Perspectivas de los procesos defensivos a través de tres autores representativos

Publicado en la revista nº052

Autor: Díaz-Benjumea, María Dolores J.

 

[Texto basado en la presentación en representación de la Sociedad Forum en las jornadas anuales de FAPYMPE, Madrid, noviembre de 2015]


Autora: Dolores J. Díaz-Benjumea


A partir de la concepción de Westen y Blagov y de la descripción y clasificación de Bleichmar de los procesos defensivos, se estudian las aportaciones de tres autores contemporáneos que resaltan una dimensión importante de estos: Vaillant como estudioso de los procesos intrasubjetivos de ocultamiento a la conciencia, que enfatiza su papel sanador y creativo; Shapiro como estudioso de las defensas como formación incorporada en carácter anticipadora de ansiedad que se manifiesta en actitudes y tendencias de pensamiento y acción, y Davies como representante del modelo relacional que estudia los procesos defensivos intersubjetivos y el cambio desde la represión a la disociación como base de la regulación emocional. Finalmente se ilustra con un caso mostrando que las tres dimensiones se observan en la clínica.


El área de los mecanismos o procesos defensivos es probablemente la que ha recibido menos cuestionamiento desde el mundo no psicoanalítico. Algunos autores como Vaillant (1992) y Paniagua (2014) enfatizan que son una dimensión del psiquismo que permite integrar al psicoanálisis dentro de las ciencias empíricas, y de hecho hay mucha producción en esta línea. Tanto en la psiquiatría como en la psicología popular, las defensas psicológicas forman parte de lenguaje aceptado para describir reacciones humanas evidentes incluyendo sus causas no perceptibles.


Desde una visión integradora de las defensas psicoanalíticas con aportes de la neurociencia y la psicología cognitiva, los procesos defensivos se consideran un tipo dentro del más amplio grupo de procesos de regulación emocional. Lo que los caracteriza como tipo es que son implícitos, esto es, no conscientes, automáticos, no deliberados ni realizados con esfuerzo (procedimentales, relativos al saber cómo) frente a los procesos de regulación emocional explícitos como el afrontamiento, que se realizan con conciencia, esfuerzo y deliberadamente. Ambos tipos de regulación, implícito y explícito, tienen bases neurofisiológicas en parte compartidas, y también en parte específicas, pero en cualquier caso la conciencia en los procesos psicológicos no se considera en términos dicotómicos, como presencia o ausencia de ella, sino más bien como un espectro de grados de conciencia (Gyurak y Etkin, 2014)


Westen y Blagov (2007) han aportado un modelo de los procesos de regulación emocional que resulta interesante por integración de la aproximación psicoanalítica con la psicología empírica y cognitiva. Clasifican los procesos de regulación en dos ejes, el primero según sean conscientes o inconscientes, y el segundo según resulten adaptativos o desadaptativos. Conciben la regulación emocional como procesos psicológicos que se han seleccionado por su función adaptativa, que nos sirven para alertarnos de situaciones peligrosas o para acercarnos a las que nos benefician. La idea es que la selección no ha actuado solo sobre las conductas sino también sobre las emociones, incidiendo en su intensidad, su valencia positiva o negativa y su cualidad. Uno de los procesos por el que se ha producido esta selección es el condicionamiento operante, pero no solo tal como lo describió Skinner, actualmente este condicionamiento se considera más complejo e implica también los afectos, el condicionamiento se produce a través de las emociones. Si una persona realiza una conducta con un resultado negativo, en el futuro la expectativa de la conducta producirá un afecto negativo “señal” que puede llevar a inhibirla para evitar ese afecto, y a más miedo más evitación. Se ha demostrado por ejemplo que si se impide el miedo a través de inyectar drogas, la conducta evitativa no se aprende. En esta línea, los autores citan los estudios de Damasio y sus colegas, mostrando que en los humanos el daño en la amígdala provoca la incapacidad de conectar un estímulo, o sus consecuencias, con la conducta, de manera que no se efectúa el condicionamiento aversivo; el resultado es que el sujeto puede cognitivamente anticipar que una conducta o estímulo estará asociada con un afecto negativo, pero no la evita. Westen y Blagov propusieron concebir el condicionamiento operante evitativo como una forma implícita de diagnóstico o evaluación afectiva. Predecimos inconscientemente cómo nos sentiremos en un futuro bajo determinadas circunstancias, en base a nuestra experiencia pasada.


En este marco, los procesos mentales descritos por la perspectiva psicodinámica, al igual que las conductas,  también pueden aprenderse a través del condicionamiento por su éxito en la regulación del afecto y si un proceso mental nos ha servido en el pasado para tranquilizarnos, lo volveremos a usar en el futuro. Puedo maginar un ejemplo de esto, si un niño tiene cuidadores invasores o rechazantes y desarrolla una conducta evitativa de desconexión de la atención para no sufrir su agresividad, esa conducta de desconexión podría dispararse en cualquier otra situación que eleve su nivel de ansiedad, que suponga una cierta amenaza, como la situación de aprendizaje en el colegio, y el niño tenderá a estar desconectado, con lo cual no aprenderá al mismo nivel que los demás, produciéndose después un círculo vicioso disfuncional que tanto conocemos los clínicos.


Westen y Blagov califican la teoría psicodinámica de las defensas como la primera teoría sobre la regulación de la emoción. Entienden las defensas como esfuerzos por regular empujes emocionales/motivacionales simultáneos, unos explícitos y otros implícitos, unos conflictivos y otros convergentes, llevando a soluciones de compromiso. Para estos autores fue importante el modelo del procesamiento paralelo, que coincide con la concepción psicoanalítica modular del psiquismo, además de con el modo en que se estructura el cerebro. La concepción ya estaba en Freud cuando planteó que las personas no tenemos una sola emoción o impulso en cada momento sino que procesamos múltiples experiencias simultáneamente, y se ve bien reflejada en el modelo cognitivo del procesamiento paralelo o, más actualmente, en su versión de las redes neuronales cerebrales. “El concepto `formación de compromiso´ se refiere al proceso por el cual el cerebro establece una solución de compromiso de cara a motivos múltiples que con frecuencia compiten, como el de satisfacer varios deseos a la vez, satisfacer la autoestima, actuar moralmente, escapar de emociones displacenteras y percibir la realidad ajustadamente” (Westen y Blagov, 2007, p 380).


Desde este enfoque, para su despliegue todos los procesos psíquicos atraviesan una serie de constricciones, unas son cognitivas y otras emocionales. Las constricciones cognitivas nos llevan a maximizar el buen ajuste a los datos que percibimos, estamos motivados a seleccionar representaciones que dan sentido a los datos disponibles, y a inhibir otras que se ajustan menos a esos datos. Por otra parte están las constricciones afectivas, por ellas buscamos maximizar los afectos positivos y minimizar los negativos, y así buscamos las representaciones que nos llevan a concluir lo que deseamos, y tendemos a evitar las que nos llevan a conclusiones displacenteras.


La mejor expresión de esta dinámica se muestra en la representación del self. Tenemos la tendencia a ajustar nuestra autorepresentación a lo que nos devuelve la realidad, y especialmente la realidad social, los otros. Pero también tenemos la tendencia a ajustar nuestra imagen hacia lo que nos resulte placentero. Una persona con una imagen de sí misma poco valiosa, desde una motivación afectiva tenderá a cambiarla si encuentra datos que le muestran su valía; pero desde una motivación cognitiva tenderá a mantenerla porque es la que conoce, con la que ha funcionado, la que aporta sentido a su narrativa de vida.


