¿Quién cantará con el perpetrador? (Respuesta a Kathleen McPhillips) [Webster, G.]

Publicado en la revista nº056

Autor: Sánchez Serradilla, Francisco

Para citar este artículo: Sánchez Serradilla, F. (Noviembre 2017) Reseña de: ¿Quién cantará con el perpetrador? (Respuesta a Kathleen McPhillips) [Webster, G.]. Aperturas Psicoanalíticas, 56. Recuperado de: http://www.aperturas.org/articulos.php?id=0000995&a=Habla-colectiva-Los-muchos-significados-de-nombrar-y-compartir-el-trauma-grupal-Respuesta-a-Kathleen-McPhillips-[Swartz-S]


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Reseña: Gerard Webster (2017). Who Will Sing With the Perpetrator?
Psychoanalytic Dialogues
, 27:2, 164-171

Quién cantará con el perpetrador, se pregunta Gerard Webster, autor de este artículo, invitándonos a reflexionar sobre la disociación y la acomodación patológica (Molet, L. 2014) a la que se vieron forzados quienes sufrieron abusos sexuales en Ballarat. Analizando el título, podríamos traducirlo de manera enriquecida por: ¿Quién se llenará de alegría para complacer al perpetrador, cuando en verdad por dentro se siente destruido?

Gerard Webster plantea que el abuso sexual infantil (CSA, child sexual abuse) es un trauma inherentemente relacional que implica a todo el conjunto de la sociedad, más allá de los niños, el perpetrador y las redes sociales de ambos. Y citando el concepto de “testigo fallido” de Jessica Benjamin (2014, citado en este mismo trabajo), afirma que nadie puede ser considerado un observador objetivo inocente, ya que como tal queda incluido en la matriz relacional dañada.

Por tanto, el horizonte de curación no sólo debe alcanzar a las víctimas directas e indirectas, sino a la sociedad en su conjunto. Objetivo que exige conectar con la experiencia de las víctimas, pero también la de los perpetradores y la de los líderes comunitarios implicados, que también necesitan sanar.

El autor incluye al comienzo del artículo el Salmo 137 del Libro de los Salmos de la biblia Hebrea, para ilustrar el forcejeo hacia la disociación planteada en el título.

En él se describe la tristeza y la añoranza de los israelitas por su tierra, Jerusalén, de la que se han visto separados forzosamente. La experiencia de verse obligados a cantar sus himnos sagrados, para entretenimiento de sus captores. Y la exaltación mutua que las víctimas promueven entre sí para no olvidar sus orígenes, la forma en que su ciudad fue destruida. Y finalmente, el salmo termina con una declaración de odio hacia sus enemigos y con un deseo de venganza violenta.

El autor plantea que el Salmo 137, debido a la forma en que está construido y expresado, debe ser comprendido como un arquetipo de la narración del trauma. Es decir, un prototipo modelo de la “cantinela traumática”, ya que reúne los elementos característicos de la misma y transmite la experiencia de “afecto insoportable” (Stolorow, 2007).

La temática del salmo es la de quienes se han visto golpeados y fragmentados por otros, y atormentados después, por exigencias malévolas para fingir que todo va bien. Exigencias que pueden provenir del interior del sujeto, como ya han señalado especialistas en trauma como Van der Hart (2014, p.64), “Partes que imitan a personas que le hieren a usted”) (cursiva nuestra), donde las partes del sujeto que se quedan ancladas al trauma pueden experimentar necesidades, deseo o conflictos desde las que ataquen a otras partes del sujeto fragmentado.

En este sentido, cabe señalar que la metáfora del “yo fraccionado en partes” está muy extendida entre los especialistas en psicoterapia del trauma, para explicar y tratar el self disociado del sujeto (Boon, Steele, y Van der Hart, 2014; Ogden, y Fisher, 2016; Van der Kolk, 2015; Wallin, 2012).

O provenir desde el exterior. Y en este sentido, y haciéndonos eco del carácter de red del abuso sexual infantil planteado al inicio, las exigencias de adaptación pueden provenir del perpetrador, pero también, de muchos otros miembros de la comunidad, como otros clérigos, compañeros de congregación, vecinos, amigos e incluso la propia familia. Testigos que ven, oyen, intuyen, pero callan, niegan o disimulan. Con el efecto retraumatizante que ello supone. Los “testigos fallidos” de Jessica Benjamin (2014, citado en este mismo trabajo).

