El psicoanálisis y la psicología cognitiva-evolutiva: un intento de integración [Migone, P., Liotti, G., 1998]

Publicado en la revista nº015

Autor: Díaz-Benjumea, María Dolores J.


  • Psychoanalysis and Cognitive-Evolutionary Psychology: an Attempt at Integration, por Paolo Migone (1) y Giovanni Liotti (2) (1998), International Journal of  Psychoanalysis, 79:1071-1095








Ambos autores parten de una actitud claramente integradora, según la cual consideran que el psicoanálisis debe tener un lugar dentro de la psicología como cualquier otra ciencia natural. Intentan en este artículo construir una teoría del funcionamiento mental y de la terapia, y para esto, hacen una revisión de las teorías psicoanalíticas de la motivación y de cómo se hereda la información, uniendo la psicología cognitiva, la neurobiología y el psicoanálisis.

Por un lado, acudirán a la “Teoría del Dominio-Control” propuesta por el grupo de investigación en psicoterapia de San Francisco en 1986, y dentro de esta teoría utilizarán los conceptos de “plan”, “prueba” y “creencia patogénica” (dejando claro que no toman esta teoría porque les parezca especialmente novedosa ni completa, y que podría tomarse cualquier otra). Por otro lado, se basarán en la neurología evolutiva y la etología de Edelman de 1989.

Un resumen de la teoría

Para empezar con la exposición, haré un resumen del que a su vez hacen Migone y Liotti de su teoría.

Los seres humanos están programados innatamente para adaptarse a su entorno. Esto se produce como autoconstrucción dinámica dentro de parámetros establecidos por el entorno.

Entre todas las disposiciones innatas, hay un grupo que se refiere a las relaciones interpersonales, que son múltiples y variadas. Los autores incluyen al apego, ofrecer cuidado, competición, sexualidad y cooperación. A partir de experiencias que no se ajustan con estas disposiciones innatas, las personas construyen creencias patogénicas. Las bases innatas son adaptativas, porque se desarrollaron por selección natural, y fruto de este esfuerzo hacia la adaptación, los seres humanos tienen una motivación interna a probar las creencias patogénicas que van en contra de sus disposiciones y valores innatos. Los autores expresan aquí su deuda para con diversas escuelas psicoanalíticas y no psicoanalíticas que ya promovieron un cambio de la clásica teoría de la motivación (que veía la motivación como dualidad pulsional de fuerzas que tienden a la descarga). Entre estas escuelas está la teoría de las relaciones de objeto, la teoría de Kohut, y también Rogers, con su énfasis en la autorrealización.

Las creencias patogénicas no sólo traicionan valores innatos, sino también valores históricos-sociales compartidos con el terapeuta, valores morales. Por otro lado, el desarrollo de estas creencias se pone en marcha por experiencias traumáticas “externas”, (lo que es deducible a partir de la importancia que en este modelo se da a las motivaciones dirigidas a mantener y regular relaciones interpersonales), pero también por otras causas, como cuando la realidad se percibe como traumática debido a las limitaciones cognitivas del niño (a su egocentrismo, en términos piagetianos).

Cuando las creencias no se ajustan con planes internos, surge el conflicto. El paciente tiende a probar al terapeuta para cambiar sus creencias, motivado por su tendencia a perseguir sus planes básicos. Desde esta perspectiva, la compulsión a la repetición se ve como la misma tendencia adaptativa a la inversa, una tendencia a probar la disonancia cognitiva, la falta de coherencia entre representaciones (los planes y las creencias) con el fin de cambiarlas. Está al servicio de la adaptación y la vida, no de la muerte.

Si el terapeuta pasa la prueba, bien a través de interpretaciones que vayan a favor de la realización de los planes del paciente, o de su propia actitud, o simplemente por la creación exitosa de un encuadre reasegurador, entonces el paciente activa su plan innato. El marco terapéutico nunca es neutral, siempre es interpretado por el paciente a la luz de sus creencias (transferencia), y por tanto hasta un marco terapéutico muy alejado del ortodoxo puede, en un momento determinado, servir como encuadre ideal para la puesta a prueba y cambio de una creencia patogénica.

Esta activación de planes innatos en la terapia no implica necesariamente toma de conciencia, sino sólo una “experiencia emocional correctiva” (los autores señalan la importancia de recuperar el constructo de Alexander). Pero si la toma de conciencia se produce (el objetivo prioritario en la técnica clásica), esto contribuye a una mayor integración de procesos cognitivos, verbales y no verbales. De manera que para los autores, lo terapéutico es la experiencia total, verbal y no verbal. Y además sugieren otra idea que nos parece interesante: que también es un factor terapéutico el que la técnica del terapeuta esté dirigida específicamente a las creencias patogénicas propias del paciente.

A continuación seguiremos el desarrollo de su artículo paso a paso, haciendo algunas transformaciones, como cambiar la organización de los apartados de un modo que parece más clarificador de cara al resumen. En ocasiones, los comentarios de la que escribe la reseña están entre paréntesis para diferenciarlos de lo que dicen directamente los autores.

Antiguas y nuevas concepciones de la influencia genética

Migone y Liotti empiezan haciendo una breve historia de las teorías psicoanalíticas de la motivación. Señalan que, en un principio, Freud tenía influencias lamarckianas propias todavía de su época y creía que se transmitía información aprendida, por lo que consideraba que la pulsión conllevaba ideas, fantasías, y reacciones afectivas innatas (como el complejo de Edipo, o el miedo a la castración). Construyó su metapsicología sobre dos pulsiones básicas innatas: vida y muerte, o Eros y Tánatos.

