aperturas psicoanalíticas

aperturas psicoanalíticas

revista internacional de psicoanálisis

Último Número 060 2019

Ver en PDF

Encontrar la libertad: explorar la relación entre agencia, motilidad y agresión

Finding Freedom: exploring the relationship between agency, motility, and aggression

Autor: Wooldridge, Tom

Para citar este artículo

Wooldridge, T. (febrero, 2019) Encontrar la libertad: explorar la relación entre agencia, motilidad y agresión. Aperturas Psicoanalíticas 60. Recuperado de: http://aperturas.org/articulo.php?articulo=0001057

Para vincular a este artículo

http://aperturas.org/articulo.php?articulo=0001057


Resumen

Tras una revisión de los conceptos opuestos de libertad y determinismo psíquico, y de la reconciliación compatibilista entre los dos que resulta más apropiada para el psicoanálisis, se considera la importancia de la agencia como idea psicoanalítica. En concreto, se examinan dos modos en los que puede utilizar el término agencia: agencia como hecho y agencia como experiencia. La primera es refiere al grado de relativa libertad que un individuo posee respecto a las limitaciones “internas”, mientas que la última se refiere a la experiencia de que uno mismo tiene un impacto activo en el self, en otras personas y/o en el mundo. Es importante que estas dos sensaciones no son coextensivas. Una vez hecha esta distinción, se sostiene que la agencia como experiencia está arraigada en las primeras experiencias de motilidad del infante. Como extensión de las reflexiones de Winnicott (1950) sobre la relación entre motilidad y agresión, se sostiene que en tanto implica la superación de la oposición, la agresión es parte integral del despliegue evolutivo de la experiencia de agencia. Se apuntan otras condiciones evolutivas que son necesarias para una experiencia plena de agencia. En último lugar, se sugiere, la agencia es crucial para el proyecto psicoanalítico como tal.

Abstract

After an overview of the opposed concepts of freedom and psychic determinism, and of the compatibilist reconciliation between the two that is most appropriate for psychoanalysis, the importance of agency as a psychoanalytic idea is considered. In particular, two ways in which the term agency may be used are examined: agency as fact and agency as experience. The former refers to the degree of relative freedom an individual possesses from “inner” constraints, whereas the latter refers to the experience of oneself as having an active impact on the self, other people, and/or the world. Importantly, these two senses are not coex- tensive. With this distinction in place, it is argued that agency as experience is rooted in the infant’s earliest experiences of motility. As an extension of Winnicott’s reflections (1950) on the relation between motility and aggression, it is argued that inasmuch as it involves the over- coming of opposition, aggression is integral to the developmental unfolding of the experience of agency. Further developmental conditions needed for a full experience of agency are noted. Ultimately, it is suggested, agency is central to the psychoanalytic project itself.


Palabras clave

Agencia, Agresion, Compatibilismo, Determinismo, Determinismo psiquico, Libertad, Motilidad.

Keywords

Agency, Freedom, Determinism, Psychic determinism, Compatibilism, Motility, Aggression.


Artículo original traducido y publicado con autorización: Wooldridge, T. (2018). “Finding Freedom: exploring the relationship between agency, motility, and aggression”. Journal of the American Psychoanalytic Association, 66(1), 41-58. htpps://doi.org/10.1177/0003065118759067

Traducción: Marta González Baz
Revisión: Miguel Huertas

Nell es una mujer joven brillante pero profundamente preocupada, profesora de filosofía en una universidad local importante que me desafía en cada sesión con la profundidad de su inteligencia, pero también con su parálisis emocional y conductual. Durante los últimos años, hemos hablado reiteradamente de los modos en que su entorno temprano debilitó su agencia en desarrollo. Nell tiene talento para el lenguaje evocador, y ha detallado gráficamente la “violencia” que experimentó en su infancia a manos de un padre sádico, y cómo ello repercutió en supresiones menos manifiestas de su agencia.

Un viernes por la tarde, estamos hablando de su reciente decisión de empezar a llevar corbatas ­­?una elección llamativa para una mujer aparentemente heterosexual que trabaja en una comunidad académica conservadora-. De niña, su padre la forzaba una y otra vez a llevar ropas femeninas, a pesar de la aversión visceral de Nell a la sexualidad de los vestidos y de su insistente preferencia por una indumentaria más masculina. El padre de Nell, creemos, había insistido en apropiarse de la sexualidad en desarrollo y la identidad de género de su hija, considerando su deseo de llevar pantalones como “portarse mal”, es decir, algo motivado puramente por la rebeldía adolescente.

“¿Has visto la película Vértigo?”, pregunta Nell. Admito que no la he visto, pero le pregunto su impresión sobre la película. “Está este detective de la película, y está obsesionado con esta mujer que está muerta”, dice. “Y hace que otra mujer finja ser ella, que se cambie el pelo y la ropa para que se parezca a la primera mujer, para satisfacer el deseo de él. Es muy perturbador. Es Hitchcock, así que sabe hacer cosas con la luz y la sombra y resulta especialmente convincente. No debería verla, es demasiado terrorífica”.

Tomando sus palabras, reflexiono: “Si la segunda mujer cambiaba su pelo y su ropa, debe ser porque una parte de ella quería hacer feliz al detective”. Con los ojos brillantes de entusiasmo, Nell exclama: “¡Sí, exacto! Se le hizo que quisiera hacerlo, y esa es la perfección de la violencia”. Pensando en la profunda vergüenza de Nell ante cualquier intento de protesta contra la dominación de su padre, le respondo “De igual modo debe de haber habido una parte de Vd. que quería llevar esos vestidos, complacer a su padre. Y eso le parecía terrible, porque no era su deseo real”. Nell está de acuerdo: “Sí. Y me gustan las corbatas por eso. Posiblemente no fueran el deseo de mi padre. Es únicamente mi propio deseo interno”.

Y entonces, tras una pausa, Nell me sorprende con una reflexión más profunda. “Es como que he forjado un espacio para mí en el modo en que me visto. Se me ha dado espacio para moverme, mientras que en el pasado no tenía ninguno, solo vestidos y faldas. Por primera vez, mi padre no está moviendo los hilos. Y sé que estoy teniendo un impacto en el mundo que me rodea -¡mire cómo reaccionan mis colegas” Así es como sé que es mi elección”.

