aperturas psicoanalíticas

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revista internacional de psicoanálisis

Último Número 071 2022 Clínica de la intersección de lo social y lo intrapsíquico

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Grandiosidad, neoliberalismo y neoconservadurismo

Grandiosity, Neoliberalism, and Neoconservatism

Autor: Layton, Linne

Para citar este artículo

Layton, L. (2022). Grandiosidad, neoliberalismo y neoconservadurismo. Aperturas Psicoanalíticas (22). http://aperturas.org/articulo.php?articulo=0001196

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Resumen

En este artículo, sostengo que la grandiosidad, tanto a nivel individual como colectivo, es en parte una respuesta a los cambios culturales dramáticos, especialmente a la solidificación del neoliberalismo en los años 80 y 90, que dio lugar a enormes desigualdades en la riqueza y a la privatización cada vez mayor de servicios y bienes que anteriormente eran públicos. Junto con las desigualdades de ingresos, que han producido una enorme angustia parental sobre su estatus de clase y el de sus hijos, las prácticas neoliberales han fomentado una negación de la dependencia y la interdependencia. Esto, a su vez, ha producido estados del self frágiles marcados, por ejemplo, por oscilaciones entre la grandiosidad y el autodesprecio. El artículo se fija primero el tipo de dinámicas relacionales problemáticas que conlleva la desigualdad de clases y luego continúa explorando las conexiones entre el neoliberalismo, el neoconservadurismo y los estados del self narcisistas. Sugiero que las manifestaciones de grandiosidad omnipotente tanto a nivel individual como de grupos grandes no son reafirmaciones de estados tempranos, sino, más bien, productos derivados de los fallos relacionales de los grupos grandes y pequeños.

Abstract

In this article, I argue that grandiosity, on both the individual and the collective level, is in part a response to dramatic cultural changes, particularly the solidification of neoliberalism in the ‘80s and ‘90s, which led to vast inequalities in income and to the increasing privatization of formerly public goods and services. Along with the income inequalities that have produced a lot of parental anxiety about their and their children’s class status, neoliberal practices have encouraged a denial of depen- dence and interdependence. This, in turn, has produced fragile self-states marked by, for example, oscillations between grandiosity and self-deprecation. The article looks first at the kinds of problem- atic relational dynamics that ensue from class inequalities and then goes on to explore connections between neoliberalism, neoconservatism, and narcissistic self-states. I suggest that manifestations of omnipotent grandiosity on both the individual and large-group levels are not reassertions of early states but, rather, are breakdown products of large-group and small-group relational failures.


Artículo traducido y publicado con autorización: Layton, L. (2014). Grandiosity, Neoliberalism, and Neoconservatism. Psychoanalytic Inquiry, 34, 463–474, https://doi.org/10.1080/07351690.2013.846030

Descargo de responsabilidad: el artículo utiliza un estilo de citación y referencias distinto al que utiliza Aperturas Psicoanalíticas, puesto que es una traducción y se conserva el formato original.

Traducción: Marta González Baz
Supervisión: Lola J. Díaz-Benjumea

 

A principios o mediados de los años 80, buscaba una tarjeta de cumpleaños para un familiar y me di cuenta de que había dos opciones: un tipo de tarjeta decía algo así como "Eres el amigo/madre/padre/hermano más especial que uno podría esperar", y el otro tipo hacía algún tipo de broma burda y desagradable, algo así como "Eres viejo, gordo y feo. Feliz cumpleaños". Fue en ese momento cuando empecé a comprar tarjetas en blanco, que parecían la única manera de decir algo que fuera mínimamente auténtico. Por aquel entonces, me planteé escribir un libro sobre lo que me parecía una cultura límite, es decir, una cultura en la que todo se dividía entre todo bueno y todo malo, sin matices de gris en medio. Los capítulos abordarían ejemplos tan cotidianos como las tarjetas de felicitación, las noticias de la televisión, las tertulias de la radio, los pánicos morales como la histeria en torno al maltrato infantil en las guarderías y la retórica política de Ronald Reagan. Porque esta era la época de los imperios del mal y de los americanos buenos (que consumían su camino hacia el lugar que les correspondía en el cielo).

En un intento por comprender cómo esa división llegó a dominar el discurso público, y por entender la grandiosidad cultural, la necesidad de ser especial, el sentirse con derecho y la indulgencia que son algunas de sus secuelas, primero examino brevemente dos casos clínicos, cada uno de los cuales ejemplifica una relación entre la desigualdad de ingresos, la preocupación de los padres por el estatus de clase y la grandiosidad. Espero que este ejercicio arroje luz sobre cómo la creciente desigualdad de ingresos en Estados Unidos, que comenzó con el ascenso del neoliberalismo[1] a finales de los años 70 y que ha alcanzado proporciones monstruosas hoy en día, se conecta con la división que produce rasgos límite en la cultura, incluyendo el tipo de grandiosidad que hace que un matón pomposo como Donald Trump se convierta, aunque solo sea por un momento, en un posible aspirante a la presidencia de Estados Unidos. El neoliberalismo, que entiende las divisiones sociales y la desigualdad de ingresos como problemas de falta de incentivos individuales y de integridad moral -en lugar de como problemas producidos por el propio capitalismo- ha creado mucha ansiedad sobre el estatus de clase en todas las clases, y sostengo que esto, a su vez, ha dado lugar a estados divididos de, por un lado, inmensa inseguridad, y, por otro, negaciones grandiosas de la dependencia que supone ser pobre, y de la interdependencia mutua que implica la forma en que ricos y pobres están interrelacionados. En la parte II del artículo, exploro las conexiones entre el neoliberalismo, el neoconservadurismo y la grandiosidad que encontramos en las variedades del excepcionalismo estadounidense.

