La parentalidad de nuestra época (Cap. 15)

Publicado en la revista nº049

Autor: Goldstein, Mirta

 

LA PARENTALIDAD DE NUESTRA ÉPOCA (Mirta Goldstein)


Lacan y las funciones de parentalidad


El interjuego permanente entre lo individual y lo colectivo determina la formación de síntomas y muchos de estos síntomas tienden a reproducirse en sectores de la población. Esta doble implicación: lo que la cultura determina sobre el sujeto y lo que el sujeto aporta de singular al lazo social, generan distintos niveles de padecimientos y de satisfacciones.


Por lo tanto, ante la aparición constante de nuevas manifestaciones de la subjetividad colectiva y particular diferencio entre función simbólica del padre -la cual no puede ser totalmente exitosa- y las variaciones en los modos de parentalidad y parentesco que la época ofrece.


Propongo distinguir la función paterna de las formas como las distintas generaciones tramitan simbólica e imaginariamente la paternidad y la parentalidad.


Por estructura hay siempre falla de la función del padre simbólico; es imposible que el Padre Simbólico opere sin falla en cada sujeto; esta imposibilidad es la que produce síntomas y una respuesta fantasmática inconsciente en cada quien, fantasmática que dirige la realidad del sujeto. Cuando, en cambio, esta falla abarca a la mayor parte de la simbolización -a lo cual denominamos “forclusión del Nombre del Padre”- estamos en el campo de la psicosis.


La función paterna se constata por su eficacia pues es la función que permite separar, vía el significante fálico, a la madre del hijo, colocando así al sujeto en una posición de falta que lo incluye en la cultura, o por su ineficacia, lo cual deja al individuo fuera del lazo social exogámico.


De ahí que un padre y una madre, al constituirse en agentes de la función paterna, operan como paternidad simbólica. Madre y Padre y también Hijo, son significantes o nominaciones a sustituir por otros significantes.


La operación de sustitución o de metáfora del padre, no puede ser totalmente exitosa, quedan restos de padre imaginario. Un padre es incierto, justamente porque muchos nombres pueden venir a ocupar sustitutivamente ese lugar simbólico y continuar dejando restos de padre terrible, impotente, inadecuado, en el fantasma. Justamente la fantasía masculina de la mujer fácil se asienta en esta estructura en la cual para un padre hay muchos sustitutos.


Debido a que el significante fálico decae por estructura -de ahí los tan comunes desmayos histéricos o los ataques de pánico-, los neuróticos hacen síntomas. La función paterna declina estructuralmente y se produce o duelo por el padre simbólico o nostalgia de Padre y depresiones a veces maníacas.


Cuando hay elaboración del duelo hay sustitución. Cuando hay nostalgia del padre idealizado aparecen distintos niveles de restituciones psicóticas y desestima de la función exogámica.


La función paterna legitima una experiencia de la incertidumbre que hace circular el deseo. Pero el deseo tampoco es algo sin declinación pues es el fantasma de cada quien el que lo vehiculiza. Y el fantasma interpreta al deseo como declinado.


La función paterna tiene efectos en la parentalidad, por ello cualquier movimiento de la primera produce variaciones en esta última.


Paternidad y parentalidad


Parentalidad no es lo mismo que hablar del eje paternidad-filiación, si bien una cosa esta ligada con la otra. La parentalidad tiene que ver con los vínculos que se establecen entre una pareja y la relación simbólica que los liga a la particular forma de concebir la familia. La parentalidad es una asunción que algunos desean y otros no, sean varones, mujeres, homosexuales.


En cambio la paternidad simbólica, no tiene que ver con personas ni con vínculos sino con funciones. Estas funciones pueden cumplirlas diferentes personajes de la trama, o elementos que están en la estructura aunque no tengan existencia real, por ejemplo, la vocación de la madre hacia determinado objeto cultural ya supone deseo hacia otra cosa que no sea su hijo, o sea, la vocación (voz, palabra, deseo) la separan del niño como encarnadura de su falo.


