Tras el pluralismo. Hacia un nuevo paradigma psicoanalítico integrado [Jiménez, J.P., 2006]

Publicado en la revista nº025

Autor: Díaz-Benjumea, María Dolores J.

Reseña: Tras el pluralismo. Hacia un nuevo paradigma psicoanalítico integrado. After pluralism: Towards a new, integrated psychoanalytic paradigm. Juan Pablo Jiménez. Int J. Psychoanal. 2006; 87: 1487-507





En este artículo, Juan Pablo Jiménez nos ofrece una propuesta para dar un paso hacia la superación de la alternativa actual entre el psicoanálisis clásico, basado en el concepto de pulsión, y el paradigma relacional. En este empeño, aborda la naturaleza de nuestro objeto de estudio, la mente (monismo versus dualismo), así como las bases epistemológicas de nuestra disciplina, (la dicotomía ciencia versus hermenéutica). Para perseguir su objetivo, el autor hace un recorrido por los desarrollos de campos externos al psicoanalítico, especialmente la neurociencia cognitiva y la psicología del desarrollo. Finalmente, conservando las grandes aportaciones del modelo relacional, propone una síntesis que integre el modelo pulsional, pero siendo éste revisado y convertido en una teoría motivacional moderna en sintonía con la neurociencia y la teoría evolucionista.


 


Más allá de la crisis del psicoanálisis. Sobre la situación actual del conocimiento psicoanalítico


Jiménez empieza reconociendo que el psicoanálisis está en una época buena, porque existe un talante de pluralismo frente al “monismo” de antes cuando se presuponía la existencia una única verdad, de manera que cada psicoanalista pensaba que esa verdad se hallaba en la escuela en la que se integraba, estando todas las demás equivocadas.


Sin embargo, por otro lado existe el problema de que el conocimiento, más que acumularse de un modo ordenado, está aplicado sin orden ni concierto, produciendo una fragmentación teórica. Ésta es, para el autor, la cara negativa de la diversidad, y se debe a que los principios hermenéuticos son insuficientes como base epistemológica.


Como Fonagy, Jiménez opina que el psicoanálisis adolece de tener un método excesivamente inductivo, en el que cada analista, ante la realidad de su paciente, enfoca los contenidos que ve más importantes de acuerdo a sus propios constructos, basados a su vez en su propia personalidad y formación, y a partir de ahí selecciona información y elabora las conclusiones que transmite al paciente. La única base sobre la que se valida este conocimiento es hermenéutica, es decir, la coherencia interna de la teoría se toma como criterio de verdad. Pero Jiménez plantea que esto no es suficiente para validar las teorías, que lo que interpreta y establece el clínico es sólo una hipótesis que debe ser sostenida por algo externo y, siguiendo a Strenger, piensa que, además, debe buscarse la coherencia externa, esto es, la consistencia de la teoría, elaborada desde lo que se ha vivido con el paciente, con teorías asentadas que pertenecen a otras disciplinas.


Por otro lado, el autor cita a Kandel, premio novel de medicina y fisiología, quien sugirió que el psicoanálisis representa la visión de la mente más satisfactoria y coherente, si bien considera que debería superar el estancamiento que ha presentado durante años y participar activamente en la integración entre la biología y la psicología. No en vano los desarrollos recientes de la neurociencia son extraordinariamente compatibles con el modelo psicoanalítico de la mente. Para Jiménez, este esfuerzo integrador es bueno y necesario para ambas disciplinas. Y Jiménez propone un nuevo paradigma metodológico que integre la visión subjetiva del psicoanálisis con la aproximación objetiva de la neurociencia. Este paradigma estaría enriquecido además con la investigación sobre el proceso y los resultados de la psicoterapia, los estudios de la relación temprana madre-hijo y la nueva psicopatología del desarrollo.


Jiménez revisa la concepción de Greenberg y Mitchell. Estos autores sostienen que existen dos modelos básicos en el psicoanálisis, uno basado en el concepto de pulsión y otro en el de relación. En el modelo pulsional se tiene la idea del paciente como individuo que viene con conflictos intrapsíquicos, del analista como pantalla en blanco, y de la relación como fruto de un desplazamiento desde el pasado del paciente hacia el analista. La transferencia, por tanto, está determinada sólo por la historia previa del paciente y las interrupciones del proceso se interpretan como resistencia, la cual se supone generada por ansiedad desencadenada por conflictos entre pulsiones. La contratransferencia es producto a su vez de conflictos no resueltos del terapeuta y su expresión irá en perjuicio del tratamiento. El objetivo del análisis es el autoconocimiento y el papel del analista consiste en interpretar las defensas y los impulsos del paciente. Desde una posición de abstinencia, se asume que en la transferencia sólo están en juego los viejos conflictos del paciente. La interpretación de la transferencia lleva al insight y éste lleva a la cura.


