesar de los avances importantes y personalmente gratificantes, la búsqueda de Sara de su auténtico self en cuanto al género ha sido difícil, en muchos momentos incómodamente incierta, y continúa en marcha. Es más, la ausencia de un cuerpo de conocimiento sobre el desarrollo del género empíricamente validado y clínicamente aplicable, nos dejó a todos, individualmente y como familia, sin un mapa fiable mientras buscábamos un modo de ayudar a facilitar el pasaje de Sara.

Hablar públicamente de nuestros temas personales es una tarea delicada. Si bien preservamos lo que es privado, esperamos transmitir la esencia de lo que para nosotros ha sido cierto. Aunque citemos una amplia bibliografía teórica y clínica, no hacemos afirmaciones sobre lo generalizable o la importancia teórica de nuestras experiencias. Creemos que mediante el recuento de numerosas historias personales sobre individuos en diversos escenarios y en diversos contextos familiares y sociales puede desarrollarse un conjunto de narrativas más claras, certeras e inclusivas que comiencen a hacer justicia al amplio espectro de vías que puede tomar el desarrollo del género. Aunque no son científicas en el sentido estricto de la palabra, estas consideraciones personales y otras muchas parecidas, pueden generar hipótesis que deberán ser testadas, así como arrojar luz para los individuos y familias que recorran con posterioridad estos caminos menos transitados.

KEN Y LISA

Sara es nuestra primera hija; su hermana Katie es dos años y medio menor[2]. Desde el principio fueron, y continúan siéndolo de forma consistente, claramente diferentes entre sí. De niña, Sara era autónoma, fácil de consolar, se sentía cómoda en los largos periodos de rutina familiar, y le gustaba que la cogiéramos. Era brillantemente curiosa y podía ser alegre, pero también se frustraba y desanimaba con facilidad cuando se enfrentaba a nuevas tareas y se sentía incómoda en nuevas situaciones y reuniones sociales con muchas personas, manteniéndose cerca de la familia y los amigos que conocía bien. Su hermana Katie era más extrovertida, social y manifiestamente afectuosa. Los intereses de Katie iban más hacia lo típicamente femenino; Sara empezó a expresar en su niñez temprana preferencias claras y consistentes en cuanto a juguetes, ropa y amigos, eligiendo casi exclusivamente llevar ropa de chicos y jugar a juegos de niños en compañía de compañeros predominantemente masculinos. Durante la fiesta temática Tortuga Ninja Mutante Adolescente de su quinto cumpleaños, dejó a sus amigos, mayoritariamente masculinos, atrincherarse en nuestra casa de juguete del jardín, con pistolas de plástico asomando por las ventanas, como en una escena del último fuerte de El Álamo.

Sara manifestó su identidad de género masculina naciente, su sensación de ser diferente de las personas que tenían su mismo sexo biológico, no solo mediante conductas manifiestas, sino también mediante matices de postura, actitud, mirada y modales; inclinándose hacia las cosas más masculinas y alejarse de las más femeninas. En contra de la visión preferida que tenemos de nosotros mismos como padres aceptantes y que apoyan, encontramos que nos sentíamos inquietos. Si bien sobrellevábamos sus modos de marimacho, desalentábamos las conductas de Sara que nos resultaban demasiado perturbadoras, tales como hacer pis de pie y llevar ropa interior y bañadores de niño. Sólo éramos vagamente conscientes del grado en que éramos reticentes a afrontar nuestras angustias por ser diferentes de las fantasías convencionalmente determinadas que compartíamos como padres en cuanto a la apariencia que debía tener nuestra familia. También teníamos miedo de haber tenido algo que ver inconscientemente en el origen de la disconformidad de género de Sara así como su infelicidad cada vez mayor.

Según Sara se iba haciendo mayor, sus problemas se multiplicaron. Fuera de la esfera más segura de sus amistades íntimas, las citas para jugar y las fiestas de cumpleaños a las que la invitaban era demasiado de niñas para ella; a menudo declinaba estas invitaciones y, con el tiempo, disminuyeron hasta llegar a ser un goteo. El mundo y el lenguaje de intereses y experiencias compartidos que se desarrollaba entre las chicas de su grupo de iguales no era uno con el que ella pudiera identificarse y, por tanto, no era uno que pudiera compartir. Estaba en el camino de convertirse socialmente –y en cuanto a identidad- en alguien sin hogar. Para complicarlo aún más, el surgimiento de la pubertad amenazaba uno de los últimos bastiones de seguridad y comodidad de Sara, puesto que cada vez era menos sostenible pasar el rato con los chicos cuando los cuerpos de ellos estaban cambiando en una dirección y el suyo en otra. A los 14 años, Sara se declaró lesbiana, dándose una identidad que al menos tenía un nombre, pero que, en retrospectiva, resultó incorrecta: ¿no hay que ser sujeto femenino para ser lesbiana? Sabía que su disforia tenía cierta relación confusa con su identidad sexual, pero aún no podía articular que fuera su incongruencia de género, más que su orientación sexual, lo que hacía que se sintiera tan a la deriva y tan infeliz.

