Interpretación y acción terapéutica del psicoanálisis

Publicado en la revista nº005

Autores: Vallés, Vicenta - Albrecht-Schwaber, E.

 



  • Artículo: Interpretación y acción terapéutica del psicoanalisis. Interprétation et action thérapeutique de la psychanalyse. ALBRECHT-SCHWABER, Evelyne (1999) Monographies de Psychanalyse de la Revue Française de Psychanalyse. Interprétation I, pp. 65-8





Evelyne A. Schwaber empieza el artículo considerando el papel del analista como participante decisivo en el material de la cura. Así dice, “la naturaleza de lo que es observado depende del observador y es modificada por éste dada su participación”. Considera que tanto el analista como el paciente tienen un impacto uno sobre otro y que esto provoca un cambio en cada uno de ellos.


Pasa a cuestionar algunas descripciones que hace James Strachey en su artículo “Naturaleza de la acción terapéutica del psicoanalisis“, afirmaciones que el pensamiento analítico parece haber aceptado implícitamente. Para este autor, si todo va bien, después de la interpretación, el paciente se dará cuenta de que existe una diferencia entre su objeto fantasmático arcaico y el objeto externo real. Es esta toma de conciencia la que indica, para Strachey, que la interpretación es mutativa. Sin embargo, dice Schwaber, si esa distinción la ha de hacer el paciente, en base a la interpretación que recibe, eso quiere decir que el analista ya se ha dado cuenta de la diferencia entre objeto arcaico y objeto actual; O sea, que el saber preexistente del analista, transmitido por la interpretación, es el que impone sus límites al impacto que tiene la interpretación sobre el paciente.


Su tesis es la siguiente: esforzarse por dar interpretaciones para ayudar al paciente a diferenciar entre la naturaleza real del analista y el objeto interno arcaico supone imponer una concepción de la realidad que puede convertirse en un obstáculo para el trabajo analítico, en lugar de facilitarlo. Se debería, según ella, hacer una pregunta de la cual el analista aún no tiene la respuesta. La autora se cuestiona cómo los dos objetos, el arcaico y el presente, el interno y el externo podrían ser vistos no como distintos sino como parecidos y qué sentido podría tener esta cuestión.


Schwaber propone un “modo de escucha” del material clínico que se centraría en los indicios verbales y no verbales del paciente, y en su relación con las intervenciones silenciosas o verbales del analista. Afirma que este “modo de escucha” permitiría reconstruir mejor la historia del paciente restableciendo la relación hasta entonces inconexa entre el pasado y el presente.


Ilustra sus reflexiones relatando diferentes casos. El primero de ellos se refiere a un fotógrafo que se quejaba de síntomas acompañados por un sentimiento recurrente de desamparo. En la primera viñeta, el paciente le está diciendo con todo tipo de descripciones lo importante que es para él la fotografía cuando asocia lo siguiente: “Conozco un psiquiatra que se interesó mucho por la fotografía, cada vez más durante sus vacaciones y al final, dejó la psiquiatría.” Schwaber le dice, ya que sus vacaciones se acercaban, si sus vacaciones habrían podido suscitar tales pensamientos. El paciente responde que no sabe cómo tomar lo que dice. La cadena de las asociaciones parecía haberse roto y Schwaber observa que su paciente salió de la sesión apartando la mirada y que su cuerpo parecía paralizado y contraído. ¿Qué había pasado? Cuando en una sesión siguiente hablaron de esto él se acordó de actitudes de su madre, siempre ocupada por ella misma, sin el menor interés por sus actividades fotográficas. Su forma insegura de hablar, el evitar la mirada, el cuerpo paralizado y contraído mostraban como reaccionaba a esto; aquí estaba su desamparo un síntoma que se ponía de manifiesto y que se podía poner en relación con las experiencias de su infancia. Fue, dice Schwaber, después de haberme hecho la pregunta cuando llegué a ver la analogía entre yo y el objeto arcaico interno del paciente, y cuando vi que había reproducido la actitud de su madre siempre ocupada por ella misma cuando le llevé a hablar de mis vacaciones; fue esta similitud la que él percibió y la que permitió el resurgimiento de otros recuerdos.