Desde entonces, se han sucedido diversas revisiones de esta teoría. Los autores destacan en su recorrido la de la Psicología del yo de Hartman, que enfatizaba la adaptación a la realidad externa; la teoría de las relaciones objetales; la teoría del apego de Bowlby, que señalaba fuerzas motivacionales diferentes; la escuela interpersonal de Sullivan, que daba importancia a las experiencias interpersonales reales para la construcción de la personalidad; y recientemente las investigaciones de la infancia de Stern y la teoría de las múltiples motivaciones de Lichtenberg.

Tras este recorrido, los autores llegan a la perspectiva cognitivo-afectivaque ellos mantienen en la actualidad. En coherencia con esta perspectiva, incluyen dentro de los sistemas motivacionales la motivación innata a la curiosidad ante el entorno, “Hoy vemos los humanos como exploradores activos de su entorno físico y social. Nos esforzamos principalmente no en reducir pulsiones, sino en asignar significados para formar nuevos esquemas, experimentar la excitación de confrontar e investigar incongruencias entre nuestras expectativas y nuevas situaciones, así como en experimentar el disfrute de asimilar lo novedoso en grupos de esquemas anteriores.”

Sostienen los autores que cuando Freud abandonó su teoría de la seducción, esto le supuso un trauma del que tardó en recuperarse, necesitando 8 años antes de publicar su revisión de la teoría, que le llevó además a sobreenfatizar el polo opuesto –el papel de las fantasías internas y la descarga pulsional. Pues bien, el psicoanálisis puede necesitar mucho más para recuperarse de este segundo trauma que supone el abandono de la teoría pulsional, y la toma de conciencia de que la metapsicología (la dualidad pulsional, el concepto de descarga, del ello) está hoy invalidada por la investigación científica. El reto al que nos enfrentamos los psicoanalistas de hoy es crear una nueva teoría de la motivación y de la terapia que sea coherente con las investigaciones recientes de la ciencia cognitiva, la etología, la epistemología evolutiva, la investigación de la infancia y la investigación en psicoterapia. Aunque también alertan los autores de la sobre-reacción, es decir, la postmoderna tendencia en psicoanálisis que tira por la borda la metapsicología al completo y se queda sólo con la clínica, como si ésta pudiera existir sin una teoría de la personalidad que la guíe y sustente.

Ante esto, abogan por la necesidad de empezar a elaborar teorías nuevas sobre la motivación y la psicoterapia que se sostengan a la luz de los diversos campos científicos relacionados. Y esto es lo que ellos hacen basándose en la Teoría del Control-Dominio desarrollada por el Grupo de Investigación en Psicoterapia de San Francisco.

La Teoría del Dominio-Control desarrollada por el Grupo de Investigación en Psicoterapia de San Francisco, en relación a la teoría cognitiva de Miller

Migone y Liotti ponen en relación dos teorías de distinta procedencia, con objeto de montar su propia hipótesis del funcionamiento del psiquismo en cuanto a las motivaciones que lo guían y en cuento a la relación entre lo innato y lo adquirido. Por un lado toman la Teoría del Dominio-Control. Según ésta, los seres humanos tienen disposiciones innatas que les llevan a comprender la realidad y adaptarse a ella. Esta teoría concibe las disposiciones innatas como “planes” inconscientes que guían la conducta, el pensamiento y los afectos, y que se manifiestan desde la infancia. Por encima de cualquier otra motivación está la de adaptarse a la realidad, y especialmente a la realidad interpersonal. Esto lleva a que cuando en la realidad hay obstáculos al desarrollo de algún plan innato se desarrollen creencias patogénicas.

En la terapia psicoanalítica, son explorados tanto los planes innatos como las creencias patogénicas. Por un lado se detectan las creencias patogénicas, y por otro se promueve la realización de los planes innatos del paciente. Y esto a través de dos vías, la vía de las interpretaciones que actúan a favor del plan (interpretaciones pro-plan) y la vía de la experiencia emocional correctiva en la transferencia.

Ahora veremos lo que toman los autores de la teoría cognitiva de Miller de 1960. Según Miller la conducta, el pensamiento y el afecto, están organizados en una jerarquía de planes que tiene una base innata (lo que antes se llamaban instintos) pero que crece y cambia con el aprendizaje. Cada plan es una unidad que empieza con una prueba o test y acaba con otro. La secuencia sería la expresada en las siglas TOTE (Test-Operate-Test-Exit, que se traduce como prueba-actuación-prueba-salida). En el test se compara la categorización perceptual del entorno realizada en el presente con la imagen (representación interna) del plan. Cuando hay disonancia se opera o ejecuta el plan (se llevan a cabo una serie de acciones para modificar la relación organismo-entorno). Si por el contrario hay correspondencia o ajuste, se activa otro plan (no hay estado de nirvana o quietud, ya que el organismo tiende a su realización plena).

Es importante detenernos aquí. Lo que significa operar o activar un plan es conseguir eliminar la disonancia cognitiva (concepto tomado del cognitivista Festinger) entre nuestra representación interna de base innata del plan que tendemos a realizar, por un lado, y la realidad externa percibida, por otro. Para eliminar la disonancia ajustamos de algún modo nuestra representación interna, y esto es lo que provoca la construcción de creencias patogénicas. Cuando el entorno, especialmente el social, es favorable a la realización de los planes innatos, no es que éstos se queden tal cual –siempre hay un crecimiento y desarrollo aprendido sobre la base innata-, sino más bien que se desarrollan creencias adaptativas, creencias sobre la realidad que ayudan a que en adelante los planes innatos se realicen, contrariamente a las patogénicas, que aunque en principio son creadas con fines adaptativos, a la larga impiden la realización de los planes.

