aperturas psicoanalíticas

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revista internacional de psicoanálisis

Último Número 071 2022 Clínica de la intersección de lo social y lo intrapsíquico

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La corrupción a la luz del superyó freudiano

Corruption in light of Freudian superego

Autor: Jovaní Roda, Enrique

Para citar este artículo

Jovaní Roda, E. (2022). La corrupción a la luz del superyó freudiano. Aperturas Psicoanalíticas (71). http://aperturas.org/articulo.php?articulo=0001204

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http://aperturas.org/articulo.php?articulo=0001204


Resumen

Este artículo tiene como objetivo clarificar el problema de la corrupción desde una óptica psicoanalítica para tratar de definir el fenómeno y su posible relación con alguna de las categorías psicopatológicas colindantes. Para ello es necesario identificar el cruce específico entre la configuración del aparato psíquico y las circunstancias socio-históricas externas que determinan una personalidad proclive a las prácticas corruptas. Tomo como guía la continuidad del trabajo sobre el superyó narcisista postulado por Freud al final de su obra, y que es desarrollado dentro del novedoso modelo terapéutico de Bleichmar. Asumo su descripción del sujeto narcisista con mi experiencia en la clínica, y comparto una propuesta de superación a partir de procesos empáticos experimentados vivencialmente de identificación con el otro y de reconocimiento de su subjetividad. Asimismo, he querido hacer aterrizar buena parte de la carga conceptual de estas lecturas con el visionado de la peli?cula El lobo de Wall Street ya que considero que a trave?s de sus personajes y de la trama se puede ver una plasmación del feno?meno que quiero abordar.

Abstract

This article aims to clarify the problem of corruption from a psychoanalytic perspective to try to define the phenomenon and its possible relationship with some of the adjoining psychopathological categories. For this, it is necessary to identify the specific intersection between the configuration of the psychic apparatus and the external circumstances that determine a personality prone to corrupt practices.  I have based myself on the continuity of Freud's work on the narcissistic superego by Hugo Bleichmar. I assume their description of the narcissistic subject with my own clinic experience, and I share a proposal for overcoming with emphatic processes, identification with the other and acknowledgement. Likewise, I have wanted to show a good part of the conceptual meaning of these readings with the viewing of the film The Wolf of Wall Street, since I consider that through its characters and the plot one can see a reflection of the phenomenon that I want to address


Palabras clave

amor, astucia, corrupción, empatía, narcisismo.

Keywords

corruption, narcissism, cunning, love, empathy.


Uno no puede apartar de sí la impresión de que los seres humanos suelen aplicar falsos raseros; poder, éxito y riqueza es lo que pretenden para sí y lo que admiran en otros, menospreciando los verdaderos valores de la vida. (Freud, El malestar en la cultura)

 

Bases conceptuales

La figura entreverada

La corrupción se nos manifiesta en lo fenoménico como una imbricación entre aspectos psíquicos asociados a la formación del carácter y su desarrollo en el ámbito de una vida social determinada en gran parte por el auge y consolidación del capitalismo y del fenómeno social del enriquecimiento como ideal de vida. El carácter multifacético de su estructura y composición obliga a cualquier estudio a optar por un abordaje multidisciplinar en el que la economía, la sociología, la psicología, el derecho, la política, y en definitiva toda disciplina que pueda arrojar algo de luz, aúnen sus esfuerzos por comprender y resolver un problema que, a lo largo de la historia, se ha demostrado irreductible, desafiando las aportaciones de las mentes más preclaras. En este artículo pretendemos incorporar el punto de vista psicoanalítico

Bajo mi punto de vista, la conformación del componente psíquico suele dejarse de lado en el estudio del fenómeno complejo de la corrupción. En este sentido las aportaciones del psicoanálisis consiguen clarificar una trama de la red en la que se dan procesos sociales de dominación y manipulación, haciendo más comprensible el escenario de los mismos. Y digo a una trama de la red porque entiendo el fenómeno de la corrupción a modo de figura entreverada entre la configuración de las categorías psicopatológicas y unas condiciones socio-históricas determinadas, un cruce muy específico y heterogéneo que da lugar a una variopinta cantidad de formaciones altamente diferenciadas en su plasmación final. Este trabajo quiere poner el foco de atención en la capacidad del análisis psicoanalítico para captar posibles configuraciones que sean favorables a la formación de personalidades propensas a actitudes que pongan en riesgo la convivencia social. En ningún caso debe tomarse como una fórmula fija dado el carácter sumamente caleidoscópico del psiquismo humano. Mi propuesta consiste, más bien, en saber identificar la retícula que resulta de la confrontación de unas categorías psicopatológicas con unas condiciones socio-históricas determinadas, y de cómo las plasmaciones que se conforman presentan innumerables aspectos específicos que deben ser abordados mediante herramientas versátiles de diagnóstico que anticipen los problemas sociales que pueden derivar.

Narcisismo y amor como factores contrapuestos del desarrollo cultural

Al comienzo de El porvenir de una ilusión Freud (1927/1976) analiza en primera instancia el desarrollo de la vida cultural de la humanidad y, lejos de agotar el aspecto puramente material, hace una referencia al desarrollo del psiquismo humano sumamente interesante: “No es cierto que el alma humana no haya experimentado evolución alguna desde las épocas más antiguas y que (...) permanezca hoy idéntica a lo que fue en el comienzo de la historia(p.11). La afirmación de Freud pretende contrarrestar la concepción crítica contra el progreso – habitual ya en su época – que afirmaba que la ciencia y la tecnología avanzan mucho más rápidamente que la maduración del ser humano. En su opinión la psique humana desarrolla un proceso evolutivo vinculado al devenir cultural: “Está en la línea de nuestra evolución interiorizar poco a poco la compulsión externa, así: una instancia anímica particular, el superyó del ser humano, la acoge entre sus mandamientos” (Freud, 1927/1976, p.11). Esto es, una entre otras modalidades de maduración humana consiste en la interiorización en el superyó de las normas y prohibiciones impuestas desde el exterior para convertirse en normas y mandatos internos. Freud otorga un enorme valor a la acción de refuerzo de esta instancia psíquica particular lograda por la acción de la cultura a lo largo de la historia, llegándolo a considerar patrimonio psicológico de la cultura. Pero advierte que no todas las imposiciones se interiorizan al mismo tiempo:

Ahora bien, la medida de esa interiorización es muy diversa para cada una de las prohibiciones (…) Observamos entonces, con sorpresa e inquietud, que (…) infinito es el número de hombres cultos que retrocederían espantados ante el asesinato o el incesto, mas no se deniegan la satisfacción de su avaricia, de su gusto de agredir, de sus apetitos sexuales; no se privan de dañar a los otros mediante la mentira, el fraude, la calumnia toda vez que se encuentran a salvo del castigo. (Freud, 1927/1976, p.11-12)

Solamente dos prohibiciones, las más severas, el asesinato y el incesto, han cumplido su evolución de pasar de mandatos externos a mandatos internos. El resto continúan bajo el régimen de la imposición externa, lo cual incluye por supuesto la opción de que, si uno se encuentra en condiciones de sortear el poder externo que las impone, entonces puede permitirse la licencia de incumplirlas a su antojo. A la inversa, esto es lo mismo que decir que, si todas las normas externas se hubieran pasado a internas, no habría lugar para su incumplimiento. Desgraciadamente para Freud este no es el caso, sino más bien el contrario. Toda sociedad lleva en sí la lacra del incumplimiento de los mandatos: “y esto siempre fue así, a lo largo de muchas épocas culturales” (Freud, 1927/1976, p.12).

