aperturas psicoanalíticas

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revista internacional de psicoanálisis

Número 024 2006 Revista Internacional de Psicoanálisis en Internet

Proceso analítico: interpretación e intersubjetividad. El legado de Freud a 150 años de su nacimiento

Autor: Tutté, Juan Carlos

Palabras clave

Contratransferencia, Enactment, Interpretacion, Intersubjetividad, Investigacion psicoanalitica, Memoria implicita, Proceso analitico, Validacion de la interpretacion psicoanalitica..


Resumen

El presente trabajo parte de un enfoque psicoanalítico referente a los conceptos de interpretación y campo intersubjetivo, intentando incluir el pensamiento freudiano en un proyecto más amplio que contemple los desarrollos que se han producido a partir de su obra, como legado, a 150 años de su nacimiento.

Se procura definir, con un criterio orientado al sentido con el que se van a utilizar, tres términos que como ejes van a recorrer el trabajo: interpretación, validación y hecho clínico.

Se plantean las problemáticas de la validación de la interpretación psicoanalítica, examinando la dificultad que implica tal validación, a la vez que una correlativa metodología de la misma, en esa particular modalidad clínica que es el encuentro analítico.

Al tomar en cuenta los antecedentes sobre el problema de la validación en psicoanálisis, a través de un recorrido por diversos autores, se concluye que los mismos toman en cuenta tanto las respuestas del paciente como los datos de la contratransferencia en la marcha del proceso analítico.

Se presenta un material clínico a punto de partida del cual se consideran una serie de reflexiones teórico clínicas, donde se destacan principalmente dos aspectos:

1)     Lo referente al proceso analítico y la interpretación, tanto en lo que llamo el microproceso, en referencia a la sesión en sí, y el macroproceso en la secuencia del mismo como un continuum, ambos en una interconexión dinámica y permanente como dos aspectos que pueden reflejarse mutuamente.

La idea fuerte que se sostiene es que sería posible ir testeando la existencia de un proceso psíquico en desarrollo, desde diferentes hechos y pasos que nos hablarían de este proceso.

2)     La consideración de la intersubjetividad en el proceso analítico, en el sentido de un “algo más allá” de las palabras, en una visión del analista formando parte activa del campo intersubjetivo, destacándose la calidad de la relación terapéutica como factor curativo.

Lo expuesto conduce a la jerarquización del enactment, que ha ido cobrando cada vez mayor importancia en la teoría y la técnica analíticas y de cuya consideración se abordan una serie de hipótesis en relación a las perspectivas actuales vinculadas a las diferentes formas de relacionamiento (verbal y no verbal) que tienen lugar en el encuentro analítico.


Problemáticas acerca de la validación de la interpretación psicoanalítica

En esta primera parte pretendo examinar, desde una perspectiva clínica, las conjeturas, hipótesis, interpretaciones que los psicoanalistas hacemos en nuestro trabajo clínico diario, y el modo en que debiéramos pensar acerca de si estas formulaciones brindadas al paciente son pertinentes. En otras palabras, examinar el problema de la validación de las interpretaciones durante el análisis y una correlativa metodología de la misma

Si bien el tema de la validación y de las “pruebas” en psicoanálisis viene formulado desde Freud, el psicoanálisis ha sido lento en plantear estas cuestiones y en desarrollar un marco metodológico adecuado sobre el intento por explorar y explicar la realidad psíquica, no sólo del paciente sino también de esa particular modalidad clínica que es el encuentro analítico.

Pienso que cualquiera sea nuestra escuela de psicoanálisis, los hechos clínicos han incrementado enormemente la comprensión de la mente humana y que, en las condiciones singulares de la hora analítica que dan acceso al mundo interno del paciente, los hechos clínicos se manifiestan en forma de realidades psicológicas inmediatas entre ambos participantes de la dupla.

Será entonces parte esencial de la técnica analítica aceptada, que intentemos enmendar nuestra comprensión y nuestras interpretaciones de acuerdo a un constante monitoreo acerca de si es acertado (o verdadero) lo que pensamos que está sucediendo.

Los analistas trabajamos en contextos ambiguos y ansiamos mayor certeza, de manera que nuestra noción “intuitiva” de validez, requiere de una claridad de confirmaciones que se deberían hallar en hechos más específicos. Pero entonces ¿dónde hallarlas? y ¿cuáles serían esos hechos más específicos?

Lo que sigue es un esfuerzo para esbozar una teoría general de las intervenciones interpretativas, que involucre un marco teórico para la validación de tales intervenciones a la luz de los cambios correspondientes.
 

A continuación presentaré las ideas centrales a desarrollar y fundamentar en esta primera parte:

1) Las interpretaciones son testeables, es decir, pasibles de ser sometidas y esto no sólo es un hecho posible sino también beneficioso para la investigación psicoanalítica.

2) Esta validación no sólo le corresponde al analizado, en sus respuestas inmediatas a la interpretación, sino que, dada la peculiar característica del proceso analítico como situación intersubjetiva, interesa la respuesta del analizado tanto como el sentimiento contratransferencial de convicción o certeza que el analista recibe, y con el que va evaluando su labor.

3) Esta labor de validación debe irse dando así en lo inmediato del curso de la sesión (lo que Etchegoyen (1990a) denomina “corte transversal” y Tuckett (1994) “microproceso”), como en sus efectos retardados, que vendrán no sólo en las próximas sesiones sino a lo largo del proceso analítico, “corte longitudinal” de Etchegoyen o “macroproceso”, como lo voy a llamar (y aquí me aparto de Tuckett ya que este autor emplea el término para referirse a lo que ocurre también fuera de la sesión).

Estos tres puntos planteados no son en realidad sencillos, y generan desde el inicio una serie de interrogantes y dificultades:

- En lo referente al primer ítem, toca la cuestión que ha sido tan ampliamente debatida, y lo continuará siendo, sobre el status científico de psicoanálisis. Esto abarca un amplio abanico que va desde los investigadores psicoanalíticos hasta las críticas de la filosofía tradicional (y muchos analistas) al psicoanálisis, que han puesto en entredicho su derecho a tal condición, surgiendo entonces varias cuestiones diferentes en estas discusiones sobre la validez científica del psicoanálisis. Si bien no me voy a detener en este ítem, menciono la excelente revisión de Etchegoyen (1998) al respecto.

Ubicaré desde ya mi posición orientada a pensar que, si bien la verificación de los principios de constancia, repetición y regularidad se torna prácticamente imposible cuando se considera la especificidad de psicoanálisis, por ser ésta una disciplina en constante transformación, “disciplina viva” (Andrade, 1994) no debemos olvidar lo que plantea Etchegoyen (1990a) “si se la usa con rigor, la interpretación psicoanalítica responde a las exigencias del método científico, y por ende el trabajo clínico, lejos de verse entorpecido, se beneficia cuando se realiza en el marco del método científico”.

No voy a adentrarme en este arduo y fascinante problema de la filosofía, aunque lo traigo a colación para mostrar que, desde un punto de vista extremo, todo lo que pensamos es una interpretación.

Las características particulares de pluralidad, subjetividad e inmaterialidad del fenómeno psicológico, si bien plantean problemas inusuales y difíciles, no son barreras para la investigación clínica. Para Etchegoyen (1990a), el analista debe colocarse en el setting como un científico que formula hipótesis para ser testeadas y puestas a prueba, y el diálogo psicoanalítico se convierte en el campo privilegiado de investigación científica, sin perder por ello su doble esencia de cura. Para este autor entonces “el testeo es inherente a la práctica psicoanalítica” (1990b)

En relación al segundo ítem, se nos plantea la interrogante de que, en la situación de encuentro intersubjetivo y la participación de la contratransferencia del analista: ¿cómo es posible, cuando el analista piensa que entiende algo y le realiza una interpretación al paciente, distinguir entre la utilidad de una formulación y la cuestión de que esa formulación no se trate de una idea propia del analista, que el paciente entonces se ve presionado a aceptar?

Si bien más adelante volveré sobre este punto, pienso que cuando el psicoanálisis como proceso tiene lugar, analista y paciente sienten que adquieren un tipo de convicción sobre la realidad psíquica o mundo interno del paciente, que sólo se puede obtener en el análisis.

Finalmente, en referencia a la tercera afirmación, me planteo la interrogante: ¿Sería posible entrelazar esto que he llamado “los efectos inmediatos de la interpretación”, con los que serían los efectos retardados que quedarían incluidos en la marcha del proceso analítico?

Pensando en posibles acercamientos a estas interrogantes, considero que la macrovalidación así entendida le da un giro a la perspectiva más inmediata y, al proponernos un punto de vista alternativo al de la sesión, confiere un significativo paso hacia la validación, en un proceso a través del cual se van a ir desarrollando y explorando las hipótesis interpretativas.

Supongo por tanto que no sólo importa la sesión, sino que es necesario incluir las sesiones posteriores y aún la marcha del proceso, donde estos aspectos irán dando el marco comparativo para poner a pruebas las hipótesis, así como para permitir su desarrollo y su validación ulteriores.

En síntesis: una actitud de microvalidación del trabajo en cada corte transversal, y una actividad de macrovalidación que intente pensar y explorar en el curso ulterior (corte longitudinal) acerca del patrón de desarrollo individual. Y estas dos actividades pueden, y probablemente debieran estarse reflejando mutuamente, y sin duda son parte esencial del análisis.

En lo relativo a la respuestas inmediata, si bien puede ser un índice de validación a la formulación del analista, puede haber también otras conceptualizaciones, o conceptualizaciones adicionales, que pueden ir guiando a formulaciones más inclusivas en relación a cómo se va desarrollando el intercambio entre paciente y analista en la prosecución del proceso de análisis y en una gradual profundización tanto del entendimiento del material como del insight del paciente.

Pasaré entonces al segundo punto, donde me interesa definir el sentido de algunos conceptos centrales utilizados en este trabajo.


Definición de términos

Definir es una “actividad peligrosa”, dice Caper (1994), ya que siempre existe el riesgo de que al tratar de clarificar un tema o concepto, terminemos en cambio “embalsamándolo en una versión oficial”, por lo que trataré de tener el cuidado de incluir en las definiciones nada más de lo que conceptualmente considero necesario a los fines presentes.

<>Dos serán los términos en que nos interesa precisar el sentido como los voy a tomar: interpretación y validación, en relación a un tercero: el hecho clínico, pensando que cualquiera sea la teoría de base, será importante para el analista estar atento a los efectos que produce lo que él formula.

1)    
Sobre la interpretación

“En psicoanálisis, el término “interpretación” tiene más prestigio que precisión y está cargado de connotaciones ideológicas, lo que no es bueno ni para la teoría ni para la práctica.”(Etchegoyen, 1990b)

Muchas son las definiciones que se han dado sobre este concepto, lo que ha determinado también múltiples discusiones desde Freud en adelante. Sin pretender entrar en dicha polémica –no es mi interés aquí- voy a hacer una serie de consideraciones sobre los criterios con los que conceptualizaré el sentido de la interpretación en psicoanálisis.

