La represión y el inconsciente o la actividad inconsciente

Publicado en la revista nº015

Autor: Colombo, Eduardo

 

“ Recordemos con qué repugnancia pensamos en las cosas que hieren profundamente nuestros intereses, nuestro orgullo o nuestros deseos, con qué dificultad nos decidimos a someterlos al examen preciso y serio de nuestro intelecto, con qué facilidad por el contrario, nos alejamos bruscamente o nos separamos furtivamente sin tener conciencia... ”

                                                                            Schopenhauer
(1966, p. 1131)




Los procesos neuronales que intervienen en la regulación de la presión de la sangre en mi cuerpo son inconscientes, yo no los conozco. Pero, con respecto a los deseos inconscientes implicados en mi relación con las cosas del mundo, con el alter o conmigo mismo, ¿acaso puedo decir de la misma manera, que yo no los conozco?


Actualmente, todo el mundo lo admite, y un psicoanalista no lo pondría en duda, que hay actos de pensamiento que se desarrollan inconscientemente y que forman parte de la expresión de nuestros sentimientos, de nuestro savoir-faire, de nuestros conocimientos.


Podemos decir que saber es conocer, pero se puede conocer de diferentes maneras: por la intelección, por la experiencia, por la carne, como diría la Biblia. Más aún, ¿se puede conocer sin saber que uno conoce? Pregunta temible, “la más temible” diría Sócrates, que la formula así: “¿Es posible que el mismo hombre, que sabe una cosa, no sepa la cosa que sabe?” [Théétète, 165].


La teoría de la represión es un problema difícil, que depende de la idea, no siempre bien consciente, que nos hacemos del “inconsciente” o de lo que es inconsciente, o de lo que ocurre inconscientemente (casi siempre se nominaliza “el inconsciente”, pero ¿acaso no se lo “substancializa” también?


La noción de represión nace de la clínica, es una manera de interpretar un observable: nosotros observamos que “tanto entre las personas sanas de espíritu como entre los enfermos, se producen frecuentemente actos psíquicos” -pensamientos, deseos, creencias, también comportamientos– que son incoherentes, incomprensibles, o simplemente oscuros y que se tornan claros y explicables si uno introduce “otros actos de los que empero la conciencia no es testigo” (Freud, 1915a, p. 163). Si esos actos no pueden advenir a la conciencia por simple reflexión o “introspección”, nosotros interpretamos que una fuerza se opone a su devenir consciente, que son dejados de lado, en una palabra, reprimidos.


Una “rebelión violenta” se produjo, nos dice Freud, para impedir el acceso a la consciencia al acto psíquico incriminado. Un guardián avizor ha reconocido el agente falible, o el pensamiento indeseable, y lo ha señalado a la censura (Freud, 19115a) Dejando de lado la analogía utilizada para hacer comprender la actividad de la represión, analogía formulada a partir de une representación espacial de dos territorios con una guardia fronteriza que protege el reino de la consciencia, aunque sea a costa de la enfermedad, la teorización que queda es la siguiente: un acto psíquico –o un proceso anímico– capaz de consciencia ha sido impedido de acceder a la consciencia (rechazado en la frontera o expulsado) por una fuerza que se le opone. Toda fuerza actúa al servicio de un agente de la acción, y en el caso de la represión este agente no puede ser más que intencional: “¿cuáles son los motivos” (Freud, 1915a) por los cuales él se opone? ¿Y quien es él? Pero no anticipemos.


Ya hemos dicho que la teoría de la represión es inseparable de la idea que uno se hace de la actividad inconsciente. Dejemos por el momento el porqué y el cómo Freud pasa del Proyecto a la construcción de un modelo ficticio analógico: el aparato psíquico.


La representación espacial, o tópica, de un acto psíquico, que pasaría sucesivamente de una localidad a otra, o que estaría inscrita simultáneamente en dos registros o sistemas, plantea grandes dificultades “porque sobrepasa lo puramente psicológico y roza las relaciones del aparato anímico con la anatomía”, escribe Freud, y también porque para el hombre, los deseos y las creencias, es decir los pensamientos, no pueden ser asimilados a un estado del cerebro ni desconectados de él, puesto que forman parte al mismo tiempo de un proceso neuronal y de una relación semántica, intencional, de significación, dependiente de un sistema signitivo externo, social, holístico.


El dominio de la psicología es muy vasto y para poder comprendernos es necesario hacer una distinción. Forman parte de este territorio el comportamiento de una rata en el laberinto, el carácter de un jugador de ajedrez, la interpretación de las imágenes del sueño, las alucinaciones, el delirio interpretativo, la hipocondría, la fidelidad del perro y la orientación de la paloma mensajera, los celos y el deseo de poder. Ernest Haeckel (1877, p. 274) que pensaba que la ontogénesis “es una corta y rápida recapitulación de la filogénesis”, creía también que los organismos más simples, microscópicos e unicelulares, los protistas mismos, poseían la sensibilidad y el movimiento voluntario: “debemos admitir –escribía Haeckel– que en todo protoplasma existen los elementos de la vida psíquica, quiero decir la sensación rudimentaria del placer y del asco, el movimiento elemental de atracción y de repulsión.” (Haeckel, 1889, p. 167) Pero la actividad psíquica del hombre exige una relación a los objetos del mundo que es “intencional”, tributaria de una interpretación, o significación, mediatizada por el signo, o el símbolo si se prefiere.


