Imagen e imaginación: profundizando en nuestra experiencia de la mente

Publicado en la revista nº056

Autor: Faranda, Frank

Image and imagination: Deepening our experience of the mind fue originariamente publicado en Psychoanalytic Inquiry, 36:603-612 (2016)

Traducción: Marta González Baz

Revisión: Beatriz López-Palop de Piquer


Resumen: La perspectiva relativa a las imágenes que se presenta en este artículo se fundamenta en una comprensión del cerebro y la mente como basados en las imágenes. Basándose en los trabajos de neurobiología, lingüística, y neurociencia cognitiva, este artículo explora la tendencia natural de la mente a la imaginación y la creatividad. Estas capacidades para la creatividad y la imaginación se aplican al trabajo de la psicoterapia. Se ofrece material clínico para ilustrar el enfoque. Lo que emergerá de este artículo es una constatación de que paciente y terapeuta pueden recurrir al potencial imaginativo de la mente para aumentar los objetivos psicodinámicos generales del cambio y la cura.

Palabras clave: imagen, imaginación, creatividad

Abstract: The perspective on images presented in this article grows out of an understanding of the brain and mind as image-based. Building on the work of neurobiology, linguistics, and cognitive neuroscience, this article explores the mind’s natural proclivity for imagination and creativity. These capacities for creativity and imagination are applied to the work of psychotherapy. Clinical material is provided to illustrate the approach. What will emerge from this article is a realization that patient and therapist can lean upon the imaginative potentials of the mind to further the overall psychodynamic goals of change and healing.

Keywords: image, imagination, creativity


Introducción

El objetivo de este artículo es ofrecer apoyo teórico a la relevancia clínica del trabajo en psicoterapia con la experiencia basada en la imagen. La relevancia, desde una perspectiva clínica, residirá en el potencial de la experiencia basada en la imagen para aumentar los objetivos más amplios de cambio y cura implícitos en el tratamiento psicodinámico. El apoyo que ofrezco para este enfoque tiene dos formas interconectadas. Propongo que la experiencia basada en la imagen es ubicua y única. Distanciándose de la visión de la imagen como opuesta a lo verbal, el enfoque que presentamos aquí considerará las imágenes como dentro de un espectro que incluye lo verbal. En este sentido, el uso de imágenes se convierte más en un tema donde poner el foco y menos en una cuestión de o esto/o aquello. El apoyo a este cambio en el foco hacia un continuo del proceso de imágenes provendrá de la neurobiología y de la neurociencia cognitiva. Como espero demostrar, las imágenes son fundamentales para el cerebro, la mente y el self. Emergen de una mente a la que le encanta jugar y crear. Me refiero a este aspecto de la mente como imaginativa. Como espero mostrar con el material clínico, acceder a esta experiencia mental dentro de la psicoterapia ofrece avances naturales para el cambio y la cura.

Tal como muestro, una cierta medición de este potencial para el cambio proviene del reconocimiento de que el flujo de esta mente imaginativa está solo en parte dentro del control consciente de uno. Este reconocimiento requiere una reorientación de paciente y terapeuta hacia las dinámicas creativas que hay en el corazón del cerebro y la mente no consciente. Es un camino en donde uno puede empezar a apreciar la colaboración conjunta entre los procesos conscientes y no conscientes, un flujo de trabajo distribuido de juego autogenerador y cura experiencial.

El reconocimiento del hecho de que la mente no consciente tiene un potencial intelectual, emocional y creativo que puede exceder el potencial de cualquier proceso mental consciente, puede ayudar al paciente y al terapeuta a arriesgar un poco más, a aflojar la adherencia a la realidad y confiar en la emergencia imaginativa inherente que tiene lugar cuando uno aprende a escuchar lo que existe en la mente no consciente y lo que emerge de ella. En muchos sentidos, este es el campo de la improvisación, de las máscaras y del drama silencioso. Es el idioma de las imágenes que se encuentran en los pliegues de la piel que rodean nuestro ombligo metafórico.

Y además, antes de lanzarnos a la neurobiología y la teoría que ilumina una comprensión de la mente imaginativa, es necesario reconocer una suposición y limitación de este artículo. El enfoque sugerido aquí no pretende ser un modo independiente de tratamiento. Los trabajos de la mente imaginativa que se explorarán en este artículo son, en realidad, parte de sistemas mucho más amplios de adaptación y motivación que manejan de forma exhaustiva la supervivencia y el bienestar del individuo (Lichtenberg, 1989; Pansepp y Biven, 2012). En particular, los sistemas de miedo, seguridad y apego se unen con la imaginación para formar una red de expansión y contracción interdependiente que mantiene seguras a las personas al tiempo que las impulsa hacia la incertidumbre  de un futuro no formado (Ainsworth, 1989; Bowlby, 1969). Dicho esto, es necesario dejar claro que, dados los límites de este artículo, no es posible abordar ambas facetas de esta interdependencia. El material clínico presentado más adelante en el artículo, por tanto, simplemente se fijará en el uso de las imágenes y la imaginación, y no en el enfoque psicoterapeútico relacional y de apego subyacente e implicito que se requiere para un enfoque exhaustivo de la cura.

La mente imaginativa

Por decirlo del modo más simple posible: la imaginación es pensar en imágenes (Sarte, 2012). Damasio (1999, 2012) se apoyó en esta perspectiva en su aceptación de la mente como conceptualizada en imágenes. Halló una fuerte evidencia de la existencia de un nivel de funcionamiento mental que no está basado en el pensamiento o lenguaje verbales. En su fundación, según Damasio, el cerebro se ocupa de trazar un mapa del cuerpo según los propósitos de la homeostasis. Estos mapas básicos del cuerpo, según Damasio y otros, como Panksepp (1998), son los rudimentos de eso a lo que generalmente nos referimos como imágenes. La conciencia, según Damasio (2012), “nos permite percibir los mapas como imágenes, manipular esas imágenes, y aplicarles razonamientos” (p. 67). Esto aparecerá de forma prominente en mi discusión final sobre el pensamiento reflexivo.

