aperturas psicoanalíticas

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revista internacional de psicoanálisis

Último Número 071 2022 Clínica de la intersección de lo social y lo intrapsíquico

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Hacia un psicoanálisis social: cultura, carácter y procesos inconscientes normativos [Layton, L, 2020]

Toward a social psychoanalysis: Culture, character, and normative unconscious processes [Layton, L, 2020]

Autor: Higueras Esteban, Carola

Para citar este artículo

Higueras, C. (2022). Hacia un psicoanálisis social: cultura, carácter y procesos inconscientes normativos. Aperturas Psicoanalíticas (22). http://aperturas.org/articulo.php?articulo=0001199

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http://aperturas.org/articulo.php?articulo=0001199


Reseña del libro de Layton, L. (2020). Toward a Social Psychoanalysis: Culture, Character, and Normative Unconscious Processes. Routledge, 307 pp.

 

Lynne Layton es psicoanalista y docente a tiempo parcial en el Departamento de Psiquiatría de la Facultad de Medicina de Harvard. Supervisa en el Instituto de Psicoanálisis de Massachusetts y enseña psicoanálisis social en el Departamento de Psicologías Comunitarias, de Liberación, Indígenas y Ecológicas del Pacifica Graduate Institute. Fue presidenta de la Sección IX de la División 39, Psicoanálisis para la Responsabilidad Social, y socia fundadora del Reflective Spaces/Material Places-Boston, un grupo de terapeutas psicodinámicos comprometidos con la salud mental comunitaria y la justicia social.

En 1980, Layton decidió formarse como psicóloga debido al impacto que tuvieron en ella los numerosos movimientos sociales que estaban aconteciendo en aquellos años. Estos movimientos reivindicaban el reconocimiento de identidades culturalmente devaluadas en la sociedad: derechos civiles, segunda y tercera ola del feminismo, poder negro, liberación de gays y lesbianas, movimientos queer y trans, etc. Hasta entonces su carrera había estado orientada hacia la docencia, impartiendo distintos cursos en la Universidad de Harvard sobre aspectos sociales y feminismo.

Durante su formación en psicología se decepcionó al descubrir un campo profundamente individualista, centrado principalmente en definir y vigilar la normalidad/anormalidad. Este no reconocía los efectos que tienen sobre la subjetividad la historia, las diferencias de poder y la violencia sistémica y simbólica que la sociedad infringe a sus ciudadanos. No obstante, se sintió fuertemente atraída por las distintas teorías psicoanalíticas, lo que la condujo a formarse como psicoanalista clínica.

A lo largo de su formación encontró que los terapeutas no estaban familiarizados con las teorías académicas de género, y que los académicos no tenían en cuenta las formas conflictivas en que los individuos vivían el género y la sexualidad. Dada su propia experiencia en análisis y su trabajo en la clínica con pacientes, llegó a entender el género como algo traumático. Hasta ese momento, este concepto no estaba considerado dentro del campo legítimo del trauma, como la guerra, el hambre, la pobreza…, sino  a un tipo de trauma perpetrado por las prescripciones y prohibiciones derivadas de las jerarquías sexistas y heterosexistas rígidamente binarias existentes en la sociedad.

El volumen que reseñamos aquí presenta una compilación de sus escritos más relevantes durante los últimos 20 años, y también una llamada a la acción para una nueva generación de activistas clínico-académicos.

Sección I. ¿Qué es el psicoanálisis social?

Layton expone en esta sección lo que denomina psicoanálisis social. Una orientación comprometida en explorar los modos progresivos y regresivos que influyen en la formación y comprensión de la subjetividad, y su relación con el mundo social y político de un lugar y tiempo determinado.

Capitulo 1. Sueños americanos

En este capítulo expone que los clínicos estadounidenses son considerados como “demasiado agradables”, poseen una visión menos trágica del ser humano y son más optimistas ante las posibilidades de transformación personal que los autores europeos. Profundiza sobre las fortalezas y limitaciones de la práctica psicoanalítica estadounidense.

Considera que la sociedad estadounidense promulga valores positivos como: la importancia de la libertad personal, una visión optimista ante la vida y la idea de que cualquier persona pueda llegar a ser lo que realmente se proponga. Lo que en su opinión, hace de Estados Unidos una sociedad terapéutica en la que muchos buscan tratamiento para alcanzar un mejor bienestar psíquico. Por otro lado, destaca un aspecto negativo; que los estadounidenses tienden a reducir los problemas sociales a problemas psicológicos individuales.  

Cita el trabajo de John Demos (1981), quien abordó la separación entre las esferas pública y privada, vinculando al hombre con la primera y a la mujer con la segunda. En este contexto, primero se entendió a la familia, y luego a los individuos, como algo separado de sus circunstancias sociales y políticas. También refiere que, con la aparición del capitalismo industrial, en los EE.UU. emergió la ideología del hombre hecho así mismo que prospera de manera individual pasando de la pobreza a la riqueza. Piensa que ambas ideas, junto la ideología consumista contemporánea, implican importantes consecuencias psíquicas para los ciudadanos.

Layton engloba bajo el concepto de Síndrome del sueño americano los fenómenos psíquicos que tienen lugar en una sociedad que promueve la creencia de que todo aquel que se esfuerce podrá alcanzar las metas que se proponga. Dicha sociedad considera a cada individuo como único responsable de sus dificultades y limitaciones. Un sistema socioeconómico injusto que alienta al sujeto blanco, de clase media a criticarse a sí mismo y a sus padres por su propia infelicidad en lugar de examinar las limitaciones que le infunden las desigualdades sociales. Una sociedad donde proliferan los sujetos que se culpan a sí mismos de su propio sufrimiento, y resuelven de manera generalizada acudir a terapia en lugar de formar alianzas sociales y revelarse contra un sistema basado en la desigualdad responsable de muchos de esos sufrimientos.

La autora considera una gran contribución estadounidense al campo psicoanalítico el desarrollo de la teoría relacional. No obstante, señala como una gran limitación el hecho de que desde esta corriente, al igual que desde todas las demás, no se integran las dimensiones psíquicas y sociales en la comprensión de la subjetividad.

Capítulo 2. Notas hacia una práctica clínica inconformista

Aborda los efectos que tiene el capitalismo sobre los ciudadanos, así como las fuerzas de resistencia que surgen para hacerle frente. Para ello profundiza en los procesos inconscientes que operan en los ciudadanos, los cuales considera que son altamente manipulables por las ideologías y medios de comunicación, y son al mismo tiempo cómplices y resistentes a las fuerzas hegemónicas.

La autora está de acuerdo con muchas de las ideas innovadoras de Philip Cushman (1995), quien argumentó que debemos agregar a nuestras teorías de dos personas una noción de terceridad, lo que él definió como ámbito histórico-socio-cultural. Este autor propone el encuentro terapéutico como un lugar privilegiado donde existe la buena voluntad para el diálogo y la capacidad de asumir otros puntos de vista. Considera que la teoría analítica relacional se opone a la forma autoritaria del discurso dominante, algo que también comparte Layton, pero a diferencia de este, Layton no considera que desde esta orientación se ayude al paciente a cuestionar la cultura en la que vive y pueda llegar a reconocer las desigualdades sociales existentes.

Ella aboga por un diálogo clínico que se resista a la conformidad, y que dé lugar a sujetos que sean capaces de vincular su experiencia con el mundo social que les rodea y promulgue la reciprocidad, no solo en la esfera privada, sino también en la pública. Solo entonces, considera que podremos tener un diálogo que nos conecte éticamente con nosotros mismos, la humanidad y la naturaleza.

Capítulo 3.  Ataques a la vinculación

Layton se centra en la desvinculación de los individuos de su contexto social como producto del surgimiento del capitalismo patriarcal de mediados del siglo XX en Estados Unidos.

A medida que el capitalismo empresarial dio paso al capitalismo de consumo, la ideología individualista liberal se afianzó cada vez más, legitimando la división público/privado e idealizando al hombre blanco autónomo, cuya subjetividad reside en la razón y la voluntad. La autora se adentra en cómo la ideología del individuo libre está, particularmente en el contexto estadounidense, estrechamente relacionada con la autosuficiencia y un individualismo extremo que no tiene en cuenta las conexiones sociales y culturales en las que se ve envuelto el ciudadano.