Francis Crik (1994) escribe en L’hypothèse stupéfiante: “la información proporcionada por vuestros ojos es ambigua. No es suficiente para permitiros interpretarla en términos de objetos en el mundo real.” (p. 51) El sistema neuronal “debe haber recibido o haber adquirido hipótesis integradas indicando cómo interpretar de la mejor manera posible los datos recibidos” (p. 53).


El artículo Lo inconsciente de la Metapsicología presenta el sistema Ics como una unidad y su actividad como conducción o descarga que “pasa a la inervación corporal para el desarrollo de afecto, pero, como tenemos averiguado, también esa vía de aligeramiento le es (...) disputada por el Pcs. Por sí solo y en condiciones normales el sistema Ics no podría consumar, ninguna acción muscular adaptada al fin, con excepción de aquellas que ya están organizadas como reflejos” (Freud, 1915a, p. 185, las cursivas son mías). Sin embargo, todo el interés de la teoría freudiana reside en la idea que “la representación” (que definiremos más adelante) inconsciente sigue teniendo “capacidad de acción; por tanto, debe de haber conservado su investidura” (Freud, 1915a, p. 177). Entonces, la actividad inconsciente debe articularse con el preconsciente para poder ser activa, según la hipótesis freudiana.


Si momentáneamente dejamos de lado la ficción del “aparato psíquico” (Freud, 1900, p. 587) y vamos al punto de partida de una “psicología para neurólogos”, debemos constatar que gran parte de los procesos neuronales no llega a ser consciente, circuitos aislados semejantes a reflejos son activos en la médula espinal, el tronco cerebral y el hipotálamo, sin ningún contacto funcional con los actos conscientes, sin conexión, según la teorización de Edelman y Tononi (2000, p. 212), con el núcleo dinámico (cf. Anexo I).


Pero, también existe, con seguridad, una actividad cerebral inconsciente de tipo cognitivo, noético o “mental” (es decir mediatizada por el signo), como lo permiten pensar ciertas experiencias de casos patológicos [cf. por ejemplo split brain (Anexo II), o amaurosis histérica.] Lo que significa que “islotes de actividad situados en el sistema tálamocortical puedan coexistir con el núcleo (dinámico), influenciar su comportamiento y sin embargo, no formar parte de él” (Edelman y Tononi, 2000, p. 211) (cf. Anexo III)


Habría entonces, desde un punto de vista cerebral o neuronal, una serie de procesos que no comportan ninguna intelección o noesis, y otros que, aunque permaneciendo inconscientes, suponen un tipo de conocimiento –o de contenido semántico o proposicional– que darían una respuesta positiva a la pregunta de Sócrates, sin haber sufrido necesariamente un acto de represión.


Esto nos lleva a reconocer en el terreno psíquico ese contenido semántico al que reservamos el nombre de “mental” y que implica la intencionalidad o la capacidad de significar que adquiere la expresión del acto o del hecho psíquico – la palabra o el gesto como expresión del pensamiento e inversamente – cuando es comprendido como un signo que informa a alguien de algo. El criterio que define lo mental es la significación. Toda mentalidad implica terceidad es decir una relación triádica que no se puede descomponer en díadas (Peirce). Lo que concierne a lo mental es siempre un signo de otro signo: una relación de objeto, semántica, intencional , de significación. Pero lo que es fundamental en la concepción del signo es que es triádico, que el acto de significación o acto inteligible que lo constituye es un acto social que incluye necesariamente al otro como partenaire de la acción. El sujeto intencional apunta al objeto con el gesto o la palabra, pero la relación entre el gesto y el objeto, por ejemplo, se establece sólo si ella es interpretada o comprendida como tal por aquél a quien el gesto está destinado (cf. Anexo IV) Así, lo que uno llama representación no es una idea, sino mas bien un proceso de representancia, una relación referencial o semántica de significación que dentro de un sistema signitivo (o simbólico) es siempre representación de otra representación, o mejor dicho, signo de otro signo.


Si, como ya lo dijimos, un proceso neuronal con un contenido intencional puede ser inconsciente por razones de fisiología cerebral – no intencionales – debemos también aceptar que todo lo que es reprimido es del dominio de la intencionalidad exclusivamente.


Ni el hambre, ni el dolor, ni los afectos son susceptibles de ser reprimidos. El hambre como expresión de una necesidad orgánica, es imperativa; sólo el deseo erotizado del alimento, o imaginemos, la gula, pueden sucumbir a la represión. El dolor (el hecho de sentir un dolor físico) es irrefragable, ¿qué sentido tendría hablar de un dolor que no duele? Los sentimientos y los afectos son sentidos, sufridos, experimentados, son llevados al “conocimiento de la conciencia” (Freud, 1915a, p. 173) por la lógica de su manera de ser. Y cuando hablamos de “sentimientos inconscientes ” en realidad atribuimos al contenido proposicional inconsciente el sentimiento que le corresponde en tanto que significación, sabiendo que sobre formas vicariantes los afectos se expresarán como emociones, angustia, acción comportamental –como descarga, diría Freud–.


La teoría pulsional tampoco admite la acción de la represión sobre la pulsión, “la oposición entre consciente e inconsciente no puede aplicarse a la pulsión” (Freud, 1915a, p. 173).


