Una perspectiva evolutiva de la motivación: implicaciones para el diálogo clínico

Publicado en la revista nº046

Autores: Cortina, Mauricio - Liotti, Giovanni

Resumen

Los instintos sociales (sistemas motivacionales) entre los primates pueden agruparse en cinco categorías importantes: sistemas que regulan las muestras ritualizadas de dominación y sumisión (jerarquías de dominación), sistemas que regulan la búsqueda de cuidado (apego) y conductas de suministro de cuidado, sistemas que regulan las conductas cooperativas hacia miembros de un grupo, y sistemas que regulan las conductas sexuales. Por supuesto, los instintos no sociales también forman parte de nuestra herencia evolutiva. Estos antiguos sistemas “reptiles” evolucionaron para mantener el equilibrio fisiológico, regular las respuestas de lucha-huida-inmovilización, activar las conductas predadoras, explorar el entorno, proteger los límites territoriales y reproducirnos sexualmente.

Si bien existen diferentes formas de cooperación entre los primates, las jerarquías de dominación basadas en la competición son la principal forma de organización social en los primates no humanos y la cooperación se limita a interacciones diádicas o niveles de cooperación a pequeña escala, como ayudar a miembros con lazos genéticos cercanos, o defender los límites territoriales. Ayudar a miembros de un grupo con los que no se tiene parentesco es raro. En comparación, la cooperación altruista en los humanos se dirige tanto a miembros con los que se tiene parentesco como con quien no se tiene. Explicar cómo esta forma de cooperación altruista evolucionó entre nuestros ancestros humanos (homínidos) ha sido uno de los grandes desafíos científicos de nuestros tiempos. Abordamos esta cuestión en dos partes.

En primer lugar, describimos cuatro estrategias evolutivas interrelacionadas que emergieron entre nuestros ancestros homínidos y convergieron en nuestra especie para crear estrategas adaptativas ultracooperativas: cooperación para ayudar a criar a los infantes (crianza cooperativa); la emergencia de vínculos sexuales duraderos; la supresión de individuos dominantes y la emergencia de normas prosociales que apoyaban un ethos igualitario entre los cazadores recolectores nómadas; y una maduración sexual muy retardada y la adolescencia prolongada, llamadas estrategias de cambian el trayecto de vida  (life history strategies) y que apoyaron el aprendizaje cultural y la extraordinaria flexibilidad adaptativa de nuestra especie.

En segundo lugar, nos fijamos en las explicaciones genéticas formales de la evolución del altruismo y la cooperación. La explicación clásica del origen del altruismo y la cooperación se basa en la relacionada genética (selección familiar), pero las relaciones genéticas no explican por qué la cooperación hacia los no familiares es tan prevaleciente en los humanos. Nosotros (y otros) pensamos que para que esta forma cooperativa altruista emergiera entre bandas ancestrales de cazadores-recolectores nómadas, las presiones de la selección habrían tenido que operar al nivel de los individuos y de los grupos (una perspectiva de múltiples niveles de la selección). Los grupos con más cooperadores altruistas prevalecen sobre los grupos menos cooperativos. Una forma cultural de selección de múltiples niveles emergió en nuestra especie basada en normas sociales compartidas que respaldan la justicia y la equidad, y sanciones que evitan que los individuos alfa.

Introducción

El tercer libro de Charles Darwin –La Expresión de las Emociones en el Hombre y los Animales (1872)- fue el primer intento de observar las emociones, las comunicaciones emocionales y sus motivaciones subyacentes desde una perspectiva evolutiva basada en su teoría de la selección natural. Su enfoque fue revolucionario, abriendo un nuevo campo de estudio. Desgraciadamente, su enfoque no dio mucho fruto hasta 150 años después, como puede verse en la explosión de artículos y libros que han aparecido en las últimas décadas sobre antropología y psicología evolutivas. Sólo a modo ilustrativo, en los últimos años se ha publicado más de una docena de libros importantes que abordan los principales temas que orientan este ensayo. Concretamente, el origen evolutivo de formas avanzadas de cooperación, altruismo y evolución cultural (Boehm, 2012; Boehm, 1999; Bowles & Gintis, 2011; Boyd & Richerson, 2005; de Waal, 2009; Heinrich & Heinrich, 2007; Nowak & Highfield, 2011; Sober & Wilson, 1998; Tomasello, 1999, 2009; Wilson, 2012) y la relación entre las formas avanzadas de cooperación, comprensión social y comunicación humana (Fernández-Doque & Baird, 2005; Hrdy, 2009; Tomasello, 2008).

El nacimiento del psicoanálisis se vio muy influenciado por las ideas evolutivas. Desgraciadamente Freud volvió a una noción predarwiniana que concebía que las adaptaciones adquiridas en el transcurso del desarrollo (fenotipos) podían ser heredadas directamente y pasadas a las generaciones futuras (genotipos). Freud acompañó esta idea lamarckiana con la famosa ley biogenética de Haeckel, “la ontogenia recapitula la filogenia”, y usó estos dos conceptos para respaldar la mayoría de sus ideas centrales (Solloway, 1979). Por ejemplo, en Tótem y Tabú Freud (1913) sostenía que durante la prehistoria de nuestra especie una banda de hermanos se reveló contra un padre déspota que tenía el control de todas las hembras, matándolo y devorándolo, y dando rienda suelta a los impulsos incestuosos. Este supuesto episodio de la prehistoria de nuestra especie se ritualizó, según Freud, en forma de una comida totémica. La culpa por los impulsos incestuosos y asesinos se transformo en reglas de exogamia y tabús de incesto. El recuerdo de este impulso parricida se heredó y pasó a las generaciones siguientes (lamarckismo), y luego recapituló (la ontogenia recapitula la filogenia) durante el desarrollo en forma de complejo de Edipo.

Por extravagantes que puedan parecer las ideas de Freud, contienen algo de verdad. Una de las cuestiones clave de la evolución humana es entender cómo se suprimió un sistema social basado principalmente en las jerarquías de dominación que se observa en todos los primates, y como se transformo esta organización social en sociedades igualitarias de cooperación como se observó en los cazadores-recolectores nómadas. Presentaremos evidencias que apoyan la continuidad cultural entre los cazadores y recolectores nómadas contemporáneos y los antiguos que comenzaron a mostrar pruebas de modernidad durante la etapa final del Pleistoceno, entre 126.000 y 12.000 años Antes del Presente (AP). Freud estaba en una pista importante cuando postuló la idea de que la civilización (Freud usaba la palabra alemana kultur) sobrevino por la represión de los impulsos antisociales. Los cazadores y recolectores nómadas tuvieron que “suprimir” a los individuos alfa dominantes y a que se aprovechan de las actividades cooperativas de los demás para lograr niveles altos de colaboración y mutualidad, uno de las características centrales de nuestra especie (Bowles y Gintis, 2011; Henrich y Henrich, 2006; Tomasello, 1999, 2009). Como explicaremos más adelante, es probable que la principal motivación para el igualitarismo fuera la necesidad de coordinar las expediciones de caza en grupo y asegurar que la comida se repartiría equitativamente entre los miembros de las bandas nómadas tras un periodo de caza (Boehm, 2012; Boehm, 1999).

Dentro del psicoanálisis, el enfoque de selección natural de Darwin finalmente dio frutos cuando John Bowlby puso la teoría del apego dentro de un marco evolutivo moderno (Bowlby, 1969/1982, 1973, 1980). Slavin y Kriegman (1992) publicaron otro libro importante usando la teoría evolutiva moderna basada en la obra del distinguido pensador sobre la evolución Robert Trivers que se centró en el conflicto padres-descendencia (1974) y en la evolución del altruismo mediante formas mutuas y condicionales de reciprocidad (Trivers, 1971). Como hemos apuntado antes, si bien las formas condicionales de reciprocidad, tales como las estrategias “ojo por ojo” (tit for tat) (Axelrod y Hamilton, 1981), pueden haber desempeñado un papel en la evolución del altruismo y la cooperación, lo que es característico de la forma humana de cooperación y altruismo es que puede ser incondicional y no depende de una forma directa de reciprocidad tipo “ojo por ojo” (Bowles y Gintis, 2011; Henrich y Henrich, 2006). Los humanos ayudarán espontáneamente a los extraños que estén en apuros o cuidarán de los enfermos y los impedidos sin esperar ningún tipo de reciprocidad, las conductas ya puede observarse en niños de 18 meses (Tomasello, 2007). Ninguna otra especie muestra esta ayuda hacia sus conespecies (otros miembros de su especie) con los que no tienen una relación genética estrecha (Bowles y Gintis, 2011; Boyd, 2006; Clutton-Brock, 2009). La teoría del procesamiento de la emoción de Lang fue otro intento, dentro del psicoanálisis, de adoptar un marco evolutivo moderno (1996). Cortina y Liotti (2010) han presentado un enfoque evolutivo que se centra en las relaciones entre el apego, la cooperación, el compartir intersubjetivo y la comprensión social.

Joseph Lichtenberg es pionero de un modelo multimotivacional que reemplazó a la anticuada teoría de las pulsiones de Freud (1989; Lichtenberg, Lachmann y Fosshage, 2011). Si bien él y sus colegas obtuvieron su modelo basándose principalmente en la observación y la investigación de infantes, hay una estrecha semejanza con el modelo que estamos avanzando en este ensayo. En su último libro sobre sistemas motivacionales (2011), Lichtenberg y sus colegas presentaron siete sistemas básicos. El sistema de regulación defensiva, y un sistema afiliativo que consideran que está conectado con los grupos. Hasta donde sabemos, el único modelo multimotivacional alternativo ha sido presentado por el psicoanalista español Hugo Bleichmar (1997). A excepción de un capítulo de libro (Bleichmar, 2003), su trabajo, desgraciadamente, no ha sido traducido del español. Dentro de la literatura del apego, Jude Cassidy también ha avanzado un modelo multimotivacional que asemeja el nuestro: sistemas de apego, de cuidado, de miedo, de sociabilidad y de exploración (Cassidy, 2008). Dentro de la literatura de la psicología organizacional el psicoanalista y antropólogo Michael Maccoby (1988) también ha ofrecido un modelo multimotivacional. A pesar de importantes diferencias, hay similitudes sustanciales entre todos estos modelos multimotivacionales.

Una de las aplicaciones más importantes de un enfoque darwiniano de la motivación y las emociones fuera del ámbito del psicoanálisis ha sido el trabajo del distinguido neurocientífico Jaak Panksepp (1998; Panksepp y Biven, 2012). Ha habido alguna comunicación entre el enfoque neuroevolutivo de Panksepp y el psicoanálisis (Solms y Panksepp, 2012). En su último libro, Panksepp describe seis sistemas (2012). Un sistema de búsqueda que explora el entorno y busca novedad, un sistema de miedo, un sistema de ira, un sistema lujurioso/sexual, un sistema de cuidado/nutrición y un sistema que reacciona con pánico o sufrimiento cuando el cuidado no está disponible o se ha perdido.

Definición de términos

Siguiendo a Lichtenberg (1989) podemos usar el lenguaje de sistemas motivacionales, en lugar del concepto tradicional de instinto o pulsión. El concepto clásico de instinto o pulsión raramente hace referencia a los objetivos específicos y expresiones emocionales que activan y temporalmente “desactivan” las conductas instintivas. Alguna de estas respuestas emocionales se sienten y otras no. Todos estos componentes de las conductas instintivas funcionan como un sistema que está estrechamente regulado y monitoreado en forma no muy distinta a los sistemas fisiológicos que regulan funciones como los niveles de glucosa o el equilibrio acido-básico. El concepto tradicional de instinto tampoco enfatiza la enorme importancia del papel de la experiencia, que permite al organismo responder flexiblemente a diferentes entornos. Esta experiencia es expresada posteriormente como una serie de expectativas en su mayoría inconscientes que están codificadas a niveles implícitos (Cortina y Liotti, 2007; Fosshage, 2005; Renn, 2012). Ocasionalmente utilizaremos el viejo lenguaje del instinto por cuestiones de brevedad y para evitar el uso repetitivo de “sistemas motivacionales”.

La palabra altruismo se usará para definir conductas de ayuda en tanto supongan un costo directo en el bienestar de quien las lleva a cabo. En otras palabras, el donante estaría mejor parado y habría incrementado su sobrevivencia (idoneidad) si hubiera evitado el acto altruista. En la literatura evolutiva, se hace una distinción entre los niveles de análisis distal (filogenético) y proximal (ontogenético). Es importante tener en mente esta distinción cuando se trata de la evolución del altruismo y la cooperación, puesto que se genera mucha confusión cuando estos dos niveles de análisis se mezclan. Desde una perspectiva evolutiva distal, el altruismo se refiere a como los alelos (genes) altruistas son seleccionados entre distintas poblaciones dentro de una especie en competición con un gen egoísta[1]. Desde una perspectiva psicológica-motivacional próxima, el altruismo se refiere al modo en que un gen altruista activa o desactiva motivaciones y conductas altruistas rn los individuos. Por ejemplo, digamos que mediante un proceso altruista distal se seleccionan gen(es) porque confieren un mayor valor de supervivencia a aquellos individuos que tienen estos gen(es) que a los que no los tienen. Mediante un proceso biológico complejo que probablemente es regulada mediante mecanismos epigenéticos, tales como la metilación del ADN (Szyf y Bick, 2013). Estos procesos epigenéticos activan y desactivan la expresión de los genes. La expresión de los genes altruistas ocasionará en que las madres que tienen estos genes experimenten sentimientos positivos hacia su progenie, de modo que las madres estarán muy motivadas para cuidarla y protegerla, es decir, causación proximal.

Algunos modelos de selección son altruistas en un sentido evolutivo distal pero no motivacional-psicológico proximal, y algunas formas de cooperación no son altruistas en absoluto. La selección familiar (kin selection) es un ejemplo de lo anterior. Algunos teóricos evolutivos cuestionan si la selección familiar es “verdaderamente” altruista puesto que se basa en la selección de genes altruistas entre individuos que tienen lazos genéticos estrechos. Desde esta perspectiva distal, algunos sostienen que la selección familiar es un ejemplo excelente del nepotismo genético, “genes egoístas” que persiguen sus propios fines reproductivos por medios altruistas (Dawkins, 1976/1989). Sin embargo, si observamos la selección familiar desde una perspectiva psicológica proximal, las conductas de ayuda entre familiares cercanos son claramente altruistas. Tomemos el ejemplo de las madres y su descendencia que acabamos de mencionar. Los instintos maternales pueden ser muy feroces, y las madres de muchas especies de mamíferos (incluyendo los humanos) y de aves sacrificaran su vida en defensa de sus críos.

El altruismo recíproco (Trivers, 1971) es un ejemplo de una forma condicional de cooperación que no es altruista en sentido distal ni proximal, y muchos piensan que el término es una denominación poco apropiada. El altruismo recíproco es una forma directa o cooperación basada en una estrategia condicional: “te ayudaré o cooperaré contigo si tú me ayudas o cooperas conmigo, pero dejaré de cooperar tan pronto como tú no me correspondas”. Esta estrategia ayuda a explicar cómo muchas formas de cooperación pueden haber evolucionado (especialmente en el caso de los humanos, como veremos). Desde una perspectiva distal esta forma de mutualidad no implica una disminución de sobrevida, por tanto no es altruista por definición. Desde una perspectiva psicológica-motivacional proximal, el altruismo recíproco no se basa en una motivación altruista, sino en un cálculo pragmático-utilitario en el que los individuos seleccionan homólogos que “juegan limpio”, un cálculo que no implica una motivación altruista. Para evitar confusiones en cuanto al altruismo y la cooperación, es importante tener en mente la distinción entre los niveles distal y proximal en el análisis de la causación.

