Poner en palabras, mentalización y psicoterapia

Publicado en la revista nº036

Autor: Lanza Castelli, Gustavo

 

Finalmente, a menudo necesitamos la ayuda de otro para mentalizar más eficazmente. Sin duda somos capaces, hasta cierto punto, de poner orden en nuestra confusión respecto de nuestros propios sentimientos y acciones, así como respecto de los ajenos, mediante el pensar acerca de ellos. Sin embargo, estoy cada vez más impresionado por las limitaciones en nuestra habilidad para dar sentido, por nosotros mismos, a nuestra propia experiencia.


El mentalizar eficazmente requiere el diálogo con los otros; a menudo usted dará un sentido mayor a lo que está sintiendo hablando con un amigo confiable que pueda ayudarlo a adoptar un punto de vista más objetivo. Usted puede comenzar sintiendo un vago “disgusto” y, en el curso de la conversación, llegar a reconocer que se siente herido, avergonzado y resentido. Fundamentalmente, como siempre hemos vislumbrado, el mentalizar es un proceso interactivo. [cursivas y negritas agregadas]


Jon G. Allen


Las consideraciones de Jon G. Allen, que figuran en el epígrafe, tomadas de una obra reciente (Allen, 2005, p. 33) resultan evidentes de suyo y remiten con toda claridad a lo que observamos cotidianamente en nuestra práctica de la psicoterapia.


De hecho, en múltiples investigaciones empíricas realizadas con pacientes que habían llevado a cabo tratamientos exitosos, éstos manifestaban que el haber podido hablar con el profesional de lo que les ocurría, había sido uno de los hechos fundamentales en su experiencia del proceso terapéutico (Rennie, 1990; Rodgers, 2002).


Si bien Allen pone el acento en la dimensión intersubjetiva del mentalizar, podemos advertir que en su texto coexisten tres variables que sería útil deslindar: a) la dimensión interactiva del diálogo y del mentalizar, b) las intervenciones de un otro confiable (amigo, terapeuta) que ayuda a adoptar un punto de vista más objetivo, c) la traducción en palabras de la propia experiencia y la relación de esta traducción con el funcionamiento reflexivo (o mentalización). Este último aspecto debe ser diferenciado del dirigirse a un interlocutor, ya que puede llevarse a cabo en ausencia de éste, por ejemplo mediante el poner por escrito determinados pensamientos y vivencias.


Tanto la importancia del vínculo en psicoterapia, como lo decisivo de las intervenciones del profesional para que el proceso rinda frutos, son tópicos habituales en los trabajos sobre el proceso terapéutico que han merecido múltiples estudios específicos (Meissner, 1984; Etchegoyen, 1986; Safran, Muran, 2000; Coderch, 2001; Revista de APRA, 2010).


En los trabajos sobre mentalización y teoría de la mente -que constituyen el horizonte teórico que tomo en cuenta en este trabajo- también han sido considerados estos dos temas, pero no ha recibido igual consideración la tercera variable, ya que la mayoría de aquellos escritos que se ocupan del lenguaje y la verbalización en su relación con el mentalizar, se centran en lo esencial en los aspectos evolutivos de ambos procesos (Astington, Filippova, 2005). En la obra de Fonagy y colaboradores, el poner en palabras se ha vinculado a la mentalización explícita, contraponiéndolo a la intuición, más propia del mentalizar implícito (Allen, Fonagy, Bateman, 2008), sin que dichos autores se ocuparan mayormente del tema al que hago referencia: la traducción de la experiencia personal en palabras y su relación con el mentalizar.


Por mi parte, considero que resulta de interés analizar con algún detalle esta variable para poder así deslindar su contribución al incremento del mentalizar, entendido este último como un objetivo común a las diversas formas de psicoterapia (Allen, Fonagy, Bateman, 2008).


Conjeturo que si podemos aprehender lo que aporta este proceso, podremos, tal vez, evaluar de un modo más fino la contribución de la dimensión intersubjetiva a dicho mentalizar, así como la articulación de estas dos variables entre sí y su vinculación con la constituida por las intervenciones del terapeuta, y avanzar, de este modo, un paso más en la comprensión de los distintos factores que favorecen el mentalizar en el contexto de la psicoterapia.


En el presente trabajo tomo, entonces, en consideración la traducción en palabras de la propia experiencia vivida (pensamientos, sentimientos, impulsos) consciente o preconsciente (que incluye derivados de lo inconsciente), e intento analizar las características de este proceso, así como su relación con el mentalizar.


Los ejemplos con los que ilustro las ideas que desplegaré a continuación, alternan hechos de habla con testimonios escritos, ya que si bien no se me escapan las diversas diferencias existentes entre oralidad y escritura (Olson, Torrance, 1991), en esta ocasión las tomo como equiparables ya que ambas (hablar, escribir) comparten ese hecho esencial consistente en la puesta en palabras. 


Para conceptualizar este proceso y sus rendimientos, me baso en el concepto de Función Reflexiva o Mentalización, desarrollado por Peter Fonagy y colaboradores (Fonagy et al., 1998; Fonagy et al., 2002). En lo que sigue, reseño en primer término algunos significados del mentalizar que resultan útiles para el objetivo de este trabajo, posteriormente desarrollo la tesis central, o sea, la transformación que el poner en palabras produce -que ilustro mediante dos viñetas clínicas- y, por último, articulo este proceso con diversos aspectos del mentalizar y con sus rendimientos.


La mentalización


El concepto mentalización se refiere a una serie variada de operaciones mentales que tienen como elemento común el focalizar en los estados mentales y el comprender el comportamiento propio y ajeno en base a los mismos. De esto resulta que no toda actividad mental puede considerarse como mentalizadora, sino sólo aquella que se refiere a dichos estados.


La mentalización se aplica tanto a sí mismo como a los otros. Las operaciones que incluye tienen grados variables de complejidad y van desde el registro de un estado afectivo hasta la reconstrucción y narración autobiográficas, desde la captación de un estado emocional ajeno, hasta la aprehensión de los motivos de la acción de un otro, así como de la circunstancia vital y las razones biográficas de las que surgen.


Entre otras facetas de la mentalización, cabe distinguir entre la mentalización implícita y la explícita. La primera es poco consciente, no reflexiva y automática (por ejemplo, en el empatizar espontáneo), se expresa como intuición e incluye sentimientos, juicios, pálpitos que tenemos en situaciones sociales sin que poseamos razones articuladas para sostenerlos o fundamentarlos. La segunda es relativamente consciente, deliberada y reflexiva. Es simbólica y el lenguaje es su medio electivo, ya que suele tomar la forma de narraciones.


La mentalización es un proceso mental, que debe diferenciarse de los contenidos con los que trabaja (pensamientos, sentimientos, etc.) (Fonagy, 1999; Fonagy et al., 2003; Allen, Fonagy, Bateman, 2008).


El tema del mentalizar posee tal amplitud, que se torna imposible una síntesis adecuada del mismo en este espacio. Remito para ello a dos publicaciones recientes (Choi-Kain, Gunderson, 2008; Lanza Castelli, 2010). Por el momento sólo deseo agregar que este concepto es entendido, en la obra de Fonagy y colaboradores, de tres maneras diferentes, que será útil diferenciar:


1)    Como proceso transformador: partiendo de Freud, quien entiende los procesos mentales como provenientes de la ligadura de las energías pulsionales somáticas, Fonagy y colaboradores suscriben las siguientes palabras de Lecours y Bouchard: “…proponemos explicar la mentalización como una referencia a una clase general de operaciones mentales, incluyendo la representación y la simbolización, que conducen específicamente a una transformación y elaboración de experiencias afectivo-impulsivas en fenómenos y estructuras mentales crecientemente organizados” (1997, p. 858). Vale decir que la mentalización, en este sentido, consiste en un proceso transformador que implica a afectos y pensamientos y que supone un creciente refinamiento de las emociones e impulsos, en la medida en que se articulan en niveles representacionales que se complejizan, diferencian y organizan en un sentido progresivo.