Las dificultades de aprendizaje, que no se identificaron hasta el séptimo curso, se sumaron a la lucha de Sara por mantener un sentimiento estable de autoestima y dieron lugar a una mayor retirada emocional y social. Su extremada inteligencia hizo creer erróneamente a los profesionales del colegio que sus problemas académicos tenían un origen únicamente motivacional, de forma muy parecida a cómo su desarrollo en general había ocultado la importancia de su discordancia de género. Ambos contribuyeron a que Sara se sintiera inferior a sus iguales y a su hermana pequeña, de género más típico, y su aislamiento dentro de nuestra familia se acrecentó.

KATIE

Al crecer, Sara era diferente de otras chicas que yo conocía, en un modo que me resultaba difícil entender, y nuestra relación era diferente de cualquier otra relación ente hermanas que yo observara. Había una sensación de ser semejantes, de compartir algo al ser semejantes, que yo veía en otras hermanas y que nosotras no teníamos. Hay muchos ejemplos de esto: los juegos a los que cada una elegía jugar, las cosas de las que queríamos hablar, los amigos en quienes encontrábamos afinidad. No es que pensara: “Así debe ser tener un hermano”. Era diferente de un modo que yo no podía identificar, lo que hacía difícil encontrar un terreno común para las dos. Nunca atribuí realmente que esto tuviera que ver con el género. Admiraba a Sara y al mismo tiempo me sentía protectora hacia ella. La distancia que ninguna de las dos parecía saber cómo acortar me parecía dolorosa a veces, pero también sentía que había algo de especial en lo que era diferente en nuestra relación.

KEN Y LISA

Durante su adolescencia, Sara adoptó el apodo de Bonnie, que le otorgó su tío favorito, cuyo apodo complementario era Clyde. Cada uno de ellos -incómodos en su propia piel, aunque por distintas razones- reconocía en el otro a un compañero fuera de la ley. Esto fue un aspecto importante de la autodefinición de Sara a lo largo de su adolescencia. Sara era ferozmente oposicionista, determinada desafiantemente a permanecer fuera del orden social; aquellos años fueron tormentosos para nuestra familia. Parecía como si no importara lo que nos esforzáramos por construir un lugar más cómodo para Sara, ella insistía en ser otra, y despreciaba la mayoría de nuestros intentos por entenderla. Retrospectivamente, Sara puede haber estado intentando evitar que un aspecto esencial pero no articulado de ella misma, así como su autonomía, fuera arrasado por una comprensión impuesta desde el exterior, por los intentos parentales de empatía, o por relaciones íntimas de cualquier tipo con cualquiera que no fuera un proscrito. A menudo sentíamos que no sólo éramos incapaces de ayudar a Sara, sino que ella estaba evolucionando como una adolescente en desarrollo; a veces cuando pensábamos que habíamos captado algo, ella ya estaba en otra parte. Como profesionales de la salud mental, el sentimiento de que le habíamos fallado personalmente como padres se veía agravado por el sentimiento de que también le habíamos fallado profesionalmente. Hicimos numerosos intentos de hacer evaluar a Sara, y los muchos intentos de que se implicara en una psicoterapia (buscando un buen acoplamiento) terminaron casi nada más empezar, puesto que no encajaba con nadie. Hubo una excepción: un hombre mayor, analista de niños, amigo de la familia, contrató a Sara para que lo enseñara a usar el ordenador. Contenta de ser valorada por algo que se le daba bien, Sara comenzó una relación con él. El intento fue terapéutico discretamente y empezó a haber destellos visibles de conexión, pero se vio interrumpido prematura y tristemente por la muerte inesperada del analista

SARA

Es difícil identificar cuándo comencé a darme cuenta de que sentía el género de forma diferente a mis iguales. Yo era una niña triste. Siempre he luchado contra la depresión y doy por hecho que de vez en cuando tendré que hacerlo, eso será siempre así. Mi vulnerabilidad a esos estados emocionales es una parte de mí que he aprendido a aceptar y con la que he aprendido a vivir, cosa que no sucede con mi divergencia de género.  Me incomoda decir que mi género afectó a mi humor de un modo importante, porque creo que la depresión es una parte de mi vida que existe independientemente de mi género. Pero esta coexistencia hace difícil precisar mis sentimientos tempranos respecto a mi género. Cuando me sentía sola o diferente en la escuela primaria, no puedo decir con certeza dónde se originaba ese sentimiento. Además de no sentirme demasiado como un niño ni como una niña, la pubertad empezó muy pronto en mi caso. Se me habían desarrollado los pechos a los 8 años, y me sentía dolorosamente sola como la única de mi clase que tenía que vérselas con un cuerpo que cambiaba rápidamente en aquella época. Pero, una vez más, no puedo decir con seguridad si esa incomodidad tenía que ver con la feminidad específica de mis pechos o con mi soledad en mi desarrollo precoz.

