Transgresiones terapéuticas en la realidad y la ficción: reflexiones sobre la historia de la contratransferencia erótica

Publicado en la revista nº056

Autor: Esteve Díaz, Nuria


Para citar este artículo: Esteve Díaz, N. (Noviembre 2017) Transgresiones terapéuticas en la realidad y la ficción: reflexiones sobre la historia de la contratransferencia erótica. Aperturas Psicoanalíticas, 56. Recuperado de:http://www.aperturas.org/articulos.php?id=0000993&a=Transgresiones-terapeuticas-en-la-realidad-y-la-ficcion-reflexiones-sobre-la-historia-de-la-contratransferencia-erotica


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Resumen: Este artículo analiza cómo las relaciones eróticas que se establecen entre un terapeuta y su paciente han sido abordadas desde los comienzos del psicoanálisis a principios del siglo XX. En el pasado han existido analistas que han traspasado los límites marcados por el encuadre terapéutico y sigue ocurriendo en la actualidad, por lo que la cultura popular también lo ha dejado reflejado en numerosos libros y películas. Freud trató de comprender qué sucedía con la contratransferencia, así como algunos de sus discípulos, Sándor Ferenczi principalmente, y se intentó ocultar la contratransferencia erótica a ojos de la opinión pública. En las últimas décadas el psicoanálisis sí ha buscado el aproximarse al estudio de este tipo de contratransferencia, sobre todo desde las corrientes relacionales. El objetivo último del texto es reflexionar sobre la existencia de la contratransferencia erótica y su abordaje, compartiendo para ello una viñeta clínica, desde visiones más actuales de la técnica psicoanalítica. Resulta fundamental tomar conciencia de las vulnerabilidades a las que se exponen todos los terapeutas, tratando así de evitar la transgresión última del encuadre terapéutico, que tan traumática resulta para el paciente.

Palabras clave: medicina y literatura, psicoanálisis relacional, Sigmund Freud, historia del psicoanálisis, contratransferencia erótica.

Title: Therapeutic transgressions in reality and fiction: reflections on the history of erotic countertransference.

Abstract: This paper analyses the approach of erotic relationships between therapists and their patients since the beginning of psychoanalysis in the early 20th century. In the past and still today, there have been therapists who have transgressed the boundaries established by the therapeutic framework. Hence, popular culture has also reflected these transgressions in various books and films.

Freud tried to understand what happened with countertransference and so did some of his disciples, mainly Sándor Ferenczi; and attempts were made to hide the erotic countertransference from the eyes of public opinion. Over the last decades, psychoanalysis has tried to study this type of countertransference, especially from the perspective of relational theories. The last objective of this paper is to reflect upon the existence of erotic countertransference and how to approach it from newer perspectives of the psychoanalysis technique, sharing a clinical vignette for this aim. It is highly important to be aware of vulnerabilities to which all therapists are exposed to in order to try to avoid the last boundary transgression which results in a highly traumatic transgression for the patient.  

Keywords: medicine and literature, relational psychoanalysis, Sigmund Freud, history of psychoanalysis, erotic countertransference.

 

Introducción

Lo que sucede dentro de la consulta de un analista con el paciente ha sido motivo de curiosidad desde los primeros tratamientos psicoanalíticos que llevaron a cabo Freud (1856-1939) y sus discípulos. Las familias, los amigos y la opinión pública han querido conocer y dar su versión también sobre cómo era la relación entre un terapeuta y su cliente.

El concepto de contratransferencia lo menciona por primera vez Freud en 1909 en una carta que envía a Carl Gustav Jung (1875-1961) en relación al caso Spielrein (Haynal, 1992). A partir de este momento tanto el psiquiatra vienés como otros analistas han tratado de descifrar qué sucede con el psiquismo del terapeuta al ayudar al paciente y al encontrarse con el mismo en una nueva relación para ambos.

Centrándonos en la contratransferencia erótica, las transgresiones del encuadre terapéutico sucedieron desde los comienzos del psicoanálisis y siguen pasando a día de hoy. Terapeutas que se enamoran de pacientes y que mantienen relaciones sexuales con ellos. No es de extrañar, por lo tanto, que estos aspectos que transcurren en algunos tratamientos hayan llegado a la ficción, quedando plasmadas relaciones románticas o sexuales entre médicos y enfermos en libros y películas.

En 1930, Zelda Fitzgerald (1900-1948), mujer del escritor norteamericano de los años treinta del siglo pasado Francis Scott Fitzgerald (1896-1940), ingresó en una clínica suiza aquejada de una importante enfermedad mental (Milford, 1975). Esto dio pie a la investigación sobre la psiquiatría del momento y a la creación de Tender Is the Night, en la que el protagonista masculino es un joven psiquiatra discípulo de Freud, que se enamora de una paciente recluida en el sanatorio en el que trabaja y terminan casándose (Fitzgerald, 2010).

Una de las hipótesis de mi tesis doctoral fue cómo pudieron influir los conocimientos que adquirió Fitzgerald en relación a Carl Gustav Jung en la novela. Si pudo ser conocedor, por ejemplo, de las relaciones sentimentales que había mantenido el psiquiatra suizo con algunas de sus pacientes (Sabina Spielrein, Toni Wolff) y si esto pudo contribuir a la trama del libro (Esteve, 2016).

Otro ejemplo literario sería el de Stephen J. Bergman, que bajo el pseudónimo de Samuel Shem, publicó en 1997 una ácida crítica sobre el ejercicio de la psiquiatría en Estados Unidos en su novela Monte Miseria. Una de las líneas argumentales principales de la obra gira en torno a los abusos sexuales que comete un renombrado psicoanalista (Schlomo Dove) con sus pacientes femeninas más atractivas (Shem, 2001).

Bergman es psiquiatra y desde 2005 fue director del departamento de psiquiatría clínica en la universidad de Harvard (Shem, 2002) y anotó en la novela el escalofriante dato de que al menos un diez por ciento de los psiquiatras mantenían relaciones sexuales con sus pacientes (Shem, 2001). Información que corroboraron en la realidad Carr y Robinson en 1990, refiriéndose a terapeutas varones con pacientes femeninas, y que al parecer era independiente del nivel de formación del terapeuta.

