aperturas psicoanalíticas

aperturas psicoanalíticas

revista internacional de psicoanálisis

Número 005 2000

Apuntes para una comprensión del orden mental: una aproximación multidisciplinar

Autor: Velasco, José María

Palabras clave

Homeostasis psiquica, Auto-organizacion, Conclusion organizativa, Identidad del sistema, Coherencia conductual, Estructura regulatoria cognitivo-emocional, Apego, Memoria emocional, Mecanismo adaptativo prefijado, Estructuras motivacionales, Intercambi.


 
Los rasgos más fascinantes del comportamiento de la materia viva, están visiblemente basados en el principio del “orden a partir del orden”
Schrödinger, ¿qué es la vida? 1944, (p.124, 1997)


En el ámbito científico, la década pasada, de 1990 al 2000, ha sido conocida como la década del cerebro. Para muchos científicos, en esa década se ha acumulado más conocimiento sobre el cerebro que en toda la historia previa de la humanidad. Una pregunta surge de inmediato, ¿en qué modo estos nuevos estudios pueden contribuir a una mejor comprensión de la función mental?, ¿en qué modo afecta todo ese conocimiento multidisciplinar al psicoanálisis?

Desde esta perspectiva multidisciplinar, durante la década de los 90, diversos grupos han puesto especial atención en el estudio científico de la emoción. Esta proliferación de investigaciones acerca de los fenómenos afectivos se ha dado en paralelo con una aceleración de la investigación sobre el desarrollo estructural y funcional que acontece en estadios tempranos del desarrollo humano.

Estudios acerca del cerebro del recién nacido demuestran que su maduración es influenciada por el ambiente y va a depender de las experiencias vividas. La investigación en psicología del desarrollo enfatiza que la expansión de las funciones socioafectivas del niño son críticamente influenciadas por las experiencias de intercambio afectivo sostenidas con el cuidador primario, habitualmente la madre.

Desde mi punto de vista, todos estos datos suponen un reforzamiento de postulados psicoanalíticos actuales. Así, podríamos considerar que las funciones regulatorias de la madre no sólo modulan estados internos del niño, sino que además conforman de forma indeleble, la capacidad de auto-organización del self emergente. De esta manera, estudios acerca de los procesos relacionales tempranos y su influencia sobre las estructuras en formación, constituyen un excelente paradigma para una captación más profunda de la organización y dinámica de los fenómenos afectivos.

Estos avances recientes en el estudio interdisciplinar de la emoción, están demostrando el papel central que juegan funciones y estructuras regulatorias en la homeostasis psíquica. Este aspecto particular parece constituir un punto de aproximación entre el psicoanálisis y la neurociencia.

A continuación la idea central que pretendo desarrollar es que la homeostasis psíquica está relacionada con procesos auto-organizados que surgen en cada uno de nosotros a partir de la adquisición de estructuras regulatorias. Para llevar adelante esta idea, presento en primer lugar, un marco teórico relacionado con la regulación de los sistemas complejos en general. En segundo lugar, he pretendido mostrar aportaciones desde la psicobiología que apoyen el marco teórico propuesto. Por último, presento elaboraciones de autores psicoanalíticos, que desde mi punto de vista, estarían en correspondencia con el marco teórico propuesto.

El trabajo presenta tres apartados:

1- marco general de comprensión de sistemas regulatorios complejos
2- consideraciones acerca de la generación de una estructura cognitivo
 emocional
3- implicaciones para el psicoanálisis

1- Marco general de comprensión de sistema regulatorios complejos.-

 Un marco teórico reduccionista es claramente insuficiente para poder contemplar la implicación que los procesos previamente mencionados tienen en el desarrollo global del sujeto humano. En cambio, una aproximación al desarrollo desde una teoría de sistemas dinámicos nos lleva a subrayar que la conducta de un sistema, en un momento dado, obedece a la interacción de los diferentes componentes del conjunto del sistema, los cuales pueden interaccionar en forma variable dependiendo de cada momento, dando lugar así a las diferentes situaciones vivenciales. De acuerdo a los modelos dinámicos, el desarrollo humano se podría expresar como la inclinación de un sistema complejo a converger en estados coherentes. A este proceso se le conoce como proceso de auto-organización, que podría ser definido como la emergencia y consolidación de un orden a partir de una coordinación espontánea de elementos de nivel inferior.

¿Qué significa emergencia y consolidación de un orden? Emergencia es un concepto clásico de teoría de sistemas; hace alusión al principio de que aquellas propiedades que definen el orden superior de un sistema, no pueden ser reducidas a las propiedades de las partes (subsistemas) de orden inferior. A esa propiedad irreductible es a lo que se conoce como propiedad emergente.

En relación con la auto-organización, una forma habitual de explicarla es considerando un sistema donde podemos encontrar multitud de elementos interactuando y donde esas interacciones conducen a la aparición de ciertos patrones globales de actividad que van a contribuir a la organización del sistema.

De los posibles patrones globales de actividad que pueden emerger, sólo persistirán aquellos que conduzcan a una configuración estable del sistema. La repetición de esas pautas más válidas disponibles es la esencia de la auto-organización y a la vez contribuye a la constitución del atractor dinámico del sistema. Así el atractor puede ser pensado como una memoria persistente (Velasco, 1999).

Todo sistema o ser vivo habita un ambiente el cual ejerce una presión selectiva sobre el sistema. Desde un punto de vista organizativo, solo persistirán en el sistema aquellos patrones globales de organización que faciliten o aumenten la capacidad de adaptación al contexto. Una pregunta inmediata que nos podemos hacer es ¿qué es adaptación? Por principio, la adaptación nunca es óptima, un sistema no adquiere un estado perfectamente estable o invariable respecto al contexto. Asimismo, la propia evolución del sistema contribuye a cambios contextuales que a su vez requieren nuevas adaptaciones y así se puede continuar sin fin.

