Dos modelos de la mentalización. Concordancias, diferencias y complementariedades

Publicado en la revista nº048

Autores: Lanza Castelli, Gustavo - Bouchard, Marc-André

 

Este trabajo postula que el concepto mentalización es utilizado en el campo psicoanalítico de dos maneras diferentes, que los autores proponen denominar “mentalización reflexiva” y “mentalización transformacional” respectivamente.


Identifican la primera con la obra de Fonagy y colaboradores, y la segunda con los trabajos de Pierre Marty y una serie de otros autores que comparten una visión similar sobre la misma.


Después de una primera caracterización global de cada una de ellas, realizan un estudio comparativo de cada enfoque a lo largo de una serie de ítems: el método privilegiado, la tópica psíquica, los estados mentales y lo protomental, el punto de vista genético y el punto de vista evolutivo, la teoría del apego y la pulsión, la fantasía, los sueños. En un último ítem: acción específica y satisfacción mediada por la mentalización, realizan una integración de ambos enfoques y sugieren que esta integración puede intentarse también en cada uno de los otros ítems.


 


This paper argues  that  mentalization  concept is used in psychoanalytic field in two different ways,  named by the authors as “reflective mentilization” and “transformational mentalization” respectively.  The first one is identificated  with the work of Peter Fonagy et al.,  and the second one with the work of Pierre Marty and other authors with a similar point of view. 


After a comprehensive characterization of both concepts, they made a comparative study of each approach throughout a number of ítems: the preferred method, the psychic topography,  mental states and  proto-mental,  genetic and evolutionary perspective, attachment theory and  drive,  imagination and dreams.  Finally, an ítem describing specific action and satisfaction mediated by mentalization articulates both approaches and suggests that this integration could be attempted in each of the others ítems. 


 


El concepto Mentalización (o Función Reflexiva) ha conocido una notable expansión en los últimos 20 años, de la mano de Peter Fonagy y colaboradores. Surgido de su intento por comprender y abordar la patología borderline basándose en conceptos psicoanalíticos y de la teoría del apego, articulados con los desarrollos sobre teoría de la mente, fue ganando en profundidad y amplitud hasta constituir un vasto y complejo cuerpo de conocimientos en continuo aumento. El mismo incluye una teoría elaborada de las distintas facetas de la mentalización y de las funciones psicológicas que a ellas subyacen, una teoría del desarrollo, articulaciones con las neurociencias, diversos métodos para la evaluación del funcionamiento reflexivo y una serie de propuestas clínicas para el abordaje de las patologías graves.


Los diversos conceptos de esta teorización han sido operacionalizados a los efectos de favorecer su contrastación empírica, llevada a cabo en múltiples y rigurosas investigaciones


Hoy en día encontramos, en distintas partes del mundo, una serie de investigadores y terapeutas en número creciente, que utilizan este concepto en su práctica y proponen su aplicación en la comprensión y tratamiento de diversos cuadros clínicos, en la evaluación de enfoques teórico-técnicos, en la confección de técnicas para favorecer la optimización de las habilidades mentalizadoras del paciente, o buscan articularlo con conceptos psicoanalíticos más clásicos. Muchos de ellos lo emplean para informar una serie de prácticas variadas, que amplían el campo de aplicación de la terapia basada en la mentalización, como la terapia de parejas, de familias, de grupos, el entrenamiento de la pareja parental primeriza, los talleres de psicoeducación, los grupos de profesionales en crisis , la prevención de la violencia en las escuelas, etc.


Por otra parte, en la década del 60 este concepto comenzó a ser utilizado con un sentido diferente, por parte de Pierre Marty, Michel Fain, Michel de M`Uzan, Christian David, etc. (Marty, 1990; Marty, M’Uzan, David, 1963).


En su teorización, Pierre Marty hace suyo el modelo freudiano del aparato psíquico, tanto el de la primera como el de la segunda tópica (Consciente, Preconsciente, Inconsciente; Ello, Yo, Superyó) y dedica largas páginas al estudio del Preconsciente. En sus conceptualizaciones parte de la base de que estamos necesariamente sometidos a la presión de nuestras pulsiones y de nuestros movimientos afectivos, cuyo enraizamiento en el cuerpo los convierte en una exigencia de trabajo para lo anímico (Freud, 1915a), por lo que se hace necesario que los mismos sean representados, tramitados, procesados y descargados de alguna forma, a los efectos de que no se acumulen en el aparato psíquico de un modo perjudicial, o se descarguen por vías corporales, como en el caso de las somatizaciones. La tarea fundamental (y permanente) de nuestro psiquismo es, para este autor, la elaboración de las excitaciones pulsionales mencionadas, a lo que llama mentalización (Marty, 1991).


Otros psicoanalistas, desde distintos marcos teóricos, se refieren también a la mentalización en un sentido análogo al de Marty, y aunque en algunas ocasiones no utilicen el mismo término, el concepto al que aluden es muy similar al de este autor. Entre ellos podemos citar a Piera Aulagnier (1975), Wilfred Bion (1962), Francois Duparc (1981), André Green (1994), Serge Lecours (2007), Dominique Scarfone (2013) y muchos otros. De este modo, podríamos decir que en estos autores es posible encontrar un modelo de la mentalización básicamente compartido, y diferente al de Fonagy.


Por nuestra parte, consideramos que si bien las diferencias entre ambos enfoques son muchas, es posible también encontrar una serie de complementariedades y algunos puntos en común entre los mismos, de modo tal que podría decirse que una separación tajante resultaría artificial, y que en la medida en que ambos ponen el acento en procesos mentalizadores diversos, es posible buscar articulaciones, tanto en lo teórico como en lo clínico, de modo tal que ambos puedan complementarse de un modo productivo.


En lo que sigue llevaremos a cabo en primer término una caracterización global de ambos enfoques y posteriormente pasaremos revista a una serie de ítems, mostrando en cada uno de ellos el modo en que son abordados desde un modelo y desde el otro. Ilustraremos algunos de estos conceptos con viñetas clínicas, a los efectos de ejemplificar mejor nuestro modo de ver las cosas.


Siguiendo la propuesta de uno de nosotros (Lanza Castelli, 2013), denominaremos “mentalización reflexiva” al enfoque de Fonagy y colaboradores y “mentalización transformacional” al otro modelo.


La mentalización transformacional


Un grupo numeroso de autores en el campo psicoanalítico ha puesto el acento en los procesos simbolizantes y transformacionales que lleva a cabo el aparato psíquico, y ha desarrollado modelos diacrónicos del surgimiento, estructura y transformaciones del mundo representacional. En sus planteos retoman, de modos diversos, la propuesta freudiana (Freud 1896, Maldavsky, 1977) acerca de diversos estratos de representaciones, cualitativamente distintos, que surgen en períodos diferentes de la vida y que poseen una capacidad también diversa de gestión, ligadura o contención del empuje pulsional y la experiencia emocional (Aulagnier, 1975; Duparc, 1998; Green, 1995; Kristeva, 1974; Lecours, Bouchard, 1997).


Si bien las diferencias entre ellos no son menores, debido a los distintos marcos teóricos de los que parten, todos coinciden en afirmar que nuestra mente funciona llevando a cabo retranscripciones, traducciones, transformaciones y simbolizaciones de experiencias pulsionales y emocionales originarias Para ello utiliza representaciones cada vez más elaborados (en necesaria interrelación con el objeto primario, cuya interacción con el niño de un modo empático, amoroso y reflexivo es necesario para que este proceso tenga lugar), con lo cual se instituye, complejiza y diferencia el mundo representacional y se tramitan de modo más adecuado los afectos e impulsos.