Heridas de desigualdad social: Sandy y Paul

Sandy nació a finales de los años 70, la primera hija de una madre blanca que creció en la pobreza y de un padre blanco que ascendió de trabajador de cuello azul a burócrata de cuello blanco. Su padre nunca dejó que la madre olvidara de dónde venía, y gran parte de lo especial que era Sandy para su padre estaba relacionado con sus aspiraciones, expresadas con frecuencia, de que ascendiera en clase y estatus. Como ella era tan especial, afirmaba él, podía hacer y tener lo que quisiera. Intuyendo esta fuente de amor del padre, Sandy trabajó mucho más duramente a nivel académico que cualquiera de sus compañeros, y, de hecho, ascendió hasta convertirse en una profesional en un campo de altos ingresos, asegurando así su lugar como la favorita de papá. Aunque este tipo de historia se promueve a menudo en la prensa y se supone que hace sentir a la gente como si, en Estados Unidos, cualquiera pudiera ascender con trabajo duro y disciplina, pocos contemplan los costes psicológicos que pueden acompañar a tales transiciones de clase. Lo que Sandy siempre supo, pero no pudo saber realmente hasta el análisis, es que la capacidad de amar de su padre estaba bastante dañada, y una parte de ella se resentía enormemente por lo que sentía como un amor supeditado al rendimiento. Su frágil sentido de ser especial se veía reforzado por el desprecio absoluto hacia los compañeros que no trabajaban tanto como ella: "Algún día estarán limpiando mis baños", pensaba cuando los veía divertirse mientras ella estudiaba.

Sandy se enamoró de un hombre de clase trabajadora que, a su vez, había llegado a ser un burócrata de cuello blanco. Como su terapeuta, escuché una y otra vez su burlona denigración de las maneras de clase trabajadora de él. En el momento en que no pude soportar más su desprecio y pude encontrar una forma de hacerle frente con calma, le señalé que parecía necesitar burlarse de su novio y que tal vez deberíamos analizar por qué. La primera vez que saqué el tema, prácticamente le dio un ataque de ansiedad en el sofá. Tuvo un momento inmediato de reconocimiento de que, de hecho, gran parte de su sentido de quién era se basaba en este tipo de burla defensiva, y de repente sintió que se deshacía ante la perspectiva de ser despojada de esta defensa. Hizo falta mucho trabajo para entender de dónde había venido esta grandiosidad de clase y cómo se relacionaba con las desidentificaciones de clase con la madre y las identificaciones con el desprecio del padre por lo que, en la madre, le recordaba demasiado a sus inseguridades de clase negadas. Y lo que es más importante, llegó a comprender cómo la grandiosidad de clase era una defensa para no reconocer que el amor de su padre estaba supeditado a sus logros: su burla se dirigía tanto a las partes odiadas de sí misma que había llegado a asociar con la falta de clase, como a su novio.

Supongo que Sandy pensó que se estaba uniendo a mí y a mi, en su opinión, elevada posición de clase cuando estaba denigrando la falta de clase de su novio. Pero, por supuesto, lo que temía que se revelara era su propia ansiedad por no tener la suficiente clase, y los sueños lo revelaban a veces. Sandy necesitaba verme como alguien grande y quería sentir, en palabras de Kohut, "Tú eres perfecto y yo soy parte de ti" (1971, p. 25). Pero lo que había que analizar era el terreno inestable en el que se apoyaba esta grandiosidad. Solo después de analizar la grandiosidad, Sandy pudo superar el cinismo que había tenido toda la vida respecto a amar y ser amada.

Otro paciente, Paul, nació a principios de los años 70 y era el segundo hijo de una madre de clase trabajadora de varias generaciones de obreros y trabajadores no cualificados. Su padre era un pequeño empresario de cuello blanco, pero abandonó a la familia cuando Paul tenía tres años, hundiéndola en la pobreza. Los abuelos de su madre habían sido orgullosos sindicalistas de clase trabajadora, pero sus abuelos maternos y su madre, las personas que lo criaron, aspiraban, sin éxito, a ascender de clase (un cambio generacional debido quizá, en parte, al declive del poder político y colectivo de los sindicatos). Aunque solo estaba presente de forma ocasional en la vida de Paul, otorgando de vez en cuando un poco de dinero y fuertes dosis de consejos, su padre era el ejemplo familiar de alguien que "lo había conseguido". Paul, que iba muy bien en la escuela, parece haber sido el receptor en la familia del deseo paterno de avanzar en la clase. Al igual que Sandy, Paul también tenía el vago sentimiento de que el amor de ambos padres estaba supeditado a ascender de clase, a aportar a la familia un estatus social más legítimo.

El ámbito en el que Paul eligió ascender, el de las ciencias académicas, era uno que le resultaba realmente querido y significativo, pero la rabia por la exigencia casi desesperada que se le hacía de ascender se interponía en el camino para lograr lo que esperaba conseguir. La pregunta "¿para quién estoy haciendo este trabajo?" lo atormentaba constantemente, y como percibía a sus padres como tiranos y poco cariñosos, los logros siempre tenían el sabor no de la autorrealización, sino de la sumisión a una autoridad rechazante y juzgadora. Una base importante de su sentido del self implicaba una constante lucha valiente contra las autoridades parentales y otras autoridades injustas. Pero lo que empezamos a reconocer fue que parte del escenario transferencial reiterado conllevaba una necesidad de convertir cualquier autoridad percibida como superior a él en un tirano potencial y, más de una vez, Paul fue despedido de su trabajo tras enfadarse explosivamente con un superior.