Para mí, el dilema de Nell es el reflejo de una lucha más profunda con la que todos nos encontramos. ¿Qué significa trazar el rumbo de la propia vida? Si nos sentimos libres, ¿somos libres de hecho? En realidad, como psicoanalistas aspiramos a que nuestros pacientes logren una mayor sensación de libertad de modos concretos e importantes. Pero especificar exactamente a qué nos referimos con el término libertad es complejo y, desde el origen del psicoanálisis los teóricos han ofrecido explicaciones significativamente diferentes. Además, la cuestión de la libertad demanda que aclaremos a que nos referimos con el término agencia. Espero arrojar luz sobre estas cuestiones y mostrar que son fundamentales para nuestro trabajo como analistas.

Determinismo, determinismo psíquico y compatibilismo

Las obras completas de Freud ofrecen amplia evidencia de su compromiso con lo que en filosofía se llama determinismo causal; es decir, la tesis de que en el orden natural de las cosas todos los acontecimientos son necesitados por acontecimientos previos. Pregunta, por ejemplo, si existen “hechos, por pequeños que sean, que escapen a la concatenación universal de acontecimientos; hechos que podrían igual no haber sucedido que haber sucedido” y responde que si “alguien hace una ruptura de este tipo en el determinismo de los acontecimientos naturales en un único punto, significa que ha arrojado por la borda toda la Weltanschauung de la ciencia” (Freud, 1916, 1917, p. 28).

En otras palabras, los acontecimientos están ligados por cadenas de causa y efecto, y no hay ninguno que quede fuera de estas cadenas. Como consecuencia de esta creencia en el determinismo causal, Freud también rechaza la noción de libre albedrío, que él concibe como que requiere libertad absoluta, es decir, la capacidad de observar secuencias de causa y efecto y generar un impacto causal que es independiente de las mismas. Adoptando una posición “incompatibilista”, en la que se considera que el determinismo niega la posibilidad de libre albedrío, él considera el libre albedrío y su requisito de libertad absoluta como nada más que “ilusión” (Freud, 1919, p. 236).

Freud sostiene que el determinismo existe también en la esfera mental. Él se refiere a la “estricta creencia en la determinación de la vida mental” (Freud, 1910, p. 38) y, en Conferencias de introducción al psicoanálisis, aborda explícitamente la cuestión: “Vd. alimenta la ilusión de… libertar psíquica… siento decir que disiento categóricamente de Vd. a este respecto (Freud, 1916-1917, p. 49). Tal vez más enérgicamente, sostiene en Psicopatología de la vida cotidiana que no podemos ejercer la libertad ni siquiera al pensar en un número o un nombre: “un número creado de una manera aparentemente arbitraria -por ejemplo, uno de varios dígitos dicho por alguien como una broma o en un momento de ánimo excelente- revela que está estrictamente determinado de un modo que realmente nunca se habría considerado posible” (Freud, 1901, p. 240).

En otras palabras, Freud pensaba que nuestras elecciones no son libres en el sentido absoluto descrito más arriba, y que nuestra creencia de que lo son refleja el hecho de que muchas de nuestras motivaciones son inconscientes. Desde el principio, Freud (1901) escribió que “lo que se deja libre de una parte [es decir, la mente consciente] recibe su motivación de la otra, de la inconsciente; y en este sentido la determinación en la esfera psíquica se sigue cumpliendo sin ninguna brecha” (p. 254). Estas ideas se captan en la teoría de Freud del determinismo psíquico, que sostiene que todos los acontecimientos psíquicos son causados por condiciones psicológicas antecedentes, tales como anhelos, deseos y temores. En otras palabras, el determinismo psíquico es esencialmente un determinismo motivacional.

Bajo el determinismo psíquico, puede decirse que las relaciones causales entre acontecimientos psíquicos siguen leyes invariantes y no intencionadas, al igual que puede decirse que el mundo físico sigue leyes científicas. Basándose en la mecánica newtoniana como metáfora, Freud consideraba la mente como un sistema causalmente cerrado impulsado por fuerzas en conflicto. Una persona es afectada por sus motivaciones; el motivo más fuerte, o un determinado compromiso entre motivos contrapuestos, produce los acontecimientos que siguen. No hay “agente” que permanezca al margen de estos motivos, considerando sus méritos, ejerciendo una medición de la libertad.

Sin duda, el pensamiento de Freud fue de una importancia incalculable para destronar la noción victoriana de que somos los autores últimos de nuestras conductas, que la mente consiste solo en sus contenidos conscientes y que estos son controlables mediante simples actos de voluntad (Mitchell, 1988). Aun así, si estamos comprometidos con el sistema de determinismo psíquico de Freud -es decir, con la idea de que todos los acontecimientos psíquicos están causalmente determinados por condiciones psicológicas que los anteceden- ¿deberíamos descartar totalmente la noción de libre albedrío? ¿Qué tipo de libertad tenemos disponible?

Para Freud, la libertad siempre es relativa a otros factores; nunca somos libres de elegir un curso de acción independiente de la causalidad que gobierna la vida psíquica[1]. Sin embargo, mediante el análisis es posible adquirir un mayor conocimiento de nuestras motivaciones inconscientes. En este sentido, el yo se vuelve capaz de una mayor agencia, ejerciendo un mayor impacto en el sistema causal de la psique (Viney y Parker, 2016). En sus escritos clínicos incluso Freud usa un lenguaje que sugiere agencia personal, como cuando sugiere que el objetivo del psicoanálisis es “darle al yo del paciente la libertad de decidir” (1923, p. 50) y darle “el dominio sobre las provincias perdidas de su vida mental” (1940, p. 173).

Esta libertad relativa -en contraste con la libertad absoluta discutida más arriba, que Freud no acepta- es la libertad que está disponible bajo el determinismo psíquico. La tradición filosófica etiqueta esas posiciones como “compatibilistas”, significando que el libre albedrío es compatible con el determinismo y que el libre albedrío de hecho existe precisamente en el ejercicio de esta libertad relativa por parte de un individuo. Cuando se enmarca así, emerge una imagen de Freud como un compatibilista oculto. Esta posición es secundada pro otros autores, como cuando Macklin (1976) adopta una posición compatibilista sobre el determinismo y la libertad: “Es un error pensar… que la noción de libertad humana está vacía de significado si existen leyes causales que gobiernan la emoción, el pensamiento y la acción humanas” (p. 431).

