Mecanismos psíquicos implicados en la tolerancia de las mujeres al maltrato. Un enfoque de subtipos de mujeres maltratadas

Publicado en la revista nº037

Autor: Díaz-Benjumea, María Dolores J.

[Trabajo basado en la ponencia presentada en el I Congreso para el Estudio de la Violencia contra las Mujeres, celebrado en Sevilla en Noviembre de 2010.]


Resumen: Se plantean dos cuestiones controvertidas en el problema del mantenimiento de las mujeres en relaciones de violencia de género: la existencia o no de un trastorno previo al maltrato, y la teoría de una tendencia autodestructiva o masoquismo en la mujer. Con el apoyo de tres ilustraciones clínicas, se proponen diversos factores implicados en el mantenimiento de las mujeres en relaciones de violencia de género,  se describen algunos de los mecanismos psíquicos que sustentan la tolerancia al maltrato y en base a ellos, se propone una clasificación de las mujeres maltratadas en subtipos, con el objeto de evitar la homogenización de un cuadro que aunque presente síntomas similares puede ser clasificados en subgrupos que reflejen diferentes dinámicas internas causales de los síntomas.  


En el campo de la violencia de género hay actualmente cuestiones que son, cuanto menos, controvertidas. Y lo son con mucha razón, puesto que son cuestiones que han generado respuestas guiadas por motivos claramente ideológicos, que han llevado a posicionamientos sesgados, a visiones reduccionistas, cuando no claramente falsas, que en lugar de aportar clarificación y la consiguiente actuación eficaz sobre el problema de la violencia de género, han contribuido a perpetuar dicha violencia. La reacción, por tanto ha sido fuerte en cuanto a las posturas contrarias, y también en cuanto al efecto tabú que parece imperar en los profesionales que trabajan en este campo sobre poner encima de la mesa estas cuestiones.


Sin embargo, en los terrenos teórico y clínico, que son terrenos científicos, los tabúes no hacen ningún bien sino todo lo contrario. Limitan la investigación, ponen coto a la profundización en el saber, y con esto al desarrollo de abordajes eficaces sea cual sea el contexto en el que se trabaje.  


Lo importante sobre las preguntas es, en primer lugar, poder plantearlas y en segundo lugar formularlas de una manera abierta, que no conlleve respuestas prefijadas y que no dificulte la exploración del tema en toda su complejidad, que es mucha. Pensando en ello, he formulado como sigue las dos cuestiones controvertidas sobre las que trataré en este trabajo:



1-    ¿Existe un tipo de personalidad, o un trastorno psíquico previo a la experiencia de maltrato, que genere en algunas mujeres mayor riesgo de quedar atrapadas en relaciones de violencia?


2-    La resistencia a dejar la relación incluso teniendo ayuda, y la sucesión en el ciclo vital de relaciones de maltrato, ¿podrían estar basados en fenómenos que apoyarían la tesis de autodestructividad en la mujer, o incluso del llamado “masoquismo” femenino?


No creo necesario extenderme en la explicación sobre por qué estas preguntas causan controversia, hay razones que pesan. Décadas de interpretaciones sesgadas, ideológicas, claramente sexistas, han impregnado las creencias sociales así como las teorías clínicas, viendo a la mujer como provocadora de la violencia, y aun peor, como deseosa del maltrato, con la consecuencia de diluir la responsabilidad moral entre los dos miembros de la pareja, cuando no la de inculpar a la propia mujer de la violencia recibida.


Sin embargo, sí es necesario explicar por qué necesitan ser planteadas estas preguntas. Y la mejor manera que encuentro de argumentarlo es acudir directamente a la afirmación de Bordieu (2007), quién, contra la tendencia a rehuir del análisis de la sumisión para evitar que se transmita la responsabilidad de la relación de dominación desde los hombres hacia las mujeres, sostiene: “En realidad, contra la tentación, aparentemente generosa, a la que han sacrificado tantas cosas los movimientos subversivos, de ofrecer una representación idealizada de los oprimidos y de los estigmatizados en nombre de la simpatía, de la solidaridad y de la indagación moral y de no señalar los propios efectos de la dominación, especialmente los más negativos, hay que asumir el riesgo de parecer que se justifica el orden establecido desvelando las propiedades por las cuales los dominados (mujeres, obreros, etc.) tal como la dominación los ha hecho, pueden contribuir a su propia dominación” (p.138).  


Efectivamente, estoy convencida de que ante una versión (social, clínica) imperante caracterizada por su ideologización y consiguiente reduccionismo, nunca ayudará una contraargumentación a su vez sesgada e ideologizada. Todo lo contrario, las respuestas que incorporan y afinan perspectivas, más que sustituirlas, en definitiva que nos permiten aprehender la complejidad del fenómeno, son el mejor antídoto contra las falacias del reduccionismo, sea éste bien o mal intencionado, y constituyen a su vez la única manera de avanzar en el conocimiento. Las cuestiones complejas merecen respuestas complejas.  


Un enfoque de subtipos de mujeres maltratadas


Antes de acudir a datos empíricos en los que fundamentar las respuestas, haré algunas consideraciones previas. En primer lugar, cuando hablamos de las mujeres que quedan atrapadas en relaciones de violencia, no deberíamos caer en la homogeneización del cuadro, como tantas veces nos ha ocurrido en las teorías psicopatológicas (Bleichmar, 1997). Detrás de cada cuadro psicopatológico descrito en torno a los síntomas pueden encontrarse una diversidad de estructuras de personalidad, así como de procesos psíquicos causales que han llevado a él. Esto podemos observarlo en todo tipo de trastornos, como trastornos de alimentación, depresivos, trastornos adictivos, etc. y lo encontramos también en los casos de mujeres que toleran el maltrato. Unificar un cuadro según los síntomas tiene su utilidad, pero es sólo un primer nivel de clasificación basado en factores comunes superficiales; para avanzar hacia un diagnóstico más profundo hay que explorar las diferentes dimensiones del psiquismo implicadas, cómo se articulan entre sí y cómo se transforman hasta dar lugar al síndrome tal cual se muestra en una determinada persona.


De manera que parto de la base de que hay muchos factores que llevan a las mujeres a dejarse atrapar en relaciones de maltrato. Estos factores se interrelacionan entre sí, algunos pueden estar o no presentes, y en cada caso unos tendrán mucho más peso que otros.  


Desde el enfoque Modular-Transformacional de psicoterapia psicoanalítica, se ha visto la utilidad de plantear un nivel común y un nivel específico en el diagnóstico de los cuadros psicopatológicos (Ingelmo, Ramos, Méndez y González, 2000). En el nivel común estaría el diagnóstico categorial, que etiqueta el trastorno de un paciente atendiendo a los síntomas aparentes, mientras que en el nivel específico estaría el diagnóstico que describe los estados emocionales y angustias que generan los síntomas, los procesos mentales encadenados que dan lugar a ellos, las múltiples dimensiones del psiquismo que pueden estar implicadas en la generación del cuadro.