Para Paul, la estructura misma del análisis evocaba frecuente y dolorosamente el sentimiento de injusticia, pues aunque la atención cuidadosa del análisis prometía amor, cada uno de sus muchos límites parece haber sido sentido como un castigo y un rechazo injustificados, aunque rara vez reconocía que se sentía herido por ellos. Más bien, de vez en cuando, nos enzarzábamos en una lucha en la que él defendía el mundo desvalido de los pacientes contra las injusticias de la arrogante autoridad analítica. Pero, en parte debido a la fina línea entre su amor por lo que hacía y la demanda parental de logros, su análisis, así como el de Sandy, me enseñó algunas cosas muy importantes sobre la grandiosidad: primero, que a menudo hay una línea muy fina entre un sentido positivo del self y una grandiosidad defensiva, y el terapeuta debe entrar con ligereza en el análisis de la grandiosidad para no destruir sus elementos saludables en el proceso de analizar sus elementos defensivos omnipotentes.

En segundo lugar, aprendí cómo el trauma transmitido intergeneracionalmente de ser de clase inferior y ser tratado por múltiples autoridades de manera degradante y condescendiente puede producir traumas personales continuos que provoquen relaciones divididas con la autoridad y, por lo tanto, configuraciones transferenciales bastante incómodas e inusuales. En el caso de Paul era notable la necesidad de verme como poderosa y castigadora, tanto para poder tener una posición desde la cual sentirse justificado para luchar contra las injusticias percibidas (y reales) de la situación analítica como para poder mantenerme a distancia para no correr el riesgo de ser superado, tragado y destruido por mí. Al mismo tiempo, su exquisita sensibilidad a los abusos de autoridad me obligaba, repetidamente, a examinar los aspectos defensivamente grandiosos de mi posición analítica. Por último, aprendí que la grandiosidad suele producirse cuando los niños perciben que el amor de los padres está supeditado al ascenso de clase y de estatus económico, y que la grandiosidad de clase a menudo implica la necesidad tanto de un otro poderoso/legítimo como de un otro degradado/ilegítimo.

Como a menudo sucede, tanto Sandy como Paul habían hecho una virtud del mismo lugar en el que estaban heridos: Sandy consideraba que aquellos que alcanzaban el estatus de clase media eran mejores seres humanos que los que no lo habían hecho y, sin embargo, como en todos los casos de escisión, tenía que mantener cerca al otro degradado para seguir sintiéndose especial y, quizás, también para mantenerse cerca de alguna parte de ella que, en su ascenso de clase, había perdido. Aunque podía reírse de que su novio llevara una cadena de oro, y esperaba que yo me riera con ella, tenía la sensación de que, tal vez, se sentía atraída por la comodidad que su pareja mostraba al ser simplemente quien era, sin necesidad de ponerse los accesorios de una clase superior. A diferencia de Sandy, Paul había hecho una virtud de negarse a cumplir con la autoridad, de rebelarse contra las reglas y de no buscar elogios. El coste, sin embargo, era alto: no podía librarse de un sentimiento generalizado de no ser querido ni de la convicción de que las formas culturalmente sancionadas de hacer las cosas eran las correctas y las únicas que merecían recompensa. Así, utilizaba repetidamente sus credenciales académicas para entrar en un mundo de clase superior, y luego se peleaba con el jefe por todas las injusticias que veía, con lo que se arriesgaba, y a menudo era lo que sucedía, a ser degradado o despedido. Mantener su sentido de la virtud también suponía lo que, a veces, parecía una negación grandiosa de la dependencia, una negación de que necesitara algo de los demás (véase Cooper, 2010), especialmente de mí. Y, de nuevo, analizar su grandiosidad era complicado, porque ciertamente no puedo negar que muchos de los mundos en los que Paul y todo el mundo está llamado a participar son, de hecho, bastante injustos; la aguda sensibilidad de Paul a la injusticia era, de hecho, parte de lo que lo hacía especial.

En estos casos, la grandiosidad defensiva era una manifestación de cómo las heridas de clase pervierten el amor. Como he argumentado en otro lugar, las jerarquías sociales de todo tipo someten a los de abajo a humillaciones y a otros tipos de heridas narcisistas que producen estados del self frágiles. Estos estados están marcados por oscilaciones entre estados de grandiosidad y autodesprecio, idealización y devaluación de los otros, anhelos de fusión que enmascaran un terror a la fusión, y huidas de la conexión y la dependencia que enmascaran anhelos de fusión (Layton, 1986, 1998, 2002). Estos estados de escisión a menudo no caracterizan todos los aspectos de la subjetividad de una persona; más bien, los estados y las oscilaciones son desencadenados por situaciones interpersonales que recrean aspectos de la herida original. Por lo tanto, mi suposición en lo que sigue es que las manifestaciones de grandiosidad omnipotente, tanto a nivel individual como a nivel de grupo grande, no son reafirmaciones de estados tempranos, sino que son productos derivados del fracaso relacional. En un intento de iluminar algunas dinámicas psicosociales específicas de la historia reciente de EE.UU. en las que pacientes como Paul y Sandy alcanzaron la mayoría de edad, me referiré ahora al tipo particular de fracaso que se deriva de la ansiedad de los padres sobre si sus hijos triunfarán o no en una sociedad en la que ser un ser humano adecuado coincide cada vez más con ser un ser humano rico y exitoso. Sugiero que se mire no solo a la familia, sino al mundo social en el que viven las familias, para entender la naturaleza de lo que podríamos considerar como las secuelas de las heridas narcisistas producidas por la sociedad.