La preocupación por la enorme dificultad demostrada por los seres humanos   –por cultos que sean– en interiorizar las normas externas haciéndolas de este modo mucho más confiables y efectivas fue una constante en el trabajo freudiano sobre el superyó y la configuración del aparato psíquico. Freud se encontraba una y otra vez con el problema de que el irrestricto principio de placer que impera en el ello no llega a ser encauzado, ni por un yo sensato que le invita a tener en cuenta las condiciones de la realidad externa para la satisfacción de sus necesidades, ni por la interiorización de la compulsión externa en mandamientos internos aportados por la cultura. Dicho en otros términos, todo el proceso de maduración y estructuración del aparato psíquico no consigue su objetivo.

Vemos entonces que el término superyó se ha denominado siempre en singular en psicoanálisis cuando en realidad podría ser considerado desde su aspecto dual. Freud postuló dos modalidades netamente distintas del mismo, solo que la primera fue ampliamente desarrollada desde el comienzo de su obra mientras que la segunda fue muy posterior y en cierto modo desconocida. La primera concepción del superyó está vinculada a un sentido moral, asimilable de algún modo a lo que comúnmente se conoce como la voz de la conciencia; es la instancia psíquica que genera la culpa que sentimos tras haber obrado mal con nuestros semejantes. El superyó narcisista, en cambio, propulsa al sujeto a la consecución de grandes realizaciones personales, priorizando el encumbramiento propio por encima de los intereses de los demás. En ese sentido el superyó narcisista se alinea con la tendencia primaria del ello a la libre satisfacción de los deseos, conformando un factor de oposición al desarrollo cultural que se instala en el seno mismo del psiquismo. Todo individuo presenta ambas modalidades del superyó  partiendo de la misma base del yo, pudiendo estar en distintas relaciones de contradicción, oposición, cooperación, etc., lo que conforma un  aparato psíquico con dos vertientes  –una dirigida a la observancia de los demás y la otra dirigida a la observancia de sí mismo– que a su vez producen múltiples composiciones y dan cuenta de la complejidad de los fundamentos de la formación de la psique humana y de su, en ocasiones, precario equilibrio. Nosotros nos centraremos en el caso de las personalidades narcisistas cuya configuración del superyó deriva en actitudes de manipulación, engaño o dominio puesto que no observan ningún tipo de límite moral o legal hacia el otro. Pero debe indicarse aquí que pueden existir personalidades narcisistas cuyos ideales comporten actitudes altruistas y respetuosas, con altos componentes empáticos. Este me parece un aspecto clave para conjurar el peligro que comporta para la sociedad un narcisismo sin escrúpulos. Así me parece que lo vislumbró Freud cuando dijo: “Sabemos que el amor pone diques al narcisismo, y podríamos mostrar cómo, en virtud de ese efecto suyo, ha pasado a ser un factor de cultura” (Freud, 1921/1976, p.118).

Bleichmar parece apostillar la intuición de Freud en su descripción del trabajo clínico con el paciente de rasgos narcisistas para desbloquear su aislamiento emocional con respecto al sufrimiento del otro: “Solo la identificación emocional -sentir como propio lo que el otro siente- posibilitará que el goce sádico encuentre un dique” (Bleichmar, 1997, p. 240).

El mensaje de Freud –secundado por Bleichmar, que llega a utilizar también la misma terminología (i.e., dique)– está claro: el amor a los demás permite superar las trabas que el narcisismo pone al desarrollo de la vida en común. Es, además, el modo como la cultura puede avanzar sin ponerse en riesgo a sí misma, evitando conflictos y trabas, sometimientos y desigualdades.

Un vistazo al aparato psíquico

En su segunda teoría del aparato psíquico, la estructural, Freud lo describe como integrado por tres instancias – ello, yo y superyó – dispuestas en un gradiente de progresiva estructuración psíquica. Desde un ello indiferenciado, regido por el principio de placer, se eleva la formación de un yo estructurado a partir del contacto con la realidad externa que el sistema perceptivo –los órganos de los sentidos– le proporciona. Este yo surgido del ello sustituye el principio de placer por el principio de realidad. La satisfacción de los deseos está ahora mediada por la injerencia de la realidad que el yo percibe a través de los sentidos, y que impone sus condiciones como exigencia para su cumplimiento. En palabras de Freud:

Un individuo es ahora para nosotros un ello psi?quico, no conocido (no discernido) e inconsciente, sobre el cual, como una superficie, se asienta el yo, desarrollado desde el sistema P como si fuera su nu?cleo (…) El yo no esta? separado tajantemente del ello: confluye hacia abajo con el ello. (Freud, 1923/1976, p. 25)

Esto es, dada su particular configuración, confluyente por abajo con el ello y en contacto por arriba con la realidad, el yo cumple la función de mediador entre las exigencias del primero y las condiciones de la segunda. Pero tampoco el yo se detiene, y también él da lugar a otra instancia de mayor nivel de sofisticación a la que Freud le dio el nombre de superyó u ocasionalmente ideal del yo. En el epígrafe “Un grado en el interior del yo” de su obra Psicología de las masas y análisis del yo podemos leer:

Repárese en que el yo se vincula ahora como un objeto (una persona) con el ideal del yo desarrollado a partir de él, y que posiblemente todas las acciones recíprocas entre objeto exterior (generalmente una figura parental) y yo-total (el niño o niña) (...) vienen a repetirse en este nuevo escenario erigido en el interior del yo. (Freud, 1921/1976, p. 123, los paréntesis son míos)

Es decir, en este desdoblamiento del yo, la relación que se establece entre ambas instancias – yo y superyó – se moldea a imagen y semejanza de la relación del niño o niña con sus padres, ya sea en su función de ideales a imitar, o en la de jueces que premian o castigan su conducta. Se trata, en definitiva, de dos etapas del crecimiento psíquico del ser humano destinadas a poner límite y control a la libre satisfacción de los deseos en el ello. La prolongada demora en la consecución de las mismas era una de las principales preocupaciones de Freud, como vimos al inicio, y una prueba de que el principio de placer continúa determinando en gran medida la conducta de los seres humanos, permitiendo el auge de fenómenos asociados como la corrupción, que hunden sus raíces en personalidades narcisistas cuya configuración psíquica, como veremos más adelante, favorece actitudes propensas a la satisfacción de los deseos eludiendo toda norma o control social.

El superyó y sus constelaciones

Quisiera incidir en el juego de fuerzas en interacción que caracteriza al superyó. Laplanche y Pontalis, en su ya clásico Diccionario de Psicoanálisis, escriben en su entrada:

Una de las instancias de la personalidad, descrita por Freud en su segunda teoría del aparato psíquico: su función es comparable a la de un juez o censor con respecto al yo. Freud considera la conciencia moral, la autobservación, y la formación de ideales, como funciones del superyó.  (Laplanche y Pontalis, 1996, p. 419)

Aparecen en primer término, las normas e ideales que rigen la conducta; en segundo lugar, la autobservación que compara la conducta del yo con aquellas normas e ideales; por último la conciencia crítica que sanciona el ajuste o desajuste entre ambas. Estas tres funciones no son iguales en todas las personas: en unos casos las normas pueden ser muy estrictas y los ideales poco elevados, mientras que en otros puede darse a la inversa. Del mismo modo puede ocurrir que la autobservación sea tenaz y hasta persecutoria, o más bien intermitente y relajada. Asimismo, la conciencia crítica puede ser rígida y castigadora o benévola y permisiva. Las diferentes variaciones en la articulación de esas fuerzas en juego dan lugar a un número indeterminado de combinaciones, o de constelaciones superyoicas. Veamos su aplicación en un caso clínico.