Abordaremos dos formas de cooperación. Una forma de cooperación podría describirse como una forma de egoísmo calculador (una como forma débil de reciprocidad). Cooperamos porque es mutuamente ventajoso hacerlo. Otra forma de cooperación es altruista. Esta forma de cooperación altruista implica un coste o sacrificio (al que a veces nos referimos como forma fuerte de reciprocidad). El ejemplo extremo es salvar la vida de una persona aun a costa de la nuestra vida. Menos extremo es exponer a individuos que infringen normas sociales altruistas (el que da la voz de alarma) pero si incurre el posible costo de retribución.Hay incontables ejemplos de formas menos costosas de cooperación altruista que vemos rutinariamente como tomarse el tiempo de indicar una dirección a un extraño, ceder un asiento en el tren o el autobús a una persona mayor, aconsejar a un colega, ayudar a un vecino limpiando de nieve de su acera. Todos estos ejemplos implican costos menores, pero no dejan de ser altruistas. La motivación es intrínseca basada en el placer que nos proporciona y en la mayoría de los casos no hay reconocimiento publico, ni esperamos reciprocidad. Los humanos destacan en esta forma de cooperación altruista. Pero no es sólo una cuestión de la calidad de la cooperación, es también cuestión de cantidad y escala. La cooperación humana no se limita a las interacciones diádicas o entre grupos pequeños, sino que implica empresas a gran escala como involucrarse en guerras, crear instituciones, transacciones comerciales multinacionales o proyectos científicos a gran escala a nivel internacional. Tal vez con la excepción de algunos insectos muy sociales, como las hormigas, las abejas o las termitas, este tipo de cooperación a gran escala y complejidad social no tiene igual en el mundo natural (Wilson, 2012). Explicar cómo evolucionó este tipo de cooperación altruista en nuestra especie es un tema central de este ensayo.

Organización del ensayo

El resto de ensayo está dividido en cuatro secciones. La primera sección intenta explicar cómo cuatro procesos evolutivos interrelacionados (que describimos a continuación) pueden haber convergido para crear en nuestra especie una estrategia de supervivencia evolutiva ultra-cooperativa, y cómo esta estrategia cooperativa puede haber coevolucionado para desarrollar un sistema intersubjetivo de comunicación, comprensión social y empatía (la capacidad para entender intuitivamente la mente del otro). La coevolución de la cooperación y la comprensión social prepara el camino para la emergencia del lenguaje y la cultura simbólica.

Complementamos esta explicación con una descripción muy breve de diferentes estrategias de selección que operan mediante la selección natural de alelos genéticos (modelos de causación dístales). Además de la selección familiar, los modelos directos de selección basados en la reciprocidad, y los modelos indirectos de selección basados en la reputación, explicamos por qué un modelo de selección de grupo operando a niveles múltiples podría haber desempeñado un papel prominente en la emergencia de normas sociales y una nueva forma cultural de selección basada en el aprendizaje. Concluimos esta sección con el destino de las jerarquías de dominación en el simio humano.

En las últimas dos secciones clínicas, examinaremos como los remanentes de la organización jerárquica en nuestra especie pueden reaparecer como impulses de dominio y sumisión como consecuencia de una historia de trauma acumulativo. También examinamos la relación del e trauma acumulativo con el apego, la comunicación intersubjetiva y la cooperación.

Pasos hacia la ultracooperación y la emergencia de la mente humana

En la siguiente sección, ofrecemos una explicación muy condensada de cómo cuatro estrategias evolutivas interrelacionadas dieron ligar a un tipo ultracooperativo de organización social y motivaciones prosociales con miembros familiares y no familiares en sociedades cazadoras-recolectoras nómadas[2]. También explicamos cómo y por qué estas estrategias evolutivas ejercieron presiones selectiva fuertes para el desarrollo de capacidades intersubjetivas que ayudaron a comunicar y percibir las mentes de los otros (empatía). Estas cuatro estrategias evolutivas son:

1.    Un sistema de cuidado cooperativo por el cual los otros (“alopadres” o “alomadres”, del griego alo, que significa “otro”) asisten a las madres en el cuidado y el aprovisionamiento (alimentación) de los niños pequeños. Este sistema de cuidado extenso es formalmente denominado crianza cooperativa (cooperative breeding).

2.    Un tipo de vínculo sexual (vínculo de pareja) que dio lugar a lazos más estables y duraderos.

3.    Un tipo de cooperación a nivel de grupo que dio lugar a la emergencia de normas sociales igualitarias compartidas.

4.    Un período muy prolongado de desarrollo (el más prolongado de todas las especies conocidas) que apoya la plasticidad evolutiva y la flexibilidad adaptativa.

Una ampliación del sistema de cuidado (o por qué “se necesita una aldea para criar un niño”)

La crianza cooperativa se estudio por primera vez en algunas especies de insectos muy sociales (“eusociales”) como las hormigas, las abejas y las termitas (Wilson, 2012), y en las aves, pero es su presencia en los primates la que la hace importante para entender la evolución humana (Hrdy, 2009). En la gran mayoría de las especies mamíferas sólo las madres cuidan de su progenie hasta que ésta es independiente (“criadores independientes”). Por ejemplo, las madres chimpancés no permitirán a otros miembros del grupo que  se acerquen a su infante en los primeros seis meses de vida. Sólo 10 % de especies de aves y mamíferos tienen algunos elementos de crianza cooperativa.

 Entre los cazadores-recolectores que se han estudiado extensamente en los últimos 60 años los cuidadores pueden ser una abuela, una hermana mayor, otras madres con quien puede no existir vínculo familiar y de vez en cuando el padre (Hrdy, 2009). Este nivel de confianza por parte de las madres en otros miembros del grupo es bastante extraordinario dado el alto nivel de infanticidios que existe en muchas especies de primates (Hrdy, 2009). Por ejemplo, Cheney y Seyfarth (2007, pp. 40-41) informan que el infanticidio supera a la predación como causa de la muerte entre los babuinos. Hay muchos factores explican el infanticidio en los primates, pero la mayoría de primatólogos lo atribuyen a la naturaleza de las sociedades tan competitivas en las que viven los primates y un impulso de deshacerse de rivales potenciales.

Con el cambio gradual hacia vínculos de pareja más duraderos entre nuestros ancestros homínidos, los machos comenzaron a participar en el cuidado de los pequeños, una ampliación del rol protector que había sido exclusivamente materno (Chapais, 2008) y comenzó a desarrollarse una mayor tolerancia entre los machos (ver más abajo). El efecto es la disminución de la amenaza de infanticidio, lo que permite a las madres dejar que otros las ayuden en el cuidado y aprovisionamiento de sus hijos.

Requiere 13 millones de calorías criar a un humano desde su nacimiento hasta su suficiencia nutricional (Hrdy, 2009, p. 101) y los humanos tienen los infantes que maduran más costosa, prolongada y lentamente de todos los primates. Los alomadres incurren costos muy altos cuando participan en el cuidado y la alimentación de los menores con quien pueden tener o no una conexión genética próxima. ¿Qué beneficios podrían posiblemente compensar estos costos tan altos? Las madres humanas que se ven liberadas de cuidar y alimentar a sus crías en forma exclusiva pueden empezar a participar más plenamente en actividades de búsqueda de comida, y esta participación puede tener un gran impacto en la supervivencia de estas pequeñas sociedades nómadas. Al menos la mitad de las calorías consumidas por las sociedades cazadoras-recolectoras provienen de las actividades de búsqueda de comida de las hembras (Hrdy, 2009, p. 106-107). Las contribuciones de las hembras, especialmente el papel de las mujeres que están en un periodo post-reproductivo de la vida, ha sido bien documentado en varias etnografías de sociedades cazadoras-recolectoras nómadas existentes (Hawkes, 2004; Sear & Mace, 2008). Como veremos enseguida, esta contribución se vuelve sinérgica con el sistema cooperación y ayuda mutua que prevalece entre los cazadores-recolectores nómadas y que asegura que la carne obtenida de la caza será compartida más o menos equitativamente entre toda la banda. Estamos de acuerdo con Hrdy en que las contribuciones de las hembras a la supervivencia de los ancestros homínidos es una parte importante de la prehistoria de nuestra especie que no ha recibido la atención que merece. Pero su importancia se está haciendo evidente en las agencias internacionales que sirven a comunidades empobrecidas. Apoyar la educación de las mujeres y su capacidad de participar activamente en la vida económica de su comunidad es una de las mejores maneras de sacar a esas comunidades de la pobreza[3].

Hay otro factor que ayuda a explicar por qué la crianza cooperativa puede haberse arraigado entre nuestros ancestros humanos. Durante la lactancia, las madres generalmente son menos fértiles, y la aloparentalización permite a las madres destetar antes a sus hijos y hacer que les sea posible tener otro infante. Los chimpancés que no tienen esta ayuda destetan a sus crías a los 5 o 6 años. Esto tiene un gran impacto en las tasas de fertilidad de las madres humanas en comparación con la de nuestros parientes los chimpancés. Antes de que se introdujeran los métodos anticonceptivos actuales en las sociedades cazadoras-recolectoras nómadas, las madres humanas concebían como media cada 3 años, mientras que los chimpancés conciben cada 6 ó 7 años (Hrdy, 2009).

Finalmente hay que agregar una explicación ecológica muy importante. La  crianza cooperativa se da en muchas especies en que las condiciones climatologiítas están cambian rápidamente, como sucede periódicamente en la sabana Africana done las sequías prolongadas son frecuentes. En estas condiciones la crianza cooperativa es una estrategia evolutiva eficaz para contrarrestar los efecto devastadores de una esquía prolongada y cambios clima drásticos. Este es precisamente el escenario ecológico que enfrentaron nuestros antecesores homínidos hace 2 millones de años.

La crianza cooperativa favorece el desarrollo de la comunicación intersubjetiva

Tan importantes como son los efectos de la crianza cooperativa para la sobrevivencia, los efectos en el desarrollo de las capacidades comunicativas de los infantes pueden haber sido de igual importancia evolutiva. Tener muchos alomadres y alopadres con quienes interactuar a una edad temprana podría ser el principal factor que acelerase el desarrollo de las capacidades comunicativas del infante. Como señala Sarah Hrdy esto bien pudiera ser una pieza my importante del rompe cabezas de por qué las capacidades intersubjetivas y de comunicación humanas están mucho más desarrolladas que en otros primates. Esto es bastante evidente al principio del desarrollo por la encantadoras “proto-conversaciones” entre madres e infantes: Los “oooh y aaaah” de ida y vuelta que tienen lugar antes de que los infantes aprendan a hablar su lengua nativa (Bateson, 1971; Beebe y Lachmann, 2002; Trevarthen, 1980).

Hay varias fuentes de evidencia que apoyan la idea de que un entorno social temprano enriquecido tiene profundos efectos en el desarrollo de la comunicación intersubjetiva y la capacidad para entender la perspectiva de los demás (Cortina y Liotti, 2005; Hobson, 2004; Hobson, Chidambi, Lee y Meyer, 2006). Hrdy (2009) apunta que cuando los chimpancés se crían en cautividad o en contacto estrecho con humanos, desarrollan muchas más capacidades de comunicarse que las que tienen aquellos observados en su hábitat natural. Por ejemplo, los chimpancés no apuntan en un entorno salvaje, pero los chimpancés criados por humanos a menudo aprenden a señalar para pedir algo, aunque nunca aprenden a señalar para compartir un objeto o situación de interés con otros, como hacen los infantes humanos cuando tienen 12 meses (Tomasello, Carpenter y Liszkowski, 2007). Cuando los infantes chimpancés son expuestos a este tipo sofisticado de interacción social que caracteriza a los humanos, ésta empuja los límites de la capacidad de los chimpancés para las comunicaciones intersubjetivas en grados insospechados.

Tetsuro Matsuzawa, del Centro de Investigación de Primates de la Universidad de Kyoto, ha trabajado durante 30 años con Ai, un chimpancé nacido en África, ganándose su confianza en tal grado, que llegó a que Ai hiciera algo que las madres chimpancés nunca harían en estado salvaje: Dejaba que Tetsuro tuviera acceso a su primer hijo, Ayumu. Matsuzawa fue inmediatamente recompensada con la posibilidad de realizar una observación importante. Al igual que los infantes humanos, Ayumu tenía sonrisas inducidas por la fase REM del sueño cuando estaba dormido, algo a lo que a veces se describe como “practicar” la sonrisa. Pero poco después, Ayumu empezó a mostrar una sonrisa social, y continuo sonriendo con Matsukawa y con su madre con sonrisas totalmente sociales, como hacen los bebés humanos. Esta conducta entre madres e infantes no había sido observada antes en estado salvaje. Uno de los alumnos de Matsuzawa, Masako Myowa, pensó que si los bebés sonreían desde tan pronto, también podrían imitar gestos, como los famosos estudios de Meltzoff y Moore han mostrado en bebés humanos recién nacidos (Meltzoff y Moore, 1977). Usando el mismo abordaje intuitivo que aprendió de su profesor, Myowa pudo mostrar con un infante chimpancé que había perdido a su madre al poco tiempo de nacer, que podía sacar la lengua e imitar los gestos cómicos de Myowa. Pero hay un aspecto singular en esta historia. El personal del Kyoto repitió el mismo experimento con otros chimpancés recién nacidos, y los infantes chimpancés siguieron sonriendo e imitando a sus cuidadores humanos. Pero de repente, a las 12 semanas de edad los infantes chimpancés perdieron interés en las sonrisas, y gestos de sus cuidadores humanos, y dejaron de sonreírles e imitarlos. Parece que grupo de Kyoto ha llevado al límite un tipo de interacción social. Los infantes chimpancé se acercaron a lo que se observa en humanos, pero no pudieron salvar la brecha de los 7 millones de años, cuando los caminos evolutivos de los chimpancés y los homínidos empezaron a divergir.

Apoyando estos hallazgos están las observaciones hechas en la colonia de monos Rhesus ubicada en Poolesville, Maryland, encabezada por Stephen Suomi y colaboradores (Ferrari, Paukner, Ionica y Suomi, 2009). El equipo observó un tipo de actividad intersubjetiva de compartir y de cruce de miradas en díadas madre-infante que daba comienzo poco después del nacimiento. Antes de hacer estas observaciones se pensaba que esta forma de intercambios intersubjetivos cara a cara era rara o inexistente entre primates no humanos. Pero, como en el caso anterior tras un mes o dos, este tipo de comunicaciones intersubjetivas se interrumpe repentinamente. A esa edad, los infantes comienzan a interactuar con sus pares en juegos bruscos. Suomi conjetura que este tipo de comunicación intersubjetiva no sirve un propósito útil a los monos Rhesus, en quienes las relaciones con los compañeros preparan a los miembros juveniles para adaptarse a las jerarquías sociales, que desempeñan un papel crucial en su vida social (comunicación personal con Stephen Suomi).

El cuidado aloparental extensivo pudo habernos iniciado en esta vía evolutiva, proporcionando a los bebés de nuestros ancestros humanos muchas oportunidades de interacciones sociales ricas. A medida que esta matriz intersubjetiva se fue arraigando generación tras generación mediante la crianza cooperativa (e instigada por la necesidad de cooperar con los demás en términos de igualdad), este desarrollo nos puso en una vía evolutiva que dio lugar al la capacidad de comprender las intenciones, emociones, gestos y, en último lugar, las mentes de nuestros congeneres.

Burkart y van Schaik (2009) desarrollaron otra línea de investigación que apoya la hipótesis de que la crianza cooperativa y el cuidado aloparental dieron lugar a formas más avanzadas de comunicación intersubjetiva y cognición social comparando tres especies filogenéticamente cercanos de monos del nuevo mundo que varían en el grado en que exhiben cuidado aloparental. El primer grupo de especies, los tamarinos y los micos, pertenecen a la familia de callitrichidos y son criadores cooperativos que combinan en forma extensa el cuidado de los jóvenes con el aprovisionamiento. La segunda especie, los monos capuchinos, pertenece a la familia de los cébidos y muestra un grado modesto de cuidado aloparental compartido con mínimo aprovisionamiento. En la tercera especie, los monos ardilla –también miembros de la familia de los cébidos- el cuidado parental es muy limitado o inexistente (son criadores independientes). Burkart y van Schaik predijeron que los tamarinos y los micos superarían a los monos ardilla (criadores independientes) en las mediciones cognitivas sociales, pero no en las tareas cognitivas no sociales. Los monos capuchinos, que exhiben algunas conductas de crianza cooperativa, estarían en el medio. También se predijo que la familia de los cébidos, los monos capuchinos y ardilla, superarían a los tamarinos y micos en el campo no social, debido al hecho de tienen un cerebro de mayor tamaño en relación a su talla corporal –la inteligencia general y cerebros más grandes están, generalmente, muy correlacionados (Deaner, van Scahaik & Johnson, 2006).