Entonces, clásicamente es admitido que solo una parte de la moción pulsional es pasible de represión y esta parte es “la representación”, o “la representancia de representación”, o el representante-representativo, o bien, ese “contenido” por el cual la pulsión esta representada en el psiquismo. Freud escribe: “Dentro del Ics no hay sino contenidos investidos con mayor o menor intensidad” (Freud, 1915a, p. 183). En torno a esas expresiones se aglutinan la mayor parte de los equívocos y malentendidos metapsicológicos. [Como por ejemplo la hipóstasis del Ics que le confiere una representación espacial: locus, topos, continente. Además, nominalizar, sustantivar los procesos inconscientes conduce a dos resultados fastidiosos: uno, transformar el Ics en sujeto, agente de la acción; el otro, substancializarlo (biologizar)]


Consideremos el siguiente párrafo de “Lo inconsciente”: “El núcleo del Ics consiste en agencias representantes de pulsión que quieren descargar su investidura; por tanto, en mociones de deseo” (Freud, 1915a, p. 183). Lo que es inconsciente, entonces, son los diferentes movimientos, expresiones, mociones de deseo. También podemos comprender que, si decimos: “el núcleo del Ics consiste en” estamos refiriéndonos a una constelación de “pensamientos deseantes inconscientes”.


“Pensar” pertenece a la categoría de los verbos que pueden llamarse “actitudes proposicionales” tales como “dudar que”, “creer que”, “querer que”, “desear que”, apelación que tiene la ventaja de recordarnos que, por ejemplo, “el deseo” apunta siempre hacia “un objeto”, que necesariamente es deseo de algo, que contiene una relación (o contenido semántico) expresada por las proposiciones completivas introducidas por “que”.


Pensemos en una relación, la más simple: “Camilo desea que Natacha caiga en sus brazos." Camilo ama a Natacha. La traducción mecanicista-naturalista, es la siguiente: en lugar del sujeto, Camilo, colocamos “la pulsión”, en lugar del verbo, “la investidura libidinal”, en lugar de Natacha, “el objeto”. “La pulsión sexual ha investido el objeto” [Pero, ¿qué es lo que ha sido investido?, ¿el objeto externo (Natacha)?, ¿la representación del objeto (una idea)?, ¿la huella mnésica (una modificación neuronal estable)? El problema proviene del hecho que el concepto económico de investidura tiene un fuerte sentido metafórico, que induce una relación de isomorfismo entre una operación mental (con contenido semántico: un deseo) y el funcionamiento de un aparato psíquico concebido según un modelo energético.]


Supongamos que el deseo es reprobado por la consciencia, un proceso de represión se pone entonces en marcha. (Dejemos de lado la “desestimación por el juicio”). Uno de los ejemplos que Freud elige para mostrar el “mecanismo” de la represión es, en la histeria de angustia, una fobia de animal. Tenemos dos descripciones de esta fobia, una la sucinta abstracción teórica, otra, el caso clínico. En la primera está dicho que “la moción pulsional sometida a la represión es una actitud libidinal hacia el padre, apareada con la angustia frente a él. Después de la represión, esta moción ha desaparecido de la consciencia y el padre no se presenta en ella como objeto de la libido.” El afecto, o una parte “sexualizada” de sentimientos contradictorios, y sentida como angustia, ha sido desplazada sobre una representación substitutiva. “El resultado es una angustia frente al lobo, en lugar de un requerimiento de amor al padre” (Freud, 1915b, p. 149-150). Debemos suponer que se ha producido un fuerte displacer – una “violenta rebelión” – que tomará la forma de la angustia, frente al devenir consciente de “la actitud libidinal frente al padre”, pero, ¿porqué ese displacer? La mecánica energética (económica) de investiduras contradictorias amor/odio, o de investiduras/contrainvestiduras en diferentes sistemas (tópica), mecánica biológica, natural o ciega, no nos dara una “explicación” psicoanalítica [1]. ¿Hace falta entonces “la consciencia moral” o el superyó de la segunda tópica?


Cuando leemos el relato de los casos clínicos que nos ha dejado Freud entramos por otra vía en los contenidos mentales supuestamente inconscientes. El sujeto fóbico es un niño, tiene la cabeza llena de pensamientos, de ensueños (fantasías), de fantasmas, [creencias y deseos], de sentimientos contradictorios. Tanto en la descripción e interpretación de la patología del hombre de los lobos, caso en el cual la moción de amor hacia el padre se vuelve “pasiva” –ser amado por el padre– como en el análisis de la fobia de un niño de cinco años, la explicación intencional prima: son los motivos, los deseos y los conflictos, una historia, los que dan sentido a la enfermedad. La comprensión de los motivos, deseos, creencias y fines de la acción del sujeto en interacción con el alter, con lo que se opone y lo priva o lo sostiene y ayuda, aportan la “materia” de lo que consideramos como la causa de la neurosis y más generalmente del comportamiento humano.


El nacimiento de una hermana había privado en parte al pequeño Hans de la solicitud materna, y esta privación actualizaba las experiencias vívidas de placer sensual experimentadas durante los cuidados corporales. “Su excitabilidad erótica acrecentada se exteriorizó entonces en fantasías”, compañeros de juego imaginarios, estimulación masturbatoria. Tener una hermana le incitó a un trabajo de pensamiento que le proporcionaba enigmas. Además, ese padre bien amado se convertía en rival y el pequeño Hans quería eliminarlo; él, el padre, lo echaba del lecho de la madre y le impedía saber contándole mentiras. Y, como si fuera poco, el padre ponía en práctica su “savoir-faire” en el lecho de la madre, violentándola, penetrándola, perforándola. Es así como Freud puede “apoyándo(se) en los resultados del análisis, construir los complejos y mociones de deseo inconscientes cuya represión y cuyo despertar trajo a la luz la fobia del pequeño Hans” (Freud, 1909, pp. 106-108).