Narcisismo y capitalismo tardío: primeros escritos

Desde finales de los 70 hasta mediados de los 80, varios historiadores, sociólogos y psicoanalistas de izquierdas tomaron como objeto de estudio la relación entre el capitalismo y el trastorno de personalidad narcisista. Aunque la clase no era un rasgo central de su obra, The culture of narcissism de Christopher Lasch (1979), que se basaba en los escritos contemporáneos sobre el narcisismo clínico de Kernberg (1975) y Kohut (1971, 1977), influenció a autores como Kovel (1980), Livesay (1985), Holland (1986) y yo misma (Layton, 1986) para explorar un "carácter social" que parecía peculiar de los tiempos modernos[2]. La comprensión de Kovel (1980, 1988) y de Livesay (1985) del narcisismo conectaba el declive de los selves autónomos con el declive de cualquier sentido de colectividad o identidad social. Coincidiendo con Lasch en que lo que produce el narcisismo son los rasgos centrales del capitalismo tardío -un aparato estatal masivo; expertos que deslegitiman a las figuras parentales, especialmente cuando ambos tienen que trabajar; medios de comunicación de masas; y consumismo-, Kovel (1988) argumentó que la familia burguesa del capitalismo tardío, aislada de cualquier influencia directa en la política o la producción, es una unidad cada vez más aislada cuyas funciones se han reducido con el tiempo a la crianza de los hijos y al consumo de bienes. La familia de la clase media, una entidad "de-sociada" de tipos de relación intensos y contradictorios, hacía que sus hijos se sintieran especiales y omnipotentes, pero al mismo tiempo los dejaba impregnados de las ansiedades de los sueños incumplidos de los padres (Kovel, 1980, p. 94). La rabia narcisista, sostiene Kovel, surge de la conciencia de ser amados no solo por lo que son, sino por la rentabilidad que pueden aportar a la inversión de sus padres en ellos. Los hijos de las familias contemporáneas de clase media sobre las que escribió Kovel pueden no sufrir un trauma grave, pero, sin embargo, se vuelven hostilmente dependientes de sus padres y se enfurecen con ellos porque, en un cierto nivel, son conscientes de que la relación de sus padres con ellos tiene "la calidad de un capital invertido para un rendimiento futuro" (1988, p. 197). Tanto Livesay como Sloan (1996) llamaron la atención sobre el hecho de que en la sociedad capitalista tardía, la burocracia, los mercados, los medios de comunicación y otros aparatos culturales socavan, a cada momento, las condiciones previas necesarias para la autonomía y la intersubjetividad: la capacidad de diferenciarse del otro sin repudiarlo, la capacidad de tolerar la ambivalencia, la capacidad para la dependencia madura (Fairbairn, 1954) y el reconocimiento de la interdependencia mutua. Cuando estas capacidades se frustran, encontramos modos característicos de escisión, proyección y relaciones de dominación y sumisión.

Narcisismo y neoliberalismo

Para entender qué ha sucedido psicosocialmente en los Estados Unidos en los últimos 40 años, añado a los primeros escritos sobre narcisismo y capitalismo algunos de los trabajos recientes realizados en la traducción foucaltiana sobre la subjetividad neoliberal (por ejemplo, Rose, 1999; du Gay, 2004; Brown, 2006; Foucault, 2008; Binkley, 2009; Read, 2009). Esta obra no es psicoanalítica, pero tiene la virtud de vincular las estructuras económicas y de gobierno cambiantes a las prácticas que los sujetos están llamados a realizar sobre sí mismos para "encajar" en estas estructuras. En gran parte de mi trabajo reciente sobre la subjetividad neoliberal (Layton, 2009, 2010, 2011, 2013), he argumentado que una versión extremadamente frágil de la individualidad y el individualismo ha acompañado a fenómenos como el creciente giro hacia la economía de libre mercado que comenzó a mediados de los años 70 ( ver Lasch, 1991; Harvey, 2005); la creciente privatización de funciones anteriormente públicas después de Reagan; la creciente influencia del dinero en la política; los medios de comunicación de diversos tipos que fomentan la división; y el extraordinario aumento de la disparidad entre ricos y pobres que siguió a una brevísima edad de oro de la igualdad en el periodo posterior a la Segunda Guerra Mundial (Krugman, 2002; Hodgson, 2009; Madrick, 2010; Gusterson y Besteman, 2010). En desacuerdo con aquellos que atribuyen lo que parece ser un individualismo contemporáneo egoísta a la codicia y a la falta de empatía, he sostenido que las respuestas divididas de (1) retirada a una esfera privada donde la gente parece preocupada solo por sí misma y su familia inmediata y (2) los movimientos de reacción de represalia contra los pobres pueden, en parte, entenderse como respuestas al trauma infligido por la dominación de la economía y las políticas neoliberales (Layton, 2006b, 2009, 2010) y las prácticas de formación del sujeto que dicho cambio ha fomentado. Una breve mirada a la naturaleza del neoliberalismo ofrece un trasfondo para entender las ansiedades parentales sobre la movilidad de clase que se ponen de manifiesto en las relaciones entre padres e hijos en las que el amor y el dinero se mezclan de formas extrañas, complejas y debilitantes.

A diferencia del liberalismo clásico, en el que el mercado se conceptualizaba como una esfera separada del gobierno, el neoliberalismo se caracteriza por una asociación entre el gobierno y el mercado, una asociación en la que el gobierno amplía los valores del mercado, como el análisis coste-beneficio y la privatización, a áreas que anteriormente se entendían como parte del bien común, por ejemplo, la sanidad, la educación o la seguridad social. Mientras que el estado de bienestar desplazó la responsabilidad de los riesgos del mercado del trabajador individual a soluciones colectivistas como el seguro de invalidez y de desempleo, las políticas neoliberales tratan de devolver el riesgo al individuo. Los gobiernos neoliberales proponen una visión particular de la naturaleza humana: El individuo es concebido como un empresario cuya naturaleza es competitiva y se basa en el autocuidado y el interés propio (para descripciones del homo entrepreneur, ver Rose, 1999; du Gay, 2004; Read, 2009). La función del Estado se convierte en una función de "facilitación": los individuos y las organizaciones son "liberados para encontrar su propio destino"; el Estado "queda liberado de sus poderes y obligaciones para conocer, planificar, calcular y dirigir desde el centro" (Rose, 1999, p. 476).