Recurre a Roland Barthes (1957) para explicar las dos vías principales por la que opera esta ideología burguesa: (1) la deshistorización, que implica naturalizar y universalizar lo que es realmente específico de un momento histórico dado y (2) una constelación de relaciones dada, -lo que Barthes llama ex-nominación- en la cual, la clase que tiene más poder económico y simbólico se refiere a sí misma como referente de “hombre” o "humano".

Así mismo refiere que Louis Althusser (1971) argumentó que todos los aparatos de la cultura capitalista -la familia, el sistema educativo, los medios de comunicación, la religión, etc…- funcionan para apuntalar la noción de un individuo libre separado del contexto social. Los individuos libres, libres para triunfar o fracasar por sí mismos, generalmente no tienen idea de que su libertad está condicionada por la falta de libertad inherente al sistema de trabajo asalariado (Zizek, 1994).

La autora destaca que cada cultura a través de una estructura de poder propia, define lo que se considera dependencia y lo que se entiende como agencia, es decir, establece qué clases o estratos sociales son dependientes, y cuáles son independientes, lo cual juega un papel decisivo en la determinación de los tipos de conflictos psíquicos inherentes a esa cultura.

Opina que la terapia psicoanalítica es una de las muchas prácticas que refuerzan la norma que desvincula lo psíquico de lo social, al limitar los conflictos del paciente únicamente al contexto familiar. Así mismo, alerta de que las normas que separan a los individuos de su psique política generan conflictos inconscientes, y que este conflicto -compartido por terapeutas y pacientes– se actúa con mucha más frecuencia de la que se podría esperar en la relación terapéutica.

Capítulo 4. ¿Qué divide al sujeto?

El objeto del psicoanálisis es el sujeto, la subjetividad. Pero ¿qué entendemos por subjetividad y cómo surge la subjetividad? La autora refiere que son pocos los psicoanalistas que consideran que la situación social e histórica tiene algo que ver con la subjetividad, sin embargo, la gran mayoría están de acuerdo en que el sujeto está dividido y, más particularmente, dividido contra sí mismo.

La postura de Layton para entender la subjetividad está influenciada por la escuela relacional, lo que significa que considera que el individuo se construye a partir de una matriz relacional donde las relaciones tempranas moldean el desarrollo y la expresión de la personalidad. Así mismo, está de acuerdo con autores como Heinz Kohut (1971) y Stephen Mitchell (1988) al considerar que lo que causa la miseria neurótica son los conflictos inconscientes producidos por el trauma relacional.

Su manera de concebir la relación entre lo psíquico y lo social, indica que la subjetividad surge de un conflicto continuo entre experiencias relacionales. Refiere que a lo largo del desarrollo de una persona tienen lugar experiencias de reciprocidad predecibles en la relación, así como también sufre ataques vergonzosos que surgen de ser tratada como indigna. La sociedad a través de las jerarquías sociales tiende a idealizar ciertas posiciones de los sujetos y devaluar otras, a la vez que asigna a cada individuo determinadas capacidades y atributos dependiendo de la clase, raza, sexo o género al que pertenezca.

Debido a que las jerarquías culturales dividen y categorizan los atributos y capacidades humanas, la subjetividad está marcada por un conflicto incesante entre aquellos procesos inconscientes que buscan mantener las escisiones y aquellos que las rechazan. A los que buscan mantener las divisiones, la autora los llama procesos inconscientes normativos, concepto al que volverá en capítulos posteriores.

Layton subraya la importancia de que los terapeutas sean conscientes de la forma en que las normas y las políticas sociales afectan a los procesos de subjetivación. Enfatiza que la forma en que las estructuras psíquicas se entrelazan con la división de género, raza, sexo y clase no solo divide a los sujetos entre sí, sino que divide al sujeto contra sí mismo.

Capítulo 5. La crítica relacional en el contexto socio-histórico

La autora se basa en el trabajo del sociólogo británico Anthony Giddens (1991) y de los sociólogos alemanes Ulrich Beck y Elisabeth Beck-Gernsheim (2002). Sugiere que lo que estos últimos denominan segunda modernidad (procesos de individualización institucionalizada posteriores a la Segunda Guerra Mundial) modelan un proceso de individuación que incluye el desarraigo de la tradición, y la construcción de marcos legales más pensados para asegurar la libertad individual que para proteger la vida colectiva. Se trata de un proceso dialéctico: las mismas fuerzas que abren el yo a la oportunidad, crean simultáneamente lo que los sociólogos denominan precariedad del yo.

Un aspecto importante de la segunda modernidad es lo que Beck (1999) denomina como sociedad del riesgo. En este modelo, la primera modernidad -el período de la industrialización- estuvo marcada por la creencia de que la sociedad podía calcular y asegurarse contra los riesgos socializándolos y colectivizándolos, ejemplos de ello serían la compensación económica por el trabajo y la seguridad social. La segunda modernidad, en cambio, está marcada por los riesgos imprevistos y las incertidumbres producidas por la primera modernidad, por ejemplo, la amenaza nuclear, la ingeniería genética y la destrucción ecológica. Para vivir en una sociedad del riesgo, hay que ser capaz de mantener en el fondo de la conciencia los posibles desastres que podrían ocurrir; sin embargo, también hay que ser capaz de enfrentar esos peligros que, si se niegan o solo se atienden de manera selectiva, podrían destruir toda la vida tal como la conocemos.

En una sociedad del riesgo, sin arraigo a la tradición y expuesta a los discursos de los expertos; -en su gran mayoría contradictorios entre sí- la capacidad de depender de las relaciones íntimas reemplaza de manera crucial la capacidad de depender de manera confiable de los entornos sociales. De hecho, una de las pocas anclas contra la ansiedad existencial disponibles en la vida contemporánea reside en lo que Giddens (1991) llama relación pura. Con este término se alude a que nada extrínseco mantiene estas relaciones que se establecen entre los participantes. La relación pura es en sí misma precaria, las satisfacciones emocionales y psicológicas que atraen a los socios están constantemente sujetas a cuestionamientos y a una posible disolución: ¿es esto adecuado para mí?, ¿soy feliz?, etc.

La autora sostiene que a través de la estabilidad y la coherencia de la relación terapéutica se puede contrarrestar la precariedad de la relación pura y aliviar al sujeto de las presiones de individuación que genera la sociedad actual. Su enfoque se centra en la singularidad del paciente, pero además del contexto individual y familiar, también tiene en cuenta cómo las fuerzas culturales y los diferentes poderes sociales dan forma a esos contextos.

Layton ante una paciente blanca de clase trabajadora, querrá saber e indagar cómo ha vivido y cómo vive esta persona en particular los aspectos facilitadores y restrictivos de la clase, la sexualidad, el género y la raza a la que pertenece. Piensa que estas categorías existen de manera interseccional, es decir, la forma en que se vive y experimenta el género siempre está marcada no sólo por las relaciones de género sino también por las relaciones de clase, sexo y raza.

Considera crucial entender que cuanto más consciente sea el terapeuta de su arraigo cultural y el de sus pacientes, y sea conocedor de las historias colectivas tanto de privilegio como de opresión, será menos probable que se patologicen ciertas vivencias de los pacientes. La acción terapéutica radica en volver a conectar a los pacientes con sus historias y restaurar el vínculo social roto, de una manera que se contrarreste la individualización institucionalizada y las negaciones neoliberales de arraigo.

Capítulo 6: Psicoanálisis y política

En este capítulo la autora expone su propia comprensión psicoanalítica de las relaciones entre el carácter social y las condiciones históricas que se dan en la situación actual en occidente. Se pregunta acerca de lo que las personas necesitan para prosperar y cómo el psicoanálisis podría contribuir a la construcción de un mundo políticamente más progresista. 

Elisabeth Young-Bruehl (2011) aborda las relaciones entre el psicoanálisis y la socialdemocracia posterior a la Segunda Guerra Mundial. Dentro de su obra aparecen dos conceptos fundamentales: (1) los instintos del yo, donde incluye las necesidades de dependencia, apego, amor, cuidado y seguridad; y (2) la caracterología, centrando su atención en todas las formas de exclusión social y desigualdad que son consideradas una enfermedad social. 

Layton está de acuerdo con Young-Bruelh en que las personas necesitan cuidados confiables para prosperar y poder negociar entre sus necesidades de dependencia, autoevaluación y reconocimiento. Considera, al igual que ella, que desde el psicoanálisis clásico y la psicología del yo se ha entendido la autonomía del sujeto únicamente basándose en la separación y la negación o superación de la dependencia del otro. Para ambas, esta forma de conceptualizar la autonomía -separando las necesidades de apego- está íntimamente relacionada con la caracterología, ya que la frustración de los instintos del yo da lugar a ciertos tipos de carácter en la sociedad.

