Cambios en la escucha psicoanalítica de los trastornos ligados a la hipermodernidad

Publicado en la revista nº056

Autor: Sánchez Sánchez, Teresa


Para citar este artículo: Sánchez Sánchez, T. (Noviembre 2017) Cambios en la escucha psicoanalítica de los trastornos ligados a  la hipermodernidad. Aperturas Psicoanalíticas, 56. Recuperado de:http://www.aperturas.org/articulos.php?id=0000998&a=Cambios-en-la-escucha-psicoanalitica-de-los-trastornos-ligados-a--la-hipermodernidad


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Resumen: En el trabajo se plantean algunas inquietudes e interrogantes acerca de los cambios fenomenológicos y clínicos en la patología contemporánea. ¿Estamos ante el mismo padecimiento cambiando solo las apariencias sintomáticas o los disfraces defensivos o la ‘hipermodernidad’ está modificando la estructura psíquica y las manifestaciones del sufrimiento mental. Y, si esto fuera así, ¿estamos los terapeutas preparados para nuevas formas de escucha?, ¿siguen siendo válidas las escuchas alienadas o de escuela en las que, irremediablemente, hemos sido instruidos? ¿Qué exigencias y qué nuevas actitudes requiere una escucha verdadera y cuántas escuchas son posibles? No son temas inéditos, ciertamente, pero los nuevos paradigmas vinculares, relacionales, centrados en la transferencia, etc, conceptos como enactment, mentalización, matriz relacional, etc, obligan a revisitar tanto el sentido como las variantes en la escucha terapéutica. Este artículo no agota, por supuesto, el debate. Solo introduce algunas cuñas incisivas que lo aguijonean.


Palabras clave: escucha, terapia, hipermodernidad, psicopatología, psicoanálisis relacional

Title: Changes in psychoanalytic listening of disorders linked to hypermodernity

Abstract: Some questions and concerns about phenomenological and clinical changes in contemporary pathology are raised in the following test. Are we facing the same affliction by changing only symptomatic appearances or defensive costumes, or is 'hypermodernity' changing the psychic structure and manifestations of mental suffering? And if this were so, are the therapists prepared for new ways of listening? Are the alienated or school hearings still valid in which we have been irreparably instructed? What demands and what new attitudes does a real listening require and how many hearings are possible? They are not unpublished topics, of course, but new binding, relational, transfer-centric paradigms such as enactment, mentalization, relational matrix, etc., require revisiting both the meaning and the variants in therapeutic listening. This article does not, of course, end the debate. Just introduce some incisive quoin that urge it.

Keywords: listening, therapy, hypermodernity, psychopathology, relational psychoanalysis.

Una terapia nos muestra que hay muchos caminos hacia muchas verdades de uno mismo, y que por lo menos unas cuantas entre ellas tienen que ser atravesadas antes de que la relación entre dichas verdades pueda ser comprendida

 (A.C. Grayling. El sentido de las cosas)

Nuevos tiempos, ¿nuevos problemas o problemas eternos?

Títulos similares se han planteado en diversos congresos y simposios nacionales e internacionales tanto de ámbito psicoanalítico como psiquiátrico en los últimos tiempos. Fue en uno organizado hace ahora 18 años (1999) por la APM en El Escorial, donde se planteó una disyuntiva: ¿estamos ante nuevas patologías o sólo ante un cambio en la escucha de los analistas? Es a esta posible opción a la que quiero consagrar mi reflexión, haciéndome eco de la visión manifestada por uno de los ponentes cuando dudaba que hubiera nuevos trastornos, y se decantaba por la transformación en la forma de atender y responder: “… o si somos los analistas quienes al modificar nuestros puntos de vista abordamos la clínica bajo otras perspectivas y apreciamos otro tipo de fenómenos” (Sopena, 2000, p. 55).

La realidad adquiere distinta configuración cuando se la observa desde parámetros nuevos. Esta máxima sería suscrita por todas las teorías constructivistas de ayer y de hoy. Los enfoques y el cambio de ángulo crean distintas versiones de lo mismo, pero al concretarse en evidencias nuevas requieren otra nomenclatura y novedosos conceptos en el esforzado intento nominalista de dar a los etiquetados diagnósticos mayor poder connotativo y denotativo, así como ajustarse a la realidad que pretenden definir. El nominalismo psiquiátrico y psicoanalítico tiene gran importancia. Se trata de hallar nociones que se acoplen a la realidad de lo representado o aludido por ellas. Si los nuevos términos nosográficos remiten a nuevas realidades no se producirá el isomorfismo necesario entre término y objeto. Esto está ocurriendo en la clínica psicoanalítica contemporánea. No existe ese isomorfismo porque los conceptos diseñados por el psicoanálisis del XIX reenvían a cuadros clínicos que han cambiado su consistencia sintomática, fenomenológica, existencial, y los términos de la nomenclatura descriptivista (DSM) son demasiado desencarnados y no permiten la resonancia del sufrimiento psíquico en toda su amplia gama de matices y subjetividades.

La seducción que el abanico ideológico, social, científico y técnico postmoderno ha ejercido sobre el psicoanálisis ha sido analizada por Elliot (1996), quien certeramente describe esta época como una ‘modernidad sin falsas ilusiones’ (de rigor, de racionalidad, de optimismo en el progreso, de creencia en absolutos míticos). Coderch (1999, p. 46), glosando a Elliot, puntualiza a este respecto, que la postmodernidad tal vez no sea una época histórica delimitada o secesionada de la modernidad, pero sí es un estado de la mente, “en el que la ambigüedad, el pluralismo, la contingencia, la incertidumbre, etc., no son vistas como distorsiones o patologías que han de ser vencidas y superadas, sino como modos de experiencia social y científica que ponen en evidencia la imposibilidad de la objetividad total y de la verdad absoluta y universal”.