Podemos ver ya que lo que es susceptible de volverse intolerable para la consciencia, e interceptado por “la censura”, son los contenidos de pensamiento erotizados de una sexualidad infantil disfuncionalizada. Para el adulto también su neurosis “implica el renunciamiento al objeto real” (Freud, 1915a, p. 193), pero el deseo sexual por el objeto (lo que se llama habitualmente “la libido”) con las características de significación personal que ha construido el sujeto durante su historia, persiste inconscientemente en el escenario fantasmático. “Lo inconsciente es infantil” escribe Freud, “es aquella pieza de la persona que en aquel tiempo se separó de ella, no ha acompañado el ulterior desarrollo y por eso ha sido reprimida” (Freud, 1909a, p. 141). Al mismo tiempo, como lo vemos en la descripción de la fobia del pequeño Hans, o del hombre de los lobos, los pensamientos del niño, la construcción de su deseo, sus emociones, encuentran “el lenguaje de la pasión” del adulto, es decir no sólo el amor (la emoción) sino también los contenidos proposicionales que hemos llamado eróticos: la sexualidad, la prohibición y la muerte” (Colombo, 2000, p. 131).


El niño se inserta en una red signitiva que de entrada le significa las prohibiciones de una sexualidad edípica normativa. Este universo intencional de una sexualidad disfuncionalizada es para el niño “el injerto prematuro de un amor pasional”, opaco en su contenido semántico erotizado, permanece implícito en múltiples enunciados heterogéneos, e incluso está elidido del discurso parental directo. Mas aún, el niño pequeño debe metabolizarlo, comprenderlo, apropiárselo. Por añadidura, el objeto sexual externo se sustrae a su erotismo deseante dejando el campo libre a la actividad del fantasma, o de la fantasía, que reprimido, compondrá el trasfondo del contenido mental de la psiquis individual.



En el registro de una sexualidad funcional el padre del pequeño Hans no es para él un rival “sexual”, pero en un escenario fantasmático “el padre” ocupará la posición que le confieren los esquemas de significación que están por fuera de la realidad perceptiva y de las experiencias vividas. Esos esquemas normativos, o fantasmas originarios, organizarán el imaginario erótico inconsciente en concordancia con las representaciones colectivas de la sexualidad de una sociedad androcéntrica. El residuo será reprimido, más o menos bien reprimido, o aparecerá en los síntomas o formaciones de substitución de las neurosis de transferencia.


Antes de entrar a considerar las dificultades que plantea la “censura”, quisiera retomar el problema mayor que está en la base de mis reflexiones, lo que habitualmente se llama la survenance de lo mental [2].


Sabemos que todo acto mental releva de una actividad neuronal, de un estado funcional del cerebro, y, también, de un contenido semántico, intencional. Dos lógicas se enfrentan entonces: en el dominio de lo intencional la intelección de la significación es intrínseca, damos explicaciones, motivos, razones, que consideramos como causas del acto, al mismo tiempo que afirmamos la teleología de la intencionalidad. El contenido noético es intensional, cada acción tiene sus propias razones [3]. En cambio, en la explicación naturalista, la intención o la inteligibilidad es derivada, indirecta, mediata; la causalidad es nomológica, no hay motivos singulares, ni casos particulares, que no sean los ejemplares de una ley general. Entonces el fenómeno tiene sus “mecanismos” y su cantidad de energía. Cambiamos de dimensión cuando pasamos del nivel nomológico de la secundeidad (naturaleza) a la relación anormal (Davidson) de la terceidad (mental). De la causalidad a la explicación. Estas dos maneras de comprender los procesos psíquicos nos autorizan a decir que el cerebro está en el cráneo pero que lo mental está en el mundo.


La descripción de casos pertenece a la categoría ternaria de lo mental, mientras que la metapsicología está construida como un modelo analógico del psiquismo referido a la categoría diádica del fenómeno natural. La dificultad actual para la metapsicología freudiana proviene del hecho que ella intercala entre la fisiología del sistema nervioso central y los procesos mentales un aparato ficticio analógico que hipostasia las correlaciones establecidas a nivel intencional.


Recapitulemos: si un pensamiento –o un acto psíquico– capaz de consciencia encuentra cortado el acceso a la consciencia, y sigue activo pero inconsciente, decimos que ha sido reprimido. Para que este acto psíquico pueda ser reprimido debemos imaginar que ha sido reconocido como indeseable y que se le ha aplicado la “censura previa”. Tenemos así dos problemas: ¿por qué este pensamiento es indeseable? ¿Y quien lo ha reconocido como tal y lo ha censurado? O bien, tal vez siguiendo el ejemplo de la Okhrana, ¿quien ha caviardé su contenido semántico? [4]


La primera explicación freudiana es totalmente “fisicalista”. La función del aparato psíquico es la de evitar la acumulación de la excitación y de mantenerse en el nivel de excitación mas bajo posible. En este aparato, el displacer está definido como un aumento de la tensión y “la disminución de la excitación es sentida como placer.” El displacer provoca la actividad del aparato “primitivo” con vistas a repetir la experiencia de satisfacción que implicaba una disminución de la excitación. Esta corriente que va del displacer al placer es definida como deseo. “El primer desear pudo haber consistido en investir de forma alucinatoria el recuerdo de la satisfacción.” Con la aparición de un segundo sistema, las cantidades de excitación no pueden ser drenadas libremente y serán inhibidas por investiduras que emanen de él. Freud escribe –es la clave de la doctrina de la represión– que el segundo sistema sólo puede investir una re-presentación si está en condiciones de inhibir el desarrollo de displacer que parta de ella. La tendencia del pensar será de “emanciparse cada vez más de su regulación exclusiva por el principio de displacer, y a restringir el desarrollo del afecto por el trabajo de pensamiento a un mínimo que aun sea utilizable como señal” (Freud, 1900, pp. 588-592).


