Enfoques emergentes sobre género y sexualidad: celebrando veinte años de las nuevas perspectivas sobre personas lesbianas, gays, bisexuales y trans

Publicado en la revista nº043

Autores: Gelé, Kim - McNamara, Susan - Phillips, Sidney H. - Shelby, R. Dennis - Grossman, Gary - Vaughan, Susan C. - Roughton, Ralph

"Emerging views on gender and sexuality: Celebrating twenty years of new perspectives on lesbian, gay, bisexual, and trans people" fue publicado originariamente en Journal of American Psychoanalytic Association, 2012, 60: 949.

Traducción: Marta González Baz

Revisión: Ariel Liberman Isod


En honor del decimoctavo aniversario de Ralph Roughton, presidente fundador del Comité sobre Temas de Homosexualidad, y del vigésimo aniversario de ese comité, ahora Comité sobre Género y Sexualidad, este ensayo comparte las reflexiones de cuatro psicoanalistas que han hecho avanzar al siglo XXI la comprensión que el psicoanálisis tiene de las personas lesbianas, gays, bisexuales y transexuales. Al coordinar a los contribuidores, Ethan Grumbach rememoró la presentación plenaria en la reunión anual de la Asociación Psicoanalítica Americana, en la que discutió la relación en desarrollo entre el psicoanálisis y la homosexualidad. Roughton (2002) concluyó esa evocadora presentación diciendo:

La década que viene nos ofrece la oportunidad, y requiere de nosotros la responsabilidad, de reconsiderar y reescribir nuestras comprensiones teóricas de la sexualidad; no sólo de la homosexualidad, sino de la sexualidad. Estamos dejando atrás el esfuerzo por una comunidad sin prejuicios y dando la bienvenida al esfuerzo intelectual por redefinir lo que queremos decir con sexualidad [p. 757]

Estos cuatro contribuyentes de primera al pensamiento psicoanalítico americano -Sidney H. Phillips, R. Dennis Shelby, Gary Grossman y Susan C. Vaughan- consideran sus propias experiencias como psicoanalistas durante una época de transformación en el pensamiento sobre género y sexualidad y responden al desafío de Roughton.

Reclamando la mente primitiva

Sidney Phillips tomó como tema la mente primitiva, reflexionando sobre los cambios en su pensamiento según se ha llegado a aceptar que la elección de objeto sexual y la psicopatología son dimensiones separadas sin un vínculo intrínseco, contrariamente a lo que consideraba el pensamiento psicoanalítico anterior. Ahora Phillips se siente más libre de considerar aspectos más primitivos de la personalidad, aun en pacientes que por lo demás tienen un alto funcionamiento, como describe en sus observaciones.

A finales de los años 80, contemplé organizar un panel sobre homosexualidad y llamé a Richard Isay para invitarlo a participar. Le dije que la base de mi presentación sería un complicado caso de un hombre gay con una perversión. Antes de que pudiera explicar más la naturaleza de la inusual perversión del paciente, Isay me gritó enfadado que él no tomaría parte en ningún panel que se refiriese a las personas gays como pervertidas. Me preguntó si sabía que la etimología de la perversión significaba “contra uno mismo”, y dijo que él no tomaría parte en pensar así de la gente homosexual. Desorientado como estaba por su intensa reacción a lo que yo había dicho, pregunté brevemente y en voz baja “¿No es posible tener un síntoma o carácter perverso sea heterosexual u homosexual?” Pero aún era un candidato en aquél momento y me sentí tan intimidado por su enfado que concluí que debo haber dicho algo terriblemente malo y colgué rápidamente el teléfono.

Isay llamó al día siguiente y se disculpó, y me dijo que estaba escribiendo un libro y no tendría tiempo para participar en el panel. Luego me di cuenta que debía de estar trabajando en su relevante libro Ser homosexual. Los hombres gay y su desarrollo (1989). Escribir ese libro rompedor significó enfrentarse a décadas en las que la corriente principal de la teoría psicoanalítica consideraba a los individuos homosexuales a priori como perversos o gravemente perturbados, y construir una teoría factible que se diferenciase de ese prejuicio al tiempo que se ubicara dentro de un marco analítico. Así que Isay debe haber estado exquisitamente sensibilizado al uso prejuicioso de la palabra perversión en la misma frase que gay u homosexual. El mensaje implícito se entendía como: concebir a los pacientes gays y lesbianas como perversos es producto de una homofobia internalizada, no analizada, que favorece los antiguos prejuicios y estereotipos psicoanalíticos; ¡no lo hagas!

Creo que esto era un imperativo políticamente acertado, aun cuando ahora me parece teóricamente confuso. Uno de los modos en que la homosexualidad ha llegado a ser aceptada y aceptable dentro de la Asociación Psicoanalítica Americana fue por los analistas gays y lesbianas enfatizando que podíamos ser personas emocionalmente saludables, neuróticas, con relaciones de objeto, organizadas edípicamente, analizables. El rasgo distintivo de esta perspectiva fue la idea de Cohler y Galatzer-Levy (2000), usada con reconocimiento en diversas oportunidades en artículos de Roughton (2001, 2002), de que los temas de psicopatología y orientación sexual son independientes de la orientación sexual. Se escribieron multitud de artículos demostrando que los psicoanalistas gays y lesbianas pueden pensar y escribir como psicoanalistas sanos y perceptivos sobre pacientes neuróticos, gays y lesbianas analizables. Esto fue un esfuerzo por refutar las opiniones insistentes y prejuiciosas de una generación anterior de analistas americanos que consideraban a las personas gays y lesbianas sin excepción como gravemente enfermas, casi psicóticas, perversas, incapaces de involucrarse en relaciones de objeto significativas, amorosas, e inanalizables.