Es por ello que Kristeva (1995) afirmó que las nuevas enfermedades del alma no son sino nuevas entonaciones de la angustia intemporal, que tan sólo había modificado la forma de hacerse audible, pues no otro es el propósito del síntoma. Así pues, que designemos con otras etiquetas diagnósticas los nuevos ropajes de la enfermedad no nos debería distraer de remitirnos a ese fondo de estanque universal de la angustia (o infelicidad, o descontento, o desencanto, o dolor psíquico, o pesadumbre de vivir, o desasosiego…), pero tampoco impedirnos personalizar la concreción singular del malestar. Y, así, ella misma anima a una escucha plenamente abierta y única de la que, cada vez, únicamente se beneficia un solo paciente en una sola sesión: “… un analista que no descubra en cada uno de sus pacientes una nueva enfermedad del alma, no lo escucha en su verdadera singularidad” (Kristeva, 1995, p. 61). Sánchez-Peraza (2008), de la Universidad de Puerto Rico, habla de la ‘Sociedad Farmacológica’ empeñada en anestesiar todas las emociones con el propósito de devolvernos a la línea de planicie que identificamos con la ataraxia

Además, cuando menos, desconcierta que lancemos la conjetura de la emergencia de nuevas patologías en los consultorios, como si los únicos expuestos a la radiación atrófica, enajenante y distorsionante ejercida por la nueva sociedad fueran los pacientes, y nosotros quedáramos inmunes e inmarcesibles a las nuevas tendencias (Guimón y Zac de Filc, 2007). Antes al contrario, sabida es la tendencia funesta de la medicina psiquiátrica contemporánea a inventariar un sinfín de síndromes nuevos –con nombres sugestivos, evocadores, de celebridades resonantes de la historia y de la cultura y la mitología- para darle mayor empaque semiótico a la denominación y crear el efecto de halo de que, efectivamente, hemos descubierto un nuevo continente psicopatológico. Por doquier florecen nuevos síndromes que parecieran requerir nuevos enfoques y actitudes, nuevos modelos interpretativos y formas de abordaje: Síndrome de Mozart, de Clerambault, de Sthendal, de Otelo, de Ulises, de Peter Pan… (Sánchez, 2012) Pero, realmente, ¿hay algo nuevo, más allá del etiquetaje y empaquetado nominalista? Cuestión ésta abordada por muchos psicoanalistas (Coderch, 2004; Moreno, 2000; Navarro, 1992; Reyes, 2007; Sánchez, 2008).

Atinadamente, Blech (2003) acusa a la masificada cultura ’psi’ de patologizar la sociedad (la vejez, las particularidades, las preferencias, las pasiones) generando nuevos e inquietantes males con los que se sugestiona a la población para así buscar luego una solución farmacológica o terapéutica. Se apropia de aquella máxima propalada por según la cual “La psiquiatría es esa enfermedad de la que ella misma se propone como remedio”. ¿Somos realmente inventores de enfermedades, empeñados en acuñar nuevos términos para quizá no tener que enfrentarnos a nuestra incompetencia y nuestros déficits en la escucha y en la comprensión?, ¿o es que tendemos a patologizar cuanto no obedece las reglas, las medias estadísticas, las pautas normativas de la sociedad? Ojalá fuéramos tan abiertos como proclama Goldberg en nuestra posición como analistas:

… se está haciendo lo correcto siempre que se comprenda lo que se está haciendo. Esto exige que se pueda comprenderlo todo como una meta-narrativa individual, con reglas individuales, y examinarlo como tal. Y nada se libra de ser objeto de una comprensión tan buscada (Goldberg, 2001, p.48).

Recordemos que el síntoma es una formación transitoria entre el impulso (o deseo, o conflicto, o déficit –según los casos-) y la defensa. A caballo entre lo que quiere ser conocido y lo que precisa seguir oculto, cuando los principios químicos activos de los fármacos o la sagacidad del terapeuta descubren y modifican ese secreto reducto tras el que se han parapetado, han de mudar el sitio o adquirir nuevos disfraces para que el escondite siga sirviendo como juego de misterio y desvelamiento. Como hacen los virus: mutan para perpetuarse, los síntomas mutan para cumplir su función de compromiso: salvaguardar lo intolerable inconsciente y, al mismo tiempo, revelar lo suficiente para que la llamada de socorro sea advertida por el otro (el analista no es más que un otro privilegiado que posee un instrumento de escucha más refinado que el común).

Este desquiciamiento en un mundo hipermedicalizado que aspira a una beatífica normalidad confundida con una anestésica felicidad, nos ha contagiado a los psicoanalistas y psicólogos desembocando en el gran hipermercado de las drogas legales (médicas o no) e ilegales. Pérez Jiménez (2000) denunció el efecto iatrogénico que ha ejercido en nuestro entorno la convicción de que se puede y se debe vivir sin dolor o sufrimiento psíquico. La intolerancia al dolor mental inicia una espiral de demandas asistenciales que nos vemos apremiados a atender. Está tácitamente prohibido rebajar nuestros dinteles en las aspiraciones al ideal de salud y señalar a nuestros consultantes que lo opuesto al sufrimiento no es el bienestar genuino sino la falsa calma suministrada por la pastilla. El dilema ‘la pastilla o la palabra’, tan críptico como reduccionista ha sido recurrente en los últimos tiempos. La propia Kristeva (1995) lo planteaba y también Verdú (2003), Roudinesco (2000) o Magherini (1998).

No hace mucho Roudinesco (2009) ha escrito sobre nuestro lado oscuro y el doble vínculo que mantenemos con él. Nos atrae la singularidad que nos aporta, pero nos asusta que nos aleje del ideal normativo de ser como todo el mundo y gozar de una calidad de vida estándar o incluso superior. Nos urge pensar sobre las vueltas de tuerca tanto en la teorización como en el abordaje hermenéutico-comprensivo primero y en la intervención después. Hemos, pues, de preguntarnos no tanto qué está cambiando en los pacientes, cuanto qué está fallando o faltando en los terapeutas para que nos sintamos tan desorientados y desamparados ante nuestros consultantes actuales, a muchos de los cuales cabría considerarles, si adoptáramos el canon de accesibilidad propuesto por B. Joseph (1985) como inaccesibles, y con el patrón de C.A. Paz (1990), como inanalizables. Más aún, a menudo ocupan el sillón o el diván de la consulta auténticos ‘anti-analizandos’ en la expresión peculiar usada por McDougall (1995) en “Alegato por cierta anormalidad”. Queda implícita otra cuestión: los psicoanalistas de las distintas generaciones se han sentido sucesivamente intrigados por, y en consecuencia han explorado, distintos continentes de la psicopatología: primero las neurosis actuales, después las psiconeurosis y las perversiones, más tarde las neurosis narcisistas, las neurosis de carácter, las neurosis dependientes de la cultura, y ahora recientemente el TLP, las patologías psicosomáticas, los trastornos de la conducta alimentaria, las adicciones, la conducta violenta juvenil y las organizaciones fanáticas… ¿Puede el ser humano desarrollar nuevas formas de sufrimiento mental o solo cambian las apariencias fenomenológicas del malestar?

