La teoría del apego y la práctica clínica: un punto de vista psicodinámico cíclico

Publicado en la revista nº057

Autor: Wachtel, Paul


Para citar este artículo: Wachtel, P. (Febrero, 2018) La teoría del apego y la práctica clínica: un punto de vista psicodinámico cíclico. Aperturas Psicoanalíticas, 57. Recuperado de: http://www.aperturas.org/articulos.php?id=0001004&a=La-teoria-del-apego-y-la-practica-clinica-un-punto-de-vista-psicodinamico-ciclico

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"Attachment theory and clinical practice: A cyclical psychodynamic vantage point" fue publicado originariamente en Psychoanalytic Inquiry, 37, 5, 332-342. Traducido y publicado con autorización.

Traducción: Marta González Baz

Revisión: Aurora Doll Gallardo


Resumen

Este artículo describe un enfoque del uso clínico de la teoría y la investigación del apego que arraiga en la perspectiva psicodinámica cíclica. La psicodinámica cíclica es una versión del pensamiento relacional que enfatiza el modo en que patrones tempranos de transacción interpersonal y experiencia subjetiva se perpetúan en el presente mediante la sucesión de círculos viciosos y virtuosos.  Examina los bucles de retroalimentación que crean los patrones autoperpetuados tanto entre personas como en el mundo subjetivo de cada individuo, y muestra cómo la inducción de los otros como cómplices es crucial en el mantenimiento de estos patrones. Desde este punto de vista, se entiende que los fenómenos de apego son mantenidos mediante las continuas transacciones que resultan del estatus de apego de cada individuo y lo recrean. Este enfoque del apego resalta las dinámicas de apego más que las categorías de apego. Se presentan dos casos clínicos para ilustrar cómo este modo de pensar sobre el vínculo puede orientar el trabajo clínico.


Abstract

This article describes an approach to the clinical use of attachment theory and research that is rooted in the cyclical psychodynamic perspective. Cyclical psychodynamics is a version of relational thought that emphasizes the way that early patterns of interpersonal transaction and subjective experience are perpetuated in the present via the occurrence of vicious and virtuous circles. It traces the feedback loops that create selfperpetuating patterns both between people and in the subjective world of each individual and shows how the induction of others as accomplices in maintaining these patterns plays a critical role. Attachment phenomena are understood from this vantage point as maintained via the continuing transactions that both result from and re-create each individual’s attachment status. This approach to attachment highlights attachment dynamics more than attachment categories. Two clinical cases are presented to illuminate how this way of thinking about attachment can guide clinical work.



Teoría del apego debería considerarse un nombre plural. Las ideas y observaciones de Bowlby han inspirado a clínicos, investigadores y teóricos de modos tan diferentes  que ninguna definición ni formulación capta todo el rango de pensamiento contemporáneo sobre el apego. A estas alturas, cada uno de nosotros tenemos nuestro propio Bowlby. Y muchos de nosotros tenemos varios. Existe, por ejemplo, la versión de la teoría del apego que apunta al papel absolutamente crucial de los primeros meses de vida; y existe la versión que subraya cómo los procesos de apego evolucionan a lo largo de todo el ciclo vital. Existe el Bowlby que ilumina la internalización de las experiencias con figuras de apego para generar un modelo de funcionamiento interno y el Bowlby interaccional o contextual cuyas teorías implican que los modelos de funcionamiento interno no son tan internos después de todo, sino que requieren la participación continua de los otros para mantenerlos (a los que me referiré brevemente como cómplices).

Existe el Bowlby cuyo trabajo se entiende a través de los ojos de la mentalización y la función reflexiva; el Bowlby que inspiró incontables estudios longitudinales relacionando el estatus de vínculo temprano con características psicológicas posteriores; el Bowlby cuyas ideas dirigieron a los investigadores en lo que sucede entre madres e infantes que explica estas correlaciones; el Bowlby unipersonal de la categorías de apego y el Bowlby bipersonal de los procesos y las dinámicas de apego (Wachtel, 2010)[1].

Y, como yo subrayo especialmente, está el Bowlby que es heredero del redireccionamiento que hizo Freud (1926) del psicoanálisis sobre las consecuencias de la angustia para el desarrollo psicológico, una reconceptualización   de la relación entre la represión y la angustia cuyas implicaciones los pensadores psicoanalíticos aún no han apreciado ni asimilado suficientemente casi un siglo después (Wachtel, 2008, 2011). Este aspecto del pensamiento de Bowlby, centrado en los modos en que el sistema de apego es provocado específicamente cuando el individuo experimenta amenaza o peligro (Slade, 2014), es especialmente importante para entender las implicaciones de la teoría del apego en la tarea clínica.

Las distintas versiones de la teoría del apego que acabo de describir no son distorsiones ni errores, ni son necesariamente incompatibles. Pueden unirse en una explicación más extensa y detallada del desarrollo humano y las dinámicas de personalidad. Sin embargo, son puntos de partida distintos, y dependiendo de cuál se ponga en primer plano, el “apego” tendrá implicaciones clínicas y teóricas en cierto modo diferentes. No entro a considerar aquí la importante cuestión de si, de hecho, son manifestaciones todas ellas de un solo sistema de apego que ha sido programado en el sistema nervioso humano por el proceso de selección natural o si la mejor comprensión de los fenomenos y perspectivas que he apuntado es como manifestaciones diferentes de un solo concepto global etiquetado como apego. Considerarlos en relación unos con otros ha sido claramente una línea de pensamiento fructífera y fuente de temas de investigación. Pero la cuestión ontológica más profunda sigue abierta y convenientemente mantenida en desuso.