Algunos de estos autores postulan que en sus inicios estos procesos consisten en una función de ligadura que conecta excitaciones corporales con representaciones. Para André Green (1987) y Lecours & Bouchard (1997) este proceso puede ser considerado como el creador del “ello psíquico”, el cual requiere para su constitución, la metabolización mental de las excitaciones somático-corporales, esto es, la transformación de excitaciones en impulsos y afectos que posean carácter psíquico (“…la representación inconsciente, más que un dato de partida es el producto de un trabajo” Green, 1987, p. 147), ya que el recién nacido necesita transformar las experiencias concretas, crudas, no mentalizadas. A su vez, en la continuación de este proceso tiene lugar una complejización creciente en el entramado representacional que va ligando los impulsos y afectos mencionados.  


En este sentido, la mentalización puede ser considerada como el sistema inmune de la psique, en la medida en que absorbe estresores internos y externos, excesos traumáticos y presiones internas, procesa sus efectos en el cuerpo y los elabora en sentido progresivo. Incluye procesos como la representación, la simbolización y una serie de procesos de traducción, retranscripción y transformación. Estos procesos son comprendidos de modos diversos por los distintos autores mencionados, aunque todos coinciden en entender la mentalización como un proceso de complejización progresiva.


Podríamos decir, entonces, que en este enfoque el acento está puesto en el estudio pormenorizado de las distintas transformaciones que ocurren en el interior del aparato psíquico, si bien en su planteo todos estos autores se alejan de la posición, relativamente solipsista, de Freud (Green, 1995) y dan un lugar importante a la presencia y actividad del objeto primordial (Cf. por ejemplo, Bion, 1962).


La mentalización reflexiva


El constructo mentalización (o función reflexiva) -desarrollado por Peter Fonagy y colaboradores- se refiere a un conjunto variado de operaciones psicológicas que tienen como elemento común focalizar en los estados mentales. Estas operaciones incluyen una serie de capacidades representacionales y de habilidades inferenciales, las cuales forman un mecanismo interpretativo especializado, dedicado a la tarea de explicar y predecir el comportamiento propio y ajeno mediante el expediente de inferir y atribuir al sujeto de la acción determinados estados mentales intencionales que den cuenta de su conducta (Gergely, 2003).


La actividad mentalizadora incluye un componente auto-reflexivo y un componente interpersonal, se encuentra sostenida por una serie de habilidades cognitivas, tales como la atención y el control deliberados, la comprensión de los estados emocionales y la capacidad para realizar juicios acerca de los estados subjetivos, así como para pensar explícitamente sobre los estados mentales.


Influido fuertemente por la teoría de la mente (Baron-Cohen, 1995) este enfoque pone el acento en la dimensión interpersonal y puede ser entendida como una forma de cognición social, que toma como referencia la teoría del apego, ya que -según este planteo- es en las relaciones de apego donde el niño aprende a mentalizar.


Desde el punto de vista filogenético postula que las capacidades que abarca se desarrollaron (en nuestros antepasados homínidos) no tanto para lidiar con las fuerzas hostiles de la naturaleza, sino para hacerlo con la competencia con los otros hombres, lo que tuvo lugar después que nuestra especie hubo alcanzado un dominio relativo sobre el entorno físico. Fue en ese momento que nuestros congéneres se volvieron las fuerzas hostiles principales, así como los aliados más importantes en la lucha contra los otros grupos que disputaban un mismo territorio. En ese contexto, el éxito en dicha empresa dependía esencialmente de la experticia alcanzada en la cognición social, cuya faceta nuclear es la capacidad para representar simbólicamente los estados mentales. Predecir y anticipar el comportamiento del otro, forjar estrategias y prever contraestrategias, basándose en la comprensión de sus estados mentales, se volvió una herramienta poderosa en esta competencia social (Fonagy, 2006).


Cabe agregar que la teoría de Fonagy se aparta considerablemente del modelo freudiano (que se encuentra, de un modo u otro, en la base de las teorías de los autores citados con anterioridad) en la medida en que rechaza el concepto de pulsión y lo reemplaza por el de apego, no toma en cuenta el aparato psíquico ni hace referencia al superyó ni al inconsciente. Sus ideas podrían tal vez ubicarse dentro del movimiento relacional en psicoanálisis, se encuentran más cercanas a la base empírica y reconocen una influencia importante del cognitivismo. Por lo demás, el interés de este autor por la investigación sistemática y la operacionalización de los conceptos, lo aleja de toda reflexión de índole metapsicológica. No obstante, el mismo Fonagy considera que su enfoque ha de llamarse psicoanalítico y estimula a los terapeutas a “pensar dinámicamente”, lo que implica construir inferencias acerca del funcionamiento inconsciente del pensamiento, así como de deseos y creencias inconscientes (Bateman, Fonagy, 2006, p. 160).


Según veremos en lo que sigue, la contraposición entre el énfasis en lo interpersonal y en la aprehensión de los estados mentales (Fonagy), diferente al énfasis en las transformaciones intrapsíquicas, mencionado más arriba (Marty y otros), es una de las variables que determina la forma en que desde un enfoque y desde el otro se comprende la motivación, la función de la imaginación, la importancia de la psicología evolutiva, la teoría del apego, la teoría del pensamiento y de los sueños, y, finalmente, el modo que tienen de abordar la psicopatología y la clínica.


Los distintos ítems comparados entre los dos modelos


1) Cuestiones de método


Una diferencia importante entre ambos modelos es que el enfoque de la mentalización reflexiva pone fuertemente el acento en la investigación empírica, mientras que desde el otro punto de vista se pone el acento en el conocimiento que puede obtenerse aplicando el método freudiano (asociación libre, atención libremente flotante, trabajo con los sueños, la transferencia, las resistencias, etc.).


1.a) En los desarrollos teóricos de Fonagy tienen mucho peso los resultados de la investigación empírica, tanto aquellos surgidos en el campo de la psicología evolutiva, como los provenientes de la teoría del apego, como los que se originan en el terreno de la mentalización, etc.


Por citar un ejemplo entre otros, en el Reflective Functioning Manual, de 1998, se reseñan investigaciones llevadas a cabo con mujeres a las que se les administró la Entrevista de Apego Adulto (George, Kaplan, Main, 1996). Los relatos de dichas pacientes fueron codificados en base a una escala diseñada por Fonagy y colaboradores, a partir de otra escala previamente propuesta por Mary Main, Ruth Goldwyn y Erik Hesse (Steele & Steele, 2008).


En un estudio fueron entrevistadas 100 mujeres embarazadas y se encontró una alta correlación entre su rendimiento en cuanto a su Función Reflexiva (término en que se operacionaliza la mentalización), el apego seguro de su hijo evaluado en la “situación extraña” al año de edad, y el desempeño de este último en su capacidad de mentalizar, evaluado mediante el test de la falsa creencia (Fonagy et al., 1998). Estas pruebas mostraron que las madres con alta capacidad reflexiva tendrán mayor porcentaje de hijos con apego seguro que madres con baja capacidad. A su vez, los hijos de las primeras tendrán mejores desempeños comparativos en pruebas que evalúan su capacidad de mentalizar a los cuatro años de edad.


Este tipo de hallazgos confirmaron la presunción de que es en las relaciones de apego donde el niño aprende a mentalizar. Subsiguientes investigaciones fueron refinando estas consideraciones iniciales, de modo tal que se identificaron las interacciones mentalizadoras, que estimulan el mentalizar en el niño y que tienen lugar en el seno de relaciones de apego seguro (Allen, Fonagy, Bateman, 2008).


La teoría de la mentalización, así como la práctica de la psicoterapia basada en dicha teoría, descansan, por tanto, en una medida apreciable, en esta metodología que jerarquiza la operacionalización y la investigación empírica.


