aperturas psicoanalíticas

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revista internacional de psicoanálisis

Número 025 2007 Revista Internacional de Psicoanálisis en Internet

Algunas reflexiones sobre la regla de abstinencia en el siglo XXI

Autor: Moguillansky, Rodolfo

Palabras clave

Abstinencia, Neutralidad, Receptividad, Transferencia.


  No se pude considerar contingente el que esta experiencia  [el diálogo psicoanalítico]se  imponga a sí misma deliberadamente la reducción del encuentro entre analizando y analista al sólo intercambio de decires. La circunstancia de que el decir sea el nervio y la sangre de lo que se produce en el análisis, y de que sea consustancial a lo que se despliega en su campo, se acompaña también inevitablemente de la impresión de que aquello a lo que da acceso, y sin lo cual erraría fundamentalmente la aprehensión del universo psíquico que él deja entrever, pertenece a un orden diferente de la esencia del lenguaje en cuyo umbral encuentra su límite. Y, sin embargo, ese límite sólo puede ser percibido por su intermedio. Seguramente existe siempre la tentación de pensar que podríamos desembarcar sin inconvenientes en esos continentes perdidos que no estarían habitados por la palabra, a ambos lados de la pareja que la situación analítica pone en contacto. Y no es sólo el sentimiento de una insuficiencia inherente al lenguaje el que nos inclina a pasar por encima – o por debajo – para alcanzar el tipo de realidad psíquica cuya existencia se supone en cada uno de los participantes a los que sitúa así en contacto. Tal vez nos invadiría más la aspiración de una plenitud que no tendría necesidad de ningún reconocimiento...

André Green (1983)

 

Resumen

En este escrito se explora, frente a algunas polémicas actuales, la pertinencia de seguir manteniendo la regla de abstinencia dentro del dispositivo psicoanalítico. Se lleva entonces adelante una pormenorizada discusión sobre esas polémicas. Luego se intenta  incorporar, al menos en parte, lo que han traído de nuevo estas discusiones para, junto con ellas, reafirmar y redescubrir la regla de abstinencia como pieza clave de nuestra experiencia clínica. Se sugiere que una remozada comprensión de la misma en el ejercicio de nuestra práctica nos permitirá comprender los nuevos hechos clínicos sin perder nuestro instrumento el enriquecedor potencial psicoanalítico.

En un intento de dar una renovada definición, el autor propone que la regla de abstinencia hoy implica no sólo la interdicción del intercambio que exceda lo verbal sino, a la vez, la puesta en juego, por parte del analista, de cierta suspensión de sus convicciones y teorías para comprender lo que se produce en la situación analítica. Esto incluye el hecho de que el analista reciba en la mayor medida posible lo que provenga del paciente como material de análisis. La regla de abstinencia preserva entonces, a juicio del autor, una cualidad central del psicoanálisis: que  el analista nunca rechace alguna conducta de sus pacientes; en ese sentido la regla de abstinencia es condición de posibilidad de su receptividad. 

Se indica, en la misma dirección, que la regla de abstinencia hace al centro de nuestra práctica, en tanto es la que garantiza la especificidad de nuestra comprensión y de nuestras intervenciones; no podemos ignorar que la transferencia analítica incluye la humana aspiración de un completamiento unificador en todas las alternativas de la vida. Se advierte que esta realización unificadora está impedida en la situación analítica  por la regla de abstinencia, motorizando la transferencia. En esa línea no se pude considerar contingente que en el diálogo psicoanalítico impongamos la reducción del encuentro entre analizando y analista al sólo intercambio de decires.

El autor concluye entonces que sin la regla de abstinencia, nuestra práctica se diluiría como una opinión más.

 

 

Introducción

Me propongo en este escrito revisar algunas polémicas actuales  que cuestionan “la pertinencia de seguir manteniendo, dentro del dispositivo psicoanalítico la regla de abstinencia”, para luego hacer una discusión sobre las mismas.

Este recorrido tiene por fin incorporar, al menos en parte, lo que han traído de nuevo dichas discusiones para, junto con ellas, reafirmar y redescubrir la regla de abstinencia como pieza clave de nuestra práctica.

 

La regla de abstinencia da las condiciones del diálogo analítico, genera transferencia

Sabemos que la regla de abstinencia –al dar las condiciones de posibilidad del peculiar diálogo que se despliega en el dispositivo creado por Freud- encuentra algunas de sus razones de ser  en que es un motor de la transferencia, genera transferencia. Esto lo solemos decir, desde la teoría psicoanalítica, en tanto  presumimos que la neurosis se desencadenó porque al paciente se le rehusaron  ciertas gratificaciones y éste las reemplazó por síntomas, concluimos que la regla de abstinencia por los rehusamientos que plantea promueve la neurosis  de transferencia.

La regla de abstinencia y el envión para el trabajo de pensar

Las anteriores consideraciones encuentran además cimiento en la teoría del pensamiento que el mismo Freud nos propuso. Necesito recordar que el pensar surge, para Freud,  desde sus primeros ensayos (Freud 1895), a partir de la imposibilidad de la descarga de la pulsión. Pensar, para Freud, sólo era posible si había “inhibición por parte del yo del proceso de investidura” (ibid, pág. 369),…, “el juzgar es, por tanto, un proceso psi sólo posible luego de la inhibición del yo, y que es provocado por la desemejanza entre la investidura-deseo de un recuerdo y una investidura-percepción semejante a ella… La discordancia proporciona el envión para el trabajo de pensar” (ibid, pág. 373).

El pensar encontraba entonces su fundamento en la represión de la pulsión, en la represión de la descarga directa de la pulsión, la represión es la que daba el envión que precipitaba el pensar, y en la situación analítica daba el envión a la neurosis de transferencia.

Con “El método”, se levantan represiones y, a la vez, “una represión lo instituía”

Por otro lado, cuando vemos a Freud trabajar en los historiales clínicos, analiza en sus pacientes las formaciones del inconsciente -los síntomas, los sueños, las formaciones de la psicopatología de la vida cotidiana, los olvidos, los lapsus, etc., el chiste, y todo aquello que se tramitaba en la transferencia en la situación analítica-, intentando, a través del método, levantar represiones para que el paciente pudiese elaborar las significaciones inconscientes reprimidas.

El psicoanálisis caminó, en ese sentido, en sus consideraciones técnicas, en un sendero que tenía en uno de sus bordes un método cuyo fin consistía en levantar represiones y, en el  otro, un saber que decía que estas represiones tenían origen en una represión estructural de la pulsión de la que resultaba el pensar humano, y que esa misma “represión” instituía el método.