Tal vez  es difícil identificar mis sentimientos tempranos respecto al género porque aún no entendía el concepto. Sabía que prefería la compañía de los chicos, y sabía que a menudo me confundían con un chico por mi aspecto masculino. Pensaba en ello como así son las cosas, hasta que empecé a aventurarme fuera de mi círculo de amigos. Generalmente no disfrutaba jugando con las chicas; me sentía tan cohibida que generalmente me apartaba y jugaba sola. Aunque jugar con chicos me atraía más, tampoco sentí nunca que encajase ahí del todo. Esto puede sonar raro, pero lo más cerca que estuve de verme a mí misma como un niño fue cuando jugaba con amigas con las muñecas Barbie. Había para mí un aspecto tabú al jugar con las Barbies que lo hacía perturbador y excitante, como si fuera una intrusa, fascinada por esta caricatura de un mundo femenino al que se me permitía entrar pero del que no formaba parte.

Entre la escuela primaria y el momento en que me declaré transgénero a los 16 años, mis padres hicieron muchos esfuerzos por llegar a contactar conmigo. Me deprimía más y más según pasaban los meses y los años, lo que al final dio lugar a mi decisión de dejar el instituto y experimentar con drogas. A los 14 años, les dije a mis padres que era lesbiana. Aunque era incapaz de verlo en aquel momento, esta etiqueta incorrecta me causó más tristeza, puesto que continuaba buscando palabras para describir mi identidad. Lo que aún no entendía era que no me sentía cómoda como mujer.

Para ser honesta, no recuerdo mucho de cuando tenía 15 años. Estaba más tiempo colgada que sobria, y lo tenía todo pero había abandonado mi educación. Me sentía poco conectada a mis padres y a mi hermana y era distante con mis amigos de la infancia, para evitar ver cómo se preocupaban por mí. Mi tío, a quien yo llamaba Clyde, era mi único vínculo con la vida. Éramos Bonnie y Clyde, las autoproclamadas ovejas negras de la familia. Clyde luchaba contra sus propios demonios, y nuestra lucha compartida a través de la vida cotidiana era uno de nuestros originales puntos de conexión. Un hombre brillante, Clyde me dio clases cuando yo había abandonado el instituto. Leíamos libros, historias breves y ensayos, y su afirmación de que, bajo las drogas y la tristeza, yo era una persona inteligente fue algo que me ayudó a seguir adelante. Nunca olvidaré el día en que me miró y me dijo que yo no era lesbiana. Me enfadé mucho con él por pensar que sólo era una fase.

Cuando tenía 16 años, mis padres me enviaron a un programa de terapia en la naturaleza; mientas estaba allí, Clyde falleció. Recuerdo sentarme en lo alto de una montaña nevada en las planicies del desierto de Utah con mi terapeuta y un teléfono por satélite, escuchando a mis padres decirme que se había ido. La persona que yo sentía que más me entendía había muerto. Puesto que no soy una persona especialmente optimista, su muerte no me inspiró a dar un vuelco a mi vida de un modo reconfortante. En cambio, me puse furiosa con él por no cuidarse lo suficiente para verme completar el tratamiento y para enterarse de mi recientemente verbalizada identidad transgénero. Quería que anduviese cerca porque lo necesitaba. Unos años más tarde, estaba hablando con mi tía y le dije lo enfadada que estuve con Clyde por haberme dicho que no era lesbiana. Me dijo que no debía estar enfadada con él, porque él sabía que mi género no estaba resuelto y que la etiqueta de lesbiana era prematura.

KEN Y LISA

Según Sara se iba apartando de nuestros esfuerzos por ayudarla a permanecer en el colegio y empezó a consumir drogas, estaba cada vez más inaccesible y más aislada de nosotros y del mundo que le había resultado familiar. Cuando las cosas empezaron a estar fuera de control, Lisa se encontró con que a menudo le venía a la mente una imagen: Sara estaba caminando por un paisaje desértico cerca de un acantilado donde el terreno caía vertiginosamente, y Ken y Lisa iban caminando tras ella a una distancia fuera del alcance de su mano. Cada vez que los pasos de Sara la acercaban más al precipicio, Lisa, asustada, visualizaba instintivamente que estiraba la mano para tirar de Sara hacia atrás, para darse cuenta entonces de que ella se había apartado de la mano de Lisa y estaba más cerca del precipicio. Estaba cada vez más claro para nosotros que nuestra lucha progresivamente más restrictiva por proteger a Sara sólo la estaba alejando de nosotros. Durante este periodo tan oscuro, cuando la posibilidad de que Sara se implicara verdaderamente en un tratamiento se estaba desvaneciendo y las tensiones entre nosotros crecían al mismo ritmo que nuestra sensación cada vez mayor de impotencia, tomamos la que ahora consideramos que fue una decisión decisivamente útil: empezar una terapia juntos, en la que el foco estaría en nosotros como padres de Sara. Esto nos proporcionó un marco en el que hablar abiertamente sobre las complicadas emociones que se ocultaban tras nuestro enfado periódico con el otro, y aclararlas; comprender nuestra alternancia entre el enfado con Sara y nuestra preocupación por ella; e identificar qué era lo que ella necesitaba de nosotros y que no le estábamos dando. El resultado fue la decisión de enviarla al otro lado del país a un tratamiento en la naturaleza como un modo de apartarla inmediatamente del entorno física y emocionalmente destructivo hacia el que había gravitado y en el que ahora estaba atrapada; como un modo de proporcionarle una mayor distancia de la exposición cotidiana a nuestra propia agitación; y, lo que es más importante, como un modo de darle el espacio personal que esperábamos le permitiera avanzar a través de los sentimientos que le parecían tan insoportables.