Por otra parte, no se puede hablar sólo del sistema y su contexto, ya que en dicho contexto coexisten múltiples sistemas, los cuales evolucionan simultáneamente, en parte de forma autónoma, en parte interaccionando. Esta red de procesos evolutivos implica que la evolución del macrosistema global conduce también a configuraciones estables globales. Podemos considerar que el medio habitual en el que habitamos se caracteriza por su estabilidad. Si admitimos que esto es así, la implicación inmediata es que la selección externa o selección del medio defendida por la biología, en el contexto humano en general sería reemplazada por una selección interna. Con ello quiero significar que es la organización interna del sujeto (o del sistema en general) la que debe ser estable para que pueda sobrevivir; de esta forma la adaptación al mundo externo es una cuestión secundaria a esa estructuración interna.

Por tanto, cada sistema presenta un doble aspecto de selección, uno interno, en relación con la estabilidad intrínseca del sistema, que a su vez depende de los procesos de auto-organización; un aspecto externo, relativo a la adaptación al contexto. Así, la adaptación queda reducida a la existencia de una relación estable entre la auto-organización intrínseca del sistema y por otro lado, el contexto original. Desde este punto de vista, toda variación externa significa que se modifica la relación entre el sistema y el contexto.

La naturaleza consiste en un conjunto de sistemas regulatorios anidados. Cada nivel sistémico tiene algún grado de control sobre sus funciones y estados, los cuales pueden ser expresados en términos de condiciones homeostáticas.

Hablar de homeostasis supone que los sistemas tratan de mantener una configuración invariable en presencia de perturbaciones; dicho de otra manera el sistema trata de mantener estados que estabilizan al sistema y de eliminar aquellos que lo desestabilizan.

El hecho de que alguna configuración estable sea privilegiada no implica de ninguna manera que todo en el sistema sea estable. Tal como sucede en nuestro organismo, una configuración estable de orden superior puede necesitar continuar cambiando a nivel de sus subconfiguraciones de orden inferior.

Por tanto el primer problema para todo sistema es la estabilidad, y este problema crece en importancia y complejidad conforme incrementa la complejidad del sistema. Así pues, toda dinámica de variación-selección debe estar basada en un criterio de estabilidad interna. La estabilidad, en general, puede ser definida como la capacidad para restaurar y mantener un nivel de invariancia, dentro de unos límites. Así, sistemas complejos auto organizados generan en sí mismos mecanismos regulatorios. Es este proceso de regulación el que debe ser estabilizado.

Para definir estabilidad interna, debemos determinar primero qué significa estable o invariable. Es evidente que nadie puede argumentar que un sistema considerado como un todo (sus componentes, sus relaciones con otros sistemas) pueda permanecer invariable. En tal caso, no sería posible evolución o cambio alguno. Lo esencial que un sistema debe mantener invariable es su identidad. La identidad puede ser definida como aquello que distingue al sistema del contexto. Un sistema puede cambiar de estados, puede presentar cambios estructurales, pero a la vez mantiene una organización invariable. A esa invariancia organizativa es a lo que denominamos identidad del sistema.

Esta identidad invariable es el resultado de lo que Varela (1979) llama la "conclusión organizativa”, que puede ser definida como el conjunto de procesos que acontecen en el sistema y que están organizados de tal manera que reproducen la propia organización. La conclusión organizativa de un sistema significa que puede distinguirse un orden global, el cual es invariable para los procesos dinámicos generados por la interacción de los diversos subsistemas. Esos procesos auto-organizados de carácter adaptativo sirven para que el sistema incorpore orden desde el ambiente. En el caso de los seres vivos el resultado será producir estructuras moleculares soporte de funciones que contribuyen a aumentar la capacidad regulatoria del sistema.

No hay un mecanismo explícito de conclusión, pero si se establece que la dinámica que controla el flujo de información debe depender de dos criterios de selección: 1) el problema externo, el cual puede ser definido como una situación de adaptación no óptima o no satisfactoria. 2) la conclusión interna, conjunto de procesos acoplados que llevan a la auto-organización y emergencia de complejos patrones de actividad dentro del sistema. La correspondencia entre un estado global emergente del sistema y las propiedades del mundo, definen la coherencia en la conducta del sistema.

La coherencia conductual supone un propósito en el sistema. Durante mucho tiempo, el concepto de propósito estuvo desacreditado entre los científicos. Pero esa misma ciencia redescubrió el propósito (el propósito interno) cuando desarrolló el concepto de control mediante retroalimentación (feedback) negativa. Hoy en día, el propósito se entiende como un fenómeno natural que emerge cuando un sistema alcanza un cierto grado de organización en relación a su ambiente. A esa organización alcanzada se le conoce como sistema de control.

El propósito de un sistema de control es controlar los efectos del ambiente sobre el mismo, con el fin de mantenerse en torno a una condición específica de estado. El estado al cual el sistema tiende siempre a retornar después de cualquier desviación, constituye el propósito del sistema de control. Por tanto, la estabilidad consiste en mantener el estado del sistema en el nivel de referencia, utilizando los diversos input así como los procesos internos disponibles en el sistema.

Términos como intenciones, propósito, deseo, voluntad, el significado fundamental de tales términos es definido por una particular relación entre un sistema y su ambiente, una relación que no tiene por qué relacionarse de forma exclusiva con verbalizaciones, razonamiento o cognición de ningún tipo. El propósito es algo más fundamental que cualquiera de sus manifestaciones. Es la verdadera base de la vida. (Powers, 1995).