En la segunda viñeta, este paciente se lamentaba de que sentía que su amiga estaba distante de él. Hablaba lentamente, la analista se quedó en silencio. Durante ese silencio de la analista, él había oído una música y la había escuchado también en silencio. Incitado por su analista dijo que había oído la música cuando esperaba que ella dijera algo y no había dicho nada. Schwaber le preguntó qué significaba para él su silencio y él respondió que se volcaba hacia la música en su infancia para calmar el sentimiento de soledad y de insignificancia. Recordó que iba hacia su padre (el cual adoraba la música) cuando sentía a su madre distante, y se sentía desamparado. Fue así, dice la autora, como llegamos a reconstruir un aspecto importante de lo que significaba para él la música.


Se puede remarcar que tanto el silencio de su analista como la cuestión de sus vacaciones habían puesto al paciente en el mismo estado de desamparo de su infancia. Este es el primer punto importante concerniente al modo de escucha que propone Schwaber.


Ella no trataba, dice, de distinguir lo que había o no sufrido distorsiones, ni lo que era real o arcaico, la sola realidad que buscaba conocer era el mundo psíquico de su paciente. Así se dio cuenta de su elocución bloqueada, de los cambios de postura y pudo empezar a descubrir cómo el presente se parecía al pasado, cómo su actitud había repetido la del objeto interno arcaico.


El descubrimiento por Freud de la teoría del fantasma, el hecho de que haya pasado de la realidad material a la realidad psíquica considerada como el tipo de realidad determinante”, exige que se redefina el sentido de la expresión “lo que es real”. Como es sentido y percibido lo que es –como sentimientos y percepciones, deseos y defensas se entrelazan- esto es lo que es real. Para la autora es “real” lo que cada uno de nosotros vive como verdadero y por tanto la exactitud no puede ser apreciada por nadie más. Lo real, tal y como es sentido por el otro, debe incluirnos a nosotros los observadores como participantes. La interpretación que emana de la forma de ver del analista y no de la del paciente puede tener por efecto el alejarlo del analista.


En otro caso, el de la Srta. L. observa que conforme avanza la sesión el tono de su voz se hace más alto. Traiga el material que traiga siempre es el otro el que está equivocado. Schwaber le señala su tendencia a proyectar la acusación; la paciente elabora esta interpretación pero la analista observa que el tono de su voz sigue alto. La paciente sostiene que lo que le señala no corresponde a la realidad, tiene la impresión de que su analista le hace reproches. Esta impresión se repite en cada uno de los episodios que cuenta: “Alguien le hace reproches pero es ella la que tiene razón.” ¿Por qué con ese tono de voz? Identificando la relación entre el tono de voz y la forma en que ella sentía que se le respondía descubrieron elementos cruciales de su historia. Después de haber encontrado en su pasado de dónde venía ese tono y porqué ella había tenido que esconder su sentimiento de miedo, después de haber señalado las circunstancias que la hacían renacer en el presente, ella podía, al fin, aceptar reconocer que las situaciones conflictivas a las cuales abocaba no eran más que sus propios conflictos. La interpretación que relacionaba lo vivido actualmente con su vivencia en el pasado le permitió comprender. Con una mayor capacidad de observación descubrió ella misma un significado fundamental de su ser. La modificación del afecto, que se puede considerar como una vía de acceso al inconsciente, era una dimensión esencial e indicaba el estado “mutativo de las interpretaciones.