Situado en el desierto de Utah en medio del invierno, con un grupo diverso de compañeros y un personal terapéutico muy bien formado, las tareas de Sara era muy básicas: aprender a sobrevivir en la naturaleza, formar parte de su grupo y en último lugar tomar su turno para dirigirlo, y llegar a conocerse mediante terapia individual y grupal. En este entorno, simplemente no había espacio para escapar, pero inicialmente Sara era reticente a desprenderse de lo que ella sentía que le había estado funcionando: al principio aparecía con numerosas variaciones creativas en su sus conductas disruptivas (también conocido como acting out); más adelante, cuando se implicó más en su psicoterapia individual y con su grupo, parecía que había decidido construirse un hogar en la naturaleza de forma indefinida. Aunque esto cumplía seguramente una función de resistencia, también era la primera vez en muchos años que Sara se sentía aceptada por un grupo de pares por ser quien era.

Con el tiempo, Sara se obligó a dar forma a lo que no había estado preparada para decirse: se definió como transgénero, psicológicamente masculina pero viviendo en un cuerpo femenino. Nuestra respuesta como padres, tras lo que sentimos como una esperanza cada vez mayor de que terminara el tormento de Sara, fue apoyarla con entusiasmo. En retrospectiva, entendemos que nuestro entusiasmo exagerado traicionó nuestro deseo de que Sara llegase a una comprensión de sí misma que le permitiera a ella y a nosotros un mínimo de paz interior. Sin embargo, al aferrarnos todos nosotros a esta solución, tratando como una verdad establecida lo que de hecho era una hipótesis tentativa, aunque plausible, estábamos usando sin darnos cuenta palabras y conceptos de un modo que cortocircuitaba la introspección genuina, alejando a Sara de la experiencia real que tenía de sí misma, en lugar de acercarla a ella. Aunque es cierto que algunos individuos con identidad de género variante encuentran que su auténtica identidad de género reside en el otro polo del par binario, haciendo de una transición total de femenino a masculino una solución perdurablemente afirmante y liberadora, ese no ha sido el caso de Sara.

SARA

Cuando estaba en la naturaleza, empecé a poner palabras nuevas a mi identidad de género. Al haberme sentido incómoda como sujeto femenina, supuse que la solución era identificarme como sujeto masculino. Ahora, cuando ya había abandonado la naturaleza y continuaba el tratamiento como paciente externa al tiempo que trabajaba e iba al colegio, di lo que parecía lógico que fuera el siguiente paso: adopté un nombre masculino y usé pronombres masculinos, fajé mis pechos e hice lo que pude para sentir cómo era vivir como un hombre. Hacia el final de ese año, me di cuenta (por desgracia) de que no me sentía mejor, ni más cómoda en mi piel, como hombre de lo que me había sentido como mujer. Luego, durante un tiempo, intenté expresar la complejidad de mi experiencia de género usando un nombre masculino con pronombres femeninos, aunque con el tiempo volví a usar mi nombre femenino y pronombres femeninos. En retrospectiva, creo que mi experimento con una identidad masculina no tuvo éxito porque mi solución, al contrario de lo que sucede con mi experiencia real del género, estaba definida y confinada por lo binario.

Ahora me describo como en el limbo del género. Mi género no está resuelto; tal vez más significativamente debido a la dificultad que tengo en encontrar validación social para mi experiencia, lo que me provoca una angustia habitual. Desde poner femenino al rellenar un formulario hasta usar los aseos públicos de mujeres, no soy capaz de olvidar que no encajo del todo en ninguna casilla de género normativo. Me identifico parcialmente con el término género no binario, esto ha llegado a significar muchas cosas, incluyendo una persona que se identifica con ambos géneros, con ninguno, o con una identidad de género totalmente diferente, un compuesto personal y exclusivo, no limitado por un sistema binario. Como sucede con cualquier identidad, hay tantas formas de ser género no binario como personas de género no binario. En ciertos sentidos, identificarme como género no binario me ayuda a sentirme menos sola. Pero al final, crear más etiquetas, por muy inclusivas que puedan ser, tiende a dejarme con la sensación de sentirme encontrada y perdida al mismo tiempo. Lo ideal sería que lograra un mayor sentimiento de pertenencia, un lugar psicológico en el que me sintiera aceptada por quién soy, sea o no fácil de describir, pero sé que una parte importante debe venir de mí misma.

