Panel Final Congreso IPA, Berlín, 2007

Publicado en la revista nº027

Autor: Jiménez, Juan Pablo

 

Queridas y queridos colegas:

 

Se me ocurre pensar que los congresos internacionales de psicoanálisis son como esos mercados al aire libre donde campesinos venidos de todas partes ofrecen sus productos. Colores, olores y sabores diversos, a veces extraños, se mezclan en el aire y en el paladar, e inducen en quienes los recorren emociones diversas, curiosidad, sorpresa y también alegría frente a tanta novedad y abundancia. Creo que esa es una experiencia universal y a la vez muy propia de nuestras ciudades y pueblos latinoamericanos. Esta metáfora ha surgido naturalmente en mí a lo largo de estos días en que he visto el entusiasmo de mis colegas con el congreso, con las ponencias, con los trabajos y paneles, y también con la ciudad y la amabilidad de sus habitantes. Porque ésta es una ciudad amable, a la vez que llena de sorpresas, evocaciones y presencias polares, intensas y contradictorias. Como no sorprenderse ante la constatación de que Check Point Charlie es simplemente una calle como tantas otras. Y volver a sorprenderse por la emoción claustrofóbica que nos toma cuando recorremos el museo que recuerda las múltiples e ingeniosas maneras que existieron para burlar el muro. Sí, una ciudad alegre, pero también llena de espantos. Visitar los museos y memoriales que conmemoran el holocausto nos ha llenado de emociones penetrantes y difíciles de expresar acá. Qué dura es la historia de esta ciudad. Berlín parece ser un escenario natural de la eterna lucha entre Eros y Tánatos. Felizmente, nos toca visitarla en un período en que Eros parece llevar la ventaja. Inmediatamente resuenan en nosotros nuestras propias dictaduras latinoamericanas, que han dejado tras de sí tantas heridas, que siguen clamando por reparación. Porque eso también ha sido acá una sorpresa, la lucha en contra del silencio y la negación, en contra de la ambivalencia, el enorme y valiente trabajo de elaboración del horror histórico que nuestros colegas alemanes se han esforzado en mostrarnos durante estos días, algo que, por cierto, está en consonancia con los hitos arquitectónicos que ha erigido la ciudad para que nadie, tampoco los que venimos de lejos, olvide el horror y el espanto.    

 

Toca la casualidad que me dirijo a Uds. en mi calidad de co-presidente por Latinoamérica del comité de programa, en un momento en que simultáneamente ejerzo la posición de presidente de la Federación Psicoanalítica de América Latina, FEPAL. Por esta razón, durante el tiempo en que he trabajado en compañía de un grupo tan cohesionado y estimulante como el que ha conducido Georg Bruns, he observado cuidadosamente los productos psicoanalíticos que tantas compañeras y compañeros latinoamericanos han traído hasta acá. Desde que empezamos a seleccionar las propuestas de trabajos libres, de paneles, talleres y cursos, de posters, se me ha impuesto la pregunta: los productos psicoanalíticos latinoamericanos, ¿tienen características que los distinga de aquellos de las otras regiones? ¿Existe una manera latinoamericana de hacer psicoanálisis o, al menos, de trasmitir y de escribir sobre psicoanálisis? En definitiva, ¿existe un sello, una identidad psicoanalítica latinoamericana? Sobre esto quiero hablarles hoy, sobre lo que he observado, leyendo y escuchando los materiales que vienen desde Latinoamérica. Solamente algunas pistas, ideas sueltas, nada definitivo.

 

Por cierto, los analistas latinoamericanos compartimos con colegas de otras regiones el interés por la exploración de las estructuras inconscientes según se despliegan en la relación terapéutica, y hay muchas presentaciones que así lo muestran. Claro que en esto es interesante notar que la reciente tendencia en el psicoanálisis norteamericano y de otras partes del mundo de entender la relación terapéutica como una relación primariamente intersubjetiva, se encuentra con una tradición que en nuestro continente se remonta, al menos en el Río de la Plata, hasta los años cincuenta, a la persona y la obra de Enrique Pichon Rivière, y que nosotros llamamos psicoanálisis vincular. Este interés por las estructuras vinculares, por los campos interactivos, nos ha llevado a interesarnos en el análisis de situaciones que van más allá del individuo, de situaciones sociales, desde la pareja y familia hasta el psicoanálisis de grupo. Se podría pensar que el interés por el estudio psicoanalítico de lo cultural, lo social y político, es natural en un continente donde existe tanta desigualdad e injusticia. En Argentina y Perú, en Méjico, en Brasil, en Uruguay, en fin, en todas partes, este es un tema psicoanalítico relevante. Desde otras regiones podría pensarse que trabajamos mucho en psicoanálisis aplicado. No sé, quizás tenemos una concepción diferente lo que es psicoanálisis, una concepción que incluye y expande la teoría freudiana de la cultura.