La mecánica naturalista ha hecho desaparecer la intencionalidad del sujeto deseante (y por obra del mismo movimiento el sujeto desaparece también). El placer y el displacer no tienen un contenido semántico en primera instancia, son el efecto de una energía que hay que descargar. Y el deseo es el recorrido regrediente de la tensión acumulada. Un pensamiento indeseable es indeseable porque produce displacer, lo que pone en marcha la mecánica, y la represión es consecuencia de las investiduras y contra-investiduras en diferentes sistemas .Y no hay que olvidar que la energía utilizada no es neutra, es libido, energía de la pulsión o del instinto sexual, y que sigue siéndolo aunque se ponga al servicio del yo. Pero esto no impide que, en toda reconstrucción clínica, como en toda interpretación propuesta al paciente, suponemos que el pensamiento que la consciencia no acepta tiene siempre un contenido intencional particular, contenido que uno “ comprende ” que sea “inaceptable” : el hombre de las ratas no quiere saber –y conscientemente no lo sabe– que ha deseado la muerte de su padre. Lo que es rechazado, o excluido de la actividad consciente es la significación del contenido intencional.


En consecuencia se vuelve necesario postular una doble censura. Los retoños del Ics han logrado avanzar hasta la consciencia y se organizan en el Pcs, pero luego, como “quieren [en rigor, en la teoría fisicalista, no quieren nada, es la fuerza de la energía de investidura la que puja] imponerse a la conciencia, pueden ser individualizados como retoños del Ics y reprimidos otra vez en la nueva frontera de censura situada entre Pcs y Cs” (Freud, 1915a, p. 190). En la cura psicoanalítica, continua Freud “exhortamos al enfermo a formar profusión de retoños del Ics y lo comprometemos a vencer las objeciones que la censura haga al devenir-concientes de estas formaciones preconscientes; derrotando esta censura nos facilitamos el camino para cancelar la represión, que es la obra de la censura anterior”. La segunda censura se hace necesaria para poder preservar la conceptualización mecanista-substancialista del “inconsciente”, donde sólo hay fuerzas, cantidades y “cosas” (representaciones que se han transformado en cosas, sin su cualidad [¿cualidad de significar algo para alguien?] dada por la representación de palabras).


Sin embargo, si bien Freud no abandona nunca esta posición teórica [su último escrito será: “Puede que la espacialidad sea la proyección de la extensión del aparato psíquico. (..) La psiquis es extensa, no sabe nada”] debe atemperarla reconociendo que placer y displacer no puede ser “referidos al crecimiento o a la disminución de una cantidad que llamamos tensión de excitación”, sino a un factor “que sólo podemos designar como cualitativo” y agrega para precisarlo que ese “cualitativo” no es otra cosa que un carácter no semántico de lo cuantitativo. (El problema económico del masoquismo [1924])


De todos modos, por lo menos desde 1914 con la Introducción del narcisismo tenemos otra visión de la represión más centrada en la intencionalidad del acto psíquico. En el curso de su desarrollo, el yo ha creado una instancia psíquica particular que “observa de manera continua al yo actual midiéndolo con el ideal” (Freud, 1914, p. 92), a ese yo ideal al cual se dirige el amor de sí. Entonces “la formación de ideal sería de parte del yo, la condición de la represión” (p. 90). La misma idea es retomada en las Conferencias de introducción al psicoanálisis, con la formulación siguiente: “Esta instancia auto-observante la conocemos como el censor del yo, la consciencia moral... ” (Freud, 1916-17). A partir de aquí, la teorización freudiana se sitúa en un terreno totalmente semántico, tanto los contenidos proposicionales que serán reprimidos como la instancia que ejerce la censura son del orden de la intencionalidad (de la terceidad). La “consciencia moral” es el antecedente conceptual del superyó y, evidentemente, es social, normativa, representativa de un orden simbólico androcéntrico, del cual recibe la prohibición edípica. “La institución de la conciencia moral fue en el fondo una encarnación de la crítica de los padres, primero, y después de la crítica de la sociedad” nos dice Freud (1914, p. 93).


Y el superyó se construye sobre las ruinas del complejo de Edipo (o de su represión) es decir sobre las primeras elecciones de objeto eróticas y las identificaciones de la "prehistoria" individual, pero en la especulación freudiana el superyó va a representar también las experiencias vívidas de los hombres de la época glaciar y de aquellos que instituyeron el totemismo y formulado la ley de interdicción con respecto a una categoría de mujeres. Gendarme escondido y siempre alerta, e incluso cruel, el superyó será, él, el censor.


“Puesto que suponemos en el yo una instancia particular (...), el superyó, podemos afirmar que la represión es la obra de ese superyó, él mismo la lleva a cabo, o lo hace por encargo suyo el yo que le obedece” (Freud, 1933, p. 64).


Con la revisión total de la teoría –esta “segunda tópica” que en realidad no es una tópica– estamos lejos de la metapsicología, ya no existe más un aparato concebido bajo la forma de una energética y de una mecánica, las pulsiones no son más fuerzas endógenas que tienen fuentes hormonales y bioquímicas, sino grandes principios vitalistas que gobiernan la materia, y la tripartición de la personalidad psíquica intencionaliza (acuerda intencionalidad a) las entidades que la componen.


