Habla colectiva: Los muchos significados de nombrar y compartir el trauma grupal. (Respuesta a Kathleen McPhillips) [Swartz, S.]

Publicado en la revista nº056

Autores: Nieto Martínez, Isabel - López Casares, Concha - Perdices Cámara, Rebeca - Sánchez Serradilla, Francisco

Para citar este artículo: Nieto Martínez, I., López Casares, C., Perdices Cámara, R., Sánchez Serradilla, F. (Noviembre 2017) Reseña de: Habla colectiva: Los muchos significados de nombrar y compartir el trauma grupal. (Respuesta a Kathleen McPhillips) [Swartz, S.]. Aperturas Psicoanalíticas, 56. Recuperado de: http://www.aperturas.org/articulos.php?id=0000995&a=Habla-colectiva-Los-muchos-significados-de-nombrar-y-compartir-el-trauma-grupal-Respuesta-a-Kathleen-McPhillips-[Swartz-S]


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Reseña: Sally Swartz (2017) Collective speaking: The many meanings of naming and sharing Group trauma. Psychoanalytic Dialogues, 27:156-163

Este comentario de Swartz sobre el artículo de McPhilips comienza reconociendo la importancia y el papel de la Comisión Real para desvelar los abusos de las instituciones, para lograr que las víctimas sean escuchadas, se persiga a los perpetradores, y se organicen protocolos para mejorar la seguridad de los infantes.

Constata el amplio conocimiento que existe sobre los costes traumáticos que tiene el abuso infantil en los individuos que lo han sufrido. Así como el peligro de su repetición a través de las generaciones. Pero también pone énfasis en la existencia de motivos económicos, imperativos éticos y morales, junto con el reconocimiento social de que en la familia no puede darse por sentado la protección frente al abuso.

En este artículo la autora trata de plantear un número de cuestiones muy importantes sobre los efectos del proceso de desvelamiento, formulación y reexperimentación del trauma colectivo.

La autora se pregunta sobre el significado de nombrar, ser testigo, y establecer como real la experiencia que previamente había sido conocida y renegada. También se plantea sobre el efecto de la ruptura repentina de la amnesia colectiva. Todo esto implica sacar a la luz una disociación colectiva que defendía una identidad investida tanto con respetabilidad, como con la capacidad de renovarse mediante la generación de formas moralmente sancionadas. 

Swartz afirma que desde su propia experiencia en el trabajo con el trauma colectivo en Sudáfrica está convencida que el psicoanálisis tiene un rol en este escenario a través de entender, describir, ser testigo y cambiar los ciclos de violencia. Por esta razón eligió comentar el artículo de McPhilips y complicar el modelo para profundizar en aspectos políticos y contribuciones que pueden generar caminos de reconciliación y cura.

El modelo

Para esta autora el psicoanálisis relacional tiene bases teóricas muy sólidas para el estudio del trauma cultural, señala que el modelo relacional provee de una gran cantidad de herramientas para examinar la intersubjetividad, tanto dentro de la diada, como más allá de esta. Una de sus fortalezas ha sido su capacidad para articular formaciones sociales y políticas más allá de la psique individual que forma el curso de las vidas de los individuos; esto queda atestiguado con los trabajos sobre género y sexualidad, clase, raza y guerra.

Partiendo de la concepción de que las subjetividades son irreductiblemente singulares, y que se forman según los patrones de apego, las familias y los contextos relacionales; sabiendo, además, que no existe una trayectoria universal en el desarrollo; y teniendo en cuenta que el inconsciente es relacional, y sus conflictos y deseos ocultos son únicos para cada individuo, la autora se pregunta ¿qué constituye el trauma colectivo?.