Pero hay a su vez un nivel intermedio de especificidad, establecer subtipos de cuadros psicopatológicos (Bleichmar, 2003, 1997; Dio Bleichmar, 2000). Por un lado, esto supone un nivel mayor de profundidad que el diagnóstico categorial, ya que cada subtipo se caracteriza por la descripción de los mecanismos y las dinámicas inconscientes que subyacen a los síntomas visibles-o sea al comportamiento, a las reacciones emocionales, a las formas de relacionarse-prototípicos de un subconjunto de sujetos que presentan un trastorno. Pero por otro lado, al quedarse el subtipo a su vez en un nivel de generalidad, nunca un sujeto concreto podrá quedar explicado por la generalidad del subtipo, sino que su propia historia será completamente personal y concreta. Mi intención en el presente trabajo es establecer subtipos de mujeres que quedan atrapadas en relaciones de maltrato. Esto sería un avance en la conceptualización del tema, nos haría desde un primer momento tener en cuenta cuando atendemos a una paciente (y también cuando consideremos el problema social), no nos encontramos con una temática homogénea, sino diversa, ni con una explicación causal única, sino múltiple y articulada.  


Algunos factores causales implicados en las relaciones de abuso  


En mi experiencia clínica en la práctica privada he observado varios tipos de factores causales internos implicados en la tolerancia de las mujeres a la violencia de género. Aunque tienen en común que todos son causas, sin embargo lo son de muy distintos tipos. Unos factores preexisten al fenómeno del maltrato y por tanto podrían considerarse, más que causa directa, factores de riesgo para que la mujer llegue a convertirse posteriormente en víctima de violencia: hablamos de rasgos que forman parte de la identidad de la persona, de su mundo de creencias y su forma de relacionarse consigo misma y con los otros, pero no son patológicos en sí, sino que constituyen simplemente un modo de ser particular ligado al género. Otros factores son preexistentes al maltrato pero no son sólo rasgos, sino patologías de la personalidad, trastornos de diversos tipos, más o menos invalidantes, que pueden afectar a un área específica de la mujer-como las relaciones íntimas-o manifestarse como perturbación que abarca un campo más amplio. Y otros factores tienen que ver con la experiencia, traumática en sí misma, de padecer la violencia, un hecho que enferma a la mujer que hasta entonces no lo estaba.  


Estos factores nunca actúan de manera aislada, porque el primero, la identidad de género, siempre está presente, aunque es siempre específica en cada sujeto, toda mujer llevará la marca de las características asignadas al género femenino en su contexto social de crianza, de una u otra manera. Por tanto siempre habrá una articulación entre por un lado los constituyentes de esta identidad-como son los ideales morales, o las creencias matrices sobre las propias capacidades y recursos y las del otro género-y por otro lado el tipo de vivencias específicas que son a su vez factores causales, como la codificación que hace la mujer de un trauma de abuso o la configuración de un estilo de apego inseguro. Veamos con detenimiento cada no de estos factores por separado.


1- Pertenecer al género femenino  


Ser mujer es un factor de riesgo en sí mismo cuando hablamos de violencia de género. Hago referencia a los ideales de género, lo que se espera socialmente de una mujer y de un hombre (Dio Bleichmar, 1995, 1997; Levinton, 2000). Estos ideales se transmiten por generaciones, están en el imaginario social, pero cada mujer los hace suyos de una manera particular y pasándolos por el filtro de su disposiciones genéticas y de la codificación que hace de sus particulares experiencias a lo largo del desarrollo. Definitivamente, los ideales de género contribuyen a la formación de la subjetividad femenina a la vez que son modelados por esta subjetividad. Significa esto que la subjetividad de cada mujer es constituida, aunque no mecánicamente sino activa y creativamente, por lo que introyecta de los  ideales que su entorno le aporta.


Los ideales de género se constituyen en mandatos sociales que llegarán a ser internos, superyoicos, verdaderas creencias matrices pasionales. Entre los ideales femeninos están: la valoración de las experiencias emocionales sobre cualquier otro tipo de proyectos; la valoración de la entrega, del cuidado del otro, de la empatía para captar las necesidades ajenas y de la capacidad de crear y mantener las relaciones afectivas. Incluyen también la ausencia de un espacio legítimo para la expresión de la agresividad (contradictoria con los ideales de feminidad y maternidad), y la consiguiente valoración la docilidad en la mujer-la cual no está entre los valores universales imperantes, pues estos coinciden mayormente con los considerados masculinos. E incluye finalmente una vivencia, cuanto menos, conflictiva de la sexualidad, tanto como objeto y como sujeto de deseo.


Por otro lado, los factores del género en la construcción de la propia identidad son indisolubles de la identidad que se atribuye al otro género, por eso ser mujer conlleva asumir determinadas características de personalidad a la vez que otras son atribuidas al hombre, y el hombre hace lo mismo en el desarrollo de su identidad masculina. Como Benjamín (1988) señaló, el hombre asume como suyos rasgos de autonomía e independencia, mientras que su parte de dependencia y vulnerabilidad queda proyectada en la mujer, y la mujer asume como suyos rasgos de dependencia y fragilidad, mientras que su potencial para la fortaleza, la autonomía y la agencia son proyectados en el hombre, a quien idealiza. Esto significa que la identidad de género acarrea la posibilidad no sólo de estructurarse a sí misma de una manera limitada, conteniendo un sentimiento y una representación de sí parciales-además de minusvalorados-, sino también un sesgo complementario en la percepción y la identidad que se atribuye al otro género, cuestión esta que va a definir la forma de relacionarse en la pareja heterosexual.  


Se rompe así la tensión universal que en una configuración relacional más igualitaria nunca sería superada, sino sostenida, tolerada, porque constituye una paradoja inherente a las relaciones humanas: la dialéctica constante entre apego y autodefinición (Mitchell, 1988). La polaridad de los géneros elude la tensión necesaria para que una relación sea verdaderamente recíproca (Benjamín, 1988). En vez de sostenerse, esta tensión se evita instalándose cada miembro en posiciones estancas de roles complementarios que son definitivamente limitadoras para cada una de las partes, y específicamente desfavorecedoras para la mujer. Ésta se identifica toda ella con el polo de la dependencia del reconocimiento del otro y pierde la perspectiva de su propia autonomía; carga con el ideal maternal de disponibilidad absoluta y con el ideal romántico de completa necesidad. El hombre por su parte se permite mantener una fantasía omnipotente de autonomía e independencia a costa de proyectar en la mujer sus devaluadas y repudiadas necesidades de apego.


2- Una historia de trauma en la infancia


Muy especialmente me refiero al trauma producto de haber sufrido abuso sexual infantil. El abuso sexual infantil en las mujeres está asociado a diversas patologías posteriores, por ejemplo se conoce su alta frecuencia en los trastornos de alimentación (Dio Bleichmar, 2000) en los trastornos límite de la personalidad (Bateman y Fonagy, 2007) y en la historia de las mujeres que quedan atrapadas en relaciones de violencia de género (Walker, 2009). El abuso sexual en la infancia de la mujer, cuando es grave, especialmente cuando se dan condiciones como que el perpetrador sea un miembro de la familia, y cuando se produce de manera continuada en el tiempo, puede dejar secuelas gravísimas en la forma de comportamientos autodestructivos que no sólo se dan a nivel intrasubjetivo, sino que pueden pasar a ser intersubjetivos conllevando entonces la tendencia a vincularse con otro que maltrata psíquica o físicamente (Bateman y Fonagy, 2007, Davies y Frawlay, 1994).


3- Una historia del desarrollo que no haya aportado las bases necesarias para la constitución de un sistema de apego seguro


Me refiero ahora no a episodios propiamente traumáticos, sino a vivencias continuadas de soledad, temor al abandono, falta de reconocimiento o valoración, que en definitiva llevan al desarrollo de un estilo de apego ansioso, un tipo de apego inseguro ligado a la vivencia de cuidadores que sólo están disponibles física y psíquicamente en ciertas ocasiones, y que está en la base de un tipo de personalidad dependiente.