La ciudadanía, en sí misma, se entiende como el autocuidado más que como el interés por el bien público (Brown, 2006). Los problemas sociales se reconceptualizan como problemas individuales que las fuerzas del mercado, como la privatización y los productos de consumo, pueden resolver. Brown escribe (2006, p. 704):

Los ejemplos en Estados Unidos son legión: el agua embotellada como respuesta a la contaminación de la capa freática; las escuelas privadas, los colegios concertados y los sistemas de vales como respuesta al colapso de la educación pública de calidad; los dispositivos antirrobo, los guardias de seguridad privados y las comunidades (y naciones) cerradas como respuesta a la producción de una clase desechable y a la intensificación de la desigualdad económica; la medicina de boutique como respuesta al desmoronamiento de la prestación sanitaria; los microprocesadores de control parental "V-chips" como respuesta a la explosión de material violento y pornográfico en todo tipo de pantallas domésticas; las herramientas y tecnologías ergonómicas como respuesta a las condiciones de trabajo del capitalismo de la información; y, por supuesto, los antidepresivos farmacéuticos finamente diferenciados y dosificados como respuesta a las vidas sin sentido o a la desesperación en medio de la riqueza y la libertad.

La reconceptualización neoliberal del individuo produce una división bastante radical entre los que consiguen entrar en el sistema y los que no: La conciencia de la interdependencia mutua se niega, ya que las divisiones sociales se entienden como "fracasos de la elección y la responsabilidad individual" (Hamann, 2009, p. 50). Como dice Hamann (p. 43), "la explotación, la dominación y cualquier otra forma de desigualdad social se vuelven invisibles como fenómenos sociales en la medida en que la condición social de cada individuo se juzga como nada más que el efecto de sus propias elecciones e inversiones". La falta de vivienda, por ejemplo, se criminaliza, y se considera que los pobres encarcelados se han merecido su destino.

Por lo tanto, los analistas de las políticas económicas y políticas neoliberales entienden que el neoliberalismo supone bastante más que una mera ideología; más bien, el neoliberalismo abarca toda una forma de vivir, lo que Brown (2006) llama una racionalidad política y los foucaultianos llaman una gubernamentalidad, es decir, "una mentalidad particular, una forma particular de gobernar, que se concreta en hábitos, percepciones y subjetividad" (Read, 2009, p. 34). La prolongación de la racionalidad del mercado a la vida social supone la comercialización de prácticas subjetivas que convertirán a los sujetos en empresarios que eligen racionalmente maximizar la oportunidad cuando sea posible y, al mismo tiempo, aceptarán asumir gran parte de la responsabilidad que antes asumían los organismos públicos. Read (2006, p. 35) extrae algunas de las consecuencias: "El modelo de ciudadano neoliberal es aquel que elabora estrategias para sí mismo entre diversas opciones sociales, políticas y económicas, no aquel que se esfuerza con otros por alterar u organizar estas opciones". En las clases media y media-alta se producen estados psicológicos paradójicos de demasiada responsabilidad (por uno mismo) y muy poca (por el bien común) (Layton, 2009).

Lo que ocurrió en los años 80 hasta el momento actual da un mayor contexto a lo que Kovel estaba empezando a ver y a relatar en su trabajo de finales de los 70 sobre el narcisismo y el capitalismo. Como escribe Read (2009), la política del neoliberalismo conlleva "una generalización de la idea de 'empresario', 'inversión' y 'riesgo' más allá del ámbito del capital financiero a toda relación cotidiana" (p. 32): "el discurso de la economía se convierte en todo un modo de vida, un sentido común en el que cada acción -delito, matrimonio, educación superior, etc.- puede trazarse según un cálculo de máximo resultado por mínimo gasto; puede verse como una inversión" (Read, 2009, p. 31). Quizás el epítome de la racionalidad neoliberal fue la portada de una revista local que me horrorizó cuando la vi a finales de los 90: una gran foto de un bebé iba acompañada de un pie de foto que decía algo así como "¿Es rentable tener hijos?"

Expresiones culturales de la grandiosidad

La conexión entre el neoliberalismo, el capitalismo y los trastornos narcisistas del yo está representada de forma convincente en la película El club de la lucha (Fincher, 1999), un clásico de culto entre los jóvenes. La película describe el sinsentido de unas vidas marcadas en gran medida por el consumo de los últimos estilos (o imitaciones de los mismos) y los trabajos amorales, si no inmorales. El club de la lucha destaca por presentar a un protagonista dividido, cuyos alter ego representan cada uno un polo de la patología narcisista: un self es grandioso y viril, aunque muy crítico con la cultura del consumo; el otro self es autodespreciativo, pasivo, solitario, y ha creado lo que él llama un estilo de vida y personalidad de Ikea. El yo vacío busca grupos de autoayuda y conexión con gente que le escuche, aun cuando, como sugiere el protagonista, sea solo porque creen que se está muriendo; el yo viril crea el club de la lucha, un intento de remasculinizar a los hombres que se han feminizado por culpa de madres demasiado presentes y padres ausentes que tratan a sus hijos como inversiones (Layton, 2011). El protagonista de El club de la lucha apenas se siente especial y no parece haber sido mimado, que es la crítica habitual a los hijos de padres post-baby-boom. Pero, como ilustran los casos de Sandy y Paul, el problema del narcisismo cultural al que apuntan teóricos como Kovel no tiene que ver tanto con la indulgencia como con la sensación que tienen los hijos de ser, en parte, las inversiones de sus padres. Si los baby boomers de clase media tenían esa sensación, cuánto más podrían tenerla sus hijos, dado que los padres se han vuelto más ansiosos -y con razón- sobre la capacidad de sus hijos para mantener un estilo de vida de clase media.