Frente a esto, en el modelo basado en las relaciones la situación terapéutica se ve como creada por la interacción entre paciente y terapeuta. Se considera que el analista nunca está fuera de la transferencia, más bien precipita la transferencia del paciente. La contratrasferencia es, en parte, fruto de la presión sobre el terapeuta de la forma de experimentarlo por parte del paciente, y es de gran utilidad para entender el patrón de relaciones de éste. Para este modelo la eficacia terapéutica se basa en la calidad de la relación que se establece entre paciente y analista, una relación genuina, íntima y libre, que rompe con los viejos modelos de relación del paciente. El analista interpreta y comunica sobre el mundo interno del paciente, pero lo que produce cambio no es esta información aislada en sí, sino la naturaleza de la relación sobre la que se establece dicha comunicación.


Sostiene Jiménez que todos los autores y escuelas de la actualidad combinan ambos modelos, pero en diferente proporción en cuanto al peso de cada uno de ellos.


Pues bien, ante esta situación, el autor plantea lo que será su propuesta: frente a la opinión de Greenberg y Mitchell de que los dos modelos psicoanalíticos son irreconciliables, él considera que en la actualidad se puede superar esta dicotomía y llegar a una nueva integración, gracias a los avances de las ciencias neurocognitivas.


 


Argumentos actuales que apoyan las propuestas del modelo relacional


Uno de los argumentos que, de acuerdo con Jiménez, da más apoyo al modelo relacional procede de la investigación de la relación temprana madre-hijo. Aquí cita a Daniel Stern, autor que plantea que si bien se empezó considerando que desarrollos mentales como el pensamiento y el lenguaje tenían lugar debido a la ausencia de los objetos reales y las acciones sobre ellos, la investigación actual sostiene lo contrario, que la acción y el objeto sobre el que se actúa son los que estructuran la experiencia y permiten su representación. De aquí, Jiménez extrae la conclusión aplicada a la psicoterapia: no es la ausencia de intervención lo que promueve el cambio, sino un tipo especifico de intercambio emocional, cognitivo y corporal entre paciente y terapeuta, precisamente lo que enfatiza el modelo relacional.


Otros argumentos que apoyan al modelo relacional vienen del campo de la investigación sobre el proceso y los resultados de la psicoterapia y el psicoanálisis. Según aquella, los resultados positivos de la terapia correlacionan consistentemente con la calidad global de la relación terapéutica. Siguiendo a Orlinsky, el autor considera que sería un error ver estos datos como “cura de transferencia”, su interpretación es que si los pacientes experimentan el vínculo como proveedor de un entorno seguro, esto estimula el comportamiento exploratorio y permite detener las reacciones defensivas y afrontar de otra manera las situaciones vividas como amenazadoras. También cree Jiménez que estos resultados significan que en la alianza terapéutica debe jugar una parte importante los aspectos adultos del paciente y el terapeuta.


La cuestión que queda por resolver y que según Jiménez necesita de mayor investigación, es si la alianza terapéutica es en sí misma el componente del cambio, o si simplemente la relación crea un contexto interpersonal necesario para que funcionen otros elementos terapéuticos.


El autor señala otro dato significativo: los resultados de las terapias de distinta índole tienden a converger. El hecho de que haya mayores resultados con la psicoterapia que con el psicoanálisis se explica según él porque en las terapias psicoanalíticas ortodoxas los analistas siguen la regla de abstinencia, esto conlleva que dan poca importancia a la calidez y a la intensidad de la relación personal, a que el paciente se sienta cuidado. De ahí que el analista clásico tiende a llevar mal la psicoterapia, mientras que el analista relacional suele tener buenos resultados en las dos formas de tratamiento.


Otros descubrimientos que llegaron a resultados similares son los del estudio de Boston  (Kantrowicz, 1933), en el que se vio que lo importante en el resultado no son tanto las características personales del paciente y el analista, sino el ajuste entre ambas.