Esto nos lleva a la conclusión de que en la actividad psíquica sólo los actos mentales, intencionales, son susceptibles de represión, como ya lo dijimos, cuando esos actos han encontrado un obstáculo en su devenir consciente. ¿Cual es dicho obstáculo? Suponemos que si un pensamiento ha sido reprimido es porque la consciencia no podría aceptarlo, la consciencia se opone. Pero la consciencia tampoco es una entidad. “La consciencia” se refiere a la actividad consciente de alguien, de un sujeto del acto mental. El obstáculo es, luego, otro pensamiento que se le opone.


Aquí la palabra consciencia tiene dos connotaciones diferentes, una sincrónica, remite al acto psíquico que tiene la cualidad de ser reconocido por el sujeto como un acto de intelección, tener consciencia de algo, la otra, diacrónica, remite a una organización de sí-mismo del ser humano, la de su ipseidad. Es a esta “organización de sí” (Sí-mismo, Self), presente como una “organización de pensamiento” de trasfondo, (estructura inconsciente latente o reprimida) que remiten las nociones de yo y de superyó.


El pensamiento en acto, actual, que se opone a algunos elementos de la consciencia de sí, consciencia moral o rasgo simbólico de las identificaciones pasadas, que puede también funcionar de manera superyoica, será censurado o caviardé o hará irrupción como lapsus o chiste. Pero en los pensamientos inconscientes reprimidos habitan las fantasías de la sexualidad infantil. El verdadero núcleo inconsciente de sí está constituido por los contenidos proposicionales erotizados del “injerto prematuro de un amor pasional”.


“Lo inconsciente es infantil”, y como la sexualidad humana se instaura en dos tiempos, como es anaclítica, cuando la excitación sexual se despierta en la pubertad, las primeras “elecciones de objeto” y los scenarii del deseo infantil, que han sucumbido a la represión o han sido inhibidos o suprimidos, en razón de su incompatibilidad e inadecuación con la vida adulta, seguirán organizando los fantasmas que erotizan los objetos mentales (Colombo, 2000, p. 140) La “consciencia” vigilante y desconfiada estará, entonces, lista para censurar nuevamente el retoño impertinente. La fuerza represora es siempre la consecuencia de la fuerza o de la importancia de los motivos y de las razones que nosotros imaginamos como contrarios al pensamiento inaceptable. Esta fuerza no es una cantidad, es un valor, un "ordre de grandeur".


Queda la más temible de las preguntas: ¿quién ejerce la censura de mis propios pensamientos? ¿Quién es el sujeto de la acción? Yo mismo, evidentemente, lo que significa que yo sé, antes de saberlo, lo que no debo saber.


 


Anexo I


 “Este tipo de agrupación de grupos neuronales que interactúan fuertemente entre ellos y que tienen fronteras funcionales distintas con el resto del cerebro sobre una escala de tiempo de algunas fracciones de segundo, lo llamamos “núcleo dinámico”, para subrayar a la vez su integración y su composición que cambia constantemente. Un núcleo dinámico es, entonces, un proceso y no una cosa o un lugar, se define en términos de interacciones neuronales, más bien que en términos de localización, de conexión o de actividad neuronal específica. Un núcleo dinámico tiene una extensión en el espacio. Sin embargo, en general está distribuido en el espacio, y su composición cambia. Luego, no puede ser localizado en un lugar preciso del cerebro. Además, aun si una agrupación funcional que posee esas propiedades puede ser identificada, no predecimos que estará asociada a una experiencia consciente salvo si las interacciones re-entrantes son bastante diferenciadas, como lo demuestra su complejidad.


Una agrupación funcional bastante compleja puede ser engendrada por las interacciones re-entrantes entre grupos de neuronas repartidos en particular en el sistema tálamocortical y tal vez en otras regiones del cerebro. Sin embargo, dicha agrupación no puede equivaler a todo el cerebro ni limitarse a un subconjunto determinado de neuronas. Así el término “núcleo dinámico” no se refiere deliberadamente a un conjunto único e invariante de áreas del cerebro (en el cortex prefrontal extraestriado o estriado), y el núcleo puede cambiar de composición con el correr del tiempo.”


Edelman, Gerald y Tononi, Giulio:


Commment la matière devient conscience.


Ed. Odile Jacob, Paris, 2000, p.174.









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Anexo II




“Dicho brevemente, el sistema verbal del hemisferio izquierdo atribuye causas racionales imaginarias a un comportamiento del cual no conoce el origen” (i)


Para confirmar esta interpretación Gazzaniga ha imaginado una experiencia en la cual, cada hemisferio del sujeto (P.S. sujeto split brain) debe resolver un problema de asociación semántica. Una imagen diferente es enviada hacia cada hemisferio, de manera tal que el hemisferio izquierdo perciba los dibujos de una garra de pájaro, el hemisferio derecho un paisaje nevado. P.S. debe elegir entre una serie de figuras la que corresponde semánticamente mejor a la imagen que él ve. Para la garra de pájaro, la respuesta correcta es la figura de una cabeza de pollo; para el paisaje nevado, la de una pala. Se le pide que muestre la figura adecuada con las dos manos. P.S. indica con la mano derecha (que está bajo el dominio del hemisferio izquierdo) la cabeza de pollo, y con la mano izquierda (que está bajo el control del hemisferio derecho), la pala. O sea que cada hemisferio ha percibido una imagen separada. Cuando P.S. debe justificar su respuesta, afirma: “Vi la garra y elegí el pollo, y para limpiar el gallinero, hace falta una pala” (ii)


Para Gazzaniga, el hemisferio izquierdo no supo nada del estímulo visual (el paisaje nevado) que está en el origen del comportamiento inducido por el hemisferio derecho. A partir de allí, el hemisferio izquierdo interpreta de manera racional una acción de la cual ignora el origen proporcionando una explicación coherente con las informaciones de las que dispone.