¿En qué fallamos?, ¿qué nos falta?, ¿qué está desvirtuando o haciendo ineficaz nuestra escucha? No sólo el Yo del paciente está saturado. Probablemente también lo esté el del terapeuta. De obligada lectura para situarse en los tiempos que vivimos es, por ello, el libro ya clásico de Gergen (1992), El yo saturado: dilemas de la identidad en el mundo contemporáneo.  Sobrevolando nuestro trabajo como terapeutas, vemos el desbordamiento de información, la aceleración y acumulación no metabolizada de las sesiones encorsetadas en paréntesis de vidas laborales a su vez intercaladas en vidas personales demasiado sobrecargadas, tanto en nuestros pacientes como en nosotros mismos. ¿Cuándo tenemos tiempo de meditar en silencio sobre lo escuchado en sesión? (H. Faimberg (1996) habla de “la escucha de la escucha”), ¿cuánto tiempo dedicamos a cotejar nuestras notas de sesiones acumuladas sin revisión suficiente?, ¿cuánta actualización y lectura de expertos reservamos en nuestras agendas profesionales para contrastar nuestros puntos de vista o impresiones contratransferenciales con lo pensado, elaborado y experimentado por otros?, ¿hacemos realmente todos los esfuerzos complementarios requeridos para precisar, ajustar, pulir, el instrumento de nuestra escucha que no es otro que nuestro propio y no suficientemente explorado ‘aparato de pensar pensamientos’? ¿No somos negligentes, petulantes y temerarios cuando nos conducimos como si dispusiéramos del saber suficiente y desplazáramos sobre el paciente la responsabilidad de hacer más trasparentes y comprensibles sus padecimientos?, ¿acaso no es eso indolencia terapéutica, negligencia temeraria incluso?

A riesgo de recibir la reprobación unánime de los lectores, me atrevo a decir que culpamos implícitamente a los pacientes de estar enfermos de formas más complejas que nuestra capacidad de comprensión, de que su padecimiento sea a menudo inabordable para nuestra sapiencia o nuestra técnica, de sintomatizar de forma peligrosa o reluctante a nuestras persuasiones. Esta hostilidad o prevención ante las complicaciones de los casos actuales son la consecuencia de una escasa introyección de la responsabilidad. Deberíamos estudiar más, no sólo más psicoanálisis, sino más sociología, más cultura contemporánea, más neuropsicología, más historia de las ideas, más filosofía. Estas otras ciencias colaterales no son un mero adorno erudito a nuestro trabajo. Portan un cultivo a nuestro aparato mental, único cincel de nuestro trabajo, sin cuya afinación será una soberbia temeridad sentarnos en el sillón a escuchar las aflicciones de nuestros pacientes. Pero lo hacemos. ¿Saldríamos a la platea de un teatro a tocar el piano sin estar seguros de su afinación reciente? ¿Por qué, pues, hay tanta autoindulgencia entre los terapeutas cuando se trata de depurar su escucha y su personalidad para mejorar su ‘afinación’ vincular y conectiva?

La fobia a pensar de la que hablaba Kestenberg (1978) también nos atañe. La molicie del pensamiento débil, alimentada por repertorios nosográficos del estilo del DSM V (APA, 2013) nos facilita la tarea con su expeditivo etiquetado clasificatorio del ‘trastorno’ psíquico. Sólo precisamos localizar la ubicación descriptiva de la complejidad idiográfica que se nos presenta y luego aplicar el formato terapéutico convencional que nuestro modelo teórico nos suministra. Y ¡ay!, la aparición de aristas, estridencias, aspectos de excepción, aquello que se sale de la gráfica -esas grietas por las que habla el alma singular de cada paciente- nos desconcierta, porque carecemos del molde apropiado para la escucha. Necesitamos llevarlo todo a lo conocido, a lo familiar, para reducir sus componentes siniestros y nuestra percepción de incontrolabilidad. De lo contrario no recuperaríamos nuestra sensación de competencia, nuestro prestigio profesional, nuestra autoestima intelectual. Ese anhelo de certidumbres, aunque sean frágiles, es tan humano que no estamos exentos los analistas. Se nos olvida que un día elegimos ser equilibristas suspendidos en el abismo de lo que no sabemos. Impresionante el recordatorio de Bion (1992): “… en el cuarto de sesiones debe haber dos personas muy asustadas. Una de ellas no sabe qué va a descubrir. Otra no sabe lo que va a escuchar”.

Nos angustia el riesgo de la escucha y lo taponamos con lo que ya sabemos (memoria) o con lo que esperamos o suponemos que habrá (deseo). En verdad, casi todo ya está dicho sobre esto. “El analista ha de escuchar sin memoria ni deseo”, decía también Bion (1992), renunciando a lo que sabe porque le conducirá ciegamente a encontrar nuevas confirmaciones a sus hipótesis teóricas favoritas y a lo que su filtro emocional y contratransferencial desea hallar en el paciente para sentirse más confortable y aliviado de la ansiedad que causa el caos, la ambigüedad, lo ignoto del otro.