Pero esta es una formulación muy generalizadora y sería necesario discriminar. El sistema motivacional del apego, aunque se considera un sistema en sí mismo porque se reconoce una tendencia básica e independiente de otras hacia la cercanía y contacto con los congéneres (Bleichmar, 1997; Lichtenberg, 1989), constituye también la base de un comportamiento, el de vinculación, que reúne muchas motivaciones implicadas (Bleichmar, 1999; Dio Bleichmar, 2003). Esto es así porque a través de los vínculos de apego primarios el niño obtiene, además de un sentimiento de seguridad, la regulación emocional que necesita en los múltiples momentos de ansiedad a los que el psiquismo inmaduro se enfrenta, el sentimiento de valía de su self en desarrollo,  las vivencias de sensualidad-sexualidad apropiadas a su momento madurativo, la vitalización y estimulación del deseo en general y del placer exploratorio en particular, etc. Esto significa que lo que definimos como vínculo de apego no seguro en mayor o menor grado, puede manifestarse en forma de muy diversos déficits posteriores en la personalidad, como un narcisismo mal estructurado; fallos de autorregulación de los estados de ansiedad; dificultad para sentir objetos internos buenos que amortigüen la soledad existencial; o carencia de sentimientos de ser reconocida como sujeto, comprendida por otro ser humano, “vista” por otros ojos para los cuales una misma importa.


Con referencia a esto último, Goldner (2004) sostiene como factor común en las mujeres víctimas de relaciones violentas tener una historia de carencia de reconocimiento. Encuentro ilustrativo el caso de mi paciente Lidia. Esta mujer sufrió en su trabajo la agresión de un compañero con quien había tenido en el pasado relaciones íntimas durante meses, que finalmente ella había cortado. Poco tiempo después él la agredió rompiéndole los faros de su coche cuando estaba aparcado en el garaje de su centro de trabajo. Pero el hecho fue grabado y ella pudo plantearse el denunciarlo, así como decidir hasta dónde llegar con su demanda. Lidia se debatía entre “dejarlo pasar” o reclamar, cuanto menos, el pago de los daños y una amonestación. Durante la sesión en que analizamos el tema de su tendencia a hacer como si no hubiese ocurrido nada, “no entrar en su dinámica”, indagué por qué no se defendía poniendo claros límites a la agresividad, ya que de lo contrario, dejar impune el acto implicaba dejar abierta la posibilidad de que volviera a ocurrir. Ante mi pregunta sobre si encontraba algo en ella que la llevara a no desear poner un fin claro a estos sucesos, la paciente reconoció que por su mente había pasado la idea de “al menos hay alguien que piensa en mí y le importo”. Esto era algo de lo que en su desarrollo había estado carenciada, no porque no tuviera padres cariñosos, sino por una madre depresiva tan agobiada con sus propias ansiedades que más bien tomaba a su hija como figura para contenerla emocionalmente a ella, y un padre evasivo que negaba los problemas y se volcaba en su vida fuera de casa.


4- La vivencia traumática de sufrir la violencia en la pareja


Cuando la vida pone en la circunstancia de que la pareja sea violenta, esta vivencia es traumática en sí misma y puede dejar a la mujer sin recursos para defenderse y/o escapar de esa situación. (Escudero, Polo, López y Aguilar, 2005a, 2005b; Hirigoyen, 2006; Walker, 2009). La violencia en la pareja que ocurre con un comienzo insidioso, sutil, se manifiesta en formas que no son catalogadas al principio como violencia porque entran dentro de conductas propias de las convenciones del género, que son por tanto invisibles y que van produciendo habituación (Romero, 2004). Cuando la violencia se produce de manera más evidente, el vínculo afectivo, íntimo, está ya establecido, un vínculo que se caracteriza por un apego fuerte que incluye tanto extremos de buen como de mal trato, que suele ocurrir en forma de ciclos que alternan episodios violentos con otros de calma que fomentan la esperanza de que la violencia no volverá a ocurrir.  


Además de las razones sociales y/o económicas, las motivaciones internas, psicológicas, para adaptarse a este vínculo en vez de romperlo o defenderse adecuadamente en él son múltiples y complejas. Incluyen reacciones de la mujer a estrategias puestas en práctica por los perpetradores, reacciones emocionales como el miedo, la autoinculpación, la disminución de autoestima, la vivencia continuada de indefensión, combinadas con lo impredecible del estallido agresivo y con el aislamiento de la mujer. Todo esto se interrelaciona con la presencia en ella de creencias matrices propias de su identidad de género, sobre el rol de la mujer en los vínculos afectivos y sobre el amor romántico idealizado. El resultado es que la víctima va sufriendo progresivamente de una desactivación de los recursos de defensa que en otras circunstancias tendría, tal como ocurre en las situaciones traumáticas (Van der Kolk, 1994).  


Tres ilustraciones clínicas


A continuación ilustraré con tres viñetas clínicas cómo cada uno de los tres primeros factores de los anteriormente expuestos (los previos al maltrato en sí) pueden actuar para que la mujer llegue a convertirse en una víctima atrapada en una relación de violencia de género.  


Chiara: La carga de un apego ansioso


Es una mujer en los cuarenta que cuando acude vive una relación de pareja en la que sufre mucho. No hay maltrato aparente, es un hombre casado al que tiene idealizado, porque está en plena etapa romántica, pero poco a poco van surgiendo contenidos que llaman la atención. Uno de ellos, que es tan solo el más significativo: su pareja quiere buscar un tercero para que ella tenga relación sexual, quiere que ella salga y ligue y que después se lo cuente a él. Pero esta es una demanda disfrazada bajo la idea de que como él no puede separarse, quiere que ella no esté sola y no dependa tanto de él para no sentirse responsable de su soledad. Sin embargo, se hace evidente que él disfruta sexual y narcisistamente en la competición dentro de un triángulo que, de momento, es fantaseado. Chiara no soporta la idea, pero está a punto de ceder por complacerlo a él, quien la amenaza subyacentemente con abandonarla si no lo hace.


Exploramos la historia vital de Chiara. Tuvo una infancia dura, su madre era alcohólica, tenía exabruptos de agresividad, o bien estaba inconsciente y entonces ella asumía el rol de cuidadora de las hermanas y del padre. Un padre que nunca la protegía de los arrebatos de su madre ni le aportaba de modo consistente la estabilidad afectiva que la madre no le daba. Con rasgos narcisistas, necesitaba que su hija estuviera “perfecta” y seductora ante el mundo, aunque sin llegar a dejarse tocar por nadie.


Tras un embarazo adolescente se casa, permaneciendo durante 18 años con un marido que la explota materialmente y la maltrata psicológicamente, que la deja sola en momentos de enfermedad, en los partos de sus hijas y la humilla cuando no cumple sus requerimientos.


Chiara consigue finalmente separarse de su marido, para lo cual entra en una relación terapéutica con un profesional de la salud mental. El psicoterapeuta de Chiara empieza a tener relaciones sexuales con ella, en la consulta. Chiara se deja hacer, y permanece en este vínculo aparentemente terapéutico durante seis años. Nunca disfrutó sexualmente, incluso sentía rechazo, pero con frecuencia al final de la sesión ella pagaba su hora. Finalmente Chiara abandonó la supuesta terapia a la par que empezó a salir con un hombre.