Layton profundiza sobre la identidad de género y argumenta que los ideales e ideologías dominantes de masculinidad y feminidad en los Estados Unidos de la posguerra engendraron dos subtipos de narcisismo, cada uno marcado por demandas culturales que escinden algunas partes de lo que es ser un individuo adecuado. Sostiene que la masculinidad heterosexual estaba marcada por una versión egocéntrica de la autonomía producida por una negación de las necesidades de apego y otros instintos del yo; mientras que el ideal de feminidad estaba marcado por un rechazo a la autonomía, que a menudo condujeron, en la práctica, a versiones hostiles de dependencia y graves conflictos sobre la autoafirmación.

Considera que ambos grupos están heridos narcisisticamente, y la forma en que cada grupo social tiene de defenderse de sus heridas, inflinge heridas tanto a los grupos dominantes como a los marginados. Estos procesos de heridas mutuas, deben estudiarse siempre con referencia a los arreglos de poder particulares dentro de los cuales se desenvuelven en una sociedad dada.

También expone que la actual sociedad neoliberal fomenta la aparición de defensas narcisistas características del trauma: represalias y retraimiento, oscilaciones entre grandiosidad y autodesprecio, devaluación e idealización, negación de la diferencia y límites rígidos entre quienes se consideran que están dentro y quiénes están fuera de lo que es considerado como adecuado. 

La autora defiende que si se normaliza la dependencia y la interdependencia como parte fundamental del ser humano y se critican las versiones de autonomía que niegan un arraigo en la relación, la teoría psicoanalítica contemporánea ofrecería una especie de contradiscurso frente a los discursos neoliberales hegemónicos; evitando de esta manera, muchos de los efectos negativos que tiene sobre las personas el actual sistema neoliberal.

Sección II. Procesos normativos inconscientes. Reprodución de jerarquías culturales de clase, raza, género y sexualidad en la clínica

El término interseccionalidad hace referencia a la forma en que las identidades se configuran psicosocialmente por relaciones de poder y ejes superpuestos de opresión y privilegio. Layton añade también las representaciones de clase y de raza, y propone el término procesos normativos inconscientes para describir las actuaciones que reproducen experiencias traumáticas relacionadas con posicionamientos histórico-sociales conflictivos de los sujetos y su ubicación en múltiples sistemas de opresión.

Los procesos normativos son efectos vividos en la formación de la identidad, influidos por desigualdades de poder e ideologías dominantes que dividen y distinguen entre heterosexuales y homosexuales, ricos y pobres, hombres y mujeres, blancos y negros, etc. Señala que las jerarquías sociales de sexo, clase y raza establecen lo que se tendrá que escindir para alcanzar una identidad adecuada. Es decir, las normas sociales transmiten prescripciones específicas y divididas sobre qué afectos, atributos, comportamientos, pensamientos y modos de apego y agencia se consideran apropiados para una posición identitaria dada.

Las clasificaciones de identidades raciales, de género y sexuadas a menudo se viven como estructuras dolorosas, conflictivas, binarias (uno u otro) que incluyen una forma particular de vivir estados psicológicos como la dependencia, el amor, la vulnerabilidad y la capacidad de afirmación. La autora considera que el carácter social se define en términos de defensas típicas y normas impuestas socialmente sobre lo que se permite pensar y hacer dependiendo del grupo al que se pertenezca. Existen muchos caracteres sociales dentro de una cultura dada, y cada uno de ellos debe entenderse en el contexto de las normas diferentes, pero relacionadas, que operan en sectores sociales específicos.

Las actuaciones relacionales derivadas de los procesos normativos inconscientes, se expresan a través de síntomas, compulsiones a la repetición y luchas relacionales, que a menudo refuerzan las escisiones incluso cuando buscan deshacerlas. El heterosexismo, el racismo y el clasismo causan heridas narcisistas en los sujetos, y estos a su vez, son responsables de provocar heridas narcisistas en aquellos con los que se relacionan, perpetuándose de este modo, las normas y jerarquías sociales.

En esta sección se ofrecen algunos ejemplos de cómo las representaciones de procesos inconscientes se conectan con la producción y aplicación de versiones diferentes, pero entrelazadas, de subjetividad y carácter social.

Capítulo 7. La psicopolítica de la bisexualidad

Layton investigó la bisexualidad tanto en la literatura psicoanalítica como fuera del campo del psicoanálisis. Fuera del psicoanálisis encontró que, en las décadas de los 70 y los 80, existía un consenso que negaba la identidad bisexual en todos los discursos -médico, heterosexual, homosexual- considerando que todas las personas eran o bien heterosexuales o bien homosexuales. De tal manera que aquellos que afirmaban ser bisexuales, eran considerados homosexuales que intentaban hacerse pasar por heterosexuales, heterosexuales que querían probar lo prohibido, o bien, que la persona estaba pasando por una fase de transición o estaba confundida.

Desde el psicoanálisis la bisexualidad está considerada como la mejor defensa contra los binarios de género, es decir, una vía para mediar entre las normas de género culturales polarizadas. Cuando la bisexualidad se define como una mezcla de luchas femeninas y masculinas o una fantasía de tener genitales masculinos y femeninos, la bisexualidad funciona para sostener, en lugar de contradecir, las polaridades de género. 

La autora subraya que cuando se asocian, metafóricamente o literalmente, los genitales, y no otras partes del cuerpo como pueden ser los dedos de las manos, la lengua o la boca, la desigualdad de género se legitima. Considera que cuando los teóricos utilizan el término bisexualidad para hacer posible que las mujeres sean agresivas, competitivas o asertivas, codifican implícitamente estos atributos como masculinos.

Profundiza en el trabajo cultural y político que el término bisexual está produciendo en la teoría psicoanalítica actual a través de las obras de Donna Bassin (1996), Bárbara Stimmel (1996) y Dianne Elise (1997). Sostiene que el uso dominante de la bisexualidad en la teoría psicoanalítica contemporánea: 1) borra la bisexualidad como una sexualidad; 2) heterosexualiza la identidad; y 3) asume las identificaciones preedípicas de masculinidad y feminidad.

Así mismo, refiere que a nivel psíquico la bisexualidad ha sido considerada un síntoma de narcisismo. La autora propone que lo que aquí se anhela no es tanto la ilimitación, el deseo de tenerlo todo, sino que lo que anhela la persona es el deseo de que sus capacidades no sean coartadas socialmente. Sostiene que confundir el deseo de una niña de poder expresar libremente su intelecto o, el deseo de un niño de llorar en público, con un anhelo narcisista de plenitud sería puro sexismo.

Layton declara que no comprende del todo lo que son las identificaciones de género cruzado, aunque muchos teóricos parecen estar de acuerdo en que son la gran esperanza para revertir las rígidas polaridades de género. Dado que en esta cultura, la opción dominante de identificación son hombres y mujeres, los niños y niñas probablemente habrán asociado algunos de sus atributos, deseos y comportamientos con los hombres y otros con las mujeres. Pero ella nunca concluiría, por ejemplo, que si una niña se identifica con la inteligencia de su padre y la sensualidad de su madre -identificaciones a las que se referiría como paterna y materna en lugar de masculina y femenina- la inteligencia sería una identificación masculina y la sensualidad una femenina. Puede que para esta niña en concreto puedan serlo, pero Layton considera que estas identificaciones de género cruzado complicarán su vida si, al mismo tiempo, la inteligencia no se asociara con las mujeres y la sensualidad con los hombres.

Argumenta que las versiones dominantes de masculinidad y feminidad no existen por separado, ambos lados de la polaridad están internalizados de alguna manera. Si un niño pequeño es humillado por llorar en público y de ahí en adelante adopta una actitud estoica ante situaciones dolorosas no volviendo a llorar nunca más, el estoicismo pasaría a formar parte de lo que define su masculinidad, y esa definición implicaría una diferenciación de las niñas, a quienes se les permite llorar en público. El estoicismo mismo está condicionado por la necesidad de resguardarse de deseos e impulsos que le traerían humillación.  En este caso ¿Ha renunciado el niño a una identificación de género cruzado para establecer este aspecto de su masculinidad? La autora considera que no, sino que lo más probable es que él, como su hermana, lloró siendo un bebé, y a todos les pareció bien hasta que lo hizo en un grupo de niños y se le avergonzó por ello.