Para apuntalar la defensa del Salmo 137 como prototipo de “cantinela traumática”, el autor analiza e interpreta parte de sus versos: “colgando sus harpas”, es decir, disociando, “encontrándose anhelando su patria querida”, es decir, obteniendo un sentido integrado del sí mismo. Pero a pesar de cantar y anhelar (es decir, de compartir el dolor con otros y recuperar con la memoria lo perdido) se encuentran bloqueados en la batalla con los perpetradores.

Desde mi punto de vista, podemos entender el sentido de identidad integrada, que señala Webster, al cantar y anhelar la patria perdida, apoyado en varios procesos simbólicos mnémicos y neuropsicológicos.

Entre los procesos simbólicos, se encuentra el efecto que produce en la identidad del sujeto el cantar junto a otros que sufrieron lo mismo. Como explica el Bleichmar (2008) con su concepto “identidad relacional”, nuestra identidad poliédrica pivota frente a cada tipo de interlocutor, emergiendo una cara un tanto distinta en conjugación con las de éste. Esto es aún más marcado en los sujetos traumatizados, ya que en ellos, estos “cambios de marcha” se producen de forma abrupta (Van der Hart, 2014) y algunas partes no tienen posibilidad de salir a la luz, y menos aún, de hacerlo de forma segura.

Quienes cantan junto a iguales, tienen la oportunidad de que emerja su parte herida y disociada, por estar en presencia y sintonía con las partes heridas y disociadas de otros, produciéndose de ésta forma, lo que podríamos llamar, una “identidad relacional compartida”. Es decir, la emergencia sincronizada de una determinada parte, en este caso, una parte traumatizada. Produciéndose al “cantar” una “identidad relacional traumática compartida”.

Este tipo de encuentros, proporciona al sujeto una sensación de autenticidad y compañía. Es decir, de “verdadero self” de Winnicott, (citado en Mijolla, 2007) y de apego (Mijolla, 2007). Ya que ambos aspectos, dañados por el trauma y por las respuestas subsiguientes del entorno, ven cómo sus defensas disociativas pueden llegar a relajarse o incluso desactivarse, durante el encuentro.

No obstante, no siempre ocurre así. Y en ocasiones, el reencuentro con los abusadores (aunque sea un encuentro desde la memoria o desde la fantasía), puede resultar un desencadenante de las respuestas disociativas del sujeto.

La sensación de “verdadero self”, al recordar el trauma, posee en estos casos un correlato neuropsicológico muy determinante para la experiencia subjetiva de autenticidad, ya que la respuesta del cerebro al rememorar lo ocurrido es muy parecida a la que manifestó al experimentarlo por primera vez (Van der Kolk, 2015). La sobreactivación del área límbica, de la corteza visual o la desactivación (simultánea a las anteriores) del Área de Broca, de la Corteza Prefrontal (Medial y Dorsolateral) o del tálamo (Van der Kolk, 2015), generan la conocida experiencia interna de “secuestro emocional” (Goleman, 1999), cuya veracidad es difícil de cuestionar por el sujeto inmerso en ella. Por tanto, esto significa que el sujeto, y aunque así lo sienta, no está accediendo a su yo más auténtico al reconectar con el trauma, sino que debido a los mecanismos de defensa y al neurometabolismo citado, experimenta su yo traumatizado como el más real (Van der Kolk, 2014).

Por otro lado, compartir mediante lo simbólico el locus mental de la patria perdida, es decir, un recuerdo de la localización geográfica, proporciona coordenadas físicas que permiten mitigar la sensación de desarraigo derivada del trauma, la cual ha sido trabajada de forma específica por algunos autores (Ogden, 2017). Tanto es así que, cualquiera de nosotros que haya experimentado ansiedad ante un viaje a un nuevo lugar, habrá podido comprobar cómo ésta disminuía al conocer la localización del mismo, los países fronterizos, o detalles geográficos similares.

Por último, desde el psicoanálisis y el concepto de insight y desde las investigaciones en memoria humana y la “recodificación de los recuerdos, es sabido que conocer determinada información en el presente puede resignificar toda una serie de experiencias del pasado. Con lo que sujeto podría llegar a autovalidarse en el presente como no pudo hacerlo entonces, por el hecho de comprobar que lo que vivió no le ocurrió únicamente a él.