 Mucho antes de que los movimientos Occupy convirtieran la brecha de ingresos entre ricos y pobres en un tema legítimo del discurso público, le pregunté a un amigo por qué le preocupaba tanto que sus hijos fueran a la facultad de Derecho, y me contestó: "Estados Unidos va camino de ser como un país del tercer mundo, donde hay una pequeña minoría de ricos y el resto de la población en la pobreza, y yo quiero que mis hijos estén entre los ricos"[3]. Se podría interpretar su respuesta como una expresión de codicia, y, de hecho, muestra poca preocupación por los pobres. Pero yo lo entiendo también como una expresión de ansiedad, una ansiedad que se transmite a diario a los hijos de la clase media, junto con la indiferencia, y a veces el desprecio, hacia los pobres: "Yale o la cárcel" es como uno de mis pacientes interpretó el mensaje paterno. Una antigua alumna, que ahora tiene unos 30 años, contó la triste historia de que incluso en su escuela primaria de clase media-alta se impartían lecciones diseñadas para humillar a los niños para que se esforzaran por ascender: en 5º curso, uno de sus profesores preguntó a sus alumnos a qué universidad habían ido sus padres. A medida que cada niño respondía, quedaba claro que las respuestas predominantes eran la Ivy League y las escuelas de élite. "Bueno", concluyó, "ninguno de vosotros va a ir a ninguna de esas universidades porque no os esforzáis lo suficiente. No conseguiréis vuestra primera opción". Mi alumna recuerda que, a partir de ese momento, se repitió ansiosamente a sí misma el mantra: "Debo conseguir mi primera opción; debo conseguir mi primera opción". Casi se puede saborear la invitación a un estado dividido de grandiosidad y sentimientos de baja autoestima, y, de hecho, esta estudiante padeció depresiones que tenían como núcleo un cuestionamiento de lo que estaba haciendo, y para quién. Recientemente, un colega presentó un caso que me resultó muy familiar, en el que una estudiante universitaria de clase media tuvo un rendimiento perfecto en un semestre, para luego caer en tantos atracones, purgas y abuso de alcohol en el segundo semestre, que no pudo completar ningún trabajo y se encontró al borde de la expulsión. La estudiante intentó satisfacer las demandas parentales y culturales de ser una persona emprendedora, pero siguió enfermando en el intento, rebelándose en rechazos autoaniquiladores pero poderosamente significativos. El terapeuta se sintió impulsado a ayudar a la alumna a terminar su trabajo, una reacción muy comprensible dado el aparente pánico de la estudiante a no terminar su trabajo. Pero tal tirón implica una connivencia inconsciente con el perverso polo de la omnipotencia no asistencial y autosuficiente al que tantos de nosotros, pacientes y terapeutas por igual, nos hemos sometido en esta era neoliberal. Tales colusiones inconscientes ejemplifican lo que he llamado "procesos inconscientes normativos" (Layton, 2006a, p. 237), procesos en los que los terapeutas legitiman inconscientemente las mismas normas culturales que en un primer momento han causado el dolor psíquico. El caso de la estudiante de este colega sugiere lo importante que es estar alerta a las presentaciones clínicas que significan un rechazo a ser reducido a un homo entrepeneur[4].

He leído numerosos relatos populares sobre la autoestima que afirman que los niños de hoy en día se sienten muy seguros de sus capacidades, pero que su confianza a menudo no se corresponde con sus capacidades. Esto lleva a la conclusión de que a los niños se les hace sentir demasiado especiales y se les consiente demasiado. Pero una mirada atenta a las escalas de autoestima revela que lo que probablemente se está midiendo es la grandiosidad y el autodesprecio, no la capacidad de regular la autoestima que marca lo que Kohut consideraba narcisismo sano. Así, estos estudios podrían sugerir con mayor precisión que los niños que puntúan como más confiados de lo que se justifica por sus capacidades reales no son malcriados sino, más bien, frágiles; si uno escuchara su experiencia subjetiva, creo que encontraría que oscilan entre estados de grandiosidad y autodesprecio. Cuanto más se afiance la actual desigualdad de ingresos y cuanto más se base en el éxito económico la medida de lo que significa ser un ser humano adecuado, más ansiedad por el logro se encontrará entre los miembros de la cultura que tienen alguna esperanza de lograrlo. Y sostengo que esa ansiedad crea relaciones con el poder y la impotencia que están marcadas por las oscilaciones entre la grandiosidad y el autodesprecio que son características de los trastornos del self y, por tanto, de los escenarios relacionales de dominación y sumisión. Es probable que también proliferen las demandas de tratamiento especial que enmascaren el anhelo de sentirse valorado como algo más que una inversión para un rendimiento futuro, algo más que un homo entrepreneur.

La grandiosidad y el excepcionalismo americano

La grandiosidad que compensa las agresiones al yo también puede encontrarse a nivel de grupos grandes (Volkan, 2004) en la cultura estadounidense, y uno de los lugares donde se puede encontrar es en los omnipresentes discursos sobre el excepcionalismo estadounidense. Un discurso público cada vez más exagerado sobre lo especiales que son las personas quizá sugiera que las humillaciones que han traspasado sus fantasías de invulnerabilidad y superioridad (por ejemplo, Vietnam, el 11 de septiembre) también han contribuido a dividir el yo. Mientras escribía este artículo, los teólogos debatían sobre si las respuestas de júbilo al asesinato de Osama bin Laden son morales. Pero cualquiera que esté atento a las locuras y fracasos de la política exterior estadounidense de las últimas décadas puede entender fácilmente por qué los ciudadanos estadounidenses salieron a la calle gritando "USA, USA". La necesidad de ser el número 1 solo aumenta cuando la gente es, en cierto nivel, consciente de que es cualquier cosa menos el número 1, y no puede hablar de esa conciencia.

