Transformaciones en mi práctica psicoanalítica (2ª parte). El énfasis en la conexión intersubjetiva

Publicado en la revista nº037

Autor: Riera, Ramon

Resumen


En 2001 publiqué en esta revista el artículo titulado “Transformaciones en mi práctica psicoanalítica (Un trayecto personal con el soporte de la teoría intersubjetiva y de la psicología del self)”. Ahora, 10 años después, me gustaría compartir con los lectores de “Aperturas Psicoanalíticas” mi evolución en la manera de estar con mis pacientes durante esta última década. Los pacientes nos van enseñando cuales son los aspectos de de nuestro acompañamiento a lo largo de una terapia que les resultan más útiles. En mi experiencia particular durante esta última década, los procesos de conexión intersubjetiva o emocional (yo siento que tú sientes lo que yo siento) cada vez me han resultado más relevantes en los procesos de creación de nuevos estados emocionales. Considero que ayudar al paciente, a través de la conexión intersubjetiva, a alcanzar nuevas maneras espontáneas de reaccionar emocionalmente o, lo que es lo mismo, nuevas maneras de regular las emociones, es la tarea central en cualquier tratamiento psicoanalítico. En mi evolución de estos últimos años, la idea del Grupo de Boston de que el objetivo de la terapia es la modificación de la memoria implícita ha sido muy influyente. Las investigaciones en primera infancia (estudios empíricos longitudinales desde la perspectiva del apego), en la biología de la evolución (la capacidad de compartir estados emocionales es probablemente nuestra diferencia nuclear respecto los demás primates) y las neurociencias (neuronas espejo, memoria implícita) me han resultado de una gran ayuda y compañía en mi trayecto desde aquel primer artículo del 2001.


Introducción


Hace 10 años (Riera 2001) resumía así los cambios radicales que había introducido en mi manera de entender lo que sucede en una terapia psicoanalítica:


A nivel teórico empecé aprendiendo que Edipo era un parricida incestuoso, y en cambio en la actualidad suelo centrarme sobretodo en que Edipo fue un niño abandonado por sus padres; al principio veía a Narciso como alguien enamorado de sí mismo, ahora pienso que es alguien que vive pendiente de su imagen para conjurar la amenaza de rechazo y de ser destruido; antes centraba el análisis en los conflictos pulsionales y en la culpa, ahora en la vivencia que el paciente tiene de sí mismo, en la inseguridad y en la vergüenza. En cuanto a mi práctica clínica, antes pensaba que tenía que ser neutral, ahora que tengo que investigar continuadamente mi inevitable participación subjetiva y su repercusión en el paciente; me enseñaron que la frustración era inherente al progreso terapéutico, hoy en cambio pienso que para que exista progreso tengo que poder satisfacer aquellas necesidades de contacto empático que fueron frustradas en la infancia del paciente; y finalmente, he ido observando que las resistencias al análisis no son por temor a tomar conciencia de deseos inadmisibles, sino básicamente por el temor a no ser entendido por el analista.    


Se trataba de un conjunto de transformaciones que se correspondían con la transición desde un modelo psicoanalítico pulsional a uno relacional (Velasco, 2009; Coderch 2010).  Durante estos 10 últimos años, en mi experiencia, estas transformaciones se han ido consolidando.



El algo más que la interpretación


Actualmente pero quisiera añadir un matiz nuevo con importantes consecuencias para la práctica clínica: el objetivo de todo tratamiento psicoanalítico consiste en que el paciente aprenda nuevas maneras de reaccionar emocionalmente. Otra manera de decir lo mismo: el paciente busca en la terapia ayuda para regular sus emociones (amortiguar las negativas, potenciar las positivas) de una manera que le resulte más útil o adaptativa. Veamos un ejemplo rápido: el paciente que por la mañana se despierta apático y sin fuerzas para levantarse necesita cambiar esta manera suya de reaccionar emocionalmente al despertarse, por ejemplo sintiendo más ilusión y esperanza en el día que le espera. Anteriormente yo pensaba, creo que como la mayoría de psicoanalistas del pasado, que la manera de ayudar a mis pacientes a cambiar consistía en ofrecerles una información que ellos no conocían, en concreto una información codificada simbólicamente, es decir lo que se suele denominar una “interpretación verbal”. La famosa talking cure o la cura por la palabra. En mi particular evolución profesional, la lectura del primer artículo del Grupo de Boston titulado Mecanismos no interpretativos en la terapia psicoanalítica: el algo más que la interpretación (Stern et al., 1998) fue el inicio de los nuevos desarrollos que presentaré en este artículo. En aquel trabajo seminal, el Grupo de Boston introducía un concepto que proviene de la neurociencia cognitiva: el objetivo central de la terapia analítica consiste en la modificación de la memoria implícita del paciente a través de la experiencia relacional que el paciente tienen con el terapeuta, con la consecuente creación de lo que ellos denominan un nuevo Conocimiento Relacional Implícito. A partir de esta lectura me empecé a interesar en el estudio de los sistemas de memoria


Somos memoria


El sentimiento que uno tiene de sí mismo es el resultado de la suma de las imágenes de sí mismo que los demás le han ido devolviendo a lo largo de su historia. A un nivel práctico y coloquial, yo les suelo decir a mis pacientes que en cada una de las interacciones de su vida cotidiana los demás les van devolviendo distintas imágenes de sí mismos; en función de cómo sea esta imagen que cada persona nos devuelve, la interacción con esta persona nos será más o menos conflictiva. La mezcla de las vivencias que me llegan de los demás, es decir, la experiencia de que uno me quiere (es decir me ve “querible”), mientras que otro me ve insoportable y otro más me ignora van a formar, en conjunto, la experiencia que yo tengo de mi mismo, es decir mi sentimiento de sí. Cada una de estas experiencias se almacena en nuestros sistemas de memoria, de manera que el sentimiento que tenemos de nosotros mismos en la actualidad será el resultado de la activación de algunas de las vivencias especulares que hemos archivado en nuestro cerebro-cuerpo.


Por otro lado, las convicciones acerca de lo que podemos esperar de los demás también es el resultado de las distintas experiencias relacionales que hemos ido acumulando en nuestros sistemas de memoria. Así por ejemplo, un pequeño de solo 12 meses puede haber llegado a la “conclusión experiencial” (es decir sin la participación del sistema verbal-reflexivo), de que en un momento de apuro es mejor no pedir ayuda. Se trataría por tanto de lo que se ha dado en denominar un niño evitativo. Los estudios empíricos nos señalan que es muy probable que este niño tenga unos cuidadores poco responsivos (Ainsworth et al, 1978). Su sistema de memoria implícita (el substrato neuronal de la memoria explícita verbal no empezará a madurar hasta el segundo año) ha ido almacenando una serie de experiencias relacionales en las que los otros no han sabido ayudarle a regular sus emociones, de manera que, al llegar a la vida adulta, cada vez que tenga que enfrentarse a algún obstáculo, tenderá a mostrarse despreciativo con los demás y autosuficiente. Probablemente, el adulto de este supuesto reaccionará automáticamente de esta manera, es decir sin que sepa explicarse a nivel reflexivo-verbal el sentido de esta reacción emocional espontánea (Hesse, 1999). 


Así pues, las dos dimensiones básicas de la existencia humana, la relación consigo mismo (el sentimiento de sí) y la relación con los demás, están comandadas por nuestros sistemas de memoria: ante cada circunstancia, activamos los patrones de respuesta que hemos ido almacenando a lo largo de nuestra vida. En función de las convicciones que hemos ido acumulando en nuestros sistemas de memoria, a lo largo de nuestra vida, acerca de lo que podemos esperar de los demás (patrones de attachment) y de nosotros mismos (sentimiento de sí), nos organizaremos la vida de una manera u otra (Velasco, 2011).


Los pacientes vienen a tratamiento buscando sufrir menos, o con otras palabras, buscando una manera más eficaz de regular sus reacciones emocionales. Dicho de una forma muy, muy general: con más esperanza y con menos miedo. A lo largo de su vida, los pacientes han ido aprendiendo (almacenando en sus sistemas de memoria) cómo utilizar a los demás para regular sus emociones. A menudo, lo que aprendieron en los contextos relacionales de su pasado no les resulta útil para lidiar con el mundo del presente. Así, el niño evitativo de nuestro ejemplo, aprendió a lidiar con unos cuidadores poco responsivos de la manera más eficaz posible, o si se prefiere, de la manera menos mala posible. Digamos que en sus sistemas de memoria hay un libro de instrucciones sobre cómo relacionarse consigo mismo y con los demás, que fue escrito en su biología cerebral y corporal a partir de sus experiencias de entonces. Este libro de instrucciones, en cambio, puede resultar muy poco útil para lidiar con su contexto presente: por ejemplo, para poder co-construir una vida íntima con su pareja y sus hijos. El objetivo de la terapia consiste en re-escribir este libro de instrucciones. Por tanto, la cuestión que nos resultará central en una terapia psicoanalítica será: ¿cómo modificar nuestros sistemas de memoria para poder así modificar nuestras respuestas emocionales espontáneas? (Bleichmar, 2001, 2004; BCPSG, 2002, 2005, 2007, 2008) En el siguiente apartado,  me propongo explicar lo que he ido aprendiendo en los últimos años acerca de los distintos sistemas de memoria en los humanos.


Los sistemas de memoria en los humanos


Erik Kandel, Premio Nobel  de Medicina del año 2000 por sus trabajos sobre la memoria, empieza su magnífico libro de memorias (Kandel 2006) explicando como, dos días después de cumplir los 9 años, corría el año 1938 en la ciudad de Viena, escuchó unos terroríficos golpes en la puerta de su casa: tal como sucedió en tantas familias judías, la policía nazi venía a buscar a su padre. Muchos años después, Kandel nos cuenta como puede recordar vívidamente, como si lo estuviera viviendo de nuevo, el sonido terrible de aquellos golpes en la puerta:


¿Cómo se grabaron por obra del terror en la materia molecular y celular de mi cerebro los golpes en la puerta de la casa de mis padres, de suerte que 50 años más tarde no han perdido su intensidad y puedo evocar esta experiencia vívidamente en su aspecto visual y emotivo? Son preguntas que eran inaccesibles hace una generación pero que hoy van revelando sus secretos a la nueva biología mental. (Kandel 2006)


Efectivamente, hoy en día sabemos, gracias en parte a las investigaciones del propio Kandel sobre la memoria, que aquel fuerte impacto emocional modificó ciertas moléculas de su cerebro, que a su vez crearon nuevas conexiones sinápticas, de forma que aquel cerebro de un niño de 9 años quedó modificado para siempre. Aquellas modificaciones en la anatomía de su cerebro hacen que, hoy en día, Kandel pueda evocar, es decir pueda revivir, aquella fuerte experiencia sensorial y emocional casi como si estuviera sucediendo en el presente. El lector interesado puede encontrar un desarrollo más detallado de esta cuestión (y de otras que aparecen en este artículo) en mi libro La conexión emocional (Riera, 2010a).


El mismo Kandel, en el año 1999, publicó en la American Journal of Psychiatry su célebre artículo sobre el futuro del psicoanálisis (Kandel 1999). En este artículo, Kandel describe, a partir de las investigaciones en neurociencia cognitiva, los dos grandes sistemas de memoria en los humanos: a/ la memoria explícita (también denominada declarativa o verbal); b/ la memoria implícita (también denominada procedimental o emocional)[1]. Kandel postula que no somos conscientes de los contenidos de la memoria implícita, pero al mismo tiempo hace una clara distinción entre los contenidos implícitos y el inconsciente dinámico (generado por la represión) que describió Freud. Curiosamente, ya en el año 1991, Clyman había publicado el artículo cuyo título podríamos traducir como La organización procedimental de las emociones: una aportación desde la ciencia cognitiva a la comprensión de la teoría psicoanalítica sobre la acción terapéutica. La propuesta de Clyman en este artículo es que “hacer consciente el inconsciente es algo muy útil, pero no es el objetivo del tratamiento. El objetivo es desarrollar procedimientos automáticos que sean nuevos y más adaptativos; hacer consciente lo inconsciente es sólo un medio para la obtención de este objetivo”(página 372).


El Grupo de Boston para el estudio del cambio psíquico


La idea central del “Grupo de Boston para el estudio de los procesos de cambio” (BCPSG, siglas en inglés) (BCPSG, 2002, 2005, 2007, 2008)  es que los pacientes almacenan en su memoria implícita aquellas convicciones emocionales o maneras de reaccionar emocionalmente que han ido acumulando a lo largo de su vida sin la participación del pensamiento reflexivo, y son precisamente estos automatismos emocionales lo que los pacientes necesitan cambiar durante el tratamiento. En el ejemplo que he puesto anteriormente (el niño evitativo que se convertía en un adulto solitario y despectivo),  el objetivo del tratamiento sería cambiar su respuesta automática de aislarse despectivamente ante las dificultades. Con toda probabilidad este hombre no nos sabría explicar que su actitud evitativa se formó como reacción a unos padres poco responsivos, es decir, no sería consciente de este proceso. Pero no porque hubiera reprimido estos recuerdos, sino porque estas vivencias quedaron archivadas, sin la participación del pensamiento verbal-reflexivo (pensar en voz baja), en el sistema de memoria implícita de su cerebro-cuerpo. Los contenidos no conscientes de la memoria implícita no pueden convertirse en contenidos conscientes de la memoria explícita (Riera, 2010b). En la metáfora freudiana del aparato psíquico se describen compartimientos separados de manera que, a través de la interpretación, un contenido del compartimiento inconsciente pasa a quedar colocado en el compartimiento consciente. Esta metáfora es difícilmente compatible con las investigaciones de la neurociencia cognitiva que nos muestran que los substratos neuronales de la memoria implícita son distintos a los substratos neuronales de la memoria explícita. Así por ejemplo sabemos que en el hemisferio derecho predominan los circuitos neurales que regulan los afectos y la expresión no verbal (memoria implícita), mientras que en el hemisferio izquierdo predominan los circuitos que organizan las relaciones causa-efecto y el lenguaje verbal (memoria explicita). Por tanto, en esta nueva perspectiva, ya no podemos hablar del clásico “hacer consciente el inconsciente”, sino que tenemos que hablar de construir narrativas verbales (mapeadas en las zonas cerebrales de la memoria explícita) que sean coherentes (que estén sinápticamente bien conectadas) con la memoria emocional (LeDoux, 1996) que está codificada en las áreas de la memoria implícita. La cuestión del papel de los distintos tipos de memoria en los procesos de cambio psíquico que se dan en una psicoterapia es uno de los temas más debatidos en la literatura psicoanalítica de esta última década (Fonagy, 1999; Davies, 2001; Bleichmar, 2004; Fosshage, 2005).


Mis primeros pasos en la comprensión de la importancia de la “mente corporizada”


La lectura del libro de Antonio Damasio (1994) El error de Descartes fue mi primera aproximación a la comprensión del papel del cuerpo en procesos muy complejos, como la toma de decisiones, que hasta aquel momento yo había dado por hecho que dependían exclusivamente del pensamiento reflexivo. Ahora me sorprende constatar que en mi artículo del 2001 no aparece Damasio citado en ningún sitio; aunque entonces yo ya conocía el libro (la traducción castellana apareció en el 1996 y tuvo un cierto éxito editorial) y había despertado en mi un gran interés, todavía no podía intuir la enorme trascendencia que tendría en mis ulteriores desarrollos teóricos y, lo que es más importante, en mi práctica clínica. Damasio, en este libro, nos mostraba desde la neurociencia el error del dualismo cartesiano mente-cuerpo: la mente deja de ser una entidad etérea para convertirse en un conjunto de funciones que se generan en el cerebro y en el cuerpo.