El acto de cantar junto a iguales puede conectar al sujeto con emociones de dolor disociadas, pero al hacerlo junto a otros que también cantan y sostenidos todos por el contexto validador, se permite lo que Pat Odgen ha llamado “mantener una conciencia dual del pasado y del presente” (Odgen y Fisher, 2017, p. 403). Es decir, recordar el pasado sin perder el anclaje en el presente.

Volviendo a Webster, las últimas estrofas del Salmo 137 invocan venganza sobre los enemigos o los percibidos como enemigos de Dios, por lo que éste es entendido por los eruditos como uno de los salmos imprecatorios, incluido en el Libro de Salmos de la Biblia Hebrea.

Metaanalizando esto desde la teoría del trauma, considero que podemos entender esta fantasía de venganza desde el concepto de “creencia sustitutiva”, planteado por Janet (Janet, 1945, citado en Van der Hart, Nijenhuis y Steele, 2011). Como señala Van der Hart (2011), las creencias sustitutivas suelen incluir fantasías de rescate por parte de un tercero o de que el daño recibido sea reparado. El cometido de estas creencias es el de defender a la víctima de la toma de conciencia de lo experimentado (Van der Hart, 2011), evitando así la inclusión de las memorias traumáticas en la propia historia y el trabajo de duelo derivado de esto. Parafraseando a Van der Hart, para lograrlo, dichas “creencias sustitutivas” parecen apoyarse en una fantasía regresiva de justicia universal y de ser cuidados, colmados perfectamente en sus necesidades, o curados por otra persona (Van der Hart, 2011, p 14).

En contraste, Webster señala que el intercalado en un mismo texto entre colonizaciones violentas y mensajes de amor y perdón ha supuesto un desafío a reconciliar para los teólogos. Así como también lo es para los supervivientes del trauma. En este sentido, resulta pertinente citar a Van der Hart (2014), en relación al efecto que la traumatización infantil tiene sobre la capacidad de integración del sujeto en narrativas coherentes:

La traumatización infantil puede afectar nuestra capacidad de integrar nuestras experiencias en una narrativa de vida coherente y completa, porque la capacidad de integración de los niños es mucho más limitada que la de los adultos y se halla en proceso de desarrollo.[…] La disociación conlleva una especie de apropiarse y desapropiarse de la experiencia en paralelo… (Boon, Steele, y Van der Hart, 2014, p. 33)

Este apropiarse y desapropiarse de la experiencia, puede explicar la aparente contradicción de mensajes encontrada en los salmos imprecatorios como el 137 y en el discurso de las víctimas del trauma. No obstante, es importante señalar que aunque la disociación y la escisión en objetos polarizados es una consecuencia conocida del trauma, resulta necesario diferenciar el impacto de éste cuando se produce sobre una mente adulta o sobre una mente en desarrollo, tal y cómo subraya el párrafo citado.

Otra forma, de explicar la alternancia entre los deseos de venganza y perdón sobre los perpetradores es acudir a lo que el autor llama “el fenómeno intersubjetivo familiar de la psicodinámica víctima-perpetrador” (p.165). En donde la víctima, tras fantasear con vengarse de quien le ha dañado, contacta con profundas angustias persecutorias, que le llevan a desdecirse para intentar aplacarlas.

El autor recuerda que el maltrato infantil ha sido el foco de una gran cantidad de teorías e investigaciones durante el pasado siglo. La línea “psicodinámica” y la “sociológica” fueron las dos líneas de investigación que se manejaron para avanzar en la comprensión de todas las formas que éste podía adquirir.

El enfoque psicodinámico, heredero del modelo médico, comprendía el abuso sexual infantil como un trastorno individual del adulto o del niño. Y sus investigaciones en torno a ello alumbraban aspectos relacionados con la personalidad, los antecedentes y las características demográficas de los implicados, así como correlaciones causales que normalmente se interpretaban de manera unidireccional. Webster señala que en esta línea, las madres son identificadas con frecuencia como la causa del abuso sexual infantil de todo tipo, aunque es cierto que no aclara el sentido de esta afirmación. Cabe pensar pues que en los diversos estudios, la figura de apego principal (sea la madre o no) emerge no como causante directa, sino como, y retomando el concepto de Jessica Benjamin (2014), “testigo fallido” a la hora de proteger a su hijo o su hija frente al perpetrador. No obstante, sería necesario realizar un metaanálisis de los estudios referidos por el autor, para apoyar esta hipótesis.