En Monte Miseria se nos recuerda que se pueden llegar a traspasar ciertos límites en la consulta. Las reflexiones que lleva a cabo el doctor Basch, protagonista del libro y residente de psiquiatría, al enfrentarse a su joven paciente las puede tener cualquier terapeuta real en su despacho:

Durante un instante tuve la impresión de sentirme atraído por ella, pero supe de inmediato que estaba equivocado, y centré mi atención en quitarme aquella sensación de la cabeza. […] Estaba echada hacia delante con expresión atenta, deseosa de oír mi reacción ante lo que acababa de decirme. Con una creciente sensación de terror caí en la cuenta de que me resultaba imposible explicar mi reacción ante lo que acababa de decirme, pues había tratado de apartar de mi mente el componente sensual de todo aquel atuendo negro y del falso rubio y no había escuchado ni una sola palabra de su discurso (Shem, 2001, p. 66).

En otra ocasión, llevando a cabo el tratamiento de otra muchacha, Roy Basch recapacita sobre la vulnerabilidad del analizado en una psicoterapia:

Una vez, al marcharse de mi despacho, resbaló y cayó sobre mí. Yo, instintivamente, la cogí por la cintura, y mi palma ̶ puedo jurar que sin quererlo ̶ se topó con uno de sus pechos. Al enderezarse se volvió hacia mí y de súbito éramos un hombre y una mujer y se produjo un chispazo sexual entre ambos cuerpos.

El erotismo fluyó por nuestro ser como un pájaro aturdido.

Me puse rojo como un tomate y me aparté con torpeza, empujándola suavemente hacia la puerta. La cerré tras ella y me senté en la mesa, sudando, pensando en lo fácil que me resultaría seducirla allí mismo, en la consulta. La puerta estaría cerrada. Nadie llegaría a saberlo: sólo nosotros. Y ninguno de los dos se atrevería jamás a revelarlo. Aquella noche no pude quitarme de la cabeza a Zoe.

[…] Cuando Zoe entró al día siguiente en mi despacho me rozó al pasar. Al cruzar frente al sesgado sol de febrero vi que no llevaba nada debajo de la blusa. Y, al sentarse, vi que tampoco llevaba bragas. Si de veras quería hacerlo, aquél era el momento.

Pero no hubo manera. Algo dentro de mí, algo como lo que uno siente cuando tiene delante a un niño: la conciencia de su vulnerabilidad, de su fragilidad de animalito o infante abandonado y desvalido, se interpuso entre nosotros. Sentí una oleada de repulsión. No sólo estaría mal: sería perverso. Su ofrecimiento de sí misma me brindaba la oportunidad de un enorme deleite. No sería sexo, sería poder. Como en la violación. Sería una violación. Yo, el terapeuta, tenía el poder. Y podía utilizarlo. Si estuviera desesperado o vacío o tuviera sed de poder, podría utilizar a Zoe para satisfacer tales carencias (Shem, 2001, p. 391).

Los sentimientos de confusión que despiertan estas transgresiones en los pacientes se plasman también en la ficción. Una de las pacientes del doctor Schlomo Dove, Lily, expresa cómo se encontraba al mantener relaciones sexuales con su terapeuta y el doctor Basch, su interlocutor, le señala lo inadecuado del comportamiento del agresor:

- Pero me sentía una elegida. Llegué hasta el punto de que me moría de ganas de que llegara la mañana siguiente… Me vestía con exquisito cuidado, me perfumaba… ¿No lo entiende? Me gustaba.

- Sí, ya veo. Pero por mi condición de psiquiatra sé el poder que tenemos, y qué fácil se nos hace… (Shem, 2001, p. 533).

No solo hay testimonios de abusos en los libros y películas, sino en la realidad se dan casos de transgresiones por parte de terapeutas y sus víctimas narran la confusión en la que quedaron sumidas. En 2011 la psicoanalista y profesora Muriel Dimen publicó un artículo en el que reflexionaba sobre lo que le había sucedido a ella misma en su primer tratamiento psicoanalítico en los años setenta. El que era su terapeuta la besó en la boca y le confesó en el mismo instante que tenía una erección, cosa que no volvió a ser tratada en todos los siete años que ella siguió acudiendo a su terapia. El hecho de no hablar sobre algo tan importante y que el Dr. O había sido de gran ayuda para la paciente al poder confesarle los sentimientos que le suscitaba la muerte de su madre, le generaron una importante “confusión de lenguas” a la escritora: “He aquí el trauma clásico, que oculté de mi misma: la única persona que yo sentía podía ayudarme era la que me había dañado, a quien yo necesitaba, y en cuya confiabilidad, en consecuencia, yo necesitaba creer urgentemente”. Y añade Muriel Dimen a continuación: “Para Gabbard y Pope (1989, p. 118), las transgresiones sexuales de los analistas pueden sembrar la duda, inclinando a los pacientes a ‘posponer […] el trabajo de duelo y aferrarse a la fantasía de que algún día […] los deseos [incestuosos] serán satisfechos?’ ” (Dimen, 2011, p. 38).

Por último, hacer una pequeña reflexión sobre cómo los roles de género afectan a la forma en la que se viven estas situaciones en función de si el terapeuta es varón o mujer y el sexo del paciente, pues tanto en la realidad como en la ficción las connotaciones del abuso cambian. Hay autores (Gabbard y Twemlow, 1994) que han escrito sobre cómo la cultura se opone a colocar al varón en una posición de víctima de explotación sexual y señalan que cuando el paciente es hombre y la terapeuta mujer, él es visto como culpable y ella como víctima de una persona sin escrúpulos, a pesar de la transgresión ética de la terapeuta. Jessica Benjamin (1994) defiende la postura de que tal y como se viven el poder y el sexo en nuestra sociedad, esto afecta a la transferencia que sienten varones o mujeres hacia sus terapeutas. Así como una mujer puede mostrar admiración hacia un varón importante para ella y transformar este poder en una atracción sexual, el hombre puede sentirse vulnerable y dependiente hacia una mujer que represente la autoridad o el poder (la terapeuta) y luchar por no ser controlado.

En la novela Monte Miseria existe una terapeuta (A. K. Lowell) que se acuesta con su joven paciente (Oly Joe), pero ella había sufrido abusos sexuales por parte de su supervisor el doctor Dove y así como a él se le califica de “pervertido” [entrecomillado de la autora], ella a pesar de la transgresión figura como víctima casi exclusivamente.