Estudios que investigan los microprocesos del intercambio paciente-terapeuta observan el contacto visual, la posición del cuerpo y el cambio en el tono de voz, comprobando que la conducta facial emocional de paciente y terapeuta es un indicador de vínculo afectivo y un predictor significativo del resultado terapéutico.


Por último, Jiménez cita al Grupo de Estudio de Procesos de Cambio de Boston (Stern y colaboradores). Estos autores se basan en los desarrollos de las ciencias cognitivas y sostienen que los procesos terapéuticos del vínculo se basan en procesos interactivos a los que llaman “conocimiento relacional implícito”, un conocimiento de tipo procedimental, no simbólico, inscrito en la memoria a largo plazo, en relación a los modelos de apego. Para este grupo de autores, en la relación analítica hay momentos especiales de encuentro intersubjetivo entre paciente y terapeuta, en los que se crea nuevas formas de relación y así se reorganiza el conocimiento implícito del paciente sobre cómo se relaciona en general con sus otros significativos. La oportunidad de cambio surge cuando en la negociación intersubjetiva hay momentos de encuentro en los que paciente y analista adquieren un nuevo entendimiento de la relación implícita mutua, teniendo lugar un reconocimiento de lo que hay en la mente del otro sobre dicha relación mutua. Este conocimiento puede ser llevado a la consciencia posteriormente, pero también puede permanecer implícito, lo que explica que en muchos tratamientos el nivel de resultados sea mucho mayor que el nivel de autoconocimiento obtenido por el paciente.


Otro campo cuyas aportaciones también apoyan al modelo relacional es el de la neurociencia cognitiva. Siguiendo con las ideas del grupo de Boston y especialmente de Fonagy, Jiménez plantea que la neurociencia cognitiva nos lleva a replantearnos cómo funciona la terapia, debido a los descubrimientos sobre el funcionamiento de la memoria. Contrariamente a la idea clásica que consideraba que la recuperación de un recuerdo autobiográfico producía cambio, Fonagy considera por el contrario que la recuperación de recuerdos de la niñez es un epifenómeno terapéuticamente inerte, y que la eficacia de la terapia se basa en la elaboración consciente de modelos de relación actuales, principalmente a través de la transferencia.


Los estudios sobre la memoria sostienen la idea de que las experiencias importantes con las figuras significativas, las que marcan el modo como nos relacionamos con los demás, ocurren demasiado temprano para poder ser almacenadas de un modo declarativo y por tanto no pueden recuperarse conscientemente. Estas experiencias de nosotros interactuando con el entorno se recuerdan, pero de un modo procedimental y, por tanto, solamente a través de su puesta en acto, y a partir de ahí de la vivencia subjetiva, pueden ser traídas a la conciencia. De ahí que las experiencias tempranas no sean directamente accesibles a la interpretación, sólo pueden actuarse en la relación terapéutica, pero no porque estén dinámicamente inconscientes, sino porque no han sino codificadas de un modo simbólico. Asimismo, pueden ser modificadas directamente, sin pasar por la toma de conciencia. De este modo, la exploración de sucesos del pasado es importante no por lo que se recupera en sí, sino por el hecho de que paciente y terapeuta “hacen algo juntos”, en palabras de Stern, y se modifica el conocimiento implícito sobre lo que significa estar en relación.


Todo esto resulta para el autor en la confirmación del supuesto del modelo relacional: la importancia de crear una atmósfera de contacto emocional en la terapia, y de que el terapeuta sea espontáneo, emocionalmente comprometido y atento a los cambios sutiles de la conducta no verbal del paciente.


 


Emociones y motivación: Reformulación del concepto de pulsión.


El concepto de pulsión es básico en la teoría de Freud, pero su utilidad ha sido cuestionada por Mitchell, basándose este autor especialmente en el argumento de que, una vez que algo se considera innato y universal, se pierde la oportunidad de seguir investigando sobre los orígenes de la matriz relacional particular del individuo.


Sin embargo, Jiménez sostiene que, así como en el modelo clásico el objeto externo es el objetivo de las pulsiones, para el modelo relacional de Mitchell las pulsiones son consideradas externas a la mente. Tras esta idea parece haber una concepción que separa tajantemente la mente del cuerpo, y es aquí cuando el autor ofrece su propuesta:


“es necesario adoptar una postura epistemológica integrada que considere mente y cerebro como los dos lados de la misma moneda, incluso cuando su exploración requiere diferentes metodologías, subjetiva en el primer caso y objetiva en el segundo. Esto implica adoptar una solución dual al problema mente-cerebro: monismo ontológico por un lado (mente y cerebro son lo mismo), dualismo epistemológico por otro lado (el conocimiento de ambos es de naturaleza diferente y mutuamente irreductible). Esta irreductibilidad, sin embargo, no previene a ambos de ser, al menos, compatibles uno con otro.”