Por otro lado, si bien la experiencia clínica siempre estuvo presente en la base del pensamiento de Fonagy, consideramos que las siguientes palabras de Steele & Steele resumen con claridad el énfasis al que nos referimos. Refiriéndose al trabajo realizado con Fonagy y otros colegas, dicen:


“…veíamos nuestros esfuerzos en términos de poder encontrar la manera de poder operacionalizar una serie de conceptos nucleares que nos eran familiares en los escritos psicodinámicos, por ejemplo, mentalidad psicológica, capacidades de autoobservación del ego, insight y prueba de realidad, los cuales poseían relevancia para comprender las contribuciones parentales a las diferencias individuales encontradas en las relaciones de apego paterno-filiales” (2008, p. 134).


1.b) En el otro modelo, si bien encontramos diferencias entre los distintos autores que cabe incluir en él, podríamos decir que la mayoría comparte un enfoque muy diferente al de Fonagy, que podría verse representado en la caracterización que hace Freud del psicoanálisis en un trabajo de difusión (1923 [1922]):


“Psicoanálisis es el nombre: 1) de un procedimiento para la investigación de procesos anímicos difícilmente accesibles por otras vías; 2) de un método de tratamiento de perturbaciones neuróticas, fundado en esa indagación; 3) de una serie de intelecciones psicológicas, ganadas por ese camino, que poco a poco se han ido coligando en una nueva disciplina científica” [cursivas agregadas] (p. 231).


En la medida en que estos tres aspectos se hallan interrelacionados, será en el ámbito de la sesión psicoanalítica (tratamiento) en donde se lleve a cabo la investigación de aquellos procesos a los que es difícil acceder por otras vías, lo cual significa que quedan por fuera del campo psicoanalítico los intentos de aprehender dichos procesos anímicos mediante la investigación empírica o la experimentación, que abordan el objeto desde afuera, por así decir.


En esta línea de pensamiento resultan ilustrativas las consideraciones de César y Sara Botella (2001), quienes postulan que el psicoanálisis no es una ciencia experimental en el sentido clásico, y que su objeto, el inconsciente, no se vincula con un objeto exterior, cuantificable y mensurable. Postulan que el psicoanálisis no es tampoco una ciencia hermenéutica, ya que su objeto de estudio no es el hecho y su interpretación, sino los movimientos y significados inconscientes que lo subtienden y que constituyen la vida psíquica del observador y del observado.


En la experiencia de la sesión participan los dos inconscientes, el del analista y el del analizado, lo cual determina una unidad profunda entre el instrumento de observación (el psiquismo del analista), el objeto de estudio (el psiquismo del paciente) y la interrelación entre ellos, siendo este conjunto el verdadero objeto de estudio del psicoanálisis. Es, por lo tanto, sólo en la sesión analítica donde se puede tener acceso a este objeto.


André Green, por su parte, postula que todos los descubrimientos y las construcciones teóricas en el campo del psicoanálisis surgieron (en la mente de Freud, Abraham Klein, Bion, Lacan, etc.) del trabajo clínico con los pacientes. En su opinión, la investigación empírica no puede ir más allá del dominio de lo consciente y lo preconsciente (dominio, según él, de la psicología), y no logra alcanzar la dimensión propiamente psicoanalítica de lo inconsciente (2000).


Por nuestra parte, consideramos que puede lograrse una complementación útil entre ambos métodos y que es importante que el psicoanálisis tenga en cuenta los muchos descubrimientos que se han hecho desde enfoques más empíricos u “objetivos”.


Ilustramos esta idea con una cita del propio Freud, referida al conocimiento de las fuentes de la sexualidad infantil, que hacemos extensiva al conocimiento psicoanalítico general: “Ahora bien, la investigación psicoanalítica que desde un período posterior se remonta hasta la infancia y la observación contemporánea del niño mismo, se conjugan para mostrarnos otras fuentes de fluencia regular para la excitación sexual. La observación de niños tiene la desventaja de elaborar objetos que fácilmente originan malentendidos, y el psicoanálisis es dificultado por el hecho de que sólo mediante grandes rodeos puede alcanzar sus objetos y sus conclusiones; no obstante, los dos métodos conjugados alcanzan un grado suficiente de certeza cognoscitiva” [cursivas agregadas] (1905, p. 182)


2) La tópica psíquica


2.a) En la obra de Fonagy no encontramos propiamente una consideración acerca de la tópica psíquica, sino que su enfoque se centra en el self. De este modo, diferencia entre el self como representación (como objeto) y el self como agente (como sujeto), siguiendo a William James, quien realizó esta distinción en su libro de 1890.


El primero, al que denomina “Me” es la representación mental del sí mismo. Este aspecto del self es el que ha sido más estudiado en las diversas orientaciones teóricas e incluye desde la representación del propio cuerpo, hasta la del propio valor, pasando por rasgos de personalidad, imagen social, etc. Para algunos autores se superpone con el concepto de identidad, mientras que otros diferencian múltiples selves en la personalidad (Bromberg, 1998). Si bien Fonagy toma en cuenta este aspecto del self, no es en él en donde pone el acento principal en su desarrollo teórico, sino en el self como agente. Este último (El “I”) encarna los procesos o funciones mentales que apuntalan las representaciones del self y es el agente activo responsable de la construcción del autoconcepto del “Me”. El “I” es el que organiza e interpreta la experiencia, asegura la continuidad de la experiencia del self en el tiempo, genera las experiencias que conducen a la distintividad de uno mismo como persona y crea una sensación de libertad o iniciativa, de autonomía y responsabilidad (Fonagy et al., 2002).


En la temprana infancia se requiere una operación mental para derivar el estado del self de la apercepción del estado mental del otro. La exploración del sentido de las acciones de los demás es un precursor de la habilidad del niño para denominar sus propias experiencias psicológicas y encontrarlas significativas. Podría decirse que esta habilidad subyace a las capacidades para la regulación emocional, el control de impulsos, el auto-monitoreo y la experiencia de agencia del self, que pueden considerarse los ladrillos de la organización del self. Asimismo, entre los rasgos definitorios de la mismidad (selfhood), encontramos la autoconciencia, la autonomía, la libertad y la responsabilidad. La posición intencional, (que incluye motivos no conscientes, aparentemente irracionales) explica el propio comportamiento y por lo tanto crea la continuidad de la experiencia del self, que es el basamento de una estructura del self coherente.


Por lo demás, la experiencia que el niño tiene de sí mismo como poseedor de una mente no es algo que venga dado genéticamente, sino que se desarrolla a lo largo de la infancia. Este desarrollo depende esencialmente de las interacciones del mismo con mentes más maduras que la suya, que sean benevolentes, reflexivas y que tengan con él una sintonía adecuada.


De este modo, es esencial considerar el contexto interpersonal en el que se da el desarrollo del self. Podríamos decir que en este proceso de desarrollo posee la mayor importancia que el surgimiento de los primeros mojones de la mentalización -que ocurre antes de los cuatro años- tiene lugar en el contexto de una situación intersubjetiva mediante la cual el niño “se encuentra a sí mismo en el otro”, el cual tiene a su mente (del niño) en mente.


Vale decir, cuando la figura de apego se representa al niño como un ser con estados mentales intencionales y manifiesta de algún modo (en forma verbal o preverbal) que se lo representa de esta forma, el niño percibe este reflejo de sí mismo como un ser intencional, e internaliza esta visión de sí que tiene su figura de apego. Con ello va poniendo los primeros mojones para la construcción del self psicológico y para el desarrollo de la capacidad de mentalizar (esto es, para comprenderse a sí mismo y al otro como seres intencionales). Por lo tanto, el self psicológico se constituye a través de la percepción de sí -como un ser con estados mentales- en la mente de la figura de apego. El niño ve que su cuidadora se lo representa como un ser intencional, y esta representación de sí, que su cuidadora posee, es internalizada para la formación del self.