Los autores refieren una investigación usando el instrumento Q-sort, con expertos clínicos como observadores, que estudió las defensas en 181 pacientes adultos. Identificaron cinco factores de regulación emocional: estrategias externalizantes (tender a culpar a los otros de los propios errores o actos); evitación emocional (pensar en ideas o recuerdos perturbadores pero no sentir la emoción); afrontamiento enfocado a la realidad (responder flexiblemente a los retos de las situaciones estresantes); estrategias internalizantes (tender a sentirse mal o no valioso en vez de sentir enfado justificado hacia los otros); y estrategias desorganizadas (actos autodestructivos, como conducir rápido, hacerse cortes en las muñecas…)


La segunda visión que quiero presentar para partir de ella en los apartados posteriores es la de Bleichmar (1997). Este autor plantea ampliar la concepción de los procesos defensivos de modo que, además de aquellas que buscan evitar la conciencia, propone otro tipo de defensas que producen una transformación en la mente, ya sea inconsciente o también consciente. Entre las defensas que transforman lo inconsciente estarían las defensas que implican la creación de identidades para compensar otras, como la identidad grandiosa para compensar otra frágil o desvalorizada; o bien defensas por las que se desactiva la capacidad de desear de un modo inconsciente. Dentro de las que transforman la mente no solo a nivel inconsciente sino también consciente, estarían los procesos en que se crea un estado mental para evitar otro, como la sobreexcitación para evitar el sentimiento de vacío, o el sueño para evitar el estado depresivo; y también las defensas de satisfacción compensatoria, cuando se busca satisfacción inmediata para evitar el displacer consciente, por ejemplo como comer, comprar o tener sexo para evitar angustia. Todas estas defensas no solo evitan la conciencia, sino que transforman el psiquismo, bien a nivel inconsciente o también consciente.


En segundo lugar estarían las defensas intersubjetivas, en las que se necesita otro para recuperar un estado emocional regulado. Estas defensas son clasificadas por Bleichmar en dos tipos, aquellas en que se busca cambiar el estado emocional del otro, y aquellas en que el propio self se adapta según el estado emocional que el otro necesita que uno tenga. El esquema de clasificación de las defensas queda de la siguiente manera (Bleichmar, 1997; Méndez Ruiz e Ingelmo Fernández, 2009):


1-    Defensas intrapsíquicas:


-          De ocultamiento a la conciencia.


-          De transformación de estados mentales, inconscientes o también conscientes.


2-    Defensas interpersonales:


-          Se busca modificar el estado del otro.


-          Se modifica el propio sujeto en la relación con un otro.


Teniendo en cuenta esta clasificación, me centraré a partir de ahora en las aportaciones de tres autores cuyas miradas han iluminado especialmente alguna dimensión importante de los procesos defensivos, autores que podrían considerarse cada uno de ellos como referencia por haber sabido resaltar y describir brillantemente un tipo de defensivas o un aspecto de ellas. Considero que cada uno de estos autores puede ser buen representante de una innovación particularmente útil en nuestro modo de ver los procesos de regulación emocional en psicoanálisis.


George Vaillant. Las defensas como manifestación de la fuerza adaptativa del yo


Los estudios de Vaillant (1992, 1993) se ocupan del tipo las defensas clásicas, intrasubjetivas, de ocultamiento de realidad, y son valiosos por su énfasis en el aspecto positivo, sanador, adaptativo que estos procesos tienen en su función de mantenimiento de la salud y su papel en la resiliencia y en la creatividad.


Como psiquiatra interesado en que las teorías psicoanalíticas pasen el filtro de las exigencias de las ciencias empíricas, consideró que la concepción psicoanalítica de las defensas es lo primero que puede salvarse con la llegada del siglo XXI, cuando otros aspectos de la teoría no se sostienen. Esto le llevó a esforzarse por categorizar las defensas y describirlas de una manera operativa, de modo que pusieran evaluarse empíricamente, con investigaciones que pudieran ser replicadas y resultados fiables y no dependientes de la subjetividad de los investigadores.


Su concepción de los mecanismos o procesos defensivos se diferencia de la del psicoanálisis clásico en una serie de puntos, como que no se activan solo para la sexualidad o la agresividad sino para una diversidad de emociones y motivos, como el duelo, la dependencia, la ternura, e incluso el disfrute. Pero sobretodo difiere con la visión que Freud tuvo de ellas como patológicas, especialmente al principio de su teorización. Vaillant resaltará precisamente la idea contraria.


Las defensas manifiestan el yo en funcionamiento. El yo significa para este autor la capacidad del sistema nervioso central para la integración y la adaptación. No es el self, no tiene vivencias o experiencias subjetivas o corporales, es una función organizadora en un sistema nervioso integrado. Por supuesto, es una abstracción, un constructo que no podemos percibir directamente, sino a través de sus manifestaciones.


El yo, además de ser responsable de otras capacidades como la función simbólica, la percepción, etc., también posee la capacidad del autoengaño para hacernos la vida más soportable, aunque ésta puede llegar a ser maladaptativa y resultar en patología. Pero en su faceta positiva, el yo se encarga de lograr un equilibrio entre el conocimiento y el desconocimiento o la distorsión de la realidad, creando así la posibilidad de sobrellevar la dureza de la vida, pero también produciendo dimensiones nuevas como la creatividad, el humor y el autoengaño sanador.


En una sugerente metáfora procedente de la medicina, consideró que las defensas representan para la mente lo que el sistema inmune para el cuerpo. Ante una tuberculosis el sistema inmune puede salvar la vida de una persona, pero si este sistema funciona en exceso puede ser una catástrofe, de la misma manera la actuación de las defensas pueden llevarnos a la salud o la patología mental dependiendo de si son maduras o inmaduras, de la situación y de la medida de su uso. El yo, como el sistema inmune, aporta a los seres humanos mejor terapia que el médico o la farmacia. Todos debemos aprender cómo funciona este aliado tan valioso. “El yo posee una capacidad remarcable para la distorsión preservadora de la vida… La capacidad del hombre para el autoengaño ingenioso, creativo, con frecuencia sanador parece infinita…La inteligencia del yo se basa en crear un equilibrio óptimo entre el autoengaño y la apreciación certera de la realidad externa e interna.” (1993, p.9)


Vaillant rescata del psicoanálisis el lenguaje metafórico, convencido de que nunca la terminología que se refiere a lo extensional-esto es al cuerpo, al sistema nervioso-ni tampoco las metáforas de la psicología cognitiva salidas del ordenador, serán suficientes para transmitir la cualidad subjetiva, que es finalmente el objeto de estudio del psicoanálisis, la psicología y la psiquiatría. “Muchos psicólogos intentan estudiar la personalidad como si intentaran entender óperas simplemente leyendo el libreto. Freud insistió en que atendiéramos a la música también” (1993, p.12). Por eso quiere mantener los términos clásicos de los mecanismos defensivos.


Precisamente porque las defensas son resultados de funciones complejas del sistema nervioso, no hay un límite claro entre ellas. Es difícil, observando los procesos defensivos en funcionamiento, decir cuándo termina uno y cuando empieza otro; y es difícil a veces determinar cuál es la defensa particular usada en una reacción determinada. El autor alude a un diálogo entre Anna Freud y Sandler, publicado en 1985, Anna dice a Sandler: “Si las miras microscópicamente, todas se confunden unas con otras. Encontrarás represión en todos lados… El punto es, uno no debería mirarlas microscópicamente, sino macroscópicamente, como mecanismos, estructuras, eventos, grandes y separados… Entonces, el problema de separarlas teóricamente se vuelve prescindible. Tienes que quitarte las gafas para mirarlas, no ponértelas” (Sandler, J. y Freud, A., 1985, p.176). Y para mostrarlo Vaillant propone la metáfora de un arco iris: no ocupa un lugar en el espacio, no tiene comienzo o final, cuando se examina de cerca desaparece, y los científicos podrían despreciarlo como una ilusión, sin embargo queda reflejado en las fotografías y todo el mundo lo ve. Y apreciar realmente tanto el arco iris como las defensas del yo requiere que busquemos entre las palabras de los pintores y los poetas, más que en el lenguaje de los científicos.