Los autores avisan de que este modelo de Miller de los años 60 no es precisamente el más actual en psicología cognitiva, ya que ha sido reemplazado por los modelos conexionistas de cara a la investigación experimental. Sin embargo, les parece que sigue siendo útil, y que tuvo el gran mérito de poder superar el modelo del instinto o pulsión visto como descarga de energía, y sustituirlo por una imagen ya no energética-mecanicista, sino más bien cognitiva.

Efectivamente, la motivación aquí –y este es el mérito que los autores extraen del modelo de Miller para elaborar su teoría- es tanto una fuerza interna como un fenómeno cognitivo, ideativo. Participa de ambas facetas. Creo que la importancia de esta integración es vital, porque nos permite abandonar el profundo abismo existente en la psicología, en la cual lo cognitivo estaba representado por la psicología académica (que se mostraba exenta de humanidad, ya que le faltaba el motor vital representado por las fuerzas motivacionales y las emociones unidas a ellas), y por otro lado el papel del psicoanálisis. Recordemos que si bien desde un principio Freud enfatizó la importancia de las fuerzas motivacionales, estas acabaron concibiéndose de modos que hoy no pueden sostenerse. En la primera tópica, la pulsión conllevaba carga ideativa, pero siendo ésta de un carácter que contradice las leyes darvinianas; en la segunda tópica, la pulsión se vió como fuerza de descarga energética vacía de contenido ideativo, con el ello como reservorio pulsional (Laplanche, 1981). En el modelo de Migone y Liotti ambas concepciones son superadas, lo innato y lo adquirido no está en contradicción, no mantienen una relación de oposición –o esto o aquello-, sino que participan ambos del mismo tipo de funcionamiento, como se verá más adelante.

Por otra parte, Migone y Liotti muestran desarrollos teóricos de otros autores que son compatibles con esta forma de concebir la motivación, unos dentro de las teorías cognitivas y otros dentro del psicoanálisis. Mostraremos aquí los precursores psicoanalíticos: la teoría del apego de Bowlby, en la que los individuos desarrollan, de acuerdo a sus experiencias interpersonales, modelos de trabajo internos sobre el self y sobre las figuras de apego, basados en planes innatos; la teoría de Lichtenberg del 89 sobre cinco sistemas motivacionales (regulación psicológica de las necesidades fisiológicas, apego y posteriormente afiliación, exploración/asertividad, aversión, y disfrute sensual y posteriormente excitación sexual), sistemas que están basados en planes innatos para procesar la información interpersonal; y aquí podría citarse también la teoría modular-transformacional de Bleichmar (1997), que plantea diversos módulos motivacionales en principio independientes aunque interrelacionados, que tienen base innata pero se transforman en el desarrollo tanto en su relación con el ambiente como en la relación de unos con otros y de acuerdo a otras características del psiquismo.

Naturaleza del conocimiento innato

Pero, ¿cuál es la ontogenia del llamado “conocimiento innato” o “planes”?, y ¿Cuáles son sus características? Ante todo, sostienen Migone y Liotti, no es un conocimiento de tipo declarativo -es decir, no está inscrito o representado de modo que se pueda traducir en palabras o imágenes- sino más bien de tipo procedimental, como una disposición a adquirir nueva información y promover pasos en el desarrollo. En segundo lugar, este conocimiento está codificado en el genoma a través de los cambios adaptativos que se imponen por la selección natural, no transmitido directamente por la experiencia de modo lamarckiano. En tercer lugar, lo que se hereda no son los mismos planes o ideas, sino estructuras bioquímicas que guían el proceso de desarrollo, de modo que el organismo reacciona a una expectativa media del entorno con una orientación cognitiva emergente reconocible. Como ejemplo prototípico de esto, los autores ponen el de la impronta de las aves descrita por Lorenz. Por otro lado, este conocimiento procedimental innato puede asociarse o no, durante el desarrollo cognitivo-emocional, con representaciones conscientes del self y del mundo, o sea con un conocimiento declarativo o explícito.

Los autores enfatizan que la naturaleza inconsciente de este conocimiento no se corresponde con el inconsciente clásico psicoanalítico, en tanto que éste implica inconsciente por actuación de la defensa, ni tampoco con el inconsciente propio de las llamadas fantasías inconscientes (entendidas como una serie de creencias maladaptativas altamente organizadas que siguen a la frustración de un deseo). Tampoco se corresponde con el concepto freudiano de fantasía primaria, porque éstas se concibieron como transmitidas por vía lamarckiana, y además maldaptativas y universales (como por ejemplo el miedo a la castración), sin embargo, si así fuera no podrían haber sido seleccionadas en la evolución. (Podemos decir entonces que es un inconsciente de tipo procedimental implícito, pero motivado. Teniendo en cuenta que en este enfoque , como se verá más adelante, se propone la existencia de una motivación general hacia la realización de los planes innatos, que se corresponde con la búsqueda de placer que propuso Freud, pero también con la tendencia a la autorrealización de la vertiente humanista)

Naturaleza de las creencias

Ahora los autores analizan cómo se pasa de este conocimiento innato al conocimiento adquirido, y para esto describen con minuciosidad el ejemplo prototípico de la impronta de las aves descrita por Lorenz.

“Si el pato cuando es cría no percibe a su madre o un pato adulto de la misma especie sino otro objeto móvil, seguirá ese objeto incluso si después es puesto en contacto con adultos de su especie. Para que el proceso de impronta tenga lugar, el objeto percibido por la cría de pájaro debe tener algún parecido con algún miembro adulto de su especie. Por ejemplo, un pequeño pato puede llegar a apegarse a una caja de un tamaño y color no demasiado diferente del pato adulto, movido por el etólogo con un ritmo no demasiado diferente del paso usual del pato. El pato no puede llegar a hacer un impronte con un coche o una bicicleta.”

