Teoría de la acción: perspectivas filosóficas y psicoanalíticas

Publicado en la revista nº006

Autor: Dorfman, Beatriz


  • Libro:Teoría de la acción, perspectivas filosóficas y psicoanalíticas, ADEP, Buenos Aires, 1999.



Este libro, recientemente publicado por la Asociación Argentina de Epistemología del Psicoanálisis, es producto de diecinueve años de actividad teórica interdisciplinaria y registra, en esta entrega, la sucesión de encuentros quincenales que en 1999 tuvieron lugar en la institución. Alcanza concreción en momentos en que un hacer ya maduro, el psicoanálisis, se siente en condiciones de intercambiar a cielo abierto, con filósofos y otros científicos, una serie de problemas teóricos aún no resueltos o no cabalmente comprendidos sobre cuestiones que a unos y otros plantea el tema de la acción.

El prefacio de Gregorio Klimovsky, con su claridad meridiana, su saber multifacético y su sutil ironía, ubica al lector respecto a los contenidos de la noción de acción, sus implicaciones metafísicas, sus diferencias con el “hecho” y las diferentes disciplinas que han abordado el estudio de la acción racional desde la medicina, la economía, la jurisprudencia, incluida la matemática con la teoría de los juegos. En psicoanálisis, el tema de la interpretación como acción terapéutica  a partir de la adecuada comprensión de las expresiones (verbales o no) del paciente, es uno de los que más inquietan a los psicoanalistas. Entre los filósofos, una amplia paleta de posturas registradas en el libro va desde Brentano, Husserl, Wittgenstein y Ricoeur hasta Habermas y Gadamer como los más recientes.

La Introducción por Daniel Biebel enfoca, no solo la acción institucional a través de los encuentros que se han celebrado desde 1980 hasta la fecha en la Asociación que actualmente preside, sino también, con sobriedad psicoanalítica, el deseo de ampliar, a través de los intercambios con representantes de otras orientaciones y teorías, la expertez terapéutica que “permita elaborar intervenciones terapéuticas que emulen la precisión de una intervención microquirúrgica, la sutileza de una poesía, la espontaneidad de una conversación entre amigos”.


Francisco Naishtat abre el ciclo con “La acción en la perspectiva del giro lingüístico: de la escuela neowittgensteiniana inglesa a Paul Ricoeur”, trabajo con el que encara el tema de la acción con relación al lenguaje. Comienza con la crítica de Wittgenstein a la “duda hiperbólica” de Descartes, ya que este conservó dos certezas: la de sus estados internos (“me duele la muela”) y la del lenguaje (pues quedaba implícita la certeza de, por caso, “esta es mi mano”). Según la teoría del lenguaje privado, los estados internos que experimenta una persona le pertenecen exclusivamente a ella, y es ésta quien le otorga sentido a las expresiones que los describen. En cambio, sostiene Wittgenstein, el significado de dichas expresiones es común para todo el mundo porque resulta del aprendizaje público del lenguaje. La acción básica es la que se refiere al movimiento del propio cuerpo, pero la manera en que hablo de mi acción, como cuando hablo de mi dolor, es diferente de la que uso para hablar de la acción de Pedro, entendida su acción como un suceso (para mí). Hay que separar, por tanto, el juego de lenguaje de la acción del juego de lenguaje de los sucesos. Las acciones son ordenadas por la noción de intención, mientras los sucesos lo son por la de causa.


Naishtat continúa con Gilbert Ryle y su “mito del fantasma en la máquina”, una crítica a la concepción cartesiana que implica un error categorial, el que acontece cuando se ponen en conjunción elementos de orden diferente. En el caso de Descartes, el error consiste, según Ryle, en seguir aplicando las categorías de sustancia, cambio y causa al cuerpo y a la mente por igual, siendo que se trata de entidades heterogéneas. Como solución, Ryle propone la idea de disposición, con la que rompe tanto con la idea de subjetividad y asimetría de la primera persona, como con la de la causalidad de los estados mentales. Puede decirse “La bicicleta produjo la caída del puente” o bien “El puente ya estaba mal y tenía una disposición a caerse”, del mismo modo que describo el comportamiento de Pedro y el mío propio.