Las raíces de la experiencia de la imagen, siguiendo la obra de Damasio y Panksepp, comienzan no en las áreas corticales, sino en las áreas más profundas del cerebro medio, concretamente en el colículo superior (CS) y en la sustancia gris periacueductal (GPA). La importancia que tiene esto para el trabajo de este artículo reside en la importancia del cerebro medio en la activación motora y en la experiencia de la emoción. Como afirmó Damasio (2012) “Estos importantes núcleos del tronco cerebral no producen meros mapas virtuales del cuerpo; producen estados corporales que se sienten” (p. 81). A partir de estas imágenes de estados corporales que se sienten, según Damasio y Panksepp, los núcleos del cerebro medio, en su densa interconexión con los centros motor y de la emoción cerebrales, tienen el potencial de contribuir a la emergencia del self en su forma más básica. Como Panksepp (1998) afirmó cautamente:

No podemos confiar en que la fuente anatómica predominante del SELF esté en el cerebro, pero hay dos áreas que se han demostrado valiosas: los núcleos cerebrales profundos, que reciben una gran cantidad de información sensorial y emocional primitiva y controlan los movimientos sensoriales, especialmente aquellos guiados por el feedback sensorial, y las áreas centromediales del cerebro medio, incluyendo las capas más profundas del colículo y la sustancia gris periventricular, que hacen lo mismo. [p. 131]

Al considerar la formación del self, las experiencias en torno al cuerpo, la activación emocional y motora empiezan a considerarse esenciales para la experiencia (Colzato y col., 2007). Esto, sugiero yo, desempeña un papel fundamental en la valoración de la percepción de la imagen en el trabajo psicoterapéutico.

Damasio (2012) y Llinas (2002) sostuvieron que la emoción tiene un funcionamiento motor inherente y que esto orienta no solo la experiencia del self, sino también la conciencia. Los deseos, las inclinaciones, la disponibilidad para movernos, todo ello orienta quiénes somos. Algunos teóricos se refieren a esto como tendencia a la acción (Frijda, 1986; Frijda, Kuipers, y Ter Schure, 1989; Lazarus, 1991; Fredrickson y Levenson, 1998). Un ejemplo sencillo de esto es el impulso a correr cuando el peligro es extremo. Fredrickson (2001) sostenía que esta tendencia a la acción no son pensamientos que le dicen a uno que corra, sino, que en cambio, son impulsos corporales que se sienten como urgentes, principalmente inconscientes, dentro de la persona en su totalidad.

Es importante para mi planteamiento el hallazgo de Damasio (2012) de que las partes del cerebro vinculadas a una emoción, por ejemplo el GPA y la amígdala con el miedo, “activan regiones que normalmente levantan un mapa del estado corporal y, a su vez, lo mueven a la acción” (p. 110). En otras palabras, parece existir una interrelación neuronal, tanto en la arquitectura como en la conexión, entre el self, la imagen, la emoción y la activación motora. John Suler (1996) discutía esta interrelación cuando afirmaba:

Puesto que el sistema de imágenes se extiende a las actividades corporales y regenera los antiguos patrones sensoriales, perceptuales y somatoviscerales asociados con la experiencia real, desempeña una función importante en la estructuración de experiencias y en la integración del self. [p. 659]

Para Suler, de modo similar a Damasio y Panksepp, la interrelación de las imágenes, el potencial motor y la emoción revela una conexión funcional centrada en la experiencia del self. Las imágenes, desde esta perspectiva, tienen una preeminencia neuronal que se centra en el cuerpo, la emoción y el self.

Otro elemento importante en la relación de la imagen con el funcionamiento neuronal es la apreciación de la naturaleza autoorganizadora del cerebro y la mente. Las imágenes no son simplemente productos de pensamiento consciente, sino que en cambio son parte de una sinfonía continua de homeostasis, adaptación y realización.

Para entender este aspecto de aquello a lo que me refiero como la mente imaginativa, recurro a la obra de Nancy C. Andreasen (2005) y a su libro “El cerebro creativo: la neurociencia del genio”. Andreasen es psiquiatra y neurocientífica con un doctorado en literatura inglesa. Su libro documenta su investigación y sus ideas sobre la creatividad, sobre la excepcionalidad del genio y cómo esto se relaciona con los procesos cerebrales normativos.

Los resultados de su investigación indican la existencia de un patrón determinado de actividad cerebral que está presente cuando uno deja vagar la mente. Este patrón es claramente diferente de los patrones de actividad que se dan en el cerebro cuando, por ejemplo, la gente habla de lo que hicieron hoy o, alternativamente cuando enumeran todos los estados de USA. Las áreas que se iluminan en un escáner PET cuando la persona deja vagar la mente, afirmaba ella,

son conocidas por recabar información a partir de los sentidos y de cualquier parte del cerebro y unir todo esto en formas potencialmente novedosas… Supuestamente, se utiliza la organización para permitir al dueño del cerebro que integre la información que recibe o  que posee y para producir gran parte de la actividad a la que nos referimos como “la mente inconsciente”. [Andreasen, 2005, p. 73]

Este nivel de actividad mental, cree ella, sucede sin interrupción y completamente fuera de la conciencia.

