Utilidad y riesgos de la técnica de la autoapertura

Publicado en la revista nº031

Autor: Díaz-Benjumea, María Dolores J.


En el trabajo me propongo explorar los criterios en que podemos basarnos como psicoanalistas para utilizar la autoapertura en el tratamiento teniendo en cuenta el tipo de paciente, el tipo de relación que tenemos con él, y el momento en que nos encontramos dentro del proceso terapéutico. Para ello acudo a las aportaciones de autores que han escrito sobre el tema dentro de la literatura psicoanalítica, así como a viñetas clínicas de mi propia experiencia donde muestro circunstancias en las que me he encontrado con que intervenir de este modo ha sido muy positivo o, por el contrario, no lo he sentido así.


Palabras clave: anonimato, autoapertura, autorrevelación, neutralidad, técnicas de intervención, identificación proyectiva.


Los cambios en la epistemología de la última parte del siglo XX nos han hecho cambiar también el modo en que concebimos el tratamiento en la psicoterapia psicoanalítica, como Mitchell (1993) ha explicado con amplitud. En la época de Freud, el pensamiento filosófico imperante era el del positivismo-realismo-objetivismo, en el que se había sustituido la fe en la creencia religiosa por la fe en la ciencia, la cual se consideraba un medio para alcanzar el conocimiento de la verdad. Al observador se lo consideraba objetivo frente al objeto que estudiaba y la razón era el camino para estudiar incluso las partes irracionales del psiquismo.


Este paradigma fue sustituyéndose por el del constructivismo-hermenéutica-perspectivismo, según el cual el conocimiento no es descubierto, sino construido por la mente del observador, no es una copia del mundo real, sino que tiene el sello del que lo construye, y no es objetivo, sino que siempre implica una perspectiva del objeto que se estudia. El conocimiento no es universal ni absoluto, sino que está basado en un marco cultural e histórico, no es estático sino cambiante y dinámico, y no es singular sino plural. El objetivo, por tanto, no es el descubrimiento de un número limitado de leyes universales, fijas y coherentes, sino conocimientos plurales que hay que esforzarse por integrar entre sí.


Todo esto afecta a nuestro objeto de estudio, porque implica que lo que el analista llega a saber no es simplemente descubierto a través del método analítico, sino que es construido y organizado por el propio analista, y por la comunidad analítica, a través de su repertorio de constructos teóricos. Estas premisas, que afectan a cualquier tipo de conocimiento, son especialmente importantes en nuestro campo, la experiencia psíquica, que es ambigua, y entenderla significa siempre organizarla en interpretaciones que pueden ser múltiples.


Ante este estado de cosas, el riesgo y el temor al relativismo siempre ha estado presente. Nos hemos despojado de la seguridad que nos daba el antiguo paradigma, pero necesitamos uno nuevo para no caer en el “todo vale”, que aquí sería “cualquier interpretación y/o intervención es igualmente correcta o válida”. La solución más útil nos ha sido aportada por Gadamer (Strenger, 1991) que plantea sustituir el ideal de “objetividad” por lo que nosotros, aplicándolo a nuestro campo, podemos llamar “intersubjetividad”. Esto significa que: 1) uno tiene que tomar conciencia de las propias preconcepciones, de cómo condicionan; y 2) entrar en diálogo con el texto (en nuestro caso con otra persona) nos puede hacer comprender las posiciones del otro, y en este diálogo genuino podemos llegar a entender la propia realidad de un modo más complejo.


Se ha modificado nuestra visión de lo que ocurre en la consulta. Para la mirada clásica, el paciente venía dominado por fuerzas inconscientes manifestadas en sus síntomas. El analista, al haber sido previamente analizado, no está dominado por su inconsciente, por tanto es un observador imparcial, neutral, objetivo, que se ofrece como pantalla en blanco para que el paciente proyecte en él los objetos internos que ha desarrollado a lo largo de la historia de su vida y de sus relaciones con sus figuras significativas. Así, la realidad objetiva del paciente nos venía dada y no era contaminada por la relación terapéutica, porque uno no se mostraba al estar oculto tras la neutralidad, el anonimato y la abstinencia. Todo lo que ocurría en la consulta era efecto del psiquismo del paciente, la única causa. La transferencia era puro efecto del paciente. La contratransferencia era una reacción del analista a la transferencia del paciente, que se daba porque el analista no estaba suficientemente analizado.


La visión de ahora está dentro de una perspectiva postmoderna, y ha dado lugar al enfoque intersubjetivo o bipersonal (Stolorow y Atwood, 1992, Mitchell, 1988). En este enfoque, la relación terapeuta-paciente es especial objeto de estudio, y el terapeuta se considera como copartícipe en lo que ocurre en la sesión, más que un observador neutro. Si no reconoce su propia participación es que no es consciente de lo que sucede. La contratransferencia no se ve como algo episódico sino como el estado normal, el foco más importante es lo que ocurre en el aquí y ahora de la relación terapéutica, y el terapeuta explora continuamente su contribución a la interacción.


Dos importantes consecuencias vienen acarreadas en esta perspectiva. La primera es que se pierde la nitidez de la línea que diferencia la relación terapéutica de la relación real, al considerarse que tanto el paciente como el terapeuta están condicionados por sus previas experiencias. Mitchell (1993) sostiene que considerar que los sentimientos del paciente no son más que transferencias puede servir a una función defensiva del terapeuta e invalidar la experiencia del paciente. Para Renik (1999), la relación terapéutica, a pesar de estar condicionada por el encuadre, tiene las características de cualquier otra relación real. Esto tiene profundas implicaciones técnicas, por poner un ejemplo, no se parte de antemano del supuesto de que lo que ocurre en la sesión responde a un prototipo relacional del paciente: “El grado en que la relación entre el terapeuta y el paciente se asemeje a otras relaciones de la vida del paciente debe mantenerse siempre como una cuestión abierta” (Safran y Mulan, 2000).


La segunda, consecuencia de la anterior, es que se pierde la diferencia clara entre la posición del terapeuta y la del paciente. La contratransferencia no es vista como una reacción del terapeuta a la transferencia del paciente, sino como transferencia del propio terapeuta. Los sentimientos contratransferenciales no son diferentes de los que no lo son, porque esto implicaría que se puede establecer una relación basada en la visión “objetiva” del paciente, algo que no es posible desde un modelo constructivista.


Pues bien, ante este cambio de paradigma, voy a centrarme en una nueva estrategia de intervención que necesariamente ha surgido como consecuencia, sustituyendo la posición clásica de neutralidad-abstinencia-anonimato que correspondía al terapeuta psicoanalítico.


Cuestionamiento de la neutralidad-abstinencia-anonimato del analista


La postura de neutralidad-abstinencia-anonimato por parte del analista ha sido cuestionada por dos principales motivos. En primer lugar, porque el anonimato no es posible, y en segundo porque no es conveniente, bien técnica o bien éticamente. Comenzaremos por la primera objeción.


El anonimato no es posible


Son muchos los autores que plantean que, incluso si el anonimato del analista fuera deseable, no es de todos modos una postura posible. Empezando por Renik (1995) que sostiene que el anonimato es un mito:


“El anonimato del analista es imposible-no sólo el anonimato completo, sino todo anonimato… Toda intervención oculta algunas cosas sobre el analista y revela otras (…); y toda decisión de no intervenir comunica algo, porque los pacientes tienden a ser bastante conscientes de los silencios del analista. Pienso que normalmente cometemos el error de pensar que cuando nos imponemos inhibiciones sobre nosotros mismos en la situación clínica (por ejemplo, permaneciendo en silencio en vez de cediendo a la tentación de hacer un señalamiento potencialmente seductor a un paciente) reducimos el grado en que la personalidad del analista se hace sentir. En realidad, simplemente hemos alterado la manera en la cual la personalidad del analista se hace sentir. El examen cuidadoso muestra que toda manera en que un analista decide tratar con sus respuestas emocionales trae consecuencias. Como esto es así, la cuestión no es si abrirse, sino cómo manejar la condición inevitable de la apertura constante. En mi visión, sugerir que un analista puede minimizar la comunicación de su psicología idiosincrática-reacciones emocionales, valores personales, construcciones de la realidad, etc.- está abocada a perseguir una ilusión.” (p.467)


El analista siempre está mostrando su subjetividad, incluso cuando permanece callado, y también cuando interpreta. La objetividad es imposible, por tanto, Renik aboga porque no la pongamos como objetivo.


Con este mismo argumento, Cooper (1998) propone utilizar el término de “apertura”, porque al decir “autoapertura” se transmite que lo que se muestra es algo objetivo y real, pero no se tiene en cuenta que, en realidad, se oculta todo lo que es inconsciente (o sea, siempre hay ocultación, incluso cuando uno intenta voluntariamente mostrarse). El autor sostiene que lo que distingue la autorrevelación de las demás intervenciones es que es deliberadamente selectiva, pero si decimos “autoapertura” estamos olvidando que en todas las demás formas de intervención también se muestra la subjetividad, aunque no se haga premeditadamente.


Por su parte, Meissner (2002) propone distinguir entre autorrevelación y autoapertura. Su idea es mantener el término “autorrevelación” como una manifestación no específica que está implicada en todo lo que hacemos y decimos o cómo nos presentamos, mientras que “autoapertura” se referiría a lo que un analista activamente elige hacer explícito a un paciente, de modo deliberado y consciente.


Esos son sólo algunos ejemplos de lo que es ya algo bastante generalizado en la literatura psicoanalítica, esto es que la concepción del analista como pantalla en blanco, neutral, pertrechado y oculto en su posición de neutralidad de modo que podía no influir en el psiquismo del paciente -que de este modo surgiría incontaminado, teniendo el camino libre para que la transferencia surgiera como manifestación pura de la influencia de su pasado- es una ilusión, un esquema fruto de una época de realismo y objetivismo del psicoanálisis, acorde con el momento de la epistemología de principios de siglo XX, pero obsoleto en nuestra época.


Por último, una puntualización para prevenir contra el mito de la  autenticidad del terapeuta. El hecho de que el anonimato no sea posible no sólo implica que nos revelamos siempre, querámoslo o no, sino también que cuando pretendemos autorrevelarnos de modo voluntario y premeditado, cuando hacemos una intervención de autoapertura, no podemos creer que realmente estamos revelando nuestra “verdad”, porque también entonces están funcionando nuestras motivaciones inconscientes, de modo que ni revelamos todo lo que pensamos, ni lo que pensamos que estamos revelando ha de ser tan cierto como lo pensamos. Como sostiene Cooper (1998) la apertura revela tanto como oculta, lo que se revela no es más verdadero de lo que se revela en otros momentos, porque el analista está condicionado por su inconsciente como cualquier ser humano.


El anonimato no es conveniente


La otra objeción al anonimato-neutralidad del analista es que, incluso aunque fuera posible, no es conveniente. Un autor que lidera esta posición es Renik (1995). Partiendo de que la autoapertura es inevitable, y que lo que habría que explorar es cuándo y cómo efectuarla, este autor sostiene que el principio del anonimato como premisa global no nos ayuda a determinar qué formas de autoapertura son positivas o negativas para la tarea analítica. Renik propone, entonces, reemplazar el uso del anonimato por lo contrario: hacerse comprensible al paciente, no inescrutable. Explicar lo que tiene en mente, sea cual sea el tipo de información personal, si esto ayuda al paciente a entender desde dónde piensa y hacia dónde va. La posición de Renik es, por tanto, la de usar la autoapertura para que el proceso de tratamiento sea algo abierto y compartido, no misterioso para el paciente, dándole así ocasión de participar en él de un modo consciente. Por otra parte, la autoapertura, sostiene Renik, no lleva a que la atención se centre en al analista, sino al revés: un analista enigmático  es objeto misterioso de interés. De manera que la propuesta de Renik es eliminar el anonimato como ideal, puesto que, aunque en la práctica se usa de un modo mucho menos tajante, en la teoría sigue constituyendo el principio que se plantea sobre el que debe de basarse el trabajo del analista, y esta incongruencia, para el autor, limita el modo en que podemos pensar sobre cómo, cuánto y cuándo autoabrirnos, y constituye una carga para el trabajo analítico.


