El balance narcisista, un modelo multidimensional con implicaciones para la elección de foco terapéutico

Publicado en la revista nº057

Autor: Bleichmar, Hugo


Para citar este artículo: Bleichmar, H. (Febrero, 2018) El balance narcisista, un modelo multidimensional con implicaciones para la elección de foco terapéutico. Aperturas Psicoanalíticas, 57. Recuperado de: http://www.aperturas.org/articulos.php?id=0001003&a=El-balance-narcisista-un-modelo-multidimensional-con-implicaciones-para-la-eleccion-de-foco-terapeutico

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Resumen

En este artículo (1) se presenta un modelo integrador que considera múltiples factores que intervienen en determinar el balance narcisista, es decir, el grado de satisfacción o de insatisfacción que cada persona tiene consigo mismo. La utilidad del modelo reside en que permitiría una psicoterapia más específica en la cual terapeuta y paciente pueden seleccionar focos de intervención de acuerdo a cuál factor sería el más relevante para cada paciente o para cada momento del tratamiento.

Palabras clave

Narcisismo, self, superyó, recursos yoicos, sentido de realidad

Abstract

In this paper (1), we are presenting an integrationist model that incorporates the multiple variables that factor into the maintenance of narcissistic balance, that is to say, the level of satisfaction or dissatisfaction that each person has with him or herself. The utility of the model resides in its potential for providing more individually-tailored psychotherapy, in which the therapist and patient focus on the factor(s) that is/are most relevant for the particular patient, or for a particular moment of time within the treatment.

Keywords

Narcissism, self, superego, ego resources, sense of reality



Introducción

En este trabajo presentaré un modelo que describe múltiples dimensiones que interjuegan para dar como resultado el balance narcisista; es decir, el estado de bienestar o malestar, de satisfacción o insatisfacción que cada uno tiene consigo mismo. La finalidad del modelo es que nos sirva para que en psicoterapia no nos restrinjamos a trabajar solamente en un sector de las dimensiones que determinan el balance narcisista, por ejemplo en las representaciones que alguien tiene de sí mismo.

El modelo propuesto no hubiera sido posible sin los aportes, a los que trata de integrar, de lo que el psicoanálisis ha proporcionado al conocimiento del narcisismo, empezando por Freud. La bibliografía siguiente, a la que quiero prestar reconocimiento, es sólo una muestra, por razones razones de espacio, de algunos trabajos que considero que más me influyeron pero que no hace justicia a la extensa producción psicoanalítica, baste dejar constancia que en la base PEP de psicoanálisis hay 476 trabajos sobre el narcisismo (Bibring, 1953; Blatt, Quinlan, Chevron, McDonald y  Zuroff, 1982; Freud, 1914/1992; Joffe y Sandler, 1965; Kernberg, 1975, 1986; Kohut, 1971, 1972; Lagache, 1958; Ornstein, 1998; Orth y Luciano, 2015; Rado, 1951). Respecto a la evaluación del narcisismo: (Donnellan, Ackerman y  Brecheen, 2015; Miller, Gentile, Wilson y  Campbell, 2013; Miller, Widiger y  Campbell, 2014; Pincus, Cain y  Wright, 2014; Pincus y Lukowitsky, 2010; Russ, Shedler, Bradley y Westen, 2008).

El diagrama que incluyo nos facilitará examinar en detalle las condiciones que determinan el balance narcisista.

 

 

Detengámonos en el centro del diagrama. Tenemos 4 condiciones: representaciones del self, nivel de ambiciones e ideales, severidad de la conciencia crítica (superyó), y nivel de recursos yoicos.

Lo que quiero destacar es que el resultado final, lo que he llamado balance narcisista, resulta no de un estado de uno u otro de esos factores sino del interjuego de los mismos. Alguien puede tener, pongamos por caso, representaciones básicas de sí mismo llamémoslas “aceptables” en las diferentes áreas de la representación de sí mismo –evaluación de su físico, de su inteligencia, de su ética, etc.-, esas representaciones no son ni desvalorizantes ni euforizantes de por sí. Sin embargo, si sus aspiraciones, sus ideales, sus metas son excesivamente elevadas, sentirá una tensión, un sentimiento de que no es lo que quisiera. Aun así, eso no basta, cuántos de nosotros sentimos esa disparidad y vivimos con ella sin excesivo malestar; pero si a eso se le agrega un superyó severo, exigente, incluso sádico que reprocha, que no tolera las imperfecciones, entonces la persona caerá en balance narcisista negativo.

