aperturas psicoanalíticas

aperturas psicoanalíticas

revista internacional de psicoanálisis

Número 011 2002 Revista Internacional de Psicoanálisis Aperturas

Cuando la crisis nos des-construye

Autor: Morici, Silvia

Palabras clave

Angustia catastrofica, Argentina, Crisis socio-economica, Efectos de la crisis en el psiquismo infantil, Etica, Infancia, Patologia de la temporalidad.


Introducción

    En Diciembre del 2001 la República Argentina se declara en quiebra internacional y entra en “default” económico. Este hecho precipita la mayor crisis económica y social de los últimos 80 años, compitiendo con los índices de pobreza de los años 30. La desocupación, recesión económica, la pobreza extrema y el hambre, alcanzan cifras record.

    En Marzo del 2002 arranca el año laboral y lectivo, después del receso vacacional que no fue tal, en tanto la banca local, en un hecho inédito, había retenido los ahorros de los ciudadanos, obligando a miles de ahorristas a hacer colas interminables en los bancos para intentar rescatar lo confiscado.

    En los consultorios psiquiátricos y psicoanalíticos, aumentan las consultas por crisis de ansiedad, somatizaciones, depresión y por migraciones. La clase media, devenida en baja, emigra desgranando familias.

    Se comienzan a suceder, entonces, en la ciudad de Buenos Aires, una serie de encuentros donde profesionales de distintas disciplinas se reúnen para analizar cómo afecta esta profunda crisis en las distintas variables sociales. Es así como se realizan múltiples mesas redondas, conferencias, talleres, encuentros que intentan anticipar sus posibles efectos.

    Esta comunicación es una muestra de lo trabajado en una mesa redonda donde un grupo de psicoanalistas de niños, Beatriz Janin, María Cristina Rojas y la autora, intentamos reflexionar sobre los efectos de la crisis social en el psiquismo infantil. Su objetivo radica en abrir la discusión hacia el hecho que el Psicoanálisis asuma el enorme y “catastrófico” impacto de la crisis social y económica de nuestro país sobre el psiquismo para “reflexionar” (es decir, volver el pensamiento sobre el pensar desde allí donde se reflexiona), “desde allí” la práctica psicoanalítica. Ya fue dicho aquello que, en definitiva, no hay nada más práctico, que una buena teoría. Si el psicoanálisis no se hace cargo de cómo se ve tocada su práctica a partir de lo catastrófico de la crisis, corre el riesgo de volver imposible dicha práctica. Esto es similar a lo que puede estar pasando en otras comunidades también tocadas por lo catastrófico, como el atentado del 11 de septiembre en la ciudad de Nueva York.

La posición  del psicoanalista en momentos de crisis

    Una niña de seis años de edad, a fines de Enero del 2002, en la ciudad de Bs. As., asiste como lo hace todas las semanas durante el último año, a su sesión psicoanalítica. Ese momento coincidía en la Argentina con un contexto macro social en que toda la sociedad  se veía conmovida por la mayor crisis social y económica de su historia. En ese contexto social, esta niña entra al consultorio de su analista y ocupa, como ya lo venía haciendo en las ultimas sesiones, el lugar que habían convenido asignar a la analista. La analista le señala este hecho y agrega: “Definitivamente has decidido apropiarte de mi lugar”.

En el momento de expresar este señalamiento, éste deviene inmediatamente en interpretación, ya que la analista siente sorpresa por su propia formulación y, súbitamente, recuerda que la niña había comentado en sesiones anteriores que alguien en su colegio se llevaba cosas. Esta interpretación abrió la siguiente cadena:

    La niña: Y qué tiene, si este lugar es más lindo que el mío, es más cómodo, a mí me gusta más. Lo quiero usar yo, y no que sea tuyo.

    Analista: Pero entonces, quiere decir que cambiaste vos sola las reglas acordadas entre las dos, porque no te podés aguantar las ganas de llevarte, de robarte, las cosas que te gustan mucho y te parecen más lindas que las tuyas.