Los sistemas regulatorios complejos presentan interrelaciones conjuntas de mecanismos de retroalimentación (feedback) positivos y negativos así como mecanismos de regulación anticipatoria (feedforward). Todos ellos son esenciales para incrementar la efectividad de la respuesta del sistema.

Los mecanismos de retroalimentación (feedback) especifican un nivel de referencia, de tal forma que alejamientos de dicho nivel constituyen señales que retroalimentan el sistema. Los mecanismos feedforward o de regulación anticipatoria, implican la construcción de un modelo interno de referencia o de representación del contexto, en orden a generar la base de la acción anticipatoria.

Un problema importante que aparece en los sistemas dirigidos por patrones, es especificar cual es la estructura de control, cómo surge. Algunas características la definen: en primer lugar, tiene que ver con la construcción de invariantes. La segunda idea tiene que ver con la ampliación de una flexibilidad regulatoria a través del desarrollo de regulaciones de orden superior. El efecto neto de ambos es incrementar la capacidad de respuesta del sistema.

La estructura y construcción de los niveles de referencia y el mantenimiento de las condiciones de invariancia definidas por ellos, constituye un aspecto central desde el punto de vista funcional, en el aspecto operativo de los sistemas regulatorios complejos. Desde este punto de vista, conseguir una organización regulatoria supone desarrollar una estructura que garantice estados metaestables.

Este es un marco general, desde el cual, pueden ser contempladas la evolución y la ontogénesis como procesos adaptativos de auto-organización. Este marco dinámico común hace posible un tratamiento unificado del desarrollo cognitivo-emocional como una extensión de la auto-organización regulatoria biológica. Desde este punto de vista, podemos considerar la psicogénesis como una extensión de la embriogénesis, como un aspecto de la ontogenia influenciada de forma especifica por información. Dicho de otra manera, la psicogénesis puede ser entendida como un proceso de estructuración conjunta en base a la expresión de información genética a la vez que se incorpora información contextual. Hay que recalcar que en el despliegue de todos estos procesos, no hay una separación nítida entre el acúmulo de información y la generación de una estructura regulatoria cognitivo-emocional; la información es incorporada en el sistema como un componente de la estructura regulatoria misma. La información es parte activa y causal en la formación de estructuras metaestables. El proceso de desarrollo de estructuras metaestables y de incorporación de información constituye un mismo y único proceso.

2- Consideraciones acerca de la generación de una estructura regulatoria cognitivo-emocional

Quiero comenzar este apartado haciendo alusión a la cita que presentaba al inicio del artículo. ¿Qué supone definir que el comportamiento de los seres vivos está basado en el principio de orden a partir del orden?

En una primera aproximación, podríamos manifestar que el recién nacido presenta un alto grado de organización, y a la vez una extrema dependencia. La superación de ese desvalimiento pasa por una vinculación al contexto, por la asimilación de los aprendizajes derivados de esa vinculación, que en el mejor de los casos le deberán llevar a una situación de auto-sostenimiento y dependencia madura.

Ese auto-sostenimiento y dependencia madura no se contradice con la visión actual de la ciencia acerca de los seres vivos. La ciencia actual nos define como sistemas abiertos, sistemas estables, aunque esa estabilidad esté alejada del equilibrio. Por tanto necesitarnos de forma ineludible relacionarnos e intercambiar con el contexto en el que vivimos, para así garantizar nuestra estabilidad y supervivencia.

Tomando en conjunto las afirmaciones anteriores, significa que nuestra andadura vital se inicia partiendo de un orden inicial que garantiza una estabilidad inicial. Estas condiciones iniciales marcan un primer nivel de organización.

Un nivel de estructuración inicial fundamental, común a todos los seres vivos constituye la homeostasis. La homeostasis supone la existencia de un orden en el sistema, es decir, el sistema siempre retorna a un estado original, tras las perturbaciones.

Así, estas condiciones iniciales marcan un primer nivel de organización, de orden del sistema. Partiendo de ese estado inicial y a través de la "experiencia" se produce una evolución, un ajuste a un ambiente dado. La experiencia supone aprendizaje, lo que constituye un principio de ordenamiento adicional. El aprendizaje supone la generación de memoria. El aprendizaje y la memoria representan etapas diferentes de un mismo proceso gradual y continuo, cuyos pasos a menudo no son fáciles de distinguir. Sin memoria no hay aprendizaje que se pueda evaluar, sin aprendizaje no hay memoria que se pueda reconocer.

Volviendo a la pregunta, qué significa transitar de un orden a otro orden? ¿Supone que se parte de un orden inicial para evolucionar a un orden caracterizado por una mayor estabilidad?, ¿qué mecanismos subyacen a ese proceso?

Desde diversas disciplinas se ha teorizado acerca de una interrelación entre generación de mecanismos regulatorios y desarrollo psíquico.

Desde la teoría del apego se establece que las interacciones madre/bebé son consideradas como un sistema orientado a un fin. El primer fin es mantener una percepción de seguridad en el niño, y ésta depende de las condiciones en las que es cuidado. Resultado de todo ello, el niño desarrolla modelos funcionales cognitivo-emocionales dinámicos tanto de la madre como del mundo que le rodea. Estos modelos funcionales son progresivamente ajustados o suplantados con el fin de posibilitar que el niño pueda predecir la conducta del cuidador, y de esta manera regular su propia conducta (Bowlby, 1969).