La primera distorsión teórica fue considerar que la psicopatología grave en ciertos pacientes gays y lesbianas se debía a su orientación sexual. Si tu psicoanalista considera que tu deseo y atracción sexual es el principal problema a ser “tratado” o al que “renunciar”, es difícil distinguir el daño iatrogénico subsiguiente de los dilemas originales del paciente (Drescher, 1998, 1999). Aquí, en la Asociación Psicoanalítica Americana, Roughton nos llevó en esta loable dirección –de la que muchos de nosotros formamos parte activa- y fue un correctivo significativo, oportuno y sustancial. Y todos nosotros, incluyendo Roughton, nos apoyamos en Mitchell (1981), Leavy (1985), Lewes (1989) e Isay (1989).

Dos décadas de trabajo clínico desde entonces ilustran para mí con qué frecuencia pacientes de alto funcionamiento tienen aspectos de su personalidad que están organizados primitivamente e incluyen elementos perversos. Tal vez sea hora de otro correctivo. Tal vez haya llegado el momento de reclamar las partes primitivas de nuestra personalidad como un modo de ayudar a nuestros pacientes y a nosotros mismos a tener unos análisis más profundos y concienzudos. La visión psicoanalítica perjudicial convencional de las personas gays y lesbianas como gravemente perturbadas, sostenida durante décadas, puede haber tenido un efecto particular en los analistas contemporáneos. ¿Podría habernos inducido a ver a nuestros pacientes con cristales de color rosa que nos impiden captar la profundidad de su psicopatología? Los psicoanalistas pueden temer ser considerados homofóbicos si describen francamente una psicopatología importante en sus pacientes gays y lesbianas. Por supuesto que los pacientes gays y lesbianas pueden padecer perturbaciones severas como cualquier otro paciente. Esto está implícito en la idea de Cohler y Galatzer-Levy de que la enfermedad y la salud mentales son independientes de la orientación sexual.

Podría señalar muchos lugares en la literatura donde creo que los psicoanalistas han restado importancia a las dificultades de sus analizandos gays y lesbianas para parecer estar evitando viejos estereotipos; parece justo examinar mis propios escritos para ilustrar esto. En “La sobreestimulación de la vida cotidiana: I. Nuevos aspectos de la homosexualidad [heterosexual] masculina” (2001), escribí sobre los modos en que la cultura homosexual occidental rodea al chico de inclinaciones homosexuales de un clima de sobreestimulación erótica que afecta poderosamente su desarrollo adulto y su adaptación sexual. Yo ilustré esta idea con la presentación de un caso clínico de un hombre homosexual que compartió cama con su hermano pequeño, heterosexual, desde la infancia hasta la adolescencia. En el análisis, el paciente reveló con gran embarazo su excitación sexual hacia su hermano. Recordaba muchas noches tumbado en la cama, mirando subrepticiamente cómo se dormía su hermano y deseando tocarlo. Cuando el paciente creció, se enamoró de una serie de hombres heterosexuales que participaban en una cierta intimidad emocional y algo física, pero no abiertamente erótica. El paciente siempre esperó que la relación se volviera profundamente romántica y erótica, pero siempre terminaba frustrantemente del mismo modo, con el amante fijando su atención en una mujer.

Cuando el análisis profundizó, los sentimientos del paciente hacia mí se inclinaron en una dirección sutilmente sexual. Cuando abordé este cambio en la sesión, el paciente empezó a hablar de una forma soñadora, cantarina y se durmió en el diván. La sobreestimulación que sintió durante años durmiendo en la cama con su hermano revivió en la sesión analítica conmigo. El análisis de la puesta en escena (enactment) transferencial del paciente –durmiéndose repetidamente en el diván- reveló gradualmente el impacto psíquico de su sobreestimulación cotidiana: la creación de un mundo interno, tantalizado, de deseo, que tuvo un efecto neurótico perdurable en su vida amorosa.

He aquí un sueño que el paciente contó tras unos años de análisis:

Estábamos tumbados uno al lado del otro en el diván. O tal vez estábamos en sacos de dormir. Yo estaba tumbado aquí en el diván, y Vd. estaba tumbado a mi lado en el sueño. Luego la escena cambia y estamos en la habitación de al lado. Estamos juntos en la cama. Estoy quitándole la camisa. Nos besamos, y es muy apasionado. Somos interrumpidos por una llamada a la puerta. El personal de limpieza está entrando. Luego estamos otra vez en esta habitación, y Vd. está completando una enorme pila de papeles y no estamos hablando” [Phillips, 2001, p. 1246]

Al discutir el análisis de este sueño en mi artículo, menciono “ciertos elementos preedípicos que involucran el narcisismo corporal que normalmente emerge en los análisis de hombres homosexuales” (p. 1247); por ejemplo, la referencia en el sueño a que “estábamos en sacos de dormir” como derivado de una fantasía de vida intrauterina como gemelos que, a veces, se manifestaba en una transferencia gemelar. Si bien mencionaba este aspecto más primitivo de la vida emocional del paciente, enfatizaba que la transferencia gemelar y la imagen especular del cuerpo del hombre, la duplicación del cuerpo, no era evidencia de una personalidad narcisista, sino de una defensa de más alto nivel contra la angustia de castración.

Al reconsiderar este caso a la luz de la experiencia clínica posterior, pienso que el paciente exhibía fuertes necesidades de inmiscuirse y tomar posesión de mí, en insistir en que éramos el iguales (gemelos), o, si éramos diferentes, en invertir nuestra relación (el me hacía a mí, me desvestía, en lugar de yo hacerle algo a él), todo para no tener que reconocer que yo era alguien separado. Viendo este material ahora, me pregunto si la referencia a la interrupción por el personal de limpieza se refería a un sentimiento de triunfo por estar dentro de la habitación y una proyección del sentimiento de ser el excluido, el sucio, y los de menor estatus que quedan fuera de la habitación. El cambio del consultorio a otra habitación y luego la vuelta al consultorio sugiere una escisión de la experiencia. Lo que en realidad está ocurriendo en el análisis se escinde y se proyecta en la otra habitación con la cama. Allí él me está desvistiendo; él es el dominante, el penetrador activo. Es apasionado, intenso, y lleno de sentimiento. Todo este aspecto de su mente se ve secuestrado y “limpiado” en el consultorio, como sugiere el personal de la limpieza y la pila de papeles. ¿Podría ser esa “enorme pila” una referencia al universo anal, perverso, donde la experiencia heterogénea, vívida, se aplana y se convierte en excremento sin vida? Esto era ciertamente consistente con sus detalladas asociaciones, emocionalmente áridas, y su estilo obsesivo.