Otra situación en la ficción en la que una terapeuta se enamora de su paciente y acaba casándose con él ocurre en la película Recuerda, estrenada en 1945 por Alfred Hitchcock. El protagonista masculino llega a la clínica donde trabaja la doctora Petersen como nuevo director, pero al poco tiempo se descubre que padece una amnesia y que la persona a la que suplanta ha sido asesinada. La psiquiatra enamorada de este paciente, decide someterle a un tratamiento psicoanalítico con el fin de qué recuerde aquel trauma infantil que le hace sentirse culpable de la muerte del doctor Edwards y que le impide recordar exactamente lo que sucedió en torno a la muerte de éste. Se trata de una historia de amor romántica no teñida de las connotaciones de abuso por parte de la terapeuta hacia su paciente. Tanto esta película como la novela Suave es la noche no dejan de ser ficciones en las que sus autores plasman cómo los terapeutas y pacientes pueden llegar a amarse sin quedar claros los límites entre cuándo comenzaron el tratamiento y qué relación les unió inicialmente.

Mi objetivo a lo largo de este artículo es reflexionar sobre los orígenes del concepto de contratransferencia y cómo éste se fue forjando en unas primeras relaciones terapeuta-paciente poco claras, que sirvieron para que Freud y sus discípulos pudieran comenzar a tomar conciencia sobre la importancia de pensar en el psiquismo del terapeuta y no solo en el del paciente como un ser aislado en la relación terapéutica. La existencia de relaciones confusas entre terapeutas y pacientes ha llegado al imaginario colectivo, teniendo una amplia repercusión en la cultura. Estas primeras preguntas que se formularon a comienzos del siglo XX sobre la transgresión del encuadre terapéutico siguen vigentes entre los terapeutas actuales y en las últimas décadas la contratransferencia erótica ha sido objeto de un mayor estudio que nos ayuda a abordarla en nuestras propias consultas.

Un poco de historia: vínculos sentimentales entre terapeutas y pacientes en los inicios del psicoanálisis

Al comienzo del psicoanálisis muchos conceptos que manejamos actualmente con facilidad no habían sido descritos y permanecían confusos, con las dificultades y fracasos que eso conllevó. Tuvieron que suceder historias como las que traigo en este apartado para que Freud y sus discípulos pudieran pensar sobre las implicaciones y consecuencias del tratamiento para el paciente y para el propio terapeuta. No debemos olvidar que en el momento en que arrancaron los estudios psicoanalíticos las mujeres tenían un papel secundario (probablemente también para los psicoanalistas, varones casi todos ellos) y es a la par cuando comenzaron los movimientos de emancipación de la mujer, encabezados por Rosa Mayreder, Grete Meisel-Hess, las hermanas Eckstein, Bertha Pappenheim y Helene Stöcker entre otras. Las primeras feministas en alguna ocasión hicieron suyo el discurso del psicoanálisis al considerar que abolía el pensamiento conservador, pues hablaba con más libertad de las relaciones sexuales y de la represión que sufría, sobre todo, la psique de las mujeres (Makari, 2012).

En muchas ocasiones, casos de pacientes femeninas sirvieron para la comunicación entre Freud y otros psicoanalistas, surgiendo así triángulos como los de Bertha Pappenheim-Breuer y Freud, Sabina Spielrein-Jung y Freud, Loë Kann-Ernest Jones y Freud o el menos conocido de Elma Pálos-Sándor Ferenczi y Freud. Lisa Appignanesi y John Forrester señalan lo siguiente sobre la relación de Sabina, Jung y Freud, haciendo hincapié en la relevancia de estos encuentros para Freud y sus primeros compañeros:

El triángulo Jung-Spielrein-Freud parece prestarse a esa visión de la historia temprana del psicoanálisis como un conjunto de transacciones entre hombres, entre líderes y discípulos, padres e hijos, miembros de la hermandad o de la horda originaria en las que las mujeres figuran como unidades de intercambio, bienes para el trueque y el sacrificio (Appignanesi y Forrester, 1996, p. 227).

A continuación esbozaré las historias de cuatro mujeres en cuyo tratamiento se vio involucrado Freud debido a dificultades contratransferenciales de sus analistas. Estos casos fueron de los primeros que dieron pie al estudio de la técnica psicoanalítica en cuanto al abordaje de la atracción sexual que podía experimentar un terapeuta hacia su paciente. Llegaba a resultar peligroso hacer un mal manejo de los sentimientos que una paciente podía despertar en su analista, por ejemplo a nivel profesional.

Bertha Pappenheim y Josef Breuer

El doctor Breuer publicó el historial de Bertha Pappenheim bajo el nombre de Anna O. (Hirschmüller, 1991). El caso apareció en la segunda sección de Estudios sobre la histeria, junto a cuatro más que aportó Freud (Freud, 1895/1992).

Bertha nació en 1859 en una familia judía ortodoxa acaudalada y culta, pero ella no pudo acudir a la universidad por ser mujer (Borch-Jacobsen, 1996). Cuando contaba con 21 años su padre enfermó y ella le cuidó junto a su madre, quedando afectada su salud también al poco tiempo. El primer síntoma visible fue una tos y se mandó llamar al médico de la familia, que era el doctor Breuer, quien rápidamente comprendió que se trataba de un padecimiento psíquico. Unos meses después la paciente permanecía postrada, alternando estados de conciencia muy distintos, sufría anestesias y parálisis, perdió el lenguaje y sufrió alucinaciones visuales. Su médico comprendió que algo había sucedido por lo que la paciente se había sentido ofendida en el pasado y que había decidido no hablar sobre ello. Llegó un momento en que sólo él podía alimentarla y que solo a él reconocía. En 1882, dos años después, decidió poner fin a su tratamiento con Breuer de un modo brusco. Tuvo varios ingresos hasta 1887 y en 1888 se trasladó a vivir a Francfort (Appignanesi y Forrester, 1996). Allí publicó un libro de cuentos para niños, trató de combatir la pobreza y luchó contra las injusticias (Kaplan, 1979). Trabajó como directora en un orfanato para niñas judías, como periodista y traductora entre otras muchas cosas. Publicó artículos sobre la necesidad de dar educación a chicas jóvenes de clase media para conseguir su independencia en relación a sus familias y también sobre explotación económica, política y sexual de las mujeres (Loentz, 2007). También se convirtió en la primera presidenta de la Asociación de Mujeres Judías (Kaplan, 1991).

Bertha Pappenheim ha pasado a la historia como la inventora de la “cura por la palabra” [entrecomillado de la autora] desde un punto de vista psicoanalítico y es que creaba historias en un estado hipnótico por las noches y esto aliviaba las imágenes aterradoras que la acosaban durante el día. Sin embargo, en su vida adulta le dedicó muy poco tiempo al psicoanálisis si tenemos en cuenta la relevancia que tuvo su caso en el origen del mismo.