Hay, además, otra condición que interviene: el nivel de rescursos yoicos, es decir, capacidades instrumentales prácticas, habilidades intersubjetivas para promover en los demás una respuesta positiva. Alguien podrá tener elevadas ambiciones pero si tiene los recursos yoicos para ir satisfaciéndolas, podrá estar balanceado.

Lo anterior permite entender el porqué de la insistencia en hablar del interjuego de las dimensiones que se encuentran en el centro del diagrama, ninguna de ellas es de por sí suficiente, sino que es la interacción de las mismas lo que empuja el balance narcisista en una u otra dirección.

Esto tiene consecuencias para la psicoterapia. Habitualmente se centra en la imagen que alguien tiene de sí mismo como si fuera el factor único o principal del estado narcisista, en las representaciones que fue adquiriendo de sí, en los mensajes parentales, en las identificaciones con lo que sus padres pensaban de sí mismos, en las experiencias que fueron positivas o negativas para su narcisismo. No cabe duda que eso cuenta y, en algunos casos, de manera decisiva. Pero de poco sirve tratar de modificar esas representaciones si el problema reside en un superyó cruel, en el autoodio resultado de la incorporación de una forma de relacionarse consigo mismo que es la que los padres tenían con el niño/a. Haga lo que haga la persona, el autoodio encontrará la excusa para atacarse, para rebajarse. El estado emocional de autoodio precede a los juicios particulares que el sujeto irá haciendo de sí. Así como un padre o una madre que odia a su hijo/a encontrará la forma de hacerlo sentir mal, el superyó sádico encontrará el argumento para la autodescalificación. Por tanto, en este caso, el foco terapéutico será el análisis del superyó y no simplemente el tratar de desentrañar las imágenes que alguien tiene de sí mismo como si éstas fueran una especie de depósito inmutable.

La realidad exterior, la intersubjetividad

Antes de seguir quisiera destacar un hecho: el balance narcisista es algo dinámico, nunca estable, va variando de acuerdo a condiciones exteriores, al azar de los momentos de la vida, de la gente con la cual interactuemos. Si tenemos la felicidad de encontrarnos con una pareja “kohutiana”, y somos del tipo de personalidad que Blatt (Blatt, Quinlan, Chevron, McDonald y Zurof, 1982) denominó “anaclítica”, o Beck (1967) “sociotrópica”, es decir sensibles a lo que los demás nos devuelvan como imagen de nosotros, entonces podremos ser compensados en el balance narcisista.

La infancia es muy importante, pero lo que le vaya a uno sucediendo día tras día también cuenta y, a veces, de manera decisiva. Si uno tiene un fracaso importante, si lo deja la pareja, si pierde el trabajo y entra en un desempleo prolongado, si hay traumas narcisistas, si suceden ese tipo de cosas, habrá una mella en la autoestima. De modo que, si bien es importante aquello que uno adquiere desde niño, es evidente que eso es un primer núcleo pero que dependerá de que seamos capaces en las sucesivas etapas de nuestra vida de ir logrando lo que para cada una de esas etapas resulta importante. Por ejemplo, en la adolescencia, la habilidad para promover en el otro el efecto deseado, para obtener la respuesta amorosa que se busca. Recordemos la teoría de Erik Erikson (1959) sobre la evolución de la identidad, que afirma que ésta va variando a lo largo de la vida de acuerdo a lo que en cada etapa sean los requerimientos psicológicos y sociales. Por ejemplo, supongamos una mujer que tiene una buena autoestima en su infancia, adolescencia, en la temprana juventud y que tiene como ideal fuerte -casi piedra angular de su sentimiento de valía- la maternidad. Si por alguna circunstancia eso no se logra, y ese ideal se va reforzando cada vez más, la consecuencia será el sentimiento de fracaso.

Lo anterior obliga a una ampliación del modelo: los 4 factores que vimos como el núcleo central del diagrama representan una perspectiva intrapsíquica, un examen de los factores internos. Pero las vicisitudes de la realidad cuentan; de ahí que en la parte derecha del diagrama aparezca la realidad externa, incluido el papel de la intersubjetividad, lo que el encuentro con el otro/a va generando.