Así, la construcción del sistema de apego, dentro del cual operan los modelos funcionales, puede ser visto como un sistema de control, control al servicio de la seguridad y de aprendizajes exploratorios. Si el único fin de la conducta del niño fuera la seguridad y esta percepción coincidiera con el contacto materno, nunca habría una motivación para romper ese contacto.

La realidad es que la presencia de la madre facilita la conducta exploratoria en el niño. De esta manera podemos considerar que el sistema de apego y la conducta exploratoria actúan de forma complementaria, aunque para que se dé una conducta exploratoria, debe existir previamente una vivencia de seguridad (Kraemer, 1992).  1

En definitiva, el sistema de apego constituiría un auténtico mecanismo homeostático, basado en la interacción del soporte contextual o maternizante y los propios sistemas fisiológicos de regulación del niño.

De acuerdo con Bowlby (1969), el apego normal es un proceso generador de un primer modelo que se estabiliza y expande a partir de sí mismo. El proceso generador consistiría en la formación de lo que él denominó “esquemas conductuales originarios” del niño, los cuales se manifestarían en forma de patrones de acción fijos, organizados y relacionados con el ambiente, por medio de condicionamiento clásico y operante.

Así, los sistemas sensoriomotores que posibilitan el apego no maduran sólo en base a un determinismo genético, sino que se desarrollarían en relación al ambiente de cuidados que recibe el niño, de tal forma que lo que gobierna la formación de las estructuras cognitivo-emocionales originarias dependería de factores constitucionales así como de los intercambios conductuales producidos entre el niño y el cuidador, a través del tiempo (Brazelton, 1974; Hofer, 1987).

Las primeras características estimulares que el niño debe ser capaz de detectar es un orden temporal y espacial en relación a un contexto, lo que le va a facilitar el poder captar y preservar aquellos sucesos que se repitan, detectando así lo familiar diferenciándolo de lo extraño, así como discriminar lo constante de lo variable. La detección y preservación de invariancia a través de los diferentes sucesos, constituye el mecanismo central para un aprendizaje gradual y progresivo de hábitos y habilidades. Desde la psicología del desarrollo se sugiere que un sistema para la preservación inconsciente de invariancia, emerge casi inmediatamente desde el nacimiento (Naito, 1993).

De esta forma, podrá mantener una representación de lo que ha ocurrido, en la medida en que desarrolle una memoria acerca de lo acontecido. La función más básica de la memoria es suministrar una guía para la acción, lo que faculta a los organismos para llevar a cabo acciones en el presente y predecir el futuro.

Todo ello va a contribuir a que el neonato pueda regular su propia conducta y fisiología. Dado que los modelos funcionales cognitivo-emocionales se desarrollan en relación al cuidador, los mecanismos homeostáticos se vuelven más y más ajustados al cuidador (Hofer, 1987).

Así el mecanismo regulatorio más básico del infante, aunque influenciado genéticamente, se forma en relación a un objeto externo, generándose así un mecanismo neurobiológico que capacita al individuo para sintonizar cognitiva y emocionalmente con un contexto social.

Hofer estima que la madre preadapta a la cría a un ambiente particular en el que va a vivir. Así, afirma que “En especies con funciones corticales más complejas, como monos o humanos, los mecanismos de regulación son progresivamente internalizados" (Hofer, 1987, p.641). Esto implica un cambio desde funciones sensoriomotoras a funciones simbólicas y asociativas de orden superior, y cambios desde una dependencia de la interacción con la madre a una dependencia más flexible en base a una variedad de interacciones sociales diferentes. 2

Desde la neurobiología se considera que algunos principios de la función cerebral parecen relacionados con el establecimiento del apego social (Kraemer, 1992). Así, toda interacción entre el niño y su cuidador, o la ausencia de una adecuada interacción, tienen consecuencias estructurales sobre la maduración cerebral del niño. De esta forma, el aislamiento social puede producir cambios citoarquitectónicos así como modificaciones en la regulación funcional de los sistemas de aminas biógenas, en concreto de los sistemas dopaminérgico y noradrenérgico (Kraemer, 1992; Lewis, 1990).

Por tanto, podríamos hablar de un principio de auto-organización neural. El programa genético genera una sobreabundancia de vías neurales y preserva sólo las que van a ser usadas. Los contactos sinápticos efectivos parecen mantenerse y reforzarse cuando tanto el terminal presináptico y la neurona postsináptica se activan al mismo tiempo (Hebb, 1949; Tsien, 2000). La estructura primaria de los agregados neuronales es determinada genéticamente, pero su microestructura funcional puede ser determinada en gran parte por el ambiente, constituyendo así un auténtico proceso de auto-organización neural, en el sentido de que la sobreabundancia de conexiones iniciales de origen genético es recortada a un número más reducido. Las conexiones que sobrevivan dependen directamente del input experiencial, en relación con los sucesos vividos y que deben ser recordados (Greenough, 1987). Por otra parte, la competición por el espacio sináptico puede reflejar la manera en que el organismo incorpora continuamente hechos del ambiente (Greenough, 1987; Squire, 1987). 3

Hoy en día existen numerosa pruebas que muestran en diferentes especies, como experiencias tempranas positivas o negativas pueden influir de forma diferente en la estructuración y funcionamiento cerebral. Las modificaciones aparecen tanto a nivel celular, neuroquímico o conductual (Nelson, 1997).

La cuestión a plantear es: ¿qué aspectos críticos de la estructura cognitivo-emocional se adquieren en estos individuos y especies, que parecen requerir una función de maternaje a través del contacto con un cuidador?