2)    Como proceso cognitivo/imaginativo/atencional: ésta es la acepción más habitual del término en los diversos trabajos sobre el tema. Engloba una serie de operaciones mentales incluidas en el término mentalizar, tales como la dirección deliberada de la atención, el recordar, el interpretar, el dar sentido, el empatizar, el imaginar, el reflexionar sobre las emociones, el inferir los motivos que subyacen a la conducta del otro, etc. Entre estas operaciones cabe incluir las actividades metacognitivas, que toman como objeto a los propios procesos y contenidos mentales, permitiendo con ello una distancia psicológica respecto de los mismos y propiciando el discernimiento de la diferencia entre el pensamiento y la realidad efectiva (discernimiento que implica la posibilidad de relativizar el propio punto de vista y considerar puntos de vista alternativos). La posición metacognitiva favorece la comprensión del funcionamiento de la propia mente, la reevaluación de los automatismos interpretativos y atribucionales que recaen sobre el otro y sobre el propio self, y la regulación emocional (Main, 1991; Allen, Fonagy, Bateman, 2008).


3)    Como proceso regulador: “El pensar antes de actuar impulsivamente es, por tanto, paradigmático del mentalizar” (Allen, Fonagy, Bateman, 2008, p. 8).


Fonagy y colaboradores entienden que el pensar acerca de las consecuencias de los propios actos, el estado mental del otro hacia el que se dirigen, la emoción de la que surgen, etc. permite regular la propia acción, imprimiéndole una forma determinada, dándole curso, difiriéndola, refrenándola, etc. (Allen, 2005). De igual forma, en lo que hace a la regulación emocional, estos autores la incluyen en lo que denominan mentalización de la emoción. Dicha regulación puede referirse al incremento o decrecimiento de la intensidad de la experiencia emocional, a la modificación de la misma y al mantenimiento de un determinado nivel de activación emocional. Incluye la reevaluación de los afectos y del componente cognitivo de los mismos (Fonagy et al., 2002, Jurist, 2005).


En el presente trabajo considero la traducción de la experiencia en palabras como un proceso transformador y, por ende, mentalizador en el primer sentido, que, a su vez, favorece el monitoreo y la reflexión sobre los estados mentales, así como la regulación emocional (sentidos 2 y 3, respectivamente).


Procesos que se ponen en juego en el poner en palabras


Focalizando ahora en este punto, postulo que el poner en palabras (profiriéndolas oralmente o por escrito) realiza un verdadero procesamiento de la experiencia subjetiva que se verbaliza, y que no es, por tanto, sólo un relato o testimonio de la misma que la deja inalterada.


Por procesamiento entiendo una acción transformadora, o modificadora, que se ejerce sobre determinados contenidos mentales (pensamientos, sentimientos, etc.) en la medida en que son transpuestos en palabras. Implica, por lo tanto, mentalizar en el primer sentido señalado. En lo que sigue, deseo centrarme en este punto y proponer una hipótesis que intenta aclarar en qué consiste este procesamiento mentalizador, esta acción transformadora que lleva a cabo el poner en palabras.


Distingo tres momentos en dicha acción:


a)    las características de la experiencia subjetiva previa al poner en palabras,


b)    las propiedades del procesamiento debido a la traducción verbal de dicha experiencia, que incluye tres operaciones: 1) cambios en cuanto al formato de los contenidos mentales, 2) cambios en cuanto al continente de los mismos, 3) cambios en cuanto a su estado,


c)    las incidencias que este procesamiento tiene en el mentalizar (entendido en los sentidos 2 y 3)



Resultará útil analizar, en primer término, en qué consiste esta experiencia subjetiva y qué características y propiedades posee.


Como primer paso, diremos que en ella diferenciamos: el conjunto de las representaciones, diversas sensaciones, afectos, impulsos. Dado que dichos elementos suelen organizarse como esquemas cognitivo-afectivos, centraré principalmente (aunque no de modo exclusivo) mi análisis en la dimensión representacional, dando por sentado que dicha dimensión incluye también un vector emocional, que suele motivar hacia una acción determinada.


En lo que hace a las representaciones, cabe recordar que en el campo psicoanalítico algunos autores han desarrollado modelos diacrónicos del surgimiento, estructura y características del mundo representacional. En sus planteos retoman, de modos diversos, la propuesta freudiana (Freud 1896, Maldavsky, 1977) acerca de diversos estratos de representaciones, cualitativamente distintos, que surgen en períodos diferentes de la vida y que poseen una capacidad también diversa de gestión, ligadura o contención del empuje pulsional y la experiencia emocional (Kristeva, 1974; Aulagnier, 1975; Duparc, 1998 ).


En esta ocasión tomo un camino distinto y realizo un abordaje sincrónico del mismo tema; esto es, propongo diferenciar los diversos tipos de representaciones que encontramos en el funcionamiento mental adulto, para tratar de entender cuáles son las transformaciones que sufren dichas representaciones en la medida en que son traducidas en palabras.


Dada la vastedad y complejidad de este asunto, acoto aquí el estudio de las representaciones a sólo dos sistemas, el de las representaciones verbales y el de las imágenes, y dejo sin considerar el modo de representación enactivo (Horowitz, 1999) o subsimbólico (Bucci, 1997). Utilizo los desarrollos de Vygotsky referidas al habla interna y los articulo con los trabajos de otros autores y con mis propias observaciones y reflexiones sobre este tema. Adopto también en este enfoque el postulado mencionado, que dice que la gestión o contención del empuje pulsional y la experiencia emocional varía según el tipo de representaciones con las que se ligue o enlace.


En lo que sigue, estudio en primer término el formato que los contenidos mentales poseen en el interior de la mente; posteriormente analizo el cambio en dicho formato que el mencionado poner en palabras (proferidas oralmente o por escrito) produce. A continuación, hago lo propio con el cambio de continente y de estado. Por último, sintetizo las incidencias en el mentalizar (en los sentidos 2 y 3) producto de estos cambios.


El formato de los contenidos mentales en el interior de la mente:


B.1.a) El sistema verbal - Representaciones y pensamiento verbal


Si nos centramos en comparar el formato de los contenidos subjetivos en el interior de la mente (experiencia subjetiva previa al poner en palabras) con el que poseen una vez que han sido codificados lingüísticamente al proferirlos, vemos que es habitual suponer que este formato es el mismo en ambos casos, y que esto es así tanto si escribimos como si hablamos.


En cuanto al habla, se supone que las frases que decimos son un reflejo del pensamiento, como un doble del discurrir interior que se externaliza en las emisiones discursivas.


Los pensamientos “en la mente” y los pensamientos exteriorizados en palabras tienen, por tanto, la misma organización y estructura (el mismo formato), lo que cambia es el lugar en el que se encuentran alojados y la materialidad que adquieren estos últimos mediante su proferencia sonora.


Este enfoque puede advertirse inclusive en la obra de Freud quien, si bien diferencia en algunos textos el pensamiento de los “signos del lenguaje” (o “recuerdos de palabra”), con los que puede, o no, asociarse (1900, pp. 566, 605), equipara en la mayor parte de sus escritos las ilaciones de pensamientos preconscientes con cadenas verbales, como con razón señala Forrester (1980).


La hipótesis que propongo difiere de este modo de ver las cosas y plantea que el pensar interior y la palabra hablada tienen una serie de diferencias significativas en sus respectivos formatos, considerados a nivel fonológico, semántico y sintáctico.


Paso, entonces, a analizar el formato que poseen las representaciones verbales en el interior de la mente. Lo primero que deseo postular es que encontramos en ellas formatos diversos, que enumero a continuación.


a) Uno de estos formatos es el de la así llamada “habla sin sonido” (Luria, 1980),  la cual posee la misma estructura que el lenguaje hablado (o escrito), sólo que sin la emisión sonora o gráfica correspondiente. Es el modo en que la literatura ha representado el monólogo interior de los personajes a lo largo de los siglos (Cf. un ejemplo notable en Schnitzler, 1924) De estos personajes podemos decir que “sus pensamientos más íntimos tenían la prolijidad gramatical de una emisión de habla” (Silvestri, Blanck, 1993, p. 68).


