aperturas psicoanalíticas

aperturas psicoanalíticas

revista internacional de psicoanálisis

Número 043 2013

La reticencia a autorrevelarse: ¿actitud refleja o razonada?

Autor: Sugarman, Alan

Palabras clave

Autorrevelacion, Anonimato, Neutralidad, Teoria, Analisis relacional, Transferencia, Modelo freudiano, Proceso analitico, Autoritarismo, Sugestion, Abstinencia, Tecnica, Accion mutativa.


The reluctance to self-disclose: Reflexive or reasoned? fue publicado originariamente en The Psychoanalytic Quarterly, 2012, Volume LXXXI, Number 3: 627-655
Traducción: Marta González Baz
Revisión:  Ariel Liberman Isod
A pesar de un cuerpo de literatura cada vez mayor que defiende el uso razonable y sensato de la autorrevelación en psicoanálisis, sigue existiendo una reticencia refleja por parte de muchos analistas de diversas orientaciones teóricas a intervenir de este modo. ¿Por qué es esto así? Se discuten cuatro motivos para esta reticencia refleja: 1) razones teóricas; 2) autoritarismo analítico; 3) temores de influir en el paciente mediante la sugestión; y 4) las características de personalidad del analista. Examinar las razones para este estado del asunto debería ayudar a reducir la rigidez o la ortodoxia con la que se practica el psicoanálisis clínico.
Una plétora de artículos, capítulos de libros y presentaciones clínicas de analistas de muchas orientaciones teóricas sugieren que el anonimato analítico, como principio rector de la técnica psicoanalítica, se respeta más en su infracción de lo que normalmente se reconoce. Las autorrevelaciones de cualquier tipo al paciente, por múltiples razones, parecen suceder de forma regular y con utilidad clínica. Sin embargo, muchos analistas continúan temiendo admitir este hecho de la vida psicoanalítica, o se sienten culpables cuando lo hacen, a pesar de la extensa literatura que discute el uso razonable y beneficioso de la autorrevelación (por ej. Abend, 1995; Bollas, 1987; Burke, 1992; Cooper, 1998; Davies, 1994; Ellman, 2011; Ginot, 1997; Greenberg, 1995; Jacobs, 1999; Marcus, 1998; Renik, 1995; Rosenblum, 1998; Tansey y Burke, 1989).
Por el contrario, muchos otros creen que la cuestión de la autorrevelación es un viejo debate que ya se ha superado, algo evidenciado por el hecho de que se ven pocos artículos sobre el tema en los últimos años. Sin embargo, se puede observar una tendencia en las discusiones de casos clínicos a mencionar o evitar mencionar las autorrevelaciones por parte del analista, según quién sea el discutidor o el público. Y continuamos escuchando afirmaciones generales en seminarios sobre técnica acerca de la importancia de no responder a preguntas acerca del analista hasta que se hayan explorado las fantasías subyacentes, como si esta táctica siempre fuera la más útil.
Los candidatos, cuando hablan abiertamente, a menudo admiten que censuran sus autorrevelaciones hacia el paciente al hablar con determinados supervisores, porque estos supervisores los han criticado previamente por hacerlo sin considerar el impacto real de la autorrevelación en el paciente. A pesar de la extensa literatura que respalda la consideración de su uso, los defensores de la autorrevelación continúan siendo acusados de practicar otra cosa que no es análisis (Shill, 2004). Parece que muchos analistas continúan adhiriéndo a una versión idealizada de la “posición analítica apropiada”, similar a la que Gabbard (2009) describe que ocurre en relación a la terminación. Así, la cuestión de la autorrevelación parece seguir aún sin resolverse aun cuando reciba más apoyo en la literatura de lo que tenía hace 20 años.
Un factor que contribuye a este debate es la complejidad que rodea a lo que se denomina autorrevelación. Uno halla diversos tipos de autorrevelaciones descritos de distintas maneras. Las respuestas del analista a preguntas sobre información personal tal como su estado civil, su revelación de intereses personales sea directa o indirectamente, o el ofrecer opiniones personales, son algunos ejemplos. Otros tipos de autorrevelaciones en la literatura implican revelar al paciente un dilema o problema personal. Hay un cuerpo de literatura que discute los pros y los contras de la revelación por parte del analista de un problema médico grave, por ejemplo.
Otras autorrevelaciones implican las reacciones del analista al paciente o al material de éste. Éstas pueden oscilar desde que el analista describa su estado mental o su línea de pensamiento mientras llega a una intervención, a cómo escuchó o respondió emocionalmente a lo que el paciente acaba de decir. Las revelaciones de contratransferencia son otro tipo de autorrevelación. Con seguridad, algunas de estas autorrevelaciones son más ampliamente aceptadas que otras. Pero todas ellas resultan controvertidas para algunos, de modo que analistas de muchos enfoques teóricos a menudo se sienten reticentes de modo reflejo a hacer una intervención así.
Este artículo aborda la adherencia continuada a la idealización del anonimato analítico y el reflejo, no infrecuente en los analistas, a sentirse reticentes a autorrevelarse ante sus pacientes en cualquiera de las formas mencionadas. Tomo como un hecho que la autorrevelación per se es neutral con respecto a la acción terapéutica. Así, puede funcionar como una ayuda o como un obstáculo en un encuentro clínico específico, y, por tanto, debería observarse en términos generales sin prejuicios (Jacobs, 1999). La autorrevelación puede fomentar o dificultar el desarrollo y la promoción de un proceso analítico. No debería descartarse ni desaprobarse automáticamente; no tiene mayores posibilidades de ser mal utilizada que el silencio o el anonimato.
Pero al contrario que estos dos últimos conceptos, las autorrevelaciones de cualquier tipo continúan provocando inquietud entre muchos analistas, incluso en aquellos que las usan regularmente y de forma útil. Esperemos que un examen más detallado de las razones de este estado de la cuestión permita un estudio más objetivo del proceso analítico. No discutiré aquí las razones clínicas para optar por el anonimato y no por la autorrevelación en un momento clínico dado; estas razones varían según el paciente y los temas más importantes en el análisis en un determinado momento. Muchas de esas razones se han articulado y descrito en otros lugares (ver, por ejemplo, Hanly, 1998; Jacobs, 1999; Shill, 2004).
Lo que me interesa en este artículo, más bien, es la tendencia a retroceder a una reticencia irreflexiva a la autorrevelación. Después de todo, parece contradictorio para una ciencia y una técnica que acentúa la importancia de la autorreflexión defender un precepto clínico que se debe seguir sólo por ser un principio, en lugar de porque la reflexión indique o contraindique su implementación en un momento determinado.
Diferencias teóricas que contribuyen a la reticencia a la autorrevelación
Acción mutativa
Una razón importante para una adherencia no crítica al anonimato implica a las guerras entre teorías que han caracterizado nuestra disciplina a lo largo de los últimos cuarenta años o más. Busch (1998) ejemplifica claramente a aquellos analistas que tienden a equiparar la autorrevelación con evitar un modelo freudiano de acción terapéutica:
El impulso del movimiento de la autorrevelación en psicoanálisis proviene de aquellas teorías que consideran la relación como el mayor catalizador del proceso de cambio…, o el paciente-analista como la clave para la regulación afectiva…, o que la autonomía del paciente está mediada por las acciones del analista [p. 519].