La hipótesis represiva, Marcuse y Foucault.

Para enmarcar un vértice de este problema que quiero poner sobre el tapete, necesito colocar esta cuestión en un marco  más amplio: es evidente que en el siglo XX  se produjo una revolución sexual sin precedentes cuestionándose represiones, prohibiciones y tabúes, dando lugar a formas de relación y pensar más libres. En esa revolución sexual el enemigo de la libertad y la creatividad humana era “la represión”. Convengamos que, como consecuencia de ese combate, se produjeron  cambios de los que emergieron nuevas formas de sexualidad,  nuevas subjetividades y nuevos lazos sociales.  Buena parte de esa conmoción, más acentuada en la postmodernidad, se apoyó en los “levantamientos de represiones” que se realizaron tomando como fundamento, al menos parcialmente, lo propuesto por Freud en Tres ensayos de teoría sexual (1905).

Recordemos en esta lucha contra la represión, como por un lado, siguiendo lo que en su momento comenzó Wilhem Reich (1933), se discutió el sesgo represivo que se le atribuía al poder - que para esa perspectiva daba lugar a la “represión sexual”-. Es destacable en esta lucha como se pugnó por la demolición de la represión sexual[1]. También la llamada hipótesis represiva[2] cundió en esos años en el campo del psicoanálisis y en el territorio de la salud mental de la mano de la antipsiquiatría, discutiendo el supuesto sesgo represivo del dispositivo psicoanalítico.

Por otro lado, también se alzaron voces alertando acerca del cauce que le da el poder a la sexualidad. Quizás quien más claramente lo señaló fue Foucault.

Focault (1976) enuncio en su monumental Historia de la sexualidad que se ha construido un artefacto para producir discursos sobre el sexo, susceptibles de funcionar y surtir efecto en su economía (Foucault 1976, 1984a, 1984b). Foucault bosquejó una sofisticada comprensión del complejo entramado de relaciones entre el poder y  la sexualidad postulando que  la represión era un motor necesario para encauzarla.

Quiero resaltar con lo anterior las importantes discusiones que se dieron sobre la sexualidad en el siglo XX. Estas  han influido, por lo que voy a enunciar más adelante,  en nuestra técnica confundiendo, a mi juicio,  levantar represiones con la abolición de la represión. 

La regla de abstinencia, esencia del método

Es parte de nuestra responsabilidad en este tema construir teorías que zanjen, superen, la aparente oposición que se planteó entre la presunta “hipótesis represiva” y  la respuesta de Foucault sobre el papel instituyente del poder en la sexualidad. Opino que Freud no estaba en las antípodas del Foucault  de  Historia de la sexualidad, en especial cuando el francés hacía, además de un análisis genealógico de la sexualidad, una exposición profunda y definitiva de lo que era su concepto por antonomasia, “el poder”,  concibiendo a la sexualidad como un dispositivo histórico producido por él.

Propongo entonces, en este texto, que nuestro método, a tono con los nuevos tiempos, debe viabilizar individuos cada vez más libres haciendo posible, además, la visibilidad de lo instituyente del entorno sin que, en la consecución de esos fines, nuestro método pierda su esencia.

Por empezar con la cuestión que quiero desarrollar necesito exponer, a modo de prólogo, algunas redundantes generalidades sobre el método psicoanalítico.

 

Generalidades sobre el método psicoanalítico

La relación entre analista y analizando: sólo un intercambio de decires.

Estamos al tanto que el método psicoanalítico creado por Sigmund Freud (1912, 1913), al limitar la relación entre analista y analizando a un intercambio de decires, inauguró una modalidad de diálogo con propiedades inéditas desconocida hasta ese momento (Meltzer, 1967).

El encuadre, guardián de la transferencia al privilegiar el despliegue del deseo sin su realización inmediata

Sabemos que las prescripciones que S. Freud propuso en ese diálogo dieron excepcionales condiciones de posibilidad para el despliegue y recolección  de la transferencia. Incluso llegó a decirse  que el encuadre, instituido por el método, era el guardián de la transferencia, cumpliendo un lugar similar al del dormir respecto del sueño (Green, 1983).  Se hacía esta homologación  porque la preservación de la relación entre analista y analizando al solo intercambio de decires inhibía la acción, privilegiando el despliegue del deseo sin su realización inmediata.

Con el método se levantan represiones

También conocemos que se presumió, en los textos técnicos iniciales del psicoanálisis (Freud, 1912, 1913), que la función del analista en ese diálogo era la de un observador imparcial de los conflictos inconscientes del paciente y que los comprendía, no implicándose, a través de las asociaciones libres, los sueños y las manifestaciones de la transferencia del mismo. En esos ensayos técnicos se pretendía, a través del método, levantar represiones de un modo no sugestivo y a la vez  dar al analizando condiciones para elaborar lo reprimido. Por cierto con el método no se proponía la abolición de la represión, sino su levantamiento, y la posterior elaboración y per-elaboración de lo reprimido.

En el diálogo instituido por el método participa el analista.

No ignoramos, sin embargo, que esta cuestión se fue complejizando: la práctica analítica fue incluyendo progresivamente, a lo largo de su recorrido, la mente del analista y reconociendo su participación en el proceso analítico. Se cuestionaron la metáfora del cirujano y la del espejo que desechaban la participación subjetiva del analista. Se abrió entonces el estudio y la construcción de nuevos conceptos como los de la identificación proyectiva y la contratransferencia (Klein, 1930; Reik, 1948; Racker, 1948;  Heimann, 1950; Bion 1950, 1974, 1996; Kriss, 1950; Sandler, 1976; Botella y Botella, 2003; etc.). Al son de estos nuevos aires, el analista, al utilizar la contratransferencia como un instrumento de observación, no solamente observa e interpreta lo que percibe en el paciente, sino que incluye en su comprensión los datos provenientes de la observación respecto de sí mismo, de sus reacciones emocionales y de la posible conexión entre éstas y lo que existe en el mundo interno del paciente.

El aparato psicoanalítico genera una relación… 

Desde las consideraciones previas se puede decir que el diálogo analítico transcurre en un nicho circunscrito por una serie de disposiciones, que en conjunto,  ha merecido, con justicia, la denominación de "aparato psicoanalítico" (Green, 1983). Este “aparato” prescribe -hace a los basamentos de nuestra práctica-  para el analista un estado mental al que llamamos atención flotante y para el analizando asociación libre, estableciendo para ambos respetar la regla de abstinencia (Freud, 1912; 1913). Merced a esas prescripciones -dadas por la regla de abstinencia- en el seno del diálogo  analítico, formamos  parte  de una relación en la que, si bien necesariamente participamos, se ponen en suspenso las reglas habituales de la cultura y de la cortesía. En consonancia, el analista se compromete hasta donde su análisis se lo permite a renunciar a poner en juego un sistema valorativo que avale sus  intervenciones. Esa renuncia alude a una "actitud" (Meltzer, D. 1967)  por parte del analista que excede los aspectos formales. Es casi un dogma  que entre los analistas y sus pacientes  no debiera realizarse otro intercambio que no apunte a  develar y descifrar una verdad inconsciente de estos últimos, en esto reside buena parte de el propósito no sugestivo del psicoanálisis. 