En contraste, la línea sociológica examinaba aquellos factores sociales que pueden resultar de riesgo ante el abuso. Y aquí el autor, citando a Smith, Hanson y Noble (1974), destaca el nivel económico, las diferencias de clase, el desempleo, las malas condiciones y la falta de acceso a los servicios, como variables de vulnerabilidad.

A raíz de numerosas denuncias por malos tratos a niños, en los 70 se produjo una oleada de investigación sobre el maltrato infantil. Y muchos de esos trabajos incluyeron factores como los trastornos psiquiátricos de los padres, el estrés social, las creencias y las actitudes culturales, las características de los niños y trastornos en los patrones de interacción familiar. Como alternativa a las compresiones psicoanalíticas y sociológicas del abuso infantil, surgió la teoría del sistema ecológico de Bronfenbrenner (1977,1979).

Dicha teoría plantea un modelo de estructuras ambientales superpuestas entre sí, dentro de las cuales se desarrolla el individuo desde que nace, a nivel moral, cognitivo y relacional. Las estructuras o sistemas son: el ontosistema (características biológicas, psicológicas y genéticas del individuo), el microsistema (ej. familia y compañeros de escuela), el mesosistema (interacción de dos o más sistemas), el exosistema (ej. barrio, localidad, urbe), el macrosistema (valores culturales, ideológicos, políticos, económicos y sociales de una sociedad), el cronosistema (características ideológicas, tecnológicas, morales propias de la época histórica del individuo), globosistema (características mundiales, como los desastres naturales, que influyen en los niveles inferiores).

A partir de ésta, Jay Belsky creó en 1980 el primer modelo psicosocial para analizar el maltrato infantil, que integra las perspectivas sociológica y psicológica, anteriormente contrapuesta.

La teoría de los sistemas ecológicos se convirtió en el modelo principal de investigación sobre el maltrato infantil y en el modelo estándar para implementar intervenciones de prevención y protección del abuso en la infancia. Sin embargo, también se han propuesto, desde diferentes perspectivas filosóficas, muchas explicaciones del CSA.

Según McPhillips, el trauma de abuso sexual infantil está compuesto de fenómenos intersubjetivos que ocurren en el nivel micro que impactan profundamente a nivel macro. Retomando la investigación que llevó a cabo Robert Jay Lifton (1979, 1986) analizando los principales eventos "públicos" de violencia institucional masiva (como los genocidios de Hiroshima y el Holocausto y la experiencia de los veteranos de Vietnam), McPhillips examina la situación productora de atrocidad del abuso sexual infantil. Y sugiere que la sociedad en su conjunto disocia lo que es demasiado doloroso para ser “reconocido” o formulado hasta que cambie la dinámica de la cultura.

Es interesante tener en cuenta que el término “acknowledge” puede traducirse como reconocer, admitir y confesar, lo que invita a reflexionar sobre las emociones y los mecanismos de defensa implicados en cada acción: reconocer y admitir, parecen más relacionados con los procesos de negación y/o disociación; y confesar, con los sentimientos de vergüenza, culpa y con el secretismo silenciador que suele ponerse en marcha en los núcleos sociales y familiares en los que se producen este tipo de abusos.

Argumenta, que procesos como los llevados a cabo por la Comisión Real contienen las condiciones previas necesarias para el cambio social, ya que al proporcionar un espacio donde el trauma cultural puede ser llevado a la conciencia (es decir, poner en palabras una “cantinela traumática”), el proceso de recuperación se libera para tomar su curso natural. Una vez que la conversación social ha comenzado el "tercero moral"-cita de nuevo el concepto de Benjamin-pueden avanzar eventualmente hacia la reconciliación social y la curación.

Integrando su experiencia como socióloga y psicoterapeuta psicoanalítica, McPhillips nos desafía a considerar cómo las teorías que exploran los procesos mentales de los sujetos individuales y sus relaciones diádicas con otros pueden ofrecer información de nuestra comprensión del trauma cultural. Es decir, llevarnos del nivel micro de los individuos, al nivel macro de la sociedad. Y nos invita a considerar que lo macro es más que la suma de microelementos, que lo micro es más que la suma de macroelementos.