Shill (2004), en una crítica más reciente de la autorrevelación del analista, basa gran parte de su aguda crítica en la idea de que la lógica de la autorrevelación tiene que ver con los esfuerzos del analista por ser más auténtico en la relación analítica, como algo opuesto a promover el insight. Sin lugar a dudas, muchas discusiones que defienden la utilidad de las autorrevelaciones del analista provienen de analistas afiliados a uno u otro modelo relacional, incluyendo la psicología del self. Desgraciadamente, este hecho lleva a muchos analistas asociados a las variantes de la teoría freudiana moderna (o no tan moderna) a rechazar directamente la autorrevelación porque ignora la importancia de la neutralidad o de la abstinencia, o porque es necesario “proteger” la transferencia de la contaminación. Hanly (1998) expresa esta razón en contra de la autorrevelación cuando escribe, “la cuestión de la autorrevelación está psicológica y logísticamente vinculada a la cuestión de la capacidad del analista para ser neutral” (p. 553).
Ciertamente, estas cuestiones merecen ser consideradas. La automonitorización del analista es esencial para un proceso psicoanalítico terapéuticamente útil. Pero con demasiada frecuencia se esgrimen argumentos insustanciales acerca del valor de estos conceptos, como si la autorrevelación por si misma diese lugar a una disminución de la neutralidad, a una excesiva gratificación o a la distorsión de la transferencia. Esa rigidez teórica no tiene en cuenta la cuestión real: el lugar de la autorrevelación en el modelo de acción mutativa utilizado por un analista individual. Incluso Busch (1998) apunta: “En último lugar, es la teoría mental subyacente del analista la que ayuda a determinar el valor de la autorrevelación para el proceso analítico” (p. 519). Renik (1995), en su defensa de la autorrevelación, se hace eco de este punto: “Por supuesto, a mi idea de la técnica subyace una suposición sobre el mecanismo de acción del psicoanálisis clínico” (p. 493).
¿Es inconsistente la autorrevelación con las variantes modernas del modelo freudiano? Este sólo sería el caso si el analista continuase adhiriéndose al modelo topográfico que guió todos los artículos de Freud sobre técnica. La abstinencia –y, por extensión, el anonimato- se volvieron importantes para Freud porque mantenían e intensificaban la tensión interna mientras que los derivados pulsionales reprimidos continuaban empujando contra las defensas que los excluyen de la conciencia. En la medida en que la autorrevelación gratificaba anhelos reprimidos, reducía la presión interna; desde esa perspectiva, sólo se sumaba a la resistencia.
Este énfasis en no gratificar al paciente como un factor que contribuye de forma esencial a la acción mutativa fue llevado más lejos en el libro de Menninger (1958) sobre técnica, un básico en la formación de psicoanalistas a mediados de los 80, a pesar de su énfasis esencialmente topográfico. Citando a Menninguer:
Dado el privilegio de decirle lo que uno está pensando a otra persona que escucha y que se abstiene de una interrupción excesiva o desalentadora, un individuo en busca de ayuda terapéutica sentirá al mismo tiempo una gratificación y una frustración cada vez mayores, lo que da lugar a una denudación del deseo original y su reemplazo por deseos más primitivos, enterrados, y al uso de técnicas que una vez se aplicaron a expectativas hacia otras personas por las que es sustituido el terapeuta [p. 43].
En otras palabras, el anonimato estimula la transferencia frustrando al paciente. Esta idea, claramente basada en las concepciones topográficas de la transferencia, la acción mutativa, y la dinámica mental, dio lugar a la “regla” de que uno no responda a preguntas hasta que haya explorado las supuestas fantasías subyacentes. Hay buenas razones clínicas para retener en ocasiones una respuesta directa a ciertas preguntas. Pero con demasiada frecuencia los analistas lo hacen sólo porque es una “norma” sin darse cuenta del contexto teórico del que emergió esta norma.
Menninger continúa enfatizando:
El estado de abstinencia, entonces, se refiere a las actividades tanto del paciente como del analista: el analista debe abstenerse de responder a las peticiones, acusaciones, maniobras, requerimientos y demandas del paciente del modo en que normalmente respondería cuando se trata de una relación social, y el paciente debe sentir esa satisfacción negada. Hasta ahora no hemos encontrado un método mejor de permitir que el paciente descubra su estilo de, y sus condiciones para, vivir y ocultar. Esta frustración controlada en el análisis es la que resalta los métodos típicos del paciente para relacionarse con las personas significativas en su vida. Este autodescubrimiento es crucial para el proceso de recuperación [1958, p. 57].
En muchos sentidos, esta visión de la acción mutativa está desfasada y es inconsistente con la mayoría de las teorías articuladas de la acción mutativa apoyadas por freudianos contemporáneos de toda clase, así como por analistas de otras orientaciones actuales. Sin embargo, con demasiada frecuencia, los analistas vuelven a caer en la importancia del anonimato de un modo sorprendentemente irreflexivo. En parte, lo hacen porque creen que esto es lo que los diferencia de los analistas de orientación relacional. No se dan cuenta de que no es así. Como señala Busch (1998), “si bien la teoría estructural se ha considerado antitética a las autorrevelaciones, no hay nada inherente a este modelo que sugiera que deba ser así” (p. 519).
De hecho, Gray (1994) y Busch (1995, 1996) han trabajado para integrar las implicaciones técnicas del modelo estructural en la teoría psicoanalítica de la técnica. Han desplazado el énfasis puesto en hacer consciente lo inconsciente hacia el objetivo de un proceso que facilite la capacidad del paciente para autoanalizarse a base de observar y pensar en su mente tal como ésta opera en la sesión analítica. Por ejemplo, al considerar los mecanismos de acción terapéutica, Busch (1995) pregunta, “¿Se trata de la comprensión de las fantasías inconscientes del paciente o de la toma de conciencia creciente de los procesos de pensamiento propios y de las barreras que se encuentran frente a esta?[p. 43]
Dicho modelo de acción mutativa implica que el analista no necesita preocuparse por mantener la tensión interna ni por hacer ninguna otra cosa que pudiera reducir la probabilidad de que el contenido reprimido se vuelva consciente. En cambio, el objetivo es ayudar al paciente a ver cómo se protege a sí mismo de observar su mente durante la sesión. Desde esta perspectiva, he sugerido que la acción mutativa “se logra mejor ayudando a nuestros pacientes a sentir conscientemente y a exponer sus trabajos internos con la mínima  restricción posible” (Sugarman, 2006, p. 968). En esta perspectiva estructural contemporánea, la cuestión se centra en considerar cómo o cuándo puede una autorrevelación facilitar o restringir la capacidad del paciente para reflexionar sobre sí mismo. Dicho de otro modo, creo que “lo que es mutativo en el análisis es la facilitación de un mecanismo para entenderse a uno mismo que dé lugar a la expansión mental” (p. 969).