Damasio empieza el libro resumiendo el caso de Phineas Gage, un paciente que, para su desgracia, se hizo célebre en la historia de la neurología. El pobre Phineas fue el capataz de una cuadrilla de trabajadores que trabajaban en la construcción de la vía ferroviaria en la zona de Vermont, en los Estados Unidos. Se trataba de un hombre especialmente eficiente y valioso en la organización del grupo de hombres que tenía a su cargo. A sus 25 años, corría el año 1848, sucedió el fatal accidente: en una explosión, una fina varilla de hierro le penetró por la mejilla, pasó por detrás de la órbita ocular, atravesó la zona frontal del cráneo y finalmente fue a caer a metros de distancia. Espectacularmente, esta lesión tan aparatosa no comprometió la vida de Phineas, al menos a nivel físico, y lo que todavía resultó más sorprendente, su capacidad de hablar, entender y pensar no quedó alterada. En cambio, su manera de relacionarse se deterioró de tal manera que el eficiente y responsable Phineas se convirtió en alguien incapaz de interactuar con los demás de forma saludable. Su vida terminó en un barrio marginal de San Francisco en medio de peleas tabernarias. En palabras del Dr. Harlow, su médico de entonces, se convirtió en alguien muy hábil a la hora de “encontrar siempre algo que no le convenía” (página 23).


Veamos ahora cómo interpreta Damasio, desde los conocimientos actuales en neurociencia, el deterioro que sufrió Phineas en su vida relacional y social. Damasio nos habla de un cerebro que constantemente escanea un “paisaje corporal” en busca de las sensaciones que nos llegan de las vísceras, de los músculos y de la posición de nuestras articulaciones; la zona prefrontral del cerebro sería la encargada de distribuir esta información al resto del cerebro. Por ello, la lesión prefrontal de Phineas interfirió la capacidad  que tiene esta región cerebral de integrar la información que proviene del cuerpo. Nuestro cuerpo cambia al entrar en contacto con un nuevo contexto: cierta tonalidad muscular, cierto vacío en el estómago, cierta presión en el pecho etc. Este conjunto de cambios en nuestro “paisaje corporal” se corresponde a la evaluación que hacemos del nuevo contexto sin la participación del pensamiento reflexivo. De hecho, la percepción de este conjunto de cambios corporales es lo que constituye la vivencia subjetiva de una emoción.  Por tanto, cuando Phineas entraba en contacto con un nuevo contexto, su lesión prefrontal le impedía integrar las distintas sensaciones que llegaban de su cuerpo. Dicho de otra forma: la lesión prefrontal le impedía que su cerebro pudiera utilizar la información emocional que llegaba de distintas partes de su cuerpo. Podemos inferir por tanto que Phineas sólo disponía del procesamiento explícito o reflexivo (los tests de inteligencia que se le aplicaron fueron normales) para poder evaluar las situaciones de su vida cotidiana, y en cambio su lesión le impedía tener acceso a la evaluación implícita-emocional-corporal.


El mismo Damasio, en un libro posterior (Damasio, 1999), nos relata un caso opuesto al de Phineas. Se trata de David, esta vez un paciente contemporáneo que fue estudiado por el mismo Damasio. David había padecido una encefalitis herpética que como secuela había dejado una grave limitación en el procesamiento explícito, mientras que el procesamiento implícito se hallaba conservado. David no “conocía” explícitamente a sus compañeros de residencia: no recordaba sus nombres, nunca sabía si los había visto con anterioridad, y si se le mostraba una foto de alguno de ellos no podía responder si los conocía o no. A pesar de ello, David siempre “escogía” los mismos compañeros a la hora de salir a pasear. Damasio diseñó un experimento para estudiar este fenómeno. Con tres ayudantes, diseñó la siguiente estrategia: Uno de ellos haría de “amigo bueno” (siempre ayudaría a David y accedería a sus peticiones), el segundo haría un papel neutral, mientras que el tercero haría de “malo” (siempre encargándole trabajos y tests muy pesados). Pasado un tiempo, Damasio le mostró una foto de los tres ayudantes. Como era habitual en él, David contestó que nunca los había visto. Luego le preguntó a quien de los tres pediría ayuda en caso de necesidad: aquí, la respuesta de David fue clara, escogería al que había actuado de “amigo bueno”. No podía recordar quienes eran aquellas tres personas, pero en cambio sí podía recordar quien le caía bien. Un día Damasio paseaba con David cuando, de repente, se cruzaron con el “malo”. A Damasio le resultó evidente que su paciente intentó rehuirle, por lo que le preguntó que le pasaba. David no supo responder, pero en cambio su actitud de evitar al “malo” siguió siendo igual de firme. Dicho en una terminología que no es exactamente la de Damasio, David tenía, a nivel implícito, una clara memoria emocional de sus experiencias con el “malo”, la cual, a su vez, le generaba la convicción emocional de que le convenía evitarlo; en cambio, a nivel explícito era absolutamente incapaz de recordar y explicar el sentido de aquella reacción automática suya. Los psicoterapeutas acostumbramos a trabajar con pacientes que si bien no presentan ninguna patología cerebral como la de David, en cambio sí tienen una manera automática de reaccionar que no entienden y que quieren cambiar. El objetivo de la terapia consiste en cambiar estas reacciones automáticas que se procesan implícitamente; a menudo, para alcanzar este cambio, co-construimos con el paciente una narrativa verbal que nos ayude a entender y controlar estas reacciones.


Implicaciones clínicas (I)


Empecemos repitiendo que el Dr. Harlow, el médico de Phineas, pensaba que éste tenía un impulso a “encontrar siempre algo que no le convenía”. De una manera parecida, los psicoanalistas hemos intentado explicar las conductas autodestructivas de nuestros pacientes a través de supuestos impulsos o deseos inconscientes: deseos masoquistas, deseos inconscientes de ser castigado, deseos de fracasar para evitar la rivalidad edípica, “reacción terapéutica negativa” para hacer fracasar así al terapeuta etc. En cambio Damasio interpreta la conducta autodestructiva de Phineas como una consecuencia de su incapacidad para leer los estados emocionales propios y de los demás. Veamos como podemos profundizar en las diferencias entre estos dos modelos explicativos a través de una viñeta clínica.


Jofre es un joven de 20 años con antecedentes graves de bulling en su anterior vida escolar. Parafraseando al Dr. Harlow, parecía que Jofre tenía el impulso de hacerse maltratar: en la pubertad había cambiado de escuela huyendo de unos niños que no paraban de “meterse” con él, para ir a parar a otro colegio en el que de nuevo le volvió a suceder lo mismo. Muy al principio de la terapia, tuve ya la ocasión de seguir de cerca un proceso similar. Jofre se sintió muy atraído por la dependienta de una librería, y empezó a desarrollar la convicción emocional de que aquella atracción tan intensa era reciproca. Jofre pasaba muchas horas en aquella librería hojeando libros, e intentando arrancar a la dependienta nuevas evidencias de que compartían sensibilidades parecidas. Un día, para gran sorpresa de Jofre, y también para mí que tampoco lo había podido anticipar, llegó la catástrofe: aquella chica le espetó de malos modos que parecía un enfermo mental, que ya no sabía como decirle que se hacía muy pesado, que le exigía que no volviera a poner los pies en la librería, y que esperaba que esta vez entendiera que iba muy en serio. Jofre se sintió literalmente arrasado, quedó postrado en la cama, sólo se levantaba para venir a sus sesiones. Poco a poco se nos fue haciendo evidente que aquella chica le había mandado múltiples señales de que molestaba, pero él algunas veces lo interpretaba como una manera de ella de juguetear, y otras simplemente lo “aparcaba” decía él, o lo disociaba diríamos nosotros. Yo, en otro tiempo, hubiera centrado mi investigación en la búsqueda de posibles motivaciones inconscientes para hacerse fracasar o castigar. En cambio, en esta ocasión lo que fue emergiendo fue una abrumadora e insoportable vivencia de extrema vergüenza y humillación ante cualquier atisbo de rechazo por parte de aquella chica. Aquí la palabra clave es “insoportable”. Cuando la vergüenza es vivida como algo catastrófico y mortífero, cualquier estrategia que evite este cataclismo puede servir para sobrevivir (Lansky, 2009). Las motivaciones inconscientes de Jofre hay que buscarlas en su necesidad de evitar vivencias de aniquilación y no en sus supuestos deseos secretos de fracasar. Jofre, desde pequeño, había aprendido a utilizar la disociación para protegerse de un entorno familiar muy angustiante, pero aquella estrategia que en su día había sido la menos mala posible, ahora resultaba nefasta para el inicio de su vida íntima y amorosa. En mi artículo del 2001 postulé que las vivencias de vergüenza que resultan insoportables disparan diferentes tipos de reacciones tapadera como la explosión agresiva o la envidia. En la actualidad considero que todavía podemos dar un paso más: pienso que detrás de cualquier proceso disociativo existe un intento desesperado de evitar experiencias de extrema vergüenza y aniquilación personal.


Jofre no necesitaba de mí que le interpretara (que le suministrara información explícita acerca de) su pánico al rechazo y su tendencia a negarlo. Su terror al rechazo ya lo conocía, e insistir en su tendencia a no querer reconocerlo habría sido vivido como un signo más de su cobardía y de la tara de su self. En cambio lo que Jofre necesitaba de mi era que lo acompañara en su lucha para poder soportar aquellas vivencias de vergüenza aniquiladora. Necesitaba sentir, a mi lado, aquella vergüenza extrema y comprobar que podía sobrevivir a la misma. Necesitaba percibir en mí señales de que yo había experimentado en mi vida sensaciones no muy distintas. En estos casos no es imprescindible que el terapeuta se muestre explícitamente a sí mismo (self disclosure), aunque a veces puede  resultar útil. En cambio lo que sí resultaba imprescindible era que yo emitiera señales que le hicieran notar mi solidaridad. Una simple frase, como “mira que llega a doler correr con los brazos abiertos hacia la chica que admiras para fundirte en un abrazo y acabar recibiendo en el último momento un bofetón inesperado”, transmite que yo sé muy bien de lo que me esta hablando. Siegel (1999) explica que cuando existe una alta excitación del sistema simpático (correr hacia la chica que quieres con los brazos abiertos), y de repente se dispara bruscamente el sistema parasimpático (en el momento de recibir el bofetón), se produce la vivencia subjetiva de depleción corporal masiva que vivimos como vergüenza extrema. En estos casos vivenciamos una experiencia extrema de vaciamiento, hundimiento y fragmentación corporal (Velasco, 2008, 2010). “Quedar hecho polvo, o hecho caldo” es una expresión coloquial que transmite bien esta vivencia. En el momento que la vergüenza es “relacionable” (BCPSG, 2010), es decir que se puede compartir, puede ser regulada por la misma relación, lo cual, a su vez, hace que ésta sea más soportable y por tanto con más posibilidades de que se convierta en una afecto “relacionable”. En la actualidad pienso que la creación de este tipo de espirales de progreso es uno de los objetivos centrales de la terapia: compartir un afecto permite poderlo soportar mejor, lo que a su vez permite poderlo compartir más etc. Utilizando la terminología del Grupo de Boston  diríamos que los “momentos de encuentro” (conexión intersubjetiva) generan una “expansión diádica de la conciencia” (Tronick y BCPSG 1998; Tronick, 2005) que permiten que el paciente pueda tolerar afectos que anteriormente sólo podían ser disociados.


La expansión diádica de la conciencia: “yo siento que tu sientes que yo siento…”


“Yo siento que tú sientes que yo siento…” La primera vez que me encontré con esta frase (Lyons-Ruth, 2000), me di cuenta que describía, a un nivel muy vivencial, la esencia de lo que es la conexión intersubjetiva o emocional. A mi me gusta escribir esta frase con unos putos suspensivos al final, para indicar que los bucles de este proceso podrían extenderse indefinidamente.


Cuando Jofre siente que yo estoy sintiendo su vergüenza, y cuando yo siento que él está vivenciando que yo estoy sintiendo su vergüenza, nuestras dos conciencias individuales se han convertido en una conciencia diádica. Si utilizamos una metáfora informática podríamos decir que, en estos momentos, nuestros dos cerebros trabajan en red; es decir, Jofre puede disponer así de los “programas” reguladores de los que yo dispongo. Él siente que yo siento su vergüenza, pero al mismo tiempo él siente que mi manera de procesar su vergüenza es algo distinta a la suya: por ejemplo, yo dispongo de “programas” que permiten vivenciar la vergüenza en lugar de disociarla. En cambio él, ante situaciones de vergüenza extrema, sólo dispone de programas para “aparcarla”. Si Jofre percibiera que yo estoy más interesado en que él no viva su vergüenza en lugar de querer compartirla, entonces no tendría la sensación de que nuestros cerebros están trabajando en red. Esto es lo que siempre le ha sucedido con sus padres que, con toda su buena intención, le responden con frases del tipo “no tienes que tomarte las cosas tan a pecho”. Si un psicoanalista le interpretara a Jofre que “no puede soportar que la dependienta le abandone, como no pudo soportar no tener a su madre para él solo”,  entonces Jofre tampoco sentiría que su analista siente lo que él siente; más bien sentiría que su analista quiere impulsarlo a aceptar de forma “madura” su supuesta derrota edípica para dejar así de sentir vergüenza. Pero Jofre no necesita que le apremien a no sentir vergüenza, sino que le ayuden a poder sentirla.


Mi interés en este artículo es enfatizar la importancia de la conexión emocional en una psicoterapia; venimos de una tradición que ha enfatizado la dimensión interpretativa verbal, es decir, la transmisión de información explícita a través de las palabras por parte del psicoanalista, la célebre talking cure. Tronick (2005) se pregunta “¿por qué la conexión con los demás es tan importante?”


¿Por qué los pequeños, y de hecho todo el mundo, buscan con tanta fuerza los estados de conexión interpersonal y por qué el fracaso en conseguir esta conexión genera tanto daño en su estado físico y mental? Cuando la rotura de la conexión se da de forma crónica, tal como suele suceder en algunos orfanatos, los pequeños se angustian, se deprimen, se desvitalizan y presentan trastornos en su desarrollo.


