aperturas psicoanalíticas

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revista internacional de psicoanálisis

Último Número 066 2021 Monográfico. El psicoanálisis ante la sexualidad y el género en nuestro tiempo

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La atracción hacia el abrumamiento: consentimiento, riesgo y la retraducción del enigma

The draw to overwhelm: consent, risk, and the retranslation of enigma

Autor: Saketopoulou, Avgi

Para citar este artículo

Saketopoulou, S. (2021). La atracción hacia el abrumamiento: consentimiento, riesgo y la retraducción del enigma. Aperturas Psicoanalíticas (66), Artículo e8. http://aperturas.org/articulo.php?articulo=0001143

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Resumen

El concepto de consentimiento afirmativo supone que el sujeto es totalmente transparente para sí mismo y que puede anticipar los efectos precisos de su asentimiento. Este ensayo propone el consentimiento límite, un concepto que nos ofrece diferentes formas de pensar sobre lo sexual y sobre el encuentro analítico. El consentimiento límite implica una negociación más matizada de los límites y se hace posible cuando el sujeto se hace pasible (Lyotard, 1988) a otro, una condición que no es ni activa ni pasiva. Los procesos descritos en profundidad aquí sugieren que la pasibilidad tiene vínculos con el despertar de la sexualidad infantil (Freud) y con la perversidad normativa del sujeto (Laplanche). Cuando la economía psíquica de la sexualidad infantil es seguida hasta su cúspide, se produce un tipo de estado particular que yo llamo "abrumamiento", palabra que se utiliza aquí como sustantivo. Abrumar es un estado de desregulación que puede ser confundido con la compulsión de repetición, pero no es lo mismo que esta. La sobrecarga implica un riesgo, y bajo algunas circunstancias puede abrir espacio para transformaciones psíquicas significativas. Un ejemplo clínico detallado ilustra cómo la sobrecarga puede darse a conocer en el encuentro clínico, y cómo puede infiltrarse en la transferencia/contratransferencia. Se hacen sugerencias técnicas específicas en relación con el trabajo analítico con el abrumamiento.

Abstract

The concept of affirmative consent presumes a subject who is fully trans- parent to herself and who can anticipate the precise effects of her assent. This essay proposes limit consent, a concept that offers us different ways to think about the sexual—and about the analytic encounter. Limit consent involves a more nuanced negotiation of limits and becomes possible when the subject makes herself passible (Lyotard 1988) to an other—a condition that is neither active nor passive. Processes described in depth here suggest that passibility has ties to the rousing of infantile sexuality (Freud) and to the subject’s normative perversity (Laplanche). When the psychic economy of the infantile sexual is followed to its apex, a particular kind of state is produced that I call overwhelm—a word that is used here as a noun. Overwhelm is a state of dysregulation that can be con- fused with, but is not the same as, repetition compulsion. Overwhelm entails risk, and under some circumstances it may open up space toward significant psychic transformations. A detailed clinical example illustrates how overwhelm may make itself known in the clinical encounter, and how it can infiltrate the transference/countertransference. Specific technical suggestions are made regarding analytic work with overwhelm.


Palabras clave

abrumamiento, consentimiento, consentimiento límite, más y más, pasibilidad, perversión, placer del sufrimiento, riesgo, sadomasoquismo, sexual, sexualidad infantil, SM.

Keywords

overwhelm, limit consent, consent, passibility, risk, infantile sexuality, sexual, more and more, suffering pleasure, sadomasochism, perversion, SM.


Artículo traducido y publicado con autorización: Saketopoulou A. The draw to overwhelm: Consent, risk, and the retranslation of enigma. Journal of de American Psychoanalytic Association, 67(1), 133-167. https://doi.org/10.1177/0003065119830088. PMID: 30880418.

Traducción: Marta González Baz
Revisión: Lola J. Díaz-Benjumea

 

[…] subsiste en nosotros una parte silenciosa, esquiva e inasible. En la región de las palabras, del discurso, esta parte es desatendida... normalmente se nos escapa […] el lenguaje está [por tanto] desposeído, no puede decir nada [...] [el lenguaje] se limita a robar estos estados de la atención.

­–Georges Bataille (1954/1988, p. 14, cursivas añadidas)

Una colega, a la que llamaré Imani, está jugando con su hija de cuatro años, Lumi[1]. "¡Sé el monstruo!" la instruye Lumi. Inmediatamente, transformándose en un ogro imponente, Imani salta hacia adelante. Atrapa a Lumi. "¡Te comeré!" gruñe amenazadoramente. Lumi se retuerce dentro del firme agarre de Imani, chillando con deleite. Se defiende, riéndose con abandono. Entonces, de repente, grita "¡Para!" Imani se detiene. Se miran la una a la otra; pasa un momento. "¡Otra vez!" ordena Lumi. Imani empieza de nuevo. Otra vez la agarra, otra vez el monstruo temible, otra vez siniestro y espantoso. Lumi se ríe. "¡Para!", ordena de nuevo. Imani se detiene. Ensayan este escenario durante un rato. Unas pocas repeticiones después Lumi parece insatisfecha. Entonces, ¡una solución! "Vamos a jugar un juego diferente", anuncia. "Te digo que seas el monstruo; me agarras y me asustas; te digo que pares; pero esta vez -puntualiza cada palabra- ¡Tú! ¡no! ¡ paras!" "¿No?" Imani duda. "No", responde Lumi con confianza, "sigues y sigues, más y más". "¿Qué pasa si es demasiado?" pregunta Imani con ansiedad. La niña, sin embargo, parece totalmente desinteresada en esta cuestión adulta de seguridad y calibración cuidadosa. La cuestión de los límites de seguridad no parece preocuparla: "¡No tienes que parar, o no funcionará!", dice con impaciencia. "No te preocupes, sigamos adelante, más y más".

Tomo este intercambio lúdico para discutir los vínculos entre el consentimiento y la economía psíquica de lo sexual, un término de Laplanche que en su francés original es un neologismo. En inglés está en cursiva para destacar su diferenciación de la sexualidad per se. Explicaré este concepto con más profundidad más adelante, pero por ahora baste decir que "lo sexual es múltiple, polimorfo. El descubrimiento fundamental de Freud, es [...] el objeto del psicoanálisis" (House, 2017, p. 796). También exploraré los estados de desregulación productiva que llamo abrumamiento[2], en la acción de retraducir el enigma. El ensayo está organizado en tres partes.

La parte I explora la topografía psíquica del consentimiento, un concepto que recibe una muy necesaria atención a través de la visibilidad del movimiento #MeToo. La noción de consentimiento afirmativo entiende el consentimiento como procedente de un sujeto que es totalmente transparente para sí misma y que, al pensar conscientemente y decidir racionalmente, puede anticipar los efectos probables de su asentimiento. El consentimiento afirmativo pone en primer plano una comunicación clara para evitar malentendidos y fomentar experiencias mutuamente satisfactorias en los encuentros sexuales de los adultos. Introduzco un tipo diferente de negociación de consentimiento que añade más complejidad. El consentimiento límite no se centra en (re)producir una experiencia de satisfacción, sino que trabaja para facilitar la novedad y la sorpresa. A diferencia de su contraparte afirmativa, no depende de respetar los límites sino de transgredirlos. El consentimiento límite funciona en un tiempo no lineal, diluye la división entre activo y pasivo, y se acerca peligrosamente a la línea de algo que va mal. ¿Por qué jugar con fuego? Porque, propondré, el consentimiento límite permite la búsqueda de los estados de abrumamiento de los que hablaré en la siguiente sección.

La parte II comparte las sensibilidades analíticas de Muriel Dimen (1999, 2003) y Ruth Stein (1998, 2006, 2008) en relación con el poder de atracción de la sexualidad y su potencial transformador; atiende al ruego de Stein (2008) de que rehabilitemos la noción de exceso en la experiencia sexual. En esta sección defiendo la utilidad conceptual y clínica del territorio psíquico que llamo abrumamiento, que se produce cuando las excitaciones en aumento se llevan al límite. El abrumamiento es un estado desregulado que no está en el ámbito de la compulsión de repetición. Tampoco es necesariamente autodestructivo, aunque sí supone un riesgo. El abrumamiento difiere de las desregulaciones que surgen de una historia de desatención parental (Lyons-Ruth 1999, 2006), de sobreestimulación o de trauma (en lo sucesivo, para distinguirlas del abrumamiento, desregulaciones malignas).  A diferencia de la desregulación maligna, el abrumamiento es un estado impulsado que en su mayor parte surge dentro de una díada sintonizada. Si bien su fenomenología de excitación excesiva hace que parezca similar a las desregulaciones malignas o a la sobreestimulación traumática, se entiende mejor en términos del régimen económico de la sexualidad infantil. El abrumamiento es un estado extremo que puede provocar la ruptura del Yo, un desbloqueo radical del Yo que desentraña las traducciones anteriores que pueden estar en un punto muerto, para dar lugar a otras nuevas. El abrumamiento puede alcanzarse a través de diversos caminos y requiere repeticiones considerables y de gran esfuerzo. La sexualidad, sugiero, especialmente la sexualidad en sus versiones transgresoras y perversas, puede estar idealmente equipada para incitar al abrumamiento.

A lo largo del artículo, utilizo el término perverso no como marcador de una sexualidad patológica, sino en su significado analítico original, para denotar una sexualidad que es polimorfa, que tiene objetos intercambiables, que es fragmentaria y que no está organizada reproductiva o heterogéneamente (Freud, 1905/1953b; Van Haute y Westerink, 2016). En la sección clínica, situaré el término en el contexto de los intentos realizados en algunas comunidades queer de resignificar y empoderar las prácticas sexuales variantes, y allí discutiré mis razones para conservarlo a pesar de la historia tensa y problemática del término.

En la parte III ofrezco una ilustración clínica y abordo cuestiones técnicas en el trabajo con el abrumamiento. Describo la experiencia sexual transgresora de una paciente, el estado de abrumamiento que produjo, y cómo eso llevó a una descomposición radical, un estado que teorizo en relación con la noción de Bersani de la ruptura del Yo (1986). Hablo de cómo su abrumamiento se infiltró en la contratransferencia, estimulando la sexualidad infantil del analista, y produciendo una actuación (enactment). El trabajo en torno a este material llevó a una transformación en campos previamente no tocados por el análisis.