Apego, cómplices y psicodinámica cíclica

La versión de la teoría del apego que considero principalmente en este artículo está filtrada a través de la lente de una perspectiva teórica que yo denomino psicodinámica cíclica (p. ej. Wachtel, 2008, 2011, 2014). La psicodinámica cíclica frente al apego pone un fuerte énfasis en los modos en que los modelos de trabajo interno generados por las experiencias de apego temprano son confirmados o revisados por las experiencias vitales posteriores. Al entender el proceso por el que esto sucede, se subrayan los procesos duales y recíprocos por los cuales, en cualquier momento de la vida de las personas, sus ya existentes estructuras psicológicas y tendencias conductuales dan lugar a acciones en el mundo que, a su vez, dan lugar a reacciones en los otros que repercuten en el fortalecimiento o la modificación de las estructuras que dieron lugar a la acción originaria. Desde este punto de vista, la estructura de la vida que la persona ha creado para sí crea bucles de retroalimentación que mantienen el patrón en marcha (los ciclos que lo convierten en un punto de vista psicodinámico cíclico), y un elemento clave en el proceso clínico es entender cómo los otros, a menudo involuntaria e inconscientemente, son reclutados como cómplices para el mantenimiento del patrón. Así, los patrones de apego, como todos los patrones de personalidad significativos, generalmente tienen su origen en la infancia, pero con el tiempo los factores que los mantienen se amplían más allá de aquellas experiencias y relaciones tempranas. Desde un punto de vista psicodinámico cíclico, entender cómo la estructura vital adulta y sus campos de fuerza recíprocos mantienen o modifican esas dinámicas de apego es crucial para el trabajo terapéutico.

El punto de vista psicodinámico cíclico también pone un énfasis crucial en las consecuencias de que la persona sienta angustia en relación con pensamientos, sentimientos e inclinaciones que normalmente serían elementos clave en el repertorio de cualquier persona en desarrollo. En este sentido, su postura converge sustancialmente con la de Bowlby. Como he planteado en otra parte (p. ej. Wachtel, 1997, 2008, 2011), la apreciación de este papel fundamental de la angustia abre nuevas vías para la intervención terapéutica, permitiendo que los conocimientos del psicoanálisis y los métodos desarrollados por terapeutas de otras escuelas de pensamiento se apliquen juntos de un modo sinérgico. De especial importancia es el modo en que esta perspectiva integradora permite que el trabajo psicoanalítico incorpore ideas y métodos tanto de terapeutas experienciales como cognitivo-conductuales que destacan los procesos de exposición y el contacto experiencial. En lugar de centrar el proceso terapéutico preponderantemente en lo explícito y el dominio de lo verbal, le otorga un papel crucial al aprendizaje y la reelaboración a nivel procedimental y a los procesos relacionales implícitos (cf. Lyons-Ruth, 1998; Stern y col., 1998; Fonagy, 1999; Renn, 2012).

A la hora de entender la angustia que impulsa los patrones problemáticos y las experiencias vitales de los pacientes, la teoría del apego ofrece conocimientos nuevos y poderosos que apuntan a cómo las dinámicas de las relaciones de apego pueden ejercer efectos modeladores  sutiles en lo que es aceptable ver, querer y sentir. La narrativa de la angustia de Freud (1926)  está centrada en las amenazas físicas y corporales –el sistema nervioso desbordado por los estímulos que no puede procesar (causados en el bebé por factores tales como el hambre, el dolor o el frío), o la amenaza posterior de la castración. Por supuesto, él apuntó a la pérdida del amor materno como una amenaza posterior importante, pero fue Bowlby (1985) quien más amplió la fundamentación para poder apreciar plenamente lo poderosa (y al mismo tiempo sutilmente) que esta última amenaza moldeaba el desarrollo de la personalidad. Para Freud, la amenaza de la pérdida de amor fue un desarrollo secundario, construido anaclíticamente sobre necesidades biológicas más primarias. Por el contrario, para Bowlby, la necesidad de intimidad y de ser amado -así como de ser entendido y de que se identifique con uno- era primaria en sí misma, parte del cableado básico de la especie humana. Como elaboro ahora, esta diferencia en el énfasis puede tener importantes diferencias en el modo en que se desarrolla el trabajo clínico.

Convirtiéndonos en quienes nuestras figuras de apego necesitan que seamos: el caso de Jenny y la reapropiación de partes perdidas del self

En la teoría clínica implícita que durante muchos años dominó la práctica psicoanalítica, el cambio era provocado mediante un proceso de interpretación en el cual, esencialmente, se revelaban los rasgos infantiles ocultos de la personalidad y, una vez expuestos a la luz del día, se les requería madurar. Con más frecuencia de la que se reconoce, había una especie de suposición amor estricto en el que, una vez reconocida la tendencia reprimida y considerada inapropiada para la vida adulta, sería necesario renunciar a ella (sobre la renuncia, ver Aron, 1991; Mitchell, 1991; Lachmann y Beebe, 1992; Stolorow y Atwod, 1997; Wachtel, 2008, 2011). El énfasis psicodinámico cíclico, por el contrario, se pone en que el paciente se reapropie de las partes desechadas del self, retomándolas y dando expresión a lo que se marginó y no se desarrolló, haciendo más espacio para ello de modo que pueda crecer y convertirse en una parte vitalizadora de la experiencia global de vivir en el mundo. En esto, coincide sustancialmente con el enfoque clínico defendido por Bowlby: “Nuestro papel es autorizar al paciente a tener pensamientos que sus padres le han desanimado o prohibido pensar, a tener sentimientos que sus padres le han desanimado o prohibido experimentar, y a considerar acciones que sus padres le han prohibido contemplar” (Bowlby, 1985, p. 198).