En la situación analítica se despiertan deseos insatisfechos al limitarse la descarga de la pulsión

Al compás de los lineamientos de la peculiar relación instalada por el régimen dado por el encuadre analítico, en particular la regla de abstinencia, se despiertan deseos insatisfechos, no cumplidos y aparentemente resignados. El método encuentra así uno de sus fundamentos en la limitación que plantea a la descarga directa de la pulsión, y se supone que por esta limitación se acentuaba el despliegue de la transferencia.

En la situación analítica se desenluta el lenguaje

El método logra entonces,  por las prescripciones que impone, un efecto no menor en ese diálogo:  el analista y analizando ya "no se entienden" al perderse -en la situación creada por este dispositivo- la ilusión de participar de un sentido común, con significados unívocos, obvios (Ronald, 1967) y naturales;  las palabras, por eficacia del método, en la situación analítica, sufren un cambio cualitativo -que no se localiza ni en el volumen de la voz, ni en sus tonalidades, ni en sus acentos- que permite oír detrás de su trivialidad una serie de connotaciones, no una jerga. Las palabras adquieren entonces en la situación analítica un valor que habitualmente no tienen. Convengamos que, en cambio, en nuestros diálogos cotidianos, con frecuencia “nos entendemos”, sofocándose la vitalidad emocional del hablar con una palabra insípida.

El encuadre en ese sentido, como afirma Green (1983),  "desenluta al lenguaje" ya que en él la penumbra de sentido  que portan las palabras deja de ser un privilegio de la poesía.  En la situación analítica,  al son de la transferencia, vuelve a revitalizarse el deseo.

Por todo esto Green, con el que en este punto tengo un total acuerdo, afirma, como vimos en el epígrafe, “que no se puede considerar contingente  que en esta experiencia se imponga deliberadamente la reducción del encuentro al sólo intercambio de decires” (1983, p. 16).

Algunas objeciones que han surgido en torno a la “regla de abstinencia”

Sin embargo, pese a todas las anteriores razones, sabemos que se ha  discutido la pertinencia de seguir manteniendo la regla de abstinencia como corazón de nuestra práctica.

Para ordenar el razonamiento diré que las críticas a la regla han venido desde varios sectores. A los efectos de este texto voy a destacar sólo seis vértices desde donde se la ha  reñido:

Las que propusieron algunos de los pioneros

Una de las primeras invitaciones para descartarla o relativizarla vino de  Ferenczi (1932) con sus proposiciones acerca de la “técnica activa”. En Chicago, tiempo después, sugirió Alexander (1950) la denominada “experiencia emocional correctiva”. Por conocidas no me ocuparé en extenso de ellas.

Freud, a juicio de muchos, no mantuvo en su práctica la regla de abstinencia

Otro de las fuentes de este convite que promueve dejarla de lado proviene de la experiencia que se cuenta sobre Freud. En numerosos trabajos y relatos de análisis llevados a cabo con Freud se menciona que Freud tenía un talante menos parco y frugal que el que se podría suponer (Blanton 1971; Ruitenbeek, 1973, Wortis, 1974; Kardiner 1977; Lipton, 1977;  Leiden, 1983; Flemm 1985; Eizirik  2002; etc.)

A modo de ejemplo paradigmático se suele citar el relato de Joan Rivière acerca de su análisis con Freud (Ruitenbeek, 1973). Rivière apunta que Freud: "empezó su primera sesión conmigo, de una manera poco recomendable y contraria a todas las reglas” diciendo: “Bien, ya sé algo sobre usted: tuvo un padre y una madre”. Rivière señala que Freud con esto quería decir algo como: “rápido, no puedo esperarla con todas sus inhibiciones, quiero algo que me sirva para empezar; ¡déme un esquema en el cual me pueda apoyar!” Sin embargo Rivière también comenta que Freud se concentraba en la investigación de tal modo que su propio ser actuaba únicamente como un instrumento[3].

Flemm (1986) -en su libro sobre Freud y sus pacientes- cuenta que Freud participaba activamente en la sesión, hacía reflexiones personales sobre personajes que conocía y obras que había leído. Según Flemm, Freud estaba lejos de ser austero, rígido y silencioso, también destaca que se mostraba muy presente, atento y respetando al otro, si bien no escatimaba su humor.

Smiley Blanton (1971) -un paciente que describió  su análisis con Freud– había relatado que le contó a Freud, mientras se estaba analizando con él,  que estaba ahorrando dinero para comprar sus libros. Blanton, sigue detallando que al día siguiente recibió de regalo varios volúmenes de las Obras Completas, sucediéndose a esto un retraimiento de los sueños que Freud interpretó como consecuencia de los regalos, agregando: “A partir de esto usted verá que los regalos siempre traen al análisis cierto tipo de dificultades”. Este relato fue retomado por Lipton (1977) en su libro sobre la técnica de Freud en el análisis del hombre de las ratas y menciona esta anécdota descripta por Blanton.

Kardiner (1977) en su entretenida memoria sobre su análisis con Freud rememora pasajes de su análisis llevado a cabo entre 1921 y 1922. Kardiner escribe en estas memorias que en una oportunidad había crispado a Freud al decirle que el análisis era incapaz de hacer mal (“¡entonces no puede hacer bien!”). Kardiner también comenta que usualmente Freud era tranquilo, e incluso a veces hacía gala de buen humor y era hasta irreverente con el psicoanálisis[4].

Wortis (1974) -otro ex paciente de Freud- por su parte, relata un análisis marcado por discusiones, que culminó en una sesión en la cual Freud le recriminó no estudiar temas analíticos como se lo había propuesto y le advirtió: “Si vienen a preguntarme de un tal Wortis, que presentaba ciertos dones y vino a estudiar conmigo, contestaré que no aprendió nada conmigo y me eximiré de cualquier responsabilidad”. Wortis posteriormente se apartó del psicoanálisis volviéndose un crítico del mismo. Cabe preguntarse si Freud habría percibido la resistencia de Wortis al psicoanálisis, o la provocó con su actitud rechazante.