Parte I. Consentimiento límite: riesgo, tiempo no lineal y el desdibujamiento de activo vs pasivo

El juego de Lumi e Imani representa una escena bastante común, aunque compleja, de juego entre adultos y niños[3]. En el primer segmento ("sé el monstruo", "para", "vuelve a empezar") se produce una negociación que dirige el juego y que hace explícitos el comienzo y el final. Imani sigue las instrucciones de Lumi. La interacción se desarrolla bien. En tanto que ella lo programa, Lumi decide lo que parece, lo lejos que llega y cuándo se detiene. Imani, sin embargo, no se limita a seguir las instrucciones de Lumi. Para que el juego funcione como debe, tiene que ser inventiva e imaginativa en la forma en que lo hace. Y, como todo buen juego, lo que sigue es real y no real. En la medida en que Imani tiene que hacer sus gruñidos y agarrar de manera suficientemente monstruosa como para que Lumi se sobresalte, incluso se asuste un poco, el juego es real. Pero también es no real, ya que Imani se convierte en un monstruo, y deja de serlo cuando se lo ordenan. Este intercambio se actúa con una delicada sintonía y está, por tanto, en la esfera de la interacción lúdica y bien regulada. Tiene un ritmo y un compás emocional que excita. Pero no se inclina hacia la maligna "demasía" (Benjamin y Atlas, 2015, p. 42), ese estado sobreestimulado de sobreexcitación perjudicial. Es emocionante, pero manejable.

El juego, sin embargo, da un giro cuando Lumi le pide a Imani que en adelante viole sus límites. Esta nueva directiva requiere que Imani ignore la voluntad de Lumi cuando más adelante ésta le pedirá que se detenga. Temporalmente hablando, el nuevo juego no es lineal: Lumi está autorizando preventivamente a Imani a ignorar su orden de detenerse, lo que Lumi anticipa que hará, y lo que le ordena a Imani ahora que ignore más tarde. Esto es, en parte, lo que lo hace arriesgado. ¿Cómo puede Imani estar segura de que Lumi seguirá queriendo que su futuro "no" sea ignorado cuando lo pronuncie? ¿Cómo sabrá el punto preciso en el que el "para" más suave de Lumi cristalizará en uno más duro si las palabras no actúan como lastre?

La semántica paradójica de estas complejas negociaciones -te pido que entiendas que mi "no" no significa "no" y que no te pares tampoco ante tu "no", para que al traspasar ambos nos lleves a un estado de más y más- implica renunciar a las formas ordinarias en que se vigilan los límites en la vida cotidiana. Tal renuncia provoca un estado de receptividad que puede fácilmente confundirse con la pasividad masoquista. Digo "confundirse" porque la receptividad de Lumi no es equivalente a la pasividad y no debe ser tomada por tal. Existen marcadas diferencias entre ser susceptible al otro y rendirse a la voluntad del otro[4]. Lyotard (1988) ha acuñado el término pasibilidad (en francés, passibilité) para expresar esta distinción crucial. La pasibilidad no se opone a la actividad; es, más bien, un estado "por el cual somos aptos para recibir y, como resultado, para modificar y hacer, y quizás incluso para disfrutar" (p. 117). En términos psicoanalíticos, la pasibilidad se asemeja a la receptividad radical que Ghent (1990) describió como rendición y que distinguió cuidadosamente del masoquismo y la sumisión. Para Ghent, la sumisión es tan diferente de la resignación a la pasividad que puede considerarse como una "mutación defensiva de la rendición" (p. 111). La sumisión es pesada, lo carga a uno, mientras que la rendición no puede ser demandada o exigida por el otro, sino que ocurre espontáneamente. La rendición implica una entrega de sí mismo al otro, es una especie de transferencia de poder; y se produce bajo el amparo de "circunstancias facilitadoras" (p. 111). La rendición da lugar a estados en los que uno es asediado, desposeído de sí mismo, subyugado al otro[5].

Desde el punto de vista de Imani, satisfacer la petición de Lumi no es sencillo. Muchas cosas pueden salir mal, en gran parte porque estar de acuerdo con las nuevas indicaciones de Lumi provocará un cierto tipo de ventaja. Uno de los elementos complicados es que, si Imani le sigue la corriente, podría ir demasiado lejos, traumatizando a Lumi y a ella misma en el acuerdo. Precisamente porque Imani entiende este riesgo, duda. ¿Cómo, entonces, seguir adelante? Para privilegiar la solicitud temporalmente confusa de Lumi –Lumi le está diciendo a Imani ahora lo que querrá después– Imani tendría que actuar una extraña versión de atención consciente en la que obedecer las nuevas reglas del juego significaría que Imani actuaría infringiendo la orden de Lumi de detenerse. Para hacer eso, Imani tendrá que suspender su propia preferencia consciente de "jugar con seguridad". En un nivel menos consciente, para realizar este traspaso deliberado de límites, la madre tendrá que soportar el despertar de algo interno en ella que, a su vez, impulsará el "forzar" a Lumi. Imani, por lo tanto, no estará solo siguiendo el juego "inocentemente". Esto es crucial porque, como discutiré en la parte II, la fuerza que se despierta está ligada a la sexualidad infantil de la madre, a su propio sadomasoquismo, "la más común y la más significativa de todas las perversiones" (Freud 1905/1953b, p. 157). Esta fuerza subtiende toda la psicosexualidad y, aunque no es necesariamente destructiva, es una fuerza que puede descontrolarse. El riesgo que conlleva es, podríamos decir, corriente y, sin embargo, según la forma en que se maneje, puede dar paso a la precariedad del dolor o al trauma. La describo como corriente no para minimizar sus peligros sino para desdramatizarla en el sentido en que Lauren Berlant utiliza el término desdramatización "no para negar [el] elemento dram[ático], sino para abordarlo con ternura" (Berlant y Edelman, 2014, p. 14). Como ella escribe, solo en parte "comprendemos lo que hacemos cuando adoptamos una posición... que nos [acerca]... a deshacernos" (p.14).

El sadomasoquismo normativo de Imani, por supuesto, tendrá que equilibrarse contra la preocupación de Imani por el bienestar de Lumi. Por consiguiente, para aceptar este nuevo juego, Imani tendrá que asumir dos tipos de riesgo; en el nivel más consciente, tendrá que aceptar dejar atrás su preocupación de poder molestar o incluso herir a Lumi. Menos conscientemente, tiene que estar dispuesta a tolerar en ella un deseo inconsciente en gran medida sádico, un deseo que no es patológico, sino común a todos nosotros. Es su sadismo normativo lo que finalmente impulsará el no hacer caso al "no" de Lumi. Ni Imani ni Lumi saben lo que viene después. Esa, de hecho, puede ser exactamente la cuestión.

En la versión original del juego, la díada funcionaba según las líneas del consentimiento afirmativo: comunicación clara, precisa y conscientemente no ambivalente que tenía como objetivo obtener un resultado deseado al esbozar lo que estaba permitido y lo que no. El consentimiento afirmativo, y su contrapartida médica el consentimiento informado, han surgido a partir de largas historias de cruce de límites y prácticas abusivas en las relaciones personales y en los contextos médicos. Ambos tienen la tarea de proteger a los que tienen menos poder (Faden y Beauchamp, 1986) enfatizando el compartir abiertamente la información, la claridad comunicativa y el establecimiento y respeto de los límites (Archard, 1995; Haag, 1999). La importancia del consentimiento afirmativo ha pasado a un primer plano mientras la cultura estadounidense observa el creciente torrente de acusaciones de abuso sexual presentadas por el movimiento #MeToo.

El modelo de consentimiento afirmativo, si bien es necesario, no está suficientemente matizado. El discurso sobre el consentimiento afirmativo y el consentimiento informado presupone a individuos con distintos centros de subjetividad que informan, negocian y llegan a acuerdos para minimizar los malentendidos y gestionar las expectativas (Haag, 1999; Hinshelwood, 2004), pero no admiten las complejidades de los factores inconscientes[6]. Además, este discurso no tiene suficientemente en cuenta los distintos tipos de negociación de consentimiento (Butler, 2011; Fischel, 2016, 2019; Fischel y O'Connell, 2015). En el nuevo juego de Lumi, por ejemplo, ni su consentimiento a ser traspasada ni el consentimiento solicitado de Imani son de tipo afirmativo. Difieren en varios aspectos: el punto de detención no es explícito; la comunicación tiene cierta vaguedad intrínseca; el juego no tiene un objetivo preciso; si el juego ha de continuar, Imani tiene que aceptar los impulsos sádicos animados en ella y mantener a raya dichos impulsos.

Así, la participación de Imani paradójicamente requiere una rendición vacilante ante Lumi, ante el deseo de Lumi, y ante la incógnita de lo que vendrá después. Lumi, también, está estableciendo las condiciones de una rendición, aunque como niña es menos consciente de ello. El consentimiento de Imani y Lumi, podríamos decir, implica un abandono mutuo, aunque asimétrico. Lo que están acordando implícitamente en esta negociación es estar sujetas a algo desconocido (Butler, 2011), a ser vulnerables y a ser sorprendidas. ¿Por qué Lumi hace esta extraña petición? Una posibilidad -aunque no podemos saberlo con certeza- es que, saciada de la repetición, quiera experimentar algo nuevo, algo que la lleve a lo que ella describe como más y más. Necesitamos un concepto diferente para este tipo de consentimiento, uno que, a diferencia del consentimiento afirmativo, se base no en establecer y observar límites, sino en iniciar y responder a una invitación a transgredirlos. Para marcar lo mucho que este consentimiento se acerca al límite, lo llamo consentimiento límite.

El consentimiento límite tiene una sintaxis interpersonal que no implica la afirmación de los límites soberanos de uno, sino que se centra en la rendición ante el otro. Esta rendición puede permitir una nueva experiencia. Tal movimiento hacia un territorio desconocido supone un riesgo de daño. Pero si el daño se produce en el consentimiento límite, es involuntario[7]; resulta de impulsos sexuales infantiles que han ido demasiado lejos, han ido más allá del juego, sin que ninguna de las partes lo sepa hasta después del hecho. Es decir, el daño se aprecia solo después del golpe. El consentimiento límite implica necesariamente que se traspase la confusa línea a lo largo de la cual algo puede ir realmente mal. Podría salir mal porque Imani no "lea" bien a Lumi; porque Lumi pueda ser incapaz de señalar; o, lo que es más importante, porque no pueda saber cuándo, en resumidas cuentas, realmente quiere que Imani se detenga; o porque la sexualidad infantil de Imani tome el control, se inflame demasiado y resulte en que esta pierda el control.