Luego Naishtat menciona a Strawson y su concepto de persona, un “particular de base”, indispensable para poder pensar la mente y el cuerpo. Porque, para asignarle predicado a una cosa, se necesitan por lo menos dos personas: una a la que se le aplique el predicado y otra a la que deje de aplicársele. Él cógito cartesiano es una categoría que sólo puedo aplicarme a mí misma, sin posibilidad de adscribirla a otros. Pero, dado que la idea de persona  nos es común a mí y al otro puedo atribuirme estados de conciencia al igual que se los atribuyo a otros. Finalmente, el autor recuerda que para Ricoeur la comprensión entre personas es posible porque la acción observada es inseparable del discurso. El agente recupera, así, una historicidad narrativa que funda la hermenéutica que falta en Wittgenstein.


En resumen, Naishtat muestra cómo se puede comprender la acción del otro sin apelar a estados subjetivos ni a la causalidad de los empiristas: basta con pensar en el aprendizaje del lenguaje público que hace posible el adscribir al otro la misma acción intencional que me autoadscribo (Wittgenstein); con salvarse del error categorial cartesiano diferenciando disposición de causa (Ryle); tomando el primitivo persona gracias al cual puedo atribuir al otro estados de conciencia tanto como me los atribuyo a mí misma (Strawson); o teniendo en cuenta la historicidad narrativa del agente que falta en Wittgenstein (Ricoeur).


A continuación, Eduardo Issaharoff habló en “Psicoanálisis, mente y acción” sobre cómo el psicoanálisis descuidó la estructura de la acción al intentar explicar la conducta humana. No hay teorías que unifiquen un campo polisémico como el de la acción, dice. Von Wright propuso tres categorías de acciones: estado de cosas, acto y actividad, con una dimensión temporal que las constituye estructuralmente y permite ubicarlas con relación a la intención, siempre presente, tanto en forma consciente como inconsciente. Para Freud, la acción es la exteriorización de una carga que ha pasado por un proceso dentro del aparato psíquico (conciencia observable, experiencia subjetiva). Todo lo que sale de este aparato sería acción; todo lo que entra sería sensorial. Los enunciados correspondientes implican intencionalidad, propósito, significado y este puede ser latente (inconsciente) o, incluso, no involucrar actividad motora.


Una acción motivada sería el resultado de un proceso, una construcción de carácter interno que relaciona el evento motor con las condiciones del contexto. Pero hay conductas pasionales (Aristóteles) que parecen pasar directamente a la acción, sin proceso previo. También se podría distinguir entre memoria y reflejo. Este sería una acción diferente a la de una acción psicológica para la que la memoria resulta indispensable. Para Wittgenstein el significado implica que a un término del lenguaje se le asigna una vivencia mediante una regla pública, producto de convención, pero esta puede entenderse también como regla genética, un corpus patrimonio de la especie dentro del que cada comunidad elige un subsistema.


Según Issaharoff, todas las posiciones filosóficas remiten al problema cuerpo-mente: si bien el cuerpo realiza la acción, el motivo está en otro lado. Fine/Moore hablan de la acción como conducta motivada, pero Roderick Anscombe afirma que el hecho de que una persona sea un agente, no determina que todo lo que haga tenga un motivo. Con todo, la opción no se reduce a ser una acción motivada o un reflejo, pues ni siquiera este es independiente del sistema en el que está inserto.


Otro aspecto es decidir si una acción del paciente está motivada o es el terapeuta quien le atribuye esa motivación.

Dado que el aparato de pensar funciona ininterrumpidamente, aparece otra diferenciación: ¿es lo mismo estar despierto que dormido? Al interpretar los sueños se asume que estos tienen un significado y que las acciones que en él aparecen tienen un motivo. Los enunciados expresados en forma abstracta pueden ser interpretados tanto en términos de psique como de cerebro. Este, cuando está despierto, está modulado (restringido) por “inputs” sensoriales; cuando está dormido, lo está por las memorias. De igual manera puede decirse que la fantasía inconsciente es restringida por los inputs sensoriales o por la memoria.