Otros conocidos incidentes dejan ver a un Freud todavía más desacartonado[5].

Para terminar con este anecdotario, también hay que citar el texto de Paul Roazen, (1971) que cuenta, de un modo un tanto sesgado,  las desventurasde Tausk en su relación con Freud y con Helene Deustch, en esos tiempos analizada por Freud y a la vez analista de Tausk.

Estas anécdotas son reivindicadas por algunos autores para apoyar la crítica a lo que llaman el “mito de la neutralidad analítica” (Orange et al, 1999; Renik, 1993), afirmando que Freud no participaba de esta regla.

La imposibilidad de cumplir a rajatabla con la regla de abstinencia

Otra de las invectivas hacia la regla de abstinencia ha surgido desde la imposibilidad que tenemos los analistas para cumplir a rajatabla con la misma. Veamos esto con algún detenimiento.

Es moneda corriente entre nosotros que no podemos cumplir con el dictum (Laplanche 1979, 1980)  que concibe la regla de abstinencia como el rehusamiento[6] que el analista debiera realizar para no hacer intervenir sus  teorías, creencias y su saber racional e irracional.  Más aun este dictum encuentra una realización última imposible por parte del analista si lo pensamos como el rehusamiento a la gratificación de las demandas libidinales del paciente  y de él  mismo.

Los analistas sabemos desde hace tiempo que se han perdido las ilusiones acerca de la viabilidad de las iniciales prescripciones que afirmaban que era posible que el analista  pudiese “operar frío como un cirujano” ó  “reflejar como un espejo”. Aunque son loables estudios como los de G.  Gabbard y E. Lester (1995) - un minucioso y sesudo rastreo de las múltiples infracciones de los analistas al método y sus graves consecuencias -, es claro que el ideal de objetividad positivista científico-natural que se propuso no puede ser alcanzado.

La situación analítica no es una "situación social cero"; al contrario, la participación de la persona del analista (dada por su personalidad y biografía, su ecuación personal, su contratransferencia, su teoría personal, su pertenencia a una escuela, en fin su cosmovisión y la antropología latente en la que vive, etc.) es constituyente intrínseco de la situación psicoanalítica (Jiménez, Juan Pablo, 1995). Baranger, en esa ruta, nos enseñó que el analista inevitablemente participa dentro del campo de la situación analítica (Baranger y Baranger, 1969).

La necesidad de introducir “parámetros” en la situación analítica

Es parte de nuestra historia la propuesta de Eissler (1953, 1958) acerca de que había que introducir parámetros en la técnica. Recordemos que, con la noción de parámetro, Eissler alentaba introducir modificaciones, alteraciones en el modelo clásico.

También en esa dirección  nos sacudió Stone (1954), con propuestas en la misma línea para dar cuenta, desde su punto de vista, del mayor espectro de problemas con que tenía que lidiar nuestra práctica. Incluso patrocinaba un cuidado  menos rígido (la cursiva es mía) de la abstinencia y la reserva, ya que una excesiva pulcritud, según Stone, no siempre contribuye a un mejor análisis y hasta puede una observancia estricta y sin matices ser utilizada por el analizado y el analista para cumplir anhelos sadomasoquistas y/o plasmar ceremoniales obsesivos.

El “rol activo del analista”  propuesto por los intersubjetivistas

Desde otro vértice los analistas que se han dado en llamar “intersubjetivistas”, han subido la apuesta, no sólo afirman que Freud no la cumplía estrictamente, sino que han cuestionado su utilidad. Ya hace unos años Mitchels, Ogden, Renik y Stern, entre otros,  vienen discutiendo los límites de la neutralidad, de lo inadecuado que puede resultar para la buena marcha de la relación entre paciente y analista “un rigor excesivo de la abstinencia y del anonimato del analista”.

Mitchels, en su trabajo sobre el psicoanálisis en los Estados Unidos en los comienzos del siglo XXI, enfatiza que la observancia de la abstinencia debiera atenuarse para favorecer el estudio de la relación analítica abogando por el “rol activo del analista” en la “co-construcción de la transferencia”, destacando el “valor clínico  del fenómeno de la contratransferencia”. 

Owen Renik (1993, 1995, 1996), una de las primeras espadas del grupo intersubjetivista, sostiene que el concepto de neutralidad analítica[7], aunque bien intencionado, no sirve al propósito para el que fue formulado: según él no constituye un objetivo útil hacia el cual dirigir nuestros esfuerzos en el análisis clínico.

Renik (1996)  dice taxativamente que permanecemos  fieles al concepto de neutralidad analítica y seguimos esforzándonos por conseguir en vano versiones útiles de él, porque nos percatamos de lo importante que es el problema de la influencia perjudicial que el analista puede ejercer en un paciente y para cuya solución fue diseñado dicho concepto. Renik, sin embargo, en ese mismo texto asevera que en sus orígenes el concepto de neutralidad persuadía a los analistas de que eran diferentes a los terapeutas que funcionan a base de sugestión y sugiere  que  esa tranquilidad se compraba al precio de cierto grado de autoengaño.  El concepto de neutralidad analítica, para Renik, se ha convertido en una carga, en la medida en que nos anima a perpetuar algunas ilusiones limitantes acerca del rol del analista en el proceso psicoanalítico. Por ello, propone realizar una crítica del concepto de la neutralidad analítica en tres aspectos:

1-En cuanto no tiene en consideración el modo en que ocurre el aprendizaje en el análisis y, por tanto, no describe la relación óptima que ha de existir entre los juicios del analista y los conflictos del paciente.

2-Porque sugiere una visión mal informada del rol de las emociones del analista en la técnica psicoanalítica.

3-Por último, porque es expresión de una concepción errónea de la técnica analítica y, por tanto, contribuye a confundir qué es lo que disuade al analista de explotar al paciente.

Por las anteriores razones, Renik (1996) afirma que

“no es preciso ni decir que la opinión que un analista tiene acerca de cuáles son los conflictos del paciente y acerca de lo que constituye tomar o no partido es tan subjetiva como cualquier otra opinión. Por este motivo, al esforzarse por ser neutral, un analista contemporáneo evitará una postura positivista ingenua. En la práctica, ser neutral para un analista equivale a evitar, lo mejor que puede, comunicar sus preferencias entre las soluciones posibles a los conflictos que el paciente parece afrontar; esforzarse por identificar y analizar cualquier idea que el paciente pudiera haberse hecho sobre el partido que ha tomado el analista en relación con los distintos aspectos del conflicto; y mantenerse atento ante cualquier cosa que él que pudiera o no haber hecho, quizás inconscientemente, para suscitar esta idea en el paciente”.