Como señalé anteriormente, he encontrado dos tipos de argumentos sobre la conveniencia de la autoapertura: los que abogan por ella como un avance ético y los que la ven útil como técnica terapéutica.


La autoapertura como avance ético


Una serie de argumentos en contra de mantener el ideal de anonimato-neutralidad en la teoría de la técnica, tienen que ver con que este ideal está al servicio de intereses, motivaciones, que no son propiamente el bienestar o desarrollo del paciente y el trabajo terapéutico, sino que más bien sirve para encubrir necesidades y motivos más o menos inconscientes del propio analista. En este sentido es que puede considerarse que la propuesta de superar el principio de neutralidad tiene un objetivo ético, la de hacer justicia en la situación de la sesión, donde la diferencia de poder es grande, y la neutralidad fomenta un estado de sumisión en el paciente que no favorece que esos motivos del terapeuta salgan a la luz. Dos motivos fundamentales se han resaltado en este sentido


Autoapertura e idealización del analista


Renik (1995) sostiene que el anonimato favorece la idealización, y que ésta es entonces buscada por el analista. Frente a la racionalización que justifica la postura de anonimato como útil terapéuticamente, hay una motivación narcisista en el analista para ser idealizado y colocado en una situación sobrevalorada y de poder. Esto mismo es planteado por Maroda (2004).


La autoapertura y la sugestión al paciente  


Este es otro argumento ético, en cuanto que parte de la base de que intentamos evitar toda influencia sobre el paciente que pueda convertirse en abuso de poder. Esto es algo que está presente en la mente de los analistas desde Freud. La primera posición que buscaba evitar la influencia más allá de la libre decisión del paciente fue tomada ya en los albores del psicoanálisis, cuando Freud abandonó la hipnosis y optó por la asociación libre, y también esta motivación formó parte de lo que dio lugar a sus indicaciones de mantener una posición de neutralidad y anonimato, precisamente para evitar la sugestión. Pero, aunque la intención fuera la misma, lo que hoy se nos ha vuelto ineludible es la conciencia de que la sugestión está siempre, querámoslo o no, y que, por tanto, todo lo que podemos hacer para intentar evitar que esta influencia caiga en manos de nuestros propios motivos inconscientes, y no por los intereses del paciente, es precisamente: 1) admitir nuestra influencia sobre el paciente omnipresente ante nosotros mismos; y 2) llegado el momento, no ocultarla al paciente, para que él tenga oportunidad de actuar sobre ella. Como sostiene Bleichmar (1997), la sugestión siempre está presente, lo importante es saber cómo funciona. En la base de todo está el reconocimiento de que no sólo el paciente, sino también nosotros, estamos sujetos por nuestro inconsciente.


Renik (1996b) da un paso en la resolución de este dilema, plantea que hay una contradicción, una tensión, entre favorecer la autoconciencia del paciente, por un lado, y por otro procurarle una experiencia emocional correctiva. Esta última ha de ser genuina, y por tanto está determinada por motivaciones fuera de la conciencia del analista. Por eso las intervenciones exitosas consisten en un entendimiento retrospectivo de experiencias emocionales que se dan naturalmente y que producen autodescubrimiento en ambos, aunque en el tratamiento uno se centre en el del paciente. Sostiene Renik:


“Yo conceptualizo el psicoanálisis clínico exitoso como el entendimiento retrospectivo de una serie de experiencias emocionales correctivas que ocurren naturalmente. Estas experiencias pueden tomar la forma de fases de cura de transferencia, disputas, calmas, etc., y la acción por parte del analista sobre las bases de su implicación emocional irracional, personal, con el paciente contribuye a todo ello. La comprensión retrospectiva de la interacción analista-analizando siempre descansa en el autodescubrimiento por parte de ambos participantes; sin embargo, el aprendizaje del paciente se le da prioridad, y lo que el analista encuentra sobre sí mismo permanece, en su mayor parte, privado mientras los insight del paciente son tema de consideración conjunta. Un clínico experto espera que la pieza de trabajo analítico productivo de hoy mañana será reconocida como una actuación transferencia-contratransferencia.” (Renik, 1996b)


La autoapertura como avance técnico


El otro tipo de argumentos contra la neutralidad no está separado del anterior, pero sí es de distinta naturaleza, porque no apela a la ética sino a la utilidad técnica. Según este argumento, la posición neutral no favorece el progreso del tratamiento, bien la ampliación del “espacio potencial” (el espacio en el que el paciente se siente suficientemente seguro y libre para que se produzca el cambio psíquico), bien la exploración del psiquismo del paciente, en definitiva todo lo que conlleva la evolución.


Por ejemplo, Westen y Gabbard (2002) sostienen que el anonimato favorece un tipo de transferencias, a la vez que evita otro. Puesto que es una falacia pensar que uno puede ser neutral simplemente siendo reservado, frío, o no actuando, cualquier postura que el analista elija tomar tendrá siempre una implicación, movilizará, activará, determinados esquemas relacionales del paciente, y no actuará sobre otros.


 “La noción de la pantalla en blanco o del analista anónimo deberían dejarse a un lado. Mientras que la circunspección y la reflexión tranquila siguen siendo parte de la técnica analítica válida, debemos dejar de abusar de la noción de que podemos comportarnos de tal forma que evitemos “contaminar” la transferencia. En sí misma, la situación analítica provoca ciertas transferencias, como lo hacen ciertas características del analista que activan inherentemente algunas representaciones e inhiben otras. En este sentido, los desarrollos en la neurociencia cognitiva proporcionan apoyo a la noción constructivista de que el analista ejerce una influencia continua sobre la transferencia del paciente. Otros conceptos, tales como la identificación proyectiva, se pueden perfeccionar uniendo la riqueza de la observación clínica con la actitud sistemática de desentrañar mecanismos que es característica de las aproximaciones empíricas a la mente.”


Otro argumento significativo es que el anonimato impide compartir con el paciente contenidos contratransferenciales potencialmente productivos. “El miedo del terapeuta a ser intrusivo puede llevarlo a tratar con enorme cantidad de información sin comprometer al paciente en una investigación significativa, la terapia con frecuencia tiene lugar sólo en la mente del terapeuta más que en la del paciente.” (Moses, en Maroda, 2004, p. 19).


A partir de ahora, me dedicaré a explorar este punto.


Utilidad y riesgos de la autoapertura


Estudiaré  las ventajas y los riesgos de la autoapertura del analista en el tratamiento, ilustrándolo con casos clínicos míos o de otros autores. El objetivo es mostrar que, aunque no hay reglas fijas porque la psicoterapia es siempre un proceso creativo y no controlable de antemano, sí se pueden establecer algunos parámetros desde la propia experiencia. Y por otro lado, la mayoría de esos parámetros no toman la forma de “esto es positivo y esto es negativo”, sino algo que es mejor representado con la metáfora de mantener una tensión entre dos extremos, de manera que según el momento, uno ha decidirse entre inclinarse algo más hacia un lado o el otro, y sólo la vivencia del momento unida a la experiencia profesional y vital del terapeuta le harán decidir hacia qué polo tensar la cuerda.


El término “autoapertura” cubre un amplio rango de revelaciones por parte del analista según los distintos autores, que van desde, en el grado menor, la que expongo a continuación como del tipo 1 referida por Meissner, pasando por un grado intermedio que sería la de informar al paciente de sus sentimientos respecto a él en un momento determinado, y en el otro extremo la que consiste en contar un aspecto de la propia biografía que ilustra similitud con lo que siente el paciente, mostrando así que puede entenderle. Yo voy a referirme a muchos de los diferentes tipos de autoapertura, los que he ido experimentando en mi práctica clínica.


1- La autoapertura puede aumentar la autoconciencia del paciente hacia sus propias reacciones y estados presentes


Me refiero aquí a la manifestación de percepciones, pensamientos y sentimientos personales que surgen dentro del análisis, estimulados por el paciente, en el momento presente e inmediato de la interacción. Aunque el contenido puede referirse a algo del paciente, lo considero un tipo de autoapertura porque es una declaración de la propia sensación o pensamiento del analista que se ofrece al paciente para que lo conozca y entre ambos se explore su significado.


Este aspecto de la comunicación terapéutica ha sido muy desarrollado por Safran y Muran (2000), refiriéndose a ello como estado de “conciencia plena”: “La conciencia plena conlleva dirigir la propia atención para llegar a ser consciente de los propios pensamientos, sentimientos, fantasías o acciones a medida que se producen en ese momento” (p. 95). La conciencia plena es el primer paso, el segundo es la comunicación al paciente de esto -Safran y Muran lo llaman “metacomunicación terapéutica”- porque se abandona el tema o contenido de lo que se habla para poner el foco en lo que se está produciendo en ese momento como aspectos comunicativos implícitos y lenguaje no verbal. Se inicia entonces una exploración conjunta entre paciente y analista, la “exploración colaboradora”, de qué es lo que pasa al paciente, o qué sucede entre los dos en ese momento preciso de la interacción. A veces no se trata de autorrevelar sentimientos o estados propios, sino percepciones de señales del paciente que pueden ser significativas y dignas de ser exploradas. Estos autores propugnan este tipo de intervención para los momentos de estancamiento; sin embargo, en sus ejemplos clínicos parecen ir más allá y practicarlo de un modo bastante generalizado, lo que, a mi parecer, hace cuestionable la propuesta.


Esta clase de autoapertura coincide con lo que plantea Meissner (2002) sobre “compartir la experiencia del analista como un mecanismo para clarificar algo de la interacción analítica inmediata.” Dice este autor:


“Yo con frecuencia me encuentro a mí mismo entonando con mi propia experiencia subjetiva (a veces identificablemente afectiva pero en la mayor parte cognitiva), reaccionando a algo que el paciente ha dicho o algo sobre la cualidad afectiva de la interacción entre nosotros, o incluso algo que ha ocurrido durante la hora; yo no dudo la mayoría de las veces en introducir esto en el diálogo que se despliega cuando parece útil. Podría comentar algún entonamiento afectivo que se dirige a algo que yo detecto en el paciente –podría decir, por ejemplo, ‘me pareció detectar algo en su voz cuando dijo esto’. O podría simplemente expresar mi propia resonancia afectiva –‘lo que me está contando me hace sentir así’”. (p. 836).


Pondré varios ejemplos propios de esto.


Emilia es una chica joven traumatizada por haber sufrido abuso sexual por su padre siendo adolescente, y especialmente por la propia conciencia de su excitación sexual en los escasos minutos antes de que ella misma cortara la escena; mantiene una tendencia a un estado de control continuo sobre sí misma, estado en el que sus deseos o emociones cotidianos no pueden salir con espontaneidad. Emilia está muy implicada en sus estudios, y tiene relaciones buenas de amistad y muchas inquietudes, pero no ha podido todavía tener ni una relación amorosa ni sexual.


En la presente sesión, Emilia cuenta que está de nuevo muy nerviosa, ha tenido que volver a tomar ansiolíticos porque no duerme, que está angustiada porque va a suspender, porque no va a entender, antes de ponerse a estudiar… Se compara con los compañeros, se avergüenza de que ella tiene tres años más… Es un discurso habitual en ella.


Yo hoy tengo la sensación de que el tema de los estudios es una racionalización, que la angustia es previa aunque ella la atribuye a eso. Cuando se lo comento, ella dice que el único tema que le sale como posible causa de la ansiedad es el de no tener novio, que lo desea tanto como lo teme. Manifiesta su decepción de que en su estancia de varios meses en un país extranjero, como estudiante, no le ha salido nada. Pero mientras habla, me doy cuenta de que lo hace en tercera persona, como infiriendo de su propia conducta, no conectando con lo que realmente vivencia. Dice una y otra vez “supongo que es…”, buscando así razones de lo que le pasa, pero a la vez desconectándose de sí.