Por supuesto, puede haber otros determinantes más familiares a este prejuicio. El más obvio es que la mayoría de los psicoanalistas luchan dentro de ellos mismos contra la toma de conciencia de actividad mental y afecto primitivos: angustias de nivel psicótico, ideas paranoides, triunfo sádico, etc. Es bien sabido que los psicoanalistas evitan a veces estas experiencias ubicándolas (interpretándolas) reiteradamente en sus analizandos. Seguramente es un mecanismo que dio lugar al prejuicio original antihomosexual en el psicoanálisis.

Me parece probable que el no haber tenido en consideración los aspectos primitivos de mi paciente e, implícitamente, de mí mismo como su analista, fue en parte producto de la cultura en la que mi papel fue concebido y generado. Los psicoanalistas gays y lesbianas estábamos peleando contra un prejuicio activo que nos consideraba como demasiado enfermos para ser psicoanalistas. El importante correctivo iniciado y desarrollado por Ralph Roughton, basándose en los cimientos sentados por otros, fue la idea de que los individuos gays y lesbianas no están ni más ni menos perturbados que cualquier otro, que podemos analizar y ser analizados, amar y ser amados; en resumen, que somos humanos. En estas breves observaciones sugiero que este correctivo vital puede haber influenciado inadvertidamente nuestra visión analítica y haber interferido comprensiblemente en que podamos captar aspectos más primitivos de nuestros pacientes y de nosotros mismos.

Recuperarse de la iatrogénesis, flirtear con la irrelevancia, celebrar la bisexualidad

El siguiente colaborador, R. Dennis Shleby, observa: ¿Podemos pensar sobre el futuro sin reflexionar sobre el pasado? Todos nosotros hemos formado parte de esta gran aventura con nuestra presencia y participación en la Asociación Psicoanalítica Americana, en nuestros institutos, en trabajos impresos, en nuestros consultorios, y en nuestras vidas en general. No podemos separar lo académico de lo personal; académico, no político, porque en último lugar demandábamos que la homosexualidad fuera tratada con un formato de debate académico justo y razonable y de la progresión del conocimiento. El desacuerdo conduce a esa progresión, y a lo largo de los años muchos de nosotros hemos estado en desacuerdo. No es un agravio estar en desacuerdo, aunque pueda ser incómodo; un choque de perspectivas produce suposiciones y las hace visibles para que todos las valoren.

Los últimos 10 años o más pueden resumirse como un proceso de recuperación de la iatrogénesis; un estado infligido a una persona por un procedimiento médico o, en nuestro caso, psicológico. Muchos clínicos brillantes y creativos contribuyeron a nuestra comprensión clínica de este proceso iatrogénico. Basándonos en Heidegger, podemos decir que los significados sociales apoyados por la teoría psicoanalítica crearon al menos una arruga, una falla, si no una ruptura abrupta, en nuestra suposición cotidiana de estar en el mundo. Ser un candidato abiertamente gay añadía una capa de complejidad a la formación, y muchos candidatos gays y lesbianas fueron llamados a cuestionar públicamente el trabajo de los analistas senior. Como primer candidato abiertamente gay en mi instituto, me encontré con muy distintos tratamientos, incluyendo el ataque directo, como cuando mi supervisor me dijo: “Dr. Shelby, su problema de homosexualidad está teniendo una influencia negativa en su caso”.

Tras varias semanas de dolorosas discusiones, uno de mis casos de control  había decidido no abortar, sino ser madre. En supervisión, conté el agotamiento y el alivio de que se hubiera tomado una decisión diciendo “Vamos a tener un bebé”. Con gran alegría y muchas florituras, el supervisor garabateó algo en el bloc de notas que yo había llegado a temer. Pregunté cuidadosamente el porqué de su entusiasmo. Con gran solemnidad, respondió que mi capacidad para imaginar un acuerdo heterosexual era un gran logro y un buen augurio para el análisis. A pesar de esa carga, yo y los demás nos graduamos, continuamos investigando y publicando, y nos convertimos en analistas didactas y líderes en otras áreas que no tenían que ver con el género y la sexualidad.

Mientras nos hemos estado desarrollando, publicando, investigando, graduándonos, casándonos, siendo padres, y asumiendo posiciones de liderazgo, el proceso de cambio continúa, con la desaparición del “No preguntes, no cuentes” y la progresión y regresión de la igualdad matrimonial. Libros y artículos que hace unos años estaban tan en el margen del conocimiento sobre la orientación sexual y el género, están ahora agotados. El pasado verano, estaba totalmente consternado de que mi clase optativa avanzada “Sexualidad, sexualización y orientación” hacía bostezar con Butler, Chodorow, Young-Bruehl, Corbett y Phillips, animándose sólo ligeramente con Layton. Un estudiante me pidió que explicara la importancia de lo que estaba enseñando, diciendo: “Ninguno de nosotros sabía que hubo una época en que ser gay fuera una cuestión de tal importancia”. Me pregunto si la posición psicológica que desarrollamos para salvar las fisuras -cuestionar, escribir, debatir- podría no ser ya necesaria en la medida en que una vez lo fue. ¿Quiénes somos si no vamos a permanecer en oposición con una fuerza social/psicológica que no se ve pero que se manifiesta periódicamente? Si nos tomamos en serio el postmodernismo, tenemos que reconocer que gay, lesbiana y bisexual son en último lugar sólo conceptos, sólidos en su núcleo, borrosos en sus límites; hemos creado personal y colectivamente un conjunto de ideas temporales y limitadas a un contexto sobre lo que significa ser gay. Me pregunto si lo que hemos construido, el/la psicoanalista gay-lesbiana, se está volviendo irrelevante en ciertos sentidos; pero recordemos que el trabajo de la neurosis es intemporal, la transferencia del “tío gay” (Shelby, 1994) sigue siendo pertinente, y las amenazas no son cosa del pasado.