Para Andreasen, estos resultados formaban la base de su conceptualización de la creatividad como un proceso principalmente inconsciente. Halló apoyo para esta comprensión en las explicaciones que genios creativos hacían de sus procesos creativos. Cito su extracto de Coleridge sobre su proceso al escribir Kubla Khan:

El autor continuó durante unas cuatro horas en un profundo sueño, al menos de los sentidos externos, tiempo durante el cual tuvo la vívida confianza de que no pudo haber compuesto menos de 200-300 líneas; de hecho eso puede llamarse composición, en la que todas las imágenes se erigen ante él como cosas, con una producción paralela de las expresiones correspondientes, sin ninguna sensación de conciencia o esfuerzo. [Andreasen, 2005, p. 76].

Aplicando esto a su concepción de la mente, afirmaba:

Estas explicaciones introspectivas (como la de Coleridge más arriba) están describiendo un proceso durante el cual el pensamiento no es solo no secuencial o no lineal, sino durante el cual desempeñan un papel los procesos inconscientes no racionales. Es como si las múltiples cortezas de asociación se estuvieran comunicando entre sí, no para integrar asociaciones con inputs sensoriales o motores, como suele ser el caso, sino simplemente en respuesta las unas a las otras. Las asociaciones ocurren libremente. Circulan sin supervisión, no sujetas a ninguno de los principios de realidad que normalmente las gobiernan. Inicialmente, estas asociaciones pueden parecer carentes de significado o desconectadas. Yo lanzaría la hipótesis de que durante el proceso creativo el cerebro comienza por desorganizarse… a partir de esta desorganización, la organización del self acaba por emerger y  hacerse cargo del cerebro. El resultado es algo completamente nuevo y original: una función matemática, una sinfonía o un poema [Andreasen, 2005, pp. 77-78]

Para Andreasen, este nivel de solución continua y creativa de problemas es inherente a todo el mundo. Ella veía dentro de cada individuo una mente que continuamente está generando nuevas soluciones a las necesidades ambientales y relacionales, así como generando nuevas creaciones artísticas. Es un sistema que se gobierna a sí mismo, un sistema auto-organizado (SAO). Un SAO es un sistema en el que las partes del organismo contribuyen colectivamente a la formación de una acción. En otras palabras, no hay un único elemento que tome decisiones. Los sistemas meteorológicos, las conductas en manada y los procesos de cristalización son tres ejemplos simples. Como afirmó Andreasen (2005): “El cerebro humano es, tal vez, el ejemplo más sobresaliente de sistema auto-organizado que se puede encontrar. Está constante y espontáneamente generando nuevos pensamientos, a menudo sin ningún control externo aparente” (pp. 62-63).

Damasio (1999) planteó su comprensión de este fenómeno más concretamente en términos de imágenes. Él creía que la mente estaba en un continuo proceso de producción de imágenes. Afirmó:

Las imágenes pueden ser conscientes o inconscientes. Debería apuntarse, sin embargo, que no todas las imágenes que el cerebro construye se hacen conscientes. Simplemente se generan demasiadas imágenes y hay demasiada competición por la relativamente pequeña ventana de la mente en la que las imágenes pueden hacerse conscientes, es decir, en la que las imágenes se acompañan por una sensación de que estamos aprehendiéndolas y que, como consecuencia, están siendo adecuadamente atendidas [p. 319]

Él entendía este funcionamiento como una “narración sin palabras” (p. 188), contribuyendo directamente a la experiencia de crear conciencia.

Basándose en la idea de la narración, existe la tendencia natural de la mente para el uso de la metáfora. En la metáfora, la mente puede moverse de lo que conoce a lo que no conoce (Gordon, 1961). En este salto de comprensión, el cerebro utiliza la experiencia sensorial concreta para señalar lo que siente parecido. Esto es particularmente útil para conceptualizar las emociones. Meier y Robinson (2005) resaltaron este movimiento al afirmar: “El amor es una rosa, pero una rosa es una rosa (no amor)” (p. 251). Estos autores identificaron el hecho de que la metáfora es muy útil para conceptualizar la experiencia abstracta, especialmente los conceptos basados en el afecto. Este reconocimiento nos lleva a ser conscientes de lo importante que es el cuerpo –experiencia concreta- para construir significados, metáforas y en último lugar cognición. Términos como cognición a través del cuerpo (Meier y Robinson, 2007), y cognición a través de la razón (Barsalou, 2008) están ahora fuertemente anclados en la teoría y la lingüística cognitivas. Gregory Bateson (1979) lo expresó como sigue:

Se hace evidente que la metáfora no es sólo bella poesía, ni tampoco es lógica buena o mala, si no que es de hecho la lógica sobre la que se ha construido el mundo biológico, la principal característica y del pegamento que organiza este mundo de procesos mentales [p. 166, cursivas mías].

En 1980, Lakoff y Johnson escribieron un estudio fundamental sobre la metáfora, que ofreció la base para las comprensiones lingüísticas contemporáneas de la relación entre metáfora y cuerpo. Su idea básica era que la metáfora proporciona apoyo para gran parte de la experiencia de la vida cotidiana de los humanos. Los sistemas conceptuales que uno tiene, según ellos, son metafóricos y las metáforas de cada uno son conceptuales. Por ejemplo, cómo la gente describe el tiempo, las ideas o cómo argumenta, todo ello es mediante la experiencia concreta.

-       La discusión como una guerra: “Defendió su posición soltando un montón de teoría”; “Su posición en este tema es indefendible”.

-       Las ideas son instrumentos afilados: “Eso penetra hasta el corazón de esta discusión”; “Tiene una lengua afilada”

-       La importancia es algo grande: “Es una idea realmente grande”; “Es como una especie de gran banquero”; “Es alguien grande en su campo”.

Al abordar la cuestión de cómo estas relaciones de lo abstracto a lo concreto llegan a ser tan consistentes y ubicuas, afirmaban:

Emergen naturalmente en una cultura como la nuestra porque lo que subrayan se corresponde estrechamente a lo que experimentamos colectivamente y lo que ocultan equivale a muy poco. Pero no sólo están arraigadas en nuestra experiencia física y cultural; también influyen en nuestra experiencia y nuestras acciones [Lakoff y Johnson, 1980, p. 68, cursivas mías].