 

Pero, no se crea que el psicoanálisis latinoamericano es homogéneo. Al contrario, la norma es la diversidad. Los latinoamericanos parecemos tener habilidades especiales para asimilar las novedades teóricas que vienen desde afuera, en especial desde Europa, y mezclarlas con nuestras propias elaboraciones. Eso da a nuestras producciones un carácter muy variado. Diversas teorías inspiran el entendimiento de los fenómenos clínicos. El pluralismo y la diversidad son una realidad cotidiana en nuestras sociedades psicoanalíticas. Quizás por esta razón el interés por la epistemología y la metodología está también muy desarrollado, probablemente para minimizar los efectos desintegradores de un pluralismo extremo pues, ¿cómo distinguir el pluralismo de la mera diversidad o, peor aún, de la fragmentación teórica y práctica? Pues si bien la pluralidad de enfoques teóricos y técnicos es evidente, para que esta diversidad sea campo de labranza y de crecimiento de la disciplina y no más bien síntoma de su involución, debemos ser capaces de desarrollar metodologías que permitan que las diversas visiones dialoguen entre sí de manera de cotejarse, compararse y, eventualmente, confirmarse o refutarse mutuamente. Y, sabemos, ahí está nuestra gran debilidad como disciplina, que comienza en la dificultad del diálogo clínico. En nuestro continente esta debilidad es también evidente. Con todo, el haberse formado desde el comienzo en la diversidad teórica y técnica parece también tener sus aspectos positivos. Así lo ve el editor de la revista Psychoanalytic Inquiry.

 

El año 2005, esta la revista publicó ocho ensayos testimoniales de analistas latinoamericanos sobre cómo llegaron a ser psicoanalistas y cómo ha evolucionado su pensamiento. El editor escribe lo siguiente en el epílogo del número (p.715):

 

“Los autores latinoamericanos escribieron más [que los norteamericanos] acerca de la matriz de pluralismo que ha contribuido a la naturaleza de su itinerario en llegar a ser psicoanalistas. Ellos parecen ser más sensibles a las demandas del pluralismo. Puede ser que esta mayor sensibilidad se relacione con la naturaleza del ser latinoamericano. Si esto es verdad, los analistas latinoamericanos están preparados para hacer contribuciones únicas al psicoanálisis en el siglo 21, cuando uno de los desafíos mayores para el psicoanálisis será encontrar caminos para usar creativamente la gran pluralidad y diversidad.”

 

Puede entonces que nuestra debilidad sea también nuestra fortaleza. Y creo que sí lo es. No nombraré a nadie, pero Latinoamérica ha producido autores, algunos de los cuales ya no viven en nuestra región, que son maestras y maestros en integrar posiciones y fragmentos de teorías sin forzar la coherencia interna del discurso y manteniendo un contacto estrecho con los fenómenos clínicos. Quizás ese sea un aporte nuestro a la comunidad psicoanalítica internacional.

 

Llegamos al final de esta fiesta psicoanalítica. Quiero agradecer en primer lugar a los colegas alemanes por su trabajo y por su cariñosa hospitalidad. Quiero agradecer también a mis compañeras y compañeras del comité de programa.

 

Quisiera terminar citando a un autor, muy alemán, cuyo pensamiento influyó al mismo Freud. Alguna vez, Arthur Schopenhauer escribió así sobre las separaciones:

 

“Cada separación nos deja un sabor anticipado de la muerte, y cada reencuentro un aroma de la resurrección. Por eso, incluso personas que antes eran mutuamente indiferentes, se alegran tanto cuando se reencuentran después de veinte o treinta años.” (Arthur Schopenhauer, Parerga und Paralipomena. Kleine philosophische Schriften, II. § 310)

 

Felizmente, nosotros no necesitamos esperar veinte años para volver a encontrarnos. A las compañeras y compañeros los espero en Santiago de Chile, el próximo año, la última semana del mes de septiembre, para celebrar nuestro Congreso Latinoamericano y a todos Uds. les digo: Aufwiedersehen in Chicago el año 2010.