Muchos analistas han reflexionado sobre los problemas relacionados con la escucha. El analista no es distinto a sus coetáneos, sólo lo es la posición que ocupa, pero no escapa de padecer las mismas patologías culturales que atraviesan el tiempo y el contexto en el que vive y que comparte también con sus pacientes. Quizá le afecten y mediaticen menos que a los pacientes a los que atiende, pero no le son ajenos, no es incólume a ellos. Si queremos saber, por tanto, cuáles son los males que aquejan a la escucha de los analistas, hemos de conocer los que asaetean a sus escuchados. No sólo porque uno sea el espejo del otro, sino porque ambos, desde los dos lados del espejo, son replicantes de expresiones patológicas de una temporalidad que en todos se encarna y a todos afecta en diferente cuantía y gravedad. Quiero imaginar que no hemos olvidado aquella máxima freudiana de que la diferencia entre el neurótico y el sano es de grado o cantidad, no de cualidad.  Auscultemos y rellenemos los agujeros negros de nuestra escucha para entender las nuevas dolencias psíquicas.

Por enunciar simplemente algunos de esos parámetros que traspasan nuestro tiempo y de los que somos partícipes y víctimas –con mayor o menor grado de autoconciencia-, mencionaré aquellos que han sido más reiterados en la literatura psi de los últimos 20 años y que denotan la semiótica psicopatológica contemporánea (Giddens, 2000; Jameson, 2002).


- Debilidad del pensamiento, pensamiento ligth, pensamiento operatorio e hiperconcreto, tendencia al pensamiento práctico y resolutivo en detrimento del abstracto, abdicación del pensamiento simbólico o formal, pensamiento icónico e imaginario no semantizado, pensamiento basado en eslóganes y registros ‘logo’ (fast thinkers) en perjuicio de la elaboración interna e introspectiva, desmentalización o mentalización insuficiente.

- Narcisismo e inflación del yo, pero de un yo fragmentario, más contingente y circunstanciado que consistente; yo colonizado e invadido por avalanchas de información y tendencias (influencers) en vertiginosa sucesión y suplantación, deificación del individuo. Yo vaciado de profundidad e identidad (personalidad como si, pseudoidentidad), yo frágil y diluido en metamorfosis corporales (trastornos alimentarios, disforias de género, fetichismos y parcelaciones del cuerpo, tuneamiento quirúrgico, trastornos somáticos y somatomorfos, adicción a estupefacientes y fármacos).

- Impulsividad, impaciencia, apremio de satisfacción inmediata, dependencia hedonista de gratificaciones efímeras, negación de los límites (no limits), aceptación resignada de la caducidad de los vínculos,  renuncia a la persistencia de los objetos, frugalidad de las comunicaciones (chats) y las relaciones interpersonales.

- Hipertrofia de la imagen yoica proyectada (presunción, arrogancia, vanidad), enaltecimiento del sujeto a costa de ensombrecer a los demás, incapacidad de dar lo que se reclama de los demás, transitoriedad y desconfianza de los apegos. Megalomanía compatible con el odio a sí mismo (debilidad de los autos –autoestima, autoconcepto, autonomía-).

- Pluralidad acomodaticia de identidades (avatares cibernéticos, pseudoidentidades en las redes, alias, …) lo que ocasiona una desvertebración de la relación con el mundo y una concepción destruida o delicuescente de la personalidad de uno mismo y abre la puerta a la proliferación de trastornos disociativos e identitarios.

- Victimización e infantilismo que propician que se expulse la queja y la responsabilidad personal fuera de sí mismos (‘deficit de responsabilidad’) y que se descargue proyectivamente la culpa y la autoría de la propia vida o historia hacia el exterior (estrés laboral, trastornos reactivos a contrariedades o pérdidas, trastornos por consumo, adicciones…)

-  Vacío interior, temor al fracaso, hostilidad e irritabilidad, solipsismo y atrincheramiento (fenómeno cocooning) en los márgenes de la intimidad personal o familiar.

- Relativismo moral y subjetivismo referencial: la verdad ha sido sustituida por mi verdad o por la posverdad, como ahora se reclama. (Martín Murcia, 2006).


La reiteración de ciertos diagnósticos puede inducirnos a concluir la existencia de ciertos picos (cráteres) por los que nuestro tiempo vomita su malestar: trastornos límite, disociativos, alimentarios, identitarios, esquizoides, narcisistas, somáticos, tóxicos. Pero estos nuevos ropajes del síntoma, ¿remiten realmente a nuevos trastornos o es que sintonizamos mejor con ellos por una afinidad contratransferencial con esas dolencias que, aunque en distinta medida, también nos incumben? Aunque esa afinidad captada por la contratransferencia nos cause al mismo tiempo una intensa contraidentificación (‘lo mismo me pasa a mí’), y una intensa contrarresistencia (‘no puedo entender lo que le pasa, porque si lo hiciera tendría que reconocer que a mí también me ocurre’).

Factores que influyen en los cambios en la escucha

Muchas voces autorizadas dentro del campo psicoanalítico coinciden en afirmar que la novedad está en la escucha, no en la patología. Una cierta patología en la que décadas o una centuria atrás desdeñábamos reparar por considerarla inabordable con los parámetros técnicos y con la teoría de la terapia entonces vigente. La patología, sostiene Fernández-Vilanova (2004), es la misma, pero ahora se la considera analizable y antes no, porque ha cambiado la disposición analítica hacia su abordaje.

Los mitos de la libre asociación y de la atención flotante caen como castillos construidos en la idealidad de las terapias que conservan el cuño y el marchamo freudianos. No existen porque ambas están sujetas a las restricciones de cada uno, a los límites semiológicos y culturales (grado de mentalización, capacidad verbalizadora, grado de alexitimia expresiva o comprensiva) de cada uno, a sus referentes conceptuales y emocionales, a su historia impregnada de un potencial simbolizador distinto, a su capacidad comprensiva, asociativa y conexiva de ideas, signos y significantes. La escucha es algo complejo mediatizado por factores subjetivos de la pareja que se encuentra en el cuarto de análisis:

Llamamos escucha psicoanalítica a la actividad semiológica propia de nuestra práctica, y el objeto de esa escucha son signos, que pueden ser palabras, gestos, movimientos… pero también silencios, afectos, actuaciones, representaciones primarias, fantasías transferenciales y contratransferenciales. Con el paciente interpretamos (escuchamos) signos. Y hacemos algo con lo que hemos escuchado. Sea que callemos, sea que formulemos interpretaciones, aclaraciones, preguntas o comentarios, estamos emitiendo mensajes que el paciente interpreta (escucha) a su vez. (Fernández-Vilanova, 2004, p. 83).