Pero al elaborar las implicaciones clínicas de la teoría del apego es importante tomar nota también de  que esta afirmación en concreto de Bowlby (1985) –notable como un ejemplo de la transformación progresiva del antiguo modelo de renuncia- refleja sólo una parte de una transformación más amplia de nuestro pensamiento (tanto clínica como teóricamente) que fue producido por el trabajo de Bowlby. Es importante recordarnos que una perspectiva de apego no sólo trasciende el modelo de renuncia: también trasciende –de un modo que no se refleja en el extracto concreto de Bowlby que acabo de citar- el anterior foco psicoanalítico en la prohibición y la amenaza explícitas. No es sólo lo que se prohíbe (o desalienta) explícitamente lo que puede ser desechado; también es lo que los padres no afirman o con lo que no resuenan. La teoría del apego resalta que la experiencia vitalizante de ser respondido y entendido por el objeto de apego crea una importante necesidad por derecho propio, modelando poderosamente nuestra conducta, experiencia y sentido del self.

En el mero acto de prestar atención, afianzar, y actuar de forma receptiva a un aspecto de la experiencia del niño en desarrollo, el padre/madre (inevitablemente) ponen al otro en un segundo plano en el que pasa desapercibido. Como consecuencia, todas las personas crecen con áreas de fácil acceso y áreas de sombra, con emociones, deseos y tendencias a la acción que pueden expresarse en modos que mejoren sus vidas y enriquezcan su experiencia y otros aspectos igualmente importantes del self que están inhibidos y son incapaces de participar de forma similar. Este es un fenómeno crucial para lo que muchos pacientes traen a nuestros consultorios, aun cuando probablemente no pueda ser reconocido ni mencionado en el momento en que llegan. Tomando las ideas de Bowlby para ver más allá de la articulación concreta del pensamiento psicoanalítico que subraya lo que los padres han desalentado o prohibido, otro elemento clave de una perspectiva de apego es que no sólo necesitamos obedecer a nuestras figuras de apego; necesitamos complacerlas, ser el tipo de persona a la que ellos pueden responder, entender y con la que identificarse. Es más, al hacer los ajustes inconscientes y atuomáticos encaminados a provocar una sintonía sensible por su parte, desarrollamos una fuerte necesidad (a menudo no consciente) de que no se sientan angustiados, de no actuar (e incluso sentir) de modo que los haga cerrarse en banda o que impida su disponibilidad emocional para con nosotros.

Consideremos el siguiente caso. Jenny era una joven esposa y madre cálida, conectada y  afectivamente disponible. La relación con su marido era cercana y de cuidado y también estaba sólida y positivamente vinculada con sus padres y su hermano mayor. Tenía, según todos los estándares que se me ocurren, un apego seguro. Lo que la trajo a terapia, a pesar de todos estos rasgos positivos de su vida y de su constitución psicológica, era que no era capaz de ser sexualmente receptiva a su marido[2]. Estaba angustiada y sorprendida por esto, porque lo amaba mucho. Se sentía culpable de que él se viera privado de placer sexual debido a su problema, y le preocupaba que, a pesar de que les fuera tan bien, finalmente llegara a pensar que eso significaba que ella no lo quería realmente. También se sentía frustrada y le dolía que ella misma estuviera privada del placer y la intimidad que la receptividad sexual le brindaría.

Al explorar las raíces del problema, ambos nos sentimos, durante un tiempo, bastante atascados. Ella había crecido en un hogar amoroso y protector, había visto a sus padres expresarse afecto con frecuencia y parecía haber experimentado muy pocos de los traumas o microtraumas que tan a menudo se presentan en la comprensión de los problemas de los pacientes. En un momento dado, frustrada por su escaso éxito en dar sentido a cómo había surgido este problema –en este momento, ella había empezado, animada por mí, a ver a un terapeuta sexual para intentar tratar el problema de forma conductual, pero seguía queriendo entenderlo mejor- discutió con su marido si deberían compartir el problema con el hermano mayor de ella, con la idea de que tal vez él, como persona que había crecido en la misma casa, pudiera tener una pista[3]. Su hermano Jimmy era 14 años mayor que ella. Su relación era ahora de respeto mutuo y muchos intereses adultos compartidos, pero, por supuesto, en los primeros años ella era su hermana “bebé”, de modo que él había sido en casa como un observador casi adulto durante la infancia de ella.

Cuando Jenny, con incomodidad y dificultad evidentes, le habló a Jimmy de su situación y le preguntó si tenía alguna idea sobre de dónde había venido su problema, le sorprendió ver que la primera respuesta de él era una sonrisa. Él, también, estaba sorprendido, y un poco avergonzado, por esta aparente falta de sensibilidad hacia algo que obviamente era doloroso para su hermana, pero la sonrisa había surgido espontáneamente. Surgió porque su pregunta, inmediatamente y de un modo involuntario, le trajo a la mente un recuerdo en el que él no había pensado en años, y que nunca le había mencionado a Jenny.

El recuerdo era de un tiempo en el que Jenny tenía alrededor de un año (lo que hacía que Jimmy tuviera 15 entonces). Jenny estaba aprendiendo a hablar, y su madre le estaba enseñando partes del cuerpo. Jimmy recordaba vívidamente observar a su madre en este ritual por lo demás ordinario de la infancia temprana. “Recuerdo que te decía, y lo señalaba ‘Esto es tu frente; estos son tus ojos; esto es tu nariz; esto es tu boca; esto es tu barbilla; esto es tu cuello; esto es tu pecho; esto es tu ombligo; esto es… [larga pausa]… tu pierna; esto es tu rodilla’, etc.”. Para subrayar el sentido, añadió: “Obviamente, algo fue excluido”.

