aperturas psicoanalíticas

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revista internacional de psicoanálisis

Último Número 066 2021 Monográfico. El psicoanálisis ante la sexualidad y el género en nuestro tiempo

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Los procesos, motivos y significados conscientes e inconscientes de la conducta sexual problemática en la prepubertad

The conscious and unconscious procedures, motives and meanings of pre-pubescent problem sexual behavior

Autor: Webster, Gerald P.

Para citar este artículo

Webster, G. P. (2021). Los procesos, motivos y significados conscientes e inconscientes de la conducta sexual problemática en la prepubertad. Aperturas Psicoanalíticas (66), Artículo e7. http://aperturas.org/articulo.php?articulo=0001142

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Resumen

La investigación sobre el comportamiento sexual de los niños se encuentra en sus inicios a pesar de la conciencia cada vez mayor de que, en determinadas circunstancias, puede ser a veces nociva para los implicados. De las investigaciones realizadas hasta ahora, gran parte se ha centrado en datos descriptivos (¿Quién hizo qué a quién? ¿Cuál es la diferencia de edad entre los niños involucrados? ¿Cuántas veces lo hicieron?). Poca o ninguna investigación o teorización se ha dirigido a las preguntas de "por qué ocurrió" y "qué significa" para los niños involucrados. Este artículo examina los casos de dos niños cuya conducta sexual con otros niños fue considerada problemática por las autoridades de protección infantil. Al considerar la relación transferencia-contratransferencia en el marco del tratamiento con cada uno de estos niños, se argumenta que un examen de los procesos, motivos y significados conscientes e inconscientes de estos niños amplía los horizontes profesionales de comprensión sobre el fenómeno de la conducta sexual problemática prepuberal. Este artículo concluye que la investigación, particularmente a través de la lente del psicoanálisis contemporáneo, tiene mucho que ofrecer a los clínicos que evalúan y proporcionan tratamiento a los niños cuyas conductas sexuales están fuera del rango normal.

Abstract

Research into the sexual behavior of children remains in its infancy despite growing awareness that, under certain circumstances, it can at times be harmful to those involved. Of the research undertaken thus far, much has focused on descriptive data (Who did what to whom? What is the age difference between the children involved? How many times did they do it?). Little or no research or theorizing has been directed to the questions of “why it occurred” and “what it means” to the children involved. This article examines the cases of 2 boys whose sexual behaviors with other children were found to be problematic by child protection authorities. By considering the transference-countertransference relationship in the treatment set- ting with each of these boys, it is argued that an examination of the conscious and unconscious procedures, motives and meanings of such children, expands professional horizons of understanding about the phenomenon of pre-pubescent problem sexual behavior. This article concludes that research, particularly through the lens of contemporary psychoanalysis, has much to offer clinicians who assess and provide treatment to children whose sexual behaviors fall outside the normal range.


Artículo traducido y publicado con autorización: Webster, G. P. (2019). The conscious and unconscious procedures, motives and meanings of pre-pubescent problem sexual behavior Psychoanalytic Inquiry, 39(5), 305-317, https://doi.org/10.1080/07351690.2019.1624086

Traducción: Marta González Baz
Revisión: Lola J. Díaz-Benjumea

 

La conducta sexual entre niños, vista a través de la lente de la teoría psicoanalítica contemporánea, se entiende como una propiedad emergente del sistema diádico único niño-niño (Bacal, 2011), de sus sistemas relacionales más amplios (Shane, 2006) –particularmente sus padres, pero también hermanos, profesores, pares, etc.– y, siendo exhaustivos, un número infinito de complejos sistemas de interacción (Coburn, 2014). Desde esa posición teórica y clínica, las explicaciones causales de la conducta sexual problemática –donde, por ejemplo, la conduta se atribuye a los rasgos de personalidades estáticos, patológicos del niño o a desequilibrios neuroquímicos– tienen poco valor y no reconocen la actividad entre dos niños dentro de una gama de sistemas complejos, y un fenómeno que puede ser materia de una investigación abierta y empática (Kohut, 1984), en lugar de ser un ejercicio de culpabilización y avergonzamiento del niño.

Una primera investigación dirigida por Gil y Johnson (1993) halló que las conductas sexuales de los niños caen en un continuum que va de la experimentación mutuamente consentida a la conducta sexual “preocupante” (Johnson, 2007, p. 13), o “problemática” (Gil y Johnson, 1993, p. 29) cuando causa daño. Investigando la sexualidad de los niños que no han sufrido abusos, William Friedrich y colegas concluyeron que “la conducta sexual en los niños es normalmente no patológica, sigue un curso evolutivo y puede ser muy variada” (Friedrich et al., 2003, p. 119). Sobre la base de estos estudios, las conductas sexuales adecuadas a la edad se consideran, por lo general, comunes y saludables para la mayo­­ría de los niños. Además, se reconocen como formativas y facilitadoras del desarrollo cognitivo, emocional y social (Delamater y Shibley Hyde, 2008).

Las conductas sexuales dejan de ser normativas y saludables y se convierten en problemáticas cuando tienen efectos potencialmente dañinos para el propio niño o para otros involucrados como participantes, o como testigos presenciales, de la actividad sexual. Staiger et al. (2005) identificaron tres circunstancias en las que la conducta sexual de un niño puede ser problemática: a) cuando el niño sufre daño por la conducta; b) cuando la conducta del niño lo ubica fuera de las normas sociales; y c) cuando la conducta es abusiva. Concluían que la conducta sexual entre niños es problemática cuando hace que los otros se sientan incómodos, tiene lugar en un momento o lugar inadecuados y/o entra en conflicto con los valores comunitarios. Asimismo, es problemática cuando pone al niño en riesgo de sufrir abuso por parte de otros, interfiere con su desarrollo y sus relaciones, viola normas, es autoabusiva y/o es definida por el niño como un problema. Ryan y Lane (1997) sostenían que los factores de igualdad, consentimiento y coerción son cruciales para definir la conducta sexual de un niño como abusiva, además de problemática.