Nuevamente esto tiene consecuencias para la psicoterapia: si la perturbación del balance narcisista resulta del sometimiento a vínculos tóxicos, éste será el foco pero entendiéndolo no como algo simplemente exterior que le pasa a la persona, como si fuera una tormenta o un terremoto, sino vinculándolo a su historia, a sus necesidades motivacionales –apego, autoconservación, regulación psicobiológica, etc.-, a sus temores, al uso defensivo del otro por uno de los sistemas motivacionales, el de la autoconservación por ejemplo, aunque perturbe a otro, el del narcisismo. O sea, nuevo y complejo interjuego, ahora entre lo interno y lo externo. A esto es a lo que tenemos que estar atentos como terapeutas para no caer en la simplificación de orientaciones que atienden a uno o a unos pocos factores a los que convierten en la causa de todo.

Examen de los sectores del diagrama

Veamos ahora en particular los sectores del diagrama. Comencemos por las representaciones del self. Aquí nuestro reconocimiento a Kohut (1971) y el papel de lo que denominó objeto-self, o sea las funciones que el otro significativo debe aportar a la persona: especularización y permitir la fusión de ese niño/a con la imago parental idealizada. La repercusión de las fallas del otro en cumplir esas funciones, en narcisizar o, todavía peor, la descalificación primaria; pero con un agregado que en la obra de Kohut no fue suficientemente tenido en cuenta: el conflicto que alguien puede tener con los padres por rivalidad edípica, por envidia que le impide fusionarse con la imago idealizada de éstos, sentirse parte de ellos (Klein, 1957/1975). Por supuesto siempre se podría decir: si eso sucede es como consecuencia de lo que los padres hicieron. En parte es así, pero sólo en parte: los celos como una condición humana universal, el inevitable conflicto, factores temperamentales que no pueden desconocerse, eso hace que una posición ambientalista radical –todo es causado por el exterior- sea reduccionista.

Existe otro factor que va creando imágenes desvalorizadas de la persona: la autodescalificación defensiva. Para no rivalizar, por miedo a la respuesta del otro, la persona va ocultando al otro y a sí mismo sus aspectos valiosos, incluso resaltando sus fallas “me critico antes que me critique”, lo que queda incorporado al carácter en un proceso de continua autodescalificación. Es lo que hacen algunas mujeres para no despertar la ira de la pareja narcisista, incluso para amoldarse al rol que se espera de ellas. Lo que es un movimiento defensivo termina generando imágenes estables desvalorizadas.

Esa tendencia a la autodescalificación por temor al otro la constatamos también en una forma muy curiosa a veces en las reuniones científicas o en los cursos de formación, cuando se hacen preguntas que son precedidas por “no sé si lo que voy a decir es adecuado o no…”

Además de como defensa en contra de las angustias persecutorias, en otros casos la autodescalificación resulta de la necesidad de crear una figura idealizada, para lo cual la persona renuncia no sólo a verse como valiosa sino, incluso, al desarrollo de sus capacidades. El ejemplo es el de una mujer que habiendo sufrido por haber visto a su padre como alguien a quien no podía idealizar, lo hizo con su pareja a la cual colocaba en un pedestal de supuesta capacidad, inteligencia, habilidad. Así como hay gente –narcisismo grandioso- que necesita descalificar, existe otra que en el proceso de idealización del otro va rebajando la representación de sí mismo. Más aún, algo que va más allá del nivel de las representaciones de sí, se empobrece en capacidades yoicas, renuncia a ellas.

Están, por supuesto los acontecimientos traumáticos. Es decir, se puede partir de una buena autoestima pero si se sufren acontecimientos traumáticos ulteriores la autoestima va a sufrir un deterioro. Entonces tenemos todo ese sector que podríamos llamar sector representacional que, a su vez, está en continua evolución en base a las distintas etapas, vicisitudes, demandas de la realidad.

Elevadas ambiciones e ideales

Respecto al origen de los elevados ideales y ambiciones, ello puede deberse a que desde el comienzo de la vida fueron adquiridos por identificación con personajes heroicos –figuras de la realidad o de la ficción- pero, también, secundariamente para compensar situaciones iniciales de frustración narcisista. Frente al sufrimiento narcisista, se “sueña” la grandiosidad (Kohut, 1971). Era el caso de un paciente que habiéndose criado en un ambiente muy desfavorecido, con un pobre uso del lenguaje, “soñaba” con lograr pertenecer al círculo de los privilegiados, con obtener grandes reconocimientos. Esas ambiciones actuaron como un motor para impulsar un desarrollo yoico importante, pero, al mismo tiempo, constituían una hipoteca para su psiquismo porque le conducían a fracasos importante.