La historia supuso una revelación para Jenny. Comenzó a hacer una rápida serie de asociaciones que le trajeron a la mente los modos sutiles en que su madre, abierta como era en muchos sentidos y afectuosa y expresiva como era en general, había sido, sin embargo, más remilgada y ansiosa en lo relativo al sexo de lo que Jenny había reconocido previamente. Recordaba incluso recientemente, por ejemplo, “percibir y no percibir” que su madre había cambiado de tema después de que toda la familia hubiera ido a ver una película y la conversación sobre la misma hubiera derivado a una escena de sexo de la película. “Chico, ella es realmente buena en eso. Pasa tan rápido y tan sutilmente que nadie lo nota. O, al menos, yo no lo noto”. La inhibición transmitida por su madre, parece ser, no sólo había afectado directamente a Jenny en lo nuclear, sino que también inhibió que percibiera esto en su madre y en sus comunicaciones, dificultando, así, la capacidad de Jenny para elaborarlo.

Es importante tener en cuenta, también, en este contexto, que la inhibición no estaba vinculada a ningún tipo de castigo ni prohibición manifiestos. La amenaza no era que su madre se enfadara con ella. Era no complacer a su madre. O, más aún, que su madre no resonara con ella tan plenamente como solía hacerlo. En esencia, los contornos del self preferido de Jenny, su self en relación, tomaron forma en respuesta a las angustias e inhibiciones de su madre, que la indujeron silenciosamente a construir su sentido del self de un modo que maximizaba la disponibilidad del reconocimiento y el amor de la madre. La ansiedad surgió en relación con su sexualidad, pero no como consecuencia de ninguna prohibición manifiesta, en realidad de ninguna prohibición de la que su madre fuera ni siquiera consciente de estar transmitiendo.

Lo que esta historia resalta es que la evolución del self –y especialmente la evolución de sus límites, de las partes de la experiencia del self que son excluidas o dejadas de lado- no es modelada solo por los peligros que se registran como peligros, y que son fácilmente identificables como peligros, sino que está fuertemente influenciada por sutiles variaciones en la receptividad y la sintonía del cuidador. Los analistas están cada vez más acostumbrados a buscar y discutir esos temas de sintonía, pero rara vez estaban en foco antes de que la teoría del apego evolucionara, y han sido asimilados gradualmente en el pensamiento psicoanalítico y especialmente en la práctica psicoanalítica.

El ejemplo de Jenny también ilustra que la relevancia de una perspectiva de apego para entender a los pacientes que no consiste simplemente en buscar los modos en que estos tienen un apego inseguro. El hecho de que la investigación indique repetidamente que la mayoría de los niños y adultos son clasificados como con apego seguro, sugiere que una buena porción de pacientes, también, entra dentro de esta categoría. Y como ilustra el caso de Jenny, tener un apego seguro puede plantear sus propios desafíos. Cuando la mayoría es bueno, los riesgos en cierto sentido son mayores, porque hay más que perder. Como he apuntando antes, aun en la relación de apego más segura, la figura de apego está inevitablemente más cómoda y es más resonante con ciertos aspectos del repertorio de deseos y sentimientos del niño o el infante que con otros. Dicho de otra forma, aun cuando el niño sea seguro, las mismas afirmaciones que lo hicieron seguro bien pueden haber que hecho que otras partes del self en desarrollo hayan permanecido en la oscuridad. Ninguna figura parental está igualmente atenta y sintonizada con todos los aspectos del niño en desarrollo, y esa sensibilidad diferencial, así como las prohibiciones manifiestas, moldea de modo significativo las capacidades propias para el placer así como para las restricciones y la vulnerabilidad al sufrimiento.

Experiencia temprana y la posterior perpetuación bidireccional: el caso de David

Otro caso, el de David, ilustra de modo diferente cómo los conocimientos de la teoría del apego se emplean a través de la lente terapéutica particular del punto de vista psicodinámico cíclico. Consistente con un foco psicodinámico cíclico, describo aquí las dificultades de David originadas en la relación de apego con su madre y cómo se mantuvieron mediante una serie de ciclos de retroalimentación (primero con ella y luego con figuras posteriores de su vida) que se convirtieron en gran medida en autoperpetuados. David sufría una vulnerabilidad narcisista importante, alternando experiencias de grandiosidad con sentimientos de desvalorización, falsedad e insignificancia. Si nos fijamos en los primeros años de David, no es difícil ver cómo comenzó este patrón. La madre de David lo consideraba brillante y “especial” (y en muchos sentidos lo era; era un individuo inusualmente talentoso y dotado). Pero ella también necesitaba que él fuese especial, y no podía apreciar bien cuando él estaba angustiado, le faltaba confianza o no era tan brillante. Exageraba sus logros, ante sí misma y ante los otros, con una especie de estrechez de miras de color rosa. También, y de un modo importante fatídicamente para David, lo hacía con un tono de buena voluntad y reaseguramiento (“oh, estoy segura que hiciste la prueba mejor que todos los demás”). No oía cuando él se sentía preocupado o intimidado, cuando lo que realmente había logrado no era lo que ella estaba describiendo y, como consecuencia, no importaba lo bien que David lo hiciera –no sólo era un estudiante sobresaliente, sino también socialmente popular, un músico de talento y un excelente atleta- él sentía que lo que lograba no era “suficiente”.