Un adolescente en los umbrales de la edad adulta acude a mi consulta aquejado de una fuerte depresión con ideas suicidas. Se lamentaba de que no debería venir al tratamiento porque no merecía haber sobrevivido a la muerte de sus abuelos, a quienes tan mal había tratado durante las largas convalecencias que les llevaron a la muerte. Hijo único de una familia tradicional fuertemente anclada en la unidad y el respeto a los mayores, se recriminaba sus violentas reacciones a las continuas quejas y lamentos de aquellos, con la consiguiente reprimenda de sus padres, que abnegadamente los cuidaban. Reiteraba lastimeramente que no le cabía otro destino que correr su misma suerte. Normas severas e ideales inalcanzables, frente a los cuales la autobservación de la conducta del yo lo dejaba en una condición, no sólo de inferioridad, sino incluso de indignidad que su estricta conciencia crítica sancionaba con el merecimiento del máximo castigo: la muerte.

Se percibe claramente, a partir de esta constelación superyoica, que un sujeto tan preocupado por el daño que pueda causar a los demás difícilmente se involucrará en asuntos de corrupción. Muy al contrario, tiende a reconocer los límites morales de comportamiento social y regirse por ellos dada su estricta rigidez moral.

Respecto a la aparición tardía, casi marginal, del superyó narcisista en la obra de Freud, Bleichmar dice:

Toda la obra freudiana sobre el superyó, tanto teórica como clínica, gira alrededor de la culpa por deseos incestuosos u hostiles, aunque deja abierta una vía a desarrollar, y que es la que deseamos retomar, cuando sostuvo que el sentimiento de inferioridad, el sufrimiento narcisista, resulta también de la distancia entre la representación del yo y los ideales, es decir en la no satisfacción de las exigencias del superyó. (Bleichmar, 1997, p. 283).

Freud, por tanto, no llegó a desarrollar el superyó narcisista, sino que solo lo introdujo, dejando abierta una vía para ello. Este es el motivo por el que suele emplearse, en la literatura psicoanalítica, el término superyó bajo su acepción vinculada a la conciencia moral, mientras que el estudio de la formación del superyó narcisista y de sus consecuencias pasa prácticamente desapercibido. Esta es la tarea que Bleichmar asume para su obra y la que nos parece oportuna respecto al fenómeno de la corrupción. Para introducirnos en esta vía de su trabajo conviene prestar atención al modo en que explica la formación del superyó narcisista:

Para aproximarnos a la clínica del superyó de mandatos narcisistas, y poder distinguirlo del superyó moral, pensemos en esos padres que están esperando de sus hijos que hagan grandes hazañas, no preocupándoles en absoluto la moralidad. Es el caso del padre sociópata que exige de su hijo que sea un pillo, un audaz, un triunfador, siendo este un mandato que en caso de ser satisfecho convierte al hijo en querido. Si no, es rechazado, vilipendiado, considerado un idiota, un fracasado. (Bleichmar, 1997, p.283)

Nos damos cuenta del universo de pensamiento tan diferente al del paciente citado anteriormente: en lugar de los valores de cuidado y atención a los mayores que poblaban la mente de sus padres, aquí lo que puebla la mente de un padre –sociópata, como apostilla Bleichmar– es el interés en que su hijo sea un triunfador, para lo cual debe ser pillo y audaz, al margen de toda preocupación moral que se le interponga. Esta constelación superyoica que nos presenta el autor se encuentra en la base del tipo de personalidad que desarrolla el beneficio propio en detrimento de cualquier obstáculo. Nótese cómo, en la intersección con las circunstancias históricas del capitalismo, esta configuración psíquica se asimila con facilidad a una concepción determinada de éxito asociada al enriquecimiento, toda vez que el beneficio propio se vincula a la adquisición de bienes, dinero, estatus social, etc. La inobservancia de los límites morales que aparece en el caso que nos presenta Bleichmar favorece su transgresión, de modo que este tipo de personalidad narcisista se suele encontrar tras los fenómenos de corrupción.

Es interesante observar que este tipo de personalidad está estrechamente vinculada a un tipo de uso de la razón artero y calculador, máximamente eficiente en el cometido de favorecer al individuo por medio de artimañas y engaños. La astucia se convierte, por lo tanto, en un rasgo distintivo de la personalidad narcisista, y en factor clave para activar el cumplimento de sus deseos. Adorno y Horkheimer (1944/2006) ya habían observado que las dinámicas autoconservadoras de la razón ponen en juego, en la interacción con cualquier objeto ajeno al yo, una astucia al servicio propio, un carácter embaucador, un proceso de dominio que desactiva la amenaza bajo la que se percibe a la naturaleza y al otro. La propia concepción de lo ajeno como objeto es un primer paso para su dominio y colonización. Así entendido, el otro no es más que un medio para la consecución de sus deseos que, o bien sirve voluntariamente a ellos, o bien ha de doblegar su voluntad para reducir su resistencia. Se impone el cálculo y la eficacia a otros rasgos de la razón por entender toda relación con el mundo en base al esquema medios-fines, éxito-fracaso, beneficio-pérdida, útil-inútil. En la sociedad capitalista, esta razón instrumental configura además toda una escala de valores, mediados por la noción de éxito:

Una vez despojada de su autonomía, la razón se ha convertido en un mero instrumento (…) La razón forma parte por entero del proceso social, al que está sujeta. Su valor operativo, el papel que juega en el dominio de los hombres y de la naturaleza, ha sido finalmente convertido en un criterio único (…) Es como si el pensamiento mismo se hubiese quedado reducido al nivel de los procesos industriales, sometido a un plan exacto y convertido, en una palabra, en un elemento fijo de la producción. (Horkheimer, 1947/2002, pp. 58-59)

En la sociedad capitalista, cuyo núcleo es la adquisición de dinero a través del intercambio de mercancías, el ardid y el engaño tienen su correlato perfecto en los procesos de ventas, que estructuran la escala social del bienestar a partir de la riqueza obtenida por ellos. La lógica misma del capitalismo es indisociable a los procesos de dominio, manipulación y engaño en beneficio propio. Vemos entonces que la retícula que conforma el enriquecimiento como valor social, el éxito en su consecución y el dominio de una razón instrumental para ello, supone una figura del deseo en la época contemporánea, en la que prácticamente la mayoría de los problemas vitales del individuo se solucionan mediante la adquisición de dinero. La personalidad narcisista encuentra en ella un caldo de cultivo perfecto.

La personalidad narcisista

La tarea que se impone Bleichmar requiere de un estudio detallado del modo de proceder de la personalidad narcisista:

El término narcisismo en realidad surgió a partir del mito de Narciso, alguien tan enamorado de su propia imagen que acercándose al agua de una laguna se enamoró de sí mismo y después eso lo llevó a su perdición. ¿Cuáles pueden ser algunas de las características que definen a una personalidad narcisista? Es una necesidad enorme de ser admirados. Lo que están buscando continuamente es que la otra persona le devuelva una imagen valorizada de sí mismo, que les haga sentir que son excepcionales. (colonizacionemocional.com, 2016, 4:17)

Sin duda este constituye el rasgo prototípico de la personalidad narcisista: el que demanda del otro que le funcione de espejo, pero no se trata de un espejo cualquiera sino de uno muy especial capaz de magnificar su imagen hasta poder percibirse como un ser excepcional. Este rasgo constituye el eje alrededor del cual pivotan los demás.

Están tan centradas en sí mismas estas personas que no pueden pensar ni tener empatía con el otro; el otro no existe como una persona con deseo, con iniciativas independientes, es simplemente un esclavo al servicio de la admiración que necesita. (colonizacionemocional.com, 2016, 5:22)

Esta es una consecuencia de aquel; el individuo narcisista está tan absorbido en su propia consideración, tan vuelto hacia sí mismo, que no le queda espacio para tener en cuenta a nadie más. Se trata, ni más ni menos, de que el otro desaparezca como sujeto independiente para poder cumplir la función de espejo magnificador de su imagen que él le destina.