Imaginemos una escena relacionada pero diferente, en la que dos adultos acuerdan actuar un escenario de simulación de violación. La persona en la posición de Lumi, la  posición "inferior", parece impotente ya que le entrega al otro el poder de determinar el punto de detención.  Como árbitro autorizado de los límites, la persona en la posición de Imani, la posición "superior", puede ser vista como la persona con poder. La persona en la posición de Lumi, la "inferior", parece impotente ya que le entrega al otro el poder de determinar el punto de detención.  Como árbitro autorizado de los límites, la persona en la posición de Imani, la " superior", puede ser vista como la persona con poder. Obviamente, una escena sexual de este tipo deriva su escalofrío y su carga erótica precisamente de este diferencial de poder superior-inferior. Pero, por varios motivos, no sería correcto ver este encuentro como uno en el que el poder está totalmente dividido, con una persona que lo tiene y la otra que no. La autoridad de la parte superior es otorgada y puede ser revocada por la parte inferior[8]. Además, la idea de que la parte superior tiene el control pasa por alto la vulnerabilidad de la parte superior: al consentir en actuar como la parte superior, se ha comprometido con la invitación de la parte inferior para que vaya más allá de sus propios límites. También tiene que asumir el riesgo y la responsabilidad de salvaguardar al otro, aceptando así la posiblidad de poder fallar. La parte superior se hace pasible a la parte inferior y al deseo de esta y al hacerlo debe luchar con la evocación de su perversidad normativa. Es decir, para actuar el juego de la violación, tendrá que comprometerse con el despertar de su sadomasoquismo, pero tratando de mantenerlo en equilibrio. Al mismo tiempo, la opinión popular de que, puesto que la posición inferior es la que concibe y dirige la obra, es la que tiene el control (Deleuze, 1989), tampoco es correcta. Dicho de otro modo, pensar en los temas de control en el consentimiento límite como dicotómicos (se tiene o no se tiene) oscurece el caleidoscopio de la receptividad/actividad, así como la vulnerabilidad, la confianza y la responsabilidad asimétrica que hacen posible el consentimiento límite en primer lugar. El poder dicotómico pertenece más al ámbito del consentimiento afirmativo o informado.

El consentimiento en la situación psicoanalítica

Cabe destacar algunos paralelismos con el papel analítico y con la autorización anticipada y en gran medida implícita del paciente para que el analista sobrepase los límites[9]. El paciente no puede apreciar plenamente qué es aquello a lo que está consintiendo cuando entra en tratamiento (Furlong, 2005; Gentile, 2015) o cuando comienza a contar sueños, hablar de emociones, sensaciones físicas y más. Solo como resultado del análisis podrá apreciar mejor las corrientes afectivas y mnémicas que se habrán agitado con el tratamiento, lo que la transferencia habrá traído y qué erupciones traumáticas habrán dominado.  El consentimiento original del paciente a ese respecto es en gran medida ingenuo.

De diferentes maneras, la analista tampoco es consciente de lo que está consintiendo cuando empieza un tratamiento (Dailey, 2014; Saketopoulou, 2011, 2015; Saks y Golshan, 2013). Es decir, aunque la analista está equipada con conocimientos teóricos y experienciales obtenidos de otros análisis -incluyendo los suyos propios- respecto a las intensidades que un análisis puede despertar, no sabe cómo se manifestarán estas en un tratamiento en particular. Tampoco puede anticipar cómo se verá envuelta inconscientemente con su paciente; o cómo su exposición a su analizando activará su propia sexualidad infantil. Los analistas son más conscientes de estas limitaciones que la mayoría de los pacientes, y de alguna manera nos adentramos más a sabiendas en las incógnitas del consentimiento al iniciar nuevos tratamientos analíticos. Pero tampoco somos plenamente conscientes de lo que significa nuestro consentimiento.

El analista hace la oferta de análisis (Laplanche, 2006; Morris, 2016) sensible a las limitaciones en el consentimiento del paciente. El analista también "acepta" un conjunto diferente de limitaciones, las que se refieren a los límites originalmente establecidos por el paciente con respecto a su consentimiento para el análisis. Imaginemos a una paciente que busca tratamiento para abordar problemas de relación, pero que declara que no quiere hablar de su historial de abuso sexual. El analista acepta esta condición, pero procede con la esperanza de que a medida que progrese el trabajo analítico este límite pueda cambiar, haciendo posible la exploración. La esperanza de que el tiempo erosionará los límites establecidos es una práctica analítica buena y estándar. En algunos casos, sería una mala técnica incluso insinuar al paciente que los límites pueden cambiar en el curso del trabajo[10].

Este es un ejemplo simple pero ilustrativo de por qué el trabajo psicoanalítico puede no entrar en el ámbito del consentimiento informado tal como se entiende en la profesión médica: "el ejercicio informado de la elección, y [la capacidad] de evaluar las opciones disponibles y los riesgos que conlleva cada una de ellas" (Saks y Golshan, 2013, p. 6). En algunos aspectos, puede tener sentido pensar que los tratamientos psicoanalíticos proceden en la línea del consentimiento límite. La toma de decisiones del analista está implícitamente autorizada por el paciente; el analista experimentado registra los límites de su paciente -tanto los explícitamente establecidos como los discernidos a través de las negativas, los síntomas y las defensas del analizando- y hace juicios sobre cuándo persistir y cuándo aflojar. Por supuesto, el mejor juicio del analista no es garante de un buen resultado; ningún mandato técnico puede asegurar eso (Greenberg, 1986). Pero si, como analistas, aflojáramos cuando sentimos la resistencia o la incomodidad del paciente, el trabajo se quedaría estancado. Si no lo hacemos, tenemos que soportar nuestra incomodidad al evocar afectos y recuerdos dolorosos en el paciente. Y no podemos anticiparnos a lo que se evocará en nosotros y con qué fuerza. Las cosas pueden (y a veces lo hacen) descarrilarse. El analista está "trabajando con fuerzas altamente explosivas", un riesgo, insistió Freud (1915/1953d), que no debería disuadirnos (p. 170). El riesgo debe ser asumido, tolerado, incluso osado. En esos momentos de alto octanaje el analista debe resistir el impulso de retroceder y decidir si persistirá a pesar de saber que las cosas pueden salir mal[11]. Por muy juiciosamente que se tome la decisión, sin embargo, si las cosas se tuercen el paciente puede quedar traumatizado, o incluso el tratamiento puede terminar prematuramente. Estas son vulnerabilidades considerables para ambas partes. La vulnerabilidad del paciente es la más importante aquí y la más obvia. Pero también hay vulnerabilidades para el analista. Nunca es fácil para el analista si el paciente se siente herido o deja el tratamiento. El analista también es vulnerable, aunque de diferentes maneras; esta es la responsabilidad asimétrica a la que me refería anteriormente. Y, para volver brevemente a Imani, recordemos que en realidad es Imani y no Lumi quien se preocupa de que las cosas se vuelvan "demasiado". Es, en último término, responsabilidad de Imani, como lo es del analista y no de Lumi, o del analizando, salvaguardar el bienestar de Lumi. Y es su trabajo, el de Imani y el del analista, manejar cualquier cosa que se agite en su propio ser.

Precondiciones del consentimiento límite

¿Pero qué pasa con la seguridad y la confianza? Podría parecer que estoy argumentando que estas no tienen ningún papel en el consentimiento límite. Por el contrario, creo que son las condiciones de posibilidad para que el consentimiento límite entre en juego en primer lugar. Lumi, podemos suponer, es capaz de pedir que su potencial "no" sea traspasado porque Imani ha demostrado ser digna de confianza hasta ese momento. Imani es una adulta sintonizada y vivaz con la que las rupturas se reparan bien y fácilmente. En la versión anterior del juego, ha respetado todos los límites de Lumi. Estas son precondiciones cruciales para que el deseo de Lumi sea llevado al límite y a esta peculiar e impredecible inseguridad. En ese sentido, aunque tanto el consentimiento afirmativo como el límite dependen de que se negocie dentro de los límites protectores de las relaciones seguras, el trabajo que hace la seguridad en cada caso es muy diferente. En el consentimiento afirmativo, el pagaré de la seguridad es que la parte superior respetará los límites expresados por la parte inferior. En el consentimiento límite, la seguridad relativa de la relación es lo que establece las "circunstancias facilitadoras" que Ghent (1999, p. 111) describió como las que permiten que uno se rinda ante el otro. Eso no garantiza la seguridad de lo que sucede a continuación; la experiencia anterior de seguridad es meramente lo que permite a las dos partes asumir el riesgo. Este traspaso de límites seguramente viene con un alto riesgo. El consentimiento límite invita a la responsabilidad; conlleva un riesgo. El consentimiento afirmativo pretende eliminar ambos.

¿Por qué salir del consentimiento afirmativo y entrar en su contrapartida límite dados los riesgos que conlleva? ¿Por qué Lumi querría dejar el juego anterior, bien regulado? ¿Por qué Imani consideraría siquiera la enrevesada petición de Lumi cuando sería más seguro permanecer dentro del campo del "no significa no"? Sugiero que la petición de sobrepasar los límites de uno y la respuesta a esa petición están ambas impulsadas por la tendencia económica de la sexualidad infantil a trabajar en ascenso hacia una mayor estimulación. El movimiento hacia el "más y más" de la experiencia puede producir estados de abrumamiento que, como se plantea a continuación, pueden catalizar transformaciones psíquicas significativas.

Parte II. Abrumamiento: la economía psíquica del “más y más”

Decidido a desilusionar a sus pares victorianos de la noción de normalidad sexual, Freud propuso célebremente en Tres ensayos (1905/1953b) que el impulso sexual es por naturaleza polimorfo y perverso, utilizando el término perverso para "ampliar lo sexual más allá de los límites de la diferencia entre los sexos y más allá de la reproducción sexual" (Laplanche, 2000, p. 19). Independientemente de su causa o derivación, la perversidad fue para Freud el fundamento de la "sexualidad infantil" (el título del segundo ensayo), que dio lugar a "las aberraciones sexuales" (el título del primero)[12], llegando el resto de la sexualidad con "las transformaciones de la pubertad" (el título del tercero).  La perversidad, por lo tanto, no era una desviación de la "normalidad", sino el fundamento mismo de la sexualidad. Freud nos enseñó a esperar que el impulso sexual se apegará a los objetos de manera oportunista (es decir, no hay un objeto "correcto" predeterminado); que aunque se origine en partes específicas del cuerpo (zonas erógenas) tiene un potencial transferible y por lo tanto puede proliferar en sitios inesperados (por ejemplo, las axilas y el ombligo pueden ser sitios tan probables como los genitales); que estará constituido por instintos componentes (en lugar de que, por ejemplo, el sadismo o el exhibicionismo sean los desechos sexualizados de un trauma o de una sobreestimulación); y que no estará teleológicamente organizado (no buscará necesariamente el fin del climax o la reproducción). Luego, aparentemente retrocediendo de sus ideas radicales (Dimen, 1999; Goldner, 2003), Freud cambió de rumbo para proponer que el carácter irreverente y no obligado de lo sexual infantil adquiere en la pubertad la forma madura y normativa de la heterogeneidad.