En el Congreso de la APM celebrado en Londres en 1975, Green pronunció una conferencia en la que abordó los cambios en la escucha analítica, reseñando sobre todo la predisposición a una captación de signos, huellas y silencios, contradicciones, gestos, conductas, quiebros en la voz, etc, que adquieren una relevancia acusada frente a los signos verbales. Por su parte, Rallo (2004) enfatizó el valor de estos elementos en la escucha analítica (timbre, tono de la voz, modulación o ritmo de las alocuciones). No son semánticos pero entran en el ámbito del sentido. Nuevos objetos analíticos de la escucha que reclaman nuevas aptitudes preconceptuales, paraverbales, como mayor capacidad de revérie, empatía, intuición, identificación proyectiva, ensoñación terapéutica, etc. La “disponibilidad ampliada” que reclamaba Green de los analistas, exige una vida rica en experiencias –contratransferencialmente controladas al servicio de la función de escucha-, porque, si no ¿cómo llegar a esos registros más profundos y arcaicos, precognitivos y traumáticos? Goldberg insistía:

Si el método de comprensión requiere una empatía sostenida de parte del analista, es preciso cuidar las condiciones que permiten al paciente y al analista hacerla posible. Si se tiene la idea de que hacen falta otras maneras de recoger información, entonces eso también es un compromiso mutuo entre paciente y analista. (Goldberg, 2001, p. 48).

Escuchas válidas, escuchas fraudulentas.

La escucha verdadera es un logro, casi un milagro, algo extraordinario cuya ocurrencia no hemos de dar por sentada, y, para alcanzar ese dintel que separa lo convencional (lo que da el oficio de ser psicoanalista) de lo genuino, hay que ser muy perceptivo y tolerante con aquello que nos hace únicos como escuchantes, como terapeutas, como sujetos. Será con ello (y no con lo que viene de serie) con lo que conecte nuestro paciente y lo que le haga cicatrizar de sus traumas más invisibles, de sus defensas más primitivas, de sus heridas profundas más inefables, pues “La escucha analítica es, por definición, la escucha de un silencio, de lo que no puede ser dicho” (Martí Quirós, 2004, p. 157).

El resto son “escuchas alienadas” (Martí Quirós, 2004), aquellas que no se realizan desde la identidad del propio analista. Pueden ser de varios tipos:

-  la que se hace desde el deseo del paciente, proporcionándole la atención que él desea y a lo que él desea o tolera, siendo meras figuras balsámicas y agasajadoras,

- la que se hace desde la teoría referencial (aprendida en formación o preferida por afinidad), porque sesga y reduce, elimina y/o sobrevalora el discurso según se atenga o no a los parámetros o esquemas mentales que resultan cómodos,

- la que escucha al paciente desde los oídos del supervisor terapéutico, para convencer o seducir a éste y merecer su aprobación,

- la que se hace desde un autor, perspectiva o lectura técnica, cuando aún no se ha interiorizado o hecho propia, simplemente porque es “tendencia” o moda teórica,

- la que se hace desde el deseo de ser otro terapeuta o como otro al que se admira o de que sea otro el paciente, obcecándose en ver en él lo que no hay, por la convicción fanática de que debe haberlo…

Así pues, no hay una escucha, sino tantas como analistas escuchando. El momento del proceso terapéutico en que nos encontremos condiciona la escucha: no se escucha igual al comienzo de una terapia que en plena instalación de la transferencia o en la efervescencia resistencial o en el fin de análisis o en los reanálisis, a sabiendas de las omisiones o errores de análisis anteriores. Otros factores que condicionan (y alienan) la escucha son: los estados contratransferenciales, los grados de integración o marginación del terapeuta que vienen dados por la presión o adiestramiento institucional (¿quién no tiene la experiencia de escuchar con los oídos de su analista didacta o su supervisor cuando está sometiendo uno de sus casos a control?), por los niveles de profundidad cognitiva, o el alcance de la elaboración emocional lograda, etc.

Es patente que la cultura psicoanalítica actual, y por consiguiente el trabajo terapéutico, se están topando con representaciones del proceso primario que presentan una textura diferente a las representaciones de palabra propias de las neurosis clásicas escrutadas por los padres del modelo psicoanalítico. Hoy día asistimos en la consulta a un mayor uso de referentes artísticos, metáforas visuales, patoplastias corporales, actings violentos de descarga bruta sin secundarización alguna (Green, 2011). Estas expresiones requieren un tipo de trabajo menor de reconstrucción histórica, racional y conexiva (al estilo de los modelos interpretativos freudianos), y más de sostenimiento, fortalecimiento y reparación de arquitecturas psíquicas demolidas,  deficitariamente construidas o ruinosas, mutantes…

Cruz Roche (1995) es uno de los innumerables teóricos del psicoanálisis que se han sumado a la aportación de teorías socioanalíticas de los males que aquejan al hombre postmoderno. En su valoración, son destacables los siguientes factores que gloso a contnuación: 1) descrédito de ideologías, 2) necesidad de pragmatismo, 3) abdicación de la intelectualidad y la razón, 4) dependencia fascinada de las seducciones de la realidad –material o virtual-, 5) inseguridad, desarraigo, pérdida de lazos familiares, generacionales, y comunitarios, 6) difuminación de la imagen y del nombre del padre, 7) magia tecnológica que recrea y multiplica el sentimiento de omnipotencia, 8) falta de estímulo para el aprendizaje, 9) falta de costumbre y de interés en el esfuerzo, 10) abundancia de objetos desechables que satisfacen el deseo, que no es preciso conservar por ser sustituibles fácilmente, 11) incremento de la agresividad no ligada que ha de descargarse sin elaboración alguna, 12) inconsistencia del ‘objeto’ relacional, con quien no se crea adherencia y que no se interioriza plenamente (objeto total perpetuado) y para contrarrestarlas contrapuso una modalidad de escucha más activa y dinamizante, pues no todo pasa ni ha de pasar por la palabra. La óptica se amplia a lo expresivo, siempre que el terapeuta sepa ‘leer’ y entender los códigos no-verbales explicitados en la sesión. Crear el encuadre apropiado y la contratransferencia idónea es prioritario. Mucho más que tener una mente analítico-racional, erudita y cargada de baluartes teóricos.