El impacto de la autorrevelación en la transferencia
Otro elemento teórico que contribuye a la reticencia a la autorrevelación surge de la preocupación por su impacto en la transferencia. Considerando el funcionamiento del analista, Rosemblum (1998) se pregunta:
¿Por qué fue tan difícil lograr la conciencia de la autorrevelación involuntaria? Creo que parte de la resistencia refleja una idealización de Freud, quien sostenía que la evitación de la autorrevelación era necesaria para el desarrollo y la resolución de una neurosis de transferencia [p. 358]
Alimentando gran parte de la reticencia a la autorrevelación se encuentra la preocupación de que ésta desviará, inhibirá o afectará de otra forma a la transferencia de modo que se impedirá su uso óptimo para analizar los conflictos del paciente. Aunque esto puede ocurrir, no es inevitable (Jacobs, 1999). Pero no todos los analistas se sienten cómodos con que éste sea el caso. Shill (2004), por ejemplo, sostiene:
Esta es la razón de que observar la abstinencia y la neutralidad en la medida necesaria para proteger la transferencia de la contaminación deliberada sean ingredientes indispensables en un tratamiento centrado en el interior de la personalidad del paciente, donde se representan la transferencia y otros acontecimientos interpersonales [p. 161, las cursivas son mías].
Aquellos que temen que la autorrevelación perturbe automáticamente la transferencia parecen no darse cuenta de que su preocupación se basa en diversas suposiciones teóricas desfasadas. Tal vez la más obvia es la idea de que la transferencia es un fenómeno frágil e inusual que debe ser fomentado y/o protegido. Brenner (1982) desafiaba esta suposición hace 30 años cuando escribía:
Los analistas generalmente están de acuerdo en que la transferencia puede desarrollarse plenamente sólo en el marco de un análisis… que la transferencia como fenómeno en la vida psíquica mantiene una relación especial con el psicoanálisis como terapia y con la situación psicoanalítica. La realidad es otra. [p. 194]
Cada experiencia interpersonal implica ver al otro a través de un prisma hecho del mundo representacional del sujeto, derivado de los complejos conflictos que lo crean y lo perpetúan. Filósofos como Merleau-Ponty (1962) y psicólogos de la Gestalt tales como Koffka (1935) entendieron hace mucho que la percepción se ve afectada por factores internos, subjetivos; las percepciones y las representaciones nunca son réplicas verídicas de la realidad externa. Lo único que es exclusivo de la transferencia en el psicoanálisis es que tanto paciente como analista se ocupan de ella y la discuten. Parece innecesario que el analista haga algo inusual –como no responder a una pregunta, o permanecer anónimo- para fomentar la transferencia; en cambio, es humanamente imposible que esto no ocurra. Como apunta Renik (1998), “No es necesario un estado mental especial, regresivo, para identificar y explorar la transferencia, sólo una redistribución de la atención que provenga del compromiso del analista y el paciente con una investigación meticulosa y honesta” (p. 590).
El tema real debería ser cómo la autorrevelación del analista en la interacción modela, colorea y actúa de distintos modos como un factor primordial en la transferencia del paciente. Y Renik (2006) apunta que la información obtenida del analista no siempre afecta a las transferencias del paciente tanto como es de esperar por aquellos que temen que sea así automáticamente. Describe a un paciente cuya envidia era tal que continuamente intensificaba sus opiniones negativas sobre el analista frente a la información cada vez mayor que apuntaba a lo contrario.
Algo que se añade a la reticencia automática a la autorrevelación es la definición de transferencia utilizada por muchos analistas. En general, tienen en mente el desplazamiento o la externalización de representaciones de objetos primarios del pasado del paciente hacia la persona del analista. Shill (2004), por ejemplo, se preocupa por si la autorrevelación perturba la capacidad del paciente para darse cuenta de que el analista no es realmente como sus padres. Lo ideal, apunta Shill, es que “los pacientes puedan comprometerse en la cualidad ‘como si’ de la experiencia de transferencia, y puedan identificar las diferencias y semejanzas en el modo en que el analista es percibido/sentido en la transferencia en comparación con los objetos primarios” (pp. 170-171).
En esta preocupación está implícita la creencia de que estos tipos de fenómenos transferenciales son la vía real a los conflictos y fantasías infantiles que presumiblemente dan lugar a las dificultades del paciente. Pero la teoría estructural contemporánea cuestiona si las fantasías de un paciente sobre los objetos primarios o sobre el analista son realmente un residuo de conflictos infantiles. Interbitzin y Levy (2000) nos recuerdan que la investigación indica que la mente no se desarrolla de un modo puramente lineal. Yo he apuntado, por mi lado, que “el desarrollo de la mente y las funciones de las que se compone (incluyendo la autorreflexión) implica una progresión gradual y no siempre continua de un nivel de complejidad a otro, donde las acciones sensoriomotoras están subordinadas a, y son transformadas por, representaciones abstractas” (Sugarman, 2010, p. 681).
Así, tanto los “recuerdos” de los objetos primarios como las percepciones del analista son construcciones de cada día que tienen diversas funciones, en los diferentes momentos de la vida, en la mente del paciente. Esta perspectiva sugiere que los conflictos intrapsíquicos centrales del paciente encontrarán un modo de expresarse en la transferencia del paciente, a menudo independientemente de las autorrevelaciones. Esta definición más contemporánea de la transferencia nos aleja de la búsqueda del oro histórico que podría verse empañado o degradado por el conocimiento personal sobre el analista.
Finalmente, hay otro tipo de transferencia además de las transferencias clásicas de vínculos con objetos pasados. Las ideas de Gray (1994) sobre el análisis de la resistencia derivan de la descripción de Anna Freud (1936) de la transferencia de la defensa, así como de la elaboración posterior que Gill (1982) hace de su pensamiento. Más recientemente, Silk (2004) apuntó que todos los aspectos de la estructura mental del paciente se transfieren a la relación con el analista; por tanto describe la transferencia como la interpersonalización de la estructura mental.
Las intensas reacciones transferenciales pueden reflejar con igual facilidad tanto una externalización de los problemas del paciente con la regulación afectiva o con la capacidad para usar la comunicación verbal, simbólica, como pueden reflejar el desplazamiento de una representación de objeto parental. En el primer caso, las autorrevelaciones por parte del analista, o su anonimato, pueden impactar en la transferencia a causa de la puesta en escena de asuntos estructurales por parte del paciente. Lo que resulta clave es el reconocimiento de este impacto por el analista, y la capacidad de éste para usar ese reconocimiento para determinar su posición y para someterla a escrutinio junto con el paciente. A menudo, uno puede usar una autorrevelación como medio de animar al paciente a fijarse en el significado de una revelación y en el impacto de ésta; se convierte en lo que Chused (1996) llamó una experiencia informativa.
La herencia autoritaria en psicoanálisis como contribución a la reticencia a la autorrevelación
¿Por qué estos avances teóricos dentro de la teoría de la técnica psicoanalítica no han dado lugar a una mayor comodidad de los analistas con la autorrevelación? Después de todo, las opiniones descritas más arriba han formado parte de nuestra literatura profesional hace ya tiempo. Sin embargo la autorrevelación sigue siendo algo con lo que muchos son automática o reflejamente reacios a comprometerse, en lugar de considerar su relevancia como cualquier interacción particular con un paciente.