Gerard Webster señala que McPhillips propone un argumento de sentido común: que el daño perpetrado sobre uno afectará a muchos. Un ataque a un sistema (un ser humano, en este caso, un niño) no puede sino afectar al sistema familiar en el cual está anidado. Esto afectará invariablemente a la red más amplia de agentes sociales.

Comenta también que el abuso sexual infantil es un fenómeno que emerge de una multitud de sistemas y subsistemas. Y que el comportamiento perpetrado por un individuo se entiende como una experiencia emocional modelada que emerge en contextos específicos, y con la “cooperación” de muchas partes.

En este sentido, cabe señalar que aunque el término “cooperación” resulta didáctico en torno a la idea que el autor está planteando, entendemos que “cooperar en algo” es un acto de “intencionalidad consciente”. Sin embargo, recuperando de nuevo el concepto de “testigo fallido”, y los mecanismos de defensa que se activan en quienes presencian o sospechan un abuso, sabemos que quienes niegan, racionalizan, proyectan, desplazan o disocian no están “cooperando” desde la acepción común del término, aunque sus defensas faciliten que el abuso siga sucediendo. Probablemente se produzca un solapamiento entre motivaciones conscientes e inconscientes ante un evento como éste.  

Respecto a la complejidad de los sistemas en los que emerge el abuso sexual infantil, los sistemas humanos, ya sea refiriéndonos a un individuo, a una diada o a sistemas pertenecientes a la jerarquía del nivel social, son intersubjetivos. Por lo que la ofensiva sexual no sólo es consecuencia de los subsistemas cognitivo-afectivo-fisiológicos del perpetrador, sino también de la intersubjetividad de la matriz relacional de la que forman parte el niño, sus padres, los colegas y amigos del perpetrador, y otros miembros de la comunidad. Por tanto, el CSA no debe leerse únicamente como una patología intrasujeto, sino también como una patología del engranaje relacional del que éste forma parte.

El autor destaca que de entre las muchas contribuciones valiosas de McPhillips, él aborda en este artículo el tema de que una “cantinela traumática” crea las precondiciones necesarias de la acción terapéutica en los niveles micro y macro. Y señala que uno de los aciertos de la autora en este sentido es el de engloblar, en el concepto de “víctima”, a los individuos, pero también a la sociedad, y extender el concepto del “trauma” al trauma de los perpetradores.

Una “cantinela traumática” como la del Salmo 137 no es simplemente una comunicación a otros de una serie de hechos objetivos históricos. Ni un relato sentimental que moldea la percepción de la historia. Tampoco, únicamente contenido que expresa un evento terrible de forma poética y musical. Y para argumentarlo, transcribe un párrafo de Strozier (2011), quien afirma que la función de la prosa pura está relacionada con comunicar información y con servir de vehículo para la narrativa. Pero que ésta, por definición, se encuentra psicológicamente desconectada, objetivada y removida. La poesía toca el alma, dice Strozier. No tanto por rasgos aparentemente esenciales, como la rima, sino por los patrones rítmicos que posee. La prosodia a la que se refiere el autor es un elemento interesante de analizar, ya que aglutina los elementos paralingüísticos (fonéticos y acústicos, como entonación, melodía, acentuación) que facilitan la transmisión del contenido emocional de un mensaje (lo que desde el psicoanálisis llamaríamos lo implícito). De hecho, resulta un elemento fundamental a la hora de lograr que una canción nos contagie emocionalmente y nos conmueva.

En relación a esto, Webster afirma que la experiencia colectiva de los israelitas se traduce maravillosamente en las palabras y el ritmo del salmo. La experiencia vivida es clara para todos los que están abiertos a escuchar su sufrimiento: el llanto, el tormento, los recuerdos de lo que se perdió y cómo fue tomada. Y uno no necesita leer el salmo una segunda vez para llenarse de una profunda tristeza y rabia por el sufrimiento y las injusticias que experimentaron. No obstante, hay un indicio de esperanza: la de ser liberado del cautiverio y continuar su camino, para tal vez encontrar tiempos mejores.

Una “cantinela traumática” es un compromiso intersubjetivo de dos o más personas en un estado de relacionalidad encarnada, donde el lenguaje se utiliza para comunicar la experiencia consciente e inconsciente, explícita e implícita. Es decir, se canta con otros, pero también para otros.