Quisiera explicar ahora una anécdota personal que creo que es ilustrativa al respecto. Hace unos diez años, presenté un trabajo sobre la empatía ante un público de psicoanalistas. Al final de la presentación, un colega del auditorio me preguntó: “¿no estarás diciendo que lo que cura en un psicoanálisis es la empatía? Si al empatizar con los pacientes estos se curaran sería fantástico (risas en el auditorio), pero me temo que las cosas son más complicadas”. Creo que estuve a punto de quedar paralizado por la vergüenza, o dicho de otra forma, la vergüenza que sentí fue casi insoportable; pero afortunadamente pude salir del paso recurriendo a una idea de Kohut según la cual la empatía es la herramienta para recolectar la información que viene del paciente para así, en un segundo momento, poder formular la interpretación o construir la teoría pertinente. De hecho ni el mismo Kohut, el introductor de la empatía en el mundo psicoanalítico, se atrevió a dar el paso de admitir explícitamente el valor curativo de la empatía. Hoy en día mi respuesta hubiera sido muy distinta. En parte gracias a las publicaciones de Tronick, entiendo las relaciones como una secuencia continuada de conexión-rotura-reparación de la conexión. Para el desarrollo saludable de un bebé, así como para la sensación subjetiva de bienestar de un adulto, es importante que las vivencias de conexión estén por encima de las vivencias de desconexión. En la relación terapéutica, cuando el paciente tiene la sensación de que el terapeuta no siente lo que él siente, suele reactivar, a menudo de forma no consciente, los patrones defensivos que aprendió en su pasado relacional. El paciente necesita que su terapeuta sienta lo que él siente, pero al mismo tiempo necesita que lo sienta de una manera ligeramente distinta. Aquí la clave está en el “ligeramente”. Si el paciente nos siente muy distintos, nuestras estrategias reguladoras de los afectos no le interesarán; si nos ve idénticos, entonces es posible que incluso le potenciemos las reacciones emocionales que pretende modificar. En cambio, si nos ve ligeramente diferentes, vivirá nuestra diferencia como algo útil a incorporar. ¿Cómo puede el paciente copiar los circuitos neuro-hormonales del terapeuta que generan el estado emocional que el paciente quiere incorporar? ¿Cómo puede Jofre incorporar mi manera de vivir su vergüenza? En la actualidad sabemos que las neuronas espejo (Rizolati et alt, 1996) juegan un papel importante en este proceso.


Las neuronas espejo


Hace aproximadamente 6 millones de años, vivió un antecesor común de chimpancés, bonobos y humanos. Dicho de otra forma: hace 6 millones de años se produjeron las primeras mutaciones genéticas que nos empezaron a diferenciar de chimpancés y bonobos, nuestros parientes más próximos. Actualmente se maneja la hipótesis de que la diferencia central a partir de la que los humanos iniciamos un camino evolutivo diferente al de los demás grandes simios (chimpancés y bonobos, gorilas, orangutanes –por orden de proximidad genética) reside en nuestra capacidad de leer y compartir los estados intencionales de los demás (Tomasello 1999, Tomasello et alt. 2005).


Muy probablemente, el sistema de las neuronas espejo juega un papel importante en la capacidad de sentir lo que el otro siente. Las neuronas espejo se activan tanto cuando realizan una acción como cuando se observa la misma acción en otro. Dicho de una forma muy rápida: cuando observo a alguien que está llorando, se activan también los circuitos neurohormonales que me hacen llorar a mí. Podríamos decir que los humanos estamos “obligados” biológicamente a sentir lo que el otro siente, y probablemente es esta característica biológica la que ha potenciado nuestro salto evolutivo. Más adelante explicaré someramente qué nos pueden enseñar investigaciones recientes en evolución sobre la capacidad humana de compartir estados emocionales.


Las neuronas espejo se activan al observar la intención de una acción: por ejemplo, la intención de coger un alimento con la mano para llevarlo a la boca. En el caso de este ejemplo, esta determinada neurona espejo sólo se activará si el observador detecta que la intención es la de llevar el alimento a la boca, y en cambio no se activará si la intención es coger el objeto para depositarlo en un recipiente. Curiosamente, esta neurona espejo se activará en el instante de percibir la acción de la mano dirigiéndose al alimento, por tanto unas décimas de segundo antes de que se confirme la intención de llevarlo a la boca. Lo que me interesa resaltar es que la capacidad que tenemos de leer la mente de los demás está muy focalizada en la lectura de intenciones. La sofisticada capacidad de los humanos en leer las intenciones de los demás nos ha dado unas enormes ventajas evolutivas en general, y más particularmente en los aspectos relacionados con la socialización. De hecho los primatólogos han constatado que el tamaño del cerebro de las distintas especies de primates, humanos incluidos, es proporcional al tamaño de los grupos en los que suele vivir: así los chimpancés, que junto con los bonobos son los primates genéticamente más cercanos a los humanos, viven en grupos de 20 a 40 individuos extraordinariamente organizados y jerarquizados; los humanos podemos vivir en grandes ciudades formando grupos de varios millones de habitantes (Dunbar, 1998). Hasta no hace mucho se consideraba que el aumento del tamaño del cerebro en los humanos se relacionaba específicamente con la capacidad de pensamiento reflexivo asociado al lenguaje (pensar reflexivamente consiste en hablar en voz baja).


Veamos ahora la siguiente cita de Edgar Allan Poe, extraída de su relato La carta robada:


Si quiero averiguar si alguien es inteligente, o estúpido, o bueno, o malo, y saber cuáles son sus pensamientos en ese momento, reproduzco su expresión en mi rostro de la forma más exacta posible, y luego espero hasta ver qué pensamientos o sentimientos surgen en mi mente o en mi corazón, coincidentes con la expresión de mi cara.


Genialmente, Poe describe el mismísimo proceso que de forma no voluntaria, es decir sin pasar por la conciencia reflexiva, realizamos todos los humanos a través de de nuestro sistema de las neuronas espejo. Hace 150 años, cuando fue escrita esta cita, ni Poe ni ningún científico de la época habría podido intuir que esta capacidad no consciente de imitar corporalmente a los demás para así sentir a nivel corporal lo que el otro está sintiendo forma parte de la esencia del funcionamiento humano. Por esto Poe cuando escribe “reproduzco su expresión en mi rostro de la forma más exacta posible” le da una cualidad consciente y voluntaria. De hecho la palabra inglesa empathy  no apareció hasta 1909, lo que se puede entender como un indicador de que hasta hace sólo 100 años no habíamos necesitado una palabra que expresara los procesos empáticos, que a menudo son de naturaleza no voluntaria. No es pues de extrañar que Poe no tuviera conciencia de la naturaleza no voluntaria del proceso que él describe. En la última parte del artículo me ocuparé de los antecedentes evolutivos de la empatía.


Actualmente las investigaciones en neurociencia empiezan a iluminar este tipo de procesos de conexión emocional: véase por ejemplo el capítulo titulado Compartir las emociones del libro de Rizzolatti y Sinaglia (2006) sobre las neuronas espejo. Especialmente relevante para los psicoanalistas es el artículo de Vittorio Gallese (uno de los firmantes de aquel primer artículo del 1996) y los psicoanalistas Eagle y Mignone, cuya versión castellana fue publicada en Aperturas Psicoanalíticas (Gallese et alt, 2006). Nos dicen estos autores que incluso en una relación basada en la palabra, como la que se da en una psicoterapia, el cuerpo de los participantes reacciona involuntariamente ante las palabras del otro. Recuérdese que Damasio consideraba que el estado emocional de un sujeto está formado por su paisaje corporal, es decir por el conjunto de cambios corporales; por tanto cuando se dice que “el cuerpo de cada participante reacciona involuntariamente ante las palabras del otro” se está diciendo que la mera escucha de palabras genera un estado emocional espontáneo no voluntario. Los estudios de neuroimagen muestran como al escuchar la palabra mano se activan las neuronas responsables del movimiento de la mano.


Implicaciones clínicas (II)


El fenómeno de vivir corporalmente lo que el otro siente o habla es de una enorme trascendencia para la práctica psicoterapéutica. Gallese, Eagle y Mignone nos dicen que gracias a este fenómeno el terapeuta siente de forma amortiguada lo que el paciente siente, “es como si el paciente viera en el terapeuta una versión más manejable de lo que el mismo paciente está sintiendo”. Y cuando se dice que “el paciente ve en el terapeuta” en realidad se está expresando que el paciente siente corporalmente lo que el terapeuta está sintiendo. Podríamos añadir que este es el mecanismo central a través del cual los pacientes tienen acceso a nuevas formas de sentir, que a mi modo de ver, es la manera de describir en la práctica lo que en la terminología del Grupo de Boston sería cambiar la memoria implícita. Yo suelo ilustrar este proceso a través de una anécdota personal: yo soy un mal esquiador, y para mi resulta de mucha utilidad seguir a un esquiador más experto: mimetizo sus movimientos, su ritmo en los cambios corporales al dar los giros, sigo su traza etc… esto mejora notablemente mi rendimiento, hasta el punto de llegar a sentir incluso que esquío bien (!). Luego, al bajar solo, me doy cuenta, dolorosamente, que soy el mal esquiador de siempre. Si fuera más joven, y mi cerebro más plástico, la práctica continuada de “esquiar bien” detrás de un amigo más experto me iría ayudando a consolidar la nueva memoria procedimental o implícita de estos movimientos nuevos para mí.


Veamos ahora este mismo tipo de proceso en un contexto psicoanalítico. En los inicios de mi formación, cuando un paciente se angustiaba y me reclamaba en los periodos de vacaciones tendía a pensar que algún deseo inconsciente (teoría pulsional) impulsaba aquellas conductas intrusivas y de queja: quizá su deseo de no ser excluido, o su deseo de controlarme omnipotentemente, o su fijación libidinal a etapas regresivas de extrema dependencia oral etc. Hoy en día tiendo a entender la angustia, y a veces la agresividad, de mis pacientes ante las separaciones de una forma muy parecida a como entiendo mis dificultades para esquiar solo. Entiendo que determinados pacientes no tienen la capacidad implícita de regular sus reacciones corporales de angustia estando solos, y por tanto, sólo cuando están conmigo, a través de su sistema especular, pueden crear una expansión diádica de la conciencia que les permite utilizar mis mecanismos reguladores de los que ellos no disponen. Exactamente lo mismo que me sucede a mí cuando necesito esquiar detrás de un amigo más experto.


Este enfoque enfatiza lo importante que es para el paciente poder tener acceso a determinados estados emocionales del terapeuta. Una perspectiva por tanto muy distinta a la perspectiva que Freud utilizó cuando instauró las reglas técnicas de la neutralidad y el anonimato. En este artículo sobre mi evolución profesional reciente quiero insistir en la importancia que ha tenido para mí el ir constatando que la relación psicoterapéutica va mucho más allá del simple intercambio de información verbal explícita. Nótese en cambio que el analista clásico ortodoxo es alguien que interviene poco en la sesión, y sólo se expresa cuando tiene perfectamente construido el discurso verbal de lo que va a decir; mientras permanece callado va construyendo una interpretación verbal que acabará expresando de la manera más neutra posible. A la luz de lo que vamos aprendiendo sobre las neuronas espejo podríamos decir que este psicoanalista neutro y anónimo le “roba” al paciente una de las fuentes principales para la regulación de sus emociones: la subjetividad del analista. El diván, otro icono psicoanalítico, es otro instrumento que puede interferir la comunicación corporal entre paciente y terapeuta. Personalmente, yo he utilizado mucho el diván, y me doy cuenta que de una manera no deliberada he ido reduciendo su uso en los últimos años; mi intuición es que cada vez lo voy a utilizar menos. Lyons-Ruth (comunicación personal) suele explicar que desde que ha ido progresando en los estudios de seguimiento empírico longitudinal, y ha ido constatando la importancia de la interacción corporal en la formación del Conocimiento relacional implícito, la utilización del diván cada vez le parece más discutible. Quiero aclarar pero, que la utilización del diván no impide la comunicación implícita, solo la dificulta. Por ejemplo, la entonación de la voz, el ritmo del diálogo, las risas, suspiros etc… no sólo no quedan anulados sino que incluso quedan potenciados cuando se utiliza el diván. Por exigencias de tipo práctico (pacientes que viajan o que viven lejos) cada vez trabajo más por teléfono, que curiosamente resulta muy parecido a trabajar con diván: en el trabajo por teléfono lo paraverbal adquiere una especial relevancia, como si al no podernos ver nos concentráramos más en las sutilidades de la entonación. También conviene aclarar que ciertos tipos de discurso verbal, como el poético, tienen una alta capacidad de activar y modificar la memoria implícita. Incluso cuando hablamos de forma espontánea, nuestra memoria implícita puede dirigir el desarrollo de nuestro discurso verbal; por ejemplo, cuando empezamos una frase sin saber como la vamos a terminar, estamos dejando que nuestro sistema de memoria implícita tome el comando de nuestra acción. Aquí he utilizado la palabra acción de manera deliberada para alejarme de la dicotomía entre palabra y acción, tan querida por el psicoanálisis clásico. Ahora bien, si sólo hablamos cuando tenemos ya perfectamente construido a nivel reflexivo lo que vamos a decir, la participación implícita o emocional en la interacción queda voluntariamente restringida. La fluidez en el diálogo es probablemente el mejor indicador de que hay un buen encaje a nivel implícito de las intenciones de los dos participantes en la conversación: cuando el diálogo es fluido, probablemente los dos interlocutores tendrán un sentimiento de revitalización y de estar caminando en la misma dirección.