Intervengo entonces diciéndole que tengo la sensación de que está hablando en teoría, como si de otra persona se tratase, no de algo que siente ella directamente (una forma de intervención en que muestro mis sensaciones inmediatas en la interacción con ella, o sea, el tipo de autoapertura que acabo de describir). Emilia dice que ha sentido de pronto ganas de llorar, cuando yo le he comentado eso. Ha sentido algo así como alivio en un momento, pero se ha contenido en seguida. Este momento es para ella un descubrimiento. Dice que está tan acostumbrada a hacer como que está bien que no se imagina dejándose llevar por sus emociones y expresarlas.


Otro caso, el de Manuela.


Es una chica que estudia Ingeniería, carrera en la que lleva varios años de más pero algo le impide esforzarse lo suficientemente para terminar. En esta sesión empieza hablándome de temas familiares y yo le saco un contenido que estuvimos hablando en la sesión anterior y me parece importante continuar, que trata sobre su declaración de que le producía temor, que estaba ambivalente ante el hecho de volver a su pequeña ciudad a vivir con su novio -algo que es lo esperable cuando termine los estudios.


Le pregunto qué se imagina sobre eso, qué teme. Empieza entonces un discurso sobre el tema de la convivencia, las posibles desavenencias que surgirán con su novio, como la cuestión sobre si llevar a los niños a colegios públicos o privados, las ventajas e inconvenientes de esto…


Yo tengo la sensación, que otras veces he tenido con ella, de que no está hablando de algo que realmente le afecte, que suele derivar su discurso hacia cosas que podría estar contando en cualquier café ante un conocido. Se lo comunico y ella lo admite, y dice que eso siempre le pasa porque es constitutivo en ella, que es automático y no sabe cómo hacerlo de otro modo. Es consciente que se desliza hacia una superficialización de los temas.


La sesión siguiente, por primera vez, ella retoma el tema de la sesión anterior, diciendo que le causó impacto que fuera evidente para mí ese rasgo suyo.


Sin embargo, transmitir al paciente cómo en un determinado momento uno lo vive a él debe tener siempre una finalidad que compense de un cierto perjuicio, porque no es siempre positivo mostrar al otro su estado tal como lo percibimos nosotros. Puede ocurrir que la intervención tenga el efecto que Kohut (1971) describió como “romper la cohesión del self”, el efecto que él ejemplifica con la anécdota de cuando un niño está contándole a su madre una experiencia feliz y su madre le interrumpe para decirle que no mueva tanto las manos cuando habla. Se rompe una vivencia positiva y cohesiva para fragmentar la experiencia y dirigir la atención hacia una parte de sí que se vive como inadecuada. Esto sentí yo que pasó con Pablo.


Pablo es un hombre de cuarenta años que está en un proceso de separación de una relación que ha durado veinte, que ha sido sexual y afectivamente muy insatisfactoria. Ha tomado él la decisión por haber conocido a otra mujer con la que se siente muy satisfecho, pero con la que no puede llegar a la penetración sexual, porque en el momento de la penetración se le baja la erección. Durante una sesión me habla del tremendo sentimiento de culpa que le causa haber abandonado a su mujer, pero a continuación se centra en sus problemas sexuales con su pareja actual. El sentimiento que lo abruma cuando va a penetrarla es que él no podrá, no sabrá, no es suficientemente hombre. Este sentimiento de poca valía como hombre, de vergüenza, le inunda durante la primera parte de la sesión, mientras me lo cuenta.


A partir de ahí, va surgiendo en la exploración que ese sentimiento se ha ido forjando en los años de relación con su exmujer, al atribuirse a él mismo ser la causa del problema sexual.


Yo entonces le comparo esta reacción con algo de lo que ha estado hablando en las últimas sesiones sobre su papel en su familia de origen como mediador en los conflictos y como salvador de las relaciones y la felicidad de su familia, especialmente ante un hermano muy conflictivo que se enfrentaba con su padre y hacía sufrir mucho a la madre. Este papel le ha hecho siempre sentir culpa indefinida ante su madre, como si fallara en algo. Lo que va surgiendo parece mostrar que él tiende a atribuirse a sí mismo la responsabilidad cuando hay conflictos que amenazan las relaciones. Hablando de nuevo de su problema sexual y cómo se siente, yo le sugiero una interpretación: él tomó la responsabilidad de lo que pasaba ante la angustia del desmembramiento de la familia, porque nadie podía hacer nada, y sólo si él tomaba las riendas se sentía menos impotente, sentía que podía controlar algo.


Su reacción ante esto es una gran cantidad de asociaciones confirmatorias, que tienen que ver con actitudes muy consistentes ante los demás por las que se coloca como cuidador para que estén unidos y las relaciones entre todos sean buenas, tanto con los amigos como con los primos cuando era pequeño o con su hermana.


Al final de la sesión está muy alegre. Su estado de ánimo ha pasado desde uno en que sentía que no era válido porque no era como los demás hombres, a uno en que siente que lo que le ha ocurrido tiene una explicación, razones que tienen que ver con su historia, sus relaciones familiares, y que le han hecho tener rasgos de personalidad de cuidado de los otros y responsabilidad sobre ellos que, aunque por un lado es una de las razones que le ha llevado al mantenimiento de su infeliz matrimonio, por otro lado son positivos: son admirados y reconocidos por los que le rodean.


En este momento de expresiva alegría, yo intervengo y le comunico mi percepción del cambio en su estado de ánimo a lo largo de la sesión. Veo ahí un rictus en su rostro que muestra que se rompe esa alegría. Siento que, aunque la sesión en conjunto fue muy productiva, ese momento no debería haberse dado.


Mi señalamiento sobre su cambio afectivo (hecho en una época en la que yo activamente quería poner en práctica la autoapertura, más concretamente la metacomunicación, y evidentemente no discriminaba cuándo usarla) hizo que tomara autoconciencia en un momento en que no era necesario, porque la autoconciencia no es siempre positiva, y no lo es cuando de lo que se trata es de poder sumergirse en un sentimiento positivo respecto a uno mismo (y la actividad que lo conlleve) sin que lo perturbe el sentimiento de ser inadecuado. Mi señalamiento produjo un sentimiento de inadecuación (por una parte por la ruptura de la cohesión del self, y por otra porque todo señalamiento, en principio, tiende a ser vivido como una falta (Kohut, 1971, p. 118-119). De modo que un aspecto peligroso de esta tendencia a la conciencia plena y la continua manifestación de lo que se piensa y percibe en cada momento puede dar frutos positivos, si se trata de favorecer la autoconciencia, o negativos. Lo importante aquí es que la autoconciencia en sí no es un valor absoluto, sino relativo, que tiene su función, pero puede ser también perturbadora. La autoconciencia implica disociación, desconexión, con el estado afectivo en que estamos sumergidos. Exceso de autoconciencia provoca falta de capacidad para vivir cohesivamente nuestro self, y por otra parte, una disminución de la capacidad de autoobservación y autoconciencia disminuye también la capacidad de cambio ante rasgos o estados no adaptativos.


2- La autoapertura puede hacer tomar conciencia al paciente de los efectos que tiene en el otro su actitud


Incluso Meissner (2002), no muy dispuesto en general al uso de la autoapertura, está de acuerdo con este modo de hacerla:


Revelar las reacciones de uno a un paciente puede también a veces ser puesto al servicio de la alianza. Yo he dicho ocasionalmente a un paciente particularmente provocativo, `Su actitud me hace querer defenderme. Me pregunto si usted ha pensado sobre si su conducta podría afectar a la gente a su alrededor´. En la medida en que el paciente puede aceptar la pregunta y considerarla con autorreflexión, se puede cumplir una parcela de trabajo analítico y la alianza puede confirmarse. En tales contextos, la exposición de cómo el paciente afecta al analista puede evidenciarse más como confirmatoria del insight analítico que como reveladora de algo sobre el analista.” (p. 836).


Yo pondré un ejemplo de esto mismo.


En el caso de Carla, no tuve que decirle si ella veía que su conducta afectaba a los demás, porque salió de ella misma. Carla era una paciente que tenía una imagen muy frágil de sí misma, producto de carencias fuertes en las funciones de sus figuras de apego, lo que la llevaba a tener miedos obsesivos concretados con frecuencia en la salud de sus hijas, y a sentirse muy dependiente del otro. Por otro lado había sido desvalorizada por su padre y, al sentirse frágil y dependiente, al momento se rebelaba porque se sentía disminuida ante el otro, con lo cual se ponía agresiva y despreciaba la ayuda. Este conflicto entre ambos sistemas motivacionales -apego y narcisismo- la mantuvo atrapada en diversas épocas de su vida.


Esta era una de estas épocas. En esta sesión venía mal, los miedos obsesivos no cesan, y está agresiva, desconfiada, cuestionando la utilidad de venir, por un lado pidiéndome que la reasegure y tranquilice y, por otro, cuestionando cada cosa que le digo. En un determinado momento le expresé que me sentía impotente para ayudarla, porque cuando intentaba hacerlo, ella me devolvía que no le servía, le dije que lo sentía como “una petición y a continuación una patada”. Ella reconoció que lo mismo le decía su marido, que ella sabía que es así. Cuando le dije esto se le cruzó por la mente el temor de que yo la abandonara, yo le dije que no pensaba hacerlo, pero que tenía que decirle eso porque es lo que sentía y porque forma parte del tratamiento el mostrarle que ella no se deja ayudar.


Como se ve, en este caso no hizo falta que yo le aportara la conexión entre su reacción conmigo y esquemas relacionales que utilizaba con otros significativos, porque ella misma lo hizo (Maroda, 2004).


3- Cuando se considera que un material ha surgido en la relación, intersubjetivamente, es positivo reconocer la propia participación para que entre ambos miembros de la díada se explore  por qué eso ha sucedido.


Como señalan los autores que abogan por la autoapertura (Cooper, 1998; Renik, 1999), ésta transmite al paciente un sentimiento de igualdad y un modelo por parte del analista que hace más fácil para el paciente asumir su propia participación. Si el analista no asume o admite la suya, se provoca una lucha de poder que encierra al paciente en su postura, así como el analista lo está en la propia. Como expresa claramente Maroda (2004): “Las oportunidades del paciente para delinear, entender y tomar responsabilidad de sus propias motivaciones y conducta están limitadas por el rechazo del terapeuta a hacer lo mismo” (p. 110).


Una muestra de esto la vi en el tratamiento de Ingrid:


Ingrid es una mujer cerca de los cuarenta, profesional con éxito. Durante mucho tiempo imperó en su vida el miedo al rechazo por una historia personal de sentirse desvalorizada por su físico por parte de su padre, y esto le hizo bloquearse emocionalmente y “decidir” que ella no quería relación de pareja ni hijos. Pero desde hace un tiempo por una serie de acontecimientos vitales, este bloqueo se disolvió y sí reconoce esos deseos. En la actualidad, lleva un año sola tras romper una relación que no le satisfacía, vive en una ciudad donde tiene su trabajo pero que no es la de su familia, y se siente sola, con pocos amigos y desilusionada de no haber encontrado pareja a pesar de que se lo propuso hace un año, cuando rompió con el hombre con quien estaba.


En esta sesión, Ingrid cuenta que sigue triste y que no le apetece salir. Me parece depresiva, por sus sentimientos de desgana y desmotivación. Explorando de dónde viene ese estado, para ella es fácil de explicar: por haber pasado un año y no haber conseguido lo que es importante para ella, no sólo un novio, sino unos amigos con los que estar conectada en su ciudad.


Poco a poco, Ingrid y yo entablamos una “discusión”, como una lucha, en la que yo siento que cualquier cosa que le digo es abortada porque no le sirve. Mi sensación es que está metida en un círculo vicioso de negativismo y pesimismo que no quiere romper. Se lo digo y ella dice de nuevo que no está de acuerdo conmigo, no está así. Simplemente como está triste, no le apetece salir, y además tiene dificultades reales, como su horario de trabajo, etc.