    La niña: Claro, por supuesto, lo que me gusta mucho me lo quedo, porque no me aguanto que no sea mío... me lo robo..., pero eso qué tiene de malo... si en este país se puede robar!

    No es la idea continuar con el relato de la sesión, sino detenernos en las implicancias de una afirmación que, si bien no escapa a su analista su carácter psicopático, entra en la sesión con carácter perturbador ya que se alude efectivamente al cambio de las reglas ordenadoras que sostenían una determinada ética. La niña puede “confesar” un acto que sabe que contradice ese real consensuado, implícito en un orden social, cuando comenzó a escuchar lo que seguramente sus padres y todos los adultos de su alrededor habían comenzado a decir: En este país las reglas ya no responden a las de la ética. Caída la legalidad ordenadora exterior, aparece el desborde pulsional. Lo que es deseado por ella es obtenible, y por ende temible. (Es interesante remarcar que esta niña a partir de este momento recrudece episodios de angustia, motivo original de la consulta, asociados a la falta de legalidad establecida por un padre que porta una estructura psicótica )

    Otro  niño de 6 años de edad, con una enuresis pertinaz desde que sus padres se separaron un año atrás, entra a su sesión después de que la madre relate que ha sido asaltada en presencia de su hijo. Le sustrajeron el auto, sin signos de violencia, pidiéndole que “sacara al pibe (muchachito) del coche y que no hiciera movimiento alguno”.

    Nuevamente, como en el caso anterior, la analista siente la intrusión de un real compartido en la sesión. Ya que ella misma había sido asaltada unos días antes, así como su hijo de 13 años de edad. Sin poder evitar la asociación con sus propias experiencias recientes, se anticipa a la comunicación del niño y dice:

    Analista: Qué susto el que pasaron con mami ¿no? (probablemente su propio miedo y el temor por el posible daño a un hijo a través de la vejación del robo).

    Niño: No, ¿porqué decís que tuve miedo?, yo no tuve nada de miedo. Yo si quería lo reventaba a ese. Sabés lo que dijo?:“Sacá al pibe”..., qué pibe, ni qué pibe,... yo no soy ningún pibe!. Yo, porque no quise, si quería lo reventaba a patadas. Qué pibe, ni qué pibe... (gesto de indignación y ofensa).

    Acá la cercanía con el hecho traumático de la analista, con el del niño, no permitió la posición de escucha necesaria que hubiera permitido el despliegue de la cadena significante del niño, sino que abrió los contenidos del inconsciente de la analista. Para el niño el traumatismo pasaba por la herida narcisista infringida a su omnipotencia "absoluta", y no por el temor a ser dañado, ya que no percibió la violencia implícita en el acto de robo. Aunque admitamos el uso del mecanismo de negación por el accionar de la homeostasis de su aparato, éste no se constituyó en traumático por los motivos que la analista le atribuyó sino por la ofensa narcisística implicada en  la lucha edípica en que este niño está embarcado. Ese real social, traumático, cercenador de raciocinio, se entrometió en el real de la sesión analítica, provocando el déficit de escucha en el analista, así como en el caso anterior la declamación de la pérdida de la ética operó en la parálisis de la función analítica.

    Otra niña muy pequeña de apenas cuatro años de edad, consulta por una anorexia psicógena a partir de recibir la noticia que se iba a vivir a España con su mamá y el novio de ésta. El novio, convertido apresuradamente en  marido para adquirir la ciudadanía española, precipitó la convivencia de esta pareja endeblemente configurada. La niña tiene un fuerte vínculo de apego con su padre a quien ve regularmente. Desde que sabe que se va a separar de su papá evita el alimento. La pediatra encontró detención del crecimiento y peso por debajo del normal. Plantea la posibilidad de alimentación por sonda. La niña es extremadamente inteligente y perspicaz, con una cabal noción de que se va a enfrentar a una separación den su padre.