La última parte de mis comentarios trata sobre celebrar la homosexualidad.

Mi querido Wilhelm,

El primer rato libre del nuevo año te pertenece, para estrechar tu mano a través de estos pocos kilómetros y decirte cómo alegraron tus noticias recientes de casa y del estudio. Que tienes un hijo y que tienes otro en perspectiva; mientras que la esperanza de que así fuera estaba lejos, no quería admitir ni ante ti ni a mí mismo lo que te ibas a perder. Tu categoría no debe perderse, querido amigo; todos nosotros necesitamos demasiado personas como tú. Cuánto te debo: consuelo, comprensión, estimulación en mi soledad, significado que mi vida ha adquirido a través de ti y, en último lugar, incluso la salud que nadie sino tú me podía haber devuelto. Es principalmente mediante tu ejemplo como adquirí intelectualmente la fuerza para confiar en mi juicio, aun cuando se me deje solo –nunca es tu caso- y, como tú, afrontar con noble humildad todas las dificultades que el futuro pueda traer consigo. Por todo eso, ¡acepta mi humilde gratitud! Sé que no me necesitas tanto como yo a ti, pero también sé que tengo un lugar asegurado en tu afecto.

Tuyo,

Sigmund [Freud, 1896, p. 158]

 

¿Podría ser que el foco necesario en la homosexualidad resultara en una evitación psicológica defensiva más amplia de aceptar y reconocer la bisexualidad y su importancia en la vida cotidiana?

La idea de Freud era que el niño desarrolla profundos lazos emocionales con sus padres antes de saber cuál es su género, y que este amor del padre y la madre se transforma en feminidad, masculinidad, camaradería, fraternidad, maternidad, ideales y amor a la patria, todos ellos precursores del interés emocional distintivo que emerge al final del estado fálico y de la elección de objeto que configura la constelación edípica. Pero pocos niños se desarrollan sin experimentar un estallido de impulsos sexuales en medio de los intensos lazos de la infancia. No sabemos por qué Radó (1940) denunció tan severamente la teoría de la bisexualidad, pero podemos imaginarlo. El foco en el interés distintivo (Freud, 1917) ocupa evolutivamente el centro del escenario, y ha sido el foco de nuestro trabajo, pero sigue habiendo enormes depósitos de afecto y acumulación de recuerdos, esperanzas y expectativas.

Durante los últimos 10 años, he vivido una aventura extra como oficial en la reserva con el Departamento del Sheriff del Condado de Porter. Lo que no anticipé fue precisamente cuánto aprendería sobre la importancia de la bisexualidad, las posibilidades que esa teoría contiene, y qué poco la apreciamos. El concepto de “man crush[1] se ha hecho común en la lengua coloquial, pero yo no estaba preparado para la serie de man crush que incluía. ¿Un man crush entre un chico heterosexual y un chico gay? ¿Es eso posible? ¿Es man crush si es entre un policía gay y una policía lesbiana?

No me llevó mucho tiempo descubrir que la “fraternidad” podía no tener orientación ni género, que una buena actuación en el nexo de la tragedia y la destrucción –una acción rápida que evita el daño o la muerte de un compañero, reunir a un niño perdido con su madre- supera rápidamente otras preocupaciones. Todo esto me llevó a la idea de que unas personas pueden “jugar” con su bisexualidad y otras no. ¿Podría ser que  el man crush sea otra forma de esa idea familiar de reencontrar al objeto? ¿Y por qué algunas fraternidades de hombres no juegan con su bisexualidad, sino que la atacan? No estaba preparado para los celos de las esposas y los novios: “Te vas al partido, luego os vais los dos a trabajar juntos toda la noche. ¿También vais a enroscaros bajo una mantita y a echar una siesta?” Puede ser. La verdad es que tuve que manejar mis propias inhibiciones y aceptar palmadas en el trasero y abrazos. Más de una vez, al escuchar mis conversaciones telefónicas, mi novio me acuso de estar flirteando, a lo que yo contestaba “Ellos empezaron”. No estoy diciendo que todo esto esté desprovisto de interés por la emergencia de ese interés distintivo. Con mucha frecuencia, cuando las cosas se acercan demasiado a lo sexual, emerge la angustia y ésta se maneja, a menudo de un modo tan sutil que hace falta un psicoanalista para darse cuenta de ello.

Hacia el final de su carrera, Freud cambió a una idea aún mejor, que la libido y el interés distintivo no eran sino subconjuntos del Eros y su función era la unir y atar. Tal vez según continúa desplegándose el cambio social, recuperarse de la iatrogénesis pueda incluir reclamar nuestra bisexualidad junto con el interés distintivo que las fuerzas sociales y evolutivas han empujado al centro del escenario. El cambio social puede necesitar nuestra reflexión periódica sobre lo que nos parece el nexo de lo gay y lo lesbiano, y la naturaleza del mundo coloreado por esa fisura en nuestra suposición cotidiana del ser. No estoy proponiendo el olvido, sino un proceso que Loewald (1972) describió que implicaba memoria y conmemoración, integración y afirmación.

En conclusión, reconozco a varias generaciones de psicoanalistas, todos en distintas fases de su vida, su formación y su práctica, que han creado un legado impreso y por sus hechos. Al igual que Ralph Roughton debe aceptar su papel de avunculus [de tío materno], todos debemos hacerlo. Ningún psicoanalista vive para siempre, pero lo que hemos legado impreso y en nuestros hechos sí lo hace. Hemos creado una historia diferente que transmitir; espero que la transmitamos con generosidad, interés altruista por la generación más joven, y admiración por las contribuciones que han hecho y van a hacer.

El deseo masculino gay y la sexualidad en el siglo XXI

Al reflexionar sobre el psicoanálisis y las vidas de lesbianas, gays, bisexuales y transexuales (LGBT), Gary Grossman consideró la diversidad de cambios culturales que impactaron la vida de las personas LGBT en las últimas dos décadas.