Este es en rasgos generales el pasado de Chiara, en el presente como dije está con un hombre casado que ella vive como maravilloso, sin embargo viene porque sufre muchísimo en la relación. Él alterna etapas de gran romanticismo con momentos en que decide abandonarla. Ella entonces sufre sentimientos intensos de abandono, angustia y soledad, pero él aparece de nuevo enseguida. Esto se repite con intervalos cortos. Pareciera que el sufrimiento de Chiara alimenta el narcisismo de este hombre, pero ella en principio no percibe nada de esto.


A otro nivel, Chiara desarrolla una personalidad “perfecta”. Es una mujer profesionalmente implicada, culta, atractiva, segura de sí misma y muy capaz de defenderse en diversos ámbitos de la vida cotidiana. Aparentemente envidiable, es madre de tres hijas exitosas. Pero su vida íntima, que ocultó siempre a todos, es un infierno.


Es llamativo en Chiara cuando me describe los reclamos de introducir un tercero que le hace su pareja, o bien los abandonos, que ella nunca siente enfado. Simplemente sufre y accede. A toda costa idealiza al otro y no ve en él más que buenas intenciones “él quiere que yo no esté sola puesto que por su responsabilidad no puede dejar a su familia, por eso quiere que yo tenga a otra persona”. De este modo justifica la demanda de él de ir a bares a conquistar hombres para que después le cuente qué ha hecho. Para mí es evidente que él quiere realizar una fantasía sexual de tres, en la que él acabe venciendo al tercero. Cuesta lágrimas y muchas horas de terapia que ella llegue a ver lo evidente, y que empiece a sentir enfado, o al menos alguna protesta interior por algunas cosas obvias: como por ejemplo que siempre pague ella el hotel donde se ven.


Expondré tres momentos de la terapia con Chiara que pueden ilustrar qué factores internos causan que ella no reaccione autoafirmativamente ante las exigencias de su pareja, de manera que ante mis ojos, y una vez más, su compulsión de complacer al otro, si es afectivamente significativo, la lleva  al sometimiento. Son momentos donde pueden explorarse los procesos relacionales implícitos que sustentan la comunicación emocional en las parejas (Shimmerlik, 2008), la mayoría de las veces inconscientemente pero que sin embargo, en el proceso analítico pueden salir a la luz.


Episodio 1: Ellos han discutido y ella siente que él la trata sin respeto. Una vez sola en casa  Chiara empieza a tener miedo. Es un miedo irracional, pero atroz, a la soledad y a que alguien entre en su casa, un miedo que ha tenido toda la vida. Pero en un determinado momento ella se dice a sí misma “te estás volviendo contra ti, es él quien ha fallado y yo tengo que defenderme” (muchas horas de terapia tras este insight en soledad). Entonces el miedo se desactivó. De pronto, se ha dado cuenta de que había empezado a autoculparse, a sentirse responsable de la discusión que había tenido con él, aceptar la culpa que él le atribuía (que ella no se portaba bien al ser ambigua con él porque primero le hizo ver que le gustaba la idea de buscar a un hombre para tener sexo los tres, pero después le dice que no). En un determinado momento en su soledad empezó a percibirlo a él de modo crítico, sintió que aparecía un sentimiento de enfado, y se le quitó el miedo. Chiara dice: “al enfadarme con él ya no tenía angustia, y antes la tenía y  me atacaba a mí misma”. En esta mujer, la capacidad para ser agresivo-defensiva en las relaciones íntimas, de apego, estaba completamente desactivada. Como ella misma ha percibido, se atacaba a sí misma, y con ello surgían sentimientos de soledad y de miedo abrumador e irracional. A su vez el miedo, sabemos que está comprobado, genera más necesidad de vínculo con una figura de apego. Es el círculo vicioso del maltrato. En este episodio se ve un claro eslabón en sus procesos mentales: miedo en lugar del enfado. Podríamos concluir que el enfado es demasiado peligroso cuando se está en una relación en la que uno necesita al otro, por tanto el psiquismo hace esfuerzos intensos para desactivarlo, para identificarse con la mente del otro, así se evita el peligro de romper la relación, y se puede seguir idealizando al otro. Es la autoinculpación defensiva, un mecanismo descrito por Fairbairn (1952) y también por Killingmo (1989) que sabemos ocurre en los niños maltratados.


Episodio 2: Chiara está contando a su pareja, satisfecha, una actividad en la que ella ha participado, y nota que él se siente mal (por inseguridad, por celos, por envidia…). Inmediatamente ella empieza a decirle que lo que hace no es nada importante, que lo hace por rellenar el tiempo… Cuando me lo relata a mí en la sesión hace lo mismo (“Fíjate, se molesta por cosas que no significan nada en mi vida…”), me doy cuenta de cómo ella desvaloriza todo lo que es propio, todo lo que puede ser estimulante para ella, para que el otro no se sienta amenazado y quede contento. Ante la visión de la envidia del otro, ella se autodenigra. Cuando le señalo su mecanismo dice que exactamente eso hacía con su madre, y ahora lo hace con la pareja. Pero la cuestión es que también lo hace sola, porque como todo mecanismo psíquico automático, funciona más allá del objetivo por el que se desarrolló, y lo que empieza siendo relacional acaba siendo intrapsíquico. Significa esto que Chiara cultiva en soledad su autodesvalorización para así sentirse más querible. En la relación consigo misma, Chiara siente que lo suyo no vale nada, porque cualquier cosa que implique crecimiento personal está asociada al rechazo ajeno y la soledad, y así Chiara cultiva su propio vacío vital.


Episodio 3: Estamos en una época en que Chiara ha llegado a enfadarse con su pareja y a decirle claramente lo que siente, sin atención a como reaccionará. Pero a la vez que está siendo más asertiva, con menos miedo, menos complaciente, cuando me lo está contando nota que siente una mezcla de satisfacción y de malestar y ella misma articula el porqué: ella sabe que si no se angustia, no lo complace, y explica que ella, al sufrir, sentía que controlaba el deseo de él, sentía que él se enganchaba a ella por su sufrimiento, pero si ella se vuelve más independiente y sufre menos se siente en peligro de que la abandonen. Podríamos decir que ésta es una relación basada en adoptar el rol en que el otro quiere ponerla. Para mantener las necesidades de autoestima omnipotente del otro, ella ha de aceptar todos sus deseos, ha de angustiarse y sufrir por él, y ha de minusvalorar sus propios logros. Ella sabe exactamente lo que a él le place, aunque no sea en principio consciente de ese saber, y dedica todos sus esfuerzos a complacerlo. Chiara recupera con su complacencia un sentimiento de control, algo puede hacer para que él no la abandone.


Chiara ha necesitado adaptarse en su niñez, cuando se desarrolló su personalidad, a un entorno patógeno, para lo cual ha necesitado hacer toda una serie de procesos psíquicos adaptativos a ese entorno: Desactivar su sentido crítico (porque eso le haría ver a sus figuras de apego con toda su carga negativa, y se vería en manos de personas que no buscaban su bienestar y en quienes no podía confiar. Desactivar su agresividad (porque ella supondría el peligro del enfado y el abandono). Desarrollar una exquisita sensibilidad para captar los estados mentales del otro y así adelantarse a sus deseos, complaciéndolos, y evitando los ataques y/o el abandono. Es el mecanismo que llamamos identificación con el agresor (Ferenczi, 1932; Frankel, 2002).  Chiara traía consigo esta forma de relacionarse con sus otros significativos como secuela de una infancia de fuertes carencias, y esta secuela ha impedido que tuviera recursos para defenderse en relaciones de sometimiento de distinta índole: con el marido, con el terapeuta abusador, y ahora con esta pareja.  