    En una sesión le muestra a su analista fotos de donde va a vivir, e insiste que en ese lugar no va a encontrar nada de lo que ella necesita: las figuritas preferidas, los marcadores que usa, etc. La analista percibe una profunda tristeza en la niña y en todo el medio familiar que la llama recurrentemente, manifestando el desgarro por la situación. La analista súbitamente se escucha a sí misma contándole a la niña que ella también emigró siendo muy pequeña y que, aunque fue triste al principio, en este nuevo país encontró muchas cosas que a ella le gustaron y que ella pensaba que a la niña le iba a pasar lo mismo. La niña deja las fotos de lado y dice buscando un muñeco: Papá va ir a verme, ¿no? La analista sabe que esto es bastante improbable porque el padre está sin trabajo; sin embargo también sabe del dolor del padre por esta separación y dice: No tengo ninguna duda, papi va a hacer todo para que vos estés bien, porque papi te quiere mucho. La niña escucha atentamente y transcurre el resto de la sesión cuidando a su muñeco de manera amorosa.

    La analista piensa que tiene que reforzar la percepción de la niña sobre la posición deseante de sus padres, ya que su anorexia delata la vivencia de no deseo que a la niña le despertó “el abandono” del padre y de la madre (quien la deja por “otro”). Sin embargo, también se sorprende por compartir con la niña una experiencia propia y real. Se lo reprocha en tanto reconoce en ese acto un corrimiento de la ley de abstinencia. No corresponde al análisis “tradicional”, ni a su práctica habitual. Entonces, ¿por qué, nuevamente como en los casos anteriores, ve desviada su conducción de la cura? La respuesta, creo que en la misma línea anterior, obedece a que las problemáticas en juego exceden a lo “tradicional”, en tanto hay un real consensuado doloroso que atañe tanto al paciente como al analista. El caso de esta niña es uno más de lo que la analista ha ido viendo en su consultorio. Varios pacientes de mayor edad siguen comunicados gracias al invento del e-mail desde sus nuevos países de radicación, siendo éste un vínculo que mengua el dolor de la partida. Pero, ¿cómo aliviar el sufrimiento de una niñita que aún no cuenta, por lo incipiente de su estructuración psíquico-cognitiva, con elementos compensatorios del dolor de la separación? ¿Cómo acompañarla en el desgarro metaforizado por un cuerpito detenido en un tiempo mítico atemporal donde todos estos dolores no existían? Y ahí surgió el acompañamiento con el propio recuerdo de una experiencia migratoria temprana. La analista tenía la certeza de que, salvo por su propio superyó psicoanalítico, la confesión no iba a perjudicar a la niña y quizás, sólo quizás, mitigaba en algo su soledad, al verse reflejada en una especularidad acompañante.

    Otra niña de seis años entra furiosa al consultorio, diciendo malas palabras contra su madre y sus hermanos. Aparentemente el hermano la había culpado injustamente por haber roto un objeto apreciado por la madre. Esta, dando crédito a las palabras de su hermano, le había  “lavado la boca con jabón” acusándola de mentirosa. No puede cesar de decir malas palabras y de insultar a “todos los hermanos y a su madre”. Dice: "Ojalá que se vayan... que se vayan todos”  (frase popularizada por las manifestaciones cotidianas de ciudadanos en contra de los políticos y gobernantes en estos días de crisis).

    La analista permanece en silencio ante la asociación de la frase dicha por la niña y la ocupación del padre, quien es un conocido y repudiado político. La niña dice, como si leyera los pensamientos de su analista: ¿Vos sabés de qué trabaja mi papá? Te lo cuento si me prometés no decírselo a nadie. Mi papá es político.

    ¿La niña muestra su identificación con un padre repudiado? ¿Vivió el acto de su madre como injusto, en similitud con las quejas de su padre hacia una sociedad injusta, incomprensiva, que no le permite “ni salir a la esquina” sin correr serios riesgos en su integridad?