Como hombre gay trabajando como psicoterapeuta desde 1979 y como analista desde 1997, estoy especialmente interesado por cómo los cambios culturales han afectado a los hombres gays que he visto en tratamiento. Los cuatro fenómenos que quiero discutir son el HIV/SIDA, la creciente aceptación social de la homosexualidad, la prevalencia de la hostilidad pública hacia las personas LGBT, y el impacto de los medios sociales. Cada uno de estos elementos culturales ha tenido un impacto significativo en la identidad y la sexualidad de los varones gays, pero los psicoanalistas aun tienen que dirigir plenamente su atención a la comprensión de los diversos efectos psicológicos de dichos desarrollos sociales y culturales. En concreto, creo que el descubrimiento, experiencia y expresión que un hombre gay hace de su deseo y su sexualidad han estado significativamente influenciados por estos desarrollos, y son evidentes en muchos de los problemas que nuestros pacientes gay traen a tratamiento.

Todo hombre gay debe tener en cuenta la realidad del HIV; tanto los hombres gays que eran sexualmente conscientes y activos antes del descubrimiento del SIDA y el HIV como los que lo fueron después del conocimiento del HIV. El HIV llena la sexualidad gay de peligro y de riesgo; sexo, peligro, riesgo y angustia se entremezclan para la generación más joven de hombres gays, a pesar del hecho de que el peligro del HIV se ha vuelto menos público. Aunque hay una mayor aceptación social de las personas LGBT, como se evidencia por la presencia de personajes LGBT en la televisión y el cine, las personalidades de los medios que se han declarado gays, el reconocimiento de los matrimonios entre personas del mismo sexo, el levantamiento del “no preguntes, no cuentes”, y la mayor atención al acoso y sus consecuencias, sigue habiendo una hostilidad social significativa hacia las personas LGBT. Aunque las personas salen del armario a edades más tempranas y los padres pueden estar más empáticamente sintonizados y cómodos con los apegos eróticos del niño hacia alguien de su mismo sexo, los niños proto-gay también se verán expuestos a una hostilidad vitrólica manifiesta y al rechazo hacia las personas LGBT. Las campañas contra el matrimonio entre personas del mismo sexo abunda, y amplias secciones del mundo continúan dominadas por actitudes anti gay. Cuando la sexualidad y el deseo emergentes de un niño son refutados, ignorados, negados, odiados o difamados, el desarrollo sexual de ese niño se verá significativamente afectado.

Según ha aumentado la popularidad de relacionarse y comunicarse mediante los medios sociales, me he vuelto curioso sobre los efectos que tienen los sitios de internet para citarse y ligar en la conducta y las relaciones de los hombres gays. Sitios web como Manhunt y aplicaciones de redes sociales para móviles, como Grindr, proveen un acceso fácil para encontrar compañeros sexuales al tiempo que minimizan las inhibiciones y angustias sociales. Las generaciones anteriores de hombres gays dependían de su participación en situaciones sociales para conocer a otros hombres gays, requiriendo al menos un nivel mínimo de comodidad con la sexualidad propia y de familiaridad con los lugares y espacios de encuentro gays. Las tecnologías de internet han aumentado la facilidad del acceso y la conexión, incluyendo la conexión sexual, con otros hombres gays, beneficiando especialmente a los socialmente inhibidos, y alterando los niveles de seguridad y peligro. Estoy interesado en entender más el impacto, los significados psicológicos y las consecuencias de esta mayor facilidad en las conexiones sociales y sexuales.

Debemos prestar atención a los pacientes que vemos en nuestras consultas y a las experiencias que nos traen, especialmente a los encuentros en los que nuestras angustias contratransferenciales se incrementan y pueden complicar el tratamiento. Podemos ver un ejemplo en el trabajo con un paciente gay, sea HIV positivo o negativo, que practica sexo arriesgado o sin protección. Un paciente que describe sexo de alto riesgo presenta unos desafíos únicos, incluyendo manejar las tensiones entre nuestras propias angustias sobre la conducta peligrosa del paciente y su seguridad, nuestros deseos de ayudar y proteger, y nuestro interés en mantener un espacio analítico seguro. Existe un potencial significativo para la privación y el repliegue.

Hay abundante literatura no analítica sobre la conducta sexual arriesgada, incluyendo estudios sobre sexo “a pelo” y esfuerzos de la sanidad pública por promover el sexo seguro. Sin embargo, las contribuciones psicoanalíticas son limitadas (pero se puede ver Cheuvront, 2007; Cohler, 1999; Cole, 2007; Dean, 2009). Hubo poca concurrencia en el programa Conozca al Autor en la reunión de 2004 de la Asociación Psicoanalítica Americana cuando se presentó a Gilbert Cole (2002). ¿Puede ser que la gente no estuviera interesada en las experiencias de un psicoanalista HIV positivo? ¿Despertaba el tema demasiada angustia? Puede suponerse con demasiada facilidad que el sexo arriesgado representa los deseos autodestructivos de un paciente. Pero etiquetar el sexo no seguro como autodestructivo puede conducir a patologizar a la persona que se involucra en esa conducta. El cambio cultural en el psicoanálisis que supone un alejamiento del modelo patológico de homosexualidad puede estar limitando la exploración psicoanalítica de las experiencias de los pacientes gays que estimulan la angustia del analista.

Aunque descubrir los diversos significados y funciones de la sexualidad del paciente requerirá una investigación psicoanalítica con cada paciente, existen varios significados posibles del sexo arriesgado que merecen nuestra consideración. En primer lugar, involucrarse en una conducta sexual de alto riesgo puede ser una consecuencia de defensas tales como la negación del riesgo, ausencia de angustia como señal de peligro, racionalización o perversión. En segundo lugar, el sexo arriesgado puede ser el resultado de fantasías inconscientes: de omnipotencia, de ser protegido y cuidado, de fusión y pérdida del self, de autodestructividad. El sexo arriesgado puede estar relacionado con la homofobia internalizada, y ser un reflejo de representaciones inconscientes de uno mismo como no amable, no merecedor, defectuoso, erróneo, malo, corrupto, culpable o criminal, peligroso o repulsivo. De forma similar, el sexo arriesgado puede implicar representaciones de objeto internas que son agresivas, rechazantes, repelidas, punitivas, condenantes o atemorizantes.