Stern –uno de los voceros con más prestigio de los analistas intersubjetivistas- y sus colaboradores (Stern et al, 1998) han planteado en diversos trabajos la existencia de un consenso en el pensamiento psicoanalítico en que la interpretación no es suficiente para producir el cambio terapéutico y que es necesario un "algo más". Conceptualizan  cómo, desde su perspectiva, ese "algo más" actúa en la relación terapéutica. Consideran dos fenómenos independientes en el proceso de cambio: uno que tiene que ver con la interpretación, con el insight interpretativo, esto es con el modelo clásico, y el otro  que concierne a "momentos" especiales de auténtica conexión persona a persona, entre terapeuta y paciente, que los autores denominan "momentos de encuentro". Desde su clínica proponen que debe darse un medio intersubjetivo entre paciente y analista donde prime el conocimiento mutuo de lo que está en la mente del otro, y que concierne a la naturaleza y al estado de sus relaciones. Esto podría incluir estados de activación de afectos, sentimientos, excitación, deseos, creencias, motivos o contenidos de pensamiento en cualquier combinación. Apuntan a lograr en la situación analítica un medio intersubjetivo en donde se de un conocimiento relacional compartido.

Los analistas que insisten que es necesario dar cuenta de la realidad circundante

Se han alzado en los últimos años innumerables voces que previenen sobre la omisión que hace el psicoanálisis, por sus prescripciones, sobre la realidad en la que está inserto.

Bleger (1967) en su memorable texto sobre el encuadre psicoanalítico nos alertaba acerca de que el encuadre no era simplemente una membrana que aislaba la situación analítica del entorno, era en sí misma depositaria de contenidos y ansiedades. Sin embargo, en sus consideraciones no abdicaba de los lineamientos del método, por lo contrario sugería que estos podían y debían ser analizados dentro del mismo.  

En un camino que encuentra sus primeros jalones en la enseñanza de Pichon Riviere,  los trabajos de los Baranger abrieron  un modo de pensar la situación analítica como un campo dinámico en el que interjuegan paciente y analista. Según los Baranger “la situación analítica no puede ya entenderse como la observación objetiva de un analizado en regresión por un analista-ojo” (Baranger y Baranger, 1969, pág.129).

Madeleine y Willy Baranger, con su innovadora tesis, dieron los pasos iniciales de una tendencia creciente que enfatiza el aspecto intersubjetivo de la relación analítica. Este modo de pensar, estimulado tanto por las ideas de la posmodernidad - frente a las cuales nociones como la objetividad y la propia neutralidad analítica se vuelven obsoletas, imposibles o incluso inútiles -, como por las sucesivas llamadas de atención ante el riesgo de zambullirse en un desvariado subjetivismo - que nos sacaría de cualquier compromiso, incluso con los objetivos terapéuticos del psicoanálisis -, está ya instalado entre nosotros.

El debate está vigente y ha ocupado crecientes espacios en las principales publicaciones psicoanalíticas, vaya como ejemplos las comunicaciones de Steiner, 1996; Gabbard, 1997; Renik, 1998; Almeida, 1998; Rezende, 1998; Assis, 1999; Rocha Barros, 2000, Eizirik, 1993, 1996a, 1996b, 1998, etc).

Eizirik, (1993, 1996a, 1996b, 1998) en varias contribuciones ha examinado  como la situación analítica es afectada por cuestiones ligadas a la transferencia erótica en la formación analítica, en particular ha explorado cuestiones relativas al género y al ciclo vital del analista y del paciente.

Puget y Wender (1982) escribieron, ya hace tiempo un texto que se ha convertido en un clásico: Analistas y pacientes en mundos superpuestos, mentando las dificultades que plantea el compartir un mismo mundo por parte del analista y del  paciente.

A lo largo de estos últimos veinte años, no sólo se ha puesto sobre el tapete la imposibilidad de aislar la situación analítica del entorno, sino que en innumerables ensayos, se ha enfatizado la necesidad no sólo de tomar en cuenta el contexto social, sino que incluso se promueve la “activa toma de partido” por parte del analista.

 

Tres cuestionamientos a la regla de abstinencia

En resumen los diversos cuestionamientos que he descrito a la regla de abstinencia, a mi juicio, pueden ser reducidos a tres:

Es necesario operar en una realidad más amplia que la realidad psíquica.

Para ejemplificar el tipo de inquietudes y aspiraciones que en este punto  hoy tienen los psicoanalistas reproduciré algunos párrafos de la convocatoria que hace la Asociación Psicoanalítica Uruguaya (APU) para su próximo Congreso[8]. Expresan con estas palabras sus preocupaciones actuales:

“Cien años de desarrollo del psicoanálisis, conducen a reflexiones y cuestionamientos acerca de la pertinencia del método y de las formas de teorización  (la cursiva es mía) en  los comienzos del Siglo XXI.  En este sentido, pensamos que un amplio debate en torno al  tema de  los efectos de los cambios de la sociedad y la cultura en la subjetivación, entendida como la construcción del sujeto inmerso en ese contexto socio-cultural pero a la vez manteniendo lo que lo caracteriza en su  singularidad,  nos abre la posibilidad de pensar la ubicación que tenemos como psicoanalistas en relación a estos problemas” (la cursiva es mía).

¿Cómo no tener en cuenta la incidencia  de la globalización,  la  sociedad de consumo, del zapping, que tienden a borrar los límites de lo singular en este sujeto de nuestro tiempo?

¿Qué incidencia tienen los avances tecnológicos y científicos que con el afán del éxito inducen a la sociedad a una vivencia de omnipotencia que lleva a que se pierda la noción entre lo realizable y lo imposible, la discriminación entre la vida y la muerte dejando de lado la vulnerabilidad psíquica?

Así como también los efectos de una sociedad altamente polarizada que está perdiendo la malla social que ostentaba, con un aumento de la pobreza y la marginación que dificulta  el sentimiento de pertenencia.

¿Qué podemos aportar los analistas junto con las otras disciplinas en la búsqueda de un entramado subjetivante de aquellos que quedaron en los márgenes de la sociedad?  Márgenes determinados por la exclusión social y la pobreza, pero también por el desamparo y  desamor dentro de los propios grupos familiares preocupados por ideales ambiciosos y de éxito.

Así se van reformulando muchas propuestas freudianas y a la vez proponemos el debate acerca de la vigencia  de los paradigmas fundamentales en los que se sostiene la teoría y la práctica psicoanalítica (la cursiva es mía). En el propio campo del psicoanálisis se plantean distintas posturas acerca de la estructuración psíquica y la  subjetivación que también marcan diferentes criterios respecto a los objetivos de la tarea analítica”.