Esta es la manera en que a veces nos hablamos a nosotros mismos, por ejemplo cuando nos damos indicaciones, o tratamos de calmarnos o consolarnos. Es el modo, también, en que se presentan muchas representaciones obsesivas (Freud, 1909, pp. 147 y ss.) También expresamos a veces de esta forma el ensayo de lo que planeamos decirle a alguien en una conversación difícil, o rectificamos así lo que hubiéramos debido decir, etc., etc. Pero estos procesos de pensamiento que poseen el mismo formato que la palabra hablada, estos fenómenos de habla sin sonido, no son, ni mucho menos, la totalidad del pensamiento verbal.


b) Junto a ellos encontramos los procesos del “habla interna” o “habla para sí mismo”, que poseen otro formato, con características específicas que es importante diferenciar de aquellas propias del “habla sin sonido”. (Vygotsky, 1934, Vocate, 1994). Para dar cuenta de la primera de estas características puede ser útil establecer primeramente una diferenciación entre los conceptos de “tema” y “rema” (Ducrot, Todorov, 1972). El “tema” es el tópico del cual se habla, el “sujeto psicológico” (no necesariamente gramatical). El “rema” es el “predicado psicológico”, la información que se predica del tema, o que se aporta respecto al tema. Así, por ej., la frase “la novia está esperando en la puerta [de la Iglesia]” puede estar enfatizando que el novio todavía no llegó y que la situación se torna problemática para la familia de aquélla. Éste sería, entonces, el verdadero tema, y la intención del hablante, al proferir dicha frase, sería destacarlo. Como se ve, el sujeto gramatical, [en este caso, “la novia”], no coincide necesariamente con el tema o sujeto psicológico: el novio, del cual se da a entender que no ha llegado (predicado).


Una vez hecha esta aclaración, podemos señalar que en las situaciones de diálogo o habla entre personas que comparten el mismo tema, las verbalizaciones que se profieren suelen ser básicamente predicativas, quedando implícito el sujeto. Así por ejemplo, si en un grupo de gente que espera en un andén la llegada del tren que los llevará a Constitución, uno de ellos dice “¡ahí viene!” es claro para todos que es el tren el que viene. No hace falta que quien habla explicite el sujeto de su frase diciendo, por ejemplo: “ahí viene el tren rumbo a Constitución”. También ocurre lo mismo en diálogos complejos, a condición de que el sujeto (o tema) sea compartido, en cuyo caso queda tácito. Decimos que, en estos casos, hay un contexto extralingüístico compartido, el cual está “…formado por objetos no lingüísticos, acciones, eventos, etc., los cuales están espacial y temporalmente copresentes con un signo dado”  (Wertsch, 1985  p. 122). Cuando no es éste el caso, cuando no se comparte dicho contexto, el habla debe incluir también el sujeto (tema) de que se trate, para que resulte comprensible.


Igualmente importante es si se comparte, o no, el contexto lingüístico. Así, por ej., si un paciente nos ha contado que ha perdido un objeto que tenía para él el mayor valor, y nos ha hecho el relato de cómo ha llegado dicho objeto a ser tan importante en su vida y, a la sesión siguiente, lo primero que nos dice al llegar es “¡lo encontré!”, esa mínima expresión nos pone en posesión de un enorme caudal de información respecto a la significación que ese hecho tiene para nuestro interlocutor. En este caso se trata de un contexto lingüístico compartido, o sea, de ese conjunto de signos o relatos que el paciente había proferido y que tenemos en común con él (Wertsch, Ibid).


O sea, podríamos concluir que, cuanto mayor es la comunicación entre dos personas, cuánto más ampliamente comparten los contextos lingüísticos y extralingüísticos, menor será la cantidad de palabras que necesiten para entenderse, de modo tal que a veces bastará una breve emisión sonora para transmitir una idea compleja.


Esta particularidad posee la mayor utilidad para hacer inferencias acerca de en qué consiste el pensar verbal, o el discurrir interior, ya que en este caso es obvio que esta situación de contextos “compartidos” se ve llevada a su máxima expresión posible, ya que cada quien sabe con qué situación concreta [contexto extralingüístico] se encuentra ligado lo que piensa y con qué otros pensamientos o relatos [contexto lingüístico] este discurrir está relacionado. De este modo, es notorio que tenemos, con nosotros mismos, una situación de total compartición, tanto de contextos extralingüísticos como lingüísticos. Por este motivo, y teniendo en cuenta lo antes mencionado, es fácil advertir que el pensar interior será básicamente predicativo, ya que no nos explicitamos a nosotros mismos sobre qué tema estamos pensando, puesto que ya lo sabemos.


Esta sintaxis abreviada, predicativa, es la regla en el formato del habla interna, pero no en el del habla oral, excepto en aquellas situaciones en que, como queda dicho, hay un contexto linguïstico y/o extralinguïstico compartido entre los hablantes involucrados.


Esta es, entonces, una de las primeras características diferenciales del habla interna, que podríamos formular así: la sintaxis del habla interna, o habla para sí mismo, es básicamente predicativa.


Otra característica tiene que ver con que en el habla interna se produce una reducción de los aspectos fonológicos del lenguaje: "Para hablar con nosotros mismos no necesitamos pronunciar las palabras hasta el final. Nos basta la intención para saber qué palabra vamos a pronunciar" (Vygotsky, 1934 p. 332); esto nos indica que en este discurrir interior el número de fonemas que componen las palabras puede estar muy abreviado, o casi faltar, sin que este hecho dificulte la captación del significado.


Si pasamos ahora a considerar el nivel semántico, vemos que en este nivel el formato de este tipo de habla tiene dos características diferenciales de la mayor importancia.


Una de ellas es el predominio del “sentido” sobre el “significado”. El “significado” alude a la significación consensual de las palabras. El sentido, en cambio, alude al conjunto de significaciones que determinadas palabras han adquirido en la historia personal de cada quien. Así, la palabra “rubia” significa, según el diccionario de la Real Academia Española  “adj. Dicho especialmente del cabello: De color parecido al del oro. Se dice también de la persona que lo tiene”. Un paciente comentaba que para él este término hacía referencia a la mujer que amaba y, más aún, a un sobrenombre con el que la llamaba otro hombre con el que salió un tiempo, estando ya en pareja con él. Por esta razón, cada vez que escuchaba esta expresión nuestro sujeto no podía dejar de experimentar un sentimiento de malestar, sin que se relatase a sí mismo, en cada ocasión, la penosa historia que ya conocía y que permanecía en cada caso implícita. 


Otra característica muy importante en el nivel semántico es la “condensación”. Cuando hemos leído una novela que nos impactó mucho, el mero recuerdo de su título nos presentifica su tema y su sentido de un modo global, y nos conmueve o nos produce determinado efecto sin necesidad de que repasemos mentalmente, o verbalicemos todo su desarrollo. Así ocurre con muchos de los términos del habla interna: una sola palabra, el fragmento de una frase, contiene un enorme caudal de significaciones para nosotros mismos. De este modo, con pocos y breves elementos podemos pensar en una gran cantidad de significaciones sin necesidad de desplegarlos de modo explícito en nuestro interior.


Podríamos decir entonces que los elementos con los que pensamos, pertenecientes al habla interna, son como esas anotaciones escuetas que hacemos en nuestra agenda (John-Steiner, 1997): si escribo en mi agenda, en el espacio del día lunes a las 9 hs., la palabra “¡mecánico!”, no tengo que aclarar para mí mismo en ella que, por ej., tengo que llevar el auto al mecánico porque tiene un ruido que me preocupa y cuyo origen y gravedad desconozco. Tampoco necesito explicitar que el signo de admiración se debe a que la semana anterior, cuando se lo llevé, me dijo que estaba con tanto trabajo que ni siquiera tenía lugar para que se lo dejara y que si no se lo llevaba a más tardar el lunes, no podría revisarlo y arreglármelo para el fin de semana siguiente, con lo que yo tendría que posponer mi viaje a la costa o arriesgarme a viajar intranquilo, etc., etc.