Agencia: una perspectiva general

Muchos, si no la mayoría, de las luchas de nuestros pacientes pueden entenderse como relacionadas con una perturbación en su agencia (Pollock y Slavin, 1998). Sin embargo, a lo largo de la historia psicoanalítica han surgido diferentes concepciones de agencia (y del concepto estrechamente relacionado de responsabilidad). Reflexionando sobre cómo se ha entendido el tema de la intransigencia del paciente en diversos periodos del desarrollo de nuestro campo, Levenson (2012) escribe que “tendemos cada vez más a no sostener al paciente responsable… En los días del psicoanálisis clásico de orientación masculina, médicamente dominado… el analista y su proceso no podían estar en falta. Con la llegada de un psicoanálisis de orientación más matriarcal, con un mayor énfasis en las cuestiones evolutivas, los analistas, como los padres, tienden a hacerse responsables de los fracasos del niño” (pp. 3-4). En otras palabras, en diferentes momentos en el desarrollo de nuestro campo, hemos atribuido agencia personal a los pacientes en diversos grados.

Freud incorpora la idea de agencia a lo largo de sus obras; por ejemplo, escribe que la vida mental incluye lo que una persona piensa, siente y desea (1916-1917, p. 22). Con el término deseo, él se refiere a un proceso de autodirección que incluye elegir, deliberar e iniciar opciones características de la agencia (Caston, 2011). Como marca de su insight, Freud continúa elucidando los modos en que puede socavarse la agencia personal, primero mediante la noción de “contradeseo” (1892, p. 122) y más adelante por las agencias subpersonales inconscientes. En los años que han transcurrido desde entonces, los clínicos han luchando con cuestiones relacionadas con la agencia, la libertad y el deseo (ver, p. ej. Wheelis, 1956; Waelder, 1963; Basescu, 1974; Basch, 1978; Mitchell, 1988; Schwartz, 1984; Wallwork, 1991; Symington, 2002; Meissner, 2009; Wisel-Barth, 2009; Caston, 2011).

El psicoanálisis contemporáneo, especialmente en su inflexión relacional, se ha centrado más directamente en el proceso clínico, descuidando cuestiones fundamentales acerca de los orígenes de la agencia personal y el papel que esta desempeña en el desarrollo de la personalidad. Una excepción importante es el trabajo de Slavin y Pollock (Slavin, 1997, Slavin y Pollock, 1997; Pollock y Slavin, 1998), que han investigado el modo en que el abuso sexual perjudica la agencia que se está desarrollando y la capacidad de desear. Han señalado, también, que los teóricos relacionales deben aclarar la paradoja de un self que experiencia que unas veces se siente agente, pero otras no (Pollock y Slavin, 1998, p. 859). Espero contribuir aquí a aclarar precisamente esta cuestión.

En mi opinión, la palabra agencia puede usarse de dos modos relacionados pero diferenciados. Primero, puede referirse al grado de libertad relativa que un individuo posee respecto a sus limitaciones “internas”. Llamo a esto agencia como hecho. En segundo lugar, la agencia como experiencia está marcada por la experiencia de uno mismo como teniendo un impacto en el entorno; en otras palabras, de uno mismo como sujeto que elige, como agente. Es importante señalar que estas dos sensaciones no son coextensivas. Hablaré de cada una de ellas por separado y lo ilustraré a continuación con un caso clínico.

Libertad relativa y agencia

Si la libertad se considera siempre relativa a otros factores, ¿qué factores son más relevantes para la libertad que el psicoanálisis busca fomentar? Cavell (2003) ofrece una lista no exhaustiva de limitaciones a la libertad relativa que incluye el conflicto intrapsíquico inconsciente, la angustia señal, la represión, la disociación y la escisión, las identificaciones inconscientes, el conflicto con el saber, las fantasías de omnipotencia, y una rígida necesidad de control. Podríamos continuar esta lista indefinidamente, pero tal vez haya un hilo conductor: cada una de estas limitaciones puede socavar en ciertas instancias la agencia personal de un individuo.

Los agentes, después de todo, se definen por su capacidad para elegir. Los agentes tienen razones para sus elecciones y estas razones son estados mentales complejos que abarcan deseos y creencias (Cavell, 2003). En ausencia de limitaciones relevantes y razones contrapuestas, una razón determinada se convierte en una intención, que constituye la base para una elección. Sin embargo, la medida en que la capacidad de razonar de un individuo disminuye debido a limitaciones en su libertad relativa, y con ella su capacidad de elegir, y por tanto de ejercer su agencia, se verá afectada. La libertad relativa siempre es parcial y la agencia “absoluta” una ficción.

Puede decirse que un individuo posee agencia como hecho en la medida en que dice que está libre de limitaciones “internas” en el campo en cuestión. Dicha agencia puede ser evaluada usando marcadores clínicos como los que propone Caston (2011): reversibilidad, autoobservación y pertinencia[2]. Es importante señalar que es la forma -es decir, la libertar respecto a limitaciones relevantes- y no el contexto de la conducta como tal lo que determina la competencia de la agencia de una persona en un campo determinado. Además, es probable que las distintas limitaciones internas sean relevantes en distintos campos; después de todo, podemos describir cientos de “campos” diferentes en la vida cotidiana, distintos contextos en los que nuestras vidas se despliegan (Caston, 2011).

La experiencia de la agencia

He distinguido entre agencia como hecho, que consiste en la libertad relativa en dimensiones relevantes a un campo concreto de agencia, y agencia como experiencia. La experiencia de la agencia está marcada por lo que Hoffman (1998) denomina el modo activo de experiencia, en el que “existe un ‘espacio’ ente la fuente de influencia y su impacto, una brecha en la que estoy presente como agente, como sujeto que elige (p. xi). En contraste con una experiencia de nosotros mismos como pasivos ante fuerzas que exceden nuestro control, en el modo activo experimentamos que nuestras elecciones tienen un impacto en el mundo que nos rodea (Piaget, 1952). Como he apuntado, la agencia como hecho y la agencia como experiencia no son coextensivas. La experiencia de agencia no es un marcador fiel de su existencia fáctica (Caston, 2011). Si bien el modo activo de experiencia a menudo acompaña a la presencia de agencia como hecho, también podemos experimentarnos como agentes en ocasiones en que la agencia como hecho está disminuida, como sucede en las defensas pasivas a activas o maníacas.