Pero Freud fue muy ambivalente en cuanto a la relación entre la sexualidad infantil de los dos primeros ensayos y el instinto sexual más civilizado del tercero. En Tres ensayos lucha con esta ambivalencia al teorizar la tensión sexual: por un lado, "un sentimiento de tensión implica necesariamente malestar" (p. 209); mientras que por el otro, "la tensión de la excitación sexual [...] también se siente indudablemente como placentera" (p. 209). Esta contradicción da lugar a dos registros en la ontogenia de la sexualidad: el placer previo, la acumulación placentera de tensión en la sexualidad infantil "perversa", engendra más placer, mientras que en el campo de la sexualidad madura, las excitaciones acumuladas producen displacer, impulsando así la acción para lograr el orgasmo; de ahí el término placer final. Dimen (1999), Bersani (1986) y George Klein (1976) han observado que la teorización de los placeres previos y finales establece un sistema dual de géneros sexuales económicos discrepantes. En el régimen perverso, la tensión aumenta continuamente, mientras que la rendición madura se basa en una economía de descarga.

Los dos regímenes económicos en Laplanche: instinto y pulsión

Laplanche no consideraba el instinto y la pulsión como regímenes contradictorios o que necesitaran reconciliación. Para él, coexisten y trabajan en tándem a pesar de sus distintos orígenes y sus diferentes investimentos económicos. Para él el instinto sexual es innato, biológico y adaptativo. Pretende unir, trabaja hacia la síntesis, e incita a acciones que calmen la tensión, es decir, es consistente con la liberación orgásmica. Pero "cuando llega el instinto sexual [en la pubertad, su] ... asiento [está] ya ocupado" por la pulsión sexual (2000, p. 12). Los dos, inseparables a partir de ahora, siempre se contendrán, implicarán y participarán el uno del otro. La sexualidad se basa en este comercio entre la pulsión y el instinto.

Sin embargo, ¿qué es la pulsión sexual para Laplanche? Para él no es algo innato, sino epigenético. No busca una moderación de la tensión, sino su escalada, incluso hasta "el punto del completo agotamiento" (2005, p. 13). Si no es innato, ¿de dónde viene? Para Laplanche se constituye mediante la "intervención del otro" (2002, p. 103). Epigramáticamente, los actos de cuidado de los padres recargan los mensajes conscientes de apego emitidos al niño con los conflictos/contaminantes sexuales inconscientes de los padres.  Esta recarga se desliza como un "pasajero polizón" (Scarfone, 2013, p. 550) comprometiendo, como dice Laplanche, el mensaje conscientemente pretendido.  Esto vuelve enigmático al mensaje. El niño es impulsado a dar sentido a estos mensajes enigmáticos generando, por ejemplo, una fantasía (Scarfone, 2017). Laplanche llamó a este proceso de creación de significado traducción. Sin embargo, subrayó que, dado que el exceso de carga del mensaje original de los padres es inconsciente para ellos mismos, las traducciones del infante no pueden ser -y por lo tanto no son- descodificaciones verídicas de aquel. Las traducciones no interpretan correctamente vs. incorrectamente; solo intentan afrontar la tensión producida por el enigma (Scarfone, 2015a). Además, este proceso de traducción siempre está incompleto. Los residuos del mensaje no traducidos se reprimen, constituyendo el inconsciente, que para Laplanche es también lo sexual, un término equivalente a la sexualidad infantil. Este residuo no traducido, sin embargo, no está atascado: "'atrapado' en la envoltura del Yo como una astilla en la piel" (Laplanche, 1999b, p. 209), presiona constantemente para ser traducido, dando lugar a la pulsión sexual.

La domesticación de lo sexual

Cuando Freud (1914/1953c) introdujo el concepto de narcisismo, sostiene Laplanche (2015), preparó el terreno para un cambio radical en la teorización de la sexualidad. Al sugerir que "el Yo unifica las pulsiones sexuales... adopta[ndo] como propio el interés de las funciones autoconservadoras" (p. 169), Freud convirtió al Yo, un Yo que se enfocó homeostáticamente y cuya labor era enlazar, el asiento de la pulsión sexual. Alojar la sexualidad en este terreno dócil significaba que el énfasis original de Freud en la sexualidad como "algo contrario y hostil al Yo" se vio disminuido (Laplanche 2011, p. 170). Así, en Más allá del principio del placer (1920/1953e), cuando Freud planteó el Eros como un concepto menos feroz, "los aspectos destructivos y desestabilizadores de la sexualidad" (Laplanche 2011, p. 170) se oscurecieron aún más, dando lugar al amansamiento y la domesticación de lo sexual. Laplanche se refirió a las dimensiones de fragmentación de lo sexual que se extirpaban así de lo sexual como "lo sexual demoníaco". Esta escisión significaba que lo sexual demoníaco necesitaría ser reubicado en otro lugar: de ahí el nuevo espacio conceptual que Freud llamó la pulsión de muerte.

La lectura de Laplanche de los pivotes teóricos de Freud nos permite ver cómo la asimilación de la sexualidad bajo la égida tranquila y unificadora del Yo allanó el camino para que lo sexual se anidara exclusivamente dentro de las relaciones de objeto y fuera expulsado de la teoría de la pulsión -un problema metapsicológico ampliamente criticado (véase, por ejemplo,  Green, 1995; Fonagy, 2008; Dimen, 2003) y que derrocó efectivamente "el borde más afilado del análisis... la 'plaga', en resumen, que Freud iba a traer... al cruzar el Atlántico por primera vez en 1909" (Kahn, 2018, p. 3). Una consecuencia relacionada, aunque menos notoria, es que la eliminación del orden "fragmentado y fragmentario" de lo sexual de la sexualidad (Laplanche, 1999a, p. 168; cursiva añadida) significaba que ya no podía considerarse que la sexualidad tuviera reivindicaciones ontológicas sobre la agresión. Como tal, los entrelazamientos de dolor/sufrimiento y placer se entienden como patológicos o sintomáticos, y que requieren una explicación dinámica. Como tal, los entrelazamientos de dolor/sufrimiento y placer se entienden como patológicos o sintomáticos, y que requieren una explicación dinámica.  Dicho de otro modo, si lo sexual demoníaco no se considera una parte natural de lo sexual, sino que, metapsicológicamente hablando, se considera que pertenece al campo de la agresividad, necesitaremos explicar dinámicamente las circunstancias especiales que los unen. Esto se aplicaría independientemente de si consideramos que la agresión se deriva endógenamente (la pulsión de muerte) o se produce exógenamente (por ejemplo, como una reacción a acontecimientos traumáticos). Los sospechosos habituales a los que acudimos en busca de ayuda para explicar el emparejamiento de la sexualidad con la agresión son el trauma psíquico, la sobreestimulación temprana y las fallas de los objetos tempranos en la contención (Fonagy et al., 2002). Por lo tanto, la teorización analítica subsiguiente, particularmente en lo que respecta a los estados sexuales excesivos y sobreexcitados, o a las sexualidades que mezclan el dolor o la humillación con el placer, sigue una de dos trayectorias: estos fenómenos se consideran sexualizaciones inventivas o defensivas de traumas psíquicos tempranos (Khan, 1979; McDougall, 1995; Stoller, 1975) o bien intentos de la psique de afrontar la desconexión parental temprana, la sobreestimulación o la sobreexcitación (Benjamin, 1988; Khan, 1979; Meltzer, 1973). Ruth Stein (2008) argumentó en contra de esta genealogía de la teorización, señalando cómo "parecemos 'olvidar' o reprimir lo diferentes que somos cuando somos sexuales y lo grande que es la discrepancia entre la sexualidad y la vida cotidiana" (p. 44). Para Laplanche, la polaridad en acción no es entre Eros y la muerte sino entre "las pulsiones de muerte sexuales y las pulsiones de vida sexuales " (2015, p. 170).

Sobre el abrumamiento

Laplanche (1999a) vio la distinción entre la pulsión sexual y el instinto sexual como "quizás la oposición más importante en la teoría psicoanalítica" (p. 161). Porque pensaba que el proceso de traducción nunca se puede agotar (el significado definitivo de lo enigmático nunca se puede precisar), la pulsión sexual nunca se sacia, siempre está presionando buscando más. Pero Laplanche no exploró qué estados psíquicos podríamos esperar encontrar si siguiéramos el apetito de la pulsión sexual a través de su aumento vertiginoso.  Es como si, al igual que Freud antes que él, se asustara de la implicación revolucionaria de sus ideas, dudando en explorar este particular más allá.

Para Freud (1920/1953e) la "fuerza demoníaca" (p. 35) sería la fuerza de la compulsión de repetición. La compulsión de repetición domina en los casos de trauma; es "más primitiva, más elemental, más instintiva que el principio del placer" (p. 23). Pero la fuerza demoníaca de la compulsión de repetición no es lo mismo que el empuje normativo de la pulsión sexual a la intensificación, aunque la semejanza de sus pulsiones energéticas puede hacer que se confundan. Recuerden que la formulación de Freud de la compulsión de repetición se basaba en que él ya había diluido el impulso sexual en un impulso más pacificado, y en haberlo despojado de sus elementos más salvajes. Pero puesto que Laplanche es crítico respecto a tal neutralización de la sexualidad, y puesto que insiste en que la pulsión sexual siempre incluye tanto propiedades vinculantes (las pulsiones de vida sexuales) como no vinculantes (las pulsiones de muerte sexuales), sería razonable suponer que no viera tal estado como la esfera del trauma o la autodestrucción. Dicho de otro modo, la economía frenética de la pulsión sexual no siempre indica el funcionamiento de una pulsión de muerte destructiva, ni tendría que derivarse de repeticiones traumáticas. Esto no resta valor, por supuesto, al hecho de que un cierto riesgo de daño es inherente a la pulsión de muerte sexual.