De modo análogo a lo que sucede en este ejemplo, en el pensar interior puedo presentificarme una enorme cantidad de pensamientos con dos o tres palabras, o con el fragmento de una frase.


Sintetizando, podemos decir que lo que caracteriza al formato del habla interna es la sintaxis abreviada o predicativa, la fonética abreviada y la semántica que privilegia el sentido por sobre el significado y en la que predomina la condensación. El habla interna es, por tanto, habla abreviada, muy diferente del habla oral o escrita.


Estas conclusiones de Vygotsky fueron obtenidas por él mediante la renuncia explícita a los métodos subjetivos basados en la autoobservación, en su pretensión de crear una psicología objetiva y científica (Wertsch, 1985). La metodología que utilizó se basó en observaciones del desarrollo del “habla egocéntrica” de los niños, hasta su desaparición y transformación en habla para sí mismo. No obstante la riqueza de sus conclusiones, considero que es posible complementar sus hallazgos con los resultados obtenidos con los métodos introspectivos por él cuestionados, los cuales, en los últimos años, han recibido un interesante respaldo experimental (Hulburt, Heavey, 2004).


Sistema simbólico no verbal – Las imágenes y el pensamiento visual


a) Si tenemos en cuenta los aportes de la investigación clínica podemos hacer referencia a los hallazgos de los terapeutas cognitivos, quienes han recolectado una enorme cantidad de autoobservaciones, propias y de pacientes, de esta habla para sí mismo, y han llegado a conclusiones muy similares a las de Vygotsky en lo que tiene que ver con lo escueto, abreviado y condensado del pensamiento en comparación con la emisión de habla o la escritura. Pero, además, han detectado otra característica que, por fuerza, debía escapar a la metodología utilizada por el autor ruso, consistente en que este pensar interior es, en una medida considerable, pensar en imágenes, o acompañado de imágenes (Beck, 1995).


Por su parte, la investigación experimental ha estudiado con el mayor rigor las características de este pensar visual y las funciones que tiene en el marco de los procesos mentales. De este modo, diversos autores postulan que esta actividad de la imaginación constituye un importante componente en muchas formas de pensamiento, aún del pensamiento científico más abstracto (Paivio, 1979; Kosslyn, Koenig,  1992).


En lo que hace al pensar en imágenes, considero que en relación a las mismas rigen igualmente las consideraciones de Vygotsky: también en ellas prevalece el sentido sobre el significado (la imagen de un árbol que, dibujada, sería sólo un jacarandá para cualquier persona, en nuestra mente puede significar ese árbol bajo el cual ocurrió un suceso que cambió nuestra vida) y rige el recurso a la condensación (la imagen de una playa puede contener en sí todo un fragmento de nuestra historia e incluir una enorme cantidad de eventos y significaciones). También aquí es evidente que cuando tenemos esas imágenes in mente no aclaramos para nosotros mismos lo que significan, de modo tal que en una sola imagen podemos presentificarnos un complejo mundo de significados sin necesidad de desplegarlos o relatárnoslos.


La observación muestra, de igual modo, que es muy habitual que estas imágenes aparezcan sólo fragmentariamente en nuestra mente, o de modo parcial, o fugaz. Así, para una paciente, la imagen fugitiva de los ojos severos de su madre contenía una serie de connotaciones y referencias a múltiples situaciones de su historia, a la vez que le producía una intensa angustia y una fuerte inhibición de su acción y pensamiento.


Una formación particularmente importante de este pensar visual son los sueños diurnos o fantasías, en los que se despliega habitualmente un argumento en el que el protagonista sufre las más diversas peripecias y que pueden ser considerados como expresión de un pensar espontáneo, involuntario, distinto de aquel otro, intencional y propositivo que tiende a la resolución de los diversos problemas y tareas que la adaptación a la realidad nos plantea (Freud, 1911).


Estos sueños diurnos son predominantemente visuales, si bien suelen estar integrados, también, por elementos verbales. La proporción de unos y otros es variable, y así, en un extremo tenemos aquellos en los que el elemento verbal tiene un rol muy subordinado, mientras que, en el extremo opuesto, el elemento visual es menor y cumple el mismo rol que la ilustración de un texto escrito. Entre uno y otro polo encontramos toda clase de formaciones intermedias (Varendonck, 1921).


En el pensar interior, tanto las imágenes como las palabras que lo encarnan, pueden quedar meramente aludidas, tal como consigna Freud que ocurre en ciertas ocasiones con las fantasías. En La interpretación de los sueños, Freud se ocupa del tema de los sueños extensos que transcurren en períodos de tiempo breve, y allí refiere: “Cuando se atacan un par de compases y alguien, como en el Don Juan, dice: “son las Bodas de Fígaro de Mozart” en mí bulle al unísono un tropel de recuerdos, ninguno de los cuales puede, un instante después, elevarse a la conciencia.  Esa clave actúa como la avanzada desde la cual una totalidad se pone en movimiento a un mismo tiempo” (Freud, 1900, TV, p. 493). Esta totalidad es la de fantasías ya listas que son tocadas o aludidas por algún estímulo, con lo cual se activan en su totalidad.


Conjeturo que de igual modo procede el pensamiento: un “compás” inicial de una serie de pensamientos previamente organizados en un guión determinado, compás consistente en una imagen fugitiva o parcial, o en una sola palabra, activa la totalidad de dichos pensamientos, de modo simultáneo. Accedemos así a la intelección de los mismos, de modo intuitivo y global, sin que nos sea necesario repasar mentalmente, una vez más, el detalle de esas cadenas de pensamientos.


b) Si consideramos ahora algunos aspectos formales de las representaciones, podemos consignar que en ellas encontramos diferencias significativas referidas al grado de configuración, nitidez, integridad o completud y organización de las mismas.


Por diferencias en la configuración me refiero a que es variable lo definido de la forma de los pensamientos, tanto verbales como en imágenes. O sea, no todas las representaciones tienen contornos netos y definidos, que las hagan “claras y distintas”,  sino que hay pensamientos vagos, confusos, e imágenes informes y poco claras.


En lo que hace a la intensidad, también encontramos grandes diferencias. En un extremo tendríamos los pensamientos hiperintensos y las imágenes hipernítidas, como las imágenes eidéticas. En el otro extremo, ubicamos aquellas imágenes y expresiones muy tenues, apenas perceptibles, que surcan de modo fugaz y casi inadvertido nuestro escenario mental.


En lo que hace a la integridad o completud, también vemos diferencias entre aquellas representaciones que se presentan completas y otras que lo hacen en forma fragmentaria, consistiendo en sólo un trozo de una frase, o en una porción de imagen.


Por último, en lo que hace al grado de organización también vemos grandes variaciones, y así, en un extremo, encontramos procesos de pensamiento altamente estructurados, ordenados y organizados, y, en el otro, procesos sumamente desorganizados y caóticos.


Desearía agregar ahora que si tomamos en conjunto estos distintos tipos de representaciones que hemos caracterizado por separado y las variedades en los aspectos formales de las mismas que acabamos de mencionar, advertimos que en la realidad de los hechos de nuestro suceder psíquico se combinan todas ellas de modos diversos.


De este modo, notamos que en nuestro interior tiene lugar habitualmente, junto a series de pensamientos estructurados como el habla sin sonido, una sucesión de  elementos escuetos, abreviados, de retazos de elementos (imágenes o palabras) que albergan un sentido amplio y tal vez complejo, pero que se presenta en ellos de modo global, como una totalidad cuyos elementos no están desplegados y diferenciados, y cuya comprensión solemos alcanzar de un modo global e intuitivo. Podríamos sintetizar estas consideraciones, sobre el formato de las representaciones en el interior de la mente, en el siguiente gráfico:



 


Cambio en el formato de los contenidos mentales debido a su puesta en palabras


Podemos ahora volver a nuestro problema inicial y preguntarnos cuáles son las modificaciones que tienen lugar en el formato que poseen los procesos internos por el hecho de expresarlos en palabras.