Al intentar pensar en el desarrollo de la experiencia de agencia, ampliaré la metáfora de la pareja de crianza (Elise, 2001; Winnicott, 1952) -que habla a la cualidad “combinada” de la relación madre-infante- para incluir el concepto de arrastre al pecho. Al principio de su vida, el infante no está internamente diferenciado de su entorno; por el contrario, está prerreflexivamente conectado a la inmediatez afectiva de su acción, con escaso sentido del contexto en el que se sitúa esa acción (Fast, 1985; Pollock y Slavin, 1998). Cuando busca el pezón, carece del sentido de volición y no es capaz de pensar en sí mismo como en un momento distinto, como por ejemplo el hambre que precede al momento de ser alimentado o la saciedad que lo sigue. Al principio de la vida, el arrastre al pecho es un reflejo y, al serlo, el infante no posee agencia ni como hecho ni como experiencia.

Con el paso del tiempo, el arrastre al pecho se organiza cada vez más como una experiencia de agencia. Según Stern (1985), en torno al segundo o tercer mes de la vida del infante, comienza a sentirse agente. En particular, Stern usa el término agencia para lo que yo llamo la experiencia de agencia, como diferenciado de el hecho de agencia. En su opinión, la experiencia de agencia, o una sensación de autoría de las propias acciones y de no autoría de las acciones de los otros, es una de las cuatro experiencias que conforman una sensación organizada del un self nuclear en los primeros meses de vida. La experiencia de agencia puede descomponerse en tres invariantes de experiencia: 1) la sensación de volición que precede a un acto motor; 2) la respuesta propioceptiva que tiene lugar, o no, durante el acto; y 3) la predictibilidad de las consecuencias que siguen al acto. Un componente clave de la experiencia de agente, como sugiere Stern, son las primeras experiencias que el infante tiene de su propia motilidad[3].

Ahora sugiero un paso más: que la motilidad, y por tanto la agencia como tal, tiene una cualidad de agresión. Para plantear este caso, me basaré en “La agresión en relación con el desarrollo emocional”, de Winnicott (1950), especialmente tal como se interpreta en un artículo reciente de Elkins (2015). Para Winnicott, la motilidad, que se halla en el núcleo del self en desarrollo, está ligada a la agresión en dos sentidos relacionados pero diferenciados. En primer lugar, “en el origen, la agresividad es casi sinónimo de actividad” (1950, p. 204); o, en otras palabras, una de las raíces de la agresión es la motilidad como tal. En segundo lugar -y como punto relevante de mi tesis- la motilidad es, casi desde su origen, agresiva.

Con el término agresión me estoy refiriendo a la historia del impulso desde su origen en adelante. Como el mismo Winnicott (1950) sostiene, “un bebé da una patada en el vientre de su madre; no puede suponerse que está intentando abrirse camino a patadas” (p. 204). En otras palabras, para entender la agresión evolutivamente, debemos reconocer que nuestra concepción de la agresión “madura”, junto con sus manifestaciones concretas tales como odio, envidia, celos, e ira ante la frustración, refleja el desarrollo concreto de un impulso más profundo vinculado a la “fuerza vital” básica (1950, p. 204) de la motilidad (ver también Elkins, 2015). Por el contrario, la motilidad primitiva tiene un aspecto agresivo en tanto tiene placer -y en último caso busca- la oposición en el entorno circundante.

Winnicott enfatizó la oposición en relación con el entorno principalmente en términos de los peligros del impacto del self del niño en desarrollo que supone esa oposición. Sin embargo, también reconocía que hay un tipo diferente de oposición al entorno que es necesaria para la salud. Como apunta Elkins, en Winnicott “el movimiento libre no se entiende como un movimiento libre de cargas, sino como un movimiento que es libre (desinhibido) para descubrir la resistencia del mundo y presionar contra ella” (p. 954).

De hecho, en tanto el movimiento es voluntario -es decir, en tanto está dentro del alcance de la agencia del que se mueve- implica oposición. El movimiento, al igual que toda acción, es una modificación del mundo. Cuando actuamos, actuamos sobre algo: sobre otros, sobre el mundo, sobre nosotros mismos. La acción depende de algo que resiste a nuestras intenciones; y es precisamente esta resistencia la que hace significativa la idea de acción (Macmurray, 1957). Con respecto a la motilidad, tengamos en cuenta que la resistencia del suelo bajo mis pies hace posible el caminar. Sin el apoyo de la resistencia del suelo, me caigo, que ya no es una acción que yo realizo a propósito, sino algo que me ocurre. Cuando el infante “ se arrastra” hacia el pezón de la madre, hace un esfuerzo tremendo; su cara se contrae, sus músculos están comprometidos, y hay, de hecho, una "experiencia erótica [que] se puede decir que existe en los músculos y otros tejidos involucrados en el esfuerzo” (Winnicott 1950, p. 215).

En última instancia, es la presencia de la resistencia al entorno la que hace significativo el modo activo de la experiencia (Hoffman, 1998), o la experiencia de agencia; la experiencia refleja el esfuerzo del organismo por superar la oposición. Con el tiempo, se desarrolla un proceso análogo en nuestro desarrollo emocional, Con el tiempo, se desarrolla un proceso análogo en nuestro desarrollo emocional. La experiencia de la agencia se da, de manera importante, no solo en el mundo físico, sino también en nuestra vida emocional; implica el sentimiento de que podemos tener un impacto emocional en nuestros objetos, independiente en cierta medida de su voluntad de recibir ese impacto. El infante no puede alcanzar el pezón, a pesar de su extremo esfuerzo físico. Sin embargo, puede llorarle a su madre y, con suerte, la madre puede ofrecerle ayuda. Con el tiempo, el infante registrará la lección de que sus lamentos tienen un impacto emocional en su madre. Aprende “puedo llegar a ella”.