Para comparar la cognición social (capacidades intersubjetivas) utilizaron 4 mediciones: preferencias atencionales, comprensión de la mirada, aprendizaje contextual visual, plasticidad de las llamadas vocales, y capacidades de enseñanza. Para comparar la cognición no social, utilizaron 7 mediciones puramente cognitivas tales como el uso de herramientas, etapas de permanencia objetal, memoria a corto plazo y respuestas que requieren gratificación retardada para resolver un problema. De acuerdo con la hipótesis, los tamarinos y los micos superaron sistemática y significativamente a los monos capuchinos y monos ardilla en el campo cognitivo social, pero no en el campo cognitivo no social. Es importante enfatizar que los tamarinos y micos superaron a los capuchinos y ardillas en las mediciones cognitivas sociales a pesar de tener un cerebro más pequeño. Como se predijo, los monos capuchino que tienen algunos elementos de crianza cooperativa están, en la mitad en cuanto a habilidades cognitivas sociales. Esta es una confirmación muy significativa de la hipótesis de que el cuidado aloparental favorece el desarrollo de habilidades cognitivas sociales que se necesitan para que prospere la comunicación intersubjetiva.

Es muy probable que los procesos evolutivos similares que favorecen la cognición social ocurrieran con los perros, quienes tienen una larga historia que se remonta al menos a 14000 años o más de convivir con humanos. Esta co-evolución con los humanos explica el por qué los perros tienen ciertas habilidades sociales de tipo humano (Hare y Tomasello, 2005). En resumen, mediante un proceso similar a la domesticación, los infantes humanos, criados y expuestos durante cientos de miles de años a múltiples cuidadores fueron capaces de desarrollar habilidades intersubjetivas que ayudaron a las comunicaciones humanas y a la comprensión social (Hrdy, 2009). Este campo intersubjetivo fértil hizo posible que floreciese el lenguaje y la capacidad de percibir (e imaginar) las mentes de los otros. La exploración de la relación entre las capacidades de intersubjetividad, y de poder entender la perspectiva de los congeneres están implícitas en conceptos tales como teoría de la mente, mentalización y empatía, pero este tema no lo vamos abordar en este ensayo (ver Cortina y Liotti, 2010; Hobson, 1998, 2004; Tomasello, 2008; Trevarthen, 1980).

Cómo los vínculos de pareja sexual duraderos (lazos de pareja) contribuyeron al tipo de estructura familiar y composición grupal observada entre las sociedades de cazadoras-recolectoras nómadas

Los chimpancés y los bonobos viven en grupos de sexo mixto, se emparejan de forma promiscua (especialmente los bonobos) y tienen patrones de emparejamiento de corta duración. Machos y hembras copulan con varias parejas y no hay vínculos de crianza estables (Chapais, 2008). Cuando las hembras alcanzan la madurez sexual se mudan a nuevos grupos (la solución de su especie al problema del incesto), mientras que los machos permanecen en su grupo natal. En los chimpancés, esta organización social da lugar a linajes patrilineales extensos de machos que incluyen abuelos, padres, tíos y hermanos. Estos linajes patrilineales no se reconocen como “familia”, de manera que esta estructura genealógica es “socialmente silenciosa” (Chapais, 2012). La importancia de esta falta de reconocimiento familiar es que convierte a los otros machos en rivales potenciales. Los chimpancés no establecen lazos estrechos, sino mas bien alianzas estratégicos que protegen su rango, o utilizan estas alianzas para derrocar a individuos de rango superior (de Waal, 1982). El acicalamiento (grooming) desempeña un papel importante en este proceso, suavizando los conflictos, y ayudando a crear y mantener alianzas nuevas (de Waal, 1989)[4].

Esta innovación evolutiva de vínculo de pareja más duradero ha aparecido en otras especies de mamíferos y aves, pero no es común. Según Chapais, la consecuencia más importante del vínculo de pareja duradero es que cuando los padres empiezan a participar en el cuidado de su progenie comenzaron a reconocerlos como “uno de los suyos”, y viceversa. Poco a poco, el vínculo de pareja empieza a revelar la estructura genealógica subyacente de las relaciones familiares. Por ejemplo, si una hija establece un vínculo de pareja con un macho de otro grupo, el padre puede reconocer al macho preferido por su hija como un afín, es decir, como un individuo familiar que puede ser tolerado, y no un rival. Otros efectos de los vínculos de pareja duraderos se extienden a las relaciones entre hermanos y hermanas, que tienden a mantener estos vínculos de por vida, aun cuando migran a otros grupos.

El efecto combinado de estas innovaciones evolutivas trajo consigo la composición multifamiliar que vemos en nuestra especie, un sistema familiar que emergió lentamente en nuestros ancestros homínidos. Esta ampliación del reconocimiento social entre miembros del grupo comenzó a crear un estado de tolerancia mutua entre los machos y posibilidades de cooperación que no habían existido hasta entonces. En esta red social creciente, los machos fueron capaces de circular más libremente entre grupos (Chapais, 2008). La capacidad de los miembros del grupo para interactuar con otros miembros de grupos de cazadores-recolectores creó posibilidades de comercio, aprendizaje mutuo y, como veremos más adelante, ayuda mutua en tiempos de crisis. La acumulación de conocimiento cultural resultante dio lugar a la emergencia de la modernidad conductual y cultural durante el Pleistoceno superior (Tomasello, 1999, 2008).

Un estudio de 37 grupos de cazadores-recolectores nómadas (n= 5067 individuos) en diferentes continentes del mundo realizado por Hill y sus coautores (Hill y col., 2011) confirma las predicciones de Chapais sobre la composición de los grupos multifamiliares en las sociedades nómadas, así como los efectos en el desarrollo de las redes familiares y de patrones de co-residencia (quién se queda en un grupo o lo abandona y cómo permanece en contacto). La enorme importancia de poder establecer vínculos sexuales y no sexuales duraderos para la evolución humana fue el crear redes interactivas amplias de individuos con o sin relación familiar entre diferentes grupos.

Cerramos esta sección sobre el vínculo de pareja con dos puntos. Primero, la emergencia del vínculo de pareja a largo plazo no implica que la monogamia es normativa para nuestra especie, y que otros sistemas o instituciones de emparejamiento tales como la poliginia (un macho para varias hembras) o la poliandria (una hembra para varios machos) son aberrantes. Diferentes especies y diferentes culturas humanas han producido muchos tipos de sistemas de emparejamiento que han demostrado ser adaptativos. Pero cabe señalar los recolectores nómadas mantienen una estructura monogámica Segundo, basada en la regla de Hamilton o selección familiar (ver más abajo) los antropólogos generalmente han creído que las pequeñas bandas de cazadores recolectores nómadas estaban compuestas casi totalmente por familiares, y el alto grado de cooperación altruista observado en nuestra especie se ha explicado generalmente por la selección familiar. Pero el estudio de Hill y col. muestra que la mayoría de los miembros dentro de los pequeños grupos nómadas no están relacionados genéticamente. Por tanto, la selección familiar, como único mecanismo evolutivo selectivo que da lugar al altruismo y al cuidado mutuo no puede ser la explicación de la amplia cooperación y organización social igualitaria observadas en los cazadores-recolectores nómadas que han sido estudiados en todo el mundo.

De la jerarquía al egalitarismo (o cómo los cazadores recolectores nómadas se libraron de los abusones (los “bullies”) y resolvieron el problema de los oportunistas

Durante el 99% de la vida de nuestra especie (si empezamos a contar desde la aparición del Homo Erectus hace 1,8 millones de años, considerado por muchos nuestro primer ancestro plenamente Homo) hemos vivido como cazadores-recolectores nómadas. Para entender la evolución humana es esencial tener una idea aproximada de cómo puede haber aparecido la estructura social de los cazadores y recolectores nómadas. Las conductas y actitudes humanas no se fosilizan, y cualquier entendimiento tiene que provenir de los restos más antiguos de huesos fosilizados, artefactos que se han dejado atrás y estudios etnográficos de nómadas modernos que han tenido mínimo contacto con la civilización moderna (Boehm, 2012; Boehm, 1999; Hill y col., 2011). La etnografía de sociedades cazadoras-recolectoras nómadas existentes sirve como el modelo más cercano que tenemos de cómo los ancestros homínidos humanos vivieron y sobrevivieron durante el Pleistoceno –especialmente durante el Pleistoceno superior (120.000 a 12.000 Antes del Presente), cuando la modernidad cultural y conductual hace su aparición en los registros arqueológicos.

Si bien Sarah Hrdy es la campeona indiscutible a la hora de subrayar la importancia de la crianza cooperativa en la evolución de nuestra especie, Christopher Boehm ha desempeñado un papel de liderazgo similar al ayudarnos a comprender cómo y por qué nuestros ancestros humanos fueron capaces de hacer la transición de una organización social principalmente basada en jerarquías de dominación a otra altamente cooperativa basada en un ethos igualitario que emergió en algún momento del Pleistoceno. Boehm aporta un conjunto excepcional de habilidades a esta tarea. Entrenado como antropólogo cultural, hizo trabajo de campo estudiando a tribus igualitarias en Nuevo México y Montenegro y fue entrenado por Jane Goodall, la legendaria pionera en el estudio de chimpancés en la naturaleza (Goodall, 1986). Boehm ha continuado el trabajo de Goodall haciendo viajes anuales al parque nacional Gombe en Tanzania.

Boehm (1999, 2012) ha revisado cuidadosamente la etnografía de 337 cazadores-recolectores nómadas estudiados en el pasado por antropólogos, seleccionando y eliminando los casos que tenían un contacto significativo con civilizaciones modernas o misioneros nómadas o que han vivido por periodos largos   en una aldea permanente. Eso dejó 150 casos que él llamó “sociedades buscadoras (foragers) aptas del Pleistoceno Superior”. De estos 150 casos, sólo un tercio han sido sistemáticamente codificados y estudiados por Boehm usando criterios que ha ido refinando con el tiempo. Estos buscadores nómadas viven en grupos de 20 a 30 individuos compuestos por grupos multifamiliares así como por miembros del grupo que tienen relación familiar entre sí, como los descritos por Hill y col. (Hill y col., 2011). Los hallazgos más significativos de esta revisión –que confirman lo que la mayoría de antropólogos han llegado a creer- es que a pesar de las grandes diferencias en los climas, de la tundra glacial del Ártico a los sofocantes bosques tropicales, y las numerosas diferencias culturales, todos los grupos nómadas sin excepción son ferozmente igualitarios y avergüenzan, aíslan y castigan activamente a los individuos que se desvían del ethos igualitario. Este hecho por sí mismo sugiere una explicación evolutiva.

Los antropólogos han apuntado semejanzas entre los cazadores recolectores contemporáneos y lo que sabemos de nuestros ancestros del Pleistoceno superior, incluyendo herramientas de caza similares tales como hojas de piedra atadas a palos de madera, arpones, trampas y redes, a veces descritas como “tecnologías de artilugios” (Kuhn y Stiner, 2001). Pero tal vez lo más cercano a una “prueba irrefutable” en antropología que muestra evidencias de continuidad cultural y cognitiva entre cazadores nómadas separados por 40000 años o más, ha sido el descubrimiento reciente de d’Errico y su equipo de numerosos artefactos hallados en la cueva Border Cave, cerca de la frontera de Swaziland en Sudáfrica (d’Errico y col., 2012). Todos estos artefactos y huesos han sido cuidadosamente fechados entre 39000 y 44000 años Antes del Presente (AP). Incluyen herramientas de hueso con forma de varas largas para pelear primorosamente decoradas con espirales con pigmento rojo, y abalorios hechos con cáscara de huevos de avestruz usados como collares. Otros artefactos hallados son “palos para excavar” y un “palo” con trazas de un compuesto venenoso, similar a una herramienta usada por los aborígenes del desierto Kalahari para aplicar veneno en sus flechas. También se encontraron 4 huesos con muescas, que el equipo interpreta como “palos de cálculo”, utilizados para contar. Todos estos artefactos son llamativamente similares al arte y las herramientas de caza usadas por los aborígenes contemporáneos de África, y muestran que los habitantes de la cueva Border Cave en Sudáfrica habían logrado un nivel de sofisticación cultural y tecnológica que los iguala con los aborígenes contemporáneos del desierto Kalahari (Balter, 2012). Estos descubrimientos recientes apoyan la especulación de Boehm (2012) de que la transformación en un tipo de organización social igualitario y altamente cooperativo tuvo lugar durante el Pleistoceno Superior aproximadamente 45000 años AP, pero puede haber sido incluso anterior dados los recientes hallazgos en Sudáfrica que se datan en 77,000 años o más AP (Balter, 2011).

Equipado con una anatomía adaptada para vivir y viajar largas distancias, el Homo erectus (1,8 millones de años AP) fue capaz de adaptarse a la vida en la sabana africana. Poco después de su aparición en el registro paleontológico los grupos de Homo erectus pudieron abandonar África y llegar a lugares tan lejanos como son el Asia Oriental en Java y China (Tattersall & Schwartz, 2000, pp. 148-154). Aunque Homo habilis empieza usar herramientas de piedra tallada con una tecnología primitiva hace 2,3 millones de años,las herramientas de piedra y artefactos para la caza más sofisticados no se habían inventado. De modo que probablemente no fue una innovación tecnológica lo que permitió a estos primeros homínidos abandonar África (Tattersall y Schwartz, 2000). Es más probable que la emergencia de una anatomía que pudo permitir al Homo erectus viajar largas distancias, un cerebro mayor (900 ml, el doble de tamaño que el del australopitecus) y sobre todo una organización social superior hayan sido los factores clave que permitieron a estos humanos primitivos migrar de África.

La sabana Africana abierta acarreaba nuevos peligros y nuevas oportunidades. Para sobrevivir fue esencial el poder crear grupos altamente cooperativos que pudieran cazar juntos, recoger los restos de animales dejados atrás por otros predadores y el poder protegerse contra predadores más poderosos. Hallazgos paleontológicas recientes estiman que el cambio de la recogida a la caza cooperativa de grandes ungulados (grandes mamíferos) podría haber tenido lugar hace 1,3 millones de años, según un análisis de más de 1000 huesos animales dirigido por el paleontólogo español Manuel Domínguez Rodrigo en el Cañón Olduvai en África, muy rico en fósiles (Balter, 2010b). No es difícil imaginar por qué este tipo de caza cooperativa y reparto equitativo de carne se convirtió en la base de una forma de vida igualitaria.

Como muestran vívidamente los estudios etnólogicos examinados por Boehm, cualquier intento por parte de otros miembros del grupo de aprovecharse de este sistema de compartir equitativamente los recursos obtenidos por la caza (el “problema del oportunista”) o intentos de dominar al grupo (aspirantes a alfas y los abusones), es inmediatamente ridiculizado o castigado de diferentes modos, incluyendo el avergonzamiento, el ostracismo y, en casos extremos, el asesinato (Boehm, 1999, 2012). El papel de la familia de emociones que incluye vergüenza, bochorno, culpa y orgullo son potentes herramientas socializadoras que tuvieron un importante impacto en contribuir a una forma igualitaria de vida entre los antiguos nómadas (Gintis, Bowles, Boyd y Fehr, 2005; Henrich y Henrich, 2007). Los modelos evolutivos muestran que el castigo de los oportunistas, abusones y sociópatas fueron elementos críticos para que pudiese evolucionar una forma altruista de cooperación. Pero el castigo de los abusones u oportunistas puede ocasionar costes muy altos si se le deja a unos pocos individuos que se enfrentan por su cuenta con los oportunistas o abusones (Gintis, 2003; Gintis, Bowles, Boyd y Fehr, 2003; Henrich y Boyd, 2001).

Volveremos a este problema cuando examinemos el tema desde una perspectiva evolutiva puramente genética (distal). Por ahora queremos examinar el problema desde una perspectiva psicológica (proximal) para mostrar cómo la emergencia de emociones vergonzantes durante la evolución humana, probablemente evoluciono con la emergencia de normas sociales compartidas que apoyan los valores comunales de igualdad y justicia (Gintis, 2003; Gintis y col., 2003; Henrich y Henrich, 2007). Las normas prosociales compartidas actúan como un impuesto social que se le impone a todos los miembros del grupo (Boyd, 2006) y hace que sancionar a los oportunistas y abusones sea menos costoso para individuos que actuasen por su cuenta. La idea de un “impuesto social” es la forma que Boyd explica la propuesta de Samuel Bowles de “nivelación reproductiva” (Bowles, 2006). El efecto de “nivelación” se crea por influencias culturales, tales como normas sociales compartidas, que apoyan la igualdad y la justicia y “nivelan” el campo de juego para los altruistas cooperativos.

Para que las normas sociales compartidas tengan un papel relevante en la creación del cambio social es importante que estas normas se internalicen, creando un conjunto de expectativas automáticas inconscientes. Una vez internalizados, los valores igualitarios compartidos apoyan la sanción colectiva dirigida hacia los oportunistas y abusones, avergonzando y aislando a aquellos miembros que se desvían del ethos igualitario (Boehm, 1999). Las normas sociales compartidas funcionan como un “pegamento social” que mantiene juntos a los grupos, creando un sentimiento de cohesión e identidad de grupo, en lo que Choi y Bowles (2007) han llamado una identidad “parroquial” que es la base para una mentalidad del “nosotros versus ellos”.