Se podría sintetizar este proceso de la siguiente forma: “Ella piensa que yo pienso, y por lo tanto yo existo como ser pensante”. Se trata de “encontrarse a sí mismo en el otro” como ser intencional (Fonagy et al., 2002).


Esta concepción intersubjetiva del nacimiento del self es por demás interesante. A la vez, podríamos decir que su concepto del self no toma en cuenta el aparato psíquico ni hace referencia al superyó ni al sistema Inconsciente (de la primera tópica freudiana).


2.b) Por su parte, el enfoque de la mentalización transformacional adopta el punto de vista tópico, según el cual el aparato psíquico es considerado como compuesto por diversos sistemas que poseen propiedades o modos de funcionamiento diferentes y que se encuentran relacionados de alguna forma. Estos sistemas son considerados metafóricamente como lugares psíquicos, de los que se puede dar una representación espacial (Freud, 1900, 1923; Laplanche y Pontalis, 1968).


La primera tópica diferencia entre Inconsciente, Preconsciente y Conciencia. Cada uno de estos sistemas tiene procesos diferentes (primario y secundario), representaciones distintas (de cosa, de palabra y de objeto) y energía también diferenciada (libre y ligada). A su vez, una barrera, la censura, separa lo Inc. de lo Prec., y una segunda censura lo Prec. de la Cc. Por otra parte, estos sistemas pueden ser recorridos por la energía en un sentido progresivo o regresivo. Esta última alternativa, denominada por Freud regresión tópica, es utilizada por éste para dar cuenta del carácter esencialmente visual de los sueños (Freud, 1900).


La segunda tópica, que diferencia entre Yo, Ello y Superyo, retoma las propuestas de la primera tópica, desde otro punto de vista, y agrega conceptos teóricos y clínicos fundamentales entre los que podríamos citar el carácter pulsional y carente inicialmente de representaciones del Ello, la compulsión de repetición, la reacción terapéutica negativa, el sentimiento de culpa, el masoquismo, la escisión del yo, entre otros (Freud, 1920, 1923, 1940 [1938]).


Como fue dicho con anterioridad, el enfoque de Fonagy no toma en consideración el aparato psíquico y sus dos tópicas, ni hace referencia al superyó, el inconsciente, los procesos primarios, etc.


Los representantes del otro modelo de la mentalización se basan en todos los casos en ambas tópicas, poniendo el acento el acento ya en una, ya en la otra, según el autor de que se trate, o buscando formas de articularlas de algún modo.


En la obra de André Green, por ejemplo, la diferenciación entre ambas tópicas da cuenta de un modelo basado en la neurosis y el sueño (primera tópica) y otro (segunda tópica) que posee conceptos que ayudan a dar cuenta de la problemática clínica contemporánea (Green, 2003).


3) Los estados mentales y lo protomental


3.a) La mentalización reflexiva se centra en el estudio de aquellos procesos que tienen que ver con la aprehensión de los estados mentales, propios y ajenos.


Una de las polaridades que la constituyen (la polaridad de procesos centrados en el self o en el otro) plantea que en relación al otro es importante construir un modelo de su mente lo más complejo posible, de modo tal que sea posible aprehender su comportamiento en términos de este modelo. La conducta del otro, entonces, se vuelve comprensible en función de los estados mentales que podamos suponer subyacen a la misma.


En relación al propio self, podríamos decir que la mentalización del self implica la aprehensión del propio mundo interior, poblado de estados mentales (fantasías, pensamientos, creencias, emociones, etc.), así como la capacidad de reflexionar sobre ellos, diferenciándolos de los estados mentales ajenos (Bateman, Fonagy, 2012).


Desde este punto de vista, la mentalización del self implica la capacidad para identificar una serie de contenidos (de los que los afectos poseen la mayor importancia clínica), así como sus interrelaciones (entre pensamientos y afectos, por ejemplo), sus secuencias (advertir que, por ejemplo, cada vez que surge un enojo, luego el sentimiento vira hacia la ansiedad), su nexo con situaciones interpersonales, etc. (Fonagy et al., 2002; Allen, Fonagy, Bateman, 2008).


Pero este polo del mentalizar también incluye la capacidad para aprehender la forma en que funciona la propia mente, así como determinadas características de la misma. El advertir que la propia capacidad de insight es limitada, o que muchas veces uno tiende a apartar los pensamientos angustiantes y a no querer recordar sucesos dolorosos, son ejemplos de esta alternativa.


En un nivel tal vez más profundo, supone la posibilidad de identificar la naturaleza de los propios estados mentales, por ejemplo su opacidad, su carácter de interpretación o construcción acerca de la realidad y no de copia literal de la misma, etc. (Fonagy et al., 1998).


El buen funcionamiento de la mentalización en estos casos supone que ha sido posible construir un sistema representacional específico para los estados mentales. Cuando tal cosa ha ocurrido, es posible considerar el carácter meramente psíquico (mental) de dichos estados mentales. Cuando este proceso falla, debido a traumas en las relaciones de apego, se inhibe esta capacidad y se reactivan los modos prementalizados de experimentar el mundo interno (equivalencia psíquica, hacer de cuenta, teleológico).


En el modo de equivalencia psíquica el pensar no es considerado como una construcción acerca de la realidad, sino como una copia de la misma. En el modo hacer de cuenta las representaciones son consideradas como tales, siempre y cuando estén claramente disociadas de la realidad. En el modo teleológico, los estados mentales tienen que estar traducidos en acción para que sean relevantes. En la terapia basada en la mentalización, se hace uso de estos conceptos para ayudar al paciente a que deje de funcionar en base a modos prementalizados y puede conquistar un funcionamiento mental mentalizado.


De todos modos, el enfoque de Fonagy se mantiene siempre centrado en los estados mentales, esto es, en el territorio de lo mental, mientras que el otro modelo presta cada vez mayor atención a lo “protomental”.


3.b) Este segundo modelo, que tiene como fuente la teoría de Freud acerca del conflicto psíquico entre deseos claramente estructurados y fuerzas que se les oponen, ha ido dando lugar, cada vez más, a la comprensión de que en los pacientes no neuróticos el conjunto de representaciones de la mente no está sólidamente establecido como en las neurosis. En la infancia de dichos pacientes, la relación con el objeto externo fue manifiestamente traumática, o la ausencia de este último excesivamente prolongada. En esos casos la capacidad para construir una representación interna del mismo fue muy débil o resultó inoperante y en lugar de ella nos encontramos con trazos (Scarfone, 2013) que no constituyen propiamente algo psíquico, algo del orden de la representación.


En la obra de Bion, por ejemplo, estos trazos son caracterizados como pertenecientes al territorio de lo protomental, que posteriormente denominó elementos β. En la obra de Green encontramos el concepto de lo “pre-psíquico” (1994) y en otros autores, conceptos equivalentes. Bion designa con el concepto de lo protomental una matriz en donde lo físico y lo psicológico están todavía indiferenciados y las presiones del cuerpo y del encuentro con los otros significativos, se expresan como incremento de estímulos (protoemociones) que deben ser evacuados o transformados.


Si el proceso transformacional tiene lugar en forma adecuada, de esta raíz surgirán elementos α, “…que se asemejan y en realidad pueden ser idénticos a las imágenes visuales con las que estamos familiarizados en los sueños” (1962, p. 7). Esto supone una ideogramatización (mentalización) de las sensaciones, lo que las vuelve aptas para el pensamiento y para su almacenamiento en la memoria (1992).