En otras palabras, es la capacidad de la madre de reconocer, o sentir, el impacto del infante como un "centro de experiencia" equivalente (Benjamin, 1995, p. 28) con su propia "agenda" lo que determina si el lactante se reconocerá a sí mismo como agente. Al mismo tiempo, el trabajo de la madre consiste en reconocer, y a veces incluso imponer, su propia agenda cuando es necesario para el desarrollo, tolerando su conflicto con la del niño en el caso de que se diera (Pollock y Slavin 1998). Estas dinámicas son las que determinan el alcance de la experiencia que el niño en desarrollo tiene de sí mismo como agente. Ciertamente, si experimenta a su madre como emocionalmente impenetrable - si la oposición a sus esfuerzos es demasiado grande- entonces el modo activo de experiencia puede verse limitado o incluso bloqueado casi por completo.

Ejemplo clínico: Nell

El primer comentario de Nell fue: “¡No sé cómo moverme!”.

Esta exclamación ofrecía una descripción precisa de la experiencia de Nell (y de la mía propia) durante todo el primer año de nuestro análisis a cuatro sesiones semanales. Sin embargo, fue -estoy seguro que de forma dolorosa para ambos- la única expresión que transmitió una sensación de verdad (Grotstein, 2004) durante nuestros primeros seis meses juntos. Durante el resto del tiempo, nuestras mentes estuvieron lentas y aletargadas, saturadas de mareo y confusión. Nell presentaba material perturbador, pero luego lo desvirtuaba con una cláusula de escape: “Pero no sé si eso es verdad o no”. Me decía, por ejemplo, que su padre afirmaba ser un médico famoso con una gran riqueza oculta, pero sin embargo estaba en el paro; su madre tenía obesidad mórbida, pero sin embargo estaba obsesionada con el aerobic.

Durante este tiempo, en medio de una confusión intolerable, luché por mantener la sensación de mi propia agencia como analista. No sólo sentía que no estaba ayudando a mi paciente sino que, lo que me resultaba más preocupante, no sentía que mi pensamiento fuera eficaz. Incluso me preocupaban factores concretos, la hora tan temprana en que teníamos nuestras sesiones, que podría haber estado interfiriendo con mi función analítica. Busqué consulta e intenté dirigir mi mente hacia las ideas teóricas. La explicación de Britton (1989, pp. 83-101) de cómo un niño comienza a desarrollar una perspectiva de su realidad y de las realidades subjetivas de otros, por ejemplo, me ayudaron a tener una base. El espacio triangular en el que la madre y el padre tienen una relación que excluye al niño, aun cuando cada uno de los padres tenga al niño en mente, se considera una prueba de desarrollo importante en la que el niño desarrolla la "capacidad para verse a sí mismo en interacciones con los demás y para considerar otro punto de vista" (p. 87). En la familia de Nell, este espacio triangular estaba derrumbado, haciendo imposible el conocimiento "objetivo".

Para mi alivio, con el paso del tiempo tuvimos sesiones ocasionales en las que el mundo de los objetos internos de Nell entró en foco. Su padre emergió como un hombre sádico que, ante cualquier signo de autoafirmación por parte de la madre de Nell o de Nell misma, reestablecía su dominio tejiendo narrativas exageradas que no admitían ningún desafío o mediante una dominación física con un límite sexualizado. La madre de Nell se movía entre dos posiciones, unas veces fusionándose con su hija para menoscabar sutilmente a su marido y otras insistiendo en que Nell simpatizara con el sufrimiento de su padre obedeciendo sus deseos.

Durante estos meses emergió un recuerdo temprano que revisitamos a menudo. Cuando tenía cuatro años, Nell estaba sentada debajo de la mesa, jugando con bloques de juguete mientras su padre leía el periódico arriba. Al tratar de ponerse de pie, se golpeó la sien contra el borde de la mesa, lo que resultó en una herida y mucha sangre. Su padre, absorto en su periódico, no se dio cuenta. Al contener a la fuerza su llanto, Nell se mordió el labio hasta que este también sangró. En un momento dado, decidió que tenía que llegar a su padre y así empezó a gritarle. Mirándola, el padre de Nell frunció el ceño y dijo: "Deja de gritar. Limpia eso y déjame leer".

Sea verídico o no, este recuerdo ilustra la dinámica que socava la experiencia que Nell tiene de su agencia. El padre de Nell fracasó traumáticamente en reconocer su subjetividad independiente (Benjamin, 1995). Nell aprendió que no podía "llegar" a su padre. Por el contrario, rechazó estos esfuerzos hasta el punto de hacerlos totalmente ineficaces. Como ha enfatizado Slavin (2016), es el entendimiento del niño de que es su reconocimiento del padre o madre el que produce a su vez el reconocimiento del niño por parte del padre o madre (es decir, que el niño es un agente de la creación de sí mismo a ojos de los padres) lo que establece la sensación del niño en desarrollo de sí mismo como agente. Esto requiere, no obstante, que el niño sea capaz de tener un impacto en el padre o madre, algo que Nell, en este ejemplo y a lo largo de todo su desarrollo, pudo lograr solo en raras ocasiones.

A medida que mi lentitud y confusión comenzaron a disiparse, me volví cada vez más consciente de una horrible parálisis de la experiencia durante mi tiempo con Nell. Esta dinámica llegó a su punto culminante hacia el final de nuestro primer año juntos durante una visita de Nell a sus padres en una ciudad del medio oeste. En los meses previos a su visita, nos anticipamos a las muchas formas de dominación que Nell se vería forzada a soportar de manos de su padre. Estas incluían el ritual familiar de " baloncesto de padre e hija". Cada vez que ella iba a casa de visita, el padre de Nell insistía en que ella lo acompañara a una cancha cercana para jugar al baloncesto lso dos solos. Sus "partidos" estaban marcados por los "bloqueos” de su padre que dejaban a Nell magullada y en el suelo, así como por los evidentes esfuerzos de él por manipular el marcador del juego a su favor. Nell describió con gran detalle éste y otros episodios que anticipaba y, aunque estaba horrorizado, me sentía impotente para hablar con Nell de una manera que pudiera disipar su idea de lo que consideraba su destino inminente.