O sea, para que las disposiciones innatas funcionen deben completarse con la categorización perceptual del entorno en el que el organismo está esforzándose por adaptarse. Como se ve en el ejemplo del pato, el organismo tiene un esquema muy abarcativo que ha de ser aplicado a un campo de la realidad con que ese organismo se topa, y de ese modo el esquema es completado por aquél. Son ideas claves aquí que: 1) el campo de la realidad a que el esquema se puede adaptar es de un rango limitado, y 2) a su vez el esquema innato previo es abarcativo.

La teoría neurobiológica de Edelman

A continuación los autores ponen en relación este modelo con la teoría sobre la conciencia del neurobiólogo Edelman, expuesta en 1989 y que podemos ver más actualizada y traducida al español (Edelman, 2002). Edelman sostiene lo siguiente:

Cada ser humano nace con una serie de procedimientos innatos codificados en el tallo cerebral y en el sistema límbico. Estos procedimientos funcionan atribuyendo un valor adaptativo a cada percepción presente, y Edelman los llama “valores”. Esto es, tenemos una serie de procedimientos innatos que automáticamente atribuyen a cada categorización del entorno un valor adaptativo, relacionado con la supervivencia evolutiva. Los autores relacionan estos procedimientos innatos con lo que propuso Freud en su principio del placer, según el cual hacemos una primaria diferenciación del mundo en bueno o malo. El concepto de valor, por tanto, tiene que ver con la motivación innata que nos lleva a sentirnos atraídos o bien a rechazar cada percepción actual del entorno. Y a su vez esta atracción o rechazo, las tendencias o motivaciones innatas, están inscritas en nuestro organismo porque sirven a la supervivencia y se han desarrollado a lo largo de la evolución de la especie. Edelman llama al conjunto de valores del sujeto “self biológico”.

Los valores se unen a cada percepción que el sujeto hace del entorno. El neocórtex es el órgano encargado de extraer categorías del entorno. Al conjunto de estas categorías perceptuales se le llama “no self”.

Tanto los valores innatos como las categorías preceptuales funcionan con un proceso llamado “reentrada”, que consiste en un intercambio complejo de señales paralelas entre ambos. De este modo se crean los “recuerdos-valor-categoría”. Estos recuerdos están continuamente reajustándose con la categorización perceptual del entorno que se realiza en el presente. Este proceso evaluador continuo es relacionado por los autores con el concepto de Test de la unidad TOTE del modelo de Miller. En otras palabras, una evaluación cognitivo-emocional continua del entorno que compara momento a momento nuestras disposiciones y nuestras percepciones de la realidad (el proceso de reentrada) nos mantiene informados de si cada proceso en curso –percepción, acción,…- está en sintonía con un valor de base innata o por el contrario está en oposición a él.

Según Edelman, la “conciencia primaria” surge de este ajuste continuo. Y cuando este proceso se completa con los procesos creadores de conceptos y símbolos del lenguaje, emerge la “conciencia de más alto orden”.

Los valores innatos, al ser producto de una historia evolutiva larga, no cambian fácilmente. Pero las categorías de percepción y memoria sí, se reorganizan y remodelan en jerarquías. Las nuevas categorías son ajustadas con los valores innatos en una evaluación continua. Esta evaluación lleva a la anticipación, es decir, a prever y/o presentir a nivel emocional un nuevo elemento percibido, considerándolo al momento bueno o malo de acuerdo a cómo lo ordenamos en una jerarquía de valores determinada, por nuestra experiencia pasada. Los autores relacionan esto con la teoría psicoanalítica de las relaciones de objeto internalizadas de Kenberg. También ven antecedentes en el concepto postulado por Freud de après-coup (“posterioridad” según Laplanche y Pontalis) según el cual las representaciones de que consta nuestra memoria son resignificadas y cambiadas por las nuevas experiencias presentes.

Vuelta a la Teoría del Dominio-Control para explicar en qué consisten las creencias patogénicas

Todo esto es unido por Migone y Liotti con los conceptos aportados por la Teoría del Dominio-Control. Lo que Edelman llama valor equivale a los planes innatos, y las categorías preceptuales y conceptuales equivalen a las creencias, que pueden ser adaptativas o patogénicas. Los planes y las creencias están unidos, y forman lo que Edelman llama “recuerdos valor-categoría”. Los valores son buscados en todas las circunstancias, incluso cuando el entorno es hostil. En este caso se formará un recuerdo valor-categoría que relacionará el plan innato o valor con la realidad amenazante o frustrante para ese valor, con lo cual se pondrá en marcha una creencia patogénica.

¿Existen planes maladaptativos? (esta pregunta sería equivalente a la cuestión de si hay fundamento para proponer una pulsión de muerte). Lo que los autores sostienen es que no existen planes maladaptativos por su contenido en sí, sino por la inadecuación entre la categoría de percepción y recuerdo que se construyó en el pasado y el esfuerzo por realizar un plan o valor de base innata. De modo que si volvemos a la terminología psicoanalítica en que antes he planteado la pregunta, ahora la respuesta sería: no existen pulsiones esencialmente maladaptativas, sino motivaciones que no han encontrado un ambiente suficientemente bueno como para que se hayan creado representaciones-creencias que sirvan para realizar aquellas. Efectivamente, dicen los autores “El poder motivacional de los valores innatos puede detectarse como parte de los planes del paciente incluso cuando su conducta abierta se organiza de acuerdo a la creencia patogénica.” O sea, lo que se observa en los pacientes son formas disfuncionales de perseguir un valor.