Parece probable que una razón importante para esta discrepancia continua entre nuestra literatura y nuestra práctica tenga que ver con una larga historia de basar nuestras ideas y nuestra práctica en transmisiones verbales de figuras de autoridad, siendo Freud la más notable. Levine (2003) afirma:
El autoritarismo también puede aparecer en interacciones entre los analistas y sus pacientes, como un acento mayor de lo que la funcionalidad requiere en las normas, la moralidad, y el control de la conducta, el pensamiento y los sentimientos. El estudio de Lipton del perfeccionismo y la rigidez que tipificó la técnica clásica americana durante muchos años (1977) describe amplias intrusiones autoritarias en el modo en que se practicaba el psicoanálisis [p. 206].
Nuestra disciplina tiene una larga historia de excomulgar a aquellos que desafían las opiniones de los que están al mando, en lugar de someter sus ideas a consideración crítica e incluso a investigación cuando sea posible. Nuestro mundo pluralista contemporáneo refleja en parte esta tendencia, puesto que las nuevas ideas a menudo dan lugar a nuevos modelos mentales debido a nuestra reticencia colectiva a considerarlas críticamente e integrarlas si desafían la sabiduría recibida y apoyada por nuestros idealizados supervisores, profesores y analistas didactas.
Bornstein (2004) considera que el problema tiene sus raíces en la perpetuación del narcisismo en la instituciones psicoanalíticas, algo que rastrea hasta el narcisismo del propio Freud y su falta de conciencia de su propia idealización defensiva del movimiento psicoanalítico y de sus ideas (Kernberg, 2004). Borsntein escribe: “Las idealizaciones y la grandiosidad se expresaban en una preocupación rígida y repetitiva por proteger al psicoanálisis mediante el uso del secretismo, el aislamiento, el control de poder y la intolerancia a las diversas opiniones de los otros” (2004, las cursivas son mías).
Skolnikoff (2004) está de acuerdo con Bornstein y rastrea la tendencia a recurrir en la formación psicoanalítica a prescripciones autoritarias más que al pensamiento clínico:
Es desconcertante contemplar nuevas ideas, especialmente si éstas desafían fuertes creencias en las que se basan nuestras identidades analíticas. Esta fundamentación está inextricablemente unida a la formación analítica, con los modos en que nuestros analistas didactas y supervisores analizaron y supervisaron, y con las teorías analíticas que ellos sostenían, implícita y explícitamente [p. 93]
Kernberg (1996, 2006, 2007) ha publicado una serie de artículos sosteniendo que diversos problemas en el modo en que se forman los psicoanalistas dan lugar a reducciones en la creatividad, el rigor intelectual así como a la conciencia y la apertura a nuevos desarrollos en el pensamiento psicoanalítico y su implementación.
Aunque no ha aparecido en prensa hasta recientemente, Arlow (2010) tenía ideas similares desde mucho antes:
Una de las razones de las deficiencias en la educación psicoanalítica tiene que ver con desarrollos históricos. El psicoanálisis comenzó como un movimiento apiñado en torno a una figura heroica y consolidado en torno a un mito en cuanto a enfrentarse a enemigos hostiles… Otros factores, la naturaleza específica de la experiencia psicoanalítica, la relación maestro-aprendiz, sirven para influenciar la filosofía que hay detrás del curriculum psicoanalítico [p. 9]
Al igual que Kernberg (1996), Arlow critica la tendencia de muchas instituciones a dedicar al menos un 25% de su curriculum, si no más, a los primeros escritos de Freud, señalando que ese enfoque difícilmente puede considerarse científico. “Somos, de hecho, la única ciencia que usa libros de texto que tienen casi 100 años de antigüedad. Como resultado, nuestros candidatos son adoctrinados con lo que el psicoanálisis era y no con lo que es” (Arlow, 2010, p. 9).
Esta dificultad atañe a la autorrevelación a causa de su efecto atrofiante en  permanecer abiertos y pensar críticamente en los cuestiones de la técnica psicoanalítica. Arlow defiende un enfoque más concienzudo a la hora de enseñar técnica: “un objetivo específico sería la compensación de la tendencia tan extendida a imponer paradigmas cómodos y familiares a ciertas configuraciones del material clínico, sin tener en cuenta su marco dinámico” (p. 10).
Lo insidioso de esta enseñanza autoritaria sobre el modo “correcto” de practicar psicoanálisis fue evidente en una reciente reunión de la Asociación Psicoanalítica Americana. En un panel titulado “Juego y Diversión” (2011), la mayoría de los panelistas enfatizaron su creencia de que uno necesita utilizar un modelo psicoanalítico de la mente distinto del freudiano para sentirse cómodo con los modos de trabajar espontáneos e interactivos, que los panelistas contrstaban con el enfoque estereotipado de la pantalla en blanco supuestamente defendido por los analistas más tradicionales.
Akhtar (2011), por ejemplo, describió de modo conmovedor cómo sus primeras experiencias formativas –en las cuales ciertos profesores y supervisores transmitían su creencia de que el análisis de niños no era realmente análisis- la hizo sentir limitada e incómoda a la hora de responder espontáneamente a los distintos modos en que sus jóvenes pacientes traían material. Desgraciadamente, de esta experiencia extrajo que era necesario un modelo teórico diferente para justificar el modo en que ella trabajaba, en lugar de darse cuenta de que el problema residía en sus profesores, no en el modelo. Afortunadamente, halló su camino hacia un método efectivo para trabajar analíticamente. En último lugar, no importa qué modelo le pareciera más compatible mientras éste le haya ayudado a analizar de forma eficaz.
Pero experiencias similares llevaron a muchos analistas a trabajar de un modo automático/reflejo y potencialmente rígido porque sus profesores y supervisores les han transmitido que los modos más novedosos de intervenir, como la autorrevelación, “no son análisis”. Sandler (1983) apuntaba este problema en nuestra disciplina:
La convicción de que lo que se hace realmente en la consulta no es “kosher”, de que los colegas lo criticarían si lo conocieran, proviene de la realidad de que cualquier analista que se precie se adaptará a pacientes específicos sobre la base de su interacción con esos pacientes… Puede sentirse muy cómodo con esto en tanto sea más privado que público, especialmente a la vista de la tendencia de los colegas a criticarse y “supervisarse” los unos a los otros en las discusiones clínicas [p. 38].
Que le digan a uno que no está haciendo realmente análisis es recibir una de las críticas más dañinas que pueden hacerse en nuestro campo. Decirle esto a un analista que se está desarrollando, sea explícita o implícitamente, supone el riesgo de perturbar la facilidad con la que ese analista está encontrando un modo de trabajar psicoanalíticamente que encaje con su temperamento. Interfiere con la tendencia natural apuntada por Kite (2008) de que “todos evolucionamos hacia una técnica que ‘encaje con nuestro carácter’” (p. 1076).