Superyó

Respecto al superyó no traigo nada nuevo respecto al capítulo sobre el superyó que se incluye en mi libro Avances en Psicoterapia Psicoanalítica (Bleichmar, 1997) pero quiero enfatizar el aspecto del superyó sádico, esa noción psicoanalítica que es tan importante porque nos muestra que podemos haber incorporado una forma de relacionarnos con nosotros de odio hacia nosotros mismos. Si hemos tenido padres que nos han odiado, se tiene una alta probabilidad de tener esa relación con uno mismo en que haga lo que haga se terminará atacándose. El autoodio produce placer, esa es la paradoja: en la medida en que alguien se ataca, verbal o físicamente, en que se llama “idiota, estúpido, inútil,” por un lado hay sufrimiento pero, por otro lado, existe un placer que acompaña a la agresividad. La agresividad está cargada de placer, lo evidencia el niño que muerde, lo muestra el adulto que maltrata. El autoodio, el autorreproche implica una disociación: por un lado soy el atacado; por el otro, el que ataca.

La patología mental y el deterioro del narcisismo

Si alguien tiene una estructura borderline, o padece de una fobia importante, o de una neurosis obsesiva, o de recurrir a la agresividad ante el sufrimiento, todo eso termina produciendo daños en la posibilidad de sostener el narcisismo. Nosotros, con el equipo de psicoterapia del Hospital 12 de octubre integrado por Ángeles Castro, Jesús Fernández Rozas y Javier Ramos hicimos una investigación con pacientes severamente deprimidos en que la agresividad producía efectos interpersonales que los deprivaba de aquello que ansiosamente deseaba tener, reconocimiento por parte del otro.

Si alguien adolece de patología mental y su consecuencia es la perturbación del narcisismo, una baja autoestima, ¿le vamos a “inflar” la representación de sí mismo, especularizando, haciendo psicoterapia de apoyo? ¿Vamos a trabajar en el nivel de las imágenes desvalorizadas de sí mismo o, en estos casos, el foco de trabajo no tendrá que ser prioritariamente sobre la patología, sobre las compensaciones patológicas? Es el caso de una paciente con fuertes rasgos borderline, con ruptura agresiva de vínculos, con con peles en el trabajo, con pérdida de éste, y, finalmente, caída en en un sentimiento doloroso de descenso de su autoestima. Esta influencia de la patología para crear desbalance narcisista es lo que intenta poner de relieve la parte derecha del diagrama.

El trabajo en el vínculo terapéutico. Resiliencia

La otra cuestión es el trabajo en el vínculo terapéutico, el cambio mediante la relación. De importancia decisiva, descuidado en las formas de psicoterapia en que el terapeuta rehúye entrar en el aquí y ahora, en la intersubjetividad continuamente presente aun cuando se esté hablando de vínculos externos. Uno podrá narcisizar, y eso ayuda, pero la realidad es más dura que la “sopita caliente” del terapeuta. Se narcisiza, es útil, el paciente puede entrar en un círculo positivo, en que se siente valorizado, eso le permite hacer cosas que antes no hacía, pero el problema es que se tiene que estar protegido contra las dificultades y golpes de la realidad. Ledoux y colaboradores mostraron que cuando se inscriben nuevas representaciones, las antiguas quedan sepultadas pero no desaparecen (LeDoux, 2015). Es una segunda inscripción, sobre eso hay suficiente evidencia empírica, pero en ciertas condiciones desfavorables que reactiven aquello que quedó sepultado por la nueva memoria las representaciones del pasado vuelven a ser efectivas. Se puede narcisizar a un paciente, como acabo de decir, el paciente entrar en ese círculo positivo en que en base a la valorización se anima a hacer cosas y tiene desarrollos yoicos que antes no tenía, y adquiere por lo tanto una nueva imagen de sí, pero después sobreviene algo en la realidad, una circunstancia desfavorable y hay una reactivación de las representaciones antiguas. De modo que hay un área indispensable a trabajar: la tendencia a recaer nuevamente en la desvalorización ante las circunstancias desfavorables de la vida. De ahí que tengamos que encarar el tema de la resiliencia, palabra a la que se invoca como así como si fuera algo mágico que se tiene o no. La resiliencia se construye a través de sobreponerse al infortunio.