De hecho, a pesar de su considerable angustia, Nell no podía imaginar oponerse a los deseos de su padre; por el contrario, sentía que no tenía otra opción que someterse pasivamente a estos rituales para no enfrentarse a la oposición abrumadora y probablemente agresiva de su padre. Para empeorar las cosas, cuando se quejó a su madre, esta le dijo que si se negaba a participar "devastaría" a su padre, haciéndola sentir horriblemente avergonzada. Movilizar su propia agresión para hacer retroceder a su padre era inimaginable. Esto, surgió, era parte de lo que Nell quiso decir cuando insistía en que era imposible moverse.

Durante este periodo, Nell trajo su primer sueño; cuando comenzó la sesión, yo pude sentir su duda. Pero con una mirada de haber reunido coraje, comenzó:

Nell: Anoche tuve un sueño. No quiero contártelo, de verdad que no, pero sé que debería intentarlo. Si no, ¿qué hago aquí?

Analista: Pero los sueños son personales, te estás arriesgando a acercarme a ti.

Nell: Sí, así es, y eso da miedo. El sueño... Estábamos en mi apartamento. Vd. había aparecido la noche anterior y pasó la noche en el sofá. Me desperté por la mañana y salí a la sala de estar y ahí estaba Vd., orinando en mis macetas. Estaba tan molesta, no podía mirar, pero tampoco podía decirle nada. "¡Basta!" estaba congelado en mi garganta.

Analista: Estaba ensuciando tu casa y, sobre todo, la violenté en una forma particularmente "masculina" y aun así no podías protestar.

Nell: Supongo que el paralelo con mi padre es obvio aquí.

Analista: Sí, tú tampoco puedes llegar a mí. Estás congelada.

Las asociaciones inmediatas de Nell apuntan a las complejidades de la relación padre-hija. Al permitirme entrar en su "hogar", se preocupa de que yo la violente y en el proceso la convierta en una víctima pasiva, como su padre ha hecho en el pasado. También es consciente de que no será capaz de protestar contra estas ofensas, porque sus protestas están congeladas dentro de ella.

A medida que pasa el tiempo, surgen otras asociaciones. Por ejemplo, Nell enlaza las macetas con su fertilidad -es decir, con su emergente sentido de sí misma como agente sexual y creativo- y mi orina como destructiva de esa potencialidad. Más adelante, emergieron los sentimientos de envidia de Nell respecto a la anatomía y la sexualidad masculinas, así como el "poder, aunque sea destructivo" que supone.

Al acercarse la fecha de la visita de Nell a su casa, tuve un sueño que reflejaba nuestra experiencia emocional evolutiva juntos. En el sueño yo estaba sentado en mi propia casa, en pijama, poco antes de ir a dormir, cuando apareció Nell. Con los ojos rebosantes de ira, Nell se dirigió decidida hacia mí. Sintiéndome terriblemente expuesto y vulnerable, me quedé congelado mientras ella se lanzaba a una furiosa diatriba. Cuando desperté, seguí sintiendo el impacto de ese enojo y aún estaba esforzándome por digerirlo cuando comenzó nuestra sesión más tarde esa mañana. En resumen, estaba atónito por el grado en que Nell podía tener un profundo impacto emocional en mí.

Estaba convencido de que el sueño reflejaba mucho más que una inversión sadomasoquista de la relación padre-hija. Más bien, representaba mi intuición de la capacidad que se estaba desarrollando en Nell para "empujar" contra mí, de tener un impacto emocional en mí, y por lo tanto una revitalización de su experiencia de agencia. A lo largo de su vida, la madre de Nell había dicho a menudo que cualquier intento de oponerse a su padre lo "devastaría", enseñándole así a su hija que su agresión era profundamente peligrosa, una lección que sin duda contribuyó a su bloqueo. De forma igualmente importante, el padre de Nell tendía a responder a sus intentos de tener un impacto en él y en el mundo que la rodeaba con un grado de oposición que ella no podía soportar. En el sueño, sin embargo, Nell fue capaz de "llegar" a mí, y yo no respondí con la abrumadora oposición que esperaría de su padre.

Nell: Sigo pensando en ese sueño. Me persigue.

Analista: Era difícil empujar contra mí, a pesar de que orinase en su salón y en sus macetas, de hecho. Entré en su casa e hice algo que la hizo sentirse violada, disgustada.

Nell: Estoy enfadada con Vd. por eso.

Analista: Y entonces, ¿por qué no me echó de su casa?

Nell: No creo que me Vd. me dejara hacer eso.

Analista: Tal vez no es una cuestión de que yo la deje; tal vez es una cuestión de que Vd. necesita afirmarse, de saber que puede a retroceder y que va a hacerlo cuando algo le parezca mal.

Nell: "¡Fuera!" (Ambos reímos).

Analista: Sabes, resulta que yo también tuve un sueño sobre ti anoche.

Aunque sentí cierta inquietud al hablar a Nell sobre mi sueño -no es mi práctica usual con los pacientes- sentí que facilitó el acceso de Nell a una capacidad interna profundamente necesaria: a saber, el acceso a su capacidad de "empujar contra mí". Cuando una interpretación terapéutica es eficaz, la atmósfera emocional entre analista y paciente puede cambiar drásticamente. Se ha vuelto disponible un nuevo entendimiento, no simplemente como la provisión de nuevo conocimiento de los hechos, sino como una transformación en el paciente respecto a su vida emocional (Bell y Leite 2016). Aquí Nell empezaba a reclamar acceso al aspecto agresivo de su "fuerza vital" básica, lo que le permitió verse a sí misma como un agente que inicia activamente la acción. En nuestra siguiente sesión se produjo el siguiente intercambio, en el que se capturaba el impacto transformador de nuestra interacción.

Nell: Les he dicho a mis padres que no iré a casa como estaba planeado. Pensé mucho en ello cuando hablamos ayer y me di cuenta de que aquí tengo una opción. No tengo que volver a casa sólo porque ellos quieran. No voy a dejarlos de lado, pero necesito algo de tiempo para resolver esto antes de ponerme en esa situación de nuevo.

Analista: Usted ha hecho una elección, su propia elección.

Nell: Y están muy molestos conmigo. Tal vez mi padre está devastado, no estoy segura. Y me siento culpable. Pero como Vd. dijo, a veces las personas chocan entre sí y eso forma parte de la vida.