No sólo la metáfora es una base para entender conceptos abstractos, sino que de modo paralelo a la teoría de la mente (ToM; discutido más adelante), parece haber sido crucial para la evolución de la inteligencia humana. Stephen Pinker (2008) expresó su importancia evolutiva cuando dijo:

Si todo pensamiento abstracto es metafórico, y todas las metáforas están ensambladas a partir de conceptos de base biológica, entonces tendríamos una explicación para la evolución de la inteligencia humana. La inteligencia humana sería producto de la metáfora y su combinatoria. La metáfora permite a la mente usar algunas ideas básicas –sustancia, localización, fuerza, objetivo- para entender campos más abstractos. La combinatoria permite que un conjunto finito de ideas simples dé lugar a un conjunto infinito de ideas complejas [pp. 242-243].

La metáfora, según Pinker, está esencialmente vinculada al éxito evolutivo. Usar un concepto para entender otro y la capacidad de mezclar y combinar, ofreció a los humanos un potencial enormemente superior para sobrevivir.

Igualmente importante fue el beneficio que la metáfora ofrecía en términos de almacenaje neuronal y organización. La metáfora, mediante su naturaleza intrínseca polimodal, ofrecía una oportunidad para organizar los contenidos de la memoria a largo plazo, no como códigos unicelulares, sino mediante uniones dinámicas más suaves, más flexibles. Singer (2001) se refirió a estas como “uniones funcionalmente coherentes” (p. 126) que se establecen para un contenido particular. Continuó diciendo que “esta estrategia de procesamiento es más económica con respecto al número de neuronas porque una neurona determinada puede, en diferentes momentos, participar en distintas uniones al igual que una característica puede formar parte de muchos objetos perceptuales diferentes” (p. 127). Esta capacidad de la metáfora para “participar” en diferentes uniones neuronales en base a características y cualidades apunta a un importante aspecto terapéutico de la metáfora. El uso de la metáfora abre no sólo un contenido o idea unicelular, sino un sistema asociativo más amplio de semejanza, aproximación y significado personal. La diferencia entre un paciente que dice “estoy sufriendo” y otro que dice “me siento como si me estuvieran vaciando lentamente” no es meramente semántica. La última afirmación ofrece algo diferente. Ofrece un espacio metafórico. La metáfora es un espacio en el que las imágenes de textura, sensación y color llevan a paciente y terapeuta a recovecos de la memoria, significados y, en último lugar,  al self (Faranda, 2014).

La existencia de dicho espacio dentro de la mente está íntimamente ligado al curso de la evolución humana (Humphrey, 2008). Alan Leslie (1987) abordó esto en su visión de la ToM. La ToM, a veces llamada Mentalización (Fonagy y col., 2002) se refiere a la capacidad de atribuir estados mentales a otros y a uno mismo. Se ha estudiado mucho y se ha aplicado significativamente al autismo, donde su déficit es muy pronunciado (Leslie y Frith, 1988; Baron-Cohen y col., 1985, 1986; Fonagy y col., 2002).

Al desarrollar este modelo, cuyo nombre se ha tomado prestado de Premack y Woodruff (1978), Leslie (1987) planteó una cuestión importante respecto a la necesidad evolutiva del juego simbólico o simulado: ¿por qué pasaría el ser humano, tan dependiente de una evaluación lógica de la realidad, tanto tiempo en la infancia desarrollando la capacidad para el juego simbólico? Al responder a esta pregunta, Leslie presentó una visión elegante de los sutiles cambios cognitivos que tienen lugar en el acto de simular. Él llamó a este cambio escisión: el proceso de mantener la conexión con la metarrepresentación al tiempo que se abandona la representación primaria. Un ejemplo de esto es lo que sucede cuando una persona acerca un plátano a su oído y simula que es un teléfono antiguo. Esta representación primaria del plátano está desparejada, separada de su significado primario. A partir de esto, tanto el significado literal, el plátano como fruta, como el significado metafórico, el plátano como teléfono, pueden existir sin que suponga un mal uso para la mente de la comprensión que tiene del plátano como comida.

El juego simulado es la capacidad de usar una cosa como si fuera otra. Esto requiere mecanismos mentales semejantes a los que se necesitan para entender la mente del otro. En ambos casos, existe una distancia entre lo que se conoce y lo que no. Salvar esta distancia, llenar este espacio, formar un cierto conocimiento acerca de lo que lo que une lo conocido y lo desconocido, es la fuerza impulsora tanto en el juego simulado como en la comprensión de la mente del otro. Y es a través de esta fuerza por la que llegan a existir los sentimientos, las sensaciones, la ideas, las creaciones y las metáforas.

Este es el movimiento trazado por Leslie de la simulación a la mente. Y como dijo Nicholas Humphrey (2008) en su versión de este mecanismo mental, el ojo interno, el desarrollo de esta capacidad fue crucial para nuestra evolución.