Las interacciones con el cuidador generan en el niño una historia de aprendizajes, fundamentales para la supervivencia posterior. Previamente he mencionado que lo que Bowlby denominó “esquemas conductuales originarios” se manifestaban en el niño en forma de pautas de acción organizadas y relacionadas con el ambiente.

Esas pautas diferirán dependiendo de las experiencias vividas (Hirsch, 1986). A su vez, las pautas de acción son el resultado de la formación de patrones neurales en relación directa a las experiencias que el infante ha vivido. Esos patrones neurales canalizarán el desarrollo de un sistema analítico central (Mason, 1985). Si este nivel analítico no se forma adecuadamente en relación a la experiencia, fracasarán los aspectos regulatorios de las estructuras cognitivo-emocionales internas en formación, dando lugar a una respuesta emocional desorganizada y ligada fundamentalmente a una incapacidad de predicción y autosostenimiento.

Para Squire, lo que se desarrolla es una estructura de memoria. Para LeDoux (1993), parte de esa memoria es memoria emocional, en cuya elaboración juega un papel determinante el complejo amigdalino. Esta estructura es fundamental para la asignación de significado afectivo a los estímulos sensoriales. Por ello, el complejo amigdalino es considerado como un mediador entre el contexto y los procesos mentales por un lado, y entre los procesos mentales y las respuestas emocionales, por otro.

Por tanto, podemos sugerir que los aspectos regulatorios derivados de la formación de estructuras cognitivo-emocionales, tienen que ver con la formación de una memoria o un sistema analítico central. Probablemente hablar de una estructura de memoria o una estructura analítica sea lo mismo; las diferencias parecen tener que ver más con la forma de aludir a diferentes aspectos de la función cerebral (Squire, 1987). Lo importante es resaltar que el sustrato neural modificado por el apego es a la vez una memoria y un aspecto funcional de un mecanismo cerebral que regula la conducta en curso (Kraemer, 1992).

3- Implicaciones para el psicoanálisis

Como acabamos de mencionar, el mecanismo regulatorio más básico del infante, aunque influenciado genéticamente, se forma en relación a un objeto externo, generándose así un mecanismo neurobiológico que capacita al individuo para sintonizar cognitiva y emocionalmente con un contexto social.

La cuestión a plantear es: ¿cómo integrar la visión de un organismo biológico con ciertas tendencias motivacionales codificadas en su ADN, con la visión psicoanalítica de un organismo que puede aprender deseos y miedos altamente específicos y que no están genéticamente pre-programados?

A diferencia de la mayoría de los primates, el cerebro humano se desarrolla más fuera que dentro del útero. Esto significa que aprendizajes culturales y otras formas de aprendizaje son estructurados en la organización del cerebro en desarrollo, dependiendo por tanto del input ambiental y experiencial.

Nos hemos preguntado antes qué aspectos críticos de la estructura cognitivo-emocional se adquieren a través del contacto con el cuidador. Respondía diciendo que el sustrato neural modificado por el apego es a la vez una estructura de memoria y un aspecto funcional que regula la conducta habitual. ¿Significan algo estas afirmaciones para el psicoanálisis?

3-1 Fundamentación biológica de la motivación aprendida

En general, nacemos con un cerebro preadaptado a un ambiente promedio esperable. La reciente corriente de investigación sobre la infancia, deja claro que desde el comienzo de la vida post-uterina, el aparato perceptivo del infante está sintonizado con el exterior con consecuencias sobre la memoria, el aprendizaje y la cognición en el sentido más amplio. Es decir que lo que concebimos como sintonía y adaptación a la realidad, está construido sobre aspectos prefijados del organismo del infante. Para Lichtemberg (1989) “la investigación sobre el neonato sugiere que más que una barrera a los estímulos y un simple mecanismo de reducción de tensión, el recién nacido está equipado de manera innata para regular los estímulos y la tensión dentro de umbrales óptimos”.

Por tanto, los mecanismos homeostáticos tanto en el nivel fisiológico como psicológico, son absolutamente imprescindibles desde el punto de vista evolutivo. El grito del infante, cuando se encuentra en un estado de incomodidad subjetiva, es una señal de advertencia estructural que informa al cuidador que algo está desequilibrado (Pine, 1989). Este es un mecanismo adaptativo prefijado (orden inicial); alerta al cuidador para que actúe ayudando a reintroducir la homeostasis. Por tanto, la motivación es esencialmente homeostática y se estructura alrededor de una sintonía fina, constante, basada en el estado subjetivo. 4

Hay múltiples razones para sostener que el complejo aparato neurológico que nos ha dado la evolución está prefigurado para funcionar al menos en algunos importantes aspectos, en relación con el entorno en que se desarrolla. (Fuster, 1999). Sin embargo, la naturaleza particular del contexto es incorporada a las estructuras motivacionales por medio del aprendizaje, el cual encauza una potencialidad biológica cuyos parámetros están especificados sólo de una manera amplia, concretándola en actividades mucho más precisas y dirigidas por algún fin (Westen, 1997).

Estos aprendizajes ocurren a través de condicionamiento clásico y operante. El condicionamiento clásico de una respuesta emocional implica la asociación de un afecto con una representación de un objeto o estímulo. El condicionamiento operante es aquel a través del cual, las consecuencias de una acción influyen su tendencia a ser reproducida. Ello significa que los afectos ligados a la representación conducen a facilitar o evitar la acción.

Por ejemplo, la capacidad de experimentar angustia de separación aparece en torno a los nueve meses, siendo esta una característica universal con independencia de las culturas. (Kagan, 1976) Cuando un niño siente, de forma repetida, miedo en ausencia de sus figuras de apego y se tranquiliza en su presencia, comienza a formar representaciones de estados deseados y temidos, asociados con la disponibilidad o no de las figuras parentales. Estas representaciones formarán los rudimentos de los deseos (retorno del objeto) y temores (al abandono) (Westen, 1997).