Yo me voy sintiendo tensa, y ella también, con la sensación de una lucha entre ambas. Y al irse, ya de pie, me pide que el próximo día no sigamos así, que sale tensa de esta lucha entre las dos. Tiene razón, pero no alcanzo de momento a ver qué nos pasó.  Sin embargo, después vi que quizá por mi parte había habido una menor tolerancia a empatizar con su momento depresivo y eso es lo que ella necesitaba. Y me pregunto qué hubo por su parte.


En la siguiente hora empieza diciendo que hoy no sabe de qué hablar, entonces yo le propongo hablar de nuestra sesión última, de su comentario al final sobre la lucha que habíamos entablado.


Ingrid cuenta que sintió que yo le imponía algo que ella no veía en absoluto (que tenía una idea pesimista sobre conseguir amigos, como algo que nunca conseguiría, y ella sabe que no la tiene). Además dice que teme que, aunque no tenga esa idea, llegue a pensarlo si yo insisto. Y dice que incluso si la tuviera, no está segura de poder afrontar siempre lo que yo le diga aunque fuera verdad. Por otro lado, dice que ella no responde bien cuando se siente cogida en falta o criticada, en lugar de animada y reforzada (se refiere a que yo le decía lo que no hacía, no le reconocía sus esfuerzos durante todo el año).


Por mi parte, yo voy diciéndole también lo que sentí y por qué dije lo que dije. El clima hoy no es de llevar o no la razón, sino de mostrar lo que a cada una la ha llevado a estar como estuvo. Le hablo de que yo intentaba ajustar lo que veía en ella (desmotivación, tristeza) con lo que sé teóricamente sobre la depresión, y devolvérselo (la sensación de impotencia para conseguir lo que tanto desea). Le digo que creo que yo tenía demasiada prisa en que saliera de esa tristeza y desmotivación y la presioné, queriendo que encajara en mi propio esquema, y que pienso que debí escucharla y soportar simplemente su estado de ánimo. Pero también le digo que creo que ella tiende a tomar como crítica algo que yo digo con la intención de ampliar su autoconciencia, y eso la pone en actitud de oposición.


Ella va reconociendo cada vez más su propia implicación, que es muy discutidora, se empeña siempre en llevar la razón… Al final yo concluyo que ambas tenemos un rasgo de personalidad en común: ambas somos discutidoras y tendemos a contra-argumentar, y ese punto en común nos puede hacer entrar en dinámicas como la del otro día, de competición argumentativa. Hay un espíritu de mucha cooperación en nuestro diálogo de hoy. Me pregunta si todo esto que está surgiendo entre las dos es bueno o no, le digo que me parece que es muy útil, precisamente, el tener desencuentros, porque luego pueden ser explorados.


Este es un ejemplo de choque producido intersubjetivamente. Sin embargo, a veces uno percibe que nuestros sentimientos están causados por una actitud del paciente, sin que estos sean demasiado intensos como para que nos hagan actuar. Si es así no veo positivo plantearlo desde un principio como un tema interpersonal, sino señalar lo que se está observando en el paciente, o simplemente mostrar lo que uno está sintiendo ante lo que el paciente dice.


En una sesión con Ingrid posterior a ésta, yo sentí de nuevo una intensa reacción contratransferencial, pero esta vez no actué, me di cuenta al momento de lo que sentía y me dirigí a observar qué había en ella que me estaba haciendo sentir así.


Voy sintiendo, durante la primera parte de la sesión, una fuerte sensación de desagrado, que no identifico bien, mezcla de irritación, impotencia… Me doy cuenta que hay una actitud de ella que me hace sentir así, ¿coincide quizá con la que tenía el otro día, cuando nos liamos en una lucha? No estoy segura.


Ella retoma el tema de su desagrado por su físico, pero de un modo que me suena teórico, desapegado, diciendo que no sabe si lo que tiene que hacer en el tratamiento es seguir hablando de un tema que siempre está ahí, o contar cosas que no le afectan demasiado pero que le pasan, como ha estado haciendo últimamente, porque si habla del tema que le afecta, no sabe qué otra cosa decir, simplemente eso, ya lo ha dicho todo, que no le gusta su físico, ¿qué más quiero que diga?…


La escucho y veo que lo cuenta como si contara que no le gusta la cerveza, aunque está hablando de algo dramático. Le digo que la veo desconectada de lo que dice, que lo cuenta sin afecto. Ella me contesta que no va a contarlo siempre llorando…, que habrá aprendido a contener sus emociones, que por algo será, además ella siempre ha sido así… Qué sentido tiene sufrir, ella no lo ve útil…


A medida que hablamos, aumenta mi sentimiento de agobio, como de estar encerrada en un callejón sin salida, como si me faltara el aire.


Cuando me doy cuenta de mi estado y la veo a ella me voy decidiendo a intervenir mostrándole algo de su actitud, insistiendo en su desconexión afectiva, y en que no siempre se está igual, no es igual si está trabajando, si habla con una amiga en un bar, o si está aquí, aquí podría permitirse desbloquearse, pero quizá no puede… Ella me contra-argumenta continuamente y se lo señalo: que la veo hablando como una abogada, contra-argumentando muy racionalmente (una muestra más de esa desconexión). Siento además que no escucha lo que le digo, porque ya le he respondido varias veces que sí, que aquí es bueno que hable todas las veces que haga falta de lo que le afecta, pero ella sigue preguntando como si no hubiera escuchado “¿de qué tengo que hablar?”


Hasta que por fin, en un momento dado, algo se rompe en su discurso y su actitud. Yo le había pedido que me hablara de una situación concreta, no en general, y me cuenta sobre esta mañana, cuando mirándose al espejo pensó que era fea y que así no le gustaría a nadie. Lo dice con el desapego y ligereza que ha estado teniendo, y yo le digo, “eso pensaste, pero ¿qué sentiste?”. Entonces ella de pronto, dice “es que no sentí, es que lo pensé primero” y entonces rompe a llorar. “Acabo de descubrir que antes de sentir nada lo pensé, o sea me lo dije a mí misma, me insulté a mí misma, y después me sentí mal.” Le resulta muy penoso haber descubierto cómo se maltrata ella misma. “Si yo misma me hago eso, sí que es grave el problema…” (llorando). A partir de aquí, mi sensación de agobio se desvanece. Por su parte, ella ha recuperado su conexión afectiva.


Al final de la sesión pregunta “¿por qué me siento tan cansada?”. La sesión ha sido agotadora, por su propia lucha interna entre defenderse con la argumentación lógica de sentir, y sentir algo muy doloroso, lo que trasladó a una lucha conmigo, una lucha en la que esta vez yo no entré.


Cabría preguntarse qué habría ocurrido si en esta sesión yo le hubiera hablado de mis sensaciones. Sin embargo, sentí que Ingrid estaba demasiado bloqueada emocionalmente para que hubiera aprovechado esta intervención, para haberse podido poner en una actitud de autorreflexión, en ese momento. De lo que podemos concluir que la autoapertura contratransferencial puede ser positiva, no solo cuando lo que se analiza es algo surgido interactivamente, sino también cuando se trata del otro, pero siempre que en el otro haya una actitud suficientemente relajada como para aprovechar esa comunicación. No estamos hablando ahora de pacientes con suficiente desarrollo de la autorreflexión sino de momentos o estados del self en que esta capacidad esté disponible o no.


4-La autoapertura puede servirnos para interpretar la identificación proyectiva dentro de un marco intersubjetivo para evitar una imposición “violenta” de significados al paciente por parte del terapeuta


La interpretación de la identificación proyectiva ha sido un tema controvertido en la literatura psicoanalítica. Por un lado, es un camino clave para conocer al paciente y sacar a la luz su funcionamiento psíquico, pero desde la orientación relacional se ha criticado su uso.


Maroda (2004) hace un recorrido del concepto mostrando las posiciones de distintos autores y el cambio, desde su concepción como algo intrapsíquico por Melanie Klein, a la de mecanismo intersubjetivo por Bion. Comenta la autora que muchos autores han criticado su uso en la terapia, como Finell, quien sostuvo que los terapeutas con frecuencia la usan para quitarse responsabilidad de sus propios sentimientos y negar la importancia de sus respuestas idiosincrásicas. O Whipple, quien manifestó que el concepto tiende a exonerar al analista, a ayudarlo a evitar el tema real de la contratransferencia y, en lugar de eso, culpar al paciente por las propias reacciones. Autores intersubjetivos, como Stolorow, Brandchaft y Atwood, hablan de la especificidad de cada terapeuta en cuanto a sus reacciones a lo que los pacientes le transmiten, por lo que no puede concebirse como algo exclusivo del paciente que es simplemente puesto en el analista.


La propia posición de Maroda (2004) respecto a interpretar la identificación proyectiva es particular. Ella sostiene que la comunicación entre terapeuta y paciente es en gran parte no conocida por ambas partes. Aquí acude al término de Bollas de “lo sabido no pensado”, y a las investigaciones de Stern sobre la comunicación no consciente y no simbólica. La cuestión es, si gran parte de lo que ocurre entre terapeuta y paciente no es conocido, no es verbal, la tarea es encontrar el mejor modo de trabajar con eso. Y ella piensa que la solución al problema viene a través de la experiencia emocional del terapeuta, y la comunicación de esta experiencia al paciente. Las emociones no mienten, dice, y cualquier otra cosa tiene el potencial de ser racionalización. Retomaré más adelante la posición de esta autora, cuyo planteo de trabajar con las emociones merece un apartado.


Por otro lado, Safran y Mulan (2000) critican la interpretación de la identificación proyectiva porque supone la evitación de la responsabilidad del terapeuta sobre su rol:


“En cualquier caso, algo intrínseco al concepto lo hace susceptible de ser usado defensivamente…Aunque en algunos casos los sentimientos del terapeuta puedan aportar información valiosa para incoar aspectos de la experiencia del paciente, la práctica de pasar directamente de la propia experiencia a inferir aspectos enajenados de la experiencia del paciente podría interferir la exploración de las sutilezas relacionales que media el proceso.” (p.104).


A continuación me detendré en la interesante aportación de Renik (1995) sobre el tema. Renik alerta sobre el uso mecánico del concepto, criticando la concepción de Bollas de la identificación proyectiva, y cita a este autor:


“…por diferentes razones y en varias maneras, los analizandos recrean su vida infantil en la transferencia de modo tan hábil inconscientemente determinado que el analista está tentado de revivir elementos de su historia infantil a través de su contratransferencia, su respuesta personal al analizando”.


Sostiene Renik que, de acuerdo con este punto de vista, no hay lugar para la subjetividad del analista, porque no tiene consecuencias. El paciente determina de tal modo la experiencia del analista que la psicología individual de éste es anulada. Dice Bollas, “Para encontrar al paciente debemos mirarle dentro de nosotros mismos”. Y Renik resalta que en Bollas el analista se presenta como una vasija para la transferencia, un “espacio potencial” dentro del cual el paciente puede “vivir la vida infantil de nuevo” Se presupone al analista como un instrumento de observación perfecto que trasciende su propia idiosincrasia.


Pero, dice Renik, cuando el analista mira dentro, ¿cómo es que ve una recreación de la vida infantil del paciente, más que las experiencias propias, determinadas significativamente por la propia psicología individual? Incluso aunque un paciente pueda esforzarse en promover en un analista una repetición de las luchas de la vida del paciente, ¿acaso la subjetividad del analista puede no ser un obstáculo poderoso como para ser considerada una recreación fiable? Bollas explica que un analista debe estar bien analizado para permitirse a sí mismo experimentar regresivamente y contener la contratransferencia. Si  puede hacerlo, la “neutralidad” del analista crea un “marco”, una “pantalla” contra la cual se pone en juego la transferencia.