Por otro lado, estas personalidades de narcisismo grandioso pueden ser enormemente amables, cariñosas, simpáticas, siempre que su narcisismo esté satisfecho. Si su narcisismo está satisfecho son encantadores, pero no bien sienten la menor crítica, ni siquiera una crítica, basta que la otra persona no le admire para que realmente aparezca un deseo de humillar al otro, de despreciarlo y hacerle sentir que no es una persona valiosa. (colonizacionemocional.com, 2016, 5:44)

La personalidad narcisista, según Bleichmar, utiliza un sistema coercitivo para doblegar la voluntad del otro de acuerdo al fin que le destina. En caso de incumplimiento no repara en abochornarlo vejándolo con el más virulento ataque de humillación y menosprecio, de tal modo que fuerza al otro a la renuncia de su personalidad en aras de cumplir una función residual, que le llevará a empobrecerse al nivel que su amo le reprocha. La demanda de valorización por parte de la personalidad narcisista es tan extrema que exige un proceso de reducción de la realidad externa hasta su pleno dominio, generando una colonización de todo cuanto se le presente como ajeno a sí mismo, incluyendo al otro. El proceso pone en marcha todos los mecanismos del dominio mencionados anteriormente, que la personalidad narcisista desarrolla como medios para el cumplimiento de sus deseos.

Agresividad y sadismo

Es asimismo interesante el análisis que el autor nos ofrece de las relaciones entre agresividad y sadismo:

Es muy diferente que alguien se torne agresivo para (…) contrarrestar el miedo, en cuyo caso la agresividad se limita a intentar eliminar la causa de la angustia, de una otra condición en que la persona obtiene intenso placer mediante la agresividad, sexual y/o narcisista. (Bleichmar, 1997, p. 232)

No es lo mismo agredir para enfrentar la amenaza de sufrimiento, que tratar de repetir un placer que no se es capaz de abandonar. Por ese motivo, en el tratamiento, el primero desea liberarse de su síntoma –temor o angustia–  desde el primer momento, mientras que al segundo nunca le llega el momento de renunciar al suyo –un placer cuasi adictivo.

Más adelante, cuando aborda las distintas modalidades de intervención terapéutica para uno y otro caso, indica que para resolver el segundo no basta con el conocimiento intelectual de lo que hace, de que eso está mal y hace sufrir al otro, etc.: “Sólo la identificación emocional – sentir como propio lo que el otro siente – posibilitará que el goce sádico encuentre un dique” (Bleichmar, 1997, p. 240).

Bleichmar, no satisfecho con la fría explicación teórica, privilegia la vía de la experiencia emocional de un caso clínico con el fin de mostrar en qué consiste la decisiva conversión del ‘saber’ al ‘sentir’ respecto al estado emocional del otro. Nos dice:

Quisiera ejemplificar la importancia de la identificación con el sufrimiento del otro como elemento central en el abandono del goce sádico con el caso de un paciente en cuyo tratamiento la interpretación de las motivaciones de su conducta no permitían ningún progreso. El paciente sabía intelectualmente que hacía sufrir, que eso estaba mal (…) llegó también a saber que era su forma de sentirse superior, que agredía cada vez que estaba frustrado narcisísticamente, que tomaba al otro como instrumento para asentar su superioridad. (Bleichmar, 1997, p. 240-241)

Esta sintética presentación de la primera parte del tratamiento muestra que el impecable trabajo de interpretación de las causas y motivos que determinan la conducta del paciente, en otros casos muy productivo, en este caso choca con la barrera decisiva de la adicción al placer sádico. Es frecuente, en determinados pacientes, realizar una trasposición de la psicopatología básica del primer síntoma hacia conductas adictivas, de modo que se origina un síntoma de mayor volumen que el primero, siendo este más difícil de tratar, ya que esta experiencia de placer es más difícil de reducir que la básica. Este es un problema grave para el trabajo terapéutico, ya que el estatuto de esa adicción es similar al que presentan los pacientes con adicciones a sustancias estupefacientes. Se podría afirmar que el paciente de Bleichmar había generado una adicción al placer sádico, aunque sin el componente fisiológico que, en el caso de las drogadicciones, produce el síndrome de abstinencia. En este caso, la clave del éxito está en poder vencer la resistencia de esas conductas adictivas al placer sádico para conducir la experiencia del paciente a aspectos vivenciales:

Todo transcurría así hasta que un día tiene un sueño en que hay un niño al que encierran en una habitación a pesar de que llora desconsoladamente. Ello le hace recordar algo que no había mencionado nunca: cómo el padre tenía placer en humillarle delante de sus amigos –los del padre–, burlándose de él para mostrar su ingenio.

Yo traté de que no abandonase esa vivencia, que la recrease con todo el sentimiento que la impregnaba, y entonces sí pudo hacer una identificación emocional con los personajes actuales a los que sometía a su sadismo, superponiendo su ser sufriente con los sentimientos de los demás. (Bleichmar, 1997, p. 240-241)

Me parece que esta experiencia muestra claramente la línea divisoria que demarca un comportamiento determinado por un superyó narcisista autocentrado exclusivamente en el propio interés, de otro que puede compartir el sentimiento de la otra persona.

Resulta entonces clara la importancia de la identificacio?n emocional para el avance y superación de los estados narcisistas que entorpecen y menoscaban la convivencia de la sociedad en su aspecto más básico y nuclear.

De lo estanco a lo versátil

Un aspecto que me parece importante que no pase desapercibido es el de la imbricación de los aspectos psíquicos y los aspectos fácticos o fenoménicos. Para ello es necesario hacer todavía alguna precisión sobre el modo como el psiquismo se despliega en la realidad. Lo relevante es, bajo mi punto de vista, poder percibir la permeabilidad constituyente entre todos los aspectos de la vida.

Desde la perspectiva freudiana ninguna de las configuraciones psíquicas que se articulan para cumplir con las múltiples tareas y funciones que el ser humano debe llevar a cabo constituye un compartimento estanco aislado de las demás. Por el contrario, como vimos en el apartado “Un vistazo al aparato psíquico”, cada una de ellas se va conformando y diferenciando de la anterior, menos estructurada, manteniendo un importante nivel de fluidez en las relaciones e intercambios mutuos.  Así, Freud (1923/1976) llega a afirmar que el yo confluye hacia abajo con el ello, no constituyendo en absoluto instancias separadas. Igualmente sostiene que desde el interior del yo emerge un yo un grado más elevado o superyó/ideal del yo que juzga sus comportamientos a la vez que sirve de modelo o ideal al cual aspirar. La psicosis maníaco-depresiva nos permite ver ambos extremos en el mismo caso. En el momento depresivo el yo queda muy alejado y por debajo hasta el punto de sentirse indigno y avergonzado. En el momento maníaco se encuentra muy cerca e incluso superpuesto al propio superyó.