Aplicación a la situación terapéutica

En la terapia, el analista confronta un modo disfuncional o no adaptativo que muestra el paciente de perseguir un valor (un plan). Esto provoca en el paciente la puesta en marcha de un test en la situación interpersonal con el terapeuta (en otras palabras, una actuación desencadenada con el objetivo de probar si la realidad –aquí interpersonal- se adecua a la representación que de ella se tiene en la memoria). En este momento, lo decisivo es el modo en que actúe el terapeuta. Es decir, lo terapéutico es que el analista en la transferencia no se comporte del modo en que la creencia patogénica del paciente preve que va a hacerlo, bien con su actitud o bien con la intervención que haga a través de la interpretación. Si todo va bien, los autores hablan de que el terapeuta “supera un test” en la transferencia. Esto provocará que se forme un nuevo recuerdo valor-categoría en el paciente. Así comienza el camino hacia la salud.

La nueva categoría que se forma en el paciente por su relación con el terapeuta en la transferencia, entra en relación con el recuerdo valor-categoría que tenía, formado en las otras situaciones significativas en que estaba persiguiendo ese mismo valor. Estas dos representaciones son comparadas, y a partir de aquí puede tener lugar la toma de conciencia: puede emerger en el paciente el insight de su creencia patogénica anterior, así como de las experiencias traumáticas que provocaron dicha creencia. Esto, señalan los autores, concuerda con la teoría de la conciencia de Edelman, según la cual la conciencia surge del proceso de ajuste entre la nueva categoría perceptual y el recuerdo valor categoría anterior en una situación en que está en juego la persecución del mismo valor. Creo que esto puede ser expresarlo de un modo iluminador acudiendo a la clásica terminología de Piaget (1945). Este autor ya señaló que la conciencia surge con mayor probabilidad de la invariante funcional de acomodación, esto es, cuando un sujeto está transformando un esquema previo para poder ajustarlo con una nueva percepción, y no de la asimilación, que es el proceso contrario –dar cabida a una percepción en esquema previo sin que esto implique esfuerzo del organismo por cambio interno, ya que lo que ahora se transforma es lo percibido. O sea, del esfuerzo psíquico que supone cambiar los esquemas previos para ajustarlos a las percepciones actuales surge la conciencia de aquellos, el insight.

Por otro lado, también la teoría de Edelman predice un hecho que los autores ven en el proceso terapéutico: cuando el terapeuta da lugar a que se forme una nueva categoría perceptual que pone al anterior recuerdo valor-categoría en proceso de cambio, categoría que a su vez es más apta en la persecución de un valor de lo que era el recuerdo-valor-categoría previo, se produce un sentimiento placentero en el paciente. Es lo que vemos cuando tras una interpretación en la que el paciente ha tenido insight o toma de conciencia de alguna creencia o tendencia preexistente en él, baja la ansiedad y se produce una mayor implicación del paciente en el proceso terapéutico.

Pero, tal como hacen los autores, volvemos ahora a describir el proceso de un modo que se ve claramente el orden en que actúan los agentes causales en la terapia. En el marco de la sesión, si el terapeuta pasa un test, respondiendo al paciente de un modo que no se ajusta con sus creencias patogénicas, sino que por el contrario constituye una nueva realidad percibida, en la medida en que esta nueva percepción se ajusta mejor que su creencia previa al valor positivo innato, produce placer. De ahí que la ansiedad baje, y el paciente se sienta mejor: no por la conciencia o insight, sino por la nueva vía que se ofrece de realización del plan. Esto significa que lo que produce cambio es primariamente la “experiencia emocional correctiva” producida en la terapia, y esto a su vez es prerrequisito para que se produzca la toma de conciencia de las creencias patogénicas previas. Lo primero es que el terapeuta ofrezca un modelo intersubjetivo que se ajuste mejor a los planes innatos, y esto es lo que producirá placer y así reducirá la ansiedad y pondrá al paciente en disposición psíquica para el cambio, para el ajuste de sus anteriores creencias y la toma de conciencia de éstas.

Una vez que han llegado a este esquema teórico, los autores se hacen la siguiente pregunta: ¿Hay pacientes inabordables al tratamiento? En el sentido de ¿puede ocurrir que la posibilidad de perseguir valores innatos haya quedado totalmente destruida por las experiencias adversas previas? Aquí Migone y Liotti consideran que esto no es teóricamente posible, ya que de algún modo, aunque limitado y distorsionado, la persona ha encontrado, para su supervivencia, el modo de realizar algún valor, de otro modo hubiera sucumbido. De ahí concluyen que no puede mantenerse la idea de una pulsión de muerte, ya que cualquier conducta, incluso la suicida, es una forma de perseguir un plan innato, aunque sea por un camino que impida la posibilidad de realizar otros planes posteriormente.

Y otra cuestión que aportan los autores y merece señalarse, es que esta teoría da cabida a que los valores innatos sean dificultados no sólo por las experiencias patogénicas, sino también por errores innatos de funcionamiento, de metabolismo o de estructura cerebral (como parece ser el caso del autismo). E incluso en estos casos, es posible introducir terapias psicológicas o farmacológicas que ayuden a conseguir los valores innatos frustrados. (Pero creo que podríamos ir más allá, podríamos plantearnos también que lo que esté perturbado desde un principio es la existencia misma o la modalidad en que está representado en el organismo el valor en sí, el plan. Eso es lo que muestran algunos estudios que ven en el autismo un trastorno de la motivación intersubjetiva [Gómez y otros, 1995]).

Los sistemas motivacionales de base innata desde una perspectiva evolutiva

Siguiendo a Edelman, los autores conciben los sistemas motivacionales de base innata como habiendo sido desarrollados desde la selección natural. Plantean tres grandes tipos de sistemas motivacionales:

1-                 El primer grupo lo componen motivaciones de naturaleza homeostática, que regulan el mantenimiento de estructuras anatómicas y las funciones fisiológicas básicas (comida, sueño, termoregulación, evacuación). Filogenéticamente es el grupo más antiguo. Fisiológicamente está representado en el llamado cerebro reptiliano (tronco cerebral, putamen y globo pálido).