Consideró que las defensas nos pueden ser muy útiles en el diagnóstico psiquiátrico, porque al evaluar las defensas tenemos una idea más clara del funcionamiento de la persona que enumerar sus síntomas. Entender las defensas es igualmente importante para el tratamiento, porque las defensas pueden servir como un atajo para conocer los guiones estereotipados que la gente actúa en situaciones estresantes. Entender las defensas nos llevar a empatizar con el otro más que a condenar, a entender más que a rechazar y aporta razón a la aparente sinrazón.


Más allá del diagnóstico, sostiene que hay un exceso de patologización en nuestra visión clínica. Muchas veces los síntomas no muestran propiamente patologías, sino reacciones de la persona ante circunstancias vitales, o dinámicas internas, para conseguir el mejor equilibrio, que con el tiempo permiten que el sujeto vuelva a la normalidad. En esta línea, plantea que con frecuencia las defensas son más sanas que patológicas, y señala que percibir como extraña o ilógica la actitud o el comportamiento que promueve una defensa en funcionamiento depende del punto de vista: siempre se lo parece así a los demás. Por eso, al igual que ante el dolor la mejor respuesta no es eliminarlo sino estudiar de dónde procede, los síntomas y las defensas nos hablan de una reacción de ajuste, no de una enfermedad, y lo mejor que podemos hacer es entenderlos. E incluso si acaban generando patología, considera que lo insano refleja la lucha del yo por dar sentido, y así como sin poder toser y segregar pus nos moriríamos, si no pudiéramos distorsionar inconscientemente la realidad externa e interna caeríamos en la depresión y la ansiedad.


Aunque reconoce la existencia de defensas activas y defensas intersubjetivas, Vaillant estudia las defensas intrasubjetivas de ocultamiento o distorsión. Un proceso defensivo puede distorsionar sujeto, objeto, idea o afecto, o una combinación de todos ellos. Las defensas, sostiene, son expresión de un conflicto interno entre nuestros deseos, nuestra conciencia, la gente importante en nuestras vidas y la realidad. El conflicto engendra defensas cuando hay un cambio repentino en una de las partes, o sea bien por conflictos internos que provocan ansiedad, o bien por cambios en la realidad externa que nos supone un choque intenso para el que necesitamos tiempo de adaptación, entonces el yo activa su sistema defensivo bien por medio de alterar las causas del conflicto negando o distorsionando el deseo, la gente, la realidad, la conciencia o una combinación de ellos; o bien puede alterar la expresión del conflicto, distorsionando el reconocimiento del sujeto, del objeto, de la idea, del afecto o de una combinación de todos ellos.


A pesar de su preferencia porque sigamos usando el lenguaje metafórico, el autor hizo un gran esfuerzo por aunar la nomenclatura de los textos psicoanalíticos para conseguir una clasificación de las defensas operativamente formulada. Elaboró una lista de defensas recogidas entre las más citadas por autores clásicos, cuidando que se diferenciaran claramente entre sí. Clasificó el listado de defensas en cuatro grupos desde las más patológicas a las más saludables (niveles psicótico, inmaduro, neurótico y maduro). A partir de ahí, elaboró un test para evaluar los procesos defensivos personales.


A continuación, realizó un estudio de tres muestras de sujetos que habían sido previamente recogidas para otras investigaciones longitudinales psicológicas o sociológicas, dos en la universidad de Harvard y uno en la de Stranford. Tres cohortes de individuos, cada una estudiada prospectivamente durante más de medio siglo, dos de varones y una de mujeres. Eran personas sanas, de las que se había realizado un seguimiento desde sus años de instituto hasta edades de entre 60 a 80 años, en el que periódicamente se les pasaron cuestionarios sobre su vida y también periódicamente les realizaron entrevistas.


El autor pretendía con este estudio varias cosas, la primera ver si las defensas se pueden estudiar fuera del ámbito clínico, de una forma fiable según los cánones científicos. Pero le interesaba también hacer un estudio prospectivo de la evolución de las defensas a lo largo del ciclo vital. Podía acceder para ello a hechos biográficos contemporáneos de los sujetos; informes subjetivos de su autobiografía y síntomas tanto patológicos como creativos. Integrando estos tres tipos de información, buscaba obtener evidencia necesaria para la validación de las defensas y ver si las defensas son tan importantes para el bienestar como los mecanismos inmunes y si el yo humano, con su función defensiva, madura durante todo el ciclo vital.


Un ejemplo de los que ofrece Vaillant (1993) muestra la riqueza del estudio longitudinal para el objetivo que perseguía.


“Déjenme ofrecer un ejemplo de vida de una mujer Terman, Matilda Lyre. A la edad de 78, cuando se le preguntó si había estado interesada en ser doctora, contestó con reprobación “Tienes que recordar a las mujeres que han estado viniendo durante mucho tiempo. Yo nunca pensé en ser doctora como una posibilidad”- El hecho real es que a los 14 ella había contado al equipo de Terman que quería ser doctora. En el college se había matriculado en estudios premédicos, y a la edad de 30 el Test de Interés Vocacional más Fuerte había sugerido la medicina como su interés vocacional principal.


“De nuevo, a la edad de 78 a Matilda Lyre se le preguntó cómo había llevado el vacío entre lo que a ella se le había permitido conseguir y su potencial. Ella modestamente respondió `Yo nunca supe que tenía un potencial… Yo había aprendido a cocinar y a cuidar mi jardín´. Esto fue una reconstrucción quizá para suavizar el hecho de que como niña, además de querer ser doctora, había querido ser astrónoma y poeta y científica. De hecho, cuando tenía 20, uno de los trabajadores de Terman la había descrito como alguien `que parece adornar todo lo que intenta´. En Berkeley había sido editora de la revista universitaria, y había estado en el equipo de natación estrella, y había recorrido el Estado dando lecciones y escribiendo artículos. A pesar de tal potencial, en su siguiente etapa de adulta joven fue confinada a ser profesora de educación física a tiempo parcial en una pequeña población. Las reducidas oportunidades durante la Gran Depresión habían limitado severamente su carrera. Además cuando era joven, Matilda Lyre ciertamente había sabido que tenía potencial. Incluso a la edad de 50 ella había admitido `Me di cuenta pronto de que aprender era fácil para mí y como adulta ese conocimiento fortaleció mi deseo de crear mi propio pensamiento´.


“A los 78 Matilda Lyre mantenía que la primera vez que supo que era un miembro del estudio Terman para niños dotados fue sólo al final del college. A los 50 recordó haber sabido que era una niña dotada a las edad de 10. A los 25 reconoció que había sabido que era una niña dotada a la edad de 6. Su historia de vida entonces, se vuelve una reconstrucción para hacer sostenible una vida frustrada por los prejuicios, la Gran Depresión y la pobreza. Para entender al yo, el estudio prospectivo es esencial.


“La historia de Matilda Lyre también reveló un final relativamente feliz. A los 30 el Test de Fortaleza Vocacional reveló que además de la medicina su interés destacado era la música. Ella no se permitió a sí misma desarrollar este lado suyo hasta que tuvo 60. En esa época tomó clases de violín. Un poco más tarde se divorció de su marido, heredó un hermoso violín de su mejor amigo, y encontró que su música finalmente despegó. Durante seis años ha estado tocando solos en conciertos en Los Angeles.” (pp.128-129)


Finalmente su investigación dio confirmación a las hipótesis que había planteado, las defensas se podían medir fiablemente, la madurez de las defensas usadas correlaciona con la salud mental, y las defensas cambian a lo largo del ciclo vital.