Nos preguntamos, entonces, por cuál es el procesamiento que realiza en ellos el hecho de verbalizarlos, procesamiento al que también se refiere Vygotsky, aunque no lo estudia en detalle:


“Es evidente que la transición del habla interna al habla externa no es una simple traducción de un lenguaje a otro. No se puede alcanzar por la mera vocalización del habla silenciosa. Es un proceso dinámico y complejo, que implica la transformación de la estructura idiomática y predicativa del habla interna en habla articulada sintácticamente e inteligible para los demás” [subrayados agregados] (Vygotsky, 1934, p. 224).


Deseo, entonces, proponer algunas reflexiones sobre esta transformación del habla interna -en el sentido amplio que he caracterizado con anterioridad, que incluye no sólo lo verbal- en habla externa, aclarando primero que, así como los fenómenos internos son múltiples y variados, también lo son las distintas operaciones que este procesamiento lleva a cabo en ellos.


Distingo, en principio, las siguientes operaciones:


Configuración, despliegue, delimitación en unidades diferenciadas y nombradas, organización de acuerdo a leyes, escenas, historias, transposición de las imágenes en palabras. Lo habitual es que varias de estas operaciones actúen simultáneamente, en forma conjunta. Como resultado de su accionar observamos un incremento en el mentalizar, entendido como acrecentamiento del pensar y la comprensión, de la identificación y diferenciación de las emociones, del distanciamiento y la regulación emocional.


1) Configuración


Se refiere a la forma que la verbalización imprime a ciertos elementos mentales que no tienen una forma definida, neta, sino que son informes, difusos, vagos. La emisión de habla, mediante el uso de elementos verbales de significación delimitada, da forma a los elementos que carecen de ella, con lo cual se incrementa la comprensión y el control sobre los propios pensamientos, así como la toma de distancia respecto de los mismos.


a) Pensamientos informes:


Muchas veces surgen en nuestro interior pensamientos que no tienen una forma neta, que se caracterizan por su vaguedad o indefinición, de cuyo sentido nos damos cuenta parcialmente, de modo poco claro. El ponerlos en palabras favorece una conformación más adecuada de los mismos, lo que trae aparejada una mayor claridad en el pensar. Lo que posibilita esta transformación es el enlace de estos pensamientos con símbolos verbales, cuya significación es acotada y, por ende, relativamente precisa, por más que incluya connotaciones varias, dobles sentidos, etc. Las palabras imprimen una forma y significado definidos a estos pensamientos, con lo cual pierden la vaguedad que tenían previamente.


En relación a este punto, Marion Milner escribe: “Si la idea tenía lugar al comienzo, como era habitual, en un vago estado sin forma, como un panorama de posibilidades--- medio vislumbrado, la aferraba y la traducía en palabras, y persistía en mi mente hasta que yo sentía que había formulado la idea todo lo que podía” [cursivas agregadas] (Field, 1936, p. 137). Esta observación de Milner es interesante. La autora subraya en su libro (firmado con el seudónimo de Joanna Field) que muchas veces las ideas surgían en su interior de ese modo: “en un vago estado sin forma”. Por esta razón, la plena comprensión de las mismas no era posible, ya que su significado también era vago y difuso. Para formular cabalmente tales ideas debía traducirlas en palabras, tras lo cual la idea adquiría un significado neto y una forma definida, y la comprensión de la misma era mayor. Milner subraya también que este dar forma no sólo favorecía el entender, sino también el poder, el control y la toma de distancia respecto de los propios pensamientos y sus efectos. En este sentido dice que las palabras, los dibujos y todos los símbolos le ayudaban a dar una forma concreta al pensamiento, a partir de la cual se podía argumentar, se lo podía testear y comparar. “Cuando no tenía esta forma concreta, estaba tan sumergida en él que mi pensamiento no podía verse a sí mismo, a raíz de lo cual no podía controlarlo en modo alguno” [cursivas agregadas] (Ibíd., p. 136). Agrega que este dar forma a través de un símbolo tornaba posible externalizar el pensamiento y mirarlo, con lo que éste dejaba de incidir negativamente en su estado anímico (Ibíd.).


Vemos entonces que mediante la puesta en palabras es posible dar forma al pensamiento cuando carece de ella (mentalizar en el sentido 1), lo que -a su vez- permite la puesta en juego de distintos procesos mentales incluidos en el mentalizar explícito (mentalizar en los sentidos 2 y 3), entre los que encontramos: a) dirigir la atención hacia dicho pensamiento, focalizarlo e identificarlo con mayor nitidez. b) pensar con más claridad a partir de esta reorientación atencional, c) tomar distancia respecto de los propios pensamientos y, en este acto, d) controlar sus efectos sobre la vida afectiva (incremento de la regulación emocional).


b) Experiencia emocional informe: Otras veces es la experiencia emocional la que es informe, difusa, poco clara y poco definida en su matiz afectivo, en sus cualidades y características.


El dar forma a la experiencia emocional se logra -antes de la adquisición del lenguaje- a través de la conjunción de la experiencia sensorial y la experiencia afectiva en el seno de la relación originaria de apego (Pistiner de Cortiñas, 1999; Fonagy et al., 2002). La primera sirve para dar figurabilidad (forma) a la segunda, gracias a lo cual puede ser más claramente identificada y articulada con otros elementos de la experiencia interna y externa.


Posteriormente, la vida de las emociones conservará siempre este lazo privilegiado con el reino de las representaciones no verbales, aunque finalmente entre en contacto con las palabras, lo que elevará su grado de complejidad y elaboración, le permitirá entrar a formar parte de unidades representacionales más complejas (fantasías, sueños, mitos, relatos, etc.) y la volverá disponible para ser pensada y almacenada en una forma comunicable (Bucci, 1997; Fonagy et al., 2002).


En la situación clínica, la traducción de la experiencia emocional en palabras constituye una de las vías más pertinentes para dar forma a esta experiencia (mentalizar en el sentido 1), lo que permite su mejor identificación (tal como ilustra Allen en el epígrafe: “Usted puede comenzar sintiendo un vago “disgusto” y, en el curso de la conversación, llegar a reconocer que se siente herido, avergonzado y resentido), facilitando con ello la regulación y estabilización de la misma (mentalización en los sentidos 2 y 3).


Podríamos ilustrar esta idea con el caso de una paciente de 40 años, a la que llamaremos Silvia, quien relata que tiene frecuentes peleas con su esposo. En el curso de las mismas, que tienen lugar por las noches, suele suceder que él interrumpe la discusión, se da vuelta y se pone a dormir, lo cual desencadena fuerte angustia en la paciente. Silvia relata que esta actitud la sume en un estado de intenso malestar y que no puede conciliar el sueño. Refiere sensaciones como de caída, que son difíciles de aprehender, expresar y relatar varios días después de que la situación ha pasado y en un contexto -el de la sesión- en el que su estado mental es muy diferente al que tenía cuando se sentía tan mal.


Un día refiere una nueva pelea. Cuando el marido se dio vuelta y se durmió, ella, una vez más, sintió que estaba desesperada y que tenía la sensación como que el borde de la cama era el de un abismo en el que se podía caer. En esos momentos se sentía como un bebé. Finalmente, decidió levantarse y ponerse a escribir, como venía haciendo últimamente en otras situaciones difíciles de su cotidianeidad.


Le surgió el siguiente texto:


Otra vez el vacío, el desierto del alma/ parecía haberse ido, pero no,/ ahora retorna, no tanto con fuerza,/ más en toda su profundidad.