El aspecto más turbio del tratamiento que mantuvo con Josef Breuer, fue la finalización del mismo. Cincuenta años después Freud escribió a su amigo Zweig la versión que Breuer le había contado:

La noche del día que todos sus síntomas quedaron bajo control, le llamaron para que la viera una vez más; la encontró confundida y retorciéndose con dolores abdominales. Cuando se le preguntó qué pasaba, respondió: ‘¡Ahora viene el niño del doctor B.!’… Con un horror convencional, él huyó y cedió la paciente a un colega. Durante meses después, ella luchó por recuperar la salud en un sanatorio (Appignanesi y Forrester, 1996, p. 101).

Breuer jamás anotó este episodio en el historial de su paciente. Lo más probable es que se lo narrara a Freud en el verano de 1883. Seguramente Freud relacionó la historia de Pappenheim y Breuer con lo que más adelante sucedió muchas otras veces entre pacientes y terapeutas, incluso entre él mismo y mujeres a las que analizó. Se producía “una transferencia positiva de naturaleza sexual”, “un amor de transferencia” [entrecomillados de la autora], que era necesario abordar para que el análisis continuara.

No cabe duda de que Breuer obvió todos estos hechos y se asustó cuando su vida personal, su matrimonio… pudieron verse afectados por el tratamiento que llevaba a cabo. Tal vez esto es lo que sucedió, obligándole a él, que nunca antes se había enfrentado a un caso así, a dejarlo en manos de otro colega y salir apresuradamente de escena.

Sabina Spielrein y Carl Gustav Jung

Otro caso bien distinto fue el que protagonizaron Sabina Spielrein (1885-1942) y C. G. Jung, por aquel entonces previsible heredero de Freud en cuanto a lo que al movimiento psicoanalítico concernía. Digo distinto porque aquí el joven médico no sólo no abordó la transferencia positiva de contenido sexual que experimentó su paciente, sino que además él mismo se enamoró de ella, convirtiéndola en su amante. Un flagrante caso de transgresión del encuadre terapéutico (Covington, 2015).

Sabina Spielrein es considerada como la primera paciente a la que Jung trató empleando un método próximo al psicoanálisis. Nació en una acomodada y cosmopolita familia rusa judía (Alnaes, 2004). En agosto de 1904 acudió con su padre a Zúrich para matricularse en la facultad de Medicina, sin embargo sufrió un episodio psicótico y a finales de ese verano fue ingresada en el hospital Burghölzli, cuyo director era Eugen Bleuler (1857-1939). Fue puesta a cargo de un joven doctor recién graduado: Carl Gustav Jung (Appignanesi y Forrester, 1996). El tratamiento psicoanalítico formal de Sabina duró a lo sumo tres meses y comenzó en el otoño de 1904. Se basó sobre todo en la sugestión y en experimentos centrados en asociaciones que en aquel momento se llevaban a cabo en la clínica (Graf-Nold, 2015; Hoffner, 2001).

En 1908 Jung entró en contacto con Otto Gross (Gottfried, 2001), quien le causó gran impacto y contribuyó a cambiar su visión de la sexualidad, en concreto de la poligamia. Esto acercó mucho más a Jung y a Spielrein, pero llegó un momento en que él temió que esta relación pudiera afectar a su futuro profesional y un anónimo, probablemente redactado por su esposa, Emma Jung, llegó a los padres de la joven rusa, informándoles de que su hija estaba en peligro debido a la relación que mantenía con Jung. Los progenitores pidieron explicaciones y él les contestó de forma bastante poco elegante diciéndoles que la veía sin obtener honorarios y que más que una relación médico-paciente, era de amistad (Carotenuto, 2012).

Ambos decidieron por separado acudir a Freud para que mediara en tan espinoso asunto. Él le escribió en marzo de 1909 en los siguientes términos:

Una paciente a quien años atrás liberé de una difícil neurosis con un esfuerzo generoso violó mi confianza y amistad de la manera más mortificadora imaginable. Ha armado un vil escándalo sólo porque me negué el placer de darle un hijo… Mientras tanto he aprendido una indecible dosis de sabiduría marital, puesto que hasta ahora tenía una idea por completo inadecuada de mis componentes polígamos (Appignanesi y Forrester, 1996, p. 230).

Da la impresión de que escribía a un padre, cuya reprimenda esperaba, justificándose y diciéndole todo lo mucho que había aprendido a pesar de haber obrado mal.

Freud ya había oído de las relaciones que existían entre Sabina y Jung, pero él era su “hijo predilecto” [entrecomillado de la autora], el que le iba a suceder como líder del movimiento psicoanalítico y decidió tildar lo que sucedía como una consecuencia desagradable del tipo de tratamiento que ellos realizaban: “Dado el tipo de materia con la que trabajamos, jamás será posible evitar pequeñas explosiones de laboratorio” (Appignanesi y Forrester, 1996, p. 236). De este modo desresponsabilizaba a Jung de lo que había sucedido y le escribió diciéndole:

Esas experiencias, si bien dolorosas, son necesarias y difíciles de evitar. Sin ellas no podemos conocer en serio la vida ni a qué nos enfrentamos. Personalmente nunca fui engañado en tal grado, pero he estado cerca un par de veces y “escapé por un pelo”. Creo que sólo las necesidades inflexibles que pesan sobre mi trabajo y el hecho de que era diez años mayor que usted cuando me inicié en el psicoanálisis me han salvado de experiencias similares. Pero el daño que producen no es duradero. Nos ayuda a desarrollar la piel gruesa que necesitamos y a dominar la “contratransferencia”, que después de todo es un problema permanente para nosotros; nos enseñan a desplazar nuestros propios afectos en pro de un beneficio mayor. Son una “bendición encubierta”. La forma en que estas mujeres se las ingenian para cautivarnos con todas las perfecciones psíquicas concebibles hasta lograr su propósito constituye uno de los más grandes espectáculos de la naturaleza (Appignanesi y Forrester, 1996, p. 236).

Freud no quiso recibir a Sabina y ella le escribió una carta en junio de 1909, explicándole cómo había sido su relación profesional y luego sentimental con el psiquiatra suizo. En la contestación de Freud ella pudo comprender cuanto amaba Freud a Jung y, por lo tanto, al objeto idealizado de la doctora rusa, lo que Spielrein vivió como su propia salvación. No obstante, Spielrein le pidió a Jung que escribiera a sus padres pidiéndoles perdón, a Freud, contándole la verdad, y que éste luego se dirigiera a ella y así fue, Freud terminó disculpándose con la joven.