En Estados Unidos, los políticos insertan en la mayoría de sus discursos la afirmación de que Estados Unidos es el país más grande y libre del mundo. Pero esto es cada vez más difícil de creer, ya que cada día nos trae también datos duros como los que aparecen en un estudio de diciembre de 2010 de Unicef sobre el bienestar infantil (ver Blow, 2010, p. A19). El informe, titulado "The Children Left Behind", reveló que "en una amplia gama de medidas entre los niños de 24 de los países más ricos del mundo, las clasificaciones de Estados Unidos [en bienestar material, bienestar educativo y bienestar de la salud] estaban entre las peores". Los estadounidenses se enteran, pero no parecen creerlo, de que no tienen el mejor sistema educativo, no tienen el mejor sistema sanitario, sino que tienen una de las mayores diferencias entre ricos y pobres, y entre jefes de empresa y trabajadores medios, etc. (y esto es cierto en las comparaciones realizadas con países no solo dentro, sino también fuera del occidente industrializado). En medio de los debates sobre la sanidad de 2009, me fijé en un artículo enterrado en algún lugar de la primera sección de The New York Times sobre una encuesta que determinaba que Francia tenía el mejor sistema sanitario del mundo. Le pregunté a una amiga que trabaja en una organización de defensa de la sanidad comunitaria por qué ese artículo no estaba en la página 1, por qué no estaba en el centro de nuestros debates sobre la sanidad. Me dijo que los datos de las encuestas muestran sistemáticamente que los estadounidenses no quieren oír que no tienen la mejor asistencia sanitaria (o cualquier otra cosa) del mundo.

¿Por qué los estadounidenses no son capaces de "aprender de la experiencia" en este ámbito (Bion, 1962)? Brown (2006) sostiene que, aunque los ataques del neoliberalismo a la democracia preparan el terreno para el neoconservadurismo, no deberíamos confundirlos. Pero creo que el neoliberalismo y la forma de neoconservadurismo que se encuentra en el excepcionalismo estadounidense tienen algunas raíces comunes que vale la pena explorar, raíces que podrían ayudar a entender la situación en Estados Unidos. La línea estándar, de nuevo, para entender esta difícil situación es el individualismo y la codicia desenfrenados: Wall Street (Stone, 1987) fue la película emblemática que pretendía capturar el ethos de los 80 de la acumulación a toda costa. Antes he hablado del atractivo de Donald Trump. Entrevista tras entrevista, dijo a los periodistas lo fabuloso que es y cómo amonestaría a cualquiera que actuara contra los intereses de Estados Unidos para que dejara de hacerlo (por ejemplo, le diría a China que dejara de manipular su moneda o si no. "O si no, ¿qué?", se le podría preguntar). A menudo la prensa lo describe como alguien que hizo su fortuna en el sector inmobiliario, pero lo que rara vez se menciona, si es que alguna vez se menciona, es que su padre hizo el dinero de la familia en el sector inmobiliario y, de hecho, el historial de negocios propio del hijo es bastante accidentado. Pero, como hemos visto, los estadounidenses parecen sentirse muy atraídos por quienes hacen alarde de su poder y riqueza de la manera grandiosa en que Trump lo hace. Cuando Trump dice, por ejemplo, que le diría a Irak: "Mirad, os hemos salvado y ahora vuestro petróleo es nuestro", ofrece un caso impresionante del lugar donde convergen el neoliberalismo y el neoconservadurismo. Las políticas neoliberales han desplazado el riesgo de los colectivos a los individuos y han creado las condiciones en las que la educación, la sanidad y otros sistemas de bienestar público funcionan bien para los ricos pero no funcionan en absoluto para los pobres, la clase trabajadora e incluso gran parte de la clase media. Estas políticas conducen a estados de negación y desautorización que fomentan la defensa grandiosa del excepcionalismo estadounidense, una defensa que ofrece la fantasía de hacer buenas todo tipo de pérdidas.