En términos evolutivos debe haber sido un avance importante. Imaginemos los beneficios biológicos para el primero de nuestros ancestros, que desarrolló la capacidad de hacer suposiciones realistas sobre la vida interna de sus rivales: ser capaz de imaginar lo que el otro estaba pensando, y planear qué hacer a continuación, ser capaz de inferir las mentes de los otros entendiendo la suya propia. Se abrió el camino a un nuevo trato en las relaciones humanas: simpatía, compasión, confianza, traición y deslealtad, las cosas que nos hacen humanos [p. 76]

Desde la perspectiva de este artículo, sugiero que la coincidencia funcional del juego simulado y la ToM, así como los beneficios evolutivos propuestos de estas dos funciones, indica que nuestro cerebro ha sido capaz de formar un espacio interno, una mente que emerge de la materia (Deacon, 2013), un espacio autogenerado, en el que pueden probarse nuevos potenciales y posibilidades. Eisner (2002) afirmó: “La imaginación también nos permite probar cosas –de nuevo en el ojo de la mente- sin las consecuencias que podemos encontrar si tuviéramos que llevarlas a cabo empíricamente. Ofrece una red de seguridad para la experimentación y el ensayo” (p. 5). Stephen Kosslyn (2005) se refirió al aspecto espacial de esto en su comprensión del pensamiento reflexivo. Relacionado con la capacidad para la memoria operativa, el pensamiento reflexivo es lo que se requiere cuando los contenidos de la memoria a largo plazo (MLP) no son suficientes para llevar a cabo una tarea o cuando se necesita hacer algo nuevo. Si, por ejemplo, te pido que consideres qué rojo de estos dos tiene un matiz más oscuro, si el de una fresa madura o el de una gota de sangre fresca, el pensamiento reflexivo es el modo en que se toma esa decisión. Y, como puedes haber notado, este acto se lleva a cabo mediante imágenes. Como afirmó Kosslyn (2005):

Sostengo que todo pensamiento reflexivo se logra mediante el imaginario mental. No estoy restringiendo el término “imaginario mental” para referirme sólo a las imágenes visuales (es decir, algo parecido a las “imágenes mentales”). Sin embargo, las imágenes mentales pueden producirse en todos los sistemas sensoriales: una imagen mental es el mismo tipo de representación que se produce durante las primeras fases de la percepción, pero se crea a partir de representaciones almacenadas en la memoria (no a partir de inpunts sensoriales) [p. 852].

Según Kosslyn, las imágenes mentales “son un modo de descubrir lo que hemos almacenado en la MLP” (p. 853). Y es más, “durante el pensamiento reflexivo, las inferencias o decisiones que uno ha realizado sobre la base del imaginario son “incorporadas de vuelta’ a la MLP, transformándola” (p. 855).

Kosslyn (2005) estaba identificando un potencial para el cambio que comparte muchos aspectos con los modelos psicodinámicos de experiencia consciente e inconsciente. Y afirmaba:

El imaginario no es una escisión del inconsciente, que actúa como símbolo que representa misterios más profundos, como creía Freud. En cambio, el imaginario es una vía de doble sentido entre el consciente y el inconsciente: no sólo repercute en la información inconsciente almacenada en la MLP, y por tanto nos permite conocer más de lo que nos dábamos cuenta que conocíamos, sino que también nos permite modificar la propia MLP [p. 855].

Daniel Siegel (2007) apoyaba esto cuando afirmaba:

Los estudios del imaginario mental han revelado ahora claramente que el acto de la imaginación perceptual no sólo activa aquellas regiones cerebrales involucradas en la realización de la acción imaginada, sino que también produce un crecimiento estructural a largo plazo en esas mismas áreas [p. 201, cursivas mías].

En los términos de este artículo, las elaboraciones de este acto de “imaginación perceptual”, y esta “vía de dos sentidos” corresponderían al área de la mente imaginativa.

Dos imágenes de mi trabajo con Steve

“Mi corazón está en sus manos”

Estoy trabajando con Steve, un hombre casado que se ha enamorado de otra mujer, Cynthia. Le ha contado a su esposa, Marilyn, que ama a Cynthia e, inicialmente le dijo que esperaba mantener ambas relaciones en forma de poliamor. Su mujer se sintió comprensiblemente sorprendida, herida y enfadada. Su relación hasta ese punto había sido ideal a los ojos de la esposa, y ella pensaba que también a los de él. El suyo era un matrimonio con el que soñarían la mayoría de las parejas. Sin infidelidades, un romance profundo, sensibilidad y cuidado emocional combinados con una vida sexual que nunca se volvió aburrida. Se enorgullecían de lo que se cuidaban y se apoyaban. No es necesario decir que este nuevo amor fue una perturbación profunda.

La sesión que describo, tuvo lugar al principio de nuestro trabajo para entender la situación. Steve había entrado sin su vigor habitual. Me dijo que quería contarme lo que pasó esa mañana con su esposa. Bajó la cabeza cuando empezó a contar su historia. Le resultaba claramente difícil hablar de ello.

Me dijo que a él y a su mujer les encantaba ducharse juntos, una actividad que continuaban haciendo, junto con otras actividades sexuales, incluso tras haber confesado el amor de Steve por Cynthia. Esa mañana, durante la ducha empezaron a besarse. Steve sonrió a su esposa y le dijo bromeando “Estoy haciendo esto porque me gusta besarte. No te preocupes, no significa nada”. Su mujer se quedó paralizada y lentamente se dio la vuelta.

Mi paciente se dio cuenta del efecto que habían tenido sus palabras. Se sintió profundamente avergonzado. Tras contarme la historia, dijo “no sé por qué hice eso. Qué insensible, hacer una broma así. La aparté de mí. Ella está intentando entender lo que quiero… ¿Todo este constructo con Cynthia era un modo de hacerlo? ¿Es eso lo que quiero, decir “esto se acabó”? Y así la estoy torturando. ¿Por qué? Me resulta chocante porque pensé que me daba cuenta, me enorgullezco de ser consciente del matiz emocional y del sentimiento. ¿Es posible que incluso aunque no me diera cuenta de que sentía que quería salir del matrimonio, tal vez fuera así?

La percepción que Steve tenía hasta ese punto se basaba en la idea simple de que lo que le había pasado era que se había enamorado de otra mujer, que no tenía nada que ver con su matrimonio. Este momento en la ducha echó a perder la comodidad de esa idea. Steve continuó diciendo que, en la actualidad, no estaba nunca completo en la relación con su esposa. Dijo con una voz en cierto modo incorpórea: “siempre era insostenible”.