Encontramos en Freud (1937): “A cada construcción la consideramos apenas una conjetura, que aguarda a ser examinada, confirmada o desestimada. No reclamamos para ella ninguna autoridad, no demandamos del paciente un asentimiento inmediato, no discutimos con él, cuando al comienzo la contradice...”

Interpretamos así en el sentido de hipótesis a probar, porque las teorías no son verdades absolutas, sino más bien las mejores conjeturas que podemos hacer por el momento. Y así, en un sentido amplio, importa que la interpretación sea experimentada como una hipótesis presentada por el analista a su analizado.

Dice Etchegoyen (1988):

“La interpretación debe dar al analizado una información de algo que le era extraño y que, al mismo tiempo, le pertenece enteramente, y desde este punto de vista podríamos decir que la empatía del analista consiste en devolver a su paciente lo que en rigor le es propio, sin otra intención que la de informarlo. Al incluir entre las notas definitorias de la interpretación el deseo de informar, como el único que puede tener validamente el analista, queda entonces dicho que la información brindada no puede ser más que una hipótesis, una conjetura”.

Tal es entonces el sentido que otorgo a las palabras citadas por Freud en Construcciones, dado que él siempre insistió en realzar la importancia de que toda construcción y toda interpretación deberían ser tratadas como una hipótesis o conjetura que sólo el trabajo ulterior con el analizado podría comprobar.

Para Andrade (1994): “Una interpretación es una especia de teoría en miniatura, y así interpretar significa entonces producir un modelo o una hipótesis interpretativa que destaca y conjetura...”.

Pero, ¿cómo surge una interpretación? Y luego, ¿cómo se la formula al paciente? Britton y Steiner (1994) destacan que:

“A medida que escuchamos a nuestros pacientes en análisis y tratamos de entender el significado de lo que está sucediendo, es habitual encontrar una asombrosa variedad de impresiones que compiten por nuestra atención... Los pensamientos que se van acumulan en la mente del analista, pensamientos acumulados al azar, se organizan alrededor de una idea, dando lugar a que en la mente del analista se de una configuración”.

Tendremos entonces que, en cada caso, elegir apoyados en nuestras reflexiones del momento, influidas como siempre estarán por nuestra ecuación personal; las teorías se acumulan en la mente del analista y derivan de sus teorías analíticas generales, de sus propias teorías subjetivas acerca de las personas, su experiencia clínica con otros pacientes y su experiencia acumulada con este determinado paciente.

Etchegoyen (1990a) cita el principio de Waelder (sobre la multideterminación de los hechos psíquicos) “que nos impone una práctica de tanteo, modesta siempre, conjetural y nunca autoritaria”. Este autor nos propone entonces tener en cuenta una forma de interpretar fundamentalmente conjetural más que autoritaria o de imposición, cuyo contenido se nutre más de lo que el analista piensa que está en la mente del analizado en un preciso momento, sin cuidarse ya de que coincidiera con sus teorías, sus presupuestos y sus prejuicios.

Dentro de estos límites, que son por cierto estrechos, cuando lo que el analista dice es algo que el analizado ignora de sí mismo, porque le es inconsciente, decimos que interpreta. “Así la interpretación solo puede dirigirse a quien está destinada, a quien tiene derecho a réplica” (Etchegoyen, 1990a).

Para Kernberg (1994): “A menudo una interpretación no es una simple afirmación del analista sino más bien un conjunto de intervenciones progresivas del analista, que pueden comenzar desde la clasificación de la experiencia subjetiva del paciente, y también la conclusión de observaciones derivadas de la contratransferencia del analista”. Y así, en teoría, cada interpretación es una hipótesis a la espera de confirmación o invalidación.

b) Sobre validación

En relación al concepto de validación, lo tomaremos a los fines de este trabajo, en el sentido de “puesta a prueba” (testeo) y confirmación.

Para Tuckett (1994):

“Una dificultad para decidir qué se valida en un proceso clínico, ha sido la tendencia expuesta por primera vez por Sandler (1983), en que existe una brecha entre las metáforas relativamente abstractas que caracterizan la mayoría de los conceptos psicoanalíticos, y los modelos de trabajo habitualmente implícitos que dan forma a las interpretaciones en la práctica”. Agregando al final: “De manera general me parece que la validación del proceso clínico incluye desarrollar una hipótesis que sea significativa y que contribuya a cierta comprensión de las cuestiones centrales de un análisis, y mostrar qué concuerda con los datos que se han ido recolectando”.

En opinión de Michels (1994): “consideramos la validación como la mayoría de los analistas la entiende: la validación de hipótesis específicas como descubrimientos que se realizan en el encuadre clínico”.

c) Sobre el hecho clínico

De la mano de lo que consideramos encuentro que en una situación de investigación clínica, para asignar validez a una “hipótesis interpretativa”, debemos tomar en cuenta lo que consideramos que son los hechos clínicos, atribuyendo a estos el sentido de “exploración de la realidad psíquica del paciente” (Caper, 1994; O´ Shaughnessy, 1994).

El material que tratamos entonces de medir y validar (testear) son estados mentales, y nuestros instrumentos de medición son también estados mentales, es decir, mediante la presencia de ciertos estados emocionales, como el trabajo de Racker (1969) sobre transferencia-contratransferencia, ha dejado en claro.

La realidad psíquica del paciente es, por tanto, el terreno de los hechos clínicos psicoanalíticos, y el aparato emocional que utilizamos para detectarlo, el psicoanálisis mismo. “El mundo interno se manifiesta en la hora analítica, esto significa que bajo las condiciones especiales de una hora analítica, un analista tiene un acceso privilegiado a la interioridad de su paciente” (O´ Shaughnessy, 1994).

Para Spillius (1994):

“El tema de la formulación de los hechos clínicos es en realidad el tema de la interpretación, seguramente uno de los conceptos sobre el cual más se ha escrito en psicoanálisis. Se da así un encadenamiento que va desde la conceptualización, formulación, validación, donde estos factores se entrelazan desde la percepción del hecho, la conceptualización del mismo, la formulación al paciente y luego la validación o no validación”.

Para esta autora, “lo válido es la situación de intercambio psicoanalítico y cómo algún aspecto del mundo interno del paciente es vivido en la relación con el analista”. Así, a veces precediendo a la conceptualización, “pensando en voz alta” y formulándola al paciente, para que gradualmente entre ambos, aún siendo difícil en determinados momentos saber exactamente quién contribuye a qué, se haga posible ir ligando el material.

Tal el concepto de “interpretaciones de dos partes” de Bezoari y Ferro (1992), y que en nuestra Asociación T. Bedó (1988) ha denominado como “insight a deux”: “En tanto el analista comprende, el analizado se siente comprendido y se permite comprenderse mejor a sí mismo”.

Las únicas intervenciones del analista que pueden ser sometidas a prueba serán las interpretaciones, y toda otra opinión podrá prestarse al acuerdo o al disenso, pero no a ser testeada, siendo de esta forma que Etchegoyen diferencia la interpretación de la opinión.

La idea de que la interpretación puede investigarse dentro de la situación analítica abre el camino para establecer las bases de una epistemología del psicoanálisis más certera y correcta, más cuanto puede dirigirse rectamente al hecho clínico y recibe también de allí su refutación o su validación.

Y como método de investigación, esa postura es sin duda fundamental. Concibiendo la actividad clínica psicoanalítica como una investigación del mundo emocional y no como una ampliación del conocimiento, necesitamos no sólo mantener nuestras hipótesis como tales, sino también buscar con el analizado las condiciones para continuar la investigación.

 

Antecedentes sobre el problema de la validación en psicoanálisis

A partir de los trabajos técnicos de Freud (1912-14), el tratamiento psicoanalítico podía entenderse como el análisis de la transferencia. Luego, al promediar el siglo, se registró un nuevo inconveniente cuando se admitió que la participación del analista con sus conflictos en el proceso no era la excepción sino la regla, y de este modo la contratransferencia pasó a ser un instrumento sin por esto dejar de ser un obstáculo (Racker, 1948, Heinmann, 1950.

Desde Freud a la actualidad, muchos fueron los autores que se ocuparon de la validación de la interpretación. Seguiré a Fonagy (1995) en sus interrogantes, considerando a los analistas que éste autor menciona como habiendo revisado y puesto a punto, a la vez que dando sus propias versiones sobre este asunto.

Primeramente vamos a ver las opiniones de H. Etchegoyen, por ser uno de los que más se ha ocupado del tema. Este autor deja sentada la posibilidad de la validación en la práctica psicoanalítica, al afirmar que el analista debe colocarse en su setting como un científico que formula hipótesis para ser testeadas por su analizado.

Para Etchegoyen (1990a), así: “La interpretación psicoanalítica, cuando se la usa con rigor como impone la técnica, responde cabalmente a las exigencias del método científico. En este trabajo, donde toda su reflexión se aplica a la interpretación y su testeo es categórico en su afirmación de que:

“En cuanto aceptamos que el trabajo analítico es testeable, y por tanto científico, no nos queda más remedio que concederle al analizado un lugar mucho más importante que en el que ha tenido hasta ahora en el contexto de justificación de nuestras interpretaciones, reconociendo que nos evalúa y que está en condiciones de hacerlo...”.

Lo decisivo del trabajo del analista es entonces el momento en que éste debe examinar esta evaluación del analizado, y en este sentido menciona el análisis de su contratransferencia a la vez que hace alusión al proceso mismo como totalidad:

“para producir más interpretaciones el analista deberá conjugar el análisis de su contratransferencia por un lado, con la impresión del sentido inconsciente de las respuestas del analizado... Así develará siempre, a posteriori, su posición en relación con la interpretación efectuada al paciente, pero también con respecto a la sesión como unidad y frente al proceso mismo como totalidad”.

Etchegoyen (Etchegoyen y col., 1992) llega incluso a proponer sustituir la denominación de las interpretaciones “inicialmente consideradas como inadecuadas, por el de provisoriamente inadecuadas” para dar cuenta de la tarea clínica.

No obstante las ideas expuestas, pienso que este autor privilegia más lo que ocurre en lo inmediato de la sesión. “Conviene aclarar, para empezar, que no es lo mismo el testeo de la interpretación que el testeo del proceso clínico” aunque no deja de mencionar “el intento estratégico de unir a ambos (proceso y sesión) para que esa validez se refuerce.” (Etchegoyen,  1998) (Fonagy, por lo contrario, opina que Etchegoyen se refiere más al proceso).

Lo que el autor sostiene decididamente (1988) es que en el contexto de justificación, el analizado tiene la última palabra sobre la validez de la interpretación: “La clínica muestra que los juicios inconscientes del analizado son de gran valor epistémico: el analizado evalúa constantemente el trabajo del analista, y las más de las veces lo hace con sorprendente exactitud”, sosteniendo que ese sentido inconsciente debe desbrozarse del malentendido y la ambigüedad.

Si bien parece claro lo que se desprende de estas conclusiones, Etchegoyen no deja de asignar, como vimos, un papel importante a la contratransferencia del analista, afirmando que “desde esta perspectiva, la situación analítica constituye un diálogo (Britton y Steiner, 1994), donde las asociaciones del analizado configuran la respuesta del analista y éste a su vez condiciona las nuevas asociaciones del analizado, donde la interpretación será convalidada o rechazada”, hablando más adelante de “un escrutinio continuo de la contratransferencia, que debe usarse como un instrumento”.