La idea de valores compartidos “internalizados” ha sido modelada matemáticamente por el economista evolutivo Herbert Gintis (2003) y la  importancia de normas sociales compartidas fue introducida en la psicología social por el psicoanalista Erich Fromm (Fromm, 1941) quien demostró empíricamente esta teoría unas décadas después (Fromm y Maccoby, 1970). Fromm llamó a estos valores compartidos “carácter social”. La idea principal tras la teoría es que el conjunto de actitudes y valores sociales compartidos por una mayoría de los miembros de un grupo, permite la cooperación y el funcionamiento social. Según Fromm, “el carácter social internaliza las necesidades externas y emplea la energía humana para sostener un sistema económico y social determinado” (Fromm, 1941, p. 284). En efecto, la gente termina por “querer hacer lo que tienen que hacer” para prosperar y sobrevivir bajo ciertas condiciones sociales y económicas (Fromm y Maccoby, p. 18). Según Fromm, las actitudes y valores compartidos son inculcados por la familia, que funciona como “agente psíquico de sociedad” (Fromm, 1947, p. 68) y se internaliza mediante un proceso de socialización y asimilación que comienza al principio del desarrollo y se refuerzan por las instituciones e ideologías sociales (Fromm, 1941, Fromm y Maccoby, 1970).

A pesar de la existencia de valores internalizados, siempre habrá individuos que desafíen o no estén conformes con estas normas, y se necesitan distintos tipos de sanciones o castigos para traer al orden a estos individuos. Los valores compartidos y las sanciones sociales se apoyan entre sí. Las normas sociales aseguran que el coste de la sanción no recaiga sólo sobre las espaldas de unos pocos individuos. Diferentes formas de avergonzamiento, la importancia de mantener buenas reputaciones sociales, y la amenaza del ostracismo son suficientes para mantener a los abusones (los bullies) bajo control, como se muestra claramente en las etnografías de cazadores recolectores citadas por Boehm (1999). Michael Maccoby (comunicación personal) apunta que la vergüenza está íntimamente conectada con un sentimiento de dignidad humana y Maccoby incluye la dignidad humana en la lista de lo que él llama impulsos-valor básicos (Maccoby, 1988). Sin la emergencia de normas sociales compartidas y el poder de la avergüenza y las amenazas de castigos como el ostracismo, es difícil comprender cómo y por qué han evolucionado las motivaciones y conductas prosociales mostradas hacia los miembros de un grupo con quienes no existen lazos familiares.

Se hacen necesarias dos advertencias. Primero, el argumento que avanzamos aquí no es que todas las normas sociales compartidas sean adaptativos y prosociales. Sólo tenemos que ver el horrible ejemplo de la Alemania nazi para mostrar cómo una ideología compartida basada en el orgullo nacional herido y en la búsqueda de un chivo expiatorio puede llevar al genocidio y la autodestrucción. En un estudio elaborado en los años 1930 que utilizo una entrevista psicoanalítica mostró que un porcentaje muy pequeño de dueños de pequeñas negocios y obreros alemanes entrevistados tenían actitudes autoritarias fuertes y sádicas que contradecían sus creencias políticas izquierdistas manifiestas. Otro pequeño porcentaje tenía fuertes actitudes democráticas antiautoritarias. El resto de la población entrevistada mostraba una mezcla de actitudes autoritarias y democráticas. Basándose en estos resultados, Fromm predijo que no podía contarse con los miembros de la clase obrera y media baja para oponer resistencia al nazismo (Fromm, 1984).

En segundo lugar, el mantener la adherencia a valores compartidos mediante distintas formas de avergonzamiento y amenazas de ostracismo funciona de modo informal y efectivo en pequeños grupos tales como sociedades simples de cazadores-recolectores nómadas, o sociedades de pastoreo u hortícolas. El psicólogo evolutivo Robin Dunbar (2010) halló que los sistemas sociales informales funcionan cuando se limitan a aproximadamente 180 personas (“el número de Dunbar”). Sanciones en sociedades complejas con grandes centros urbanos requiere que las instituciones formales efectivas, pero aun en estas sociedades complejas tiene que haber una base común suficiente de valores compartidos para que las instituciones tengan legitimidad, y suficiente integridad para que las personas confíen en ellas. Cuando la legitimidad y confianza se pierde, las sociedades comienzan a descender en la anarquía y el caos.

Las estrategias de historia de trayectoria de vida (life history strtategies) apoyan la plasticidad evolutiva y la flexibilidad adaptativa

Las estrategias de trayectoria de vida (ETV) que producen cambios en el acortamiento o la prolongación de los periodos de desarrollo que pueden tener un impacto evolutivo muy importante. Según Thompson y Nelson, los primates no humanos tienen cuatro importantes estrategias de ETV: la infancia, el periodo juvenil, un breve periodo adolescente, y el estadio adulto. Durante la evolución humana se inserto un estadio adicional: la infancia tardía y se prolongo la adolescencia (Thompson y Nelson, 2011, p. 249-250). Además, los humanos destetan a sus infantes antes que los chimpancés y tienen un periodo postreproductivo más largo. El periodo de amamantamiento más breve en los humanos está conectado con la crianza cooperativa. A medida que otros miembros de los grupos de cazadores recolectores nómadas participaban en la alimentación de los infantes, esto permite a las madres humanas el poder destetar antes a sus infantes en forma más temprana (a los 3 años entre los cazadores recolectores nómadas). En comparación, los chimpancés no destetan a sus infantes hasta los 6 años. Tras el periodo de destetamiento en torno a los 3 años, los humanos han añadido un estadio de infancia tardía (de los 3 a los 5 años).

La adolescencia en los humanos es muy prolongada en comparación con nuestros parientes simios e, incluso, en comparación con nuestros parientes homínidos más cercanos. Los chimpancés alcanzan la madurez sexual plena a los 12 años, aproximadamente la misma edad a la que el Homo erectus alcanzaba la madurez sexual. Por el contrario, los humanos alcanzan la madurez sexual plena a los 18 años, la más prolongada de cualquier especie conocida. La evidencia reciente muestra que los Neandertales, que tenían cerebros tan grandes o mayores que los de los humanos, alcanzaban la madurez sexual a los 14 años. Nuestra forma extrema de prolongar la adolescencia no aparece hasta la aparición del moderno Homo sapiens, hace más o menos 150.000 años. Está claro que el tamaño del cerebro no explica por sí mismo las diferencias entre los humanos y los Neanderthal, y el hallazgo de que los humanos tienen una adolescencia más prolongada y una madurez más lenta sugiere que la adolescencia prolongada se seleccionó para aumentar la plasticidad evolutiva del cerebro y darles a los niños y adolescentes el tiempo suficiente para absorber la enorme cantidad de aprendizaje necesaria para funcionar como adultos en entornos culturales complejos que los humanos están recreando continuamente. Además de adaptarse a sus entornos naturales, algunas especies crean sus propios entornos. Este es el fenómeno importante de la construcción de nichos (Kendal, Tehrani & Oding-Smee, 2011). Las abejas crean colmenas, los castores crean diques, y las hormigas crean un complejo laberinto con interconexiones bajo la entrada de sus hormigueros. Estos nichos son más o menos estáticos y no cambian una vez que se han hecho. Por el contrario, los humanos crean entornos culturales que están cambiando constantemente. La emergencia de una forma cultural de evolución creó presiones selectivas en ETV que apoyaban la plasticidad evolutiva y la flexibilidad adaptativa (Bjorklund y Rosenberg, 2005).

El promedio de vida de nuestra especie es mayor que el de nuestros parientes simios africanos, y aun mas que el de nuestros parientes extintos homínidos, los Neandertales (Thompson y Nelson, 2011). Una vida más larga significa un periodo postreproductivo más largo para las mujeres. En lugar de permanecer ociosas, las mujeres postreproductivas participan activamente en el cuidado de sus nietos y otros niños que son miembros del grupo, lo que Kristen Hawkes ha llamado la “hipótesis de la abuela” (Hawkes, 2004). Las observaciones recogidas por Hawkes en recolectores nómadas constituye otro eslabón en la cadena de acontecimientos que apoyó la emergencia del sistema de crianza cooperativa en nuestra especie.

Conclusión

La crianza cooperativa y el desarrollo de lazos sexuales duraderos no es exclusiva a la evolución humana y ha surgido en especies con cerebros más pequeños y sin el beneficio de la extraordinaria acumulación de conocimiento cultural que observamos en los humanos. La crianza cooperativa y el vínculo de pareja pueden haber puesto en marcha forma de evolución nueva, la evolución cultural que creemos que aparece con la emergencia de normas sociales compartidas y un ethos igualitario que es universal entre los recolectores nómadas. Las estrategias de historia de trayecto de vida tuvieron un importante impacto en facilitar estos cambios, retrasando la madurez sexual y creando un periodo prolongado de desarrollo para poder asimilar y aprender una gran cantidad de conocimiento cultural necesario para funcionar como adultos. Todas estas tendencias cooperativas ejercieron presiones selectivas en crear modos mas eficaces de comunicación y preñaron el camino para la emergencia del lenguaje.

Humanos que eran anatómicamente idénticos a nosotros aparecieron aproximadamente hace 200.000 años en África. Requirió 70.000 años o más que las poblaciones humanas alcanzaran un nivel de densidad que les permitiera interactuar y aprender los unos de los otros e imitar innovaciones culturales tales como la elaboración de herramientas, las habilidades para cocinar, las habilidades musicales y los instrumentos musicales (Powell, Shennan y Thomas, 2009)[5], las inicios de la modernidad cultural.

Hemos hecho hincapié en varias estrategias evolutivas que en combinación condujeron a la modernidad cultural de nuestra especie. Además, hubo otras innovaciones culturales importantes que no hemos mencionado, tales como el uso del fuego controlado que tuvieron un impacto importante en la evolución de nuestra especie (Wrangham, 2009). No es posible saber con certeza cómo, cuándo y en qué orden se dieron éstas y tal vez otras innovaciones evolutivas y culturales. La confirmación o refinamiento de este bosquejo de la prehistoria de nuestra especie dependerá de descubrimientos y métodos de investigación nuevos. Lo que está ausente en este relato es el papel que jugó el uso de herramientas y la tecnología prehistórica. Esa omisión es debida en parte en que nuestro interés en este ensayo es relatar el surgimiento de motivaciones prosociales en el origen de nuestra especie.

Modelos de evolución genéticos y la emergencia de la evolución cultural

Para que las estrategias evolutivas que hemos descrito tengan alguna credibilidad, deben ser consistentes con el trabajo teórico que ha sido formalizado matemáticamente en los últimos 60 años. Los modelos matemáticos examinan las condiciones básicas (obligatorias) que permiten que la selección natural actúe sobre una base genética (McElreath y Boyd, 2007). Los modelos matemáticos simplifican los procesos evolutivos esenciales, ofreciendo a veces insights sorprendentes. Afortunadamente no es necesario entender las matemáticas para poder expresar su lógica en un lenguaje sencillo. Los modelos matemáticos se prestan a simulaciones por ordenador y estos modelos y simulaciones pueden compararse con ejemplos de la vida real para ver qué tanto corresponden el mundo natural.

Los editores de Science (Kennedy y Norman, 2006) designaron la evolución de la cooperación y el altruismo uno de los 20 problemas científicos más desconcertantes que permanecen sin resolver.  En la últimos 60 años han aparecido varias propuestas matemáticas que han tratado de modelar la evolución del altruismo y la cooperación. Cada uno de estos modelos fueron propuestos como una solución al problema. En los últimos 15 años ha empezado a surgir un consenso que descubre elementos en común en todos estos modelos y que ve que todos contribuyen a entender la evolución de los primates, sobre todo la evolución del primate humano (Bowles y Gintis, 2011; Heinrich y Henrich, 2007; Nowak y Highfield, 2011; Sober y Wilson, 1998). Como apuntan Sherraff y Roberts: “El problema de la cooperación tiene muchas soluciones ahora, y su existencia ya no puede clasificarse como un rompecabezas… Al final, la teoría y la observación se encontrarán y entonces sabremos realmente que explicaciones generales aplicar al mundo que nos rodea (Sheraff y Roberts, 2012, p. 1305).

Discutiremos cuatro modelos principales: la selección familiar (también conocida como la regla de Hamilton o la selección inclusiva), formas de reciprocidad directas e indirectas y el modelo de selección de grupo multinivel. Comenzaremos con la selección inclusiva o la “Regla de Hamilton”, en honor del legendario pensador evolutivo William Hamilton quien, siendo estudiante de postgrado, publicó un artículo que revolucionó nuestra comprensión de la evolución del altruismo (Hamilton, 1964). La idea central de Hamilton es que el altruismo puede evolucionar a través de la selección natural porque los beneficios del acto altruista repercuten en los miembros familiares genéticamente cercanos que comparten estos alelos (genes) altruistas. De esta manera los alelos altruistas permanecen y proliferan en generaciones subsiguientes. Podemos pensar en este tipo de selección como una forma de nepotismo genético. La idea puede expresarse formalmente diciendo que el que el acto altruista b del donador evolucionará si el beneficio pare el miembro familiar beneficiario es mayor que el costo de c del donador.

b<c

Esta relación es modificada por un factor de r (matemáticamente, un “factor coeficiente”), donde r representa la relación genética entre el actor o donante b y el beneficiario c. Los valores de r variarán según el grado de relación genética. Un medio para los hermanos, puesto que los hermanos comparten el 50% de los genes parentales (r=0.5), un cuarto para sobrinas y sobrinos (r= 0,25), y un octavo para primos (r= 0,125). Esta fórmula general se expresa con una ecuación simple conocida como la regla de Hamilton:

rb < c

Los valores de r oscilarán de cero para los extraños a .5 para la descendencia o los hermanos, .25 para sobrinos o sobrinas etc. Por tanto el altruismo evolucionará siempre que rb – c < 0. Cuanto más cercano sea el parentesco con el donante, mayor será el efecto, puesto que los genes del donante se encuentran en miembros familiares y los genes permanecen en este fondo genético común Hamilton llamó a este beneficio indirecto: “selección o aptitud   inclusiva”.

La regla de Hamilton explica la mayoría de los casos de altruismo dirigidos a miembros familiares, pero su importancia es mucho más general. Según Bowles y Gintis, la regla de Hamilton “capta el mecanismo clave de todos los modelos de evolución del altruismo, a saber, que un gen altruista no puede proliferar si sus portadores no tienen más probabilidades de recibir ayuda de aquellos con quienes interactúan de la que ocurriría solamente por casualidad” (Bowles y Gintis, 2011, p. 49). Es decir individuos altruistas y cooperativos tienen que tener medios de identificar a otros individuos altruistas y cooperativos para que la cooperación y el altruismo prospere. Todos los modelos evolutivos de conductas altruistas comparten este aspecto de selección positiva, en el que los miembros altruistas y cooperativos interactúan con otros miembros cooperativos y altruistas. La selección positiva entre miembros familiares se logra probablemente mediante indicios físicos tales como la apariencia o el olor familiares, pero también mediante la experiencia de familiaridad obtenida al crecer juntos.

Los miembros altruistas de un grupo que no tienen familiares que comparten sus genes no pueden recurrir a los indicios físicos que los ayuden a reconocer a otros altruistas, y tienen que aprender a reconocer a los compañeros cooperativos y altruistas por otros medios. Esto puede suceder mediante interacciones reiteradas. Los miembros altruistas del grupo aprenden rápidamente quién responde recíprocamente y quién no. El resultado final es que este aspecto de selección positiva conduce a interacciones frecuentes entre individuos cooperativos. Todos los modelos evolutivos muestran que estas interacciones continuadas entre individuos cooperativos son esenciales para mantener la cooperación a largo plazo.

Esto nos lleva a los modelos multinivel de selección de grupo donde los grupos compiten con otros grupos por el éxito reproductivo. Se requieren varias condiciones para que la selección multinivel de grupo tenga la posibilidad de evolucionar. En primer lugar, tiene que haber mecanismos dentro de los grupos que eviten que los abusones (free riders) se aprovechen de los altruistas cooperativos, de lo contrario los abusones eliminarán a los altruistas cooperativos en pocas generaciones (Sober y Wilson, 1998, pp. 18-30). En segundo lugar tiene que haber una diversidad fenotípica entre grupos, con distintas mezclas de individuos que porten alelos altruistas y genes egoístas (los abusones) en cada grupo. En tercer lugar, tiene que haber disputas frecuentes entre estos grupos para que funcione la selección a nivel de grupo. Cuando estas condiciones se cumplen los grupos can mas miembros cooperativos funcionan mejor que grupos con menos miembros cooperativos, y a largo plazo los grupos más cooperativos tendrán niveles de sobrevivencia más altos (un fitness mayor) en competencia con grupos menos cooperativos.