Tras revisar la literatura actual sobre el problema de la conducta sexual, Jude Butcher y yo (Webster y Butcher, 2012) propusimos que la conducta sexual de los niños y entre ellos se categoriza mejor como conducta sexual saludable o problemática. Este sistema de clasificación no hace afirmaciones sobre la personalidad del niño. En cambio, intenta diferenciar el modo en el que la conducta es problemática y para quién es un problema la conducta, evitando etiquetas totalizadoras que patologizan al niño.

Proponíamos que la conducta sexual saludable comprende dos tipos: a) normativa, cuando las conductas sexuales son adecuadas a la edad y facilitan el desarrollo psicosexual; y b) exagerada, cuando la conducta sexual se sale de las normas relacionadas con la edad, pero no causa daño a ningún niño y se hace de modo que no exponga al niño indebidamente a reacciones agresivas por parte de otra persona (p. ej. actividad autoerótica inusualmente frecuente o experimentación sexual interpersonal). La conducta sexual problemática comprende tres subtipos: a) sexualizada, cuando el niño es perjudicado psicológicamente por su propia conducta, en tanto es indicativa de psicopatología (p. ej. una reactuación de un trauma previo); b) afrontante, cuando niño puede correr el riesgo de sanciones sociales en tanto sus conductas los ubican fuera de las normas sociales (p. ej. involucrarse en conductas sexuales en el patio del colegio); y c) perjudicial, cuando la conducta supone un riesgo de daño a los otros, donde están presentes cuestiones de desigualdad, ausencia de consentimiento y/o coerción. Estas definiciones se usan a lo largo de este artículo.

A lo largo de la última década, he articulado y defendido los derechos de estos niños tal como se prescribe en la Convención sobre los Derechos del Niño (Asamblea General de las Naciones Unidas, 1989). En resumen, he defendido que los niños que se involucran en una conducta sexual problemática tienen el derecho a ser vistos, escuchados, entendidos y conocidos como personas únicas y a ser respondidos de un modo que construya su sentido de dignidad y valía. Hasta la fecha, mi foco ha estado en las prácticas injustas de los sistemas administrativos en relación con estos niños (Webster y Coorey, 2004; Butcher y Webster, 2006) y en la necesidad de que los profesionales y paraprofesionales provean evaluación y tratamiento “al más alto estándar posible” (Asamblea General de las Naciones Unidas, 1989). Esto último requiere un alto grado de sabiduría (especialización) por parte de los clínicos que se involucran en las vidas de niños vulnerables y de sus familias (Webster, 2009; Wester y Butcher, 2012). He argumentado consistentemente a favor de que un mayor reconocimiento de la conducta sexual problemática y la especialización en las intervenciones profesionales es un derecho de todo niño. Mi interés en el fenómeno de la conducta sexual problemática entre los niños ha sido influenciado por mi historia de trabajar con muchos chicos en los últimos 30 años como psicólogo forense y psicoterapeuta. Este artículo examina dos estudios de casos en los que mi viaje psicoanalítico con cada uno de los niños influyó en gran medida en el desarrollo de mi enfoque centrado en los derechos humanos y en mi comprensión actual del fenómeno de la conducta sexual problemática prepuberal. Uno de estos casos, Sebastian, ha sido presentado en conferencias profesionales a lo largo de la última década (Webster y Coorey, 2004; Butcher y Webster, 2006; Webster y Butcher, 2012). Los caos de Sebastian y de Troy se mencionaron por primera vez en una publicación reciente (Webster y Butcher, 2012). Siguiendo la transferencia y la contratransferencia en estas relaciones terapéuticas, queda claro cómo se han ampliado mis horizontes de comprensión sobre la conducta sexual problemática entre niños y por qué creo que, desde una perspectiva de derechos humanos, es esencial que los insights del psicoanálisis contemporáneo se introduzcan en la conversión profesional y académica sobre este fenómeno.

Reconocimiento y respuestas a la conducta sexual problemática

La conducta sexual de los niños ha obtenido diversos grados de atención a lo largo de los siglos, donde se ha construido como natural o como mala, como insignificante o como una cuestión social importante (Jenkins, 2003). Sigmund Freud contribuyó a la conciencia profesional y de comunidad sobre el impacto de la conducta sexual en los niños en su primer escrito psicoanalítico hace más de un siglo (1896/1953a, 1896/1953b, 1896/1953c). Más recientemente, el reconocimiento del alcance y los efectos perjudiciales del abuso sexual en los niños ha aumentado como resultado de una gran cantidad de investigaciones realizadas a nivel internacional (por ejemplo, Finkelhor, 1982, 1983, 1986, 1994). Se podría decir que esto ha tenido lugar en el contexto del movimiento feminista de la segunda mitad del siglo XX, cuando se pusieron de manifiesto los abusos de poder infligidos por los hombres a las mujeres (Herman, 1992). En respuesta a las revelaciones que muchas mujeres hicieron de sus historias personales de abuso sexual cuando eran niñas, se inició una oleada de investigaciones en el mundo occidental dando lugar a importantes desafíos para las creencias previamente sostenidas en todas las sociedades (Sgroi, Canfield Blick y Sarnacki Porter, 1982).

La investigación sobre abuso sexual infantil ha dado lugar a una tendencia más fuerte a que los adultos consideren la conducta sexual entre niños con mayor seriedad. Los teóricos del desarrollo han afirmado que es saludable y evolutivamente normal tener alguna experiencia sexual en la infancia con compañeros de la misma edad, pero en algunas circunstancias hay motivo para una preocupación importante por su bienestar y el de los demás (Johnson y Feldmeth, 1993; Johnson, 1998, 2007). Del mismo modo que se considera que los encuentros sexuales instigados por los adultos hacen daño, se entiende ahora que los niños son igual de vulnerables al daño psicológico causado por una conducta sexual inadecuada cuando se inicia por otros niños y adolescentes.