KEN Y LISA

Entender a qué se refiere Sara cuando dice “acéptame por quién soy, sea o no fácil de describir”, ha resultado ser más difícil de lo que esperábamos. La identidad de género es esa dimensión de nuestra experiencia continuada que nos ayuda a ubicarnos en la mezcla masculino/femenino; tiene aspectos conscientes, preconscientes e inconscientes y parece ser fundamentalmente no léxica, más como un color que como una palabra. Como dimensión clave de la identidad nuclear, también está íntimamente entretejida con ese aspecto de la experiencia de uno mismo que llamamos autoestima. Que la importancia fundamental de todo esto tienda a ser subestimada se debe en gran medida al hecho de que, para aquellos de nosotros cuyas identidades de género, sexo biológico, roles de género y expresión de género están alineados de una forma más o menos satisfactoria, la conciencia de la experiencia de nuestras identidades de género normalmente se desvanece en el fondo de la conciencia y por tanto se da por hecha. Sólo cuando se produce un desequilibrio se pone de relieve la esencialidad de esta dimensión de la experiencia a la hora de definirnos. Los individuos de género típico pueden sentirse presionados para verbalizar su experiencia de género, o pueden luchar con los modos en que sienten que no se alinean con las ideas socialmente sancionadas sobre el género, pero esto es una cuestión de reconciliar particulares que discrepan, más que de percibir la propia identidad como discrepante y carente de nombre[3]. Estas discrepancias de identidad de género ejercen sus efectos longitudinalmente, atravesando muchas épocas evolutivas y afectando potencialmente (aunque no necesariamente) de forma adversa a otros aspectos del desarrollo de la identidad y la autoestima que estén teniendo lugar contemporáneamente. E independientemente de si se usan intervenciones psicoterapéuticas o físicas (tales como tratamientos hormonales o quirúrgicos) para facilitar el proceso integrador, el camino para integrar la identidad de género puede ser lento, conflictivo e incierto.

Un retrato atractivo de la experiencia subjetiva de la identidad de género, así como de su poder para ir más allá de la evidencia de la anatomía sexual visible y las influencias de la socialización de género, puede encontrarse en la historia de David Reimer (Colapinto, 2000). El ejemplo Reimer ilustra vívidamente el poder de la identidad de género para afirmarse incluso frente a la supresión más implacable. Nacido biológicamente como varón, a David “se le quemó accidentalmente el pene hasta la ablación durante una operación de fimosis por cauterización” (Diamond y Sigmundson, 1997, p. 229). En ese momento, John Money (Money y col., 1955), un psicólogo investigador y experto en reasignación de sexo en el Hospital Universitario John Hopkins, era el representante más sobresaliente de la perspectiva de que la identidad de género es muy plástica durante los primeros 18 meses de vida, y afirmaba que el sexo de asignación alimentado en la crianza aplicado sistemática y rigurosamente, podría invalidar numerosas variables genéticas y prenatales a la hora de determinar la identidad de género definitiva de un niño/a.

Siguiendo la recomendación de Money, los padres de David estuvieron de acuerdo en reconstruir quirúrgicamente su pene y transformarlo en una vagina, y empezar un programa de doce años de condicionamiento conductual, socialización rigurosa (a veces coercitiva), y tratamiento hormonal, todo ello encaminado a eliminar cualquier evidencia de haber sido varón, reprogramando así el él que había sido David en un ella que se llamaría Brenda. El modo en que se intentó esto, y sus efectos sobre David, quien retomó su nombre original a los 14 años, tras decidir hacer la transición de vuelta a su sexo natal, son la esencia de esta historia trágica[4]. Pero para nuestro propósito, lo importante es que cuando Brenda creció, a pesar de toda la evidencia de lo contrario (incluyendo que se le negó el acceso a los hechos de su historial durante mucho tiempo), se resistió a -en realidad a menudo rechazó- los esfuerzos de sus padres y de los médicos para conseguir que se considerara una niña y se comportara como tal. La conciencia incipiente  de su más auténtica identidad de género masculina evolucionó gradualmente, a lo largo de una trayectoria similar a la de Sara; un sentimiento amorfo de diferencia en la escuela primaria evolucionó en una angustia desesperada de que había algo raro en ella que la apartaba de otras niñas pero que no podía explicar. Sin embargo, donde divergen sus recorridos es en el hecho de que la sospecha que se desarrollaba gradualmente en Brenda/David cristalizó durante la adolescencia temprana en la convicción de que su identidad de género era masculina, mientras que la identidad de género de Sara siguió siendo ambigua.

A medida que la búsqueda por parte de Sara de una sensación auténtica de su propio género nos quedó clara, también pudimos ver cada vez más el mundo como se le presentaba a Sara. Nos hicimos sensibles a los miles de pequeños momentos que componían un día tipo en el que a Sara se le recordaba que no tenía un lugar dentro de las normas sociales prevalentes que definen el género en nuestra sociedad. Harris comenta esto cuando describe la experiencia de una persona con identidad de género variante con la que ella había trabajado en tratamiento: “No podemos subestimar los miles de comentarios y observaciones que empiezan a ser el tipo de estructura de las interacciones diarias en las que el sentirse erróneo, sentirse no ya en el cuerpo equivocado, sino equivocado en el núcleo mismo, se inscribe y reinscribe con el tiempo” (Balsam y Harris, 2012, p. 46). Desgraciadamente, para las personas como Sara, su colectivo se define no por lo que son, sino por lo que no son. Puesto que se enfrentan a tales obstáculos para reconciliar dentro de ellos mismos quiénes son o dónde encajar, y puesto que no hay un idioma aceptado que describa con precisión –y, por tanto, valide- su sensación individual de género[5], su experiencia de soledad, así como su percepción de la naturaleza de su diferencia, puede ser cualitativamente diferente de la sensación de aislamiento que experimentan los miembros de otros grupos socialmente marginados.