Andrade (1994) plantea el problema de la intersubjetividad en el proceso clínico psicoanalítico, y el funcionamiento de la mente no sólo del analizado sino también del analista, en una relación emocional que hace necesaria la inclusión del analista en el campo de observación (dupla analista-analizado), donde las vivencias son compartidas mutuamente.

Desde un marco referencial bioniano, esta autora propone “el sueño y su interpretación en la relación emocional analítica como un medio posible y eficiente para alcanzar cierto grado de verificación en nuestras hipótesis en el proceso clínico psicoanalítico” (negritas mías).

Pienso que de sus palabras se desprende entonces la importancia, tanto del proceso como del funcionamiento de la pareja en el testeo y las tentativas de validación del mismo: “se hace posible y necesario pensar en el psicoanálisis haciendo uso de aquello que le es intrínseco: la intersubjetividad”.

De aquí entonces, ese presupuesto del sueño como un “working through”, y como “un camino para el insight”, refiriéndose al sueño no como una experiencia vivida durante el dormir, sino como “un soñar conjunto” (reveriè) que caracteriza lo que describimos como una relación intersubjetiva, que intrapsíquicamente es recreada tanto por el analizado en su sueño como por el analista en su aproximación al analizado”.

La autora reconoce –y en lo personal me hago eco- que está suficientemente claro que los sueños y su interpretación no validan el proceso clínico directamente, pero indudablemente muestran que el proceso se desarrolla produciendo cambios y expansión del conocimiento. Pienso entonces que lo que es posible constatar es que hay un proceso psíquico en desarrollo, y dentro de este contexto, los sueños, al igual que podrían serlo otros hechos clínicos, nos hablan de este proceso.

Kernberg (1994) formula también criterios de validación tomando por un lado las respuestas del analizado como una “precondición crucial para la validación”, destacando el cambio no sólo en el dominio de la comunicación verbal de la experiencia subjetiva del paciente, sino también de lo no verbal.

Pero también subraya otro lado, que es el de la respuesta contratransferencial del analista:

“El conocimiento del analista sobre el espectro habitual de expresividad afectiva del paciente permitirá observar respuestas afectivas específicas a la interpretación, y es paralelo a la posibilidad de observar contenidos nuevos, no esperados en la comunicación del paciente, como respuesta a la interpretación”.

Lo que se desprende de sus afirmaciones, tal como lo entiendo, es que no sólo la respuesta del paciente, sino también la contratransferencia, mostrarán si la interpretación lo afectó y profundizó la expresión de sus conflictos inconscientes.

Pienso que de las ideas de Kernberg se puede también inferir que no sólo debemos prestar atención a la situación inmediata que sigue a las interpretaciones, sino también a plazos más prolongados, cuando nos dice ya desde el inicio: “Y con frecuencia, se debe considerar tanto las respuestas inmediatas como también los desarrollos a largo plazo que ocurren en el curso de varias sesiones”.

Siguiendo a Fonagy (1995), vamos aconsiderar también algunas otras opiniones.

Michels (1994) plantea el problema de la validación ofreciendo una cantidad de elementos de validación “específicos” del proceso clínico: nuevos recuerdos, cambio en las asociaciones, parapraxias, reacciones terapéuticas negativas, cada una de las cuales podría atestiguar el valor de una interpretación. Pero se remite a Freud, quien sugiere un principio simple: “Sólo la continuación del análisis puede decidir si nuestra construcción es correcta o inviable... en el curso de los acontecimientos todo habrá de aclararse”.

Michels se refiere a la posibilidad de considerar el proceso analítico como un todo (macroproceso): “tales respuestas más específicas son vistas como delegados del proceso analítico como un todo”, y pone sobre el tapete, al final de su trabajo, un nuevo problema vinculado según él, más con la contratransferencia del analista que con las respuestas del paciente: el tema de la invalidación en psicoanálisis.

Spillius (1994) considera el asunto de la validación y destaca también dos vertientes: por un lado aquello que viene desde el paciente “No sólo la mayoría de las respuestas son validaciones positivas, a veces estas toman la forma de un silencio pensativo, otras de impulsos para avanzar, a veces incluso hasta intentos del paciente para distraerse o evadirse” a la vez que señala “pero lo importante (cursiva mía), es la situación de encuentro o intercambio, los propios sentimientos del analista en relación a las respuestas del paciente”.

Tucket (1994) sigue, a mi entender, una línea parecida a la de Spillius, destacando el rol de la conceptualización en la validación, la que tipifica como hipótesis fundamentada, a la vez que considera el intercambio transferencia-contratransferencia así como la marcha del proceso.

En relación a la validación o invalidación, nos reclama para el analista:

“no ser un investigador ciego a ciertos tipos de error, o que no piensa en explicaciones alternativas disponibles... más aún, la naturaleza específica de nuestro trabajo, en el que estamos envueltos apropiada y provechosamente en el proceso transferencia-contratransferencia, implica que nuestra percepción en cualquier momento dado está necesariamente sesgada”.

Britton y Steiner (1994) consideran que la interpretación y su evaluación no pueden separarse de manera útil, y hacen importantes aportes con sus ideas sobre la interpretación como un hecho seleccionado o idea sobrevalorada. Para diferenciar entre ambas formas, los autores dicen que la distinción sólo puede hacerse a través de una evaluación del valor de la interpretación tal como responde a ello el paciente en el curso de la sesión, y sostienen “Creemos que una parte esencial del trabajo de la interpretación tiene lugar después que ha sido dada, entonces se vuelve importante escuchar al paciente y tener en cuenta su reacción”. Pero a la vez, se desprende de sus consideraciones la participación del analista: “un analista experimentado continuamente monitorea el efecto que tienen sus palabras”.

Citan también a Freud en Construcciones, acerca del curso ulterior del análisis, reconociendo que puede ser muy difícil saber cómo comprender la reacción del paciente en términos de lo que dice sobre el valor o no de la interpretación. Subrayan estos autores no solo la respuesta inmediata, sino también la importancia de prestar atención al subsiguiente desarrollo, en sesiones posteriores, siguiendo las interpretaciones en busca de evidencia de reacciones conscientes o insconscientes.

Para O´Shaughnessy (1994) los errores son un riesgo diario para el analista, y por eso la necesidad de investigar constantemente en la sesión la respuesta del paciente a las interpretaciones. Para ella “los hechos clínicos psicoanalíticos se manifiestan en forma de realidades psicológicas inmediatas”, dado que en un psicoanálisis la mente del analista es un instrumento que investiga la mente del paciente, lo que para la autora da lugar a la idea “alarmante” del psicoanálisis, de ser doblemente subjetivo.

A partir de este recorrido realizado, vamos concluyendo que los autores toman en cuenta, en mayor o menor grado, tanto las respuestas del paciente como los datos de la contratransferencia y la marcha del proceso. Aún así, retomo nuevamente las interrogantes que Fonagy (1995) se plantea, y con las que coincido: ¿sería posible la validación de las interpretaciones? Y si lo fuera, ¿sería en plazos inmediatos, al observar que el paciente se abre, profundiza su comprensión, moviliza sus afectos, etc.? (aquí Fonagy ubica a Kernberg y Spillius, y yo destaco también a Etchegoyen). ¿O sería a largo plazo, por aspectos generales de su respuesta al proceso analítico? (Aquí Fonagy ubica a Andrade, Kernberg y Etchegoyen)

Y, ¿deberíamos dejar de pensar en el paciente como una fuente potencial de validación?, ya que:

a)                su respuesta a corto plazo podría fácilmente ser una reacción defensiva a una idea sobrevalorada (Britton y Steiner, 1994)

b)                el curso total del análisis puede ser difícil de evaluar para la mayoría de nosotros (Michels, 1994)

Me adhiero plenamente a las palabras de Fonagy: “El dilema irresuelto es: dado el carácter necesariamente privado del encuentro analítico; ¿deberíamos considerar las experiencias subjetivas y emocionales como hechos adecuados, o son una barrera tras la cual los clínicos con ideas sobrevaloradas deberían desear esconderse?”.

Discutiré más ampliamente estas interrogantes en la parte final del trabajo.

 

Material Clínico

a)                 Presentación de la paciente

Se trata de P., una paciente de 35 años, profesional universitaria, casada con un hombre bastante mayor que ella, con el que tiene 3 hijos. Solicitó su análisis por sufrimiento de presión arterial y problemas en la relación con su marido: “Mi sensación es que soy una bomba de tiempo, una sensación de que voy a reventar que la tengo desde hace mucho tiempo”.

Manifiesta desde el inicio que pasó su vida muy deprimida, que funcionó siempre como en espasmos para poderse meter en la realidad, repitiendo reiteradamente en los períodos iniciales del análisis: “tengo un sentimiento trágico de las cosas”.

En relación a su matrimonio, se ha referido en estos términos: “me casé con un hombre 15 años mayor y creo que nunca fui feliz. Me casé con el casi por obligación, tengo mil reproches para hacerle pero me los guardo y no le digo nada, capaz es por cosas de la infancia que no pude tener una relación diferente con un hombre”.

Y en relación a estas cosas de la infancia, ha manifestado: “Mi padre es para mi una figura muy dolorosa, fue, es y no se si lo será, muchas veces lo debí mandar al diablo, jamás se ocupó de nosotras”.

Sobre su madre ha comentado: “Mi madre fue su sombra, es rígida y fría, no sabe expresar mucho, no sabe transmitir, aunque creo que es afectuosa”.

Tiene una hermana que nació cuando P. tenía 5 años, de la que se ha referido en términos de una relación de celos, rivalidad y competencia, “aunque creo que la quiero mucho”. “En la infancia y adolescencia siempre me encargué de ser la niña buena, correcta, nunca dar problemas”.

Se trata de una paciente joven, agradable, de apariencia tímida y mirada triste, vestida en forma demasiado formal. Desde que la vi por primera vez suscitó en mí una ocurrencia: ¡qué linda mujer podría llegar a ser!

b)                Antecedentes de la sesión a presentar

Trabajamos en el análisis de lo que ha llamado “mis mecanismos tan familiares desde mi niñez, esa entrada en la nube, hacer plum para adentro refugiándome en mis fantasías, allí donde podía poner y sacar cuando yo quería, ver y no ver, ir y venir a mi antojo”.

Tanto la relación transferencial conmigo como la relación con su marido y con su padre han estado signadas siempre por una ambivalencia afectiva marcada; al hablar de ellos caía en profundas manifestaciones de reproches y de rencores, algo que aparecía como incontenible aún en los momentos en que intentaba referirse a su padre en términos cariñosos: “Siempre como esperando algo, aquella permanente espera de algo que viniera desde mi padre, como aquella puerta que se abría cuando el venía y yo era niña, del que vivía pendiente”.

Un mes antes de las vacaciones del segundo año de análisis fallece su padre, luego de una internación en un CTI donde fueron realmente notorios los esfuerzos que P. prodigó al cuidado del mismo.