Me llevó unos minutos pillarlo. La experiencia            que estaba describiendo era muy distinta de lo que había descrito anteriormente. Cuando le pregunté qué era insostenible, titubeó. Él lo sentía, pero no tenía palabras para decir qué era o por qué. Le pedí que permaneciera con el sentimiento y viera si tal vez había una imagen para ese sentimiento. Cerró los ojos y se sentó en silencio. Tras un momento, abrió los ojos y estaban llenos de lágrimas. Dijo: “No puedo dejar que me ame como lo hace. Es demasiado. Es demasiado amor”. Empezó a llorar y dijo: “¿Cómo puede ser? ¿Cómo puede ser demasiado su amor hacia mí? ¿Qué significa?”.

Le pedí entonces que permaneciera con el sentimiento de “es demasiado, demasiado amor”. “Vea cómo es, vea qué imagen emerge de ese sentimiento”. Dijo: “Hay una imagen. Es una imagen de mi corazón y hay una mano dentro del pecho que aprieta mi corazón. Está en mí y en mi núcleo. Esta mano. Apretando mi corazón. Parece codiciosa… necesitada… dependiente… controladora. No me gusta esa mano ahí”.

Le pregunté qué se sentía inclinado a hacer cuando veía así su corazón. Dijo: “¡NO! ¡NO!” Su mano se levantó en un gesto metafórico de detente” Le pregunté cómo era esa imagen de “NO”. Dijo con mucha fuerza: “Esto es instinto de supervivencia, instinto de supervivencia, ¡NO!”. Le comuniqué que entendía lo atemorizante que parecía que había llegado a ser. Dije: “Hay algo que da mucho miedo sobre esta mano que llega y se agarra a su corazón y parece como si dentro de esta imagen una parte de usted esté luchando por protegerse”. Lloró y dijo: “Sí, sí. Estoy peleándolo”.

Tras este trabajo con imágenes, nos quedamos con los sentimientos e ideas durante el resto de la sesión. Llegamos a ver que, por alguna razón, la relación con su esposa se había vuelto amenazante por su naturaleza asfixiante y controladora. Exploramos brevemente el equilibrio entre cuánto de este sentimiento se debía “al modo en que su esposa lo amaba” y cuánto tenía que ver con algo que era anterior a su esposa, a alguna experiencia anterior de sentirse exprimido por amor. Mientras hablábamos, comenzó a emerger la palabra dependencia. Poco a poco, Steve reveló que le aterrorizaba sentirse dependiente. Fuimos construyendo una comprensión de los modos en que la dependencia le hacía elegir el apego por encima de la satisfacción personal. Descubrimos que existía una parte de Steve que temía tanto perder el amor de su esposa que había permitido que su esposa le controlara a él y a su forma de expresarse. La imagen reveló claramente que Steve había entregado su corazón a su esposa y que ella tenía el poder de exprimirlo.

“Mi libra de carne”

En las semanas que siguieron a la sesión anterior, Steve forjó un nuevo sentimiento de a dónde había sido dirigido. Aunque me parecía posible que Steve pudiera intentar trabajar con su esposa para disminuir el sentimiento de que ella “exprimía” su corazón, era firme en que necesitaba seguir con esta nueva relación. Mi sensación era que su miedo a ser controlado sólo le dejaba una opción: escapar.

La insistencia de Steve en no abandonar su nueva relación, sin embargo, hizo imposible que su esposa siguiera con el matrimonio. Le dijo que quería el divorcio y empezaron a separarse de forma amistosa. Esto, tal como habían revelado las sesiones anteriores, era la a vez atemorizante y liberador. Dos partes de él con necesidades muy diferentes. Sin embargo, ganó la necesidad de escapar del peligro de su mujer.

En la sesión que sigue a continuación, Steve empezó a entrar en contacto con los complejos sentimientos en torno a la separación. De un modo bastante inusual, Steve se sintió incapaz de poner en palabras sus sentimientos. Había una presión en su pecho, pero no había palabras para expresarlo. Le pedí que describiera cómo era ese lugar en su pecho.

Levantó el puño.

“Es como mi puño. Está apretado. ¿Qué es eso? [Hizo una pausa]. Ira. Sí. Si cierro los ojos y miro… veo algo en mi mano. Es como si estuviera agarrando algo con fuerza. ¿Qué es? Y qué pasa si intento retirarme. Sí, una parte de mí conserva algo con mi mujer”.

Hizo un gesto de dolor. “Ayyyyyy…He apartado mi puño y ahora veo que he agarrado carne. Es una especie de carne. Creo que es carne de mi mujer. Sí, la arranqué cuando intenté retirarme. Conservo su carne. ¿Me retiré porque estoy enfadado?”

Steve permaneció en silencio, pero su cara se retorció de dolor. Dijo. “Fui un bebé que venía de nalgas. Saqué primero los pies. Como eso [el puño en el aire]. Me resistía y no quería salir. Como que desgarré un trozo de útero cuando me sacaron. Como ser arrancado. No quiero mirar esa carne”.

Le pregunté por la emoción. Dijo: “Asco. ¿Vergüenza? Culpa, no sé. Le estoy haciendo daño”.

Le pregunté a quién le estaba haciendo daño.

Dijo: “A mi madre… ¿a mi mujer? No sé a cuál. Es como mi libra de carne. Y ahora no puedo devolverla.

Señalé como respuesta: “¿Se ha cobrado su libra de carne? ¿Cómo Shylock?”

“¿Se trata de eso?”, preguntó. “¿Shakespeare?”

“Sí”, le dije. “Quería arrancar el corazón como pago de una deuda”.