En un libro fascinante sobre el excepcionalismo estadounidense, Bacevich (2008) vincula el declive de la democracia estadounidense no solo a cosas como el dinero en la política, sino a las decisiones que la población tomó en momentos cruciales de la historia reciente. Al hacerlo, señala el lugar donde se encuentran neoliberalismo y neoconservadurismo. Bacevich sostiene que en los Estados Unidos de la posguerra, la libertad se ha redefinido y se ha equiparado con el derecho a las comodidades y la felicidad (no habla del neoliberalismo, pero describe sus efectos; ver también Alford, 2005). En segundo lugar, destaca la negativa de la población, a finales de los años 70, a tomar medidas para evitar la dependencia de Estados Unidos del petróleo de Oriente Medio. Dos discursos enmarcan su análisis: el primero es el discurso de Carter de julio de 1979 sobre el malestar, en el que advertía que la democracia estaba amenazada por la dependencia de EE.UU. del petróleo y, lo que es más importante, por la adhesión de EE.UU. a un valor de consumo interminable, un valor que hace que la dependencia del petróleo sea crucial. El segundo es el discurso de Reagan de noviembre de 1979 sobre el nuevo día en América, en el que decía a los estadounidenses que no tenían que renunciar a nada en absoluto. La elección de Reagan por parte del electorado, en opinión de Bacevich, hizo inevitables las guerras continuas para proteger el suministro de petróleo, y traza una línea recta desde esta decisión popular hasta la implicación de Estados Unidos en las guerras de Irak y Afganistán. Para Bacevich, la codicia y la omnipotencia de Estados Unidos son las culpables de su actual situación. Como bromeaba recientemente un amigo, los estadounidenses quieren ir al cielo pero no quieren morir (J. Greifinger, noviembre de 2010, comunicación personal). Pero los inicios de lo que llegaría a ser la hegemonía neoliberal ya estaban, de hecho, en juego durante la administración de Carter: las elecciones de 1974 llevaron a algunos demócratas neoliberales al Congreso. Por lo tanto, tal vez exista un vínculo más profundo entre neoliberalismo y neoconservadurismo. Supongo que la negación de la muerte es la fantasía grandiosa definitiva, aunque la observación de mi amigo se hizo en el contexto de los movimientos actuales contra los impuestos y el gobierno. Estos movimientos no tienen que ver con la negación de la muerte; son, más bien, sintomáticos de la negación de la dependencia por parte de EE.UU., aun cuando la dependencia real de EE.UU. de otros países es cada vez más profunda. Aquí y en otros lugares (Layton, 2009, 2010), he sostenido que la negación cultural de la dependencia y la interdependencia son raíces importantes del narcisismo patológico y de los estados perversos de negación. Los estados alterados del self que se manifiestan en oscilaciones entre la grandiosidad y el autodesprecio son respuestas a las dinámicas familiares que operan dentro de las dinámicas de producción de subjetividad de la sociedad en general. El neoliberalismo y el neoconservadurismo son primordiales para la producción de diversas formas de grandiosidad que niega la vulnerabilidad y ambos movimientos están marcados por ataques discursivos y políticos a la dependencia y la interdependencia. Ambos están marcados por el fomento de prácticas subjetivas que niegan cualquier conexión entre la psicología individual y la política social. Los argumentos que culpan a la población por su codicia y omnipotencia (o que sostienen que la codicia y la omnipotencia son la naturaleza humana) captan la apariencia de lo que está sucediendo culturalmente, pero, al pasar por alto la fragilidad y la vulnerabilidad contra las que se defienden las formas actuales de codicia, grandiosidad y omnipotencia, no ofrecen soluciones a nuestros problemas individuales y culturales. Los movimientos Occupy finalmente llamaron la atención popular sobre la vergonzosa disparidad entre el 1% y el 99% en los Estados Unidos. Espero haber resaltado aquí algunas de las consecuencias psíquicas y las problemáticas dinámicas de poder -en particular las incitaciones culturales a la grandiosidad y al sentirse con derecho- engendradas tanto por la creciente desigualdad de ingresos como por la arrogancia del imperio.

 

[1] Neoliberalismo es el término que se aplica a la forma de economía política dominante desde finales de los años 70 hasta el presente en los Estados Unidos y en otros estados capitalistas de Occidente; como diré más tarde, se refiere, también, a los nuevos modos de subjetividad que promueve esta forma de gobierno. Los rasgos más destacados del neoliberalismo incluyen capitalismo de libre mercado; privatización de los servicios públicos y una oposición general y desmantelamiento del estado del bienestar; y una forma de gobierno que asegure el libre flujo del capital. En los Estados Unidos, esto ha dado lugar a niveles elevados de desigualdad de ingresos, niveles que se vieron por última vez en la edad dorada del capitalismo antes del New Deal (Krugman, 2002; see also Harvey, 2005).

[2] La noción de “carácter social” como tal deriva de la obra de los primeros analistas de izquierdas, como Otto Fenichel (1953), Wilhelm Reich (1972) y Erich Fromm (1941). Esta obra se elaboró más Adelante por los teóricos de la escuela de Frankfurt: el “hombre moderno” de Fromm (1941), escapando de la libertad mediante la conformidad, y la personalidad autoritaria de Adorno et al. (1950), ambos más que parecidos a la personalidad narcisista Kohut y Kernberg desarrollarían en los años 70 y 80.

[3] Hamann (2009, nota 15, pp. 44-45) cita un informe de Naciones Unidas de 2006 que estimaba que, en 2007, “la mayoría de los seres humanos, por primera vez en la historia, estaría viviendo en ciudades. Un tercio de esos habitantes de ciudades, es decir un billon, viviría en barrios marginales”. Se espera que este número aumente “durante, al menos, las dos próximas décadas”. Hamann también informa de que las promesas de la Cumbre Mundial de la Alimentación de 1996 de reducir a la mitad el número de personas hambrientas y desnutridas en el mundo han fracasado; de hecho, ha aumentado el número de personas que pasan hambre en el mundo.

[4] Citando un estudio de 2007 de Piers Steel publicado en Psychological Bulletin, Binkley (2009) identificaba una forma “popular” de este rechazo en la prevalencia aparentemente en aumento de la procrastinación entre la población en general (pp. 77-78). Señalando los muchos libros de autoayuda que abordan el “problema”, Binkley escribe que en la literatura clínica sobre procrastinación, la conducta se define como un “’retraso irracional de la conducta’, donde la racionalidad supone ‘elegir un curso de acción a pesar de la expectativa de que no maximice tus herramientas, es decir, tus intereses, preferencias u objetivos tanto de naturaleza material (p. ej. dinero) como psicológica (p. ej. felicidad)’” (Binkley, citando a Steel, p. 77, cursivas mías). Esta definición de racionalidad capta bien el estándar de doble vínculo al que nuestros niños se ven empujados a aspirar y, simultáneamente, ofrece una comprensión del dilema planteado al terapeuta al que se le pide que trate los síntomas de esa racionalidad irracional.

 

Referencias

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