Jung escribió a Freud la siguiente carta:

Atribuí enteramente a mi paciente todos los otros deseos y expectativas sin ver lo mismo en mi interior. Cuando la situación se tornó tan tensa que la continuada persistencia de la relación sólo podía lograrse con actos sexuales, me defendí de una manera que no puede justificarse desde el punto de vista moral. Atrapado en mi delirio de ser la víctima de los ardides sexuales de mi paciente, escribí a su madre que yo no era quien saciaba los deseos sexuales de su hija sino apenas su médico… una muestra de picardía que le confieso con mucha renuencia como a mi padre (Appignanesi y Forrester, 1996, p. 237).

Y Freud también se disculpó ante ella. La había tratado como una paciente que se enamora de su médico cuando éste sólo se limita a ejercer como tal, pero la realidad era otra.

Loë Kann y Ernest Jones

Otro de los “hijos predilectos” [entrecomillado de la autora] de Freud, Ernest Jones (1879-1958), protagonizó al menos tres triángulos de comunicación compleja con una mujer y Freud. El primero de ellos tuvo en uno de sus vértices a su compañera, con la que no llegó a casarse, Loë Kann (Maddox, 2006). En los otros dos participaron Anna Freud y Joan Riviere. Jones le pidió a Freud el favor de que analizara a Loë. Es posible que un colega médico de Jones le enviara a Loë para que la tratase y al poco tiempo comenzaron a vivir juntos. Loë había sido sometida a varias intervenciones quirúrgicas y tomaba elevadas dosis de morfina.

En 1908 Jones tuvo que migrar a Canadá, pues en Londres había sido investigado por un supuesto comportamiento inadecuado mientras practicaba el examen físico de una joven y había tenido también problemas por las exploraciones que había llevado a cabo sobre los significados sexuales de la parálisis del brazo de una mujer. En Canadá una paciente también le acusó de haber mantenido relaciones sexuales con ella. Loë trató de que Jones dejara de practicar el psicoanálisis ya que lo veía como un trabajo peligroso.

Freud se ofreció a tratar a Loë y el análisis comenzó en 1912. Al principio se quejó a Jones de que Freud no contemplaba sus dolores físicos como tal, pero paulatinamente comprendió que el tratamiento le beneficiaba a ella y que no solo lo llevaba a cabo por complacer a su pareja. Freud también fue dando cada vez menos explicaciones a su colega. Con el tiempo ella fue ganando autonomía y descubrió que su relación con Jones no la satisfacía, por lo que inició otra con un hombre que conoció, Herbert Jones (Jones II).

Freud comentó a Ferenczi: “Todavía no sé cómo lo tomará Jones cuando descubra que su esposa, como consecuencia del análisis, ya no quiere seguir siendo su esposa” (Appignanesi y Forrester, 1996, p. 257). Freud tuvo que escribir a Jones diciéndole que él era el primero en verse perjudicado por el rumbo que habían tomado los acontecimientos, ya que él hubiera deseado que Loë y Jones estuvieran juntos, dado el enorme cariño que les profesaba a ambos. Jones admitió que había sentido a Freud como culpable de haber perdido a su mujer (Appignanesi y Forrester, 1996).

Elma Pálos y Sándor Ferenczi

El principal discípulo de Freud en Budapest, Sándor Ferenczi (1873-1933), también se enamoró de una de sus pacientes, enviándola con Freud a análisis cuando las cosas comenzaron a complicarse. Ella era Elma Pálos, la hija mayor de Gizella, la mujer con la que terminó casándose el psicoanalista húngaro años después y que, a su vez, se analizó con Ferenczi antes de contraer matrimonio con él (Roazen, 1997).

Ferenczi a raíz del tratamiento que habían iniciado Elma y él deseaba casarse con la joven. Por este motivo pidió ayuda al vienés, que la siguió en consulta entre 1911 y 1912, e intentó dilucidar cuánto del amor que ella le profesaba tenía que ver con una transferencia erótica. Durante su análisis con Freud, la muchacha, decidió que realmente no estaba enamorada del que había sido su anterior terapeuta y eligió a otro hombre para casarse. Lo que dejó muy triste y contrariado a Ferenczi, que siempre culpó a Freud de dicha decisión (Haynal, 1992).

La rumorología sobre esta relación se mantuvo durante muchos años, como llegaría a reconocer Michael Balint a la propia Elma en las cartas que se enviaron en la primavera de 1966, cuando Balint le pedía a ella su permiso y opinión acerca de la publicación de cartas entre Ferenczi y Freud de ese período. Finalmente Elma apareció en ellas bajo el pseudónimo de Sylvia y como una persona cercana al círculo de Gizella, la mujer de Ferenczi, y no como su hija (Haynal, 1992).

Freud y Ferenczi compartieron a lo largo de su vida muchos intereses intelectuales y personales. Ambos intercambiaron numerosas cartas acerca de la técnica psicoanalítica y también de los aspectos relacionados con la contratransferencia del analista (Talarn, 2003).

Las dificultades de Freud para abordar la contratransferencia

En 1895 Freud había hablado de la transferencia como del obstáculo más importante en la relación terapeuta-paciente, pero resultaba a su vez necesaria en todo tratamiento. Se dio cuenta que en la transferencia aparecían todo tipo de afectos (eróticos, amorosos, agresivos, odio…). Freud reconoció también a sus íntimos que esto suponía un coste psíquico muy elevado para el terapeuta (Haynal, 1992).

En 1909, como recogí antes, Freud hizo por primera vez referencia al concepto de contratransferencia en una carta a Jung, pero luego, a lo largo de su carrera escribió muy poco sobre este tema, mostrándose cuidadoso a la hora de que este concepto pudiera llegar a ser de dominio público. Tuvo una paciente que se quejó de su actitud “remota y descuidada” (Mitchell, 2015, p. 52), por lo que consultó de nuevo al psiquiatra suizo y a otro colega. Esto dio origen a una nueva carta unos meses después de la anterior en la que Freud se dirigió a Jung en los siguientes términos:

Deduzco que ninguno de ustedes ha adquirido todavía la necesaria objetividad en su práctica, que todavía se involucran, dando una buena parte de sí mismos y esperando que el paciente de algo a cambio. Permítanme decir, hablando como el venerable viejo maestro, que esta técnica invariablemente está mal aconsejada y que lo mejor es permanecer reservado y totalmente receptivo. Nunca debemos dejar que nuestros pobres neuróticos nos vuelvan locos. Creo que se necesita con urgencia un artículo sobre la “contratransferencia”; desde luego no lo podemos publicar, deberíamos hacer circular copias entre nosotros (Mitchell, 2015, p. 53).