La conducta sexual arriesgada puede reflejar una adicción; una experiencia eufórica imbuida de una deseabilidad imperiosa. Cada vez que el paciente no se infecta tras practicar sexo no seguro, puede reforzar las fantasías mágicas de omnipotencia y alimentar el deseo de repetir y recobrar la sensación de poder e invulnerabilidad. En último lugar, existe una correlación entre el uso de sustancias durante el sexo y la conducta sexual arriesgada, que se ve más influenciada por la “búsqueda de sensaciones”: la anticipación de que las drogas y el alcohol incrementen el placer del sexo como potenciadores de la sensación. Como psicoanalistas, reconocemos el complejo interjuego de factores internos y externos que influyen en el desarrollo psicológico, emocional y sexual de un individuo. Ahora que ya no suponemos que el deseo por alguien del mismo sexo refleje que el desarrollo se ha torcido, estamos en una mejor posición para descubrir y comprender los variados significados y funciones de los deseos y sexualidades gays masculinos, y los desafíos clínicos que nos encontramos.

Ansias constantes y secretos peligrosos

Susan Vaughan usó sus experiencias personales de los últimos 20 años como base para reflexionar sobre los numerosos cambios en el modo en que la Asociación Psicoanalítica Americana, el psicoanálisis en general y la cultura ven la homosexualidad, así como su clarísima visión de qué trabajo queda por hacer. Ha sido una fuerza activa en ocasionar muchos de estos cambios, a veces con un coste personal para ella, y espera ayudar a otros a que les resulte más fácil cuando se encuentren respuestas patologizantes similares. A continuación, sus observaciones.

Fue en 1992. Era diciembre. Bill Clinton había sido elegido pero aún no había asumido el cargo. Los serbios bosnios declararon su independencia y Paul Simon se convirtió en el primer artista importante que hizo una gira por Sudáfrica tras el fin del apartheid. En las reuniones de invierno de la Asociación Psicoanalítica Americana, me encontré por primera vez con Ralph Rouoghton para hablar de ciertos “temas” que habían surgido en mis entrevistas como parte de mi solicitud de formación psicoanalítica. Había entrado, uno de los dos primeros candidatos manifiestamente gays listos para empezar su formación en el otoño de 1993. Pero había sido traumático. Tan traumático, de hecho, que más tarde me di cuenta de que fue la primera y última vez que disocié. Literalmente, no recordaba el camino de 50 manzanas a casa bajo la lluvia fría tras mi primera entrevista, durante la cual mi entrevistadora me había mirado como si tuviera tres diagnósticos del Eje I, diez del Eje II, y posiblemente dos cabezas, y afirmó que necesitaba más tiempo para evaluar mi idoneidad para la formación. ¿Por qué no trabajaba en “ello” esa semana en mi análisis (fuera lo que fuera “ello”, pensé) y volvía a verla la semana siguiente? Mientras me marchaba, pensé que debía ser la persona más masoquista del mundo para estar de acuerdo en volver. Al verme llegar congelada y llorando, mi compañera durante 6 años, ahora mi esposa, se refirió enfadada a la Psicoanalítica de Columbia como la Iglesia Metodista Unida de Seabrook, la iglesia suburbana de Texas de mi infancia, de metodistas republicanos conservadores.

“¿Por qué has hecho todo el camino hasta Nueva York sólo para volver a lo mismo? Es una compulsión malsana, una repetición. Te destrozan”, me dijo, abrazándome. Pero el problema era que yo quería de verdad, (¡de verdad!), ser una psicoanalista. Había probado el psicoanálisis en la residencia, y como jefa de residentes bien considerada parecía tener una oportunidad después de que otros tantos gays con talento hubieran probado las aguas en silencio y hubieran sido disuadidos de presentar su solicitud cuando habían preguntado sobre ello. Estaba empezando a entender el precio de mi sueño. Temía mi encuentro con este tipo cálido y paternal llamado Ralph Roughton, porque sabía que significaría unos lagrimones instantáneos cuando hablara de las partes traumáticas del proceso de entrevistas, pero me animaba que alguien, alguien heterosexual y casado, nada menos, hubiese hablado tan elocuentemente a favor de los gays y las lesbianas esa semana en las reuniones. Había sido una escena salvaje, un sala repleta de psicoanalistas, algunos de los cuales se tumbaron en el suelo cuando comenzó la votación sobre una declaración de no discriminación, sólo para asegurarse de que de ninguna manera se les pudiera contar como votando contra ella. Pero, ¿me ahogaría en su estela mientras el gran buque insignia del psicoanálisis americano cambiaba lentamente su rumbo? Había mucha homofobia internalizada que necesitaba deshacerse, tanto dentro de mí como en la Asociación Psicoanalítica Americana. Yo había salido del armario, pero estaba avergonzada, y la canción que canté todo ese año, y la que ponía incesantemente, era Constant Craving [Ansia constante] (1992), de k.d. lang, que parecía expresar mi dolor, mis deseos y mis anhelos:

Tal vez un gran imán

tire de todas las almas hacia la verdad

o tal vez es la propia vida

que alimenta de sabiduría a su juventud

Ansia constante siempre ha sido

Esos primeros cinco años fueron excitantes y agotadores. Batallamos contra Charles Socarides hasta que nos dimos cuenta que su tiempo había terminado, que éramos la nueva norma, y que batallar contra él simplemente le daba una plataforma que de otra forma no tendría. Por supuesto que seguíamos temiendo la posibilidad de vernos encerrados en el ascensor con él y alguno de sus omnipresentes partidarios en las reuniones, y hablábamos de las observaciones de Socarides, pero nos alegramos cuando su hijo gay, Richard Socarides, fue designado para la administración Clinton. Parecía que realmente había cambiado la marea, una marea en la que estar tranquilo. Una vez fue la gente decente con mentes más abiertas en cuanto a los hombres gays y las lesbianas, y ahora era la gente de Socarides que estaba en desgracia. Uno de nuestros proyectos que más tiempo demandaba en los primeros años incluía visitar 33 de los aproximadamente 40 institutos de la Asociación psicoanalítica Americana para conferencias de fin de semana en las que presentábamos casos, contábamos nuestras historias personales, e intentábamos construir puentes entre los psicoanalistas y la comunidad de salud mental gay y lesbiana, heridos y enfadados como estaban por los prejuicios tan duraderos que los habían excluido de la formación de la Asociación Psicoanalítica Americana. Las personas se mostraban generalmente interesadas, involucradas, preparadas para el cambio y buscando activamente dar a la bienvenida a su primer aprendiz gay o lesbiana. Todos trabajamos mucho y muy duro para elaborar una bibliografía exhaustiva, aún publicada en el sitio web de la Asociación Psicoanalítica Americana (Grossman, 2007) de lecturas sugeridas y posibles borradores de cursos. Incluíamos obras de ficción y sugerencias de películas, sintiendo que era crucial transmitir cómo eran algunos aspectos de la experiencia gay y lesbiana, y qué entusiasmados estaban nuestros pacientes gays y lesbianas, y nosotros mismos, por ser simplemente nosotros mismos, nuestros yoes genuinos. Nos reunimos con los presidentes y otros mandamases de la Asociación Psicoanalítica Americana para compartir nuestras perspectivas. ¿Acaso podíamos no tomar una posición proactiva en cuanto a la parentalización gay y lesbiana, nos preguntábamos con ellos, poco después de que Florida hubiera dado la custodia de una niña pequeña a su padre, asesino convicto, en lugar de dársela a su madre lesbiana? Comenzamos a plantearnos la vergüenza de otro grupo: los padres psicoanalistas de personas gays y lesbianas a quienes se les había enseñado a culparse de la sexualidad de sus hijos.

En medio de este trabajo, transcurría la formación. Pero me llevó años darme cuenta de cuánto de mi formación y mi primer análisis estuvo pervertido por el dolor de tener que educar a todos los que me rodeaban al tiempo que intentaba mantenerme a flote. El espacio psíquico necesario para la reverie analítica simplemente no existía. En cambio, me quedaba mirando por la venta a los remolcadores del río Hudson en lugar de escuchar al anodino encargado de la clase de proceso que sentía que un paciente gay masculino estaba siendo seductor al llevar pantalones de ciclista a una sesión con su terapeuta masculino heterosexual. Tal vez hay otra posibilidad, contesté. Tal vez había ido en bici a la sesión y por eso llevaba ropa de ciclismo. ¿Por qué nadie de mis compañeros y amigos, muchos de los cuales nos conocían a mí y a mi pareja desde hacía años, decía nada?, me pregunté. ¿Es que no les molestaba, o no les molestaba al menos por mí? Pero incluso con estos problemas, hubo más de nosotros que fuimos a estas reuniones, más casos, más aprendizaje, más amistad, más recepciones y grandes cenas y madrugadas con los nuevos amigos por todo el país.

 En 1998 me había graduado, y era second chair del Comité de Cuestiones Lesbianas, Gays, Bisexuales y de Transgénero. Mi primera hija estaba en camino. Como presidenta, una de las primeras cosas que quería hacer era homenajear a Ralph Roughton, y pusimos en marcha el Premio Ralph Roughton para el mejor artículo del año sobre el tema de gays y lesbianas. Además de homenajear a nuestro fundador y líder, quien hizo las cosas más seguras para todos nosotros y finalmente salió el mismo del armario, queríamos crear una nueva literatura, muy necesaria, sobre experiencias vitales de gays y lesbianas y el trabajo psicoanalítico con pacientes gays y lesbianas. Recibí con orgullo el premio por un artículo que escribí con mi supervisora, Elizabeth Auchincloss, preguntando si necesitábamos una nueva teoría evolutiva sobre pacientes gays y lesbianas (Auchincloss y Vaughan, 2011). No, concluíamos, la simple escucha analítica abierta de miras no sólo sería suficiente, sino que en realidad era preferible, especialmente, a una mala nueva teoría. Tomábamos lo que consideramos como algunos errores fundamentales en el pensamiento que persisten en los psicoanalistas que intentaban elaborar una nueva teoría, observando cómo nuestros errores en el pensamiento nos habían llevado a entender y tratar mal a los hombres gays y a las lesbianas. Yo sentía que las cosas habían cambiado, estaban siguiendo su curso, incluso iban adelantadas comparadas con dónde yo había imaginado que estarían. Por ejemplo, me sorprendió ver que mi vigesimoquinto cumpleaños coincidía con el avance del matrimonio gay en el estado de Nueva York. La vida y el trabajo parecían ir bien, en marcha, sin más esfuerzos. Pero en el otoño de 2011 mi complacencia se vio sacudida. Cuando la Psicoanalítica de Columbia se enfrentó a un aprendiz transgénero, las mismas fuerzas psicoanalíticas que buscaban anular y excluir lo que no se entendía se pusieron repentinamente, de forma horrible, aparentemente instantánea, en marcha. Era como en 1992 pero con una diferencia. Esta era una reacción psicoanalítica familiar de miedo y patologización, de juicio sesgado en lugar de escucha, comprensión y neutralidad. Pero ahora había suficientes personas que habían visto esto antes. Entrando en acción estaban todas las buenas personas que eran capaces de desacelerar, y hablar, y pensar, y desafiar las ideas patologizantes cargadas de angustia. No tuve duda, cuando me pidieron opinión en esta ocasión, de que los trans como nuevos gays eran la siguiente frontera a la que nos enfrentábamos en nuestro trabajo.