Para entender cómo podría haber surgido mecanismos de selección positiva dentro de los grupos de cazadores-recolectores (la primera condición o requisito), necesitamos retroceder a nuestra discusión previa en torno a las normas y sanciones sociales. Las normas sociales compartidas, reforzadas por el poder de la vergüenza y la amenaza del ostracismo, aseguran que los aprovechados o abusones serán mantenidos bajo control o expulsados del grupo. Estos mecanismos de regulación social apoyan una interacción continua (selección positiva) entre los altruistas cooperativos dentro de estos grupos y tenderán a suprimir o eliminar a los abusones. La idea es resumida por Gintis (2004):

La complejidad cultural y la rapidez del cambio cultural… contribuyen a la internalización de las normas sociales que fomentan la idoneidad (fitness), de modo que la predisposición genética a internalizar normas sociales es una adaptación evolutiva. Además, los individuos que internalizan las normas también tienden a castigar a los individuos que las violan. Así, la conformidad con las normas sociales se convierte en algo que fomenta la idoneidad,  lo que contribuye a que los genes que fomentan las emociones  prosociales también son sean adaptaciones y fomenten la idoneidad. La internalización de normas y las emociones prosociales permiten una cooperación a gran escala entre no-familiares, constituyendo el escenario para la evolución tecnológica y cultural característica de la civilización moderna (p. 58).

Esta consideraciones aseguran la variabilidad fenotípica entre grupos, y satisface la segunda condición. La tercera condición para que prospere la selección multinivel requiere frecuentes disputas entre los grupos. Generalmente se ha creído que los grupos de cazadores-recolectores nómadas son generalmente pacíficos y que no habría suficientes conflictos entre grupos como para que las presiones selectivas funcionasen a nivel de grupo. Pero una revisión de la literatura etnográfica del economista y teórico evolutivo Samuel Bowles, muestra que las batallas entre grupos de cazadores-recolectores nómadas son mucho más frecuentes de lo que se creía, y estos conflictos pueden ser letales por la naturaleza del combate mano a mano (Bowles, 2006). Cuando todas estas condiciones de selección multinivel se cumplan, la selección de grupo puede vencer las fuertes presiones selectivas contra la evolución del altruismo en un grupo determinado. Añadamos a estos efectos del aprendizaje cultural acumulativo y un proceso de diferenciación cultural entre grupos o tribus y podremos ver por qué la selección multinivel se convirtió en una fuerza tan poderosa durante la evolución humana. Para funcionar, la selección natural requiere variabilidad fenotípica, heredabilidad y competición. No importa si la variabilidad se logra mediante mutaciones genéticas o mediante rasgos culturales aprendidos. En tanto los efectos de la mutación o los rasgos aprendidos sean estables y perduren se heredan de una generación a la siguiente (Boyd, Richerson y Henrich, 2011; Henrich, Boyd y Richerson, 2012; Henrich y Henrich, 2006).

La selección con base genética y la selección con base a diferencias cultural y de grupo operan bajo los mismos principios, pero los efectos en la velocidad del cambio son dramáticamente diferentes. La selección con base genética produce cambios que se mueven a paso de caracol. En comparación, la selección cultural produce cambios que se mueven a la velocidad de la luz. Además, estas dos formas de evolución influyen la una sobre la otra. La evolución del altruismo en los humanos es un buen ejemplo. Los alelos que codifican las conductas cooperativas y altruistas emergen mediante mutaciones (o tal vez también por procesos epigenético). Pero, como hemos visto, las innovaciones culturales tales como las normas sociales compartidas pueden tener efectos dramáticos en el destino de estos alelos durante el curso de la evolución humana, favoreciendo la selección de genes altruistas. Otros ejemplos de co-evolución genético-cultural son probablemente abundantes pero hasta hace poco no han recibido demasiada atención. Uno de los más conocidos es las enzimas que metabolizan la lactosa en la leche de vaca, puesto que la leche se convirtió en un alimento básico en las sociedades de pastoreo y hortícolas en Europa durante el principio del Holoceno (12.000 a 5.000 años). Una sección reciente en la revista Science incluye artículos que muestran que los genes que influyen en el desarrollo del cerebro continúan estando sujetos a presiones selectivas (Balter, 2005).

El modelo co-evolutivo genético-cultural es producto de muchos estudiosos e investigadores en los últimos 30 años (Boyd y Richerson, 2005; Cavalli-Sforza y Feldman, 1981; Durham, 1991; Lumsden y Wilson, 1981; Richerson y Boyd, 2005; Wilson, 2012). El modelo trasciende los debates infructuosos en las ciencias sociales tales como si la naturaleza humana está basada en una programación genética, o es producto de diferencias culturales. Es ambas; los genes influyen en la cultura y la cultura influye en los genes. Lo importante es señalar pero la selección cultural genera resultados que no se ven en otros animales y es un fenómeno exclusivamente humano (Boyd y col, 2011; Boyd y Richerson, 2005; Wilson y Wilson, 2007).

Hay una amplia literatura sobre las formas directas e indirectas de evolución que se resiste a un resumen fácil[6]. Limitaremos la discusión a definir los términos y su papel durante la evolución humana. La reciprocidad directa se refiere a intercambios diádicos basados en formas condicionales de reciprocidad. Inspirado por la teoría del juego, Trivers (1971) fue el primero en proponer la idea, y lo llamó altruismo recíproco, lo que, como hemos explicado anteriormente, no es realmente una estrategia altruista puesto que se basa en un cálculo de si una apuesta altruista será retribuida a su vez. Un ejemplo de reciprocidad directa son las estrategias condicional, tales como la forma de reciprocidad “yo coopero contigo en la medida que tu cooperas conmigo (denominadas “tit for tat” en inglés) (Axelrod, 1984).

Las formas de reciprocidad indirectas (Alexander, 1987) no se basan en intercambios directos, sino en un deseo de emular a los individuos del grupo que son admirados y tienen buena reputación. La idea de la selección indirecta por reputación, proviene de Darwin quien describió una forma de selección sexual en que los machos de algunas especies desarrollan características como plumajes exóticos en los pavos reales, o danzas en algunos insectos para atraer a las hembras. La selección por reputación, opera en forma similar y en la literatura evolutiva es algunas veces denominada como “selección social”. Este tipo de selección probablemente jugó un papel importante durante la evolución humana. Como se ha visto en las etnografías de las sociedades cazadoras-recolectoras nómadas revisadas por Boehm, en las sociedades de recolectores nómadas una reputación social positiva atrae a compañeros sexuales y promueve la cooperación, mientras que una reputación negativa aísla al individuo, disminuye sus capacidades reproductivas y evita que el egoísmo social prospere en estas sociedades pequeñas (Boehm, 2012).

Curiosamente, los ejemplos de formas directas e indirectas de reciprocidad se han documentado en su mayor parte en los humanos (Henrich y Henrich, 2006; Henrich y Henrich, 2007) y se han observado muy pocos casos en otros animales sociales (Clutton-Brock, 2009; Hammerstien, 2003).

Tal vez la razón de por qué los ejemplos de formas directas e indirectas de reciprocidad y selección social se limitan más a nuestra especie puede tener que ver con la emergencia de normas sociales compartidas y la selección multinivel de grupo. Nos parece que la emergencia de un orden moral, donde los individuos dentro de un grupo social son evaluados en cuanto a su conformidad con las normas sociales compartidas fue esencial para que las reputaciones sociales tuvieran tanta importancia. Boehm (2012) cree que la moralidad emergió como una consecuencia directa de este mecanismo de selección social por reputación, pero no descarta la posibilidad de que la selección a nivel de grupo fuese importante. En todo caso, experimentos influidos por la teoría de juegos llevados a cabo en distintos países y distintas culturas, muestran lo importantes y extendidas que son las normas sociales de justicia y equidad en la vida diaria de las personas (Henrich y col., 2005).

La cara oscura de la selección de grupo multinivel

La motivación para afiliarse e identificarse con el grupo propio, dio lugar a una forma parroquial o de tribu de solidaridad y una tendencia a ver a otros grupos como posibles competidores o rivales (Choi y Bowles, 2007). Las teorías evolutivas tratan en su mayor parte de costos y beneficios. Esta forma parroquial o tribal de altruismo interno del grupo y cooperación se produjo a costa de elevar la competición a un nuevo nivel entre las poblaciones de pequeños grupos de cazadores recolectores nómadas que vivían en relativa proximidad los unos a los otros (Choi y Bowles, 2007), Una vez que el grupo contrincante se percibe o se convierte en una amenaza, los miembros del grupo contrincante se devalúan y se les puede demonizar. Como hemos mencionado, hay una evidencia cada vez mayor de que estos conflictos entre grupos de cazadores-recolectores eran mucho más letales de lo que generalmente se ha supuesto (Bowles, 2009; Bowles, 2012). Tan espantosas como han podido ser algunas de estas batallas campales, palidecen en comparación con el potencial destructivo de las formas modernas del conflicto humano. Es irónico que el mismo proceso evolutivo que creó la solidaridad y el altruismo dentro del grupo sea el mismo proceso que creó la competición entre grupos y una mentalidad de “nosotros versus ellos”, una mentalidad que en su expresión más maligna da lugar a la guerra y al genocidio.

El conflicto destructivo y la guerra no son inevitables

El conflicto y la guerra no son necesariamente el único resultado de la selección de grupo multinivel. Hay evidencia clara de que los grupos de cazadores-recolectores nómadas que han sido estrechamente estudiadas por los antropólogos en los últimos 100 años, establecen enlaces sociales duraderos y muchas formas de comercio pacífico (Weissner, 1982). De hecho, probablemente fueran estos intercambios entre grupos los que permitieron a nuestros ancestros nómadas alcanzar la modernidad cultural (que definiremos en breve) durante el Pleistoceno superior. Las poblaciones de cazadores-recolectores crecieron muy lentamente durante el Pleistoceno superior antes de poder alcanzar una población crítica que permitiera intercambios continuados entre tribus étnicamente relacionadas (Powell y col., 2009).

También hay evidencias recogidas por los antropólogos que han convivido por años con recolectores nómadas que estos aborígenes se ayudan cuando ocurren cambios drásticos, tales como una sequía prolongada que amenace su supervivencia. La antropóloga Polly Weissner pudo registrar de primera mano estas formas de ayuda mientras vivía entre los San (los aborígenes) en el desierto Kalahari en un momento en el que estaban padeciendo un estrés agudo debido a una sequía prolongada. Para sobrevivir, estos recolectores nómadas hacen uso de un elaborado sistema de intercambio de regalos que los aborígenes llaman hxaro (Weissner, 1982). Weissner pasó dos años rastreando las amplias redes de hxaro y halló que los adultos tenían una media de 16 compañeros estables con los que intercambiaban regalos en su grupo y en otros. En acuerdo con lo descrito por Hill y col (2011), la mayoría de estos compañeros no eran familiares cercanos, sino que podían ser familiares lejanos o “familiares adoptados”. Este elaborado sistema de intercambio de regalos alcanzó su máximo apogeo durante la sequía, y mitigó significativamente el hambre y la inanición entre los aborígenes. Las observaciones de Weissner son consideradas por muchos antropólogos como un escenario probable de cómo nuestros ancestros humanos pueden haber sido capaces de cooperar y sobrevivir en condiciones similares durante cambios climáticos extremos que ocurrieron durante el Pleistoceno (Balter, 2010a).

Durante el transcurso de la historia humana hay muchos ejemplos de grupos étnicos que han vivido y se han beneficiado de su interacción. A lo largo de los siglos hemos llegado a conocer algunas de las condiciones que hacen posible esta convivencia entre grupos étnicos y naciones (Bonta, 1997; Wiener y Slifka, 1998). No está escrito en nuestros genes que estemos destinados a vivir en modos destructivos de competitividad y rivalidad. Podemos mezclar modos civilizados de competición con esfuerzos cooperativos, grandes y pequeños. Nuestra evolución genética y cultural no determina nuestro “genio para el bien y para el mal” (Fromm, 1964) y cada generación tiene que enfrentarse al gran desafío de contribuir a que prevalezca, en las palabras famosas de Lincoln, “los mejores ángeles de nuestra naturaleza”.

El destino de las jerarquías de dominación: el sistema de rango en nuestra especie

Durante buena parte de la prehistoria de nuestra especie, las jerarquías sociales (el sistema de rango social) fueron activamente suprimidas y controladas, pero no eliminadas. ¿Qué sucedió con las jerarquías de dominación en nuestra especie? Tras la revolución neolítica –la domesticación de las plantas y los animales y la invención de la agricultura hace 12000 años- empiezan a aparecer asentamientos humanos en los registros arqueológicos, y algunos de estos asentamientos crecieron para convertirse en grandes centros urbanos en el curso de unos pocos miles de años. Con su crecimiento, las jerarquías sociales regresaron, pero esta vez transformadas en instituciones jerárquicas. Una vez que las funciones sociales no podían ser manejadas y reguladas informalmente por pequeños grupos de cazadores-recolectores nómadas, las jerarquías sociales se convirtieron en una necesidad para regular y controlar estas funciones. Las instituciones religiosas emergieron (en parte) para crear comunidades de individuos que comparten creencias y valores comunes y que pueden apoyarse y ayudarse entre sí (Wilson, 2002). Las instituciones judiciales emergen para crear y manejar un cuerpo de leyes que regulan los deberes y responsabilidades civiles. Las instituciones policiales emergen para aplacar los conflictos y para evitar que los individuos antisociales campen a sus anchas. Las instituciones militares se hicieron necesarias para defenderse de la agresión de otros grupos o estados y para hacer la guerra (Dubrueil, 2010). Esta historia es muy compleja y las formas igualitarias de organización continuaron coexistiendo con estas jerarquías institucionales. Las élites sociales que controlan estas funciones con frecuencia se vuelven déspotas, pero estos períodos de dominación despótica nunca ha conseguido erradicar o aplastar nuestros anhelos igualitarios y de justicia que están, arraigados en el origen mismo de nuestra especie.

Las jerarquías institucionales no son el único modo en que las jerarquías sociales hayan persistido entre los humanos. Las conductas de dominación ritualizada y de sumisión, tan prevalecientes entre nuestros parientes simios, no desaparecieran de la condición humana. Abusones (bullies) de toda índole aparecen en diferentes grupos humanos y los resultados de sus acosos pueden tener consecuencias devastadoras para sus víctimas. El modo más productivo en que los humanos pueden canalizar nuestro legado evolutivo de jerarquías de dominación y de competición (el sistema de rango) es instilando normas de juego limpio, y creando una igualdad de condiciones donde las personas compitan según su mérito en lugar del uso de la fuerza y diversas formas de control social. Algunos de estos individuos competitivos pueden convertirse en líderes y tener una influencia muy positiva en sus seguidores. Nuestra especie siempre ha necesitada de buenos líderes que respeten las normas de la dignidad humana y la justicia, y que tengan la competencia, visión, y habilidades requeridas. Sin estos líderes, las instituciones sociales no pueden funcionar bien y los humanos no podemos prosperar (Maccoby, 1981, 2003).

Podemos observar manifestaciones del sistema de rango en casos clínicos. Se ha escrito muy poco sobre esta aplicación de la psicología evolutiva hacia el campo de la salud mental y la psicopatología, pero hay dos pioneros que sobresalen: los investigadores británicos John Price (1967) y Paul Gilbert (1989, 1992, 2005a, 2005b). Excede el alcance de este ensayo resumir sus contribuciones, un esfuerzo que requeriría en sí mismo un artículo extenso. Baste con decir que Gilbert ha desarrollado un modelo de la mente muy interesante compuesto por cuatro “mentalidades sociales” básicas que se asemeja a las propuestas de este ensayo y han sido en parte influidos por su trabajo. Su modelo incluye mentalidades orientadas a buscar protección, ofrecer protección, cooperar y competir.