Una interacción con un mentor respetado y antiguo supervisor mío demuestra cómo nuestra tendencia a recaer en las “normas” transmitidas verbalmente podría llevar al analista a ser reticente a apartarse de la “sabiduría” tradicional. Mi mentor me cuestionó por un artículo que yo había publicado recientemente en el que presentaba el análisis de una niña en periodo de latencia para apoyar algunas de mis posturas relativas al proceso psicoanalítico. En ese análisis, la niña discernió mi interés por los deportes profesionales por el modo en que elaboraba parte de su material de juego y por mis respuestas a algunas de sus preguntas, que delataban mi conocimiento de ciertos aspectos del beisbol profesional. Entonces ella desarrolló una fascinación por el beisbol y usó ese interés para forjar una relación con su padre que excluía a su madre de sus actividades compartidas.
La paciente y yo analizamos en detalle este interés, respecto a su idealización y su identificación conmigo, y como vehículo para poner en escena sus luchas/conplictos edípica/os. Y fuimos capaces de usar nuestro interés compartido por nuestro equipo local de beisbol, y nuestra lealtad a él, como una metáfora útil con la cual examinar diversos conflictos dinámicos en determinados momentos del análisis, incluida su ansiedad ante la terminación. Aunque claramente se había identificado conmigo, en último lugar fue capaz de reflexionar sobre los conflictos expresados a través del beisbol de un modo que favoreció el proceso del análisis.
Sin embargo, mi antiguo supervisor consideró que mi autorrevelación creaba un proceso que tenía mucho más que ver conmigo que con el mundo interno de la paciente. Para mí, la niña había usado el beisbol como un vehículo para mostrar, aumentar su conciencia de, y luego analizar sus conflictos internos; estos conflictos eran claramente suyos, no algo creado por mí. Eran visibles en varios contextos, y el beisbol, que ciertamente comenzó como una identificación conmigo, sirvió como medio para expresarlos y reflexionar sobre ellos. Nunca consideré su interés en él como curativo. En resumen, no consigo ver cómo este tipo de autorrevelación, que pareció facilitar el despliegue y profundización del proceso psicoanalítico, puede ser nocivo a menos que uno asuma que las autorrevelaciones son nocivas de facto.
Por suerte, yo tenía la suficiente experiencia y había adquirido la confianza que dan los años de práctica psicoanalítica como para no aceptar sin sentido crítico esta opinión de una figura de autoridad. Pero los analistas y candidatos con menos experiencia corren el riesgo de dejar que estas reacciones de alguien a quien respetan se antepongan a su capacidad de pensar por ellos mismos. En este sentido, la tendencia común a ser reticentes a la autorrevelación, o a admitir que uno la utiliza, ha sido fomentada por la aceptación acrítica de la autoridad percibida en nuestra disciplina.
La ansiedad ante la sugestión como acción mutativa, contribución a la reticencia a la autorrevelación
En la reticencia a la autorrevelación se halla implícita o explícita la preocupación de que el paciente viva la revelación como una sugestión, haciendo que cambie por identificación con el analista en lugar de cambiar a causa del insight. Esto es ciertamente un riesgo. Un paciente de Asperger, a quien vi en análisis durante años, resultó estar tan poco dispuesto a las interpretaciones estándar de la defensa que mis autorrevelaciones eran a veces necesarias para alentar otras perspectivas distintas de la suya. Por ejemplo, a menudo respondía a mis interpretaciones de la defensa o a mis intentos de entender ciertos modos rígidos de pensar con comentarios tales como “Por supuesto, como todo el mundo, ¿no?” o “Por supuesto, ¡sería estúpido pensar de otra manera!” Podía devaluar a alguien basándose en su religión o su afiliación política, por ejemplo, para justificar su hostilidad o su conducta insensible.
Los intentos de interpretar las típicas dinámicas que subyacen a esas defensas evidentes no fueron de utilidad porque el paciente no podía concebir que hubiera ningún significado para su conducta aparte del manifiesto, dada su lógica obvia y su buen sentido. Desesperado, a veces revelaba aspectos de mí mismo para hacer avanzar una apertura en su rígido pensamiento. Reconocía tener creencias religiosas o políticas similares a las suyas, por ejemplo, al tiempo que resaltaba que, sin embargo, me parecía posible ser amigo de individuos que pensaran de forma distinta.
Estas intervenciones eran útiles para permitir al paciente considerar que eran posibles oros modos de pensar o de comportarse, así como sus posibles motivaciones dinámicas para no haberlo hecho así. Las autorrevelaciones promovieron el análisis de sus defensas ayudándolo a ver que sus pensamientos tenían significado; es decir, no eran simplemente reflejos exactos de la realidad. Pero las autorrevelaciones también ocasionaron que a veces se identificara extremadamente conmigo e intentara modelarse según era yo. Fuimos capaces de explorar su tendencia a escuchar las autorrevelaciones como “directivas” y de modificarla mediante el análisis. Sin embargo, las autorrevelaciones se escuchaban inicialmente como sugerencias, aunque fue posible trabajar esto de modo que no perturbaron permanentemente el proceso psicoanalítico sino que, de hecho, lo favorecieron.
Muchos analistas creen que estos tipos de intervenciones, cuando se viven como sugerencias por parte del paciente, deben distorsionar inevitablemente el proceso analítico debido a su influencia indebida en el paciente. Dichas autorrevelaciones se equiparan a veces a abandonar la neutralidad analítica (ver, por ejemplo, Shill, 2004). Pero esta preocupación confunde los conceptos de anonimato y neutralidad. Esta confusión es comprensible dada la complejidad del concepto de neutralidad y las muchas definiciones que se le han dado, como apunta Greenberg (1986). Greenberg sugiere una definición relacional de la neutralidad, observando que tiene “el objetivo de establecer una tensión óptima entre la tendencia del paciente a ver al analista como un viejo objeto y su capacidad para sentirlo como uno nuevo” (p. 97). No hay un problema automático con la revelación una vez que adoptamos esta definición de neutralidad, que es clínicamente consistente con la “equidistante” de Anna Freud (1936). Los pacientes que se aferran rígidamente a un mundo interno cerrado pueden requerir de las autorrevelaciones del analista para ver al analista suficientemente como un nuevo objeto para ser capaz de percibir y analizar sus transferencias. Este era el caso con mi paciente que padecía Asperger.
Pero los analistas que mezclan el anonimato con la neutralidad inevitablemente temen las autorrevelaciones, que se consideran algo que debe ser evitado a causa de su potencial para influenciar al paciente. Oremland (1991), por ejemplo, escribe: “A un nivel profundo, la neutralidad es el salvavidas contra la profunda tendencia humana a hacer a los otros a nuestra imagen” (p. 65). Consecuentemente, algunos analistas siguen siendo reticentes a la autorrevelación porque les parece difícil creer la experiencia de otros analistas: es decir, que esos analistas a veces la encuentran útil porque pueden utilizar la experiencia que el paciente tiene de la autorrevelación como un modo de  fomentar el proceso analítico y la capacidad de autorreflexión del paciente.