Estudios de prevalencia recientes estiman, de forma conservadora, que aproximadamente un cuarto de los abusos sexuales contra niños es perpetrado por otro niño; generalmente un hermano o primo mayores (Criminal Justice Joint Inspection, 2013). Como consecuencia de una mayor concienciación del riesgo de daño que suponen unos niños para otros, mediante la conducta sexualmente abusiva, y de la mayor vigilancia en la sociedad occidental para detectar niños en riesgo, es más probable que se responda a las actividades sexuales entre niños con gran preocupación en todos los niveles dentro de la comunidad.

En Australia, como en muchos países, la policía y las autoridades de protección de menores están obligadas a investigar los informes de dicha conducta para identificar si se ha cometido un delito (la perspectiva policial) y si un niño ha sido dañado o es probable que lo sea (la perspectiva de la protección de la infancia y la prevención de abusos). Esto ha supuesto, claramente, un desarrollo importante en términos de defender y proteger el derecho a la protección de los niños que son víctimas. Sin embargo, como he sostenido anteriormente (Webster y Butcher, 2012), la policía y los investigadores de protección a la infancia están muy mal equipados para asegurar si la conducta sexual entre niños es abusiva o no.

La falta de conciencia sobre la diversidad y la complejidad de la conducta sexual de los niños ha permitido que se determine que un niño particular ha abusado, basándose en una conceptualización simplista y un enfoque formulista de la evaluación psicosexual con el modelo de árbol de decisión. En resumen, la policía y las autoridades de protección a la infancia examinan los casos sobre la base de datos conductuales ­–es decir, lo que se ha hecho y quién lo ha hecho– que encaja bien con la perspectiva policial y la escasa información psicológica que ofrece la formación policial. Sin embargo, en ausencia de una valoración o reflexión sobre los procesos, motivaciones y significados conscientes e inconscientes que contextualizan la conducta sexual prepuberal problemática, hay más riesgo de que los intervinientes –sean estos autoridades o clínicos– deshumanicen o traumaticen a los niños y a sus familiares. Esto no es menos cierto cuando hablamos de psicoterapeutas que ofrecen tratamiento sin tener en cuenta los complejos sistemas que hay en juego. Sin el reconocimiento del conjunto, el niño se convierte en el único portador de la responsabilidad por el problema que ha surgido dentro del sistema. La discusión sobre la moralidad y la eficacia de un rango de tratamiento tan restringido excede el alcance de este artículo.

La necesidad de una mayor formación

Un déficit importante en la evaluación y el tratamiento de niños que se considera que tienen una conducta sexual problemática lo encontramos en la escasez de investigaciones sobre el desarrollo sexual de los niños, y de la conducta sexual problemática específicamente. En la literatura se citan múltiples dificultades para reunir pruebas empíricas. O'Sullivan llegó a la conclusión de que "superar los obstáculos para realizar estudios sobre el comportamiento sexual normal de los niños es un objetivo ambicioso" (O'Sullivan, 2003, p. 30). La dificultad para estudiar el comportamiento sexual de los niños se atribuye a veces a las actitudes sociales hacia la naturaleza sexual de los niños (es decir, como asexuales o inocentes). Sin embargo, los investigadores también afrontan obstáculos metodológicos, entre ellos la preocupación por las reacciones de los niños a la participación en los estudios, la selección de una terminología adecuada a la edad para ser utilizada en las entrevistas o encuestas y la inevitable contaminación que afecta a la información retrospectiva. En consecuencia, "la sexualidad de los niños sigue siendo un terreno relativamente inexplorado y se necesita más investigación" (Friedrich et al., 2003, p. 119).

La investigación llevada a cabo por pioneros del campo contemporáneos no psicoanalíticos, como Friedrich (1990, 1997), Cavanagh-Johnson (1991) y Ryan (2000), contribuyó de manera significativa a resaltar la existencia (Flandreau-West, 1989) del fenómeno de la conducta sexual problemática exhibida por niños. Sin embargo, mi lectura de la literatura de investigación y la teorización sobre los niños que tienen una conducta sexual problemática (Webster y Butcher, 2012) sugiere que se han hecho pocos progresos desde el cambio de siglo. De lo que se ha publicado, se sabe muy poco sobre cómo o por qué surge la conducta sexual problemática en algunos niños. Poca o ninguna reflexión se hace sobre el significado de tal comportamiento para cada niño, o sobre su contexto relacional. No se presta suficiente atención a la influencia de las personas del entorno del niño, incluido el otro niño o niños con quienes tienen esas conductas sexuales, y sigue sin hacerse referencia a los múltiples sistemas que contextualizan e influyen en las acciones y los estados del self emergentes del niño. En otras palabras, hay muy pocas investigaciones centradas en este fenómeno, y de la teorización que se ha publicado hasta ahora, falta claramente un examen de las dimensiones subjetivas e intersubjetivas de la conducta sexual problemática que incluya una reflexión sobre los complejos sistemas en juego.

El sesgo de la literatura existente sobre el tema, que ignora los procesos inconscientes y está escrita desde una perspectiva psicológica unipersonal, tiene potencialmente importantes impactos perjudiciales en el bienestar emocional de los niños implicados, sus familias y comunidades. He intervenido en un caso en el que un niño de seis años y su familia fueron expulsados de la ciudad después de que un grupo de padres autodesignados decidiera que el niño era el único responsable de tener actividad sexual con otros niños. A pesar de mis mayores esfuerzos, los padres calificaron al niño de 6 años de pedófilo, bajo la suposición de que en numerosas ocasiones atraía a sus compañeros a los arbustos de camino a casa desde la escuela. Una perspectiva psicoanalítica contemporánea desafía tal pensamiento binario al tener en cuenta los significados, motivos y experiencia afectiva de los niños involucrados en la actividad sexual, y da la debida consideración a los sistemas relacionales en los que tal comportamiento emerge.