Mónica: Trauma sexual infantil


Mónica, joven en sus veinte, presenta rasgos que sugieren un trastorno límite de personalidad, síntomas ansioso-depresivos, crisis en las que pierde la conciencia y un trastorno de alimentación que está empezando a asustarla desde que no puede evitar meterse los dedos para vomitar. En relación con éste, Mónica odia su cuerpo, siente asco de sí misma, no puede mirarse en los espejos, es un martirio ir a la playa… Está medicada. En el momento que acude a la consulta tiene una pareja estable con quien se siente bien.  


Al comienzo del tratamiento, aparecen vivencias que ella cuenta por primera vez. Sufrió un abuso sexual infantil por parte de un primo siete años mayor que ella, durante tres años, mientras pasaba los veranos en casa de su madrina. Nunca lo dijo a nadie. Su madrina los descubrió una vez, pero no dijo nada a los padres de ninguno de ellos, por no enturbiar la paz familiar.


Cuando llegó a la juventud, Mónica tuvo una relación de algo más de un año con un hombre que claramente la maltrató psicológica y físicamente. Relata escenas de violaciones, amenazas, y humillaciones sádicas. Mónica estaba vinculada a este hombre con una dependencia más allá de su control, se prestaba a las relaciones sadomasoquistas que él le imponía, sin disfrutar en absoluto, sintiendo dolor, humillación, vergüenza, y terror, pero no podía dejarlo. Sufrió la violencia, hasta que en determinado momento reunió fuerzas para separarse, apoyándose en su familia. Mónica no sabe qué es el disfrute sexual, de hecho lo finge con su novio actual.


Durante meses en el tratamiento, pesadillas e imágenes vienen a su cabeza sobre los dos abusos sufridos, ambos traumáticos, el de su primo y el de su anterior pareja. El pánico vive con ella, tiene pavor a encontrárselo por la calle, a que vuelva y la obligue de algún modo a estar con él. Durante los meses en que salen estos sueños, estas imágenes, se orina en la cama casi cada noche. Tiene pesadillas en que es violada y/o humillada. Vive con miedo continuo que le impide incluso salir a la calle sola.


Sus crisis de ansiedad tienen una parte de demanda de ayuda ante su estado de malestar interior insoportable, y también un aspecto manipulador de conseguir del otro (su madre, su novio) lo que desea: que la acompañe, que se dé cuenta de cómo sufre, que no la deje sola. Son estados en que sale también rabia: se tira al suelo y lo golpea, grita. En sus crisis hay un intento de recuperar algún tipo de control no sólo sobre sus emociones, sino sobre el comportamiento del otro y sobre su imagen ante el otro.


Los padres de Mónica son personas entregadas a sus hijas, dispuestos a ayudar para que ésta se recupere, desconcertados por lo que le pasa a Mónica. Nunca hasta ahora supieron nada del abuso infantil, ni tampoco sabían lo que ocurría en la relación con su primer novio. Sin embargo, Mónica cuenta haber sentido siempre más necesidad de contacto físico de la que recibió de sus padres. Siempre han sido secos, nunca vio un beso entre ellos “nunca dicen directamente que te quieren, ni abrazan”. Esas muestras de afecto ella las recibía de su madrina, en cuya casa ocurría, también, el abuso.


Meses después de empezar la terapia, Mónica confiesa que, ya saliendo con el actual novio, el maltratador la abordó por la calle un día a la salida del trabajo y, en su coche, la violó. Dice que estaba confundida, tomaba medicación, no pudo reaccionar. La vergüenza, la humillación, el miedo, son los sentimientos que la inundan. Más adelante en el proceso terapéutico saldrán también la culpa y la rabia. Como suele pasarle, una vez que puede hablarlo en el tratamiento, busca también que sus padres, su novio, lo sepan, necesita que se enteren de que ella tiene razones para estar trastornada.  


Voy a explicar a continuación lo que se vio en algunas sesiones con toda claridad. A raíz de que su novio actual sabe de la violación a Mónica durante este año, su actitud cambia. Ya quiere casarse en seguida, está muy volcado y muy celoso, la atosiga con muestras de cariño y de posesividad. Al principio ella lo vive bien, pero luego empieza a sentirse agobiada. Su novio entra en un estado obsesivo con el incidente de Mónica, se siente narcisístamente dañado, herido en su hombría. Su novio le atribuye a ella el malestar que le ha creado y le exige que le devuelva la seguridad perdida, alternando entre amenazar con vengarse físicamente de aquel hombre, o bien insultándola, culpabilizándola. Necesita recuperar el control imaginario sobre ella imponiendo por ejemplo que no vea a sus padres, por quienes ahora siente celos obsesivos, y demandando a Mónica que deje de trabajar.


El tratamiento en esta fase toma el objetivo de que ella aprenda a parar la agresividad del novio de forma funcional, eficaz, no con sus crisis de desbordamiento emocional y manipulación, sino con firmeza y retirada. El objetivo es, en definitiva, que no tolere, que pueda parar un nuevo maltrato que empieza a emerger.  


Con el continuado trabajo terapéutico Mónica va consiguiendo sentirse más fuerte y parar a su pareja, pero entonces ocurre lo siguiente: a medida que está mejor, que puede no someterse al novio y relacionarse con libertad con sus padres, contra lo que él le pide, más síntomas aparecen en Mónica: somatizaciones múltiples (gastroenteritis, infecciones vaginales, colon irritable…) Su problema de alimentación se recrudece y se convierte en el tema fundamental el asco por sí misma, que le produce sentimientos depresivos, sensación de que no merece la pena vivir, que estaría mejor muerta.  


Ahora el novio está bien, no le ha dado problemas las últimas semanas, pero ella está muy mal, profundamente triste, muy obsesionada con la comida, apenas se alimenta. Y la cuestión es que no sabe por qué, ya que no hay algo fuera que lo haya provocado. Mi interpretación es la siguiente: cuando no hay problemas externos, como un hombre que la maltrata, o la inquina que una compañera de trabajo le manifiesta, entonces es ella la que se vuelve contra sí misma, y sale a flote su rechazo, su asco hacia su cuerpo, y su agresividad dirigida contra sí misma, sus ganas de morirse. Su mayor enemigo está dentro de ella, y sólo lo aplaca cuando tiene enemigos fuera, y éste es un factor que incide en su vulnerabilidad ante el maltrato.