Virginia Goldner (1991) señala que el género se configura dentro de matrices relacionales conflictivas en las que los niños hacen sus identificaciones y desidentificaciones según entienden lo que deben hacer para ser amados. Algunos de esos atributos se han logrado mediante identificaciones complejas; muchos de ellos, sin embargo, son capacidades innatas neutrales al género para la agencia y el apego que se desarrollan en relaciones que tienen un género cultural. Usar bisexual como un término que significa la combinación de masculino y femenino es coludirse con la forma en que esas capacidades se han dividido por género.

 Layton define la bisexualidad al igual que los teóricos bisexuales: exclusivamente en relación con la elección de objeto. Considera que tiene orígenes psíquicos en los vínculos con los cuidadores tanto masculinos como femeninos. Pero aunque le gustaría que este término incluyera los binarios sexuales o de género, no cree que esto sea posible. Vivimos en un mundo en el que tanto la heterosexualidad y la homosexualidad, como la feminidad y la masculinidad, se definen mutuamente mediante procesos de escisión, dentro de relaciones de dominación y sumisión. Y es por ello que la autora defiende que solo siendo conscientes de la escisión impuesta culturalmente, y adoptando un modo de relacionarse basado en la reciprocidad, se podría producir una subjetividad transgresora.

Capítulo 8. Autonomía defensiva en mujeres de clase media

Las teorías que tienen en cuenta la relación entre lo psíquico y lo social señalan el hecho de que desde la cultura occidental se tiene como ideal al individuo autónomo, al mismo tiempo que crea personas que son inseguras, ansiosas de conseguir o mantener su estatus, e intentan negar todo tipo de necesidad de dependencia aunque son profundamente dependientes de la aprobación de los demás. Layton considera que los efectos de las estructuras de carácter y las modalidades relacionales fomentadas por el capitalismo, son lo suficientemente profundas como para que a todas las personas les resulte conflictivo mantener la vinculación con el otro y la independencia autónoma.

La autora también sostiene que la separación entre la autonomía y las capacidades relacionales son producto de un sistema social donde se ha relacionado estas dos capacidades con el género, considerándolas características masculinas y femeninas respectivamente -lo que Jessica Benjamin (1988) define como polaridad de género- y al mismo tiempo considera que tanto la ideología como la clase social están relacionadas con la estructura de carácter narcisista

Este capítulo se centra en lo que la autora percibe como un cambio en la estructura psíquica de muchas mujeres. A través de varias viñetas clínicas, describe el concepto de autonomía defensiva que aparece en mujeres blancas de clase media, un fenómeno clínico que considera que muestra la forma en que el género, la raza, la clase y la sexualidad están vinculados entre sí y con un momento histórico concreto. Este concepto hace referencia a una modalidad de autonomía que adoptan algunas mujeres, caracterizada por una marcada tendencia a devaluar y a repudiar los atributos tradicionalmente asignados como femeninos, es decir, dependencia, necesidad de apoyo y sensibilidad.

Hasta finales de la década de 1960 se esperaba de las mujeres heterosexuales, blancas y de clase media que tuvieran una educación pero que finalmente aspiraran a casarse con un hombre que pudiera mantenerlas económicamente. También se esperaba que los niños y niñas de clase media fueran a la universidad, y esto significaba que tanto los padres como los hijos e hijas tenían que prepararse para la separación cuando el niño o la niña tenía alrededor de diecisiete años. Layton expone que en cierto modo estos mandatos sociales siguen aún vigentes, y considera que muchos de los problemas psíquicos que tratan los terapeutas actualmente son consecuencia de la fuerte tendencia cultural donde los hijos e hijas procedentes de familias con ambos progenitores trabajando fuera de casa y con escasos apoyos sociales, tienen que ser independientes emocionalmente a edades cada vez más jóvenes.

También considera la forma en que el movimiento feminista de la década de 1970, comenzó a cambiar la forma de lo que se consideraba como la identidad heterosexual-femenina-blanca-de clase media adecuada: se suponía que la mujer liberada era relacional y cariñosa como siempre se había esperado de ella en épocas anteriores, pero ahora también se esperaba que tuviera una carrera, no tanto un trabajo, sino una carrera profesional. Por desgracia, la versión del feminismo que prevaleció no fue la que exigía alteraciones en la estructura del trabajo, el cuidado de los niños y el capitalismo de consumo, sino la que se estancó al centrarse demasiado en la igualdad laboral de las mujeres.

Dado que se cambiaron pocas condiciones familiares y laborales, la presión derivada de este cambio recayó en la estructura psíquica de las mujeres de clase media. Éstas, para encajar en el mundo de hombres, para alcanzar estatus y privilegio económico, tenían que ser capaces de habitar la versión masculina de la autonomía, cuyos requisitos psíquicos entran en fuerte conflicto con los de la llamada mujer relacional.  Layton sugiere que existen diferentes formas en que los trastornos narcisistas son infligidos y vividos dependiendo del grupo social al que se pertenezca. Considera que el psicoanálisis y la psicoterapia funcionan debido en parte a que son procesos que permiten contextualizar lo que ha sido descontextualizado, excesivamente contextualizado o erróneamente contextualizado. Sostiene que el trabajo terapéutico solo puede enriquecerse ampliando la definición de contexto, para incluir los efectos psíquicos de las desigualdades sociales que impregnan todos los aspectos de nuestras identidades y relaciones.

Así mismo la autora también piensa que el trabajo clínico debe desafiar las jerarquías culturales de la siguiente manera: primero, ayudando al paciente a comprender las divisiones que ha creado, qué atributos han sido valorados por sus seres queridos y por la cultura en general; en segundo lugar, que el paciente  identifique lo que ha repudiado y cómo lo que ha repudiado persigue y condiciona lo que no; tercero, considera que la terapia es uno de los únicos discursos culturales que no denigra ni niega la dependencia; de hecho, para la autora, el desprecio cultural por la dependencia es quizás el síntoma central de las formas masculinas y femeninas del trastorno de personalidad narcisista; y finalmente, cree fundamental y necesario ayudar al paciente a empatizar con lo que ha sido escindido, disociado y/o proyectado, para posteriormente lograr que sea reelaborado e integrado de otro modo.

Capítulo 9. Ese lugar me da escalofríos

El trabajo del sociólogo Pierre Bourdieu (1984) sobre clase, gusto y distinción, le sugirió a la autora que ciertas emociones juegan un papel importante en el mantenimiento de los gustos que sostienen las jerarquías sociales.

Bourdieu centró su atención en cómo cada fracción se distingue de las demás y cómo todas, excepto las fracciones de clase más baja, luchan por distanciarse de las necesidades de esas clases más necesitadas. Este autor utiliza el término habitus, para referirse a los esquemas éticos y de gusto en los que se basan las distintas fracciones de clase para hacer juicios que las distingan de las otras fracciones. Cada clase hace de su propia forma de ser y de relacionarse una virtud moral, avergonzando y despojándose de todo aquello que se pueda vincular con las otras fracciones de clases. Señala que las clases dominantes imponen su propia visión de lo que es deseable - en términos de ruido, vestimenta, calidad, limpieza, etc.- sobre las clases trabajadoras, sin reconocer que su propio gusto no marca nada objetivo, nada superior, sino solo como han sido internalizadas la desigualdad y lucha de clases. El sistema de Bourdieu presupone un sujeto narcisista y, por lo tanto, considera que la persona tiene poco lugar para salir de uno mismo y preocuparse por lo que les sucede a aquellos que pertenecen a una clase diferente.

Es este tipo de conflicto dinámico el que Layton trata de capturar en su definición de procesos inconscientes normativos, que como se dijo anteriormente, son aquellos procesos derivados de las distintas jerarquías sociales y que, a su vez, trabajan para reproducir y asegurar un status quo para que el orden y privilegios sociales se mantengan inalterables.

Bourdieu considera que las identidades de clase se forman a través de una escisión defensiva de partes del yo estrechamente asociadas con algo que se supone que caracteriza a los demás, especialmente a los que pertenecen a las clases más bajas. Las clases medias intentan mantener la distancia con respecto a la necesidad de las clases bajas, luchando frente a la angustia que genera la posibilidad de acercarse a la necesidad y teniendo que estar siempre vigilantes para mantenerse separados. Así mismo, también considera que se produce una distancia con respecto a las clases altas, frente aquello que se considera que nunca se va a poder alcanzar. El autor concluye que la internalización de las relaciones de clase, y las fantasías que se proyectan sobre las personas dependiendo de lo que se considera que sus gustos dicen de ellas, son factores responsables de que la situación social no se altere.