Estas ideas, como las que exponen tan claramente los psicoanalistas uruguayos,  implican que, a juicio de ellos, al campo recortado por la propuesta de Freud se le debe incorporar esa otra realidad que el dispositivo había  inicialmente dejado de lado, en tanto instituye la realidad psíquica. En otras palabras,  cómo los enunciados de fundamento sobre los que se asienta la sociedad instituyen la subjetividad humana y cómo esto influye en el modo en que pensamos y operamos los analistas.

Un tema no menor es si para esta incorporación, desde el punto de vista teórico y técnico, hay que pagar el costo de perder la regla de abstinencia. Retomaré esta cuestión en el final de este texto.

Digamos de inicio, que esta cuestión -dar cuenta del valor instituyente de la cultura dentro del psicoanálisis- tiene una larga historia. Por señalar algunos pocos mojones, apuntaría que Lacan tuvo el enorme mérito de introducir dentro de la teoría el papel que tiene la cultura en la conformación del sujeto.

Lacan, en ese sentido, marcó un notable hito con su artículo La familia (1938). La noción de “complejo” presente en ese artículo aludía a como un sujeto, un infans, nacía inmerso en “complejos” -conflictos complejos moldeados culturalmente- que se tramitaban y se instituían a través de la familia.

Levi-Strauss avaló desde la antropología estas ideas al describir el valor instituyente que tienen las reglas del parentesco para la constitución del sujeto, mostrando cómo la estructura del parentesco prefigura lugares y moldea conflictos dados por la ubicación de ese sujeto dentro de dicha estructura.

También Lacan (1964), en el punto en que se  articula el individuo con la sociedad, enfatizó el papel que tiene la cultura. Para ello planteó el lugar que tiene  la inscripción del deseo en el  Grand Autre (A) en la constitución del sujeto: “el niño queda irreductiblemente inscripto en el universo del deseo del Otro en la medida que está prisionero de los significantes  del Otro”. El lugar del código (“tesoro de significantes”) aparece como el lugar del Grand Autre.

Aulagnier  (1975), por su parte, nos enseñó con su noción de “contrato narcisista” cómo cada individuo está predeterminado por vínculos familiares y sociales que preexisten a su nacimiento. Alude con “contrato narcisista”  a la operación mediante la cual cada sujeto queda sujetado a los valores vigentes en una cultura dada.

Kaës, otro autor imprescindible en este tema,  asentándose en el Freud de Introducción del Narcisismo incorpora la cuestión  de que “el sujeto de la herencia -como el del inconsciente- está dividido entre la necesidad de ser para si mismo su propio fin y ser el eslabón de una cadena a la que está unido sin la participación de su voluntad”. Para fundamentar su afirmación alude al apuntalamiento que tiene el narcisismo en la generación que lo antecede. Toma la idea freudiana de His Majesty, the Baby, el niño como aquel que ha de cumplir los deseos irrealizados de los padres. Esta noción adquirirá todo su vigor a la luz de la conceptualización de lo negativo (Kaës, 1991).

Kaës plantea que el individuo no puede rehusarse a ser un sujeto de herencia; si lo hiciera se pensaría a sí mismo como autogenerado. El sujeto de herencia es un sujeto de grupo que se constituye como sujeto del inconsciente según dos determinaciones convergentes: una, dependiente del funcionamiento del espacio intrapsíquico y otra subordinada al trabajo impuesto a la psique por su ligazón con lo intersubjetivo, por su sujeción a las distintas formas de agrupamiento en que está incluido, tales como la familia, los grupos, las instituciones.

Señala Kaës que algunas formaciones del inconsciente  provienen de la cadena de las generaciones y de los contemporáneos. Marca cómo  por medio de esta cadena se produce  la transmisión de la función represora, que también  había  señalado Aulagnier cuando decía que junto con el anhelo edípico lo que se trasmite es la prohibición.

Me parece útil incorporar dentro de la exploración acerca de cómo incide el entorno social en el analista, en el analizando y en la situación analítica, la noción que describió Lourau (1970) como implicación, para dar cuenta del modo que rige el  ordenamiento y el desordenamiento social en la singularidad de cada individuo.

Berenstein (1995), por su parte, en su escrito prepublicado al IPA Congress de 1995, realizado en San Francisco discutiendo “Realidad psíquica y técnica clínica”, afirma que “la realidad psíquica es considerada como el conjunto de vivencias, emociones y representaciones inconscientes personificadas como objetos, que el yo siente como interiores y reales”. Berenstein opina que “realidad está en relación  y se diferencia de otra realidad, llamada externa en relación al yo, que siente fuera de sí y poblada por personas, instituciones, normas culturales, leyes, etc. Siendo la realidad psíquica el objeto de la observación psicoanalítica”, Berenstein, sugiere que la perspectiva que toma en cuenta sólo la primera versión de la realidad psíquica es incompleta. En esa comunicación, el autor redefine la realidad psíquica al decir que el yo se mueve en tres espacios simultáneamente: un mundo de representaciones ligado al funcionamiento  fantasmático de la propia mente, un segundo donde están las representaciones de sus vínculos familiares y un tercero con representaciones del medio sociocultural.   

He querido con estas pocas citas dar cuenta de teorías que nos permitan pensar, desde el psicoanálisis, el lugar instituyente de la cultura.

¿Es necesario, para que un analizando cambie, algo más que interpretaciones?

¿Qué es lo produce el cambio en el psicoanálisis? Esta pregunta es casi tan vieja como el mismo psicoanálisis.  El psicoanálisis llevó en el centro de su escudo de armas, producir cambios a través de intervenciones no sugestivas. No ser sugestivo era parte de su identidad distintiva respecto de otros abordajes. ¿Tendríamos que renunciar a esta aspiración y por ende a la regla de abstinencia? 

Si bien no se puede menos que coincidir con Gil  (1994) cuando señala  que en toda interpretación hay  una sugerencia de acción en la que paciente y analista intervienen, no habría porque convertir este defecto en virtud. Tenemos, sí, que reconocer que no podemos no ser sugestivos. Recordemos en este punto que Gil textualmente dice: “La situación terapéutica es una díada, es decir interviene inexorablemente la psicología de dos. El analista está siempre influenciando al paciente y el paciente está siempre influenciando al analista. Esta mutua influencia no puede ser evitada, sólo puede ser interpretada” (pág. 50). Hace tiempo Austin (1962) nos enseñó que toda formulación verbal, contiene un costado preformativo.