La incesante admiración y exageración de sus logros por parte de su madre hacía que David se sintiera no visto y no escuchado de un modo importante y, consecuentemente, la efusión masiva de lo que parecía amor y admiración por parte de su madre lo dejaba a menudo sintiendo, más que un cálido resplandor de aceptación, un sentido no muy articulado pero sí muy definido de estar solo. Es más, el hecho de que ella fuera tan manifiestamente amorosa (aunque hacía un personaje ficticio en lugar de hacia el David real) le hacía más difícil entender por qué se sentía tan inseguro, y hacía que le pareciera aún más vergonzoso e inaceptable que se sintiera así. Una gran parte del primer periodo de su terapia consistió en que me repitiera lo amorosa y maravillosa que era su madre y por tanto lo incomprensible, e incluso “perversa” que le parecía la fluctuación en su autoestima. Y, en realidad, a pesar de los elementos problemáticos que subrayo aquí, había mucho de genuino en su posición amorosa hacia David; lo admiraba, estaba orgullosa de él, y rara vez se mostraba crítica o manifiestamente descontenta con él.

Por supuesto, había crítica e insatisfacción implícitas en su exageración; lo que David realmente era parecía no ser suficientemente bueno para ella, no merecer su admiración. En cierto sentido, era la imagen de David lo que ella amaba. Este aspecto de su relación con David ayuda a explicar cómo él se volvió tan vulnerable a mantener una imagen exagerada de sí mismo más tarde en su vida y a intentar persuadir a todos los que conocía de que esta imagen exagerada era quien realmente era. Pero la perspectiva del discurso y la conceptualización psicoanalítica que describe emociones superficiales enmascarando las opuestas ocultas–enfatizando la hostilidad, exigencia o decepción que yacen ocultas tras la actitud manifiestamente amorosa de su madre (y tratando estos sentimientos y actitudes menos visibles como en cierto modo las más “reales”, como la profunda verdad oscura oculta bajo la superficie)- no llegan a captar suficientemente la atmósfera de crianza de David ni –y esto es importante- ni a alertar la impronta que supuso para David, resonar con su propia experiencia de crianza. Una comprensión más útil clínicamente, creo, es la ofrecida por una síntesis del énfasis psicoanalítico tradicional en el conflicto y la motivación inconsciente y los conocimientos de la teoría del apego en torno a la necesidad del niño que está creciendo de experimentar una receptividad en sintonía por parte de sus figuras de apego. En muchos sentidos, la madre de David era genuinamente amorosa, pero no estaba en sintonía, no veía lo que David necesitaba, ni respondía de un modo que le hiciera sentir visto y entendido. El dolor que él sentía no era tanto el de las prohibiciones severas y la hostilidad enmascarada; era más lo que podríamos llamar un dolor de apego, el dolor de no sentirse sostenido de forma segura por alguien que lo tuviera en mente.

Muchos pacientes sufren no tanto por haber sentido un rechazo u hostilidad manifiestos, como por la presión (a menudo sutil pero, no obstante, poderosa) de ser quienes sus figuras de apego clave necesitan que sean. Cuando esto es una dinámica primaria del desarrollo de un niño, pueden, debido a la necesidad, desarrollar una sensibilidad de la que carecen las figuras parentales, aprendiendo, a nivel implícito, a leer a dicha figura parental y a saber lo que necesita y cómo proporcionárselo. En dichos casos, el proceso nuclear vincular entre dos personas que es un proceso de sintonía y adaptación mutuas, colapsa en un fenómeno unipesronal, en el que el niño en desarrollo intenta de forma independiente ser la persona que la figura de apego necesita en lugar de participar en un proceso mutuo de reconocimiento y adaptación. Esta es la trampa en la que David cayó, y que tuvo una influencia decisiva en toda su vida. Como un adicto, David ansiaba admiración, sólo se sentía vivo y entero cuando la recibía y estaba entrenado en arreglárselas –a la larga con un gran perjuicio para él- para conseguir que los otros lo admirasen de la manera reverencial en que lo hacía su madre.

Uno de los elementos centrales en nuestro trabajo terapéutico era mi compromiso sincero y realista con los puntos fuertes y los débiles de David, las cualidades y logros de los que estaba genuinamente orgulloso y que lo hacían sentirse seguro y los modos en que secretamente abordaba sus dudas o le preocupaba que la imagen que daba ante los demás fuera falsa. Cuando le hablé por primera vez de sus incertidumbres, de sus (apenas visibles) angustias y de que su modo de presentarse ante los demás era pretencioso, creando un standard agotador de mantener que lo hacía sentir constantemente inseguro, esperaba que se sintiera herido y a la defensiva, y puse especial interés en ser cuidadoso en la manera de decírselo. Sin embargo, para mi sorpresa, casi desde el principio se sintió, por el contrario, reconfortado. En el resto de su vida, sufría un daño narcisista cuando se encontraba con percepciones realistas de sí mismo (y no necesariamente desagradables) que no incluían el resplandor reafirmante de la exageración; pero aceptaba de mí esas percepciones con bastante facilidad. Parecía que la transferencia que traía a nuestro trabajo incluía una esperanza de que esta figura parental pudiera amarlo por quien realmente era, con todas sus imperfecciones[4]. (Una vez dijo que “con todas sus imperfecciones” debería ser nuestra canción).