Hay que distinguir también entre ocasiones en que nos equivocamos poco en algunas cosas y otras en que nos equivocamos mucho. Se refiere Issaharoff a equivocarnos en diferentes grados al interpretar las acciones de otro. En cambio el cerebro o la psique calculan muy bien a la hora de mover el cuerpo en el mundo. Se puede hacer la hipótesis de que son dos funciones diferentes.


Issaharoff habla de la falta de una teoría unificada de la acción para dar cuenta del campo polisémico que esta constituye y del descuido del psicoanálisis en cuanto a conceptuar una estructura de la acción. La acción, como resultado de un proceso de tramitación de una carga por el aparato psíquico, estaría motivada y sería intencional, si bien esta intencionalidad puede ser consciente o inconsciente. Habría, sin embargo, acciones pasionales que sortearían el trabajo psíquico, y acciones como los reflejos que no obstante ser manifestaciones del cuerpo, no estarían totalmente desligadas de lo psíquico.


Diana Pérez, en su “Teorías filosóficas de la acción humana y la explicación de la acción”, aborda dos teorías, la de George H. von Wright y la de Donald Davidson desde dos preguntas: ¿Qué es una acción humana? (pregunta metafísica), y ¿cómo se explican las acciones humanas? (pregunta epistemológica). Para ello enfoca primeramente algunos rasgos preteóricos de las acciones: a) las acciones se oponen a las pasiones, esto es, lo que hacemos activamente (que cambia el curso de los hechos) es diferente de aquello que nos ocurre pasivamente  (aunque a veces podamos creer que nunca somos pasivos); b) hay diferencia entre lo que hago y lo que veo hacer a otro, ya que lo mío lo conozco en forma directa de modo diferente a lo que observo en la acción del prójimo. Además, sólo podemos hablar de acciones cuando hay una manifestación física: no son acciones las manifestaciones puramente psíquicas. El modelo clásico de explicación de las acciones, dice Diana Pérez, se encuentra ya en Aristóteles con sus dos premisas: a) los deseos, intenciones o propósitos del agente y b) cierta información o creencia del agente acerca de cómo realizar sus propósitos.


G. von Wright distingue entre “resultado” y “consecuencia” de una acción. La relación entre la acción y su resultado es intrínseca, lógica o constitutiva, a diferencia de la “consecuencia”, que mantiene con la acción una relación extrínseca, causal, que, según Hume, presupone entre ambas una ley natural, no lógica. Para Davidson, dice Pérez, una misma acción puede describirse de diferentes maneras y según cómo se la describa tendrá una u otra explicación. Lo que hay que explicar son las acciones intencionales. La explicación de la acción apela a las razones que determinaron que esta se produjera, razones que constituyen una red conceptual ineliminable, compuesta de nociones como acción, intención, creencias, deseos, significados lingüísticos, conectados entre sí, por lo que es de carácter holista, y está regida por la racionalidad. En este esquema no se puede tener creencias contradictorias. Lo mental y lo físico no se vinculan por leyes causales conocidas, lo que no impide que estas leyes puedan existir. Bajo una descripción intencional de las acciones, la relación entre razones y acciones es lógica, conceptual. Pero una misma acción puede también formularse en términos físicos no intencionales (como un estado neurofisiológico). Ahora bien, ¿cómo vincular intención con causalidad? La propuesta davidsoniana permite conservar los dos ámbitos, el de la legalidad y causalidad, por un lado, y el de la racionalidad, por otro. Esto permite que nos reconozcamos como entidades físico-biológicas y conservemos, al mismo tiempo, la intencionalidad de nuestras acciones. En los últimos años esta dualidad se ha cuestionado, sin embargo, la necesidad de dos explicaciones para un mismo evento.