David Shapiro. Las defensas integradas en el carácter como actitudes y tendencias de pensamiento y de acción


Los desarrollos de Shapiro brillan en primer lugar por su descripción detallada de la subjetividad, nos da una imagen vivida de cómo se sienten en el mundo los caracteres que describe. En ese sentido da importancia fundamental a la experiencia consciente, si bien habría que aclarar que la conciencia que describe Shapiro no se refiere a la autoconciencia, no describe a un sujeto que autorreflexiona sobre sus propios procesos mentales, sino la conciencia como vivencia subjetiva, como sentido de sí mismo y del mundo que le rodea, que produce formas cualitativamente específicas de estar en el mundo, de pensar, sentir y actuar. Para Wachtel (2011), la conciencia descrita por Shapiro tiene que ver con la experiencia no formulada de Stern (1991), si bien en este caso hablamos de sujetos plenamente formados, no de etapas preverbales del desarrollo, por tanto se trata de experiencias subjetivas de estar en el mundo que engloban distintos niveles de articulación simbólica, distintos niveles de conciencia (Eagle, 2011).


En segundo lugar, destaca en Shapiro su visión de los procesos mentales como formando un todo coherente, ve cada dimensión como parte de un conjunto que constituye la personalidad, una organización global en la que todo está relacionado resultando en formas características de sentir, de pensar, y de actuar. Estas dos características ya las mostró en su primer libro, el clásico El carácter neurótico (1965), donde describe el carácter obsesivo, el histérico o el esquizoide.


En la visión de este autor la lista de mecanismos de defensa que en el psicoanálisis se consideran propios de un tipo de carácter determinado, como el obsesivo, es azarosa porque no relaciona entre sí estos procesos, mientras que él ve todos los aspectos personales conectados, en relación. “El yo se concibe en el presente menos como sistema que como catálogo” (2000, p.8). Además, para él la mente no es solo una organización coherente, sino también un organizador, algo que aporta coherencia y que funciona como un sistema regulador emocional. Por ejemplo, una persona evitativa puede en un momento dado estar tentada a relajar su forma de ser habitual, pero inmediatamente encontrará algo peligroso o sospechoso en su actitud e inhibirá esa tentación. Para Shapiro, es el hecho mismo de alejarse de la manera en que un sujeto siente y percibe el mundo y a sí mismo lo que constituye una amenaza, porque implica una relajación del sistema regulador que es su personalidad. La estructura de la mente como sistema regulador aporta consistencia y continuidad, como lo es la estructura de un edificio, que lo sostiene además de constituir su forma característica.


Estas defensas caracterológicas anticipadoras de ansiedad toman formas diferentes en los distintos tipos de carácter. En el obsesivo, es la dependencia de la rutina, de reglas moralistas, en el histérico es la acción… Y el sistema regulador puede ser patológico cuando en su desarrollo el sujeto ha tenido que restringir o limitar motivos, emociones, pensamiento y tendencias para evitar la ansiedad. El conflicto psíquico fue en un momento el origen del carácter, pero una vez que la persona tiene ese carácter cualquier cambio en la modalidad habitual de funcionamiento provoca ansiedad, no porque surjan antiguos motivos que llevaron a forjarlo, recuerdos, deseos peligrosos o castigos temidos, sino porque el propio carácter aporta sentimiento de organización y control y alejarse de las propias tendencias provoca inseguridad.


Hay entonces un círculo vicioso, porque el carácter se refuerza a sí mismo llegando a producir síntomas, pero los síntomas para él nunca se dan aislados, sino dentro de unos rasgos de carácter todos en relación. El carácter mismo provoca ansiedad en su necesidad de no salirse del guión, pero a la vez, esta ansiedad le lleva a reforzar cada vez más el carácter. Los síntomas, aunque el sujeto los puede vivir como algo extraño que le ocurre, como egodistónicos, no son más que la prolongación del resto de sus tendencias y actitudes que caracterizan su personalidad, por ejemplo, un hombre obsesionado por una culpa antigua que él ve irracional, no se extraña ni considera raro otros rasgos, como preocuparse por minucias cada día o por ser perfeccionista hasta el extremo, esto no lo siente como extraño. Los síntomas por tanto no son la intrusión en la conciencia de un elemento, deseo, idea o emoción inconsciente, sino que son prolongaciones de la misma personalidad que llegan a un extremo en que el propio sujeto le producen extrañeza, porque impiden la vida diaria.


Shapiro ofrece varios ejemplos de cómo el carácter dificulta cualquier actitud o conducta que no concuerde con la forma habitual:


Una paciente en psicoterapia que con frecuencia está muy enfadada por antiguas injusticias tanto como por nuevas, en esta ocasión dudando, con rencor, “admite” una satisfacción inesperada. A la vez se perturba. Dice que (admitiendo esta satisfacción) ella se permite a sí misma “conformarse” demasiado fácilmente, “aceptando un compromiso” de “media vida”.


Un hombre obsesivo, que normalmente es escrupuloso observando su regla de nunca perder ninguna “oportunidad”, deja pasar una oportunidad al serle asignado un informe que le convenía. Intenta reasegurarse a sí mismo, primero con el pensamiento de que la oportunidad, después de todo, probablemente ocurrirá de nuevo, después con la visión de que, en todo caso, realmente no la ha deseado demasiado. Pero esos argumentos no consiguen su objetivo, y se vuelve más alterado. Finalmente dice que esto “podría haber sido una oportunidad real” y que fue “engreído” dejarla pasar.


Una tímida mujer joven remarca a su terapeuta con gran vacilación que nota que él tiene gafas nuevas. Añade que esto la hace sentirse “nerviosa” por decir algo “tan personal”. Parece, dice, “imprudente”, incluso “descarado”. (2000, p.23)


En estos ejemplos se ve como no es que una idea, deseo o emoción particular desencadene ansiedad y defensa, sino que la defensa misma representada en el carácter hace que cualquier cambio en la actitud habitual del sujeto rompa la sensación de seguridad que éste le procuraba. O sea, romper con la propia actitud genera una ansiedad vaga que lleva a asociar con temáticas ansiosas, porque supone romper con el propio sistema de regulación, que aporta el umbral para lo tolerable y lo ansiógeno.


Como hipótesis del desarrollo, Shapiro plantea que las experiencias patógenas de la niñez provocan cambios en las actitudes de personalidad del niño, produciendo un tipo de actitudes anticipadoras de la ansiedad, como pueden ser inhibiciones, actitud alerta, exigente, precavida, etc., que dependiendo del grado pueden llegar a ser patológicas. El niño pasa, por ejemplo, de estar asustado por una realidad o fantasía concreta, a ser un niño tímido. Si se ha vuelto tímido, una iniciativa que no tendría consecuencias antes, ahora es sentida como una audacia peligrosa. De este modo, los motivos originales de la defensa ya no son importantes, es la actitud asumida la que a partir de entonces produce que determinadas vivencias sean peligrosas. Las actitudes se vuelven autónomas y se sostienen a sí mismas. En los ejemplos anteriores puede verse que  cada persona rompe una regla de su comportamiento habitual y eso eleva su nivel de ansiedad, y aunque esto pueda evocar antiguos momentos de angustia, no son esos momentos pasados lo que ha causado la ansiedad, sino la ruptura de la regla misma, que funciona como un sistema regulador estable.


Este modo de ver la defensa es muy distinto del tradicional. La defensa no es aquí una reacción ante a la ansiedad de algún tipo que surge por un cambio en la realidad o en el interior, más bien la defensa es un sistema de anticipación de la ansiedad generalizado, que “decide” qué actitudes son peligrosas para el sujeto, todas las que se separan de la forma habitual de funcionamiento. Shapiro aboga por una concepción del sujeto como buscador activo de su propia tranquilidad, ejecutando actos sobre su entorno, aunque no deliberados ni reflexivos, para su autorrregulación, algo muy diferente de la concepción clásica en que la defensa era reactiva a los eventos o contenidos angustiosos y era producida inconscientemente. Los procesos de defensa, dice Shapiro, no son “usados” por la persona, sino que son la persona.