La Srta. M. fue a buscar su ayuda porque tenía dificultades para establecer relaciones duraderas. Muy pronto la transferencia tomó la forma siguiente: parecía sentir cólera contra su analista a propósito tanto de lo que decía como de lo que no decía, incluidos los silencios. Preguntándole Schwaber por qué sólo le comunicaba sus sentimientos después, ella respondió: “Yo quiero que usted me comprenda sin que yo se lo tenga que decir todo. Si verdaderamente usted se ocupara de mí, usted sabría, si debo pedir es como si mendigara”. Este deseo que le resultaba familiar era un deseo que ella tomaba conciencia y formulaba así por primera vez: el deseo de ser comprendida sin palabras para precisar. El reconocer esto le remitió a recordar el sentimiento que tenía frente a su madre indiferente a sus comunicaciones afectivas precoces y que su analista había hecho renacer.


Es la observación misma, el significado que se busca sin una idea preconcebida la que permite a la interpretación de seguir, de forma sutil, lo que puede encontrarse en la respuesta dada por el paciente.


En el curso de una sesión, un paciente le habla de ciertos recuerdos que tenía de su madre a la que califica de frustrante y seductora, sin mucho tono afectivo. Schwaber se queda en silencio y el paciente dice en tono fuerte y emotivo: “Lo que siento es que yo quisiera que usted me acogiera en sus brazos”, su analista le preguntó ¿En este momento? Si, dijo. ¿Le cogía su madre en sus brazos? No, respondió. ¿Qué es lo que le ha hecho sentir eso conmigo? Un sentimiento de vacío, contestó. Después de examinarse a sí misma, la analista se da cuenta de que la pregunta sobre su madre quedaba fuera del dominio intrapsíquico de su paciente y que podía ser tomada por una evitación. Reflexionando sobre la causa que podría haberla llevado a alejarse así de su paciente considera que los umbrales pueden variar pero que hay quizá una tendencia general a alejarse de la inmediatez afectiva del momento, incluso una pregunta tan abierta aparentemente como ¿le abrazaba su madre? Puede ser utilizada para no acceder al conocimiento de lo qué le pasa al paciente.


Otro caso ilustrará cómo una pregunta puede conducir a guardar un afecto a distancia. Se trata de la Srta. E., quien llega a una sesión que su analista le había cambiado y le anuncia que por error había tomado una cita con el dentista en el mismo momento. Estaba segura de que este error debía de significar algo. Schwaber le preguntó ¿qué es lo que le hacía estar tan segura?, y observó que la paciente respondió de forma dubitativa y vaga, es decir, modo insegura. La pregunta sobreentendía para la paciente que su error no tenía sentido y despertó el temor de que su analista la encontrara estúpida. Desde su infancia se le acusaba de estupidez y esta acusación la había llevado a replegarse sobre sí misma. La analista comprendió cómo preguntándole sobre su certidumbre estaba implícita la duda concerniente a la seguridad de su convicción y cómo esto le había recordado a aquellos que la tachaban de estúpida.


Respecto al “modo de escucha”, la autora dice que el discurso monótono y la vacilación del paciente podían ser utilizados como indicios del resurgir de ese sentimiento de ser humillada por ella. Esta pregunta se convirtió en central, dice la autora, porque le hizo observar el cambio de afecto del paciente, lo que de otra forma se le hubiera podido escapar.


El último caso que expone en su artículo es el de un paciente M.J. que relata que bromeando con su mujer, se golpean y sintiendo que controlaba la situación, empezó a pegarle más fuerte. Analista y paciente hablaron de qué evocando esta escena le había llevado a esta reacción. El sabía –decía- de su tendencia a herir a las personas más débiles, exactamente igual a como él había sido pegado como hermano pequeño por sus hermanos mayores. Mientras el paciente asociaba, Schwaber observa que en el paciente el estado afectivo seguía cargado, más agobiante, incluso a medida que reflexionaba. También se da cuenta de que ella se había sentido del lado de su mujer, no quería que le pegara, y que tenía como proyecto ayudarle a analizar lo que le había conducido a actuar así. Es decir, que tenía un plan. Al día siguiente el paciente dijo que no le había gustado la sesión porque era su mujer la que era una cerda y que sentía que su analista le había comunicado que era él quien desbarraba.