En 1918 Freud escribió un texto muy interesante titulado “Nuevos caminos de la terapia psicoanalítica”, donde dio cuenta de las reflexiones acerca de la técnica psicoanalítica que le habían suscitado los tratamientos llevados a cabo hasta la fecha por sus colegas y él mismo. Ferenczi y Freud desde que se conocieron en 1908 habían venido compartiendo ideas sobre la técnica y ambos estaban de acuerdo en que el poner por escrito ciertos aspectos de la misma, para que aquellos que ejercían el psicoanálisis los conocieran, evitaría confusiones (Haynal, 1992).

En el artículo del que venimos hablando Freud comenzó a vislumbrar que hay aspectos del terapeuta, de lo que hace o no hace en un análisis, que van a afectar al mismo. Sabía que todavía no tenía suficiente información como para establecer unos criterios claros y decía que habría que prestar atención a todos estos hechos en el tratamiento, pero jamás deberían olvidar los terapeutas que la cura pasa por la abstinencia del analista. No sólo hablaba de abstinencia en el sentido sexual, sino también en aquel en el que un terapeuta no podía satisfacer todas las demandas de un paciente, pues el beneficio que obtenía de la enfermedad quedaría compensado por la relación con el analista, sin permitir al paciente conseguir realmente su curación e independencia:

Notan ustedes que se nos abre aquí un nuevo campo para la técnica analítica, un campo cuya elaboración requerirá empeñarse a fondo y dará por resultado unos preceptos muy precisos. No intentaré introducirlos hoy en esta técnica todavía en desarrollo, sino que me conformaré con destacar un principio, que probablemente sea soberano en este campo. Postula lo siguiente: En la medida de lo posible, la cura analítica debe ejecutarse en un estado de privación —de abstinencia—.

Quedará librado a un examen de detalle averiguar la medida en que sea posible respetar esto. Ahora bien, por abstinencia no debe entenderse la privación de una necesidad cualquiera eso sería desde luego irrealizable—, ni tampoco lo que se entiende por ella en el sentido popular, a saber, la abstención del comercio sexual; se trata de algo diverso, que se relaciona más con la dinámica de la contracción de la enfermedad y el restablecimiento (Freud, 1919/1992, p.158).

No dejaba de resultar muy complicado para Freud, dados los momentos históricos en los que desarrolló sus teorías, el reconocer la influencia que ejercía el psiquismo del terapeuta en un tratamiento. Stephen Mitchell explicó como el psiquiatra vienés necesitó presentar el psicoanálisis como una ciencia entre las demás:

Las disciplinas científicas en tiempos de Freud se basaban en la estricta separación entre el objeto científico de estudio y el observador científico distanciado que estudia dicho objeto. Si el psicoanálisis tenía que ser una ciencia era necesario que el analista permaneciera fuera del campo de estudio, la mente del paciente. Por tanto, pensaba que la situación psicoanalítica se compone de la mente de una persona que está siendo estudiada objetivamente por un observador desinteresado (2015, p. 48).

Mitchell señala dos razones más por las que Freud se distanció de la idea de que la propia mente del analista formaba parte del campo de estudio. Una fue la necesidad de diferenciarse de su predecesor: el hipnotismo. La tercera y última, es la más relacionada con el tema que nos ha ocupado hasta ahora, el temor a que la opinión pública pudiera ser conocedora de las intensas pasiones provocadas por la situación analítica y que no ha sido infrecuente que se traspasaran los límites adecuados entre analista y paciente. ¿Qué padres dejarían a sus vástagos en manos de un terapeuta si no saben si podrán confiar en él?

La contratransferencia erótica “más allá de Freud”

Así como Freud tuvo muchos problemas para poder abordar la contratransferencia y reconocer el valor de ésta en los tratamientos, terapeutas posteriores sí han querido darle más relevancia a su estudio. Dentro del amplio campo de análisis que supone la contratransferencia, en las últimas décadas ha cobrado cada vez un mayor interés el análisis de la contratransferencia erótica. En mi experiencia personal he podido reflexionar sobre la importancia de tomar conciencia acerca de la atracción sexual que ejercen determinados pacientes.

Respetando siempre la confidencialidad profesional, me dispongo a narrar una viñeta clínica propia. Hace unos años comenzó a acudir a mi consulta un hombre atractivo físicamente y con dificultades para atender a las demandas de aquellos que le rodeaban, pues siempre deseaba que se mantuviera muy buena imagen de su persona. Sobre todo con las mujeres, como pudimos comprobar a lo largo de su tratamiento, trataba de seducirlas automáticamente, sin ser plenamente consciente, con el fin de ser querido y admirado, como le sucedía con su madre, ya que era el hijo que cubría todas las expectativas que ella ponía en él. Esto le generaba gran sufrimiento en momentos en que el trabajo, por ejemplo, le iba mal, pues su imagen exitosa se veía derrumbada y entraba en periodos depresivos sintiéndose muy incapaz y frágil.

Cuando nos conocimos, él mantenía una relación con una mujer, encontrándose en un momento en el que salían a menudo, viajaban y parecían entenderse perfectamente. Mi paciente al principio presentaba su noviazgo de un modo idílico y esto contribuía a que surgieran en mí una serie de pensamientos acerca del desear ser yo su pareja. Pensándolo retrospectivamente creo que él hacía unas narraciones teñidas del amor romántico convencional que inconscientemente pensó a mí me podían seducir y así fue, pues ninguno de los dos dejábamos de estar educados para los papeles que representábamos. Él me inoculó deseo y yo simplemente lo recibí.

Pero desde el principio consideré necesario llevar a supervisión estos aspectos contratransferenciales para protegerme y fue de gran alivio para mí el sentir comprensión y no censura sobre lo que yo le contaba a mi supervisora acerca de mis sentimientos. El poder compartir los mismos me hizo sentir menos culpa y el alivio que experimenté me permitió atender a mis sentimientos y pensamientos relacionándolos con la historia de mi paciente, distanciándose mi persona de algún modo y centrándome en qué otros objetos podía estar representando yo para él.

Mi paciente se convirtió en un apoyo fundamental para la madre durante su adolescencia, sustituyendo parcialmente a la figura paterna. Las exigencias por parte de los dos progenitores eran elevadas en cuanto a logros académicos y laborales y pocas las muestras de reconocimiento que él tanto ansiaba y necesitaba. Se le fue un inculcando un modelo de masculinidad fuerte y seguro, sin fisuras.