Él mismo reconoce una causalidad circular en su concepción. ¿Por qué una persona obsesiva se pone ansiosa si deja pasar una oportunidad de trabajo? Porque es rígida y vive de acuerdo con unas reglas y una vez que funciona así, cualquier conducta espontánea o novedosa es sentida como desmesura o temeridad, con lo cual la estructura caracterológica crea la ansiedad. Frente a la concepción clásicas de las defensas en la que un deseo provoca ansiedad y ésta provoca la defensa, Shapiro sostiene que la circulación va en doble dirección, se retroalimenta. En este aspecto coincide con él Watchel, estudioso de Shapiro, quien ha acuñado expresión “psicodinámica cíclica” (1993), por la cual el sujeto provoca en el otro la conducta que él mismo teme y de la que se defiende con antelación, si bien Watchel es más relacional en su concepción, ambos autores sintonizan en esa construcción de la defensa como activa y circular.


Se podría decir que defensa es activa en Shapiro en doble sentido, por un lado porque el sujeto no solo reacciona a la ansiedad, sino que hay todo un sistema caracterológico construido para prevenirla, adelantarse a ella y procurar una sensación de seguridad y control, y por otro  lado la defensa es activa porque no consiste única ni principalmente en la ocultación a la conciencia, sino que comprende también una actuación sobre el entorno, como veremos a continuación. En ambos sentidos, el abordaje de Shapiro puede entenderse dentro de las defensas de transformación en la clasificación de Bleichmar (1997).


¿Qué relación tiene en esta concepción la regulación emocional con el ocultamiento o la distorsión de la conciencia? Para Shapiro, toda actividad mental organizadora en alguna medida inhibe la autoconciencia y la agencia (el sentido de ser responsable de la propia acción). La regulación emocional es una de las funciones del carácter como proceso organizador, por tanto para este autor la disminución o pérdida de la conciencia y del sentido de ser dueño de los propios actos no tiene que ver con mecanismos específicos que actúan en determinados momentos, sino con la tendencia general del estilo de carácter individual, cuya constitución ha dado lugar a inhibiciones y restricciones, una de ellas la pérdida de autoconciencia y de sentido de agencia. Cuando el estilo de carácter-las actitudes y formas de pensamiento y de acción-se vuelve rígido, la pérdida de la autoconciencia y del aspecto volitivo es mayor, y entra dentro de la patología. En su trabajo sobre Shapiro, Wachtel (2011), lo describe así:


“A la luz de los insights de Shapiro, podemos ver que los muchos modos que tiene la persona de ver ciertas cosas es lo que le capacita para no verlas, sus muchos modos de sentir ciertas cosas es lo que le capacita para no sentirlas, y sus muchos modos de saber ciertas cosas es lo que le  capacita para realmente no saberlas-al menos no saberlas en un modo que lleve a lo que el conocer normalmente lleva, pero en lugar de eso sirve para protegerlo de los peligros y responsabilidades que el saber en un modo más familiar podría introducir”. (pp. 25-26)


Vemos aquí una forma de defenderse que tiene tanto de ocultamiento a la conciencia como de transformación psíquica (Bleichmar 1997, Mendez e Iceta. 2009). Algo se ha construido en el psiquismo que lleva a percibir y sentir los sucesos de un modo para evitar sentirlos y percibirlos de otro modo que llevaría a la desregulación.


Pero la regulación de la ansiedad se produce tanto por la anticipación como por la evitación de la ansiedad. Y la evitación de la ansiedad implica que el sujeto realiza actos visibles, no solo internos, para convencerse a sí mismo, en ocasiones para convencer a los otros de que la realidad es como él necesita que sea. Shapiro pone ejemplos del habla característica de pacientes en momentos en que está actuando una defensa, hay algo excesivo, teatral, insistente, se habla más para sí mismo que para el otro, pero en realidad es para sí mismo a través del otro, como si se utilizara al otro como un espejo para verse a sí mismo como necesita uno verse. Aquí podría verse en Shapiro un cierto reconocimiento de la dimensión interpersonal de los procesos mentales, aunque lo cierto es que no profundiza en este camino, su perspectiva es principalmente unipersonal.


Para evitar la ansiedad, una persona actúa de un modo que cambia su estado interno, pero no como un acto aislado, la acción en sí misma forma parte, junto con las modalidades de cognición y afecto, de la función anticipadora de ansiedad que tiene el carácter. Esto queda reflejado en la descripción que hace Shapiro de los estilos de carácter particulares. Tanto en el obsesivo-compulsivo como en la histeria hay una necesidad de actuar para anticiparse al malestar, aunque esta impulsividad sin embargo es muy distinta en uno y otro estilo, tanto por la cualidad de su malestar como del tipo de actividad. En el obsesivo-compulsivo hay una constante actividad con propósito, hacia un objetivo, para eludir la ansiedad de la espontaneidad. En la hipomanía hay una continua “espontaneidad” para evitar la ansiedad de la reflexión. La hipomanía, como la depresión, no son sólo estados de ánimo, tienen contenidos ideativos específicos y actitudes anticipadoras de ansiedad incorporadas. La hipomanía supone la liberación de la conciencia, del superyó, pero esta experiencia no puede sostenerse sin actividad, que funciona para prevenir el pensamiento autocrítico; es esta actividad continua como modalidad defensiva general lo que hace posible que se de la negación, típica defensa clásica asociada con este estado, por la cual el sujeto ve el mundo sólo como desea verlo. En la psicopatía también hay ansiedad, pero se previene a través de “actuaciones”, acciones impulsivas. A veces consumir sustancias le permite disminuir la autoconciencia y la sensación de agencia; después prefiere pensar que es débil antes de asumir que es autor intencional de su acto delictivo, argumenta que no se puede controlar pero el hecho es que él favorece esa pérdida de control al no plantearse dejar de beber. Aunque normalmente se atribuye a la falta de superyó las manifestaciones de la psicopatía, para Shapiro esta deficiencia, aunque real no es la base, porque no puede haber una conciencia efectiva si no existe una plena experiencia de agencia, de intención y responsabilidad personal y esta carencia es más nuclear. La defensa característica en este tipo de carácter de externalizar la responsabilidad es una exageración defensiva dentro de una disminución real de la experiencia de intención.


El punto débil de los aportes de Shapiro es el problema de la reificación de la identidad. Como Wachtel (2011) señala, el holismo de Shapiro es  la vez su mayor aportación y su mayor limitación. Por un lado es clarificador poder ver de qué modo hay consistencia y estabilidad en las formas características de pensar, sentir y actuar según la personalidad, pero por otro lado, también se puede ver el fenómeno contrario, somos muy diversos según los distintos contextos y relaciones en que estamos sumergidos. La limitación de la visión de Shapiro es que no da ninguna visibilidad a ese segundo polo, tan real como el primero, y si bien identifica la coherencia que puede haber dentro un estado del self, no toma en cuenta que hay otros en que la persona siente, piensa y se comporta de modos cualitativamente diferentes. Esto tiene consecuencias ante todo para la comprensión del paciente, porque estaremos ciegos a lo que no cuadra con lo que hemos establecido que es su tendencia general, y también tiene consecuencias para el modo de intervención, porque apoyándonos en la idea de que hay múltiples estados del self en el paciente, se puede superar modalidades insanas de pensar, ser y actuar. Buscar cuándo una persona se siente y comporta de otra manera es buscar la semilla que puede crecer para promover el cambio.


Desde la psicología de la personalidad el concepto de rasgo se acompaña siempre de un cierto nivel de consistencia, se presupone que la persona tiende a un modo particular de ver el mundo y actuar sobre éste que no depende del contexto sino de sus propias tendencias. En los ejemplos de Shapiro se muestran siempre sujetos actuando desde rasgos de consistencia máxima, y aunque describe situaciones en que estos se apartan de su orientación general, es siempre una ocasión para que el autor ejemplifique cómo esta salida produce ansiedad en sí misma y vuelve a dirigirlo a su actitud más consistente. A continuación veremos una perspectiva opuesta, la teoría de los múltiples estados del self que asumen los autores relacionales.