En resumen, Diana Pérez formula dos preguntas, ¿qué es una acción? y ¿cómo se explica la acción?, a las que contesta desde las posturas de G. von Wright y de D. Davidson, quienes coinciden en que una acción, para serlo, requiere un hecho físico, un movimiento, el que se percibe en forma diferente según que la primera persona hable de su propia acción o de la de otro. Para von Wright, los resultados que tienen lugar en virtud de la acción son de naturaleza lógica,  no así los sucesos que se desencadenan como consecuencia de la acción. Para Davidson, la explicación depende de la descripción que se hace de la acción: si se la describe como intencional, su explicación consistirá en las razones que se dieron para realizarla; si se la describe como no intencional, la explicación podrá ser una ley física, causal.


Ricardo Avenburg, con “La acción desde la perspectiva psicoanalítica”, plantea que el psicoanálisis, como parte de su técnica, apunta a la inmovilidad y a la introversión, a la vuelta de la libido al mundo de la fantasía para luego, en un momento de reflexión consciente, sintetizar lo que antes se había analizado. Pero esto no es incompatible, sino que más bien propicia, el llegar a la acción específica para cada sujeto, objetivo final de cualquier tratamiento. El concepto de acción específica, sigue Avenburg, fue desplazado por el de acting out como forma de resistencia, con lo que se desvalorizó la acción en general. En la neurosis, la acción específica queda impedida por el efecto de la represión patológica. Pero hay otro tipo de acciones que son descargas parciales de la descarga final y que son inadecuadas para la realización de los deseos, tales como las conversiones, las impulsiones, las compulsiones. Además, todo pensamiento implica una acción pues presupone una mínima descarga de los órganos de fonación. Aun el vincular un componente atributivo con la representación de la cosa puede ser considerado una descarga (acción). Entonces, no solo hay descarga en el aparato motor sino que también la percepción implica una descarga. Ahora bien, la integración de los polos perceptor y motor supone la existencia de un yo para quien la acción (o descarga) sea significativa. De no existir este yo, el acto psíquico (por caso, una alucinación) será un acto de descarga que quedará sin categorizar. Cuando el yo no está en condiciones de dar un sentido al acto por sí mismo, se requiere de otro: modelo, auxiliar, antagonista u objeto del deseo y es aquí donde el psicoanálisis interviene concientizando lo inconsciente o lo preconsciente y colaborando para que el sujeto pueda resolver sus represiones y defensas (inhibición de acciones) y llegue a realizar las acciones específicas necesarias.


Avenburg rescata especialmente la noción de acción específica como nodal para la terapia psicoanalítica y habla de que todo lo que ocurre en el “aparato” psíquico es acción ya que la descarga es acción. Por tanto, son descargas y por ende acciones la percepción y el pensamiento, aunque puede haber descargas sin categorizar. Con todo, para ser significativa, la descarga  exige la presencia de un yo que la categorice. Se puede observar la diferencia entre la postura de Avenburg y la de Diana Pérez: para el primero, el concepto de acción incluye todo lo que ocurre en el aparato psíquico, para la segunda, lo excluye.