Así, una tendencia innata (angustia de separación) interacciona con la presencia de objetos reales para producir estructuras motivacionales constituidas por una representación de los estados deseados o temidos, una representación del estado actual en relación con lo deseado o lo temido y un afecto que refleje la discrepancia o convergencia entre el estado percibido y el estado deseado o temido.

Anteriormente hemos mencionado que el mecanismo regulatorio más básico del niño, se forma en relación a un objeto externo, generándose así un mecanismo neurobiológico que capacita al individuo para sintonizar cognitiva y emocionalmente con un contexto social.

Por tanto podemos sugerir que el carácter homeostático de la motivación se estructura alrededor de una sintonía cognitivo-emocional entre el niño y el cuidador y cuya consecuencia es la generación en el niño de estados subjetivos de bienestar.

Lo que es verdaderamente fundamental es que a partir de cierto tiempo aparece para todo individuo un sentido de reconocimiento del self, construido sobre los estados familiares y subjetivos en curso, y que ciertas formas de interrupción o de amenaza de interrupción a esos estados actúan como disparadores de los intentos de mantener el estado de estabilidad (psicológica), de mantener la homeostasis (Pine, 1989). Por tanto, desde un punto de vista psicológico, lo que motiva la conducta es un estado afectivo

Desde el inicio, en la construcción de ese estado estable en el niño, estado de preferencia subjetiva, juega un papel fundamental la actividad de regulación del estado mutuo entre el niño y la figura del cuidador.

Como ha argumentado Tronick (1989), la regulación del estado diádico entre dos personas está basada en el microintercambio de información a través de un sistema perceptivo y del despliegue afectivo mostrado en las manifestaciones entre la madre y el niño, a lo largo del tiempo.

En qué medida el cuidador capta el estado del niño, la especificidad de este reconocimiento, entre otros factores, determina la naturaleza y grado de coherencia de la experiencia del niño. Un ajuste adecuado en la interacción proporciona una dirección compartida y ayuda a determinar la naturaleza y cualidad de las propiedades que emergen.

Una manifestación de esas propiedades emergentes constituirá la consecución por parte del niño, de mecanismos regulatorios que garanticen esos estados subjetivos de bienestar a los que aludíamos más arriba. Esa interacción significada entre el niño y el cuidador es lo que lleva a Kernberg (1991) a manifestar que los afectos y no las pulsiones, representan la fuente fundamental de la motivación humana, aunque los afectos, una vez formados, funcionarían de igual forma a como son descritas las pulsiones en el modelo clásico.

La regulación mutua no implica simetría entre los interactuantes, sólo una influencia bidireccional. Cada uno de los actores aporta su propia historia a la interacción, conformando así qué maniobras adaptativas son posibles para cada uno. Conceptos actuales desde la teoría del desarrollo sugieren que lo que el niño internaliza es el proceso de regulación mutua, no el objeto en sí, o el objeto parcial (Beebe y Lagman, 1994; Stern, 1995).

La regulación en curso implica la repetición de experiencias secuenciadas que generan expectativas. Estas pautas de interacción repetidas, hacen que el niño pueda abstraer continuadamente elementos de sí mismo y del otro en una variedad de contextos, con el resultado de producir una representación estable de esa relación de objeto, relación cualificada o significada por un determinado contenido afectivo (Greenspan, 1991).

Diversos teóricos, especialmente aquellos influenciados por la investigación en desarrollo, conceden gran relevancia al afecto en relación con la motivación. El estudio de los afectos subraya un aspecto que ha interesado siempre a los psicoanalistas, esto es, conocer cómo se da la transición de unos estados neurofisiológicos determinados de forma innata, a estados psíquicos experimentados subjetivamente.

Desde la psicología del desarrollo, se considera que las necesidades del niño evolucionan desde unos requerimientos básicos ligados a la supervivencia, hasta conductas planificadas e intencionales que se expresan por medio de pautas de acción perceptivo-afectivas. En todo ese proceso, el intercambio afectivo constituye el medio de comunicación fundamental entre el niño y el cuidador. Así, podemos considerar que las sucesivas vivencias del niño en relación al cuidador facilitan que pautas recíprocas de interacción permitan al niño experimentar una contraparte emocional significativa (Greenspan, 1991).

La consecuencia inmediata de una relación satisfactoria con el objeto humano, es la experiencia de confort y sosiego por parte del bebé, soporte básico del sentimiento de seguridad, elemento imprescindible para un buen apego o una buena simbiosis. De esta manera, el mundo psíquico del niño evoluciona desde un mundo dominado por la interacción a un mundo dominado por la intersubjetividad.

El proceso de regulación mutua está orientado hacia dos fines de forma simultánea. 1- una regulación física o fisiológica, la cual es llevada a cabo a través de acciones que producen un ajuste conductual entre los dos participantes 2- el segundo fin, en paralelo con el anterior, consiste en la experiencia de reconocimiento mutuo. Este es el fin intersubjetivo (Stern, 1998).

Además de ese sentir mutuo, el fin intersubjetivo también implica señalizar o ratificar uno al otro acerca de este compartir. La sintonía afectiva parece aportar el mecanismo que asegura este consenso.

Una óptima relación madre-hijo implica que el niño no sólo se identifica con las actitudes del objeto en relación a la gratificación de necesidades, sino también con el funcionamiento del objeto en el papel de "yo auxiliar", especialmente en el reconocimiento y respuesta adecuada al afecto señal.