Como resultado de los últimos cuatro años de formación analítica, estoy convencido de que el psicoanálisis contemporáneo tiene mucho que aportar a la ampliación de los horizontes actuales de la comprensión de las conductas sexuales problemáticas de los niños y entre los niños para las autoridades, los clínicos y la comunidad en su conjunto. Ya sea desde una psicología del self, desde la teoría de los sistemas intersubjetivos, la teoría de la complejidad psicoanalítica, la lente de las relaciones interpersonales u objetales, las teorías psicoanalíticas contemporáneas me han sido particularmente útiles para dar más sentido al material clínico que he encontrado en los últimos 30 años. Además, el examen y debate de un siglo de duración sobre los procesos, los motivos y los significados conscientes e inconscientes de la experiencia subjetiva e intersubjetiva se unen ahora para ofrecer una comprensión más completa sobre la conducta sexual de los niños. Las comprensiones de orientación psicoanalítica pueden dar lugar a respuestas que no sólo reconocen la singularidad del individuo y su interconexión en los complejos sistemas de los que forma parte, sino que, al hacerlo, ofrecen un mayor alcance para respetar y fomentar los derechos humanos de los niños y sus familias. Hay tres teorías que son de particular interés aquí.

Psicología del self de sistemas evolutivos

En su modificación de la teoría anterior (Shane, Shane y Gales, 1997), Estelle Shane (2006) tiene en cuenta las conclusiones de las investigaciones en infantes (Beebe, 2005; Beebe y Lachmann, 1998a, 1998b; Beebe et al., 2003; Sander, 1962, 1988; Slade, 1999a, 1999b, 2008; Stern, 1985, 1990; Tronick, 1989, 2003; Tronick y Cohn, 1989; Tronick y Weinberg, 1997), la investigación sobre el desarrollo cognitivo (Bucci, 1998; Lyons-Ruth, 1999, 2003) y la neuropsicología (Damasio, 1994, 1999; Edelman, 1987, 1990, 1992) para explicar el desarrollo, la estabilización y el mantenimiento de un self cohesivo. A esta lista añado las contribuciones del Boston Change Process Study Group (2005, 2007, 2008, 2013) en su seguimiento de los procesos implícitos e intersubjetivos de la relación.

La investigación sobre infantes, en particular a través de una lente psicoanalítica, se centra en los procesos intersubjetivos entre las madres y sus bebés durante los primeros años de vida del niño. Los investigadores identificados anteriormente (como Daniel Stern, Sander, Tronick y Cohn, Lachmann y Beebe, y Lyons-Ruth) han examinado atentamente las secuencias interactivas de las estrategias adaptativas entre madres e hijos, que dan lugar a (y resultan de) procesos de negociación continuos. Las formas emergentes de estar con el otro se conceptualizan como co-construcciones de conocimiento procedimental implícito entre la madre y el niño, dando lugar a un conocimiento relacional implícito.

Daniel Stern y sus colegas (Stern et al., 1998) afirmaron que la experiencia que el niño tiene de los cambios y desafíos en el entorno intersubjetivo tiene como resultado un conocimiento relacional implícito cada vez más coherente que se modifica a lo largo de la vida. Aunque el conocimiento relacional implícito se organiza inicialmente dentro de la diada madre-infante, su desarrollo guía posteriormente las interacciones con los otros. Según esta teoría, se puede decir que el modo que el niño tiene de estar con niños más jóvenes y mayores que él, hermanos y compañeros -incluyendo los de naturaleza sexual- tendrá sus antecedentes en los patrones de interacción con su cuidador primario (generalmente la madre) durante la infancia.

Me ha parecido que los conceptos de conocimiento relacional implícito e influencia mutua son de gran valor explicativo a la hora de considerar la dimensión fenomenológica y conductual de la conducta sexual de los niños. Puesto que los niños no solo desarrollan una capacidad de predecir e influir en los otros significativos desde sus primeros días, la organización relacional implícita que se construye con el tiempo y que potencialmente se trae a las relaciones a lo largo de la vida es de obligada relevancia para las relaciones sexuales entre niños.

Como sostiene Shane, “En la experiencia de una persona existen múltiples estados de organización del self, estados que incluyen sus propios motivos, historias, estados de ánimo y afectos” (Shane, 2006, p. 35). Se requiere más investigación para asegurar cómo el patrón relacional con los cuidadores primarios da lugar a un estado o estados del self que pasa a un primer plano cuando más tarde el niño se involucra en actividad sexual estando solo o con otros.

Teoría de los sistemas motivacionales

La teoría de los sistemas motivacionales desafía dramáticamente la noción predominante planteada en la literatura contemporánea no analítica de que la conducta sexual problemática está motivada bien por un despertar sexual prematuro, o por una agresión directa. Este punto de vista está probablemente menos relacionado con la teoría de la sexualidad infantil de Freud (1905/1962) - donde postuló que la libido es un objetivo dirigido a producir gratificación sexual o liberación agresiva- y más relacionado con la teoría feminista que ha dominado el discurso sobre el abuso sexual en el último medio siglo (Sgroi, Canfield Blick y Sarnacki Porter, 1982). Lichtenberg, Lachmann y Fosshage identificaron siete sistemas motivacionales, que conceptualizan como "los componentes y la organización de los estados mentales y el proceso a través del cual se despliegan las intenciones y los objetivos" (Lichtenberg, Lachmann y Fosshage, 2011, p. xiii).