Me he preguntado lo difícil que habría sido para él entrar en el mismo tipo de relación con una terapeuta mujer, si la transferencia específicamente madre habría sido demasiado fuerte y, por tanto, la necesidad de admiración ilimitada habría sido demasiado grande, o si cualquier terapeuta hombre o mujer, que mostrara desde el principio signos de captarlo realmente y de valorar por quien era, no por quien necesitaba ser, habría contactado inmediatamente con él. Pero fuéramos o no los afortunados beneficiarios del accidente de género de nuestra pareja, él mostró claramente un fuerte ansia de conexión que fuera tanto amorosa como en sintonía de forma realista, en la cual “con todas sus imperfecciones” nunca se confundiera o terminara significando solo “imperfecciones”.

Pero era tan importante para el trabajo   la elaboración de la relación terapéutica entre David y yo como prestar la atención a cómo las dificultades de David eran mantenidas por los modos en que él interactuaba con los demás en su vida fuera del consultorio. El proceso por el cual la dinámica central de la vida de David se expandía a partir de la relación de apego con su madre en la infancia hacia un patrón aún más generalizado cuando se hizo mayor fue un proceso en el que su modelo operativo interno de relaciones lo impulsaba a reclutar involuntariamente un rango mayor de personas como cómplices en el mantenimiento de ese modelo, haciéndolo, de este modo, autoperpetuado. Cuando David se sentía inseguro o poco importante, contrarrestaba esos sentimientos exagerando sus logros (ya de por sí sustanciales) o comunicándolos de un modo que oscurecía selectivamente cualquier elemento de la historia que moderase la impresión triunfante que su narrativa transmitía. Esta estrategia procedía en gran medida de un modo automático, impulsado por la angustia, y era algo que a David le costó mucho reconocer conscientemente. Y aunque funcionaba a corto plazo –permitiéndole impresionar a los demás y sentirse importante y valioso- también era la receta para seguir generando sentimientos de falsedad y de no estar a la altura de la imagen que estaba proyectando. Como consecuencia, se veía impulsado a involucrarse en un embellecimiento aún más compensatorio para sofocar los sentimientos que habían generado las exageraciones previas, lo que lo llenaba profunda e interminablemente de dudas sobre sí mismo no reconocidas.

A veces las dudas podían mantenerse a raya durante periodos de tiempo considerables. Otras veces, el esfuerzo colapsaba en un lodazal de autodesprecio y sentimientos de inutilidad. Pero en ambos casos, este modo de vida se convirtió en una especie de máquina en continuo movimiento, en la que la presentación exagerada de sí mismo, diseñada para sofocar los sentimientos de inutilidad y falsedad terminaba por alimentar esos mismos sentimientos, generando así más de lo mismo. Este tipo de ciclo autoperpetuado es el fenómeno que confiere el adjetivo cíclico al punto de vista psicodinámico cíclico, y es un fenómeno en el que la comprensión del papel de los cómplices en mantenerlo es crucial.

Un modo clave en que los otros eran captados como cómplices involuntarios para mantener el patrón era simplemente cuando se apartaban de él o cuando no les gustaba. Con el tiempo la incesante necesidad de David de ser admirado tendía a ahuyentar a las personas que no tenía una necesidad especial de permaencer en contacto. Muchas personas se sentían inicialmente atraídas por él, puesto que no sólo era inteligente y dotado, sino que también podía ser muy ingenioso y encantador. Pero no pasaba mucho tiempo antes de que aquellos que podríamos llamar más saludables se apartaran. En último lugar, no resulta muy gratificante pasar tiempo o tener una relación con alguien que está tan anhelante de admiración, que convierte toda conversación en una oportunidad de hacerte saber (y con considerable ornamentación) lo que él ha logrado y que tiene poco espacio mental para una relación más mutua, en la que el respeto y la atención vayan en ambas direcciones. Consecuentemente, aquellas personas que permanecían con David, que eran parte regular de su vida e interactuaban con él reiteradamente, tendrían a ser personas cuya propia autoestima era frágil y que la reforzaban asociándose con alguien que transmitía una imagen de grandiosidad. La propia dinámica de estas personas los llevaba a invertir en la versión más mítica de David, y a sentirse mejorados por la idea de que eran amigos suyos o al menos formaban parte de su vida.

El modo en que el primer tipo de cómplice involuntario contribuía a mantener las inseguridades de David (perpetuando así el patrón motivado por la angustia) es más obvio. Al apartarse de él, o, a veces, incluso menospreciándolo o pinchándole el globo, actuaban claramente de un modo que hacía que David se sintiera menoscabado. Pero, en cierto sentido, la participación del segundo tipo de cómplices era más interesante y, puesto que eran las personas que cada vez más poblaban su vida, los que permanecían, su impacto era tal vez mayor. A corto plazo, rodearse con personas así hacía que David se sintiera bien. Podía disfrutar de su admiración y, por tanto, mantener el sentido del self que tan duro trabajaba para mantener. Pero su admiración era un arma de doble filo. Estos individuos frágiles y dependientes necesitaban que él fuera especial, que no tuviera imperfecciones, que fuera alguien cuyo nombre ellos pudieran soltar y, con ello, impresionar a otras personas. Y, como resultado, actualmente terminaban por tener bastante poder sobre él. Aunque eran los admiradores en posición de inferioridad y él era el objeto de admiración en superioridad, también eran, en cierto sentido, los supervisores de David; puesto que la propia necesidad de su admiración por parte de David era tan intensa como lo era la que ellos tenían de asociarse con alguien cuya importancia impulsara su precario sentimiento de autoestima, David necesitaba, para sus propósitos, ser (o al menos parecer) la persona que ellos admiraban. Y, a la inversa, puesto que las propias necesidades de los cómplices eran tan intensas, tenían escasa tolerancia a cualquier titubeo por parte de David. Si él mostraba debilidad, ellos se ponían en pie de guerra. O, por decirlo de otro modo, si él mostraba debilidad (o lo que es la complejidad humana normal) ellos se aterrorizaban, y no tenían más opción que buscar otra persona que pudiera llenar la necesidad para la que había servido David. Así, había un elemento importante de verdad en la preocupación implícita de David de que si no mantenía su imagen grandiosa, las personas que poblaban su vida perderían interés en él y lo abandonarían decepcionados (y tal vez incluso desdeñosamente).