Para pensar en lo que puede ocurrir cuando la pulsión sexual llega al "más y más" de la experiencia necesitaríamos un nuevo concepto. Este concepto apreciaría que suponer que la acumulación de excitaciones siempre se deriva de la compulsión de repetición es tratar la agresión como si siempre estuviera ya desexualizada, como si su emparejamiento con lo sexual no fuera natural sino que requiriera circunstancias particulares. Es decir, necesitaríamos un concepto que admitiera una agresión sexualizada que no surgiera de la compulsión de repetición. Este nuevo concepto también reconocería que, dado que lo sexual demoníaco coexiste con las pulsiones de vida sexuales, no se puede suponer de facto que sea autodestructivo. Y también admitiría los riesgos reales que conllevan los aspectos demoníacos de la sexualidad y la desvinculación de las pulsiones de muerte sexuales, sin olvidar que esta es una condición normativa que también implica las pulsiones de vida sexuales. Llamemos a este espacio psíquico abrumamiento.

Antes de continuar, quiero aclarar las distinciones entre el abrumamiento y dos conceptos relacionados: lo demasiado y el exceso.

En la obra de Benjamín y Atlas (2015), lo "demasiado" se refiere a una relación traumática y alterada con la excitación incontenible de uno. Surge de los fallos parentales en contener la excitación o la agresión, de los estados de sobreestimulación y de sobreestimulación de los propios padres. A diferencia de lo demasiado, es más probable que el "más y más" del abrumamiento surja de que el consentimiento límite se base en las condiciones interpersonales de atención, pasibilidad y rendición. Sin estas, es más probable que un movimiento hacia lo demasiado produzca sobreestimulaciones traumatizantes que, a diferencia del abrumamiento, no están sujetas a nuevas traducciones.

En sus escritos sobre el exceso, Stein dio lugar a una sexualidad que "excede el funcionamiento normal [...] incluso la contención" (2008, p. 46). Esta intervención necesaria y muy influyente animó a los analistas a ser más audaces en su pensamiento sobre la sexualidad. Sin embargo, en el pensamiento de Stein sobre el exceso, la agresividad se consideraba todavía como algo que existía fuera del campo de lo sexual. Aunque la agresión podía internalizarse como sexualidad, no era inherentemente una propiedad de lo sexual, no se construía en la pulsión sexual. Así pues, se puede considerar que Stein se encontró con un problema similar al de Freud, puesto que acabó teniendo que hacer una distinción entre el exceso bueno y el exceso patológico. Este último implica una " violación de los límites propios que implica la experiencia de estar inundado o abrumado" (p. 62). Sin duda, se producen traspasos de límites malintencionados y deliberados y/o no negociados, y cuando lo hacen pueden ser perjudiciales y dañinos, como explicó acertadamente Stein. Pero deben distinguirse de las negociaciones más matizadas de consentimiento límite, en las que los límites propios pueden rebasarse no por desatención de la separatividad del otro, sino mediante negociaciones cuidadosas que implican los deseos del otro, como sugiere el análisis del juego de Lumi. Este es el caso del abrumamiento.

El abrumamiento no es inherentemente autodestructivo, pero sí incuba la precariedad y el riesgo. Aun cuando el abrumamiento se basa no solo en los elementos eruptivos y desvinculantes del impulso de muerte sexual, los implica, y por lo tanto debemos esperar que corra el riesgo de pasarse a la inseguridad, donde las cosas pueden descarrilarse.Esto, podríamos suponer, podría ser el motivo por el que Imani podría dudar en participar en el nuevo juego: comprometerse genuinamente a traspasar los límites de Lumi expondría a Imani -y, por supuesto, a Lumi- a los peligros del sadomasoquismo normativo de Imani.  Esto podría suceder no por una dinámica problemática en Imani, sino por la propia naturaleza del impulso sexual.

La ruptura del Yo: desvinculación radical mediante el desbordamiento

 El abrumamiento se produce cuando la pulsión sexual aumenta con una interrupción o modulación insignificantes. La excitación se almacena más allá del principio del placer, en un placer que se sufre (Saketopoulou, 2014). Si esta excitación se vuelve tan excesiva que llega más allá del borde, el abrumamiento puede amenazar la coherencia del Yo[13] .  El teórico literario Leo Bersani (1986) ha descrito este fenómeno como una ruptura del Yo (1986). La ruptura del Yo se produce cuando se alcanza un cierto umbral de intensidad, perturbando la continuidad psíquica por sensaciones o procesos afectivos "más allá de los conectados con la organización psíquica" (Bersani, 1987, p. 213). La noción de Bersani de ruptura comparte rasgos clave con la noción de desvinculación del Yo de Laplanche (1999b). En el pensamiento de Laplanche, la desvinculación "’detraduce’ [detranslates] [...] traducciones manifiestas" (1999a, p. 216), destejiendo los significados establecidos del Yo y dejando al descubierto el enigma. En esta condición intermedia de “detraducir”-es decir, antes de que el enigma se incluya en una nueva  traducción o antes de que se reprima- el enigma se desliga de los significantes. La condición consiguiente está fuera de la representación psíquica. En ella, el lenguaje se rompe. La experiencia ya no es comunicable.

Esto es tan poco mediado como puede serlo la pulsión; en la ruptura del Yo, cuando las traducciones anteriores se deshacen, estaríamos en presencia de la pulsión. Este estado es, por supuesto, muy efímero; un estado de desvinculación cede rápida y urgentemente, produciendo nuevas traducciones o cediendo a la represión. El descosido de las traducciones, por desorganizado y desordenado que pueda ser, abre posibilidades para la creación de otras nuevas. Mediante este proceso el abrumamiento puede llevar al sujeto a estados de desvinculación radical, perturbando la psique y "desorganizando las formas de ser acostumbradas" (Berlant y Edelman, 2014, p. 38). En esos momentos, lo que el tratamiento analítico puede ofrecer son las condiciones para que el enigma liberado vuelva a coserse en nuevas traducciones en lugar de ser reprimido. Para un analizando, la creación de nuevas traducciones puede ser una experiencia transformadora, ofreciendo la movilidad de nuevas configuraciones psíquicas.

Vías hacia el abrumamiento

Desde un punto de vista conductual, podríamos esperar que cualquier actividad humana comandada por lo sexual -es decir, cualquier actividad que siga la economía frenética del impulso al apogeo- puede convertirse plausiblemente en una vía para el abrumamiento. Consideremos, por ejemplo, la gama de hazañas en las que uno puede quedar absorto casi hasta el punto de perderse, hazañas que persiguen un apuro y que pueden parecer -y a veces ser- imprudentes, masoquistas o autodestructivas: deportes extremos (por ejemplo, el paracaidismo); algunas artes escénicas (por ejemplo Marina Abramovic [2008]; las actuaciones impactantes, aunque perturbadoras, de Ron Athey [Johnson 2013]); el uso de drogas psicodélicas (por ejemplo, la ayahuasca); las prácticas sexuales de alto riesgo/alto voltaje (por ejemplo, el barebacking[14]); las experiencias místicas buscadas a propósito (por ejemplo, los retiros silenciosos); las prácticas religiosas ascéticas (por ejemplo, el ayuno extremo); y otras prácticas que parecen extremas y excesivas[15].

Hay una amplia gama de conductas que pueden producir abrumamiento, a través de las cuales se producen las escaladas sexuales infantiles. Pero las sexualidades perversas y transgresoras pueden tener una relación privilegiada con el abrumamiento. Las sexualidades perversas son especialmente propensas a ser arrogadas por el impulso sexual infantil, porque comparten con él algunos rasgos constitutivos clave: son organizaciones no genitales encarnadas que implican la excitabilidad del cuerpo; a menudo se ordenan en torno a los instintos componentes; transgreden las normas[16]; y reclutan afectos como la humillación, la vergüenza y el terror. Esto no implica que la sexualidad y lo sexual infantil sean lo mismo; Laplanche fue claro e insistente en su distinción (2005). Lo sexual infantil es el revestimiento no representado que recorre toda la vida psíquica (Scarfone, 2014), mientras que la sexualidad tiene más que ver con la amplia gama de fantasías, sentimientos, pensamientos, sensaciones y conductas específicas formuladas -aunque reprimidas- a las que dan lugar. Solo decir que las sexualidades perversas son más propensas a abrir caminos a ciertos tipos de experiencia.

El material clínico que sigue a continuación ilustra cómo se ven estas ideas en la situación analítica y ofrece algunas sugerencias técnicas para trabajar con el abrumamiento.

Parte III. Material clínico e implicaciones técnicas

Isabela tenía unos treinta años cuando empezó un análisis cuatro veces a la semana. Su mundo profesional y social parecía rico y excitante, pero lo que se desplegaba en nuestras sesiones parecía privado, remoto, incluso vacío. En mi consulta, ella era excesivamente equilibrada y muy selectiva en la elección de las palabras. Con el tiempo, recogí "información" sobre ella: había crecido en una familia de color de clase trabajadora que emigró a los Estados Unidos por "una oportunidad de una vida mejor"; sus padres habían tenido dificultades considerables para adaptarse a la nueva cultura; su persistente melancolía y un anhelo reprimido de su patria saturaron su infancia. Isabela siempre se había sentido traspasada por su magnífico dolor y nostalgia, que pensaba que vibraban en una frecuencia a la que ella no podía acceder, compartir o comprender plenamente. Mucho de esto me fue comunicado como datos, sin un significado más profundo. Baste decir que el trabajo fue prolongado, el progreso lento y nominal. En contra de los grises, por lo demás mayormente afectivos, la relación de Isabela con su amante, Raven, se destacaba en tecnicolor.