Según Schwaber, para el análisis, las únicas informaciones que tienen valor y que pueden dar lugar a la interpretación son aquellas que se refieren, no al comportamiento del paciente en el mundo exterior sino a la naturaleza de su experiencia íntima y la manera en que ésta es comunicada. Entender la experiencia del paciente tal y como la expresaba es lo que se debería hacer sin proponerse mostrar cómo tendría que llevar su vida. Sostiene que como clínicos no debemos tener un plan, dado que éste refleja nuestros valores y nuestros fines. Puede que comprendamos más al paciente si nos quedamos en resonancia con lo que nos comunica, verbalmente o no, en resonancia también con la relación existente entre lo que comunica y su manera de percibir nuestras intervenciones.


Schwaber considera que el abandono de los deseos infantiles o la renuncia no es lo que da al tratamiento su eficacia, sino el descubrimiento y la elucidación, la investigación de su significado y el restablecimiento de su continuidad histórica. Por otro lado indica que hay que estar atento cuando los síntomas desaparecen mientras que surge un afecto disonante. Ofrecer a nuestros pacientes nuestra participación, nuestra forma de aprehender las cosas puede servir para enriquecer nuestro campo de investigación. Informándonos de las experiencias perceptivas de nuestro paciente, y de lo que las determinó en su pasado encontramos un acceso a una parte esencial de su mundo interno. De hecho, lo que aún es inconsciente puede encontrar en este tipo de comunicación formas de expresarse pertinentes. Se refiere a una forma de ver que conduce a hacer preguntas, dada nuestra ignorancia de los hechos, lo que evitaría que los terapeutas dieran sus respuestas al paciente o le influyeran.


Según Schwaber, gracias a que la interpretación resulta intrínsecamente de una pregunta, el paciente puede llegar a sentir que descubre y reconoce su mundo interno y a distinguir entre lo real, lo arcaico, lo familiar y lo nuevo. Así es como opera la acción terapéutica.


La autora sostiene que para acercarnos y ayudar a nuestros pacientes a ver cómo sus defensas se instalan los terapeutas no necesitamos saber más que ellos. Con esa actitud ofrecemos a los pacientes algo que hemos observado de nuestros propios procesos inconscientes y preconscientes, –un afecto, una imagen, una metáfora quizá – que abriría un abanico de posibilidades todavía no conscientes para los pacientes.


Schwaber indica que los terapeutas descubrimos el mundo del paciente gracias al descubrimiento que hacemos de nuestro propio mundo; Sin embargo, no descubrimos nada si todo lo que vemos es todo lo que ya habíamos visto. Paciente y analista tienen tal impacto sobre el otro, que cada uno de ellos cambia. Para la autora, la interpretación es un acto compartido.


Según Schwaber, los terapeutas somos observadores-actores. Nuestra participación es una parte esencial de los hechos, en tanto y en cuanto sea comprobada por el paciente. Podemos tratar de no imponer nuestro punto de vista; sin embargo, debemos buscar qué es lo que el paciente podría sentir como impuesto ya que es la verdad del paciente lo decisivo.


Comentarios


La posición de la autora se inscribe en un cambio epistemológico en el que el analista ya no es sólo considerado como objeto de proyección sino, también, como participante activo en el proceso terapéutico y en la organización de la experiencia del paciente, así como en el material asociativo que va surgiendo.


A nivel metodológico, la autora propone que el analista se centre en el punto de vista del paciente. Debe estar atento a que su propia realidad psíquica no sea intrusiva en la realidad psíquica del paciente, y, para esto, considera que hay que estar particularmente atento a las reacciones tanto verbales como no verbales. Pero aquí nos surge una pregunta: si considera al analista como participante ¿cómo la realidad psíquica de ese participante podría quedar al margen del intercambio terapéutico?.