Los afectos, no sólo son considerados cada vez más, como organizadores y estructurantes de las pulsiones, sino que también son vistos como un elemento central en la formación del yo. El yo a su vez, es fundamental para la regulación y expresión de los afectos, en la medida en que es necesario un grado de desarrollo del yo para poder utilizar el afecto como función señal y evitar su potencial desorganizador (Tyson, 1991). Para Pine (1989), el motivo relevante en la situación clínica, es la tendencia del yo a mantener su propia organización en un esfuerzo para evitar el afecto negativo. Hay una importante relación entre la capacidad de utilizar los afectos como señal y la consecución de la constancia objetal. En este sentido, la constancia del objeto libidinal implica una organización del self capaz de mantener la tensión pulsional y la ansiedad dentro de límites manejables, así como una capacidad de control afectivo.

Desde el punto de vista clínico, el hilo conductor hacia la motivación predominante consiste en descubrir cual es el afecto que subyace al comportamiento que se está estudiando. Debemos caminar donde se encuentra el afecto ya que sabemos que en el afecto (o en los sentimientos conflictivos hacia el objeto) se encuentran la motivación para continuar, evitar o crear soluciones de compromiso (Westen, 1997).

Como en la teoría de Freud, la cuestión de nuevo es, si la regulación de los estados afectivos (tendencia a mantener determinados estados subjetivos y evitar el dolor) es el mecanismo subyacente implicado en toda motivación (tanto en el apego, en la exploración, en la autoestima, en la gratificación sexual o en la agresión) o si constituye un sistema motivacional separado y en paralelo.

Hoy en día se considera que los afectos han evolucionado como mecanismos para una retención selectiva de conductas y respuestas mentales. De los procesos mentales y conductuales que una persona produce, aquellos que minimicen los estados afectivos dolorosos o maximicen sentimientos de bienestar, serán utilizados de nuevo en situación similar.

Desde muy temprano, la sintonía cognitivo-emocional entre el niño y el cuidador hace que en el niño se vaya conformando un estado subjetivo preferido. Alteraciones de ese estado generan incomodidades que terminan conforme llega el alivio por medio del cuidador. Más adelante, una creciente toma de conciencia de un estado subjetivo preferido (una especie de constancia del self) hace que el control homeostático gire en torno a un mayor esfuerzo para corregir alteraciones de dicho estado subjetivo, convirtiéndose en una presión permanente que lleva a actuar de una determinada manera (Pine, 1989).

Así, para la regulación de los estados del self, comienza a darse una cualidad motivacional de continuidad, que lleva implícita un sentido del yo o constancia del self (paralela a la constancia objetal). Esa cualidad motivacional de acción continuada está al servicio de corregir desequilibrios homeostáticos, y en definitiva, regular estados del self.

De esta manera, el afecto es un mecanismo para la “selección natural de respuestas”. La regulación del afecto se vuelve una manera de regular adaptativamente la conducta. Conforme los afectos y la cognición se vuelven más diferenciados a lo largo del desarrollo, deseos, temores y formaciones de compromiso mostrarán de forma similar mayor complejidad. Las formas y niveles de tolerancia del estado subjetivo particular, naturalmente variarán con el tiempo, pero sin embargo las tendencias homeostáticas mostrarán su carácter de continuidad. 5

De esta manera, vemos cómo las tendencias biológicas y los aprendizajes interactúan en la producción de motivación. La propensión biológica aparece en la motivación, mediada por el afecto. La representación de estas actividades u objetos cargados afectivamente van a constituir componentes de deseos, los cuales motivan la conducta.

3-2 Transferencia como actividad organizadora-

El texto que presento a continuación son fragmentos seleccionados de un artículo de Fosshage (1994) que desde mi punto de vista, se corresponde con la idea que he pretendido exponer a lo largo del artículo.

Una pregunta que siempre se ha planteado el psicoanálisis es de qué modo la experiencia pasada, consciente e inconsciente, continua influyendo el presente y más concretamente, la relación analítica. Esta pregunta lleva implícito la necesidad de una adecuada comprensión de la transferencia, pues como dice Fosshage, ello va a afectar a todo el esfuerzo psicoanalítico para modelar las metas del tratamiento, la actividad del analista, el momento y el contenido de las interpretaciones y el rango de técnica analítica.

El modelo clásico de transferencia como desplazamiento y repetición ha sido corregido por muchos, en base fundamentalmente a que ciertos aspectos de la relación analítica y de las percepciones del paciente, podrían no ser atribuidas a los desplazamientos y proyecciones distorsionantes, y por tanto no estarían propiamente comprendidas dentro del campo de la transferencia. Por ejemplo, para Kohut, el rasgo central de la transferencia self-objeto no es la repetición del pasado, sino la expresión de necesidades actuales y esfuerzos reguladores y de desarrollo

Todo ello ha llevado a una renovación de los planteamientos teóricos, fundamentalmente en base a la consideración de la teoría de las relaciones de objeto, la psicología del self y la teoría interpersonal. Así ha surgido un modelo de transferencia nuevo, al que Fosshage denomina, transferencia como modelo de organización.

Este modelo emergente de transferencia se centra en la organización continuada perceptual-cognitivo-afectiva de nuestras vidas. Los modos predominantes en los que nos vemos a nosotros mismos y a nosotros en relación con otros, constituyen las organizaciones temáticas cargadas de afecto que moldean nuestra experiencia. Estos esquemas o principios organizadores cargados de afecto no distorsionan una supuesta realidad objetiva, sino que están contribuyendo siempre a la construcción de una realidad “subjetivamente experienciada”.