Cada tanto me asomo a este agujero,/ que es un encuentro con la nada,/ que me da la sensación de tierra arrasada,/ que yace seca, inerte;


esa parte mía hambrienta, necesitada,/ que cuando aparece no se arregla por sí misma;/ necesita del otro.


¡ay! ese resto de ausencia que vive conmigo,/ si fuera posible me lo arrancaría,/ pero no se puede,/ lo llevo aunque no quiera,/ esa marca de melancolía, tristeza, ausencia,/ que llevo conmigo a todas partes/ y me hace ser como soy.


En este escrito la paciente ha podido nombrar su parte “hambrienta, necesitada, que...no se arregla por sí misma” y también el sentimiento que se le desencadena cuando su marido, del que depende fuertemente, se da vuelta y le da la espalda, poniéndose a dormir. Silvia da forma a este sentimiento con las metáforas de “vacío” “agujero” “nada” “desierto del alma” “tierra arrasada, seca, inerte” “ausencia”. Lo significativo del hecho para nuestro tema es que, luego de leer este fragmento en la sesión, la paciente comentó que: “al escribirlo fue como que le pude dar una forma que hizo que el sentimiento se acomode adentro”. En efecto, luego de escribirlo se pudo dormir, ya mucho más tranquila. Agregó que otro aspecto importante del haberlo puesto por escrito fue que al escribirlo podía hacer algo, activamente, con ese sentimiento, en vez de simplemente padecerlo.


También en este caso podríamos decir que por medio del dar forma al sentimiento a través de su traducción en palabras (en este caso mediante la escritura), podemos identificarlo y entenderlo mejor, lo podemos pensar, dirigimos la atención hacia él y nos diferenciamos del mismo, con lo cual se incrementa el control y la regulación de la experiencia afectiva. Como dice la paciente, el sentimiento “se acomoda adentro”.


2) Despliegue. Una experiencia personal:


Consiste en la explicitación, en palabras, frases y/o relatos de un pensamiento que se halla implícito o condensado en el representar interior. En esta explicitación los diversos pensamientos que se despliegan se organizan en unidades semánticamente diferenciadas (las palabras) y se articulan sintáctica y lógicamente.


Esta operación que realiza el poner en palabras posee la mayor importancia, habida cuenta del carácter abreviado de las representaciones en el interior de la mente, sea que se trate de los elementos condensados del habla interna, o de esas palabras y frases en las que predomina el sentido sobre el significado, sea que se trate de imágenes con iguales características, sea que estén en juego imágenes o pensamientos incompletos o apenas aludidos.


Para ilustrar esta operación mediante un ejemplo, utilizo una breve anotación personal que realicé a partir de dos pensamientos, cuyas características pude registrar con claridad y consignar en el momento mismo en que los detecté. Realizo previamente dos aclaraciones para que se comprendan con mayor claridad los pensamientos consignados:


1)    El día previo a mi anotación, me había encontrado con Fabián, psicoanalista amigo, a quien le había referido algunas de las ideas que estaba desarrollando en un seminario sobre la articulación entre psicoanálisis y cognitivismo. Con posterioridad en nuestra charla, nos extendimos sobre otros temas y no volvimos a mencionar este punto.


2)    En lo que escribo, hago referencia a X [institución psicoanalítica] en la que yo había presentado un trabajo sobre el diario de autoexploración (Lanza Castelli, 2004) que recibió una serie de críticas desde una postura que consideré “ortodoxa”. Por mi parte, evalué dicha postura como cerrada y retrógada, como suelen serlo, según mi opinión personal, todas las ortodoxias.


Transcribo, entonces, la breve anotación y a continuación, de una manera ampliada, la descripción que hice de los pensamientos que me surgieron mientras escribía y que consigné en su momento.


Posteriormente hago una comparación entre los pensamientos, tal como aparecieron en mi mente y su transposición en escritura:


“Me encontré con Fabián, le conté lo que estoy dando en el seminario sobre psicoanálisis y cognitivismo. En un momento me cuestionó algo sin entender bien… me acuerdo de la frase que comentó la vez pasada Roberto, que decía Allport “qué difícil es modificar los prejuicios a pesar de las evidencias e investigaciones en contra” … pienso ahora en la gente de X cuando me hicieron el comentario sobre mi trabajo. Me llamó la atención lo cerrados y ortodoxos que eran y que también criticaron sin entender….”


[siguen a continuación pensamientos sobre ésta y otras conversaciones con Fabián, que dejo sin referir aquí. Mientras escribo lo arriba consignado, advierto que tildo a mi amigo de prejuicioso y que hago una equiparación entre su persona y la gente de X. También recuerdo (y revivo parcialmente) un cierto enojo, que registré de un modo fugaz cuando hizo ese comentario, y que olvidé posteriormente]


Cuando estaba escribiendo que Fabián “...me cuestionó algo sin entender bien…” surgió en mi mente el pensamiento sobre la frase de Allport, que en él quedó meramente aludida. En realidad, el pensamiento era una especie de idea vaga que no incluía ni el nombre de Allport ni el texto de la frase que luego escribí. Era una alusión en la que yo sabía, de modo global e intuitivo, de qué se trataba. No tenía forma verbal, era como una imagen vaga, un pensamiento no traducido en palabras que incluía también una sensación del sentido de ese pensamiento, algo como una sensación de dureza (la rigidez mental de mi amigo). Si fuese a traducir ese pensamiento, en su forma original, en palabras, a los efectos de transmitirlo de algún modo, sonaría como “Fabián-duro-modificar”. La segunda parte de la frase “…a pesar de las evidencias e investigaciones en contra” no aparecía de modo explícito en mi pensamiento, si bien su sentido estaba presente en él.


El pensamiento que en el interior de mi mente queda meramente aludido, si bien me entrega su significado de modo intuitivo e instantáneo, se despliega en la escritura de un modo mucho más elaborado y complejo, e incluye las ideas de “evidencia” e “investigaciones” que no se hallaban en mi mente de modo explícito.


La palabra “prejuicios”, de la segunda frase, me trajo la imagen visual fragmentaria, apenas esbozada o esquemática, de la gente de X, en una actitud tensa, cerrada, tal como estaban el día en que comentaron críticamente mi trabajo. El sentido, en mi mente, de este pensamiento en imágenes era el de cerrazón y el de no entender; no aparecía, en cambio -de modo explícito-, la idea de “ortodoxia”, que sólo surgió en el momento en que escribía.


Nos podemos interrogar acerca de por qué cuando estaba escribiendo “...me cuestionó algo sin entender bien…” surgió el pensamiento sobre la frase de Allport y, posteriormente, el pensamiento sobre X. Entiendo que la razón es que ambos expresan -de modo indirecto- una crítica hacia mi amigo, que no aparece en la frase con la que comienzo. El primer pensamiento lo tilda de prejuicioso, el segundo de cerrado y ortodoxo. Esta crítica podría ser formulada de la siguiente manera: “qué prejuicioso es Fabián, que difícil es que modifique sus prejuicios y entienda lo que le digo. Me enoja su actitud cerrada. Es igual que la gente de X, que criticó desde la ortodoxia”.


El no haberle expresado este cuestionamiento a mi amigo en su momento, fue lo que hizo que permaneciera vigente en mi interior y que se abriera paso a través de la escritura. Cabe agregar que estos pensamientos se me hicieron más claros en la medida en que me puse a escribir y que fue en el curso de esta acción que recordé y reviví el enojo que había sentido hacia él. Estas acciones psíquicas (identificar con mayor claridad los pensamientos, recordar, revivir el afecto) muestran un incremento en el mentalizar, promovido por el poner en palabras.