Analista: Sí.

Nell: Supongo que aquí es donde se dirige nuestro trabajo, a que yo aprenda a tener más de un impacto en el mundo que me rodea, y a saber que puedo hacerlo.

Conclusión

Basándome en las reflexiones de Winnicott (1950), he argumentado que un componente clave de la agencia son las primeras experiencias de motilidad del infante, que tienen un aspecto inherentemente agresivo. Este aspecto se complace en, e incluso busca, la oposición en el entorno circundante.

Nell, en última instancia, fue capaz de desarrollar su experiencia de agencia en la relación analítica (y, cada vez más, en el mundo exterior) a medida que comenzó a "moverse" en nuestra relación. Su capacidad para tener un impacto en mí (como indicaba mi sueño) sugiere, sostengo, que ella reclamaba un grado de acceso a esta "fuerza vital" básica de la agresión. Esto a su vez me llevó a compartir mi propio sueño con ella. Como con cualquier desviación de la práctica estándar, he reflexionado ampliamente sobre esta decisión. En aquel momento enmarqué mi conducta como una acción interpretativa (Ogden 1994), puesto que compartir el sueño comunicaba la capacidad de Nell para tener un impacto en mí. En una reflexión posterior, sin embargo, he reconocido otras motivaciones dinámicas.

Durante los primeros años de tratamiento, me vi arrastrado hacia una contratransferencia concordante (Racker 1957) en la que me sentía paralizado durante el tiempo que pasaba con Nell (igual que ella estaba paralizada con su padre), imaginando a menudo que me enfrentaba a él (pero, por supuesto, impotente en mi capacidad para hacerlo). Yo también temía "chocar" contra Nell con demasiada fuerza, de modo que nuestras interacciones se convirtiesen en una repetición de la relación sadomasoquista padre-hija. Estas dinámicas limitaban nuestra libertad relacional (Stern, 2015) y, en particular, mi capacidad de tener un impacto en Nell. Esto bloqueaba mi experiencia de agencia como su analista. La supresión de la agencia en la situación de tratamiento es, creo, una de las experiencias contratransferenciales más difíciles de tolerar para los analistas[4].

Benjamin (1995) ha escrito ampliamente acerca del reconocimiento mutuo, una reinterpretación del período de acercamiento de Mahler como una lucha por el reconocimiento que facilita la capacidad incipiente de una persona de reconocer la subjetividad de otra persona, un "centro equivalente de experiencia" (p. 28). Como Pollock y Slavin (1998) han señalado, el acto inicial de ser reconocido, de ser capaz de tener un impacto en la madre, capacita al bebé para reconocer a su vez a la madre. Esto abre para el niño la posibilidad de reconocerse como separado de sus emociones, de sus acciones, y de su unión con la madre. "El reconocimiento de la madre", escribe Benjamin,"es la base para el sentido de agencia del bebé" (p. 34). A estas ideas yo añadiría que la experiencia de la agencia tiene una raíz evolutiva incluso más temprana en la motilidad primitiva del bebé y, además, que esta motilidad tiene un aspecto agresivo. Estos factores pueden surgir a medida que exploramos las limitaciones en la experiencia de agencia de nuestros pacientes.

No podemos exagerar la importancia de clarificar nuestros conocimientos teóricos y clínicos sobre la experiencia de agencia. Ciertamente esperamos que mediante el psicoanálisis nuestros pacientes alcancen un mayor grado de libertad relativa, y por lo tanto de agencia como hecho, así como la capacidad de experimentar dicha agencia. Después de todo, es la experiencia de la agencia la que en última instancia es constitutiva del self; la experiencia del encuentro con la resistencia ambiental y de presionar contra ella ayuda a establecer la distinción entre "yo y no-yo", que es fundamental para la integración del self (Elkins 2015, p. 958). Este proceso no solo facilita el desarrollo del self, sino que también determina el tipo de self que se desarrolla. ¿Qué tipo de contacto tenderá un individuo a tener con su entorno? ¿Cuánto y de qué maneras debe desplegarse su agresividad? Estos temas, creo, merecen mayor atención, tanto clínicamente como en la literatura.

 

[1]                 Las discusiones sobre la libertad se han centrado típicamente en la libertad negativa, o libertad de las limitaciones externas a las actividades de uno, y su contrapartida, la libertad positiva, o el deseo de autonomía con respecto al entorno que nos rodea. Cada vez más, estamos reconociendo la importancia de los factores societarios en el bienestar emocional de nuestros pacientes, pero ese no es mi foco aquí.

[2]                Para Caston (2011), reversibilidad se refiere al rango y el carácter del poder sobre las acciones dentro de un campo determinado (p. 915). La autoobservación se refiere al grado de foco consciente disponible para y/o inherente a las acciones objetivo, y pertinencia se refiere al encaje coherente de una acción pensada al contexto en que se desarrolla (p. 916).

[3]               Si bien la motilidad es un componente clave de la experiencia de agencia, su plena expresión depende naturalmente de muchos otros procesos evolutivos y condiciones ambientales. No cabe duda que el movimiento organizándose como una experiencia de agencia depende del desarrollo de capacidades cognitivas por parte del infante. En un proceso madurativo gradual, el infante se vuelve capaz de separarse de sus propios impulsos inmediatos, pensar en sus acciones antes de iniciarlas, y también de razonar sobre sus objetos como separados de la inmediatez del momento y de él mismo (Pollock y Slavin, 1998). Estos desarrollos cognitivos están claramente implicados en la experiencia de agencia tal como la he descrito.

[4]              Sospecho que la dificultad para tolerar lo que se siente como una falta de agencia es una causa frecuente de que los analistas se dediquen con demasiada inmediatez a los procesos de cambio de sus pacientes. Como aconseja el famoso dicho de Bion (1967), gran parte de nuestra experiencia de agencia se basa no en el hecho de tener una agenda para nuestros pacientes, sino en nuestra capacidad de trabajar inconscientemente con el material que nos traen(Ogden 2015).

Referencias

Basch, M. F. (1978). Psychic determinism and freedom of will. International Review of Psychoanalysis, 5, 257–264.