2-                 El segundo grupo está formado por motivaciones que regulan las interacciones sociales (apego o búsqueda de cuidado, ofrecer cuidado, competir por el rango, juego social, cooperación hacia objetivos compartidos, afiliación al grupo social). Filogenéticamente es el grupo más reciente, presente sólo en los mamíferos. Fisiológicamente está representado en el sistema límbico.

3-                 El tercer grupo lo constituye la motivación para comprender, para autoorganizar los sistemas motivacionales, como dar coherencia a los significados que continuamente son procesados por las funciones cognitivas de alto orden. Este grupo está presente sólo en los seres humanos. Fisiológicamente está representado en el córtex.

Los autores sostienen que el plan inconsciente del paciente puede estar en relación con todos los sistemas motivacionales innatos. Creo que este modo de concebir los sistemas motivacionales, ordenados según una jerarquía evolutiva, es muy interesante, en primer lugar porque muestra la jerarquía evolutiva filogenética, y sobre todo por la inclusión del tercer grupo, donde se introduce la motivación que explícita o implícitamente ha sido la más importante para la psicología cognitiva, a expensas de las demás: la motivación a la coherencia entre nuestras representaciones, la motivación a superar la disonancia cognitiva, en términos de Festinger.

Siguen los autores diciendo que los sistemas motivacionales pueden operar simultáneamente, en paralelo, esto es, sin toma de conciencia. En la conciencia se perciben sólo operaciones de un sistema a la vez, el predominante.

En la psicoterapia, los sistemas motivacionales intervienen en secuencias y combinaciones variadas, guiando la conducta del paciente. Los sistemas motivacionales normalmente activos en el paciente en terapia son los interpersonales: apego, ofrecer cuidado, sexualidad, competitividad, cooperación afiliación.

Cuando hay un contexto interpersonal adverso hacia un valor innato, en el esfuerzo por preservar ese valor, la búsqueda de otros puede ser inhibida o distorsionada. Para los autores, posiblemente es una condición para la creación de creencias patogénicas que impiden la realización de planes innatos, que haya sistemas motivacionales en conflicto actuando en paralelo en situaciones interpersonales. Ponen ejemplos que todo clínico podría encontrar en su práctica: un paciente que ve a sus padres frágiles, incapaces de tolerar su autonomía, crece sintiendo que hay una contradicción esencial entre el valor de la competitividad y el del cuidado del otro y el apego; otro paciente sentía rechazo cada vez que intentaba rebelarse o competir con un padre opresivo y dominante, con lo cual inhibió la búsqueda de apego incluso cuando necesitaba ayuda claramente; etc. En una viñeta clínica aportada, muestran un paciente que sentía profunda e inconscientemente que sus necesidades de cercanía emocional o apego, por un lado, y las de autoafirmación o competitividad, por otro, eran incompatibles entre sí. Esto le llevaba a estar insatisfecho con sucesivos marcos terapéuticos, ya que en cada uno se sentía frustrado en algún aspecto (sin que fuera consciente directamente de que eso era lo que le frustraba). El abordaje consistió en tomar en cuenta esta problemática surgida en la transferencia, mediante una actitud por parte del terapeuta que ofrecía a la vez rasgos contrapuestos: por un lado aceptación y autocuestionamiento, y por otro fortaleza, manifestada en la seguridad en los propios planteamientos (es útil aquí hacer uso de la filosofía Zen, como hace Linehan [ver reseña de Díaz-Benjumea, 2003], para superar la lógica de oposición entre contrarios). Tras este abordaje, se pudo llegar a hablar de las creencias patogénicas subyacentes.

Validación empírica de la teoría: investigaciones sobre el apego temprano

Migone y Liotti muestran ahora que las investigaciones empíricas promovidas por la teoría del apego están en consonancia con la teoría que han desarrollado.

Si las respuestas del cuidador son buenas, el niño desarrolla un apego seguro. Pero si por el contrario el cuidador no se ajusta a las necesidades de apego del niño, éste desarrolla un apego inseguro de uno de los tres tipos descritos: evitativo, resistente o desorganizado, cada uno de ellos en relación con determinados fallos de su figura de apego. Esto es lo que en términos de Bowlby es la construcción de un Modelo de Trabajo Interno, y en términos de Edelman son recuerdos-valor-categoría, y consiste en que la búsqueda del valor de apego se asocia a una determinada expectativa de respuesta por parte del cuidador.

Los autores resaltan que esto puede estorbar las operaciones del plan adaptativo innato (sistema de apego), pero no sólo eso, sino que también pueden interferir en las operaciones de otros planes de base innata, creándose las creencias patogénicas. Como ejemplo de esto muestran la interferencia del trastorno de apego en la competitividad, entendida ésta como manifestación de otro tipo de motivación al servicio de la regulación de las relaciones interpersonales, que busca la autoafirmación y la lucha por un rango social alto. Los niños clasificados de apego seguro con 1 año, cuando tienen 5 pueden competir con sus pares, y pueden tanto disfrutar la victoria como aceptar la derrota. Por el contrario, los de apego inseguro o bien expresan exceso de agresión al competir, o se muestran tímidos y se retraen. La explicación a este hecho es que en el apego seguro el niño tiene la expectativa del consuelo de sus cuidadores, lo que mitiga la experiencia de la derrota, y así aprenden a no temerla demasiado. Esto no ocurre en el apego inseguro.