Isabela se describió a sí misma como una pervertida. Mi paciente no utilizó esta palabra con sus habituales connotaciones condenatorias, sino en consonancia con la forma en que algunas comunidades de homosexuales tratan de recuperar significados patologizados para articular las posibilidades sexuales y de género (por ejemplo, la obra fotográfica de Catherine Opie) o para construir lazos comunitarios (Clare, 2015)[17] . En el discurso psicoanalítico, perversión es un término de peso con una historia larga y perjudicial que se dirige a la homosexualidad y a las sexualidades no convencionales (Dimen, 2003, 2005).Sin embargo, sigo utilizándolo[18] porque capta una arista y una dimensión fenomenológica que no tienen los descriptores más neutrales como "sexualidad no convencional", "prácticas sexuales atípicas", "BDSM" y "desviación". Además, considero que frases como "juegos eróticos" y "juego sexual" no son útiles porque aprovechan los arreglos relacionales en los que se produce el sexo transgresor para hacerlo más agradable: en la obra de Kernberg (1995), esos actos sexuales se vuelven aceptables si se realizan dentro del perímetro del matrimonio; en la obra de Celenza (2000) y en la de otros, se les concede legitimidad si/cuando están envueltos en relaciones amorosas, mutuas y recíprocas. Esa teorización privilegia ciertas formas normativas de relación erótica (heterosexual; sancionada por el Estado; de larga duración) al otorgar a la sexualidad perversa la condición de "variación sexual benigna" (Rubin, 1984, p. 148).  Pero, y esto es lo más importante para mi argumento, también requiere que el consentimiento afirmativo redacte los parámetros de los encuentros perversos cuando el consentimiento límite puede ser un ángulo más útil para considerar los elementos transgresores de la perversión. Pero, lo que es más importante para mi argumento, también requiere que el consentimiento afirmativo elabore los parámetros de los encuentros perversos cuando el consentimiento límite puede ser un ángulo más útil para considerar los elementos transgresores de la perversión. Conceptualizar tales encuentros sexuales como "juego erótico animado" (Weinstein, 2007, p. 124) les niega las dimensiones más oscuras y salvajes de lo sexual. Por estas razones, elijo preservar el término perversión: implica transgresión y refleja la interdigitación del dolor, el placer y la angustia. Además, quiero mantener los lazos teóricos con un cuerpo de trabajo que se ha realizado sobre la sexualidad perversa (Chasseguet-Smirgel, 1986; de M'Uzan, 1974; Khan, 1979; McDougall, 1995, 2000; Stoller, 1975, 1991, 2009) con la esperanza de que pueda resultar beneficioso considerar algunos de estos trabajos en el marco del abrumamiento.

Los encuentros sexuales perversos son procesos transgresores e interencarnados que ganan su coherencia con el tiempo y con los contactos repetidos. Aunque la acumulación para el abrumamiento se manifiesta en una escena/momento singular, el abrumamiento no es de naturaleza episódica. En mi trabajo clínico he observado que se requieren largos procesos interpersonales para que los encuentros repetidos, que inicialmente se negocian mediante el consentimiento afirmativo, reúnan la confianza y el impulso necesarios para permitir el paso a la negociación del consentimiento límite y para buscar el abrumamiento. Los relatos clínicos que se centran en una escena singular facilitan el pasar por alto los complejos procesos requeridos para construir la tracción hacia el abrumamiento. Y debido a la repetición implicada en la acumulación para el consentimiento límite, tales encuentros sexuales pueden ser malinterpretados como repeticiones compulsivas, aunque las repeticiones compulsivas pueden no estar siempre o necesariamente en funcionamiento. Este era el caso de Isabela. Ella y Raven tenían regularmente encuentros sexuales elaboradamente planeados y cuidadosamente programados. El movimiento hacia el empuje de los límites Raven (y los suyos propios) se produjo a lo largo de un período de tiempo, y requirió un profundo conocimiento cada una de la otra.

Cuando llevábamos unos años trabajando, Isabela contó un encuentro sexual que había precedido a nuestro trabajo analítico. Debido a su importancia, lo describiré en detalle: Isabela llevó a Raven a una habitación tenuemente iluminada. Hizo que se quitara la ropa. Colocando correas de cuero en sus muñecas, ató las manos de Raven a su espalda. Luego le vendó los ojos a Raven, colocando su espalda contra la pared. Isabela introdujo cuidadosamente una aguja hipodérmica a través de la piel de Raven debajo de la clavícula. Procedió simétricamente con más agujas hacia abajo hasta llegar a los muslos, a ambos lados del cuerpo de Raven. Isabela entonces se quitó la ropa. De pie, desnuda, enfrente de Raven, se perforó la piel de forma similar. Después de terminar, Isabela enhebró un hilo elástico a través de las agujas correspondientes en sus cuerpos. Cuando completó este elaborado ritual quitó la venda de los ojos de Raven. Raven miró hacia abajo para ver la intrincada atadura. Isabela le ordenó que le sostuviera la mirada. Mirándose a los ojos, dio un suave paso hacia atrás, causando que las cuerdas se tensaran. Al tensarse, tiraron de sus pieles, provocando una sensación dolorosa.

A Isabela le dolía la piel. Ella sabía que a Raven le pasaba lo mismo. Alerta al cuerpo de su amante, quería que la intensidad aumentara pero no se le fuera de las manos. Se sentía segura de los límites de lo que el cuerpo de Raven podía soportar, y conocía bien los perfiles de la vida emocional de Raven. Se concentró en la fina línea entre lo que habría sido demasiado poco y lo que podría hacer daño. Alejando su cuerpo del de Raven, Isabela comenzó a intensificar el tirón de las cuerdas. La amplificación de la experiencia combinada con el intenso contacto visual fue embriagador para Isabela. Inundada por esta sobresaturación experiencial desreguladora, sintió que se estaba deshaciendo, que estaba siendo destrozada, "rota" por la experiencia[19].

Isabela me dijo que había planeado esta escena como una ofrenda a Raven, cuyo cuerpo había sido sometido a violencia física cuando era niña. Los efectos de la traumática infancia de Raven la atormentaban y tensaban su relación romántica. El que Isabela atara su cuerpo al de su amante era un reconocimiento interencarnado de lo que Raven había sufrido, una declaración de su compromiso de permanecer atada a ella a pesar de sus peleas. Puesto que el trauma había entrado en Raven a través de su cuerpo, me dijo Isabela, la ofrenda requería una comunicación somática no mediada por el lenguaje. Pero, notablemente, Isabela no tenía nada que decir sobre lo que este juego sexual podría haber significado para ella. El encuentro produjo un nivel de intimidad más profundo entre las dos mujeres que se mantuvo a lo largo del tiempo. En tiempo real, proporcionó una oleada de sensaciones de alto voltaje. Casi de pasada, Isabela mencionó que cuando se había sentido rota, tuvo una sensación fuerte, aunque fugaz. Pregunté sobre ello. Dijo que fue visceral, incomunicable, encarnada. Le preocupaba forzarla con palabras que no la describieran adecuadamente. Solo dijo que había sido como "un olor y un sabor, una amargura ardiente, como un ardor".

Una hora antes de volver a ver a Isabela, me encontré anhelando inesperadamente un café griego y me preparé una taza. El momento era inusual. Este anhelo me es familiar, pero normalmente ocurre después de mi regreso a Nueva York de mi viaje anual de verano a Grecia, un momento en el que mi nostalgia por mi país, mi idioma y mi gente resuena más agudamente. Ahora, sin embargo, apenas pensaba en ello. Media hora después, Isabela entró en mi oficina. Inmediatamente, su comportamiento cambió. Después de una pausa inusualmente larga en el diván, preguntó por el olor persistente que detectaba en la sala. No podía identificarlo. Se esforzó por encontrar las palabras, y su esfuerzo me recordó lo difícil que había sido para ella en nuestra última sesión describir la fugaz experiencia sensorial cuando se sintió rota. Entonces, mientras buscaba palabras, fue como si se abriera un agujero. Fue inesperado, inexplicable. Isabela se angustió. Empezó a llorar. Primero, en silencio. Luego las cosas empezaron a acelerarse. Rápidamente, vertiginosamente, estaba sollozando. Esto se estaba desarrollando rápido, demasiado rápido. No sabía qué pensar. Isabela, normalmente comedida en sus expresiones de afecto y nunca antes llorosa, ahora se inclinaba hacia el vacío. Yo no podía seguirle el ritmo. Ahora estaba sollozando, obviamente con dolor. La respiración era dificultosa, sincopada. Yo estaba perdida, desestabilizada. Su angustia me molestaba. Quería tocar tierra comprendiendo lo que acababa de pasar. Pero este no era un momento para "entender". Entender sería tratar ese momento como si las representaciones ya estuvieran formadas, como si estuviera insertado en el tiempo, en la memoria, y estuviera significado.  Entender sería tratar de frenar, para mi beneficio, lo que fuera que estuviera ocurriendo. Hablar interrumpiría algo, aunque yo no tenía ni idea de qué. Me preguntaba si ella podría soportar mi silencio. O si yo podría; yo, también, estaba en la onda transmisora de lo que fuera que se estuviera desarrollando. Estaba claro que estábamos fuera del lenguaje en el espacio incipiente, fuera de la representación. Me quedé callada. Lentamente, Isabela dejó de sollozar. Se calmó. Nos sentamos en silencio, inmersas en el silencio compartido tratando de absorber lo que había sucedido. Ella se fue molesta, sin mirarme, la oleada de la experiencia aún crepitaba en la habitación. No estaba segura de si volvería.

Antes de esta sesión, había oído hablar mucho y a menudo de las prácticas sexuales de mi paciente, algunas de las cuales habían supuesto un cierto grado de riesgo físico. De forma espontánea, Isabela me aseguró sobre la seguridad física de Raven y la suya propia. Mi percepción de Isabela era que era una persona cuidadosa y responsable. También me daba cuenta de que estos encuentros implicaban riesgos físicos y, lo que es más importante, emocionales desconocidos. Aunque estaba segura de que Isabela no era autodestructiva ni temeraria, podía ocurrir fácilmente un accidente. Algo podría irse de las manos, en el plano físico o emocional. A veces había sentido la tentación de tratar de hacer que aprendiera más sobre lo que estos comportamientos podrían estar tratando de actuar o de resolver. Sentía ganas de hacer preguntas, de crear vínculos. Pero, al mismo tiempo, no creía que este fuera un buen camino. Mis preguntas la invitarían a ordenar su material antes de que este tuviera la oportunidad de formarse completamente. Por lo tanto, deliberadamente no le pregunté a Isabela sobre los posibles significados de sus intereses sexuales. Esto no quiere decir que no pensara que había material representado al que podíamos recurrir, o que no había vínculos genéticos que hacer (algunos de estos me parecían obvios, casi rogando una interpretación). Sin embargo, tenía la firme convicción de que esas intervenciones, por muy "neutrales" o reales que fueran, pondrían en primer plano elementos psíquicos más formados, desviando un proceso de despliegue de material psíquico más evasivo, como si estuviera sacando impacientemente del agua una ostra que todavía está organizando su proceso en torno a un grano de arena.  Levine (2012) nos advierte no "buscar o esperar el surgimiento de algo organizado pero oculto en las mentes de nuestros pacientes", destacando que lo que puede estar ocurriendo "puede no haber alcanzado aún el nivel de especificidad y organización como para ser discernible y ocultado; puede no estar incrustado en una red de significados asociados; puede no haber alcanzado aún una forma específica y puede 'existir' solo como un espectro de posibilidades que aún no han alcanzado. Levine (2012) nos advierte que no "busquemos o esperemos el surgimiento de algo organizado pero oculto en las mentes de nuestros pacientes", destacando que lo que puede estar ocurriendo "puede no haber alcanzado aún el nivel de especificidad y organización para ser discernible y ocultado; puede no estar incrustado en una red de significados asociados; puede no haber alcanzado aún una forma específica y puede sólo 'existir' como un espectro de posibilidades que aún no han nacido" (p. 608).