Este es, de hecho, otro paso más del mecanismo de identificación con el agresor, la identificación proyectiva del objeto perseguidor interno. Mónica ha incorporado dentro de sí los dos roles de la configuración relacional en que se vio envuelta en su experiencia de abuso infantil: el de víctima y el de perpetrador. Una parte de ella es agresiva, violenta, destructiva, y la persigue internamente, conteniendo una mezcla de lo que ella vivió que se hacía con ella, junto con su propia rabia y desprecio. Esta parte agresiva, que representa al maltratador, toma a la otra parte de ella, representada en su cuerpo, como víctima. Pero vivir con este enemigo interno es tremendamente perturbador, es la vivencia de ser odiada y destruida internamente, y la única salida es la proyección, afuera, en el otro, de esta parte de sí. En su análisis de la vulnerabilidad para los trastornos de personalidad, Bateman y Fonagy (2008) proponen como factores activadores de la disrupción del desarrollo normal el trauma psicológico en la niñez, y sostienen “La intensa necesidad del cuidador característica de la ansiedad de separación en la niñez media que está asociada con apego desorganizado refleja la necesidad del cuidador como un vehículo para la externalización de la parte alienada del self más que simplemente una relación de apego insegura” (p. 12). Para estos autores la fenomenología de los trastornos de personalidad conlleva, entre otros rasgos, una constante presión para la identificación proyectiva, la re-externalización del self alienado autodestructivo. Este es el componente de Mónica que siente alivio cuando es maltratada por otro, entonces ella ya no se maltrata internamente.


Ahora bien, ¿podría llamarse a esto masoquismo? Mi respuesta es: rotundamente no, y es una cuestión que ya ha sido argumentada (Serrano Hernández, 2009). Si tenemos en mente la idea de masoquismo sexual, que es un juego de roles en el que ambos actores disfrutan sexualmente mediante la representación de una fantasía de violencia perfectamente controlada por ambos, este caso no tiene nada que ver con el masoquismo. Lo que vive Mónica es una incapacidad de salir de una vivencia interna de profundo odio y desprecio hacia sí misma, que se acopla con la violencia ejercida por el otro, pero ambas situaciones le producen un intenso sufrimiento. La motivación que guía los procesos mentales de Mónica es buscar una salida, que no conoce, un camino distinto por el que transitar que pueda devolverle alguna paz interior. No se puede decir que Mónica disfrute en ningún sentido, ni con su propio maltrato ni con el de la pareja. Ella es simplemente una persona acosada que da palos de ciego para salir de su acoso, utilizando mecanismos psíquicos que no controla, que son automáticos, y que funcionan más allá de su conciencia y su voluntad, para finalmente no llegar a ninguna parte, o mejor dicho, para llegar sólo a la repetición de su peor historia. Mónica está perdida en el laberinto del sufrimiento, siempre buscando el escape, aunque infructuosamente, sin conciencia de los pasos que da. Su inconsciente los da, no ella.


Por supuesto, nada en este trastorno exime, ni disminuye en absoluto, la responsabilidad del maltratador, (ni moral ni, debería al menos ser así, jurídica), igual que no eximiría de responsabilidad a una persona que asesinara a otra que, en plena depresión, dijera que siente que su vida no merece la pena. Parece una obviedad pero sin embargo es un tema importante, porque precisamente en este caso Mónica decidió denunciar a su ex pareja por la última violación, y cuando me pidió un informe psicológico, a instancias de su abogada me sugirió que no debía poner nada de su pasado de abuso infantil, al parecer esto justificaría su participación en la relación e iría en detrimento del progreso de su denuncia.  


Carla. Trauma adulto e ideales de género


Carla, en los 30, sufre un síndrome de estrés postraumático. El episodio traumático no es reciente, sino de hace 15 años. Sufrió la agresión sexual de dos perpetradores en la calle, mientras paseaba con su pareja. Él recibió un golpe que le abrió una brecha sangrante, y en este estado uno de los perpetradores se lo llevó fuera de su visión. Mientras, amenazándola con un machete en el cuello, la violó cada vez uno mientras el otro vigilaba a su novio. Era su primera relación sexual completa y fue desvirgada.


Cuando por fin quedaron libres, Carla no contó nada de lo que había ocurrido, sólo denunciaron la agresión como ataque físico, y sólo el novio recibió atención médica. Carla nunca quiso que su pareja sufriera por lo que le habían hecho, ni que sus padres se enteraran y se angustiaran; con lo cual se tragó para sí misma los abrumadores sentimientos de terror, asco, humillación, vergüenza, y dolor psíquico y físico que la embargaron durante meses después del incidente.


Tras un tiempo lidiando con estas secuelas en solitario, Carla consigue disociarlo, apartándolo de su conciencia reanuda su vida, se casa, tiene hijos. Pero 15 años después y cuando menos lo espera, una pesadilla en que revive el suceso despierta el recuerdo y el trauma surge con toda su fuerza y todos los síntomas característicos del trastorno de estrés postraumático: insomnio, pesadillas, miedo irracional y estado de alerta continuos, flahsbacks o imágenes intrusivas, recuerdos somatoformes (corporales: no puede comer porque tener algo en la boca le hace literalmente vivir la felación a que la forzaron, olor y sensaciones físicas del pasado que vive en el presente).


Trabajamos en la terapia para la elaboración de una vivencia traumática ocurrida en la vida adulta por ser víctima de violencia perpetrada por extraños. Pero ésta es una violencia sexual, recibida por una mujer, perpetrada por hombres, y esto deja su marca. Esto queda claramente manifiesto porque los síntomas que presenta Carla no son únicamente los característicos de un estrés postraumático, sino que llevan la marca del género. Efectivamente, lo que va apareciendo, lo que cuenta Carla es que a partir de aquello su relación consigo misma cambió radicalmente. De ser una joven contenta con su cuerpo, y con su persona en general, pasó a aborrecerlo, a sentir asco por sí misma. Se rechaza,  no puede mirarse al espejo, se viste sin cuidar qué se pone, y siente en lo más profundo que es un ser humano despreciable, miserable, que no merecería vivir, siente estigmatización y vergüenza.


Por supuesto, nada de esto es manifestado fuera. La imagen que muestra Carla al exterior es la de alguien fuerte, excesivamente responsable, con tendencia a asumir el trabajo en vez de repartirlo (en su entorno laboral, en su casa) a cuidar a los demás a expensas de sí misma, sin permitirse fallar jamás, todo para rescatar algo bueno de su imagen de sí misma, aunque finalmente nunca consigue sentirse satisfecha de nada de lo que hace. No hay, en ningún momento, rencor, odio, hacia los violadores. Sencillamente no aparecen en su discurso, ni aparece tampoco rabia por lo que ocurrió, lo que aparece es un sentimiento profundo e inevitable de infamia personal. Carla se autoinculpa de lo que le sucedió.


Hay algo más que Carla cuenta en la primera sesión, un episodio del pasado que ella misma, espontáneamente, asocia con el trauma de la violación. Cuando Carla tenía 11 años, en un momento en que estaban solos en casa y la niña estaba convaleciente de una enfermedad, su abuelo intentó abusar sexualmente de ella. Pero no llegó a ocurrir nada, ya que Carla habló largamente a su abuelo y lo convenció de que parara. Queda impactada por el episodio, con una mezcla de horror, pero a la vez de satisfacción: había podido evitar que el abuelo la tocara, se había defendido con la palabra. Lo siente como un logro, y no cuenta nada en su casa; quería evitar que sus padres sufrieran, que su madre se preocupara, que su padre entrara en mayor conflicto del que ya tenía con su familia de origen…


Veamos algo del desarrollo de Carla. Hija de padres amorosos, la mayor de tres hermanos varones, con su madre especialmente se sintió siempre muy unida, porque su padre, aunque muy bueno, tenía exabruptos agresivos (Carla hace una mueca, no le gusta hablar del tema, señalar este aspecto negativo de su padre). Sin embargo “mi madre es como yo” dice ella con una ingenua inversión de roles identificatorios. Avanzamos un poco más en la descripción de su niñez, y salen más datos. Su madre siempre fue una persona muy correcta, y la educó con el férreo imperativo del saber estar: ser una niña prudente, no causar molestia a los demás y comportarse como es debido, no hacerse notar. Dos episodios son significativos de lo que ha sido la crianza de Carla y el desarrollo de su identidad bajo la influencia de los ideales de género imperantes en su contexto familiar. Son episodios paradigmáticos, momentos recordados de la niñez que podemos considerar escenas modelo (Lichtenberg, 2007), escenas del pasado con carga emocional y sensorial, que son representativas y sirven como metáforas de otros modos posteriores de reacción e interacción.