Luis Rabanaque presenta su “Elementos para una fenomenología de la acción”.  Se apoya en Paul Ricoeur, quien encuentra que el análisis lingüístico de la acción tiene, además de sus méritos, dos limitaciones: a) que la acción es descripta por cualquiera y para cualquiera, esto es, como un evento impersonal que excluye al agente;  y b) que las acciones transcurren en el tiempo, con lo que instala la cuestión de la temporalidad. Ricoeur también recurre a Aristóteles, quien describe la acción como una categoría, y distingue la teoría (conocimiento) de la praxis (acción) y de la póiesis (producción). La acción se diferencia de las otras dos porque presupone una deliberación, la intervención de la voluntad. Entra aquí el concepto husserliano de intencionalidad, que habrá que distinguir de intención como propósito o voluntad. Según Brentano, la intencionalidad presupone a) la presencia de algo en la mente, la representación de algo, un contenido inmanente; b) la dirección de todo acto hacia fuera de la conciencia, con lo que la trasciende. Esta última, con su tender hacia, es capaz de “traspasar” los datos inmediatos de la percepción y dar sentido a lo percibido. Supone una operación de la conciencia, una percepción activa, que echa por tierra la teoría de datos recibidos pasivamente por la percepción. Para Husserl, la experiencia de la relación con el mundo es una experiencia de una acción y, en primer lugar, de la corporalidad. Con todo, mi cuerpo tiene una característica paradójica: es mío pero al mismo tiempo se presenta como una cosa en el mundo. El yo es un yo corporal, dice Freud. El “yo pienso” cartesiano no puede prescindir de un cuerpo.  El cuerpo, además, no es solo el lugar de la síntesis de los datos de la sensación que configurarán las propiedades de las cosas, sino también de la síntesis activa, del “yo puedo” relacionada con la motivación.  Así, los datos de la sensación motivarían el movimiento del cuerpo y estos determinarían la cenestesia, esa sensación de los movimientos corporales que acompañan al percibir.

También la conciencia es la sede de la síntesis del tiempo. Porque la intencionalidad no es solo correlación entre conciencia y mundo sino que es también intención de lo que no percibo en lo percibido, entre lo visible y lo invisible (y entre este momento y luego, podríamos agregar). Este es el carácter proyectivo de la intención. El proyecto se refiere a lo todavía no realizado pero que  se realiza como proyección a futuro. Esta es una de las características de la acción, la de proponerse proyectos.  En este punto la fenomenología se puede integrar con los aportes del psicoanálisis (y a la inversa): este presenta la posibilidad de explorar dimensiones ocultas de la conciencia que son previas a la misma. Ricoeur remite a motivos inconscientes, a una arqueología de la acción.


En resumen, Rabanaque rescata, desde Ricoeur, dos dimensiones que, en general, no fueron tenidas en cuenta: la del agente de la acción y la del tiempo. Considera, con Brentano, que la acción es intencional en el doble sentido de propositiva y de dirigida a algún lugar, lo que permite a la conciencia trascenderla y dar sentido a la percepción, lo que lleva a rectificar la idea de pasividad de la percepción . Desde aquí, ve la posibilidad de integración con el psicoanálisis tanto en la dimensión temporal de proyecto como en la de desencubrimiento de lo oculto en la conciencia.


María Carmen Gear y Ernesto Liendo colaboran con “Acción, reacción y proacción”. Estos autores se inscriben en el pragmatismo, una filosofía, según ellos dicen, “contingentista y pluralista, porque considera el azar y propone la diversidad; es un perspectivismo que favorece activamente la teoría y la práctica de la solución de problemas”. Una de sus modalidades, el construccionismo social tiene en cuenta que: a) la comunicación construye el mundo; b) no se limita a la transmisión de mensajes; c) deviene de la interacción de los vínculos intersubjetivos; d) está centrado en actividades sociales y no solo en el lenguaje; e) el mundo social consiste en actividades o “conversaciones”; f) la comunicación es un proceso circular co-construido en función de lo que sucedió y de lo que sucederá; g) los contextos tienen suma importancia pues nada tiene significado fuera del contexto. De acuerdo con este ideario, los autores conciben las acciones como “jugadas” dentro del contexto de reglas del juego social. Toda acción, aun cuando no sea discursiva, implica una narrativa en sentido amplio. Introducen la noción de “proacción” para designar las acciones del receptor (terapeuta) que reacciona lúcida y autónomamente a la acción del paciente con un texto terapéutico que tiende a redefinir y/o metadefinir el encuadre que le proponen las acciones patogénicas del paciente. Al tomar en cuenta la teoría de solución de problemas, han ampliado y enriquecido el modelo psicoanalítico, el que se torna, así, “dinámico resolutivo”. En este modelo, los autores diferencian déficit de defensa. Esta última ocurre cuando, pudiendo hacer algo, no se hace para no angustiarse. Déficit, en cambio, ocurre cuando el sujeto se angustia al querer hacer algo que no puede. Este enfoque lleva a una reconversión personal, a un proceso de rehabilitación de los déficit, dicen los autores. El paciente que fracasa reiteradamente en la solución de sus problemas (“drama”), experimenta una angustia traumática que desborda y domina su yo. Cuando esta angustia se hace intolerable, el sujeto sufre de una “perversión estratégica”, por la que el objetivo es escapar del malestar a toda costa. Aparecen, así, actuaciones diversas por las que trata de calmar la angustia recreando inconscientemente el estereotipo de maltrato interpersonal (“melodrama”). Sus recomendaciones son: a) no contaminarse con el juego patogénico del paciente; b) replantear dramáticamente el melodrama desde la posición depresiva, cuestionando  tanto el melodrama como su contexto y sus reglas; y c) replantear resolutivamente el drama invitando a revisar y modificar la metodología usada hasta ese momento para resolver los problemas dados.