Aquí es donde el trabajo terapéutico consiste en que el paciente recuerde no sólo el trauma, el sufrimiento –eso consolida el recuerdo del trauma- sino cómo salió de esas situaciones dolorosas. Estoy alertando sobre la iatrogenia que produce el creer que recordar lo traumático cura. Hay evidencia empírica de que ello refuerza la memoria traumática. (Alberini, 2013) Lo que cura es la inscripción de la memoria del trauma y de la recuperación. La pregunta, aun planteada esquemáticamente sólo a los fines de enfatizar la argumentación que estoy haciendo, es: “¿Y cómo te recuperaste, qué pasó después, qué hiciste, cómo, a pesar de eso, lograste todo lo que has logrado?” Remarcando esto último. Eso es lo único que realmente puede mantener un nivel más estable de autoestima, o sea, el saber vivencial que ha habido recuperación, por más precaria que haya sido. Saber vivencial implica reforzar la memoria autobiográfica en detalle, no simplemente de forma conceptual, de lo que sobrevino tras el fracaso, tras el dolor, la frustración. La fase ulterior al trauma, la vida que ha continuado a pesar de las heridas. Se ha remarcado la represión de lo traumático pero se ha descuidado que lo traumático reprime el recuerdo de la recuperación. Mi trabajo sobre el acoplamiento de experiencias –unir una experiencia a otra- encuentra una aplicación en el desarrollo en el curso del tratamiento de esta memoria biográfica sobre la memoria trauma-recuperación como una unidad (Bleichmar, 2010). Citado también como aporte hecho por Bleichmar H. por Alberini (Alberini, Ansermet y Magistretti, 2013). En la ventana de oportunidad que ofrece el momento del recuerdo de lo traumático, momento de reconsolidación de la memoria, se introduce no algo ajeno al paciente, una esperanza prestada, sino algo que sí sucedió pero quedó escindido: la vida que surgió, a pesar de las heridas. Por supuesto que hay casos de vidas destrozadas totalmente por el trauma pero, en los casos no extremos, la reactivación de la denominada “memoria episódica” (Dolcos et al., 2017), en este caso la de la recuperación, constituye un factor terapéutico de primer orden.

Sentido de realidad: su desarrollo

Hay una vieja concepción en psicoanálisis, que aún persiste, de que si uno disminuye los conflictos, trabaja la angustia, todo se arreglará. Pero la autoestima depende de tener cierto grado de dominio efectivo sobre la realidad, de tener un mapa anticipatorio de cómo la realidad funciona. No sólo que si hago si tal cosa, tal otra deviene como consecuencia, sino un conocimiento del contexto en que uno se mueve, de lo que sucede en el mundo real. Frecuentemente se razona que si uno no anticipa aspectos de la realidad es por mecanismos de negación o de renegación. El supuesto es: la realidad se capta inmediata, directamente, y si uno no lo hace es porque por razones defensivas elimina el saber algo que sí sabe. Visión ingenua basado en pensar un psiquismo en connaturalidad con la realidad.

La capacidad de ver distintos factores en la realidad y poder prever escenarios de lo que va a suceder no deriva solamente de la ansiedad y del conflicto, es la capacidad de computarizar aspectos de la realidad y sacar conclusiones. El sentido de realidad es una construcción en base a poder establecer correlaciones, de modo que no se adquiere por la solución de los conflictos. De ahí la importancia en psicoterapia de ampliar el sentido de realidad del paciente, de que éste pueda establecer correlaciones cada vez más ricas sobre todo lo que transcurre en la realidad. Sé lo espinoso del tema: que no debemos imponer nuestro sentido de realidad al paciente, que nada garantiza que el sentido de realidad de terapeuta sea válido. Sin duda, pero ayudar a pacientes que fracasan una y otra vez por un déficit en computar factores de realidad, muchas veces porque la captación de la complejidad de la realidad no estuvo en el repertorio de los padres, es algo que no se puede soslayar. ¿Cómo hacerlo sin caer en la colonización de la mente del paciente, en imponer nuestra concepción de la realidad? (Searle, 1996). La solución, por imperfecta que sea, podría consistir en ir haciendo ver factores parciales, datos de la realidad que el paciente no toma en cuenta, insistimos, no por razones defensivas sino porque nunca fueron pensados. El poder anticipar consecuencias, reacciones del otro, mentalizar lo que mueve a la gente, sus necesidades, sus formas de relacionarse, es parte del sentido de realidad que, a su vez, es un subsector dentro del gran tema de los recursos yoicos a ayudar a desarrollar. Por tanto, una vez más, el mantenimiento de la autoestima depende de trabajar, de acuerdo a cada caso, el o los múltiples sectores que intenta ubicar el diagrama del balance narcisista.