Episodio 1: La familia comía en casa de su tía. Ella adoraba las croquetas que hacía su tía, pero acababan de salir de la cocina. Carla se lleva un bocado a la boca y siente que se achicharra el paladar, hace un movimiento reflejo de expulsar el bocado pero su madre, que la ha visto, se acerca a su oído y le dice “Ni se te ocurra.” A Carla le salieron ampollas en el interior de la boca. Una educación en el saber estar que es también sobre el saber ser, porque hay muchos mensajes sobre qué significa ser una buena mujer implicados en esta escena prototípica: se idealiza el autocontrol de todo impulso defensivo, se idealiza la capacidad de tolerar el sufrimiento para no molestar y no romper la armonía del entorno, el bienestar de los demás y se denigra el hecho de convertirse en protagonista si es por un motivo de autocuidado. Podríamos decir que hay más croquetas calientes que Carla, a lo largo de su vida, se ha tragado sin poder expulsarlas, a costa de lesiones internas.


Episodio 2: Durante el proceso terapéutico, Carla cuenta que al incidente de intento de abuso del abuelo siempre asocia mentalmente otro episodio anterior al que ha quedado unido en su recuerdo: ella tenía ocho años, leía un libro sentada en un sillón y se sentó en cuclillas para apoyarlo. Su abuela desde otro ángulo de la habitación le dio un grito “¡No te sientes así!”, Carla se sorprendió ante la fuerza y agresividad de esta orden. Miró a su abuela y siguió la mirada ésta que se dirigía a su padre, que estaba enfrente de ella: la abuela quería decir que no expusiera sus genitales a la vista del padre. Cuando ocurre el intento de abuso sexual este recuerdo adquiere todo su significado, Carla comprende entonces la importancia del mensaje de la abuela.


La pregunta actual que se hace Carla es por qué no pudo convencer a los violadores de que pararan su agresión, de que abandonaran su objetivo, aunque lo intentó con todas sus fuerzas. Llegó a convencer al primero de que no la penetrara, y éste accedió y la obligó a cambio a realizarle una felación, pero el segundo era especialmente agresivo y Carla no pudo conseguir que renunciara a la penetración. Carla está convencida-es algo que no puede pensar ni sentir de otro modo-de que ella fue culpable, porque debiera haber podido hacer algo más, aunque no sabe qué, está convencida de que falló en encontrar algún recurso, alguna tecla que tocar en la mente de aquél hombre para que no la penetrara. Como finalmente ocurrió, el sentimiento de ser miserable, de ser otra que la de antes, una persona sin valor humano alguno, se impuso en lo más profundo de su psiquismo. Es más, ella no puede comprender cómo cuando otra persona sabe lo que le ocurrió, como yo, como su marido a quien ahora se lo ha contado, no siente por ella lo mismo que siente ella misma, que es despreciable.  


Hay una palabra que se viene a la cabeza cuando una escucha el discurso de Carla sobre lo que pudo haber hecho: omnipotencia. Efectivamente, hay omnipotencia en Carla, pero deberíamos detenernos en los significados que puede tener esta expresión. En primer lugar la de Carla no es una omnipotencia narcisista, sino moral. Bleichmar (2004) ha sostenido que la sumisión puede basarse en distintos sistemas motivacionales-angustias de autoconservación, culpa, sentimientos de inferioridad, necesidades de apego o sexualidad. En este caso podríamos decir que si bien Carla se sometió en el episodio violento por angustias de autoconservación y de heteroconservación (la vida de su novio, que estaba siendo amenazado fuera de su vista, también dependía de la sumisión de ella); sin embargo en el presente es un factor decisivo el sometimiento de Carla a un precepto moral, que no tiene que ver con los motivos de entonces (en ese caso estaría satisfecha de sí misma porque ambos salieron ilesos de la experiencia), sino con la sexualidad (la tortura el hecho de que el perpetrador finalmente la penetró). Pero sobre todo, la omnipotencia de Carla no lo es en sentido de que ella se identifique con el ideal moral, sino de que se siente perseguida por él: ella no tiene ningún valor si no lo cumple. Carla es esclava de un superyó implacable y persecutorio dirigido hacia ideales imposibles (la regulación de los impulsos del otro), como no puede acatarlos, se odia a sí misma.  


Le digo a Carla en un momento determinado que para librarse de ese sentimiento de responsabilidad en lo ocurrido, de cargar con el oprobio y despreciarse a sí misma, quizá sería necesario que sintiera rabia hacia los que la violaron, pero no le he escuchado nada de eso. Ella me contesta contándome una reacción interna inmediata que ha tenido al escuchar lo que le he dicho: el sólo hecho de pensar en sentir rabia hacia ellos le produce terror, como ser expuesta a una nueva agresión por ellos. Sabe que es irracional, pero no puede evitarlo.


Los clínicos sabemos que en una situación de violencia en la que la propia vida y la de una persona querida están en juego, se pueden poner en marcha mecanismos como el de anular toda reacción emocional agresiva porque ésta sería captada por el perpetrador y al estimular su agresividad podría poner a la víctima en mayor riesgo. Sabemos también que, como es propio en todo cuadro de trastorno de estrés postraumático, la vivencia del momento pasado no es recordada, sino revivida, en el presente, sin poder el sujeto salir de ella (Van der Kolk, 1994). La víctima se queda encerrada en el pasado sin que el tiempo cambie nada las reacciones internas. Ahora bien, incluso aunque todo esto muestra la implicación del factor defensivo de la autoinculpación, como medio de recuperar un sentimiento de control ya que dependería del comportamiento de uno mismo que el otro te trate bien (Fairbairn, 1952; Killingmo, 1989) las secuelas de esta defensa son tan terribles que no se explica la persistencia del mecanismo sin acudir a otros factores implicados que lo están reforzando.


Efectivamente, como he señalado, debemos tener en cuenta que los distintos traumas por agresión no tienen igual resultado, que la autoinculpación es una característica de la experiencia postraumática de las víctimas de violación, respecto a las víctimas de otros tipos de violencia (Walker, 2009). En definitiva, la cuestión de género es aquí un factor primordial. En un acto sexual, la mujer acaba sintiéndose siempre culpable, y eso no puede tener otra explicación que la de ser una secuela de los imperativos sociales de género.  


Consideremos que durante siglos se ha atribuido a la mujer el papel de provocadora siempre que en el hombre surge deseo, más allá de que haya habido intención consciente de provocar, provocadora simplemente por tener un cuerpo que provoca, confundiendo el hecho de que su cuerpo provoque deseo con la intencionalidad de provocarlo (Dio Bleichmar, 1995). Como consecuencia, la mujer tiene entonces que cargar con la responsabilidad no ya de controlar sus propios impulsos-sexuales y agresivos-sino los del hombre, pues si éste no lo controla la responsabilidad cae sobre la mujer. Estas convenciones sociales arraigadas en el imaginario social de las sociedades sexistas, como en mayor o menor medida lo son todas, se transmiten implícita y a veces explícitamente, a pesar de los cambios producidos en las últimas décadas.