Aquellos que escuchen dicha canción se verán afectados. Y la vía para compartir la “experiencia de afecto insoportable” en busca de una respuesta empática (Stolorow, 2007), será una vía escalonada: esto es, compartirla en primer lugar, con quienes forman parte de la red de la víctima y posteriormente, con aquellos que no tienen contacto directo con la víctima, pero cuyo mundo se verá sacudido por tan poderosa información.

Este compartir escalonado de lo íntimo guarda relación con uno de los focos habituales en la psicoterapia con personas traumatizadas: el trabajo con los límites personales. Quienes han sido abusados han sufrido una experiencia en la que sus límites relacionales simbólicos y físicos han sido transgredidos. El registro traumático que esto deja tiene que ver con una interiorización de límites distorsionados, tanto a nivel vincular, como físico (Van der Hart, Boon y Steele 2014; Ogden, y Fisher, 2016). Oscilando la persona entre unos “límites rígidos”, donde se aleja defensivamente de relaciones seguras o inocuas. O una ausencia de límites, donde se acerca físicamente y/o emocionalmente a otros, sin tener en cuenta señales de seguridad o peligro. Revelar información personal íntima tiene que ver con este manejo de los límites. El compartir de forma escalonada esta información con los diferentes grupos sociales afectados, ofrece un modelo gradual para las víctimas, sobre cómo compartir las partes más vulnerables de uno.

McPhillips examina el caso 28 de la Comisión Real Australiana en Respuestas Institucionales al Abuso Sexual Infantil (2015), que investigó el abuso sexual de niños en escuelas católicas y parroquias en la ciudad de Ballarat. Y explica que durante las dos semanas de audiencias públicas, se fue desplegando una desgarradora historia de trauma individual y grupal, que reveló una comunidad en profunda angustia. Se centra en los 17 hombres que compartieron sus traumas con la nación y que habían sobrevivido al abuso sexual perpetrado por sacerdotes y hermanos religiosos en escuelas y orfanatos. Las “cantinelas traumáticas” de estas 17 víctimas describían los hechos ocurridos, pero también transmitían la violencia sexual que habían experimentado como muchachos. Y destaca que estos acontecimientos impactaron poderosamente en sus vidas, como se describe a menudo en la literatura profesional.

Webster afirma que McPhillips describe con eficacia el proceso social de encontrar "las palabras para decirlo" (Ortiz, 2002). Y que ese intento, desde lo macro y lo micro, de poner en palabras lo ocurrido y articularlo institucionalmente, proporciona un recipiente consciente para contener las narrativas del sufrimiento y para tolerar el “conocimiento insoportable”. Es decir, la función de holding winnicottiana (en Mijolla, 2007).

La "emergencia", comenta citando a Capra y Luisi (2014), propiedad definitoria de los sistemas complejos, es un proceso entre los elementos de un sistema mediante el cual su interacción da lugar a algo que es mayor que la suma de sus partes. En este sentido un “traumasong”, es una propiedad emergente del sistema.

Es decir, los mensajes de sufrimiento ofrecidos a la comunidad por los 17 hombres eran más poderosos que las voces de uno o dos de ellos. Y supuso que la “sinergia” puesta en marcha (otra de las características de los sistemas complejos) implicó que lo que se creó mediante el relato del grupo fue cuantitativa y cualitativamente diferente. Metafóricamente, las 17 voces formaron un coro cualitativamente diferente en su sonido y en su mensaje, de lo que cualquier solista podía producir. Coro apoyado por una orquesta, la “filarmónica de la cantinela traumática”, la Comisión Real, (comillas y cursiva nuestras), que de nuevo produce una experiencia más compleja y poderosa, para que la nación oiga y resuene con ella.

McPhillips reconoce su propia respuesta de contratransferencia angustiada y doliente, explicando que tanto ella misma como el resto de los presentes quedaron profundamente afectados ante el testimonio de las víctimas, de sus padres, de los funcionarios de la iglesia y otros que han tenido el valor de, o que fueron obligados a, contar sus historias. Y para ilustrar ésta respuesta emocional de los profesionales ante el trauma, cita la película Spotlight (McCarthy, 2015) basada en la exposición del abuso sexual infantil en la Diócesis de Boston (Personal Investigador del Boston Globe, 2002), en la que la vida emocional y el núcleo de las creencias de los reporteros que lo cubrieron, se vieron desafiados.