Aunque la teoría de los sistemas motivacionales reconoce la sexualidad y el antagonismo como dos elementos intersubjetivamente emergentes de dos sistemas más amplios (el sistema sensual/sexual y el sistema aversivo), amplía los horizontes de la comprensión de la conducta sexual de los niños considerando un rango más complejo de sistemas motivacionales. Basándome en mi lectura de la literatura y en mis 30 años de experiencia clínica, ahora me hallo en posición de argumentar que la conducta sexual entre niños puede estar motivada por:

  • El sistema de regulación fisiológica: la experiencia sexual puede servir a la necesidad y el objetivo de regular a un niño cuando está hiperestimulado, o regularlo hacia arriba si está hipoestimulado (Schore, 2003, 2011);
  • El sistema explorador/asertivo: el desarrollo psicosexual de los niños desde la infancia hasta la etapa adulta puede verse facilitado por la exploración sexual y el deseo de perseguir un interés sexual (Delamater and Shibley Hyde, 2008), construyendo así la percepción, la cognición, el afecto, la memoria y la conciencia recursiva;
  • El sistema sensual/sexual: la conducta sexual de un niño puede estar motivada no solo por la gratificación sexual; el contacto sexual involucra al tacto, que es crucial y necesario para el desarrollo del niño desde la infancia. Puede que el contacto sexual entre niños resulte de una progresión evolutiva que amplía la experiencia sensual madre-niño a las relaciones sensuales con pares;
  • El sistema de apego: un niño puede involucrarse en una actividad sexual para tener una experiencia de seguridad psicológica que, en circunstancias normales, provee la madre o el cuidador primario;
  • El sistema de cuidados: el contacto sexual entre niños puede tener lugar cuando predominan las intenciones, necesidades, deseos y estado mental del otro, y el interés propio del niño se suprime para involucrarse en lo que se percibe como una actividad de cuidado hacia el otro niño;
  • El sistema afiliativo: en algunos casos (y en asociación con otros sistemas motivacionales), el afecto, la intención y los objetivos del niño respecto a su afiliación a la familia, el colegio, la raza, la clase social, el clan étnico, el grupo religioso, el grupo de edad y su país pueden ser motivadores de conducta sexual; y
  • El sistema aversivo: además de la afirmación bastante obvia de que la conducta sexual problemática (en particular la conducta sexual abusiva) puede estar motivada por un afecto, intenciones y objetivos antagónicos, el contacto sexual problemático puede estar motivado por una retirada esquizoide que borra la subjetividad del otro.

Complementariedad

El concepto de Jessica Benjamin (2004) de la relación entre “el que hace y a quien se hace” (p. 9), descrito en su teoría de la complementariedad escindida identifica las interacciones de “empujar-tirar” entre personas que son siempre vulnerables a reaccionar contra las experiencias de dominación por parte de otra persona de una manera polarizada (Benjamin, 2010). Con ello, la teoría de Benjamin ofrece una comprensión más plena de la psicodinámica consciente e inconsciente del poder, que subyace a todas las formas de abuso. Aquí, la teoría tripartita unipersonal, reduccionista, propuesta por Ryan y Lane (1997) -a la que nos hemos referido previamente- puede reformularse para examinar el cambiante territorio de igualdad, consentimiento y coerción que ocupa el campo interpersonal, diádico, subrayado por Benjamin.

La noción de complementariedad de Benjamin (1998) tiene una aplicación obvia a las interacciones sexualmente abusivas entre niños, en contraposición a la actividad sexual que surge de motivos, intenciones y objetivos no aversivos. Puesto que todas las formas de conducta sexual entre niños pueden entenderse como co-construidas intersubjetivamente, la teoría de la complementariedad escindida y el reconocimiento mutuo de Benjamin ofrece una lente alternativa, de mayor resolución, a través de la cual se puede examinar la conducta sexual problemática. La conceptualización intersubjetiva de la conducta sexual problemática desafía las opiniones polarizadas que se sostienen actualmente sobre cada niño involucrado como, o bien un niño bueno o un niño malo, el que hace y a quien se hace (como se demuestra en el caso de los niños de 6 años mencionados anteriormente.  Además, el desarrollo de la capacidad del niño para el reconocimiento mutuo (intersubjetividad) es un valioso objetivo de tratamiento para los niños que tienen una historia de participación en una conducta sexual problemática.

Estudios de caso

Un enfoque del tratamiento centrado en los derechos humanos, basado en los principios psicoanalíticos, afirma que el proceso de curación solo puede tener lugar en el contexto de una relación que privilegie la unicidad, la dignidad y los derechos del paciente y que sea lo suficientemente fuerte como para reconocer cualquier pensamiento, sentimiento y experiencia interpersonal que los disminuya. A continuación, se presentan dos estudios de caso que demuestran la valiosa contribución de la teoría psicoanalítica a la comprensión y el tratamiento de la conducta sexual problemática entre niños, con sensibilidad hacia los derechos humanos.

Sebastián

Sebastián es el mayor de tres hermanos, de los que se informó que habían participado en actividades sexuales durante un período de 6 meses cuando tenían 11, 9 y 7 años respectivamente. Los chicos jugaban a lo que llamaban "El juego del baile sucio", un juego que consistía en bailar al ritmo de la música y desnudarse. Un primo mayor se enteró de los juegos y se lo dijo a su orientador, que tenía la obligación de informar. Esto llevó a que se notificara a la policía y a las autoridades de protección de menores.