Escuchar el contenido latente no es escuchar ‘otra cosa´, misteriosa o sorprendente, sino escuchar en otra clave, percibir el contrapunto; una escucha más atenta al proceso primario que a la representación de palabra (como se hacía en la cura-tipo): “Creo que esta escucha, al igual que el oído musical, se aprende y se ejercita, permitiendo poder escuchar esta polifonía del lenguaje” (Cid Sanz, 2004, p. 32).

Si juzgamos más difíciles e inabordables los casos actuales es, en parte, porque nos ha invadido la molicie, la pereza terapéutica, la renuncia a entender, que es tan postmoderna. Así lo aseguró Ibáñez (2004), que el placer de no entender es un signo muy postmoderno, concordante con la abulia pasiva, el desdén por todo cuanto exija esfuerzo y perseverancia. Por su parte, Steiner (2006) alegó algo similar en “Diez (posibles) razones para la tristeza del pensamiento”.

Para evitar los prolongados tiempos de espera que requiere la elaboración, la lenta y premiosa mentalización o la creación de los espacios psíquicos necesarios, urgimos a los pacientes a que hagan una asociación selectiva, privilegiamos con una atención dispar las verbalizaciones que confirman el filtro teórico e intelectual en el que nos sentimos confortablemente recompensados. Pero es obvio que casi siempre tales inducciones y trampas no son deliberadas, sino sólo defensivas, meras resistencias inconscientes de un terapeuta desconcertado ante la avalancha de manifestaciones polimorfas, estridentes, desesperadas, aturdidoras. ¿Qué nos incita contratransferencialmente a ello? La velocidad (Virilio, 2003a, 2003b, 2005) la aceleración del tempo psíquico que la atmósfera postmoderna instala en el preconsciente del analista, apremiándole a una solución fulgurante, a una audaz y atinada captación del meollo de la cuestión. El furor sanandi es enemigo poderoso de los terapeutas contemporáneos porque obstruye su escucha. Winnicott (1972) aconsejaba abrir un agujero por el que aflore el self verdadero. La palabra puede adulterarlo porque entra en una dinámica de verbalización /significado. Ha de tolerarse el desasosiego de la latencia, los silencios elaborativos, las escuchas silentes para que emerja el sentido transformador.

Una buena escucha requiere tolerancia a márgenes amplios de ambigüedad y confusión, porque es el mar picado o la marejadilla que prefiguran la lenta translaboración que precede a los cambios. Sin esa cocción que reclama paciencia, silencio y espera, construiríamos arborizaciones teóricas contrafóbicas (interpretaciones). Cuanto más intelectualizadas sean, tanto más revelan su naturaleza de talismán securizante para el terapeuta apresurado, ansioso, inquieto ante lo desconocido -y asustante- del paciente

Es momento de intercalar un gráfico fruto de la reflexión y síntesis sobre las distintas formas de escucha que, según los autores, pueden ser secuenciadas, simultáneas o alternativas y casi excluyentes. El gráfico es elaboración propia, pero su inspiración surgió de una sugerente diferencia establecida por Puchades (2004) entre “lo oído, lo imaginado y lo sentido” en la escucha analítica. Con este gráfico pretendemos señalar los mecanismos, procesos y estructuras involucradas en cada una de ellas.


Favorecer la escucha es crear un campo mental intersubjetivo que comunique dos sensibilidades que temporalmente sintonizan el mismo dial, si bien no confusionalmente, sí al menos mediante esa calidad de la escucha mutua. ¿Qué distingue que una escucha sea de calidad o no lo sea? Sapisochin (2004, p. 71) lo tiene claro: “la capacidad de soñar el texto o discurso del paciente”. Ello se plasmará en la habilidad mental para evocar imágenes plásticas (sonidos, olores, metáforas, sabores, lugares, tacto, versos, fragmentos fílmicos, recuerdos incandescentes del pasado). Esa capacidad para la fantasmatización que –especifica- marca la existencia de una subjetividad rica, abierta, receptiva, no timorata o rígida. Algo que en el modelo freudiano clásico se designaba como “identidad de percepción” y se atribuía a un ello rico, a procesos primarios productivos, a la genialidad creadora, a la habilidad de los buenos analistas. Sapisochin (ibid) relata la trama que desencadenaría la escucha verdadera: “… a raíz de escuchar lo dicho por el paciente, se activaría determinada fantasía… cuya consecuencia sería el surgimiento de alguna construcción verbal en el psiquismo del analista que, formulada al analizando, creará un sentido donde no lo había”.

Muy provocativas son las reflexiones que realizó Utrilla (2008) sobre la escucha que asume y corre riesgos. Hace tiempo que ella viene sosteniendo que en todo proceso analítico que funcione y sea potencialmente fecundo y elaborativo ha de crearse un ‘reino intermedio’ (expresión que toma de R. Gressot, “Le Royaume intermédiaire”, 1979), un espacio co-creado por ambos miembros de la pareja terapéutica. Incluso puede decirse que ha radicalizado su postura al afirmar recientemente que la contratransferencia precede o genera la transferencia, lo que equivale a afirmar que la escucha del analista determina el discurso del paciente. Dice M. Utrilla a este respecto que las palabras dan índices al paciente de lo que le interesa al analista al tiempo que organizan rápidamente las redes identificatorias.