Para los autores, esto muestra cómo la construcción de un Modelo de Trabajo Interno maladaptativo creado en relación al valor del apego, puede interferir no sólo en la futura búsqueda del valor de apego, sino también de otros valores. (Es interesante señalar que aquí se está hablando de lo mismo que en otra época se describió con conceptos como “objeto interno”, y luego desde la perspectiva de Bowlby como “Modelo de Trabajo Interno”, pero en este enfoque se describe como creencia cognitivo-afectiva provocadora de expectativas sobre lo que va a ocurrir, y que por tanto influye en la conducta, la actitud y  las reacciones emocionales.)

Por otro lado, los autores sostienen que distintos cuadros psicopatológicos están relacionados con experiencias interpersonales específicas, inscritas en recuerdos valor-categoría, que acaban obstaculizando la búsqueda de los sistemas motivacionales o valores.

La visión del funcionamiento psíquico inconsciente implícita en la teoría

Por último, Migone y Liotti describen el concepto de inconsciente que subyace en su modelo. Esta visión de inconsciente está en concordancia con los desarrollos de la psicología cognitiva experimental, y es distinta de la primera visión freudiana de inconsciente, la cual se limitaba a lo reprimido.

Los diferentes sistemas motivacionales de los tres grupos anteriormente mencionados se conciben como módulos de orden superior o “especialistas”. El trabajo de los especialistas emerge continuamente en el espacio de trabajo de la conciencia, y el procesamiento de la conciencia es a su vez redistribuido a los especialistas inconscientes.

Ya vimos que para Edelman, la conciencia surge del ajuste entre los recuerdos-valor-categoría y la categorización perceptual presente del self y el entorno. Si el recuerdo-valor-categoría estorba la persecución de uno o más valores adaptativos, la experiencia consciente que surja al producirse dicho ajuste no será buena en factores como claridad amplitud y eficacia en la toma de decisiones. El insight de la persona sobre el significado de su propia conducta estará perturbado. Del mismo modo, si hay una creencia patogénica por la cual la búsqueda de dos o más valores de base innata son incompatibles, esto dificultará la toma de conciencia de al menos un valor que se persigue o se evita activamente en la interacción presente (Esto podemos considerarlo como la nueva formulación de los autores del concepto freudiano de represión. Desde esta perspectiva podríamos describir la represión como la dificultad para la toma de conciencia de la representación de un valor o motivo, debida al desajuste entre por un lado la representación del valor [del impulso motivacional], y por otro las creencias construidas en el pasado en relación a la posibilidad de realizarlo, o sobre lo que conllevaría su realización).

En la psicoterapia, si el terapeuta pasa el test, o sea si no responde al paciente del modo como lo hicieron los cuidadores de su entorno cuando se creó la creencia patogénica, entonces ésta no se confirma. Por ejemplo, un paciente tiene la oportunidad de sentir que dos valores (como apego y autoafirmación) pueden no ser incompatibles, al estar en relación con un terapeuta que le permita y se permita a sí mismo disentir, sin que por ello se ponga en peligro la relación. Entonces el paciente puede tomar conciencia de ambos valores, y revivir momentos del pasado que le llevaron a la creencia patogénica (por ejemplo “si expreso mi opinión me abandonarán”).

Comentario

Esta es una teoría muy elaborada, que merece todos los elogios por el esfuerzo de integración y la visión compleja de la realidad que nos aporta.

En primer lugar, tiene el mérito de ser una teoría interdisciplinar, siguiendo la línea de los desarrollos recientes en psicoanálisis, va a otras campos para cotejar lo que en el psicoanálisis clásico es recuperable, o revisable, o eliminable. Busca la coherencia externa.

En segundo lugar, es una teoría integradora, y en este sentido especialmente aporta el hecho de que construye un puente entre el abismo más grande que existía entre el psicoanálisis como teoría basada en la motivación y la psicología académica experta en el estudio de los fenómenos cognitivos. El esfuerzo por crear un modelo del funcionamiento psíquico en el que ambas facetas, lo cognitivo y lo motivacional-emocional, están armónicamente organizados en un todo, es una aportación que beneficia a ambos campos.

Pero su manera de integrar está lejos de un eclecticismo fácil en el que se junten diversas posiciones sin discriminación. Los autores dejan por el camino muchas nociones, para aceptar otras que van resultando más adecuadas a la hora de interpretar el mundo interno dentro de los conocimientos actuales de otros campos. Puede decirse que Migone cumple aquí su idea de lo que debe de ser el trabajo de integración teórica: “Creo que nuestro esfuerzo debería ir, por el contrario, en la dirección de la investigación de un nivel alto de integración teórica, de formulaciones de hipótesis específicas y de modelos que expliquen el dato clínico.” (Migone, 1998)

Este enfoque tiene además el valor de recuperar aportaciones de autores psicoanalíticos –y no sólo psicoanalíticos- que han vislumbrado cuestiones a las que, hoy día, pueden darse respuestas más abarcativas y complejas. En ese sentido hace justicia a estos autores del pasado, entre los cuales están las tendencias más importantes de la historia del psicoanálisis.

Por último, a pesar del alto nivel teórico en el que se mueve, los autores no se quedan en éste, sino que muestran la repercusión en la práctica clínica de sus planteamientos. Esta teoría nos ayuda a pensar lo que ocurre en la mente del paciente -y en la nuestra- de un modo actual y clarificador.