Pero una vez conformado el aparato psíquico, tampoco la permeabilidad de sus instancias queda reducida a sus interacciones mutuas, sino que fluctúan en connivencia con los vaivenes de la realidad externa sobre la cual, simultáneamente, influyen y son influidas por ella. Así lo explica Bleichmar cuando aclara la psicogénesis del superyó tal y como Freud la concibe:

     Ésta es exactamente la situación del superyó y como entendió Freud su génesis. Primero hay angustia que se denomina «social»: el sujeto no siente la norma como propia y sólo la cumple en presencia del objeto externo cuyo castigo teme. Luego, para evitar exponerse a ese castigo, la norma es internalizada, con lo que pasará a ser el sujeto quien vigilará sus conductas y fantasías… Entre superyó y autoridad externa se mantiene una articulación compleja, variable según los individuos y momentos dinámicos. A veces, la presencia real de la autoridad externa es la que activa el superyó; en otros es el superyó el que es proyectado en la autoridad externa. Al respecto, el punto a remarcar es que las estructuras intrapsíquicas funcionan siempre en interdependencia con los objetos externos: la intersubjetividad no es sólo un momento en la psicogénesis sino la condición permanente que interviene en el mantenimiento de la estructura del psiquismo (las cursivas son mías). (Bleichmar, 1997 p. 289)

El ello, el yo, y el superyó tienen relaciones de confluencia que, según determinadas secuencias, configuran una modalidad u otra de aparato psíquico más o menos estructurado. Resulta entonces patente, a la luz de lo dicho, el riesgo vinculado a la posibilidad de que las configuraciones sociales queden determinadas por comportamientos normalizados de un superyó laxo en la observación de las normas. Si lo interno y lo externo existen en un intercambio de influencias mutuas del psiquismo, puesto que el aspecto externo de la realidad del yo entronca con la estructuración del psiquismo del otro, entonces la consolidación de un escenario social puede darse a partir de una configuración psíquica específica, y este trasvase puede suponer la perpetuación de un modelo psíquico. Una sociedad conducida por un colectivo cuya psique presente un desequilibrio en favor de un ideal del yo narcisista condicionará necesariamente el proceso de internalización de los mandatos del individuo, generando así un modelo social endémico que perpetúe comportamientos egoístas, competitivos, injustos y, en definitiva, contrarios al bien común.

Así lo muestra Joaquín Bosch en su libro La patria en la cartera:

La degradación progresiva del sistema de la Restauración y el colapso moral para las instituciones que supuso la dictadura de Franco provocaron que las prácticas corruptas alcanzaran en España dimensiones abrumadoras. Nuestra democracia no ha sido capaz hasta ahora de impulsar las reformas aconsejables para acabar con esta lacra (…) El País informaba en su edición del 1 de diciembre de 1994 de que el ministro Borrell, en un discurso ante los representantes de la asociación de constructores, insistía otra vez en que no pagaran sobornos. Sin embargo, como se explicará, estas dinámicas estructurales continuaron (…) Todo ello nos muestra el hilo directo, que no llegó a romperse, entre las prácticas corruptas del franquismo y las de la democracia. (Bosch, 2022, pp. 16-398)

Una consolidación estructural de la corrupción como esta tiene profundas repercusiones en todos los ámbitos de la realidad, propagando sus efectos nocivos a toda la vida institucional y política en sus ramificaciones respecto a la legislación, jurisprudencia, en la consolidación de los partidos políticos, etc. Pero también sobre las instancias del aparato psíquico. En este sentido aparece un aflojamiento de la vigilancia del cumplimiento de las normas y responsabilidades del mismo. Se normaliza la corrupción como inherente al sistema y se diluye la responsabilidad entre sus integrantes. En absoluto se trata de un fenómeno desconocido. Sabemos por la práctica clínica que cuando varios adolescentes se reúnen en pandilla con el ánimo de infringir las normas sociales desafiando a la autoridad, el superyó se diluye entre todos ellos sin que nadie asuma la autoría de los hechos. Aunque pueda parecer poco afortunado este ejemplo, sin embargo, presenta las concordancias adecuadas. De hecho, en los casos de prácticas corruptas, la mayor parte corresponden a actuaciones compartidas por un número amplio de participantes que encuentran en la fuerza del grupo el apoyo necesario para enfrentar los desafíos a los que se exponen. No obstante, no todos los integrantes participan de las estructuras de personalidad de talante narcisista apropiado a la corrupción. Algunos solamente forman parte del grupo. Otros, en cambio, demuestran auténtica disposición e incluso disfrute. También se da el caso en que un corrupto poderoso puede dar lugar a un grupo amplio de seguidores que aprovechan la oportunidad con mayor o menor implicación.

Al retomar, con Bleichmar, el hecho de que las instancias psíquicas no quedan fijadas en la infancia, sino que se encuentran en permanente interacción con la realidad externa (Bleichmar, 1997) se configura, entonces un escenario en el que todos los espacios o áreas de lo humano constituyen un conjunto en continua interacción e influencia mutua. Nada se mueve en un ámbito de lo humano que no tenga influencia en otro, de tal manera que se hace imprescindible la consideración de la injerencia de los aspectos socio-históricos y biográficos en el desarrollo del psiquismo, que se nos presenta ahora como un proceso constante y abierto en la vida de las personas y de las sociedades. De ahí que sea necesaria, además, una práctica terapéutica versátil y ágil en su modo de identificar las diversas plasmaciones y constelaciones superyoicas que dan lugar a situaciones problemáticas. El estudio de los casos de personalidad narcisista, atendiendo a su plasmación originada por la figura entreverada de lo social y lo psíquico, se presenta como un modo de recorrer todas las variaciones posibles, y se fija como reto ser capaz de revelar los aspectos endémicos del comportamiento tanto individual como social, como en el caso de la corrupción.

Una propuesta de este tipo está vinculada a una concepción de las categorías psicopatológicas de gran plasticidad y capacidad de articulación. Por paradójico que pueda resultar en primera instancia, considero que el trabajo de Freud nos ofrece un ejemplo de ello. En efecto, el corpus freudiano corre paralelo a los esfuerzos del autor por formular incansablemente las categorías y conceptos de su discurso para que pudieran incorporar todo nuevo detalle que su investigación sobre el psiquismo mostraba según avanzaban los años y se enfrentaba a nuevos casos. Bajo mi punto de vista hay un vicio de lectura de la obra de Freud que consiste en requerir de su obra una rigidez que se corresponde con la parte sistemática pero que deja de lado el potencial explicativo que le infiere la vertiente propositiva y plástica de su trabajo categorial. Siguiendo esa deriva, tomo también como referencia el enfoque Modular-Transformacional de Bleichmar:

El presente trabajo tiene como objetivo aplicar el enfoque "Modular-Transformacional" al examen de uno de los sistemas motivacionales –el narcisista– desarrollando la tesis de que las clasificaciones categoriales – organización de la psicopatología y de la estructura de personalidad en grupos separados, estancos, definidos por unos pocos atributos– deben ser reemplazadas por diagnósticos de tipo dimensional en los que la articulación de diferentes dimensiones o componentes den lugar, en su combinatoria, a las configuraciones psicopatológicas y de personalidad. (Bleichmar, 2000)

Esta perspectiva le confiere al trabajo terapéutico un marco para su metodología que lo conduce a través de las “múltiples combinatorias que transcienden a las categorías clásicas de la fenomenología psiquiátrica” (Bleichmar, 2000, parr. cuarto). En definitiva, un enfoque de este tipo se contrapone necesariamente a la concepción que entiende a las personas únicamente bajo su aspecto atomizado y estanco de sujetos individuales, desarrollada a partir del siglo XVII, y en la que el capitalismo hunde sus raíces. Considero, pues, que es necesaria una tarea de análisis y crítica de los problemas derivados que hemos planteado con el manifiesto hincapié en un horizonte que no se quede en la simple comprensio?n intelectual, sino que suponga una aute?ntica reversio?n de la experiencia del egocentrismo narcisista hacia el desarrollo de la empatía con el otro.