Para finalizar este apartado, relataré una viñeta clínica en la que se enfatiza el uso por parte del paciente de las reacciones emocionales del terapeuta. Arnau estaba empezando a salir con una mujer recién divorciada. La noche que ambos tuvieron su primera relación sexual, cuando Arnau salía del piso de su novia, de repente, notó como una sombra se abalanzaba sobre él, y antes de que pudiera reaccionar o entender lo que sucedía, se encontró ante un hombre que lo tenía cogido por el pescuezo con una mano, mientras lo amenazaba con la otra, puño cerrado, a dos palmos de su nariz. Aquel hombre, muy agitado, y sin apartar el puño de su cara, le gritó: “te estás follando a mi mujer”. En aquel momento Arnau lo entendió todo. Interrumpo aquí el relato para explicar que Arnau, un hombre de unos 30 años, había tenido una adolescencia… vamos a llamarla pendenciera, con mucha experiencia en artes marciales y peleas de discoteca. Continuemos ahora con el relato. Los elementos paraverbales de su discurso me hacían percibir que Arnau se sentía como pez en el agua ante aquella situación. De hecho, no hizo ningún esfuerzo para liberarse, se limitó a mirar a aquel hombre a los ojos y con voz firme le dijo: “tu me pegarás primero, pero yo te haré muchísimo más daño. Tú no sabes pelear y yo sí. Te puedo destrozar y nadie me podrá acusar porque será en defensa propia. Y no es tu mujer sino tu exmujer y no tienes ningún derecho a espiarnos”. Aquí se me hizo evidente, aunque también sin ninguna sorpresa por lo que conocía de su biografía, que la memoria implícita que se activaba en Arnau en este tipo de contexto era muy diferente a la mía. Aunque la escena sea algo peliculera, y ello siempre puede crear una cierta distancia, el lector no se extrañará si le digo que mientras le escuchaba mi cuerpo se iba descomponiendo, mi cuerpo me pedía  gritos que Arnau saliera corriendo hacia la policía, lo denunciara y evitara por todos los medios una pelea que podía acabar a navajazos. Es posible que aquella angustia que sentía en mis tripas tuviera algo que ver con la imagen de un navajazo en la barriga. En cambio notaba que Arnau estaba en su salsa mientras me explicaba como aquel energúmeno le acabó soltando y se fue alejando mientras gritaba que si lo volvía sorprender en casa de su mujer “lo mataría”. Arnau se preguntaba si en una siguiente ocasión tendría que “machacarlo” para que escarmentara, con un cierto tono de prepotencia apenas disfrazado con frases del tipo: “a mi no me gusta la violencia, pero si lo tengo que destrozar él se lo habrá buscado… y cuando me agarra el calentón no hay quien me pare”. A mi malestar visceral se añadió entonces una sensación de irritación (que suelo percibir como una especie de vibración que sale de debajo de mis costillas), probablemente la irritación de ver lo poco que habíamos avanzado (en contra de lo que yo pensaba) en el control de su violencia; mi cuerpo me impulsaba a pararle los pies. Llegado este punto, Arnau se detuvo y me dijo que le interesaba muchísimo saber mi opinión. Llevábamos bastantes años trabajando juntos, yo sabía que su interés era auténtico, durante aquellos años yo me había ganado su confianza. Sin pensármelo mucho (es decir con poco procesamiento explícito, reflexivo-verbal) le contesté: “te explico lo que he sentido mientras te escuchaba, quizá te pueda ser útil: mientras hablabas he notado un malestar en la barriga, una media sensación de mareo y ansia, y un impulso a echar a correr, yo creo que si me hubiera pasado a mí me habría liberado como hubiera podido y habría corrido a denunciarlo. Y esto es lo que creo que te convendrá hacer cuando te lo vuelvas a encontrar. De acuerdo que saliste sin ningún rasguño, y esta es la parte buena de tu reacción, quizá con mi reacción yo hubiera salido más malparado. Pero creo que a la larga, te conviene más mi estrategia que la tuya”. Mientras le hablaba de esta manera, yo tenía una cierta conciencia (explícita) de que le estaba mandando señales (verbales y paraverbales) que le podían ayudar a activar un tipo de circuitos neuro-hormonales (responsables de las reacciones implícitas no voluntarias) que podían resultarle útiles en el futuro para lidiar con los contextos violentos. No le hablé (explícitamente) de mi irritación, no me pareció que en aquel momento pudiera ser útil, pero en cambio creo que en mi voz había un cierto tono de apremio (implícito) que si lo tuviéramos que poner en palabras (explicitar) sería: “¡haz el favor de no seguir jugando con fuego!”. Percibía que me escuchaba con mucha atención, sus ojos muy abiertos;  parecía también que mi mensaje le reconfortaba. Creo que esta actitud receptiva me animaba a continuar mis largas parrafadas mostrando mi subjetividad; en las conversaciones, las señales que constantemente recibimos del otro van guiando constantemente, segundo a segundo, nuestras intenciones, buscando siempre el encaje con las intenciones del otro. Aunque no me lo pareció, cabía la posibilidad de que nuestras intenciones fueran demasiado diferentes: tuve que tolerar la incertidumbre hasta la siguiente sesión, no podía estar seguro de los efectos que mi actitud, totalmente nueva para Arnau, tendría en él. Al fin respiré: estaba agradecido por mi “consejo”, había ido a la policía a poner una denuncia, e incluso llegó a expresar un cierto mal humor al constatar la facilidad con la que se disparaban sus respuestas violentas, o dicho con otras palabras, la facilidad con la que se activaban los viejos circuitos implícitos que archivaban las maneras de estar con los demás que había aprendido a través de sus anteriores relaciones.


Los estudios desde la perspectiva del Attachment, me han sido enormemente útiles para comprender como ciertos patrones o esquemas relacionales (maneras de estar con los demás, actitudes a tomar ante los demás) se graban en nuestra memoria implícita, de manera que luego serán repetidos sin que el propio sujeto tenga conciencia de estar “recordando” esta información implícita acerca del cómo estar con los demás. Los patrones relacionales aprendidos dirigen nuestra manera de comportarnos y de tomar decisiones sin que seamos conscientes de ello.


El inconsciente entendido desde la perspectiva del apego


Tanto en la experiencia de mi propio análisis como en los análisis de mis pacientes, la idea teórica de hacer consciente aquello que se había reprimido en el pasado era algo que encajaba de manera forzada con lo que sucedía en la práctica. Por ejemplo, en mi caso particular, me resultaba evidente que mi propio análisis me había ayudado enormemente a conectar mejor con mis propios sentimientos, pero esta vivencia encajaba con dificultad con las conceptualizaciones del inconsciente reprimido. En la actualidad mi punto de vista es que lo que se trata en una psicoterapia (utilizo psicoanálisis y psicoterapia de forma indistinta) son aquellas actitudes (o convicciones emocionales, o maneras automáticas de reaccionar etc.) que se han aprendido (quizá sería más exacto decir co-construido) sin que hayamos nunca reflexionado sobre ello. Visto así, una psicoterapia consiste en un entrenamiento intensivo a centrar la atención reflexiva en aquellos aspectos de la subjetividad en los que uno no había reflexionado nunca. Por ejemplo, Daniel Stern, en su último libro (2011), explica la siguiente secuencia: 1/ un paciente tiene una gran confusión acerca de lo que siente por su mujer. 2/ En una ocasión, su mujer llega al aeropuerto después de varios de días de viaje. 3/ En la siguiente sesión el analista le pregunta cómo ha vivido la vuelta de su mujer y el paciente contesta que no lo sabe. 3/ Stern sugiere que el analista le habría podido preguntar: “justo en el momento que la viste salir por la puerta del aeropuerto, mientras ella se dirigía hacia ti ¿hubo algo dentro de ti que saltaba hacia arriba o más bien notaste que algo caía hacia abajo?”. He aquí pues una pregunta que el paciente no habría sabido hacerse a sí mismo, probablemente porque viene de un pasado relacional en el que este tipo de preguntas de no tenían cabida.


En lo que llevamos de artículo, he mencionado tres ejemplos clínicos. Veamos someramente que nos pueden mostrar acerca del inconsciente. 1/ El niño evitativo que deviene un adulto despectivo: este niño, a los 12 meses, antes que pudiera empezar a pensar con palabras (reflexionar) ya había llegado a la “conclusión” (no reflexiva) de que ante una dificultad es mejor no pedir ayuda, porque si la pides, no sólo no te vana a ayudar sino que incluso hay la posibilidad de que te acaben riñendo. El niño de este ejemplo nunca llegaría por sí solo, ni siquiera al llegar a adulto, a poder explicar este proceso con las palabras de la frase anterior. Si a este adulto, por ejemplo, le preguntáramos “¿por qué, al caer enfermo, no se lo has dicho a nadie?”, probablemente nos contestaría “no sé, siempre he sido así, tiendo a arreglármelas por mi cuenta”. 2/ Jofre: se trata de un joven muy entrenado a evitar anticipatoriamente el peligro de quedar inundado por una humillación aniquiladora. Él nunca lo había pensado así. Su madre estuvo deprimida durante los primeros años de su vida, sin que Jofre tuviera la información explícita de ello hasta que yo se lo conté, después de una entrevista con los padres. Las palabras confusión y desorganización encajan mejor con este tipo de procesos que la palabra represión. Y es importante encontrar las palabras más exactas posibles, porque tal como veremos, la coherencia entre la narrativa explícita y los contenidos implícitos-experienciales es de una enorme importancia para el sentimiento subjetivo de bienestar y cohesión. 3/ Arnau: es hijo de una madre depresiva-intrusiva que ha tendido a culpar a sus hijos de su propio malestar. Arnau es un ejemplo bastante exacto de lo que ciertos estudiosos del apego (Lyons-Ruth et al 2006) han denominado role reversal: la inevitable desorganización (a nivel implícito) que surge a partir de la contradicción de que quien me tiene que calmar en realidad me da miedo (imposible de pensar con esta mismas palabras durante la primera niñez) evoluciona, al llegar a la latencia, hacia formas de inversión de papeles, dónde el niño se convierte en cuidador de los cuidadores. Y ello se puede alcanzar de dos maneras: a) niño que se entrena a detectar y satisfacer las necesidades de los padres antes de que éstos se desmonten (mi hipótesis es que muchos psicoanalistas tenemos este pasado relacional) y b) niño que se convierte en tirano violento para intentar controlar así cualquier atisbo de conducta aniquiladora en sus cuidadores. Arnau pertenecía a este segundo grupo, aunque no tenía ninguna conciencia de que la depresión crónica de su madre tuviera algo que ver con sus broncas de discoteca; a lo sumo podía llegar a decir con palabras que tenía “un carácter fuerte” y eso le hacía “chocar” tanto con su madre como con los chulos de las discotecas. En mi experiencia, los niños como Arnau son niños que acaban recurriendo a la violencia para mantener, de forma rígida y a veces brutal, a sus cuidadores dentro de unos parámetros que resulten soportables; son niños que han sufrido terriblemente ciertas fallas empáticas de sus padres y utilizan la violencia como un intento desesperado, y a menudo no muy útil, de prevenir actitudes dañinas de sus cuidadores. La violencia es un intento, en general fallido, de reparar una conexión empática que se había roto.


Conexión, rotura, reparación.


La vida puede ser entendida como un conjunto de secuencias en las que se da:


a) sensación de estar conectado: siento que el otro siente lo que yo siento, que vamos en misma dirección, que compartimos intenciones, que interpretamos las cosas de forma parecida


b) ruptura de la conexión: el otro me está malinterpretando, el otro quier ir por un lado y yo necesito ir por el otro, la reacción del otro hace salir lo malo que hay en mí etc.


c) reparación de la conexión: uno de los miembros de la díada, o los dos simultáneamente, se esfuerzan para ponerse en el lugar del otro para así poder ir por donde el otro necesita ir.


Ed Tronick utiliza un video de la interacción entre un bebé de 6 meses y su madre para mostrarnos en detalle una secuencia de conexión-ruptura-reparación.


1/ Al inicio del video, madre y bebé van en la misma dirección, es decir ambos comparten la misma intención de pasarlo bien juntos intercambiando señales psicológicas: que si ahora sonrío y me devuelves la sonrisa, o hago brrr… brrr con los labios y tu te ríes, o me acerco a frotar mi nariz con la tuya y tu te quedas desconcertado cuando me aparto bruscamente… para destornillarte de risa cuando me vuelvo a acercar etc.


Dicho sea de paso, la infinita riqueza de las expresiones faciales que intervienen en este juego, juego que es absolutamente indispensable para la supervivencia psíquica del bebé, es el resultado de decenas de inserciones musculares que han evolucionado durante millones de años; los primates en general, y los humanos en particular, somos con diferencia los mamíferos con más capacidades (equipamiento neuromuscular) para expresar facialmente señales con contenidos muy complejos y sutiles que serán percibidas visualmente por los demás. Hace 80 millones de años aparecieron los primeros primates (Konner, 2010), eran de tamaño pequeño y vivían en los árboles; se alimentaban de hojas e insectos. La actividad depredadora de insectos hizo que progresivamente los ojos fueran desplazándose hacia delante, para conseguir así una mejor percepción binocular profunda. Progresivamente el cerebro olfativo se fue reduciendo y aumentó el visual. ¡Que curioso!  ¡El inicio remoto de nuestras complejidades sociales se halla en nuestro pasado insectívoro! La mayoría de madres mamíferas se guían por señales olfativas para organizar la relación con sus crías, nosotros en cambio nos guiamos por señales predominantemente visuales, mucho más complejas y con un potencial de matices muy superior que las olfativas. Curiosamente también, los humanos modernos (pero no todos los cazadores recolectores) somos el único mamífero que pone a sus crías panza arriba, es decir con la posición más ventajosa para que las crías se expresen a través de los gestos de su cara y de sus manos (Matsuzawa, 2007). Volvamos ahora al video de Tronick.


2/ En un segundo momento, aparece la ruptura de la conexión. Por azar, el bebé ha agarrado un mechón de cabello de su madre y lo estira, mientras muestra en su expresión facial un claro gesto de satisfacción ante una experiencia que probablemente es absolutamente nueva para él.


Contrariamente, en las crías chimpancés, la experiencia de agarrar un mechón de pelos de la madre es absolutamente cotidiana: las crías de chimpancé se pasan los primeros tres meses de su vida constantemente agarradas a los pelos de su madre. Progresivamente se irán descolgando, hasta llegar a los 5 años, la edad del destete.


Volvamos al video. En estos momentos tenemos un bebé encantado con su nuevo descubrimiento, y una madre dolorida y enfadada por el tirón de pelos que está soportando. En este instante se acaba de romper la conexión. Ya no hay una intención compartida, bebé y madre no están yendo en la misma dirección: el bebé quiere seguir experimentando con la nueva sensación de tirar de los pelos de su madre y la madre en cambio quiere soltarse.


3/ Han pasado tres segundos desde el momento que el bebé ha agarrado los pelos de la madre. En esos momentos, la madre, con una expresión facial de dolor y de rabia (que difícil sería segregar una substancia química que emitiera un tipo de olor que expresara esta compleja mezcla de dolor y rabia) coge la manita del bebé y con firmeza la separa de sus pelos. El bebé todavía no ha percibido que las cosas no andan bien y sigue con su sonrisa de satisfacción.


4/ Después observamos el fotograma en que el bebé percibe que se ha producido la desconexión: en este momento, que dura solo unas décimas de segundo, la madre tiene una clara expresión de hostilidad, en cambio el bebé tiene todavía dibujada la sonrisa de su satisfacción anterior, aunque empieza a percibir el desencaje entre su madre y él, sus ojos muy abiertos expresan que está sorprendido ante la expresión nada amigable de la madre.


5/  Pasan 2 segundos más, y ahora observamos como el bebé está en una clara actitud defensiva ante aquella expresión hostil de su madre: ha levantado los brazos para proteger su cara, por tanto no puede ver como su madre ya ha cambiado su expresión, y de nuevo se muestra sonriente. En estos momentos sigue la desconexión: en este caso es la mamá la que, ya recompuesta, quiere seguir interactuando, mientras que el bebé, parapetado detrás de sus brazos, quiere interrumpir la interacción.


6/ Finalmente, el bebé mira el rostro de la madre por entre sus brazos, percibe que vuelve a estar amigable, baja los brazos, y sin palabras le trasmite a su madre: “de acuerdo, vamos a seguir pasándolo bien juntos”. Y los dos retoman una misma dirección  compartida después de los 12 segundos que ha durado la ruptura: el accidente del tirar de los pelos no ha tenido consecuencias graves, ha sido reparado en pocos segundos, y los dos continúan disfrutando el uno del otro como si no hubiera pasado nada, o mejor dicho, sí que ha pasado algo importante: los dos van acumulando experiencia de que los accidentes son fácilmente reparables. ¿Qué habría pasado si la esta madre hubiera tenido un estado de ánimo lábil y ante ese accidente se hubiera replegado malhumorada? ¿Y que sucedería si ello fuera sucediendo repetidamente, y los dos fueran acumulando experiencia de que los accidentes son muy difícilmente reparables?