“Como viejo vino en una nueva botella”, dice Renik, aquí el ideal de espejo reflector permanece intacto, pero ha sido recolocado; ahora el analista, más que el paciente, mira dentro de él. La noción de un paciente “fuera” que puede ser estudiado y conocido por un analista objetivo, anónimo es cambiada por la noción de un paciente “dentro” que puede ser similarmente estudiado y conocido.


Renik enfatiza que lo interesante de la concepción de Bollas es que, mientras retiene una imagen idealizada del analista como observador anónimo, por otro lado anima al analista a ser más libremente expresivo en sus intervenciones. Así, Bollas escribe:


“…es crucial que el clínico debe encontrar un modo de hacer sus estados mentales subjetivos disponibles para el paciente…incluso cuando no sepa todavía lo que esos estados significan…los análisis raramente proceden con tal claridad que el clínico sepa en status nascendi lo que significa lo que está llegando…”.


Si un analista cree que sus reacciones personales están totalmente causadas por su paciente, puede permitirse comunicarle a éste lo que está sintiendo, porque no lo asume como autoapertura personal, sino como mera descripción por parte del analista del paciente que está dentro de sí.


Renik no está de acuerdo con esta comprensión de la relación analista-paciente:


“Tenemos que tener cuidado en no caer en asunciones teleológicas cuando intentamos dar sentido a los eventos clínicos. Pienso que algunos pacientes, a veces, intentan hacer que sus analistas sientan lo que ellos sienten, o han sentido; y en otras ocasiones, un analista va a tener experiencias muy similares a aquella de la que su paciente se está protegiendo-aunque no necesariamente por la poderosa instigación de su paciente. Encuentro que el concepto de identificación proyectiva tiene un gran valor, pero pienso que puede ser usado de un modo mecanicista, incluso mágico, que describe el movimiento desde una persona a otra de pensamientos y sentimientos concebidos como objetos concretos. Cuando esto se hace, me parece que la fantasía de que algo es albergado por uno, o incluso ambos, miembros de una pareja analítica, cada cual a su modo, llega a confundirse con una descripción segura de eventos.


Una consecuencia de la confusión es que la subjetividad de las percepciones del analista es renegada, y se preserva una autoridad indebida para el analista como observador. Sin embargo, yo creo que la influencia sobre la técnica de tal visión tiene aspectos saludables, puesto que el analista es animado a decir sus experiencias franca y explícitamente al paciente. Veo esto como algo bueno que ocurre, ¡en parte por razones equivocadas!” (p. 472, cursivas mías)


La aguda crítica de Renik del uso mecánico de la interpretación proyectiva, así como la de los demás autores, dan en el clavo de un dilema ético con el que uno, como terapeuta, se encuentra en cada momento en que siente poderosamente algo que el paciente le está provocando, ante lo cual siempre cabe plantearse en qué medida lo que nos pasa es función de la mente del paciente, o de la propia. La respuesta desde una perspectiva intersubjetiva es: de ambos. Y, por tanto, es así como se lo debemos devolver al paciente. No hay otra salida ética para trabajarlo que poniéndolo encima de la mesa como un ofrecimiento para explorar en conjunto, apoyándonos en la alianza terapéutica.


De este modo, yo he encontrado en la autoapertura un modo liberador para poder utilizar los sentimientos que el paciente me inspira terapéuticamente, sin sentir a la vez que usaba la interpretación de un modo violento. Entiendo que ejercemos violencia en la relación cuando, basándonos en el poder simbólico que nos confiere nuestra posición, damos por hecho que lo que estamos sintiendo pertenece exclusivamente al paciente y se lo devolvemos así. La cuestión no es que, en muchas ocasiones, la fuerza de los esquemas previos del paciente en el momento regresivo de la relación terapéutica sea lo que más condiciona lo que ocurre, la cuestión es que siempre hay que partir de la base de que nosotros también podemos estar contribuyendo, reaccionando de una manera específica. Por esta razón, antes yo sentía mucho reparo en usar mis sentimientos, no solo en comunicarlos, porque siempre tenía la sensación de ejercer un cierto abuso al atribuirle al paciente algo que pudiera ser mío en mayor medida de lo que yo misma podía percibir. Pero desde el momento en que yo puedo categorizar lo que siento como algo que es una mezcla particular de una reacción específica mía a una reacción específica suya, encuentro que poder comunicarlo de esta manera me libera de toda posición de abuso de poder sobre el paciente, siempre que yo vea que el mismo está en un momento en que es capaz de recibirlo y utilizarlo productivamente. Le muestro algo que ocurre dentro de mí y que puede tener que ver con algo suyo, y lo animo a que pensemos al respecto.


Un ejemplo de esto me sucedió con una paciente, Gloria.


Gloria, de 32 años, inicia el tratamiento motivada por problemas de ansiedad relacionados con su relación de pareja. Lleva poco más de dos años con su novio y está contenta, pero se queja de que con anteriores relaciones ha establecido una dependencia muy grande, con miedo al abandono, con dificultad para dejarlo aunque no estaba satisfecha y quedándose muy mal tras la ruptura.


Con Mario, su pareja actual, le va en general bien, pero ha habido incidentes en los que él ha manifestado que no le es indiferente por completo la figura de su ex-novia. En el último incidente que me cuenta, ella descubrió que la ex-novia le había estado enviando mensajes al móvil interesándose por él, por su salud, y queriendo reiniciar la relación. Él contestaba siempre que no, pero “no llegaba a decirle directamente que no la quería”. Ante estos hechos, Gloria reacciona con mucha rabia y mucha desesperación, con una tremenda inseguridad y angustia, y con descontrol de su rabia, implicando a la familia de él, a quienes reprocha que sigan relacionándose con la ex-novia. Gloria había hecho prometer a Mario que le enseñaría todos los mensajes que aquella le pudiera mandar, necesita controlar lo que ocurre y ahora siente que él la ha traicionado porque no ha sido sincero.


Se siente celosa, suspicaz, porque él es un chico abierto y sociable. Tiene, además, miedos relacionados con la salud de él. Mario tiene un problema médico crónico del que tiene que cuidarse, pero Gloria está  obsesivamente preocupada por cuidarlo, y empeñada en que él siga los consejos médicos. Hay miedo no sólo a que él la abandone a ella, sino a perderlo porque muera.


Estos miedos a la pérdida y a la dependencia producen asociaciones con un incidente traumático vivido en su juventud en el que perdió parte de su familia de modo violento e inesperado, cuyo recuerdo produce un fuerte sentimiento de desamparo que la hace reticente a traerlo en las sesiones.


Cuando lleva pocos meses en terapia, Gloria viene muy desesperada porque la ex-novia de Mario ha vuelto a comunicarse con él, quien no le ha contestado excepto una vez con una broma. Esto la altera muchísimo, se siente traicionada, confusa, desesperada, rota. Pasa unos días muy angustiada, durmiendo poco… pensando que Mario no le conviene, pero a la vez con un vínculo que le duele y angustia romper.


Por mi parte, ante estos hechos comprendo su inseguridad, pero tengo siempre la sensación de que ella magnifica la “infidelidad” de él. Apoyada por su propia y numerosa familia, Gloria considera que él le ha hecho algo terrible, mientras que yo, por un lado, veo que Mario puede tener un vínculo cuya ruptura no acaba de elaborar con su ex, pero siento que la importancia que Gloria le da a esto tiene que ver con su propio desvalimiento y con su propio narcisismo.


En medio de esta crisis, Gloria sale con las amigas y conoce otros hombres, y de pronto todo cambia. Mario está queriendo que vuelva y que comprenda que lo que ha pasado no ha sido significativo, pero ella se siente de pronto fuerte, con la conciencia de que puede seducir, con un cierto sentimiento de omnipotencia, en el que ve que por un lado tiene a Mario ansioso por perderla, y por otro puede ligar con otros hombres, entonces la relación de poder se vuelve del revés. Gloria empieza a plantearse que no le interesa tener hijos (antes habían estado pensándolo) y que Mario quizá no sea el hombre que ella necesite.


Este vaivén ya se veía antes, pues en medio de su inseguridad con Mario ella había empezado a contarme que tenía tentaciones de ligar con otros hombres, pero se controlaba. En mi visión de la paciente, creo que en ella hay un gran conflicto entre su deseo de un vínculo seguro, que calme su sentimiento de desamparo, inseguridad, desprotección y, por otro, un deseo de sentir que no depende de nadie, activándose un self eufórico y omnipotente al sentirse libre y con recursos. En estos momentos niega la dependencia que hay en ella. Creo que todo esto se manifiesta a través de lo que ha pasado, pero ya estaba antes el conflicto interior.


En la sesión antes de vacaciones, Gloria está eufórica, está en relación con Mario al que ve dos veces por semana, y por otro lado se permite disfrutar de su libertad, sale con los amigos, estuvo con una chico, goza de seducir, etc. La veo omnipotente, siente que puede tenerlo todo, e incluso no teme perder a Mario, dice que si lo pierde no importa, hay muchos hombres. Se han cambiado los papeles y el poder está de su lado.


Hablando, en un momento determinado, me cuenta sin proponérselo que ella estuvo con un chico en un viaje de vacaciones, y otras dos veces más aquí. Entonces yo le pregunto “¿cuántas veces has estado con otros hombres desde que sales con Mario?” Me responde que tres, se queda callada. Le pregunto entonces “¿qué diferencia ves entre lo que tú haces y lo que él ha hecho?” Y de pronto ella reconoce que me ha dado una imagen de mujer entregada que ha sido falsa, que ella también se ha pasado… A partir de aquí, lo que impregna la sesión es su sentimiento de vergüenza ante mí (más que propiamente culpa). Yo la dejo hablar, sin intervenir para calmarla, siento que su vergüenza es lógica, pero que además está bien que la sienta… el hecho es que no la calmo. En un momento dado le digo que nos ayudaría que dejara de ver el tema desde el punto de vista de su falta moral y que pensáramos en qué significa. Entonces ella se pone a intelectualizar de modo muy claro, aludiendo a teorías psicológicas, y yo le señalo que está intelectualizando. Ella lo admite, “es verdad, lo estoy haciendo…”


En la siguiente sesión, tras una pausa por vacaciones de dos semanas, viene diez minutos tarde, y faltó la sesión anterior (¿Me está evitando?). Viene con un papel con sueños escritos… Pero empieza a contar que está llevando una doble vida, por un lado está tres días en semana con Mario, y disfruta con él, y por otro una vida de soltera, relación de amante con un chico, se permite todo. Ha dejado un curso al que asistía pero a Mario le dice que continúa, para gozar de tiempo libre para salir con su amiga a ligar…


Por mi parte, yo me voy sintiendo mal, me siento en contra suya cuando la escucho, me voy irritando, pienso “qué sinvergüenza”. Guardo silencio, con la particular sensación de tomar conciencia de mis emociones, saber que pueden significar mucho de ambas, y saber también que son demasiado intensas para que haga uso de ellas antes de haberlas elaborado. De manera que opto, en esta sesión, por hablarle de un modo que no suene a juicio, temo y me contengo mi juicio moral, que creo ahora muy encendido, incluso empiezo a pensar en motivos en mi historia que expliquen mi reacción. A la vez me doy cuenta de que esto hace que no le haya hablado de lo que veo en ella: un sentimiento de culpa, o más bien de miedo hacia mí, manifiesto en su evitación (faltar, llegar tarde, pertrechada en sus sueños escritos).


Sin embargo, en la siguiente hora yo había decidido transmitirle lo que sentí respecto a su actitud con su novio, a su doble vida y su autocomplacencia ante eso. Yo estaba ya mucho más tranquila y distanciada de mis emociones, pero me parecía importante hacerle partícipe de mi reacción, porque sentí que si no lo hacía habría cosas entre las dos que estaban actuando y que no podríamos explorar. De modo que me planteo la sesión dispuesta a hacer esta autoapertura e incluso sugerirle lo que creo que podría significar, un desplazamiento hacia mí de su rabia hacia Mario. A la vez, quiero estar abierta a lo que salga.