Por otro lado, en lo que hace a las “experiencias no mentalizadas” podríamos decir que con esta expresión se hace referencia a datos sensoriales o emocionales elementales, que no han sido transformados en pensamientos oníricos, fantasías, mitos, narraciones, etc., o en afectos señal (ansiedad que sirve como señal de un peligro inminente y que requiere de una acción pensada), sino que son, en cambio, percibidos como objetos concretos en la psiquis, como angustias sin cualificación (por ej. sensaciones de caída), como alteraciones corporales (somatizaciones) o acciones impulsivas, que tienen como objetivo la evacuación de dichas protoemociones. Tales experiencias son “acrecentamientos de estímulos” (Bion, 1962) que no pueden ser usados ni como alimento para el pensamiento, ni almacenados en la forma de recuerdos.


Estas experiencias que no han sido albergadas en la mente, ni transformadas en algo propiamente “psíquico” y que se mantienen en la dimensión “protomental”, no pueden ser reprimidas. En vez de ello, son escindidas o evacuadas. La razón de ser de esta no mentalización de la experiencia protomental se debe a una falla en la revèrie materna, que no ha podido contener y transformar las emociones del bebé. En estos casos, las angustias y protoemociones no transformadas, productos de traumas tempranos, se mantienen en un nivel protomental, sin nacer al mundo de las representaciones y de lo mental.


Por otra parte, esta falla en la revèrie materna impide al niño la introyección de la función α, por lo que en ese sector de su mente (habitualmente disociado de otro sector, que funciona en un nivel más neurótico y que es capaz de representar sus contenidos, Roussillon, 2011) coexisten protoemociones con un aparato mental incapaz de procesarlas. Por esa razón, sólo queda evacuarlas (somatizaciones, actuaciones, identificaciones proyectivas) o mantenerlas en una zona congelada de la mente, con la subsiguiente desvitalización, sentimientos de vacío, desconexión emocional, etc. (Green, 1974; Mitrani, 1996; Pistiner de Cortiñas, 2007; Roussillon, 2011). Ésta es la problemática que encontramos en los pacientes no neuróticos, en los que el trabajo sobre lo protomental y la creación u optimización de estructuras psíquicas débiles, faltantes o funcionalmente inoperantes, se vuelve un objetivo clínico esencial (Levine, Reed, Scarfone, 2013).


4) El punto de vista genético y el punto de vista evolutivo


4.a) En la perspectiva de Fonagy predomina el punto de vista evolutivo, que se basa esencialmente en la observación del niño a lo largo de los primeros años de vida. En toda una serie de casos esta observación se ve refinada con la utilización de diversas técnicas o situaciones experimentales, que permiten evaluar la variación de las respuestas en función de la edad. En base a esta metodología se establece el desarrollo de distintas variables de la personalidad, a lo largo de estos años. Así, en lo que hace al desarrollo del self, por ejemplo, este autor sostiene que hay una serie de niveles a los que el niño va accediendo a medida que crece. De este modo, en primera instancia encontramos que el niño desarrolla un sentimiento de sí y de los demás como agentes físicos, que se sienten sujetos de acciones que recaen sobre el mundo físico, a diferencia de lo que ocurre con los objetos físicos. Poco después, el niño desarrolla el sentimiento de sí como agente social, lo cual implica que mediante sus expresiones puede lograr una modificación en el mundo humano que lo circunda (por ej. su llanto hará que la madre acuda).


En la segunda mitad del primer año de vida, los niños desarrollan un sentimiento de sí mismos y de los demás como agentes teleológicos, esto es, cuyas acciones son propositivas y están dirigidas a un objetivo. Dichas acciones han de poseer, por tanto, una racionalidad en el contexto de las restricciones físicas existentes. Pero no es considerado todavía el estado mental de aquél que lleva a cabo la acción de que se trate, como incidiendo en el desarrollo de la misma. En el curso del segundo año, los niños comienzan a mentalizar la posición teleológica, en la medida en que comienzan a ser capaces de interpretar las acciones dirigidas a un fin, como motivadas por estados mentales intencionales. Alrededor del sexto año de vida, los niños son capaces de organizar los recuerdos de sus acciones y experiencias en un marco causal-temporal que permite el desarrollo de un self autobiográfico, así como la comprensión del self y de los demás en base a narrativas autobiográficas coherentes. Otro tanto puede decirse respecto a la capacidad de mentalizar, a la regulación emocional, el desarrollo de la empatía, etc. En todos estos casos, se toma en consideración un tiempo lineal en el que distintas funciones van adquiriendo una maduración y una complejización cada vez mayores. Pero este proceso no ocurre por sí mismo, sino que se encuentra sostenido y estimulado a lo largo de todo su recorrido, por la actitud parental mentalizadora y estimuladora de dicha maduración.


4.b) En el enfoque que sigue los lineamientos freudianos se sostiene el punto de vista genético, que para algunos autores debe ser incluido dentro de la metapsicología (Gill y Rapaport, 1959).


Las reconstrucciones que desde este punto de vista se hacen de la sexualidad infantil y sus fases, por ejemplo, provienen del trabajo analítico y no de observaciones del comportamiento infantil. En muchas ocasiones encontramos en Freud afirmaciones como la siguiente: “Como ya bien saben, llamamos sexuales a las dudosas e indeterminables prácticas placenteras de la primera infancia porque el camino del análisis nos lleva a ellas desde los síntomas, pasando por un material indiscutiblemente sexual” [cursivas agregadas] (1916-17, p. 296).


Es entonces, gracias al análisis de los síntomas, de los sueños y de la transferencia como se llega a conjeturas acerca de conceptos como fijaciones pregenitales orales, anales y fálicas, regresiones a esas fijaciones, defensas contra las mismas, período de latencia, reactivación pulsional en la adolescencia, complejo de castración, complejo de Edipo, etc., que jalonan la vida infantil y determinan sus acciones, sus vínculos y sus eventuales producciones sintomáticas, tanto en la infancia como en la edad adulta.


En desarrollos teóricos ulteriores de Freud se hace presente el narcisismo como posterior en el tiempo al autoerotismo y anterior a la investidura de objeto (Freud, 1914). Uno de sus destinos será la creación de un Ideal del yo, cuyo funcionamiento y características serán esenciales para la comprensión no sólo de la patología sino de fenómenos como el enamoramiento, la hipnosis y la formación de masas (Freud, 1921).


La diferencia entre un enfoque y el otro no atañe sólo al método empleado, sino que la concepción del tiempo es diferente en el enfoque psicoanalítico respecto al predominante en la psicología evolutiva y en el enfoque de Fonagy. De este modo, se cuestiona la concepción de un enfoque exclusivamente lineal, según el cual los acontecimientos anteriores influirían sobre los posteriores, siendo ésta la única influencia posible. Mediante el concepto de “a posteriori” (Nachträglichkeit) Freud pone de manifiesto cómo determinados acontecimientos posteriores pueden resignificar (o reelaborar) otros acaecidos con anterioridad, dándoles un nuevo sentido y una eficacia que no tuvieron en su momento. Así, en el caso del hombre de los lobos, por ejemplo, Freud muestra con detalle cómo las impresiones recibidas al año y medio por el paciente, referidas al coito entre los padres, fueron resignificadas y comprendidas a los cuatro años, y fue recién en ese momento que ejercieron su efecto (Freud, 1918 [1914]).