Hemos expuesto extensamente hasta aquí las manifestaciones del síndrome de desconexión cerebral tal como ha sido observado en laboratorio. Ahora insistimos en otro punto fundamental ya señalado: el comportamiento de esos pacientes en la vida corriente es esencialmente normal (iii)


Missa, Jean-Noël: L’esprit–cerveau.


Lib. Philosophique J.Vrin, Paris, 1993, p.98.


 


Anexo III


“¿Es posible que el sistema tálamocortical pueda ser simultáneamente el soporte de más de una gran agrupación funcional? ¿Algunos islotes tálamocorticales activos, podrían disentir y separarse del continente?


En el estado actual de nuestros conocimientos no es posible responder con certeza a estas preguntas. Sin embargo, mencionemos el hecho que esas desconexiones funcionales o anatómicas pueden explicar las disociaciones patológicas discutidas en el capitulo 3. Por ejemplo, una persona que sufre de amaurosis histérica puede evitar los obstáculos y sin embargo afirmar no ver nada. Es posible, que en ese tipo de personas, una pequeña agrupación funcional incluyendo ciertas áreas visuales sea activa de manera autónoma y no se mezcle con la agrupación funcional, pero sea capaz de acceder a ciertas rutinas motrices de los ganglios de la base y otros. Después de todo, es lo que se produce en los pacientes split-brain: dos agrupaciones funcionales parecen coexistir en el cerebro como consecuencia de la desconexión del cuerpo calloso.


El hecho que núcleos disidentes o actividades tálamocorticales funcionando de manera autónoma puedan existir por fuera del núcleo dominante plantea varios problemas que perturban. Algunos fines o intenciones dominantes que nos proponemos de manera consciente o intencional en un momento dado y que luego llevamos con nosotros, por ejemplo la decisión de aprender un idioma extranjero, ¿constituyen un conjunto inactivo de circuitos neuronales que deben ser activados para que sintamos la influencia que ejercen sobre la conciencia? O bien ¿es posible que sean activos de manera autónoma y que sin embargo permanezcan inconscientes hasta que se mezclen con el núcleo dominante? ¿Es posible que esos circuitos tálamocorticales activos pero aislados desde un punto de vista funcional puedan subtender ciertos aspectos del inconsciente psicológico –aspectos que, según Sigmund Freud, comparten muchos rasgos característicos de lo “mental”–, salvo en el hecho de que no entran en la esfera de la conciencia? ¿Pueden esos circuitos ser creados por mecanismos de represión? Esos islotes tálamocorticales activos ¿podrían ser capaces de producir sus propias rutinas en los ganglios de la base, explicando así los lapsus, los actos fallidos, etc.? Queda mucho por hacer para clarificar estos problemas y muchos medios por desarrollar para tener acceso a la actividad del núcleo y a sus relaciones con los diferentes apéndices corticales. Por el momento, la idea del núcleo integrado superior subtendiendo los estados conscientes y ligados a una serie de rutinas inconscientes, aisladas desde un punto de vista funcional proporciona un marco útil para tales investigaciones.”


Edelman, Gerald y Tononi, Giulio:


Op.cit., p.226)





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Anexo IV




“Aquí se imponen, yo creo, algunas precisiones sobre la conceptualización –teorización– del signo que yo adopto. Genéricamente el signo –hablo en singular, pero el signo que lleva la significación es siempre plural, no existe nunca por fuera de un sistema signitivo– “apunta esencialmente (como dice Cassirer de la representación y del concepto) a liberar de su aislamiento lo particular dado aquí y ahora, a referirlo a otra cosa y a reunirlo con otra cosa en la unidad de un orden extensivo, en la unidad de un “sistema” (Cassirer, 1973, p. 39).


Si yo digo de un ser singular, señalándolo: “Esto es una rosa”, lo hago salir de su materialidad discreta para hacerlo entrar en una serie de unidades que el signo unifica, “la rosa” o “las rosas”, en una unidad de significación. Un signo puede ser uno, discreto y discontinuo, y significar una pluralidad de elementos. (Por ej. “el pueblo”). Guillaume d’Ockham da la definición siguiente del singular: “se llama singular la cosa que está fuera del espíritu, que es una y no varias y que no es signo de otra.” Lo que pertenece a lo mental es siempre un signo de otro signo: una relación de objeto, semántica, intencional, de significación. Pero lo fundamental en la concepción del signo es que es ternario, triádico, que el acto de significación o acto inteligible que lo constituye es un acto social que incluye necesariamente al otro como partenaire de la acción. Tanto “las teorías representacionistas de la significación que consideran como binaria la relación entre un signo y un objeto significado” cuanto la definición saussuriana (binaria también) que une un concepto y una imagen acústica (que excluye la “cosa” de la definición del signo) (iv), dejan escapar lo esencial de la “relación intencional, condición del signo como tal” (Descombes, 1995, pp. 341-342) El sujeto intencional apunta hacia el objeto con el gesto o la palabra, pero la relación entre el gesto y el objeto, por ejemplo, se establece solamente si es interpretada o comprendida como tal por aquél a quien el gesto está destinado. La interpretación del gesto (o de la palabra) reproduce la relación intencional al objeto que está contenida en el signo emitido. La relación trina está incluida en el signo mismo y el signo puede entonces ser utilizado.