Ella viene diez minutos tarde de nuevo. Dice que ha estado muy conmovida por el tema de la familia que perdió traumáticamente, pensando que me lo tenía que contar con detalle, sin atreverse a hacerlo…que le ha dado muchas vueltas al tema…


Yo le digo a Gloria que me siento ante un dilema, el de que nos centremos en esa temática que tiene que ver con su pasado -la pérdida de su familia- o, por otro lado, en su actitud en el presente, porque temo que la temática del pasado sea un escape y nos impida ver lo que en el presente está ocurriendo. Le cuento que la sesión anterior me estuve sintiendo enfadada, irritada, cuando me contaba su engaño a Mario, su doble vida, que me identifiqué con él, me embargó un sentimiento de injusticia y le planteo que veamos entre las dos si este sentimiento que tuve puede estar relacionado con su propia rabia hacia Mario, que la lleva a engañarlo de ese modo. Le digo todo esto tranquila y con amabilidad no fingida, pues la reacción emocional del otro día ya no está presente.


Me escucha, dice que reconoce que no se porta bien, que desde que le pregunté el otro día cuántas veces lo había engañado se dio cuenta de que no había sido justa… Pero no vivencia rabia hacia él, más bien lo que siente es que está poniendo en peligro la relación, destruyéndola, porque ayer estuvo tomando café con un chico y pueden verla y ser descubierta en cualquier momento. Que ese sentimiento de injusticia mío ella lo sintió cuando descubrió las llamadas a la ex-novia, se sentía injustamente tratada. Quería vengarse.


En las sesiones siguientes, su doble vida no desaparece, pero el tema del juicio moral sobre ella, tanto suyo como mío, se trabaja con mayor libertad. Lo que siento que hemos ganado es que ella ya no teme de modo latente u oculto mi juicio, sino que esto es algo de lo que se puede hablar.


Cuando la veo retrospectivamente, yo elaboraría mi intervención de otro modo. Sin embargo, creo que fue positiva. Sobre todo porque me sentí liberada al poder compartir con la paciente mis propios sentimientos, eso me hizo estar más relajada en cuanto a la necesidad de controlarlos u ocultarlos, y pudimos trabajar sobre: 1) la repercusión en ella de la revelación de mis sentimientos: y 2) su implicación en la creación de mis sentimientos (en qué medida lo que yo sentí estaba conectado con lo que ella también sentía pero que estaba disociado en ese momento).


A la vista de lo que después ha ido surgiendo, he podido  ver que estaban en ella tanto el deseo de dejarse llevar por sus impulsos (que le producían diversos tipos de gratificaciones) como la sensación de culpa y vergüenza de no estar obrando bien. Estas dos actitudes están en ella bastante disociadas, fueron manifestándose en las sesiones como estados del self muy diferenciados: o bien se vanagloriaba y se reía abiertamente de su goce, o bien de pronto cambiaba el rol y lloraba amargamente pensando en Mario. Considero que esta disociación motivó que yo me hiciera cargo de la parte de la paciente que ella en ese momento estaba negando, evidentemente porque conectó con una parte mía dispuesta para ello. Creo también que si yo se lo hubiera transmitido con la carga emocional que tenía en el primer momento de la interacción no hubiera sido positivo porque hubiera aumentado sus sentimientos de culpa y de vergüenza, y esto podría haber bloqueado la facilidad para la comunicación entre nosotras. Por el contrario, al decírselo de modo tranquilo y no culpabilizador, sino más bien como una incitación a la exploración conjunta, tuvo un efecto de disminuir el tabú -por ambas partes- de hablar de lo que su actitud provocaba, y fue un paso en el proceso de asunción por ella de sus propios sentimientos.


Expondré ahora el otro modo de plantear la interpretación de la identificación proyectiva, un ejemplo ofrecido por Marcus (1998). Este autor utiliza la teoría de Bion y la aplica a la autoapertura: el analista contiene los pensamientos y sentimientos del paciente y los procesa, al principio inconsciente y luego conscientemente, de modo que el terror sin nombre del paciente pueda ser pensado. El analista sostiene esta información y la procesa hasta que el paciente pueda oírla. Si la devuelve demasiado pronto, si no ha sido suficientemente procesada, hará daño. La información contenida en una autoapertura puede ser tóxica si no se devuelve procesada o completada con información de por qué debería el paciente producirle al terapeuta malos sentimientos.  El autor ilustra esto con un ejemplo:


“Examinaré ahora un caso de autoapertura que fue reportado porque era dañina. Epstein (…) informa de una experiencia de su analista anterior a su análisis de formación. En esa época, él había decidido entrar en formación analítica en el White Institute y por tanto se vio forzado a cambiar de analista. Durante una ocasión, habló sobre sus preocupaciones sobre su entrevista de admisión, haciendo caso omiso al impacto que el cambio tendría sobre él y su analista. Su analista optó por decirle “que él hacía que ella se sintiera desatendida y quizá tomada con desprecio” (…). Esto tuvo un poderoso efecto destructivo en que él ahora sentía que tenía que ocultar sus sentimientos negativos hacia ella, incluyendo los malos sentimientos resultantes de la autoapertura de ella. Epstein apunta correctamente que el episodio podría haber resultado ventajoso si su analista hubiera sido capaz de ayudarle a poner en palabras todos sus malos sentimientos que resultaron de su autoapertura. El daño no se hizo por la autoapertura sino porque la analista, al estar fuera de contacto con su paciente, había fallado en notar la herida que había causado y por tanto había sido incapaz de reparar el daño.


Además, yo creo que el problema de su autoapertura es que ella no contuvo sus sentimientos lo suficiente para procesarlos. Si hubiera hecho esto, podría haber considerado que su paciente estaba haciéndola sentir tan mal para que ella pudiera saber lo mal que él se sentía por tener que abandonar su buen análisis, y podría haber sido capaz de formular una interpretación en esa línea. De hecho, vienen a la mente muchas interpretaciones que podrían contener alguna autoapertura pero que podrían destoxificarse con la comprensión de por qué él necesitaría provocarle malos sentimientos. Sobre lo que yo deseo llamar la atención aquí es que el problema no fue la autoapertura. Epstein había proyectado malos sentimientos en su analista y ella fue incapaz de contenerlos el suficiente tiempo para destoxificarlos. En su lugar, rápidamente los proyectó de vuelta en su paciente con violencia incrementada. Quizá la razón de que la autoapertura provoque tal preocupación es que ésta puede ser un modo muy eficiente para que el analista proyecte en el paciente. Sin embargo, no realizar la autoapertura, como cuando un analista rehúsa validar lo que un paciente ya sabe, puede también ser un modo de proyectar en el paciente. (p. 574)


El autor está aquí aplicando la teoría de Bion del estado mental de reverie, por la que el analista recibe mensajes afectivos del paciente, siendo el proceso inconsciente por ambas partes. El analista procesa el mensaje y lo devuelve al paciente cuando está a punto de un modo en que puede ser pensado. La comunicación del paciente (la proyección) es inconsciente pero la respuesta del analista es consciente. Cuanto más pensada y consciente sea la comunicación del analista, menos probable es que el analista proyecte de vuelta en el paciente.


Aquí Marcus nos incita a contar con el paciente para explorar cómo ha sentido él nuestra autoapertura, puesto que los analistas tampoco somos conscientes de todos nuestros motivos y por tanto dependemos de que los pacientes nos digan si nuestra comunicación ha sido “tóxica” o no. En este caso, el principal problema para el autor fue que la analista no estuvo receptiva a lo que significó para el paciente su devolución.


Sin embargo, yo veo algunos puntos de modo diferente a como los ve él. En primer lugar, como ya ha sido expuesto por Hoffman (1983) y Aron (1991), la metáfora del analista como continente y como metabolizador de la experiencia del paciente, aunque útil, presenta el problema de que niega la existencia de la subjetividad del analista. Pero, sobre todo, creo que el primer fallo en el caso que expone Marcus no estuvo en que la analista no fue sensible a lo que había provocado en el paciente con su apertura, aunque esto es importante. El primer error estuvo en plantear la autoapertura bajo la noción clásica de la identificación proyectiva, o sea, dando por hecho que lo que la analista estaba sintiendo era algo que únicamente tenía que ver con la subjetividad del paciente, y nada con la suya. Pero me parece evidente que no todos los analistas se habrían tomado las declaraciones de Eipstein de la misma forma, hay un campo de reacción diferente a cada persona, que tiene que ver con la historia de cada uno. Hubiera sido más útil (y también más honesto) que la analista planteara lo que había sentido cuando ya se hubiera calmado y no se sintiera abrumada por sus emociones, como ya dice Marcus, pero además en un modo que no devolviera como un hecho objetivo incuestionable que lo que sentía era algo que él estaba provocando con una intencionalidad determinada, sino como algo que ella había sentido y que consideraba importante comunicar para explorarlo entre los dos.


5- Crear un nuevo modo de investigar y descubrir dentro del proceso analítico (o compartir con el paciente nuestro dilema sobre cómo tratar con él un tema específico).


En el ejemplo de Gloria, parte de mi intervención fue de este tipo cuando yo le comuniqué que me encontraba en el dilema de si centrarme en la temática de su pasado -la pérdida de su familia- o, por otro lado en su actitud en el presente, porque temía que la temática del pasado fuera un escape y nos impidiera ver lo que en el presente estaba ocurriéndonos.  Cooper (1998) propone este uso como un intento de aplicar nuestra comprensión de la epistemología de la situación analítica a la técnica. El autor lo ilustra con un ejemplo:


“…yo observé que un paciente parecía ser inconscientemente despectivo con los demás en modos que él no se daba cuenta, pero se lo decían repetidamente sus compañeros. Al mismo tiempo, el paciente se sentía rebajado si yo intentaba explorar las posibles dimensiones de este desprecio. Hay muchas elecciones técnicas disponibles para el analista en este momento. Después de un periodo de confianza que se había desarrollado en el análisis, le dije al paciente, `Me encuentro en un dilema. Quiero ayudarle a comprender lo que ocurre con sus compañeros, y pienso que tenemos algunas razones para entender por qué podría usted sentirse crítico en las ocasiones en que es inconsciente de ello, o es experimentado por los otros de ese modo. También sé que cuando lo traigo, probablemente usted se siente autocríticado o criticado por mi en modo que me siento como un…´ Este tipo de apertura se dirige a desarrollar nuevos modos de investigación.” (p. 396)


6- La autoapertura puede transmitir al paciente cómo es el analista o “cómo podría ser vivenciado en tanto objeto nuevo, frente a la visión transferencial del analista como objeto antiguo(Cooper, 1988)


Siguiendo con Cooper, este autor propone otro uso de la autoapertura que no está exento de críticas. Se trata de transmitir de algún modo al paciente los propios sentimientos para que pueda contrastarlos con lo que el paciente cree que el analista está sintiendo hacia él.