Una jerarquía de sistemas motivacionales evolucionados

La selección natural dotó a los reptiles, las aves y mamíferos con distintos sistemas motivacionales capaces de regular su conducta hacia metas adaptativas. Algunos de estos sistemas conciernen a las relaciones del organismo individual con el entorno no-social, y son los más antiguos (el cerebro reptil), mientras que otros sistemas motivacionales están implicados en los distintos aspectos de la relación con miembros de su especie (conespecíficos) y son característicos de la evolución de los mamíferos. Como describimos anteriormente, entre nuestros ancestros homínidos las motivaciones prosociales  que ya estaban presentes en la familia de los simios al que pertenecemos, tuvieron un desarrollo que nos permito cooperar y colaborar en proyectos pequeños y grandes. Esta última transformación corresponde al cerebro neo-mamífero.

Esta esquema evolucionista fue propuesta por primera vez por Hughlings Jackson durante la primera mitad del Siglo XIX (Farina, Ceccarelli y Digiannantonio, 2005; 2012) y décadas después por Paul MacLean en su modelo del cerebro trino (MacLean, 1985). Según Hughlings Jackson, los sistemas evolutivamente más viejos, cuando son activados por las condiciones ambientales adecuadas, tienden a anticipar la activación de los otros sistemas. AL mismo tiempo, los sistemas evolutivamente más recientes adquieren capacidad reguladora sobre las actividades de los sistemas filogenéticos más antiguos. La teoría polivagal de Porges es la última adición a esta perspectiva evolutiva y jerárquica (Porges, 2011).

El cerebro reptil

Los sistemas evolutivamente más antiguos, no sociales, evolucionaron entre los reptiles y regulan las funciones homeostáticas, reproducción, territorialidad, exploración del entorno, predación y defensa de los predadores y otras amenazas ambientales.

El cerebro mamífero

Las jerarquías de dominación existen en los reptiles, mamíferos y pájaros. Las dos funciones principales de las jerarquías de dominación es establecer un acceso preferente a parejas sexuales y a los frutos de la recolección y caza. Los rituales y gestos de sumisión evita que los conflictos se conviertan en letales. El siguiente conjunto de sistemas motivacionales son el cuidado parental y las conductas de apego que aparece durante la evolución de los vertebrados, sobre todo en los mamíferos y los pájaros.

El cerebro neomamífero

Hemos visto como sistema motivacional cooperativo altruista puede haber surgido en una forma rudimentaria ente los bonobos que podían compartir comida con miembros del grupo que no son familiares (Tan y Hare, 2013), pero es entre nuestros antecesores humanos que los lazos afiliativos familiares y no familiares dan un paso gigantesco en los últimos dos millones de años. Estos lazos sociales cooperativos establecen las condiciones para la emergencia del lenguaje y una cultura simbólica que permite que el aprendizaje cultural se transmita de una generación a otra.

Implicaciones clínicas

Este modelo jerárquico multimotivacional tiene implicaciones importantes para ciencias sociales y para nuestras concepciones sobre la naturaleza humana, pero limitaremos nuestros comentarios a las aplicaciones al diálogo clínico. Abordaremos esta sección dividiendo la discusión en dos partes. Primero, describimos algunas características esenciales del modelo de la mente jerárquico multimotivacional, y segundo, ampliaremos estos puntos en relación al tratamiento clínico con pacientes con trauma complejo donde la visión jerárquica de la motivación se convierte en una herramienta muy útil.

Características básicas del modelo jerárquico multimotivacional

1.    Los distintos sistemas motivacionales tienen condiciones específicas que los activan y “desactivan” (la desactivación se describe mejor como un estado mental de stand-by o expectante). Tomemos como ejemplo el sistema de apego. Cuando percibimos una amenaza o estamos en un estado vulnerable –como cuando nos sentimos enfermos, estresados, asustados o ansiosos – estos sentimientos activarán una búsqueda de proximidad física y emocional a una figura de apego. Una vez confortados por las figuras de apego, el sistema de apego vuelve a su estado de standby y se inicia la exploración del entorno físico y social. Hay un oscilación constante entre distintos sistemas motivacionales, de modo que en un momento dado un sistema motivacional está en primer plano y otro en segundo, y viceversa (Lichtenberg, Lachmann y Fosshage, 1992). Digamos que un niño está en el parque con sus padres y se araña la rodilla. El niño irá en busca de su madre o su padre (activación del sistema de apego), quien lo consolará (activación del sistema de cuidado en las figuras parentales). Tras ser consolado, el niño volverá inmediatamente a explorar el parque o a jugar con los otros niños. El sistema explorador se activará si el niño está interesado en el equipamiento que hay en el parque, o el sistema de enlace y cooperación social se activará si el niño está jugando con otros niños.

2.    La fluctuación entre sistemas motivacionales puede usarse defensivamente para manejar conflictos emocionales y trauma. El ejemplo clásico en la literatura del apego son los niños con una historia de apego evitativo. Habiendo tenido la experiencia de ser ignorados o, incluso, rechazados cuando están afligidos, en la Situación Extraña estos infantes evitan prestar atención a sus madres cuando éstas vuelven y juegan con los juguetes. En efecto, la motivación exploradora es reclutado para autorregular su angustia.

Este principio general no se limita al sistema de exploración y puede involucrar a otros sistemas motivacionales, como ocurre comúnmente en relaciones de pareja en la clínica. El sistema sexual puede ser alistado para evitar sentirse vulnerable en relaciones románticas. La promiscuidad sexual frecuentemente es un resultado de este miedo a la intimidad y a sentirse vulnerable. El sistema de cuidado también puede ser usado para evitar exponer vulnerabilidades, convirtiéndose en rescatador de otras personas vulnerables. Bowlby (1980, pp., 156-157) describió este tipo de personalidad como “cuidadores compulsivos”. El sistema de clasificación (jerarquías de dominación) puede ser usado para manejar el miedo desorganizado hacia una figura de apego como veremos en breve.

3.    Los sistemas motivaciones a veces pueden interactuar al mismo nivel jerárquico o a distintos niveles jerárquicos. Cuando los niños están jugando y aprendiendo juntos, sus cerebros neomamíferos están operando al mismo nivel. Pero si estos mismos niños ven que están en peligro las funciones neomamíferas se suspenden temporalmente y activarán el sistema de cerebro mamífero y reptil, los sistemas de apego y el sistema defensivo de lucha/huída. Como regla general, las funciones de supervivencia organizadas en torno al apego o las reacciones de lucha/huída suspenderán inmediatamente las funciones más elevadas del sistema de enlace y cooperación social –el cerebro neomamífero. Puesto que este sistema de cooperación social coevolucionó con la comunicación intersubjetiva, la comunicación y la cooperación están funcional y dinámicamente relacionados entre sí. Cuando el sistema de apego se activa en forma crónica, las capacidades intersubjetivas de comunicación, de empatia y el poder mantener una perspectiva sobre relaciones sociales se suspenden temporalmente o están muy limitadas. Podemos observar el colapso de estas capacidades intersubjetivas en casos que incluyen trauma acumulativo. Estos caso han sido descritas por Fonagy y sus colegas como capacidades de mentalización (Fonagy, Gergely, Jurist y Target, 2002), por Main como capacidades metacognitivas y por los psicólogos del self como una disminución de capacidades empática para percibir las mentes de los otros (Lichtenberg, Lachmann y Fosshage, 2002).

Con esta orientación general, podemos explorar con mayor detalle algunas implicaciones clínicas de este modelo multimotivacional jerárquico en el tratamiento de síndromes postraumáticos.

Un enfoque evolutivo de los síndromes postraumáticos

Un sistema defensivo que forma parte del sistema nervioso autónomo (SNA) con sus ramas simpáticas y parasimpáticos evolucionó entre los vertebrados para responder a las amenazas a la supervivencia, con la típica secuencia de respuestas autonómicas, emocionales y conductuales (lucha, huída y fingir estar muerto). Gracias al trabajo de Porges (2011) y su teoría polivagal tenemos las bases neuro-biológicas para entender de estas reacciones a la amenaza. La hiperexcitación autonómica de la rama simpática del SNA moviliza al organismo para la lucha o la huída. La congelación, una breve fase de la inmovilidad y alerta que se acompaña de un elevado tono muscular, es una reacción extrema cuando no se puede luchar y no es posible huir. El valor de supervivencia de la muerte fingida reside en el hecho de que los predadores a menudo evitan comer a un animal que parece muerto. Esta respuesta esta gobernada por la parte dorsal (desmielinizada) del núcleo vagal (excitación parasimpática). La muerte fingida produce inmovilidad fláccida debido a la reducción del tono muscular y del tono del sistema autónomo, con frecuencia cardiaca, respiratoria y presión sanguínea muy bajas, y un embotamiento o sopor de la consciencia.

La relevancia de la experiencia de la muerte fingida para nuestra comprensión de los síndromes postraumáticos reside en su poder de explicar un grupo de síntomas que incluyen una disminución del tono del sistema autónomo y síntomas somatoformes vinculados, embotamiento de la consciencia y, lo que es más importante para el diálogo terapéutico, un profundo sentimiento de indefensión e impotencia (Shore, 2003). Estos sentimientos y sus concomitantes somáticos vinculados al priming de los recuerdos traumáticos son al menos tan importantes para definir los trastornos relacionados con el trauma como lo son los síntomas de la hiperexcitación autónoma (la rama simpática del SNA) enumerados en el DSM-IV como criterios diagnósticos para el Trastorno por Estrés Postraumático (TEPT). El conocimiento de la respuesta a la muerte fingida y la congelación ofrece a los clínicos a evitar interpretar estos síntomas vagales de pacientes gravemente traumatizados como defensas del yo (ego).

En condiciones normales, cuando una figura de apego sensible está disponible durante un acontecimiento traumático o justo después del mismo, se activa la rama parasimpática ventral (mielinada) del nervio vago que suporta el sistema de apego que permite a los niños o adultos buscar proximidad física o emocional (“un buen tono vagal”). Un buen tono vagal también inhibe la respuesta de lucha/huida de la rama simpática del SNA, que es la respuesta inmovilizante más primitiva de congelación mediada por la rama dorsal del sistema parasimpático. Cantor (2005) sostiene que todos los síntomas del TEPT son expresiones de la activación extendida de la lucha, huida, congelación debido a la combinación de la indisponibilidad de las figuras de apego seguro en las secuelas del trauma, o a las expectativas negativas asociadas con una historia de apego desorganizado. Estas expectativas negativas impiden a niños y adultos hacer uso de la ayuda y el consuelo de otros. Hay evidencias de que la activación extendida del sistema de defensa dificulta las funciones cognitivas de alto nivel asociadas con el desarrollo de las capacidades intersubjetivas (Liotti, 1999, 2004). 

En contraste con situaciones traumáticas, una historia de apego seguro crea expectativas positivas de que en momentos de peligro o estrés las figuras de apego van estar disponibles (Sroufe, Egeland, Carlson y Collins, 2005). Las expectativas positivas actúan como factores protectores contra el desarrollo del TEPT (Besser, Neria y Haynes, 2009; Muller, Sicoli, Kathryn y Lemieux, 2000; O’Connor y Elklit, 2008).

Apego desorganizado y TEPT complejo

Las figuras de apego muestran dos tipos de conducta en interacción con sus infantes: pueden ser hostiles (Lyons-Ruth, Yellin, Melnick y Atwood, 2005), o atemorizantes (Main y Hesse, 1990). También pueden ser negligentes y renunciar a sus obligaciones de cuidado (Solomon y Gorge, 2011). Estas madres negligentes son las que se sienten más impotentes en saber como responder a sus infantes (Lyons-Ruth y Jacobvitz, 1999) y permanecen asustados como consecuencia de recuerdos traumáticos no resueltos (Main y Hesse, 1990).

Aunque ofrezcan cuidados, algunas figuras de apego se vuelven abruptamente agresivas y atemorizantes para el infante. Esto pone a los infantes en un conflicto irresoluble, puesto que las figuras de apego también son refugios de seguridad. Estos cuidadores se convierten simultáneamente en la fuente del temor del infante y la figura a la que acuden cuando se sienten asustados, causando un estado de “miedo sin solución” (Main y Hesse, 1990). El temor se agudiza en los bebes y genera sentimientos de indefensión extremos.

La activación conflictiva simultanea del sistema de defensa y de apego en el infante también puede ser causada por los cuidadores que no son agresivos ni maltratadores, Esta ha sido dramáticamente ilustrada por el experimento de la cara inexpresiva (Tronick, 2007). En este experimento las mamas son instruidas de que después de un periodo de juego con su bebes en que se miran cara a cara, súbitamente pongan una cara impasible por un minuto o menos. A partir de los tres o cuatro meses de edad los bebés reaccionan a la cara inexpresiva de sus mamas con intentos de enlistarlas. Cuando sus esfuerzos fallan, los bebes reaccionan con desconcierto, miedo y en ocasiones con inconfundibles señales de muerte fingida (Tronick, Als, Adamson, Wise y Brazelton, 1978). La reacción es indicadora de la activación vagal en su rama dorsal desmielinizada (Schore, 2009). Es importante señalar que estas respuestas ocurren en ausencia de una amenaza inmediata del entorno.

La conducta de apego desorganizado en el infante en la Situación Extraña se caracteriza por uno o más de los siguientes conductas: congelación en mitad de un intento de acercamiento al cuidador, miedo-evitación, ira, intentos de atacar al cuidador, desplomarse en el suelo, quedarse quieto) causado por la excitación parasimpática vagal dorsal), o exhibir movimientos anormalmente lentos, como si el bebé se moviera en el agua (Main y Solomon, 1986). Puesto que la extrema inmadurez motora de los infantes humanos les impide la respuesta de lucha o huída cuando se enfrentan a amenazas, no es sorprendente que la activación de la respuesta de congelación (análoga a la muerte fingida) sea la única estrategia disponible.

El conocimiento de la desorganización del apego ofrece un contexto relacional para comprender los trastornos disociativos relacionados con el desarrollo de la personalidad que tienen su raíz en entornos familiares traumáticos o negligentes. Herman (1992) y Gunderson y Sabo (1993), entre otros, sugieren que estos trastornos deberían ser considerados ejemplos de TEPT complejo que pueden ser expresado como trastorno de personalidad borderline (Meares, 2012) o como trastornos disociativos (Liotti, 2004, 2006). El papel desempeñado por el sistema de defensa y de apego en la génesis de la desorganización del apego y las respuestas patológicas al trauma, sugieren que la disociación no es simplemente una defensa interna frente al dolor mental, sino que también incluye una forma específica de relacionalidad (Lyons-Ruth, 2003; Meares, 2012). Estudios longitudinales controlados muestran que este tipo de relacionalidad con origen en una desorganización del apego temprano predice una desorganización posterior más de lo que lo hace la exposición a acontecimientos traumáticos (Dutra, Bianchi, Siegel y Lyons-Ruth, 2009; Ogawa, Sroufe, Weinfield, Carlson y Egeland, 1997).

El reclutamiento del sistema de rango en pacientes con historias de apego desorganizado y trauma

En niños con una historia de apego desorganizado no han sido observados síntomas disociativos y la desorganización conductual en la conducta interactiva con sus cuidadores en edad preescolar. Esto se explica, probablemente, por el descubrimiento hecho en dos muestras en estudios prospectivos longitudinales de bajo riesgo. A los seis años, estos niños desarrollan estrategias encaminadas a controlar la conducta de sus cuidadores mediante actitudes dominantes-punitivas o protectoras-cuidadoras (Main y Cassidy, 1988; Watner, Grossmann, Gremmer-Bombik y Sues, 1984). La respuesta protectora-cuidadora de los niños es un indicador de la inversión de la dirección normal de las interacciones de apego-cuidadoras entre las figuras parentales y el niño (Bureau, Easterbrooks y Lyons-Ruth, 2009). El modelo evolutivo que presentamos explica el desarrollo de estas estrategias controladoras con la hipótesis de que para evitar los sentimientos de indefensión extremos y la insoportable experiencia del miedo sin solución, los sistemas los sistemas de rango y cuidado, son enlistados con propósitos defensivos (Liotti, 2011). El reclutamiento del sistema de rango da lugar a la estrategia controladora dominante punitiva, mientras que el reclutamiento del sistema de cuidado da lugar a la estrategia protectora de cuidado.

Los problemas relacionales que surgen al intentar regular las experiencias disociativas y las estrategias de control vinculadas a una historia de apego desorganizado crean desafíos formidables durante el intercambio clínico. No es inusual observar durante un proceso terapéutico que progresa bien, la emergencia repentina de actitudes y conductas dominantes-punitivas. Estas conductas son difíciles de entender sobre la base de intercambios previos. La activación conflictiva de los sistemas de defensa y de apego junto con la activación de las estrategias controladoras explica muchas reacciones transferencias o contratransferencias con pacientes con historias de trauma (Howell, 2011).