En la vida de una persona, si el flujo de la secuencia conexión-ruptura-reparación es fluido y ágil, y si predominan las sensaciones de conexión por encima de las de desconexión, se genera una vivencia subjetiva de bienestar, de vitalización y de buena regulación mutua de los afectos. Y al contrario, si un niño vive repetidamente que los procesos de reparación de la conexión son difíciles o inalcanzables, tenderá a construir defensas rígidas que le dificultaran enormemente un proceso que es indispensable para una mínima salud mental: la utilización de los demás para la regulación mutua de las emociones. Durante toda la vida acumulamos experiencia (a nivel implícito) que nos “obliga” a anticipar el futuro de una forma particular; más en concreto, la experiencia acumulada forma nuestras convicciones emocionales (sin participación verbal reflexiva) acerca de lo que podemos esperar de los demás y de nosotros mismos. A partir del segundo año de vida, este proceso de archivar información experiencial en los circuitos neuro-endocrino-muscular-viscerales podrá o no ir acompañado de la construcción de pensamiento reflexivo (que quedará archivado en los circuitos cerebrales de la memoria explícita) 


Estudios longitudinales de seguimiento empírico


El psicoanálisis empezó haciendo inferencias especulativas sobre el pasado infantil de los pacientes adultos. Ahora en cambio disponemos de estudios empíricos desde la perspectiva del apego (Sroufe et alt, 2005; Main, 2000; Lyons-Ruth et alt., 2006) que me han resultado de una gran ayuda para la comprensión de aquellos procesos que a lo largo de nuestro desarrollo van a acabar configurando nuestra manera de estar en el mundo al llegar a la edad adulta.


Una primera constatación: al llegar a los 12 meses, los bebés humanos ya han organizado una serie de convicciones (implícitas y no-verbales) acerca de lo que se puede esperar de los demás y de ellos mismos. Y lo que a efectos clínicos será muy relevante: estas convicciones serán coherentes con el tipo de responsividad que el bebé ha encontrado en sus cuidadores (Ainsworth et al. 1978;  Belsky, 1999). Veamos un breve resumen de lo que sabemos acerca de los patrones de apego, que contextos relacionales los forman y que evolución en la vida adulta es esperable.


1/ El bebé con un patrón de apego seguro (que utiliza los cuidadores para regular sus emociones) habrá tenido unos cuidadores que han sido sensibles a las señales que el pequeño emite; se trata de cuidadores con los que la sintonía ha predominado sobre la desconexión, la aceptación de las iniciativas del bebé sobre el rechazo, la colaboración sobre el control, la disponibilidad emocional sobre el replegamiento.


Estos bebés probablemente serán adultos colaboradores, para los que el apego será muy importante. Aunque hayan sufrido muchos reveses en la vida, la narración de los mismos será coherente


2/ Los bebés evitativos (no utilizar a los cuidadores para regular las emociones, como el caso del primer ejemplo de este artículo) habrán tenido cuidadores que han rechazado activamente sus iniciativas de conexión.


Con facilidad se convertirán en adultos superficialmente normalizadores (todo es “normal”), con poca valoración del apego (que les confiere un carácter despectivo)  


3/ Los bebés resistentes son pequeños que intentan exprimir al máximo los recursos reguladores de sus cuidadores sin que lleguen a alcanzar resultados satisfactorios, “es como si estos pequeños estuvieran buscando una madre que no esta allí, aunque su madre esté allí físicamente” (Wallin, 2007, página 20). Los bebés resistentes habrán tenido cuidadores impredecibles, poco disponibles y que posiblemente habrán desanimado los intentos de autonomía del pequeño.


En la edad adulta se mostrarán constantemente angustiados, hipervigilantes, con muy poca confianza de encontrar recursos en ellos mismos o en los demás para regular sus emociones. Se suele denominar a este patrón adulto preoccupied  o sufridor


4/ Finalmente, los bebés desorganizados ( Main y Salomon, 1990; Hesse y Main, 2000) presentan reacciones sin sentido, incoherentes y bizarras. Estos bebés habrán tenido unos cuidadores que son vividos simultáneamente como fuente de seguridad y de miedo; por tanto estos pequeños parece que quieren acercarse y alejarse al mismo tiempo.


Es en este apartado que existe un riesgo mayor de evolución a la psicopatología severa del adulto con predominio de la disociación. Antes pero, habrán atravesado una fase infantil de role reversal


Como resumen podríamos decir que en función de cómo se han organizado las secuencias conexión-ruptura-reparación se dispondrá de una memoria implícita adecuada para utilizar a los demás en la regulación flexible y adaptativa de las propias emociones. A partir del segundo año, podemos empezar a utilizar también el procesamiento explícito-verbal en la tarea de regulación de las emociones. Pero, interesantemente, incluso la construcción de las capacidades verbales (que van a ser la segunda herramienta reguladora de las emociones) va a depender de que haya habido un buen encaje entre las intenciones del pequeño y las del cuidador.


Me gustaría citar aquí las investigaciones de Meltzoff  y Brooks (Meltzoff y Brooks, 2007; Brooks y Meltzoff, 2008) sobre la relación que existe entre la capacidad de compartir intereses con el cuidador a los 11 meses y el número de palabras aprendidas a los 24 meses. Los resultados de estas investigaciones son espectacularmente ilustrativos: los bebés que, a los 11 meses, obtienen puntuaciones altas en la actividad de interesarse por lo que interesa al adulto (seguir con la mirada lo que el adulto mira) tendrán a los 24 meses el doble de vocabulario que los bebés que obtenían una puntuación baja. Y todavía más espectacular: los bebés que señalan un objeto buscando que el adulto se interese por este objeto tendrán el triple de vocabulario a los 24 meses que los bebés del primer supuesto. Una constatación más de que la capacidad intersubjetiva, en este caso el “yo siento que tú te interesas por lo que yo me intereso” es el precursor del lenguaje verbal. Tradicionalmente se consideraba que el Homo sapiens había dado el salto evolutivo a partir de la creación del lenguaje, incluso ciertos análisis superficiales habían considerado que la aparición de ciertas capacidades anatómicas para la fonación constituía el inicio de la gran evolución de los humanos. Pero, tal como ampliaré más adelante, los estudios evolutivos confirman las conclusiones de Meltzoff: primero aparece la capacidad de compartir estados emocionales (la cría cooperativa apareció probablemente mucho antes de la aparición del lenguaje verbal), y sólo cuando se da el pre-requisito de la conexión intersubjetiva puede aparecer el lenguaje verbal.  


Implicaciones clínicas (III)


Como hemos visto, los pequeños van consolidando aquellas estrategias relacionales que les permiten sacar un mejor rendimiento a las aptitudes de los cuidadores. El niño seguro utiliza las buenas capacidades de los cuidadores para “cargar pilas” (esta es la expresión coloquial que suelo utilizar con pacientes) y poder seguir así investigando y desarrollándose. En cambio los niños inseguros (evitativos, resistentes) no tienen otra posibilidad que utilizar la estrategia menos mala posible para lidiar con las limitaciones de los cuidadores: los evitativos intentan no sentir para poder así manejar las relaciones, en cambio los resistentes sienten demasiado intensamente y ello les impide manejar las relaciones; pero ambos tienen que desplegar un esfuerzo enorme para sacarle el máximo partido a la única estrategia relacional que han podido aprender. Finalmente, los desorganizados han crecido en un entorno caótico en el que un mínimo de coherencia ha resultado imposible.


Todo ello significa que cuando un paciente busca ayuda psicoterapéutica está buscando cambiar las estrategias relacionales que había aprendido desde pequeño. Si el nivel de dolor mental es soportable, no necesitamos cambiar las estrategias reguladoras que aprendimos de pequeños. En cambio cuando nuestra manera de regular el sufrimiento psíquico sea insuficiente, necesitaremos cambiar este estilo regulador. Este enfoque, aunque muy simple, tiene la gran ventaja de no ser nada persecutorio para el paciente. Porque, de esta forma, el paciente no vive su manera de ser como una tara o defecto en el centro de su persona, sino como una estrategia que fue muy útil para sobrevivir en contextos difíciles y que no sirve en el contexto actual. Por tanto en este modelo no caben interpretaciones del tipo “usted no quiere abandonar su omnipotencia infantil y reconocer su dependencia” (típica interpretación que les suele caer a los evitativos) o bien “usted no quiere crecer, todavía sigue reclamando una madre que le resuelva los problemas” (típica interpretación que les suele caer a los preocupados o sufridores). Estas interpretaciones, implícitamente, acusan al paciente de no querer evolucionar, de querer seguir disfrutando los supuestos privilegios de su infancia; lo que resulta enormemente injusto, puesto que suele tratarse de pacientes que no han tenido precisamente una infancia muy privilegiada. En cambio lo que el adulto inseguro  va a necesitar es: 1/ que se le reconozca que su manera de ser fue el resultado de un enorme esfuerzo para sobrevivir a los adultos de su infancia, 2/ que se le ayude a entender que aquellas estrategias relacionales que tanto le costaron aprender en su pasado son poco útiles en el contexto actual, y, lo más difícil, 3/ que se le brinde al paciente la experiencia relacional en la que le sea posible practicar una nueva manera de relacionarse (suministrar experiencias a nivel vivencial que le permitan cambiar su memoria implícita)         


Alba es una paciente de 40 años con un patrón relacional del tipo preoccupied o sufridor. Tiene una gravísima dificultad para regular su angustia, de manera que cualquier incertidumbre, por pequeña que sea (“¿y si tengo un reventón que me hace llegar tarde a la entrevista de trabajo y pierdo la última oportunidad de mi vida?”), le crea una angustia catastrófica y devastadora. A menudo su vida es un infierno. A veces, en sesión, la experimento como una mujer indefensa que fue arrasada por una infancia abandónica (ambos padres cayeron gravemente enfermos) y por 20 años de convivencia con un exmarido despreciativo (que fácilmente encajaría con el modelo evitativo-negador); otras veces la vivo como una paciente caótica, beligerante y reclamadora. El carácter impredecible y poco disponible de unos padres enfermos hizo que empezara a arraigar en ella la convicción emocional (nunca pensada en palabras) de que le convenía hiperactivar su estrategia relacional para de esta forma conseguir el máximo de atención posible. La estrategia relacional mapeada en el sistema de memoria implícita de Alba reza de la siguiente manera: “para intentar conseguir la poca atención que los demás tienen disponible, me conviene vivir y expresar mi angustia de una forma llamativa que sea difícil de ignorar” (Wallin, 2007).


Alba fue una niña que fue a todos los exámenes de su periodo escolar con la angustiante convicción de que iba a suspender, para después, indefectiblemente, sacar unas notas más que aceptables. Alba siempre se sintió una niña que no era vista. He aquí una frase significativa: “si pudieras filmarme en la hora de patio, se vería a todo el grupo… pero a mi no se me vería. Yo era una niña que no era visible”. Esta vivencia de no ser visible (muy cercana a no ser “querible”) le generó un sentimiento de sí misma de “ser poca cosa”, lo que a su vez le confirió un carácter “apocado”. En algunas ocasiones, cuando había visitas, su madre la reñía por ser tan tímida, “tienes que estar más suelta” le decía. Alba vivió su incapacidad “para estar más suelta” como la tara central de su self: a partir de este tipo de experiencias, Alba construyó el sentimiento de sí de ser defectuosa. Vuelvo a insistir, todo ello sin que Alba lo hubiera pensado nunca con palabras. De hecho tuvieron que pasar 30 años para que Alba, en su psicoterapia, pudiera empezar a reflexionar y a poner palabras a aquellas experiencias hasta entonces no-formuladas (Donnel Stern, 2010) y pudiera empezar a responder a las reprimendas de su madre: “¿cómo voy a estar más suelta con las visitas, si tu eres la primera que no me ha hecho ningún caso cuando quería estar suelta contigo?”


Durante su adolescencia fue arraigando en ella una incertidumbre que resultaba aplastante, que la hacía más apocada si cabe: “¿qué haremos con esta chica?”. No es que Alba recordara a nivel explícito que en alguna ocasión había oído hablar a sus padres en estos términos, la manera que tiene de explicarlo es que “se respiraba en el ambiente”. Esta es una expresión muy interesante, que nos puede ser útil para ir profundizando en la comprensión del concepto siempre elusivo de memoria implícita. “Se respiraba en el ambiente” significa que, de manera continuada Alba recibía señales, probablemente sutiles, de las que no era consciente, pero que iban dejando en su cuerpo un poso de displacer. Ahora, 30 años después, cuando Alba empieza a reflexionar por primera vez en aquel poso de malestar que su cuerpo todavía puede recordar, puede co-construir junto conmigo la frase: “se respiraba en el ambiente la duda de qué haremos con esta chica”. Finalmente aquella chica apocada “tuvo la gran suerte” de pescar un novio exitoso con un futuro muy prometedor. A partir de este momento Alba dejó de ser nadie para convertirse en la señora de su marido.


Durante años, los dos nos hemos esforzado en que sus emociones y, especialmente, sus potencialidades fueran más visibles. Con penas y trabajos, Alba se ha esforzado en divorciarse, en terminar sus estudios, en empezar a trabajar para ser económicamente autónoma y en buscarse una pareja con la que poder ser ella misma. Alba es muy consciente, a un nivel explícito (expresado a menudo con palabras), de que la terapia ha sido un proceso absolutamente central en su evolución. Hemos hablado y reflexionado mucho sobre su historia, le hemos dado muchas vueltas al que probablemente ha sido el principal malentendido de su vida: haber tenido unos padres enfermos que la han mirado poco no significa que ella tenga poca cosa para ser mirada. A nivel reflexivo, poder tener este tipo de argumentos es útil para Alba. Pero, aquí quiero resaltar un aspecto que para mí es crucial: lo que más ha ayudado a Alba es mi confianza de que puede alcanzar un futuro mejor, es mi admiración por el cambio espectacular de estilo de vida que está consiguiendo, y mi solidaridad por todo lo que sufre y ha sufrido. Estas actitudes mías, expresadas muy a menudo con señales corporales no voluntarias (señales que ella “respira en el ambiente”) es lo que hace que ella suela salir de cada sesión mejor de lo que ha entrado. Paradójicamente,  aunque nos pasamos todas las sesiones reflexionando conjuntamente en voz alta (procesando información a nivel explícito), lo que la hace salir mejor de lo que ha entrado es que durante la sesión, mientras aparentemente sólo hablamos, yo le he contagiado mi estado emocional (expansión diádica de la conciencia) más tranquilo y esperanzado. Ahora bien, estas emociones mías no surgen por generación espontánea, sino que también son a su vez emociones que ella ha generado en mí. Al inicio del tratamiento yo la veía como una señora rica que se quejaba del servicio, para con el paso del tiempo, a medida que la he ido conociendo, irla viendo como una mujer increíblemente potente, que a pesar de aquella infancia suya tan triste (“cuando yo nací, todo lo bueno de mi familia ya había pasado”) tiene unas potencialidades enormes, tanto a nivel afectivo como profesional.