Trabajamos la separación de las vacaciones conjuntamente con este duelo reciente, y el material que presento fue extraído de la tercera sesión luego del reinicio. En las dos sesiones anteriores, P. se refirió a la “sensación de ausencia”, y a su mecanismo de hacer como que “todo fue una película y meterme en la nube”.

Comenzaba las sesiones diciendo que se sentía muy cargada y con mucho dolor, pero que apenas podía llorar: “Es tanto el dolor que llorar así no limpia, evita que reviente pero no limpia”.

c)                 La sesión

Llega diciendo “Vengo como despreocupadamente, con sensación de comodidad, como sin darme cuenta, pero estoy muy cargada, con mucho dolor, cosas muy profundas”. Pasa luego a despotricar contra su madre “que me utilizó, que desde el fallecimiento de mi padre se fue al interior y recién ahora volvió”. Y que “me dio temor de que a mamá le pasara algo de noche”, aunque no sintió pena por ella, que su madre fue siempre muy egoísta. Pasa a hablar de una sensación de invasión por parte de su madre, pero esta vez P. le pudo decir: “Mamá, yo también estoy sufriendo, yo también me siento mal y tú nunca me preguntaste cómo me siento desde que papá falleció”.

Y entonces me dice que estas son cosas buenas que le pasan, porque está tratando de ubicar su posición frente a sus conflictos.

Yo siento que para poder “ubicar sus conflictos”, aun teniendo en cuenta sus sentimientos en relación a su padre, hay también alusión en el material a “alguien que se fue y la dejó”, y es así que le interpreto, tratando de traerla al aquí y ahora de la situación transferencial, si realmente vendrá tan despreocupadamente como me ha dicho, o siente que no puede expresarme a mí su sufrimiento, no sólo porque su padre no estuvo, sino porque tampoco estuve yo” (aludiendo a las vacaciones).

Luego de hacer un silencio me responde qué extrañó el análisis, pero que esta vez no usó ese mecanismo de “hacer que el análisis era una película y meterme en la nube”, que sí sintió la falta pero que “por mi padre no puedo llorar largo”, que le sale decir que no lo extraña porque estar con él era tomar contacto con una realidad dolorosa, mostrándose enojada y con reproches hacia él. “Que no me miraba a los ojos, que no se contactaba conmigo”. Que con él no siente la falta de alguien que hubiera tenido realmente un rol, y que pese a lo frustrante que era eso para ella, no siente haberlo perdido ni que hubiera estado cerca de ella, y que en esas enfermedades de su padre, si bien por un lado sintió dolor, “por otro tuve que armar defensas”.

También me manifiesta que al fallecer su padre, si bien los primeros días tuvo dolor, también sintió mucha bronca hacia él, que le sintió “malo, insensible y abusador”.

Yo continuaba sintiendo que junto a la situación actual del fallecimiento de su padre, también habían sentimientos transferenciales de bronca frente a mi ausencia, y entonces le interpreto: si por detrás de ese venir despreocupadamente, no estará también algo más profundo en la relación conmigo, de sentirme malo, insensible y abusador, porque la dejé y no estuve con ella.

Hace nuevamente un breve silencio, se muestra sorprendida y me responde que, en el momento en que yo le decía esto recordó que tuvo un sueño conmigo durante las vacaciones, y que luego al despertar se moría de risa, aunque quizás esos sentimientos de los que yo le hablo sean tan profundos que no los logra percibir.

Me relata el sueño como del reinicio del análisis, luego de las vacaciones: llegaba al consultorio y era una casa donde había un living, un escritorio y “lo increíble”, que en el sueño observaba como asombrada de lo que ocurría, y le resultaba extraño. En ese escritorio había una fiesta como de fin de año, yo destapaba una botella de champagne, había varias copas como celebrando el reinicio del tratamiento, pero que no estábamos ella y yo solos, sino que había más gente.

En este momento interrumpe su relato del sueño y me dice que cuando yo le formulé esa interpretación, bien hubiera podido pensar que tal vez sintió que cuando yo me iba de vacaciones en el estado de duelo en el que ella se encontraba, eso era como tomar su situación “para la joda”, como “una onda light”, y que en realidad este reinicio no podía tener para mí la profundidad que tenía realmente para ella, aunque para nada pensó en esto al despertar en la mañana del sueño.

Recuerda entonces lo que le resultó en aquel momento la parte “graciosa” del sueño: en el living ella estaba expectante, habían sillas y empezaron a llegar mis amigos; eran hombres de mi edad que se veía que acostumbraban visitarme en mi casa con familiaridad. Todos tenían un pañuelito en el cuello, y era gracioso porque en realidad todos eran maricas, y en el sueño ella hacía un descubrimiento: yo era maricón. Éramos todos “recontramaricas, y ahí descubrí algo que yo quería descubrir”.

En las asociaciones siguientes muestra su enojo, manifestando que sentía que el reinicio del análisis “era la joda total, tipo carnaval”, y como ella se sentía tan mal había una desproporción entre lo que traía adentro, y que yo y todos los que estábamos ahí no teníamos la menor idea de lo que ella traía, “una incoherencia entre lo que yo sentía y lo que allí había”.

Me reitera que todo esto no lo había sentido al despertar, pero que cuando yo le formulé esa interpretación pensó que el sueño era gracioso, y ahora se siente enojada porque yo me tomé lo suyo para la joda.

Hace entonces un silencio y pasa a recordar las broncas con su padre antes de fallecer, y que desde hace unos días había dejado de sentirlas. Pero que ahora le cuesta llorar, y así se lo había manifestado a su madre, con estas palabras: “Como tú puedes llorar, vas a poder hacer el duelo más rápido y en una forma más sana que yo”.

Desde mi situación contratransferencial, me sorprendieron e impactaron realmente estas palabras, a la vez que sentí que estaba en la línea correcta y se confirmaban mis conjeturas. Era indudable esto no sólo desde mi contratransferencia sino también en esta “apertura del campo” que también me mostraba su respuesta en términos de nuevas asociaciones, el recuerdo del sueño que había olvidado, una movilización afectiva y el surgimiento de nuevos recuerdos.

También sentí que podía traerme, a la vez que encontrarse, con un genuino sentimiento de rabia y frustración frente a tales vivencias de abandono, y que sería así como podría llegar a elaborar no solo ese duelo, sino conectarse con sus vivencias infantiles.

Entonces nuevamente le interpreté que parecería que frente a mi ausencia pudo reír (por lo del sueño) en vez de llorar. P. me contestó –y su tono de voz lo percibí más nostálgico- que “Una vez lloré, no me refiero tanto al acto material de llorar, sino de tener presente el dolor todo el tiempo”. Que una vez durante las vacaciones había sentido muy fuerte que yo no estuviera y lloró muchísimo, y al llorar pensaba: “¿será por mi padre o por el análisis? Debe estar todo muy mezclado”. Me dice que le cuesta llorar, pero cada día que pasa puede ir llorando más, aunque “aún lloro corto, de a chorritos”.

Veo correr lágrimas por sus mejillas al manifestarme que su problema es llorar corto, que hoy vio una paloma por la ventana y le pasó como otras veces el ver una nube o un pájaro: pensar si su padre estará allí. “Lo siento como integrado a la naturaleza, pero tan lejos, porque la paloma no la tengo yo, ya pertenece a otro mundo, está ahí pero está lejos”. Luego de otro silencio, continúa hablando. “Por eso envidio a mi madre, pero creo que cada vez estoy llorando más, no siento tanto la necesidad de estar crispada y que no va a pasar nada”. Dice que aún siente mucho miedo a pensar, porque al pensar se bloquea. “Siempre pensé y me tranqué, pero debo reconocer que no hay día, ni hora, que en algún momento no piense en él”.

Mientras la escuchaba, desde mí percibía que aquella interpretación había “dado en el clavo”, no eran sólo el dolor y el sufrimiento por la pérdida de los que le impedirían elaborar el duelo presente, sino también sus angustias infantiles, su sentimiento no sólo de dolor sino también de rabia, y en definitiva su ambivalencia en relación a esa figura tan amada pero también tan frustrante que constituyó su padre para ella.

Y a la vez que la revivencia de sus afectos en el aquí y ahora de la situación transferencial nos permitía dar una vuelta más en lo que veníamos trabajando a lo largo del proceso: debería encontrarse con ambos sentimientos en este progresivo trabajo de elaboración.

Debo reconocer que aun no siendo totalmente consciente de todas estas ideas y sentimientos, estos contenidos se iban agolpando en mi mente en forma primero desordenada y confusa, mientras la iba escuchando y observando en el devenir de esta sesión, hasta ir tomando la forma en que le fui formulando mis interpretaciones.

Es entonces que, ya sobre el final, le formulé una nueva interpretación, expresándole que si bien hay un sentimiento doloroso muy presente en ella, hay también mucha rabia acumulada. A esto respondió: “Por eso si pudiera llorar largo sería mejor, aún hace poco del fallecimiento de mi padre, pero desearía que no me pasara lo de otras veces, eso que el dolor se hace cáscara, porque pasa el tiempo y uno deja de pensar. Yo siento que se hace un callo, y ojalá no me pase esta vez”

d)                 el curso posterior del análisis

En las sesiones siguientes, voy sintiendo y observando que el campo analítico se ha abierto; trae nuevos recuerdos en relación a su infancia, sueña reiteradamente conmigo y con su padre, relata que va pudiendo, de a poco, llorar cada vez más. Seguimos trabajando sus broncas en el trípode de su historia, la situación extra analítica en lo atinente a su padre y a su marido, y en la situación transferencial conmigo, rabia que por momentos niega hasta caer en otra sesión en decirme: “¿Sabe una cosa? Qué graciosos: hoy nuevamente me olvidé de traer el dinero para pagarle. ¿Y por qué lo recuerdo ahora al hablar de la bronca? De repente borrar el pago es también borrar su ausencia”.

Ya en la sesión que he comentado, mis sentimientos contratransferenciales fueron de verificación de una hipótesis. Esto apareció en forma súbita e imprevista, con carácter sorpresivo, y viniendo desde diferentes registros: lo onírico, los afectos, lo infantil, lo transferencial y los problemas actuales. Esa sensación de confirmación llega desde lados inesperados y sorpresivos, produciendo un sentimiento de asombro e impacto, a la vez que de una experiencia emocional compartida.

Y esto ha sido algo que una y otra vez se ha reiterado en el proceso analítico, y que no sólo tiene que ver con su acontecer actual, sino con su historia y su situación infantil. Tal lo que ha ido apareciendo a lo largo del proceso, una serie de vueltas de tuerca o en espiral que se van repitiendo y elaborando, que vienen en la transferencia con nuevas fuerzas y distintos matices, esta vez como lo relaté, pero que ya antes, con otras manifestaciones, habían aparecido, y que siguieron apareciendo de otras formas en el curso ulterior del diálogo analítico.

Un verdadero “proceso en espiral” de idas y vueltas, marchas y contramarchas, que van posibilitando el acceso a un nuevo significado y una integración de su historia, en lo que a mi entender constituye el auténtico proceso de análisis, donde la sesión que vimos, procedida de las anteriores y seguidas por lo que comentamos, forman una vuelta de una espiral ascendente hacia un genuino proceso de elaboración.