Una propuesta que nos ofrece muy elaborada Searle (1992).


Para Jiménez, esta es una versión más de la antigua dicotomía que enfrenta a lo innato frente a lo aprendido como causa de la formación de la personalidad. La neurociencia en los últimos años ha mostrado que el aprendizaje produce cambios en la expresión del programa genético, cambios que a su vez provocan otros cambios en las conexiones neuronales. De este modo funciona la psicoterapia, como un aprendizaje que provoca cambios en la expresión de los genes que alteran la fuerza y los patrones de interconexiones sinápticas.


Para la neurociencia, la fuerza motivacional que corresponde a la pulsión freudiana es la emoción. Jiménez nos explica algo que podemos encontrar en la obra de Damasio (1999): la función de la conciencia es aportar al sujeto información de su estado interior frente a las circunstancias del entorno, donde se encuentran los objetos que satisfacen nuestras necesidades. La información es claramente evaluativa, nos hace sentir en relación a nuestro entorno, por eso la conciencia es fundamentalmente emocional. Las emociones son a su vez expresadas en gestos que los otros interpretan, y nos impulsan a actuar de una determinada manera.


Existen emociones básicas, universales, que nos hacen reaccionar a determinados estímulos de la misma manera “conexiones fijas entre ciertas situaciones que son relevantes para sobrevivir y la respuesta subjetiva que ellas elicitan.” Estas emociones básicas se organizan en sistemas motivacionales, estructuras funcionales y anatómicas que subyacen a estados comportamentales y afectivos específicos, cada uno de ellos basado en una necesidad innata y desarrollado en la evolución de la especie por su valor adaptativo.


En la neurobiología se sostiene la existencia de sistemas motivacionales básicos. Y desde el psicoanálisis, Lichtenberg aportó su teoría de la existencia de cinco sistemas motivacionales: regulación de necesidades fisiológicos, apego y afiliación, exploración, aversión y placer sensual-sexual, sistemas que se organizan y se relacionan continuamente, ajustándose en la jerarquía dependiendo tanto del momento del desarrollo como de los distintos momentos de la experiencia presente.


También Stern postula la existencia de un sistema motivacional innato para la intersubjetividad, y Fonagy sostiene que la habilidad de mentalizar –la capacidad para interpretar los estados mentales de los otros y de uno mismo- es innata y se desarrolla en el seno de la relación de apego.


Por otro lado, la investigación empírica sobre los afectos muestra que éstos tienen una base filogenética que capacita a los seres humanos a manejarse en su entorno, que se caracterizan por ser reacciones específicas a una configuración situacional determinada y por conllevar una determinada expresión gestual que comunican al otro un deseo específico. Todo esto se pone en juego en la interacción terapeuta-paciente y abre un campo de investigación.


De este modo, el autor se basa en los descubrimientos de la neurociencia y de la psicología del desarrollo y se alinea con las propuestas psicoanalíticas que apoyan un cambio desde la noción de pulsión de Freud a la de sistemas motivacionales múltiples dinámicos, en jerarquía y en conflicto.


 


Conclusión. Jiménez se adhiere a las propuestas psicoanalíticas actuales que ofrecen modelos complejos de la mente


El autor se muestra a favor del cambio en psicoanálisis que va desde los modelos en que prevalecía el principio de homogeneidad de la mente, con un mismo organizador para cada componente del psiquismo, una mente desarrollada siempre como un conjunto en que cada elemento trabaja siguiendo las mismas leyes, hacia un modelo complejo que pueda dar cuenta de la diversidad y especificidad de cada paciente, citando aquí a Gabbard y Westen.


Finalmente, Jiménez se adscribe a la propuesta de Bleichmar de un modelo modular del psicoanálisis, que concibe la mente como compuesta por múltiples sistemas o módulos que obedecen a diferentes reglas, que evolucionan en paralelo, que están relacionados de manera compleja, produciendo transformaciones subyacentes, y que requieren modos de intervención terapéutica múltiples. Así como también apoya su propuesta de elaborar técnicas de intervención terapéutica flexibles, dependiendo del subtipo de cuadro psicopatológico, de la estructura de la personalidad, o de la etapa de la vida del paciente y las condiciones del tratamiento.