    Más preguntas que respuestas, más incógnitas que certezas, más improvisación que técnica, impregnan los consultorios psicoanalíticos en tiempos de crisis. Prevalecen en los analistas sentimientos de perplejidad e inseguridad frente a la pérdida de fronteras entre la intimidad de la sesión, con su representación del mundo interno del niño, y ese mundo externo con características intrusivas y devastadoras. Es así como la crisis, con características de catástrofe, opera con su rasgo de mayor des-construcción sobre categorías psíquicas ordenadoras del armado del aparato psíquico.

Concepto de crisis

    Así fue como, acuciados por el devenir de nuestra clínica, comenzamos a comentar entre colegas el impacto de ver trasladado en el despliegue imaginario de un niño la condensación de las sensaciones padecidas por los adultos, de impunidad y caída de la ley, así como las de estafa, robo de ilusiones, de futuro, en definitiva de derrumbe de un mundo simbólico. Nos pareció que como psicoanalistas de niños debíamos   intentar profundizar, pensar, sobre los efectos de esta crisis en el psiquismo infantil.

    Comenzaré, entonces, intentado definir alguno de los términos involucrados en esta cuestión.

    Al recurrir al  Diccionario Enciclopédico Ilustrado de la Lengua Española y Diccionario Encarta (versión 2000) encontré que el término crisis está definido como:

    *Cambio considerable y súbito, favorable o adverso, en una enfermedad.

    Es decir, esta primera definición proviene del modelo médico, de lo crítico en relación a la vida o la muerte. Luego hay otras acepciones:

    * Juicio que se hace de una cosa después de haberla examinado cuidadosamente.

    Es decir, que en una crisis está implicado un juicio, una toma de decisión. Y luego hay una serie de acepciones, a mi modo de ver sorprendentes, que le otorgan al concepto una adherencia a una significación específica:

    * Momento decisivo y grave de un negocio, o de la política.
    * Caída o descenso de las magnitudes que determinan la actividad económica, como la inversión, el consumo, la creación de puestos de trabajo, etc.

    Y culmina con:

    * Escasez, carestía.

     Vemos que estas últimas provienen del modelo económico, aludiendo a los sentimientos de caída, de descenso, de escasez, de pérdida.

    Si ahora acudimos al Psicoanálisis, en busca de su concepción del término, encontramos que si bien no está aislado como tal en ningún diccionario de Psicoanálisis, es un término de absoluta familiaridad para él. Para esta ciencia, el desarrollo del Humano es a partir de crisis. Estamos todos familiarizados con las crisis endógenas a partir de las cuales el ser Humano arma su aparato psíquico, crece y se desarrolla: crisis del nacimiento, del octavo mes, de la pubertad, adolescencia, madurez, tercera edad, etc. Es decir, que el Psicoanálisis toma el término en su primera acepción, en donde los cambios, si bien, considerables y súbitos, son factibles de un destino favorable, lo cual da cuenta de la presencia en el sujeto de un dispositivo con capacidad de acercarlo a la vida, al desarrollo, al crecimiento.

    Por supuesto, la literatura psicoanalítica no obvió la pérdida que está implicada en toda crisis. Pero al señalar la paradoja intrínseca al armado del aparato psíquico, donde el movimiento de ganancia implica al de pérdida, le otorga a esta pérdida un valor estructurante. Para acceder al Objeto hay que perder al objeto, para acceder a la simbolización hay que perder la ilusión, para acceder a una nueva etapa se pierde la anterior, etc. Es decir, que es impensable el concepto de crisis, sin la asociación con el de duelo, con su pasaje obligado, implicado en este concepto, de tener que dilucidar que partes del sí mismo se pierden,a su vez, con cada pérdida. Por ello creo que podemos encontrar en el desarrollo que el psicoanálisis realiza sobre la crisis de la adolescencia, al modelo que condensa la concepción del concepto de crisis.