La función paterna en la clínica psicoanalítica es la función que permite vehiculizar al significante fálico que es lo que separa a la madre del hijo, introduciéndose de esta manera la castración, y colocando así al sujeto en una posición de falta que lo incluye en la cultura. Entonces podríamos decir que un padre es quien construye y constituye la realidad psíquica cuando logra que una mujer lo desee y desee darle un hijo.


El Padre es un nombre, es decir, no está garantizado por una verdad de experiencia sino es un nombre que dona un nombre y en el cual se cree, en la neurosis, y se descree en la psicosis. Es decir que la incertidumbre de la función paterna es estructural y estará ligada al deseo exogámico mientras que la retención que se hace del hijo, del partenaire, del objeto del duelo, es siempre endogamatizante, nostálgica.


Luego el deseo de ser padre o el deseo de un hijo, deseos inconscientes más que demandas conscientes, proviene de la inscripción simbólica del sujeto en una cadena generacional, de la inscripción en una genealogía a la que consideramos el orden de la cultura; sin embargo este orden se transforma y cada generación reordena los lazos de parentesco según como se inscriba la “deuda simbólica” inconsciente con el antepasado a dos vías: al padre por la donación del nombre y a la madre por la donación de la vida (biológica y afectiva). Esta deuda simbólica amarra al sujeto a un lugar absolutamente diferente en relación con cualquier criterio biologista o naturalista.


Dador de un nombre, o función paterna, es una función de corte: función de donar que involucrará al donante -función paterna- como agente de la castración. Esta función de nominar no sólo lo involucra al sujeto en una cadena generacional, sino que al producir un corte el padre se vuelve agente de la castración o de metaforizar el goce materno sustrayéndole a la madre su objeto de goce (función de “menos fi” en la nomenclatura de Lacan).


El lugar del padre siempre ha sido vinculado a un elemento tercero ordenador, al lugar de la ley que regula las relaciones entre los tres elementos del Edipo freudiano: el niño, la madre y el padre.


Lacan agrega el Falo y nomina Padre a aquél elemento que mantiene a los otros unidos pero separados, o sea, Padre es la función de transmisión.


Freud dice que a la salida del Edipo se inscriben simbólicamente dos diferencias: la diferencia sexual y la diferencia generacional. Esto, que en Freud es salida del Complejo de Edipo, diferencia sexual y diferencia generacional, tiene en lacan como agentes al padre real, al padre imaginario y al padre simbólico los cuales a su vez gestan las tres formas de faltas: la frustración, la privación y la castración.


Del rehusamiento a procrear a la privación de “hijo”


Hoy es frecuente escuchar el rehusamiento de muchos jóvenes a encarar la paternidad/maternidad; esta evitación no siempre es un síntoma -si bien puede serlo- sino un acto acorde con un deseo de no-hijo, lo cual también es un significante.


Desde esta perspectiva mucho más amplia, el psicoanálisis ni censura ni apaña, sino que la clínica nos muestra la conveniencia de la neutralidad en la posición del analista.


La parentalidad, como resultado de la salida edípica respeto de la diferencia generacional, no puede ser uniforme para todos los seres hablantes.


Un signo de exogamia puede estar constituido por el deseo de no-hijo en cualquiera de los géneros sexuales.


Así como hay salidas sintomáticas del lado de la inscripción de la diferencia sexual -la bisexualidad, por ejemplo- las hay también por el lado de la diferencia generacional; un índice de la complejidad que abarcan las salidas a la diferencia generacional, se halla en la contradicción entre el reforzamiento de la oferta médica para la procreación asistida y, por otro, la respuesta de la privación de una generación a los hijos.


La paternidad simbólica no se inscribe toda del lado del “tener un hijo” sino también del lado no-todo, o sea: deseo de no tener hijos..


Bibliografia


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