Escenarios del principio de placer      

El lobo de Wall Street: un corrupto sin freno

El ritmo de la película es desde el inicio trepidante, un tempo que se impone hasta el final y que nos hace pensar en la prisa, la velocidad, la hiperactividad propia de los entornos de las altas finanzas que alcanza el descontrol en la primera escena. Presentada a modo de contraposición entre aquello que vende un anuncio publicitario de una agencia de agentes de bolsa (Stratton Oakmont, fundada por el protagonista), estables, íntegros y orgullosos, y el modo real en que se comportan, salvajes, completamente desinhibidos, eufóricos, nos hace pensar en algunos casos de pacientes maníacos a la luz de unas palabras de Freud:

Sobre la base de nuestro análisis del yo es indudable que, en el maníaco, yo e ideal del yo se han confundido, de suerte que la persona, en un talante triunfal y de auto arrobamiento que ninguna autocrítica perturba, puede regocijarse por la ausencia de inhibiciones, miramientos y autorreproches. (Freud, 1921/1976, p. 125)

En mi opinión, no es el caso del protagonista, Jordan Belfort, y para demostrarlo tenemos que retroceder, no como hace el film hasta su llegada a Wall Street, sino más allá incluso de la presentación que hace de sí mismo, hasta aspectos que la propia narrativa enuncia pero sustrae a la vista del espectador, hasta el origen de su declaración anterior: “Siempre quise ser rico” (Scorsese, 2013, 05:12).

Sabemos, por lo mencionado por Freud, como vimos en el epígrafe “Un vistazo al aparato psíquico”, que la vinculación entre el yo y el superyó toma la forma de la relación del niño con un objeto externo, una figura parental (Freud,1921/1976); o sea, algo que en el inicio constituyó una relación entre dos personas, luego se interioriza en una relación moldeada a imagen y semejanza entre dos instancias psíquicas – yo y superyó –, dándonos así una idea de la importancia nuclear que tiene la etapa de la niñez en la conformación del aparato psíquico. Pero apenas se menciona la etapa de crianza del protagonista por una pareja de modestos contables en un pequeño apartamento de Queens. De su padre sólo conocemos su caricaturesca representación de la iracunda reacción del poderoso jefe que le gustaría ser ante quien le interrumpe con su llamada para convertirse, a renglón seguido, en el afable y sumiso servidor que en la realidad responde a quien le llama. Todo ello delante de una esposa que no se inmuta ante una demostración de poderío que jamás les sacará de su rutina de contabilizar las riquezas de los demás, pero no las propias. En ese contexto, entiendo la frase de su hijo recién citada, clara demostración de que desde bien temprano no pensaba continuar el empleo de sus padres, sino cumplir su fantasía en la realidad a costa de lo que fuera necesario. Muestra de que su voluntad de ser rico no constituye un brote aleatorio nacido por generación espontánea, sino fruto de un medio familiar determinado. Y en este sentido Jordan Belford se constituiría en el representante de la familia capaz de llevar a la práctica la fantasía tanto tiempo acariciada, pero nunca realizada de su padre, la de convertirse en el poderoso que no se rinde ante nada ni ante nadie, imponiendo su voluntad por encima de todo.

Pero volviendo al tema de la crianza, ¿a quién impondrá su autoridad este hombre que a todas luces se declara perro ladrador, poco mordedor? Sólo podrá ser objeto de burla y vejación. De su madre solamente podemos conjeturar, por su inercia ante la estentórea escena desplegada por su marido, una postura de brazos caídos, de resignada acomodación a la vida que les toca vivir. El resultado de una crianza por parte de unos padres así es una personalidad cuyas figuras superyoicas de autoridad han sido blandas y fácilmente superables, lo que desarrolla una percepción de ausencia de trabas para la consecución de sus deseos. De esta manera, el protagonista proyectará sobre la realidad una debilidad que le hará concebir cualquier impedimento como fácilmente superable.

Nuestro protagonista presenta rasgos estereotipados de lo que se describió con el término yuppie, acrónimo del inglés young urban professional, que se acuñó a principios de los 80 en Estados Unidos debido al fenómeno de proliferación de jóvenes (entre 20-39 años) con un marcado carácter materialista, gusto por un consumo ostentativo, obsesionados por el estatus social, y centrados en conseguir poder a través del enriquecimiento. Esta generación accedió al mercado laboral en pleno auge del capitalismo, en el epicentro de su forma financiera, que se despliega en todo un distrito urbano al sur de Manhattan alrededor de la sede de la Bolsa de Nueva York, en Wall Street. En cierto modo, Wall Street acaba por convertirse en hábitat natural de traders, brokers, agentes de bolsa etc., y en reclamo para aspirantes y aprendices de todas sus prácticas voraces asociadas al mercado de valores. Las numerosas compañías que lo componen se estructuran a partir de los comportamientos asociados a estas prácticas, de tal modo que Wall Street se perpetúa en los modos como estas pasan de mentores a aprendices, en procesos de ascenso desde lo más bajo, conservando la jerarquía que encumbra líderes que encarnan los valores del vendedor sin escrúpulos, codicioso, arrogante, adicto, manipulador, astuto. Se trata de perfiles que acaban por encajar en una idea preconcebida del capitalismo entendido como un sistema de selección natural y adaptación al medio en entornos agresivos y violentos, que proviene del sustrato del neoliberalismo económico, y que da lugar a encarnaciones metafóricas como la del tiburón de las finanzas o, en el caso de la película, al Lobo de Wall Street. Estas imágenes funcionan como señuelo para nuevos legos, que acuden a formar parte y a perpetuar el modelo, como se muestra en la escena en la que el perfil que le hace la revista Forbes al protagonista funciona como efecto llamada para multitud de jóvenes candidatos a engrosar la plantilla de Stratton Oakmont, dejándolo todo y gastándose todo su dinero para adquirir pronto la apariencia del hombre de finanzas.

En ese sentido me parecen aclaradoras, de nuevo, las palabras de Freud: “Comprendimos (…) diciendo que el individuo resigna su ideal del yo y lo permuta por el ideal de la masa corporizado en el conductor” (1921/1976, p.122). Esto es, encontramos de nuevo la confusión del yo e ideal del yo, sólo que, a diferencia del maníaco, este nos parece un acercamiento mucho más ajustado al caso de la personalidad del protagonista y al proceso de su inserción en el medio de la economía capitalista. Jordan Belfort, con 22 años, acude a su primer día de trabajo en Rothschild como “la última mierda” (Scorsese, 2013, 05:39) (según las palabras de su supervisor) y queda prendado instantáneamente del ideal de Wall Street, de su velocidad y rudeza, del sonido del dinero, barullo, insultos, teléfonos, carreras, ventas millonarias... y de su jefe Mark Hanna (Matthew McConaughey), personificación ideal del ejecutivo de Wall Street y a la postre instructor de todos los secretos de las ventas de acciones que él más tarde aplicará. Así acaba incorporando el ideal de la masa corporizado en su jefe; así entra a formar parte de todas las vivencias de talante triunfal y autodeslumbrante sin que ninguna autocrítica, inhibición o reparo lo impidan; así aprende a ostentar la potestad de inculcar a sus seguidores, cuando más tarde monte su propia compañía, los mismos patrones de conducta para perpetuar el modelo.