Laplanche insiste en que la tarea del analista no es interpretar, sintetizar o dar significado en nombre del paciente. Narrativizar, destaca Laurence Kahn, corre el riesgo de producir una unión que solo es mimética en su naturaleza (2018). Es el analizando quien debe ser el hermeneta, quien hace el significado, y es en interés del trabajo analítico que el analista no vincule el material para el paciente (es decir, a través de la interpretación). Para llevar a Laplanche un pequeño paso más allá, lo que esto puede significar a veces es que el analista no debe interrumpir el movimiento del paciente hacia su propio desbloqueo, hacia la ruptura de su Yo, lo que a su vez puede efectuar la fractura de los significados incrustados (viejas traducciones), lo que traerá consigo posibilidades para nuevas traducciones.  Lo que esto significaría es que el analista debe protegerse de su miedo mientras la desvinculación del paciente coge impulso hacia un estado de abrumamiento. A menudo nuestra atención analítica está en la posibilidad de que el paciente vaya demasiado lejos y se sienta abrumado, cuando podría estar mejor tanto en atender a nuestras resistencias como a que no vayamos lo suficientemente lejos para que se produzca el abrumamiento. Nuestra preocupación disciplinaria por la seguridad puede a veces alcanzar niveles de idealización hagiográfica. La seguridad se vuelve entonces peligrosa, un peligro cuyos costes son incalculables. Uno puede medir lo que salió mal; uno no puede medir lo que nunca fue, lo que nunca se materializó.

Dicha postura obviamente no está exenta de riesgos. Con Isabela, no podía estar segura de que su toma de riesgos, especialmente en sus dimensiones emocionales, saliera bien. Este desafío alcanzó su cénit cuando se infiltró en la transferencia/contratransferencia en la sesión que acabo de describir. Sentada con Isabela en la consulta mientras ella se deshacía, ambas acosadas por la carga y lo inexplicable de lo incipiente y que estaba fuera de nuestro alcance, me preocupaba que esto fuera demasiado para ella, que pudiera terminar el análisis. Y, espero, he transmitido que la experiencia también ha sido perturbadora e insegura para mí.

Isabela comenzó nuestra siguiente sesión con un recuerdo del que habíamos hablado antes, aunque superficialmente. Su madre, a quien idealizaba y reverenciaba, había criado a Isabela y a su hermana con una considerable ansiedad de que la pobreza, la inmigración y la alteridad racial limitaran sustancialmente sus vidas. La ansiedad no era injustificada dado el reinado de la supremacía blanca, las opiniones prejuiciosas contra los inmigrantes y las limitaciones al acceso digno a los recursos. La madre trabajó diligentemente para impartir a sus hijas las habilidades que necesitarían para navegar por la vida en los Estados Unidos. Isabela valoraba mucho estos esfuerzos. Y parecía, de hecho, que una combinación de las atenciones de la madre y el orgullo por su herencia había equipado bien a Isabela. Las esperanzas de su madre de una buena vida para sus hijas tomaban muchas formas. Una de ellas se encapsuló en la fantasía de que aprender a tocar el piano, un instrumento que la madre amaba profundamente, podría colocarlas en los círculos adecuados. Para pagar las clases particulares tomó un segundo trabajo que implicaba un trabajo manual arduo y doloroso que le dejaba el cuerpo dolorido y maltrecho.

Isabela recordaba las lecciones de piano con gran detalle. Al entrar en la casa del profesor, se les ofrecía una taza de café a ella y a su hermana, una tradición común en su cultura. Isabela experimentaba el café caliente recién preparado y todavía hirviendo no como una ofrenda, sino como una demanda: la lección no empezaba hasta que ella lo bebía. Su hermana dejaba el café a un lado hasta que se enfriaba. Pero mi paciente agonizaba. Cada minuto de retraso era una pérdida de tiempo pagado por el arduo trabajo de su madre. Bajo la mirada autoritaria del profesor, ella se apresuraba a tragar el café. La sensación hacía que sus ojos se llenaran de lágrimas de dolor. Pensé en su descripción: "un olor y un sabor, una especie de amargura ardiente, como un ardor".

A lo largo de nuestro trabajo, Isabela siempre habló con admiración idealizada sobre la ética y la devoción de su madre hacia el trabajo. A este sentimiento lo seguían muy de cerca los sentimientos de culpa y el miedo a no merecer el sufrimiento de su madre: las dificultades de la pobreza, las pérdidas ocasionadas por la inmigración, la nostalgia extática e insuperable, todo ello al servicio de una vida mejor para sus hijas. Estos sacrificios acumularon una deuda que no podía ser pagada. Isabela nunca sería lo suficientemente buena. El complejo género de Isabela, su sexualidad queer, su pasión por el trabajo intelectual, nada de esto sería fácilmente legible para su madre ni valorado por ella. Como mujer queer, Isabela nunca sería capaz de producir la "buena vida" por la que su madre trabajó, y eso añadía una capa agonizante de fracaso e insuficiencia a su angustia.

Pero ahora pudimos ir más allá de los sentimientos de culpa de Isabela por no cumplir con el sacrificio de su madre. Pensando en el ritual del café, Isabela llegó a preguntarse si el sacrificio de su madre no era tan sencillo como siempre había pensado. ¿Tenía la historia de la madre y su compromiso con su exhaustivo trabajo más carga de lo que Isabela había imaginado? ¿Su dolorosa relación con la clase surgió sólo al mudarse a los EE.UU.? Estas preguntas no se apresuraron a reemplazar su percepción de las dificultades de sus padres al inmigrar a los Estados Unidos como personas de color con recursos limitados y poca educación formal; solo matizaron más su comprensión de ello. Poco a poco, Isabela comenzó a hablar de los recuerdos de cómo su madre le hablaba; Isabela localizaba ahora la impaciencia, incluso la exasperación en su tono. La forma en que la madre la disciplinaba parecía más dura, incluso condescendiente a veces. En los recuerdos de mi paciente aparecieron grandes discrepancias entre la forma en que Isabela y su hermana mayor eran consideradas por su madre. Por primera vez Isabela comenzó a contemplar la relación de su madre con su propia madre. Surgieron más pensamientos nuevos. Exploramos estos no como verdades descubiertas o como recuerdos recuperados[20], sino como nuevas traducciones hechas por Isabela, como nuevas formas de entender su vida. Con el tiempo, Isabela comenzó a considerar su raza, su origen étnico y su identidad queer más según sus propios términos. Cada vez más, su relación con su raza, su herencia, su género, y su sexualidad llegó a sentirse como algo que le pertenecía más.

Trabajando con el abrumamiento

En el encuentro sexual de Isabela con Raven, el aumento de la estimulación extrema incitó un estado de abrumamiento; su descripción de la sensación de "estar rota por la experiencia" puede verse así como el correlato experiencial de la ruptura del Yo. La inefable sensación que describió (ni olor ni sabor) surgió en las grietas abiertas por esa ruptura. Para mí, este casi incomunicable bocado sensorial era una parte enigmática débilmente representada liberada a través de la ruptura de su Yo, mediante la desvinculación de viejas traducciones.  Pero fue solo en el après-coup de mi introducción involuntaria del olor del café griego que esta parte sensorial actuó para activar selectivamente su recuerdo de las lecciones de piano y el traumatizante ritual del café.

Una explicación más detallada de este proceso puede ayudar a aclarar. Hemos visto cómo el enigma no puede ser descifrado de forma verídica, ya que es una respuesta al inconsciente sexual parental. Como tal, no tiene ningún contenido per se que pueda ser "descubierto". El enigma es traducido o reprimido (Laplanche, 1987). La sensación de Isabela ("un olor y un sabor, una amargura ardiente, como un ardor") puede considerarse como una forma poco desarrollada y rudimentaria que el enigma tomó durante la ruptura de su Yo. Sin embargo, para que se elaborara más, tuvo que tomar prestada una forma transitoria de otro lugar. ¿De dónde vino esta forma? Diría que vino de mí y de mi propio proceso psíquico (sobre tales procesos, ver Levine, 2012). El relato de Isabela de su experiencia sexual, de su deshacerse y de la vaga sensación de amargo/caliente parece haber agitado algo relacionado con mi propio sexual, haber producido en mí una "turbulencia generativa" (Civitarese, 2013) que se conecta con mi preparación de café en un momento poco habitual. Para mí, el café griego tiene un exceso de significado. Es el significante de un país que he perdido en parte por la inmigración. En el momento de mi trabajo con Isabela, esta pérdida se vio amplificada por el impacto de la crisis económica griega que estaba deshaciendo precipitadamente el tejido social de mi país de maneras totalmente sin precedentes, causando una verdadera crisis humanitaria[21]. Debo suponer que todo este material manifiestamente alarmante pero altamente representado fue subtendido por un material propio menos representado y más enigmático, cuyo contenido excede mi alcance aquí.

Es decir, no creo que mi impulso de hacer café griego surgiera de alguna forma de comunicación inconsciente por parte de Isabela y de su recuerdo de la preparación del café por parte del profesor. Más bien, el significante del café griego es algo que traje al intercambio analítico; es una producción de mi propia vida inconsciente. Refleja mi propia respuesta fortuita y significativa al material de la paciente. Eso, a su vez, proporcionó un medio a través del cual la pro-forma de lo enigmático en la experiencia de Isabela (la sensación ardiente, de amargo/caliente) se elaboró, activando su propia memoria del ofrecimiento de café y las lecciones de piano. Es decir, que el café griego que hice derivó su significado de su efecto retroactivo en la memoria de mi paciente.