Otro concepto fundamental en este punto es el de la intemporalidad del Inc., que cuestiona también la idea de un devenir lineal y constante. Así, Freud dice: “…es una particularidad destacada de los procesos inconscientes el permanecer indestructibles. En el inconsciente, a nada puede ponerse fin, nada es pasado ni está olvidado” [negritas agregadas] (1900, p. 569). Esta intemporalidad del sistema Inc., puede verse también a nivel de la conciencia en los pacientes límite, que viven en un eterno presente, por lo que no pueden utilizar sus experiencias pasadas y quedan sujetos a repetir experiencias anteriores dolorosas (Pirlot, Cupa, 2012). El concepto de la compulsión a la repetición pone también en entredicho la concepción del tiempo propio de los planteos evolutivos. En los desarrollos de muchos autores que ubicamos en la mentalización transformacional, se pone también el acento en la importancia de este modo de ver las cosas.


5) La teoría del apego y la pulsión


Las fuentes motivacionales son consideradas de modo diferente en los dos modelos. En la mentalización reflexiva se pone el acento en el apego, mientras que los autores que podríamos incluir en la mentalización transformacional suelen mantener la teoría de las pulsiones de Freud, por más que la entiendan muchas veces de modo distinto a como fue formulada originariamente por el padre del psicoanálisis.


5.a) John Bowlby, creador de la teoría del apego, postula que existe una necesidad primaria de construir lazos emocionales, que no se deriva de otras pulsiones o necesidades. Plantea también que su angustia específica es la angustia de separación. En el núcleo de este vínculo de apego encontramos la reciprocidad de las relaciones tempranas, que es condición de un desarrollo normal.


Los comportamientos de apego del niño (búsqueda de proximidad, sonrisa, aferramiento, etc.) son respondidos por los comportamientos de apego del adulto (tocar, sostener, calmar). Estas respuestas refuerzan el comportamiento de apego del niño hacia el adulto que le responde de esa forma. La activación de los comportamientos de apego depende de la evaluación que el niño haga de una serie de señales del ambiente, que producen sentimientos de seguridad o de inseguridad. Podríamos decir que el objetivo del sistema de apego es lograr el sentimiento de seguridad, por lo que se constituye en el primer regulador de la experiencia emocional.


Al final del primer año de vida, el comportamiento del niño es intencional y, aparentemente, se basa en expectativas específicas. La historia de su relación con el cuidador ha cristalizado en un sistema representacional que Bowlby denomina “Internal Working Models” (Modelos Operativos Internos (Marrone, 2001).


La segunda pionera en la teoría del apego fue Mary Ainsworth, quien desarrolló un procedimiento de laboratorio para observar dichos IWM en acción, la situación extraña, que incluye al niño, su madre y un extraño, que es un investigador. A partir del comportamiento del niño posterior a una breve separación de la madre (en que queda en presencia del extraño) y de su posterior reunión con ésta, se diferencian cuatro tipo de apegos: seguro, ansioso/evitativo, ansioso/resistente y desorientado/desorganizado (Marrone, 2001).


Cabe consignar que hay acuerdo general, desde hace ya años, en relación a que la memoria humana está organizada en dos sistemas principales, diferenciables descriptiva y neurológicamente: la memoria procedimental y la memoria declarativa. Esta última es accesible (al menos parcialmente) al recuerdo y la evocación, mientras que la primera es implícita, no declarativa y no reflexiva, y es posible que se halle dominada fundamentalmente por información emocionalmente significativa. Almacena el “cómo” de secuencias de acciones, como las habilidades motoras (andar en bicicleta, por ejemplo), que son su ilustración más clara. El conocimiento procedimental que se encuentra almacenado en ella es accesible sólo a través del desempeño, lo que es sumamente importante desde el punto de vista clínico.


Por esta razón, es dable conjeturar que las representaciones esquemáticas, postuladas por los teóricos del apego (IWM) y los representantes de la mentalización reflexiva están organizadas en la memoria procedimental, y que su función es adaptar el comportamiento social a contextos interpersonales específicos.


En lo que hace a la motivación del apego, cabe subrayar que se activa de manera intermitente, no constante, a partir de experiencias emocionalmente significativas. Según este punto de vista el trauma en el apego tiene como resultado actuaciones destructivas, tormentas emocionales, comportamientos de autodaño, comportamiento adictivo o promiscuo, etc. Implica también diversos déficits en el desarrollo de la capacidad mentalizadora. El tratamiento de dicho trauma requerirá de un terapeuta que funcione como figura de apego a través del lazo que establezca con el paciente.


5.b) En el punto de vista de la mentalización transformacional la fuerza motivacional se supone deriva de las pulsiones, sean éstas sexuales o agresivas.


En lo que hace a las primeras, se suelen diferenciar pulsiones orales, anales, fálicas y genitales, que tienen fines y objetos diversos y se encuentran en la base de la formación de síntomas, sueños y transferencias. En todos los casos se ligan a distintos tipos de representaciones, actúan como una fuerza constante, se rigen por el principio del placer y en función de su posición tópica (Inc., Prec. o Cc.) varían también los procesos (primario o secundario) que las rigen. De este modo, el terapeuta será investido por el paciente desde estas pulsiones como un objeto erótico, o como un objeto sobre el cual se dirige la hostilidad.


Sería demasiado extenso y complejo desarrollar acá de un modo más pormenorizado las distintas teorías de las pulsiones que propone Freud, por lo que nos circunscribimos a estas consideraciones esquemáticas.


Cabe agregar que si pensáramos en una articulación entre las dos fuentes motivacionales (apego y fuerzas pulsionales) podríamos postular que la dimensión relacional paciente-terapeuta posee dos facetas, una de ellas dominada por el apego y la otra por la pulsión de que se trate. Entre ambas cabría suponer entonces diversos enlaces, complementariedades y oposiciones.


6) La fantasía en los dos modelos


6.a) La mentalización reflexiva postula que la facultad de imaginar es central en el mentalizar. Ya que éste puede definirse como comprender el comportamiento en términos de estados mentales, hay que agregar a ello que los estados mentales son opacos y que sólo podemos conjeturar lo que el otro está sintiendo y pensando (Fonagy et al., 1998). En este punto es necesaria la imaginación, a los efectos de imaginar el estado mental ajeno como poseyendo una perspectiva diferente a la propia, y de imaginar dicha perspectiva. Esta capacidad, entonces, posibilita que nos sustraigamos a la tendencia a atribuir al otro nuestros propios estados mentales y seamos capaces de imaginar los estados mentales ajenos a partir de claves expresivas, conductuales, situacionales o basadas en el conocimiento del otro. En el empatizar, por ejemplo, no se trata sólo de un resonar emocional automático con el sentir ajeno, sino que es necesaria una imaginación activa que eche mano de la memoria en la medida en que esto permite evocar situaciones que activan determinados sentimientos (Allen, Fonagy, Bateman, 2008).


En lo que hace a la aprehensión de sí, estos autores proponen que también en ese aspecto el imaginar es importante, ya que se puede solicitar al paciente que imagine qué más podría haber sentido en determinada situación, si se lo hubiera permitido (por ejemplo, que además de ira, habría sentido temor) (Allen, Fonagy, Bateman, 2008). Pero desaconsejan la asociación libre, en tanto ésta puede promover (en pacientes cuya capacidad de mentalizar es precaria) un imaginar que no esté suficientemente anclado en la realidad, lo que podría llevar al paciente a funcionar en un modo prementalizado, el modo “hacer de cuenta” (pretend mode), en el que tiene lugar un fantasear no genuino, disociado de la experiencia efectiva y de la realidad.


Por otra parte, al fantasear de esta forma el paciente puede regresar al modo de equivalencia psíquica y perder el carácter “como si” de la fantasía, de modo tal que ésta queda equiparada con la realidad. Por esa razón, el terapeuta cuidará que el paciente elabore representaciones mentales vinculadas con la realidad, pero diferenciadas de la misma, ya que en eso consiste el mentalizar.