Ubicados en un punto de vista terapéutico que los autores definen como pragmático, los Liendo plantean su modelo “dinámico resolutivo” que se apoya en la teoría del construccionismo social. El concepto de proacción les ayuda a enfrentar interactivamente la remodelación del campo psíquico del paciente a fin de que su melodrama se transforme en drama y se libere, así, de la repetición “consoladora” del círculo vicioso del maltrato interpersonal.


Osvaldo Guariglia aporta la “Teoría de la acción comunicativa” según Habermas, quien analiza la acción social que, para Weber, es la acción socialmente significativa. Este último autor, recuerda Guariglia, proponía tres formas de acción: a) la orientada a fines; b) la acción orientada a valores o normativa, como las cosmovisiones religiosas y diferentes sistemas que engloban sentidos diferentes al del mero cálculo racional; y c) la adhesión emocional. En cada caso, el desarrollo del tipo de acción está unido, entre otras, a concepciones del mundo y de las normas que los hombres se han dado a sí mismos para vivir. La primera forma de acción tiene su representante más conspicuo en Weber con su modelo de la acción racional, propia del inicio del capitalismo; el segundo en Durkheim, quien habla de un núcleo común sagrado que une a todos los miembros de una sociedad tradicional y el tercero en Goffman, que habló de la acción centrada en las relaciones interpersonales “micro” en las que cada uno tiene formas peculiares de autopresentación. Para relacionar estas formas de acción con una teoría de la acción social comunicativa, Habermas parte de la teoría filosófica del lenguaje ordinario que, a partir de Wittgenstein, cobra auge con Austin y Searle. Estos autores hablan de actos de habla constatativos (los empíricamente confirmables, en relación con el saber);  directivos (que implican órdenes y prohibiciones); compromisivos (que incluyen promesas); declarativos (que llevan a cabo lo que enuncian: declarar, bautizar y otros); y expresivos (que expresan el estado interior del hablante). Habermas reduce estos cinco tipos a tres: constatativos, regulativos (abarcan a los directivos, compromisivos y declarativos) y expresivos, e introduce la noción de pretensión de validez. Para los constatativos tal pretensión es la verdad; para los regulativos es la corrección respaldada por lo normativo; y para los expresivos es la veracidad, esto es, la posibilidad de expresión sincera de los estados interiores. Los tres tipos de actos mencionados se corresponderían con otras tantas formas de acción. Para los constatativos, la forma de acción correspondiente es la acción instrumental, basada en el saber teórico, cuyo modelo es la tecnología. Para los regulativos, la acción normativa que encierra una estructura racional con dos aspectos: el público del derecho y el de las normas morales que todos aceptamos. Finalmente, los expresivos son modelo de la acción dramatúrgica pues mediante ellos el agente hace su autopresentación.


Como se aprecia, esta exposición de Guariglia toma el punto de vista de la teoría de la acción comunicativa de Habermas. Pasa revista a las formas de acción según Weber (las acciones orientadas a fines, a valores y a la adhesión emocional desarrolladas, respectivamente, por el mismo Weber, por Durkheim y por Goffman) y, haciendo puente en el análisis filosófico, las vincula con las teorías de Austin y Searle y sus actos de habla. Habermas vincula estos actos (constatativos, regulativos y expresivos) con las formas de acción mencionadas y con sus correlativas pretensiones de validez.