La autora propone que el analista se ponga en la posición del que no sabe, y para ello debe preguntar a su paciente. La pregunta serviría de base para conseguir una interpretación basada en las respuestas obtenidas del paciente. Con todo, la pregunta es para nosotros otra vía de intervención y observación que no hay que descuidar, pero no la única ni la decisiva. Desde nuestro punto de vista, consideramos que la pregunta sistemática también podría, a veces, tener como consecuencia el mantener una cierta distancia emocional y evitar el sentir y el hacer sentir. El silencio del analista tiene también su importancia: permite que se conecte con sus propios sentimientos, observar al otro y hacer que sienta la presencia de alguien no intrusivo. Pero si éstas fueran las únicas formas de intervención privilegiadas, entonces se privaría al paciente de la presencia de la subjetividad del analista y de la posibilidad de que manifieste todo un amplio repertorio de reacciones transferenciales ante distintos contextos intersubjetivos.


Para la autora, el descubrimiento por Freud de la teoría del fantasma exige que se redefina el concepto de lo que “es real”. Lo que es real para el paciente lo obtenemos a través de sus narraciones. Para Spence, la verdad narrativa es una forma de dar un sentido a la verdad histórica o vivida. Según Schaffer, toda percepción es ya una interpretación de la realidad objetiva. Así dice: “Aquello que es llamado experiencia subjetiva y lo que es convencionalmente considerado por una evidencia primera inmediata de las cosas debe ser considerada como una construcción”. Para Ricoeur, existe una realidad histórica y una realidad narrativa. Por nuestra parte, “Lo real” sería la realidad narrativa del paciente que iría cambiando a medida que pudiera ir elaborando lo vivido y que pudiera, asimismo, ir reconstruyendo su propia realidad histórica.


Como hemos visto en su crítica a Strachey, Schwaber considera, en un primer momento, que dar interpretaciones que ayuden a los pacientes a diferenciar el objeto real del objeto interno arcaico puede convertirse en un obstáculo para el trabajo analítico. Sin embargo, más tarde dice “gracias a que la interpretación resulta intrínsecamente de una pregunta, el paciente puede llegar a distinguir entre lo real, lo arcaico, lo familiar y lo nuevo”. Así es para ella como opera la acción terapéutica. Critica a Strachey pero al final parecería que se acerca a su posición. Curativo sería aquello que le ayuda a distinguir entre lo real y lo arcaico. La diferencia fundamental parece ser que considera que sólo es curativa aquella interpretación que deriva necesariamente de una pregunta, que sea el propio paciente el que descubra y reconozca su mundo interno y que llegue a establecer dicha distinción. ¿Pero, sólo aquello que el paciente mismo se puede decir? La duda que nos surge es que llevar al extremo la tesis de que sea el paciente el que debe descubrir su realidad psíquica no permitiría enfrentar las poderosas defensas inconscientes que se oponen al autodescubrimiento.


A pesar de estas cuestiones, nos parece un artículo interesante y creemos que dejan abiertas las preguntas: ¿qué peso deben tener las concepciones del analista y del paciente, cómo se entrelazan y se influencian mutuamente, es el paciente el que guía el proceso o, más bien, se trata de momentos en que uno de los miembros de la pareja analítica toma el liderazgo mientras que en otros hay una alternancia? ¿Es posible una técnica universal respecto a estas cuestiones o dependerá de las características del paciente, de su capacidad para impulsar el proceso analítico, de su tendencia o no a la regresión, de sus recursos emocionales y para el insight?

 


Bibliografía


Spence, D. (1982). Narrative truth and historical truth: meaning and interpretation in psychoanalysis. New-York: Norton


Schaffer, R. (1985). Action et narration. Revue Française de Psychanalyse, 49,5,1253-1266


Ricoeur, P. (1983). Temps et récit. Paris: Seuil










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