Jody Messler Davies. Los procesos de defensa intersubjetivos


Davies forma parte de los autores contemporáneos que cuestionan el mecanismo de la represión tal como fue descrito por Freud, un concepto fundamental sobre el manejo psicológico de la ansiedad y las emociones abrumadoras. Ella es una buena representante de los autores que plantean un cambio del modelo de represión al de la disociación como proceso básico del psiquismo, tanto en el funcionamiento sano como perturbado.


Para Davies (1996b), el paso que dio Freud cuando a principio de su recorrido abandonó la teoría de la seducción, cuando dejó de asumir que las vivencias de abusos sexuales reales eran causa de las neurosis y cambió a ver que era el empuje de la pulsión interna lo que provocaba fantasías perturbadoras, conllevó entre otras consecuencias importantes un cambio en su manera de ver la defensa psíquica, de la disociación a la represión como prototipo defensivo. En los primeros escritos sobre la histeria se muestra una visión de la mente más parecida a la que había propuesto Janet, la mente se fragmentaba en parcelas de experiencia no comunicadas entre sí, que no podían ser conscientes simultáneamente. A partir del giro teórico, predominó una visión de la mente separada de manera jerárquica en dos mundos, lo consciente-preconsciente y lo inconsciente, con contenidos permanentes, muy defendidos que había que descubrir. La escisión horizontal dio paso a la escisión vertical y la confluencia de Freud con Janet desapareció. Desde entonces, Fairbain y otras voces en el psicoanálisis introdujeron de nuevo una visión disociativa. En el psicoanálisis relacional de hoy ya son muchos (Bromberg, 1999; Mitchell, 1991; Wachtel, 2008).


Davies propone un cambio de la concepción del psicoanálisis clásico del esquema conflicto-ansiedad-defensa-síntomas como formación de compromiso entre el deseo y la defensa, teniendo en cuenta que el cambio conllevará también nuevas concepciones sobre la intervención terapéutica. En el esquema clásico predomina una visión endógena, deseos que surgen desde dentro, sexuales y agresivos fundamentalmente, que provocan ansiedad y amenazan el equilibrio del yo, por lo cual han de ser expulsados de la conciencia de manera temporal o permanente. La acción terapéutica busca descubrir estos deseos, fantasías e ideas, desactivando los mecanismos defensivos también inconscientes, que los mantienen ocultos. Pero la visión relacional de la mente ofrece un panorama distinto: múltiples modalidades de experiencia, estados del self coexistentes, en un cambio fluído entre pasar al primer plano de la conciencia o permanecer en el fondo. Modalidades de deseos, emociones, ideas, fantasías, formas de relación con el otro, que tienen distintos grados de conciencia, y distintos grados de articulación verbal.


Por un lado, lo inconsciente y lo consciente no se ven como mundos drásticamente separados, ni como polos categóricamente opuestos, sino más bien como una diferencia gradual de nivel de conciencia que caracteriza a los contenidos psíquicos-en línea con la visión de la neurociencia (Gyurak y Etkin, 2014). Estos contenidos psíquicos son cogniciones y emociones del self, y cogniciones y emociones de objetos con que el self se relaciona, configuraciones self-otro vividas a lo largo del desarrollo, de las cuales se crearon representaciones mentales promedio generalizadas (Stern, 1981) de lo vivido en la interacción con los cuidadores. Cada representación self-otro conlleva tono afectivo predominante, experiencia somática y nivel cognitivo de codificación, de acuerdo con la edad entre otros condicionantes.


Estas configuraciones de relaciones objetales se desarrollaron en las experiencias vividas a lo largo de la niñez, y siguen siendo potencialmente transformables (1996a). A lo largo de la vida, afloran a primer plano o bien quedan en segundo dependiendo del contexto presente. O sea, el contexto interpersonal provoca la activación de determinadas representaciones self-otro a través de la memoria dependiente del estado, de asociaciones emocionales, perceptivas o ideativas. Cuando se activan las relaciones objetales, éstas guían la manera en que el sujeto se relaciona con el otro, lo que espera del otro, de sí mismo, y cómo actúa al respecto. Y a su vez, la relación presente, que no es nunca idéntica a la del pasado con la que ha sido asociada, contiene siempre el potencial de cambiar la representación objetal en curso. Los procesos de asimilación y acomodación piagetianos representan bien este funcionamiento (Davies, 1996b; Wachtel, 2008)


El cambio desde el modelo clásico es palpable en el cambio en la imagen con que se representa al psiquismo. En Freud era la metáfora de una cebolla con múltiples capas que hay que ir eliminando para llegar a lo profundo inconsciente y oculto, o el resto arqueológico que hay que limpiar y reconstruir para adentrarnos en lo que realmente ocurrió en el pasado. Frente a éstas, Davies propone la metáfora del caleidoscopio de un niño, en el cual en cada momento dado cristaliza una configuración única de colores y formas y texturas, específica de cada situación y siempre cambiante ante estímulos diversos y múltiples del entorno que despierten nuevas vivencias del pasado, memorizadas en forma de modos de vernos y de ver al otro. Las figuras que se repiten con más regularidad, mezcla de vivencias y fantasías sobre ellas, que conllevan un sentido de coherencia y orden, acaban formando nuestro sentido de identidad más o menos estable, así como nuestras formas más consistentes de ver a los otros.


Ahora bien, para Davies, siguiendo el modelo de múltiples selves, la disociación no es simplemente una defensa particular sino una tendencia general del psiquismo, que a su vez coexiste con la tendencia opuesta de integración. Las experiencias promedio generalizadas que pueden ser afectivamente moduladas y que se llegan a codificar lingüísticamente en distintos sistemas de memoria, son lo que ella llama el “pegamento” de la integridad psíquica, creando el sentido de identidad con continuidad en el tiempo, de agencia y de coherencia interna.


A su vez, muchas experiencias del self y el otro en relación serán sobreestimulantes, perturbadoras y no se sentirán coherentes con las anteriores, por lo cual quedarán desconectadas y sin poder vivirse simultáneamente con las dominantes; es el llamado “inconsciente relacional”. Aunque vivencias específicas de determinadas relaciones objetales pueden ser reprimidas, para la autora los procesos mentales generales son de integración y de disociación. Esta concepción de la mente, que tiene su trayectoria histórica tanto en autores clásicos como contemporáneos, es para Davies más acorde con los desarrollos de la neurología del trauma del desarrollo temprano y de la psicología de la memoria.


No obstante, ella no niega la utilidad del concepto de represión, sino que lo circunscribe a un modo específico de evitación de la conciencia referido a deseos o fantasías en relación a otro que se vuelven inaceptables en un vínculo particular internalizado (1996b, p.563). Sin embargo el concepto de disociación representa mejor otro tipo de evitación de la conciencia, el que ocurre cuando se tienen experiencias del self incompatibles entre sí, en relación con aspectos del otro también incompatibles, una vivencia que es prototípica en los casos de abuso sexual, pero que no se reduce a éstos sino que se da también en otras experiencias menos severas.


Fue su trabajo psicoanalítico con pacientes que fueron víctimas de abuso sexual en la infancia lo que llevó a la autora a profundizar en estos modos de defensa psíquica. Davies (1996a) reconoce distintas consecuencias del abuso sobre la memoria, desde la paciente que recuerda todo lo que le ocurrió a la que lo disocia de su experiencia consciente principal  y sólo llegan recuerdos en determinados contextos vitales y de manera parcial, porque representan imágenes de ella misma y sus figuras de apego que entran en conflicto con las predominantes, aceptables y que aportan de seguridad. Otra cosa es la amnesia fisiológica que resulta de traumas muy severos que imposibilitan la integración cognitiva de las distintas dimensiones del recuerdo, en estos casos no hay recuerdo declarativo o articulado, que recuperar, y la memoria aparece como síntomas somáticos, reacciones emocionales inexplicables, pesadillas y actuaciones. En estos casos, Van der Kolk (1993, citado en Davies 1996a, p.200) sostiene que son recuerdos menos susceptibles de procesos psicológicos habituales, menos maleables y sujetos a cambios distorsionantes y fantasías, o sea, según entiendo menos capaces de ser distorsionados por procesos los defensivos psicológicos, que puedan ayudar a asumir la experiencia e integrarla en las representaciones predominantes que llamamos identidad.