Caso clínico

Veremos ahora un caso clínico que muestra la dificultad de una clasificación absolutamente dicotómica entre trastorno por déficit y trastorno por conflicto, o entre narcisismo vulnerable y narcisismo grandioso. Esas diferencias son válidas pero no nos podemos encerrar en ellas y lo interesante es ver que el psiquismo tiene capas, y que puede haber un narcisismo grandioso con un narcisismo vulnerable subyacente

Es un hombre de unos 35 años, sobrevalorado. Entra a la consulta “sacando pecho”, “ocupando espacio”, ampuloso, haciéndome notar su presencia. Muy simpático, seductor, brillante, continuamente alardea de sus logros o de proyectos que le producirán una gran ganancia, los que después no se concretan como él esperaba. El sentido de su discurso es producir un efecto en mí acerca de lo ingenioso que es, no me cuenta de sus dificultades. En realidad está sometido a mí, así como estuvo sometido a su padre. Tiene, por un lado, soberbia y, por otro, inseguridad y fundamentalmente dependencia del otro, vive para el otro, seduce, aplaca al otro. La cara del otro, el estado emocional del otro es su punto de referencia. Todo lo que despliega, su soberbia, su prepotencia es más bien una compensación a través del efecto que produce en el otro para mantener su autoestima. Esto tiene que ver con algo que es una de las cosas más notables en nosotros como seres humanos: la dependencia de la mirada del otro. Por eso, para mí, la técnica kohutiana tiene un peligro, puede reforzar la dependencia de la mirada del otro. Después podrá haber una internalización transmutadora, pero hay algo estructural en la forma del vínculo terapéutico: el paciente se acostumbra a tratar de producir la especularización del otro, y nosotros se la damos.

Con esa especularización, mantenemos, a pesar nuestro, la condición de depender de la mirada del otro. El video del experimento de Tronick llamado “Still face” - cara inmóvil- muestra con toda crudeza la dependencia de la mirada del otro (Zero to three, 2009).

Es lo que en la página Web hemos desarrollado como propuesta para contribuir a la descolonización emocional. (http://www.colonizacionemocional.com/info/colonizacion-emocional-abuso-y-maltrato-encubierto)

Reside aquí otra de las paradojas de la psicoterapia: para poder ayudar a cambiar al paciente, éste tiene que depender de nosotros, de nuestra mirada. Pero para no reforzar la dependencia acrítica, es indispensable que exista un movimiento que de alguna manera pueda contrarrestarlo. En la terapia trabajamos ese aspecto estructural de la condición humana, la dependencia del paciente con respecto a nuestra mirada. Por supuesto que hay que hacerlo en el momento adecuado, pero uno tiene que mostrar “esta es mi opinión, la tuya puede ser totalmente diferente”. Sobre todo trabajar con el paciente que la mirada del otro -la nuestra como terapeuta también- depende de preferencias, depende de necesidades del otro. Que la mirada del otro no certifica lo que nosotros somos, sino que lo único que evidencia es lo que quiere el otro.

Volviendo al paciente, su yo ideal es el del hermano y el padre. Los mandatos de su superyó no son de orden moral, es capaz de hacer todas las triquiñuelas sin ningún sentimiento de culpa o de estar en falta. No tiene el superyó freudiano, el superyó de la culpa. Tiene el mandato narcisista “debes ser grandioso”, “debes hacer cosas importantes”, “no debes fallar”. Su trauma narcisista es haber sido considerado menos brillante que su hermano, no haber sido especularizado por el padre. Veamos ahora una sesión.