Basescu, S. (1974). The concept of freedom. Contemporary Psychoanalysis, 10, 231–238.

Bell, D. y  Leite, A. (2016). Experiential self-understanding. International Journal of Psychoanalysis, 97, 305–332.

Benjamin, J. (1995). Like Subjects, Love Objects. New Haven, Estados Unidos: Yale University Press.

Bion, W. R. (1967). Notes on memory and desire. En J. Aguayo y B. Malin (Ed.), Los Angeles Seminars and Supervision (pp. 136–138). Londres, Reino Unido: Karnac Books, 2013.

Britton, R. (1989). The missing link: Parental sexuality in the Oedipus complex. En J. Steiner (Ed.) The Oedipus Complex Today: Clinical Implications (pp. 83–101). Londres, Reino Unido: Karnac Books.

Caston, J. (2011). Agency as a psychoanalytic idea. Journal of the American Psychoanalytic Association, 59, 907–938.

Cavell, M. (2003). Freedom and forgiveness. International Journal of Psychoanalysis, 84, 515–531.

Elise, D. (2001). Unlawful entry: Male fears of psychic penetration. Psychoanalytic Dialogues, 11, 499–531.

Elkins, J. (2015). Motility, aggression, and the bodily I: An interpretation of Winnicott. Psychoanalytic Quarterly, 84, 943–973

Fast, I. (1985). Event Theory: A Piaget-Freud Integration. Hillsdale, Estados Unidos: Erlbaum.

Freud, S. (1892). A case of successful treatment by hypnotism, with some remarks on the origin of hysterical symptoms through “counter-will.” Standard Edition, 1, 117–128.

Freud, S. (1901). The psychopathology of everyday life. Standard Edition, 6, 1–279.

Freud, S. (1910). Five lectures on psycho-analysis. Standard Edition, 11, 9–55.

Freud, S. (1916–1917). Introductory lectures on psycho-analysis. Standard Edition, 15/16.

Freud, S. (1919). The “uncanny. ” Standard Edition, 17, 219–256.

Freud, S. (1923). The ego and the id. Standard Edition, 19, 12–66.

Freud, S. (1940). An outline of psycho-analysis. Standard Edition, 23, 144–207.

Grotstein, J. S. (2004). The seventh servant: The implications of a truth drive in Bion’s theory of ‘O’. International Journal of Psychoanalysis, 85, 1081–1101.

Hoffman, I. Z. (1998). Ritual and Spontaneity in Psychoanalytic Process: A Dialectical-Constructivist View. Hillsdale, Estados Unidos: Analytic Press.

Levenson, E. A. (2012). Psychoanalysis and the rite of refusal. Psychoanalytic Dialogues, 22, 2–6.

Macklin, R. (1976). A psychoanalytic model for human freedom and rationality. Psychoanalytic Quarterly, 45, 430–454.

Macmurray, j. (1957). The Self as Agent. Nueva York, Estados Unidos: Humanity Books, 1999.

Meissner, W. W. (2009). Volition and will in psychoanalysis. Journal of the American Psychoanalytic Association, 57, 1123–1156.

Mitchell, S. M. (1988). Relational Concepts in Psychoanalysis: An Integration. Cambridge, Estados Unidos: Harvard University Press.

Ogden, T. H. (1994). The concept of interpretive action. Psychoanalytic Quarterly, 63, 219–245.

Ogden, T. H. (2015). Intuiting the truth of what’s happening: On Bion’s “Notes on memory and desire.” Psychoanalytic Quarterly, 84:285–306.

Piaget, J. (1952). The Origins of Intelligence in Children. Nueva York, Estados Unidos: International Universities Press.

Pollock, L. y  Slavin, J. H. (1998). The struggle for recognition: Disruption and reintegration in the experience of agency. Psychoanalytic Dialogues, 8, 857–873.

Racker, H. (1957). The meanings and uses of countertransference. Psychoanalytic Quarterly, 26, 303–357.

Schwartz, W. (1984). The two concepts of action and responsibility in psychoanalysis. Journal of the American Psychoanalytic Association, 32, 557–572.

Slavin, J. H. (1997). Memory, dissociation, and agency in sexual abuse. En R. Gartner (Ed.) Memories of Sexual Betrayal: Truth, Fantasy, Repression, and Dissociation. Nueva York, Estados Unidos: Aronson, pp. 221–236.

Slavin, J. H. (2016). “I have been trying to get them to respond to me”: Sexuality and agency in psychoanalysis. Contemporary Psychoanalysis, 52, 1–20.

Slavin, J. H. y  Pollock, l. (1997). The poisoning of desire: The destruction of agency and the recovery of psychic integrity in sexual abuse. Contemporary Psychoanalysis, 3, 573–593.

Stern, D. B. (2015). Relational Freedom: Emergent Properties of the Interpersonal Field. Nueva York, Estados Unidos: Routledge.

Stern, D. N. (1985). The Interpersonal World of the Infant: A View from Psychoanalysis and Developmental Psychology. Nueva York, Estados Unidos: Basic Books.

Symington, N. (2002). A Pattern of Madness. Londres, Reino Unido: Karnac Books.

Viney, W. y Parker, E. (2016). Necessity as a nightmare or as a pathway to freedom: Freud’s dilemma, a human dilemma. Psychoanalytic Psychology, 33, 299–311.

Waelder, R. (1963). Psychic determinism and the possibility of predictions. Psychoanalytic Quarterly, 32, 15–42.

Wallwork, E. (1991). Psychoanalysis and Ethics. New Haven, Estados Unidos: Yale University Press.

Wheelis, A. (1956). Will and psychoanalysis. Journal of the American Psychoanalytic Association, 4, 285–303.

Winnicott, D. W. (1950). Aggression in relation to emotional development. In Collected Papers: Through Paediatrics to Psycho-Analysis. Nueva York, Estados Unidos: Basic Books, 1975, pp. 204–218.

Winnicott, D. W. (1952). Anxiety associated with insecurity. In Collected Papers: Through Paediatrics to Psycho-Analysis. Nueva York, Estados Unidos: Basic Books, 1975, pp. 97–100.

Wisel-Barth, J. (2009). Stuck: Choice and agency in psychoanalysis. International Journal of Psychoanalytic Self Psychology, 4, 288–312.