“No puedo devolverlo”, dijo. “Si ahora le preguntara a Marilyn (su esposa) sobre esto y lo que me he llevado, ella diría que es su corazón. ‘Ese es mi corazón’, diría. ‘Me has arrancado el corazón’ [Llora]”.

Dijo: “Me gusta su corazón. Quiero quedármelo”.

“Sí, sí”, dije, “le escucho”.

Lloró y luego entró en lo que parecía ser un lugar profundamente silencioso con los ojos cerrados. Tras un minuto, abrió los ojos. Sin palabras.

Faltaban solo unos minutos para el final de la sesión, así que le devolví algo para sostener y contener nuestra experiencia. Dije: “Parece como si hubiera una parte de usted que se está aferrando a algo de Marilyn y de su matrimonio. Va a ser importante entender qué parte de usted se agarra tan fuerte a ella, aun cuando otra parte de usted parece tan desesperada por escapar”.

Asintió lentamente.

Continué: “tampoco está del todo claro qué valor y lugar tiene esa parte de usted en el movimiento global de este momento. Está claro que esa parte que se aferra necesita un cierto tipo de cuidado, pero, ¿con qué fin? Parece haber algo en la relación con su madre que también está aquí. Para esta imagen de la libra de carne, ¿cómo responde usted? No está claro todavía”.

“No –dijo- no está tan claro. ¿Por qué se aferraría tan fuerte esa parte de mí? Quiero a Cynthia; quiero dejar a mi esposa. He decidido que es bueno para mí terminar este matrimonio. Así que, ¿por qué me aferro? Pensaba que quería dejarla. Me resulta difícil tener todo esto en la cabeza”.

“Lo sé –le dije-. Aquí se está trabajando algo muy profundo”.

Discusión

Como si se tratara de un sueño, es necesario apreciar las imágenes y experiencias que vienen a llenar el espacio de la mente al que me refiero como la mente imaginativa no por su certeza objetiva, sino por su realidad subjetiva (Fosshage, 1997). Abrirse a la experiencia de la mente imaginativa parece demandar una forma de rendición, una voluntad de aceptar el misterio y suspender temporalmente lo que uno cree que sabe, y donde uno piensa que se dirige. Emanuel Ghent (1990) se refirió a este cambio cuando dijo: “en la literatura abundan artículos y discusiones sobre la resistencia, pero qué poco estudiamos los caprichos de la fuerza que está del lado de la cura psíquica, del impulso a crecer, a rendirnos, a abandonarnos” (p. 120). Para Ghent, el rendirse está vinculado a una fuerza que se alinea con la cura psíquica. En mi trabajo anterior, he descrito esta fuerza como el self intencional (Faranda, 2003, 2009). Esta es la fuerza que impulsa a las tendencias curativas de uno mismo, lo que Diana Fosha (2008) llamó más tarde transformación y es una fuerza a la que uno puede acceder mediante la imaginación.

Jung se refirió a esta fuerza como vitalismo en sus primeros escritos (Jung, 1896-1899) y a lo largo de su trabajo posterior con la esquizofrenia y la histeria a principios del siglo XX, esta idea evolucionó hacia el concepto más matizado de individuación (Jung, 1916), Como señaló Ghent, hasta hace muy poco, el psicoanálisis ha tenido una relación ambivalente con la noción de fuerzas curativas. Esta ambivalencia puede remontarse a la ruptura de Freud y Jung, que, en mi opinión, se debió a su desacuerdo fundamental sobre la existencia de esa fuerza dentro de la mente (Faranda, 2009).

Para Maxine Greene (2001), la imaginación le otorga al proceso creativo un “aumento significativo de lo inesperado” (p. 116). Paul Valéry (1964) expresó algo similar al describir el proceso del autor. Afirma:

Pero el asombro sobrepasa todos los límites cuando uno se da cuenta de que el propio autor, en la gran mayoría de los casos, no puede dar ninguna explicación de las líneas que ha seguido, de que es quien hace uso de una fuerza de la naturaleza que no entiende [p. 102]

Y en el libro de Marion Milner “On not being able to paint” [Acerca de no poder pintar] (1950), ella se refería a los modos en que el proceso creativo es como “dejar de lado la conciencia ordinaria cuando uno puede liberarse de lo familiar y permitir que aparezca una nueva entidad inesperada” (citado en Ghent, 1990, p. 110). En todas estas citas, hay un reconocimiento del papel que la imagen y los procesos no conscientes desempeñan en la manifestación del potencial creativo. De modo muy parecido a como describió Milner, la psicoterapia a menudo requiere ese abandono. Cuando paciente y terapeuta se permiten abandonar el confort y la seguridad que encuentran en el discurso estrictamente verbal, allí se abre un espacio en el que puede emerger y formarse algo nuevo.

Steve y yo hemos continuado nuestro viaje. El divorcio está en pausa. El niño pequeño parece relajar su agarre. El puño se afloja. El corazón del que se arrancó la carne comienza a latir de nuevo. Steve me lee un poema. Dice así:

Hay un hilo que tú sigues. Transcurre entre

las cosas que cambian. Pero él no cambia.

La gente se pregunta qué estás persiguiendo.

Tienes que hablarles del hilo.

Pero a los otros les cuesta verlo.

Mientras lo sigas, no te perderás.

Las tragedias suceden; la gente sale herida

o muere; y tú sufres y te haces viejo.

Nada de lo que hagas puede detener el transcurso del tiempo.

Nunca abandones el hilo. [Stafford, 1999, p. 42]

 

 

Referencias

Ainsworth, M. S. (1989), Attachments beyond infancy. Amer. Psych., 44: 709–716.

Andreasen N.C., (2005), The Creating Brain: The Neuroscience of Genius. New York: Dana Press.

Baron-Cohen, S., A. M. Leslie, & U. Frith. (1985), Does the autistic child have a “theory of mind”? Cognition, 21(1):37–46.