Sin embargo, aunque es en los casos de trauma cuando se revelan más claramente la disociación, para Davies esto es solo el extremo de una forma de funcionamiento constitutiva del psiquismo normal. De modo que siempre existiría una tensión entre las fuerzas integradoras de la mente y los procesos dinámicos que amenazan con romper esa consistencia del self, algo en la línea de lo que hemos visto antes que sostienen Westen y Blagov (2017) de las constricciones cognitivas y constricciones dinámicas en cada proceso psíquico. Por otro lado, todo estrés psíquico, tanto si proviene de dentro como de fuera del individuo, puede ser potencialmente fracturador o bien integrador.


Todo esto conlleva consecuencias para la intervención terapéutica. El cambio no consistirá en la recuperación de un recuerdo inconsciente plenamente articulado que hay que descubrir y hacer consciente, sino en la reviviscencia en el vínculo de las configuraciones disociadas, normalmente con menos nivel de articulación simbólica. No se busca la resolución definitiva del conflicto y la integración, sino la capacidad para moverse más fluidamente entre representaciones self-otro más generalizadas y afectivamente moduladas y otras más intensas y particulares. El psiquismo funciona como interacción dinámica de múltiples organizaciones del self, y el trabajo terapéutico vendrá a rescatar las que se han separado de esta interacción a través de su rescate en los procesos transferenciales-contratransferenciales.


Davies (1996b) propone la técnica de “disociación terapéutica”. Al observar un rasgo inusual en la forma de relacionarse de la paciente, le propone “jugar” por un rato a dar libertad a esa parte de ella, a darle voz, para explorarlo y resignificarlo. Le dice a su paciente Helen, que rompiendo con sus formas habituales había mostrado una conducta repentina nada empática, incluso grosera y hostil, de la que después se disculpó: “Supongamos que yo pudiera estar un momento con esta parte de ti…que pudiera asumir por el momento que ella es la única parte de ti…que esta parte de ti no necesita comprometerse ella misma con ningún tipo de orden con las otras partes de ti… que podríamos invitarla en este espacio protegido y ser juntas testigo de quién llegaría a ser ella conmigo”. Y esto da lugar a explorar entre las dos para llegar a resignificar las experiencias de un modo que sean legítimables, no tan  culpabilizantes, y por tanto puedan llegar a conectarse con el sentido del self unitario, aumentando así su nivel de articulación y de conciencia. En trabajos posteriores (Davies, 1998, 1999)  la autora reconocerá que esta técnica es efectiva sólo si hay una tendencia integradora suficientemente fuerte como para mantener la conciencia del self integrado como base desde la cual se permite esta incursión hacia estados ajenos con alta carga emocional que puede ser abrumadora, sosteniendo un nivel de ansiedad tolerable, apoyado por el vínculo y el encuadre. El trabajo analítico consistirá en mantener la tensión entre intervenciones que fomentan la disociación e intervenciones que fomentan la integración, según el momento por el que esté pasando el paciente.


Aplicando diferentes perspectivas sobre las defensas. Viñeta clínica


Eugenia consultó con treinta y tantos años por problemas con su marido, con quien tenía tres hijos. Sufría angustia, ganas de llorar frecuentes y se sentía desbordada. Contó la historia de su relación, y también que tuvo otra antes con un hombre que la maltrató emocionalmente, vínculo del que finalmente pudo librarse.


Enseguida me relató que fue abusada de pequeña por su tío paterno y cómo llegó a ser plenamente consciente de esto. Cuando salía con el primer novio en su época de estudiante empezó a tener pesadillas perturbadoras, se las contó a su hermana y ésta, que había pasado por eso también aunque en menor medida, le dijo “no son pesadillas, eso ocurrió de verdad”. Fue ese el momento en que lo recordó, antes era “como si lo hubiera olvidado”, pero la experiencia se le vino encima. Eugenia le dijo a su hermana que no dijera nada, pero en la sesión en que me lo relata, dice que lo que ella había recordado hasta hace poco, en que su hermana y ella lo hablaron, es que fue su hermana quien le había dicho que no dijera nada.


Eugenia disoció el recuerdo del abuso sexual al que la sometió su abuelo, hasta que la relación con su primer novio que la trataba mal activó su memoria y provocó el sueño que contó a su hermana. Sin duda la respuesta legitimadora de su hermana pudo hacer posible que la disociación se eliminara plenamente.


Su temor le hizo pedir a su hermana que no se lo dijera a nadie, pero luego disoció también este recuerdo, y proyectó en su hermana su angustia frente a que el resto de su familia lo supiera, y la voz de su propio superyó interno, el mandato de no hacerlo.


En verano los padres dejaban a sus hijos con sus tíos largas temporadas. Eugenia describió a madre como una mujer muy fría, a su padre como un hombre más afectivo pero débil, siempre complaciendo a su madre, nunca defendiendo a los hijos, optando por la madre ante los conflictos de ésta con ellos, algunos importantes.


En la actualidad Eugenia tenía problemas con su marido que tenían que ver, aunque no solo, con la sexualidad. No podía tener sexo, sentía asco y rechazo. Necesitaba cercanía, que su marido no le daba, a él le irritaba que ella estuviera siempre llorando, ella se sentía dependiente, frágil, deseaba ser más fuerte ante él en lugar de llorosa y demandante, pero no podía. Insegura, con sentimiento intenso de falta de valía general, aunque por otro lado sabiéndose con recursos. El marido tenía actitudes machistas, le controlaba el dinero aunque ganaba bien. Ella se sentía desbordada por tener que cuidar de los hijos y no poder debido a su propia fragilidad emocional.


Eugenia relató algo que la perturbaba mucho, a lo que dedicó tiempo en las sesiones. Le había contado a una íntima amiga su abuso en la niñez y se sintió comprendida, pero esta amiga era actriz y más tarde le comunicó que estaba montando una obra en la que ella había construido y representaba un personaje a partir de lo que Eugenia le había contado. Esta sintió una profunda traición, un profundo sentimiento de decepción y enfado, su amiga le había fallado.


Sin embargo con su madre la relación era de visita diaria. Cuando en su momento su madre supo que el tío había abusado de ella, le reprochó a Eugenia que siguiera visitando a su tía, ya viuda y muy mayor, y desestimó su expresión de dolor diciendo que ella no era la única que lo pasaba mal. A pesar de eso, a Eugenia le preocupaba mucho que la madre sufriera por conocer el abuso, necesitaba proteger a los padres. Pero odiaba a su amiga y un sentimiento de traición muy penoso permanecía en su mente. Yo intervine señalando a Eugenia que no parecía necesitar hacerse justicia a sí misma ante su madre, quien no la había defendido ni apoyado a ella, y sin embargo sentía esa rabia persistente hacia su amiga, quien era la única que la había comprendido.


Eugenia desplazaba a su amiga los sentimientos de ser traicionada, abandonada y no cuidada ante al abuso sufrido, que podría sentir hacia su madre por la forma en que ésta la había tratado a partir de aquello. Mantenía así a su madre a salvo de la crítica, motivada por su necesidad de contar con figuras protectoras a las que sienta buenas y cuidadosas.