Durante la investigación policial del supuesto delito de agresión sexual, los dos hermanos menores explicaron que "les gustaba" y "era divertido", pero que cesó dos años antes por insistencia de sus padres y porque querían tener novias cuando crecieran. El niño más pequeño contó a la policía y a los asistentes sociales una ocasión en la que Sebastián le había sugerido que debía insertar su pene en el ano de Sebastián. No fue posible la penetración y así se reanudó "el juego de baile sucio". En opinión de la policía, esta fue la acusación más seria de todas las conductas reportadas. El hermano también habló de una ocasión en la que Sebastián le había ofrecido jugar a su juego de ordenador si volvía a jugar al "juego del baile sucio" una vez más.

Finalmente, el equipo de investigación decidió que el comportamiento sexual de Sebastián constituía un abuso sexual, debido a la diferencia de edad entre él y el hermano menor (4 años) y a que se ofreció el uso de su juego de ordenador como soborno por participar en actividades sexuales. Sin ser entrevistado, se ordenó que Sebastián saliera de la casa inmediatamente y asistiera a un programa de tratamiento para abusadores sexuales. El tribunal dictó una orden que restringía el contacto entre los niños. Fue en este punto en el que se me pidió que evaluara el nivel de riesgo que Sebastián suponía para los niños y las necesidades de tratamiento asociadas.

Mi primera acción fue reunir a la familia para discutir lo que había ocurrido en términos tanto de la actividad sexual como del proceso de investigación. Las sesiones individuales con Sebastián se hicieron eco del afecto y la extrema preocupación expresada por la familia. Además de los aspectos perturbadores de la experiencia, Sebastián habló de profundos sentimientos de humillación y vergüenza por su papel en la ruptura de su familia, y por el conflicto de la familia con las autoridades.

En respuesta al entorno seguro y no adverso que ofrecí, la familia compartió conmigo mucho sobre sus problemas. Juntos, pudimos identificar una serie de dinámicas familiares que dieron lugar a lagunas en la capacidad de los padres para proteger a sus hijos. Una vez que se estableció una relación respetuosa y todos los miembros de la familia se sintieron lo suficientemente respetados como para hablar abiertamente, quedó claro que todos los miembros de la familia tenían antecedentes de abuso sexual por parte de personas ajenas a la unidad familiar. Durante el curso de mis entrevistas, los chicos revelaron que cada uno de ellos había sido abusado sexualmente por un vecino. Sebastián reveló una violencia significativa en sus experiencias de abuso y, por primera vez, pudo hablar con sus padres sobre los orígenes de algunos de sus problemas físicos que habían sido resultado de las agresiones.

Mi contratransferencia inmediata y consciente hacia la familia fue reconocer mi entusiasmo por la disposición de la familia a desafiar a las figuras de autoridad con respecto a sus opiniones desacertadas y su abuso de poder. Al mismo tiempo, temía que la familia se enfrentara a un desafío del tipo "David y Goliat", ya que había visto cómo esos esfuerzos hacían más daño que bien en muchas ocasiones. Mi historia de haber sido sujeto de prácticas injustas por parte de las autoridades ciertamente proporcionó un contexto para mi apoyo a la familia en la búsqueda de ser escuchados por aquellos que se suponía iban a ayudar, pero que solo los habían herido. La familia estaba claramente en una relación del tipo "el que hace o a quien se hace" con la policía y las autoridades de protección de la infancia, y yo admiraba la capacidad de la familia para expresar su rabia de manera tan articulada y apasionada, algo que yo no había podido hacer previamente en mi vida. Sin embargo, también empecé a sentir un roce (D. B. Stern, 2010), ya que la familia permanecía bloqueada en una batalla para que el Estado reconociera las injusticias cometidas. Empecé a preguntarme dónde la experiencia de la vulnerabilidad podría existir, ser pensada y encontrar un hogar relacional.

Esta conciencia fue la más mutativa en los años de trabajo que siguieron con Sebastián en psicoterapia individual dos veces a la semana. Durante este tiempo, se mantuvo una tensión dialéctica entre adoptar una posición poderosa de búsqueda de justicia (en alianza con la respuesta de su familia a la incursión oficial) y permitir un espacio para conocer su vulnerabilidad y sufrimiento. Juntos, pudimos explorar la grave limitación y el estrechamiento de los horizontes de experiencia emocional de Sebastián, acompañados de sentimientos de aislamiento, vergüenza y autodesprecio, y traer a la conciencia las consecuencias de sus significados duraderos y aplastantes (Stolorow, 2007).

Mi contratransferencia al fuerte deseo de Sebastián y su familia de manifestarse en contra de la injusticia permaneció conmigo y, en última instancia, me llevó a desarrollar y defender el enfoque centrado en los derechos humanos. Siempre me inspirará la articulación del (entonces) niño de 14 años de edad de los diversos aspectos de su vulnerabilidad en esta situación. Mi contratransferencia al daño que se le hizo me permitió localizar un punto de apoyo para explorar la experiencia de muchos niños que son señalados ante las autoridades. Simultáneamente, creó un segundo punto de apoyo para la necesidad de atender a la experiencia subjetiva que llevó a las autoridades a prestar atención en primer lugar. Con al menos dos puntos de apoyo a la vista, fuimos capaces de navegar a través de aguas turbulentas sin naufragar.

Durante las sesiones individuales, Sebastian habló de cómo amaba a sus hermanos y no creía que su actividad sexual fuera más que "hacer el tonto". Ciertamente no reconocía el daño que se estaba haciendo, ni sentía particularmente que él fuera el instigador. La comprensión consciente por parte de Sebastián de su propio comportamiento era consistente con los sistemas de motivación sensual/sexual, afiliativo y quizás explorador propuestos por Lichtenberg, Lachmann y Fosshage (2011). Aunque en ese momento tomé en serio la perspectiva de Sebastián, a la luz de la teoría de los sistemas motivacionales, también especulé que era muy probable que también estuviera en juego el sistema de apego. Considero muy probable que, en vista de la dinámica del trauma intergeneracional, Sebastián (y sus hermanos) se involucraran en el juego sexual para producir una experiencia de seguridad psicológica que no le era proporcionada por los padres, debido a sus propias respuestas disociativas a sus experiencias de abuso durante la infancia.