Según el autor, la respuesta emocional de McPhillips es la que las víctimas están pidiendo implícitamente: ser escuchados y conmover a otros con su sufrimiento, con la esperanza de ser comprendidos y apoyados.

Tal y como destaca Bleichmar en su obra “Avances en Psicoterapia Psicoanalítica”, el relato de quien sufre posee una intención. Es decir, “además de su contenido semántico, de lo que se dice, es una acción dirigida al terapeuta actúa sobre sus sentimientos, sobre sus ideas, sobre su conducta” (Bleichmar, 1997, p. 368), en este caso, dirigida a la comunidad. Y tal y como aclara, genera un reparto de identidades, ya sea a través de procesos como la “identidad relacional” (Bleichmar, 2008), la identificación proyectiva (Melanie Klein, 1946) u otros, en el que es fácil quedar contagiado emocionalmente y atrapado en nuestras propias respuestas de contratransferencia disociadas (Wallin, 2012). Una alternativa para evitar esto y poder seguir “pensando” (es decir, mentalizando, como diría Fonagy) y resultar útiles, es la que plantea Bleichmar: centrarse en la función conativa del relato que estamos escuchando.

Bessel Van der Kolk, uno de los investigadores pioneros en el estudio del TETP y del Trauma Complejo, comienza el prólogo de su libro, El cuerpo lleva la cuenta. Cerebro, mente y cuerpo en la superación del trauma, con una confrontación de los mecanismos proyectivos que se activan ante los eventos traumáticos, logrando un movimiento de identificación en el lector, desde el principio. El párrafo dice así:

No es necesario ser soldado de guerra, ni visitar un campo de refugiados en Siria o en el Congo para encontrar el trauma. Los traumas nos suceden a nosotros, a nuestros amigos, a nuestros familiares y a nuestros vecinos. Los estudios han demostrado que uno de cada cinco estadounidenses sufrió abusos sexuales de niño; uno de cada cuatro fue físicamente maltratado por uno de sus progenitores hasta el punto de dejarle una marca en el cuerpo; y una de cada tres parejas recurre a la violencia física. Un cuarto de nosotros creció con familiares alcohólicos, y uno de cada ocho ha sido testigo de cómo pegaban a su madre. (Van der Kolk, 2015, p. 1)

Los resultados de los estudios citados aparecieron publicados en 1998 en la American Journal of Preventive Medicine, y así aparecen referenciados en el libro de Van der Kolk.

Sin embargo, el trauma comunitario no se limita a la escucha más o menos empática de la “cantinela traumática” de las víctimas. Asumir que los niños han sido agredidos y desatendidos en la diócesis supone un trauma de distinta cualidad y magnitud, para una sociedad construida en torno al catolicismo y a la “Santa Madre Iglesia”. Se trata también, pues, de un trauma colectivo, en el que según McPhillips entran en juego mecanismos de defensa a nivel a nivel cultural, que impiden la formulación de la “cantinela traumática” por parte de la sociedad en que se han perpetrado. Webster, por su parte, incluye otros procesos, como la negación, la racionalización, la intelectualización, la formación reactiva y la identificación con el agresor, para manejar la profunda angustia de lo ocurrido.

Tal y como se comentaba al principio, la “cantinela traumática” del Salmo 137 mira hacia el futuro deseando que los autores sean castigados por sus acciones de la manera más brutal. Webster explica este anhelo de “justicia restaurativa” como una súplica en la que el enemigo un día será llamado a rendir cuentas y a restituir el daño causado. Algo muy frecuente en la clínica del trauma (Van der Kolk, 2011).

Como una encarnación de este deseo en la realidad, la comunidad australiana ha reaccionado públicamente, con empatía frente a las víctimas y con abiertas muestras de rechazo y hostilidad contra los líderes de las instituciones, a medida que se conocían la alevosía y la generalización de los abusos.

En contraste, explica el autor, con la cantidad de tiempo dedicada por la Comisión Real a escuchar el relato de las víctimas, destaca el escaso empleado en escuchar el relato de los perpetradores. Los pocos que han sido llamados a declarar, no representan la heterogeneidad de los delincuentes sexuales como grupo. Webster se apoya en Proeve, Malvaso, y DelFabbro para aclarar que la mayoría de éstos son papás, tíos, primos, y el niño de al lado. Y reconoce que el metanálisis de una extensa investigación sobre delincuentes sexuales infantiles intrafamiliares y extrafamiliares no ha podido identificar un solo "perfil" psicológico.