La obra de Bourdieu expandió el concepto de clase más allá de las definiciones centradas en la categoría laboral o los ingresos. A partir de entonces, se ha entendido la posición de clase como una compleja amalgama compuesta de capital económico, posición social y cultural experimentadas como versiones diferenciadas y encarnadas de habitus, lo que ha ido permitiendo a los distintos investigadores articular el concepto de clase con variables psicológicas tales como el gusto, los afectos, las ventajas educativas y sociales entre otros. Aunque a nuestra autora le sorprende que, pese al creciente interés en investigar la clase como experiencia relacional vivida, los teóricos psicosociales no hayan tenido en cuenta el poder de los procesos, los afectos y la transmisión intergeneracional inconsciente.

Capítulo 10. La clase en la clínica

Se ofrece un análisis interseccional de algunas de las diferentes formas en que sus pacientes viven la desigualdad de clase y cómo los problemas relacionados con la clase emergen en el trabajo clínico. Hace referencia a posibles consecuencias psíquicas que pueden surgir de la demanda de ascender por el escalafón social, generándose una experiencia dividida donde por un lado pueden aparecer estados de grandiosidad/orgullo de pertenecer a cierta clase social, y por otro, odio hacia sí mismo/vergüenza hacia aquellas partes del yo que están conectadas a la “clase inferior” de la que se procede. Layton resalta la importancia del conflicto inconsciente en la creación y distinción de clase, y sugiere que es necesario pensar sobre cómo las luchas de clases son históricamente específicas, impulsadas y perpetuadas por círculos de relaciones sadomasoquistas.

Esta viñeta clínica ilustra cómo la demanda de movilidad ascendente dentro de una cultura de creciente desigualdad de clases, promueve patrones sadomasoquistas de relación que son parte integral de la formación y lucha de clases:

Sandy primera hija de una madre blanca que creció en la pobreza y un padre que ascendió de clase trabajadora a burocrática. El padre nunca permitió que Sandy olvidara de donde procedía su madre y tenía grandes expectativas de que su hija ascendiera de clase y estatus considerando que era tan especial que podría alcanzar lo que quisiera. Sandy se esforzó académicamente más que cualquiera de sus compañeros y llego a alcanzar un trabajo con un nivel de ingresos elevados. Se aseguró su puesto como la favorita de su padre, lo que implicó unirse a él para denigrar a la madre. La paciente a través de la terapia pudo comprender como las capacidades de amor de su padre estaban bastante dañadas, y una parte de ella, en gran medida inconsciente, se resentía contra lo que sentía como un amor contingente al desempeño. Su frágil identidad como alguien especial se vio reforzada por su absoluto desdén por los compañeros que no trabajaban tan duramente como ella y que algún día, pensaba, limpiarían sus baños mientras ella disfrutaba del éxito.

Sandy se vinculó con un hombre de clase trabajadora y a menudo intentaba unirse a su terapeuta a la que alojaba en una posición de clase alta denigrando la falta de clase de su novio. En una ocasión en la que Layton ya no pudo soportar su desprecio encontró la manera de enfrentarla, y le señaló que parecía necesitar burlarse de su novio constantemente y que tal vez deberían ver el porqué. La primera reacción de Sandy fue tener un ataque de ansiedad, lo que con posterioridad se transformó en el reconocimiento de que gran parte del sentido de quién era ella se asentaba en este tipo defensivo de burla de clase. Fue necesario bastante tiempo de terapia para que pudiera entender de dónde había venido su distinción de clase, cómo se relacionaba con la des-identificación de clase de la madre y se identificaba con el desdén del padre hacia las clases inferiores. Finalmente la paciente llegó a comprender que la grandiosidad de clase era una defensa contra el reconocimiento de que el amor del padre dependía de sus logros: su burla estaba dirigida a las partes odiadas de sí misma que estaban asociadas a la falta de clase de su novio.

Esta viñeta ilustra cómo la burla y la distinción operan entre clases pero también dentro de la clase, manteniendo cerca al otro que se denigra. Sandy no solo se estaba defendiendo de su miedo a descender a una clase baja (representada por su madre); también estaba negando su amor por su madre. Sandy se había convertido en una persona disgustada que esperaba encontrar en su analista alguien con la que pudiera compartir su desagrado hacia las clases inferiores. Pero al no ceder Layton a esta petición, las defensas de su paciente comenzaron a desmoronarse.

La autora considera que la sociedad, refiriéndose a la de Estados Unidos -aunque es un análisis extrapolable a las demás sociedades- se asienta sobre una historia falsa que justifica las relaciones de poder existentes y culpa a la víctima, donde se fetichiza la autosuficiencia y la independencia de sus ciudadanos. En este contexto proliferan las creencias, por ejemplo, que las personas que no tienen trabajo o no prosperan en la sociedad es debido a que no se esfuerzan lo suficiente, que son perezosos, aun cuando la realidad sea que los trabajos escasean. Se piensa que toda desgracia es culpa de la persona, por lo que no son merecedores de la ayuda de un Estado protector. Layton considera que las personas llegan a internalizar esta ideología usándola contra sí mismos: castigándose por no cumplir con los ideales omnipotentes, sintiéndose avergonzados de sus vulnerabilidades, y debido a su vergüenza, se aíslan del resto de las personas siendo difícil que aúnen sus fuerzas para proponer un cambio en los dictados sociales que son lo que les generan sus frustraciones.

Capítulo 11. Identidades raciales y procesos inconscientes normativos

La autora desarrolla su propio modelo de identidad de género: modelo de negociación. Lo denomina de esta forma, porque hace referencia al modo en que constantemente negociamos la identidad de género, tanto a partir de lo que Benjamin (1988) llama relaciones de sujeto-objeto, como a partir de relaciones de mutualidad. Al mismo tiempo, trata de explicar el impacto psicológico, tanto positivo como negativo, de las distintas categorías de identidad en las personas.

Para comprender los efectos negativos -regresivos y excluyentes- de las categorías de identidad vuelve a recurrir al concepto de procesos normativos inconscientes, a través de los cuales operan las normas sociales que están al servicio de la ideología dominante para mantener un estatus quo del poder social. Para Layton las jerarquías sociales benefician a quienes ostentan el poder, no sólo idealizando ciertas posiciones de los sujetos y devaluando otras, sino que además tienden a hacerlo dividiendo las capacidades y los atributos humanos otorgándoles asignaciones de clase, raza, género y sexo. Considera que dichas asignaciones, causan heridas narcisistas que organizan el deseo de las personas de pertenecer a un grupo social u otro.

En cuanto a la identidad de género, la autora refiere que las normas dominantes sobre la masculinidad de clase media idealizan una forma de autonomía que nace de la escisión de la dependencia, la vulnerabilidad y el involucrarse en las relaciones con otros. Esta forma de autonomía presenta un ideal omnipotente que no necesita del otro, y la relaciona con uno de los polos de la dimensión narcisista: grandiosidad, denigración del otro y evitación de la conexión íntima. Contrariamente, las normas dominantes sobre la feminidad, al menos antes de la revolución feminista, idealizan la otra polaridad narcisista: el auto-desprecio, la idealización del otro y deseos de fusión en la relación.

Para Layton, sería un error pensar que la transmisión familiar y cultural de las valoraciones raciales, así como de clase, sexo y género se internalizan sin conflicto. Para ella, estas categorías son producto de separar las capacidades y necesidades humanas, lo que genera un conflicto incesante entre los procesos inconscientes que buscan mantener esas escisiones y aquellos que las rechazan.

Considera que a través de los procesos normativos inconscientes se mantienen las escisiones, se consolida el tipo de identidad correcta y se mantienen las desigualdades sociales reasegurando la posición de las jerarquías sociales de aquellos que ostentan el poder. A nivel individual, los sujetos protegen las escisiones psíquicas que imponen las normas culturales por el riesgo de perder el amor y aprobación social. Así mismo, la autora recuerda que el resultado de tal escisión es mantener cerca lo escindido, y es a través de las compulsiones a la repetición que se dan dentro de los distintos vínculos que establecen las personas, donde se ponen en acto la lucha entre los procesos normativos inconscientes y los procesos inconscientes contrarios a la norma.