Pero lo sustantivo de este ejemplo para nuestro tema es la comparación entre dos formatos: el que tenían estos pensamientos dentro de mi mente y el que adquirieron después, al ponerlos en palabras. Se observa con claridad que la escritura produjo una operación cuádruple: por un lado, realizó un despliegue de los elementos contenidos en el pensar interior, pero no explicitados en él (por ejemplo, la frase de Allport, las ideas de “evidencia”  “investigaciones”  “ortodoxia”, etc.). Por otro, realizó una configuración, un dar forma precisa a pensamientos que carecían de ella, como se advierte comparando la forma vaga que tenia el pensamiento en mi interior y el formato que adquirió en la segunda frase (recuerdo de la frase de Allport). Igualmente, transpuso en palabras un pensamiento en imagen (el de la escena en X) y otro que consistía más bien en una sensación. Este transponer en palabras se acompañó de una organización de las mismas, acorde a leyes semánticas, sintácticas y lógicas.


Cuando comencé a escribir, tenía un recuerdo global de la conversación del día anterior. Recién cuando puse por escrito “...me cuestionó algo sin entender bien…”, surgió el pensamiento que aludía a la frase de Allport, y fue gracias al despliegue de esta frase, producido por la escritura, que apareció la palabra “prejuicios” que, a su vez, activó el recuerdo de la escena en X. Con esto quiero hacer referencia al hecho de que es el despliegue que produce la puesta en palabras el que favorece la formación de cadenas asociativas que no se hallan previamente presentes en la mente de modo explícito. Como sabemos, mediante estas cadenas asociativas (asociación libre) se facilita el acceso a los derivados de lo inconsciente reprimido (Freud, 1900).


3) Delimitación en unidades diferenciadas y nombradas:


Cada palabra, en tanto está compuesta por un número restringido de semas (Ducrot, Todorov, 1972), tiene un significado acotado, por más que posea dobles sentidos y connotaciones múltiples. Podemos diferenciar aquí dos aspectos: por un lado, que ese contenido semántico es restringido e identificable; por otro, que es diferenciable del de cualquiera de las otras unidades (palabras).


De este modo, cuando el pensar interior se transpone en verbalización, sea que se trate de un pensar informe, o global, o incompleto, o fugaz, queda delimitado en cada una de las palabras en las que se expresa y, más allá de ellas, en la frase o narración que las articula.


Por este motivo, esta operación de delimitación en unidades diferenciadas y nombradas actúa siempre que se ponen en juego las operaciones de configuración y de despliegue. En efecto, cuando un pensamiento vago o informe, se transpone en palabras y logra, por tanto, adquirir una forma neta (configuración) podemos decir que, a la vez, se produce una denominación y una delimitación del mismo en unidades semánticas de significado acotado.


De igual modo, cuando se produce el despliegue de un pensamiento global o incompleto, las palabras en las que se vuelca también lo delimitan y lo nombran [tal como fue señalado anteriormente].


No obstante, esta operación de delimitación en unidades diferenciadas y nombradas puede operar por sí misma en el caso de pensamientos (o vivencias) fugaces, sutiles, tenues, que tienen una forma definida y no son ni globales ni incompletos. Estos pensamientos suelen ser difícilmente aprehensibles, dadas estas características, ya que habitualmente pasan desapercibidos en la medida en que sobre ellos no recae la atención.


Cuando los ponemos en palabras, en la medida en que la experiencia interior queda, de este modo, nombrada, rotulada, diferenciada, delimitada, la atención recae sobre ella de modo más pleno, ya que “el lenguaje es un medio central de dirigir la atención”  (Bucci, 1999, p.7).


En el caso de los pensamientos fugaces, sutiles, poco netos, que pasan por nuestra mente a veces al modo de flashes, su traducción en palabras resulta doblemente útil: por un lado, puesto que éstas los delimitan, nombran, corporizan, y los vuelven con ello más visibles y netos de lo que eran en el interior de la mente; por otro, porque sobre ellos recae ahora la atención.


De este modo, dichos pensamientos pueden ser mejor aprehendidos debido a que, gracias al poner en palabras resaltan más y se los puede identificar mejor, y esto hace que se pueda pensar más adecuadamente sobre los mismos.


Una paciente, escribe en su diario sobre estos pensamientos y los describe así: “...son como luciérnagas que se prenden en la noche, y que de no escribirlas, se apagan enseguida”.


En lo que hace al hecho del nombrar en relación a los afectos, Lieberman y sus colegas, en una serie de interesantes estudios sobre el efecto que produce la denominación de la vida emocional, propusieron a un grupo de sujetos que mirasen dos imágenes. La primera de ellas representaba una cara expresando una emoción negativa, que los participantes debían contemplar sin expresarse. La segunda contenía igualmente un rostro que expresaba una emoción negativa, que los sujetos debían poner en palabras.


Durante estas experiencias se hacía un estudio por neuroimágenes del cerebro de los participantes. 


Las imágenes mostraron que en el primer caso, se producía una activación de la amígdala (región que tiene un rol importante en asignar significado emocional a los estímulos percibidos) y de las regiones límbicas asociadas, mientras que en el segundo caso la activación de la corteza prefrontal ventrolateral derecha (región asociada con el procesamiento simbólico de la información emocional) amortiguaba la activación de la amígdala, por lo que correlacionaba con una disminución de la activación de esta última (Lieberman et al., 2007).


Los autores concluyen: “Los resultados de este estudio proveen la primera demostración clara de que la denominación del afecto amortigua la respuesta afectiva que hubiera ocurrido si no en el sistema límbico, en presencia de imágenes emocionalmente negativas” (Ibid, p. 426).


Esta es, por tanto, otra de las vías por las que el poner en palabras ayuda a la regulación emocional (entendida como un aspecto de la mentalización de la emoción).


4) Organización: 


Muchas veces, determinadas situaciones traumáticas o conmocionantes, sumen a quien las padece en una confusión de la que no sabe cómo salir. Trata de pensar en alguna alternativa, pero la índole misma del malestar que lo embarga se lo impide. En estos casos el recurso a la puesta en palabras permite crear una organización en esas vivencias más o menos caóticas, que será tanto mayor cuanto más se reitere dicha operación.


James Pennebaker da un ejemplo interesante de la organización de una vivencia conmocionante (no displacentera) merced a su relato reiterado. Consigna que después de tener su primer hijo, él y su esposa hablaron con excitación de dicho acontecimiento con parientes y amigos. A medida que reiteraban el relato, notó que lo que al principio era una amalgama de visiones, sonidos, emociones y pensamientos, tanto en sus mentes como en la forma en que hablaban de ello, “se fue convirtiendo en una historia con un comienzo y un final claros, y ésta a su vez fue haciéndose más corta y concisa” (1990, p. 97).


En las investigaciones llevadas a cabo por este autor con voluntarios a quienes les pedía que escribieran durante varios días seguidos, 20 minutos por día, sobre el mismo acontecimiento traumático que habían padecido, observó lo siguiente: la primera vez que describían el suceso y lo que en él les había ocurrido, se mezclaban en su descripción los distintos aspectos del hecho (acontecimientos, actos, imágenes, sonidos, etc.) con las  emociones y pensamientos surgidos en él, de un modo poco coherente y desordenado. Pero a medida que volvían sobre el acontecimiento y lo ponían nuevamente por escrito, iban desarrollando una historia que tenía, cada vez más, una secuencia ordenada, un comienzo, un desarrollo y un final claramente delimitados. A la vez que iban organizando de este modo las múltiples facetas del hecho traumático, dejaban de lado en sus relatos los detalles poco relevantes de la situación y realzaban los rasgos centrales y más importantes de la misma. Simultáneamente, iban resumiendo la historia que se hacía, de ese modo, más breve y menos abrumadora. Los acontecimientos se organizaban en una narración resumida, tanto en el papel como en su mente (Ibid, pp. 97-98).


5) Transposición de las imágenes en palabras:


El pensar interior es siempre, en alguna medida, pensar en imágenes, las cuales tienen en común con las palabras el ser elementos discretos que poseen un valor simbólico en la medida en que representan a un objeto diferente de ellas mismas, así como un poder generativo en tanto a partir de las combinaciones de algunas de ellas se producen elementos y significaciones nuevas (Bucci, 1997).