Durante años intenté ser lo más empático posible con Alba. A veces pero, su manera catastrófica de reaccionar me resultaba desesperante. Veamos un pequeño ejemplo (los pequeños ejemplos son los que acaban conformando “la atmósfera que se respira”). Un día, a raíz de cambios en su trabajo, tuvimos que reorganizar los horarios: estábamos considerando distintas alternativas, cuando le dije que otra posibilidad era mantener la hora del jueves y pasar la del viernes a primera hora. Noté que se agitaba para finalmente decir “¡pero esto es espantoso!”. Yo noté automáticamente algo que se disparaba dentro de mí, que si le pongo palabras sería “¡ya empezamos a dramatizar!”. Luego me hizo ver que la hora del jueves era a última hora de la tarde, y por tanto la primera hora del viernes quedaba demasiado junta. Yo no me había fijado en ello, y me pareció muy razonable no poner dos sesiones tan juntas, y así se lo dije, (aunque ella venía 4 veces por semana); e inmediatamente encontramos otra alternativa horaria más favorable. Pero al mismo tiempo que pensaba reflexivamente que su queja había sido razonable, a nivel implícito me seguía doliendo su comentario “¡pero esto es espantoso!”. En estas situaciones, yo siempre trataba de ponerme en su piel para entender así el sentido que podía tener en ella una expresión tan desproporcionada. Quizá en un mundo en el que se había sentido tan poco vista, sentía impotentemente la amenaza de que yo no vería el inconveniente que era para ella tener dos sesiones tan seguidas; o quizá en un mundo en el que se había sentido tan poco escuchada, tenía sentido que ella utilizara palabras fuertes para atraer mi atención.  Pero al mismo tiempo que yo me esforzaba en ponerme en su piel, yo notaba que de debajo de mi propia piel surgía el impulso de decirle, con un tono airado: “¿pero no te parece que la palabra que te ha salido, espantoso, es desproporcionada? ¿Tú realmente crees que es espantoso que se me haya ocurrido un posible horario que luego hemos descartado?


En el artículo de 2001 escribí: “ningún paciente distorsiona transferencialmente la figura del analista, sino que cada paciente es específicamente vulnerable ante ciertas de nuestras inevitables fallas empáticas”. Siguiendo este enfoque, podría pensar que Alba era muy vulnerable a mis fallas empáticas, y que mi propuesta de tener dos sesiones tan seguidas fue un error empático por mi parte; si soy capaz de entender el mundo traumático del que Alba proviene, no me parecerá nada exagerado que ente la más mínima amenaza se le pongan todos los pelos de punta. Donna Orange (2010) expresa muy bien esta conceptualización, cuando habla de los pacientes que nos parece que distorsionan o reaccionan de manera absurda:


Como analista debo ser muy precavida cuando tengo la sensación de que algo en un paciente es absurdo, y preguntarme a mí misma (y si es posible, al propio paciente): “¿en que mundo emocional no sería nada absurdo esto? ¿Qué ha tenido que suceder para que una persona sienta de esta manera? ¿De dónde proviene una convicción como esta? (página 239)


Ahora bien, en contra de todo esto, la madre del video que hemos comentado anteriormente ¿no se deshizo a la fuerza, con firmeza, de la mano del bebé que le estaba tirando de los pelos? ¿Tenía que haber entendido que su hijo necesitaba explorar la experiencia de tirar de los pelos? (!) Aquella madre se decidió a romper la conexión con una cierta agresividad (apartando la mano del bebé a la fueraza con una expresión facial hostil), lo que hizo que madre e hijo pasaran por un periodo de desconexión para, finalmente, poder reparar aquella ruptura y seguir interactuando placenteramente.


Poco a poco me fui animando a ir expresando a Alba que su pasado traumático le hacía exagerar las cosas del presente. Le decía que de la misma manera que una niña criada por unos padres sordos se acaba acostumbrando a hablar gritando, ella se había acostumbrado a exagerar sus angustias. A veces le parecía razonable, y otras se sentía muy ofendida de que yo la “acusara” de ser una exagerada, incluso podía sentir que yo la estaba llamando “loca”. Entonces empezaba a dudar de mí, ¿estaría en buenas manos? ¿Podía fiarse de alguien que confundía sus preocupaciones legítimas con exageraciones? A medida que yo le mostraba la parte de mi subjetividad que no iba en la misma dirección que la suya, las sesiones se volvieron más complicadas. A pesar de ello yo aguantaba, pensaba que si ella alcanzase mi manera de vivir ciertas cosas, le podría resultar muy útil. Por ejemplo, cuando le surgía un problema informático, ella anticipaba catástrofes: no podría presentar un proyecto a tiempo, sería expulsada del trabajo, ya nunca más volvería a conseguir un trabajo como aquel. A veces, muy desencajada, pedía ayuda a sus hijos, que a menudo se acababan rebotando ante las urgencias ansiosas de su madre. Yo le decía que sus anticipaciones catastróficas me parecían poco realistas, y que en mi opinión no le convenía jugarse la relación con los hijos por unas alarmas que no eran fundadas. Un lunes vino muy fragmentada, y consecuentemente muy agresiva: se había pasado todo el fin de semana prohibiéndose llamar a su hijo para preguntarle si había recibido un mail con una duda informática que tenía. Me imaginaba a mi diciéndole con voz pausada “pero Alba ¿por qué no va a llegar un mail? Además, en el peor de los casos, verás a tu hijo el domingo por la noche y no te viene de un día”. En estos casos ella solía caricaturizar mi tono calmado hasta ridiculizarlo. El domingo por la noche, cuando su hijo llegó a casa le dijo que no había recibido su mail, e inmediatamente añadió “podías haberme llamado, porque esto que necesitas te lo habría mandado el mismo viernes por la noche”. Alba me explicaba todo esto llorando desconsoladamente, acusándome de confundirla, de hacerle pensar que su manera directa de afrontar los problemas eran exageraciones de una loca, de haberla tenido todo el fin de semana prohibiéndose algo que habría sido la mar de normal. Luego, unas cuantas sesiones después, me agradecía no ser tan alarmista como ella, incluso me expresaba explícitamente que mi contrapunto tranquilo “le salvaba la vida”. De nuevo volvíamos a ir en la misma dirección, y podíamos seguir actuando placenteramente… hasta el siguiente accidente.


La importancia de la fluidez en las secuencias de conexión-ruptura-reparación


Antes he insistido en que lo que realmente ayudaba a Alba no eran nuestras reflexiones sino el estado emocional conjunto que se creaba mientras reflexionábamos. Si se quiere es sólo una cuestión de matiz; pero en mi opinión se trata de un matiz muy trascendente. Crear un estado emocional conjunto de esperanza, auténtica y genuina, es un logro en cualquier tratamiento. Ahora quisiera añadir un segundo aspecto igual de relevante: para la creación de estados emocionales compartidos entre Alba y yo, era muy importante que las secuencias conexión-rotura-reparación fueran ágiles y fluidas, y para ello era necesario que los dos nos ayudáramos el uno al otro para mantener una dirección compartida. Por ejemplo, mientras ella me acusaba de haberla enloquecido durante el fin de semana, yo necesitaba ser muy consciente a nivel reflexivo de que me estaba sintiendo ofendido y que por tanto tenía que estar atento a que no se me disparara alguna reacción emocional vengativa con forma de interpretación objetiva, por ello me convenía hablar poco. Por otro lado me esforcé en ponerme en su piel durante el fin de semana, y entender lo humillante que fue para ella sentir que no se podía fiar de sus propios criterios para tomar decisiones (llamar o no a su hijo), y lo enervante que debió de ser para ella constatar que mis criterios tampoco parecían muy útiles. Días después, cuando yo tenía mis dudas de si había hecho bien con mi estrategia de comunicarle que la veía exagerada, me vino de perlas recibir su feedback de que yo era un “contrapunto tranquilo que le salvaba la vida”.


Compartir con ella mis dudas era algo también peligroso, porque indefectiblemente disparaba en ella una duda mortífera: ¿estaba en buenas manos con un terapeuta tan inseguro? También aquí, cuando me di cuenta que sus reacciones catastróficas estaban bloqueando mi capacidad de dudar (una capacidad central para un terapeuta), me rebelé, y me reafirmé en mis dudas. Después de una tormenta considerable, cuando empezaba a pensar que quizá me había precipitado al mostrarle mis inseguridades, Alba me expresó su agradecimiento por no precipitarme en sacar conclusiones (por ejemplo acerca de si un novio le convenía o no), por saber esperar sin quedar inundado por anticipaciones catastróficas. Los dos nos animábamos, el uno al otro, a que cada uno se esforzara en ser lo más auténtico posible, con los riesgos de desconexión que esto implicaba, pero también con la esperanza, basada en la memoria implícita  que ambos habíamos construido conjuntamente (Conocimiento relacional implícito compartido), de que encontraríamos la manera de reparar aquella desconexión.    


En todas las parejas, también en la terapéutica, si no hay una vivencia fluida de conexión-ruptura-reparación, cada elemento de la pareja va perdiendo la confianza en poder alcanzar una reparación satisfactoria. Así es como entiendo yo la célebre “degradación de la vida amorosa” con el paso del tiempo. Visto así, no es ni el tiempo ni las repeticiones rutinarias lo que degrada la vida amorosa. De hecho hay rutinas que son enormemente reconfortantes. Por ejemplo, la rutina de que después de la tempestad viene la calma (después de la desconexión viene la reparación) da la tranquilidad de que cada miembro se puede arriesgar a ser auténtico sin anticipar rupturas irreparables. En cambio, la anticipación de rupturas irreparables genera un replegamiento defensivo en cada participante que, con el paso del tiempo, va inoculando en la pareja el virus de la frialdad y el distanciamiento.


Durante estos últimos años se ha ido afianzando en mí la convicción de que las emociones, procesadas por el sistema de memoria implícita (LeDoux  1996), constituyen el centro de interés e investigación de toda terapia psicoanalítica, aunque a menudo esto no queda suficiente explicitado en la teoría. Cómo se puede cambiar la manera espontánea de reaccionar emocionalmente es, en mi opinión, la pregunta clave que se presenta a todo terapeuta, de una forma a veces explícita y otras no, cuando trabaja con sus pacientes. Los fenómenos de conexión intersubjetiva, el “yo siento que tú sientes que yo siento…”, juegan un papel muy crucial para que el paciente pueda tener acceso a nuevas formas de reaccionar emocionalmente. Si todo esto, actualmente, me resulta tan evidente, ¿cómo entender entonces que estas cuestiones hayan estado tan poco presentes en mi proceso de formación y durante tantos años en mis inicios profesionales? ¿Por qué expresiones como conexión emocional, empatía, compartir intenciones, ir en la misma dirección etc. estuvieron absolutamente ausentes de mis lecturas y seminarios de formación durante tantos años? Y a un nivel más general, fuera del marco psicoanalítico, nos podemos plantear una pregunta muy parecida: ¿por qué la palabra empatía no surgió hasta el año 1909? ¿Podría ser que hasta entonces no necesitáramos esta palabra porque éramos poco conscientes a nivel reflexivo-verbal de las emociones empáticas? En lo que resta de artículo intentaré reflexionar sobres estas preguntas a través de lo que he ido aprendiendo estos últimos años en mis lecturas sobre evolución.


Un poco de prehistoria de las relaciones


En mi libro La conexión emocional (Riera, 2010), empiezo el capítulo con este mismo título citando al genial humorista Miguel Gila, que solía iniciar su autobiografía diciendo que cuando él nació su madre no estaba en casa. De hecho, hasta hace unos 250 millones de años, todos los seres vivos nacían sin que su madre estuviera en casa: los reptiles de entonces ponían sus huevos lejos de sus lugares habituales de paso, para evitar así que las madres devoraran a sus crías en el momento de nacer (Bell, 2001; Clutton-Brock, 1991). En aquellas épocas, que la madre no estuviera en casa al nacer tenía todas las ventajas. ¡Como han cambiado los tiempos! Efectivamente, este tipo de cosas empezaron a cambiar hace 225 millones de años con la aparición de los primeros mamíferos que, a través de la transformación de sus glándulas sudoríparas, pudieron empezar a amamantar a sus crías: a partir de este momento, era del todo aconsejable que en el momento de nacer la mamá estuviera en casa. Para que una madre no sólo no devorara sus crías sino que además las alimentara, se necesitó la aparición, por selección natural, de las denominadas hormonas de los vínculos emocionales (Panksepp, 1998), como la oxitocina.


Hace 80 millones de años se da otro salto importante a nivel relacional: aparecen los primeros primates. Los primates son un tipo de mamífero que no sólo amamantan a sus crías sino que además cuidan de ellas durante periodos especialmente largos.  Los primates tienen un periodo infanto-juvenil ampliado en relación a los demás mamíferos antes de adquirir su tamaño final: por tanto necesitan más cuidados por parte de sus madres. El hecho de que todos los primates (monos, grandes simios y humanos) tengan un sistema de neuronas espejo hace pensar que esta dotación neurológica juega un importante papel en la emergencia de conductas cooperativas que permitan infancias tan largas (Konner, 2010).   


Hace “sólo” 6 millones de años las cuestiones relacionales empezaron a evolucionar más rápido. En esta época vivió un ancestro común a bonobos, chimpancés y humanos, y fue a partir de entonces que cada una de estas especies de grandes primates empezó a seguir un camino evolutivo distinto. Y la cuestión del cómo relacionarse fue un aspecto muy central en las diferencias entre los unos y los otros.


Muy recientemente, el 2 de Octubre de 2009, la revista Science publicó un conjunto de 11 artículos sobre el descubrimiento de Ardi, una antepasada nuestra que vivió hace 4’4 millones de años; es decir, “poco” después que los homínidos empezáramos a tomar un camino relacional distinto al de nuestros primos bonobos y chimpancés. De especial interés para nosotros es el artículo de Lovejoy (2009), sobre los aspectos relacionales de aquellos homínidos, que al ser los más cercanos a nuestro ancestro común con los grandes simios, nos permite estudiar el núcleo del que partió nuestra diferenciación. En esta época (hace 4’5 millones de años) los  Ardipithecus ramidus  descendieron de los árboles para empezar a adoptar la postura bípeda. Por sorprendente que nos pueda parecer la primera vez que pensamos en ello, este cambio de postura conllevó una serie de cambios en las estrategias relacionales que tendrían una enorme trascendencia para la ulterior evolución de los humanos. Un primer hecho muy trascendente es que la postura bípeda deja libres las extremidades superiores, y con ello, las extremidades superiores pueden ser utilizadas para transportar bebés u objetos. Los chimpancés pueden también adoptar la posición bípeda, pero sólo para trayectos muy cortos. Dos actividades colaborativas se hicieron así posibles para los Ardipithecus ramidus: los machos podían transportar la carne que cazaban a grandes distancias para compartirla con la hembra y las crías, y las hembras podían llevar a los bebés en brazos durante sus caminatas en busca tubérculos y frutos. Una segunda consecuencia de este cambio de postura fue la aparición de complicaciones en el parto, a causa de la desproporción cráneo-encefálica; los partos humanos son con diferencia muchísimo más complicados y largos que los partos de los demás primates. Los biólogos de la evolución (Konner, 2010) consideran que probablemente, si esta desproporción no existiera, los embarazos humanos durarían 12 meses, es decir que los recién nacidos tendrían un aspecto y unas capacidades parecidas a los bebés de 3 meses;  esta precocidad en el parto tiene también su trascendencia en el sentido que precisa de conductas colaborativas muy evolucionadas para cuidar bebés tan inmaduros.