    Se habla de la crisis de la adolescencia como ese momento caracterizado por la intensidad de los cambios físicos y psíquicos por los que debe atravesar el sujeto, que acarrea un esfuerzo y trabajo extra, pero posible, por parte de su psiquismo, para tramitarlo. Debe hacer el duelo por las pérdidas que conlleva, y crear neoformaciones, soportando entrar en lo que Winnicott definió como un estado patológico normal. Es decir que en lo que se ha dado en llamar la crisis normal del adolescente, marcando su carácter paradojal, se grafica el dispositivo de recursos con los que cuenta el psiquismo,  habilitándolo para el atravesamiento de las diferentes crisis vitales. Es un claro ejemplo de cómo el Psicoanálisis tomó esta acepción de crisis en su sentido más constructivo.

    Llegado a este punto del recorrido, concluí que, entonces, no se trata de este concepto de crisis a la que nos vemos confrontados hoy. A este concepto, así desarrollado, le falta agregar algo más que dé cuenta de lo que estamos viviendo en la actualidad y de los efectos que estamos viendo en el psiquismo infantil. Nos hace falta una ampliación de la categorización del concepto. Es como si tuviéramos que remedar la distinción entre por ejemplo, crisis normal y crisis patológica, o mejor aún distinguir entre crisis internas de crisis externas.

    Podemos coincidir que lo que no cierra teóricamente en el desarrollo anterior es el hecho que para las crisis internas el psiquismo está preparado, posee el dispositivo, tiene recursos para generar un cambio estructurante ante ella. Está capacitado, de mejor o peor manera, para generar recursos con función constructiva.

    La cuestión se problematiza, entonces, para el psiquismo, cuando  la crisis se desencadena por uno o un conjunto de acontecimientos que no son endógenos sino que provienen del afuera. Ahora, nuevamente no estamos diciendo nada que el Psicoanálisis no haya previsto, ya que éste definió al acontecimiento que, proviniendo por fuera del sujeto impacta sobre él, como trauma. Si queremos precisar este concepto, en el diccionario de Laplanche y Pontalis, lo encontramos como: Acontecimiento de la vida del sujeto caracterizado por su intensidad, la incapacidad del sujeto de responder a él adecuadamente y el trastorno y los efectos patógenos duraderos que provoca la organización  (las negritas son mías). O, en el modelo energético: Esfuerzo extra de energía que debe realizar el aparato psíquico para encontrar respuestas adecuadas al influjo de sensaciones intensas que provienen del exterior.

    Entonces, pareciera que con el concepto de trauma, nos vamos acercando de una manera más precisa a categorizar las vivencias que acompañan a los acontecimientos que se están viviendo hoy en la Argentina. Una prueba de ello son los efectos que comienzan a describir psicoanalistas y psiquiatras de adultos a partir del incremento de consultas en adultos por depresión, o como las definió Luis Horstein recientemente, por  patologías de la temporalidad (sensación de pérdida de futuro), entre otras manifestaciones.

    Si bien pareciera que con el agregado de la concepción de trauma nos acercamos a dar cuenta de los efectos que estamos observando en los niños en la actualidad, más esclarecedor resulta la combinatoria de los tres términos en cuestión: crisis, con su carácter temporal de algo súbito y perentorio, duelo, por la sensación de pérdida asociada, trauma por el esfuerzo extra que conlleva y su traducción en efectos .

Concepto de catástrofe

    Hallé entonces, que hay un término que puede de alguna manera condensar, enriquecer y dar aún más cuenta del padecimiento psíquico actual. Este es el término catástrofe.

    Volvemos al diccionario:

    * Abatir, destruir
         Suceso infausto y  extraordinario que trastoca y altera el orden natural de los acontecimientos
          Desenlace del poema dramático, especialmente cuando es funesto o doloroso.

     Creo que lo que agrega y enfatiza este concepto es el carácter destructivo del acontecimiento, ya que implica la alteración de un orden natural con extensiones al orden social, político, jurídico, etc. Implica la prevalencia del sentimiento de impotencia y, por ende, de abatimiento, al asistir a la precipitación de ese  orden indispensable para la supervivencia. Un ordenador, o varios, caen con mayor rapidez que la capacidad de reconstruirlo. La metáfora en imagen sería la del derrumbe por explosión súbita, por ejemplo, de un edificio. La sensación es de devastación. El movimiento de desconstrucción parece superar al movimiento de construcción.