Como otros muchos grupos antes de nosotros que han obtenido derechos sociales y han ayudado a otros grupos, no se trata sólo de un desafío, sino de una necesidad. Es más, es algo que retrocede a los orígenes y a los profundos significados del psicoanálisis como tal. El progreso será realmente posible dentro del psicoanálisis cuando nos demos cuenta de que incluso los más heteronormativos, aparentemente heteros, de nosotros, también somos queer[2], y que esa es la principal lección del pensamiento de Freud sobre la sexualidad. Por supuesto, siempre dispéptico,  dio una opinión vaga del progreso en general, señalando: “Qué progreso estamos haciendo. En la Edad Media me hubieran quemado en la hoguera; hoy en día se conforman con quemar mis libros” (Jones, 1957, p. 194). La razón para esa quema psicoanalítica es seguramente lo que hay en esos libros, que contienen la verdad de que todos somos queer. Ese mensaje es la gran verdad del psicoanálisis, su mayor regalo y su mayor desafío, algo que aprendemos y olvidamos y volvemos a aprender y redescubrimos y reprimimos en nuestra vida personal y profesional. Pero mantener este foco en la condición de queer de todos los humanos, de todas nuestras identidades y sexualidades, nuestros sentimientos, fantasías y conductas, es lo que nos permite acceder a la importante comprensión que el psicoanálisis puede ofrecernos cuando es adecuadamente entendido y aplicado.

Otra comprensión importante implícita en el trabajo de Freud es que los secretos –de los otros y de nosotros mismos- pueden ser peligrosos en tanto son una barrera para el autoconocimiento y el sentimiento de identidad integrada y a menudo son una fuente de vergüenza y autoaversión muy asentadas. Veinte años después de que k.d. lang escribiera Constant Craving acerca de ser lesbiana, Clarence Bucaro (2012) escribió Dangerous Secret [Secreto peligroso], una canción sobre la experiencia de un amigo trans:  

Ella dice “No soy la persona que todo el mundo cree que soy,

siempre me he sentido así, ¿puedes entenderlo?

¿Va a ser el final o la marca de un nuevo comienzo?

¿Encontraré brazos abiertos o un corazón roto?

Ella ha estado guardando un secreto tan peligroso

como sostener un arma cargada

Ha estado guardando un secreto tan peligroso

y desea poder contárselo a todo el mundo…

El psicoanálisis nos ayuda a apreciar algo crucial que tienen en común los humanos, un profundo anhelo dentro de cada individuo de convertirse en su self genuino, así como el alto coste de tener que mantener aspectos importantes de self secretos, secuestrados y escindidos. Nuestras ansias constantes y los secretos peligrosos son algo que todos compartimos. Sea cual sea nuestra expresión de género o nuestra sexualidad, la comprensión psicoanalítica puede ayudarnos a alcanzar un inestimable sentimiento de integridad personal y autenticidad.

Conclusión

Ralph Roughton señaló que se sentía muy honrado por la riqueza estos ensayos, y agradeció a los colaboradores que hubieran asumido este desafío. Apuntó que aunque nos estamos apoyando en aquellos que vinieron antes, es gratificante disfrutar de los logros de aquellos que han venido después.

Como dijo Prudence Gourguechon en su discurso plenario (2011), el Comité de Temas LGBT (ahora llamado Comité de Género y Sexualidad) fija el estándar de la Asociación Psicoanalítica Americana para este tipo de trabajo de defensa. Y me gustaría añadir que se aplica no sólo a los resultados producidos por el comité, sino al modo en que el comité trabajaba junto como grupo y luego presentaba sus propuestas para ser aprobadas por la Asociación Psicoanalítica Americana. Otra importante característica que ha marcado toda la diferencia es, creo, que la merecida imagen del comité ha sido la de un juicio maduro y una defensa firme, al tiempo que reconocemos que formamos parte de una organización mayor. El comité ha mostrado respeto a los demás y ha sido capaz de generar cooperación, en lugar de simplemente protestar airadamente y enemistar personas.

Hubo momentos para la protesta airada, y algunos necesitaron ser enemistados. Pero la mayoría ya han pasado. Desde casi los orígenes, hemos sido afortunados por que la directiva de la Asociación Psicoanalítica Americana nos haya apoyado y fundamentalmente sólo necesitara ser educada y despertar su conciencia. El comité reconoció a la directiva y trabajo con ella de un modo altamente productivo y generalmente amigable. Ha conseguido un nivel de respeto para el comité y su misión que es realmente admirable. Los felicito a todos Vds. por crear y mantener esa calidad en la relación. Ha servido bien a nuestra causa.

Bibliografía

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Susan McNamara

11 South Main Street, Suite 2 Middletown, CT 06457 E-mail: sxmcnam@mac.com   







[1] La expresión “man crush” es una expresión que alude a un tipo de relación entre hombres, que se ha acuñado y extendido recientemente en su uso coloquial y que surge en USA vinculado a una serie de películas de Hollywood que representan este tipo de relación. También se suele usar “bromance” como condensación de brother (colega) y de romance. Ambas expresiones aluden a la experiencia no-patológica de buen entendimiento, vinculo intenso y exclusivo, de intimidad (cariño, cercanía, confianza y dependencia) entre dos hombres que no incluye la sexualidad y que se usa fundamentalmente para referirse a hombres heterosexuales o en el que el rasgo de la orientación sexual no es significativo. Un aspecto importante de este vínculo es, pues, la idealización/admiración y el querer estar con la otra persona (crush) (comunicación personal de nuestra colega Patricia Fernández).

[2] La palabra queer tiene una tradición significante en inglés, como "extraño" o "poco usual". Es un término global para designar las minorías sexuales que no sonheterosexuales, heteronormadas o de género binario. En el contexto de la identidad política occidental, la gente que se identifica como queer suele buscar situarse aparte del discurso, la ideología y el estilo de vida que tipifican las grandes corrientes en las comunidades LGBT (lesbianas, gays, bisexuales y transexuales), que consideran opresivas o con tendencia a la asimilación. Judith Butler ha sido quién ha trabajado a fondo este concepto [NT]