De nuevo, el espectro de Freud planea sobre la comodidad de nuestra disciplina con la innovación. En 1919, Freud hizo su famoso comentario: “es muy probable, también, que la aplicación a gran escala de nuestra terapia nos obligue a alear el oro puro del análisis con el cobre de la sugestión directa” (p. 167). Desde entonces, los psicoanalistas han equiparado sugestión con impureza, y concretamente con el tipo de impureza que diluye la esencia y el valor intrínseco del análisis. Por ejemplo, Blum (1992), afirma:
Merece la pena reiterar que el insight es el agente único, fundamental, del cambio psíquico en el psicoanálisis clínico. Otros tratamientos pueden ofrecer un escenario constante, un marco de trabajo consistente, una relación fiable con empatía, sugestión, etc., sin insight analítico en el inconsciente del paciente [p. 257, las cursivas son mías]
 Blass (2010) ha apoyado recientemente esta opinión sin aclarar el énfasis de Freud: “No es la psicoterapia per se lo que Freud considera… simplemente ‘cobre’ en comparación, sino más bien el método de ‘sugestión directa’ que él pensaba que podía ser necesario en aplicaciones del tratamiento psicoanalítico a gran escala” (p. 16).
No es sorprendente, por tanto, que tantos analistas retrocedan ante la idea de autorrevelar con el potencial que tiene de que el paciente la viva como una sugestión. ¿Quién quiere pasar a la historia como defensor de la disolución de nuestra técnica y simplemente intentar influenciar a nuestros pacientes? Pero es importante recordar las razones por las que Freud creía necesario desestimar la sugestión antes de determinar si plantea un problema grave a la luz de las teorías actuales de la acción mutativa. McLaughlin (1996) sugiere que las razones de Freud eran tres:
Puesto que Freud deseaba reclamar la objetividad científica, minimizar cualquier semejanza entre el análisis y la hipnosis, y frenar los excesos de sus colegas analistas, intentaba en sus artículos sobre técnica imponer potentes limitaciones e idealizaciones sobre cómo llevar a cabo el análisis. [p. 206]
Otros han enfatizado la preocupación de Freud por minimizar el potencial para las comunicaciones inconscientes del analista y por no influir en el paciente (Oremland, 1991). Roustang (1983) apunta:
Admitir que el analista puede tener una influencia en el paciente o que puede desear algo para él… arruinaría todo el descubrimiento psicoanalítico… Sobre todo, uno debe evitar a cualquier coste que se plantee esa cuestión, puesto que si se plantea, uno se verá forzado a hablar no sólo de los deseos conscientes del analista, sino de sus deseos inconscientes, lo que lo pondría en la posición de no ser nunca realmente capaz de saber lo que está haciendo [pp. 55-56]
En concreto, la asociación libre se estableció como una norma fundamental para minimizar el impacto influyente de la relación con el analista y para mantener a ambas partes centradas en las elaboraciones mentales del paciente. McLaughlin apunta que un punto implícito a favor de la asociación libre era su papel en la contención de los anhelos menos conscientes del analista de controlar o dominar a su paciente. Desde esta perspectiva, la sugestión debía ser evitada. Escribe: “Esta estratagema prescrita puede verse como un intento de reducir el impacto y la inmediatez de la necesidad personal del analista de ejercer autoridad sobre el paciente y de modular el que se vuelva demasiado involucrado con él” (1996, p. 207).
Por el contrario, Brenner (1996) rastrea la disuasión de las sugestiones del analista hasta el reconocimiento de la importancia de analizar la defensa que tuvo lugar durante los años 30, estimulado probablemente por el innovador trabajo de Anna Freud (1936) sobre la importancia de los mecanismos de defensa. Cuando el énfasis en el papel de la sugestión dentro del análisis entró en declive, la técnica analítica cambió. Brenner (1996) comenta que “la influencia del analista, su efecto sugestivo, debía ser minimizado, no recurrir a él como ayuda para llevar a cabo la tarea del análisis” (p. 24). Así, el enfoque original de Freud de analizar la resistencia –señalándola y diciendo al paciente que se estaba resistiendo, con la sugestión implícita de que dejara de hacerlo- dio lugar al reconocimiento incipiente de que era importante analizar las razones por las que el paciente se estaba resistiendo y las situaciones de peligro que esta resistencia motivaba, no simplemente eliminarla para alcanzar el oro puro de los contenidos mentales inconscientes protegidos. En la medida en que la sugestión interfiriese con el análisis de la defensa, era un obstáculo para el análisis pleno de los conflictos internos del paciente.
Esta actitud negativa hacia la sugestión fue ampliada por Gray (1994). A lo que se refería como retraso evolutivo en la evolución de la técnica analítica generalmente significaba lo que él consideraba un fracaso a la hora de utilizar significados interpretativos, en lugar de la sugestión, para analizar las defensas. Gray tiene especial cuidado en distinguir su enfoque del de Freud, de quien dice que continúa usando la sugestión como parte de su técnica para confrontar las defensas al mismo tiempo que advierte contra ello:
La esencia del poder del analista que hace posible el “inducir”  le fue otorgada por la transferencia hacia el analista de imágenes de autoridad parental de la infancia que el paciente había internalizado… En torno a 1919 el expediente de “explotar” terapéuticamente esta reexternalización mediante la sugestión (con cualquier tipo de deficiencias técnicas que la acompañen) se había convertido en la herramienta que se consideraba más eficaz dentro del repertorio del analista para enfrentarse al obstáculo crucial del tratamiento, la resistencia [1994, p. 106].
Gray critica este uso de la sugestión mediante la autoridad del analista como algo menos que el análisis pleno; implica que la cura tiene lugar mediante la internalización de la autoridad del analista vis-à-vis el superyó. Él prefiere lo que denomina soluciones no internalizantes que implican el pleno análisis del superyó y las transferencias proyectadas de las que se compone. Este enfoque se considera como más estable que las curas que provienen de la internalización basada en la sugestión:
Al igual que en el desarrollo temprano y posterior del niño, el proceso de internalización no elimina los “usos” que el yo hace de la autoridad externa para el control auxiliar, de modo que la internalización no es tan estable estructuralmente como para que su reproyección no pueda repetirse regularmente en diversos grados [1994, p. 124]
Esta preocupación provoca que muchos analistas recelen de la autorrevelación. Pero incluso Gray reconocía que muchos pacientes necesitan y/o demandan una técnica que implica la internalización de aspectos del analista. Así, restringía su enfoque a lo que él llamaba pacientes de registro limitado, aquellos a los que otros analistas podrían llamar neuróticamente organizados. Éstos son los pacientes a los que Greenberg (1986) describe como más abiertos a nuevas experiencias y, por tanto, con menos necesidad de que el analista se establezca como un nuevo objeto con intervenciones tales como las autorrevelaciones. Los pacientes con distorsiones o dificultades en el yo, o con rígidas estructuras de carácter, usarán con más frecuencia internalizaciones del analista para manejar sus vulnerabilidades estructurales.
Mi paciente con Asperger, al que he descrito anteriormente, se volvió bastante abierto en cuanto a lo que él percibía como la necesidad de usar mis autorrevelaciones como “directivas”. Era bastante realista en cuanto a sus dificultades para comprender las elaboraciones internas de los otros y las suyas propias, así como sobre su necesidad de usar mis elaboraciones internas como una plantilla que guiase sus esfuerzos por autorregularse y por llevarse bien con los otros. En este sentido, era como los pacientes de quienes los analistas franceses dicen que no tienen capacidad de representación; en estos casos, el enfoque francés es prescribir “esperar hasta que el paciente desarrolle dicha capacidad antes de usar medidas interpretativas, reservando ese enfoque para el material verbal que se ha vuelto parte del discurso simbólico” (Smith, 2007, p. 1736).