La autora a lo largo de su práctica profesional se cuestiona los privilegios que ostenta por ser una mujer blanca, heterosexual y de clase media alta; y cómo estas identidades interfieren en su trabajo clínico con sus pacientes. Sostiene que la raza siempre está en el consultorio cuando la díada es interracial, y que a causa del racismo y de las diferencias vitales que conlleva, los blancos y negros de la cultura de Estados Unidos observan los mismos fenómenos sociales de modos muy distintos. Defiende que es necesario encarar la diferencia racial dentro del marco analítico, o al menos el privilegio de la raza, aun cuando paciente y analista sean ambos de la misma raza.

Para Layton la oscilación entre la denigración y la idealización que marca la elaboración de estereotipos es característica del narcisismo, y es parte de su argumento sobre que el racismo y otras desigualdades culturales producen no sólo daño narcisista, sino también carácter y defensas narcisistas.

En la viñeta que sigue la autora expone el trabajo clínico que realizó con Michael, centrándose en cómo su posicionamiento psicosocial como mujer blanca heterosexual de cierta edad entraba en conflicto con la forma en que él vivía su propia situación psicosocial singular.

Michael es un varón asiático-americano, de 30 años de edad, que acudió a terapia porque no podía olvidarse de su exnovio, un hombre blanco de clase media. Durante mucho tiempo se había sentido socialmente inepto y el origen de este sentimiento se remontaba a que su madre valoraba mucho la familia y la educación, no dejándole tener demasiada vida social fuera de la familia. Se esperaba de él que se centrara únicamente en el trabajo y en el colegio. Este paciente se mostraba en conflicto ante la idea de acudir a terapia, hecho que parecía estar relacionado con el posicionamiento de sus padres frente a los “occidentales” sintiéndose superiores respecto a su capacidad de ser personas reservadas, Michel también pensaba así. A lo largo de su vida el paciente trata de formar parte del grupo blanco privilegiado, a la vez que se mantenía unido a sus amigos asiáticos en la práctica de denigrar las formas de ser de los occidentales. A través de las sesiones se sucedieron asociaciones de ciertos atributos occidentales que consideraba como superiores frente a los que eran identificados como propios de los asiáticos, y otras donde se denigraba a los blancos occidentales e idealizaba a los asiáticos.

El modo de separar y racializar los atributos de este paciente, despertó en Layton muchos pensamientos y sentimientos sobre cómo trabajar mejor con él. Le hizo tomar conciencia de sus propios modos de categorizar y juzgar, a la vez que se mostraba cautelosa hacia algunas certezas con las que se dio cuenta que operaba. La terapia planteó numerosas cuestiones sobre cómo se viven las categorías de identidad que hacen intersección: diferencias en la gama y expresión de emociones, en la relación entre emoción y cognición, en los modos de separación y apego, así como la consideración que cada uno tiene acerca de lo que es el amor. El paciente que presenta Layton no es que sea un caso representativo de los asiáticos-americanos en general, pero a través del trabajo de ambos, expone cómo se cruzan las ideologías sobre raza, identidad étnica, género y sexualidad, además de cómo se viven y se ponen en acto en el tratamiento.

Sección III. Subjetividades neoliberales y la vida estadounidense contemporánea

Profundiza en los efectos que tiene el neoliberalismo en la formación de los sujetos, es decir, cómo la sociedad construye las formas de estar en el mundo y viceversa. Así mismo, describe cómo los clínicos inconscientemente validan y, a veces, se resisten a normalizar las versiones neoliberales de la subjetividad.

Capítulo 12. Nuestra implicación en el sufrimiento de los demás

En este capítulo aborda el empobrecimiento de las facultades empáticas que produce la cultura neoliberal, y la consiguiente dificultad que se deriva de ello para que los sujetos puedan experimentarse a sí mismos como responsables del sufrimiento de los demás.

La autora considera que las definiciones contemporáneas de empatía normalizan el repudio y la devaluación de la vulnerabilidad. Propone una versión de empatía que sea bidireccional, en la que se tenga en cuenta tanto las formas en que inconscientemente la persona busca refugio en identificaciones que la alejen de la vulnerabilidad, así como que pueda reconocer cómo de involucrada está en el sufrimiento de los demás.

Como ya se explicó anteriormente, Bourdieu (1984) encontró que las clases medias se refugian en la distinción para definirse a sí mismas e intentan apartarse lo máximo posible de la necesidad que experimentan las clases más bajas de la sociedad. Layton considera que en la actualidad el abismo que ha creado el neoliberalismo entre las clases más pudientes y todas los demás, solo parece haber aumentado la ansiedad, la competencia y el impulso de obtener esas marcas de distinción entre los ciudadanos.

La autora considera que las vulnerabilidades vergonzosas, que emergen por habitar cierta posición de identidad, se escinden y actúan de tal manera que permiten sostener la desigualdad sobre la que se asientan y dificultan la toma de conciencia de las formas en las que todos estamos implicados en el sufrimiento de los demás.

Todo ello es algo importante a tener en cuenta en la clínica, por lo que insta a describir los procesos inconscientes normativos que aparecen a través de las compulsiones a la repetición que tienen lugar en la relación terapéutica, donde tanto el paciente como el terapeuta se pueden estar refugiando en la distinción. La siguiente viñeta ilustra como estos problemas pueden hacer su aparición en la clínica:

Un hombre blanco que fue pobre en su infancia pero que ahora ostenta una buena posición económica, estaba abatido después de ver la película En busca de la felicidad (Muccino, 2006). Sentía que estaba viviendo su vida de forma equivocada, comprando la última tecnología y defendiéndose de viejos sentimientos de insuficiencia al tener que comprar siempre lo mejor. Su novia trató de consolarlo diciéndole: “no debes sentirte culpable, trabajaste duro para conseguir lo que tienes”. Él sin embargo, experimentó esta declaración como poco empática con lo que él estaba sintiendo en ese momento: que nadie merece lo que tiene cuando hay personas que hacen cola todas las noches esperando un refugio. Layton se sorprende de que la novia, persona que no poseía una buena situación económica, no fuera más empática con el sentir de su paciente, pero este le explicó que cuando uno es pobre tiende a no ser empático con la pobreza; más bien, recuerda que la actitud de su familia hacia las personas en circunstancias parecidas de pobreza a la de ellos era: “deja de quejarte y sigue hacia delante”.

La autora considera que la culpa que expresó su paciente después de ver la película, no tenía tanto que ver con tener demasiado, sino más bien con el sentimiento de no querer renunciar a lo que poseía, ya que esta renuncia conllevaría la amenaza de empujarlo de regreso a la clase necesitada de donde procedía.

Propone una forma de trabajar en terapia que fomente el reconocimiento de cómo uno está implicado en el sufrimiento de los demás. Insta a los clínicos a que reconozcan dónde, cómo y por qué mantienen los dictados dañinos de la subjetividad neoliberal. Para ella es importante pensar en cómo hacer conscientes el dolor que infligimos y las pérdidas en las que incurrimos cuando nos refugiamos en las grandes desigualdades y en la desvinculación que niega la vulnerabilidad.

Capítulo 13. La subjetividad neoliberal y la perversión de la verdad.

La autora enuncia los modos perversos de subjetividad y los mecanismos de negación que observa en los sujetos estadounidenses pertenecientes a la clase media blanca. Considera que comprender los efectos psicosociales dañinos que derivan del neoliberalismo puede ayudar a los terapeutas a tomar decisiones técnicas, que contrarresten la tendencia en la clínica a reproducir lo que ella entiende como versiones neoliberales de la subjetividad.

Layton refiere que la codicia excesiva y la apatía política de los últimos 30 años, son responsables de que los ciudadanos experimenten lo que considera como un trauma social. Los ciudadanos progresivamente han ido experimentando una disminución del sentimiento de seguridad, protección y confianza en aquellos agentes públicos que se supone que deben velar por el bienestar social. Hecho que ha derivado en el surgimiento de un sentimiento de ansiedad en el ciudadano, el cual es canalizado a través de la búsqueda de soluciones individualistas en lugar de colectivas.

Observa que el individualismo narcisista se ha visto exacerbado por el círculo vicioso de mayor vulnerabilidad y falta de contención. Propone que la sociedad actual genera un tipo de individuo narcisista que adopta defensas perversas, marcadas por una estructura fetichista que oscila entre fantasías de autosuficiencia omnipotente y fantasías de que una persona no necesita hacer nada para ser atendida y ayudada.  Así mismo, considera que la política entra en la clínica no solo en la discusión directa de los acontecimientos políticos, sino en la expresión consciente e inconsciente de nuestra subjetividad.