Como vemos, desde esta perspectiva se acentúa el valor “cognitivo” del imaginar, en línea con su orientación, tal como fue caracterizada en la p. 3. Junto a ello, se pone el acento en los vínculos que la fantasía debe establecer con la realidad (ni disociada, ni equiparable a la misma).


6.b) En el punto de vista de la mentalización transformacional encontramos planteos diferentes a éste y concordantes entre sí, en las propuestas de distintos autores.


En la obra de Freud, por ejemplo, el término Phantasie, que está presente desde el comienzo de sus trabajos, designa no la facultad de imaginar sino los productos (contenidos) de la misma, el mundo imaginario, que consiste en un conjunto de fantasías.


Entre otros textos, uno de la mayor importancia al respecto es aquél en el que contrapone un mundo exterior al que el sujeto tiene que ir adaptándose progresivamente (instauración del principio de realidad por intermedio de la percepción) y un mundo interior, que pretende sustraerse a esta coerción y seguir rigiéndose por el principio del placer. Éste es el mundo de la fantasía, donde tiene lugar la satisfacción imaginaria de los deseos (Freud, 1911). A medida que Freud desarrolla su teoría, la fantasía se articula con una serie de variables: el acontecimiento (trauma, seducción) y el recuerdo del mismo, lo interno, lo endógeno, la sexualidad infantil, el Complejo de Edipo, etc. (Laplanche, Pontalis, 1964). Freud describe a la fantasía como un “mestizo”, ya que reúne en sí notas contrapuestas: por una parte posee una organización que deriva del sistema Cc. Por otra parte, consiste en un retoño de las mociones pulsionales del sistema Icc. (Freud, 1915b). 


Desde otro punto de vista, podemos decir que la fantasía consiste en un escenario organizado, susceptible de ser dramatizado bajo una forma esencialmente visual. El sujeto está siempre presente en tales escenas y forma parte de una secuencia en la que es posible la permutación de roles entre los distintos actores que forman parte de esa dramatización.


El deseo se articula en la fantasía (Freud, 1919), por lo que esta última es también la sede de las operaciones defensivas, algunas de las cuales son primitivas, como el retorno sobre la persona propia, la transformación en lo contrario, la negación, la proyección. Estas defensas están ligadas a la función primera de la fantasía: la puesta en escena del deseo; puesta en escena donde la prohibición está siempre presente. Podríamos decir entonces que en la fantasía se articula la pulsión, la defensa y el superyo, si bien la mayoría de las veces Freud la vincula primordialmente con el deseo.


Otro aspecto importante de las fantasías es su ubicación tópica, ya que éstas pueden ser conscientes, preconscientes o inconscientes.


Las fantasías tienen una íntima relación con la psicopatología. En los paranoicos encontramos fantasías de grandeza organizadas como delirio, los perversos transforman en acto las fantasías y los neuróticos padecen el retorno de las mismas (después de haber sido reprimidas y tras el fracaso de la represión) bajo la forma de síntomas.


De igual forma, es estrecha su relación con los sueños:


“Estas fantasías son unos cumplimientos de deseos engendrados por la privación y la añoranza; llevan el nombre de “sueños diurnos” con derecho, pues proporcionan la clave para entender los sueños nocturnos, el núcleo de cuya formación no es otro que estas fantasías diurnas, complicadas, desfiguradas y mal entendidas por la instancia psíquica consciente” (Freud, 1908, p. 141).


Por su parte, en una versión revisada de la teoría pulsional, Otto Kernberg considera la fantasía inconsciente como un proceso nuclear, que elabora experiencias afectivas progresivamente diferenciadas, en parte a través del desplazamiento y la condensación (1988, p. 611). Estas experiencias internalizadas crean relaciones inconscientes estables con figuras significativas, en unidades de relaciones objetales internalizadas, las cuales incluyen representaciones de objeto específicas relacionadas con representaciones del self específicas, organizadas e integradas bajo la forma de escenarios de fantasías inconscientes. Esto equivale a cierta clase de procesos mentalizadores transformacionales, facilitados por la actividad de la fantasía. A su vez, Pierre Marty y colaboradores postulan que las fantasías tienen un valor funcional, en tanto permiten integrar las tensiones pulsionales, protegiendo de este modo la salud física (Fain y Marty, 1964; Marty, 1990).


Sintetizando este ítem, podríamos decir que así como Fonagy y colaboradores toman en cuenta el vector cognitivo de la fantasía, así como su relación con la realidad, en el otro enfoque, la fantasía es conceptualizada en relación con el procesamiento de las pulsiones y de la vida emocional.


7) Los sueños en los dos modelos


7.a) Según Fonagy


“…los  sueños son residuos de una capacidad primitiva para reflexionar acerca de los estados mentales, en la que los pensamientos, ideas y sentimientos, el estado de cosas de la mente en determinado momento son representados en imágenes concretas, más que en ideas en tanto ideas. Estoy sugiriendo que los sueños tal vez son residuos de un proceso primitivo e infantil de auto-reflexión, que antecede en el desarrollo a la plena autoconciencia” (Fonagy, 2000, p.  ).


De este modo, en el relato del sueño puede advertirse una descripción de la constelación intrapsíquica del soñante, del estado de cosas presente en su mente.


En su opinión, los pacientes borderline no son capaces de enriquecer elaborativamente esa reflexión, como sí pueden hacerlo los pacientes neuróticos, pero mediante el soñar intentan representar la experiencia de sus sentimientos y pensamientos. Para muchos pacientes borderline, cuya capacidad de mentalizar se encuentra disminuida debido a los traumas infantiles padecidos, esta capacidad primitiva, presente en los sueños, puede ser su mejor opción para llevar a cabo una representación de su mundo mental.


Por otra parte, para Fonagy, los sueños de estos pacientes carecen de elaboración secundaria, por lo que tienden a estar más cerca de su experiencia subjetiva y a poseer intensa valencia emocional. Por esa razón, los pacientes borderline son mucho más propensos a experimentar intensas emociones (ansiedad, pero también placer), en el transcurso de la experiencia de soñar.


Sintetizando, podríamos decir que para Fonagy el núcleo de todo sueño consiste en la representación de la constelación intrapsíquica del soñante. En sus consideraciones sólo hace referencia a la elaboración secundaria, propia del preconsciente (Freud, 1900, p. 495) y a una auto-reflexión primitiva, pero no al sistema Inc. ni al conjunto de procesos cuyo resultado final es el sueño soñado.


7.b) Por su parte, el otro enfoque mantiene los descubrimientos principales de Freud en lo que hace al deseo presente en el sueño, los procesos primarios que rigen en el sistema Inc., el trabajo del sueño que implica los mecanismos de desplazamiento, condensación y miramiento por la figurabilidad, la importancia de la regresión tópica, formal y temporal, la relación entre sueños y fantasías, etc.


Pero junto a esto, agrega un aspecto muy importante, que es la capacidad que tienen los sueños de tramitar vivencias traumáticas no simbolizadas y de favorecer la figurabilidad y simbolización de dichas vivencias, con lo cual queda subrayado el valor transformacional de los mismos (Botella & Botella, 2013; Cabré, 2011; Mancia, 2005).


Para Fain y David (1963) la actividad onírica se sitúa en el centro de la vida psíquica, ya que el buen funcionamiento de la misma constituye un requisito para el equilibrio psíquico y para evitar las derivaciones somáticas de una libido degradada. Sitúan en primer plano su valor funcional y destacan que a través del sueño puede integrarse la energía pulsional que se ha rehusado a emprender la regresión narcisista propia del dormir (Freud, 1917 [1915]) y se torna posible la expansión instintiva, a través de representaciones simbólicas condensadas y desplazadas.


En un punto, sin embargo, la teoría de Freud coincide con el enfoque de Fonagy, en tanto también para aquél en el sueño puede representarse el funcionamiento de la propia mente (Lanza Castelli, 2012).