La autora señala que el método de análisis de McPhillips, apoyándose en la perspectiva social constructivista,  advierte  contra los daños de la generalización entre la conciencia individual y la colectiva. La experiencia individual es única en virtud de su inserción en los campos relacionales (que incluirían clase, raza, genero , dinámica familiar y acceso a los diferentes recursos). Pero a la vez esta singularidad se expresa a través de las narrativas comunes que ponen en primer plano las semejanzas y minimizan las diferencias. Afirma que desde el modelo constructivista social el acceso del individuo a la experiencia no existe a priori sin el lenguaje y que la palabra colectiva determina la experiencia que se desvela. Para Swartz el articulo al que está respondiendo no se detiene en la frontera común entre estas aproximaciones, pero abre una gran oportunidad de análisis en futuros casos.

Señala que utilizando esta perspectiva dual, McPhillips describe una manera de analizar un trauma colectivo. Eso comienza con un periodo en el que el que el grupo conoce y desconoce. En términos del modelo, esta posición defensiva es reforzada por una narrativa compartida que sólo permite que se digan (o se conozcan) algunas cosas a medida que se desvelan a través del tiempo. La estructura  defensiva permite una forma limitada de supervivencia frente a los efectos destructivos de lo que McPhillips llama "situación productora de atrocidades".

 Los individuos "portadores" del trauma se reúnen a través de un proceso de activismo social para producir una narrativa que exprese la experiencia común “la cantinela traumática” (traumasong). Según la autora, esto conduce a una contra-narrativa que separa a los que han sufrido el trauma, de aquellos que no lo sufrieron, o de aquellos que han causado el trauma. Concluye que la lucha por sobrevivir  en estos contextos genera acomodación patológica asentada en procesos disociativos. 

La autora señala que en el documento que está discutiendo se trazan las estructuras dinámicas que se desarrollan desde la Comisión sobre el abuso sexual infantil en la Iglesia Católica y sugiere que las audiencias podrían cambiar la dinámica de abuso y disociación. El efecto positivo de las audiencias sería la posibilidad de curación a través del testimonio, memoria compartida, reconocimiento y justicia restaurativa. El efecto negativo sería desvelar un contrato social que permitió que ocurriera el abuso, y generar que toda la comunidad quede con una identidad devastada. Swartz considera que se necesita una investigación posterior para valorar los potenciales efectos de este proceso.

La autora finaliza con la siguiente pregunta ¿Cómo puede explicar el psicoanálisis relacional el salto entre la mente individual y la psique de un grupo? En el salto se encuentra la oportunidad para una profunda teorización relacional.

Colectivo, grupo, comunidad o cultura,  ¿son intercambiables?

Para esta autora el término cultura, en referencia al trauma cultural, parece oscurecer más que aclarar un conjunto de variaciones potenciales, pone el ejemplo de un desastre natural en el que podría haber un número de diferentes clases sociales, y grupos culturales o religiosos. Se podrían entonces describir los recuerdos de este evento reunidos en una narrativa como colectivos, y también representando el trauma de la comunidad. Examinando el hecho un poco más profundamente se podrían descubrir las formas en que la clase, el género, la cultura o la religión,  muestran respectivamente sus propias estrategias narrativas, y cómo cada una de éstas podrían ayudar o entorpecer la recuperación.

El ejemplo anterior define el trauma por una situación geográfica, a continuación la autora se pregunta por su impacto añadiéndole la variable de  trauma por identidad asignada,   por ejemplo,  la violencia de género, los supervivientes de abusos sexuales en la infancia. Teniendo en cuenta las dos variables, la geográfica y la social se complica significativamente el salto del trauma individual al grupal, ambos espacios son siempre múltiples.

Para esta autora una de las contribuciones importantes del psicoanálisis relacional es sugerir que la individualidad no está enraizada en una identidad única, sino que oscila entre una serie de identificaciones en formas que se complementan o contradicen unas a otras, es precisamente este escenario cambiante de identidad lo que hace posible cuestionarse sobre las reacciones individuales únicas y variables frente a una experiencia colectiva.  La autora ilustra esta complejidad poniendo  el ejemplo de las posibles reacciones diferenciadas de un par de infantes, uno con una familia amorosa y el otro habiendo sufrido abusos sexuales frente al acogimiento en un refugio rodeados de extraños, después de un desastre natural.