Con estos pacientes, la autorrevelación por parte del analista puede ofrecer un modelo útil que dé lugar a la internalización de una capacidad simbólica o reflexiva (Sugarman, 2006, 2011). En esencia, la autorrevelación puede ser una sugestión implícita o explícita para ver el pensamiento propio desde una perspectiva más abstracta y autorreflexiva, en lugar de suponer que los pensamientos propios son una réplica verídica y concreta de la realidad externa, y por tanto son claramente correctos y no pueden ser cuestionados. Este enfoque a la autorrevelación parece consistente con las consideraciones de la acción mutativa tanto bioniana como estructural contemporánea.
Los problemas de definición relativos al psicoanálisis también contribuyen a la reticencia a la autorrevelación. En la medida en que las autorrevelaciones pueden considerarse sugestiones, algunos analistas se asustan de ellas porque la sugestión se ha considerado tradicionalmente una intervención aceptable en psicoterapia pero no en psicoanálisis (Oremland, 1991). No es infrecuente escuchar a colegas que califican el informe de una viñeta clínica que incluye autorrevelación con “¡pero era sólo psicoterapia, no psicoanálisis!” Esta distinción data de los primeros momentos del psicoanálisis. Como enfatiza Fosshage (1997): “al principio del desarrollo del psicoanálisis, la interpretación se yuxtaponía con la sugestión y se usaba como criterio principal para lo que era distintivamente psicoanalítico” (p. 414).
A mitad del siglo pasado, Bibring (1954) enumeró cinco tipos de intervenciones técnicas: sugestión, abreacción, manipulación, insight mediante la aclaración simple e insight mediante la interpretación. El psicoanálisis se diferenció posteriormente de la psicoterapia por el equilibrio relativo de estos tipos de intervenciones. La muestra más extrema de este enfoque fue el Proyecto Menninger de Investigación en Psicoterapia (Kernberg y col., 1972; Wallerstein, 1986), en el que se distinguían las dos modalidades contando el número de comentarios interpretativos versus de apoyo por parte del analista. Las limitaciones de este modo de definir las dos técnicas son obvias, aunque generalmente aquellos que afirman que el estudio probaba que los tratamientos de apoyo daban lugar al cambio estructural las pasan por alto.
En cualquier caso, la literatura más contemporánea sobre técnica considera que la distinción entre las intervenciones de apoyo, tales como la sugestión, por una parte, y la interpretación, por otra, es exagerada –por ej. “más aún, las distinciones en la técnica entre interpretación, sugestión, apoyo… no son factibles” (Fosshage, 1997, p. 417). Sin embargo, muchos analistas continúan siendo reticentes a la autorrevelación porque piensan que dicha intervención es terapéutica, no analítica.
Las características de personalidad de los analistas como contribución a la reticencia a la autorrevelación
Con frecuencia se ignora otra contribución a la reticencia a autorrevelar: es decir, las cuestiones psicodinámicas personales que participan de la elección que muchos psicoanalistas hacen de la “profesión imposible” o de su selección de un modelo determinado de acción terapéutica. Obviamente, no todos nosotros tenemos las mismas razones conscientes o inconscientes para convertirnos en psicoanalistas o para practicar del modo en que lo hacemos. Pero existen ciertas semejanzas y contribuyen al estereotipo que el público tiene de nosotros: las que se muestran regularmente en las tiras cómicas del New Yorker. Esto no debería pillarnos por sorpresa. Después de todo, la elección que uno hace de la profesión y del modo de practicarla son formaciones de compromiso tanto como cualquier otro aspecto de la conducta humana.
Stolorow y Atwood (1979) señalaron esto hace algún tiempo cuando discutieron los diversos temas de personalidad y de acontecimientos vitales que provocaban que gran parte de los primeros analistas, incluyendo Freud, delinearan su propia versión individual de la teoría psicoanalítica. Explicaban que las teorías –lo que podríamos llamar hoy en día los modelos de la mente- son por su naturaleza hechos especulativos en lugar de hechos empíricos que no pueden discutirse. Lo mismo vale para los modelos de acción mutativa y las técnicas derivadas de ellos. Estos dos modelos (mente y acción mutativa) no se han visto aún sujetos a la investigación rigurosa que podría permitir más discusiones objetivas de validez y utilidad. Hasta que esa investigación tenga lugar, la elección que un psicoanalista determinado hace de modelos y del modo de practicar será una decisión subjetiva, a pesar del honesto intento del analista de asegurarse de que son los que le parece que tienen más probabilidades de ayudar al paciente concreto cuyo tratamiento guían esos modelos y esa forma de practicar.
Como dice Kite (2008): “He llegado a creer, en resumidas cuentas, que el sustrato invariable de nuestra técnica –lo que siempre pensamos que es nuestra acción como analistas- es nuestro carácter. El modo en que analizamos es quién somos nosotros o en quién nos hemos convertido” (p. 1077). Esto se demuestra conmovedoramente en un artículo de Sarnat (2008), quien muestra cómo sus propios conflictos internos complicaron sus intentos de entender a su paciente o las sugerencias de su supervisor, así como su intento de incorporar estas ideas en su modo de trabajar. Le parecía difícil equilibrar la interpretación y el uso clínico de la relación que tenía con su paciente –lo que ella llamaba la polaridad “cerca/lejos”- debido a sus conflictos internos personales. Afirmaba:
Mi relación con la cuestión “cerca/lejos” era modelada por los significados que le daba a partir de mi historia personal, y cuando la cuestión se avivaba para mí en la fantasía inconsciente, también, por supuesto, era más conflictiva, provocaba más ansiedad, y era más difícil de resolver. [p. 113].
Como Stolorow y Atwood (1979) afirman:
En lugar de ser resultado de una reflexión imparcial sobre hechos empíricos accesibles para todos, [las teorías] están  vinculadas con la realidad personal del teórico y preceden a la involucración intelectual con el problema de la naturaleza humana. El teórico de la personalidad es una persona y por tanto ve el mundo desde la perspectiva limitada de su propia subjetividad [p. 17].
La misma advertencia resulta cierta para el psicoanalista que hace clínica y sus razones para cualquier intervención que realice. Renik (1993) hace una observación similar: “Incluso el más ligero matiz de carácter influye en cómo un analista escucha el material, influye en si el analista decide permanecer en silencio o intervenir, influye en cómo el analista elige sus palabras y en qué tono las dice, etc.” (p. 558).