La otra característica biológica de los Ardipithecus ramidus que voy a mencionar es todavía mucho más relevante en relación a los aspectos relacionales que quiero enfatizar en este artículo: los dientes caninos de los machos contemporáneos a Ardi (encontrados en la misma zona de la actual Etiopia donde fue encontrada la hembra Ardi) son más pequeños que los de los chimpancés y de un tamaño parecido al de las hembras. Una de las hipótesis que se pueden desprender de este dato es que los homínidos macho contemporáneos a Ardi eran menos agresivos que los chimpancés macho actuales y además no utilizaban la violencia para luchar por el poder. Por otro lado, en los tiempos de Ardi, el peso de los machos era parecido al de las hembras; siempre que en una especie de mamíferos no existe un claro dimorfismo entre machos y hembras, significa que los machos no compiten violentamente para copular con las hembras, lo cual, a su vez, suele indicar que se establecen vínculos de pareja. Así pues, tenemos evidencias que nuestros tatarabuelos de hace 4’5 millones de años, empezaron a diferenciarse del resto de los grandes simios a través del establecimiento de conductas de colaboración, y más en concreto, a través de la formación de parejas y de la cría cooperativa de sus vástagos. Lovejoy (2009) propone la hipótesis que las hembras contemporáneas a Ardi preferían copular con machos no agresivos, que suministraran buenos alimentos y que colaboraran en el cuidado de las crías. En las comunidades de gorilas y chimpancés, en cambio, los machos no sólo no colaboran sino que matan a las crías que no son suyas, y ello obliga que madres y crías se tengan que alejar temporalmente del grupo después del parto. De Waal (2005) nos habla de hembras solitarias que deambulan con la cría por la periferia del territorio grupal, para evitar que algún macho pueda matar al pequeño. Obsérvese que el enfoque freudiano, que nos habla de jóvenes machos que asesinan al padre difiere sustancialmente de los enfoques de Lovejoy y De Waal, donde el énfasis recae en los machos adultos que asesinan a las crías que no son suyas.  


Evolutivamente hablando, es evidente que la biología de las capacidades colaborativas precedió a la biología de las capacidades reflexivas. La expansión del cerebro de los homínidos empezó hace sólo 1-1’5 millones de años, mucho después de la aparición de las actividades colaborativas descritas anteriormente. Tal como he escrito en otro lugar (Riera, 2009), en el yacimiento de Dmanisi (Georgia), se encontró el cráneo de un homínido que perteneció a un anciano que, para gran sorpresa de los paleontólogos,  murió cuando hacía ya varios años que no tenía dientes; ello significa que debió ser alimentado por sus congéneres, los cuales probablemente masticaban los alimento que luego depositaban en su boca (actividad que, evolutivamente, fue el precursor de nuestro amoroso beso en los labios). Aunque intuitivamente tendemos a creer que las actividades colaborativas son consecuencia de procesos racionales del tipo “cuatro ojos ven más que dos”, evolutivamente las cosas han ido al revés: primero se estableció, por selección natural, la biología de la intersubjetividad, lo cual a su vez posibilitó que la infancia se alargara y que la dieta mejorara, lo que finalmente dio lugar a cerebros más grandes que tenían capacidad simbólica para poder hablar y pensar.     


En la evolución relacional de nuestros antepasados, el establecimiento de la denominada cría cooperativa (otros adultos ayudan a la madre a cuidar de la cría) posibilitó dos aspectos que tuvieron una gran influencia en el ulterior éxito adaptativo (y por tanto reproductivo) del Homo sapiens: a/ por un lado se adelantó el destete, que entre los cazadores recolectores actuales se da antes de los 3 años, mientras que en los chimpancés es entre los 5 años y 6 años. Para que esta anticipación del destete fuera posible en los humanos, otros adultos (abuelas, padres, tías y hermanas) debían cargar con el peso de alimentar y cuidar a las crías. A cambio, los humanos alcanzaron así un mayor éxito reproductivo, ya que en el momento del destete las hembras pueden volver a quedar embarazadas. b/ Por otro lado, la cría cooperativa permitió que la infancia y adolescencia de los humanos se alargara: los chimpancés se destetan a los 5 años, y las hembras tienen la menarquia a los 8 años. En cambio en las sociedades de cazadores recolectores contemporáneas, el destete es a los 2’5 años y la menarquia de las adolescentes no llega hasta los 15 años. Los 3 años del periodo infantojuvenil de los chimpancés se convierten en más de 12 años en los humanos. Este es un dato espectacular que da cuenta de las importantes consecuencias que tuvo la cría cooperativa para nuestra especie (Konner, 2010). Otra cuestión diferente es que a medida que las dietas humanas han ido mejorando (después de la revolución industrial), ha ido decreciendo la edad de la menarquia. Actualmente, en USA, la edad promedio de la menarquia es a los 12 años; este es un nuevo factor biológico que complica enormemente los conflictos de la adolescencia, puesto que mientras en las sociedades cazadoras recolectoras los y las adolescentes juegan libremente con el sexo, sin control por parte de los adultos, los adolescentes actuales deben hacer sus investigaciones sexuales siempre bajo la amenaza del embarazo.  


A medida que la selección natural fue seleccionando aquellos homínidos con más capacidades intersubjetivas, se pudo alcanzar esta infancia tan espectacularmente larga específica de los sapiens (somos el animal con una infancia más larga, con diferencia). Este alargamiento de la infancia potencia intensamente el aprendizaje cultural. A grandes rasgos podemos decir que existen dos grandes tipos de procesos para la transmisión de información de generación en generación: la transmisión de información biológica a través de los genes y la transmisión cultural a través de lo que la nueva generación aprende de la antigua. La evolución biológica es muy lenta puesto que depende de que unas mutaciones que se han producido por azar encajen, también por azar, con los cambios ambientales. En cambio, la evolución cultural es extraordinariamente rápida, puesto que cada generación puede transmitir lo que ha aprendido a la generación posterior. La transmisión cultural no es específica de los humanos. Las generaciones jóvenes de los grandes simios (chimpancés y bonobos, gorilas,  orangutanes, por orden de proximidad genética a los humanos) pueden aprender el huso de herramientas (partir las durísimas nueces de palma con piedras, “pescar” termitas con un tallo) de sus mayores; ello implica, que dependiendo del grupo de procedencia, unos sabrán utilizar unas herramientas y otros no. Ahora bien, lo que sí es específico de los humanos es la cantidad de información transmitida culturalmente. Se suele decir que los humanos somos la única especie que aprende más de los demás que de la propia experiencia. Y cuando hablamos de aprender no nos estamos refiriendo únicamente a aprender información explícita, sino también al aprendizaje implícito que se realiza de forma mucho más sutil. Dicho de forma caricatural: para construir un avión necesito un libro de instrucciones explícitas sobre cómo se construye el avión, pero voy a necesitar también mucha información implícita (que se va a desplegar automáticamente, no por voluntad) acerca de cómo hago para concentrarme cuando estudio este libro de instrucciones, cómo hago para no pelearme con el que me ayuda en la construcción, cómo reacciono cuando surge un imprevisto, cómo consigo tener ganas de hacerlo y no salir corriendo, cómo consigo que mi hijo se interese por lo que yo sé para que él también aprenda etc.


La cuestión del enseñar y aprender es muy crucial para la transmisión cultural. Existe un cierto consenso (Konner, 2010; Matsuzawa, 2007; De Wall, 2001) en que los humanos somos la única especie que podemos enseñar. Éste es un dato de una gran relevancia, hasta el punto que para algunos (Konner, 2010) sería más pertinente que habláramos del Homo docens que no del Homo sapiens, ya que nuestra sapiencia precisamente proviene de la capacidad que tenemos de enseñar. En este sentido es ilustrativo observar un video de una madre chimpancé partiendo nueces con una piedra mientra su cría revolotea a su alrededor. En ningún momento se observa que la madre tenga ninguna iniciativa que pudiera facilitar el aprendizaje de la cría; lo máximo que podríamos llegar a decir es que la manera que esta madre tiene de “enseñar” es permitir que su cría esté cerca de ella mientras trabaja. Hay que decir también que la cría tampoco parece muy interesada en observar con atención cómo hace su madre para partir las nueces, lo que realmente le interesa es “robarle” a la madre algún trozo de nuez ya pelada, cosa que la madre tolera con paciencia. Este es un contexto que facilita que la cría pueda en algún momento empezar a experimentar con alguna piedra y alguna nuez, de manera que así va practicando y aprendiendo, pero siempre por su cuenta. Digamos que la cría aprende de su madre, pero en cambio su madre no le enseña. Llegados a este punto surge otra pregunta crucial: ¿por qué esta madre chimpancé no le puede dar a su cría una piedra de poco peso y una nuez más blanda para que la cría empiece a aprender por lo más fácil? ¿Por qué la madre ni tan siquiera observa si su cría tiene alguna dificultad, para ayudarla en caso de necesidad? Pues porque los chimpancés no tienen la capacidad de ponerse en la perspectiva del otro, es decir de empatizar. Sin una mínima capacidad empática enseñar es imposible.


¿Por qué los humanos estamos tan especializados en ponernos en la piel del bebé, hasta el punto que cuando nos dirigimos a ellos, de una manera automática, implícita, no voluntaria y, a menudo, no consciente, utilizamos un tono más agudo e infantilizado? Esta capacidad automática está presente en todos los grupos conocidos de cazadores recolectores. Veamos la propuesta de la antropóloga Sarah Hrdy (1999, 2009). Según esta autora, evolutivamente hablando, ha sido rentable que las madres no estuvieran biológicamente “obligadas” a cuidar de sus crías como sucede en las demás especies. Parece ser que las madres humanas son las únicas que pueden abandonar a sus crías. Recordemos a Yocoasta, la madre de Edipo, por poner un ejemplo (véase el capítulo titulado “Del Edipo incestuoso y parricida al Edipo abandonado en un container”, de mi artículo del 2001). Hrdy considera que en una época tan hostil como el Pleistoceno, era rentable, evolutivamente hablando, que la madre pudiera “escoger” entre cuidar a su bebé recién nacido o concentrar sus esfuerzos en cuidarse a ella misma y a los otros hijos mayores. Infancias tan largas y tan costosas requieren esta capacidad de elección por parte de la madre. Un factor principal que va a intervenir en la toma de esta decisión será el disponer o no de ayuda por parte de otros miembros del grupo (abuelas, padres, hermanas mayores). La posibilidad de cría cooperativa es un factor decisivo para la supervivencia de la cría. La aparición de la sonrisa a los 3 meses y, especialmente, del balbuceo a partir de los 6 meses es la manera cómo los bebés atraen a los adultos para ser cuidados. La selección natural ha ido seleccionando aquellos bebés mejor dotados para, podríamos decir, seducir a los adultos que pueden suministrar cuidados y alimentos. Los 6 meses es la edad en que el bebé humano puede empezar a ingerir semilíquidos pre-masticados, por tanto no sería casual que ésta sea también la edad para el inicio del balbuceo. Esta hipótesis está apoyada por algo muy curioso que sucede en los monos tití (Callithrix). Los tití son los únicos primates, aparte de los humanos, en los que el padre colabora en la crianza de las crías; así por ejemplo, los machos Callithrix cargan con las crías (acostumbran a ser gemelos) durante el 60% del tiempo, y posteriormente colaboran también en su alimentación. Curiosamente, los titíes son también los únicos primates, junto con los humanos, que balbucean. Hrdy utiliza esta coincidencia para dar soporte a su hipótesis de que el balbuceo tuvo la función evolutiva de atraer a los posibles adultos cuidadores, es decir de estimular las conductas de crianza cooperativa. Anteriormente hablábamos de machos que matan a las crías, ahora estamos hablando de bebés que han evolucionado para convertirse en expertos en emitir señales psicológicas que eviten que la madre los abandone, o que estimulen a otros adultos para que los cuiden. La herencia filogenética con la que nacen los bebés humanos está formada por sofisticadísimas capacidades, que han evolucionado durante millones de años, para emitir señales que puedan ser leídas por los adultos que los van a cuidar, y para leer las señales psicológicas que estos adultos cuidadores emiten (Bleichmar, 2010). Una herencia no sólo distinta sino contraria a la que describió Freud en sus “fantasías originarias”: contraria en el sentido que el modelo freudiano resalta la herencia de la culpa por el asesinato del padre por parte de los hijos, mientras que el modelo de Hrdy destaca la herencia de las capacidades de los hijos para que los padres no los abandonen o los maten. En este mismo sentido, Slavin (Slavin y Kriegman, 1998) nos habla del “escepticismo adaptador”, que sería la herencia filogenética que permite a los pequeños detectar los momentos en que los cuidadores tienen unos intereses opuestos a los suyos.  


Otro hecho notable es que la cría cooperativa, tan rentable desde el punto de vista evolutivo, sólo se da en el 3% de los mamíferos. Los lobos, por ejemplo, pre-mastican carne que luego dan a los cachorros del grupo. ¿Por qué algo tan rentable es al mismo tiempo tan escaso? De una forma quizá excesivamente antropomórfica, podríamos decir que la naturaleza no lo ha tenido nada fácil para dotar a las especies de mamíferos con la compleja dotación biológica necesaria para algo tan complejo como la cría cooperativa. Así por ejemplo, nuestros antepasados homínidos tuvieron que substituir el cerebro olfativo de los demás mamíferos por el cerebro visual. Con lo cual la vinculación emocional dejó de estar dirigida por señales químicas que se huelen para depender de señales psicológicas, mucho más complejas, que son vistas. Luego la selección natural ha seleccionado aquellos individuos con más capacidad para intercambiar señales psicológicas hasta llegar a nuestra capacidad actual, tan sofisticada, del “yo siento que tú sientes que yo siento…”. Por más extraño que nos pueda parecer, un chimpancé no nos entiende cuando le señalamos con el dedo dónde puede encontrar alimento (Moll y Tomasello, 2007): dicho de nuevo en un lenguaje antropomórfico, parece que a un chimpancé “no le cabe en la cabeza” que otro sujeto sepa “leer” que necesita alimento (“yo siento que tú sientes que yo tengo hambre”), y mucho menos que este otro quiera ayudarlo a encontrarlo. Curiosamente, en cambio, los chimpancés sí son capaces de leer la mente del otro en situaciones competitivas. Por ejemplo, un macho de baja jerarquía sabe leer cual es el campo visual de otro macho de jerarquía superior para poder copular sin ser visto. Visto así, una escena tan simple como la de un bebé humano de 12 meses que señala un objeto para que el adulto lo mire, con la expectativa de que este adulto se mostrará feliz de observar lo que al bebé le interesa es casi un milagro de la evolución, sólo alcanzable por un cerebro tan particular como el humano. Es posible que otras especies de homínidos sin esta dotación biológica para la conexión intersubjetiva, como los neandertales, se extinguieran por carecer de esta capacidad (Konner, 2010).


Los Homo sapiens, anatómicamente modernos y biológicamente dotados para la conexión intersubjetiva, surgieron en África hace unos 200.000 años; aquel larguísimo trayecto, que empezó hace 250 millones de años con la aparición de los primeros mamíferos, desembocó en la aparición de los humanos modernos en el África Oriental hace sólo 200.000 años. Hace unos 100.000 años, un pequeño grupo de sapiens, muy parecidos en sus hábitos relacionales a los grupos de cazadores recolectores contemporáneos,  salió de África y se extendió por todo el mundo. Todos los humanos actuales descendemos de aquel pequeño grupo de cazadores recolectores. En estos últimos 100.000 años las cosas han cambiado muy deprisa; se podría decir que nuestra manera de vivir ha cambiado más en estos últimos 100.000 años (a través de la transmisión cultural de una generación a la siguiente) que en los 250 millones de años precedentes (transmisión a través de los genes). En el siguiente y último apartado voy a hablar de la evolución en este último periodo, y más concretamente, de la evolución de nuestra capacidad para la empatía y la introspección.