Comienza con un sueño. Él sabe que me gustan los sueños, entonces trae sueños. En esta ocasión el sueño es acerca de un coche pequeño, un Fiat 600, anda en ese coche y todos lo adelantan en la autopista… lo lleva al mecánico para que le cambie el motor, le cambia el motor, el coche sigue siendo pequeño pero con un motor poderoso. El sentido del sueño aparece claro vinculado a los sentimientos de inferioridad del paciente. No enuncio ninguna interpretación en ese momento porque me parece que sería una ruptura de lo que él podrá seguir asociando. Luego me habla de un negocio que le reportará mucho dinero, yo lo veo como no realista, no le digo nada. Continúa hablando del negocio y me dice que cuando se concrete en el plazo de pocas semanas, entonces, va a cambiar de coche, sin relacionarlo con el sueño, pero evidentemente el sueño está reflejando una aspiración de él. Se va a comprar un Audi y me detalla todos los aditamentos, no va a ser un Audi cualquiera, va a ser una especie de “batmóvil”… hace un silencio… luego habla de un barco que compró un millonario, lo describe diciendo que cabe mucha gente pero que se puede hundir, porque preocupados por el diseño no han tenido en cuenta la flotabilidad. Yo no le interpreto la envidia, lo veo como vulnerable. Después me dice que en su adolescencia su libro preferido era uno sobre Robinson Crusoe. El hecho de que yo no le interpretara prematuramente permitió ir siguiendo el proceso asociativo: va pasando del coche pequeño, al Audi que se va a comprar, a la imagen del millonario y aparece la envidia -lo tiene que hundir-, y luego que en su adolescencia el libro preferido era uno sobre Robinson Crusoe. Me descubre muy detalladamente la portada lustrosa del libro, él está fascinado con esa portada lustrosa, el brillo, la encuadernación, además del contenido. Lo que me llamó la atención es el tener un objeto que en sí mismo era diferente, no estaba encuadernado en tapa blanda, era lustroso, la descripción era muy rica los colores, la impresión, etc. A esa altura podría haberle interpretado el narcisismo lastimado. No lo hago porque me preocupa reincidir intelectualmente en algo que trabajamos ya de múltiples maneras.

Después me cuenta otro sueño en el que él estaba solo en una isla, pasa un barco y no sabe si hacerle señales o no… finalmente le hace señas, lo recogen y le alaban lo que hizo en la isla. Yo le pregunto qué sentimientos puede haber tenido Robinson Crusoe cuando se dio cuenta que estaba solo en la isla antes de que apareciera Viernes… Le pregunto por los sentimientos, no quiero darle una interpretación porque muchas veces no logro terminar la interpretación, él se anticipa para hacerme ver que él puede comprender rápidamente. Satisfacción narcisista compensatoria necesaria que yo debo respetar.

Con este paciente lo que quiero no es comprensión intelectual, sino conexión con sus sentimientos. Me contesta que “bueno, debe de haberse sentido solo”. Aquí ahí hay un núcleo emocional muy importante. Todavía no hay una verdadera conexión con sus sentimientos pero se acerca. Le digo que si él puede imaginar eso es porque él tiene que haber tenido experiencias de soledad quizás cuando el hermano y el padre se iban al fútbol, no lo llevaban, no le hacían caso a lo que él decía. Por tanto no se trató solamente de desvalorización en la comparación con el hermano; es sentimiento de soledad y dolor narcisista. Son dos planos diferentes, articulados.

Pero en mi paciente, por la forma de reaccionar, me pareció que el sentimiento de soledad era muy significativo. Su despliegue grandioso no sólo sostenía su narcisismo sino era un intento desesperado de retener al otro.

Cuando le dije que si él puede imaginar esa soledad es porque él tiene que haber experimentado ese sentimiento, hay un silencio. Entonces opto en ese momento por seguir la línea de la angustia frente a la soledad. Le digo que creo que quizás él se esmera tanto por tratar de captar mi atención con las cosas que me cuenta, de cómo se comporta en las fiestas, es como él dice “el alma de la fiesta”… y le digo, como reflexionando para mí, “quizás toda tu vida trataste de salir de ese sentimiento, de no quedarte solo, de no ser valorizado por tu padre, quizás hayas pasado buena parte de tu vida tratando de mostrarle a papá, mientras él vivía, que valías… esperando que tu padre cambiara de opinión sobre ti”.

Para reforzar la idea de que ha vivido mirando a los demás, descuidándose a sí mismo, dejando de lado lo que podrían ser sus intereses, resuelvo hablar de la película “Las cuatro plumas” que vi en mi juventud, que me impresionó sin entender el significado que le doy ahora [remake en el 2002 (Jaffe, Jaffe, Katz, Feldsher y  Kapur, 2002)]. El tema de la película es sobre la época colonial inglesa y su dominación de la India. Hay 5 amigos, muy brillantes, pertenecientes a la clase alta. Se declara la guerra contra los indios, entonces los 4 amigos resuelven ir a combatir pero como el protagonista principal de la historia está enamorado resuelve no ir a la guerra. Los amigos, como señal de desprecio, cada uno de ellos le entrega una pluma, testimonio de que es un cobarde, una “gallina”. Lo abandonan. Lo dejan no sólo humillado, sino en situación de pérdida de apego, de todas las vivencias de lo que significaba estar con ellos. Ese es un aspecto esencial, la pérdida de los amigos es una pérdida de partes de sí mismo, de las experiencias que se viven con ellos. Queda un vacío junto al dolor narcisista.