 

REFLEXIONES TEÓRICO CLÍNICAS

1) Proceso analítico e Interpretación

A través del recorrido realizado y del material clínico considerado, en el que se trata una sesión y, a la vez, se toman elementos de la marcha del proceso analítico en su totalidad, la primera hipótesis que se va configurando se refiere a que la interpretación del analista sería una intervención que no puede tomarse aisladamente, sino formando parte de una secuencia en la que se va delineando una estrategia interpretativa dentro de la marcha de una investigación del mundo interno de esta paciente.

En otras palabras: ¿importa la evaluación de los efectos inmediatos de la interpretación, en las respuestas que le siguen? ¿O su valor vendría dado por la forma como se encadenan los hechos clínicos en el proceso como totalidad?

Se abren dos posibilidades a considerar:

a)     Seguir las interpretaciones del analista paso a paso, en busca de su confirmación (o refutación) por parte del paciente. Esto estaría dentro del microproceso o corte transversal.

b)     Ir evaluando estas respuestas en el curso de varias sesiones, e incluso ver si no debemos tomar en cuenta el proceso analítico como una totalidad, en el cual iremos dando pasos tentativos. Correspondería al punto de vista del macroproceso o corte longitudinal.

a) El microproceso

Desde Freud, y pasando por todos los autores que posteriormente se ocuparon del tema, no se ha dejado de sostener –en mayor o menor grado- que es al paciente a quien le corresponde en última instancia la confirmación. Él es el legítimo propietario de “su verdad”, aunque –por ser inconsciente- ignore que la sabe. Y es a él a quién le corresponde decir si acertamos o erramos.

Etchegoyen (1990a) es categórico al afirmar que es al paciente a quien le corresponde el “derecho a réplica”. Para este autor, lo importante es la comprensión, no solo de la respuesta del analizado a nivel consciente sino fundamentalmente la comprensión del sentido inconsciente, ya que es allí hacia donde la interpretación se dirige.

Entonces, de atender a las respuestas inmediatas del analizado, la validación vendría dada por una cantidad de elementos que, desde Freud, distintos autores ofrecen como fuentes de validación “específicas” del proceso clínico. Se trata de nuevos recuerdos, cambios en la secuencia asociativa, sueños, parapraxias, cambios en los síntomas y en la conducta del paciente, incremento del insight, etc. Muchos de ellos se observan en el material presentado, e indudablemente muestran una “apertura del campo” en la secuencia inmediata del discurso de la paciente.

Pero también se nos ha dicho desde Freud que ni el sí ni el no, ni la confirmación inmediata ni la refutación de la interpretación, son hechos categóricos para tomar en cuenta. Al tratarse de manifestaciones del inconsciente, uno debe prestar atención también a las resistencias del paciente: el acuerdo con el analista puede ser expresión de sumisión, y el desacuerdo una protesta frente a un “darse cuenta” correcto, pero que resulta doloroso y provocativo.

Concuerdo con que estos cambios en el discurso del analizado, como respuestas inmediatas, son indudablemente hechos valiosos. Sin embargo, también creo que, dado el carácter intersubjetivo de esta particular situación clínica, es también el sentimiento proveniente de la propia contratransferencia del analista, como convicción o sentimiento de verificación de una hipótesis compartida, lo que permitirá ir delineando la vía más acertada para el avance del proceso.

Tal fue el sentimiento que experimenté en la sesión presentada, y así entiendo que el examen de esta convicción, en calidad de hipótesis, es parte del proceso de interpretación. De esta manera, la formulación y la evaluación no pueden separarse de manera útil.

Caper (1994) dice que: “Cuando el psicoanálisis tiene lugar, analista y paciente sienten que adquieren un tipo de convicción sobre la realidad psíquica o mundo interno del paciente que sólo se puede obtener en el análisis”.

Aquí se me abre una nueva interrogante: ¿sería posible para el analista el ir escuchando al paciente y, a la vez, ir testeando sus respuestas sin desmedro de esa actitud psicoanalítica básica que implica la atención flotante?

En este punto creo, como Etchegoyen, (1990a) que sí es posible en la sesión, escuchar y prestar a la vez atención a las respuestas del paciente sin violar ese postulado fundamental. En este sentido aludiré a las palabras de Sandler (1976, citado por Tuckett, 1994): “atención libre flotante o atención permanentemente suspendida, no definida en el sentido de limpieza de la mente de pensamientos o recuerdos, sino la capacidad para permitir que todo tipo de pensamientos, sueños diurnos y asociaciones entren en la conciencia del analista mientras está al mismo tiempo observando y escuchando al paciente”.

Así, en tanto la mente del analista esté “disponible” en su escucha, son enormes y a la vez posibles sus registros de lo que va pasando en su mente desde la escucha hasta la interpretación.

Pero al considerar la contratransferencia hay que tomar también en cuenta sus riesgos: no se puede caer en la hipertrofia de este concepto. Porque por si sola, ella nos expone a la arbitrariedad y al desconcierto, ya que los conflictos contratransferenciales pueden llevar a una selección más arbitraria, e incluso llegar a justificar cualquier hipótesis interpretativa. Es aquí donde podemos aplicar el aforismo que tanto gusta a H. Segal: “La contratransferencia es una buena sirvienta y una mala patrona”.

b) El macroproceso

Ya vimos que Freud nos propone acompañar la actitud del analizado, sus reacciones a nuestras interpretaciones, las asociaciones que las siguen, como forma de buscar allí lo que llamamos “destino de la interpretación”, para después continuar. Pero también propone un principio más simple: “Sólo la continuación del análisis puede decidir si nuestra construcción es correcta o inviable...” (1937).(20)

Así, si bien la respuesta inmediata puede ser el índice de validación a las formulaciones del analista, debemos reconocer que hay conceptualizaciones más vastas o profundas que van a ir progresivamente girando a formulaciones más inclusivas. Michels (1994) opina que, en los últimos años, el foco de interés clínico se trasladó al proceso psicoanalítico como un todo: “Varias facetas del proceso analítico pueden convertirse en los elementos de validación (validators) preferidos para diferentes analistas individuales, pero en general estos validators son más próximos al microproceso que al macroproceso del análisis, y a menudo reflejan la historia del movimiento psicoanalítico, con su temprano énfasis en los recuerdos específicos, los sueños, los síntomas, las parapraxias, etc.”.

Es precisamente el carácter intersubjetivo del proceso analítico en el aquí y ahora del encuentro transferencia-contratransferencia lo que me lleva a considerar la secuencia del proceso como un continuum. Un constante ir y venir de marchas y contramarchas que trae al tapete aquel “proceso en espiral” descrito hace ya varias décadas por Pichòn Rivière (citado en Baranger, 1979). Proceso que no es círculo cerrado ni una sucesión de círculos aislados el uno del otro sino, como el autor lo destaca, una espiral que, si el proceso camina bien, irá siempre en una resultante ascendente a pesar de sus idas y vueltas.

Podrían configurarse diferentes hipótesis clínicas a punto de partida de una serie de cuestionamientos que voy a manejar: ¿sería la secuencia de las respuestas a las sucesivas interpretaciones lo que nos pondría en la pista sobre este avance “paso a paso”? ¿O sería la evaluación en el curso del proceso en sí, tomando en cuenta nuestra hipótesis con respecto al analizado, que se irían testeando y verificando? Y en este caso, ¿se trataría de un número limitado de sesiones que siguen a aquella interpretación considerada provisoriamente como válida? ¿O sería la marcha del proceso lo que, en tanto “encuentro de inconsciente -inconsciente”, permitirá no ya validar cada interpretación como una hipótesis individual, sino confirmar hipótesis que se van configurando en la mente del analista como resultado de la marcha del proceso en su totalidad, dando cuenta de aquello que si bien el paciente sabe, ignora que lo sabe, y se iría develando en el curso del análisis?

Propongo aquí un esquema que no pretende explicarlo todo, pero que pienso que podría muy bien dar cuenta de la interconexión entre lo que denominamos el macro y el micro proceso

(tomado siguiendo parcialmente a Tuckett, (1994) y modificados por mí).

 

 

Aquí, la actividad de microvalidación vendría dada en relación al preguntarse lo que el paciente y nosotros hemos “elegido” saber y no saber en un determinado momento del proceso. Y ¿Cómo? Y ¿por qué?. Esto tiene lugar durante todo el tiempo en la mayoría de los análisis, particularmente si dirigimos nuestras “orejas” a las interpretaciones que vamos haciendo.

Podremos así ir testeando las interpretaciones en busca de la validación de una orientación de trabajo que evolucione hacia una hipótesis cada vez más desarrollada, en una situación de interconexión y retroalimentación entre el macro y el micro proceso.

Lo que llamamos hipótesis “más desarrollada” sería un conjunto más amplio y elaborado de hipótesis, formuladas con la intención de esclarecer los problemas nucleares que sufre el paciente. Éstas admitirían la posibilidad de –al ir pensando con mayor precisión- ser refinadas parcial o totalmente de modo que progresivamente puedan ir “encajando mejor” (o ir siendo rechazadas por no concordar).

Dos palabras para lo que en el microproceso ubicamos como hipótesis intuitivas, para dar cuenta de las manifestaciones que llegan desde la contratransferencia del analista. Con este término, pretendo comprender lo que tanto analista como paciente van sintiendo en el aquí y ahora de la situación analítica, donde las ocurrencias del analista no pueden catalogarse de hechos fortuitos sino de verdaderas intuiciones analíticas inconscientes.

Dejo de lado así la vieja idea de intuición, al no considerarla como un registro directo de los conflictos del analizado sino como una respuesta del propio inconsciente del analista. Esto supone un compromiso contratransferencial, un analista al decir de M. Y W. Baranger (1961-62) “involucrando en carne, hueso y en inconsciente”, una ocurrencia contratransferencial, como la llamó con precisión Racker (1969).

Hablamos de interconexión entre el micro y el macroproceso, porque en general es difícil evaluar el proceso psicoanalítico como un todo. Y, sobre todo, porque cuando parece cambiar es difícil saber por qué cambia. Las respuestas más específicas (nos referimos a aquellos “validators” subsiguientes a las interpretaciones) son vistas como delegados del proceso analítico como un todo, y van reafirmando al analista de que “está en el rumbo adecuado”, que sus intervenciones sintonizan con la experiencia del paciente, y que el modelo conceptual del análisis que tiene el analista se corresponde con algo que está sucediendo en el consultorio.

Como Freud mencionaba ya en 1937, no serán nuestros analizados ni tampoco nosotros mismos los que podremos verificar la veracidad y pertinencia de nuestras interpretaciones, sino el acompañamiento de la experiencia emocional y el proseguimiento del proceso analítico.

Pero hay también una situación riesgosa a tener en cuenta: como con todas las conceptualizaciones y modelos de trabajo, debemos ir recordándonos permanentemente a nosotros mismos que no es buena idea el aferrarse de entrada a concepciones totalizadoras en forma muy firme. De hacerlo, podemos no percibir otros hechos clínicos nuevos, e igualmente puede volverse desinteresado por ver nuevas conceptualizaciones, ya que ellas se adecuan al modelo de trabajo.

 

¿Testeo o validación?