Los analistas están acostumbrados a contemplar los problemas que sus pacientes les traen como derivados de percepciones no realistas o distorsionadas y a dar por hecho, al menos implícitamente, que la terapia los ayudará a ser más realistas. Pero no es infrecuente, como en el caso de David, que la percepción de los pacientes de que habrá consecuencias dolorosas si cambian el patrón de vida que constituye su trastorno que no sea solo una fantasía. David vivía en un rincón del mundo extraño, creado por su propias necesidades intensas, habitado por personas y caracterizado por costumbres que mantenían esas necesidades y las hacían parecer un reflejo realista de cómo funciona el mundo. Aunque ninguna de las partes era plenamente consciente de lo que sucedía, había una buena dosis de realidad en la percepción implícita de David de que estos admiradores aparentemente tan fervientes lo abandonarían rápidamente si no servía a la enorme necesidad que tenían de su personalidad grandiosa.

Así, aunque en la relación terapéutica David pudiera experimentar cómo era ser visto con realismo y gustar y ser respetado por ser quien realmente era, “con todas sus imperfecciones” era un tremendo desafío ayudarlo a ampliar esta experiencia a su vida cotidiana. Se veía atrapado en el dilema que dominaba su vida (aunque sin ser capaz de articularlo conscientemente) –las personas que podían relacionarse con él más a la manera que yo lo hacía[5] tendían a ser ahuyentados por el patrón que, sin embargo, no podía romper, contribuyendo a su manera a la incapacidad de David de romper el patrón- y aquellos que seguían formando parte de su vida “demandaban” continuamente que siguiera siendo como era (contribuyendo de otro modo a que David no fuera capaz de romper el patrón).

Así, puede ser necesario un rango de intentos activos y estructurantes, diseñados para ayudarlo a cambiar tanto el elenco de personajes con los que suele interactuar como lo que sucede en las interacciones en las que se involucra. Desarrollar e implementar dichos procedimientos de tratamiento es un tema complejo que no puedo abordar aquí (ver Wachtel, 1997, 2008, 2011). Pero es importante darse cuenta de que aquellos de nosotros que nos guiamos por perspectivas psicoanalíticas o de apego podemos subestimar la importante de este tipo de intentos porque, si nos aproximamos al paciente con habilidad y sensibilidad, podemos ver a la persona cambiar ante nuestros ojos (como hice con David) y, de acuerdo con lo que podría considerarse el sesgo interno de la práctica psicoanalítica, podemos suponer que una vez que esta parte del proceso (más crucial e importante en esa perspectiva) ha sido cuidadosamente elaborada, el cambio se extenderá casi automáticamente a su vida cotidiana. Pero es importante tener en cuenta que nuestros pacientes a menudo hacen una discriminación crítica (si inconsciente): “es seguro para mí ser diferente en la oficina, pero no tanto cambiar fuera de ahí”. Y, como he estado discutiendo vis-a-vis con David, a menudo esto contiene más verdad de lo que nos damos cuenta. No sólo ha estado trayendo una expectativa no realista de sus relaciones con otras personas. La dinámica bidireccional entre los modelos operativos internos de las relaciones que tienen las personas y la conducta de otras personas que son atraídos como cómplices a la vida de la persona puede crear un ciclo repetitivo en el que las realidades de su vida a menudo empiezan a conformar lo que estamos acostumbrados a considerar sus fantasías[6]. Sin la atención focal a los detalles de las interacciones del paciente con los demás en su vida cotidiana, podemos percibir una falsa sensación de progreso por los cambios que observemos (y experimentemos directamente) en relación con nosotros.

Psicodinámica cíclica y apego: consideraciones adicionales

Tanto el caso de Jenny como el de David ilustran el modo concreto en que el punto de vista psicodinámico cíclico recurre a la teoría del apego en el contexto terapéutico. Ambos casos comparten el énfasis en los procesos de apego más que en las categorías de apego y en el apego entendido como un fenómeno bipersonal, en lugar de como propiedad de un solo individuo (cf. Wachtel, 2010). Ambos subrayan cómo las angustias que impulsan los patrones maladaptativos pueden estar arraigadas no sólo en las amenazas y peligros que constituían el foco original de la teoría y la práctica psicoanalíticas, sino también en la perspectiva de perder lo que se ha convertido en algo tan preciado, el amor, admiración o sintonía que, cuando no están enmarañados con el tipo de dinámicas que se describen aquí, pueden ser tan buenos (y cuya pérdida es necesario evitar intensamente).

El caso de David subraya concretamente otra dimensión de la psicodinámica cíclica que se responsabiliza del apego también: los modos en que los modelos internos del self o de las relaciones forman parte de un conjunto de procesos de retroalimentación bidireccionales en los que el mundo interno y el externo no son campos separados sino que se modelan continua y recíprocamente el uno al otro. La mera estructura de la vida que la persona ha creado para sí mismo crea bucles de retroalimentación que mantienen el patrón en marcha. Por esta razón era tan importante para el proceso la exploración directa y la reelaboración mediante la relación terapéutica, y necesitaba ser complementada por una atención considerable a cómo los modelos operativos internos de David se renovaban y reconfirmaban continuamente en sus interacciones con los cómplices de su vida cotidiana.