     Los sentimientos que imperan en la catástrofe son de abatimiento, arrasamiento y, por ende, de  depresión.

    Nuevamente esta noción de sensación catastrófica, tampoco es ajena al Psicoanálisis ya que en este caso fue Winnicott quien  se percató de la existencia en el psiquismo incipiente del ser humano de una angustia muy primitiva desencadenada toda vez que el niño atraviesa la pérdida de un estado de sostén integrador necesario para mitigar lo que este autor denominó sensación de caída sin fin, o angustia catastrófica.

    De hecho, Kaes, en su libro Crisis, ruptura y superación, cita un párrafo de Thom donde éste destaca que la crisis conlleva al sujeto a una amenaza de muerte y de la integridad del sujeto. Agrega: "Generalmente esta amenaza moviliza medios de acción para la supervivencia, para nuevos comportamientos reguladores. Toda crisis genera una señal de alarma que pone en movimiento los mecanismos de extensión de la crisis. Cuando ciertas condiciones fisiológicas, psicológicas o sociológicas no se conjugan para contribuir a la eficacia de los mecanismos de extinción (entre los cuales el carácter paralizante de la angustia es un factor importante) sobreviene la catástrofe". (las negritas son mías)

    Este intento de encontrar un marco teórico al concepto de crisis es simplemente para poder pensar juntos el otro eje al que alude el tema de la mesa. Esto es, los efectos que esta crisis –catástrofe acarrea en el psiquismo de los niños. Recurro, entonces, a la observación de lo que podríamos llamar la clínica de la crisis. Me refiero a lo que estamos confrontando nosotros, psicoanalistas de niños, en nuestros consultorios, al igual que otros agentes de salud, como pediatras y educadores, en sus diferentes espacios de trabajo como centros educadores y de salud.

    Me arriesgaría a decir que si cotejamos todas nuestras experiencias, no dudaríamos  en coincidir al categorizar a la situación social actual como una catástrofe social. Es decir, que si nos guiamos por los efectos devastadores que observamos en el psiquismo de los adultos responsables del necesario sostén de los niños a su cargo, esto es, la primacía de sensaciones angustioso-catastróficas, la imposibilidad  temporal de generar respuestas adecuadas por su carácter perentorio, la sensación de escasez de recursos, de caída vertiginosa, sin fin, de pérdidas de sostén, de que el orden simbólico cae más rápido de lo que se puede construir, podemos concluir que este es un momento donde lo que prevalece en el psiquismo adulto, es angustia catastrófica.

Clínica de la crisis

    La comprensión del impacto psíquico por el que atraviesan los adultos en esta crisis-catástrofe, es fundamental para analizar el efecto de la misma en el psiquismo infantil. En estos momentos, nos estamos encontrando en la clínica con niños cuyas familias deben tomar decisiones que muchas veces se acercan a actos desesperados: migraciones de todo el núcleo familiar, migración de uno de lo miembros  provocando la separación forzada de la pareja conyugal, migración de uno o varios hijos jóvenes, separaciones y crisis conyugales y familiares, precipitadas y /o agudizadas por la crisis, abandono de alguno de los miembros de la pareja conyugal.

    Con respecto a los niños, nos encontramos algunos que tienen que emigrar súbitamente con sus familias, que atraviesan por el abandono o lejanía de uno de sus padres o hermanos, que han tenido que mudar de escuela, de casa, de barrio, perdiendo sus habituales espacios de referencia, de historia, de contención, sus lazos afectivos y sociales. Es decir, nos encontramos con niños que están recibiendo estímulos traumáticos bajo un efecto duplicador: están confrontados con pérdidas propias y con las de sus padres. En este lugar particular que ocupa el niño en la estructura parental de dependencia física y psíquica, está también sujeto a los efectos del trauma en sus padres quienes, a su vez, transmitirán de manera singular el propio atravesamiento del mismo. Entonces comienza a darse un fenómeno de simetrización en donde adultos y niños comparten angustias e incertidumbres, llegando incluso, en algunos casos, a la subversión del proceso, siendo el niño quien ocupa el lugar de sostén frente a un adulto vulnerable. Se simetrizan o invierten, entonces, los lugares de sostén y vulnerabilidad.