Layton al repensar en su trabajo clínico, cae en la cuenta de que a menudo trata de disminuir la dureza de los superyos punitivos de sus pacientes a través de intervenciones diseñadas para ayudarlos a sentirse menos culpables y menos mal por disfrutar de su privilegio. Al hacerlo, teme ser cómplice de perpetuar las normas neoliberales que alientan a los privilegiados a no ver la conexión entre su estatus afortunado y el estatus desafortunado de otros menos privilegiados.

Capítulo 14. Efectos sadomasoquistas individuales, grupales e institucionales del neoliberalismo.

Este capítulo es una compilación de lo que la autora considera algunas formas de actuación sádica de los individuos y las distintas formaciones grupales clasificadas en torno al género y la raza, fomentadas por las políticas y prácticas neoliberales.

Nuestras condiciones sociales actuales de creciente desigualdad de ingresos, reducción de personal, subcontratación, alto desempleo y sentimientos generalmente precarios sobre la situación económica, han creado mucha ansiedad sobre el estatus y el bienestar en todas las clases. Esto ha llevado por un lado a la división de estados de vulnerabilidad e inseguridad, y por el otro, al odio público de cualquier signo de vulnerabilidad y dependencia.

Desde una perspectiva psicológica, sabemos que negar la dependencia conduce a una especie de sentido grandioso de omnipotencia en el que uno siente que no necesita nada ni a nadie. Como resultado, se vuelve difícil ver cómo ricos y pobres, poderosos y vulnerables, están conectados entre sí, cómo todos somos parte del mismo sistema social y, por lo tanto, mutuamente interdependientes.

En el liberalismo clásico, el mercado se conceptualizaba como una esfera separada del gobierno. Sin embargo, el neoliberalismo se caracteriza por una asociación entre el gobierno y el mercado, en la que el gobierno extiende los valores del mercado -análisis de costo/beneficio y privatización- a áreas que antes se entendían como parte del bien común, como por ejemplo, la educación, la salud y los servicios sociales. Esta reconceptualización neoliberal del individuo racionaliza la división radical entre los que tienen posibilidades de triunfar en el sistema y los que no pueden: la falta de oportunidades derivadas de las divisiones sociales producidas por las políticas neoliberales, se entienden no como fracasos del sistema, sino como fracasos de elección y responsabilidad individual.

La autora profundiza sobre los efectos psicológicos individuales y a nivel grupal de la política social y económica neoliberal. Explora la dinámica relacional de lo que considera como narcisismo social. Sosteniendo que las marcadas desigualdades sociales conducen a escenarios relacionales sadomasoquistas y no instrumentalizados, marcados por la dominación y la sumisión, y por la erotización de las posiciones de poder y de debilidad.

Los efectos psíquicos de una falta cultural de sintonía con las necesidades de dependencia, y un estímulo cultural para dividir y proyectar necesidades de dependencia y vulnerabilidad, incluyen una intensa vergüenza por la dependencia, versiones omnipotentes de la autonomía y procesos narcisistas que incluyen oscilaciones entre la grandiosidad y el autodesprecio con respecto al yo, la idealización y la devaluación con respecto a sí mismo y en relación a los demás. La autora considera que estos estados y oscilaciones narcisistas, están fomentados por una sociedad perversa que niega una realidad marcada por graves fallas en los actos de rendición de cuentas a nivel individual, interpersonal e institucional.

Sam Binkley (2014) ha estudiado libros de autoayuda, coaching y psicología positiva identificando algunas de las prácticas que los expertos alientan a adoptar a las personas para ser exitosas y emprendedoras. Descubrió que se disuade a las personas de practicar la introspección, detenerse en los problemas, poner su experiencia en un contexto relacional o de mirar al pasado para comprender el presente;  y más bien se les exhorta a mirar hacia el futuro, ser optimistas y establecer metas para maximizar lo que es de su propio interés. Estos individuos, considerándose únicos responsables de sus circunstancias, siempre se sienten prescindibles en un mundo en el que el único valor que impulsa las decisiones en cualquier dominio es si la acción fomenta o no el crecimiento económico.

La clase media blanca comienza en la década de 1990 a experimentar lo que Bárbara Ehrenreich (1989) llamó el miedo a caer. Un conjunto de sentimientos ansiosos en torno a la posibilidad de caer, fallar o ser desechable, comenzaron a transmitirse intergeneracionalmente a través de prescripciones que definen y señalan lo que en individuo debe hacer y sentir, para ser considerado como adecuado dentro de su grupo de referencia atendiendo a su clase, sexo y raza.

Layton está de acuerdo con Richard Skeggs (2005) quien ha sugerido que para encontrar la verdad en lo que se ha proyectado sobre los grupos marginados y sin poder, debemos mirar no a aquellos sobre quienes recaen las proyecciones, sino a quienes las proyectan. De esta forma, podemos encontrar rastros de las necesidades de dependencia que se han escindido para alcanzar la fantasía neoliberal de invulnerabilidad.

Considera que los psicoanalistas deberían desempeñar un papel más público en la lucha contra los valores y prácticas neoliberales. Al mismo tiempo que cree que un examen más detallado de las conexiones entre el neoliberalismo, el narcisismo social y las dinámicas sadomasoquistas perversas y las defensas sociales, puede y debe estimular el pensamiento creativo sobre estrategias para lograr un cambio social progresivo.

Capítulo 15. Capitalismo, narcisismo y discurso terapéutico

En este capítulo Layton expone más en profundidad la conexión que existe entre el trastorno narcisista de la personalidad y el sistema capitalista abordado en capítulos anteriores.

Christopher Lasch (1977) localizó los orígenes del trastorno narcisista de la personalidad en el declive de la familia patriarcal. Argumentó que este declive surgió del atrincheramiento de la burocracia, el eclipse del espíritu empresarial por el monopolio y el capitalismo de consumo, y el aumento de la dependencia de los consejos de los expertos. Es especialmente este último factor, para este el autor, el que debilita cada vez más la autonomía del individuo.

Joel Kovel (1988) argumentó que los hijos de las familias blancas de clase media se sienten especiales y omnipotentes a la vez que se les infunden las angustias de los sueños incumplidos de los padres. La ira narcisista, argumenta Kovel, surge del deseo de ser amados por lo que son, y no por el hecho de tener que prosperar socialmente para devolver la inversión que hicieron sus padres en ellos.

Como ya se ha expuesto con anterioridad, las formaciones capitalistas y patriarcales han promovido una versión ideal dominante de la masculinidad y de la feminidad que divide y hace que los anhelos humanos de agencia y conexión sean mutuamente excluyentes. En las formas dominantes tradicionales de masculinidad, los llamados atributos masculinos cristalizan en torno a una especie de autonomía que surge cuando uno recibe reconocimiento y estima a partir del repudio de las conexiones y las necesidades de dependencia que las acompañan. Mientras que los atributos tradicionalmente femeninos, cristalizan en torno a un tipo de relación que surge cuando la mujer no es reconocida y/o humillada constantemente por afirmar su propia agencia. Para Layton estas posiciones masculinas y femeninas que dividen al sujeto encarnan los dos polos del trastorno narcisista. Todas las personas que sufren un trastorno narcisista muestran ambos lados de estas divisiones, aunque generalmente expresan el conjunto de defensas propio de uno de los polos y ocultan el otro. Así, una versión masculina dominante del narcisismo articula la grandiosidad con la devaluación del otro y con defensas de aislamiento contra la fusión; mientras que la versión femenina tradicionalmente dominante articula el autodesprecio, la idealización del otro y un anhelo defensivo de fusionarse y perderse en el otro. Debido a que es un desorden dialéctico, los dos tipos tienden a buscarse el uno al otro para acoplarse, generalmente causando una miseria prolongada ya que a medida que el sujeto trata de sanar de sus heridas narcisistas, las inflige en el otro fortaleciéndose así la dinámica de la que se parte. La autora considera que comprender más en profundidad el daño narcisista provocado por la demanda de escindir anhelos como la dependencia o la agencia, es reconocer que tales anhelos no desaparecen de la psique. De hecho, aquellos que repudian la dependencia se mantienen alejados de la conexión precisamente porque son extremadamente vulnerables a cualquier tipo de rechazo.  Cuando la persona está avergonzada y llena de autodesprecio por seguir teniendo necesidades de dependencia, es cuando es más proclive a adoptar conductas defensivas y rabia narcisista.

Layton siente que el psicoanálisis puede usarse de manera más fructífera para comprender el carácter social. Entiende que una época determinada engendra respuestas psicológicas colectivas a sus contradicciones sociales, tipos de transferencias y compulsiones de repetición particulares.