Es posible distinguir, siguiendo su ya clásica y lúcida clasificación: a) una observación –y escucha- naturalista, en la que se consignan los síntomas exteriorizados por el sujeto; b) una observación –y escucha- fenomenológica, en la que se recogen las manifestaciones que constituyen la queja, pero a partir de los parámetros selectivos (sesgos) introducidos por las teorías de la enfermedad que tenga el paciente y las que posea el analista; y c) una observación –y escucha- psicoanalítica, en la que la relación acotada por ambos crea el espacio de lo observado –y escuchado-. No le cabe duda a esta acreditada autora de que la patología personal del terapeuta determina tanto lo que es apto para escuchar como lo que necesita crear en el otro y en la sesión propiamente dicha para sentirse recompensado. He aquí que lo que determina tanto la patología del paciente como la patología de la escucha es el acerbo de contraidentificaciones proyectivas que las teorías implícitas del terapeuta vierten tanto sobre el paciente como sobre la atmósfera de la sesión y la materia a analizar. El proceso, en su secuenciación, podría representarse como sigue:


Lo que mediatiza nuestra escucha, la de cualquier terapeuta, aquello que filtramos de cuanto se nos dice, o el rumbo que imprimimos al proceso terapéutico, es fruto del conjunto de nuestros miedos, anhelos, resistencias teóricas o emocionales, o consecuencia de una configuración mental colonizada por un modelo teórico dado. Escuchar, pues, nuestra contratransferencia no sólo ayuda a no interferir en el proceso mental del paciente, sino que corrige el riesgo de crear una falsa enfermedad y una falsa solución. También Utrilla (2008) habla de “neurosis psicoanalítica” que es el resultado de la colusión entre la neurosis transferencial y la neurosis contratransferencial que se produce en un escenario clínico falsificado por una ficción creada ad hoc por el paciente para complacer y ajustarse a la escucha de su analista, y del analista para adaptarse a la analizabilidad supuesta de su paciente. Un mito que nada resuelve y a nadie ayuda y que, a lo sumo, conduce a un estancamiento terapéutico. Un enredo del que ni analista ni paciente consiguen salir porque no saben que están jugándolo el uno para el otro.

Willi y Madeleine Baranger (1983) crearon un afortunado concepto: “el inconsciente de la sesión”, fruto de la suma y la reverberación de los inconscientes de ambos participantes en esa exploración en el filo transfero-contratransferencial. De Miguel (2004) y Sapisochin (2008) no comparten tan osado punto de vista por considerar que no existe un inconsciente intersubjetivo, sino un inconsciente personal confrontado con el inconsciente personal del otro. El objetivo no es analizar ese inconsciente generado en el espacio analítico o inconsciente creado por los dos personajes del cuarto de análisis, sino analizar el inconsciente del paciente a través de sus invarianzas (compulsiones de repetición), dado que dichas repeticiones se dan tanto fuera como dentro del encuadre terapéutico: “Considerar la contratransferencia causante de la transferencia podría llevarnos a sostener que el inconsciente del analizado se crea en la sesión” (Sapisochin, 2008, p. 72).

La escucha de riesgo exige una disposición a enloquecer 45 minutos cada sesión, permitir que ocurra en nuestra presencia, comprenderlo, alentarlo, presenciar el riesgo que corre el otro, abrirse a los artificios del inconsciente una vez burladas las resistencias habituales por parte de ambos. El lugar (teórico) desde el que se realiza la escucha es uno de los tópicos más repetidos en la literatura psicoanalítica de la postmodernidad. El enclave conceptual del analista condiciona no sólo cómo escucha, comprende e interpreta lo que escucha, sino qué tipo de patologías puede atender y cuáles no. Más aún: condiciona incluso las emociones que el analista experimenta: “Las reacciones emocionales del analista en el análisis dependen de sus convicciones teóricas respecto a lo que constituye y lo que no constituye un buen análisis” (Stein, 1991, p. 111).

Si no hay una ‘plantilla’ conceptual, susceptible de plasmar en dimensión metapsicológica y empírico-explicativa los fenómenos clínicos que le llegan, la extrañeza se agudiza, el malestar ante lo insólito y desconocido produce un desasosiego en el terapeuta cuyas consecuencias pueden ir desde asignar el fenómeno a constructos que le resultan familiares, podando los elementos bizarros, extravagantes y anómalos que lo singularizasen, hasta crear nominalistamente nuevas entidades en la pretensión de achicar el caos mental con nuevas nosografías. La teoría tiñe la escucha e inunda todos los procesos cognitivos, perceptivos y afectivos que se dinamizan en el trabajo terapéutico. Son rígidos lechos procustianos que nos oprimen y que encarcelan nuestras mentes, que han de ser mucho más libres si aspiran a realizar algo semejante a la atención flotante.

Concluimos que los mapas cognitivos del analista son, pues, necesarios para pensar los casos desde algún entramado de sentido, pero que también suponen una atalaya desde la que el analista contempla todo el vasto campo de lo que desconoce, asustado de las novedades psicopatológicas que acarrean los nuevos tiempos y angustiado por no saber cómo afinar sus viejos instrumentos doctrinales (¡hay que ver cuánto lastre escolástico arrastramos por nuestra formación en grupúsculos teóricos/asociaciones¡) para ajustarlos a las imperativas demandas desconcertantes que les llegan al consultorio.

La escucha de escuela se observa en muchos encuentros en apariencia plurales entre psicoanalistas. Más allá de la confesión explícita de respeto y la buena voluntad manifestada por todos para la recepción de la diversidad de afluencias teóricas, apenas se sobrepasa el esquematismo elemental en la comprensión de lo expuesto por los ponentes de otras adscripciones clínicas y técnicas (Bernardi, 1989). Y casi nunca se evita la hostilidad velada o la sorna incisiva respecto a las ‘otras lecturas’, cuando todo lo que ocurre es que no se manejan pertinentemente las mismas claves que permitan la traslación de un código a otro código. Con todo, lo más lamentable de esta escucha escolástica es que, amén de disputas intestinas entre los propios analistas por puras cuestiones lingüísticas (entiéndase metapsicológicas), se propician escuchas discrepantes de los pacientes que acuden, aleatoriamente muchas veces, a uno u otro terapeuta (Amigo, 2004). Lo que cabe pronosticar, cualquiera fuera su opción, es que el paciente se tropezará en su análisis con los puntos ciegos y bloqueos de su analista provenientes de su formación y su adscripción al grupo psicoanalítico de referencia (Calvo Sánchez-Sierra, 2004).