Es así como pienso esa interconexión dinámica y permanente entre el macro y el micro proceso, para ir testeando permanentemente el desarrollo de ese intercambio entre paciente y analista, en la prosecución del análisis y en una gradual profundización del entendimiento del material, así como del insight del paciente.

Otro peligro a tener en cuenta al considerar estas dos posibilidades del macro y microproceso interconectados deriva de que esto nos podría introducir en otro terreno que sería, a mi juicio, el de la interpretación genial o reveladora. En esta hipotética situación, una vez formulada, la interpretación sería capaz, como verdad oracular y brillante, de poner rápidamente fin al proceso de análisis en una especia de “ahora ya esta todo sabido”.

Y sabemos que, aunque quede en el analista la convicción de que la interpretación es correcta –tal como sucede a mi juicio en el ejemplo clínico presentado- y aún tomando en cuenta los cambios inmediatos en el paciente; los conflictos inconscientes vuelven a emerger una y otra vez. Se irán atenuando en la subsiguiente marcha y secuencia interpretativa, en las constantes idas y vueltas, muchas veces sobre “lo mismo”, aun con matices diferentes, tanto en la situación del aquí y ahora como en las situaciones extraanalíticas. Y esto sucederá en la medida que la historia del sujeto vaya cobrando una nueva conexión de significado, al irle dando al analizado una información de algo que le era “extraño, y que al mismo tiempo le pertenece enteramente”, en un proceso de integración que va permitiendo progresivamente los auténticos cambios psíquicos en los pacientes.

De esta forma se podrá cumplir el proceso analítico, que implica en definitiva inscribirse en una historia individual. El análisis hará posible “la mudanza de impresiones precoces en testimonios fantasmatizables y por tanto pasibles de ser historizados” (Uriarte, 1995)

Hacemos, de paso, alusión a esa intrincada dialéctica entre paciente y analista, en un constante vaivén tanto en el curso de las sesiones como en el proceso en su totalidad.

A mi juicio, esto es lo que nos permite inferir el material presentado: una interpretación aparentemente correcta, con un timing adecuado, que genera sorpresa e impacto y produce un cambio en el discurso, resultando validada tanto desde el lado del paciente como del analista en su contratransferencia.

Pero no creo que deba tomarse en el sentido de una interpretación “reveladora”, sino que debe incluirse en la integración y el encadenamiento del proceso, en aquello que una y otra vez va a ir yendo y viniendo en las sucesivas vueltas de la espiral del proceso, y que nos irá diciendo si mis conjeturas van siendo correctas o no, donde iré siguiendo ciertas líneas, a la vez que dejando otras de lado, en el largo camino de análisis.

Es por esto que me inclino más por hablar de testeo que de validación de la interpretación, porque aquel término da, a mi juicio, una idea más cabal y acertada de la marcha del análisis en su totalidad. Validación alude a una confirmación como algo más inmediato, en tanto testeo sería un ir probando a lo largo del proceso.

La idea fuerte que sostengo entonces es que pienso que lo que es posible ir testeando la existencia de un proceso psíquico en desarrollo, y dentro de ese contexto, diferentes hechos y pasos nos hablan de este proceso.

Entiendo como una aspiración genuina el poder ir testeando nuestras interpretaciones para no caer en el “cualquier cosa vale”, que llevaría a situaciones analíticas interminables, o meras especulaciones intelectuales sin ningún asidero clínico. El analista debe respetar siempre lo que piensa el analizado. Nuestra tarea, al decir de Etchegoyen (1990a), “no consiste en contradecirlo o convencerlo, sino en ver por qué piensa así, de manera de que nuestra técnica evite la sugestión y el adoctrinamiento”.

El análisis debe conservar su doble vertiente de cura a la par que de investigación y, por más difícil de tolerar que nos parezca, no podemos perderlo de vista ni hipertrofiar una de ellas en desmedro de la otra.

Testeo entonces, como término más adecuado porque, aun teniendo en cuenta que nunca llegaremos a conocer lo que sería la “verdad última” y siempre quedará algo más para decir y para saber, aun teniendo en cuenta el problema de los “límites” del análisis, sería el devenir de las verdades transitorias y parciales lo que iremos buscando conjuntamente con nuestros analizados, sin caer en esperas interminables. Y eso nos permitirá ir dando los pasos, siempre pequeños y nunca apurados, en los que podremos ir afirmando tentativamente los pies en una aproximación hacia un mayor conocimiento, del que tomarán parte ambos integrantes de la dupla.

El analista no es el dueño de la verdad sino, simplemente, alguien que la busca en compañía del analizado, y el valor principal de esta actitud es la de colocarnos en la posición del investigador.

Dice Andrade (1994) citando a Green (1993): “Creemos que en esa atmósfera se incluye el psicoanálisis, su teoría y su práctica. Como analistas estamos siempre buscando algo más que, tal vez, pueda constituirse en la evidencia necesaria para poder proseguir nuestra investigación”. Y esto es lo que tiene que ver, en nuestra disciplina, con el inconsciente como algo siempre buscado y provisoriamente aproximado, pero nunca totalmente alcanzado.

Y aquí se nos presenta una nueva interrogante: en este encuentro de inconsciente-inconsciente, ¿qué es exactamente lo que se testea? ¿El contenido teórico de la interpretación? ¿El compartir una experiencia emocional con el paciente? ¿Se trataría del efecto de las palabras o algo más global? ¿Podrían ser válidas interpretaciones con cualquier contenido?

Creo estoy obligado a plantearme estas interrogantes, aunque no me gusten y no me resulte fácil intentar una respuesta. De inicio estoy tentado a decir que se trata del contenido verbal, de lo discursivo, y esto es así porque de otra manera se podría llegar a afirmar que cualquiera cosa podría ser dicha sin desmedro de la buena marcha de un análisis. Esto sería un verdadero “tendón de Aquiles” del psicoanálisis, al decir de Etchegoyen, tomando en cuenta la multideterminación de los actos psíquicos.

Pero, sin caer en ese extremo, pienso también que debe haber entre los dos integrantes, en tanto encuentro inconsciente-inconsciente, una sintonía, un “matching” entre ambos que es cierto que va “más allá de las palabras”, y reconozco que esto también es un prerrequisito para la buena marcha de un análisis.

Si aceptamos también un pensar “no discursivo”, dice Bedó (1988): “Mé atrevería a llamar a los insights así logrados, “insights anagógicos”, por la similitud con el término acuñado por Silberer para denotar la elevación de la vivencia humana a un plano más general, abarcativo y sintético... donde se adquieren insights “viscerales”, a veces responsables de los grandes cambios, informulables en palabras”. Y habla al final de “insights por intimidad” totalmente refractarios a explicaciones propias de la lógica discursiva”

 

2) Proceso analítico – Intersubjetividad

Vigencia de un problema

Todos los psicoanalistas consideran la interpretación como su instrumento principal y algo que los distingue en su labor junto al paciente, si bien muchos piensan que no es lo decisivo y ponen el acento en otras características del psicoanálisis como la contención (Winnicott,1953, Searles, 1961) o la presencia del analista (Nacht,1962)” (Etchegoyen, 1990a).

Tanto la práctica clínica como la investigación han mostrado, en la producción psicoanalítica de las últimas décadas, la relevancia que para el proceso de cambio adquieren las diferentes formas en que paciente y analista establecen su comunicación.

Históricamente, la interpretación se centró en la dinámica intrapsíquica representada en el nivel simbólico más que en las reglas implícitas que gobiernan las propias transacciones con los otros, situación que ha ido cambiando en los últimos tiempos.

Reiteradamente manejé hasta el momento términos como intersubjetividad, contratransferencia, aspectos no verbales, estados emocionales, términos todos que aluden a un “algo más allá de las palabras” que vimos presentes también en el material clínico presentado.

Coincido plenamente con la forma como se expresa De León (2005 ): “En esta visión el analista forma parte del campo, tiene una actitud activa interviniendo e interpretando frecuentemente la tansferencia, jerarquiza la captación contratransferencial de la vivencia emocional del paciente en el momento a momento de la sesión y las diferentes expresiones y relatos verbales resultan indicios de las ansiedades primitivas de fondo”.

En determinado momento del desarrollo histórico de estas ideas, el papel terapéutico de la interpretación de la transferencia surge del énfasis puesto en el logro de autoconocimiento. La interpretación conduce al insight y éste a la curación. “El cambio analítico verdadero sólo viene del autoconocimiento, porque sólo el conocimiento puede reinstalar el proceso de desarrollo mental interrumpido por las defensas patógenas” (Jiménez, en prensa) .

Desde luego el analista interpreta y así comunica información al paciente sobre su mundo interno, pero no es esta información aislada la que produce el cambio. Para Jiménez (en prensa) “Más bien la esencia de la cura reside en la naturaleza de la relación que se desarrolla en torno a tal comunicación”, aún teniendo en cuenta que la combinación y la proporción técnica entre interpretación y relación es diferente y variada en los distintos autores y escuelas de pensamiento analítico.

Pero “el hecho es que en las últimas décadas han llegado a ser populares conceptos tales como holding environment (Winnicott), basic trust (Erikson), safety background (Sandler), containing function (Bion), secure attachment (Bolwby), basic experience of oneself and the self object (Kohut), conceptos que destacan la calidad de la relación terapéutica como factor curativo” (Jiménez, en prensa)


Enactment (¿actuación en la relación?)

Lo expuesto me conduce necesariamente a la consideración de un término: “enactment” que, si bien no es tan reciente, ha ido cobrando mayor importancia en los últimos años en la teoría y técnica analíticas.

Para De León (2005) “La noción de “enactment” ha adquirido progresiva importancia en el psicoanálisis contemporáneo y se refiere a las respuestas inconcientes del analista a la transferencia del paciente, las cuales se expresan básicamente como acciones de distinto tipo. En las mismas, el analista se ve llevado a desempeñar contratransferencialmente distintos roles que tienen una significación inconciente a la conflictiva del paciente. Sin duda esta idea ahora generalizada, está en continuidad con la noción de contratransferencia complementaria de H.Racker y con la de respuesta de rol de J. Sandler”.

El concepto de enactment viene entonces a cuestionar con fuerza la idea de un analista interpretador de una realidad que está por fuera de él, en el paciente. En todo caso es alguien que participa, actúa y luego intenta explicar algo de lo que ha ocurrido entre los dos.

Para Moreno (2000) “Desde que la idea aparece, tal vez consignada por primera vez en el trabajo de J. Sandler “Contratransferencia y respuesta de rol” (1976), para caracterizar como el paciente “arrastra” al analista a conductas que le permiten al primero actualizar una cierta relación de objeto, se empieza a considerar al enactment como un hecho inevitable en el trabajo clìnico”.

Sin embargo desde dicha publicación en 1976, que sin duda abrió el tema, el enactment estuvo ausente o poco desarrollado, y es sorprendente que no haya mucha mención a éste (o por lo menos a acciones de la contratrasferencia del analista) hasta 1986. En éste año es Jacobs quien acuña el término y lo usa por primera vez (citado por Moreno, 2000). Para él la gran diferencia consiste “en el cambio de perspectiva que trae mirar al analista como participante activo del proceso, cuya personalidad afecta y es afectada por lo que ocurre en la hora de tratamiento”.