Desde el punto de vista del psicoanálisis relacional  es importante tener en cuenta la naturaleza múltiple y cambiante de todas las subjetividades en el paso del trauma individual al trauma grupal.

La siguiente pregunta que se hace la autora es si el término "cultura" podría utilizarse en el contexto del trauma descrito en el artículo de McPhillips para designar algo más específico que "grupo" o "comunidad". Sugiere que, tanto el grupo como la comunidad podrían sugerir un agregado de personas,  y el término "cultura" podría ser útil para referirse a la práctica representacional en lugar de a personas.  Entonces tendría sentido, desde el punto de vista de la metodología constructivista social,  hablar de "cultura" como un conjunto complejo de formas donde la experiencia se representa y crea representación de una determinada manera.

Con respecto al trauma, según esta autora, estas representaciones podrían tanto causar, como negar la recuperación, también podrían permitirla, o desactivarla. Afirma que se debe asumir que cada discurso hace que la experiencia individual pueda tomar las múltiples posiciones disponibles para el  sujeto, y por lo tanto generar daño, ser usadas con fines políticos, también ser utilizadas como redes reconfortantes y sanadoras. Para ella los testimonios de la Comisión parecen ofrecer una oportunidad para amplificar esta multiplicidad y generar recuperación en los supervivientes a través de conjuntos de identidades (padre, empresario, hermana, excursionista, superviviente de abuso sexual infantil).

 “Cantinela traumatica” (traumasong) y la otredad

Para la autora el artículo de McPhillips sostiene que el paso del trauma individual cantinela traumática   (traumasong), requiere un movimiento político que tenga como objetivo la justicia y la reparación.  Siendo testigo y creando una audiencia, cuya forma narrativa insista en un tipo específico de trabajo, que reconozca el trauma y asuma la responsabilidad de mirar de frente a esos testimonios. La Comisión estructuró el ser testigo en el proceso, pero también llamo a rendir cuentas de los muchos testigos fallidos del pasado.

Una vez aceptada la narrativa pública, se desvelan varios pasos nuevos. En primer lugar, está el impacto de la cantinela traumática (traumasong) en el individuo, y esto podría tomar una serie de formas: en el lado positivo, sentimientos de reivindicación, el alivio de ser entendido, el alivio de los síntomas expuestos, la recuperación de piezas perdidas. Pero también, por otro lado, la incomodidad potencial con la forma de la narrativa, retraumatización, tristeza por la destructividad del pasado, y todo lo que tiene que ver con la exposición y apropiación de la propia identidad privada con fines políticos.

La autora se cuestiona que representa una cantinela traumática (traumasong). Afirma que aunque un individuo, con una identidad compleja, haya sido afectado por un evento traumático, no podemos presuponer que el recuerdo y el sufrimiento de ese individuo vaya a tomar una forma predeterminada. Habría que preguntarse, ¿es consciente de ese sufrimiento, es un recuerdo lleno de rabia, o de vergüenza? ¿Está el recuerdo disociado, o aún no formulado, está experimentado en el cuerpo, como es el dolor físico?.  Estas preguntas ponen el foco no sólo en la multiplicidad de la conciencia humana, sino también en la variabilidad del trauma individual.

La cantinela traumática, para esta autora, no es única, sino que  es múltiple, así como son múltiples sus funciones, puede mostrar la carga afectiva de un evento atestiguándolo públicamente.  También su función es hacer público, y luego expresar los afectos que rodean a una serie de acontecimientos ocultos previamente al ojo público.  Puede dar nacimiento a la narrativa autojustificadora de los autores; también a las excusas y ofuscaciones institucionales; así como al disgusto difuso, la negación de la agencia y a la indignación desenfocada de testigos fallidos. La dinámica de la escisión se mantiene en esta concatenación de narrativas, nunca en una sola.