“Por ejemplo, una paciente sostuvo durante largo tiempo hacia mi una transferencia paterna negativa productiva y funcional en la que yo, como su padre, le fallaba en cuanto a reconocer su belleza, inteligencia y encanto y, en lugar de eso, era siempre demasiado “objetivo” y evaluador en mi postura interpretativa. Yo caracterizaría esta transferencia negativa como fundada en un sentimiento de seguridad y confianza conmigo. Tras un largo periodo analizando esta transferencia, encontré que las interpretaciones que intentaban transmitir algo sobre hasta qué punto ella había cambiado y hasta dónde podría llegar, eran incorporadas dentro de la transferencia negativa como que yo era insuficientemente apreciativo. Después de muchas ocasiones de intentar comprender juntos lo que había notado en mis señalamientos que la llevaban a esta impresión, empecé a preguntarme con ella más activamente por qué le era difícil considerar que mis comentarios se derivaban de sentimientos positivos sobre quién era ella y lo que había sido capaz de conseguir. No reclamé autoridad sobre mi experiencia, pero sentí mi visión como algo bastante importante a considerar en términos de lo poco disponible que continuaba siendo para ella por su experiencia de mí. Me pregunté en voz alta si ella era reluctante a tomar esto de mí por razones que podríamos explorar después. En mi visión, mi anticipación de la psiquis futura de mi paciente -esto es, si la paciente podría ver que era diferente de su experiencia familiar de mí como su padre- había estado más exclusivamente dentro de la transferencia histórica (…) o de la experiencia de objeto antiguo (…). Mi paciente estuvo de acuerdo con mi interpretación, y esto dio comienzo a una nueva línea de investigación sobre los diferentes peligros de considerar esas posibilidades psíquicas.” (1998, p.397)


Cooper  comenta que esta clase de apertura suele tomar la forma de lo que él llama “apertura virtual” o indirecta, en la que no somos explícitos sobre cómo nos posicionamos dentro de la transferencia en contraste con el objeto antiguo. Sin embargo, dice el autor, nuestro esfuerzo de entender la experiencia que tiene el paciente de su objeto del pasado sugiere implícitamente que nosotros ocupamos una posición diferente de aquél. O sea, uno no necesariamente tiene que explicitar al paciente cómo lo percibe, pero al cuestionar cómo se percibe él y la relación de esto con cómo lo percibieron sus figuras del pasado, le estamos ofreciendo implícitamente otra visión diferente.


Por ejemplo, sigue Cooper, podríamos sugerir que el paciente tiene necesidades que le llevan a percibirnos sesgadamente, como podría ser el apego a un objeto antiguo, o la evitación de peligros como sentimientos sexuales u hostiles o sentimientos de insatisfacción. Sin embargo, Cooper señala que si hacemos explícita nuestra visión del paciente frente a la visión que está implicada en la transferencia, o sea su visión de nosotros con el molde del objeto antiguo, tenemos la oportunidad de hacer menos ambigua nuestra visión del paciente. Estoy de acuerdo con esto, con la idea de que es bueno que nuestra actitud hacia el paciente sea lo más clara posible en cada momento. Pero a continuación analizaré un contraargumento a esta posición, representado por Meissner.


7-El riesgo de que la autoapertura pueda evitar la posibilidad de explorar el contenido.


Meissner (2004) alerta sobre este riesgo, cuestionando, precisamente, la propuesta de Cooper de manifestarse para funcionar como un objeto nuevo contrastante con la transferencia del paciente. Comenta este autor:


“Una mujer joven, bastante talentosa pero cogida en la trampa de una precaria autoestima y una necesidad no remitente de buscar autoaprobación de figuras externas de autoridad, quiso saber qué pensaba yo de ella. Cuando le pregunté por qué la información era importante para ella, replicó para mi sorpresa “Tengo que saberlo porque yo llegaré a ser lo que usted piense de mi”. No tuve dificultad en conectar este sentimiento con sentimientos idénticos que ella había expresado en relación a su padre, que estaba con frecuencia y repetidamente ausente de la familia. En su mente infantil, ella había asumido que la razón de sus ausencias era que ella no le gustaba y la desaprobaba -ella era la única niña, y no el hijo que él deseaba. La discusión cambió entonces al tema de su autonomía dañada y algunas de sus raíces e implicaciones en el trabajo del análisis y de sus relaciones fuera del análisis. Si yo hubiera respondido a su demanda de un modo abierto como ella quería, podríamos haber perdido la oportunidad de una exploración significativa de su carencia de autonomía; incluso más, habríamos tenido el riesgo de caer en la trampa de actuar su necesidad de autoridad basada en la aprobación. Tales demandas de parte de un paciente, más que pedir la revelación, pueden verse como oportunidades para una exploración útil, o como mínimo como invitaciones a que el analista haga interpretaciones útiles. Si la paciente no me hubiera dado la oportunidad que me dio, yo podría haber comentado sus cualidades personales y haberle preguntado cómo, de cara a tales logros, con frecuencia subestimaba sus propios pensamientos y sentimientos y pedía los de los otros para autoconfirmarse. El resultado en ambos casos podría haber sido el mismo, pero mi punto a resaltar es que la autoapertura deliberada no siempre es la única o la mejor alternativa en respuesta a demandas del paciente” (p. 840)


Evidentemente, esto es una posibilidad. Por una parte, dar un mensaje claro al paciente de cómo nos percibimos nosotros en nuestra relación hacia él no es, como ya se ha dicho, el final del diálogo, con lo que no tiene por qué suponer imposición de una visión sobre otra, y en cambio le estamos ofreciendo un modelo en el que podemos, como él, tener una visión que a su vez es contrastante con otras. Pero Meissner también tiene razón al alertarnos sobre el peligro de que nos posicionemos en un papel ante el paciente, requerido por él, de abastecedor de su autoestima. Si bien esto es algo que podemos hacer en algunos momentos, queda el trabajo de que el paciente desarrolle esta función intrapsíquicamente y que no dependa de un modo adictivo de la aprobación de los otros. Creo que una de las razones que deberíamos tener en mente ante la decisión de intervenir o no con una clara autoapertura en estos casos es la de evaluar cuál es la situación de dependencia psíquica en la que se encuentra el paciente respecto a nosotros. Si el paciente está en una situación en la que puede sentir libertad de criterio frente al nuestro, la apertura puede ser oportuna, porque le sirve para que tome conciencia de cómo funciona él mismo, de cómo sesga la realidad para acomodarla a sus esquemas antiguos. Por otro lado, si está en una fase, o bien tiene una estructura caracterológica, de clara idealización hacia el terapeuta, este tipo de autoapertura podría no ser una buena opción, porque sería precisamente lo contrario de lo que se persigue, no presentarse como un objeto nuevo frente al antiguo, sino mantener el esquema relacional antiguo de sumisión a la apreciación del otro, en vez de contribuir al desarrollo de mayor autonomía de la mirada de éste.


8-La devolución vivenciada de los afectos del terapeuta y el problema de la autoapertura de sentimientos del analista insuficientemente procesados


En este punto son muy útiles las aportaciones de Maroda (2004), quien considera que la insistencia en la interpretación como técnica única o clave frente a las demás, así como la posición de neutralidad del terapeuta, son excusas, racionalizaciones, que los analistas hemos erigido para evitar enfrentar el tema real del que hemos estado huyendo, el temor a nuestra implicación emocional. El temor a las emociones que el paciente muestra en el tratamiento y a las propias que aquellas suscitan, han hecho que nos pertrechemos en la interpretación y la neutralidad. La intelectualización, dice, es nuestra única defensa legítima contra la irrupción de afectos primitivos que son removidos en la situación terapéutica. Pero sostiene la autora que con gran frecuencia la interpretación, ofrecida con la idea de ofrecer comprensión al paciente de lo que le pasa, lo que produce es sofocar la liberación emocional que nuestros pacientes buscan


“…la interpretación está tan intensamente valorada porque la posición analítica ofrece un alto grado de protección psicológica o emocional al terapeuta. La intelectualización parece ser la defensa elegida por muchos de nosotros que hemos elegido el tratamiento analítico como especialidad. Pero la interpretación va en detrimento (como cualquier otra intervención intelectual) cuando se trabaja con pacientes en regresión. La interpretación es considerada y aceptada la técnica analítica por dos razones básicas: 1) el objetivo a corto plazo de una interpretación se confunde con el objetivo analítico a largo plazo de la comprensión del paciente, y 2) la intelectualización y el autoritarismo permiten al terapeuta desconectarse de la experiencia del paciente.”


Sin embargo, Maroda no está contra la necesidad que podamos tener de distanciarnos de una experiencia emocional fuerte, sino contra el hecho de que no lo admitamos ante nosotros mismos y ante el paciente y utilicemos una excusa para ello. Para la autora, la apertura de la contratransferencia consiste en mostrar genuina y vivenciadamente nuestras emociones en la relación terapéutica. Plantea que no sólo es bueno revelar al paciente lo que sentimos, sino que debemos hacerlo transmitiendo la carga afectiva correspondiente.


Maroda aboga por un uso generalizado de esta autoapertura, no limitado a momentos específicos, pero sí guiado por lo que en cada momento sea bueno para el paciente y el proceso analítico. En cuanto a cómo saber esto, sostiene que el paciente nos dará la respuesta. Es observando y preguntando al paciente como sabremos si nuestra autoapertura puede ser de utilidad o puede ser una carga para el paciente.


Yo encuentro su propuesta muy interesante, pero una vez más me pregunto ¿se puede universalizar? Creo que hay ocasiones en que tendrá buen efecto que sea así, y otras en que no.


Voy a ponerme en el otro polo, y para eso traeré aportaciones de Mitchell (1993), quien trata el tema de la autenticidad del analista. Este autor propone desmitificar lo que concebimos como autenticidad, y sostiene que lo auténtico no tiene que identificarse con lo espontáneo. Hay una visión romántica que dice que sólo el odio o amor fuertes son auténticos. Pero no es así. La cuestión, entonces, se vuelve cómo diferenciar lo que es más auténtico de entre muchos sentimientos y motivaciones diversos. La curiosidad, las ganas de ayudar, pueden ser más auténticas que la rabia en un momento determinado. Uno no tiene por qué ser menos auténtico si se contiene la expresión de rabia o atracción sexual en el tratamiento que si la muestra con libertad en la vida real. La rabia puede no ser lo más verdadero, aunque sea lo más intenso en un momento determinado, y abandonarse a una atracción sexual puede ser una evitación del deseo de entablar algo más profundo. Un analista que está en esta posición de “control emocional”, no necesariamente está dejando de ser  auténtico.


Ahora voy a centrarme en el énfasis de Maroda sobre que la clave para saber lo que hacer está en observar al paciente y/o preguntarle directamente. También aquí acudo a Mitchell, quien ha realizado una buena contraargumentación a este aspecto del planteo de Maroda. En su obra Relationality (2000), sostiene que los sentimientos intensos de amor y odio se pueden producir en el analista, pero tienen un carácter distinto de los que se producen en el paciente, porque estos sentimientos, para que sean estables, tienen un componente de voluntariedad o motivación, consciente e inconsciente, por parte del sujeto. Uno no se enamora, ni mantiene un odio resentido, hacia quien no quiere. El analista está en una posición de no alimentar el desarrollo de estos sentimientos. Se manifiesta así el autor contra una mutualidad excesiva de los roles de terapeuta y paciente, si el paciente debe ser espontáneo y dejarse llevar, el terapeuta debe no abandonar una actitud de reflexión y cuidado del proceso terapéutico. Es cuestionable, por tanto, que sea el paciente el último que debería decidir sobre si es o no beneficiosa la apertura del analista


“El amor, como el odio, no son sentimientos que se desarrollan sin más, sino que necesitan de la motivación, consciente y sobre todo inconsciente, para desarrollarse. Uno no desea eso en la relación terapéutica. En ella, uno no está como el paciente, uno está principalmente preocupado por otras cosas que el paciente, y su posición le hace ser más apto que el mismo paciente para discriminar cuándo abrirse o no”.


Pienso que las aportaciones de Maroda sobre la comunicación de las emociones dentro del análisis son muy interesantes. Pero, de nuevo, me parecería peligroso que se tomaran como una disposición indiscriminada a manifestar directamente lo que uno siente, algo que, cuando uno lee detenidamente a la autora, puede captar que ella misma no hace. Al final de la obra referida, Maroda aporta criterios muy cuidadosos sobre cómo y cuándo abrir la contratransferencia. Por eso también me parece interesante la posición de Mitchell como contrapunto a la de Maroda, ya que nos sirve para matizar dos puntos que resalta la autora: 1) que nos fijemos en el paciente y su opinión como último criterio ante la decisión de si abrirnos o no; y 2) que estimular y mostrar nuestras emociones sea siempre lo mejor para el proceso terapéutico.