A partir de aquí, dice el autor, se abre un campo de investigación que dará frutos no por unos pocos líderes, sino por el esfuerzo conjunto de muchos psicoanalistas que se unan al nuevo paradigma, y que debe pasar por la validación de la investigación empírica del proceso y los resultados del tratamiento.


 


Comentario


El primer valor de este trabajo radica en la voluntad de superar el estado de impasse en la teoría psicoanalítica, con la existencia de dos modelos opuestos y hasta ahora vistos como irreconciliables: el pulsional y el relacional. De estos dos, el segundo es el más moderno y por tanto más actualizado en sus propuestas, más coherente con los conocimientos generales de nuestra época sobre el psiquismo humano, pero sin embargo, nos deja un sentimiento de cierta insatisfacción y de cierta impotencia.


Insatisfacción e impotencia de ver que algo importante se nos escapa y que nos quedamos a ciegas. Porque la propuesta pluralista, con todo el avance que nos ha traído al permitirnos superar el realismo ingenuo, nos deja sin asideros con que guiarnos tanto en la clínica como en la elaboración teórica (¿qué referentes usamos para decidir cuál de las visiones posibles es la más válida o útil en un determinado momento?, ¿qué criterio sustituye al de “verdad”?), algo que solo se superará si hacemos un esfuerzo de integración crítica y coherente de los conocimientos. Y en cuanto al paradigma relacional -principal representante del pluralismo, ya que sustituye lo objetivo por lo intersubjetivo- con toda la grandeza que tiene por permitirnos ver lo sucesos de la sesión de un modo mucho más complejo, y por haber producido un enorme avance en el nivel ético de la relación terapeuta-paciente, tiene el peligro de conducir al constructivismo extremo: si todo hay que analizarlo dentro de la relación, y si lo que surge en la sesión terapéutica es una coconstrucción, el “objeto” externo en último término desaparece.


Juan Pablo Jiménez intenta romper el actual impasse dialéctico poniendo lado a lado los desarrollos del paradigma relacional y las bases del modelo pulsional. Para esto, previamente considera necesario actualizar el modelo pulsional a la luz de los aportes de la neurociencia, superar la visión mecanicista, propia de la física de la época en que la teoría freudiana fue tomando forma, y sustituirla por una visión más actual de acuerdo a los conocimientos sobre el funcionamiento de nuestro cerebro. En este camino, es importante que pasa a ser la emoción el núcleo de la teoría, algo que todos podemos identificar y de lo que tenemos vivencia directa, frente a los conceptos abstractos de la metapsicología freudiana clásica. Esto nos permite trabajar con una base conceptual más vivencial, más útil para relacionarnos con nuestros pacientes y con nosotros mismos.


El resultado no nos libera de la tensión. Hoy sabemos que si estamos implicados en lo que ocurre no podemos sino muy parcialmente salir de nosotros para analizarlo. Y si los intercambios emocionales en juego son los que guían el proceso y los responsables de la evolución del tratamiento, ¿dónde queda la razón, nuestra única arma, al fin, para analizar esas emociones y darles alternativas? Evidentemente, estas preguntas no tienen respuestas definitivas, el avance supone aceptar que las cosas son más complejas de lo que se creía. Sin embargo, trabajos como éste nos evitan caer en un nuevo reduccionismo consistente en negar la existencia de la mente del otro con independencia de la nuestra, en no tener en cuenta los momentos en que esa mente puede tener un funcionamiento básico en el que nuestra aportación no sea lo más determinante. Tal como sostiene Jiménez,  Mitchell habla como si las pulsiones fueran algo externo a la mente, pero no lo son, si se concibe la mente como una manera distinta de ver el cerebro.


Y en esta propuesta de avance que nos hace el autor, su posición evidentemente nos satisface, porque el punto de llegada es aquél en el que los asiduos de esta revista llevamos tiempo trabajando: la visión compleja de la mente, el cambio en la teoría de la motivación psicoanalítica, la visión modular del funcionamiento del psiquismo, la búsqueda de múltiples y específicos modelos de intervención.


 


Bibliografía


- Damasio, A. R. (1999), La sensación de lo que ocurre. Cuerpo y emoción en la construcción de la conciencia, Madrid: Debate, 2001.



- Searle, J. R. (1992), El redescubrimiento de la mente, Barcelona: Crítica, 1996.

 

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