Esto nos lleva a una observación de la que nos costó un tiempo apercibirnos: el simple hecho de definir los términos identidad de género, variación de género y disforia de género, no empieza a hacer justicia a la diversidad de formas en que puede experimentarse el género, es decir, su fenomenología, a través del espectro de género denominado normativo-variante. La literatura citada al comienzo de este artículo contiene valiosas ilustraciones de este aspecto. Para ubicar al self de Sara en cuanto al género en un contexto fenomenológico, así como desarrollar el tema más amplio, presentamos varios ejemplos de individuos cuya identidad de género y expresión de género se combinan para constituir diferentes experiencias personales de género.

A una mujer afroamericana muy capaz que acude a psicoterapia, cuya apariencia física hace parecer ambiguo su género de cara a los otros, pero cuya identidad de género es sólidamente femenina, no le resultan ajenas las humillantes percepciones erróneas de racismo. Sin embargo, lo que le ha resultado más doloroso es la incómoda confusión que con frecuencia ve en los ojos de los demás, que parece pedir respuesta a la pregunta: ¿eres un hombre o una mujer? La exploración analítica ha revelado algunos de los elementos proyectados contenidos en estas percepciones; desde que puede recordar, su madre le transmitió una profunda y perdurable decepción por su apariencia andrógina, deseando que su hija pareciera más femenina de una forma convencional. El que le resultara físicamente imposible satisfacer el deseo de su madre y que tuviera que renunciar a su propio deseo de obtener el amor de su madre de este modo dañó la autoestima de la paciente. Sin embargo, el hecho de que su identidad de género siempre haya sido femenina sin ambigüedad (sin discrepancia entre el sexo de su cuerpo y su identidad de género, en contraste con el caso de Sara), junto con su inteligencia, sus importantes logros profesionales y su fuerza de carácter le ha permitido progresar en muchas áreas de su vida.

May, una persona de 16 años nacida femenina[6], con una clara identidad de género masculina, acudió en busca de psicoterapia durante un episodio depresivo que, como quedó claro, era una expresión de su disforia de género. Durante el transcurso de la psicoterapia, May hizo una transición social adoptando un nombre masculino, Max, y pronombres masculinos, primero dentro de su círculo social íntimo y ampliándolo poco a poco a toda su familia y su comunidad escolar. Cambió formalmente su permiso de conducir y su certificado de nacimiento para reflejar su identidad de género masculina. La angustia y la depresión de Max se aliviaron de forma notable cuando pudo alinear primero su expresión de género y luego su cuerpo con su identidad de género masculina. Lo que enfatizamos aquí es que la identidad de género masculina de Max, aunque no era consistente con su sexo natal, para él estaba clara y relativamente carente de conflicto. Por el contrario, para Sara y para otros como ella que están atrapados en el medio, la tarea de definir una identidad de género personal auténtica es más difícil de lograr y puede resultar en diversas dificultades en el transcurso del desarrollo.

Un tercer ejemplo nos ofrece otra perspectiva diferente. Un joven hombre transgénero (nacido mujer), que había logrado la transición hasta un punto en que su masculinidad se daba por hecho completa e incuestionablemente entre quienes formaban parte de su círculo social y no sabían su historia, lamentaba que su transición hubiera sido “demasiado exitosa”. Tras haber logrado un objetivo deseado durante mucho tiempo, su total aceptación social como varón, sentía que había dejado detrás una parte importante de sí mismo, es decir, su compleja sensación interna de masculinidad/feminidad, traicionando una dimensión de su verdadera identidad.

Las tres experiencias personales de género descritas en estas viñetas difieren de la de Sara: el sexo físico de la mujer exitosa profesionalmente es consonante con su identidad de género; la identidad de género de Max (masculina), aunque discordante con el sexo de su cuerpo (femenino), es egosintónicamente masculina; y la expresión de género posterior a la transición del hombre joven (nacido mujer) era tan masculina sin ambigüedad que los aspectos más complejos de su identidad de género, en tanto que no se veían representados en su apariencia física, le hacían sentir una cierta falta de autenticidad.

Julia Serano (2007), una bióloga activista transgénero y mujer trans (nacida masculina), retrata ingeniosamente su experiencia de género como sigue:

Decir que me “veía” como femenina, o que “sabía” que era una niña, sería negar el hecho de que era consciente de mi masculinidad física en todo momento. Y decir que “deseaba” o “quería” ser una chica borra todo el sentido que tenía para mí ser femenina, cómo me sentía en lo más profundo de mi ser. Podría decir que me “sentía” como una chica, pero eso daría la falsa impresión de que sabía cómo se sentían otras chicas (y otros chicos). [p. 80]

Estos ejemplos representan una breve muestra de lo que en realidad es una panoplia de fenomenologías de género. Cuando Sara se describe como que está en el “limbo del género”, cuando dice que se identifica en parte como “género no binario” porque este término abarca a aquellos cuyas identidades de género no encajan en el par binario masculino-femenino, está hablando en nombre de muchas personas. Aunque todavía queda mucho por aprender acerca de las trayectorias de desarrollo normal[7] de las identidades transgénero que se encuadran dentro del paisaje binario más familiar, aún se sabe menos sobre las vías evolutivas para individuos como Sara cuyas identidades de género no son claramente masculinas ni femeninas. El que no haya un “hogar” lingüístico consensualmente validado y socialmente sancionado para estos individuos es lo que llevó a Corbett a asignarles el dilema de lo que él considera una “crisis categorial” (2009, p. 121).