_____, A. M. Leslie, & U. Frith. (1986), Mechanical, behavioural and Intentional understanding of picture stories in autistic children. Brit. J. Develop. Psych., 4: 113–125.

Barsalou, L. (2008), Grounded cognition. Ann. Rev. Psych., 59: 617–645.

_____, K. Simmons, A. K. Barbey, & C. D. Wilson. (2003), Grounding conceptual knowledge in modality-specific systems. Trends in Cog. Sci., 7(2): 84–91.

Bateson, G. (1979), Mind and Nature: A Necessary Unity. New York: E.P. Dutton.

Bowlby, J. (1969), Attachment and Loss. New York: Random House

Colzato, L. N., C. Van Wouwe, & B. Hommel. (2007), Feature binding and affect: Emotional modulation of visuo-motor integration. Neuropsychologia, 45: 440–446.

Damasio, A. (1999), The Feeling of What Happens: Body, Emotion and the Making of Consciousness. New York: Harcourt Brace.

_____. (2012), Self Comes to Mind: Constructing the Conscious Brain. New York: Vintage Books.

Deacon, T. (2013), Incomplete Nature: How Mind Emerged from Matter. New York: Norton & Company

Eisner, E. W. (2002), The Arts and the Creation of Mind. New Haven, CT: Yale University Press.

Faranda, F. (2003), The purposive self and the dreaming mind. Unpublished Doctoral dissertation, Adelphi University.

_____. (2009), The Purposive Self and the Dreaming Mind. Charleston, SC: BookSurge.

_____. (2014), Working with images in psychotherapy: An embodied experience of play and metaphor. J. Psychother. Integ., 24: 65–77.

Fonagy, P., G. Gergely, E. Jurist, & M. Target. (2002), Affect Regulation, Mentalization, and the Development of the Self. New York: Other Press.

Fosha, D. (2008), Transformance, recognition of self by self, and effective action. In: Existential-Integrative Psychotherapy: Guideposts to the Core of Practice, ed. K. J. Schneider. New York: Routledge, pp. 290–320.

Fosshage, J. L. (1997), The organizing functions of dream mentation. Contemp. Psychoanal., 33(3): 429–458.

Fredrickson, B. L. (2001), The role of positive emotions in positive psychology: The broaden-and-build theory of positive emotions. Amer. Psych., 56(3): 218–226.

_____, & R. W. Levenson. (1998), Positive emotions speed recovery from the cardiovascular sequelae of negative emotions. Cognition and Emotion, 12: 191–220.

Frijda, N. H. (1986), The Emotions. London: Cambridge University Press.

_____, P. Kuipers, & E. Ter Schure. (1989), Relations among emotion, appraisal, and emotional action readiness. J. Personal. and Social Psych., 57: 212–228.

Ghent, E. (1990), Masochism, submission, surrender 1—Masochism as a perversion of surrender. Contemp. Psychoanal., 26: 108–136.

Gordon, W. J. (1961), Synectics: The Development of Creative Capacity. New York: Harper Row.

Greene, M. (2001), Variations on a Blue Guitar. New York: Teachers College Press.

Humphrey, N. (2008), The Inner Eye. Oxford, UK: Oxford University Press.

Johnson, M. (2007), The Meaning of the Body. Chicago: University Of Chicago Press.

Jung, C. G. (1896–1899), The Zofingia lectures. In: Collected Works, Supplemental Volume A, eds. H. Read, M. Fordham, & G. Adler. Princeton, NJ: Princeton University Press, pp. 3–20.

Kosslyn, S. M. (2005), Reflective thinking and mental imagery: A perspective on the development of posttraumatic stress disorder, Develop. and Psychopath., 17: 851–863.

Lakoff, G., & M. Johnson. (1980), Metaphors We Live By. Chicago: University of Chicago Press.

Lazarus, R. S. (1991), Cognition and motivation in emotion. Amer. Psych., 46: 352–367.

Leslie, A. (1987), Pretense and representation: The origins of “theory of mind.” Psychol. Rev., 94(4): 412–426.

_____, & U. Frith. (1988), Austistic children’s understanding of seeing, knowing, and believing. Brit. J. Devel. Psych., 6:315–324.

Lichtenberg, J. D. (1989), Psychoanalysis and Motivation. Hillsdale, NJ: The Analytic Press.

Llinas, R. (2002), I of the Vortex: From Neurons to Self. Cambridge, MA: MIT Press.

Meier, B. P., & M. D. Robinson. (2005), The metaphorical representation of affect. Metaphor and Symbol, 20(4):239–257.

Milner, M. (1950), On Not Being Able to Paint. Madison, CT: International Universities Press.

Panksepp, J. (1998), Affective Neuroscience: The Foundations Of Human And Animal Emotions. Oxford, UK: Oxford University Press.

_____, & L. Biven. (2012), The Archeology of Mind: Neuroevolutionary Origins of Human Emotions. New York: Norton & Company.

Pinker, S. (2007), The Stuff Of Thought. London: Penguin Books.

Premack D., & G. Woodruff. (1978), Does the chimpanzee have a theory of mind? Behavioral and Brain Sci., 1:515–526.

Sartre, J. P. (2012), The Imagination. New York: Routledge.

Siegel, D. (2007), The Mindful Brain. New York: Norton.

Singer, W. (2001), Consciousness and the binding problem. Annals of the New York Academy of Science, 929: 123–146.

Stafford, W. (1999), The Way It Is: New & Selected Poems. Saint Paul, MN: Graywolf Press.

Suler, J. (1996), Mental imagery in the organization and transformation of the self. Psychoanal. Rev., 83: 657–672.

Valéry, P. (1964), Selected Writings of Paul Valéry (trans.). New York: New Directions.