En la sesión el abrumamiento y la ruptura del Yo que este produjo se manifestaron en el vacío que se abrió entre Isabela y yo. Cuando el abrumamiento entra en el espacio analítico, deberíamos esperar que ambos miembros de la díada se encuentren en un estado desregulado; ese, de hecho, fue el caso en la sesión que he descrito. Esta desregulación es una indicación no de que algo va mal, sino de que algo está pasando. En esos momentos, el analista sentirá la presión de querer vincular y dar sentido. Esto debe evitarse porque puede interrumpir la toma de impulso que puede facilitar la desvinculación del Yo. Pero evitarlo no será fácil. La tarea de no interrumpir la toma de impulso hacia un estado de abrumamiento puede ser especialmente pronunciada en el trabajo con material sexual perverso, cuando lo sexual propio del analista puede ser evocado. Con ese material el analista puede llegar a ser temeroso, o a estar defensivamente paralizado en la intensidad descriptiva de los escenarios sexuales (Dimen, 2001; para un ejemplo, véase el intercambio entre Bronksi [2002a, b] y Dimen [2002]).  Esto no quiere decir que los escenarios actuados no puedan tener elementos que puedan ser extraídos en busca de significado o que las respuestas conscientes del analista no puedan aportar por sí mismas información o comunicaciones útiles (véase, por ejemplo, Davies, 2003; McDougall, 1986, 1995; Parsons, 2000). Es solo decir que un enfoque en los significados simbólicos, por útil que pueda ser para explorar las transformaciones defensivas de la experiencia representada, puede no ser tan útil para trabajar con material que no esté organizado psíquicamente. Cambiar el trabajo hacia el descubrimiento del significado interrumpirá el aumento de desvinculación radical del Yo. Podemos recordar aquí el deseo de Stein: "los pacientes que son capaces de aprovechar lo excesivo de la sexualidad de manera liberadora deben ser escuchados por nosotros como analistas con toda la receptividad que podamos reunir, sabiendo que por muy atentamente que intentemos captar ese exceso, no podemos hacerlo de manera concluyente" (2008, p. 68; cursiva añadida).

Trabajar con el abrumamiento agitará lo sexual del paciente y del analista. En este caso, las actuaciones de la analista (aquí, el café griego) excitaron los primeros rastros mnémicos del paciente en el après-coup. Las actuaciones de este tipo son similares a los actos de figurabilidad (Botella y Botella, 2005, 2013; Levine, 2012). El hecho de retomar estos recuerdos retroactivos en el análisis con Isabela ayudó a asegurar que el enigma que se liberó en la desvinculación del Yo no se reprimiera, dándole espacio para ser retraducido por la paciente. Las nuevas traducciones de Isabela hicieron posible más grados de libertad psíquica para ella, permitiéndole enlazar las retraducciones con sus propios significados.  El nuevo ensamblaje del Yo que siguió a su desvinculación radical produjo traducciones de su propia creación (no proporcionadas por mí) que estaban menos ceñidas en torno al deseo del otro, trayendo el enigma más a su propia posesión.

Un self con mayor agencia y libertad, que puede responder menos a los fantasmas parentales o a los mandatos culturales[22], puede ser posible gracias a la labor del abrumamiento. Pero es importante tener claro que al hablar de libertad no me refiero a un mayor acceso a un "verdadero" self o a un acceso "real" a la interioridad de uno. Hablar de acceso o de verdad tiene poco sentido porque el enigma no se trata de recuperar algún recuerdo primordial o una verdad histórica transmitida inconscientemente. Lo que se hace disponible para el paciente a través de este proceso es siempre - y solo - una nueva traducción. Las nuevas traducciones no son más definitivas o "verdaderas" que las traducciones anteriores, desentrañadas; están sujetas a descomponerse y a unirse como las anteriores. Lo que está en juego aquí no es un "destino final" en lo que respecta a la traducción, sino lo bien que una traducción funciona en un momento determinado de la vida del paciente. En ese sentido, deberíamos asumir que el potencial de movilidad y cambio de forma existe en todas las traducciones: ninguna traducción tiene la palabra final. Para decirlo de otra manera, la promesa del abrumamiento no es una nueva traducción fidedigna; ni ofrece reparación o "liberación". Lo que se materializó en y a través de la ruptura del Yo de Isabela, mi actuación, el recuerdo que produjo, y las retraducciones que surgieron en nuestro trabajo no captan nada con exactitud histórica. Isabela no "descubrió" la ambivalencia de la madre, el trauma racial, o el daño de clase, aunque estos pueden estar ahí. Lo que Isabela pudo hacer fue crear una manera de que su clase, su raza, su género y su sexualidad queer se hicieran más suyos, de responder menos a los significados y ansiedades que generaba en el otro, haciéndolos más propios.

 

[1] Si bien generalmente nos basamos en los datos de tratamientos analíticos, las observaciones de la vida cotidiana también sirven como trampolines útiles para teorizar los fenómenos mentales; la descripción que hace Freud del juego del carrete y su teorización de fort/da (1920/1953e) es un ejemplo paradigmático de esto.

[2] Estoy usando abrumamiento como sustantivo, a diferencia de su uso más común como verbo y de su forma adjetival, como cuando describimos algo como "abrumador".

[3] Las siguientes reflexiones no tienen que ver con la dinámica particular de esta díada ni con ningún individuo. La parte III explora en profundidad cómo tales escenas interactúan con la historia personal y las fuerzas inconscientes.

[4] La crítica queer de color ofrece muchas herramientas conceptuales con las que pensar estas distinciones, incluyendo las sugerencias de Cruz (2016), Musser (2014), Nash (2014), Rodriguez (2014), Scott (2010), y Stockton (2006). Mis sugerencias aquí están muy influenciadas por estos trabajos pero tienen una orientación analítica.

[5] Para este concepto en relación con Levinas, ver Scarfone (2015b).

[6] Para una discusión más en profundidad, ver DePereira, Messina y Sansalone, 2012; Gentile, 2015; Saketopoulou, 2011.

[7] En el consentimiento afirmativo, el daño puede implicar una desconsideración más explícita de los límites establecidos por el otro.

[8] Hegel (1807/1977) elaboró este argumento en su exploración de la dialéctica amo/esclavo (señor/sirviente). Véase Benjamin (1988) para una explicación de orientación analítica y Salamon (2016) para una crítica concienzuda e incisiva del trabajo de Benjamin.

[9] Este paralelismo merece un artículo propio. Aquí solo exploro cómo creo que puede relacionarse con el consentimiento límite. También, si bien pongo el énfasis en los paralelismos, hay importantes diferencias que deberían mencionarse: en el primer ejemplo, la paciente es una adulta, mientras que Lumi es una niña: la capacidad cognitiva, las experiencias encarnadas y la configuración psíquica de un adulto crea paisajes enormemente diferentes de los de la niña relacionándose con una figura parental, etc.

[10] Para una discusión en profundidad de lo que el analista puede y debe revelar al comienzo de un tratamiento sin comprometer su andamiaje, ver Saks y Golshan (2013).

[11] Para un ejemplo clínico, ver Hansbury (2017).

[12] Desde una perspectiva teórica, puede parecer paradójico que Freud empezara por las aberraciones sexuales y después teorizase sus fundamentos.

[13] En la parte III exploro la implicación técnica de este punto: la ansiedad de la analista puede empujarla a intervenir con preguntas o interpretaciones que interrumpan el movimiento hacia el abrumamiento. Esto también puede pasar no por la actividad de la analista, sino cuando esta vuelve a marcar cosas retrocediendo demasiado pronto para que el material difícil no abrume al paciente.

[14] Los significados psíquicos del barebacking, una práctica sexual de las subculturas homosexuales masculinas que implica no utilizar preservativos (Dean, 2009) se han transformado con el uso de la Profilaxis de Preexposición (PrEP).

[15] Hay vínculos interesantes entre estos estados, las nociones de Foucault (1991) y Blanchot (1969(1992) de “experiencia límite” (1991) y el concepto de Bataille de “experiencia interna” (1954/1988, 1957/1986). Véase Miller (1993) y, para una perspectiva psicoanalítica, Saketopoulou (2014).

[16] Debería reconocerse que lo transgresor es muy idiosincrático, involucrando una mezcla de factores intrapsíquicos, sociales e históricos (Dimen, 2003; Warner, 1999).

[17] Esto sigue la tradición de las resignificaciones por las que la palabra “queer” ha sido reclamada y repropuesta por los estudiosos de la teoría queer (de Lauretis, 1991; Halperin, 1997). Ver Edelman (1994) para una crítica y discusión de los investimentos asmilacionistas en dichos movimientos.

[18] A pesar de estas razones, no me sentiría cómoda conservándolo si no fuera también ampliamente utilizado en las comunidades queer con la resignificación que he mencionado.

[19] Otros pacientes me han contado (Saketopoulou, 2014) y a otros (Rundel, 2015) experiencias similares. Para hipótesis sobre la composición psíquica de tales estados, ver Saketopoulou (2015).

[20] En su artículo sobre recuerdos pantalla (o encubridores), Freud (1899/1953a) escribe: “en realidad puede cuestionarse si tenemos algún recuerdo de nuestra infancia: los recuerdos relativos a la misma pueden ser todo lo que poseemos” (p. 322).

[21] La crisis culminó con los niños desmayándose de hambre en los colegios; personas perdiendo sus hogares y sus vidas; un aumento en la tasa de suicidio y un aumento disparado del sentimiento nacionalista violento que eligió a un partido neonazi para el parlamento. El partido, Amanecer Dorado (en griego Χρυσ? Αυγ?, un nombre que desgraciadamente comparto: Dawn [Amanecer en inglés] = Αυγ? = Avgi) tenía como objetivo a los inmigrantes, estableciendo bancos de sangre y comedores de beneficencia que servían solo a ciudadanos griegos. En aquel momento, yo estaba desolada por este desastre y traspasada por las noticias sobre él.

[22] “Mandatos culturales” puesto que Laplanche (2005) nos dice que el infante tomará necesariamente las formas mitosimbólicas y los marcos discursivos más amplios para elaborar sus traducciones. Esto es consistente con Aulagnier (1975), una cuestión importante en la que no puedo ahondar aquí.

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