Swartz señala que lo más importante es que la cantinela traumática pretende simplificar para generalizar, y al hacerlo debe crear divisiones entre el bien y el mal, las víctimas y los perpetradores, el que cuida y el que descuida, y así sucesivamente. La cantinela traumática, al menos donde el trauma es el resultado de la acción humana, es un vehículo para la otredad. Lo que el individuo pierde aquí es el acceso a sentimientos contradictorios y conflictivos sobre el acontecimiento traumático, que serán esenciales para su elaboración, y por lo tanto para su recuperación.

Otra complicación que señala la autora es la siguiente, desde un enfoque constructivista social insiste en que todas las narrativas se van a canalizar a través del lenguaje y posicionarán a los actores en los términos discursivos ya disponibles. Así como la cantinela traumática generaliza y simplifica, también lo hace la canción de aquellos que queremos que asuman  la responsabilidad, ya sea como agentes causantes de trauma o como testigos fallidos. Esto genera un discurso institucional aparentemente sin agente, que desencadena automáticamente en el afrontamiento de la culpa. Según la autora, es esto precisamente  lo que crea la necesidad de un tercero moral, que posibilite el testimonio no sólo entre espectadores y supervivientes, sino también entre los vividos como peligrosos y aquellos que han sido dañados.

Cita a Benjamín (2014, párrafo 5) que ha insistido en romper "la línea ficticia entre aquellos que merecen misericordia y por lo tanto vivir, aquellos que no la merecen, los que consignan a otros para morir y los que perecen” (En Swartz. p. 160-161). Benjamin sostiene que sólo a través de romper la complementariedad y aceptar la diferencia entre venganza y justicia puede tener lugar  la aflicción y la curación (Benjamin, 2004). Esto es clave no sólo para la curación individual, sino también para la resolución de las divisiones dentro de las comunidades.

Por otra parte, la confirmación de la inocencia y el sufrimiento de los supervivientes no puede conllevar negación de agencia, iniciativa y capacidad de experimentar su yo como simultáneamente inocente, por un lado, y sin embargo capaz de identificarse con el odio o la fantasía vengativa del perpetrador. Haciendo eso se excluye, paradójicamente, el trabajo necesario sobre la propia peligrosidad, y esto deja al sujeto constantemente vulnerable frente a un mundo experimentado como sin remordimientos, o peor, expuesto al azar, y al peligro.

El paso más allá de la cantinela traumática

Para esta autora,  una vez que se ha constituido la narrativa inicial del trauma, y ​​se ha levantado la defensa disociativa,  se debe subrayar el papel crítico que debe desempeñar el "tercero moral", aquellos testigos que rechazan al que aísla y estigmatiza a las víctimas, añadiendo capas de trauma a las ya experimentadas por la víctima (Benjamín, 2004). Señala que Cuando McPhillips se pregunta sobre cuáles son las señales que podrían representar la resolución de trauma colectivo, coincide con los teóricos del trauma en que hay varias partes en la curación.  Estas incluyen la construcción de una identidad colectiva, el testimonio, y los intentos significativos de reparación.

Implícito en esto está un proceso que va más allá de la "escisión cultural", las narrativas que separan el bien y el mal, y a los inocentes de los perpetradores, y que lleva hacia una posición  más inclusiva de duelo en la que los testigos y los espectadores, al asumir la responsabilidad de su participación en el sufrimiento colectivo, pueden atravesar la escisión y construir puentes entre ellos.

La autora finaliza este articulo aportando sus reflexiones sobre la comisión descolonizadora que se dio en su Universidad en Ciudad del Cabo, en el que explica los mismos procesos anteriormente descritos en este artículo.

Referencias

Benjamin, J. (2004). Beyond doer and done to: An intersubjective view of thirdness. The Psychoanalytic Quarterly, 73 (1), 5–46.

Benjamin, J. (2014). The discarded and the dignified, Parts 1–6. Public Web Seminar Retrieved July 27, 2016, from http://www.publicseminar.org/2014/12/the-discarded-and-the-dignified-parts-1-and-2/#.V8FfHY7P8nI