Sin embargo, la crisis a la que Corbett y otros se refieren no es simplemente categorial ni taxonómica. Incluye una serie de cuestiones sobre la naturaleza fundamental de la identidad de género, sus determinantes biológicos, psicológicos y sociales y cómo estos interactúan entre sí con el tiempo. Una mejor comprensión de estas trayectorias evolutivas ayudaría a distinguir una identidad de género variante que fuera primaria de otra que podría ser considerada como secundaria a un conflicto psiconeurótico[8], una enfermedad psicótica o un daño cerebral.

La crisis también puede ser conceptual: ¿explica el modelo de género binario suficientemente, en el sentido científico, los diversos fenómenos que debe explicar para justificar su mantenimiento como paradigma prevalente de género? En el tratado de Thomas Kuhn (1962) sobre la naturaleza del progreso científico, la ciencia normal, operando dentro del paradigma prevalente, procede a resolver los enigmas, los problemas no resueltos, que surgen cuando se articulan progresivamente las ramificaciones del paradigma. Si, no obstante, el paradigma no consigue resolver un número de enigmas que los miembros del campo consideren importante (por ej. si las cuestiones sin resolver, ahora llamadas anomalías, representadas por el espectro de la identidad de género variante no pueden ser explicadas satisfactoriamente dentro del paradigma de género binario), eso supone una crisis. La naturaleza de la investigación científica puede cambiar entonces a lo que Kuhn llama una fase revolucionaria en la que se reexaminan las suposiciones subyacentes del campo y se establece un nuevo paradigma[9]. Aunque el jurado aún no ha tomado una decisión, el veredicto relativo a lo adecuado del paradigma de género como un concepto binario está siendo claramente cuestionado.

En nuestra opinión, no es adecuado que una comprensión del fenómeno de identidad de género pueda anidarse principalmente en la genética, la neurobiología, la endocrinología, la biología evolutiva y la psicología, el psicoanálisis, la ciencia política, la sociología del género, el feminismo, la lingüística, la ley, lo espiritual, la dinámica del prejuicio, la ética o la filosofía. Cada una de estas disciplinas, por sí sola y en combinación con las demás, tiene importantes contribuciones que hacer a lo que Rudacille (2005) llama el enigma del género. Es probable que una investigación de este alcance, magnitud y complejidad lleve décadas. Mientras tanto, cuando enfrentamos los problemas humanos que se nos presentan, esta brecha en el conocimiento eleva necesariamente el rol de proceso en los encuentros que tienen lugar entre pacientes, familias, clínicos y comunidades. Cuando los datos no ofrecen una guía suficiente, entonces se vuelven especialmente importantes el diálogo respetuoso, la confianza mutua, la elucidación y clarificación de valores y prejuicios profundamente arraigados, y la plena exploración de las potenciales consecuencias de las opciones disponibles. Esta brecha en el conocimiento también crea un vacío que permite, incluso invita a ello, el juego dinámico de lo irracional, cuando la emoción fuerte puede reemplazar al pensamiento crítico en el campo intrapsíquico, relacional y social de orden superior.

Como padres, sabemos esto personalmente. A lo largo de los años, nos vimos manifestar casi todos los mecanismos irracionales de manejo posibles que teníamos disponibles mientras acompañábamos a Sara en su búsqueda: desde la negación a la certeza prematura cuando declaró su identidad transgénero, queriendo creer que esas declaraciones supondrían una conclusión y, por tanto, un alivio para todos nosotros. En un momento dado, nos convertimos en defensores tan fervientes del género atípico de Sara que un amigo nos acusó burlonamente de ser unos “padres de escenario transgénero”. Pero a más largo plazo, lo que nos quedó fue un profundo respeto por Sara, por sus esfuerzos y su coraje, por otras personas como ella y por la fenomenología natural del género en todas sus múltiples expresiones.