En las sesiones del primer año de tratamiento aproximadamente se mostraba seductor conmigo y mostraba dificultades para asumir que no existía horizontalidad en nuestra relación, lo que por ejemplo se ponía de manifiesto cuando me aconsejaba sobre viajes y restaurantes continuamente. En sus intentos de atraer a las personas que le rodeaban y, sobre todo, a aquellas que podían ejercer un cierto poder sobre él también se vislumbraba desinterés por el otro.

Uno de los puntos donde más se pudo poner de manifiesto esta dificultad fue en relación a los pagos de las sesiones. En un momento determinado el paciente quedó desempleado y me pidió rebajar el precio de las citas para poder continuar con el tratamiento que tanto bien le estaba haciendo. En aquel momento, acepté sus condiciones siempre y cuando volviéramos a mis honorarios habituales cuando el encontrara otro empleo. Esto sucedió a los pocos meses, pero en ningún momento nacía del paciente volver a pagar lo que le correspondía. Hablaba continuamente de los viajes que realizaba con su pareja y las cenas que compartían en lugares de moda de la capital. Yo al principio sentí culpa. No estaba segura de si el sentirme atraída por él me hacía albergar sentimientos de envidia hacia todos estos planes. De nuevo, mi supervisora me ayudó a tomar conciencia de lo que sucedía cuando yo le volví a hablar del caso. Parecía que mi paciente necesitaba compensar su fragilidad hablando de una vida estupenda continuamente, a la vez que a mí me explotaba sin ser consciente de ello.

Con el tiempo surgió un episodio con su jefa en el que pude hacer uso de los sentimientos contratransferenciales que yo misma había experimentado para guiarme en lo que le estaba sucediendo en sus relaciones fuera de la consulta y en cómo esto le afectaba a él. Su jefa se enamoró de él y mi paciente tuvo que frenar aquella situación sintiendo que la decepcionaba por no darle lo que ella esperaba. Ambos fuimos conscientes de que él había tratado de seducirla en un terreno sensual para obtener reconocimiento laboral y control. Existía miedo a ser controlado por mujeres que ejercían poder sobre él, como lo hizo su madre al colocarle en un papel que no le correspondía a su lado. Este mismo temor le llevaba a tratar de ser él el que controlaba la situación, seduciendo al otro y explotándole, ya que sentía mucho miedo a depender emocionalmente.

Surgió aquí el tema de mis honorarios y le pregunté cómo él pensaba que podía estar sintiéndome yo al percibir menos de lo que me correspondía mientras el volvía a tener un empleo que sí le permitía pagarme. El paciente reconoció que tendía a no prestar mucha atención a los sentimientos de aquellos que le rodeaban, incluida su pareja y que ello les llevaba a continuas discusiones donde ella se sentía muy minusvalorada. La seducción que él había ejercido sobre mí y su abuso me hacían pensar en cómo se sentirían otras mujeres principalmente que formaban parte de su vida. Fuimos trabajando sus miedos a ser dependiente y controlado y a mostrarse frágil, lo que le hizo sentir mucho alivio. Poco a poco dejó de tener la sensación de estar expuesto a la manipulación del otro si el no daba muestras de cierta grandiosidad. Pudo respetar más a su pareja, preguntándose qué comportamientos de él la podían dañar, lo que hizo que la dinámica entre ellos cambiara y mejoró su relación.

En ningún momento hice una revelación de la contratransferencia erótica que yo experimenté, pero sí la utilicé para preguntarme que le sucedía con otras mujeres que podían tener poder para él. Así pudimos abordar la relación con su madre, su pareja y su jefa y trabajar sus propios sentimientos de fracaso.

Considero que el poder reflexionar sobre los sentimientos que despertaba en mí este paciente desde el punto de vista de la contratransferencia erótica y el apoyo que hallé en las supervisiones, fueron de gran ayuda para ambos. Me sentí menos culpable y pude ser más consciente de lo que pasaba realmente entre nosotros, lo que sirvió de mapa para tratar de entender otras relaciones que mantenía.

Este caso me ha facilitado el aproximarme a aspectos de la contratransferencia erótica contemplados desde perspectivas psicoanalíticas actuales, que considero muy útiles para la práctica clínica. Pocos autores han explorado este tema, sobre todo desde un punto de vista en que el autor se auto-examina (Tansey, 1994). Probablemente, el psicoanálisis relacional ha sido el que más atención le ha dedicado en los últimos tiempos.

Searles (1959), que fue de los primeros autores en enfrentarse al espinoso tema de la contratransferencia erótica, señaló que en los tratamientos exitosos está presente el sentirse deseado y querido, al igual que con los padres, sin una consumación real del deseo. Desde el punto de vista del psicoanálisis relacional, según la teorización de Hirsch (1994), se encuentran dos adultos en la consulta en los que pueden surgir intereses eróticos, que en muchas ocasiones, al igual que ocurre con los padres, pueden iniciarse en el terapeuta y no en el paciente. No es necesario una comunicación de dichos sentimientos al paciente, pero sí que el analista sea consciente de las resistencias que pueden aparecer cuando se acallan estas experiencias mutuas que se dan en la relación terapeuta-paciente (Wrye, 1993).

El terapeuta puede convertirse en el canal a través del cual experiencias infantiles de deseo erótico del paciente hacia los padres y viceversa se reactiven en un medio de mayor contención y ser transformadas sin dañar ni perturbar al paciente. Así como es importante tener presente que muchas de las experiencias eróticas quedan en el cuerpo, disociadas y que es necesario ir uniéndolas a las experiencias psíquicas del analizado para integrarlas (Davies, 1994).

Davies (1994) llega a afirmar, que con sumo cuidado, en algunos caos, en el momento adecuado, con objetivos muy claros y habiendo supervisado antes el material con colegas, el paciente puede ser conocedor del deseo erótico que experimenta por él el analista (al igual que pudieron hacerlo los padres), lo que también mitiga la culpa del analizado ante lo que siente él. Estas revelaciones al paciente por parte del terapeuta sobre sentimientos o fantasías sexuales generaron gran controversia. Gabbard (1994a), por ejemplo, que ha dedicado gran parte de su carrera profesional al estudio de la contratransferencia erótica, señalaba que había que ser cauto y que no todos los terapeutas eran capaces de manejarse de un modo tan apropiado como el de Davies en relación a estas confesiones, tratando así de no generalizar la utilización de este recurso. Muchos pacientes llegan a confesar el haber sentido temor y confusión cuando sus terapeutas les han rebelado fantasías sexuales con ellos, al igual que sucede con los progenitores (Gabbard, 1994a).