Estoy de acuerdo con la policía y los trabajadores sociales en que el caso de Sebastián era un caso de conducta sexual problemática. Sin embargo, rechazo su diagnóstico de que era un abusador sexual; una etiqueta, debo añadir, que es de por vida en muchos aspectos. De acuerdo con el sistema que he desarrollado (Webster y Butcher, 2012), la conducta sexual de Sebastián era claramente de tipo sexualizado. De ninguna manera necesitaba ser apartado del cuidado de sus padres, ni necesitaba un tratamiento específico para agresores sexuales. Su trauma necesitaba ser reconocido y necesitaba un hogar relacional en el que pudiera descubrirse a sí mismo en diálogo con un otro sintonizado empáticamente. Afortunadamente, estaba dispuesto a aceptar mi oferta de trabajar juntos para entender sus procesos y motivos conscientes e inconscientes, los significados subjetivos de su problema de comportamiento sexual y su impacto en los demás.

Troy

Troy tenía 5 años cuando me lo remitieron para que lo tratara. En este momento, había estado bajo el cuidado del Estado la mayor parte de su vida y lo seguiría estando hasta los 18 años. Fue apartado del cuidado de sus padres biológicos debido a abuso físico y emocional extremo, además de su fracaso persistente para supervisarlo. Troy fue referido a mí como experto en la evaluación y tratamiento de niños con conducta sexual problemática. Durante los dos años anteriores, Troy había exhibido una serie de conductas sexuales violentas que causaron daños físicos y psicológicos a varios niños que eran considerablemente más jóvenes que él.

Troy y yo establecimos inmediatamente una relación de trabajo positiva. Una vez que Troy se dio cuenta de que no se encontraba en apuros, la terapia de juego le pareció emocionante, y se unió a mí en la espera de cada sesión. Después de unas pocas semanas de cooperación y actividad placentera juntos, Troy comenzó a volverse ansioso y a enfadarse rápidamente cuando no podía salirse con la suya el 100% de las veces. Surgió el conflicto en la transferencia y la contratransferencia. En el transcurso de unas pocas semanas, Troy me dio una experiencia directa de su mundo de “el que hace o a quien se hace".

Troy fluctuaba entre experimentarme como su compañero de juego favorito o como su archienemigo, a quien necesitaba controlar mediante la violencia y la agresión. Mis sentimientos hacia él variaban casi igual de rápido, viéndolo como un niño vulnerable un minuto, y un psicópata del futuro en el siguiente.  Nuestros juegos de lucha con espadas se caracterizaban, al principio, por una diversión alegre y emocionante. Sin embargo, a medida que la inevitable tensión de ganar y perder se hacía sentir, la lucha con espadas se convirtió en cualquier cosa menos en un juego. Al llegar a su límite, Troy buscaba dominarme para cumplir con cada una de sus demandas, a menudo por lo que parecía una eternidad dentro de la sesión de 50 minutos.

Yo, por supuesto, respondí a estas demandas con las mías. Troy necesitaba dejar de ser malo y convertirse en un buen chico con el que fuera más agradable estar, como el personaje de cuento de Pinocho (Collodi, 1883). Yo quería que nuestras formas emergentes de estar juntos fueran armoniosas y positivas. Quería y necesitaba que el conocimiento relacional implícito de Troy coincidiera con el que yo había llegado a manifestar en respuesta a mis propias dificultades durante la infancia. Si Troy fuera más tolerante y complaciente con mi regla subyacente e inconsciente -serás feliz-, las cosas irían bien entre nosotros. Por supuesto, para tomar este camino, Troy tendría que haberse convertido en el niño sumiso, sin ningún sentido de subjetividad o agencia en el que yo me había convertido durante mi infancia. En esta configuración relacional, la única forma aceptable de estar con otro era en un estado fusionado, de deferencia a las demandas y, en ocasiones, a las acciones abusivas del otro. Para tomar este camino, Troy tendría que haberse convertido en un personaje de ficción que, como marca de su fortaleza, no toleraría. Hubo muchas sesiones en las que temía su llegada a la sesión. Cada vez más, sentía que no tenía ni la energía ni la capacidad para ayudarlo.

La calidad volátil de la relación terapéutica dio un giro de manera bastante accidental cuando se planteó el dilema de privarlo de un juguete prometido que yo había dejado en otra habitación (lo que significaba que tendría que dejarlo sin supervisión en ese momento -una posibilidad aterradora para ambos-) o llevarlo conmigo para recoger el juguete (lo que significaba dejar la sala de juegos y exponer a Troy a partes de la oficina a las que antes se le había negado el acceso). Opté por lo último. En nuestro camino a la sección trasera del despacho, Troy observó un pequeño jardín. Inmediatamente quiso jugar conmigo afuera. Para mí, de acuerdo con mi anterior supervisión, una mala situación estaba empeorando. Yo había aceptado las severas prohibiciones de salir de la habitación, por lo que la propuesta de Troy de que jugáramos afuera estaba fuera de discusión. Bajo la presión de la implacable súplica de Troy (en lugar de las demandas) que debió continuar (in aeternum) durante al menos 60 s, acepté jugar fuera con él durante solo tres minutos, después de los cuales tendríamos que volver a la habitación "para jugar". Tres minutos se convirtieron en el resto de la sesión, y nunca más volvimos a la sala de juegos que se había convertido en una prisión para ambos.