La relación que establece el signo con los “objetos” forma un sistema, un “código” socialmente instituido, y si lo hemos llamado sistema signitivo es para marcar la relación signitiva de tipo circular que delimita e identifica (construye) el objeto gracias al signo que lo designa, al mismo tiempo que constituye el signo sobre esta identificación” (Castoriadis, 1975, pp. 334-338)”



Eduardo Colombo: ¿Qué es un objeto “interno”?

En Aperturas psicoanalíticas, 13, marzo 2003










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NOTAS


[1] Detrás de la investidura libidinal está la atribución de una “intencionalidad intrínseca” a pulsiones en conflicto. Cf. nuestra crítica en Crítica epistemológica de la noción de «pulsión». En Aperturas Psicoanalíticas, Revista n°1, marzo 1999 de psicoanálisis (www.aperturas.org)


[2] El concepto de supervenience en inglés, o de survenance en francés, hace referencia a lo que sobreviene en las operaciones de un sistema. Es utilizado aquí para señalar el problema de las "propiedades emergentes" de un sistema que si bien son dependientes de las propiedades físicas de dicho sistema (la estructura físico-química de la red neuronal) no se agotan o se reducen a tales propiedades (lo mental).


[3] Intensional-con-s: es la propiedad de ciertas entidades lingüísticas que no satisfacen los tests de extensionalidad como la substitución de términos idénticos y la generalización existencial; designa el contenido de una proposición o de un concepto. La intensión está en relación inversa a la extensión de un concepto. "Ser", por ejemplo tiene una extensión máxima. Una discusión del término intensionalidad-con-s (sin que esto signifique que haya que estar de acuerdo con sus conclusiones) se encuentra en John R. Searle: L'intentionalité. Essai de philosophie des états mentaux. Les éd. de Minuit, Paris, 1985.


[4] Caviarder: es una expresión de la jerga periodística que se refiere a la práctica de la policía zarista de tachar con tinta china ciertas partes o palabras de un escrito "no conforme" para hacerlo ilegible.


(i). Gazzaniga considera que ese proceso de atribución de causas racionales a un comportamiento es un mecanismo mayor de la conciencia. El sistema verbal no siempre está informado del origen de nuestras acciones. Le atribuye una causa racional al comportamiento como si conociera la motivación original, pero, de hecho, no la conoce. Un sistema de creencia emerge como una consecuencia de ese proceso de atribución. Es como si diéramos un sentido a la realidad al considerar lo que hacemos. En otras palabras, es como si la conciencia de sí implicara consideraciones de lenguaje sobre nuestras actividades sensori-motrices.


(ii) Gazzaniga, M.S. Right hemisphere language following brain bisection: A 20 year perspective, American Psychologist, 38, 1983, p.534


(iii) Conviene también señalar que las personas victimas de agenesia del cuerpo calloso (ausencia congénita de cuerpo calloso) presentan pocos signos de desconexión cerebral (...)


(iv) Ver la crítica de Emile Benveniste en: Problèmes de linguistique générale, 1. Tel, Gallimard, Paris, 1966, p. 50







 


Bibliografía


Cassirer, E. (1973) Langage et mythe. Les Ed. de Minuit, Paris.


Castoriadis, C. (1975) L’institution imaginaire de la société. Ed. du Seuil, Paris.


Colombo, E. (2000) Sexualité et érotisme. In Sexualité infantile et attachement. Widlöcher et al. PUF, Paris, Versión reducida publicada en Aperturas Psicoanalíticas   2 Julio de 1999 Revista de Psicoanàlisis (www.aperturas.org)


Crik, F. (1994) L’hypothèse stupéfiante. Plon, Paris.


Descombes, V. (1995) La denrée mentale. Les Ed. de Minuit, Paris.


Edelman, G. y Tononi, G. (2000) Comment la matière devient conscience. Ed. Odile Jacob, Paris.


Freud, S. (1900) La interpretación de los sueños. Obras completas Vol. V. Amorrortu editores, Buenos Aires.


Freud, S. (1909 b) Análisis de la fobia de un niño de cinco años. Obras completas Vol. X. Amorrortu editores, Buenos Aires.


Freud, S. (1909a) A propósito de un caso de neurosis obsesiva. Obras completas Vol. X. Amorrortu editores, Buenos Aires.


Freud, S. (1914) Introducción del narcisismo. Obras completas Vol. XIV. Amorrortu editores, Buenos Aires.


Freud, S. (1915a) Lo inconsciente. Obras completas. Amorrortu editores, Buenos Aires, Vol. XIV.


Freud, S. (1915b) La represión. Obras completas Amorrortu editores, Buenos Aires.


Freud, S. (1916-17) Conferencias de introducción al psicoanálisis. Obras completas Vol. XVI. Amorrortu editores, Buenos Aires.


Freud, S. (1933) Nuevas conferencias de introducción al psicoanálisis. Obras completas Vol. XXII. Amorrortu editores, Buenos Aires.


Haeckel, E. (1877) Histoire de la création naturelle. Reinwald et Cie éditeurs, Paris.   


Haeckel, E. (1889) Ensayos de psicología celular. Biblioteca Económica Filosófica, Madrid.


Schopenhauer, A. (1966) Le monde comme volonté et comme représentation. PUF, Paris.

 

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