Sin embargo, a pesar de esta transmisión de patrones de comportamiento, existe un abismo entre Mark Hanna y Jordan Belfort. El nivel de despliegue de recursos económicos que sustentan la personalidad de Belfort es inmenso, tanto como su desmesurada fortuna, que él mismo se encarga de presentar arrogantemente al inicio de la película. Paradójicamente se puede entender que esta se inicia con el lunes negro[1] y la quiebra de la empresa para la que trabaja, con la consiguiente pérdida de su puesto de empleo. Fue el inicio de una serie de circunstancias que le remitió, gracias al consejo de su mujer, a un centro de inversores en el área metropolitana de Nueva York, en el que se negociaban la venta de acciones no operativas en bolsa con grandes beneficios. Se daban así las condiciones externas para dar cumplimiento a sus insaciables ambiciones que ya le habían llevado a Wall Street: su adicción al dinero, seguida en cascada por otras muchas adicciones (alcohol, drogas, sexo...) y por cuantos caprichos se le antojaran. Su actitud es la de urdir un método de elevar a la máxima potencia la riqueza que pueda conseguir a través de los negocios recurriendo a prácticas dolosas y corruptas. Se centra en su dominio de un lenguaje ambiguo y cautivador para embaucar a sus potenciales clientes sin aceptar nunca un “no” por respuesta. Aquí la astucia juega un papel clave por cuanto da el tono de un juego de engaños que redundan en su único beneficio sirviéndose de los demás. Inculca a sus socios y trabajadores las vivencias de triunfo y desinhibición, de exceso y placer, de adicción, de agresividad y embustes en las ventas, de no tolerar un no por respuesta, haciéndoles creer que se trata de una estrategia comercial cuando en realidad se trata de un medio para evitar toda imposición a su deseo de ser rico. Todo su entramado empresarial está dirigido a la obtención de la mayor riqueza posible, recurriendo a cualquier artimaña para quedarse hasta el último centavo, como lo muestra a la perfección la salida a bolsa de la empresa Steve Madden, que Belfort utilizó para enriquecerse mediante la compra encubierta – a través de testaferros – de la mayoría de las acciones y la posterior venta en su punto álgido una vez había hecho subir artificialmente el valor de la empresa (a esta práctica fraudulenta se la conoce como pump and dump). Su estrategia tiene éxito sobre todo porque, como sostuve más arriba, el grupo, a modo de fieles seguidores, toman la misma pauta de su líder al haber prescindido de su ideal del yo depositándolo en él. Encontramos entonces una personalidad regida por completo por el principio de placer, encabezando a un grupo de seguidores instituido bajo la forma empresarial, en una marcha imparable que no se conforma con haber alcanzado la sensación triunfal que se deriva de haber emulado en algún aspecto al ideal del yo, ni con haber pasado a ocupar su mismo lugar, alcanzando así el autoembelesamiento del maníaco. Nos encontramos con un sujeto fuera de control, en el proceso de invertir el orden de las instancias psíquicas, al querer sustituir el superyó poniendo en su lugar al ello.

Grupos como el mencionado se caracterizan por potenciar las prácticas que los constituyen dada la capacidad autojustificativa de las personalidades que los conforman. La desestructuración de las instancias psíquicas que sucede en sus integrantes pasa a inocular destructivamente la colectividad, de tal modo que la resistencia a conducirse conforme al principio de realidad puede volverse endémica, aislando al grupo en una burbuja en la que se van reforzando unos a otros, y en la que únicamente toman el ejemplo de personalidades narcisistas (sus líderes), tan encumbradas como satisfechas de sí mismas. Se corre el riesgo de iniciar un proceso de regresión derivado de esa desestructuración. El superyó es una instancia que se va fortaleciendo con la cultura en un proceso evolutivo por el que se incorporan las normas para poner control al irrestricto principio de placer que impera en el ello.  En el film encontramos toda una serie de conductas regresivas asociadas a los colectivos en los que ingresa el personaje. A su entrada en Rothschild le reciben con insultos, con lenguaje rudo, con agresividad, con humillaciones. La instrucción que recibe de su mentor radica en el engaño: “Es todo una filfa ¿sabes lo que es una filfa? Una farsa, un artificio, pura fantasía, no existe, no se posa, no es material (…) ¡es jodidamente irreal! No creamos nada, no construimos nada” (Scorsese, 2013, 10:05), en la satisfacción del deseo sexual y en el consumo de cocaína como único método para el éxito en el mercado de valores, enseñanzas que culminan con el golpeo en el pecho mientras entona un primitivo himno gutural demostrativo de fuerza y poderío. Esto es, las directrices a seguir consisten en entrar en un proceso embrutecedor de involución hacia una fase de no pensamiento.

El grado de regresión depende del nivel de desestructuración psíquica. En el caso de Stratton Oakmont, y de Jordan Belfort, cuya consumación de la sustitución del superyó por ello es prácticamente total, estamos ante un caso extremo. La involución hacia la degradación psíquica es tal que sus agentes se hallan por completo liberados de todo control e inhibición de los impulsos, lo que conduce a un completo caos en la compañía. En palabras del protagonista: “Era un auténtico manicomio. Un festival de codicia dividido a partes iguales en cocaína, testosterona, y fluidos corporales. La cosa se puso tan mal que tuve que declarar prohibido el sexo en las oficinas entre las 9 am y las 7 pm. Pero os aseguro que no sirvió de nada” (Scorsese, 2013, 42:19). Observamos aquí un giro en el que el descontrol del modelo que produce este psiquismo, basado en la jerarquización que privilegia al ello y la sujeción al principio de placer, se vuelve totalmente contra el protagonista, desactivando toda tentativa de recurrir a ningún principio coercitivo, sin caer en contradicción consigo mismo, para reconducir la situación. Ni siquiera la intervención de su padre, a quien contrató para intentar instaurar el orden, pudo remediar tal situación (paradójica elección; ¿quería realmente el cambio o sólo un simulacro para que en realidad   nada cambie como veía hacer a su padre?). Este giro hacia la necesidad de una figura de autoridad superyoica estaba condenado al fracaso desde el principio, ya que su padre, que no pudo representar esta función en su infancia dado su carácter, no lo iba a hacer mejor ahora. En una presunta imitación de los episodios de su niñez, acaba siendo objeto de burlas y mofas en cada ocasión que les pide cuentas por su mal comportamiento o por sus desfasados gastos.

Los procesos de regresión extrema como este, en el que se ha instalado el ello como norma de vida, son insostenibles y acaban por ser profundamente dañinos para las estructuras sociales que regulan la convivencia. En la película, estos efectos se consuman en la destrucción de las familias, amistades y matrimonios, que ocurren paralelamente a la caída del personaje principal, que en su momento álgido es incapaz de asumir ningún mandato moral como límite a su deseo. Incluso cuando dicha destrucción involucra a su propia familia es incapaz de dejar de burlarse de su mujer con prácticas sexuales disolutas al tiempo que desataba el más violento ataque de furia ante la inminente y definitiva ruptura y abandono, episodio que acaba por poner en riesgo su propia integridad física y la de su hija. Lo quería todo sin renunciar a nada.

No obstante, no cabe ninguna duda de que era capaz de percibir los límites, aun cuando el proceso de incorporarlos internamente como norma está siendo eludido deliberadamente. Este es un aspecto muy interesante de la configuración del aparato psíquico, que suele entenderse como fija o inmutable, como un proceso que se consuma y que no permite remisión o modificación alguna.  Bleichmar, en su lectura minuciosa de Freud, como vimos anteriormente, sostiene lo contrario al afirmar que las estructuras intrapsíquicas funcionan siempre en interdependencia de los objetos externos (Bleichmar, 1997). 

Jordan Belfort convive continuamente con figuras superyoicas que ofrecen escasa resistencia a la extensión de su deseo, ya sean sus padres, su mentor en Rothschild, o sus socios en Stratton Oakmont, de tal manera que ha generado el aprendizaje de que puede disponer de los demás para dar cumplimiento a sus deseos. Sus infracciones se explican desde la consecución narcisista del principio de placer en lugar del principio de realidad o las normas superyoicas. Se ha rodeado de personas subyugadas a sus intereses a partir de un proceso de colonización, generando un modo de evadir la resistencia de la realidad externa, y recibe continuamente masivas aportaciones de narcisismo que le resultan absolutamente improcesables, desarrollando una megalomanía que le hace creerse completamente inmune al peso de la ley.