    Es así como los efectos en el psiquismo infantil de lo padecido tanto en forma directa como por transmisión indirecta, de los acontecimientos desencadenados por la situación catastrófica, se traducen en niños excesivamente preocupados y ocupados por sus padres, con sintomatología adultomórfica, como cefaleas, migrañas, hipertensión arterial, gastritis, contracturas musculares, depresión, etc. Y en otros  toman la forma de desorganizaciones psicosomáticas o emocionales mas propias de lo infantil, como trastornos de sueño, pesadillas, insomnio, enuresis, dolores estomacales, estados ansiosos, bulimia, dificultades de atención, estados angustiosos, etc.

    Para finalizar, quiero resaltar que lo que creo que es el efecto más dramático, y cuyos alcances catastróficos probablemente superen nuestra capacidad de predicción, es la cifra alarmante, publicada por el Gobierno a principios de año, sobre el incremento de la deserción escolar y el hambre en la niñez. Esa cifra, que nos golpea en nuestra función de adultos responsables, nos confronta con una verdadera catástrofe social. Estamos asistiendo a la creación de toda una generación que no sólo no puede acceder a lo que es su justo derecho contemplado en la Convención de los Derechos del Niño, sino que está siendo destinada a ser espectadora, desde la periferia y la marginalidad, al desarrollo de otra infancia que si va a acceder al privilegio (no más un derecho) de convertirse en sujeto de conocimiento. Esto implica el fin de la equidad.

Conclusiones

    Cuando acordamos que un determinado momento social vira del momento de crisis, concepto que conlleva un carácter constructivo, al de catástrofe, estamos reconociendo el movimiento de des-construcción que ésta lleva implícito. Estamos entonces, como psicoanalistas, capacitados para prever que nos vamos a ver inmersos, junto con nuestros pacientes, en una sensación de caída destructiva. Todo cae a nuestro alrededor con mayor rapidez que nuestra capacidad de reconstrucción (como el desmoronamiento del coloso de las Torres Gemelas de Nueva York). De la caída de la que hablamos  es del referente simbólico. Desaparecen la legalidad consensuada, la justicia, la equidad y por ende la ética. Caen los valores simbólicos ordenadores: un genocida debe estar preso; un ladrón, un corrupto, deben recibir penas; la propiedad e integridad privada no puede ser invadida; un niño tiene el derecho constitucional de no pasar hambre, de obtener una vivienda digna, de recibir afecto y de acceder a la educación, etc. Todo estos valores simbólicos, representativos de una sociedad que pretende ser democrática y solidaria caen, desapareciendo del eje de la escena social, dando lugar al desborde de lo pulsional: corrupción impune, robo, asalto, secuestros, violación de la propiedad privada, obscenidad del hambre, etc.

    El Psicoanálisis en tanto disciplina, interpretación y reflexión, tiene que incluir a su vez los efectos de esta catástrofe social en su práctica, para sobrevivir como teoría y para adecuar su eficacia.
 

Bibliografía

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Geets, C. (1993). Donald Winnicott. Editorial Almagesto, Bs. As

Kaufman, P. (1996) Elementos para una enciclopedia del Psicoanálisis. En: El aporte freudiano. Editorial Paidos, Bs. As.

Kaës, R. (1979) Crisis, ruptura y superación. En: Colección texto y contexto. Ediciones Cinco, Bs.As., 1979

Laplanche, J., Pontalis, J.B. (1974). Diccionario de Psicoanálisis. Editorial Universidad, Bs. As.

Marcelli, D.,  Braconnier, A. (2000) Adolescence et psychopatologie. Editorial Masson, París.

Winnicott, D. (1996). Los procesos de maduración y el ambiente. Facilitad Editorial Paidos, Bs. As.

 

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