Una nota final sobre el apego y sus ramificaciones psicológicas

El apego en la mayoría de las especies es principalmente un fenómeno de regulación de la proximidad física. Las dinámicas de apego se manifiestan en la tensión entre permitir a los jóvenes explorar su entorno para obtener las habilidades y el conocimiento necesario para sobrevivir a largo plazo y observar atentamente, y restringir cuando sea necesario, esa exploración para asegurar la supervivencia en el momento presente; los hijos deben ser libres de deambular y explorar, pero no demasiado libres. Una cierva o una leona sobreprotectoras perjudicarán las oportunidades de sus crías para aprender con éxito todo lo necesario para sobrevivir en el entorno al que tienen que adaptarse a lo largo de su vida. Una cierva o una leona negligentes expondrá a los jóvenes a peligros que pueden amenazar su supervivencia antes de que hayan aprendido esas habilidades. El proceso de apego, aun en animales no humanos, se caracteriza idealmente por el equilibrio dinámico más apropiado para aumentar la probabilidad de supervivencia. Es probable que los extremos en una u otra dirección sean erradicados en el transcurso de la evolución puesto que las crías de las madres animales sobreprotectoras o negligentes tienen menos probabilidades de vivir lo suficiente para reproducirse y perpetuar estos malos hábitos de maternizaje. Esta dialéctica entre permitir la exploración y ofrecer una base segura es compartida también por los humanos, pero para ellos el proceso es más complicado y está más vinculado, de un modo crucial y trascendental, con las emociones.

Uno de los elementos clave que distinguen el apego en humanos de su contrapartida en otros mamíferos es que las crías de la mayoría de los mamíferos tienen movilidad desde el momento de su nacimiento. Se sostienen sobre sus patas tambaleantes y comienzan a moverse, poniéndose en peligro. Los humanos, por el contrario, no sólo son dependientes durante un periodo inusualmente largo (el aspecto del desarrollo humano que resulta más notorio); están sin movilidad durante un periodo llamativamente largo. Los fundamentos del apego en los humanos, por tanto, están bien establecidos antes de que el joven miembro de la especie pueda alejarse hacia el peligro. La técnica de la Situación Extraña, podemos recordar, mide patrones de apego que ya están establecidos, aunque se administra a infantes y niños pequeños que apenas (o a veces ni eso) han aprendido a andar. Así, el apego en los humanos es, en su raíz, no tanto sobre la regulación de los movimientos como sobre la regulación de las emociones y de las experiencias subjetivas de confianza (Fonagy y Allison, 2014)[7].

La perspectiva etológica que fue una de las fuentes del trabajo de Bowlby resalta ampliamente las semejanzas entre especies (aunque por supuesto no es ciega a la importancia de las diferencias). Pero la nuestra es una especie que se distingue por una preocupación inusual no sólo por la supervivencia o el bienestar físico, sino también por el bienestar emocional –tal como refleja el mero hecho de que hayamos creado la profesión a la que pertenecen los lectores de esta revista. Los psicoanalistas y psicoterapeutas no se contentan con el mero éxito etológico; muchos de nuestros pacientes, después de todo, son padres y por tanto han afrontado el reto de transmitir sus genes. Pero simplemente llegar a la etapa adulta y convertirse en padres no es un criterio probable para el éxito en los estudios de resultados de la psicoterapia.

La selección natural no se preocupa de lo feliz que es la criatura, sólo de si sobrevive para reproducirse y transmitir sus genes, y los fenómenos de apego en la mayoría de las especies están diseñados evolutivamente para ese resultado específico. Con seguridad, aun en las especies no humanas, el desarrollo emocional no es totalmente separable de la supervivencia y, especialmente, del éxito reproductivo. Los experimentos de Harlow con madres de tela y de alambre, así como muchos otros estudios de primates privados de experiencias de apego saludable y examinando qué tipos de experiencia, y cuáles no, pueden reparar sus capacidad de interacciones exitosas con sus padres (y por tanto el emparejamiento) indican que el desarrollo emocional y la salud emocional pueden tener una relevancia importante en la transmisión de los genes. Y, ampliando la posición de Fonagy y Allison (2014) sobre la confianza epistémica, uno puede preguntarse si los cachorros de una leona que no los lame afectuosamente son tan propensos a seguir su ejemplo para aprender habilidades de caza.

Pero los elementos de apego de más interés para los psicoterapeutas quedan más iluminados si prestamos atención a cómo el apego en los humanos difiere de los fenómenos de apego en otras especies que atendiendo a las similitudes. La comprensión etológica del apego puede darnos una sensación reaseguradora de base biológica para nuestras ideas, pero la comprensión exclusivamente humana, y francamente psicológica, es, probablemente, más útil para el trabajo que hacemos como terapeutas. Pero lo más importante que Bowlby nos transmitió, creo yo, es una comprensión más sensible de cómo nuestro sentido del self y la aceptación o rechazo de nuestros propios sentimientos e inclinaciones están modeladas por lo efectiva y fiablemente que nuestros cuidadores (y luego los demás) nos “capten”, nos acepten y presten atención a nuestros temores y angustias, y creen un entorno en el que podamos explorar, desarrollarnos y llegar a ser plenamente nosotros mismos.

Referencias

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