En cuanto a los efectos que se producen al traducir en palabras el pensar en imágenes, podríamos decir que este último suele ser escueto y breve. Habitualmente, unas pocas imágenes encarnan un conjunto complejo de pensamientos, o toda una historia. Al pensar interior le alcanzan estos elementos escuetos para presentificar, de un modo global, toda una situación o relato que se encuentra íntegramente contenido -aunque de modo implícito- en unas pocas imágenes. Así, en el ejemplo citado más arriba (en B), de mis anotaciones en el diario a raíz de la conversación con mi amigo Fabián, la imagen visual fragmentaria, apenas esbozada o esquemática, de la gente de X, en una actitud tensa, cerrada, tal como estaban el día en que comentaron críticamente mi trabajo, presentificaba para mi pensar interior, por sí misma, toda la escena que ahí se desarrolló, incluyendo las actitudes cerradas y ortodoxas de los colegas de esa Institución y el malestar que ello me produjo. Todo ese significado se me hizo presente en ella, si bien de modo global, no desplegado y más bien implícito.


Al poner en palabras dichos pensamientos se produce un despliegue de los mismos en una serie de palabras y frases y, de este modo, se modifica su estado global inicial y se transforman en un conjunto de ideas mejor delimitadas y diferenciadas entre sí. Esta diferenciación permite la explicitación de matices y aspectos que no se hallaban presentes, de este modo, en el pensar interior, o que lo estaban sólo de modo implícito.


Asimismo, aunque no se trate de elementos escuetos y breves, sino de series de imágenes similares a los sueños diurnos, esta traducción conlleva la configuración del pensamiento de acuerdo a leyes semánticas y sintácticas, la explicitación más clara de las relaciones de causalidad y secuencia temporal, así como de diversas relaciones lógicas y procesos de razonamiento, difíciles de representar en la imaginería.


De este modo, se establecen nexos y articulaciones entre los pensamientos delimitados y diferenciados, con lo que se aclara y enriquece el pensar. A su vez, esta diferenciación de series de pensamientos promueve también la diferenciación de los diversos matices de sentimientos a ellos unidos y favorecen su mejor regulación (Lanza Castelli, 2006a). Todos estos procesos y rendimientos constituyen un incremento en el mentalizar (en los 3 sentidos).


Por otra parte, en tanto los afectos están ligados primariamente a las imágenes, ya que la forma inicial de la experiencia emocional se debe al enlace de la misma con los registros sensoriales (predominantemente visuales) -tal como fue señalado en A.2- en el interior de las relaciones de apego (Pistiner de Cortiñas, 1999; Fonagy et al., 2002), la vida de las emociones conserva siempre un lazo privilegiado con la imaginería visual.


No obstante, para una sofisticada regulación y procesamiento de las mismas resulta indispensable su traducción en palabras (Pennebaker, 1990; Bucci, 1997; Lieberman et al., 2007; Allen, Fonagy, Bateman, 2008).


Cambio en el continente de los contenidos mentales debido a su puesta en palabras:


Al poner en palabras el pensar interior, se produce una externalización del mismo, vale decir que su continente deja de ser la mente y pasa a ser el espacio intersubjetivo, o el espacio físico en el que se escribe. Este cambio de continente produce efectos que ya fueron notados por Theodor Reik: “Es un problema psicológico especial por qué las palabras que proferimos tienen otro efecto emocional sobre nosotros que las mismas palabras que solamente pensamos, pero es un hecho innegable que operan de manera diferente. Es como si al pronunciarlas, al decirlas consiguen ya una cierta externalización que las saca de la esfera de lo secreto. Las palabras que usted dice se le contraponen y le permiten conquistar una distancia emocional respecto de su contenido” (1956, p. 223).


También al poner por escrito se logra una externalización y una toma de distancia que favorece la mentalización, tal como ilustra el fragmento de un mail de una colega: 


“Estos días he estado escribiendo sobre cuestiones que me tenían a mal traer desde hace tiempo. Me ha ocurrido algo sensacional, porque al escribir pongo delante de mí la situación, la veo, la analizo; es como si realizara una intervención quirúrgica, sustrajera parte de un órgano y lo pusiera sobre una mesa para analizarlo; así, lo mismo, con cuestiones que yo llamo "del alma". Es un proceso en el que no he parado a excepción de algún día, que me ha permitido verme de otro modo, quizá en mi verdadera dimensión” [subrayados y cursivas agregados].


Resulta claro cómo la externalización favorece la toma de distancia y la activación de la posición metacognitiva mencionada en A).


Cambio en el estado de los contenidos mentales a raíz de su traducción verbal:


El estado habitual del pensar interior suele ser el de cierta evanescencia y el de un flujo permanente y cambiante, propios de la corriente del pensamiento (James, 1890). Mediante su proferencia en el habla o su expresión por escrito, dicho pensar se corporiza en la medida en que se liga con el significante sonoro o gráfico, de modo tal que se transforma en percepción (auditiva o visual, respectivamente).


En la situación clínica advertimos que al oírse hablar, el paciente puede incorporar por la vía auditiva aquello que surge de él mediante el poner en palabras (Liberman, 1979), lo que le ayuda a tomar mayor conciencia de lo que está diciendo y a enterarse mejor de su propio pensamiento (incremento en la mentalización en el sentido 2).


Así, una paciente a quien le pregunté por su familia en la 3ra entrevista, hizo un relato de algunas situaciones de su infancia y de sus relaciones con ambos padres y con la hermana. Al terminar la hora, le propuse que pusiera por escrito en la semana lo que consideraba que era lo más importante que había ocurrido en la entrevista, además de otros ítems que componen lo que he dado en llamar “diario de sesiones” (Lanza Castelli, 2008).


La paciente comenzó del siguiente modo su escrito:


Lo mas importante de la sesión para mi fue hablar un poco de la infancia, de la relación con mis viejos. Y rescaté la relación, que nunca había pensado hasta entonces, con mi hermana. El haber mencionado que con ella éramos UNA me sorprendió. Es que quizás ahora, ya con unos cuantos años más, veo a la distancia y me doy cuenta de lo importante que fuimos la una para la otra, y lo seguimos siendo[subrayados y cursivas agregados].


Es significativo que por el hecho de poner en palabras algunas escenas de su infancia a partir de una pregunta que le hiciera, la paciente pudo conectarse mejor con la importancia que tuvo en su vida la relación con la hermana, algo en lo que nunca antes había pensado. Es interesante que en su texto mencionara la sorpresa que tuvo al decir que eran “UNA”, cosa de la que parece haberse enterado en el momento del poner en palabras y oírse hablar. 


Podríamos esquematizar todo lo desarrollado previamente en el siguiente gráfico, que sintetiza las operaciones mencionadas -propias del poner en palabras- e ilustra cómo el mentalizar en el sentido de proceso transformador favorece el mentalizar entendido en el sentido de proceso atencional/cognitivo y regulador, tal como ha sido señalado en más de una oportunidad a lo largo del presente trabajo.




Consideraciones finales


En este trabajo he dejado de lado la dimensión catártica del poner en palabras, así como su relación con la representación-cosa y el sistema Inc., las que han sido objeto de múltiples estudios (Cf. entre otros, Maldavsky, 1977; Forrester, 1980; Etchegoyen, 1986). También he dejado sin considerar el contexto intersubjetivo en el que se despliega el verbalizar, así como aquellas intervenciones del profesional que lo promueven o inhiben. Estas omisiones se deben no sólo a razones de espacio, sino al interés por aislar una variable (el procesamiento que el poner en palabras realiza del vivenciar consciente y preconsciente: mentalizar en el sentido 1) y estudiar sus incidencias en el mentalizar en los sentidos 2 y 3.


Si he logrado mi propósito, tal vez haya contribuido a aclarar la contribución que el poner en palabras realiza al incremento en el desempeño mentalizador del paciente, entendido como un objetivo común a las diversas formas de psicoterapia (Allen, Fonagy, Bateman, 2008).


 


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