De esta manera, referirse a esquemas organizadores permanentes, posibilita el poder relacionar acontecimientos surgidos en el encuentro analítico con acontecimientos ocurridos fuera de la relación analítica. Así, el énfasis no está en el desplazamiento, sino en las pautas relacionales derivadas del grado de organización alcanzado, organización siempre relativa a una necesidad de vinculación, una necesidad de apego. Desde este punto de vista, la transferencia es considerada como un esfuerzo universal para organizar la experiencia, donde los diferentes rasgos distintivos de la misma, pueden ser considerados como dimensiones continuas y cuantitativamente variables de la actividad organizadora.

El término “transferencia” como actividad de transferir del pasado al presente, no abarca de forma adecuada la conceptualización de la actividad organizadora continua a nivel perceptivo-cognitivo-afectivo. Los esquemas son activados, no transferidos. Así, el concepto de transferencia se expande para incluir todo el ámbito de actividad temática organizadora. Por tanto, todas las configuraciones transferenciales pueden emerger, en último término, en la relación analítica.

La transferencia conceptualizada como actividad organizadora que tiene lugar dentro del contexto analítico acentúa la importancia del campo intersubjetivo, en el que paciente y analista codeterminan en grado variable la transferencia del paciente o los esquemas activados. Junto a la idea de transferencia codeterminada en grado variable, se da que cada analista, según su personalidad, tenderá a despertar ciertas configuraciones transferenciales en lugar de otras. De esta manera, la relación analítica constituye un complejo sistema de influencia interactiva mutua y variable entre el analizado y el analista.

Las reacciones transferenciales se hacen inteligibles mediante la comprensión de los significados que estos acontecimientos adquieren en virtud de su asimilación por el marco de referencias subjetivas del paciente. Más aún, es el acto del analista de esclarecer estos acontecimientos y sus correspondientes significados, lo que contribuye de forma sustancial a la nueva experiencia que el paciente tiene del analista (la nueva experiencia relacional).

Todas las comunicaciones que tienen lugar dentro del marco analítico tienen significado transferencial; el significado, no obstante, puede no estar relacionado con el contenido, sino con el proceso de la comunicación.

Por otra parte, asumir que el material extratransferencial se refiere directamente a la relación analítica, puede empañar fácilmente experiencias diferenciales y afianzar inadvertidamente al paciente en una configuración transferencial concreta. La complejidad de las relaciones humanas y el amplio ámbito de experiencias fuera de la escena analítica no puede condensarse en una relación sin perder la riqueza y variedad de las experiencias extra-analíticas.

Un pregunta que todo terapeuta se debe plantear es: ¿qué es lo que evolutivamente, el paciente está intentando conseguir? Debemos de partir de que la contestación a esa pregunta, constituye para el paciente una cuestión motivacional fundamental. Para Fosshage, la fuerza de esos esfuerzos no está reconocida suficientemente, ni a nivel clínico ni teórico, debido a que no se les ha dado un estatus motivacional primario. El impacto de la nueva experiencia relacional que tiene lugar en el análisis y los movimientos de desarrollo que conlleva, no pueden ser enmarcados dentro del término transferencia, pues no son repeticiones del pasado.

Kohut explicó más específicamente cómo el paciente utiliza evolutivamente al analista para la provisión de funciones concretas pertenecientes a la consolidación y mantenimiento del self. Kohut describió estos fenómenos como “transferencias del objeto del self”.

Si bien las transferencias del objeto del self están relacionadas con el pasado, en tanto que implican el restablecimiento de conexiones del objeto del self prematuramente interrumpidas (en el pasado), el concepto de objeto del self en el contexto analítico enfatiza la emergencia de las necesidades de desarrollo previamente abortadas y el uso del analista para un desarrollo adicional. De esta manera, el concepto de transferencia se amplia.

Enfatizando el desarrollo del self, Kohut (1984) otorgó a los esfuerzos evolutivos un estatus motivacional básico en la suposición de un esfuerzo inherente, “un permanente deseo de completar su desarrollo y realizar el programa nuclear de su self”. Tener en cuenta que el paciente trae un modelo motivacional de desarrollo y que va a tratar de utilizar al analista para el desarrollo de aspectos concretos con el fin de consolidar su self, debe alertar al analista sobre una región diferente e importante de la experiencia del paciente, que éste se está esforzando evolutivamente por alcanzar, o dicho de otro modo, constituye la dimensión directiva del material clínico.

Aunque técnicamente, la línea terapéutica general es esclarecer e interpretar tanto las configuraciones evolutivas como las problemáticas, dado que la dimensión de búsqueda de objeto está en el fondo, el analista debe sondear en lo más profundo de su personalidad (Kohut, 1977) para ser lo suficientemente capaz y sensible a las necesidades de desarrollo y autorregulación del paciente.

Notas del autor

1¿Apuntaría esto a que, en relación con la estructuración psíquica, lo primero y determinante son los aspectos vinculares, y en segundo lugar, la conducta exploratoria supone el inicio de los procesos de autoafirmación y posterior autoestima?
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2¿Transiciones de orden a orden?
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3.Recordar que antes hemos mencionado que la información es parte activa y causal en la formación de estructuras metaestables.
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4¿Podriámos tomar este estado subjetivo a regular, como el nivel de referencia o la condición específica de estado a la que aludíamos antes en la teoría de los sistemas de control?
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5.Una manifestación más de la identidad del sujeto. Recordar que en el marco teórico defendíamos que la identidad de un sistema se caracterizaba por la invariancia organizativa.
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