9-Cuando la autoapertura supone una carga para el paciente, que se siente responsable de los sentimientos del analista.


¿Hasta qué punto es positivo que el paciente vea nuestra parte frágil y sienta que debe cuidarnos? Maroda (2004) considera que esto es una parte más de los sentimientos que un analista inspira en un paciente, y que los analistas debemos aceptar estos sentimientos como propios de toda interacción humana. Ilustraré esto con el ejemplo de una sesión con Daniel.


Daniel es un chico de 21 años con esquizofrenia, bien compensado con la medicación. Había sido muy buen estudiante hasta que le dio el primer brote siendo adolescente. Pasó un tiempo viviendo con su madre y ocupado sólo con las actividades de los talleres terapéuticos de la unidad de día a donde acudía. Pero en este momento está viniendo a consulta desde hace unos meses y se siente capaz de hacer más cosas, está de hecho estudiando para sacar el carné de conducir y tiene planes de trabajo para después.


En una sesión poco antes del verano él está algo desanimado, cuenta que no ha aprobado el examen de conducir y ha decidido dejarlo para el final de Septiembre. Hablando sobre el verano, le sugiero cosas que pudiera hacer y él empieza a sentirse mal, hasta que dice que siente que estoy como enfadada con él, como si él me defraudara, y que se está poniendo nervioso. En ese momento, al decírmelo él, yo me doy cuenta de que efectivamente le estoy presionando, en mi afán porque no se desanime y siga activo, y no estoy respetando su ritmo. Le comento a él esta percepción mía de mi propia falta de empatía. A continuación él se coloca en una actitud de calmarme, dice que me tranquilice, porque le está sentando muy bien venir, que hace dos años hubiera sido impensable sacarse el carné, de miedo que tenía, que todo el mundo se lo nota…


De manera que él ha sentido la necesidad de cuidarme. Según Maroda debemos aceptar el cuidado de los pacientes hacia nosotros como algo natural y esperable. Sin embargo, yo tuve la sensación de que había cargado a este chico con algo que no le correspondía. No sólo por su psiquismo -un chico frágil y con estructura psicótica-, sino también porque precisamente acababa de hacerme una confidencia sobre sus sentimientos de temor a defraudar y la ansiedad que esto le producía, y a continuación abandonó esta autorreflexión para centrarse en lo que yo podía estar sintiendo y tranquilizarme a mí. ¿Qué había pasado? Me pregunté hasta qué punto fue positivo en ese momento que yo mostrara en una actitud que provocara en él la necesidad abandonar la atención hacia su propia ansiedad para cuidarme, un momento del proceso en el que el objetivo prioritario del tratamiento que yo tenía en mente era precisamente que pudiera atender a los cambios en sus estados internos para conocerlos y regularlos.


Una postura que entiendo acorde a esto que expreso aquí, es la que toma Meissner (2002) citando a su vez a Reiser:


“…yo estaría de acuerdo con Reiser (…), quien, respecto a la comunicación a través de un “nódulo compartido” de experiencia emocional, comenta: `Esto tiene implicaciones técnicas –o sea, que es el significado del estado mental del paciente (adquirido a través de la comprensión del analista de su propio estado) que puede entonces ser compartido con el paciente. Esta comprensión de la experiencia del paciente puede, para el propósito que tenemos en mano, ser comunicada al paciente sin que el analista comparta su propia respuesta emocional privada. Yo no veo necesidad de cargar al paciente con la tarea adicional de tratar con el estado mental del analista´.” (p. 834)


“Reich (…) señaló que algunas autoaperturas pueden a veces ser aconsejables -especialmente cuando el analista ha cometido errores obvios o contratransferencia actuada- pero no al punto de cargar al paciente con las preocupaciones personales del analista.” (pp. 855-56)


En el caso de Daniel, cargarlo con las preocupaciones del analista consistió en que yo le transmití mis propias preocupaciones sobre el error que yo sentía que había cometido con él, de algún modo expresé una necesidad de exculpación, pero esa era una necesidad mía, no del paciente. Al actuarla yo sobre el paciente, con mi autodeclaración, provoqué en él la necesidad de calmarme.


Como conclusión, creo que somos nosotros también los que tenemos que dilucidar, basándonos en nuestra percepción del paciente y, en ocasiones, también en lo que él mismo nos devuelva sobre sus sentimientos, si él/ella está en un momento del proceso terapéutico en que le es provechoso vernos como una persona a la que puede y/o debe cuidar -o sea percibir nuestros aspectos frágiles- o bien vernos como alguien suficientemente fuerte que puede tolerar y contener las marejadas de su propio psiquismo.


Y con este ejemplo conectamos con el tema que trato a continuación.


10- La autoapertura de la contratransferencia puede introducir elementos contratransferenciales que, aunque racionalizados como necesarios para el paciente, pueden estar al servicio de necesidades psíquicas no resueltas del analista


En otras palabras, la autoapertura puede encubrir una actuación del analista. De nuevo, Meissner alerta claramente sobre esto: “Desde el punto de vista de las dinámicas de contratransferencia, hay demasiadas y demasiado fáciles oportunidades para que tales autoaperturas caigan al servicio de las necesidades psíquicas no resueltas de la propia persona del analista.” (Meissner, 2002, p. 842). Este autor conceptualiza este riesgo como la posibilidad de deslizarse hacia una relación real, y no una relación de transferencia-contratransferencia, o una relación de alianza terapéutica. La relación real implica que, cuanto más sistemáticamente dispuesto está el analista a autorrevelar sus sentimientos y pensamientos, más se implica emocionalmente, y esa implicación le hace estar muy presente personalmente en la relación y no tener la distancia necesaria para observar lo que ocurre sin dejarse guiar por sus propias motivaciones.


“Como Kantrowitz (1999) señaló, “El riesgo de las autorrevelaciones no está en dar información al paciente sobre el analista, sino en la propia implicación de dependencia del propio analista con el paciente. La autoapertura tiende a intensificar el compromiso personal del analista. Cuando el paciente se ha vuelto no sólo una persona significativa afectivamente en la vida psíquica del analista, sino una persona que el analista, aunque sea inconscientemente, usa para necesidades personales, el peligro es hasta qué punto esto es actuado con el paciente. Una vez que ocurre este cambio en la relación, disminuye la habilidad del analista para salir del proceso y observar. La relación, en el mejor de los casos, se vuelve más como una amistad, pero una que no es igualitaria porque la transferencia previa de autoridad es probable que permanezca; en el peor, puede ser una violación de los límites y un abuso del paciente por el analista” (p.85).


En otras palabras, la relación se vuelve “personal” en el sentido de que se vuelve una relación real. En el proceso, la perspectiva neutral se diluye o bien desaparece, y la alianza queda minada.


O sea, un exceso de implicación resultado de una autoapertura sistemática podría provocar la pérdida de la posición o actitud de neutralidad, desde la que se puede decidir si es bueno o no para el proceso terapéutico autoabrirse en un determinado momento. Es el analista quien conduce el tratamiento, y quien debe mantener una posición de reflexión sobre sí mismo y el otro que es distinta de la del paciente. De nuevo, lo que vemos aquí es que la posición diferente, profesional, del analista, es indispensable,  y por tanto algo que no hay que correr el riesgo de minar. Como señalaba Mitchell (2000), es la autoridad de alguien a quien se le supone la obligación y la cualificación de mantener una discriminación y un juicio analíticos.


Conclusiones


A través de una exploración de momentos con mis pacientes, y de aportaciones de autores significativos que han escrito sobre la técnica de la autoapertura, he intentado mostrar que, como toda técnica, su evaluación no puede resumirse en una posición de todo o nada. Creo que la autoapertura es producto de una serie de cambios en el pensamiento psicoanalítico general que, aplicados a la teoría de la técnica, han traído muchas y muy buenas mejoras en nuestro modo de relacionarnos con los pacientes.


La clave aquí es hasta qué punto la relación terapéutica -un fenómeno tan abierto a la espontaneidad del presente, a la vivencia genuina de la interacción- puede verse beneficiada por intentos de “reglar” el proceso. Yo estoy de acuerdo con Mitchell (2000) cuando resalta lo difícil de esta tarea porque la psicoterapia es un trabajo que no puede predecirse ni organizarse de un modo cerrado, que tiene parte de arte o de sensibilidad, no solo de conocimiento reglado. Pero creo también que algo se puede hacer en cuanto a establecer criterios que nos ayuden, y en este sentido he buscado algunos momentos, de entre muchos, en los que he podido observar que esta técnica ha resultado bien o, por el contrario, he tenido la impresión de que no ha sido beneficiosa, y he intentado articular las razones de mis impresiones.


He visto que la autoapertura concebida como expresión de las percepciones, sensaciones y pensamientos presentes del terapeuta sobre actitudes puntuales del paciente o de él mismo, pueden ser muy productivas porque promueven la autoconciencia, la autoobservación, pero también pueden ser negativas cuando de lo que se trata es de que el paciente pueda aumentar su cohesión, frente a la disociación que supone dicha autoobservación. Puede ser muy positiva para mostrar al paciente los efectos de su actitud o comportamiento, incluso sin necesidad de conectarlo directamente con esquemas generalizados en él. La autoapertura es muy útil, puede que incluso necesaria, cuando se producen estancamientos terapéuticos y, más allá de ellos, en cada momento en que se produce una confrontación por la contribución de ambos miembros de la díada, situaciones caracterizadas porque ambos miembros están actuando sus sentimientos. En todas estas situaciones, si uno empieza reconociendo la propia participación se facilita el camino para que el paciente reconozca la suya. No es útil, sin embargo, si sentimos que el paciente está tan abrumado por sus propios sentimientos que no hay cabida para la capacidad de autorreflexión; del mismo modo que no es aconsejable que nos abramos cuando nosotros mismos estemos abrumados por los nuestros. La autoapertura es especialmente útil para hacer un uso de la identificación proyectiva evitando el riesgo de poner en el paciente lo que nos pertenece a nosotros, lo que nos llevaría a cometer un acto de violencia sobre su psiquismo. Es útil para crear, junto con el paciente, un nuevo modo de investigar la relación de ambos, compartiendo nuestros dilemas sobre cómo tratar a un punto concreto. Es útil para transmitir al paciente que él puede ser vivido como un objeto nuevo, frente al objeto antiguo con que se siente atrapado. Sin embargo, puede ser perjudicial si mostrar la posición de uno hacia el paciente se convierte en un modo de evitar la exploración, una exploración que, por ejemplo, puede dar lugar a averiguar que el paciente intenta reproducir una relación de sumisión a nuestra visión sobre él. La dependencia psíquica de un paciente es aquí una clave para estar alerta. La autoapertura es útil cuando se trata de admitir los propios sentimientos que, incluso si pretendemos controlar, el paciente está captando. Sirve así para hacer más genuina la comunicación con el paciente, y para que uno se siente más libre dentro de las propias emociones. Sin embargo, existe el riesgo de confundir los sentimientos más intensos por los más profundos o auténticos. Y también el de deslizarnos desde nuestra posición como analistas, en la que debemos estar vigilantes y con un objetivo claro hacia el progreso del paciente, hasta una posición en la que la actitud del analista se equipare con la del paciente,  libremente regresiva. Puede ser útil que el paciente vea nuestros aspectos frágiles, porque contribuye a la desidealización y surgirán transferencias múltiples, acercándonos a relaciones reales. Pero no es aconsejable si estamos con un paciente cuya estructura, o bien cuyo momento personal, conlleve la necesidad de un otro/a fuerte que lo contenga, o si lo que se pretende es precisamente centrarnos en el psiquismo interno del paciente, no en la relación ni en la mente del terapeuta. La autoapertura, si se ejerce de modo indiscriminado, puede promover una actitud en el terapeuta que le haga perder la actitud autorreflexiva y alerta, deslizándonos hacia una relación real en que haya una excesiva implicación personal con la pérdida de la necesaria asimetría.


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