No obstante, continuación me detendré en un punto que merece repensarse. Los autores dicen textualmente “De acuerdo con esta visión, el concepto de `compulsión a la repetición´ podría concebirse, por así decir, como el mismo mecanismo a la inversa: una compulsión a probar la disonancia cognitiva, la discrepancia de representaciones, en la esperanza de parar la repetición y perseguir objetivos vitales. La compulsión a la repetición, de este modo, puede ser considerada “instinto de vida”, no “instinto de muerte” (Negritas de la autora de la reseña). Nótese que, bajo este enfoque, la pulsión de muerte no corresponde con la propuesta de Clyman (1991), según la cual se busca un objeto adaptativo a través de medios maladaptativos, al haber quedado grabada esta vía en nuestra memoria procedimental. En este modelo los autores van más allá, ya que plantean que hay una motivación básica que promueve la repetición, en la línea de la teoría de la disonancia cognitiva de Festinger, que es la motivación a mantener una coherencia entre nuestras representaciones o creencias, por un lado las que buscan la realización de planes básicos y por otro lado las que lo dificultan, y esto con el fin adaptativo de que el plan básico pueda, al final, realizarse.Por tanto, en este modelo se reformula la antigua pulsión de muerte a la que se apelaba como explicación de la compulsión a la repetición-, pero ahora bajo un modelo que vuelve a ver el fenómeno de la compulsión a la repetición como parte de un impulso motivacional, el de rehacer la historia y permitir la realización del plan básico del sujeto.  

Iré más lejos. En este punto, el modelo contradice tanto el cognitivismo como el la visión clásica psicoanalítica de la compulsión a la repetición dominada por la pulsión de muerte. Aquí se plantea una motivación relacionada con la cognición, que funciona buscando nuevos significados, “probando” las creencias previas, o buscando coherencia entre éstas y los planes, no ya una tendencia general a confirmar las representaciones previas, como propone la psicología cognitiva, sino que esto a su vez se da con el fin de buscar otro resultado, más de acuerdo con el plan, más placentero.

O sea, ¿por qué se produce la compulsión a repetir lo displacentero? No es porque tengamos una tendencia innata a pasarlo mal, como se sostenía desde la pulsión de muerte. Pero tampoco sólo porque esté grabado en nuestra memoria procedimental un tipo de actuación, como sostiene Clyman. Ni tampoco exclusivamente porque tengamos una tendencia primaria a la coherencia, como sostiene Festinger. Repetimos, según los autores, porque la tendencia general a buscar el placer, a realizar nuestros planes, nos hace poner a prueba nuestras representaciones, actuándolas, con el objetivo último de buscar nuevas salidas. Y aquí la propuesta se me aparece en exceso optimista. Se ha producido un desplazamiento teórico desde a la visión filosófica del ser humano en conflicto por su propia esencia, propia de Freud, hacia la visión de éste como tendente a la mejoría continua, propia de la escuela humanista. ¿Es esto lo que los pacientes nos muestran? En muchos casos, yo no lo diría, sobre todo si tenemos en cuenta no sólo nuestros pacientes, sino todos los que no están en tratamiento porque optan por repetir sin cuestionar. Frente a la pregunta que los autores se hacen sobre si hay pacientes inabordables al tratamiento, a la que responden que teóricamente no, habría que plantearse si la práctica confirma aquí a la teoría.

BIBLIOGRAFÍA

BLEICHMAR, H. (1997), Avances en psicoterapia psicoanalítica. Hacia una técnica de intervenciones específicas, Barcelona, Paidós.

CLYMAN, R.B. (1991), “The Procedural Organitation of Emotions: A Contribution From Cognitive Science To The Psychoanalytic Theory Of Therapeutic Action”, J. Amer. Psychoanal. Assn, 39 (Suplemento), pp. 349-82.

DÍAZ-BENJUMEA, M.D.J. (2003), “El enfoque terapéutico de Martha Linehan en los trastornos borderline”, Aperturas Psicoanalíticas, nº 13, revista en internet.

EDELMAN, G.M. y TONOTI, G. (2000), El universo de la conciencia, Barcelona, Crítica, 2002.

GÓMEZ, J. C.; SARRIÁ, E.; TAMARIT, J.; BRIOSO, A. Y LEÓN, E. (1995), Los inicios de la comunicación: estudio comparado de niños y primates no humanos e implicaciones para el autismo, Madrid, Ministerio de Educación y Ciencia.

LAPLANCHE, J. (1981), El Inconsciente y el Ello. Problemáticas VI, Buenos Aires, Amorrortu, 1987.

MIGONE, P. (1998),“Il problema della integrazione dei diversi approcci psicoterapeutici”, Il Ruolo Terapeutico, 1998, 79: 40-45. http://www.psychomedia.it/pm/modther/probindx1.htm

 


 (1) Paolo Migone es psiquiatra psicoanalista italiano, sus trabajos más importantes están escritos en este idioma, aunque muchos de sus artículos tienen traducción al inglés. Se pueden encontrar algunos artículos suyos en la revista en internet http://www.psychomedia.it/pm/modther/probindx1.htm , que se presenta en italiano y en inglés, en la que él dirige un subapartado titulado “Problemas de la psicoterapia”. Tiene trabajos sobre temas como la integración en psicoterapia, la actualización de conceptos clásicos freudianos, y la investigación en psicoterapia.




(2) Giovanni Liotti es un autor italiano, profesor de psicología cognitiva. Pueden encontrarse trabajos suyos publicados también en http://www.psychomedia.it/pm/modther/probindx1.htm , sobre temas como la metacognición en el desarrollo del apego, y su déficit en el trastorno límite.


BIBLIOGRAFÍA


Bleichmar, H. (1997), Avances en psicoterapia psicoanalítica. Hacia una técnica de intervenciones específicas, Barcelona, Paidós.



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Piaget, J. (1945), La formación del símbolo en el niño, México, Fondo de cultura económica (décima reimpresión, 1987).


PIAGET, J. (1945), La formación del símbolo en el niño, México, Fondo de cultura económica (décima reimpresión, 1987). 

 

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