Después de varias semanas de terapia, Eugenia contó en una sesión que solía ser irritable e impaciente con su hija de 5 años, sin embargo el día anterior,  contemplándola mientras dormía, la había visto tan pequeña… sintió que se reconciliaba con ella, que tenía ganas de cuidarla. Lo había vivido y lo contó con satisfacción.


Podemos suponer que en relación con su hija Eugenia estaba actuando dinámicas internas. Librar a los padres y cuidadores de responsabilidad supone culparse a sí misma de lo que le había ocurrido, y  vergüenza por no haberlo evitado. Probablemente esta visión implacable de sí estaba siendo proyectada en la hija cuando la trataba con irritación y dureza, un proceso defensivo por el que se libraba de su propia persecución interna, además de sentimientos de vulnerabilidad, desamparo y pérdida (Silverman y Lieberman, p.174) Proceso que empezó a deshacerse cuando ella en la terapia se dispuso a ver y sentir de otro modo los hechos del pasado.


Eugenia hablaba en las sesiones de su relación con el marido, por quien ella se sentía atacada, explotada y no valorada. Él era un hombre que rehusaba aceptar sus propios problemas, externalizándolos sobre ella tratándola mal, sin aceptar su responsabilidad después. Tendía a ponerla a ella como culpable y objeto de su rabia, buscando cualquier contexto para eso. Era difícil lidiar con alguien así, para defenderse Eugenia tendría que tener claro que no tenía ella la culpa de lo que ocurría ni se merecía ese trato. Pero ella reconocía que eso es lo que solía ocurrirle siempre, asumir la responsabilidad y dudar sobre sí misma, buscar qué ha hecho mal y hacer muchos esfuerzos por no llorar.


Le dije a Eugenia que los temas de su amiga, su madre y su relación de pareja estaban relacionados, ya que ella tendía a autoresponsabilizarse para mantener a salvo la relación, la familia y la imagen del otro a quien necesitaba, y que eso implicaba su tendencia a dudar de sus propias percepciones y a sentirse culpable. Así, lo que le pasó había llegado a condicionar el modo en que se enfrentaba a  su marido.


La siguiente sesión me contó que tras la última había llorado a la salida sin poder dejar de hacerlo, que le duró este estado parte del día. Sentía mucho dolor al darse cuenta de cómo dudaba de sí misma. Dijo que hasta entonces había minimizado el tema del abuso, no se permitía sentir que era importante. Sin embargo, ahora sí lo veía. Recuperó el recuerdo de una imagen que nunca había compartido con nadie. Ella estaba en casa de sus tíos, en el balcón observa a la tía y su hermanos que se van a la calle mientras ella se queda en casa, los ve alejarse y siente terror, un miedo paralizante de que la dejen allí sola, a la vez que va sintiendo los pasos detrás de ella del tío que se acerca, que junta a su cuerpo al de ella por detrás y empieza a tocarla...


Ante la imposibilidad de renunciar a la imagen sus padres como buenos, fuertes, amorosos y protectores, como secuela del abuso Eugenia había desarrollado una identidad característica, dudaba de sus propias percepciones, tendía a pensar que ella era la responsable ante los conflictos interpersonales, que no tenía derecho a protestar y por tanto tenía que someterse para mantener los vínculos afectivos. Esto le permitió vivir, como diría Fairbairn (1952) en un mundo en que sus figuras eran buenas y protectoras, y también creó una identidad predominante, con una forma característica de relacionarse con ella misma y con los demás, de pensar y de sentir, que se manifestaba especialmente en los vínculos afectivos importantes, como lo era la relación con su marido. Pero para eso, tenía que expulsar de esa identidad todo lo que no fuera congruente con ello, como su rabia y su decepción, y el sentimiento de haber sido traicionada por sus padres. Eugenia desplazó este sentimiento hacia su amiga, la única que la había escuchado y comprendido.


A partir de entonces, Eugenia entró en un dolor profundo y se despertaron sentimientos de soledad, de abandono por parte de los padres, especialmente de la madre, y rencor por no haber sido protegida. Movilizó a la familia para intentar hablar de todo esto, pero incluso después, sin mucho éxito en su objetivo de construir una relación satisfactoria con ellos, pasó por una época depresiva que duró meses.


Estaba haciendo el duelo de los padres imaginarios deseados una vez rota la idealización, y el estado depresivo era la respuesta a la desactivación de los procesos defensivos que la habían mantenido ajena de esta visión tan dolorosa de su familia y ella misma. La desactivación de las defensas provoca ansiedad o depresión, igual que cuando se elimina un analgésico y sube el dolor, como nos recuerda Vaillant.


A su vez, algo se movilizó en la relación con su marido, en su actitud había señales de cambio, confiaba más en su propia percepción ante los conflictos entre ellos, se sentía más fuerte. Respecto a sí misma, la autoinculpación automática, la autodesvalorización y el sentimiento de indefensión y dependencia, fueron dando lugar a otras actitudes y estados de mayor autoconfianza en una amplia gama de contextos, no solo familiar. En la fiesta que celebran anualmente los compañeros de su promoción, comparó la forma de relacionarse con ellos que había tenido antes y tenía ahora, la diferencia era que sentía que no necesitaba tener la “máscara” de amabilidad que siempre había mantenido. Eugenia recuperó la relación con su amiga actriz. En esa época intentó retomar paulatinamente su vida profesional, que había aparcado para cuidar a los hijos y también porque su inseguridad le llevaba a una conducta evitativa hacia el trabajo por desconfianza de sí misma.


El self dominante desarrollado a raíz de las experiencias en su niñez comenzó a cambiar.


Discusión


¿Hasta qué punto es fructífero unir concepciones que han nacido de diferentes escuelas? Los tres autores  aquí expuestos pertenecen a modelos muy diferentes. Vaillant está en la línea psicoanalítica de la psicología del yo, aunque es heterodoxo y actualiza su concepción del psiquismo. Reconoce la existencia de las defensas intersubjetivas y de las defensas de acción, pero su interés se dirige a las defensas internas de ocultamiento a la conciencia y se dedicado con ahínco a su estudio e investigación.


Davies pertenece a la línea relacional, su esfuerzo se dirige reformular la visión de la mente aislada hacia otra que la ve en relación continua con el medio social, creándose y manteniéndose a través de vínculos, aunque admite a su vez el mundo intrapsíquico. Reformula el concepto de identidad flexibilizándolo con la teoría de múltiples estados del self, unos más dominantes y conscientes y otros más marginales y desconectados, y reformula también la idea de la separación entre inconsciente y conciencia hacia una visión de estados graduales de más o menos conciencia, lo cual se relaciona respectivamente con mayor y menor grado de articulación y simbolización de los contenidos. Los textos de Davies brillan en sus descripciones de defensas intersubjetivas, especialmente las identificaciones proyectivas dentro de la sesión, tanto del paciente como de la analista.


Shapiro es entre los tres el autor más difícil de encasillar dentro de un modelo determinado, aunque parta de la psicología del yo, no se puede decir que sea un autor prototípico de esa línea de pensamiento. Su interés le ha llevado a desarrollar las defensas que se instalan en el carácter, que conforman la personalidad misma, y se manifiestan en actitudes ante uno mismo y el mundo. Su mirada a la defensa puede ubicarse dentro de las defensas de transformación de la clasificación de Bleichmar, con la salvedad de que para él nunca son defensas aisladas que se ponen en juego en determinados momentos, sino que conforman tanto la manera de ser de la persona que son formas habituales de comportamiento que procuran al sujeto la sensación de estar seguro de manera continuada, y por otro lado en sí mismas hacen que todo lo que sea alejarse de ellas cree ansiedad.


Las tres visiones cubren buena parte del panorama que nos encontramos en la clínica.  Lo enriquecedor es que cada uno de estos autores ha sido iluminador dentro del campo que les ha interesado estudiar, y nos han aportado una aprehensión profunda y matizada de esos procesos defensivos específicos que hacen objeto de su estudio.


Referencias


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