Samuel Zysman cierra el libro con “Consideraciones sobre la acción en psicoanálisis”. Comienza comparando el punto de vista psicoanalítico con los de Carlos Nino, filósofo y jurista, quien habla de responsabilizar por acciones penales solo a quienes ejecutan acciones, por lo que quedan excluidos los sucesos mentales. Vale decir, una acción punible tiene que implicar un movimiento voluntario. Pero también la omisión puede ser punible, como cuando se deja de auxiliar a una persona en peligro.  Por su parte, el psicoanalista se abstiene de atribuir culpas y repartir castigos, dice Zysman, aunque algunos pacientes demanden castigos por culpas inconscientes. Un breve rastreo del concepto de acción lleva al autor a considerar la abreacción, en la que se integran reflejos voluntarios e involuntarios; el par actividad-pasividad, para cuya calificación se requiere la comprensión de las fantasías subyacentes; los actos fallidos o parapraxis como formaciones de compromiso entre la intención consciente y lo reprimido; y, finalmente, el concepto de acting-out, que se opone al recuerdo y propicia la repetición inconsciente. En la literatura psicoanalítica este último concepto se carga de connotaciones que van, desde ser un obstáculo terapéutico muchas veces maligno, hasta ser visto, como lo hacen Liberman y también Lacan, como un mensaje pleno de significado transferencial que el analista se encargará de decodificar. Como aporte personal el autor propone incluir en el concepto de acción desde los movimientos musculares simples hasta complejas conductas con sofisticados móviles conscientes e inconscientes; incorporar dentro de las concepciones de la acción la noción de acting-out o actuación cuyo móvil sea alguno de los aspectos de la sexualidad infantil como fuente de satisfacción; y designar con el nombre de técnica activa toda acción deliberada del terapeuta (que aquí podría llamarse perversa) cuyos móviles sean los de su propia sexualidad neurótica infantil, que lo lleva a sustituir la interpretación de la transferencia por otro tipo de medidas incompatibles con las metas terapéuticas.


Dados el esfuerzo y la colaboración de los filósofos y psicoanalistas que tomaron parte en este ciclo, el libro es una contribución sin precedentes al problema teórico de la acción. En esta contribución, los filósofos se han ocupado, en general, de los aspectos conscientes de la acción y han puesto el acento en la intencionalidad, esto es, en el hecho que, con un objeto por contenido, la acción se dirige, trascendiendo, al exterior del yo. Si bien hablan de motivación, esta no sería en sí, para estos pensadores, una acción, desde el momento que los hechos psíquicos (y la motivación lo es) no entran en su definición de acción. Es curioso que, para el derecho, la omisión como falta de acción, puede resultar tan punible (aunque en diferente grado) como la acción misma, no obstante que la omisión es una noción, un hecho psíquico más que físico. Para los psicoanalistas, en cambio, la acción no solo consiste en un cambio intencional en el cuerpo en forma de movimiento sino también todo lo que ocurre en la mente desde la percepción al pensamiento, incluidas las motivaciones inconscientes. La diferencia, entonces, entre el enfoque de los filósofos y los psicoanalistas, estribaría en que, si bien ambos tienen en cuenta las intenciones o motivaciones, el acento está puesto en lo consciente registrare en el primer caso y en lo inconsciente no registrare en el segundo, con lo que puede verse la utilidad de un enfoque interdisciplinario a la hora de ampliar el conocimiento. Esta repartición del campo torna por demás fructífera la lectura de este libro y, sin duda, ha significado un enriquecimiento no solo para los participantes de las reuniones quienes, con sus jugosas preguntas aclararon, ampliaron y descubrieron nuevos aspectos del tema, sino también para los propios expositores quienes recogieron en estos encuentros nuevas aperturas, desafíos y complementaciones para sus posturas.



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