Lo cierto es que, a partir de su aparición, el concepto de enactment, junto con otras ideas en las que se enfatiza lo intersubjetivo, han ido cobrando importancia creciente en las publicaciones psicoanalíticas, aun a veces incurriendo en hipertrofias del propio campo conceptual, debidas probablemente al entusiasmo ante el paradigma nuevo.

Si planteamos un estado de la cuestión hoy, podríamos decir que en general se tiende a considerar el enactment como un fenómeno por completo inevitable, del que no se puede hablar peyorativamente y a verlo como una consecuencia de la intersubjetividad y un componente esencial del trabajo en psicoanálisis, aún teniendo en cuenta que por supuesto, no es la única fuente de información sobre el paciente (ni sobre nosotros), como no es el único tipo de vínculo con él, ni el único vehículo para el cambio.

A mi modo de ver, estos aspectos, si bien presentes en el tratamiento de todo tipo de pacientes, cobran una mayor importancia en el tratamiento de niños, adolescentes y hoy día es fundamental su consideración en el tratamiento de las llamadas “patologías graves” en que la transferencia deviene demasiado intensa como para que la pareja analítica la pueda contener dentro del campo de los términos simbólicos y comienza a hacerse demasiado real y a exoactuarse.

Debemos tomar en cuenta, y esto es una realidad clínica, que si bien la acción es parte de toda comunicación humana, los analistas han favorecido y apreciado en sus tratamientos las formas de comunicación verbal, prefiriendo pacientes de estas características, a aquellos más dados a las formas de comunicación de acción, que resultan más desagradables porque suelen ser con frecuencia desafiantes, obstinados o simplemente perturbadores para el analista.

Para De León (2005) “La metabolización e interpretación de momentos de ansiedad y de intenso involucramiento emocional durante el análisis, especialmente en el tratamiento de patologías difíciles, en las cuales predominan mecanismos de defensa primitivos de carácter masivo, puede muchas veces lograrse en una segunda instancia en la medida que la capacidad de reveriè del analista pueda transformar integrando, fenómenos heterogéneos expresados en distintos registros sensoriales, dándole cierta coherencia narrativa. La palabra ofrece en éstos un puente entre vivencias concretas y su simbolización”.

Para Jiménez (en prensa): “En ocasiones, da la impresión de que el terapeuta debe construir los sentidos y las conexiones mentales, más que hacer conciente representaciones y sentidos preexistentes, anteriormente reprimidos o escindidos”.

Además de la repetición de patrones antiguos y distorsionados, sucede ago más en la experiencia del paciente en la relación con su analista “se desarrolla un contacto emocional genuino, con una intimidad y una libertad hasta el momento desconocidas en la historia interpersonal del paciente”.

En cuanto al analista, la tarea de éste no es permanecer fuera del proceso que se despliega, sino comprometerse emocionalmente, intervenir y participar en el proceso para transformar los patrones patogénicos de relación.

La noción de enactment no deja de ser también potencialmente peligrosa por lo que pueda llegar a ocurrir si no es reconocido o tolerado por uno u otro e los integrantes de la dupla analítica. Tal es así que podemos considerar que el enactment difiere de las otras producciones del proceso clínico en que incluye como ninguna la contribución del inconsciente del analista y esto lo hace más difícil.

E. Moreno (2000) cita a Rothstein diciendo que este autor responde sobre la interrogante acerca del peligro potencial de este concepto con una sola frase que probablemente sea la síntesis de todas las respuestas sobre este punto: “El enactment es tanto más potencialmente peligroso cuanto más pobremente comprendido”.


Memoria(s)

De lo antedicho surgen una serie de consideraciones complementarias para entender estos hechos. En psicoanálisis, la noción de interpretación ha sido principalmente vinculada a la memoria, en relación a los distintos modos en los cuales el paciente organiza su historia, en especial su historia infantil, pero también en relación a las variadas formas o “guiones” concientes o inconscientes en los cuales expresa su problemática en su comunicación actual, verbal y no verbal, con el analista.

En todo caso, estos conocimientos sobre el funcionamiento de la memoria no son del todo nuevos en psicoanálisis. M. Klein (1957) se ocupó de este problema en su libro Envidia y gratitud: “Todo esto es sentido por el infante de manera mucho más primitiva que lo que puede expresar el lenguaje. Cuando estas emociones y fantasías preverbales son revividas en la situación transferencial, aparecen como “recuerdos en sentimientos” (“memories in feelings”) como yo los llamaría y son reconstruidos y puestos en palabras con la ayuda del analista....”.

Matte Blanco (1988) coloca este recordar afectivo en un contexto relacional: “He llegado a ver que la expresión de estos recuerdos en sentimientos es fundamental en el tratamiento de algunos casos.....Siento que esta expresión repetida de los muy variados sentimientos conectados con episodios y las personas involucradas en ellos, ahora dirigidos a un analista básicamentre respetuoso y tolerante que trata de entender el significado de la expresión emocional y de sus conexiones con los detalles de las experiencias tempranas y de las relaciones actuales, es el factor curativo real...” (pp. 162-164, las negritas son mías).

Aportes actuales de las neurociencias parecen confirmar estas visiones provenientes de la experiencia psicoanalítica cuando señalan que existen sistemas heterogéneos de la memoria: el de la memoria de procedimientos o implícita y el de la memoria declarativa o explícita. La primera es de carácter emocional, antecede a la posibilidad de verbalización y precede en el desarrollo temprano a la segunda.

En el número 96 de la Revista Uruguaya de Psicoanálisis he realizado una síntesis del estado actual de los conocimientos sobre la memoria, a punto de partida de la excelente revisión que hizo  Davies (2001) sobre este tópico.

Este autor destaca como imprescindibles una diferenciación pertinente para el trabajo analítico, como es la de memoria declarativa versus memoria no declarativa o procedimental.

Con relación a las memorias procedimentales, Davies considera que resulta muy diferente aquello que, por un lado puede ser pensado, representado o puesto en palabras, de lo que, por otro, existe en términos de procedimientos como esquemas afectivo-motrices.

Mientras que el pensamiento y el lenguaje son de naturaleza simbólica, la memoria procedimental se inscribe prevalentemente, y a veces exclusivamente, como proceso afectivo y acto.

La discusión final del trabajo de Davies comienza recordando una de las observaciones más fecundas de Freud (1914): la distinción entre el recuerdo en el pensamiento y el recuerdo en la acción y su conclusión de que pensamiento y acción son canales de expresión alternativos.

De las consideraciones anteriores, las que nos interesan a los psicoanalistas serían las formas de inscripción de vínculos, en particular las reacciones afectivas automáticas que un bebé puede tener ante las modalidades de contacto con el otro significativo, ligadas a experiencias emocionales “aprendidas” a partir de las experiencias tempranas, ya que estas experiencias no serían únicas sino que se irían repitiendo a acumulando a lo largo del tiempo y de la vida.

Sería en este sentido que Davies alude a los conceptos introducidos por Stern (1998), vinculados al “conocimiento implícito relacional”, para referirse específicamente a las influencias de las memorias implícitas o no declarativas sobre las características que cada uno de nosotros tiene como “modalidades de ser con los otros”

Estas formas de existir lo psíquico son también inconcientes y, como dice Davies: “ellas operan por fuera de la percatación del individuo, pero no están reprimidas, o de otra manera, no son dinámicamente inconscientes”. En otras palabras, no habría aquí nada que pudiera ser explícitamente declarado”.

En este sentido es que H. Bleichmar (2001) sostiene: “El conocimiento declarativo puede ser recordado, el conocimiento procedimental sólo puede ser actuado [citando a Clyman, 1999], por eso durante el tratamiento analítico no se la recupera como memoria declarativa ni por decodificación de la narriva del paciente, sino como ‘enactment’, es decir, como actuación en la relación,” y ello sería porque a los modelos de relación almacenados en la memoria procesal, no les “calza” el concepto de representación.

Personalmente (Tutté, 2004) incluí estos aportes sobre la emoción y la memoria al reflexionar sobre el concepto psicoanalítico de trauma psíquico desde una perspectiva interdisciplinaria, en el sentido de aquellas impresiones tempranas que no pueden ser tramitadas por las funciones normales de un yo inmaduro, quedando entonces “descontextualizadas” y como un fenómeno a-verbal en el proceso de estructuración psíquica y que marcará entonces un profundo déficit en la capacidad representacional.

 

Perspectivas actuales y sus antecedentes

Llegado a este punto, se me impone una concatenación de cuestionamientos: ¿todo lo que se da en el proceso analítico debe necesariamente pasar por la palabra para tener efecto terapéutico? ¿El cambio psíquico requiere que el lenguaje sea la vía final en el encuentro paciente–analista? ¿Cuál es la relación entre el conocimiento consciente -uno de los objetivos básicos del tratamiento analítico- y la modificación y el cambio terapéutico? ¿Qué es lo que dice el analista? ¿Qué es lo que hace? ¿Qué estimula que el paciente haga?

Estas interrogantes que, como hipótesis a plantear, abren la posibilidad de nuevos cuestionamientos constituyen lo que trataré de abordar antes de finalizar este trabajo.

Distintos psicoanalistas han descrito en la clínica este hiato entre primitivas formas de relacionamiento de carácter emocional y su posibilidad de expresión verbal por lo que vemos que la combinación entre ambos modelos así como la proporción técnica entre interpretación y relación es diferente y variada en los distintos autores y escuelas de pensamiento psicoanalítico.

Dentro de las concepciones interpretativas, a nivel regional y particularmente en la tradición rioplatense, a fines de la década del 60 y comienzos de los 70, se prestó particular atención al papel del lenguaje y las palabras así como al tema de ¿cómo se originan las interpretaciones en el analista, cómo actúan y cómo se valoran? Al respecto merecen destacarse las contribuciones de Zac (1972),  así como Liberman, Bleger, Cesio, Chiozza (Zac, 1972, pp. 217-252) y muchos otros autores imposible de mencionarlos a todos, aunque a muchos de ellos los tomo como referencia.

Si tomamos las ideas sobre campo analítico de W. y M. Baranger en los comienzos de los años 60, vemos que su concepción incidió en las características de la interpretación del momento, en la cual la exploración y referencia a la historia infantil ocupó un lugar secundario frente a la importancia adjudicada a la relación transferencia-contratransferencia, perspectiva que jerarquizó la incidencia de fenómenos que escapan a la interpretación.

El trabajo de Nieto (1970) mantiene nociones clásicas kleinianas sobre la palabra, que es concebida como instrumento de mediación y simbolización y lleva al descubrimiento del sentido inconsciente mediante la interpretación.

Esta autora le da a la palabra y a la interpretación un lugar de primer orden: “Toda la patología y las peculiaridades de la relación del sujeto con sus objetos se trasluce u juega en el orden de las palabras: las que dice y como las dice, las que oye y como las oye”.

A. Ferro (1999) desarrollando ideas de W.y M. Baranger y de W.Bion, señala que es esencial el seguir el movimiento afectivo de la pareja analítica, de manera de poder transformar en secuencias narrativas e imágenes, fenómenos preverbales que pueden tener muchas veces un carácter confuso y caótico.