Las sesiones en el patio trasero tuvieron un impacto positivo masivo en el éxito del tratamiento. Mientras Troy insistía en que limpiáramos juntos la hierba del jardín, el mundo de "el que hace y a quien se hace" dio paso a momentos de conversación tranquila sobre cómo había sido su semana, cómo echaba de menos a su padre y cómo odiaba que su hermano pequeño fuera el favorito de su madre. Nuestros lapsos de complementariedad volvían de vez en cuando (a menudo en el momento de regar el jardín), pero ambos estábamos más dispuestos a hablar de la experiencia en lugar de intensificar las hostilidades. De manera más poderosa, nuestra fuga del mundo de las reglas restrictivas del consultorio (y para mí, de un modelo prescriptivo de psicoterapia infantil) nos liberó para construir nuevas rutinas que fueron co-construidas, y abrió el espacio para que nos involucráramos en un juego improvisado (Ringstrom, 2012, 2014) que alentó la conexión y la reflexión -algo que ambos deseábamos.

Los informes sobre los progresos en sus relaciones y actividades fuera del ámbito del tratamiento comenzaron a ser comunes a medida que crecía nuestra capacidad de mentalización compartida (Fonagy, 2004, 2006). Las conductas sexuales de Troy hacia los niños en la escuela cesaron, y se reconoció la mejoría en su rendimiento en la escuela y en sus relaciones con los compañeros. De vez en cuando surgían episodios de comportamiento agresivo. El tratamiento terminó después de 3 años de sesiones dos veces por semana. Según lo último que supe, los beneficios que resultaron del tratamiento se mantenían. Se entiende que Troy es mucho mejor en la regulación de sus estados afectivos y es más capaz de reflexionar sobre su contribución a las relaciones conflictivas con los adultos y los compañeros. Su ubicación en un hogar de acogida se ha mantenido estable.

No hay duda de que Troy tenía un problema de conducta sexual bien establecido que era claramente del tipo perjudicial. Desde una perspectiva forense, la gravedad y frecuencia de su conducta en el momento de la derivación, y su resistencia a las intervenciones conductuales no auguraban nada bueno para su pronóstico. Sin embargo, dado el exitoso resultado, la relación terapéutica con Troy es un gran ejemplo de lo que la teoría y la práctica psicoanalítica pueden ofrecer a los niños traumatizados que traumatizan a otros. Solo mediante la lucha de ambos con nuestra transferencia y el choque de los procesos implícitos e intersubjetivos de relacionamiento, fuimos capaces de percibir al otro como una persona completa, que podía ser a la vez frustrante y deliciosa.

Conclusión

Tanto Sebastián como Troy se involucraron en el comportamiento sexual con otros niños como una expresión de sus procesos, motivos y significados únicos, conscientes e inconscientes, asociados con su historia de relación con los demás. Con sus conductas descontextualizadas, fueron redefinidos como amenazas a manejar, en lugar de como niños a los que proteger, valorar y escuchar. Sebastián fue reducido al estatus de abusador sexual delictivo por profesionales que se agarraron a las escasos rastros de la investigación empírica disponible sobre la conducta sexual problemática. Troy, al nacer en una familia extremadamente abusiva y negligente, y repitiendo mucho de lo que había presenciado y experimentado directamente, fue constantemente rechazado en los hogares de acogida y en la escuela, y fue reducido a la condición de niño incontrolable.

Ambos niños se encontraban en la posición del otro (Sperry, 2013) por parte de una sociedad que sabe muy poco, se apresura a castigar y rara vez ofrece oportunidades terapéuticas a esos niños. Sin embargo, los casos de Sebastián y Troy son raros en el sentido de que a ambos se les dio finalmente la oportunidad de recibir un tratamiento sustancial, como es su derecho (Webster y Butcher, 2012). La mayoría de los niños que tienen conductas sexuales problemáticas no se salvan de su hambre de un hogar relacional donde su trauma y sus consecuencias puedan ser contenidos, expresados y comprendidos. Ambos chicos obtuvieron ganancias significativas en el tratamiento psicoanalítico. El seguimiento varios años después encontró que ninguno de los chicos había tenido una conducta sexual inapropiada con otros tras el cese del tratamiento.

Sebastián y Troy me han enseñado muchas cosas. De hecho, han sido los mejores maestros. Gran parte de nuestro tiempo juntos ha sido difícil. Ha sido difícil escuchar sus palabras, comprometerse con su experiencia emocional, y más difícil aún, entender la profundidad y la amplitud de los múltiples significados de sus formas de estar en el mundo.  Pero creo que su influencia sobre mí, y mi influencia sobre ellos, ha sido profunda y transformadora de vida. Sebastián me enseñó el valor que se puede reunir cuando se está bajo el dominio de autoridades externas, y el valor sustentador del apoyo familiar. Troy me enseñó que, para superar las secuelas destructivas del abuso infantil, hay que negociar y vivir nuevas formas de estar con otra persona. También me enseñó que el camino hacia la recuperación nunca es predecible, lineal, ni de la manera que uno prefiere que sea.

Mi relación con Sebastián y Troy me ha enseñado que hay muchas maneras de interpretar la conducta sexual problemática entre los niños, y todavía tengo muchas preguntas que surgen de las conversaciones que he tenido con ellos a lo largo de los años. Como sugieren estos breves estudios de casos, la teoría y la práctica psicoanalíticas tienen mucho que ofrecer a los profesionales que trabajan con niños que han tenido una conducta sexual problemática. La publicación de otros estudios de casos ofrecerá un mayor conocimiento de este fenómeno. Sin embargo, en el mundo de la erudición contemporánea, que aún está en manos de un régimen empiricista de la verdad, hace falta más para que la voz analítica sea escuchada y valorada. Se necesita una investigación que se base en una variedad de metodologías. Si esto ocurre, se impulsarán los derechos inalienables de los niños a ser reconocidos como únicos y a ser tratados con dignidad.

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