8) Acción específica y satisfacción pulsional mediada por la mentalización


Después de haber señalado una serie de contraposiciones entre ambos enfoques, pero con la idea de que es posible una articulación y complementación entre ambos, deseamos ofrecer en este punto una de las posibles combinaciones que pensamos puede establecerse entre los dos modelos.


Partimos para ello del hecho que en la teoría freudiana el objeto actual es caracterizado como aquello en lo cual la pulsión puede encontrar su satisfacción (Freud, 1915a). Pero en un sentido más específico, también es caracterizado de diversas formas, que nos limitamos a mencionar sin desarrollar: como objeto de transferencias (Freud, 1912); como poseyendo una serie de características en un tipo particular de elección de objeto en el hombre: que la mujer no sea libre, sino que se encuentre manteniendo una relación con un tercero (que resultará perjudicado), que posea mala fama o de cuya fidelidad quepa dudar, que despierte celos en el sujeto, que sea pasible de ser redimida o salvada, etc. (Freud, 1910). El objeto también es considerado en relación a la identificación, como cuando se transforma una investidura de objeto en una identificación (identificación al rasgo en la histeria).


Este breve listado, que no pretende agotar la serie de caracterizaciones presentes en la obra de Freud, permite ver, no obstante, que en su enfoque el objeto es visto básicamente desde el punto de vista de la pulsión y que no es resaltada ni su actividad ni su condición de “sujeto”, así como tampoco se pone el énfasis en el intercambio que tiene lugar -en las relaciones interpersonales- entre dos sujetos.


Otro aspecto importante de la relación con el objeto tiene que ver con la acción específica que se realiza sobre el mismo a los efectos de lograr la satisfacción pulsional. Acá entran en juego -en el planteo freudiano- una serie de conceptos teóricos fundamentales: el principio de realidad, el pensar como aplazamiento de la descarga y demora de la acción, la regulación de la pulsión (control pulsional), los procesos primarios y secundarios, el concepto de ligadura de la pulsión, etc. Sería demasiado extenso desarrollar cada uno de estos conceptos. Lo esencial que deseamos subrayar al enumerarlos es que también en ellos, y en relación a la acción específica, el otro es visto como un “objeto” de la realidad, a la que hay que tener en cuenta y cuyos peligros hay que evitar. En el acceso a este objeto tiene lugar un rodeo, diferente al circuito corto a través del cual se satisface la pulsión en el sueño y en la fantasía.


En los desarrollos de André Green, y en la medida en que este autor habla de una unión inextricable entre pulsión y objeto, se pone el acento en la relación, así como en la necesidad de tener en cuenta al objeto de la realidad. Entre otros textos elocuentes al respecto, cabe citar el siguiente:


“La evolución exige, no como decía Freud, que la pulsión acabe domesticada por el yo, sino que éste consiga ligarla. Entonces y sólo entonces el objeto podría ser reconocido en su realidad, lo cual implica una cierta renuncia al cumplimiento irrestricto de la totalidad de las metas pulsionales. De un lado, porque no todas las que nacen en su mundo interno pueden ser satisfechas, pero, además, porque el sujeto se ve llevado a considerar también las pulsiones del objeto, fijándose la meta de satisfacerlas, al menos en parte, incluso si algunas de ellas no gozan de su favor” [cursivas agregadas] (Green, 1995, pp. 43-44).


En este párrafo de Green se ve un cambio considerable respecto al enfoque de Freud, ya que el “objeto” es considerado como un sujeto que tiene sus propias pulsiones, que hay que tener en cuenta para que sea posible alcanzar la satisfacción.


El “principio de realidad” no tendrá entonces relación solamente con los eventuales peligros del mundo exterior (como en Freud), sino con la subjetividad del otro de la interacción, al menos en lo que hace a su mundo pulsional. De todos modos, cabe agregar que la conceptualización de Green del otro como sujeto no va mucho más allá de señalar su condición de sujeto de pulsiones, que es menester tener en consideración.


En el enfoque de Fonagy, en tanto el mentalizar (considerado como aprehensión de los estados mentales ajenos) permite anticipar cómo determinada actitud (o verbalización) propia impactará en el otro, su eficaz desempeño posee la mayor importancia para regular la propia conducta en función de la reacción probable del otro que podamos prever.


Para lograr este rendimiento tienen que tener lugar una serie de complejos procesos mentales. Uno de ellos consiste en la capacidad para construir un modelo de la mente del otro que nos permita aprehender los estados desiderativos, afectivos y cognitivos que tienen lugar en determinada situación vincular, de un modo descentrado, esto es, desde el punto de vista del otro y no como mera proyección de nuestras características o ilusiones. A partir de esta información, será posible prever cómo será vivida por el otro una solicitación pulsional determinada (una propuesta amorosa o erótica, por ejemplo). Dicha previsión, edificada sobre la inferencia de los estados mentales ajenos, se encuentra en la base de la decisión de si dar cauce, o no, a la moción pulsional de que se trate, para que la misma encuentre una respuesta que permita alcanzar la satisfacción pulsional. Si a esto le agregamos el momento lógicamente anterior, consistente en la identificación de los propios deseos y su regulación (mentalización del self), tendremos una idea -muy esquemática, pero clara- de la importancia del mentalizar en la tramitación del empuje pulsional.


La imposibilidad de llevar a cabo algunas de estas operaciones (inferir los estados mentales ajenos, anticipar las consecuencias de la propia acción, regular la conducta) da pie para toda clase de conflictos interpersonales, desarrollos de afectos displacenteros y frustraciones en el intento de canalizar la pulsión.


La falla en la identificación y regulación de los propios afectos y deseos, a su vez, puede deberse tanto a perturbaciones en el mentalizar, como a déficits en la ligadura de la pulsión. La diversidad del origen de las fallas se traducirá en desenlaces problemáticos también distintos.


Podemos decir, entonces, que para dar cauce al devenir pulsional de modo satisfactorio en un entramado intersubjetivo determinado, es necesario ponerse intuitivamente en el punto de vista del otro, identificar su deseo o saber cómo despertarlo (a partir de la construcción de un modelo de su mente). Sin ello, la acción específica carecería de guía para poder llegar a un desenlace adecuado.


Lo que se vuelve importante del objeto en este punto no es solamente aquello que lo hace atractivo como objeto de la pulsión, sino también aquello que lo convierte en un sujeto con un deseo propio, con modos de sentir, creencias, representaciones, valoraciones, etc., también propios. En suma, con una serie de estados mentales que es necesario tener en cuenta, ya que deciden acerca de su conducta. Y es sólo en la medida en que son tenidos en cuenta que el empuje pulsional puede ser satisfecho de un modo interpersonalmente satisfactorio, de modo tal que los sentimientos del otro para con el sujeto del deseo (que éste ha de poder percibir), y el deseo de aquél en relación con la persona de éste (que ha de poder aprehender) sean acordes con su expectativa.


Sin esta mediación mentalizadora, el otro queda reducido a la categoría de objeto-cosa, pura exterioridad sobre el que se descargaría la pulsión. A través de esta mediación, en cambio, el otro es considerado “otro sujeto”, con una vida mental que es menester poder representar para que tenga lugar un verdadero intercambio intersubjetivo en el seno del cual se tramite el empuje pulsional.


De este modo, vemos cómo en este punto (la satisfacción pulsional en el mundo real) es posible lograr una fructífera articulación entre los dos modelos. Dejamos abierta la pregunta acerca de en cuántos de los ítems desplegados más arriba es posible lograr también algún tipo de complementación entre ambos modelos, que dé cuenta de la utilidad de tener en cuenta ambas formas de entender la mentalización.


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