Este modelo evolutivo jerárquico que hemos delineado sugiere que con pacientes que tienen historias de apego desorganizado y trauma complejo es mejor intentar mantener un diálogo que limite la activación del sistema de apego en forma temprana. La activación transferencial del trauma temprano en crea estados de pánico y puede desencadenar respuestas de lucha, huída o congelación, respuestas que son muy difíciles de contener y casi imposibles de entender en el momento en que se dan. En casos de conflictos severos ocasionados por el trauma complejo y el apego desorganizado no es posible establecer de entrada un base segura para la exploración. La alternativa es aprovechar la tendencia natural de querer cooperar y colaborar con los demás en base de una mutualidad e igualdad. Esta tendencia natural es el resultado de las estrategias evolutivas ultracooperativas de nuestra especie que hemos descrito anteriormente.

Cómo los sistemas de enlace y cooperación social pueden ayudar a restaurar la alianza terapéutica

El sistema cooperativo/altruista que coevolucionó con las capacidades intersubjetivas de comunicación son las motivaciones prosociales con las que contamos para construir la mutualidad, la confianza y la esperanza  durante el dialogo clínico, y nos permite reparar las perturbaciones inevitables que ocurrirán durante el transcurso de la terapia.

El establecimiento de una alianza de trabajo con pacientes basado en la mutualidad ofrece el andamiaje que permite a los pacientes con historias de apego traumático construir la confianza con el terapeuta lentamente antes de poder exponer sus heridas profundas. (Van der Hart, Nijenhuis y Steele, 2006). Esto es posible porque el sistema cooperativo y de enlace social opera a un nivel superior de la jerarquía motivacional (el cerebro neomamífero) y su función principal es la comunicación. En cambio, el sistema de apego y sistema defensivo de lucha, huída y congelación opera a unos niveles más bajos de cerebro humano y su función es detectar peligro.

Una alianza de trabajo basada en la colaboración y la mutualidad, junto con un compromiso empático enfocado en percibir las intenciones, sentimientos y estados mentales de los pacientes, permite una modulación gradual y la mentalización de los estados mentales insoportables vinculados al apego desorganizado y a las operaciones defensivas de lucha/huída/congelación. Cuando logramos identificar metas terapéuticas con el paciente y exploramos con ellos sus conflictos en un espíritu de indagación y mutualidad, les damos tiempo para expresar sus deseos de apego hacia el terapeuta, exponer sus vulnerabilidades. Este dialogo facilita la comunicaron y mantiene la capacidad de mentalización.

Esto se dice fácil pero en la práctica resulta ser un gran desafío. Durante las primeras fases del tratamiento es común que paciente y analista se sientan  profundamente impotentes al tratar con síntomas de despersonalización y continuas experiencias disociativas relacionadas con el trauma que interfieren con la mentalización (Liotti, 2013). Si el analista acepta y contiene el sentimiento conscientemente, el modelo evolutivo pueda empezar a regular el intercambio clínico. El ferviente deseo del analista de perseverar en el trabajo frente a los muchos desafíos es tácitamente compartido con el paciente, dada la naturaleza intersubjetiva de la comunicación humana. El sistema de neuronas espejo puede mediar este tipo aparentemente paradójico de compartir intersubjetivo, aun cuando nunca se exprese en palabras por el terapeuta o el paciente (Liotti, 2013).

Intercambios intersubjetivos que comunican esperanza y perseverancia se ponen a prueba en estos tratamientos, pero pueden llegar a ser la clave para poner en movimiento importantes experiencias relacionales que resulten emocionalmente correctivas, disminuyendo los síntomas de despersonalización y sentimientos de impotencia vinculados a los recuerdos traumáticos de la infancia.

Al poder acompañar al paciente durante estos episodios de impotencia y desesperanza con una contención atenta y empática, el analista comunica que las experiencias traumatizantes de abandono y aislamiento con las figuras de apego no se repetirán. Es importante enfatizar que el analista no está haciendo. No está minimizando el impacto del trauma, como tal vez pueden haber hecho las figuras de apego en el pasado, lo cual es una negación del sufrimiento del niño y es un grave fallo empático. El aislamiento y la desconfianza se desvanecen gradualmente según disminuye la activación persistente del sistema defensivo y experiencias profundas de impotencia y despersonalización. Como consecuencia, los síntomas de despersonalización pueden disminuir y la mentalización y las capacidades empáticas aumentar (Liotti, 2013).

Conclusión

Freud tenía razón en pensar que los conflictos humanos no solo son psicológicos y culturales y que tienen raíces biológicas. Con el beneficio que nos da un siglo de distancia, es fácil ver que el modelo de motivación de Freud es burdo e inadecuado. Bowlby inicio una revisión de la motivación humana desde una perspectiva evolucionista con su teoría de apego. Pero a Bowlby siempre le quedo claro que la teoría de apego es una teoría parcial, y que había que complementarla con una teoría más general de la motivación humana. Esto es lo que hemos intentado en este ensayo. En el modelo que hemos esbozado también vemos que los conflictos humanos tienen raíces biológicas, y que estas bases biológicas se expresan a niveles psicológicos individuales y niveles culturales y de grupo. Como hemos visto, las motivaciones egoístas compiten con motivos genuinamente altruistas, la dominación y el control compiten con la sed de igualdad y justicia. La solidaridad hacia las personas que pertenecen a nuestro grupo puede convertirse en una denigración y hostilidad hacia grupos o personas que percibimos como diferentes, sobre todo cuando nos sentimos amenazados por estos grupos.

La perspectiva que emerge de esta modelo de evolución humana no es todo miel y dulzura, pero si afirma que el altruismo, la cooperación, la empatía y la justicia forman parte integral de nuestra especie.

Ante todo somos psiquiatras y psicoterapeutas dedicados a ayudar a nuestros pacientes con sus problemas en el vivir e intentar tener un impacto positivo en sus vidas. Creemos que la perspectiva evolutiva que hemos esbozado y el modelo multimotivacional y jerárquico que la apuntalan pueden ser de gran valor clínico. Los modelos multimotivacionales no han recibido la atención que merecen y esperamos que este ensayo contribuya a su mayor uso.

Bibliografía


Alexander, R. D. (1987). The Biology of Moral Systems. New York: Aldine and Gruyter.


Axelrod, R. (1984). The Evolution of Cooperation. New York: Basic Books.


Axelrod, R., & Hamilton, W. D. (1981). The evolution of cooperation. Science, 211, 1390.


Balter, M. (2005). Are Human Brains Still Evolving? Brain Genes Show Sighs of Selection. Science, 9, 1662-1663.


Balter, M. (2010a). Anthropologist brings worlds together. Science, 329, 743-745.


Balter, M. (2010b). Score One for Hunting in the Olduvai Science (Vol. 329, pp. 1464).


Balter, M. (2011). South African Cave Slowly Shares Secrets of Human Culture. Science, 332, 260-261.


Balter, M. (2012). Ice Age Tools Hint to 40,000 Years of Bushman Culture. Science 337, 512.


Bateson, M. C. . (1971). The interpersonal context of infant vocalization. Quarterly Review Rep. Res. Lab. Electronics, 100, 170-176.


Beebe, B., & Lachmann, F. M. (2002). Infant research and adult treatment. Hillsdale, NJ: The Analytic Press.


Besser, A., Neria, Y., & Haynes, M. (2009). Adult attachment, perceived stress, and PTSD among civilians exposed to ongoing terrorist attacks in Southern Israel. Personality and Individual Differences, . Retrieved from  doi:doi:10.1016/j.paid.2009.07.003


Bjorklund, D. F., & Rosenberg, J. S. . (2005). The Role of Developmental Plasticity in the Evolution of Human Cognition In D. F.  Bjorklund & B. R. Ellis (Eds.), Origins of the Social Brain. Evolutionary Psychology and Child Development (pp. 45-75). New York: Guilford Press


.


Bleichmar, H. (1997). Avances en Psicoterapia Psicoanalitica. Hacia Una tecnica de intervenciones especificas. Barcelona: Ediciones Paidos Iberica, S.A.


Bleichmar, H. (2003). Attachment and intimacy in adult relations. In M Cortina & M. Marrone (Eds.), Attachment theory and the psychoanalytic process (pp. 382-405).


Boehm, C. (2012). Moral Origins. The Evolution of Virtue, Altruism, and Shame. New York: Basic Books


Boehm, C. (1999). Hierarchy in the Forest. The Evolution of Egalitarian Behavior. Cambridge, MA: Harvard University Press.


Bonta, B.D. (1997). Cooperation and Competition in Peaceful Societies Psychobiological Bulletin, 121, 299-320.


Bowlby, J. (1969/1982). Attachment (Vol. I). New York: Basic Books.


Bowlby, J. (1973). Separation, Anxiety and Anger (Vol. II). New York: Basic Books.


Bowlby, J. (1980). Attachment and Loss (Vol. III). New York: Basic Books.


Bowles, S. (2009). Did Warfare Among Ancestral Hunter-Gatherers Affect the Evolution of Human Social Behaviors? Science, 324, 1293-1298.


Bowles, S. (2006). Group Competition, Reproductive leveling, and the Evolution of Human Altruism. Science, 314, 1569-1572.


Bowles, S. (2012). Warriors, Levelers, and the Role of Conflict in Human Social Evolution. Science, 336, 876-879.


Bowles, S., & Gintis, H. (2011). A Cooperative Species. Human Reciprocity and it's Evolution. Princeton, New Jersey: Princeton University Press.


Boyd, R. (2006). The Puzzle of Human Sociality. Science, 314, 1555-1556.


Boyd, R., Richerson, J.P., & Henrich, J. (2011). Rapid cultural adaptation can facilitate the evolution of large-scale cooperation. Behavior Ecology Sociobiology, 65, 431-444.


Boyd, R., & Richerson, P.J. (2005). The Origin and Evolution of Cultures. New York: Oxford University Press.


Bureau, J. , Easterbrooks, A., & Lyons-Ruth, K. (2009). Attachment disorganization and role-reversal in middle childhood: Maternal and child precursors and correlates


. Attachment & Human Development, 11, 265-284.


Cassidy, J. (2008). The Nature of the Child's Ties. In J. Cassidy & P.P. Shaver (Eds.), Handbook on Attachment Theory. Research and Clinical Applications (pp. 3-23).


Cavalli-Sforza, L.L, & Feldman, M.W. (1981). Cultural Transmission and Evolution. Princeton: Princeton University Press.


Chapais, B. (2008). Primeval Kinship. How Pair Bonding Gave Birth to Human Society. Cambridge: Harvard University Press.


Chapais, B. (2012). The Deep Social Structure of Humankind. 331, 1276-1277.


Cheney, D. L., & Seyfarth, R. M. (2007). Baboon Metaphysics, The Evolution of a Social Mind. Chicago: University of Chicago.


Choi, J-K, & Bowles, S. (2007). The Coevolution of Parochial Altruism and War. Science, 318, 638-640.


Clutton-Brock, T. (2009). Cooperation between non-kin in animal societies. Nature, 462, 51-57.


Cortina, M., & Liotti, G. (2005). Buidling on Attachment Theory. Toward a Multinotivational and Intersubjective View of Human Nature. Presented at the annual Rapaport-Klein meeting. Stockbridge, MA


Cortina, M., & Liotti, G. (2007). New approaches to understanding unconscious processes: Implicit and explicit memory systems. International Forum of Psychoanalysis, 16, 204-212.


Cortina, M., & Liotti, G. (2010). Attachment is About Safety and Protection. Intersubjectivity is About Social Understanding and Sharing. Psychoanalytic Psychology, 27, 410-441.


d’Errico, F., Backwell, L. , Villa P, Degano, I. , Lucejko, J.J. , Bamford, M.K. , Higham, T.F.G. , . . . Beaumont, P.B. (2012). Early evidence of San material culture represented by organic artifacts from Border Cave, South Africa. PNAS, 109, 13214-13219.


Dawkins, R. (1976/1989). The Selfish Gene. Oxford: Oxford University Press.


de Waal, F. (1982). Chimpanzee Politics. New York: Harper and Row.


de Waal, F. (1989). Peacemaking Among Primates. Cambridge, MA: Harvard University Press.


de Waal, F. (2009). The Age of Empathy. New York: Harmony House.


Deaner, R.O., van Scahaik, C.P., & Johnson, V. (2006). Do some taxa have better domain-general cognition than others? Evolutionary Psychology, 4, 149-196.


Dubrueil, B. (2010). Human Evolution and the Origins of Hierarchies. Cambridge: Cambridge University Press.


Dunbar, R. (2010). How Many Friends Does a Person Need? Dunbar's Number and other Evolutionary Quirks. Cambridge, Mass: Harvard University Press.


Durham, W.H. (1991). Genes, Culture, and Human Diversity.


Dutra, L., Bianchi, I., Siegel, D.J., & Lyons-Ruth, K. (2009). The relational context of dissociative phenomena. In P.J. Dell & J.A. O.Neil (Eds.), Dissociation and dissociative disorders (pp. 81-92).


Farina, G., Ceccarelli, M., & Digiannantonio, M. . (2005). Henri Ey’s neo-jacksonism and the psychopathology of disintegrated mind. Psychopathology, 38, 285-290.


Fernandez-Doque, D., & Baird, J. A. (2005). Is Their a "Social Brain" ? In B. F. Malle & S. D. Hodges (Eds.), Other Minds (pp. 75-90). New York: The Guilfrod Pres.


Ferrari, P.F., Paukner, A., Ionica, C., & Suomi, S.J. (2009). Reciprocal Face to Face Communication between Rhesus Macaque Mothers  and Their Newborn Infants. Current Biology 19, 1768-1772.


Fonagy, P., Gergely, G., Jurist, E. L. , & Target, M. (2002). Affect Regulation, Mentalization, and the Development of the Self. New York: Other Press.


Fosshage, J. (2005). The explicit and implicit domains in psychoanalytic change. Psychoanalytic Inquiry, 25, 511-539.


Freud, S. (1913). Totem and Taboo. SE, 20, 131-160.


Fromm, E. (1984). The Working Class In Weimar Germany. A Psychological and Sociological Study. Cambridge: Harvard University Press.


Fromm, E. (1941). Escape From Freedom. New York: Farrar and Rinehart, Inc.


Fromm, E. (1947). Man for Himself. An Inquiry into the Psychology of Ethics. New York: Holt, Rinehart & Winston.


Fromm, E. (1964). The Heart of Man, Its Genius for Good and Evil. New York: Harper & Row.


Fromm, E. , & Maccoby, M. (1970). Social Character in a Mexican Village. Englewood Cliffs, NJ: Prentice Hall.


Gilbert, P. (1989). Human Nature and Suffering. New York: LEA.


Gilbert, P. (1992). Depresion: The evolution of powerlessness New York: Guilford.


Gilbert, P. (2005a). Compassion and cruelty: A biopsychosocial approach. In P. Gilbert (Ed.), Compassion. Conceptualization, research and use in psychotherapy (pp. 9-74). London: Routledge.


Gilbert, P. (2005b). Social Mentalities. A Biosocial and evolutionary reflection on social relationships. In M. Baldwin (Ed.), Interpersonal Cognition (pp. 130-190). New York: Guilford.


Gintis, H. (2003). The Hitchhiker Guide to Altruism: Gene-culture Coevolution, and the Internalization of Norms Journal of Theoretical Biology, 220, 407-418.


Gintis, H. (2004). The genetic side of gene-culture coevolution: internalization of norms and prosocial emotions. Journal of Economic Behavior & Organization, 53, 57-87.


Gintis, H., Bowles, S., Boyd, R., & Fehr, E. (2003). Explaining altruistic behavior in humans. Evolution and Human Behavior, 24, 153-172.


Gintis, H., Bowles, S., Boyd, R., & Fehr, E. (2005). Moral Sentiments and Material Interests. Cambridge, Mass.: MIT Press.


Goodall, J. (1986). The Chimpanzees of Gombe. Patterns of Behavior. Cambridge, Mass: Belknap Press, Harvard University Press.


Gundersn, J.G., & Sabo, A.N. (1993). The phenomenological and conceptual interface between borderline personality disorder and PTSD


. American Journal of Psychiatry, 150, 19-27.


Hamilton, W. D. (1964). Genetical evolution of social behavior I and II. J. Theor. Biol., 7, 1-16, 17-52.