Sin embargo, los estereotipos son reforzados, al presentar al público al perpetrador como “el loco”, “el malo”, es decir, alguien muy distinto de nosotros.

En este sentido, la Comisión Real corre el riesgo de acentuar este pensamiento binario de la comunidad, al no reconocer cada elemento de este complejo sistema: víctimas, perpetradores, y líderes que han pervertido el curso de la justicia y a todos aquellos que conocían los incidentes de CSA (obispos, sacerdotes, maestros, madres y abuelas) y no actuaron de manera protectora.

Dos, parecen los únicos rasgos en común entre los delincuentes sexuales de niños: Tener más probabilidades que el resto de la población de haber sido maltratados en la infancia y sobrellevar en su interior sus propias “cantinelas traumáticas”, aún sin cantar. Es decir, sin resolver.

Su experiencia de “afecto insoportable” parece haber dado lugar a lo que el psicoanálisis ha llamado tradicionalmente una perversión.

Desafortunadamente, una vez cruzada la línea del abuso sexual infantil, hay muy pocas personas suficientemente abiertas como para escuchar su “cantinela traumática” (la cantinela traumática del perpetrador). “¿Quién se sentará con los malhechores por sus "ríos de Babilonia"?” — se pregunta Gerard Webster — “¿Cómo podrán (ellos también) cantar sus traumas en una tierra extranjera y hostil?” (p. 170). Es decir, en una tierra donde ni entienden su idioma, ni están dispuestos a escucharles.

Esta pregunta, planteada desde la metáfora de la “cantinela traumática”, resulta muy acertada a la hora de plasmar, no sólo la respuesta habitual de rechazo social ante los actings (Anna Freud, 1968; Freud, 1914) realizados por los sujetos traumatizados al conectar con sus partes disociadas (Van der Kolk, 2015), sino también, la falta de comprensión del entorno frente a éstos. El idioma del trauma maneja una gramática y una fonética propias. En ocasiones, de relojería. No puede entenderse desde el idioma social (la lógica del sentido común, donde, como señala Webster, lo subjetivo se encuentra objetivado) y tampoco contemplando el movimiento de las agujas del reloj. Hace falta aprender a captar sonidos hasta ahora extranjeros o sordos. Observar una maquinaria que parece un caos.

Gerard Webster recuerda que siendo el abuso sexual infantil entendido, tanto como una propiedad emergente del sistema social en el que se produce, cuanto como una propiedad emergente de la psique del perpetrador, no somos observadores inocentes y objetivos, sino también participantes de lo que estamos observando. No es que seamos responsables de las acciones de los delincuentes, ya que son ellos quienes eligen actuar como lo hacen y lo hicieron. Pero sí que somos responsables de nuestras elecciones y de nuestras acciones, como miembros de un sistema intersubjetivo. Ser sordos a la “cantinela traumática” de los perpetradores es una elección y una acción. Y como tal, tiene un impacto.

Nuestra apertura a los cantos de trauma de las víctimas, no debe socavar nuestra apertura a los cantos de trauma de los perpetradores, ni a la de los líderes comunitarios, con sus propios procesos conscientes e inconscientes, y que también deben ser escuchados para sanar.

¿Quién cantará con el perpetrador? -se pregunta uno- ¿Quién cantará para él? ¿Quién lo hará junto a él? ¿Quién será capaz de quedarse a escuchar su canción, su propia canción del trauma?

Nota biográfica de Gerard Webster

Gerard Webster, Psy.D., es un psicoanalista y un Psicólogo Forense y Consejero que ha trabajado intensamente tanto con sobrevivientes como con perpetradores de abuso sexual infantil durante más de treinta años. A lo largo de este período, ha dictado conferencias sobre la prevención de la violencia y la protección infantil y ha publicado artículos, talleres de capacitación y directrices prácticas para organizaciones eclesiásticas y gubernamentales. Gerard es el ex presidente de la Asociación Australiana y de Nueva Zelanda para el Tratamiento del Abuso Sexual y un Miembro Honorario de la Universidad Católica de Australia. Es miembro del Instituto de Psicoanálisis Contemporáneo, Los Ángeles, donde está completando su doctorado, que examina la aplicación de la teoría de la complejidad psicoanalítica a la delincuencia sexual infantil.

Referencias




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