Cid (2004, 2008) es más drástica aún, pues no se conforma con atribuir a la ‘escuela’ de pertenencia la modalidad concreta de escucha que tenemos, sino que señala que lo que guía nuestra escucha es el esquema mental del analista didáctico, primero, y del analista supervisor después. Ambos configuran el sesgo preconsciente que introducimos en toda la polifonía de manifestaciones patológicas que el paciente nos muestra. Para certificar la autenticidad de la escucha fija un criterio indicador: la presencia de angustia. La adherencia a los clichés de escuela reportan seguridad y tranquilidad al analista, pero no llegan al núcleo palpitante del paciente. Dice Cid: “No hay análisis sin angustia. Nuestra experiencia nos dice que cuando el análisis discurre por aguas demasiado tranquilas, algo fundamental se está escamoteando al trabajo analítico… No hay análisis sin angustia del paciente ni del analista” (Cid, 2008, p. 45).

El marchamo de escuela contradice el ‘sapere aude’ que rige el trabajo analítico, la aventura de la sospecha, la indagación de lo velado; incumple la única obligación del trabajo analítico: ir más allá de lo obvio, reducir lo siniestro del otro a lo conocido del guión o pauta establecidos por la Escuela-matriz. Freud, en “Una dificultad del Psicoanálisis” (1918) advirtió que el psicoanálisis era una profesión imposible. No hay que vanagloriarse de ello, pero olvidar que merece esa consideración -por la zozobra que implica la escucha y la aventura de incierto fin e incierta travesía que implica una relación clínica- nos llevaría a otra cosa, a una terapia estandarizada:

Lo que el analista ofrece, sesión tras sesión, es un tiempo de escucha, escucha que inviste el discurso de este paciente particular, de este análisis singular… Practicar la atención flotante es investir la escucha y dejarse llevar por sus efectos en lugar de utilizar la interpretación clisé, trivializada, burocratizada, que lleva comúnmente a la especularidad imaginaria entre el paciente y el esquema referencial del analista (Wechler, 2008, p. 152).

Es innegable que el pluralismo teórico nos enriquece y nos confunde en medida equivalente. Nos da alas interpretativas a la par que ‘castra’ nuestra versatilidad en la escucha. ¿A una escucha flotante no debería corresponderle una teorización flotante, más postmodernista, más líquida, en vez de apresurarnos en anquilosar lo etéreo, lo inapresable de cada caso particular en rígidos moldes o en cuñas interpretativas en exceso racionalizantes? Para reducir el pánico nos anclamos en marcos interpretativos que cercenan múltiples combinaciones y visajes del caleidoscopio de la subjetividad. Y así, como ya nos avisaron: “… cada analista sólo llega hasta donde se lo permiten sus propios complejos y resistencias interiores” (Samanes, 1996, p. 113).

Coraje, paciencia, aptitud para soportar los vacíos, lo inefable, el silencio, la desorientación, son virtudes largamente enunciadas por los analistas veteranos. Bion (1967) designó a este conjunto de habilidades “función alfa” y fue ampliamente estudiada por Paz y Smeke (2008). Abalanzarse sobre lo caótico urdiendo puzles de arquitectura teórica omnisciente y global, es signo de inexperiencia, fatuidad narcisista y afán de seducir al paciente con nuestro ‘supuesto saber’. Además de pernicioso para el proceso terapéutico en sí, tal conducta revela un acting contratransferencial. Benévolamente podemos juzgarlo un ‘gaje del oficio’, pero tal vez sea un vicio demasiado extendido en nuestra profesión. El ‘enactment’ (otro término para denominar esto mismo) a veces obstruye el desanudamiento de los problemas específicos del paciente y puede esconder un odio inconsciente (incomodidad, miedo, disgusto) del analista por ese paciente difícil al que no entiende, que le rompe los esquemas de escucha, y que revela su impotencia ante el caso (Paz, 2007). De cara a contrarrestar esta peligrosa inclinación, Antonino Ferro (2010) ensalza la “capacidad negativa del analista”, que define como ponerse al lado del paciente, dejar de ser el director de su pensamiento. Si acaso ‘co-pensar’ con él antes que interpretar. Ya lo había propuesto en el mismo sentido Widlocher (1995). Este co-pensamiento es especialmente importante en el trabajo con adolescentes. (De Miguel, 2004).

 En algunos casos especiales con dificultades graves de verbalización (alexitimia) se pueden admitir otras expresiones del inconsciente (cuadros, diarios, cómics, creaciones plásticas o literarias) pues favorecen el acceso a componentes imaginarios, ligan lo escindido del proceso primario, son igualmente acogibles, mentalizables, interpretables y constituyen otra forma de escucha. Todo cuanto conduzca a la comprensión y desenmarañado de la trama del enfermar y del curar es aprovechable. Interesante planteamiento el que realiza Casanueva (2004) a este respecto: a fin de cuentas, dice, no se trata tanto de consagrar la modalidad de escucha lenguaje a lenguaje, sino de tender puentes de inconsciente a inconsciente y de yo a yo, y para ello todo recurso es válido.

Es toda nuestra persona, y no sólo nuestro equipamiento racional, nuestros mitos teóricos y nuestro bagaje intelectual, la que opera como médium en la escucha. Si partimos de esta premisa, todo cuanto se nos muestre en las sesiones será siempre distinto y nuevo. Las nuevas formas de enfermar son, en suma, disculpas con que evacuamos proyectivamente el malestar que nos causa detectar límites y dificultades en nuestra escucha. La que ha de ser renovadamente inédita y sorprendida ha de ser nuestra escucha, cada día, cada sesión, cada nombre, cada clamor (sintomático o gozoso).

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Para citar este artículo: Sánchez Sánchez, T. (Noviembre 2017) Cambios en la escucha psicoanalítica de los trastornos ligados a  la hipermodernidad. Aperturas Psicoanalíticas, 56. Recuperado de:http://www.aperturas.org/articulos.php?id=0000998&a=Cambios-en-la-escucha-psicoanalitica-de-los-trastornos-ligados-a--la-hipermodernidad


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