Pero admitir que no se puede cumplir hasta sus últimas instancias con la regla de abstinencia, no necesariamente debiera implicar renunciar a aspirar  asintóticamente a llevarla adelante en la consecución del cambio psíquico.

Esta discusión se ha profundizado, como vimos, con la que hoy han abierto, entre otros, los analistas llamados intersubjetivistas, que dicen, como ya cité, que es necesario “algo más” que el insight –un momento de encuentro- para que se produzca el cambio en un analizando. Esto, a mi juicio,  retoma la vieja cuestión de los abordajes activos que se abrió con Ferenczi, seguida por lo propuesto por Alexander e implica renunciar a la abstinencia y operar sin esta aspiración.

La regla de abstinencia no ofrece la continencia que hoy se necesita en la situación analítica

También se ha reclamado  la renuncia a  observar esta regla desde la idea que  dice, que suele ser necesaria una mayor continencia -en particular frente a las llamadas patologías de déficit- que la que ofrece la situación creada por la regla de abstinencia.

Se insinúa que los beneficios que trae la regla de abstinencia por denegar la demanda pulsional tiene como contrapartida, paga el precio de, la incontinencia emocional y a la par se pierden las supuestas ventajas que traería “un sentimiento de encuentro”.

Sobre esto voy a volver al final reivindicando la específica continencia del psicoanálisis, la  brindada por la receptividad del analista, y cómo la regla de abstinencia crea las condiciones de posibilidad de esta receptividad.

 

La discusión en torno a la regla de abstinencia requiere hoy examinar los supuestos que la sustentan y tiene además que responder a los que la cuestionan

Sugiero entonces que la discusión en torno a la regla de abstinencia -que como he venido diciendo hace al método psicoanalítico– requiere hoy examinar los supuestos que la sustentan y tiene además que responder a los que la cuestionan. Ante esta posible revisión se imponen las siguientes preguntas:

1- ¿La imposibilidad de cumplir con dicha regla  justifica  los inconvenientes que trae el abandono de la abstinencia en nuestra práctica? 

2- ¿Para contemplar la relación que el psicoanálisis debiera establecer con el campo ideológico y social, debiéramos dejar de intentar ser “neutrales”?  

Alrededor de la primera cuestión concuerdo con Eizirik (1993) cuando, opinando acerca  de la neutralidad, dice:

“situándome entre los que todavía la consideran útil, aun necesitando ser actualizado y relativizado, sugerí que podría ser caracterizado como la postura, tanto en el comportamiento como en lo emocional, a partir de la cual el analista en su relación con el paciente observa, sin perder la necesaria empatía, manteniendo una distancia posible en relación al material del paciente y su transferencia; a la contratransferencia y a su propia personalidad; a sus propios valores; a las expectativas y presiones del mundo externo, y a la (las) teoría(s) psicoanalítica(s)”.

Respecto de la segunda cuestión suscribiría la postura de Hernandez (1988), cuando, citando a Dahmer (1983),  afirma que

“la relación que el psicoanálisis establece con el campo ideológico y social debe tomar en cuenta los cuestionamientos que provienen de las ciencias sociales, por un lado, y del propio psicoanálisis, por otro. Tal vez sólo mediante la confrontación continua y constante de la perspectiva psicoanalítica que – asume la radical individualidad del hombre – con la perspectiva sociológica – que toma en cuenta la totalidad de las relaciones sociales – podremos dar validez a nuestros planteamientos”. Max Hernández concluye: “se trata de una tarea difícil para la cual es menester sortear las confusiones que han discurrido por la pendiente que equipara los conflictos sociales intra e interindividuales”.

 

La regla de abstinencia, fundamento de la receptividad del analista

Teniendo lo anterior como marco, nuevamente diría para terminar que la regla de abstinencia hoy implica no sólo la interdicción del intercambio que exceda lo verbal sino, a la vez, la puesta en juego, por parte del analista, de cierta suspensión de sus convicciones y teorías para comprender lo que se produce en la situación analítica (Moguillansky, 2003).

Esto incluye el hecho de que el analista reciba en la mayor medida posible lo que provenga del paciente como material de análisis. Al resaltar “cierta” y “en la mayor medida posible” es porque considero que la suspensión de convicciones y la capacidad para recibir lo que proviene del paciente como material son disponibilidades con límites personales. 

Esta cierta suspensión, y en la mayor medida de lo posible de las creencias, convicciones y teorías de parte del analista  es lo que sigue preservando una cualidad central, a mi juicio, del psicoanálisis: que  el analista nunca rechace alguna conducta de sus pacientes; en ese sentido la regla de abstinencia es condición de posibilidad de su receptividad.  Si bien doy por sentado que es natural e inevitable que todos tengamos limitaciones en nuestras capacidades receptivas, sí creo que debemos estar atentos a las formas que en nosotros se evidencia el rechazo. Si el analista está más sensible a los indicadores de  su falta de comprensión empática, quizá pueda darse  más tiempo, incluso mucho tiempo, hasta llegar a la comprensión, en lugar de actuar inconscientemente su falta de identificación con el paciente. Receptividad y continencia son desde esta perspectiva dos caras de una misma cuestión. La receptividad es la continencia que puede y debe dar el psicoanálisis, en esa línea contener es ser receptivo.

Esta receptividad suele estar acotada porque para encontrar sentidos o significados sobre su quehacer el analista, como cualquier persona, ante la necesidad de comprender necesitará modelos y o teorías que le permitan llevar a cabo esa  tarea. En esa labor operan dos tipos de factores que inciden fuertemente en el afán del analista por comprender su quehacer:

a- La calidad y variedad de modelos y teorías de que disponga y

b- El tipo de vínculo que el analista tenga con esos instrumentos teóricos.

En este vínculo con las teorías aunque no siempre podemos seguirlo a Bion cuando, citando a Keats, nos insta a evitar una rápida e irritada búsqueda de causas y razones que ilusoriamente creemos nos brindan las teorías, no por eso debiéramos dejar de intentarlo. Digo esto, porque quizás esta proposición de Bion, parafraseando a Keats sea una de las mejores definiciones de la regla de abstinencia.

Finalizaría este apartado diciendo que la abstinencia del analista no implica ausencia de espontaneidad o naturalidad, pero sí el reconocimiento que es bueno  mantener  -usando la fórmula de Eizirik- una cierta distancia posible ya que ella es la que nos permite el acercamiento que nos brinda el psicoanálisis al mundo interno del paciente, y no confundirnos en ese propósito con nuestros propios anhelos. Sin embargo observemos que plantear una distancia posible, resalta que es necesaria una distancia pero a la vez reconoce con “posible” que estamos intentando mantener en la situación analítica un lugar y una posición que aunque posible, está permanentemente amenazada por influjos del medio o de la misma situación analítica; en ese sentido intentamos mantener  a pesar de esa fragilidad la abstinencia dentro de nuestras posibilidades.