A partir de ese momento de abandono y humillación, el protagonista de la película, a lo largo de su vida realizará todo tipo de actos heroicos para que cada uno de sus amigos le acepte la devolución de una de las plumas. La escena final, que no está en el “remake” reciente (Jaffe, S.R., Jaffe, Katz, Feldsher y  Kapur, 2002), es aquella en que él muere en batalla en brazos de un amigo, saca de la chaqueta colonial del ejercito inglés la última pluma y se la entrega al amigo, que la acepta, y muere contento. Ese sometimiento por necesidades narcisistas y de apego entrelazadas es para mí el núcleo de la historia. El poder de esa vivencia que le transmito con la película es enorme.

Tratemos ahora de entender al paciente teniendo en mente el diagrama del balance narcisista. Es alguien que sufrió un déficit de narcisización, complicado por ambiciones elevadas, no realistas, producto de la identificación con el imaginario personaje heroico del padre y del hermano, impulsadas, además, por una necesidad de soñar con grandezas como forma de imaginarse lograr obtener el amor de los que le rodean y, en lo interno, la redención ante el padre. Alguien que ha sufrido la presión de un superyó narcisista, vigilante, que no daba tregua, que lo empujaba a empresas inadecuadas. Asimismo, presenta una perturbación del juicio de realidad por una doble causa: el sueño de grandiosidad en que vivía, con logros imaginarios, le impidieron un contacto con las regulaciones de la realidad; además, perturbación del sentido de realidad por razones defensivas: los fracasos eran justificados por supuestas causas que nada tenían que ver con las verdaderas causas. Déficit de recursos yoicos en el nivel instrumental, pero no en la capacidad de promover una respuesta positiva del entorno, su capacidad de seducción. Respecto al tratamiento, lo que acabo de describir fueron focos tratados separadamente, de acuerdo a lo que fue surgiendo como relevante en cada momento sin tratar de hacer generalizaciones globales ni simplemente una explicación del presente por el pasado, el pasado era repetido en la realidad exterior y parcialmente en el vínculo conmigo.

Algunas sugerencias para el tratamiento con pacientes con narcisismo grandioso no destructivo

Veamos ahora cuál pudiera ser la estrategia general de tratamiento con pacientes como el que acabo de contar. Mi idea es interpretar preferentemente en términos intrapsíquicos antes de enfatizar los interpersonales. Hablarles en etapas tempranas del tratamiento de lo que le hacen a los demás, de los momentos en que maltratan, de la tendencia a la identificación proyectiva, hace que sientan al terapeuta como un perseguidor, como alguien insatisfecho como fueron los padres con él, como un aliado de los personajes del exterior. En cambio si se le muestra su sometimiento al superyó narcisista que no le da tregua, ello permite la alianza con la parte sufriente del paciente. Por ejemplo: “tengo la impresión que te encuentras muy exigido por ti mismo, muy obligado a hacer cosas importantes, a no tener ninguna debilidad”. Lo que quiero mostrar es la exigencia interior. Pero para que esto no quede en el nivel conceptual, hay que detenerse en los momentos de malestar narcisista, en las sensaciones mentales y corporales que se tienen cuando no se alcanza a cumplir con los ideales narcisistas. Sólo cuando la conexión emocional consigo mismo, con lo que se hace a sí mismo, es parte de algo vivencial, reiteradamente sentido en la repetición de esas circunstancias, entonces se puede pasar a las razones de la constitución de ese superyó, a la tendencia a la proyección. “Claro, sintiéndote tan exigido desde adentro, una forma de aliviarte, es en lugar de dirigir los cañones hacia ti, dirigirlos hacia fuera y criticar”. Otro aspecto a trabajar es el temor a reexponerse a la burla, al ridículo: “Me parece importante esto que me cuentas –ocultamiento de los fracasos- porque te debe haber quedado un sentimiento de angustia frente a toda situación en que alguien pueda verte con una falla”, “es como si adentro hubieras hecho la decisión: nunca más mostraré una falla, voy a mostrar los logros, lo que tengo”.

A manera de síntesis

He presentado un diagrama cuya utilidad residiría en que contempla múltiples áreas a trabajar que intervienen en el balance narcisista. Permite tener una visión amplia del papel que cada una de esas áreas pueda desempeñar en cada paciente en particular, en cada momento del tratamiento. Lo integrador del modelo serviría como una especie de mapa que el terapeuta puede ir recorriendo con el paciente, siguiendo a éste.

Referencias

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