En la visión de De Duarte: “Se trata de que la interpretación pueda construir, transformando en relato, aspectos no representados del pasado...se construye conocimiento a partir de vestigios y fragmentos de un tiempo remoto” (1999, 97).

Recientemente Fonagy (1999), en una postura más drástica, cuestionó el papel del recuerdo y de la reconstrucción narrativa en los procesos de cambio terapéutico. En la visión de Fonagy el psicoanálisis “antes que la creación de una narrativa, es la construcción activa de una nueva manera de experimentar al otro”, “la única manera de saber de la infancia del paciente es experimentando cómo está el paciente con nosotros en la transferencia”.

Fonagy lo plantea entonces de manera radical. “Analistas y pacientes asumen frecuentemente que el recordar eventos pasados ha causado el cambio. Yo creo que el retorno de tales recuerdos es un epifenómeno, una consecuencia inevitable de la exploración de los modelos mentales de relación... La acción terapéutica reside en la elaboración consciente de modelos de relación preconscientes, principalmente a través de la atención del analista a la transferencia” (1999, p218). Para este autor, el ámbito no experiencial llega a ser explícito y cognoscible sólo cuando es enactuado (enacted) o cuando es reificado en una fantasía inconciente.

Más drástico aún se muestra el grupo de estudios de Boston liderado por D. Stern (1998, 2004) que, como lo destacamos antes, ha propuesto un modelo de cambio en terapia psicoanalítica que incluye conocimientos modernos de las neurociencias. Los autores sostienen que el efecto terapéutico del vínculo está en los procesos intersubjetivos e interactivos que dan lugar al “conocimiento relacional implícito” (1998), campo no simbólico, diferente del conocimiento declarativo, que se representa simbólicamente en un modo verbal o imaginario.

Así, Stern es categórico al afirmar que “el conocimiento compartido, si bien puede ser ulteriormente validad y ratificado concientemente, puede también permanecer implícito,” y esto arrojaría luz, al decir de JPJimenez (en prensa) sobre lo que los clínicos sabemos desde hace mucho tiempo, vale decir, que hay tratamientos en los cuales el nivel de autoconocimiento logrado no explica la magnitud de los cambios alcanzados por el paciente.”

Todo esto no significa que la traducción del saber actuado a palabras no sea una herramienta de peso o no constituya una etapa importante del proceso terapéutico, aunque es necesario tomar en cuenta que “la retranscripción del saber relacional no declarativo al conocimiento simbólico es laboriosa y no se alcanza nunca en forma plena, porque si bien los diferentes sistemas de memoria se influyen entre sí mediante múltiples conexiones transistémicas, hoy por hoy sabemos que esas influencias son necesariamente incompletas” (Bleichmar, 2004).

Es justamente este autor que toma una posición más ecléctica sobre los problemas que venimos tratando, al comentar con respecto al uso de intervenciones más amplias que exceden a la interpretación clásica: “Por ello nuestro cuestionamiento a las falsas dicotomías entre los partidarios de que es la interpretación lo que produce cambios versus los que afirman que la relación terapéutica constituye el factor transformador. Todas estas intervenciones son necesarias, depende de que es lo que queremos modificar, a qué tipo de procesos inconcientes nos dirigimos, cual es el tipo de inscripción -memoria declarativa, memoria procedural- cual es la capacidad emocional del paciente para recibir lo que se le ofrece...” (Bleichmar, 2001).

La propuesta teórica de Bleichmar es la de la adopción de una concepción modular para el psicoanálisis, guiada por la idea de que tanto el inconsciente como la mente están constituidos por la articulación de módulos o sistemas que obedecen a diferentes regulaciones, módulos que evolucionan en paralelo asincrónicamente, que en sus relaciones complejas imprimen y sufren transformaciones y que requieren, para su modificación, del punto de vista técnico, de múltiples variedades de intervención.

En otras palabras, que junto al papel fundamental de hacer conciente lo inconsciente, enfatice la importancia de la memoria procedimental, es decir, de aquellos elementos constituyentes del inconsciente y que no han pasado nunca por la conciencia, del tipo por ejemplo de acciones cargadas de afecto (esquemas afectivo-motrices).

Estas nuevas ideas nos permiten pensar en el enactment desde una dimensión muy interesante pues podría ser la vía para alcanzar estos reductos del inconsciente, de difícil acceso por el camino habitual de la asociación libre y la interpretación.

Por eso, durante el tratamiento analítico no se recupera ni por decodificación de la narrativa ni como memoria declarativa, sino como actuación en la relación o enactment. No se trata de un recuerdo reprimido por la censura sino de algo que existe en forma de procedimientos de cómo estar y reaccionar ante el otro.

Del punto de vista de la praxis, la cuestión de cómo se cambian las memorias no declarativas impone un problema importante de la técnica que implica un profundo compromiso de ambos participantes en el escenario analítico y que conlleva, a su vez, a una actitud de honda implicancia emocional por parte del analista, para poder modificar aquello que, como memoria procedimental, aparece como modalidades de actuar y de sentir que no estaban reprimidas.

Importa enfatizar aquí este aspecto de hondo compromiso emocional, no para soslayar conceptos tan fundamentales como los de neutralidad y abstinencia, sino para intentar repensarlos y resituarlos en un nuevo contexto de la técnica, actualmente tan necesario. Y si este compromiso no está presente, no hay verdadero análisis.

Lo que importa es la calidad del vínculo, la intensidad del mismo, aquello que ya desde W y M Baranger se nos aparecía como un analista implicado “en carne, hueso e inconsciente” (1961-62) y que hoy reactualiza Bleichmar en el cambio de perspectiva que trae mirar al analista como participante activo del proceso, cuya personalidad afecta y es afectada por lo que ocurre en la hora de tratamiento.

Tal lo que podemos captar también en el material clínico presentado, como “un algo más” al decir de Stern y col. (1998) un algo que parecería ir más allá de las palabras intercambiadas, que tiene que ver con una intensa movilización afectiva en ambos participantes del proceso.

Para Jiménez (en prensa) “se desarrolla un contacto emocional genuino, con una intimidad y una libertad hasta el momento desconocidas en la historia personal del paciente”.

Significa un progreso el tener un modelo que permita después, encontrar una técnica que sea coherente con el mismo y no una técnica desarticulada que preconice ya revivir la experiencia o recordar o poner en palabras, como fórmulas universales.

Bleichmar (citado en Tutté, 2004) en uno de sus trabajos más recientes, donde intenta ahondar en estos problemas demostrando su profunda capacidad de pensamiento así como una actualizada revisión bibliográfica, nos advierte: “Parece necesario, por tanto, intentar profundizar los mecanismos que hacen que la interpretación, el insight emocional o el vínculo, produzcan el cambio terapéutico. Terreno para nada nuevo en psicoanálisis, podríamos decir que ha sido una preocupación incesante desde su comienzo, y en la que contamos con numerosos y valiosos aportes que nos orientan en nuestra búsqueda”.

 

El legado de Freud a 150 años de su nacimiento.

En un recorrido parcial, y que puede correr el riesgo de parecer esquemático, hemos visto cómo distintas posiciones teóricas han dado prioridad a los aspectos lingüísticos como pistas privilegiadas de acceso al inconsciente del paciente, mientras otras lo han dado a fenómenos que escapan a las palabras en los cuales los aspectos emocionales ocupan el primer plano.

Ahumada (1994) sostiene que el riesgo de los enfoques que ponen el énfasis en el lenguaje, es que pueden conducir a un creacionismo verbal que, despegado de la vivencia emocional, lleve a intelectualizaciones y no conduzca a verdaderas transformaciones psíquicas.

Sin duda en el proceso de análisis ocurren muchos fenómenos emocionales que escapan al proceso interpretativo aunque, como señalamos, la interpretación explícita de la transferencia en muchos momentos significativos del proceso sigue jugando un papel fundamental en la medida que buscan poner en palabras aspectos primitivos inconcientes, de carácter preverbal actuados (enacted) en la interacción analítica.

Pienso que en un momento en que el psicoanálisis se caracteriza por el uso de múltiples modelos, se hace necesario no forzar un uso unilateral de los mismos en el sentido de no oponer palabra y enactment. Después de décadas en que la construcción de teoría en psicoanálisis parecía dominada por el supuesto de que existía sólo una verdad psicoanalítica, celebramos con entusiasmo el advenimiento de la posmodernidad con la constatación de que el monismo es una ilusión, que la diversidad teórica (y con seguridad también la técnica) es la regla y no al revés (Wallerstein 1988,1990).

En un trabajo reciente, R. Bernardi (2005) se interroga sobre lo que viene después del pluralismo, sobre las condiciones necesarias para que la situación de diversidad en el campo psicoanalítico se conviertan en un factor de progreso para el psicoanálisis, aunque esto pueda tener también otras consecuencias.

 Hacer conciente lo inconsciente continúa siendo la piedra fundamental de todo tratamiento analítico. Pero surge, entonces, la pregunta: ¿el trabajo analítico consiste sólo en descubrir fantasías inconscientes, en recorrer la geografía de sus temáticas, en interpretar lo reprimido para desreprimir? Pienso que hay algo más que es lo que mantiene vivo y vigente al psicoanálisis y que tiene que ver con lo que aparece hoy como tarea indispensable: el dar cuenta de la complejidad del psiquismo, de la complejidad de los procesamientos inconscientes.

Por eso entonces este recorrido que he realizado y que tiene que ver con una serie de interrogantes: ¿qué papel juega en cada caso particular la palabra en la posibilidad de reestructuración del psiquismo? ¿Qué papel la vivencia? ¿Qué papel la imagen, a veces casi alucinatoria que el paciente puede convocar? ¿Qué papel el clima emocional que el analista, con su intervención y el vínculo es capaz de producir?

Al final del trayecto realizado nos damos cuenta que el intento de responder a tales preguntas nos lleva a transitar por una serie de claroscuros, de momentos de duda e incertidumbre que van conduciendo al surgimiento de nuevas interrogantes: ¿a qué obedece el cambio terapéutico? ¿Qué mecanismos lo subtienden? ¿Cómo se produce el procesamiento psíquico en relación a la acción terapéutica? ¿Cuál es la naturaleza íntima, el mecanismo de acción para que el proceso analítico sea efectivo?. Y, en todo lo anterior, ¿no estaría incluido también el problema de los límites del análisis?

Con tal reformulación del proyecto freudiano de hacer conciente lo inconciente, coincido con H. Bleichmar (2001) en el sentido de que no se trata de hacer decir a Freud lo que él nunca dijo ni atribuírselo para crear una confusión conceptual, sino de intentar incluir su pensamiento en un proyecto más amplio.

 Se trata de una reafirmación de la propuesta de Freud, pero para incluirla dentro de una perspectiva más amplia que contemple los desarrollos que se han producido a partir de su obra a 150 años de su nacimiento.

Esto sólo podrá significar un renacimiento y una vigencia viva del psicoanálisis, esencial para hacer avanzar sus conocimientos a la vez que redunde en beneficio de quienes nos solicitan ayuda para aliviar su sufrimiento.

 

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