Considera que el desprendimiento de todas las anclas tradicionales del yo, que ha aumentado rápidamente desde el final de la Segunda Guerra Mundial, supone ciertas ventajas y desventajas. La individualización, la oportunidad y la necesidad de crear una vida propia existe en tensión con el individualismo narcisista. Los afectos como la ira pueden, de hecho, poner a uno más profundamente en contacto consigo mismo y con los demás, o pueden funcionar defensivamente atentando contra uno mismo o los demás.

Capítulo 16. Hacia un psicoanálisis social y una ética del desencanto

La autora, al comprender cómo influyen los factores sociales en la subjetividad y cómo se relacionan con distintas secciones de la sociedad, elabora lo que ella denomina ética de la desilusión, como forma de contrarrestar lo que considera que hasta ahora ha sido una ética de la adaptación promulgada por una sociedad que se asienta sobre la creencia de la supremacía blanca.

Reflexiona sobre la necesidad de que se tome consciencia del trauma histórico acontecido socialmente, reconociendo las formas en que este trauma acecha a todas las instituciones, incluidas las teorías y practicas psicoanalíticas. Este hecho, conlleva enfrentarse a la vergüenza por el daño causado a determinados grupos sociales y por el beneficio que ha reportado a algunos grupos sociales ese daño. Lo que Marley Watkins (2018) denominó vergüenza merecida, la vergüenza merecida de los blancos que surge como consecuencia de experimentar el conflicto entre los ideales de igualdad que promulga la sociedad norteamericana y la conciencia de haber estado beneficiándose de las desigualdades raciales y de clase. Layton considera que únicamente a es a través de experimentar y tomar conciencia de este sentimiento vergonzoso, que se puede llegar a sentir una preocupación genuina y real por los otros, eliminar las desigualdades y, lo más importante, fomentar una acción ética.

Tarde en la vida, Freud comenzó a sentir que la negación, y no la represión, era el principal mecanismo de defensa de todas las compulsiones y resistencias a la repetición (Freud, 1937). La intuición de Freud acerca de alejarse de las verdades dolorosas se volvió central para Bion (1962a, 1962b, 1970) quien afirma que cuando la emoción evocada por la frustración no se contiene adecuadamente, mentir, en lugar de pensar, puede convertirse en una forma habitual de defenderse contra lo que él llamó cambio catastrófico. Según Bion, las mentiras bien pueden ser dolorosas para vivir, pero son menos dolorosas que la verdad que puede amenazar con aniquilar al yo y sus lazos. Layton está de acuerdo con este autor, sobre todo al considerar que únicamente cuando la verdad puede ser tolerada, es cuando se hace posible aprender de la experiencia.

Freud (1908/1959) señaló que las neurosis son respuestas colectivas a condiciones sociales opresivas. Su primer ejemplo fue la histeria, una enfermedad que se observa principalmente en pacientes mujeres, blancas, de clase media, extremadamente inteligentes y cuyos desarrollo estaban bloqueados por normas patriarcales sexistas. Pero, lamentablemente, también debemos pensar en Dora (Freud, 1905), con quien Freud reelaboró esas normas sexistas. Layton refiere que encontramos una división entre un Freud radical que ofrece una ética psicoanalítica del desencanto y, un Freud conservador que promulga una ética psicoanalítica de la adaptación.

Erich Fromm (1941) dio un paso más en el desarrollo de una ética de la desilusión desarrollando los conceptos de inconsciente social -lo que dado un orden social requiere que sus sujetos repriman- y el carácter social. Afirmaba que se debía tratar a los pacientes con miras a deconstruir el fenómeno del sentido común, para lo cual se requería que los analistas se involucraran en una crítica radical de su sociedad, especialmente sobre sus normas y principios ocultos. En cuanto al carácter social, Fromm argumentó que la sociedad exige que las personas repriman sentimientos y pensamientos que entran en conflicto con las relaciones de poder existentes, y esta demanda produce defensas y tipos de carácter particulares. Desde el punto de vista de Fromm, es el miedo al aislamiento social y la pérdida del amor lo que motiva a las personas a ajustarse a los mandatos culturales de lo que es apropiado sentir y pensar. La represión de todo lo que se supone que la gente no debe pensar o sentir, da forma a lo que Fromm llamó inconsciente social.

Erik Erikson (1976) hizo una gran distinción entre el moralismo y la ética, lo que desafía directamente a una ética de la adaptación. El moralismo, escribió, se deriva de un superyó temprano estructurado por las reglas de conducta de la propia cultura, mientras que la ética se desarrolla más tarde y se centra en lo que él llama "el sentido más afirmativo de lo que el hombre le debe al hombre, en términos de la realización del desarrollo de lo mejor de cada ser humano" (p. 414). Erikson sintió que, a lo largo de la vida, luchamos contra conflictos engendrados por las contradicciones entre nuestra formación dentro de las normas convencionales y nuestro deseo de ser seres humanos mejores y más plenos. Estos conflictos se revelan en lo que denominó tratos. Dichos tratos, dice, "eventualmente nos permiten cometer o aceptar la comisión de esclavización, explotación y aniquilación en nombre de los valores más elevados" (p. 414). A diferencia del moralismo la ética requiere la capacidad de reflexionar sobre lo que ha sido meramente tomado como convención.

El trabajo de Layton sobre los procesos inconscientes normativos está en la tradición de la desilusión establecida por el Freud radical, Fromm y Erikson. La mayor parte de lo que escribe se centra en el conflicto entre procesos inconscientes normativos, que trabajan para reproducir desigualdades culturales de todo tipo, y lo que ha llamado procesos contrahegemónicos que trabajan para reintegrar esas partes cruciales íntimas que hemos separado de nosotros mismos bajo la presión de las normas sociales, la necesidad de amor y el reconocimiento. Esta es la forma que tiene esta autora de capturar la dualidad del proceso inconsciente psicosocial.

Ella entiende que establecemos tratos psíquicos para negociar nuestros conflictos entre lo que nos proporciona amor, aprobación social y seguridad; y lo que, en su opinión, hace que enfermemos y seamos destructivos con nosotros mismos y con los demás. Considera la creencia del Sueño Americano como un ejemplo clásico de un trato eriksoniano: este Sueño siempre ha prosperado negando el racismo y el clasismo sobre los que se construyó, sobre la negación de la esclavitud y el genocidio.

Finalmente, Layton hace un llamado para cambiar la situación de la sociedad en la que nos encontramos inmersos y propone exigir un cambio en nuestras instituciones psicoanalíticas. Refiere que necesitamos conocer la historia de nuestra profesión y recuperar de ella las valiosas nociones sobre el proceso del inconsciente grupal que nos han dado analistas como Bion. Considera fundamental exigir que las instituciones blancas reflexionen sobre su blancura, que inviten y posibiliten económicamente la inclusión de personas de color. Así como, la importancia de oír lo que las voces negras - y demás colectivos podríamos añadir- tienen que decir, para poder incluir todas las subjetividades en el discurso general.

Para la autora, este momento histórico ofrece una buena oportunidad para que nosotros y nuestra profesión despierte. Considera que es tarde, pero espera que no demasiado, para reflexionar sobre la tensión entre los procesos inconscientes que se resisten a la conformidad, confrontan la verdad, buscan la reparación; y los procesos inconscientes que trabajan para restaurar el equilibrio social y destructivo de las posturas dominantes.  Piensa que quizás estemos a tiempo de alejarnos de las tentaciones de una ética psicoanalítica que promulga la adaptación, y no sea demasiado tarde para que nos comprometamos con la ética psicoanalítica de la desilusión.

Comentario

Para concluir, consideramos que esta obra es de gran interés por el abordaje y revisión de temas complejos y que están de plena actualidad como son el género, la raza, la clase y la cultura. Lynne Layton expone numerosas aportaciones valiosas a través de sus reflexiones y cuestionamientos derivados de sus estudios sobre el postmodernismo, el feminismo y el psicoanálisis que nos llevan a reflexionar sobre la idoneidad de introducir cambios en la técnica y práctica clínica psicoanalítica.

La autora nos desafía a deconstruir y tomar conciencia de ciertos mandatos y convenciones sociales que operan en todos nosotros para poder comprender mejor las dificultades y limitaciones tanto propias como de nuestros pacientes, evitando cometer el error de hacer únicamente responsable al individuo de ciertos conflictos que impone el orden social en el que nos desenvolvemos, y del que todos participamos.

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