No es necesario aceptar un modelo intersubjetivo de la mente para darse cuenta del hecho incuestionable de que cualquier acción mental es una formación de compromiso que, por definición, está determinada por los mismos elementos que afectan a cualquier otra acción mental. Después de todo, Smith (1997, 2001) ha señalado reiteradamente la tendencia de los analista afiliados a distintos campos teóricos a polarizar y distorsionar las posiciones de los otros como un modo de acentuar la superioridad obvia de su propio modelo preferido. Los conflictos narcisistas, competitivos y agresivos parecen implícitos en esta conducta y hablan del grado en que la elección de modelo y el modo de trabajar se ven afectados por estos conflictos. Kite (2008) sugiere que las elecciones de modelos o modos de trabajar que preferimos están determinadas por el carácter del analista con más frecuencia de la que se admite, de modo que las justificaciones teóricas para apoyar el modo de trabajar a menudo se vuelven racionalizaciones elaboradas e inconscientes.
Levine (2003) y otros (Grossman, 1995; Milton, 2000) se han fijado en las tensiones de la práctica psicoanalítica, especialmente en las presiones de la transferencia-contratransferencia, para explicar la rigidificación autoritaria de los principios técnicos. “Las sugerencias y las directrices técnicas, introducidas inicialmente para ayudar a la navegación en aguas analíticas turbias, se han vuelto poco a poco rígidas y reificadas, resultando ser al final normas o procedimientos mucho más sacrosantas e impositivas de lo que nunca se pretendió” (Levine, 2003, p. 213). Levine parece estar de acuerdo conmigo en que este problema se ha producido en relación a la autorrevelación cuando continúa diciendo: “Es en este marco de la mente en que la abstinencia y el anonimato pueden exagerarse y distorsionarse” (p. 215). Si bien apunta que las defensas obsesivas, las reacciones críticas del superyó, y los ideales del yo distorsionados contribuyen a estas tendencias, Levine pone el mayor énfasis en la naturaleza del proceso psicoanalítico y los aspectos autoritarios de las organizaciones y la formación psicoanalíticas como estimuladores de estas defensas y conflictos.
Esto es cierto (las contribuciones autoritarias a la reticencia a la autorrevelación se discutieron en un capítulo previo de este artículo). Pero como psicoanalistas, sabemos que los individuos traen ciertas defensas y conflictos ante situaciones e interacciones con la realidad; nunca son creadas de novo por esa realidad externa. Parece razonable asumir que el anonimato y el enfoque de pantalla en blanco, cuando se aplican automáticamente, representan un encaje cómodo con el estilo de personalidad del analista. Los conflictos agresivos, narcisistas y exhibicionistas contribuyen probablemente a trabajar de este modo rutinario y reflejo. Aparte de su mérito clínico con un paciente determinado en un momento determinado, permanecer anónimo puede proteger al analista de la humillación al tiempo que contiene cualquier impulso agresivo o exhibicionista que pudiera ser estimulado en la mezcla transferencia-contratransferencia.
En la medida en que el anonimato es adoptado principalmente porque se considera importante no gratificar al paciente, la contención del analista puede ser un motivo implícito. Cuando éste es el caso, están implicados los conflictos agresivos, aun cuando se vean ocultados por las motivaciones del superyó y el ideal del yo que favorecen el anonimato.
Por otra parte, la autorrevelación puede expresar elementos agresivos del carácter del analista. Puede ser una afirmación descarada en la línea de “esto es lo que soy”, representando posiblemente una motivación narcisista que puede ser consciente o inconsciente. Siguiendo la lógica de Kite (2008), los analistas que no son reticentes de modo automático a la autorrevelación, probablemente tienen tipos de estructuras de personalidad diferentes –o al menos distintas formaciones de compromiso- con las cuales manejan los conflictos narcisistas, exhibicionistas y agresivos que aquellos que son irreflexivamente reticentes a ella.
Con seguridad, los estereotipos del analista freudiano controlado, contenido, y los del analista relacional agresivo, exhibicionista, son sólo eso: estereotipos (Smith, 2001). Sin embargo, los estereotipos pueden contener una semilla de verdad o no habrían surgido. Así, parece razonable suponer que los analistas que son reticentes a la autorrevelación manejan sus conflictos en torno a la agresión, el narcisismo y el exhibicionismo de modo diferente que aquellos que defienden su valor.
Por supuesto, esto no quiere decir que un estilo de personalidad sea preferible a otro en la práctica del psicoanálisis. Pero es importante ser conscientes y explícitos en cuanto al hecho de que las elecciones de nuestros métodos están siempre, en parte, modeladas por nuestras formaciones de compromiso o carácter personales, a pesar de nuestros esfuerzos por asegurarnos de que estamos ofreciendo a nuestros pacientes el tratamiento que consideramos con más probabilidades de resultar útil. Parte de la complejidad que implica ser un psicoanalista eficaz es la continua necesidad de encontrar un modo de trabajar analíticamente y promover un proceso psicoanalítico que encaje con nuestra personalidad individual. Los intentos del analista de trabajar del modo que defiende un supervisor determinado pero que no encaja bien con quien es el analista, generalmente resultan en interacciones torpes con los pacientes que no son ni de lejos óptimamente eficaces.
Conclusión
Cada vez más analistas coinciden en la importancia de reducir el grado de rigidez u ortodoxia con que se practica el psicoanálisis clínico. Se están cuestionando y reconsiderando muchos aspectos de la técnica dado que los analistas contemporáneos de cualquier orientación intentan separar su modo de trabajar de los prejuicios existentes basados en la orientación teórica, la política psicoanalítica y los complicados efectos de la formación psicoanalítica. Este artículo ha considerado el tema de la autorrevelación del analista a este respecto. A pesar del acuerdo de muchos analistas en cuanto a que la autorrevelación sensata puede ser clínicamente útil con ciertos pacientes en ciertos momentos de un análisis y por determinadas razones, muchos otros analistas siguen de modo reflejo reticentes a la autorrevelación, no importa las indicaciones clínicas; o si lo hacen son reticentes a admitirlo públicamente.
En este artículo se enumeran y se discuten con cierto detalle cuatro razones evidentes para esta reacción aparentemente no analítica: 1) razones teóricas; 2) autoritarismo psicoanalítico; 3) temores de influir en el paciente mediante la sugestión; y 4) las características de personalidad del analista. Esta lista no pretende ser exhaustiva; probablemente hay otras razones por las que algunos analistas se muestran reticentes a la autorrevelación. (Y, por supuesto, algunos lectores pueden cuestionar la relevancia de una o más de estas razones). Sin embargo, se espera que esta discusión pueda dar lugar a una mayor consideración de este tema molesto.
Parece más razonable que la opción del analista de autorrevelar o preservar el anonimato debiera ser siempre una decisión clínica basada en temas que tienen que ver con un paciente determinado en un momento concreto. Ninguna de estas posturas es inherentemente buena o mala, útil o iatrogénica. Simplemente son modos de intentar fomentar el proceso psicoanalítico más útil. Cuando cualquiera de las dos se convierte en una norma rígidamente prescrita, el paciente sufre y así lo hace nuestra comprensión de la acción mutativa en psicoanálisis. Por tanto es imperativo para nosotros que averigüemos las influencias conscientes e inconscientes que interfieren con el estudio de cómo implementamos el proceso psicoanalítico para hacerlo cada vez más útil. En resumen, deberíamos aplicar a los modos en que analizamos la misma investigación disciplinada que aplicamos para entender a nuestros pacientes.
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