Una historia muy reciente: la evolución de la introspección y la empatía


Obsérvese el siguiente diálogo:


-¿Qué clase de persona es usted? ¿Cómo es su carácter? ¿Cuáles son sus virtudes y sus defectos? ¿Cómo se describiría a sí mismo?


-Vine aquí desde xxx, entonces era muy pobre, ahora estoy casado y tengo hijos


-¿está usted satisfecho tal como es o le gustaría ser diferente?


-me gustaría tener un poco más de tierra para sembrar trigo


-¿y en qué podría mejorar su manera de ser?


-este año he podido sembrar un cubo de trigo y poco a poco vamos mejorando


¿Qué podemos pensar de este diálogo? Sin duda, el entrevistado es alguien con una capacidad de introspección muy reducida. ¿Quizá se trate de un paciente psicosomático, con el pensamiento operatorio descrito por Marty, que acaba de debutar con un cáncer? ¿O quizá se trate de un paciente borderline con los graves problemas de mentalización que describió Fonagy? En realidad se trata de una entrevista que Luria realizó a un habitante analfabeto de una zona remota de Uzbekistan, y que Walter Ong (1982) cita en su magnífico libro sobre oralidad y escritura. La propuesta de Ong es que el acceso a la lengua escrita genera un cambio importantísimo en la manera de ver el mundo en general y en las capacidades de introspección en particular. Si las culturas escritas tienen menos de 5.000 años, ello quiere decir que la mayor parte de la historia de los sapiens (más del 90%) se ha desarrollado sin escritura. Tal como dice Ong, para los que leemos y escribimos nos resulta muy difícil hacernos una idea del funcionamiento humano antes de la escritura. Ni siquiera tenemos un vocablo adecuado para referirnos a la “literatura oral”, puesto que la palabra literatura sólo debería ser aplicable a lo escrito. La lectura es algo que uno hace en soledad, por tanto es algo que individualiza. En los grupos de cazadores recolectores no existe conciencia individual, porque lo que es bueno para el grupo es bueno para el individuo; por otro lado al no haber especialización de funciones que vayan más allá de las jerarquías de género (por ejemplo no hay oficios) el individuo queda diluido en el grupo.


La propuesta de Rifkin (2009) es que la conciencia empática se ha ido desarrollando lentamente durante los 200.000 años de historia de la humanidad. Y siguiendo a Ong, piensa que cada uno de los avances que ha dado la humanidad en las cuestiones de introspección y empatía ha sido consecuencia de avances en la escritura. Nos dice Rifkin que “mis propios abuelos eran incapaces de examinar sus pensamientos y sentimientos para analizar cómo influían sus relaciones y experiencias emocionales pasadas en su conducta con los demás y en su sentido de identidad personal” (p 20-21); yo comparto esta misma experiencia, tengo la impresión de que a la mayoría de familiares de la generación de mis abuelos les costaría llegar a construir una mínima narración reflexiva-verbal en la que relacionaran sus relaciones pasadas con su manera de sentir y comportarse presente, en cambio mi percepción es que a la mayoría de mis primos les resultaría mucho más fácil.


Los grupos de sapiens que emergieron hace unos 200.000 años vivían más o menos al día de lo que iban recogiendo y cazando en sus desplazamientos nomádicos. Esto fue así hasta hace sólo unos 8.000 años, con la aparición de la agricultura, cuando empezaron a emerger las denominadas culturas hidráulicas (como la sumeria, y luego la egipcia), con lo que se produjeron, por primera vez en la historia, excedentes que había que contar, organizar, distribuir y almacenar: debido a ello, aparece en Mesopotamia la primera escritura de la historia, la escritura cuneiforme (hace sólo unos 4000 años). Empiezan así las primeras diferencias individuales: ricos y pobres, oficios distintos etc. Surgen también las primeras ciudades; es en las ciudades donde a lo largo de la historia se ha ido desarrollando el proceso de sentirnos únicos e individuales, de sentir que los otros son también únicos e individuales, y por tanto de poder empatizar con estos otros.


La aparición de las primeras escrituras propicia la sustitución de la conciencia mitológica por la conciencia teológica; las religiones tienen escrituras. Los judíos fueron probablemente el primer pueblo con una alfabetización bastante generalizada, por lo que fue conocido como “el pueblo del libro”. Los pueblos sin escritura son pueblos sin historia; si vivo en el presente no tengo pasado, por tanto no tengo sentimiento de haberme hecho como persona, por tanto tampoco puedo empatizar con las historias de los demás. No puedo extenderme en estas cuestiones, solo añadiré un breve esquema de la relación que hace Rifkin entre tipo de escritura y tipo de conciencia:




Con la aparición de la imprenta primero y de la novela después la literatura deja de ocuparse de dioses y héroes para centrarse en las emociones de las personas. Los humanos tuvimos así acceso por primera vez, a través de la lectura solitaria (tan distinta a las declamaciones públicas), a la conexión íntima con las emociones de los demás. En cada uno de los minutos que nos pasamos leyendo una novela, estamos en contacto empático con los personajes, sintiendo lo que ellos sienten. Si la cantidad de horas que los humanos hemos acumulado, a lo largo de la historia reciente, leyendo novela (especialmente la romántica) ha estimulado intensamente las capacidades empática e introspectiva de nuestros cerebros, ¿qué efectos tendrá en los cerebros del futuro las 4 horas de televisión diaria que consume el ciudadano medio occidental? Estamos hablando de una gran mayoría de la población (no la élite culta y minoritaria que empezó a leer novelas) sumergida durante 4 horas diarias en la vida de los personajes de las series y culebrones, de los reality shows etc. Creo que no tenemos ni idea de cómo ello marcará las conexiones sinápticas de los cerebros del futuro; de la misma forma que hace 30 años, cuando yo empecé a trabajar como psiquiatra infantil, no teníamos ni idea de la enorme expansión que tendrían en el futuro las patologías de la atención. El tipo de consumo cultural co-determina la evolución histórica de las capacidades introspectivas empáticas. Véase la secuencia que nos muestra Rifkin: En el siglo XV aparece la imprenta, en el XVI la mitad de la población de las ciudades estaba alfabetizada, lo que hizo que se diera una producción en masa de biblias. La biblia se empezó a leer en soledad, sin una autoridad que la interpretara, el individuo se presentaba a solas ante dios. Es en esta época, el siglo XVI, que en el inglés popular aparecen expresiones con el prefijo self: “self-pride” (orgulloso de uno mismo), “self-confidence” (auto-confianza) etc. Poco después, en 1678 aparece escrita por primera vez la palabra “consciousness”, y en 1690 “self-consciousness”. Finalmente, la palabra empatía aparece en 1909: Titchener traduce “einfühlung” (acuñada por Vischer en 1872) por “empathy”.   


La imprenta primero y la máquina de vapor a continuación dan lugar a un progresivo control tecnológico del entorno. Ello va a implicar un cambio de valores importantísimo: con la revolución industrial, los humanos pasan a confiar más en la organización  de la sociedad que en dios y las religiones. Los valores del trabajo, la obediencia y disciplina predominan sobre los valores religiosos. Es la época de las grandes ideologías y de las grandes utopías no religiosas. Inglehart y Welzel (2005) utilizan una enorme cantidad de información estadística obtenida a través de encuestas sociológicas sobre valores en todo el mundo para estudiar estos cambios de valores, primero en las sociedades industriales, y luego en las sociedades post-industriales o electrónicas. Estos autores consideran dos grandes tipos de cambios de valores en la historia reciente:


1/ Sociedades industriales: se pasa de los valores religiosos a los valores seculares-racionales. Se pasa de la obediencia al padre a la obediencia a las ideologías (disciplina colectiva)


2/ Sociedades post-industriales: se pasa de los valores de supervivencia (son sociedades en las que la supervivencia física está poco comprometida) a los denominados valores de autoexpresión. La obediencia deja de ser un valor importante; las capacidades de llevar las riendas de la propia vida, de poder expresar las propias particularidades y de empatizar con las particularidades de los demás se convierten en los valores primordiales. Curiosamente, la valoración estadística de los datos de las encuestas sobre valores nos indica que los valores de autoexpresión son más importantes para estabilizar la democracia que los propios valores comunitarios. Por muy sorprendente que parezca, nos dicen  Inglehart y Welzel (2005), los valores de autoexpresión juegan un papel a la práctica mucho más importante para la consolidación de la democracia que el apoyo explícito a la misma democracia.


Estos valores dan prioridad a la libertad individual frente a la disciplina colectiva, a la diversidad humana frente al conformismo del grupo, a la autonomía cívica frente a la autoridad del estado (pág. 362) 


Los valores de auto-expresión enfatizan la libertad y la elección: el individuo busca la experiencia de conducir su propia vida; la calidad de vida (por encima de la cantidad de bienes) es un valor en alza. El énfasis en la particularidad y especificidad de cada individuo (valores tan importantes para las terapias contemporáneas) va indefectiblemente acompañado de un énfasis en la introspección (yo quiero conocer y cuidar mis particularidades) y en la empatía (quiero expresarme y quiero que se me entienda, quiero también entender a los demás que son particulares como yo). El énfasis en este tipo de sensibilidad, que podríamos denominar empática, es algo característico de las sociedades electrónicas (o de servicios). Yo añadiría que los profesionales de la psicología estamos contribuyendo en la potenciación de este tipo de valores (Illouz, 2008). Para Illouz, el estilo terapéutico y los libros de autoayuda crean una cultura en la que la identidad se construye a través de la inmersión en el mundo emocional de la familia; esta narrativa sucede a la narrativa aristocrática, en la que la identidad se forma a partir de la genealogía familiar, o a la narrativa ideológica, en la que la identidad se forma según la procedencia social. Simultáneamente, en mi opinión, la emergencia de los valores de auto-expresión ha ayudado a que los psicoanalistas vayamos siendo menos obedientes con las teorías de nuestros grupos de procedencia, teorías que a menudo han devenido ideologías:


Es creciente el número de autores que se colocan por fuera de las “escuelas” y de sus fronteras y que no sólo buscan la integración de lo mejor de las diferentes corrientes, o el diálogo mutuamente fructificante del psicoanálisis con otras disciplinas –neurociencia, psicología cognitiva, etc.- sino, y esto es lo esencial, que intentan hacer avanzar el conocimiento mostrando la complejidad del funcionamiento del psiquismo, no contentándose con la repetición de viejas fórmulas simplificantes con las cuales se pensaba poder abarcar todo. (Bleichmar, 2001)



El lector interesado puede encontrar en http://www.worldvaluessurvey.org/wvs/articles/folder_published/article_base_54


un gráfico, realizado por Inglehart y Welzel, en el que los países del mundo se distribuyen en función de sus valores. Muy esquemáticamente, considerando el eje vertical, los países que ocupan la parte baja del gráfico presentan un alto nivel de valores religiosos (junto con una alta valoración de la obediencia a los padres, y rechazo al divorcio), mientras que los países que ocupan la parte alta presentan los valores contrarios. Considerando el eje horizontal, los países situados a la izquierda priorizan los valores de supervivencia (bienestar material, seguridad y estabilidad), mientras que los países situados a la derecha priorizan los valores relacionados con la self-expresión (respeto a las particularidades y tolerancia a las minorías, por ejemplo a la homosexualidad). Inglehart y Welzel nos hacen ver que si el mundo fuera realmente global, los valores no tendrían una distribución geográfica, sino que dependerían de otras variables como por ejemplo el nivel de estudios.


En mi opinión, el psicoanálisis  nació en un mundo dominado por la transición de los valores religiosos a los valores racionales. Tal como señala Breger (2000) en su biografía de Freud, éste estuvo más pendiente del control de las fuerzas oscuras (incestuosas-parricidas, destructivas) que surgían de su interior e interferían lo racional y social (malestar en la cultura), que no de las carencias empáticas de su pasado familiar, de las que nunca habló a pesar de su pasado infantil traumático (Riera, 2004). Una de las críticas que he recibido a menudo de colegas de otras corrientes analíticas es que los psicoanalistas relacionales “siempre le damos las culpas a los padres”. Desde mi punto de vista, la perspectiva relacional en general (y este artículo mío en particular) enfatiza la importancia del encaje o falta de encaje entre las necesidades emocionales de los participantes en cada relación; en función de cómo se realiza el encaje de subjetividades a lo largo de la historia de un individuo, éste organizará su manera de estar en el mundo de una manera u otra. En las narrativas del psicoanálisis pulsional, el énfasis recae en el control pulsional de las generaciones jóvenes: el paso de la teoría de la seducción traumática por parte del adulto a la teoría de las fantasías sexuales por parte del niño sería un buen ejemplo; el parricidio e incesto de Edipo otro buen ejemplo. En cambio, en la mayoría de las narrativas expuestas en este artículo, el énfasis recae en los conflictos de intereses (Trivers, 1991; Slavin y Kriegman, 1992) entre el niño y sus cuidadores, o entre el paciente y su terapeuta; un ejemplo sería la viñeta de Alba, en la que los dos nos esforzamos en tomar un camino común a pesar de las divergencias en nuestras respectivas maneras de entender lo que nos está sucediendo. Me gustaría terminar este artículo con dos citas de dos autores muy queridos por mí:


Cuanto más individualizado y desarrollado está el yo, más intensa es la sensación de que nuestra existencia es única, finita y mortal, y más profunda es la conciencia de nuestra soledad existencial y de los muchos retos que afrontamos en la lucha por ser y prosperar. Precisamente, el hecho de tener estas sensaciones es lo que nos permite sentir empatía con las sensaciones similares de los demás. (Rifkin, 2009, pág. 32-33)


Imaginad un mundo […] en el que los seres humanos fueran más capaces de poder vivir su ansiedad existencial en lugar de tener que recurrir a las evasiones defensivas, destructivas, que “desindividualizan”, y que tanto han abundado en la historia humana. Una nueva forma de identidad sería posible, una identidad basada en aceptar nuestra vulnerabilidad existencial en lugar de taparla. También una nueva forma de solidaridad humana seria posible; solidaridad que no se basaría en una ilusión ideológica compartida sino que estaría enraizada en poder compartir el reconocimiento de nuestra finitud humana. Si podemos ayudarnos los unos a los otros a poder soportar la oscuridad en lugar de evadirla, quizá algún día podremos ver la luz: como seres humanos que somos finitos e individuales, vinculados los unos con los otros también de forma finita. (Stolorow, 2010, pág. 66-67)


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[1] A lo largo del artículo utilizaré la siguiente terminología sobre los sistemas de memoria de forma indistinta: memoria implícita, o emocional, o procedimental, o no-declarativa; y memoria explícita, o declarativa, o simbólica. Las diferencias de matiz entre estas distintas terminologías no son relevantes respecto a lo que este artículo quiere transmitir.