 

Un elogio final de la regla de abstinencia

Espero con este texto, en el que he recorrido los iniciales fundamentos de la regla de abstinencia y los posteriores cuestionamientos que se le han hecho, haber contribuido a instalar, de modo renovado y remozado, la necesidad de mantenerla como centro de nuestra práctica en tanto es la que a mi juicio garantiza la especificidad de nuestra comprensión y de nuestras intervenciones.

Diría, para ir terminando, que sin la regla de abstinencia nuestra práctica se diluiría como una opinión más, sobre todo porque no podemos ignorar que la transferencia analítica incluye la humana aspiración de un completamiento unificador en todas las alternativas de la vida. Convengamos que esta realización unificadora está impedida en la situación analítica  por la regla de abstinencia, motorizando la transferencia. Por eso no se pude considerar contingente que en el diálogo psicoanalítico impongamos la reducción del encuentro entre analizando y analista al sólo intercambio de decires.

Esta reducción, con las limitaciones que tenemos los analistas en tanto humanos, hace al nervio y la sangre de lo que se produce en el análisis, y es consustancial con  lo que se despliega en su campo. Mediante la regla de abstinencia -mediante una relación limitada al intercambio de decires- accedemos a algo que pertenece a un orden diferente de la esencia del lenguaje en cuyo umbral encuentra su límite. Y, sin embargo, ese límite sólo puede ser percibido por intermedio de los decires y por las limitaciones que le impusimos a ese campo con la regla de abstinencia. Seguramente existe siempre la tentación de pensar que podríamos desembarcar sin inconvenientes mediante un encuentro directo en esos continentes perdidos que no estarían habitados por la palabra; a esos continentes perdidos que la situación analítica pone en contacto a ambos polos de la pareja.  Pero no es sólo el sentimiento de una insuficiencia inherente al lenguaje lo que nos inclina a pasar por encima –o por debajo– para alcanzar el tipo de realidad psíquica cuya existencia se supone en cada uno de los participantes a los que sitúa así en contacto. Tal vez, sin esta regla, nos invadiría la aspiración de una plenitud que no tendría necesidad de ningún reconocimiento. Es esta aspiración de plenitud la que esta regla permanentemente pone en cuestión y al ponerla en cuestión da un envión, y de ese modo relanza al análisis.

 

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[1] La hipótesis represiva  inspiró ideológicamente los ideales libertarios de la revuelta de mayo del sesenta y ocho: evoquemos que uno de los graffitis más populares pintados en las paredes del quartier latin de París en mayo del año sesenta y ocho era “prohibido prohibir”.

[2] En Eros and Civilization, Marcuse (Beacon Press, Boston, 1955, en español Eros y Civilización, 1955, Seix Barral, Barcelona 1969) plantea la hipótesis represiva partiendo de la tesis de  Freud de Malestar en la Cultura, acerca de que la civilización necesita una restricción del “Principio del placer. A partir de esta proposición afirmaba que, en tanto la civilización estaría llegando a su madurez (sic), aducía que la existencia de la misma dependía de la abolición gradual en todo lo que constreñía las tendencias instintivas del hombre. Según Marcuse la abolición de la represión llevaría al fortalecimiento de los instintos vitales y entonces se liberaría el poder constructivo de Eros. Suponía Marcuse  que los logros alcanzados por las culturas occidentales habían creado los prerrequisitos para el surgimiento de una civilización no represiva.   

[3] Joan Riviere recuerda que  sus ojos penetrantes y atentos tenían no solo esa simplicidad y esa clara e ingenua mirada de un niño – para quien no hay nada demasiado pequeño y nada grosero o sucio –sino también una paciencia y una cautela de un hombre maduro, al lado de una actitud de indagación impersonal. Riviere sentía que el interés de Freud... se manifestaba de una forma curiosamente impersonal. Según ella, Freud, detrás de su avidez daba la impresión de cierta reserva. Esta analista acentúa que tal vez lo más significativo en Freud era la simplicidad que había en esa impersonal avidez.

[4] Kardiner (ibid) cuenta, a guisa de ejemplo que al preguntarle sobre una duda respecto de la horda primitiva Freud le dijo: “Oh, no se lo tome tan en serio. Es apenas algo que soñé en una mañana lluviosa de domingo”. Kardiner  en esas memorias también recuerda  que luego de comentar algo sobre Lou Andrea Salomé Freud le señalaba: “Hay personas que tienen una intrínseca superioridad, una nobleza innata. Ella es exactamente una de esas personas”.  Finalmente Kardiner al hacer en My Analysis with Freud un balance de su análisis, 44 años después, si bien reconoce el desempeño terapéuticamente eficiente de Freud, critica lo que consideró el énfasis casi exclusivo en la homosexualidad inconsciente y en el complejo de Edipo, descuidando, a su juicio los aspectos agresivos, la transferencia negativa y una perspectiva más amplia del desarrollo.
 

[5] Se cuenta, entre estas peripecias, que Freud en una ocasión mientras conducía a Hilda Doolitle a su gabinete de trabajo, a la par que encendía un habano, le iba  mostrando antigüedades porque tenían relación con su caso y que alrededor de éste recordó cómo Alix Strachey, quería continuar discutiendo una cuestión y entonces afirmó: “No sea voraz. Esto ha sido suficiente insight por una semana”.

[6] El término rehusamiento (prohibirse, privarse, denegarse) traduce mejor el alemán Versagung, habitualmente traducido como frustración.

[7] Estos autores utilizan como sinónimos neutralidad y regla de abstinencia. Cuando hablan de neutralidad, se están refiriendo a la regla de abstinencia. En tren de aportar alguna distinción, digamos que Neutralidad es un concepto que fue ensalzado en los años 50 por Ana Freud (1956 The Ego and the Mechanisms of Defense. Writing 2. New York: International Universities Press, 1966.). Ana Freud afirmaba que el analista se debía mantener equidistante, neutral  entre el yo, el ello y el superyo, esto es que no debía tomar partido por ninguna de las instancias psíquicas. En un estudio más riguroso, neutralidad y regla de abstinencia debieran diferenciarse, pero a los efectos de este texto no voy a tomar esta cuestión.

[8] Extraído del escrito enviada por e-mail por la APU, para convocar a su 4º Congreso de Psicoanálisis, XIV Jornadas Debates sobre la subjetivación en Psicoanálisis, a llevarse a cabo en Montevideo el 16, 17 y 18 de agosto del 2006