Hammerstien , P. (2003). Why is Reciprocity so Rare in Social Animals? In P. Hammerstein (Ed.), Genetic and Cultural Evolution of Cooperation (pp. 83-94). Cambridge: MIT Press.


Hare, B., & Tomasello, M. (2005). . (2005). Human-like social skills in dogs? . Trends in Cognitive Science, 9, 439-444.


Hawkes, K. (2004). The grandmother effect. Nature, 428, 128-129.


Henrich, J., Boyd, R, & Richerson, P.J. (2012). The puzzle of monogamous marriage


 Phil. Trans. R. Soc. B 1471-2970. Retrieved from  doi:10.1098/rstb.2011.0290


Henrich, J., & Boyd, R. (2001). Why people punish defectors. J. Theor. Biol., 208, 79.


Henrich, J., Boyd, R., Bowles, S., Camerer, E. F., Gintis, H., McElreath, R., . . . Tracer, D. (2005). "Economic Man" in cross-cultural perspectives: Behavioral experiments in 15 small-scale societies. Behavioral and Brain Sciences, 28, 795-855.


Henrich, J., & Henrich, N. (2006). Culture, evolution and the puzzle of human cooperation. Cognitive Systems Research 7, 220-226.


Henrich, N., & Henrich, J. (2007). Why Humans Cooperate. Oxford: Oxford University Press.


Herman, J.L. (1992). Trauma and Recovery. New York: Basic Books.


Hill, K.R., R.S., Walker., Boziecocich, M., Elder, J., Headland, T., Hewlett, B., . . . Wood, B. (2011). Co-Residence Patterns in Hunter-Gatherer Societies Show Unique Human Social Structure. Science, 331, 1286-1289.


Hobson, R. P. (1998). The Intersubjective Foundations of Thought. In S. Braten (Ed.), Intersubjective Communication and Emotion in Ontogeny (pp. 286-293). Cambridge: Cambridge University Press.


Hobson, R. P. (2004). The Cradle of Thought. Exploring the Origins of Thinking. Oxford: Oxford University Press.


Hobson, R. P., Chidambi, G., Lee, A., & Meyer, J. (2006). Foundations of Self-Awareness: An Exploration through Autism. Monographs of the Society for Research in Child Development, 70( Serial No. 270).


Howell, R.F. (2011). Understanding and treating dissociative identity disorders New York: Rutledge


Hrdy, B.S. (2009). Mothers and Others. The Evolutionary Origins of Mutual Understanding. Cambridge Massachusetts: The Belknap Press


Kendal, J., Tehrani, J.J., & Oding-Smee, J. (2011). Human niche construction in interdisciplinary focus. Philosophical Transactions of the Royal Society B: Biological Sciences, 366, 785-792.


Kennedy, K., & Norman, C. (2006). Introduction to special issue. What don't we know? Science 309, 75.


Kuhn, S. L. , & Stiner, M. C. (2001). The antiquity of hunter-gatherers. In K. Panter-Brick, R. H. Layton & P. Rowly-Conway (Eds.), Hunter-Gatherers. An Interdisciplinary Perspective (pp. 99-142). Cambridge, UK: Cambridge University Press.


Langs, R. (1996). The evolution of the emotion-processing mind. New York: Karnac Books.


Leimar, O., & Hammerstein, P. (2001). Evolution of cooperation through indirect reciprocity. Proc. R. Soc. Lond. B, 268, 745.


Lichtenberg, J. D. (1989). Psychoanalysis and Motivation. Hillsdale, NJ: The Analytic Press.


Lichtenberg, J. D., Lachmann, F. M., & Fosshage, J. I. (1992). Self and Motivational Systems. Hillsdale, NJ: The Analytic Press.


Lichtenberg, J. D., Lachmann, F. M., & Fosshage, J. I. (2002). A Spirit of Inquiry. Communication in Psychoanalysis. Hillsdale, NJ: The Analytic Press.


Lichtenberg, J.D., Lachmann, F.M., & Fosshage, J.L. (2011). Psychoanalysis and Motivation Systems. A New Look. New York: Routlede.


Liotti, G. (1999). Understanding the dissociative process. The contribution of attachment theory. Psychoanalytic Inquiry, 19, 757-783.


Liotti, G. (2004). Trauma, dissociation and disorganized attachment: Three strands of a single braid. Psychotherapy: Theory, research, practice, training, 41, 472-486.


Liotti, G. (2006). A model of dissociation based on attachment theory and research. Journal of Trauma and Dissociation, 7, 55-73.


Liotti, G. (2011). Attachment Disorganization and the Controlling Strategies: An Illustration of the Contributions of Attachment Theory to Developmental Psychopathology and to Psychotherapy Integration. Journal of Psychotherapy Integration, 21, 232-252.


Liotti, G. (2013). Overcoming powerlessness in the clinical exchange with traumatized patients. . Psychoanalytic Inquiry, In press.


Lumsden, C.J., & Wilson, E.O. (1981). Genes, Mind and Culture. The Coevolutionary Process. Cambridge: University Press.


Lyons-Ruth, K. (2003). Dissociation and the parent-infant dialogue. A Longitudinal perspective from attachment. Journal of the American Psychoanalytic Association, 51, 883-911.


Lyons-Ruth, K., & Jacobvitz, D. (1999). Attachment disorganization: Unresolved loss, relational violence and lapses in behavioral and attention strategies. In J. Cassidy & P. R. Shaver (Eds.), Handbook of attachment (pp. 520-554). New York: The Guilford Press.


Lyons-Ruth, K., Yellin, C., Melnick, S., & Atwood, G. (2005). Expanding the concept of unresolved mental states: Hostile/Helpless states of mind on the Adult Attachment Interview are associated with disrupted mother-infant communication and infant disorganization. Development and Psychopathology, 17, 1-23.


Maccoby, M. (1981). The Leader. New York: Simon and Schuster.


Maccoby, M. (1988). Why Work. Leading the New generation.


Maccoby, M. (2003). The Productive Narcissist. The promise and Peril of visionary Leadership. New York: Broadway Books.


MacLean, P. D. (1985). The Triune Brain in Development. New York: Plenum.


Main, M. , & Solomon, J. (1986). The discovery of a new insecure disorganized/disoriented pattern. In T.B. Brazelton & M. Yoman (Eds.), Affective Development in Infancy (pp. 95-124). Norwood, NJ: Ablex.


Main, M., & Cassidy, J. (1988). Categories of response to reunion with the parent at age 6: Predictable from infant attachment classifications and stable over a 1-month period. Developmental Psychology, 24, 415-428.


Main, M., & Hesse, E. (1990). Parents' Unresolved Traumatic Experiences Are Related to Infant Disorganized Attachment Status In M. T. Greenberg, D. Cicchetti & E. M. Commings (Eds.), Attachment in the Preschool Years: Theory, Research, and Intervention (pp. 161-182). Chicago: University of Chicago Press.


McElreath, R., & Boyd, R. (2007). Mathematical Models of Social Cognition. A Quide for the Perplexed. Chicago: University of Chicago Press.


Meares, R. (2012). A dissociative models of borderline personality disorders. New York: W.W. Norton.


Meltzoff, A., & Moore, M. (1977). Imitation of facial and manual gestures by human neonates. Science, 198, 75-78.


Muller, R, Sicoli, L.A., Kathryn, E., & Lemieux, K.E. (200). Relationship between attachment style and posttraumatic stress symptomatology among adults who report the experience of childhood abuse Journal of Traumatic Stress, 13, 321-332.


Nowak, M. A. (2006). Five Rules for the Evolution of Cooperation. Science, 314, 1560-1563.


Nowak, M.A., & Highfield, R. (2011). Super Cooperators. Altruism, Evolution, and Why We Need Others to Succeed. New York: Free Press.


O’Connor, M., & Elklit, A. (2008). Attachment styles, traumatic events, and PTSD: a cross-sectional investigation of adult attachment and trauma. Attachment & Human Development, 10, 59-71.


Ogawa, J. R., Sroufe, J., Weinfield, N. S., Carlson, E., & Egeland, B. (1997). Development of the fragmented self. Longitudinal study of dissociative symptomatolgy in a nonclinical sample. Development and Psychopathology, 9, 855-879.


Panksepp, J. (1998). Affective Neuroscience. New York: Oxford University Press.


Panksepp, J., & Biven, L. (2012). The Archaeology of Mind. Neuroevolutionary Origins of Human Emotions. New York: Norton.


Porges, S. (2011). The Polyvagal Theory: Neurophysiological Foundations of Emotions, Attachment, Communication, and Self-regulation New York: W.W. Norton.


Powell, A., Shennan, E., & Thomas, S. (2009). Late Pleistocene Demography and the Appearance of Modern Human Behavior. Science, 324, 1298-1301.


Price, J. S. (1967). Hypothesis: The Dominance hierarchy and the evolution of mental illness. The Lancet, 2, 242-246.


Renn, P. (2012). The Silent Past and the Invisible Present. Memory, Trauma and Representation in Psychotherapy. New York: Rutledge.


Richerson, P.J., & Boyd, R. (2005). Not by genes alone. Chicago: The University of Chicago Press.


Schore, A.L. (2009). Attachment trauma and the developing right brain: Origins of pathological dissociation


  In P.F. Dell & J.A. O'Neil (Eds.), Dissociation and the dissociative disorders: DSM-V and beyond (pp. 259-276). New York: Rutledge. .


Sear, R., & Mace, R. (2008). How keeps children alive? A review of the effects on kin on child survival. Evolution and Human Behavior, 29, 1-28.


Sheraff, T.N., & Roberts, G. (2012). When paths to cooperation converge. Science, 337, 1304-1306.


Shore, A. L. (2003). Affect Dysregulation and the Origins of the Self. New York: W, W, Norton.


Slavin, M. O. , & Kreigman, D. (1992). The Adaptive Desigh of the Human Psyche. Psychoanalysis. Evplutionary Biology and the Therapeutic Process. New York: The Guilford Press.


Sober, E., & Wilson, D. S. (1998). Unto Others: The Evolution and Psychology of Unselfish Behavior.


Solloway, F. J. (1979). Freud. Biologist of the Mind. New York: Basic Books.


Solms, M., & Panksepp, J. (2012). The “Id” knows more than the “Ego” admits: Neuropsychoanalytic and primal consciousness perspectives on the interface between affective and cognitive neuroscience. Brain Sciences, 2, 147-175.


Solomon, J. , & Gorge, C. (2011). Disorganization of maternal caregiving across two generations: The origins of caregiving helplessness In J. Soloman & C. Gorge (Eds.), Disorganized attachment and caregiving (pp. 25-51). New York: The Guilford Press.


Sroufe, L. A., Egeland, B., Carlson, E., & Collins, W. A. (2005). The Development of the Person. The Minnesota Study of Risk and Adaptation from Birth to Adulthood New York: The Guilford Press.


Szyf, M., & Bick, J. (2013). DNA Methylation: A Mechanism for Embedding Early Life Experiences in the Genome. Child Development, 84, 49-57.


Tan, J., & Hare, B. (2013). Bonobos Share with Strangers. PLoS One, 8(1). Retrieved from  doi:10.1371/journal.pone.0051922


Tattersall, I., & Schwartz, J. H. . (2000). Extinct Humans. New York: Westview Press.


Thompson, J. L., & Nelson, A.J. (2011). Middle Childhood and Modern Human Origins. Human Nature, 22, 249-280.


Tomasello, M. (1999). The Cultural Origins of Human Cognition. Cambridge, MA: Harvard University Press.


Tomasello, M. (2007). Cooperation and Communication in the 2nd Year of Life. Child Development Perspectives, 1, 8-12.


Tomasello, M. (2008). 0rigins of human communication. Cambridge, MA: A Bradford Book, MIT Press.


Tomasello, M. (2009). Why we Cooperate Cambridge, Mass: Boston Review Book.


Tomasello, M., Carpenter, M., Call, J., Behne, T., & Henrike, M. (2005). Understanding and sharing intentions: The origins of cultural cognition. Behavioral and Brain Sciences, 28, 675-735.


Tomasello, M., Carpenter, M., & Liszkowski, U. (2007). A new look at pointing. Child Development, 78, 705-722.


Trevarthen, C. (1980). The foundations of intersubjectivity: The Social Foundations of Language and Thought. In D. R. Olsen (Ed.), The Social Foundations of Language and Thought (pp. 316-342). New York: W.W. Norton.


Trivers, R. L. (1971). The Evolution of Reciprocal Altruism. The Quarterly Review of Biology 46, 35-37.


Trivers, R.L. (1974). Parent-offspring conflict. American Zoologist, 14, 249-264.


Tronick, E. (2007). The Neurobehavioral and Socio-Emotional Development of Infants and Children. New York W.W. Norton


Tronick, E., Als, H., Adamson, L., Wise, E., & Brazelton, T.B. (1978). The infant's response to entrapment between contradictory messages in face-to-face interactions. Journal of the American Academy of Child and Adolescent Psychiatry, 17, 1-13.


Van der Hart, O., Nijenhuis, E. R. S., & Steele, K. (2006). (2006). The haunted self: Structural dissociation and the treatment of chronic traumatization. New York: W.W. Norton & Co.


Watner, U.G., Grossmann, K., Gremmer-Bombik, E., & Sues, G. . (1984). Attachment patterns a age six in southern Germany,Predictability from infancy and implications for preschool behaviors. Child Development, 71, 684-689.


Weissner, P. (1982). Risk, reciprocity and social influences on ! Kung San economics. In R.B. Lee & E. Leacock (Eds.), Politics and history in band societies (pp. 61-83).


Wiener, E., & Slifka, A. (Eds.). (1998). Interethnic Coexistence. New York: Continuum Publishing Company.


Wilson, D.S. (2002). Darwin's Cathedral. Evolution, Religion, and the Nature of Society. Chicago: University of Chicago Press.


Wilson, D.S., & Wilson, E.O. (2007). Rethinking the theoretical foundations of sociobiology Quarterly Review of Biology, 327-328.


Wilson, E.O. (2012). The Social Conquest of Earth. New York: Liveright Publishing Company.


Wrangham, R. (2009). Catching fire. How cooking made us human. New York: Basic Books.



 




[1] Para simplificar, la mayoría de modelos evolutivos suponen la equivalencia entre un alelo (altruista o egoísta) y su rasgo conductual correspondiente. Esta visión determinista es, por supuesto, incorrecta. Cualquier expresión fenotípica de los genes, como un rasgo altruista complejo, requiere la coordinación de muchos genes que se apagan y se encienden durante el desarrollo mediante mecanismos epigenéticos. Este modelo simplista sirve como aproximación y puede hacerse más complejo pero la conclusión a la que se llega es similar. Pero a veces esta suposición aparentemente benigna puede ser confusa y oscurece las posibilidades de expresión altruista (ver Sober y Wilson, 1998, pp. 105-106).



[2] Hay muchas fuentes de evidencias que demuestran la naturaleza ultracooperativa de nuestra especie, tales como experimentos dirigidos por economistas conductuales que usan juegos sociales que presentan personas con dilemas sociales (teoría del juego) tales como el juego del ultimátum, el dilema del prisionero y juegos de bienes sociales. Estos dilemas sociales enfrentan la cooperación y el altruismo con el egoísmo y muestran con qué amplio margen prevalecen las normas de justicia y cooperación altruista en muchas sociedades y grupos culturales en todo el mundo (para un resumen, ver Bowles y Gintis, 2011, pp. 19-20; Henrich y col., 2005). Otra fuente de evidencia son los estudios que comparan a los simios africanos y a los humanos en términos de cooperación y competición en diversas condiciones experimentales (para un resumen de estos estudios, ver Tomasello, 2009). Sólo cuando evidencias convergentes provenientes de múltiples fuentes comienzan a apoyar una hipótesis concreta podemos tener la confianza de que estamos en el camino correcto. Pensamos que esta evidencia convergente apunta abrumadoramente a la naturaleza ultracooperativa de nuestra especie.



[3] Banco Mundial. Informe sobre Género, Igualdad y Desarrollo (2012)



[4] Un artículo reciente sobre los bonobos está empezando a modificar nuestra visión de la vida social de los simios africanos, mostrando que los bonobos compartirán comida con los extraños siempre que estén socialmente involucrados con ellos (Tan y Hare, 2013).



[5] El “pack completo”



[6] (para una revisión de todas las formas de selección, incluyendo la selección familiar, las formas de selección directas e indirectas, y los modelos multinivel, ver Bowles y GIntis, 2011; Henrich y Henrich, 2007; Leimar y Hammerstein, 2001; Nowak, 2006; Nowak y Highfield, 2011).