Aunque comete un craso error de cálculo a la hora de valorar las capacidades del agente del FBI Patrick Denham, seguramente debido a su costumbre de haberse relacionado con débiles instancias normativas, no es ciego ante el estatus que representa como figura de autoridad. Sin embargo, su megalomanía le empuja a mostrarse triunfal ante Denham pese a los consejos de su asesor de no mantener ningún tipo de contacto con él. Una frase del asesor dispara todo: “Llamé al Departamento de Justicia, a la DEA... ¡Nadie sabe que existes! Así que cálmate”,  “¿No saben que existo?” (Scorsese, 2013, 1:27:57), inquiere Belfort descreído. La conversación sigue a partir de los deseos del protagonista de ser él quien inicie el contacto con el agente del FBI con la consiguiente negativa de su asesor. La escena siguiente muestra a los agentes dirigiéndose al yate de Belfort. El Lobo de Wall Street nunca acepta un no por respuesta.

La historia de los intercambios con el agente Dehnam constituye una muestra bien patente de las influencias mutuas entre lo interno y lo externo a las que se refiere Bleichmar. En su primera entrevista en el yate, Jordan Belfort, desacostumbrado a tratar con figuras superyoicas íntegras, conduce la conversación a su terreno cometiendo el error de sugerir la posibilidad de un soborno al agente federal. Ante el rechazo y la invitación a que lo reconociera como un soborno, Belfort, en una transformación propia de las personalidades narcisistas, se revuelve descargando toda su agresividad y arremete contra los agentes expulsándolos de su yate mientras los degrada calificándolos de miserables y pobres (de nuevo la riqueza como indicativo de jerarquía social). Su siguiente encuentro incluirá su detención. Y aunque Belfort, en un principio, adopte una actitud obediente ante la propuesta de pactar con la fiscalía a cambio de la colaboración para identificar a otros componentes de su trama corrupta de fraude y evasión fiscal, pronto vuelve a hacer valer su criterio de no delatar a sus compañeros, cuando estos lo vuelven a elevar a su omnipotente ideal de líder, en un claro desafío a la autoridad. El asunto se zanja con el esclarecimiento de su conducta por parte del agente Denham y la posterior obligación a cumplir con su deber legal por vías más constrictivas. La ley, finalmente, impera.

A modo de apuntes finales, indicar que la personalidad de Jordan Belfort, que debemos recordar que se trata de un caso real, pese a tratarse de un corrupto menor comparado con otros casos dada la insuficiencia de estructura y profundidad de su trama, y de su ingenuidad para con las competencias de la ley derivada de su megalomanía, nos ofrece un amplio repertorio de rasgos y conductas propensas al incumplimiento de la ley. Se trata de un caso poco corriente caracterizado por el exagerado descontrol de los impulsos y por plasmarlo en comportamientos muy marcados que permiten la identificación y la eventual comparación con otros casos.

Conclusiones

Si recordamos la cita del encabezamiento podemos apreciar que, un siglo después, estas ideas se demuestran de perfecta aplicación:

Uno no puede apartar de sí la impresión de que los seres humanos suelen aplicar falsos raseros; poder, éxito y riqueza es lo que pretenden para sí y lo que admiran en otros, menospreciando los verdaderos valores de la vida. (Freud, 1930/1976, p. 65)

Existen dos orientaciones diferentes en las aspiraciones de los seres humanos; una encaminada a la riqueza, al éxito, y al poder; la otra “a los verdaderos valores de la vida”. Sin duda un caso tan extremo de corrupción como el de El lobo de Wall Street, entra de lleno en la primera parte de la proposición, permitiéndonos recoger sus inestimables aportaciones:

En primer término, hemos aprendido que la desestructuración del aparato psíquico – invertir el orden de las instancias psíquicas poniendo el ello en lugar del superyó – tiene como consecuencia la involución de la cultura. Esto significa que todo aquel que se autolegitima para transgredir las normas para la libre satisfacción de sus deseos está poniendo en riesgo la cultura.

Asimismo, se muestra claramente la coalición capitalismo-corrupción cuanto menos en su segmento más etéreo o inmaterial de las finanzas, puramente especulativo, cuyo carácter depredador (“tiburón”, “lobo”, etc., como más arriba hemos visto) resulta imposible desmentir.

Ahora bien, Freud, en la segunda parte de la proposición (“...menospreciando los verdaderos valores de la vida”) no precisa en qué consisten, pero me atrevo a postular sin temor a errar que entre ellos se incluye el amor como contención del narcisismo: “Sabemos que el amor pone diques al narcisismo, y podríamos mostrar cómo, en virtud de ese efecto suyo ha pasado a ser un factor de cultura” (Freud, 1921/1976, p. 118); y Bleichmar, apostillando la intuición de Freud en su descripción del trabajo clínico con el paciente de rasgos narcisistas para desbloquear su aislamiento emocional con respecto al sufrimiento del otro: “Sólo la identificación emocional – sentir como propio lo que el otro siente – posibilitará que el goce sádico encuentre un dique” (Bleichmar, 1997, p. 240).

Esto es, el amor que pone diques al narcisismo del autoencumbramiento propio basado en la astucia – i.e. la figura del “listo” en nuestra idiosincrasia –, y la empatía, saber ponerse en la piel del otro, funcionan como factores de cultura. Y en mi opinión, mientras no formen parte de las directrices de la sociedad, no habrá modo de que las instituciones pongan coto al antojo de los ricos y poderosos.

     Es necesario un cambio en los criterios que rijan las instituciones. La irrupción de las posiciones del feminismo de tercera y cuarta ola ha traído consigo la incorporación al debate de la gestión política la inclusión de las políticas del cuidado como resultado necesario del enfrentamiento a un “sistema-mundo capitalista/patriarcal occidentalocéntrico/cristianocéntrico moderno/colonial” (Grosfoguel, 2013), que ha determinado históricamente una supresión de los afectos en la esfera pública y su asimilación al ámbito privado individual como rasgo predominante. Los afectos y los cuidados se convierten así en elementos centrales y transversales de las nuevas líneas estratégicas de gestión comunitaria, mostrando la importancia y la urgencia de que nuevos registros emocionales dirijan los destinos de la sociedad humana.

 

[1] El lunes negro, en finanzas, se denomina al lunes 19 de octubre de 1987, cuando los mercados de valores de todo el mundo se desplomaron en un intervalo de tiempo muy breve. La terminología se asocia a las denominaciones que se emplearon para indicar las caídas bursátiles que iniciaron el crac del 29

Referencias

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Bleichmar, H. (1997). Avances en psicoterapia psicoanali?tica. Paidós

Bleichmar, H. (2000). Aplicación del sistema Modular – Transformacional al diagnóstico de trastornos narcisistas. Aperturas Psicoanalíticas, (5) http://www.aperturas.org/articulo.php?articulo=0000123#contenido

Bosch, J., (2022). La patria en la cartera. Ariel

colonizacionemocional.com (29 de noviembre de 2016). Hugo Bleichmar sobre las personalidades narcisistas [Archivo de Vídeo]. Youtube. https://www.youtube.com/watch?v=7YQv-0ZZtBw

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Freud, S. (1976). El porvenir de una ilusión. En Obras completas (Vol. XXI, pp. 4-55). Amorrortu Editores. (Obra original publicada en 1927)

Freud, S. (1976). El malestar en la cultura. En Obras completas (Vol. XXI, pp. 65-140). Amorrortu Editores. (Obra original publicada en 1930)

Grosfoguel, R (2013). Racismo/sexismo epistémico, universidades occidentalizadas y los cuatro genocidios/ epistemicidios del largo siglo XVI. Tabula Rasa, 19, 31-58. https://www.redalyc.org/articulo.oa?id=39630036002 

Horkheimer, M. (2002). Crítica de la razón instrumental. Editorial Trotta. (Obra original publicada en 1947) 

Laplanche, J. y Pontalis, J. B. (1996). Diccionario de psicoanálisis, Paidós.

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