En el caso clínico que presenté no juzgué necesario ni oportuno el exponerle al paciente la atracción que sentía hacia él, pero mis sentimientos sirvieron para entender situaciones parecidas que el paciente vivía con otras mujeres de su entorno. Las afirmaciones que lleva a cabo Jessica Benjamin (1994) sobre el poder y el sexo también me han resultado interesantes porque sí creo que ser yo la terapeuta (mujer) y él el paciente (varón), dados los mandatos de género que me atraviesan, amortiguaron la atracción que sentí por el paciente, que hubiera sido mayor si me colocara en la situación contraria y pensara en mi relación con un terapeuta varón.

En lo que coinciden todos los autores, es en que el paciente debe verse en un tratamiento en una atmósfera libre de cualquier transgresión traumática de la barrera que supone el incesto. Existen estudios que afirman que muchos de los terapeutas que transgreden los límites y llevan a cabo actos sexuales con sus pacientes se ven arrastrados por situaciones transferenciales-contratransferenciales en las que pierden la perspectiva, ocurriendo acciones inadecuadas, creyendo que ese caso es particular y llegando incluso a pensar que para ese paciente en concreto el cometer actos sexuales puede llegar a ser beneficioso (Carr y Robinson, 1990; Gabbard, 1994b). El pensar que existe solo una psicopatología grave en aquellos analistas que mantienen relaciones sexuales con sus pacientes facilita la negación de la contratransferencia erótica, lo que puede allanar el camino para el paso al acto sin una reflexión sobre esos sentimientos (Tansey, 1994). No es tan solo una cuestión de erradicar “manzanas podridas” [entrecomillado de la autora] de entre los terapeutas que abusan, sino de asumir que todos podemos ser vulnerables a la hora de llevar a cabo algún tipo de transgresión (Gabbard, 1994b). Como señalan Twemlow y Gabbard “todos nosotros tenemos el potencial para explotar a los pacientes” (1989, p. 72).

Conclusiones

La relación terapéutica no es fácil para el analista, pues su mundo interno también queda expuesto, como refiere Stephen Mitchell: “la lucha del paciente con conflictos humanos universales resucita la lucha del analista con esos mismos conflictos; el mundo interno del paciente se enreda con el mundo interno del analista; y la acción se localiza en el campo diádico, interactivo, que construyen juntos” (2015, p. 46). Stephen Mitchell (2015) cita en su libro Influencia y autonomía en psicoanálisis las palabras de Lawrence Friedman para explicar lo que realmente sucede en un tratamiento: “Si bien las transcripciones escritas sobre el tratamiento lo hacen parecer muy discursivo e intelectual, y pulcro y frío, quizá el tratamiento tal como ocurre en realidad funciona a partir de los sentimientos cotidianos del psicoterapeuta: un tira y afloja personal; un enjambre interactivo, sin nombre, fuera de toda forma y teoría” (Friedman, 1988, p. 12).

En este encuentro complejo, la contratransferencia erótica se torna un instrumento útil y poderoso, que por supuesto uno no debe dejar de monitorizar cuando claramente aparece, y es más, a veces, puede llegar a ser necesario el preguntarse por ella aunque en la relación con el paciente no surja de un modo obvio.

Gabbard (1994b), señala que el negar la vulnerabilidad del terapeuta y las tentaciones que le asedian, impide el examen y comprensión de sus sentimientos en el tratamiento, lo que evita la profilaxis de las transgresiones eróticas. Y en la misma línea de pensamiento, Muriel Dimen, aboga por la supervisión de los sentimientos eróticos que con normalidad afloran en el terapeuta:

Para facilitar el trabajo con la contratransferencia sexual sería útil tanto en el contexto clínico como de supervisión, tener algunas ideas y pensar en cómo ciertos deseos que se sienten como prohibidos emergen habitualmente en el tratamiento y son inherentes al proceso subjetivo e intersubjetico (Dimen, 2011, p. 74).

El silencio no ayuda al paciente ni al terapeuta y el poder tomar conciencia de lo que uno siente facilita en no transgredir el encuadre terapéutico. Al fin y al cabo nuestra profesión consiste en pensar, ordenar, verbalizar… ¿por qué no sería beneficioso como señalan Gabbard y otros autores el que el terapeuta pudiera hablar de la contratransferencia sexual con su supervisor u otros compañeros cuando lo hace sobre otros aspectos como son la rabia o la envidia? ¿acaso el sexo no forma parte de la vida del terapeuta, que no hace otra cosa en la consulta que hablar de vida?:

Atados al mástil del profesionalismo y el cuidado, los analistas al igual que Odiseo (Wilner, comunicación personal, 6 marzo, 1998), deberían escuchar pero no bailar al ritmo del deseo de sus pacientes. Este freno dependerá del desarrollo de la capacidad de reconocer y contemplar su propio deseo (de ahí la necesidad del análisis didáctico) (Dimen, 2011, p. 59)

La vergüenza que surge en los terapeutas a consecuencia de las relaciones sexuales que mantenían colegas con sus pacientes ha contribuido a rechazar y silenciar la contratransferencia erótica. Esto lo único que consigue es aumentar la soledad que todos podemos sentir al experimentar sentimientos de estas características en la consulta y lejos de paliarlos, dificultarnos su manejo.

A lo largo de la historia del psicoanálisis parece que ocultar lo que experimentaba el analista en la terapia y las consecuencias que esto tenía en el tratamiento del paciente y en la construcción de la relación que se tejía entre ambos ha tenido repercusiones nefastas para las dos partes implicadas. Por un lado el analista vivía en secreto y con vergüenza, casi como con un sentimiento de debilidad, aquello que el paciente le generaba. Por otra parte el paciente, o mejor dicho la paciente en la mayor parte de los casos, era tildada de seductora, convirtiéndose el deseo del analista en una proyección que se transformaba en diagnostico psiquiátrico que recaía sobre la misma (Mitchell, 2015).

La contratransferencia surgió a principios del siglo XX como concepto, pero a día de hoy debemos seguir manteniéndola presente pues se encuentra en cada una de nuestras relaciones terapéuticas. Los abusos de terapeutas hacia pacientes han existido y siguen haciéndolo, por eso hay múltiples representaciones de dichas transgresiones en la ficción y en la cultura popular. No debemos olvidar la contratransferencia erótica y seguir investigando sobre ella, pues las vulneraciones del encuadre terapéutico para los pacientes resultan indelebles y traumáticas. El poner palabras ayuda a alumbrar los lugares con sombras y esto permite disminuir el daño consecuente.

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