Se podría plantear la pregunta, ante el caso de Carla, de si podría ella llegar a ser una mujer maltratada por su pareja en el caso de que la vida la pusiera frente a un hombre violento.  Carla es una mujer criada en un medio que le aportó recursos para un apego seguro con sus cuidadores, que le han permitido encontrar y mantener una relación de pareja buena, basada en el cariño y el respeto mutuo. Pero a su vez, es una mujer atrapada en ideales de género: “cuida de los demás aunque sea a costa de ti misma, controla la sexualidad y la agresividad del otro, responsabilízate de la armonía familiar, si lo logras serás una verdadera mujer, estarás cerca del ideal.” Carla se las ha apañado para vivir con esto hasta el punto de que se defendió y manejó sola el intento de abuso sexual incestuoso en su adolescencia, lo que muestra una personalidad bien desarrollada, segura, aunque por otro lado, ya entonces los imperativos de género le impidieron buscar apoyo social alguno, a pesar de su buena relación con sus padres. Pero un incidente violento en su madurez dio al traste con su salud mental. Ahora, se mantiene esclava de una interpretación de la realidad autodestructiva, que la instala en un estado patológico.


Pienso que la salud mental de Carla es sin ninguna duda un factor implicado en su capacidad para encontrar y mantener una pareja sana. Ahora bien, si la vida hubiera puesto a Carla en situación de encontrar a un hombre violento, como ya sabemos que ocurre, con esa emergencia de la violencia insidiosa, que aparece conforme la relación se va volviendo más segura para el hombre y la etapa de la conquista se va dejando atrás, ¿habría podido ser Carla una víctima de violencia en la pareja? la respuesta queda abierta, pero se dan algunas bases para ello: su tendencia a autorresponsabilizarse cuando en las relaciones algo va mal, a no sentir que es legítimo defenderse y buscar protección si eso supone causar dolor a otros, a hacerse cargo de los impulsos del otro como si fuera responsabilidad propia y no de él regularlos. Todos ellos son condicionantes que sufre Carla simplemente por el hecho de ser mujer, no por haber tenido carencias ni traumas en su infancia, y la han llevado a quedarse atrapada en una codificación de autoinculpación y autodestrucción de la violencia que sufrió.  


Conclusiones


Somos muchos los profesionales que en la actualidad intervenimos en la violencia de género, desde contextos muy diversos, y cada ámbito de intervención aporta un ángulo diferente desde el cual observar. Las personas que trabajan en centros de acogida por ejemplo, pueden tratar con muestras muy amplias de mujeres maltratadas y hacerlo en momentos de crisis específicos. Los profesionales que trabajan en cárceles o bien en instituciones tratando a hombres maltratadores tienen ocasión de estudiar sus dinámicas y mecanismos masculinos patológicos.


Los que trabajamos en la consulta privada no nos dedicamos especialmente estos sectores de la población sino una gama más diversa de trastornos, esto nos da una perspectiva más estrecha en cuanto a la gama de experiencias en que basar nuestras observaciones sobre esta temática concreta. Pero por otro lado, la profundidad con que se explora en un proceso de psicoterapia psicoanalítica, sustentada en la continuidad del proceso y en la fuerza del vínculo que se establece, ofrece una visión excepcionalmente profunda de los procesos psíquicos inconscientes, internos y relacionales, de nuestros pacientes. Esta particular perspectiva es la que puedo aportar, y pienso que enriquecerá las visiones de quienes tienen experiencias de abordaje distintas.  


Mi intención al presentar estos tres casos tan diferentes ha sido demostrar que existen muchos factores psicológicos que contribuyen a que una mujer soporte, sin defenderse funcionalmente, relaciones de violencia de género. Considero que el mayor peligro que nos acecha a los profesionales que nos dedicamos en diferentes contextos de actuación al trabajo en este campo es simplificar el tema, reduciéndolo.


Respecto a la primera pregunta planteada, sobre si existe un trastorno previo en la mujer que queda atrapada en relaciones de maltrato, para mí sería simplista considerar que toda mujer es igualmente vulnerable de sufrir maltrato de género en la pareja. No lo es, en primer lugar porque no todas las mujeres han desarrollado una idéntica identidad de género, sino que aunque criadas en la misma sociedad y cultura general, sus contextos particulares son diferentes, sus bagajes genéticos y temperamentos son diferentes, y los acontecimientos vitales también lo son; con lo cual el resultado de cómo han sido influenciadas por los imperativos de género será siempre específico. Pero sobre todo, no todas las mujeres son igualmente vulnerables porque haber tenido la fortuna desarrollarse en un contexto suficientemente sano y cuidador, con figuras de apego básicamente eficientes y sin acontecimientos traumáticos en la época de su desarrollo, son claramente elementos que dotan de recursos para buscar relaciones saludables y para huir y/o defenderse del maltrato, así como lo contrario aumentan significativamente su vulnerabilidad al maltrato y las posibilidades de permanecer en el mismo.


Sin embargo, también sería simplista considerar que es necesario que la mujer tenga un trastorno previo para verse implicada y atrapada en una relación violenta, porque los rasgos constitutivos de la identidad de género femenino son, en sí mismos, factores de riesgo que dificultan la capacidad de defensa apropiada ante la violencia de género.


Con respecto a la segunda cuestión planteada, sobre si podemos hablar en determinados casos de autodestructividad o masoquismo en la mujer, sería simplista considerar que una mujer que se mantiene en una relación de maltrato es que obtiene placer en ello y por tanto sería impropio llamarlo masoquismo moral. En los casos como el que he descrito, en los que se da la identificación proyectiva de un objeto interno perseguidor que se busca compulsivamente expulsar, la mujer no obtiene placer al ser maltratada, sólo cambia un sufrimiento por otro. Pero también sería simplista negar que existen perturbaciones psíquicas producto de traumas en el desarrollo que llevan a las mujeres (y no sólo a ellas) a quedarse enganchadas en relaciones en las que reciben maltrato, como único mecanismo automático e inconsciente de evitar su propia persecución interna. Este mecanismo de búsqueda de objeto para actuar la identificación proyectiva es un factor que existe, no siempre, pero si con alguna frecuencia  (pensemos en la proporción de mujeres maltratadas que ha sufrido abuso sexual en la infancia), y como tal ha de tenerse en cuenta a la hora de evaluar y tratar cada caso. Nunca se insistirá lo suficiente en que en absoluto es pertinente a la hora de juzgar moralmente al maltratador, y no debería de serlo para juzgarlo legalmente.


He barajado varios factores causales previos al maltrato en sí que darían lugar a la categorización de tres subtipos de mujeres que toleran el maltrato: los imperativos sociales de género, a los que todas las mujeres, de distintos modos, están expuestas y que constituyen un factor de riesgo; una historia de apego ansioso que se refleja en una personalidad dependiente, y haber sido víctima de trauma infantil con consecuencia de trastorno de personalidad. Será interesante seguir explorando por este camino para ver qué otros factores implicados existen, y para ir diferenciando con más sutileza la interrelación de las causas entre sí, así como entre las causas y los efectos.  


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