En la práctica clínica se pueden observar los mismos desafíos, donde la ausencia de datos longitudinales obtenidos a partir de estudios bien diseñados deja a los clínicos haciendo recomendaciones basadas en anécdotas de su experiencia clínica o en principios extrapolados de una teoría no testada o testada parcialmente. El tratamiento que John Money hace a David Reimer es un ejemplo de los efectos potencialmente destructivos de basar la toma de decisiones clínicas en una teoría sin fundamento, especialmente cuando el defensor de dicha decisión es una autoridad notable con un interés particular en el resultado que pasa por alto lo que más le conviene al paciente[10]. A menudo, deben tomarse decisiones a pesar de nuestra capacidad limitada para predecir con precisión el camino que tomará el desarrollo futuro de la identidad de género en un caso concreto, y dentro de las limitaciones de la disponibilidad evolutiva de un individuo para participar plenamente en un plan de intervención[11]. Por ejemplo, cuando un preescolar nacido varón se expresa (mediante afirmaciones sobre su identidad de género, así como mediante sus preferencias conductuales) de un modo que transmita que se ve como femenino, ¿cómo se evalúan las cuestiones específicas de género, así como las cuestiones más amplias evolutivas, conductuales y sociales que deben ser tenidas en cuenta cuando se toman decisiones que pueden influir en la dirección vital de este niño? ¿Cuál es la capacidad del niño para conocerse (un self que con toda seguridad está en un flujo de desarrollo), por no mencionar su capacidad para anticipar las consecuencias de una decisión que supone pasos (adoptar un estilo de vestimenta o un nuevo nombre y pronombres más consistentes con la sensación que tiene sobre su género), o la decisión de no dar esos pasos? Además, ¿cuán capaces cognitiva y emocionalmente son los padres y el colegio para evaluar y apoyar la búsqueda de este niño? Deben tomarse decisiones usando todos los datos disponibles –limitados como son- pero con la conciencia concomitante de los grados multidimensionales de incertidumbre inherentes a este proceso. Cuando es realmente necesario, somos capaces de alcanzar racionalizaciones para intentar aliviar o prevenir la emergencia de la angustia que proviene de no estar seguro.

En conclusión, la distinción de Casement (2006) entre incertidumbre y falta de certeza nos parece útil en situaciones que parecen pedir una conclusión y una decisión, pero en el que no hay suficiente evidencia para guiar sólidamente la toma de decisiones. La incertidumbre concierne a la indecisión que deriva de un temor y del deseo consecuente de evitar tomar una decisión relevante en presencia de factores no racionales, ampliamente emocionales. Es una abdicación en su pasividad. La falta de certeza, por otra parte, es un acto disciplinado que supone hacer una elección positiva de permanecer sin certeza por el momento, hasta que se entienda mejor lo que aún no se entiende.

KATIE

Cuando uso un aseo público, no tengo que pensar en si dirigirme o no hacia la puerta que tiene la señal de una mujer con un vestido; simplemente lo hago. Aunque en el pasado haya sido algo en lo que haya pensado especialmente, ahora me doy cuenta de que rara es la vez en que mi mirada no se detenga en la imagen. He crecido siendo cada vez más consciente de que se supone que debo dirigirme hacia la figura con vestido. Está por un lado una incomodidad al ver el género binario tan claramente mostrado, y también una incomodidad con la idea de que incluso exista un supuesto; es como si la imagen estuviera prescribiéndome algo. Cuando camino hacia el aseo y veo una sala llena de personas que se lava las manos y son tan distintas entre sí, soy agudamente consciente del hecho, y es algo que me incomoda, de que todas estamos agrupadas en esta imagen de la mujer con el vestido, y de que en cierto modo se supone que tenemos que identificarnos con eso.

Cuando estoy en un lugar público y veo a alguien que no se identifica claramente como hombre o como mujer, me sorprendo buscando pechos o señales de vello facial. Cuando me doy cuenta de que estoy intentando ubicar a alguien, me contengo y dejo de buscar identificadores, avergonzada pero dándome cuenta de que es algo que a todos se nos ha enseñado a hacer. Me recuerdo que esto es una persona, y más allá de eso la etiqueta en realidad no importa.

SARA

Como familia, finalmente me entendimos. Parte de ese entenderme es aceptar que nunca seremos capaces de captar o predecir plenamente mi identidad ni mi expresión de género. En cierto sentido, entender que no entendemos del todo es el mejor modo de entender; tiene un final abierto y sin juicio. Hemos dejado de intentar definir lo que soy y empezado a aceptar que actualmente no existe un conjunto de palabras para describirme satisfactoriamente. Identidad de género variante y disforia de género parecen demasiado diagnósticos; transgénero y género no binario funcionan, pero a menudo dan lugar a más intentos de aclaración; lesbiana no capta la idea; y marimacho parece algo que superé hace años. Pero siempre es consolador saber que mi familia está lista para apoyarme sea cual sea el modo que yo elija para identificarme.

Cuando escribo esto, mi perro, Riley, está tumbado pacientemente a mi lado en el sofá. De vez en cuando, levanta la cabeza y me mira, preguntándose si ya es hora de jugar. Riley no tiene ni idea de que estas luchas existen para mí. No se preocupa de si llevo una corbata o un vestido, todo lo que le interesa es jugar a buscar la pelota y traerla. Riley me recuerda de vez en cuando que no me tome el género tan en serio. De adulta, he aprendido a apreciar mi género particular mucho más de lo que hacía cuando era niña o de adolescente. Puesto que no puedo cambiar la sociedad de la noche a la mañana, me centro en mirar el mundo a través de un cristal más positivo. Incluso aunque aún tema utilizar los aseos públicos, me siento mejor cuando veo interacciones desagradables en momentos transitorios que dicen más sobre la lentitud del cambio –y lo que necesita cambiar- que sobre quién soy.

Referencias

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Lisa Marcus, Ph.D.

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New Haven, CT 06511

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